María Malena Lenta, Roxana Longo y Graciela Zaldúa
Interrogarnos sobre la participación de las mujeres en la división sexual del trabajo de cuidados implica intentar develar la relación naturalizada y mistificada de las mujeres en el espacio doméstico y del no reconocimiento como actividad socioeconómica en la reproducción y producción social. A su vez, surge la implicancia del trabajo de cuidado en la construcción de identidad y la dimensión subjetivante, y el lugar de sostén en las situaciones de dependencia y vulnerabilidad.
Sin embargo, la invisibilidad o el no reconocimiento de la función de cuidado deviene en situaciones de precarización y vulnerabilidad. Butler (2017, p. 133) afirma en relación a las personas que cuidan que
no solo se ocupan de otras personas; sino que además necesitan tener cubiertas sus propias necesidades de apoyo (es decir, condiciones dignas en materia de trabajo y descanso, de salarios, de vivienda y atención médica). Las condiciones de apoyo para los momentos más vulnerables de la vida son en sí mismas vulnerables, y en parte obedecen a cuestiones infraestructurales y en parte a elementos humanos y técnicos.
La desigual distribución de las cargas de cuidado entre varones y mujeres expresa una clara inequidad de género que se funda en las lógicas patriarcales de naturalización de la división sexual del trabajo. La diferencia entre salario y no salario y los espacios de la reproducción: lo doméstico y la producción social o pública junto con otros mecanismos como el de la segregación en los puestos menos calificados y peor remunerados, expresa las relaciones sociales de género constitutivas de la división del trabajo.
Para Federici (2015) el trabajo reproductivo no remunerado que realizan las mujeres es la clave para el surgimiento de la economía capitalista, que, en tanto sistema, está vinculada con el sexismo y el racismo. Afirma que el capitalismo debe justificar y mistificar las contradicciones incrustadas en sus relaciones sociales –la promesa de libertad frente a la realidad de coacción generalizada y la promesa de prosperidad frente a la realidad de penuria generalizada– denigrando la “naturaleza” de aquellos a quienes explota: mujeres, súbditos coloniales, descendientes de esclavos africanos, inmigrantes desplazados por la globalización.
La perspectiva feminista incluyó la reflexión sobre las actividades de las mujeres, los conocimientos necesarios para llevarlas a cabo, la ubicación social del cuerpo de las trabajadoras y el valor económico que se les reconoce. Según ello, las “tareas” y los “deberes” que la sociedad impone a las mujeres por el hecho de serlo son trabajo invisibilizado, obligatorio y no remunerado (Gargallo, 2007).
En este sentido, el cuidado se transforma en una herramienta crítica, tanto deconstructiva como constructiva; es decir, crítica con las formas de invisibilización y subordinación de los cuidados tradicionales y patriarcales, y propositiva en el sentido de que intenta construir formas alternativas, democrático-feministas de cuidar y ser cuidado (Gelabert, 2016).
La carga del trabajo de cuidado
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2016), tanto en los países de altos ingresos como en los de bajos, las mujeres trabajan menos horas en empleos remunerados, mientras que asumen la gran mayoría de las labores de cuidado y las tareas domésticas no remuneradas, que suelen ser invisibilizadas como trabajo. En los países en los que existen datos disponibles, las mujeres se encargan, en promedio, de al menos dos veces y media más de estas labores que los varones. En particular, las mujeres que realizan también un trabajo fuera del hogar tienen unas jornadas de trabajo más largas en promedio que los varones empleados.
En Argentina, según un informe del Indec (2018), la cantidad de horas que las mujeres dedican a las tareas de cuidado es de seis y media, el doble en promedio que los varones. De este modo, se observa que las mujeres no solo asumen de forma mayoritaria el papel de cuidadoras principales en el ámbito doméstico, sino que se responsabilizan de las tareas más pesadas y demandantes, y dedican más tiempo a cuidar que los varones cuidadores.
