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Psicología social comunitaria: intervenciones preventivas y promocionales de salud

Hugo Leale

La praxis preventivista y promocional de salud está ganando creciente importancia en todos los espacios del campo de la salud; en el campo del trabajo, de la educación, recreación, arte, vivienda y otros; tomando problemas psicosociales complejos –violencias, drogas, situaciones de desamparo–; abordando las dificultades que acaecen en emergencias o en las post-emergencias; entre otras praxis posibles. Ya sea que se trabaje con grupos, instituciones, organizaciones, colectivos sociales o incluso en abordajes individuales.

Los textos de las leyes que conciernen a nuestra práctica profesional y la enmarcan reflejan esta presencia. La Ley de Ejercicio Profesional n°23.277 señala (“…la recuperación, conservación y prevención de la salud mental de las personas”); y la resolución n.°2.477 del Ministerio de Educación de la Nación –de Incumbencias del título de Psicólogo y de Licenciado en Psicología– puntualiza entre otras: “Realizar acciones de orientación y asesoramiento psicológico tendientes a la promoción de la salud y a la prevención de sus alteraciones”, “Estudiar, orientar y asesorar sobre motivaciones y actitudes en el ámbito social y comunitario”, “Realizar estudios y acciones de promoción y prevención tendientes a crear condiciones más favorables para la adecuación recíproca hombre-trabajo”, “Detectar causas y efectos psicológicos de accidentes de trabajo, asesorar y realizar actividades tendientes a la prevención de los mismos”, “Participar en la planificación, ejecución y evaluación de planes y programas de salud y acción social”.

En el mismo sentido, los conceptos de prevención y de promoción de salud han sido objeto de recomendaciones y de advertencias de organismos internacionales y acrecieron su importancia en la agenda pública, al tiempo que las nuevas leyes que enmarcan nuestra actividad profesional (Ley 448 del GCBA, Ley Nacional de Derecho a la Protección de la Salud Mental 26.657) les dan un lugar de relevancia al subrayar la necesidad del “enfoque de redes de promoción y prevención”, y enfatizan la necesidad de proveer acciones preventivas y recursos facilitadores y movilizadores de participación comunitaria.

Sin embargo, es preciso considerar un hecho que condiciona y obstaculiza esta praxis. El desarrollo de la profesión psicológica en nuestro país estuvo estrechamente referenciado en el ejercicio profesional de la medicina; esa relación de especularidad delimitó –delimita aún– un horizonte imaginario de existencia, dentro del cual –y sólo dentro del cual–, los psicólogos podríamos creernos tales. Escribí “estuvo” y veremos cuánto sigue aun estando referenciada en ella. La Ley 17.132 (de Ejercicio Legal de la Medicina, dictada en 1967 por un gobierno dictatorial) incluía las actividades de los psicólogos como “auxiliares de la medicina” lo que planteaba un doble impedimento: en primer lugar limitaba el campo de los psicólogos al ámbito clínico e individual, y en segundo lugar nos negaba autonomía al subordinarnos a la labor de “un médico psiquiatra”. Un modelo médico hegemónico, que había creado “la enfermedad” como un objeto ficticio –y lo había separado de la existencia global de las personas y del tejido de relaciones sociales en que esa existencia transcurre– imponía ese mismo paradigma al campo profesional de la psicología. Y la psicología lo aceptaba, en gran medida, acríticamente. Una práctica médica que impuso transitar todas las instancias de la vida –desde el nacimiento hasta la muerte– entre las paredes de los hospitales o de los consultorios ha operado como matriz identificatoria para una psicología que desarrolló, de modo también simétrico, un modelo hegemónico. La pertinencia del trabajo de la psicología en todos los espacios en los que la vida transcurre será el “hilo rojo” que pretende ordenar el presente artículo y será un modo de encuadrar qué denominamos “intervención”.

