1.1. Introducción
La presente investigación tiene por objetivo analizar las transformaciones de la educación técnica de nivel medio en la Argentina en las últimas dos décadas desde una perspectiva que restituya la unidad entre las determinaciones económicas y políticas, es decir, que la explicación sobre su devenir integre el análisis de las transformaciones productivas así como el de las transformaciones políticas que tuvieron lugar en ese período. Nuestro punto de partida será la realización de un reconocimiento de las determinaciones generales de la educación en la sociedad capitalista, y con ello de los fundamentos de una perspectiva que comprende a la política, la educación y el trabajo en unidad, como partes constitutivas de lo real, exponiendo así el tipo de enfoque adoptado en esta investigación.
Para ello, en este primer capítulo, comenzaremos por reconocer el papel social de la educación en toda sociedad humana. Esto es, la formación para el trabajo o, lo que es lo mismo, para la participación en la producción social. En el segundo apartado del capítulo desarrollaremos las especificidades que adquiere la educación bajo la sociedad capitalista. Analizaremos las determinaciones más generales de la educación a partir de comprender las características que asume la organización social del trabajo bajo la producción de mercancías. En particular, veremos que la subjetividad productiva de los individuos se encuentra determinada por la producción de plusvalía relativa o, dicho en otras palabras, que la constante revolución técnica de los procesos de trabajo va modificando los atributos productivos que el capital precisa de los trabajadores, es decir, las disposiciones físicas y subjetivas para participar de la producción social. Veremos también cuál es la tendencia general de esos cambios en lo que respecta a la educación formal y el papel que en ello juegan tanto la política estatal como el conflicto político entre diversos actores sociales.
En el tercer apartado del capítulo desplegaremos el desarrollo histórico concreto de estos cambios en los atributos productivos de los trabajadores. Reconoceremos una tendencia hacia la reproducción relativamente indiferenciada de los trabajadores hacia mediados del siglo XX y su contratendencia a partir del último cuarto del siglo XX en adelante. Veremos, asimismo, que dichas transformaciones tienen expresión en la forma que asume la política estatal para la producción y reproducción de la fuerza de trabajo -incluyendo la destinada a regular el sistema educativo-.
El curso de la investigación incluye el análisis crítico de otras explicaciones acerca de estos cambios históricos en la reproducción de los trabajadores, por considerar que constituyen el fundamento teórico de la bibliografía más difundidas sobre las reformas de la educación técnica en la Argentina en las últimas dos décadas. Por un lado, analizaremos trabajos provenientes del campo de la Sociología del trabajo en torno a las transformaciones de los atributos de los trabajadores a partir de los cambios en los procesos de trabajo. Por otro lado, analizaremos investigaciones que se focalizan en explicar lo anterior a partir del papel fundamental que tiene la política y el cambio en el modelo de Estado.
Hacia el final del trabajo sintetizaremos los fundamentos de la explicación alternativa sobre la que se desarrolla este trabajo de investigación. La misma se propone restituir la unidad entre los planteos acerca de los cambios en la reproducción de los trabajadores que ponen su mirada en la evolución de las calificaciones como producto de los cambios productivos, o bien como correlato de los cambios en los modelos de Estado y el conflicto político. Esta escisión está presente en la bibliografía que ha analizado el devenir de la educación técnica de nivel medio en la Argentina.
En suma, para lograr restituir la unidad entre las relaciones económicas y políticas en nuestra explicación sobre las transformaciones de la educación debemos partir del reconocimiento de la especificidad del proceso de metabolismo social -la organización de la producción y el consumo humano- y las formas sociales a partir de las cuales se realiza. Avancemos en ese sentido.
1.2. La educación y su papel social en la formación para el trabajo
El ser humano, a diferencia del resto de los seres vivos, no se apropia de forma directa de la naturaleza sino que interviene en ella para transformarla y producir los bienes que necesita para garantizar su reproducción. Se apropia del medio a partir del trabajo, produciendo diversos valores de uso o, lo que es lo mismo, gasta su propio cuerpo mediado por la aplicación de una acción consciente para lograr desarrollar su proceso de metabolismo (Marx, 2000a).
Esta capacidad humana, esta potencia productiva, se expresa de forma individual, en tanto no hay modo de trabajar si no es gastando el propio cuerpo e implicando la propia conciencia y voluntad, pero representa fuerzas productivas sociales. Ya sea porque el individuo que realiza un trabajo precisa del producto del trabajo realizado por otros individuos con anterioridad a él, o bien porque precisa entrar en cooperación con otros individuos para desarrollar ese trabajo. De modo tal que la reproducción de la vida humana se realiza a partir de la distribución de las cuotas individuales de trabajo para la producción de medios de vida y, dicha distribución, implica la diferencia de atributos que portan los distintos miembros de la sociedad para participar de la producción social -y del consumo como cierre y condición de reinicio del ciclo de reproducción social-. Más precisamente, estos atributos sociales que portan individualmente las personas son disposiciones físicas y subjetivas para participar del trabajo social. Por eso nos referiremos a ellos como atributos productivos. A su vez, sintetizaremos con la expresión subjetividad productiva el cúmulo de atributos productivos que la fuerza de trabajo porta para participar de la producción social (Iñigo Carrera, 2007a: 46-49).
Más adelante desarrollaremos como se ha generalizado, en el campo de la Sociología del trabajo, que estudia los cambios de los procesos productivos en el capitalismo a partir de la década de 1960, la categoría de calificaciones para hacer referencia a estos atributos y como, a partir de la década de 1980 y sobre todo a partir de 1990, comienza a reemplazarse por la de competencias. Evitaremos utilizar estas dos expresiones para mantener clara las diferencias entre esos enfoques y el adoptado en esta investigación. Cabe aclarar que si por momentos nos referimos a los atributos de los trabajadores en términos de conocimientos, lo estaremos haciendo como expresión homónima a la de atributos productivos, es decir, que incluirá tanto los conocimientos, como también las habilidades y las actitudes portadas en la subjetividad de los trabajadores.[1]
Ahora bien, si tomamos el caso de las primeras sociedades humanas como ejemplo vemos que la división del trabajo se asignaba de forma directa y estaba determinada por los atributos productivos que los individuos portaban naturalmente. Asimismo, los procesos de formación no se distanciaban del momento de trabajo.[2] Pero a medida que se desarrollan las fuerzas productivas del trabajo social, se complejizan los procesos de trabajo, y con ellos las demandas de atributos productivos, como así también los procesos de formación necesarios para producirlos y reproducirlos (Iñigo Carrera, 2008b).[3]
Hasta acá vimos que el trabajo, en su forma genérica o abstracta, es propio del ser humano pero asume diversas formas concretas según la división social del trabajo y el tipo de trabajos que determina el grado de desarrollo de las fuerzas productivas de cada sociedad. Excede los objetivos de esta investigación desplegar la evolución histórica del desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social y su determinación en la evolución de las diferentes formas del trabajo humano, los atributos productivos de los miembros de cada sociedad y la forma que asumieron los procesos de formación de dichas subjetividades productivas. Pero ciertamente este sería el verdadero punto de partida de un análisis materialista de la historia de la educación. Otro comienzo no haría sino relatar la historia de las “ideas pedagógicas”, es decir, partir de las “formas celestiales” en lugar de las “formas terrenales”.[4]
La tecnología nos descubre la actitud del hombre ante la naturaleza, el proceso directo de producción de su vida y, por tanto, de las condiciones de su vida social y de las ideas y representaciones espirituales que de ellas se derivan. Ni siquiera una historia de las religiones que prescinda de esta base material puede ser considerada como una historia crítica. En efecto, es mucho más fácil encontrar, mediante el análisis, el núcleo terrenal de las imágenes nebulosas de la religión que proceder al revés, partiendo de las condiciones de la vida real en cada época para remontarse a sus formas divinizadas. Éste último método es el único que puede considerarse como materialista, y por tanto científico. (Marx, 2000a : 303; nota al pie 4)
A los fines de nuestra investigación comenzaremos por preguntarnos acerca del rol de la educación en el modo de producción capitalista. Veamos a continuación las características generales que asume la formación de los atributos productivos de los individuos, o lo que es lo mismo de su subjetividad productiva, a partir de las determinaciones más genéricas de la organización del trabajo social en una sociedad mercantil.