A su vez, esta distribución sexual del trabajo se expresa también en el ámbito del trabajo asalariado. Son las mujeres las que asumen mayoritariamente las tareas remuneradas vinculadas a cuidar a otras personas. Por ejemplo, son mujeres las que se contratan para colaborar o suplantar a otras mujeres en las tareas de cuidado doméstico, de la tercera edad, de cuidado de niñas y niños pequeños (García Calvente, Mateo-Rodríguez y Eguiguren, 2004). De hecho, en Argentina, existen sectores como la industria manufacturera, el transporte de almacenamiento y comunicaciones, y la construcción que son actividades con una menor tasa de mujeres empleadas que la media (18,6%, 13,8%, 5,9%, respectivamente), en contraposición a lo que ocurre en el sector de la enseñanza y servicios sociales y la salud, donde la presencia de trabajadoras mujeres es mucho mayor (73,6% y 71,2%, respectivamente) (Ministerio de Trabajo de la Nación, 2014). Este tipo de segregación ocupacional está incorporado a la sociedad y se encuentra estrechamente vinculado con los estereotipos de género patriarcales.
Asimismo, la discriminación se encuentra reflejada también en la desvalorización social de las tareas de cuidado asalariadas, en la mayor precarización de las condiciones de trabajo, en las remuneraciones desiguales –que profundizan la brecha salarial de 23,2% en promedio–- y en menores oportunidades laborales para 2016 (INAM, 2017).
Las cuidadoras y los dispositivos de atención a las violencias de género
Las dinámicas de las violencias de género, que se visibilizan a partir de situaciones y dramáticas interpersonales donde se observan diferentes modalidades del maltrato físico, verbal, sexual y psicológico hacia las mujeres e identidades disidentes en diferentes ámbitos, aparecen legitimadas por los discursos e ideologías de género que reproducen estereotipos patriarcales y desarrollan políticas de disciplinamiento de los cuerpos. Sin embargo, desde la década de 1980 en Argentina han comenzado a crearse diferentes dispositivos no solo de problematización sino también de prevención, asistencia y denuncia de las violencias de género (Lenta, Longo y Zaldúa, 2018). Afincados en las organizaciones de la sociedad civil, los círculos de mujeres y las organizaciones feministas progresivamente comenzaron a visibilizar como un problema social y político aquellas situaciones vividas como privadas y, cuando no, como naturalizadas.
Con la sanción en 2009 de la Ley 26.485 de erradicación de todas las formas de violencia contra las mujeres en los diferentes ámbitos en los que se desarrollan sus relaciones interpersonales junto con sus modificatorias posteriores, se logró no solo la ampliación de la comprensión del problema de la violencia en el plano interpersonal de la pareja sino que se incorporaron otros ámbitos, como la violencia institucional, mediática, obstétrica, callejera, laboral, política y sobre la libertad reproductiva. Asimismo, el movimiento denominado #NiUnaMenos, iniciado en denuncia a los femicidios en 2015, favoreció la sensibilización colectiva de la problemática de la violencia y acercó las demandas históricas del feminismo a nuevas y viejas generaciones. Sin embargo, en el campo de las políticas sociales, el trabajo con la población de mujeres en situación de violencias de género configura un territorio complejo que denota procesos históricos de vulnerabilización psicosocial e interpela las políticas de cuidado. Pues la formalización de los dispositivos de atención a las violencias de género en los territorios sigue estando a cargo de mujeres (profesionales, militantes, operadoras sociales), mayormente precarizadas en sus condiciones de empleo e invisibilizadas en su función de trabajadoras del cuidado.
Dicha invisibilización opera en la construcción de las identidades laborales de aquellas trabajadoras que se desempeñan en el campo. Dado que, para Dubar (2007), la identidad laboral se constituye de la transacción entre el legado histórico del “deber ser” disciplinar y el sistema de relaciones entre partícipes de un mismo sistema de acción, lo que incluye aspectos sociales, institucionales y su metabolización singular. Por lo tanto, el proceso que deriva en transformar “lo que hago” en “lo que soy” implica una mediación que no es sin consecuencias. Y trabajar en el cuidado de personas en situación de violencia de género, ya sea en una casa refugio, en un dispositivo de acompañamiento territorial o en un emprendimiento social, supone el enfrentamiento a situaciones diversas de vulneración de derechos múltiples, a relatos de acontecimientos crueles, a casos de reproducción de la violencia vivida sobre otras personas vulnerables, a historias de inermidad psicosocial extrema. Es decir, a situaciones en donde la violencia patriarcal se mantiene presente, aunque se metamorfosee y se intente desarmar.