Contexto

Hace más de 30 años comenzaba otro período de expropiación/concentración del capital: a nivel mundial las políticas neoliberales impusieron reformas (privatización de empresas públicas, reformas tributarias regresivas, reducción del “gasto público”, flexibilización/precarización de las relaciones laborales, apertura a la inversión extranjera, etc.). Estas políticas generaron la exclusión social de un enorme sector de la población, y aumentaron el número de quienes viven en condiciones de pobreza e indigencia y deterioraron las condiciones de vida de la inmensa mayoría por el colapso de las instituciones que se encargaban de la salud, la educación, la seguridad social, etc. En este contexto de profundas y violentas modificaciones sociohistóricas, hacen su aparición nuevas políticas sociales que tienen como propósito la intervención en lo social desde una perspectiva enunciada de derechos y con un objetivo central: “resolver la necesidad de gobernabilidad en sociedades estructuralmente desiguales en el acceso a la riqueza y a las oportunidades sociales” (Zaldúa, 2007).

La complejidad de una cuestión exige considerar los elementos contradictorios que participan en ella, en este caso que

esta intervención del Estado capitalista se implementa con el fin de regular o propiciar las condiciones de manutención o reproducción de un sector poblacional y se constituye en función intrínseca para la configuración de los patrones de derechos sociales propios de cada nación (Fleury, 1997: 89).

Desde hace varios años, por vía de la “transformación del Estado” que llevan adelante las políticas neoconservadoras, vivimos un proceso constante de abandono de las funciones de garante de la solidaridad social, con una tendencia a retirarse tanto de la atención pública en salud como de la protección social. En el sector de la atención pública, ésta se limita a una cobertura de lo imprescindible, dirigida a los sectores más empobrecidos de la población (Galende, 1997: 132).

Encontramos, por un lado una estructura agrietada o colapsada del Estado benefactor –montada a través de décadas, en otra etapa del sistema capitalista–, y por otro lado nuevos o agravados problemas psicosociales complejos que emergen en una tensión entre necesidades y derechos –con grandes dificultades para alcanzarlos–. Estos problemas psicosociales complejos “estallan” en este momento histórico en el cual el mercado aparece como Único Dios Verdadero, en el que la desocupación y la exclusión son las grandes disciplinadoras, y la desafiliación una posibilidad; en el que el orden simbólico y real de la vida cotidiana se presenta como efímero y sin sentido. A su vez, la idea de futuro como incertidumbre, la incidencia de nuevas formas de la pobreza, la pérdida de espacios de socialización y los renovados movimientos migratorios configuran un escenario complejo, en el que los procesos de identificación y subjetivación se dificultan, demandando a la intervención psicosocial comunitaria nuevas miradas y propuestas.

Los dispositivos institucionales clásicos (desfinanciados, pauperizados, precarizada una parte de su fuerza laboral) están en serias dificultades –sea que no pueden/no saben/(o se nieguen)– para atender estos problemas que atraviesan toda la estructura social. Es así que los usos problemáticos de sustancias psicoactivas, las modalidades de vulneración del lazo social, las consecuencias a veces trágicas, siempre dramáticas de las violencias –de género, sobre la niñez, sexuales, la trata de personas–, las situaciones urgentes que deben enfrentar los inmigrantes y los migrantes internos, las cuestiones de emergencias y post-emergencias (socio-ambientales, socio-económicas), como las más significativas, interpelan al trabajo en salud. En algunos casos llegarán a expresarse como demanda manifiesta; en otros se tratará de una demanda latente, no formulada, en cuya construcción podremos participar.

¿A qué llamamos “intervenir”?

Tomaremos la etimología de la palabra, que surge del latín “intervenio”: “venir entre”, “meterse”, también es “venir u ocurrir entre”: entre dos momentos –entretanto– o entre dos lugares –intersticio–; es “mediar o tomar parte en alguna cuestión”, “interponerse”; también “interceder por alguna persona” o “una disposición administrativa en la cual una autoridad ejerce su poder accionando sobre una instancia inferior en el organigrama institucional”; en este último sentido, se liga directamente con el tema de las políticas públicas estatales.