1.3. Capital y producción de fuerza de trabajo
El modo de producción capitalista se constituye como una organización indirecta del trabajo social, a partir de la separación de los productores de sus medios de producción. En definitiva, la propiedad privada de los medios de producción implica que la unidad entre la producción y el consumo social no se da a partir de la asignación directa de las distintas partes del trabajo social a los miembros de la sociedad, sino que se realiza a través de la producción de mercancías y su intercambio en el mercado. De allí su carácter de sociedad mercantil. Los hombres son libres e independientes pero están sometidos a la producción e intercambiabilidad de bienes para subsistir.[5]
Ahora bien, la realización del intercambio de mercancías supone el reconocimiento de un valor, o una sustancia, común a todas ellas. Esto es, que todos esos bienes son productos del trabajo. Sin embargo, estas mercancías no se cambian simplemente por la cantidad de tiempo que tienen incorporadas, sino por la cantidad de tiempo de trabajo humano socialmente necesario para su producción.[6] El análisis del intercambio mercantil revela que la producción realizada de modo privada e independiente no tiene por fin satisfacer necesidades humanas, es decir, producir valores de uso para que los individuos logren su reproducción a partir de cubrir sus necesidades, sino crear cada vez más cantidad de valor. Valorizar el valor. Poner en movimiento valor con el fin de generar más valor. Los dueños de los medios de producción -los capitalistas- invierten una masa de valor en la compra de una mercancía capaz de producir más valor, es decir la capacidad para trabajar, la fuerza de trabajo. Esta capacidad de trabajar se convierte en una mercancía que se puede vender y comprar en el mercado sólo a partir de un doble proceso de despojo: las relaciones de dependencia personal de los individuos y la posesión de los medios de producción. De modo que los poseedores de fuerza de trabajo -los trabajadores u obreros- venden su capacidad de trabajar por un tiempo determinado y en condiciones determinadas a cambio de un monto de valor. El valor de la fuerza de trabajo -representado en el salario- es, al igual que toda mercancía, la suma de los valores (tiempo de trabajo) que implicó producirla. El obrero trabaja así una cantidad de tiempo para reproducirse a sí mismo y trabaja otra parte del tiempo para el capitalista. De aquella diferencia surge el plusvalor que apropia el capitalista como propietario de los medios de producción.[7]
Aquí radica el aspecto tan revolucionario como penoso del régimen capitalista de producción. La propiedad privada de los medios de producción fuerza la cooperación en el trabajo evidenciando su “necesidad histórica para la transformación del proceso de trabajo en un proceso social”, pero lo hace a partir de “un método empleado por el capital para explotarlo con más provecho, intensificando su fuerza productiva” (Marx, 2000a: 270). El trabajo realizado de forma privada e independiente, es decir la producción de mercancías, o lo que es lo mismo la producción de valor, no es sino una forma indirecta de organizar el proceso de producción y consumo social. La capacidad para poner en marcha el trabajo social se convierte en potestad del capitalista, quien lanza dinero a la producción con el objetivo de obtener al final del proceso un monto acrecentado del mismo y permite reiniciar el ciclo con fuerzas productivas también acrecentadas. El fin de la producción, de este modo, ha dejado de ser la satisfacción de las necesidades humanas para haber pasado a ser la satisfacción de las necesidades del capital: valorizar valor de forma continua. De allí el carácter fetichista de la producción mercantil. Solo producimos los valores de uso que satisfacen nuestras necesidades humanas en la medida en que producimos valores de cambio. La capacidad de organizar el proceso de metabolismo social está enajenada de los sujetos. El trabajo como capacidad de apropiarnos del medio para la reproducción social asume la forma de trabajo alienado, en tanto se realiza a partir de la relación entre diferentes personificaciones -capitalistas y trabajadores. El capital se convierte así en el sujeto enajenado del proceso de vida social, lo que significa, en definitiva, que la conciencia, la voluntad y la acción de los individuos y los grupos de individuos son las portadoras de la organización del proceso de metabolismo social, pero desconocen que lo son. [8]
En este sentido podemos plantear que el movimiento del capital determina a la fuerza de trabajo como un atributo suyo. Esto incluye la producción y reproducción de sus atributos en un sentido “físico” pero también “histórico y moral”. Las interpretaciones más difundidas dentro del marximo sostienen que el componente histórico y moral refiere a la capacidad de los trabajadores de lograr mediante la lucha mejores condiciones de reproducción por encima del salario mínimo de subsistencia física. Starosta y Caligaris (2017: 130-131), en abierta contraposición a estas lecturas, han desarrollado que esta distinción refiere a la necesidad del capital de producir y reproducir tanto atributos “técnicos” en tanto atributos necesarios para realizar tareas productivas específicas, como atributos “morales” que incluyen “al “conjunto” de formas de conciencia, actitudes y disposiciones que también deben ponerse “en movimiento” cuando el obrero “produce valores de uso de cualquier índole” (Starosta, Guido y Caligaris, 2017: 131). Los autores plantean, retomando los aportes de Marx en los Grundisse, que:
Por supuesto estos “atributos morales” no son naturales sino “productos históricos” y, por consiguiente, varían con el “nivel cultural” alcanzado por la sociedad. Más aun, incluso se puede decir que ellos difieren para cada órgano parcial del obrero colectivo, de acuerdo con las diferentes funciones productivas que cada uno realiza bajo el mando del capital. Pero, sobre todo, estos “atributos morales” incluyen de manera fundamental y en términos generales aquello que […] constituye la forma más general de subjetividad asumida por la conciencia enajenada del individuo humano en el modo de producción capitalista, a saber: la libertad personal del productor de mercancías. (Starosta y Caligaris, 2017: 131)
Considerando que la “libertad respecto de las relaciones directas de autoridad y sujeción” es la forma concreta de la subordinación de los individuos al poder social objetivado, el atributo de la libertad -y la consecuente responsabilidad individual- del obrero no puede reducirse a una forma abstractamente ideológica, jurídica o cultura, sino que es “una determinación material de la subjetividad productiva del individuo humano, una capacidad o fuerza productiva” (Starosta y Caligaris, 2017: 131). El capital debe producir y reproducir, entonces, todos los atributos productivos materiales en su unidad, los técnicos y los morales (Starosta y Caligaris, 2017: 135).
Esto significa, por tanto, que el capital no determina de un mismo modo y para siempre los atributos de la fuerza de trabajo. Avancemos en el análisis. Para dar curso al proceso de creciente valorización, y ante los límites naturales que presenta la modalidad de extensión de la jornada de trabajo -plusvalía absoluta-, el capitalista solo puede reducir la cantidad de tiempo de trabajo necesario para la reproducción del obrero, o en otras palabras, el valor de su fuerza de trabajo. Estas transformaciones se dan a partir de procesos crecientes de racionalización de los procesos de trabajo, es decir de la intervención de la conciencia científica para objetivar el trabajo humano en procedimientos y maquinaria con el fin de incrementar su productividad. Desde el punto de vista del capitalista individual, el incremento en la productividad del trabajo le permite abaratar sus mercancías y venderlas un poco por encima de su valor individual pero un poco por debajo de su valor social, obteniendo un margen extraordinario de ganancia. Pero en esta búsqueda de ganancia extraordinaria se produce plusvalía relativa y con ello “una revolución de las condiciones de producción”, desarrollando la potencia de las fuerzas productivas del trabajo social (Marx, 2000a: 253) y revolucionando, al mismo tiempo, la subjetividad productiva de la fuerza de trabajo.
A partir de la cooperación simple, la división manufacturera del trabajo y especialmente con el desarrollo del sistema de maquinaria de la Gran Industria el capital avanza de la subsunción formal del trabajo humano hacia su subsunción real, transformando la subjetividad productiva de los trabajadores (Marx, 2001). Esto significa, en palabras del propio Marx: la “sustitución de la fuerza humana por las fuerzas de la naturaleza y de la rutina nacida de la experiencia por una aplicación consciente de las ciencias naturales” (Marx, 2000a: 315), de modo tal que “ahora, es la propia naturaleza del instrumento de trabajo la que impone como una necesidad técnica el carácter cooperativo del proceso de trabajo” (Marx, 2000a: 316).
En efecto, el desarrollo del sistema de maquinarias convierte a una porción de los trabajadores en su “apéndice”; torna sus saberes y habilidades específicas superfluos para el desarrollo del proceso productivo. No obstante, haberlos desespecializado le permite al capital adaptarlos a diversos puestos o tipos de procesos productivos diferentes. Al mismo tiempo que genera la degradación de atributos específicos de una porción de los trabajadores, el capital convierte a otra de sus porciones en sobrepoblación o población sobrante para las necesidades del capital, en tanto la introducción de la innovación tecnológica solo cabe allí donde el gasto desembolsado en ella permite ahorrar trabajo vivo. Sin embargo, este movimiento engendra también otro tipo de “obrero superior” que requiere mayor formación y especialización en tanto tiene que controlar y reparar la maquinaria y desarrollar conocimiento científico. Cabe aquí hacer una aclaración. En El Capital Marx plantea que el desarrollo científico es una potencia del trabajo social que se le enfrenta al obrero enajenada en el capital y deja claro que el capitalista no puede ser quien personifique su desarrollo, pero no avanza en el conocimiento de quién se encarga de personificarlo y cuáles son las transformaciones subjetivas que implica esto para una porción del obrero colectivo y, por ende, de una parte de la clase trabajadora.[9] Sin embargo, en los Grundisse aparece con mayor explicitación lo que en El Capital solo se deja entrever: que el desarrollo del proceso de valorización de capital engendra como atributo suyo un tipo de subjetividad productiva que precisa expandir su capacidad para conocer y controlar el medio, es decir, que una parte del obrero colectivo comienza a personificar el desarrollo del conocimiento científico y su aplicación tecnológica (Marx, 1997).[10] Como consecuencia de ello, se va transformando progresivamente la naturaleza del trabajo: trabajar es cada vez menos la intervención directa sobre el objeto de trabajo, o sobre la herramienta que opera sobre el objeto de trabajo, para pasar a ser cada vez más una intervención indirecta a partir del control de las ciencias naturales que permiten crear las herramientas, maquinarias y tecnologías varias que someten a modificaciones crecientemente automáticas el objeto de la producción.
Esto supone la necesidad de formación de una subjetividad productiva universal o desespecializada, en tanto el conocimiento científico implica codificar, sistematizar y objetivar el conocimiento específico basado en las habilidades físicas, sensoriales y el conocimiento práctico de los trabajadores. En otros términos, supone una tendencia al reemplazo de los atributos particularistas/detallistas de los trabajadores por atributos generales/universales y pone en evidencia la razón histórica de existir del modo de producción capitalista: transformar las potencias productivas del trabajo libre individual en potencias productivas del trabajo colectivo conscientemente organizado por el obrero, no individual sino colectivo, que lo realiza; en definitiva, desarrollar la capacidad para avanzar en el control universal de las fuerzas naturales y de controlar conscientemente el carácter colectivo del trabajo (Iñigo Carrera, 2008a: 58).