Con dicho marco, en este capítulo nos interrogamos en torno a ¿cómo se caracteriza el trabajo de cuidado en el marco de dispositivos del campo de las políticas sociales, dirigidos a la atención a mujeres en situación de violencias de género? ¿Cuáles son las afectaciones subjetivas y colectivas de las trabajadoras en estos dispositivos?
Camino metodológico
Este trabajo se posiciona desde un enfoque de la investigación cualitativa que busca conocer e interpretar los acontecimientos sociales en el ámbito donde ocurren, a partir de la producción de sentidos y significados creados por los propios sujetos protagonistas inscriptos en dinámicas y condicionamientos sociohistóricos (Denzin y Lincoln, 2012). En este marco, se desarrolla el objetivo de analizar el trabajo de cuidado de las mujeres que se desempeñan en el contexto de dispositivos del campo de las políticas sociales, dirigidos a la atención de mujeres en situación de violencias de género.
Se seleccionaron de modo intencional trabajadoras vinculadas a las tareas de cuidado (atención, acompañamiento, protección) que se desempeñaban en 15 dispositivos destinados a la asistencia de mujeres en situación de violencia de género, pertenecientes al ámbito de las políticas públicas estatales y de la sociedad civil, ubicados en el partido de La Matanza (LM), en el partido de Almirante Brown (AB) y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).
En relación a los dispositivos, 10 eran dispositivos del área pública, 3 eran organizaciones no gubernamentales (ONG) y 2 eran movimientos sociales. 11 de ellos estaban ubicados en CABA (de los cuales 5 eran dependiente del Gobierno de la Nación, 3 pertenecientes al Gobierno de la CABA, 2 ONG y 1 movimiento social). Del resto de los dispositivos, 3 eran de LM (2 dependientes del municipio y 1 ONG) y 1 de AB (movimiento social).
En cuanto a las personas participantes del estudio, se trató de 26 mujeres (profesionales y agentes/promotoras comunitarias), de las cuales 23 eran profesionales miembros de equipos técnicos de las instituciones públicas y de la sociedad civil (10 trabajadoras sociales, 8 psicólogas, 3 abogadas, 1 politóloga y 1 socióloga) y 3 eran operadoras sociales o comunitarias (1 acompañante terapéutico y 2 sin formación específica).
Para el trabajo de producción de datos, se implementaron entrevistas en profundidad y observaciones participantes de las situaciones de trabajo y entrevista.
Las cuidadoras y el trabajo de cuidado en el contexto de las violencias de género
El trabajo de cuidado como trabajo inmaterial y precarizado
El trabajo de cuidado es una modalidad de trabajo cuyo producto es el afecto. A través del contacto humano, las tareas de asistencia y prevención crean productos intangibles como el bienestar, la satisfacción, la emoción o la pasión. En escenarios de precarización laboral y pérdida de derechos laborales, la intangibilidad del trabajo inmaterial hace que se torne menos visibles y hasta invisible, no solo en el territorio doméstico sino en el espacio público hacia donde se transpola la matriz de segregación patriarcal. De este modo, las mujeres, principales trabajadoras empleadas en las tareas de cuidar, se ven afectadas considerablemente en un doble juego que las envuelve y afecta: el cuidar a otros/as con demandas que se tornan más complejas y la falta de reconocimiento por la tarea que desarrollan cotidianamente tanto en el plano político como social.