En el lenguaje corriente es sinónimo de mediación, intercesión, apoyo, ayuda, cooperación. También, y según el contexto, puede ser sinónimo de intromisión, mecanismo regulador, intrusión con intenciones violentas o correctivas. Por ejemplo: hablamos de “intervención quirúrgica”, “intervención de las fuerzas de seguridad”, “abstenerse de intervenir”, “un profesor interviene en su práctica educativa”, “un líder de la oposición interviene en el Congreso”.

En todos los casos y en todos los sentidos, la intervención aparece como el acto de un tercero que sobreviene en relación con un estado preexistente. Si tomáramos la relación entre un paciente y su analista, la intervención se daría en relación con los fenómenos transferenciales: allí un tercero (el analista) se entromete entre ese paciente y su historia, es decir, en relación con un estado preexistente. En particular para la psico-sociología, “es un procedimiento clínico aplicado a las ‘comunidades prácticas’, diferenciadas en grupos, organizaciones e instituciones, que permitirá el conocimiento de las situaciones, de la dinámica de la evolución y del cambio que podrán derivarse de ella” (Lourau, 2001: 38).

Intervenir psico-socialmente con un objetivo de prevención/promoción de salud será tomar aquellas cuestiones que generen sufrimiento psíquico (con afectación individual o colectiva) en las condiciones de proximidad temporal y espacial que resulten más favorables, para trabajar sobre ellos con las personas concernidas. ¿Quién interviene? “aquellos que toman parte gracias a su capacidad para poder intermediar” (Ida Butelman). Aludimos a situaciones conflictivas, en donde se le reconoce al profesional un lugar de poder o de capacidad para mediar entre los elementos que participan del conflicto, como por ejemplo entre los diferentes integrantes de una institución educativa o entre los afectados por una emergencia y el recuerdo traumático de aquella.

El trabajo en los problemas de la psicología social comunitaria requiere de personas –profesionales o no– con actitudes expresadas en el compromiso de la acción, en la construcción de lo común, en la capacidad de establecer y sostener relaciones. Esas relaciones se convierten en la “base de las consideraciones éticas al interior del campo de la psicología social comunitaria, ya que las personas se construyen en relaciones, las que, al mismo tiempo, son creadas por ellos” (Sopransi, 2011: 114). En esta relación que establecemos, nuestro lugar estará definido por una posición de interviniente más que de interventor; de ser un co-constructor que de quién “baja” un lineamiento pensado en alguna oficina lejos del territorio.

Desde una perspectiva crítica y de metodología participativa, las intervenciones les darán un lugar central a la voz de los sujetos y a las construcciones narrativas que otorgan sentido a sus prácticas, a las creencias que determinan y fundamentan su percepción del mundo físico y social, tanto como a las prácticas cotidianas. Será necesario ligarse a la realidad cotidiana y conocer las expectativas de las personas.

Nos apartamos del paradigma dominante en la disciplina, al ampliar la mirada individualista, la fragmentación de los problemas y la falta de sensibilidad social, y también de modelos asistencialistas, así como de las investigaciones académicas que no intentan resolver las situaciones de la comunidad. Esto implica trabajar con procesos diseñados junto con los grupos y los actores sociales, los cuales se irán reevaluando y sobre los que se irá reflexionando, enfatizando la participación activa de los sujetos (Montero, 2006). Operamos con una concepción de los sujetos como actores sociales capaces de transformar la realidad social, incorporando los saberes de la comunidad, escuchando y respetando sus voces (Freire, 1998, 2006; Martín-Baró, 1986).

