María Andrea Voria
Si bien la categoría de “cuidado” ha sido tradicionalmente descuidada (por no decir, invisibilizada, naturalizada, ocultada), los estudios de género, el pensamiento feminista así como el movimiento de mujeres han colaborado –tanto desde la acción política como desde la producción académica– para desnaturalizar el “cuidado” como un don, como un “regalo” de las mujeres hacia las personas dependientes (niños, enfermos, ancianos o discapacitados); y para otorgarle la categoría de “trabajo” y cuestionar la transferencia unilateral de dicho rol a las mujeres en tanto esposas, madres y amas de casa.
Así, frente a la envergadura de los problemas del trabajo y de la organización familiar, autoras como Aguirre y Batthyány (2007) consideran que la problemática del cuidado se encuentra hoy en día en el centro de la nueva cuestión social. En palabras de Montaño, “la llamada crisis del cuidado no es otra cosa que un síntoma de emancipación de las mujeres” (Montaño, 2010: 26). Es decir que la incorporación masiva de las mujeres a la vida pública de nuestra sociedad –a nivel educativo, político y del mercado de trabajo– le ha impreso tal urgencia al tema, que el sostenimiento de la vida a nivel de las demandas de cuidado de nuestros hogares se ha vuelto un terreno de disputa tanto en cuanto a las relaciones personales, como en términos de demandas de derechos y de ciudadanía.
Analizaremos a través de dos grandes hitos históricos en el marco de la historia reciente de nuestro país, en especial a través de sujetos históricos emblemáticos como las Madres de Plaza de Mayo y las Mujeres Piqueteras, la porosidad de las fronteras entre el ámbito público y el ámbito privado que sostienen estructuralmente la división y la fragmentación de la división sexual del trabajo, en lo que refiere al mandato del cuidado que ha recaído históricamente sobre las mujeres, que no hace más que garantizar en el día a día el bienestar y, en última instancia, el sostenimiento de la vida humana.
En otras palabras, partimos de la suposición de que dicha porosidad puede darse históricamente tanto en una dirección como en otra. Trabajaremos en este capítulo sobre la permeabilidad y el tránsito en dirección [privado → público], donde la lucha por la vida es puesta en el centro de la escena pública de nuestro país, a través de ejemplos históricos paradigmáticos de movimientos sociales de mujeres, como es el de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en el marco de la última dictadura cívico-militar atravesada por la Argentina, y el de Piqueteras, en respuesta a las consecuencias nefastas de las políticas neoliberales de la década menemista para el sostenimiento de la vida.
Tanto uno como otro ejemplo colaboran en develar la ficción según la cual el cuidado es una responsabilidad acotada al ámbito del hogar, resguardada por los lazos amorosos que sostienen la unión familiar, para develar al menos que la familia opera como lugar de conflicto y de disputa de intereses, y que se trata de una problemática que se encuentra en el centro de la nueva cuestión social y que no deja inmune a la figura del Estado.
En este marco, consideramos abordar la cuestión del cuidado a partir de una concepción ontológica de la vulnerabilidad del cuerpo humano y de su dependencia respecto de otros cuerpos y redes de apoyo, lo cual en última instancia le otorga al cuerpo una significación política.
Lo que estoy sugiriendo no es solo que este o ese cuerpo está ligado a una red de relaciones, sino que ese cuerpo, pese a sus claros límites, o tal vez precisamente en virtud de esos mismos límites, se define por las relaciones que hacen su vida y su acción posibles. Como espero mostrar, no podemos entender la vulnerabilidad corporal al margen de esta concepción de relaciones (Butler, 2014: s/n).
De este modo, el cuerpo es menos una entidad que una relación y no puede ser plenamente disociado de las condiciones infraestructurales ni de las condiciones ambientales de su existencia. Veremos entonces, a partir de una serie de ejemplos históricos relevantes en torno al tránsito entre la vida pública y privada de las mujeres en nuestro país, el modo en que queda expuesta la vulnerabilidad humana frente al dilema del cuidado y cómo paradójicamente la resistencia política se basa, fundamentalmente, en la movilización de la vulnerabilidad (Butler, 2014).
El legado autoritario: la politización de la maternidad
Los años sesenta y setenta fueron años propicios en el marco de la convulsión social tanto a nivel nacional como internacional para favorecer un escenario de mayores libertades para las mujeres –no sin resistencias y claras sanciones sociales, como veremos–. El impacto y la participación activa en los acontecimientos políticos hacían que la vida doméstica se articulara forzosamente con las exigencias que suponía la militancia política y que se transformara notablemente, en términos de género, el ritmo de la vida cotidiana.