En las narrativas de las trabajadoras –profesionales y operadoras comunitarias–, el trabajo “mal pago”, la “sobre-demanda”, la “contratación tercerizada” o con “locación de servicios”, la apelación moral al “trabajo voluntario” afincado en el compromiso feminista militante –incluso en los dispositivos estatales–, la “falta de recursos económicos o lugares para que se alojen las mujeres violentadas y así poder trabajar mejor” son definiciones insistentes al enunciar las condiciones de trabajo en las que se inscriben las prácticas. Como señalan Zaldúa y Lodieu (2001), las prácticas y las subjetividades de las trabajadoras del cuidado se ven afectadas por la caída del valor social de las instituciones como el hospital, el centro de salud, los programas sociales y la escuela, en general; pero también, por la escasez de recursos materiales, la sobrecarga laboral por incremento en la demanda o por sobre-empleo, la crisis salarial, y otros problemas emergentes frente al acto de salud y cuidado de las mujeres, que se vuelve sobre sí, como políticas de descuido hacia las propias trabajadoras.
Los patrones patriarcales que siguen vigentes en la lógica política del Estado, a pesar de los avances normativos producto de las décadas de luchas feministas, junto con la dificultad de objetivar el trabajo de cuidado frente a las violencias de género en un producto inmediato, tangible y para “mostrar” según la demanda del mercado y más allá del reconocimiento intersubjetivo de los equipos y de las propias usuarias de los espacios, conjuran malestar y sufrimiento, lo que fomenta el repliegue sobre sí o la rotación continua de las miembras de los equipos.
La complejidad de las demandas, la fragmentación de las políticas y el desgaste
La población que acude a los dispositivos de atención a mujeres en situación de violencia de género estudiados presenta toda una serie de derechos vulnerados, no solo el de vivir una vida sin violencias en el ámbito de las relaciones de pareja. En términos generales, atraviesan dinámicas múltiples de discriminación y subordinación de género como lo son la feminización de la pobreza, la segregación ocupacional, las dificultades para acceder a una vivienda digna y la persistencia de las mujeres como responsables del cuidado de hijos e hijas y de la esfera doméstica, entre otras. Es decir, enfrentan situaciones complejas que abarcan aspectos simbólicos y materiales.
La necesidad de dar respuestas a las problemáticas de las personas que atraviesan situaciones de violencia de género requiere de cuidados y acompañamiento específicos, pero, al mismo tiempo, también integrales. Sin embargo, los vacíos existentes para atender a esas demandas generan escenarios estresantes para las trabajadoras del cuidado.
La desprotección social impacta en la trabajadora del cuidado, a la vez que limita sus posibilidades terapéuticas. Pues trabajar en “soledad, con políticas fragmentadas frente a problemas tan complejos como lo económico, los/as hijos/as, la posición de la mujer”, donde “cada uno hace por su lado”, “cada institución piensa diferente, no hay integralidad” o “la justicia quiere actuar por sí sola”, son narrativas que dan cuenta de la desprotección social de la población asistida y de las propias trabajadoras del cuidado.
El desmantelamiento, deterioro o fragmentación de los recursos y estrategias sanitarias vulneran las prácticas de cuidado. Es en ese marco donde la trabajadora se encuentra a sí misma con la única “trinchera” para desarrollar su tarea: “Nosotras tenemos que poner el cuerpo, podemos”, señala Clara, una de las trabajadoras de un dispositivo que aloja a mujeres en situación de calle, en sus narrativas sobre la confrontación con sus prácticas cotidianas. Pero ese “poner el cuerpo” como último recurso tiene su costo y produce un fuerte desgaste psíquico: “Yo siento vértigo al ser encargada, esa transferencia tan pesada”, concluye Clara.
Los equipos y el afrontamiento
Los equipos de trabajo de los dispositivos de atención y prevención a las violencias de género se encuentran sobrepasados por la magnitud de las problemáticas con las que trabajan, por las precarias condiciones de trabajo y las escasas políticas públicas para dar respuestas integrales a las demandas que se les presentan. Un conjunto de situaciones impacta negativamente en el devenir de los equipos de los dispositivos que trabajan en torno a prácticas de cuidado y acompañamiento.
Frente a la falta de espacios colectivos de reflexión crítica sobre la propia implicación en las tareas cotidianas, dos procesos de traumatización pueden desarrollarse sobre las integrantes de los equipos: la traumatización vicaria y la traumatización del equipo.