Una intervención puede definirse también como una práctica que responde a un proyecto explícito e intencional de cambio o transformación que tiende a explorar las construcciones simbólicas colectivas elaboradas por los sujetos, y en esa exploración, a destacar las que obstruyen o facilitan las prácticas deseadas para corregirlas o reforzarlas. La intervención entonces se orienta hacia los planos de la resignificación de la experiencia de los sujetos, hacia la concientización de los actores y hacia el cuestionamiento de los sistemas de pensamientos hegemónicos (Jodelet, 2007).

El acto fundador de una intervención es la expresión de una demanda de un grupo o de una conducción, que deberá ser identificado; esto es saber quién tiene el poder de originar la intervención y permitir su desarrollo; o bien quién encarga (o paga) y a quiénes se deberá rendir cuentas. R. Lourau (2007) distingue entre “demanda” y “encargo”. La demanda es una expresión que está relacionada con las expectativas o las necesidades de quien peticiona. Sería lo expuesto, lo manifiesto. El encargo es la formulación contractual, por lo tanto más jurídica y administrativa. Para ello es preciso elaborar un “contrato” o encuadre metodológico entre las partes, formalizando la demanda inicial, precisando la estrategia, la metodología, las reglas prácticas que regirán las relaciones entre quienes intervienen y quienes participarán. Serán reglas explícitas, que eviten así las proyecciones fantasmáticas. Ese “contrato” tendrá que ser cuestionado periódicamente y modificado o renegociado cuando así se crea necesario y conveniente. En estos puntos Lourau también coincide con Bleger en lo concerniente a pautar el contrato metodológico.

La intervención como dispositivo

Pensamos las tareas del intervenir en esos escenarios complejos desde la idea de dispositivo; allí donde lo macro social se entrecruza inexorablemente con lo micro. El dispositivo plantea para la acción el sentido de instrumento “para”, orientado por objetivos, finalidades. Es un artificio complejo, combinado, que se inventa poniendo en combinatoria una serie de componentes con una intencionalidad. Es multifacético, tiene un armado previo general que plantea diversas alternativas que se van decidiendo y modificando, hay elementos que se disponen en el inicio como un tiempo, un horario, las personas, el encuadre de trabajo, entre otros; y sobre esa base se deja desplegar el juego dinámico de las interacciones, la construcción del espacio intersubjetivo, grupal.

Dispositivo,

de naturaleza esencialmente estratégica, lo que supone que se trata de cierta manipulación de relaciones de fuerza, bien para desarrollarlas en una dirección concreta, bien para bloquearlas, o para estabilizarlas, utilizarlas, etc. […] El dispositivo se halla pues siempre inscripto en un juego de poder, y también siempre ligado a uno de los bornes del saber, que nacen de él pero, asimismo lo condicionan […] en primer lugar, es un conjunto resueltamente heterogéneo que incluye discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales; brevemente, lo dicho y también lo no dicho, éstos son los elementos del dispositivo. El dispositivo mismo es la red que se establece entre estos elementos. (Foucault, 1991: 121).

Dispositivo móvil que potencia un encuentro de saberes: los de la comunidad y los de los intervinientes, quienes, con alguna capacidad diferencial (de organización, tiempo, recursos, conocimientos científicos), buscan tomar los problemas en su contexto. La tarea de abordar los problemas en el territorio es lo que les confiere el carácter de móvil, con lo que los dispositivos adoptan una particularidad de “patrulla” como son definidos en el ámbito sanitario. La palabra “patrulla” proviene de un verbo francés “caminar sobre el barro”, lo que sigue siendo una ajustada definición también hoy día. Existen pocas recomendaciones que se puedan exportar de un lugar a otro; es por esto que los dispositivos han de ser locales y centrarse en las capacidades, las posibilidades y las prioridades locales.