Fue especialmente desde fines de la década de 1960 cuando la insurgencia armada ganó una consideración decisiva y se plasmó como una vía alternativa para distintos grupos políticos. Muchísimas mujeres se incorporaron a la contienda y probablemente constituyeran la mitad de quienes componían los cuadros de esos aparatos, aunque las investigaciones disponibles demuestran que en su enorme mayoría estaban en la base, ejerciendo actividades de superficie –por lo general en frentes barriales o sectoriales–, o en la estructura intermedia, pero no en la conducción.
Los testimonios de las protagonistas ponen en evidencia las notas singulares de esa opción militarizada –tan contrapuesta con las expectativas de género–, las dificultades para lidiar con la vida familiar y los problemas casi insolubles que se les plantearon a la hora de la clandestinidad y del recrudecimiento de la represión.
La presentación social de la madre militante bajo la figura de la “madre guerrillera” supuso una manifestación radicalizada de los modelos femeninos más “progresistas” que imperaban en los años sesenta y setenta en Argentina. Sin embargo, “el encuentro de los dos atributos en una única formación despiertan una disonancia social, un escándalo político, un desarreglo revulsivo e inquietante manifestado especialmente en los sectores dominantes” (Domínguez, 2007: 289). Un interesante ejemplo que ha interpelado y hasta en un punto incomodado a la audiencia, ha sido el papel de Charo desempeñado por Natalia Oreiro en la película Infancia clandestina, donde quedan plasmados a través de la ficción aquellos grises entre la militancia y la vida cotidiana, de una familia, donde el miedo y la felicidad, la ternura y la violencia, podían convivir paradójicamente en armonía. Según él mismo director Benjamín Ávila, la película
aporta un costado humano que se perdió en el análisis de la historia, que no sobrevivió en la construcción del discurso histórico que llegó hasta ahora y que humaniza desde un cotidiano la vida de la clandestinidad, donde había un estado de vitalidad maravilloso y muy real (no idílico). Era la puesta en escena constante de las ideas en la vida diaria. La clandestinidad está asociada al miedo y la muerte y en nosotros era una “vida normal” (…) Y eso era “nuestra normalidad” y creo que quizás lo que genera incomodidad, pero a su vez mucha cercanía, es ese punto de vista.
Justamente, la amenaza que suscita la madre guerrillera para el orden dado se refleja de manera dramática en las acciones que el gobierno militar ejecuta contra las mujeres. “La dictadura ataca de forma despiadada sus cuerpos, tortura a las embarazadas arrebatándole sus descendencias. Produce así uno de los delitos más aberrantes que es ‘la apropiación de niños’ y constituye con ello otra de las contracaras asesinas del discurso familiarista y moralizador que difunde y proclama” (Domínguez: 2007: 289-290).
Sin duda, hay una diferencia de género en los atributos de los que se invistió el horror del terrorismo de Estado: las violaciones, las condiciones del parto y el secuestro de los recién nacidos aumentaron la victimización de las mujeres […] No sostengo, absolutamente, que las mujeres sufrieran más que los varones, sino que les fueron infligidos repertorios más amplios de suplicio, hubo más alternativas para el sufrimiento (Barrancos, 2008: 147-148).
Como afirma Domínguez (2007), todas estas acciones hablan de una politización estatal de la maternidad que se sostiene en hechos extremos de desmaternalización y desfiliación.
Según Pilar Calveiro (1998), para el régimen militar la “subversión” era “peligrosa” no solamente en términos políticos, sino porque estaba asociada a la ruptura de valores morales, familiares, religiosos. La subversión era algo que iba más allá de lo político. Así, los militares veían a las mujeres como doblemente subversivas, tanto en relación con el orden político como con el orden familiar, en tanto habían roto con el lugar de madres y de esposas.
Sin embargo, la maquinaria de poder macabra y destructora de la dictadura nunca logró convertirse en un poder total. En palabras de Pilar Calveiro,
Esta asimetría se profundiza dramáticamente, hasta el extremo, dentro de los campos de concentración, pero eso no quiere decir que quien está en posición de desventaja sea una víctima inerme. Es alguien que se mueve, que tiene voluntad y que tiene la capacidad de actuar dentro de esas relaciones de poder completamente desiguales. El hecho de sacarlo de la supuesta condición de víctima inerme no le quita nada sino que le agrega. La víctima inerme es el lugar del sujeto paralizado. Y creo que ésa fue precisamente la intención del poder militar: paralizar a la sociedad y paralizar toda resistencia, toda oposición, pero finalmente no lo logró. Sólo lo logró parcialmente en algunos momentos. Del otro lado del pretencioso poder militar, hay otros que se mueven, desde una posición de sujeto inteligente, activo. Justamente poner el acento en esa parte no diluye la injusticia. Por el contrario, olvidar la resistencia es pensar que puede haber un poder total. Pero el poder total sólo es una ilusión del Estado –desde Leviatán para acá–. En realidad el poder total es imposible. Precisamente porque los sujetos son activos y siempre están buscando y encontrando las formas de escapar (Calveiro entrevistada por Moreno, 2000: s/n).
