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EL DIARIO

Martes 21 de Junio de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

 

París, mayo 21.

    

A propósito de un libro que acaba de aparecer en Inglaterra bajo el título Grande y más   Grande Bretaña, algunos diarios alemanes proclaman la “decadencia” de dicho país y ponen por los cuernos de la luna el suyo. La presunción tudesca, fundada por otra parte siendo prodigioso el progreso alemán, raya casi en soberbia; es el lado censurable que le hallo.

Lean ustedes que a la verdad vale la pena. Es corto, como al lector le gusta generalmente en un país de negocios, y de gente apurada por tanto.

El rendimiento cada vez más considerable del “income tax” en Inglaterra, dicen, no es un indicante de prosperidad y el curso de los Consolidados no se mantiene sino gracias al apoyo del gobierno.

Los impuestos en la Gran Bretaña se elevan a 95 marcos y 80 por cabeza de habitante, mientras que en Alemania no pasan (por ahora) de 48.17.

Los inmigrantes ingleses se cuentan por centena de mil, los inmigrantes alemanes por decenas de mil.

Los alemanes tienen en sus cajas de ahorro cerca de cuatro veces más de fondos (no me consta) que los ingleses.

Yo me lavo las manos en este pleito de la gran rivalidad entre parientes, digamos, y recuerdo solamente que Goethe decía: las cifras gobiernan el mundo y nos enseñan cómo está gobernado (óiganlo ustedes bien, amigos), sí, agrego yo para no alargar el parrafito, a condición de que sean exactos, lo que no siempre acontece, ahí en América, en la nuestra sobre todo, donde los financistas particularmente tienen cuando legislan, un ingenio asombroso para descubrir que hay equilibrio, algo más, “superavit”.


Laurence C. Clemens, o sea, Marc Twain[1], es el hombre que más ha hecho reír a sus semejantes, siendo el inglés la lengua más esparcida en el mundo entero.

Deja cinco millones de dollars. Es lo que se llama plata bien ganada. Pues es nada hacer reír cuando hay tantos bajo las estrellas que nos hacen llorar.

Sin ser judío como Isaac de Benserade[2] ―que a la pregunta ¿quiéres cambiar tu nombre por otro católico? contestó: con tal de que eso no me cueste nada; oído lo cual el obispo que lo había bautizado observó: inútil, irás muy lejos… sin ser judío―repito, Marc Twain mostró desde muy muchacho aptitudes poco comunes para ganar dinero. Ensayó al efecto muchos oficios, dicen las crónicas “post montem”, estas no fallan, ya verán ustedes, cuando se mueran o con más propiedad a medida que se vayan muriendo sus conocidos. Segun él mismo  lo cuenta, fue la prensa su “refugium pecatorum”. No pide ella más carta de recomendación que un poco de cacumen; cierta dosis de caridad cristiana y un minimum hasta de aquello de nuestro Balbastro histórico, dirigiéndose al consabido gobernador: “la murmuración pasa y el provecho queda en casa”, combinado con lo otro tan necesario: suerte te dé Dios hijo, que el saber poco te vale.

¿O me van ustedes a discutir que no es así, porque plumar no es como buscar pepitas de oro, que este halla y el que está a su lado no, ni aunque cave hasta las antípodas?

Dice, en efecto, Marc Twain en su libro The Sunny side of the street (El lado con sol de la calle): cuando yo era chico me aconteció una aventura estudiantil. En nuestra escuela estaba prohibido esculpir en los bancos con las navajas y la multa era de cinco dollars o de una punición en público. Un día, el profesor me sorprendió infraganti. No había escapatoria. Mi obra maestra cantaba. Pues una de dos, multa o abajo los calzones. Resolví consultar a mi familia. Hablé con mi padre, el cual me dijo: mira, yo no puedo admitir por el honor de la familia que te castiguen públicamente, pagaré por ti la multa; tú no perderás nada, y llevándome a su cuarto me administró una felpa en la que el “pater familias” se hizo sentir de lo lindo, demasiado, por lo dolorido que quedé.

Cuando bajaba la escalera con una mano sobre uno de mis chichones y con la otra agarrando mis cinco dollars, se me ocurrió que el maestro no me pegaría tan fuerte con su chicote y me entregué a su justicia.

Sostuve el choque con bastante estoicismo y me guardé los cinco dollars. Así fue cómo gané mi primer dinero.

Tenía, como se ve, el gran humorista tuerto, derecho de llegar a la meta, y llegó, con tanto mayor suceso cuanto que en vez de entristecer a sus paisanos y otros lectores con profundas o fantásticas reflexiones, como el admirable Edgard Poe, muerto entre miserias materiales y morales, consagró todo su talento envidiable a que la gente estuviera de buen humor.