Desde una perspectiva académica cabe también preguntarse por el “lugar” de la intervención social como episteme, es decir, por cómo se construye conocimiento en la línea temporal del a priori y el a posteriori. También en el “mientras tanto” (Ulloa, 2012). Los saberes provienen de la práctica cotidiana, la intervención se funda en el hacer y es desde allí de donde debe abrevar el conocimiento y especialmente las preguntas a otros campos de saber. En esa construcción de conocimiento estará implicada la de-construcción de procesos de estigmatización, desde un abordaje del padecimiento objetivo y subjetivo. Estará implicada también la recuperación de la condición socio-histórica del sujeto, de la capacidad de decidir y hacer, de apropiarse o de re-apropiarse. En tanto construcción social, la memoria sostiene la configuración de identidades, de allí que en la recuperación colectiva de la memoria y de los saberes de la comunidad se propicie un proceso de construcción de otras subjetividades.

Cuando decimos “comunidad” nos referimos a lo “en-común” que tenemos. Un “en-común” que muchas veces tenemos que elucidar, ayudar a restablecer, ayudar a establecer. En este sentido la construcción de ciudadanía, los dispositivos de intervención y los procesos de apropiación re-apropiación caminan juntos, superponiendo sus espacios. Es que al trabajar aspectos relacionados con la tensión entre sometimiento y emancipación, la perspectiva crítica en la intervención abre posibilidades de resistencia y construcción de libertad.

De los ámbitos, momentos y modelos de intervención

Cualquier lugar es apto para hacer teatro, incluso un teatro.

Decíamos párrafos arriba que “el acto fundador de una intervención es la expresión de una demanda de un grupo, o de una conducción, que deberá ser identificado; esto es saber quién tiene el poder de originar la intervención y permitir su desarrollo” (Lourau, 2001: 40). Demanda que se produce básicamente cuando una situación ha devenido gravemente conflictiva en instituciones u organizaciones (públicas, sociales o privadas). Esto sucede cuando el gasto de energía psíquica necesario para sostener con éxito los mecanismos de represión o supresión, operando sobre el malestar generado, pone en insoportable tensión a toda la estructura.

O cuando una autoridad, una agencia del estado, un equipo de trabajo, una organización deciden abordar lo que ellos identifican como problema-en-un-territorio, por ejemplo en relación con una crisis o emergencia socio-ambiental, desastre o catástrofe (inundaciones, terremotos, accidentes de todo tipo, incendios, etc.) en que los recursos habituales resultan insuficientes para asistir a los afectados. Decimos “en relación con” ya que estas situaciones tienen claramente un antes, un durante y un después, y en los tres momentos las intervenciones tienen especificidades que señalaremos más adelante.

En todos los casos se buscará establecer algún tipo de acuerdo con algún grupo u organización de la propia institución o del territorio que pueda sensibilizarse alrededor del problema identificado y decida asociarse para co-operar (Leale, 2005). Con estos actores sociales, que habitan el territorio material y simbólico en el que se desarrollarán las acciones, se diseñarán en forma conjunta los planes.

Esa situación/problema que motiva el pedido de ayuda tendrá que ser objeto de un proceso de elaboración conjunta, que algunos denominan “construcción de la demanda”. Demanda que se construye sosteniendo un lugar de respeto ante los solicitantes, reconociéndoles que son ellos quienes saben acerca de lo que sucede en su territorio. También sostener un lugar de interrogación para elucidar las creencias que determinan su percepción de la realidad y que fundamentan sus prácticas. Es habitual que los equipos que intervienen centren su actividad en la transmisión de información con la ‘creencia propia’ que se cumple la actividad preventiva de esa manera. Cualquier conocimiento que se construya tendrá que interactuar con comportamientos, emociones y prejuicios, y esa construcción requiere de una clara “actitud ética relacional”.