De madres a Madres
Durante los primeros años de la dictadura iniciada en 1976, signados por la proscripción de los partidos políticos y los sindicatos en el marco del terrorismo de estado, los movimientos sociales que emergieron se orientaron principalmente a la reivindicación de los derechos humanos. Entre aquellos movimientos, se destaca principalmente el de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo por su valentía para enfrentarse al poder genocida de la dictadura militar y ocupar el espacio público en reclamo de sus hijos y de sus hijas desaparecidas.
Así, fueron mujeres las que llevaron adelante la más contundente de las oposiciones a la feroz dictadura que se extendió entre 1976 y 1983.
Al disponer de la vida de sus hijos, el gobierno de facto agrede a estas mujeres en su maternidad, es decir, en lo más consustancial de su identidad correspondiente con el lugar social que les es asignado. ¿Transgreden ellas estas leyes al reclamar pública y colectivamente por la vida de sus hijos? ¿En qué medida reafirman o renuevan la imagen tradicional de la mujer? (Rosenberg, 1996: 260).
Determinados simbolismos y rituales puestos en escena durante este período del horror pueden ayudarnos a comprender esta porosidad entre los ámbitos público y privado, que llevaron a emerger y a reinterpretar sentidos subalternos.
En primer lugar, en los orígenes de la resistencia al terrorismo de Estado, las Madres se apropiaron de la Plaza de Mayo –lugar emblemático histórica y políticamente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires– y de otras plazas del país para sembrar allí la denuncia del genocidio y reclamar la aparición con vida de los 30.000 desaparecidos y desaparecidas. Desde entonces, la Plaza de Mayo quedó asociada a sus nombres, pero también a una manera de hacer historia, que es la presencia de sujetos que denuncian ausencias. “En un capitalismo que todo lo ha privatizado, las Madres socializaron lo que para la cultura burguesa ocupa el lugar más preciado de la vida privada: la maternidad” (Korol, 2004: 26).
Esta salida a la plaza pública de un grupo de madres que demandan al Estado por la aparición de sus hijos y de sus hijas, y así visibilizan su trágica situación de una manera fuera de lo común, es denominada por Nora Domínguez como “la toma de la palabra” (2007).
En palabras de Josefina Ludmer,
La treta (otra típica táctica del débil) consiste en que, desde el lugar asignado y aceptado, se cambia no solo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo de lo que se instaura en él. Como si una madre o ama de casa dijera: acepto mi lugar pero hago política o ciencia en tanto madre o ama de casa. Siempre es posible tomar un espacio desde donde se puede practicar lo vedado en otro; siempre es posible anexar otros campos e instaurar otras territorialidades. Y esa práctica de traslado y transformación reorganiza la estructura dada, social y cultural: la combinación de acatamiento y enfrentamiento podrían establecer otra razón, otra cientificidad y otro sujeto del saber (citado por Domínguez, 2007: 336, nota al pie 4).
En segundo lugar, la ronda para la que históricamente se reúnen cada semana y se disponen juntas a recorrer en círculo alrededor de la Pirámide de Mayo[1], repetida e incansablemente, alude a una acción performativa que –en respuesta a una orden de la dictadura, según la cual no podían permanecer en la Plaza inmovilizadas– en la que invierten significativamente su sentido autoritario y arbitrario.
Cada vuelta sobre sus pasos ya repetidos tantas veces, cada vuelta, la misma vuelta de siempre, las aleja tanto de la consecución de su único objetivo inicial, la recuperación del hijo, como de su forma de ejercer esa demanda. […] Demanda de que no quede a merced de la madre la declaración de la muerte del hijo. […] Demanda de un acto jurídico que convalide su dolor o su esperanza. Los hijos cuya aparición con vida reclaman, no son ya reclamados en tanto hijos de su carne, sino en tanto pertenecientes a su comunidad social y política (Rosenberg, 1996: 261).