Sin embargo, reconocer que el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el modo de producción capitalista determina la tendencia al despliegue de una subjetividad productiva universal no significa, por cierto, que su realización sea inmediata. Por el contrario, cada paso hacia adelante en el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social que el capital da a partir de la producción de plusvalía relativa, implica una diferenciación al interior del obrero colectivo: expande los atributos productivos de una poción de los trabajadores, mientras degradada de dos modos los atributos productivos específicos de otra porción de los trabajadores por la simplificación que supone la objetivación del trabajo vivo y expulsa como sobrante para el capital a una tercera parte.[11] Por ello, es preciso distinguir la tendencia general de la acumulación de capital con sus manifestaciones inmediatas, es decir, con las formas concretas en que se realiza la esencia de dicho movimiento histórico. No es que la persistencia del trabajo particularista y la degradación de los atributos de una porción de los trabajadores contradiga la tendencia general hacia la expansión de los atributos de los trabajadores y la constitución de una subjetividad más universal. Más bien la tendencia general se despliega afirmándose en su negación (Starosta y Caligaris, 2017: 181-182). En efecto, las condiciones que permiten la eliminación del trabajo directo sobre los objetos mediados por las herramientas, basado en la pericia humana y el conocimiento tácito constituido por la experiencia, se generan a partir de la multiplicación de dicho tipo de trabajo.[12] Esta distinción no es realizada por los trabajos que se inscriben en la defensa de la tesis del deskilling -dentro de los cuáles Braverman fue pionero (Braverman, 1975)- tal como veremos en el próximo apartado. De este modo, una parte del obrero colectivo tuvo que haber visto complejizado sus atributos productivos para poder desarrollar las innovaciones tecnológicas que objetivan -expropian- esos saberes específicos a otra parte del colectivo obrero; además de que ahora la producción solo puede desarrollarse de forma social lo que supone que una porción de los trabajadores tiene que encargarse de organizar y coordinar la producción. Pero, si bien este avance en la objetivación del trabajo vivo supone la degradación de otra parte del colectivo obrero, es decir la expropiación de sus atributos productivos particulares o detallistas, precisan desarrollar en contraposición nuevos atributos de carácter general para operar con diversos tipos de maquinarias e incluso para poder rotar de rama en rama de la producción, en tanto el desarrollo del régimen de la gran industria agiliza el movimiento de los capitales de un nicho a otro de la producción. La formación general de la fuerza de trabajo presenta así una relación directa con la velocidad de las transformaciones productivas de modo de lograr la adaptabilidad a nuevas máquinas, modos de producir y ramas de la producción.
Esto nos enfrenta a reconocer un movimiento de universalización de la subjetividad productiva, aunque tiene un doble carácter. Para la primera porción del obrero colectivo la desespecialización -o universalización- se da por expansión de atributos, para la segunda porción de los obreros la desespecialización o universalización se da por degradación. Pero esto no niega el hecho de que el capitalismo es el primer modo de producción que produce capacidades y necesidades universales. La constante búsqueda de plusvalía relativa genera la tendencia a la expansión y a la universalidad de la subjetividad productiva del obrero colectivo, en tanto el avance en el desarrollo de las fuerzas productivas se realiza a partir de la expansión de una conciencia científica y, este avance a su vez reemplaza crecientemente atributos particularistas por atributos generales o universales. Aunque, en su expresión individual, este proceso que implica pérdida de atributos específicos y su reemplazo por atributos generales no siempre implica complejización (Starosta, 2012). Esto implica que esta expansión y universalización de la subjetividad productiva de la parte de los trabajadores que avanza en el control científico de la organización del trabajo social se va afirmando a partir de su negación: con cada paso adelante en la objetivación del trabajo humano, se requiere una porción del obrero colectivo con subjetividad expandida y otra con subjetividad degradada, es decir, se agudiza la diferenciación en la reproducción de la fuerza de trabajo y, con ello, de la formación de sus atributos productivos -tal como veremos más adelante.
1.4. Capital, Estado, lucha política y educación
Hasta aquí el reconocimiento de la necesidad del capital de contar con fuerza de trabajo con atributos universales y que estos atributos sean desarrollados antes del ingreso efectivo a la producción. Así como pueden reconocerse atributos productivos que los individuos portan sin la mediación de ningún tipo de proceso de formación sistemático, sino que se desarrollan por el propio lugar que se ocupa en el proceso de metabolismo social -en la producción y el consumo social-, otro tipo de atributos requieren de dispositivos de formación específicos con anterioridad al ingreso a espacios de trabajo particulares.[13]
Un resultado al que podemos arribar con este análisis es que la educación en el modo de educación capitalista está doblemente determinada. Por un lado, homogeneiza la formación de la fuerza de trabajo con atributos universales básicos para su ingreso a la producción -y su participación en el consumo social– y la torna versátil para no obstaculizar el desarrollo de la producción que se realiza de manera privada e independiente -es decir, no existe planificación de qué tipo de mercancías se van a producir y consumir, por ende no hay control social de qué tipo de capacidad de trabajo va a requerir al sociedad-. Al mismo tiempo, diferencia los atributos productivos de la fuerza de trabajo para poder satisfacer las demandas de los distintos trabajos concretos, según las necesidades de las diversas ramas de la producción, los tipos de capitales individuales de los que se trate y los roles laborales específicos dentro de ellos.
Cabe aquí realizar una observación para evitar confusiones respecto a nuestro planteo. Que la función social de la educación es la integración de los sujetos a una sociedad a partir de la distribución de saberes, habilidades y valores de forma homogénea y heterogénea no representa una novedad. Sin embargo, la literatura funcionalista ha jugado el papel ideológico de naturalizar la división social del trabajo basado en la propiedad privada de los medios de producción y promover el aporte de la educación en el armónico desarrollo de las relaciones sociales[14]. Por su parte, la literatura que cuestiona el carácter natural de la división social del trabajo capitalista y caracteriza la imposibilidad de la armonía social, le asigna a la educación el papel de reproducir la dominación de una clase sobre la otra.[15] Desde nuestra perspectiva cada modo de producción engendra la subjetividad productiva que necesita de sus miembros para poder reproducir el proceso de metabolismo social. En otros términos, las fuerzas productivas del trabajo social deben ser portadas por los cuerpos y las subjetividades individuales.[16] De modo que la educación en la sociedad capitalista reproduce, no las relaciones sociales de dominación, sino las relaciones sociales de producción, que toman la forma de relaciones de explotación, por tratarse de una sociedad mercantil.[17]
Recapitulando, hemos visto que homogeneizar y diferenciar los atributos que conforman la subjetividad productiva de los individuos es una necesidad de la organización social capitalista; que estos atributos son atributos para participar del trabajo social y por ello incluyen conocimientos, habilidades o destrezas físicas y disposiciones o actitudes necesarias, tanto para el desarrollo de procesos productivos concretos como para el proceso productivo global -producción y consumo social determinado por la lógica de acumulación de capital en tanto forma de regirse el metabolismo social-; asimismo, hemos visto que es necesario el desarrollo de atributos universales básicos con anterioridad al comienzo del ejercicio laboral, aún cuando este sea extremadamente simple. Si seguimos el curso del análisis cabe preguntarse quién personifica esta necesidad social de producción y reproducción de la fuerza de trabajo.
El desarrollo realizado por Marx permite reconocer que el propio proceso de acumulación de capital puso límites al ingreso de la población infantil a la producción al tiempo que estableció la obligatoriedad de su educación básica (Marx, 2000a). Estos límites no aparecieron de repente, sino luego de que los capitalistas individuales llevaran al extremo la explotación de los trabajadores, entre ellos los menores, poniendo en riesgo la misma reproducción subjetiva y física de la fuerza de trabajo.[18] Lo que demuestra que la formación de la fuerza de trabajo con los atributos que el proceso de acumulación de capital precisa no puede depender de los capitalistas individuales, regidos por la necesidad de extraer crecientes tasas de plusvalía. Tampoco puede depender de la voluntad de los propios trabajadores, regidos por la necesidad de no demorar la venta de su fuerza de trabajo. Sólo un tercer sujeto que represente al capital social en su conjunto puede garantizarlo: el Estado, a partir del conjunto de normas jurídicas con el que interviene para mantener la reproducción de las relaciones sociales de producción capitalistas.[19] La regulación estatal del trabajo infantil y la obligatoriedad escolar son dos expresiones de la necesidad del capital de formar con atributos universales[20] a la fuerza de trabajo antes de su ingreso a la producción (Iñigo Carrera, 2008b) y su sanción la realiza el Estado, forzado por la acción consciente y voluntaria de las diversas personificaciones sociales.
Lo mismo puede plantearse sobre la regulación estatal que cada espacio nacional desarrolló -y desarrolla- para sostener un sistema educativo que ofrezca variedad de trayectos posibles de modo de garantizar la disponibilidad de fuerza de trabajo lo suficientemente diversa para las necesidades del capital. Esto toma curso tanto a partir de la existencia de niveles y ciclos de formación a nivel vertical, como por la existencia de orientaciones o modalidades de curada a nivel horizontal dentro de cada nivel.[21]
Hasta aquí, hemos visto las determinaciones generales de la educación en el capitalismo, es decir de la formación de atributos productivos. Avancemos, ahora, con el análisis histórico concreto de las transformaciones productivas acontecidas a lo largo del siglo XX y su correlato en la transformación de los atributos de la fuerza de trabajo. Esto supone incluir el análisis del conflicto de clases y la política estatal para la producción y reproducción de la fuerza de trabajo.
Integraremos a este desarrollo el contrapunto con otras explicaciones sobre los cambios históricos en la reproducción de los trabajadores, porque constituyen -aunque más no sea implícitamente- el fundamento en el que se sostienen algunas de las explicaciones sobre las reformas de la educación técnica en la Argentina y, los problemas que hemos identificado que tienen estás explicaciones en la introducción de la tesis. Por un lado, analizaremos trabajos dentro de la Sociología del trabajo que abordaron la evolución de los atributos de los trabajadores. En particular nos interesa identificar la contraposición que se da entre quienes sostienen que los cambios en los procesos de trabajo tienden a la degradación de los atributos de los trabajadores y quienes plantean por el contrario que tienden a la recalificación y los problemas de esta dicotomía. Esto nos permitirá, en próximos capítulos, discutir varios de los argumentos de la literatura que sostuvo la necesidad de reformar la escuela secundaria argentina para que se convirtiera en una formación polivalente apelando a que los “nuevos paradigmas productivos” o la “nueva sociedad del conocimiento” requerían una formación más compleja, pero que desatendieron algunas particularidades de la acumulación mundial y de las formas concretas que asume en la Argentina.