Un objetivo será entonces transformar la realidad de cada uno de los grupos con un sentido emancipador, es decir, un espacio de construcción de experiencia trascendental (Agamben, 1978). Así de una intervención en escuelas o colegios pueden surgir interrogantes, inconvenientes y urgencias que trascienden la esfera institucional del campo de la educación. Lo mismo ocurre con un hospital, donde el espectro de la intervención pasa por la salud, la violencia urbana, institucional, las adicciones o la discriminación. Estas cuestiones muestran la necesidad de pensar en escenarios complejos atravesados por múltiples lógicas, con la preeminencia de una u otra desde planos muchas veces azarosos.

Como decíamos en la introducción, los “lugares” en los que se puede intervenir son múltiples –de hecho, casi todos aquellos en los que el sufrimiento aparezca–: en el campo de la educación, de la salud, en la justicia, en movimientos sociales; en los problemas de los trabajadores, de la vejez, de los jóvenes, en la niñez; en cuestiones de migración, de discriminación, la animación sociocultural, la enumeración podría extenderse aún más. Desde hace unos años, organismos internacionales y agencias del Estado (nacional, provincial, municipal) han comenzado a incorporar programas y acciones para atender los daños psicológicos producidos por la aparición recurrente de desastres y emergencias socio-ambientales. Las experiencias y el saber construido al respecto recomiendan trabajar en los dos sectores de población directamente concernidos: por un lado con afectados/damnificados directos e indirectos (familiares), y por otro con aquellos integrantes de equipos de asistencia y/o rescate que atravesaron experiencias de intensa carga emocional por la confrontación con diferentes grados de daños y lesiones o directamente con la muerte. Médicos, enfermeros, bomberos que acudieron a asistir incendios, choques y accidentes viales, derrumbes, etc.; o aquellos que, por estar en el momento de los sucesos prestaron colaboración solidaria, se pueden beneficiar de la posibilidad de elaborar esas experiencias traumáticas.

En todas las circunstancias deberemos reflexionar y conseguir la mayor claridad posible sobre nuestras propias asunciones culturales y personales respecto a lo que vamos a encontrar y hacer. Uno de los objetivos –en todo trabajo, en particular en post-emergencias– debe ser ponernos tan cerca como podamos de las ideas de los afectados para maximizar nuestra capacidad de empatía y enriquecer nuestras formas de ver. Queremos que el mayor número posible de las preguntas que hagamos sean correctas, en el sentido de que detecten lo que aquéllos que respondan consideren importante o urgente. Las personas efectúan siempre intentos de preservar lo que puedan de su forma de vida,

por ello, es fundamental que las intervenciones se orienten a potenciar dichos esfuerzos. Auto-organización, afirmación (empowerment), trabajo y capacitación, apoyo a las formas tradicionales de resolución de problemas y de sanación… son términos casi tópicos en el léxico del desarrollo social, y nos recuerdan que las personas no pueden recuperar completamente el control de sus vidas como meros receptores de caridad y cuidado (Summerfield, 1999: 59).

El análisis institucional fue una de las modalidades intervinientes precursoras en la historia de la psicología y avanzó en la construcción de modelos conceptuales, metodológicos y de herramientas de enorme importancia para el trabajo con instituciones, organizaciones, movimientos, empresas –incluso privadas–. Lourau ha sido uno de los pensadores de referencia en este campo; ha planteado la tarea como una combinatoria de investigación y acción en la que el interviniente-investigador no debe ni puede mantenerse al margen de su campo de investigación sino que está implicado en eso que investiga, y donde su mera presencia representa ya una intervención implicada. Partimos sabiendo que tenemos supuestos, ideas previas más o menos fundadas sobre la escena a intervenir, y por lo tanto la implicancia deberá ser tenida en cuenta a la hora de trabajar. Lourau sostiene que en vez de hacer esfuerzos para sofocar la subjetividad, la propia implicancia será tomada en cuenta también como objeto de estudio y se deberá considerar su fuerza relativizadora en el conocimiento. La implicancia sostiene un concepto ético de neutralidad. El profesional no está fuera de la escena, es parte de ella. Las palabras clave para Lourau son implicancia por un lado y autogestión por otro:

el análisis institucional está ligado desde un principio a las experiencias de la autogestión (…) lo instituido no es una masa inmóvil o petrificada, un bloque de poder y de alienación. Es (…) un movimiento dialéctico, un proceso; no es sólo reproducción mecánica y fatal. En mi práctica profesional existe un principio de esperanza, por eso me ocupo de la autogestión, que es un intento por cambiar las relaciones sociales. (Lourau, 2001: 125).