En tercer lugar, la reinterpretación de los pañales de sus hijos desaparecidos como los pañuelos blancos sobre sus cabezas –símbolo por excelencia de las Madres de Plaza de Mayo– refiere a que “un pañal hecho pañuelo es un arma de resistencia” (Korol, 2004: 29). Así, reafirmando su identidad de madres es que se convierten en sujetos políticos.
En cuarto lugar, la conmoción que sufre la vida cotidiana y el uso del tiempo de las madres, una vez convertidas en sujetos políticos (Madres de Plaza de Mayo), se reflejan en sus relatos sobre cómo se las arreglaban para ajustar lo doméstico y el cuidado de sus otros hijos con su participación militante en la vida pública. Ésa fue la razón, por ejemplo, de por qué optaron por el día jueves como día para hacer la ronda de las Madres: “Descartamos el lunes como día de reunión porque el lunes hay que lavar la ropa. Mejor el jueves, dijo alguna, y quedó el jueves” (testimonio recuperado por Martha Rosenberg, 1996: 262).
Salía después de lavar la ropa, después que dejaba todo planchado, después que estaba la comida hecha. ¿Viste cómo entonces va surgiendo lo otro? Lo otro es formar algo nuevo, que te arranca de tu casa, y a medida que formaste eso, te vas haciendo un compromiso. Es un pacto, nosotros vamos a luchar por todos, hasta por aquéllos cuya madre no sale, porque no puede o no toma la decisión (…) No hubo tantas madres como desaparecidos. Hubo madres que no pudieron enfrentar las dos situaciones, si salís a la calle… los dos frentes, porque después de todo era como dos dictaduras, la dictadura doméstica y la dictadura militar (…) No fue fácil y perdimos mucho como mujeres. Ganamos como mujeres ante la sociedad, ante el mundo, y perdimos adentro de nuestra casa. (…) Me cuesta, me costó mucho salir a luchar, porque adentro mío, yo soy una ama de casa (testimonio recuperado por Martha Rosenberg, 1996: 263).
Es decir que entre el cuidado de la casa y su familia, y la participación política subsistía una jerarquización de prioridades: sólo luego de desempeñar obedientemente su función de “madres” en el ámbito doméstico podían volverse “Madres” en el ámbito público.
Por último, se produce una impugnación de las relaciones sociales así como una redefinición discursiva de los significados hegemónicos en torno a madres y a hijos. La distinción entre “Madres” y “madres” es discursiva y políticamente significativa a partir de la socialización de los hijos. Es decir que a partir de una operación discursiva en la que las Madres “toman la palabra”, los hijos desaparecidos se vuelven hijos de todas las Madres. Así cada nuevo nieto recuperado es una celebración de la Maternidad y la Abuelidad con mayúsculas; incluso hoy en día en Argentina cualquier ciudadano puede sentirse un nieto abrigado al calor de las Abuelas de Plaza de Mayo. “En este sentido, por cierto, existe una modificación de la división entre espacios privado y público, desde que el atributo de ‘hijo’ no depende del lazo de sangre sino de la experiencia política” (Filc, Judith, citado por Domínguez, 2007: 286).
Si bien las Madres recurren a un discurso condescendiente con la normatividad de género, su misma iterabilidad invierte el carácter de su condición subordinada. La “toma de la palabra” produce, según Domínguez “un viraje en el relato hegemónico de la maternidad que es cultural y a la vez político” (2007: 283).
Así, a partir de una estrategia tanto discursiva de “tomar la palabra” como corporal que supuso para ellas “poner el cuerpo” (Sutton, 2007), fueron develadas las distintas capas de sentido que resonaban sobre la construcción de la idea de madre. Sin embargo, la emergencia de significaciones subalternas de ningún modo supone el desvanecimiento de las versiones hegemónicas, sino que en cada escenario histórico-político se generan conexiones, discontinuidades y mixturas de sentidos en permanente disputa.
En otros términos, quienes llevaron adelante este plan siniestro de exterminio jamás pensaron este efecto fundamental. Es a través de la acción performativa materna, escrupulosamente obediente al defender la vida de sus hijos, cuya “obediencia tiene un efecto bumerang” (Rossi, citado por Domínguez, 2007: 336, nota al pie 3).
Así, los represores comenzaron a llamarlas “locas”, aludiendo discursivamente a la clara transgresión de género que tenían el atrevimiento de cometer públicamente. En otras palabras, “La irrupción que se produce es percibida desde el poder como una malformación y, en tanto no puede ser captada por los sistemas de conceptualización imperantes, es empujada hacia una exterioridad donde sus responsables son designados como locos o subversivos” (Domínguez, 2007: 284).