Por otro lado, analizaremos trabajos que se proponen explicar el cambio en la reproducción de los trabajadores con foco en las diversas formas o modelos de Estado, en particular, la mayor presencia estatal en la prestación pública de servicios sociales hacia mediados del siglo XX y su contratendencia con posterioridad a la década de 1970: examinaremos de forma general el argumento central de la teoría de la regulación y del llamado marxismo abierto dada la relevancia que sus argumentos tienen en las investigaciones sobre las transformaciones de la educación de modalidad técnica en la Argentina; en particular en aquellas que explican las reformas educativas a partir de la orientación “keynesiana”/”benefactora” o “neoliberal” de la política pública. El objetivo es clarificar la contraposición con nuestra explicación. Estos planteos explican los cambios políticos, y en particular en la política educativa, a partir del establecimiento de una relación entre diversas causas -las crisis económicas, las transformaciones productivas y el conflicto social o la lucha de clases-, mientras nuestro enfoque se propone restituir la unidad inmanente entre todas ellas a partir de reconocer el cambio político como realización de necesidades materiales, es decir, económicas.
1.5. El desarrollo histórico concreto de la formación de atributos productivos en el capitalismo: análisis de las transformaciones productivas y políticas en unidad
1.5.1. Racionalización del trabajo y tendencia a la reproducción relativamente indiferenciada de los atributos productivos de la fuerza de trabajo
En la producción mecánica -sea de grandes lotes de bienes seriados o de pequeños lotes de bienes no seriados- la Organización Científica del Trabajo operó como una racionalización de los procesos de trabajo industriales que permitió multiplicar la producción de medios de consumo masivo en EEUU desde los años ´20 y se fue extendiendo a diversas ramas de la producción y espacios nacionales. Se sustentó en la profundización de la separación entre el trabajo de concepción y el trabajo de ejecución, por un lado, y en la de la parcelación y repetición de tareas, por el otro. Esto, sumado a la integración de los diversos segmentos de la producción a partir de cadenas de montaje u otros mecanismos que garantizaban el desplazamiento de materias en proceso de transformación, permitió la producción de mercancías estandarizadas de flujo continuo (Coriat, 1982).[22]
La parcelación del trabajo simplificó las tareas y permitió contratar trabajadores con menores calificaciones. Es decir, abarató la fuerza de trabajo porque el “obrero de oficio” se transformó en un “obrero especializado” que requería menor cantidad de tiempo de formación para desarrollar las tareas y pierde autonomía sobre el propio trabajo individual (Aglietta, 1979).
Hasta acá puede parecer que la determinación que tenemos delante es la polarización de las calificaciones entre los trabajadores de subjetividad degradada -que intervienen de forma directa sobre el objeto de trabajo mediado por herramientas o máquinas-herramientas y ven simplificadas sus tareas- y los trabajadores de subjetividad expandida -que desarrollan e implementan el proceso de racionalización del trabajo en representación del capital a partir del avance en el control científico de las fuerzas naturales-.
Sobre esta apariencia se desarrollaron los análisis de la llamada teoría del deskilling que tiene a Braverman (1975) como referente. El autor confronta con las ideas imperantes desde la década de 1930 acerca de que los cambios en la producción -especialmente la mecanización- generaban un alza en la calificación requerida por los trabajadores y afirma que la tendencia general es la degradación de las calificaciones obreras, que asegura a su vez el control del capital por sobre el trabajo. Con lo cual aún las nuevas calificaciones, por más complejas que sean o por más que correspondan a obreros que se dediquen al planeamiento, al diseño o incluso que ocupen el puesto de capataz tienden, inexorablemente, hacia su degradación (Braverman, 1975).[23] Los trabajos en esta línea detienen sus análisis en las transformaciones productivas de la división manufactura del trabajo y toman las manifestaciones de degradación, expropiación y deterioro de atributos productivos específicos como una afirmación inmediata sin llegar a ver que detrás de estas formas se encuentra un contenido opuesto: dicho deterioro es forma concreta de la realización de una tendencia general al desarrollo de una subjetividad expandida y universal, en base al conocimiento científico. Sostienen que, a partir de la subsunción del trabajo al capital, los obreros son crecientemente expropiados de sus saberes y de su control sobre el proceso productivo; lo que implica que están crecientemente sometidos a la dirección productiva y coactiva del capitalista. A otro tipo de conclusión se llega si, por el contrario, se distingue tendencia general y modo concreto de desarrollarse. Si bien el trabajo individual se ve crecientemente simplificado, por la introducción de la división manufactura del trabajo y el sistema de maquinaria de la gran industria, es parte de un proceso de producción colectivo que se complejiza. De modo que desde aquel enfoque no se llega a reconocer que una parte del obrero colectivo ve expandidos sus atributos, aún cuando cumplan funciones de representación del capitalista. Por otro lado, tampoco se llega a identificar que hay cambios en los procesos productivos que implican reemplazar esos saberes específicos expropiados por otros saberes generales y restituye además el conocimiento y el control sobre el proceso de trabajo, tal como veremos en el próximo apartado.
Estos cambios suponen que una porción de los trabajadores debe expandir sus atributos. El capital precisa prolongar el tiempo de su formación para poder desarrollar una conciencia científica que pueda ser aplicada al espacio de trabajo. El salario tiende a crecer también porque la tarea de representación del capital en la toma de decisiones productivas hace necesario que consuma una serie de valores de uso que le permitan afirmarse como tal personificación y diferenciarse del resto de los otros trabajadores. Esta tarea, de vital importancia para el proceso de acumulación, demanda un acortamiento de la jornada para contrarrestar la intensidad del trabajo. De todo esto se desprende que el costo de producir este tipo de obrero demande al capital social extender su vida útil como fuerza de trabajo; por eso el valor de su fuerza de trabajo incluye jubilación, seguridad médica y cobertura de desempleo (Iñigo Carrera, 2005).
Por otra parte, el obrero que ve simplificadas sus tareas a partir de la racionalización del proceso de trabajo necesita una formación de atributos generales -una formación más universal y desespecializada-. Aunque no lo requiera la tarea fragmentada y rutinaria que le es asignada en un proceso de trabajo específico, si lo requiere -tal como hemos planteado con anterioridad- su integración a la cooperación que demanda un proceso de trabajo fragmentado y su participación general de la producción social -es decir de la producción y del consumo de la sociedad-.[24] En este sentido, el período de formación previa al ingreso a la producción tiende a extenderse de forma inversa a la posibilidad de desarrollar una pericia específica para ejercer en el proceso de trabajo y en relación directa a la velocidad con la que el capital requiere su movilidad de una tarea a otra. El capital debe garantizarla por fuera de este espacio e, incluso, antes de que ingresen al mismo. Asimismo, el salario de estos obreros tiene que contemplar el sustento de su descendencia durante este proceso más prolongado de formación (Iñigo Carrera, 2005 y 2008a). Por último, la intensidad del flujo constante de trabajo genera desequilibrios en las líneas de producción. El ritmo de trabajo uniforme y creciente provoca fatiga física y psicológica, por lo que aumenta el ausentismo, la rotación de personal por enfermedades o accidentes, los descuidos y los errores en el proceso de producción. De modo que no solo se generan pérdidas para el capital sino también el incremento de los costos de producción porque es preciso sumar puestos de control y vigilancia de los trabajadores, de control de calidad del proceso y el producto e incluso de reparaciones (Aglietta, 1979: 97). La intensidad del trabajo en aumento por la división del trabajo y la subsunción a la maquinaria puja, así, por el acortamiento de la jornada de trabajo de modo de poder reproducir esa fuerza de trabajo (Iñigo Carrera, 2005 y 2008a).
Entonces, si el obrero de subjetividad degradada y trabajo más simple necesita aumentar su formación y su salario, como así también acortar su jornada de trabajo, la diferencia con el obrero de subjetividad expandida y trabajo más complejo tiende a disminuir. Por ello, al capital social le resulta más barato y eficiente hacerse cargo de la “producción relativamente indiferenciada y masiva” de los dos tipos de obrero. El Estado nacional asume esta tarea en sus manos y por eso, en un cúmulo de países[25], toma la forma de Estado “keynesiano” o “benefactor”:
La producción relativamente universal de la clase obrera nacional cobra así una expresión específica, a saber, la de la educación pública, salud pública, jubilación pública, seguro de desempleo público, planes públicos de vivienda, transporte público, servicios públicos, recreación pública, etc. De modo que la transformación en las condiciones de reproducción de los obreros alcanza individualmente a éstos bajo la forma concreta de la expansión de sus derechos igualitarios como ciudadanos del estado nacional, conquistada necesariamente mediante el avance de la acción política de la clase obrera en su lucha por la burguesía. Lo que la clase obrera paga con su propio trabajo para reproducirse como fuerza de trabajo forzada para el capital, y cuyo logro le cuesta sangre y cárcel a cada paso, aparece entonces ideológicamente invertido. Se lo presenta como las “concesiones” graciosamente otorgadas en su abstracto beneficio por el “estado de bienestar. (Iñigo Carrera, 2008a: 62)
Ahora bien, la necesidad social de reproducción relativamente indiferenciada de la fuerza de trabajo, que incluye su educación, toma la forma de un derecho social -derecho ciudadano- a partir de la lucha de la clase trabajadora. Pero, ¿de dónde brota la fuerza para alcanzar esta conquista? Brota de la propia base técnica de la cooperación basada en la división extrema del trabajo. Porque a pesar de que las tareas sean parciales y repetitivas, su realización sigue dependiendo en gran medida de la intervención directa de los trabajadores, es decir, de su “resistencia física, nerviosa, destreza, atención y movilización” (Coriat, 1982). De modo que sigue dependiendo de los tiempos de reacción, de las facultades de percepción, concentración, discernimiento, de la rapidez de coordinación de los movimientos de los individuos.
Además, la parcelación de tareas productivas incrementa la necesidad de traslados, transferencias y tiempos muertos tornándose más necesaria la tarea de “equilibrado” entre las distintas partes que componen el proceso de producción. En síntesis, el tipo de cooperación que se establece disminuye el control de los trabajadores individuales en el proceso productivo pero no lo elimina en términos colectivos. De hecho el capital sigue dependiendo de los atributos para la intervención directa sobre el objeto de trabajo y depende de la sincronización de toda una sucesión de intervenciones directas, ahora que el trabajo fue descompuesto en sus partes más simples. Se torna así muy vulnerable a la colectivización del trabajo que realiza la cadena de producción […] El trabajo en cadena tiende a unificar a los obreros en una lucha global contra las condiciones de trabajo. Las diferenciaciones individuales por diversificación de remuneración generada por la especialización en diversas tareas choca contra la uniformidad que genera la parcelación de todos los obreros y su interdependencia a partir de la cadena (Aglietta, 1979: 98).[26] De allí también la fuerza obrera para lograr condiciones más homogéneas de reproducción.