El análisis institucional le confiere al desorden otro estatuto. Hay un orden social, cuando no hay orden, algo falla en el sistema y la intervención parece que debe seguir el camino para volver a encausar todo hacia el orden primero. “Para los objetivos de la intervención institucional en esta perspectiva, es menos interesante la rehabilitación de los organismos sociales o el tratamiento de las disfunciones que poder interrogar acerca del sentido, la puesta en evidencia y elucidación de lo que estaba oculto en los fenómenos intitucionalizados debido al juego de los intereses” (Lourau, 2001: 139). Desde esta perspectiva se hará más hincapié en el carácter deliberado y des-ordenante de la intervención que en el cumplimiento de funciones de adaptación, regulación y reducción de tensiones.

Abordar estos ámbitos de trabajo hace referencia a una visión del profesional diferente de la actualmente existente, con una propuesta de una psicología que extienda su horizonte, del hospital/consultorio a la comunidad donde transcurre la vida con sus problemas. Para que esto suceda se requiere:

– Una nueva visión de la formación y del reciclaje o capacitación en servicio de los profesionales hacia una perspectiva comunitaria y preventiva; y además

– Que aparte del conocimiento del campo específico de intervención, por la complejidad de los objetivos, conozcan y sepan poner en práctica el trabajo en equipo, la colaboración y coordinación, la comunicación interdisciplinar e intersectorial.

En algunos países (España entre otros) se ha desarrollado como especialidad la psicología de la intervención social; allí, el Consejo Oficial de Psicólogos ha definido funciones, instrumentos y ámbitos de la intervención psico-social que, aún con cierto sesgo tecnocrático, señalan la importancia otorgada a este campo profesional

Consideraciones últimas, no finales

La singularidad de cada situación dispone que no haya dos intervenciones comparables. Las experiencias permitirán establecer algunas regularidades, sin embargo los procesos siempre serán diferentes. Tampoco nosotros seremos los mismos. En relación con este “nosotros” es importante encarar las tareas en equipo de intervinientes para evitar el riesgo de ser fagocitados de alguna manera por la organización; por ejemplo, que el accionar sea neutralizado por los “establecidos o instituidos” existentes. Alain Badiou dijo que un hecho podía ser considerado político cuando creaba tiempo y espacio; cuando transformaba esas dos dimensiones de nuestra sensibilidad “que le otorgan estructura a las cosas que conocemos”. Es decir, un hecho puede ser considerado político cuando transforma el mundo.

¿Una intervención preventivista y promocional de salud podría ser considerada en la misma línea? Un objetivo de propiciar subjetividades más autónomas, creativas y solidarias o de propiciar transformaciones en los colectivos con los que intervenimos ¿admite aquella definición? ¿Hasta dónde tendría que llegar una praxis interviniente? O tal cual lo hemos formulado, considerando objetivos de la psicología preventiva, ¿cuáles son los alcances y límites de una tarea en este terreno? Otra pregunta no menor ¿cuándo termina una intervención?, ¿cuándo cumplimos el tiempo acordado o pactado entre ambas partes? ¿O cuando los procesos de cambio han podido emerger del encuentro? Por último, y a modo de un indicador del proceso, en esa intervención ¿se pudo producir un encuentro?; que tal vez sea una de las pocas cosas que nos permita decir que el trabajo realizado ha sido profundamente humano.

Referencias bibliográficas

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