Con la vuelta de la democracia en el año 1983, el reconocimiento a nivel nacional e internacional, así como el significado en términos de género tanto de las Madres como de las Abuelas es abrumador: “unieron rituales domésticos y escenarios públicos, dieron nuevo significado al tránsito entre la casa y la plaza” (Barrancos, 2008: 153-154).
A través de estos ejemplos históricos paradigmáticos, se observa cómo determinados rasgos idealizados de la feminidad pueden ser invertidos significativamente y utilizados estratégicamente para encarar acciones transgresoras con las normas de género. En el caso histórico de Las Madres de Plaza de Mayo, ellas afirmaron su identidad como grupo en su maternidad para reclamar al Estado por la aparición de sus hijos y de sus hijas, a través de modalidades de expresión hasta ese momento censuradas por la dictadura militar. Haber logrado politizar la maternidad ha tenido un impacto considerable en Argentina tanto sobre lo colectivo como sobre lo subjetivo, que perdura hasta hoy en día.
De este modo, como apunta Nora Domínguez (2007), estos sujetos muestran los vínculos entre maternidad y política o, mejor dicho, cómo se constituyen maternidades políticas en relaciones específicas con diferentes modelos de Estado. Así, las respuestas maternas pueden ser funcionales y complementarias o contestatarias y críticas a las políticas oficiales. Este último es el caso de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.
Resistencias de género en democracia: piquete y cacerola, “la lucha es una sola”
El otro hito histórico de la reciente historia de la Argentina que nos permite considerar la porosidad en los límites que separan y segregan el ámbito privado del ámbito público es el del Movimiento de Trabajadores Desocupados, y en especial del Movimiento de Piqueteras, en el que el cuestionamiento a la supervivencia misma ocasiona que la lucha por la dignidad y la vida se traslade a la arena de lo público y vuelva como un búmeran al terreno de lo íntimo.
Durante dos siglos, la historia de las luchas y de las formas de resistencia colectiva en Argentina estuvo asociada a las estructuras organizativas de la clase obrera, considerada ésta como el actor privilegiado del cambio histórico. Sin embargo, la pérdida de centralidad del conflicto industrial y la multiplicación de las esferas de conflicto pusieron de manifiesto la necesidad de ampliar las definiciones y las categorías analíticas (Svampa, 2005).
La aparición en escena durante los primeros años del retorno a la democracia de los nuevos movimientos sociales –entre ellos, el movimiento feminista, estudiantil, ecologista, pacifista, entre otros– venía a expresar una nueva politización de la sociedad, a través de la discusión de problemáticas vinculadas hasta ese momento con el ámbito privado, y cuyas formas de acción emergentes tenían una base social policlasista con una importante presencia de las clases medias (Svampa, 2005). A su vez, la acción colectiva registró nuevas inflexiones a partir del desarrollo de las organizaciones de derechos humanos (Jelin citado por Svampa, 2005).
Consistió en un proceso irruptivo tanto en lo social como en lo subjetivo, en tanto que ha favorecido la colectivización de las experiencias y la confrontación de proyectos políticos alternativos. El “efecto no buscado”, en términos de Elster, por el sistema imperante neoliberal en la Argentina ha sido favorecer de algún modo la irrupción en la arena pública de voces polifónicas contrahegemónicas, que ocasionaron una renovación relativa del escenario y de los actores políticos; algunos de ellos incluso centraron sus reclamos en torno a identidades de género y sexualidades múltiples y diversas.
De este modo, en Argentina se han desatado importantes movimientos de resistencia a tales políticas a lo largo del período de implantación del modelo neoliberal, protagonizadas por actores sociales que confluyeron en la formación de novedosas, numerosas y diversas manifestaciones, en los cuales las mujeres han sido uno de los actores sociales fundamentales.
Bajo la efervescencia de muchos movimientos sociales y el clima de resistencia social vivido en este período, el cuestionamiento al modelo político y económico imperante, estuvo acompañado en muchos casos por un cuestionamiento respecto a las desigualdades de género, que fue posible dada la alta presencia y participación activa de mujeres.