Bien merecido entonces el agosto de los cinco millones. ¿O no es un benefactor el que nos distrae y nos entretiene? No hay qué hacer, entre Heráclito y Demócrito, el hombre opta por el que no hace derramar lágrimas. ¡Y cómo siento que todos ustedes no sepan bien inglés!, si quiera tanto como yo, que medio lo entiendo, ¡qué horas amenas e instructivas a la vez no pasarían leyendo The Celebreted Jumping Frog[3] y A Curius Dream![4] Instructivas sí, porque Marc Twain ha logrado hermanar sus páginas con raro éxito. Su breve biografía de Jorge Washington es un modelo. Tanto en cuatro paginitas, tanto y tan bueno es su “tour de force”.


Teniendo ahí, como tenemos, servicio militar obligatorio, las observaciones que siguen incitan a meditar.

En Alemania, donde ese servicio existe, ella lo inventó en oposición al sistema inglés, hay años en que el hecho deja de ser universal. Por ejemplo en 1909, de 443.385 hombres buenos para el servicio, el Estado no había tomado sino 221.852 y en 1911 no tomará sino 39 por ciento de estos hombres, lo cual es fácil de verificar leyendo el anuario para el ejército y la marina alemana en la revista internacional del ejército y de la marina.

En tiempo de paz el ejército francés, hace una sola comparación: emplea 1.40 por ciento de la población y la Alemania apenas 0.40 por ciento.

En caso de guerra, 14 por ciento de los franceses entrarían en campaña y en Alemania 7,5 por ciento solamente. Hay, pues, en Alemania una proporción considerable de la población que no hace ninguna especie de servicio militar, ni activo ni en la reserva.

Basta leer los diarios alemanes para ver las ventajas que de ello resultan. Están llenos de avisos que más o menos dicen así: “Se necesita un empleado libre de servicio militar”.

Se concibe, en efecto, que un industrial, un comerciante, un patrón cualquiera prefiera un dependiente, un criado absolutamente libre a otro que tenga que hacer su servicio de reservista, o que en caso de guerra será llamado bajo las banderas.

Con el aumento constante de la población el número de los “no militares” no hará sino aumentar. Si la Alemania hiciera pasar bajo las banderas la misma proporción de hombres entre los buenos para el servicio que la Francia, verbi gracia, su efectivo en paz sería de 875.000. Esta desigualdad de tratamiento entre los llamados y los “militarmente libres”, provoca entre los primeros un gran descontento; de ahí que la opinión se agita en el sentido de hacerles pagar un impuesto a todos los “buenos para el servicio” exceptuados.

Como no conozco si es que existe estadística militar argentina sobre el capítulo proporción del servicio, no puedo hacer sino una reflexión.

En mi libro Un país sin ciudadanos digo que la mitad de nuestra población se compone de extranjeros, lo que no se discute ni se rectifica siendo “un hecho”.

De ese hecho, resulta otro, este: que la proporción de argentinos que pagan tributo al servicio militar debe ser enorme comparado con la de Alemania y Francia, donde al contrario de lo que es el caso argentino, el extranjero representa el mínimum de la población. Bonita postura la nuestra. La de gladiadores en el circo y el extranjero en las gradas, viendo la lucha interminable.


Política, dice el diccionario, el arte de gobernar y dar leyes y reglamentos para mantener la seguridad y tranquilidad públicas y conservar el orden y las buenas costumbres. Hay aquí un pleonasmo “tranquilidad y orden” pero para qué discutir con la academia cuya definición es de lo más pobre, o tan poco filosófica.

Dicho arte o ciencia me interesó mucho en otro tiempo como estudio, y como acción militante de los partidos, me apasionó.

¡Qué furores aquellos!

Ahora, apaciguado, lo que saco en limpio son dos cosas: que en política gobierna lo “imprevisto” y que el conflicto es moral y material, de hombres, de ideas y de intereses.

Y si antes algo columbraba, en lontananza ahora poco o nada veo, caminando de sorpresa en sorpresa, por no decir de chasco en chasco.

Total: que no solo me equivoco cuando se trata del arte de gobierno tal cual lo entienden los gobiernos, en general, sino que me equivoco garrafalmente cuando se trata de las cosas de mi tierra.

José Manuel Estrada[5], en un terceto con Pedro Goyena[6] y yo, decía una vez: “no nos equivoquemos, pensemos al reves y eso será”.

No diré tanto, diré que si no acierto es porque el país ha caminado y yo me he quedado atrás hablando una lengua que no es corriente.