En suma, lo que estamos intentando mostrar es que el desarrollo histórico de la política estatal para la reproducción de los trabajadores -incluida su educación- es el resultado de la correlación de fuerzas sociales, pero como forma de realizar necesidades económicas del proceso de acumulación de capital. En otros términos, el Estado -como representante del capital social total- mejora las condiciones de reproducción de la clase obrera hacia mediados del siglo XX en tanto la precisa como fuerza de trabajo con atributos productivos más homogéneos, pero no lo hace de un modo automático sino a partir del despliegue del conflicto político y la victoria de la clase obrera por sobre la capitalista.
Otras explicaciones muy difundidas sobre las transformaciones políticas expuestas se diferencian de la perspectiva aquí desarrollada por el modo en que “ponen en relación” “la economía” y “la política”. Por un lado, la teoría de la regulación francesa[27] sostiene que los cambios en la intervención del Estado son producto de la necesidad de regular los desequilibrios que generan las crisis en el capitalismo. Plantean que la crisis económica de la década del 1930 dio como resultado un nuevo “régimen de acumulación” basado en la articulación entre las políticas sociales del Estado “benefactor” o “keynesiano” y la producción de tipo “fordista”. De modo que el incremento de productividad del trabajo y la restitución de la tasa de ganancia capitalista se realizó a partir de la producción en masa y el incremento salarial (directo e indirecto) para garantizar el consumo, mediado por la negociación colectiva. De allí que se considere una “sociedad salarial” (Aglietta, 1979). Dicho en otras palabras, según esta línea argumental, el mejoramiento de las condiciones de reproducción de los trabajadores tiene por principal objetivo constituirlos como consumidores para reactivar el ciclo de acumulación, pero no se llega a exponer la conexión entre ese mejoramiento y el avance hacia la homogeneidad de sus atributos productivos. Por otra parte, el denominado marxismo abierto[28] también analiza el cambio en el papel del Estado -su pasaje de tipo liberal a tipo keynesiano-, pero otorgándole una doble causa: la crisis económica y la crisis política o del “patrón de dominación”. Desde esta perspectiva, el saldo de la lucha entre el capital y el trabajo es la explicación del cambio en los procesos de trabajo y las políticas sociales. En ese sentido, consideran que el Estado Keynesiano constituye un reconocimiento al poder de la clase obrera (Holloway, 1994). La lucha de clases es considerado motor de las mejoras en las condiciones de reproducción de los trabajadores descripta, y no la forma de realizar esa mejora como necesidad del proceso de acumulación de capital.
1.5.2. Automatización, nueva división internacional del trabajo y tendencia a la reproducción diferenciada de los atributos productivos de la fuerza de trabajo
El avance de la automatización en la segunda parte del siglo XX, da un salto más en la subsunción real del capital sobre el trabajo. Es una forma más compleja de racionalización que consiste en hacer que el proceso productivo funcione espontáneamente a partir de un dispositivo natural, como una reacción química, o un dispositivo técnico, como una máquina o una forma particular de organización del trabajo. Este nuevo sistema técnico fue posible a partir del desarrollo científico para el control automático de procesos que dependían de la mecánica y de procesos químicos. La construcción de máquinas que pudieran controlar máquinas fue posible por el desarrollo de la informática, la electrónica, las telecomunicaciones y la robótica despojando al proceso de producción “de los límites impuestos por la capacidad sensorial y motriz de un ordenador humano” (Aglietta, 1979: 102).
La producción de grandes lotes de bienes seriados -como los automóviles y los bienes de línea blanca- fue transformándose del uso de máquinas universales -que debían ser adaptadas para poder realizar diversas tareas- al uso de máquinas especializadas incrementando la productividad del trabajo. Hacia mediados del siglo XX, estas máquinas-herramientas se fueron conformando como una línea de producción automática que permitía producir una gran cantidad de partes y piezas con rapidez y un alto grado de estandarización. El ensamblado de dichas partes y piezas siguió siendo una tarea fundamentalmente manual (Coriat, 1992a). Por el contrario, la producción de pequeños lotes o piezas a pedido, como los bienes de capital industriales -maquinaria y equipo- no presentó la misma evolución. Si bien el avance tecnológico fue simplificando las tareas de calibración de las máquinas, incorporando el uso de máquinas-herramientas a Control Numérico, la intervención de los trabajadores a partir de su pericia seguía cumpliendo un importante papel, por ejemplo para programarlas. Sobre todo en la producción no estandarizada que requiere continuas adaptaciones para la elaboración de diversos productos. Por su parte, en las industrias de proceso continuo -donde el trabajo humano debe conducir y controlar el proceso de transformación físico-química que atraviesa el material en cuestión y no fundamentalmente intervenir de modo directo sobre las máquinas herramientas que intervienen, a su vez, sobre el objeto de trabajo- el avance de la informatización a partir de la década de 1960, torna aún más indirecto el trabajo humano.
De modo que el trabajo de los operadores tiende cada vez más a ser “una capacidad de interpretación de datos más o menos formalizados, propuestos por los dispositivos de control de los automatismos” (Coriat, 1992a: 198). Este ejercicio de interpretación de signos, señales y símbolos va reemplazando los atributos específicos del uso de la percepción sensorial y la habilidad manual por otros de carácter más general (Balconi, 1999 y 2002) en tanto “crece la parte de actividad propiamente cerebral y mental, traduciéndose, por ejemplo, en un esfuerzo casi permanente de representación de los circuitos y conexiones entre máquinas, con fines de ajuste o de diagnóstico” (Coriat, 1992a: 198). En este sentido implicó el inicio de una nueva ola de “codificación del conocimiento tácito“ de los trabajadores (Balconi, 2002). Es decir, la objetivación de sus atributos particulares, o en otros términos, de aquellos atributos que dependen de la percepción sensorial y la habilidad manual y que por ello su desarrollo supone experiencia práctica más que educación formal. Este conocimiento tácito es reemplazado por el correspondiente a la decodificación de mensajes informativos, que supone una base más prolongada de educación formal y tienden a ser de carácter más general en lo que respecta a su aplicación en diversos ámbitos o tareas productivas (Balconi, 2002).
Estas transformaciones tuvieron expresión en la forma de nominar los atributos productivos de los trabajadores por parte de bibliografía especializada. El término calificación era utilizado para referirse al cúmulo de conocimientos y habilidades demandas para el desarrollo de tareas específicas de puestos laborales también específicos, dada la forma de organizar el trabajo descripta en el apartado precedente. Las titulaciones de escolaridad formal y el tiempo de aprendizaje y de experiencia en el trabajo eran indicadores objetivos que permitían asociar un grado de calificación a un puesto de trabajo y establecían una clasificación de “categorías laborales”; es decir, una jerarquía entre categorías y, por ende una explicitación de las formas de ascenso y movilidad interna en los espacios de trabajo (Jobert, 1990). Progresivamente, y fundamentalmente a partir de la década de 1990, el término calificación comienza a ser reemplazado por el de competencia (Lichtenberger, 2001). La nueva base técnica y las formas de organización de los procesos de trabajo que esta habilita, tornan el trabajo en un proceso cada vez más indirecto y desespecializan a los trabajadores, incrementando su polivalencia. Tal como hemos planteado, estos cambios productivos, requieren menos formación específica y práctica laboral y más formación de carácter universalista previa al ingreso laboral que desarrolle la capacidad para intervenir de un modo cada vez más indirecto en el proceso de trabajo. De allí que para varios autores la categoría competencia permite reflejar mejor las nuevas demandas de atributos productivos en tanto refiere a la participación en los procesos de trabajo a partir de la movilización de conocimientos más generales: comunicación oral y escrita, capacidad de procesamiento e interpretación de información, trabajo en equipo, iniciativa personal para identificar problemas y resolver situaciones inesperadas, autonomía para la toma de decisiones, entre otros (Carrillo e Iranzo, 2000: 189 y 197; Leite, 1996).
Es preciso plantear que este cambio cualitativo en las formas que asume el trabajo es interpretado, en algunos casos, como generador de demandas de competencias que demandan los nuevos paradigmas productivos están “enriquecidas” y son “más complejas” que las antiguas calificaciones. Desde esta perspectiva, la introducción de nuevas tecnologías al proceso de trabajo demanda crecientes niveles de escolarización para adquirir nuevas competencias intelectuales y comportamentales, tanto conocimientos generales como un conocimiento de la globalidad del proceso de trabajo en contraposición a la fragmentación y especialización que planteaba la teoría del deskilling (Leite, 1996). Así, en contraposición a las teorías que plantean la tendencia a la degradación de las calificaciones de la clase obrera, han emergido estudios que sostienen que la tendencia general del cambio en los atributos productivos de los trabajadores es al upskilling o a la recalificación (Adler, 1986; Atwell, 1987; para una reseña general del debate ver Carrillo y Iranzo, 2000).
Cabe aquí observar que este tipo de planteos no realiza una diferencia entre la esencia del cambio y sus formas concretas de realizarse. Avancemos con nuestro desarrollo para clarificar a que nos referimos.