Esta experiencia histórica nos permite pensar la paradoja del poder a través de diversos movimientos sociales y políticos en Argentina. Tal es el caso, por ejemplo, del Movimiento de Trabajadores de Desocupados surgido en la segunda mitad de la década de 1990 o, como vimos, de la organización de Madres de Plaza de Mayo. En ambos casos la potencia de estos movimientos radica justamente en reafirmar sus ejes identitarios: la identidad de trabajadores/as, en un caso, y la identidad madres en reclamo de sus hijos desaparecidos, en el otro. Sin embargo, ambos movimientos no han mantenido una relación de continuidad con el poder que constituye su potencia sino que, por el contrario, entre uno y otro momento, se produce una inversión significativa y potencialmente habilitante (Butler, 2001), que les ha permitido reinterpretar su identidad, en ese caso como trabajadores/as y como madres, en términos desobedientes al poder imperante.
Este período consolida un nuevo modo de politización de la sociedad que coloca en el escenario político argentino al movimiento social de desocupados como un actor clave. Al perder su vinculación al mundo del trabajo en medio del ocaso de la “sociedad salarial” (Castel citado por Svampa, 2005), la militancia territorial fue revistiéndose de nuevas dimensiones, al convertirse el “barrio” en el espacio de acción y organización. “Fue la politización de una experiencia de trabajo barrial lo que constituyó el núcleo de la acción contestataria y, rápidamente, el punto de partida para la organización y la acción masiva” (Svampa, 2005: 241).
La autoorganización compulsiva de lo social abrió las puertas a nuevas experiencias, asociadas a la vivencia del barrio, la ruta y la calle, lugares desde los cuales los individuos buscaron reconstruir su identidad y reencontrar su dignidad. La acción colectiva trajo así consigo la idea de que otra identidad –y otro destino– era posible para quienes habían perdido su trabajo y habían visto interrumpida su carrera laboral. Un nuevo motivo de dignidad –que reemplazaría entonces la perdida de dignidad del trabajo– podía comenzar a buscarse explorando y explotando la categoría “piquetero” y enterrando la de “desocupado” (Svampa, 2005: 242).
En Argentina, género y pobreza han interactuado de un modo particular y específico, dadas estas circunstancias históricas, en las que conviven la lucha por la supervivencia, la participación política, el cuidado de los hijos, el tránsito permanente entre lo privado y lo público, a tal punto que en dicho contexto algunas fronteras entre estos ámbitos se diluyeron (Rauber, 2002), por lo menos transitoriamente: mujeres piqueteras con sus niños en brazos cerrando el paso en los cortes de carreteras, hombres desocupados en sus hogares cuidando sus hijos, mujeres organizando las ollas populares en los piquetes, mujeres luchando en las barricadas.
Martha Rosenberg problematiza en este sentido, “La vida de los hijos depende tanto de que la función de la madre se cumpla individualmente, como de que se abandone para ser delegada en otras instancias de la sociedad. Que la función de unas mujeres como madres se prolongue en el espacio público puede ser leído como síntoma de la escena política” (Rosenberg, 1996: 259).
De modo que la exteriorización en el espacio público de la función materna, a través de movimientos como Madres de Plaza de Mayo o Mujeres Piqueteras, se vuelve un síntoma tanto del repliegue del Estado como de su accionar represor. Tanto por su accionar excesivo como por su retirada, el Estado abandona su función de cuidado y de sostenimiento de la vida de la ciudadanía.
En el día a día, en la batalla por sobrevivir, las mujeres sufrieron no sólo el impacto general del desempleo, el deterioro de la salud, la educación, la pérdida de derechos, sino también las consecuencias que se derivan del rol que se les asigna culturalmente como proveedoras del sustento y responsables de la crianza de los hijos e hijas, de la atención de los ancianos y del cuidado de los integrantes del grupo familiar (Korol, 2004).
De este modo, el rol asignado culturalmente empujó, paradójicamente, a las mujeres a salir del ámbito privado hacia el ámbito público. Por esta razón, frente a la crisis atravesada por el país, la “feminización de la resistencia” trajo consecuencias tanto en el plano de lo público, de lo doméstico, como de la subjetividad, que debieron ser apropiadas por las mujeres para apuntalar los procesos de resistencia (Korol, 2004). Como afirma Bárbara Sutton (2007), las argentinas tuvieron que reinventarse a sí mismas en orden a sobrevivir a la adversidad.
En el movimiento de rebeldía que estalló en diciembre de 2001 en Argentina, el símbolo fue una “cacerola”. Cacerolas golpeando contra el hambre, la miseria, la exclusión, expresando la presencia protagónica de mujeres en estos movimientos. Las cacerolas salieron así del espacio privado al espacio público.