Será lo que sea, pero ya que aquí en Francia estoy y que a ustedes puede interesarles algo el conocer lo que son los partidos franceses en este momento, he aquí su clasificación: socialistas unificados, socialistas independientes, radicales, radicales socialistas, miembros de la alianza republicana, republicanos de la izquierda, republicanos del centro, republicanos nacionalistas, republicanos liberales, “realistas” “royalistas” y conservadores…

De aquí me permito augurar, visto el resultado final de las elecciones, que esta asamblea será la imagen de la anterior.

En cuanto a la reforma electoral, representación proporcional, y basta de “arrondessements”, semillero de caudillejos, la opinión parece quererlo. Pero ¿la opinión es acaso el gobierno?


Un consejo literario. Lean ustedes el nuevo volumen de Mr. G. W. E. Russell[7] titulado Sketches and Snapshots[8] (Bosquejos e instantáneas), sobre la interesante personalidad de Matthew Arnold[9], tan amigo de sus amigos, tan amante de los niños, tan protector de los animales, tan exento de amargura, de rencor, de envidia y, para decirlo todo en dos palabras, tan noble caballero.


Espacio no falta, dinero siempre se encuentra buscándolo bien y caridad cristiana no es virtud rara en la mujer argentina. Si ellas tomaran la iniciativa, no tardaríamos mucho en ver en Buenos Aires, o en cualquier otro centro de población y de riqueza, algo como lo que el Consejo de Educación de Londres acaba de decidir, a título de experiencia: una escuela especial para “tísicos” de ambos sexos (tan sano que es nuestro clima). ¡Pero qué estragos hace la tísis!. Manos a la obra, pues.

Dicha escuela será instalada en Kensel House y estará rodeada de un terreno de 40 hectáreas. Los niños serán objeto de observaciones médicas constantes y colocados en condiciones higiénicas especiales. Los gastos se calculan en 800 libras, 500 de las cuales las dará el gobierno y las 300 restantes la localidad.

Para que esta cháchara termine con algo que no sea muy formal, daré a ustedes una noticia, recordando a Leopardi:

Chi ha coraggio di ridere é padrone del mondo…[10]

Es esta la noticia, un original ha puesto, en la lengua de los dioses, un nuevo tratado de matemáticas. La idea no es nueva, como que no hay nada nuevo bajo el sol. Ya alguien puso en verso un tratado de química.

El matemático éste canta así:

Le carré de l’hypoténuse

Est égal, si je ne m’abuse,

A la somme des carrés

Construits sur les autres cotés[11].

Si yo supiera hacer versos y ustedes no supieran francés, en verso les daria la traduccion de lo que el diccionario dice que es el cuadrado de la hipotenusa. Con que así, al diccionario y “au revoir”.


La Revue Politique et Parlamentaire[12] tiene muchos lectores especiales en el Río de la Plata. Pero eso no quita que yo llame la atención de ustedes hacia una “Conferencia” del conspicuo abogado, tan popular, Henri Robert, que se contiene en el número del 10 de mayo de dicha revista.

Dice muchas cosas malas viejas, que lo malo persiste. Informa, enseña, instruye sobre este capítulo “La justicia y el crimen”.

Qué quereis, tocamos a una llaga ―así habla él― llaga viva de nuestra organizacion judicial. Hay en Francia demasiados magistrados y éstos magistrados son mal pagados.

Ved cómo eso se practica en Inglaterra, donde los magistrados son tan considerados y tan honrados en los dos sentidos de la palabra. Cuando un abogado ha desempeñado una carrera gloriosa y fructuosa, el gobierno, si no es su partido el que está en el poder, le llama y le dice: ¿Queréis aceptar una función en la magistratura? El abogado inglés acepta para prestar un servicio a su país, puesto que su carrera de abogado era para él más provechosa.

En Inglaterra, el magistrado elegido así tendrá más de 150.000 francos de sueldo por año. En Francia, por ocupaciones algunas veces más pesadas ¡solo le darán 8000 francos!

Los magistrados franceses son, en suma, hombres incorruptibles. Yo no he conocido en veinticinco años de carrera un solo magistrado sospechoso de venalidad. Es muy bello.

Fuera del vicio inicial de que acabo de hablar, en una palabra, solo un reproche se le puede dirigir a nuestra organización judicial, y que el Palais Bourbon (la cámara de diputados) haga aquí “su mea culpa”, reproche que haré constar diciendo que el magistrado, así como suena, es entregado atado de pies y manos a la arbitrariedad de la policía. Cuando un juez va entrar en su gabinete, o abogar en la audiencia, un consejero municipal está inquieto; si es un diputado tiembla; si es un senador, se estremece. Y cuando ese diputado o ese senador, es un ex-ministro, ¡qué resistencia quereis que oponga el juez, legítimamente ambicioso de un ascenso que ya ha tiempo espera! Y todavía un ex-ministro es menos temible que un ministro en perspectiva.