Aglietta (1979) plantea que la idea de “trabajo ampliado” no significa una recualificación en términos de “recuperación de un contenido cualitativo característico del oficio” sino más bien una tendencia a la homogeneización de los roles laborales que le permite al capitalista reasignar tareas con mayor facilidad incrementando su productividad. Coriat (1992a), por su parte, distingue que la polivalencia -o desespecialización en tanto constituye una pérdida de especialidad-, no necesariamente significa menos conocimiento o habilidades para todos los trabajadores. Según el autor, hay formas de polivalencia horizontal que implica la suma de tareas del mismo nivel de abstracción pero correspondientes a diferentes máquinas o secciones por parte de los trabajadores. Por ejemplo: la supervisión cede a los operadores la responsabilidad en el control ordinario de las instalaciones, de modo que polivalencia, autonomía y responsabilidad están mutuamente implicadas y adquieren importancia como atributos a medida que se desarrolla la automatización y con ella tanto el flujo continuo del proceso productivo como las nuevas formas de articulación entre las tareas. Así también, hay formas de polivalencia vertical que implican la combinación de tareas de diverso grado de complejidad, por ejemplo un obrero de línea incorporando una tarea más compleja y con mayor responsabilidad: administración técnica como la programación y flujo de materias y materiales en el taller o en los departamentos. Esto va generando horizontalización al nivel del taller o de las líneas de producción y en las tareas de gestión o administrativas y la responsabilidad sobre costos de producción, los tiempos, los materiales consumidos. Todo esto es posible por los cambios en la circulación de la información a partir de la informatización. De modo que se restituye a una parte del obrero colectivo el control de ciertas responsabilidades sobre el control del proceso de trabajo que la racionalización taylorista se había encargado de escindir. Aunque reconoce que persiste un tipo de obrero “marginado”, que continua con tareas directas que no fueron suprimidas y que no necesitan aprendizaje más allá del puesto y que no requieren mucho tiempo previo de formación. Manejan nuevas herramientas, asumen alguna tarea de vigilancia o manipulaciones simples como prolongación natural del detector, es decir, para terminar y completar ciclos de regulación informáticos que ya están clasificados y son previsibles en el área de operación (Coriat, 1992a).[29]
Además, no se puede desconocer la persistencia de los saberes tácitos de los trabajadores a pesar de la introducción de la automatización (Stroobants, 1999). Resulta sugerente la investigación de Balconi (1999) respecto de las transformaciones de la subjetividad productiva de los operadores a partir del avance de la automatización en diversas ramas de la industria: su intervención directa en el proceso de trabajo a partir del uso de su pericia para el desarrollo de tareas manuales repetitivas o la utilización de sus sentidos y su capacidad de razonamiento para evaluar la marcha del proceso y poder conducirlo, pasa a ser cada vez más indirecta a partir de tareas de monitoreo y control de la acción inteligente de las máquinas liberadas ya de la “herramienta humana”. Sin embargo, la codificación del conocimiento tácito en programas computacionales que dirigen el proceso de trabajo avanzó primero con las situaciones y los problemas usuales pero no los inusuales. Para enfrentar y solucionar los problemas inusuales se requiere “habilidad intelectual” por parte del operador: interpretar las señales, signos y símbolos para hacer frente a las anomalías es el rol para el trabajo humano, intervenir con solución y definir necesidad o no del pedido de ayuda.[30] Bien por limitaciones técnicas, bien porque es demasiado costoso para el capital objetivarlo. Merchiers (1994) ofrece una sistematización de investigaciones que analizan los cambios en las tareas de los puestos operativos y de mantenimiento -y sobre todo en la articulación entre ellos- a partir de los avances de la automatización hacia finales de los ´80 en la industria metalúrgica. Allí plantea que los puestos de mantenimiento, a pesar de incorporar nuevas demandas de atributos más generales -sobre todo para programar equipos- debían conservar conocimientos “concretos” y “pericias” para realizar correcciones en los medios de producción.[31]
Otra vez, forma y contenido no coinciden inmediatamente. La tendencia general hacia formas más indirectas del trabajo y, con ello, a la formación de trabajadores con atributos más generales (con “competencias”), no significa que estos atributos sean más complejos ni tampoco que esta tendencia se despliegue de forma inmediata en todas las ramas de la producción, en todos los países y en todos los trabajadores. Solo el estudio histórico concreto situado puede dar cuenta de las manifestaciones concretas que se desprenden de esta tendencia general.
De hecho, más allá de los planteos del upskilling, los estudios de la Sociología del trabajo no pudieron negar que la segmentación en la reproducción de los trabajadores era un fenómeno creciente. De allí que se plantee la paradoja de la coexistencia del “enriquecimiento” de nuevas calificaciones y el empeoramiento de condiciones de trabajo (Carrillo e Iranzo, 2000: 201).
Veamos con un poco más de detalle esto. El proceso de computarización y robotización del sistema de maquinaria que se da desde la década de 1960 en adelante, despoja al capital de su dependencia de la pericia manual del obrero, lo que le permite, o bien expulsarlo del proceso productivo o bien asignarle una tarea aún más simple de la que tenía. Pero, por otro lado, el desarrollo de estos avances en la automatización de los procesos productivos supone la producción y reproducción de fuerza de trabajo de subjetividad crecientemente expandida.
En consecuencia, el capital se liberó de tener que reproducir de forma universal e indiferenciada a los trabajadores que realizaban el trabajo más simple y más complejo -tal como vimos en el apartado anterior- y avanzó en la diferenciación de sus subjetividades productivas: la cantidad de años de escolarización previa al ingreso laboral, la duración de la jornada de trabajo y el salario de unos y otros trabajadores comienzan a distanciarse (Iñigo Carrera, 2005 y 2008).
De aquí que la creciente extensión del nivel de escolaridad a nivel global, con su respectiva forma normativa de incremento de obligatoriedad, se despliegue en simultáneo con profundas diferencias pronunciadas en la cantidad de años de estudios y la cualidad y calidad de la formación de la fuerza de trabajo en diversos espacios nacionales (Iñigo, 2018).[32]
Sin embargo, las condiciones históricas en que la clase obrera fue reproducida de forma indiferenciada a partir de su condición de sujetos con “igualdad de derechos” reconocidos por el Estado nacional, descriptas en el apartado precedente, imponen un obstáculo a esta necesidad de diferenciación.
Una forma de reproducir diferencialmente a la fuerza de trabajo fue fragmentar internacionalmente los procesos productivos -en la medida que el avance de las fuerzas productivas en materia de telecomunicaciones y transporte así lo permitió-, ubicando los que demandan población obrera de subjetividad expandida en los países clásicos y los de subjetividad degradada en los países que se caracterizan por -o, mejor dicho, que el capital ha especializado en- producir población sobrante. En este sentido, aunque el proceso de metabolismo social es mundial en esencia, se presenta dividido en recortes nacionales en beneficio de la acumulación de capital (Iñigo Carrera, 2008a: 65-66).
Sin embargo, al interior de los países con desarrollo capitalista clásico “el retroceso del capital social respecto de la reproducción del obrero de la gran industria como un sujeto de atributos productivos relativamente universales se manifiesta de un modo específico en la derrota política de la clase obrera” (Iñigo Carrera, 2008a: 72). La fuerza sindical retrocede, impotente ante las embestidas del capital sobre la duración de la jornada y las condiciones de trabajo. Estas embestidas se centran en las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo de subjetividad degradada. Pero, por supuesto, el capital no pierde la oportunidad que le da el aumento del ejército industrial de reserva para avanzar intensificando las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo de subjetividad expandida (Iñigo Carrera, 2008a: 73). Esto se realiza mediante la privatización de los servicios públicos y el avance del Estado en lo que eran considerados derechos iguales para todos los ciudadanos imponiendo la capacidad individual de pago como nueva expresión de los mismos. Este es el contenido de la manifestación política del llamado modelo “neoliberal”, que se evidencia en el estancamiento del salario real promedio con una fuerte polarización entre salarios altos y bajos.
En este sentido, el cambio en el modelo de Estado, es decir en el desarrollo de política de tipo keynesiana a la de tipo neoliberal constituyó una forma de realizar la diferenciación de atributos entre trabajadores debido a los cambios productivos analizados. Sin embargo, este cambio no fue automático sino que se desplegó a partir de la derrota de la organización obrera. Para los regulacionistas, estas nuevas formas de producción “y” las políticas estatales posfordistas son producto de la crisis económica que se abre en la década del 1970. La caída de la tasa de ganancia habría sido generada por los límites del taylorismo-fordismo para seguir incrementando la productividad y, con ello, la capacidad de mantener la redistribución entre el capital y el trabajo propia de las políticas keynesianas en un contexto de mayor competencia por la internacionalización de los mercados (Lipietz, 2001). Desde la perspectiva de esta investigación, la concatenación de la determinación es un tanto distinta. También consideramos que la crisis de valorización constituye el puntapié de los cambios productivos, pero es en la esencia de estos cambios productivos donde debe buscarse las razones del cambio en las políticas destinadas a la reproducción de los trabajadores. La polarización salarial es producto de la victoria de los capitalistas en su afán de recomponer la tasa de ganancia, pero esa fuerza tiene por fundamento que ya no necesita producir y reproducir a los trabajadores de un modo relativamente homogéneo.
Desde el punto de vista del marxismo abierto, la crisis de la década de 1970 es una crisis no solo económica sino política. En este doble aspecto consiste la idea de crisis del patrón de dominación fordista. Por eso conciben al triunfo del neoliberalismo como el resultado de la lucha de clases, como la derrota de la clase obrera a favor de la clase capitalista que recupera su hegemonía, es decir, su capacidad de controlar, de dirigir, de dominar. Holloway analizó el caso de una empresa de la industria automotriz así como las transformaciones del Estado inglés entre la década del 70 y el 80 y la posición asumida por diversos sujetos políticos de la época. Muestra la lucha entre capital y trabajo por el control del proceso de trabajo y el modo en que la clase obrera es derrotada y que el capital erige una nueva forma de producción flexible que disminuye la capacidad de control de los trabajadores, minando su poder dentro de los espacios de trabajo y con ello, su poder político en general. En este sentido relaciona la derrota política dentro del espacio de trabajo con derrota política fuera del mismo (Holloway, 2003). Desde la perspectiva de este trabajo, la disminución del poder obrero por los cambios en los procesos de trabajo y el embate por parte de la burguesía sobre las condiciones de reproducción de los trabajadores es analizado como una relación de causa-consecuencia y no como forma-contenido. Se escinde la acción política de las necesidades económicas para luego “ponerlas en relación”, siendo que las primeras son la forma de realizarse las segundas.