Si históricamente han sido uno de los símbolos del sojuzgamiento de las mujeres, de su reclusión en el dominio de lo privado, fue precisamente cuando el modelo neoliberal aniquiló las propias posibilidades de ejercicio del rol de la mujer en ese ámbito, el momento en que la consigna feminista ´lo personal es político´, se generalizó en la práctica de miles de mujeres que ignoraban su origen. Lo personal es político. Una cacerola vacía es un arma de denuncia (Korol, 2004: 28).
A través de la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola”, se articulan (contingente e históricamente) las demandas respectivas: de los sectores medios, expresados a través del cacerolazo, y de los sectores populares, a través de los piquetes. Además de articular demandas de distintos sectores, dicha consigna combina la participación política y la revuelta con lo doméstico, con la supervivencia, cuestionando transitoriamente la división entre ámbito público y privado.
Para una mujer la lucha por la sobrevivencia de sus hijos y de sus hijas, mandato por excelencia femenino, la lleva, en última instancia y bajo condiciones límite, a transgredir ciertas normas de género, en lo que se refiere al contenido de sus actuaciones de género (por ejemplo, participar activamente de marchas y protestas) y al ámbito de acción (la calle, la ruta), siendo sancionadas por parte de la opinión pública, según Rauber (2002), como malas mujeres, malas madres o malas esposas. Sin embargo, sus actuaciones de género, si bien desobedientes a la normatividad imperante, no dejan de recrear en algunos casos modos de hacer, decir y sentir propios de la feminidad hegemónica, poniendo en juego en la lucha callejera emociones y sentimientos como la abnegación, la entrega, la flexibilidad, la perseverancia, etc.
En este sentido, Bárbara Sutton (2007) considera que muchas mujeres lograron importantes transformaciones en el contexto de confusión social que acarreó la crisis en Argentina, pero esto no significa que las contradicciones desaparezcan instantáneamente. Mientras la crisis puede acelerar determinados cambios sociales, muchas prácticas enraizadas de género todavía persisten. Modos alternativos y hegemónicos de género pueden coexistir en un mismo movimiento social, incluso en un mismo sujeto, o pueden adoptar distintos significados de acuerdo al contexto de la acción.
Un ejemplo de esta tensión inmanente a la performatividad de género puede ser analizado a través de las “ollas populares”, las cuales constituyen una tarea fundamental en el piquete sostenida por las manos de las mujeres. Ellas son las que organizan la familia y el barrio, y también las organizadoras vitales de los piquetes (Rauber, 2002), con lo cual reafirman su función familiar, y ahora comunitaria, de constituirse en garantes de la vida y de la supervivencia. Sin embargo, el quiebre respecto al mandato de género está dado por el hecho de que la tarea, en este caso de cocinar, es socializada fuera de las fronteras de lo doméstico y se convierte en una estrategia de supervivencia colectiva, que logra ser politizada en tanto expresión de resistencia y de lucha. De este modo, el clima de protesta comienza a filtrarse en la vida cotidiana y a transformar su significado, convirtiéndose incluso en enclave donde las mujeres se encontraban y comenzaban a cuestionar su subordinación colectivamente.
No es menor la aclaración de que las mujeres piqueteras no se incorporan a la lucha buscando la liberación de la mujer o la igualdad de oportunidades, no se reconocen a sí mismas como feministas, sino que se incorporan a la lucha a partir del papel que entienden que les toca cumplir, en tanto madres y esposas, frente a un contexto de crisis y de hambre. En este sentido, para Cross y Partenio (2005), existen distintos perfiles de mujeres piqueteras. Entre las que han vivido en barrios periféricos toda su vida, algunas de ellas han desarrollado actividades sociales y políticas en el territorio durante los años ochenta –en los procesos de toma de tierras– y en los años noventa –como distribuidoras de alimentos otorgados por la asistencia social–, mientras que otras realizaron su primera experiencia de militancia política social en estas organizaciones piqueteras. En cambio, las que provienen de experiencias de militancia y activismo feminista, generalmente pertenecen –aunque no siempre– a sectores medios y buscan contribuir en la generación de una nueva conciencia femenina entre las mujeres de las organizaciones piqueteras (Cross y Partenio, 2005).