La política es la sola llaga verdadera, la gangrena del cuerpo judicial…

Y para qué he de seguir yo. Creo que lo dicho habrá picado suficientemente la curiosidad del lector para que se apresure en buscar la conferencia señalada. Donde alguna vez hemos de tener el juicio por jurados, como lo tiene este país y lo manda nuestra Constitución, vale la pena de leer todo lo que sin pelos en la lengua, dice Mr. Henri Robert. Su palabra tiene gran prestigio merecido.


¿Vieron ustedes el cometa que a tantos ha trastornado?

Yo, ¡nada! Y, como en Les Precieuses Ridicules[13], exclamo, siendo como soy persona conjunta: “Nous l’avons en dormant, madame, echapé belle[14]”.

 


  1. Samuel Langhorne Clemens (Florida, Missuri; 1835-Redding, Connecticut; 1910), más conocido por su seudónimo Mark Twain, fue un escritor, orador y humorista estadounidense. Escribió obras de gran éxito y fama mundial como El príncipe y el mendigo o Un yanqui en la corte del Rey Arturo, pero es conocido sobre todo por su novela Las aventuras de Tom Sawyer y su secuela Las aventuras de Huckleberry Finn. (VIAF: 50566653).
  2. Isaac de Benserade (1613-1691) fue un poeta francés. Nacido en Normandía, su familia parece haber estado conectada con Richelieu, quien le asignó una pensión de 600 libras. Comenzó su carrera literaria con la tragedia de Cleopatra (1635), seguida de otras cuatro obras. A la muerte de Richelieu Benserade perdió su pensión, pero ya se estaba convirtiendo en favorito de la corte, especialmente con Ana de Austria. Benserade proveyó las letras para los ballets cortesanos, y en 1674 fue admitido en la Academia francesa, donde logró influencia considerable. (VIAF: 2466353).
  3. The Celebrated Jumping Frog of Calaveras County es el título de un libro de cuentos de Mark Twain publicado en 1867. El libro contiene veintisiete cuentos publicados previamente en la prensa, entre ellos, el cuento homónimo, primer gran éxito literario de este autor.
  4. Cuento incluido en el libro Sketches, New and Old (1875) y adaptado a film en 1907.
  5. José Manuel Estrada (Buenos Aires, 1842 – Asunción, 1894) fue un profesor, escritor y político argentino, representante del pensamiento católico. Entre sus obras, cabe mencionar: El génesis de nuestra raza (1861),  El catolicismo y la democracia (1862), Ensayo histórico sobre la revolución de los comuneros del Paraguay en el siglo XVIII (1865). Fue, junto con Mansilla, el promotor del Círculo Literario. (Extractado de Bruno, Paula. «El Círculo Literario (1864-1866): un espacio de conciliación de intereses». Prismas 16.2. (2012): 167-170. En línea: http://www.scielo.org.ar/pdf/prismas/v16n2/v16n2a03.pdf).
  6. Pedro Goyena (Buenos Aires, 1843–Buenos Aires, 1892) fue un jurisconsulto, escritor y político argentino. Se lo reucerda por su firme oposición al laicismo que caracterizó a la llamada Generación del 80 que gobernó el país entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Fue, junto a José Manuel Estrada y Emilio Lamarca, uno de los principales representantes del pensamiento católico de ese período en su país. (VIAF: 3786179).
  7. George William Erskine Russell (1853–1919) fue un biógrafo, escritor y político británico, de corte liberal. Entre sus obras, se hallan: Matthew Arnold (1894, tal vez una versión abreviada del libro que menciona aquí Mansilla), Collections and recollections, by one who has kept a diary (1898) y Politics and personalities, with other essays (1917). (VIAF: 32729232).
  8. Russell, G.W.E. Sketches and Snapshots. London: Smith: Elder & Co 1910.
  9. Matthew Arnold (Laleham, 1822–Liverpool, 1888) fue un poeta, crítico y teólogo inglés que también trabajó como inspector escolar. (VIAF: 73868557).
  10. “Quien tiene el coraje de reír es dueño del mundo…”.
  11. “El cuadrado de la hipotenusa / Es igual, si no me equivoco/ a la suma de cuadrados / construido en los otros lados”.
  12. La Revue politique et parlementaire es una revista francesa trimestral creada en 1894 por Marcel Fournier.
  13. Les Précieuses Ridicules (Las preciosas ridículas) es una de las obras de teatro más famosas de Molière desde que se estrenó el 18 de noviembre de 1659 en el Petit-Bourbon. Fue el primero de sus muchos intentos de satirizar ciertos modales y la falta de naturalidad, muy comunes en la Francia de aquella época.
  14. “Lo tenemos mientras dormimos, señora, un buen escape”.


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