Este es el quinto de los seis volúmenes que componen la colección Páginas breves, en la que se reúnen todos los artículos publicados por Lucio Victorio Mansilla (Buenos Aires, 1831–París, 1913) en la columna homónima, Páginas breves, aparecida en El Diario –periódico porteño de su pariente y amigo Manuel Láinez– entre enero de 1906 y septiembre de 1911[1]. Este tomo V reúne los cuarenta artículos publicados a lo largo de 1910, en los que Mansilla registra, como en los artículos de años anteriores, sus lecturas de la bibliografía que le llega por correo (mayormente argentina), sus comentarios a las noticias que lee en periódicos de todas partes del mundo (aunque casi todos franceses) y, cada tanto, intercala recuerdos de infancia, anécdotas o comentarios sobre su vida cotidiana en París.
“Por poco no da la vuelta del mundo buscándome el paquete de impresos que hace meses salió de México”, comenta jocoso en su Página breve del 1° de septiembre.
El correo de Buenos Aires, que funciona bastante bien, no hay que negarlo, al contrario, hay que aplaudirlo, sabiendo que por ahora no resido ahí con el cuerpo, sino aquí, en la Avenida Víctor Hugo 184, ha hecho seguir el referido paquete, ¡gracias! Y como lo primero es lo primero, lo principal, paso a decirle al autor, don Victoriano Salado Álvarez, que ya están en mi poder, aunque algo maltrechas y descompaginadas, sus producciones.
Así acusa recibo de uno de los libros recibidos de ultramar. “Lo leeré, pues, seguidamente, al lado del fuego cuando regrese a París en invierno, y, fecho, allá le irán al distinguido mexicano, lo supongo, mis impresiones en pocas palabras”, promete desde su lugar de veraneo, la playa de Boulogne sur Mer. “Es la regla de conducta literaria inalterable que me he impuesto en estas Páginas. Tendrán un mérito, cuente con ello el amable autor de lo consignado: serán sinceras, escuetas, llanas; que mi método, si lo tengo, y siempre que la materia lo permita, escribir como si estuviera conversando en rueda de amigos, consiste eso”. Remedar la conversación presencial, combatir la añoranza por la patria, aminorar la soledad y el aburrimiento parecen ser las búsquedas de esta escritura que, aunque constante y prolífica, va dejando traslucir el cansancio de los años. “En otra edad me gustaba traducir. Se me figuraba que yo era el que pensaba, el que escribía. ¿Y ahora? Tempora mutantur. Ahora solo lo hago por necesidad. ¡Es tan difícil traducir bien! Cuando a ello me resuelvo es por necesidad, puede leerse por esterilidad. ¡Es tanto mi anhelo de charlar con ustedes, sin aburrirlos!”. Y es este anhelo por charlar con otros argentinos el que lo lleva a completar con la imaginación las partes de ese diálogo imaginario cuya mitad suele faltarle:
Supongo, me imagino, que a ustedes les pasa diariamente lo mismo que a mí, que hallo una palabra, o dos, o más, cuyo significado no conozco y que no está en el diccionario de la lengua, de donde resulta que es cuento largo salir de dudas. A propósito: ¿sabe el lector qué quiere decir “sadismo”? La mayoría ha de ignorarlo. Bueno, pues, aquí tiene antecedentes pescados casualmente en el Intermediaire des chercheurs et curieux, que registrando libros viejos me cayó a la mano días pasados, en uno de mis paseos por las orillas del Sena, que es, como ustedes saben, donde más papel impreso añejo se vende.
Un Mansilla anciano que camina diariamente por París, que compra libros viejos y nuevos en las librerías a orillas del Sena, que los reseña y comenta en extensas cartas para El Diario, que recibe por correo todo tipo de novedades editoriales que no solo lo hacen sentir más cerca de la patria sino que lo convencen de las glorias de una Argentina engalanada de fiesta por el Centenario: “trabajos semejantes son como profecías de que no fallaremos en realizar el ideal grandioso de nuestros abuelos”, dice ilusionado cuando recibe obras argentinas que lo fascinan. Sin embargo, tras encandilarse con estas ediciones de lujo, recuerda su inclaudicable desconfianza hacia una concepción positivista de la vida: “Todo ha progresado y sigue progresando. El vapor, la electricidad, la aviación, todos los días nos anuncian un nuevo triunfo. Pero el problema parece planteado siempre del mismo modo: se reemplazan las fuerzas humanas, no se reemplaza el hombre mismo”.
Irremplazables también son estas páginas, nunca tan breves como las nombra Mansilla, pero sí necesarias para entender sus últimos años, su fascinación inagotable por la literatura, su labor de persistente lector, paseador y comentador leal de cuanta obra le cayera en manos.
- Esta edición ha sido totalmente financiada por el CONICET, en el marco del PIP (Proyecto Institucional Plurianual) 2147, el cual integro junto a mis compañeras, las investigadoras Hebe Molina (Universidad Nacional de Cuyo/ CONICET) y Carolina Sánchez (Universidad Nacional de Tucumán/ CONICET). Dejo aquí sentado mi profundo repudio a las políticas actuales de recorte de presupuesto a la investigación científica.↵