El dilema para ellas, de acuerdo con Cross y Partenio (2005), ha sido encontrar un espacio para discutir las demandas de género cuando la lucha por la subsistencia está lejos de ser ganada, siendo dos aspectos disyuntivos de la participación de las mujeres, lo que da lugar a un “proceso de jerarquización de demandas” que plantea una falsa dicotomía entre “cuestiones de género” y “cuestiones de clase”. Sin embargo, la discriminación que sufrían en términos de participación al interior del movimiento hizo que fuera necesario reunirse entre mujeres para reflexionar sobre los obstáculos a los que se enfrentaban y para establecer claramente sus posiciones. Y así el debate se fue deslizando hacia tópicos que no eran abordados por los movimientos, de modo que se fue delineando una suerte de “agenda de género” que dio nuevo impulso a los espacios de mujeres alrededor de problemáticas comunes, relacionadas con la salud, la planificación familiar, la violencia de género y la despenalización del aborto, con el objetivo de instalarlas dentro de los movimientos como problemas políticos (Cross y Partenio, 2005).
Así, entendieron –tal como demuestra esta consigna del equipo de educación popular de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo– que no hay revuelta posible que no interpele tanto el modo en que se estructura el sostenimiento de la vida a nivel doméstico, como la configuración y orientación de nuestros deseos:
revolución que nos revolucione a nosotras, que nos haga derrotar en primera instancia al opresor y a la opresora que hemos internalizado, y que nos ubican en el lugar de la obediencia y de los buenos modales. Revolución que nos permita reconocernos, e identificar la legitimidad de nuestros deseos, como motores posibles de una historia que merezca ser vivida… Revolución en la plaza, en las plazas recuperadas en las jornadas del 19 y 20 de diciembre. Y revolución en la casa. En ese espacio que nos dicen que es privado, para que sea un espacio de batalla contra nuestra cotidiana opresión… Al salir a las plazas, es posible volver a discutir el lugar de las casas, desde nuevas perspectivas… Ahora que estamos recuperando las plazas, también podemos proponernos el debate sobre nuestros lugares en las casas, en la vida cotidiana (Korol, 2004: 33).
Comentario final
Este recorrido nos ayuda a considerar que frente a determinadas circunstancias históricas, en las que conviven la lucha por la supervivencia, la participación política de las mujeres, el cuidado de los hijos, el tránsito permanente entre lo privado y lo público, algunas fronteras se diluyan, siempre de manera transitoria y contingente. Dicha porosidad entre uno y otro ámbito echa luz sobre la forma en que la política está presente en el hogar, o en la calle, o en el barrio, así como el cuidado y el sostenimiento de la vida irremediablemente está puesto siempre en el centro.
Es justamente la categoría de “cuerpo” la que permea las fronteras entre lo público y lo privado, en su apelación performativa a la dignidad y al reconocimiento social, poniendo en tensión el modo en que operan de manera dialéctica vulnerabilidad y resistencia.
Es decir que, por un lado, es a través de los cuerpos -que movilizan su vulnerabilidad inmanente en la arena pública- que es expresada la demanda por el derecho a la democratización de las relaciones de cuidado y al sostenimiento de la vida humana, como práctica misma de resistencia política. Por el otro, paradójicamente, es en dicha performatividad colectiva resistente que el cuerpo y, en última instancia la vida, es puesto en juego y expuesto al daño e incluso a la muerte. Esto quedó reflejado emblemáticamente en el caso de las Madres de Plaza de Mayo en la desaparición de Azucena Villaflor en 1977 junto a un grupo de Madres por parte del aparato represor de la última dictadura militar, cuando se disponían a publicar la primera solicitada que reclamaba por el paradero de sus hijos. Mientras que en el caso de piqueteras, la brutal represión de los agentes provinciales durante una manifestación docente en Cutral Có (Neuquén) en 1997, ocasionó la muerte de Teresa Rodríguez, cuyo nombre devino un símbolo del compromiso de las mujeres en la protesta. A partir de ambos hitos, se pone en evidencia el giro fundamental de las mujeres en dichos escenarios históricos de violencias y precariedades, lo que da lugar a la emergencia de nuevas subjetividades femeninas que presagiaba conductas insospechadas (Barrancos, 2008), tanto en el campo de lo íntimo como de lo colectivo.
De modo que, para finalizar, el dilema del cuidado debería adquirir la suficiente fuerza y resistencia en términos de demanda de ciudadanía, no sólo para problematizar sobre la precariedad que nos constituye como especie, sino para visibilizar aquella red de infraestructura, servicios y derechos postergados, que atentan contra el sostenimiento mismo de la vida en términos sociales, y que generan que la cuestión del cuidado pivotee silenciosamente entre lo privado y lo público, como síntoma de determinados escenarios políticos de nuestro país, como los analizados.
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- A los pies de la Pirámide de Mayo, descansan las cenizas de Azucena Villaflor, fundadora de Madres de Plaza de Mayo, asesinada por la dictadura militar. ↵