1.6. Síntesis
A continuación revisaremos los principales resultados de nuestra investigación hasta este punto del desarrollo. En primer lugar hemos reconocido que la educación formal es parte del proceso de producción y reproducción de la fuerza de trabajo, es decir de la formación de atributos productivos -conocimientos, habilidades y actitudes para el trabajo o lo que es lo mismo para la participación de los individuos en la producción social. Asimismo, vimos que la producción bajo el capitalismo supone no solo la creación de valores de uso sino la creación de valor. La permanente búsqueda por incrementar la acumulación de valor transforma la base técnica de los procesos de trabajo y, con ello, los atributos productivos de los trabajadores, es decir su subjetividad productiva. En este sentido, hemos reconocido la tendencia a la expansión y a la universalidad de la subjetividad productiva del obrero colectivo, en tanto el avance en el desarrollo de las fuerzas productivas se realiza a partir de la expansión de una conciencia científica y, este avance a su vez reemplaza crecientemente atributos particularistas por atributos generales -es decir, más universales-. Aunque, en su expresión individual, este proceso que implica pérdida de atributos específicos y su reemplazo por atributos generales para los trabajadores, no siempre supone mayor complejidad. Asimismo, esta expansión y universalización de la subjetividad productiva del obrero colectivo que avanza en el control científico de la organización del trabajo social se va afirmando a partir de su negación: con cada paso adelante en la objetivación del trabajo humano, se requiere una porción del obrero colectivo con subjetividad expandida y otra con subjetividad degradada, es decir, se agudiza la diferenciación en la reproducción de la fuerza de trabajo y, con ello, la formación de sus atributos productivos.
El reconocimiento de esta tendencia general siguió su curso con el análisis del modo histórico concreto en que se fue desplegando. Vimos que la base técnica de los procesos de trabajo hacia mediados del siglo XX determinó que la distancia entre estos dos tipos de subjetividades productivas diferenciadas no haya sido tan grande. De allí que, en ciertos países, las condiciones de vida generales tendieron a mejorar y que el Estado garantizó su reproducción relativamente indiferenciada mediante el desarrollo de servicios sociales públicos -incluyendo la educación-. El cambio en la base técnica de los procesos de trabajo, producto de la necesidad del capital de recomponer su valorización desde la década de 1970 agudizó las diferencias entre los dos tipos de trabajadores, es decir entre los dos tipos de subjetividad productiva demandada. Mientras una se vio crecientemente expandida, la otra crecientemente degradada y el capital se liberó de tener que reproducirlas de un modo relativamente indiferenciado. Sin embargo, este movimiento no fue automático, sino que tomó curso a partir de la confrontación política entre personificaciones sociales. La lucha de clases y la regulación estatal como una forma de cristalizar su resultado constituyó el medio por el cual se realizó este movimiento histórico concreto de la transformación de la subjetividad productiva de los trabajadores: de una reproducción relativamente indiferenciada dentro de los espacios nacionales que producen la generalidad de las mercancías hacia mediados del siglo XX a su contratendencia -la reproducción diferenciada a partir del último cuarto del siglo XX en adelante-, dentro de los espacios nacionales pero también entre diversos países entre los que se fragmentan los procesos productivos.
El capítulo incorporó el análisis crítico de dos tipos de planteos que suelen explicar este doble movimiento y aparecen, por lo general escindidos cuando constituyen, en realidad, partes indisociables del mismo fenómeno. Por un lado, se han expuesto los debates clásicos dentro del campo de la Sociología del trabajo que intenta comprender esta evolución de las demandas de calificaciones para el trabajo en el siglo XX a partir de analizar, fundamentalmente, los cambios productivos. Por otro lado, se han analizado explicaciones para este doble movimiento que apelan a los cambios operados en la forma de intervención del Estado para garantizar las condiciones de reproducción de la clase trabajadora a lo largo del mismo período. En discusión con estos enfoques, se han desarrollado los fundamentos de una perspectiva alternativa que restituye la conexión inmanente que existe entre los cambios en las calificaciones (y por ende la educación), las transformaciones productivas y las transformaciones políticas. Esto implica comprender a la educación, la política y la economía en unidad y no como esferas escindidas que “se relacionan”. La regulación estatal cristaliza a un resultado a la lucha de clases, pero este resultado no es producto de una correlación de fuerzas indeterminada, sino que la fuerza que los contendientes y por ende el resultado de esa confrontación tiene por determinación las necesidades de la acumulación del capital. En este sentido, podemos afirmar que las políticas educativas son formas de realizar las necesidades económicas de formación de atributos productivos de la fuerza de trabajo por parte del capital total y que su desarrollo tiene a la lucha de clases como vehículo.
La fuerza que le permitió a los obreros mejorar sus condiciones de reproducción hasta la década de 1970 a partir del avance del cumplimiento de sus “derechos sociales” por parte del Estado -prestación pública de servicios, incremento salarial y mejoras en las condiciones de trabajo- encuentra determinación en la necesidad del capital social de reproducirla con atributos productivos relativamente homogéneos sin tanta diferenciación entre los trabajadores que realizan el trabajo más simple y los que realizan el trabajo más complejo. Por el contrario, la disminución de su fuerza con posterioridad a la década de 1970, que tiene por correlato la derrota política de la clase obrera y con ello la interrupción de la garantía de los “derechos sociales” por parte del Estado, realiza la necesidad del capital social a reproducirla de forma diferenciada. No obstante, dicho movimiento de diferenciación de la subjetividad productiva de los trabajadores, no contradice la tendencia general hacia la formación de una subjetividad universal, con atributos crecientemente desespecializados. Más bien esta tendencia se despliega, se afirma, a partir de su negación.
Realizado el reconocimiento de estas determinaciones generales de la educación, la investigación debe seguir curso con el análisis de las manifestaciones concretas de la educación técnica. Comenzaremos por identificar las principales tendencias en los cambios de la formación técnica de nivel medio a nivel mundial a lo largo del siglo XX (capitulo 2), para continuar luego con su desarrollo concreto en la Argentina (capitulo 3 y 4) en tanto recorte nacional de dicho proceso de acumulación mundial.
- Destacamos el análisis crítico acerca de la noción de conocimiento en la bibliografía especializada que realizan Balconi, Pozzali, y Viale (2007: 825-829). Los autores distinguen entre el conocimiento como “información reconocida como correcta” o “conocimiento proposicional” y el conocimiento como “competencia”. El primero refiere a la posibilidad de manejar información y poder reconocer que es información correcta. Esta información puede ser representada por medio del lenguaje, signos, símbolos, gestos, gráficos u otras formas de visualización. En este sentido plantean que es conocimiento proposicional. El segundo tipo de conocimiento refiere a la posibilidad de realizar una acción, sea esta una simple tarea manual o una acción que involucra procesos cognitivos complejos. Este último incluye diversos tipos de conocimientos que otros autores denominan como “saber qué hacer”, “saber cómo hacer” y “saber porqué hacer”, pero que no pueden identificarse estrictamente con el conocimiento de tipo proposicional. Según los autores, esta noción de conocimiento como competencia incluye tanto saberes tácitos como codificados. Los tácitos refieren a los conocimientos que son producto de procesos no sistemáticos ni formales de apropiación, de modo tal que los individuos pueden movilizarlos en el práctica laboral pero desconocer que los portan. En contraposición, el conocimiento codificado es aquel que fue formalizado y puede ser transmitido a través de soportes o de un proceso sistemático de formación. De este modo, entienden la codificación como el proceso por el cual el conocimiento como competencia puede transformarse en conocimiento proposicional. Esto será de vital importancia para el desarrollo de nuestra investigación.↵
- Las sociedades cazadoras-recolectoras asignaban el trabajo más demandante en capacidad física a los hombres -por el uso de la fuerza y la resistencia en la caza y la pesca- y el menos demandante a las mujeres -la recolección-. Los procesos de formación de atributos productivos consistían en que los miembros más jóvenes observaran la realización del trabajo de los miembros de mayor edad y experiencia para aprender a realizarlo por imitación (Fernández Enguita, 1985). ↵
- El desarrollo de la agricultura, a modo de ejemplo, representa un salto cualitativo en la apropiación no directa del medio. Le permitió al ser humano dejar de depender de los medios de vida que el mundo natural pudiera ofrecerle para pasar a asentarse en un territorio y comenzar a producirlos a partir del trabajo agrícola. Este desarrollo de las fuerzas productivas supuso cambios en las formas de organizar los procesos de trabajo que permitían reproducir el metabolismo social y, con ello, de los atributos productivos y las formas de aprendizaje de los mismos. La centralización del riego, a modo de ejemplo supuso el desarrollo de mecanismos de formación de atributos productivos más complejos que la simple observación e imitación (Marx y Hobsbawm, 2004).↵
- “La historia natural de la vida humana es la historia del desarrollo de las potencias productivas del trabajo y, por lo tanto, del desarrollo de los modos de organizar éste, o sea, del desarrollo de la conciencia y la voluntad” (Iñigo Carrera, 2007a:45).↵
- El reconocimiento de las determinaciones generales del modo de producción capitalista se realiza a partir del desarrollo original de Marx (Marx, 2000a [1867]) y al trabajo de investigación que, a partir de estos avances, realiza Iñigo Carrera (Iñigo Carrera, 2007a y 2008a).↵
- De allí que el intercambio mercantil constituya el reconocimiento del carácter de valor de uso socialmente útil de las mercancías. Es decir, el reconocimiento del valor de una mercancía está sujeto a que logre venderse en el mercado. Esta es la determinación más simple de la cambiabilidad de las mercancías, que en su forma concreta está mediada por la determinación de la formación de la tasa general de ganancia y en consecuencia por la afirmación de los valores mercantiles como precios de producción (Marx, 2000b). Esta mediación ha generado importantes controversias. Para un resumen actualizado de las mismas ver Moseley (2016).↵