La traumatización vicaria se refiere al proceso de identificación con la víctima y de reproducción de los síntomas. Un ejemplo de esta modalidad de afectación aparece en el relato de Anabela, una trabajadora de un centro de asistencia a mujeres en situación de violencia de género:
(…) fue ese caso de una chica que me hacía acordar tanto a mí cuando era chica que de pronto ya no podía cortar cuando llegaba a casa. Me la pasaba pensando en ella y me hacía acordar tanto a mí… Por ahí, por haber vivido tanto la violencia en mi casa y que nadie me registrara (…) Me la quería llevar a mi casa, casi lo hago más de una vez.
En la narrativa se observa cómo en las prácticas de cuidado las trabajadoras se contactan con sus experiencias de abuso o maltrato, actuales o pasadas. Los efectos de hipersensibilización e hiperafectividad que aparecen como aspectos de la sobre-implicación operan cuando las prácticas de cuidado se desarrollan fragmentadas y aisladamente dentro del propio dispositivo y existe una ausencia de otros/as miembros del equipo que puedan acotar ese exceso de afectación y abordar así el malestar.
En otras ocasiones, la traumatización del propio equipo acontece como reproducción en el grupo de trabajo del círculo de la violencia. Esto puede señalarse en la narración de Jimena, otra trabajadora de un refugio de mujeres que tuvo una trayectoria laboral por otros espacios:
(…) entonces dejé de trabajar ahí porque no se podía ni hablar. Nada. Te daba miedo hasta de expresarte en una reunión del equipo ya sea grupal o con las demás porque tenías miedo de que la coordinadora te saliera a matar. Muy jodido. Como que lo que trabajábamos sobre la violencia se aplicaba para las mujeres que venían al centro, pero para nosotras no. Ella se había convertido en abusadora. A veces tenía actitudes de un hombre violento, te despreciaba, controlaba, todo.
Cuando en el equipo no se recrean espacios de reflexión ni de confianza y se cierra sobre sí mismo, algunas miembras pueden ser percibidas como perseguidoras o victimarias y los/as otros/as se perciben como víctimas. Sobre la base del silencio, se producen fracturas y conflictos que exacerban el sufrimiento, y así dan lugar al descuido generalizado.
Comentarios finales
Las problemáticas sociales, de salud y violencia de género que suelen presentarse en el escenario actual ameritan que las trabajadoras reflexionen y recreen sus dispositivos de intervención, en los que se conjugue: compartir información y experiencia, identificar problemas que se suscitan en la dispensación de servicios y promover la sensibilización de la comunidad y su acción frente a uno o varios tipos de violencia existentes. Al mismo tiempo, los equipos necesitan instancias para poder problematizar las realidades que atraviesan y las repercusiones subjetivas e identitarias frente a dinámicas de estrés y de desgaste laboral (precarización laboral pluriempleo, deficiencias en infraestructura e insumos y bajos salarios), además del impacto que estas tienen sobre las prácticas de cuidado que ellas mismas realizan.
El trabajo de cuidado nos interpela como trabajo vivo e inmaterial generizado en la división sexual del trabajo y que exige que sus protagonistas sean escuchadas, reconocidas, dignificadas, calificadas y justamente remuneradas.
Referencias
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Federici, S. (2015). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Buenos Aires: Tinta Limón.
García Calvente, M.; Mateo-Rodriguez, I. y Eguiguren, A. (2004). El sistema informal de cuidados en clave de desigualdad. En Gaceta Sanitaria, 18 (1), 11-16.
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Gelabert, T. (2016). Contra la precariedad, con la precariedad; cuidados y feminismo. En Oxímora, revista internacional de ética y política, 8, 53-6.
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Lenta, M.; Longo, R. y Zaldúa, G. (2018). El movimiento feminista: breve genealogía de las demandas de las mujeres. En Zaldúa, G.; Longo, R.; Lenta, M. y Bottinelli, M. Dispositivos instituyentes sobre géneros y violencias (pp. 13-18). Buenos Aires: Teseo.
Ministerio de Trabajo de la Nación (2014). Boletín de Estadísticas de Género. Buenos Aires: Ministerio de Trabajo de la Nación.
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