- Sobre discusiones actuales acerca del valor de la fuerza de trabajo ver Starosta y Caligaris (2016) y Starosta y Fitzsimons (2018).↵
- Esto fue desarrollado de forma original por Marx (Marx, 2000a). Sin embargo, es poco retomado por el marxismo -por trabajos posteriores que se consideran herederos del avance realizado por Marx-. Algunas excepciones son Postone (2007) y Robles Báez (1999). Aunque consideramos que el desarrollo más acabado es el que realiza (Iñigo Carrera, 2008a).↵
- El término “obrero colectivo” es utilizado aquí para referir al conjunto de trabajadores que realizan un proceso de producción aunque exceda un espacio laboral específico o, incluso, traspase fronteras nacionales. Para hablar de todos los trabajadores sin distinguir tipos de procesos productivos, nos referiremos a la “clase trabajadora”.↵
- Ver al respecto Starosta (2012) y Starosta y Caligaris (2017). ↵
- “Considerado en sí, el desarrollo de esta subjetividad productiva expresa la tendencia general del desarrollo históricamente específico de las fuerzas productivas de la sociedad bajo el modo de producción capitalista. Pero esto no quiere decir que el capital avance simplemente en él. Por el contrario, el capital mismo contrarresta constantemente su propia tendencia histórica general, convirtiendo cada avance en el control sobre las fuerzas naturales en un atributo objetivado en la maquinaria, de modo de simplificar el trabajo, no ya simplemente manual sino también intelectual, que lo ejerce. Una diferenciación similar tiene lugar respecto de la subjetividad aplicada a la circulación del capital por los obreros improductivos” (Iñigo Carrera, 2008a: 58-9). En este sentido Iñigo Carrera (2008b y 2005) plantea que en realidad se puede hablar de 3 tipos de subjetividades: la degradada, la de la población sobrante y la de subjetividad expandida. Esta última corresponde al desarrollo de la conciencia científica necesaria para desarrollar e implementar los procesos de racionalización descriptos.↵
- Marx expone en el capítulo XIII del Tomo I de El Capital el modo en que el propio desarrollo de la Gran Industria barre con la producción manufacturera y domiciliaria, y con ello con el tipo de trabajo manual o directo basado en las habilidades físicas y el conocimiento práctico de los trabajadores, pero no sin antes haberlo multiplicado. Podría pensarse como ejemplo más reciente como el desarrollo tecnológico posterior a la década de 1970 no solo avanzó en la automatización de la producción sino que también multiplicó el trabajo manual, principalmente a ser desarrollado con población rural de países asiáticos que comienza a incorporarse a la producción (Marx, 2000a). Para una explicación de la coexistencia del momento sistemático e histórico en la explicación de la subjetividad productiva en la Gran Industria realizada por Marx ver Starosta y Caligaris (2017: 181-182).↵
- Hirsch e Iñigo (2005) identifican aquí la determinación de los contenidos de la educación básica obligatoria. Tanto la capacidad de comunicarse a partir de soportes objetivos (lectura y escritura) como la operación con cantidad (cálculos matemáticos básicos), así como también la formación de otro tipo de atributos como son la capacidad de subordinarse a órdenes externas pero al mismo tiempo autosubordinarse y la formación de la conciencia ciudadana. Iñigo y Rio (2016) suman el desarrollo del pensamiento lógico.↵
- La perspectiva funcionalista plantea la necesidad de “la sociedad” de socializar a sus miembros, en pos de su integración. Establecer una solidaridad orgánica en una sociedad con división del trabajo (Durkheim, 1976). Otro desarrollo que naturaliza la educación como atributo individual de sujetos libres, al punto de sostener que constituye “capital” capaz de generar valor es la denominada Teoría del Capital Humano. Ver, a modo de referencia de estos planteos, Becker (1983). Para una crítica a esta perspectiva ver Segré, Tanguy, y Lortie (1980).↵
- La superestructura es la encargada de reproducir las condiciones estructurales del sistema. Para Althusser (1998) son los aparatos ideológicos del Estado los encargados de la reproducción social y, en especial, el sistema escolar; para Bourdieu y Passeron (1998) es el mismo ejercicio de la violencia simbólica, con un lugar privilegiado en la escuela, la que logra inculcar las arbitrariedades culturales como legítimas; para Baudelot y Establet (2003) el mecanismo por el cual se lleva adelante esa reproducción es el carácter dual de la escuela o el desdoblamiento de dos redes de escolarización.↵
- La afirmación de que el obrero debe someter su conciencia a la «ideología dominante», a las «reglas del orden establecido» –y no que su proceso educativo es la forma en que su ser social produce su conciencia–, presupone que el obrero posee por si una conciencia sobre la cual se impone su sometimiento. Y si dicha conciencia pasa a ser sometida, antes tiene que haber sido necesariamente, por sí misma, una conciencia libre de tal sometimiento. (Iñigo Carrera, 2008a: 199-200).↵
- Para profundizar en la discusión sobre la educación en la reproducción social ver Hirsch y Rio (2015). ↵
- Marx muestra que, solo organización obrera mediante, se va extendiendo la Ley Fabril a distintas ramas de la producción en Inglaterra del siglo XIX homogeneizándose las condiciones de explotación; y, finalmente, el Parlamento inglés decreta la enseñanza elemental como condición legal para el consumo “productivo” de la fuerza de trabajo de niños menores de 14 años en todas aquellas industrias sometidas a la ley fabril (Marx, 2000a: 328). También presenta una descripción del estado deplorable de las escuelas y de las artimañas de los capitalistas para evitar cumplir la ley (Marx, 2000a: 328-331). Ver reglamentos de fábrica y discusiones del parlamento inglés sobre la “degeneración intelectual” y la mortandad infantil en el Capítulo XIII de la misma obra.↵
- Para profundizar en como el Estado, en su papel de representante del capital social total, pone límites a la explotación capitalista solo para permitir que se reproduzca en el tiempo y a escala ampliada ver el capítulo III de Iñigo Carrera (2008a). ↵
- Ver en Hirsch e Iñigo (2005) un desarrollo de la necesidad del capital de formar en atributos universales tales como la disciplina, la autosujeción, la lectura, la escritura y el cálculo básico, la noción de ciudadanía, entre otros. ↵
- Para un análisis de las tendencias a la unificación y diferenciación de los sistemas educativos nacionales ver Viñao y Frago (2002).↵
- En las industrias de proceso continuo el trabajo humano debe conducir y controlar el proceso de transformación físico-química que atraviesa el material en cuestión y no fundamentalmente intervenir de modo directo sobre las máquinas-herramientas que intervienen, a su vez, sobre el objeto de trabajo. No necesitaron ni cadena de montaje, ni prescripción de la continuidad del proceso como si precisó la manufactura porque dicha continuidad estaba dada por la transformación del objeto de trabajo.↵
- Adepto a la teoría del capital monopolista, consideraba que el capital había agotado sus posibilidades de revolucionar las fuerzas productivas, por eso sólo veía posibilidad de despliegue unilateral de la descalificación. Por eso explicaba el alza de las tasas de escolarización por la necesidad de aliviar presión sobre el mercado de fuerza de trabajo y el pedido de certificados educativos más elevados por parte de las empresas. Consideraba que este fenómeno no respondía a mayores demandas de calificación real sino que era consecuencia de que se habían multiplicado las credenciales educativas. La generalización de conocimientos básicos y de disciplinamiento para la población migrante de ámbitos rurales a urbanos también era una determinación en juego (Braverman, 1975). ↵
- Para profundizar acerca de las determinaciones materiales de la formación de atributos cada vez más generales que se expresa en una expansión de la cantidad de años de escolarización promedio a lo largo del desarrollo histórico del capitalismo ver Iñigo y Rio (2016).↵
- Esto no se da en todos los países, sino en los que desarrollan la acumulación de forma clásica, es decir produciendo la generalidad de las mercancías y despliegan estos cambios en los procesos de trabajo (por ejemplo: EEUU y países europeos); también en otro tipo de países que se especializan en la producción de materias primas pero comienzan un proceso de industrialización más tardío y parecen ir en vías de convertirse en países de acumulación clásica aunque, por razones que explicaremos en el capítulo 3, no lo logran (por ejemplo: países latinoamericanos).↵
- “Se riza el rizo: en cierto modo, la organización científica del trabajo ha caído en su propia trampa. Porque al haber destruido la “profesionalidad” y la legitimación que aportaba la existencia del “oficio” en materia de jerarquía, al suscitar la homogeneización del trabajo concreto, la organización científica del trabajo ha preparado la unificación de la reivindicación obrera”. El obrero especializado, el obrero-masa, tiene “reivindicaciones espontáneamente igualitarias” (Coriat, 1982: 190).↵
- Un referente local de la Teoría de la Regulación es Julio Neffa. Se puede ver un síntesis de los fundamentos de la teoría y la defensa de su fertilidad para los análisis en América Latina en Neffa (2006).↵
- Un referente local del Marxismo Abierto (Open Marxisim) es Alberto Bonnet. Para ver una síntesis de los fundamentos de este enfoque que tiene como principales aportes los de la crítica de la economía política, de la teoría crítica de la sociedad frankfurtiana, del debate alemán de la derivación del estado y del autonomismo italiano -entre otros- ver Bonnet (2007).↵
- Aparecen planteos que recuperan de diferente modo la tesis de la polarización de las calificaciones. Por ejemplo, Kern y Schumann (1980) sostienen el avance en la mayor complejidad de las calificaciones obreras aunque con diferenciación entre trabajadores.↵
- “La importancia crucial de la solución de problemas apunta al hecho de que la codificación de conocimiento tecnológico no implica que las competencias humanas tácitas -en términos de conocimientos y habilidades que son inherentemente corporizadas en los individuos- han desaparecido o perdido su prominencia” (Balconi, 1999: 2). ↵
- Balconi (1999) analiza que existen 3 tipos de habilidades del trabajo humano: 1) las que dependen de la percepción de órganos sensoriales y la pericia manual que se adquieren por experiencia a “la sombra” de otro trabajador y fueron crecientemente codificadas; 2) las que implican interpretar y crear nuevo conocimiento, demandando educación formal además de experiencia en el trabajo; 3) las que implican una combinación de los dos primeros tipos de habilidades. El caso de las tareas de mantenimiento es un ejemplo de tareas que requieren conocimiento técnico y habilidad manual aún a pesar del desarrollo de la automatización.↵
- El trabajo de Oreja Cerruti y Carcacha (2017) plantea que la multiplicación de pruebas estandarizadas de evaluación nacionales e internacionales es el modo en que el capital social da cuenta de estas diferencias cada vez más profundas y permitiría la socialización de información a los capitales individuales respecto a los atributos productivos ↵







