Estudio de caso de un dispositivo de atención innovador
Roxana Longo, María Malena Lenta y Graciela Zaldúa
La existencia de personas transitando una considerable parte de sus vidas cotidianas en el territorio de la calle en las grandes urbes no constituye un fenómeno nuevo en América Latina en general, ni en Argentina en particular. Tampoco se trata de una cuestión homogénea. A pesar de que personas de diferentes clases sociales, géneros y edades ocupan cotidianamente sectores del espacio público para desarrollar diferentes actividades y estrategias de superviviencia en la calle, la definición de la cuestión como “problema social” ha implicado diversas valoraciones y tipos de respuestas desde el campo de las políticas públicas y de la sociedad civil (Carrasco Florido, 2014; Núñez, 2013; Panadero, Herrero y Vázquez Cabrera, 2012). Su visibilidad se ha incrementado progresivamente desde la década de 1980 en Argentina, especialmente en el territorio de la CABA (Tortosa, 2015; Boy, 2010).
En cuanto a la magnitud de personas, no existen estudios que coincidan ni en la cantidad de personas ni en la metodología de relevamiento. En 2017, se realizó el primer Censo Popular de Personas en Situación de Calle en la CABA. Surgió de la iniciativa de más de 40 organizaciones de la sociedad civil y el Consejo de Organizaciones Sociales de la Defensoría y la Auditoria General de la CABA. Se estimó que 4349 estaban viviendo en la calle o, eventualmente, dormían en un parador nocturno (CPPSC, 2017). Otro censo popular realizado en 2019 muestra un crecimiento importante de gente sin techo en la Ciudad de Buenos Aires respecto de 2017: se registraron 7251 personas en esta condición. Del total, el 80% eran varones, el 19% eran mujeres y el 1% era travesti o trans, mientras que el 12,01% eran niñas, niños o adolescentes y el 0,55% (40 casos) eran mujeres embarazadas (CPPSC, 2019).
Si bien los datos son heterogéneos y provienen de diferentes fuentes, se puede señalar que la persistencia en la situación de calle de un vasto número de personas, ya sean niños, adolescentes, adultos jóvenes o adultos mayores, mujeres y de todos los géneros, da cuenta de procesos de vulnerabilización de algunos sectores sociales en sociedades estructuralmente desiguales y periféricas. El problema no se explica solamente por la condición de pobreza de un sector amplio de la población, sino que se vincula con las políticas públicas de protección social, con las políticas de organización y garantía del derecho al trabajo, las dinámicas de urbanización y uso del espacio público (gentrificación), así como también con los procesos sociales de integración social (Di Iorio, Rigueiral y Mirra, 2015).
Las mujeres y la situación de calle
Aun en este escenario heterogéneo, complejo y dinámico, la figura de la persona en situación de calle generalmente ha quedado vinculada a estereotipos masculinos. Tanto la figura del “linyera”, el “chico de la calle” o el “homeless” se refieren a sujetos habitualmente identificados como varones. Según Pojomovski, Cillis y Gentile (2008), esta invisibilización de las mujeres en situación de calle ha quedado mayormente subsumida en una combinación de “niveles de silencio”: 1) la preponderancia histórica de varones poblando las calles que llegó a percibir como marginal la constitución del fenómeno mismo; 2) la experiencia de un supuesto carácter “neutro” del término “persona de la calle”, “gente en calle” o “persona en situación de calle”; y 3) la naturalización de la división sexual de los espacios sociales que asigna a los varones, la calle, y a las mujeres, el hogar, la familia.
Los mecanismos de discriminación, invisibilización, subordinación, opresión y exclusión que son fundantes de relaciones diferenciales de género y posicionan históricamente a las mujeres en situaciones de desigualdad e inequidad afectan también los modos en que mujeres, varones y otras identidades de género transitan los procesos de exclusión, así como también las características de las políticas de reconocimiento (Zaldúa, Lenta y Longo, 2017).
Si bien en los últimos años se han registrado algunos estudios que visibilizan las trayectorias particulares de las mujeres adultas y jóvenes que habitan la calle de la CABA (Tortosa, 2015; Lenta, 2016; Di Iorio, Rigueiral y Mira, 2015), en el campo de las políticas sociales son escasos los dispositivos que trabajan en el proceso de restitución de derechos de esta población. En este marco, nos preguntamos ¿cómo se caracterizan los dispositivos innovadores que se consideran como alternativos a las lógicas tutelares y que promueven la accesibilidad a derechos de las mujeres e identidades feminizadas en situación de calle?
Estrategia metodológica
La Investigación Acción Participativa (IAP), como estrategia, parte del supuesto de que todo proceso de investigación produce una transformación en los sujetos participantes (investigadores e investigandos). Esta perspectiva dialógica plantea visibilizar el carácter político de toda investigación, al mismo tiempo que enfatiza la necesidad de promover la crítica en todo el proceso desencadenado por la propia IAP (Balcázar, 2003). Desde este enfoque, el presente trabajo desarrolla una investigación de tipo exploratorio descriptivo con abordaje de género, a modo de estudio de caso intrínseco (Yin, 2009). Para ello, se implementaron entrevistas en profundidad a informantes clave y observación participante a un dispositivo alternativo comunitario destinado a mujeres e identidades feminizadas en situación de calle en CABA.
El objetivo es analizar los discursos en torno a la restitución de derechos para mujeres en situación de calle en un dispositivo considerado como alternativo a las lógicas tutelares, ubicado en la zona sur de la CABA y que denominaremos Casa de Mujeres.
El dispositivo Casa de Mujeres fue seleccionado como caso a través de un criterio intencional en función del tema a estudiar y por tratarse de un caso extraordinario (Patton, 1990). Se trata de un dispositivo de alojamiento a mujeres en situación de calle que se inscribe en el marco de la Ley CABA 3706/2010 de Protección y Garantía Integral de los Derechos de las Personas en Situación de Calle y en Riesgo a la Situación de Calle. Su modalidad de gestión implica un convenio entre una asociación civil que coordina el espacio y el GCBA, que financia gran parte del proyecto. Su objetivo general es brindar alojamiento transitorio a mujeres en situación de calle para acompañarlas en el proceso de autonomía habitacional, económica y psicosocial.
El dispositivo funciona desde el año 2015 y es el único con estas características, en el ámbito de la CABA, destinado a mujeres adultas en situación de calle. Cuenta con un equipo técnico, un equipo de operadoras, una coordinación y talleristas. Puede alojar a mujeres con sus hijos o sin ellos.
Respecto de los aspectos éticos, se respetaron los principios de confidencialidad, voluntariedad y anonimato de las participantes, las instituciones y las mujeres a los que se hizo referencia.
Resultados
La construcción del problema de las mujeres en situación de calle
La vulnerabilidad se constituye como una zona intermedia de fragilidad entre la integración y la exclusión, donde se articulan la precariedad económica –asociada al trabajo– y la fragilidad del tejido relacional ante la labilización de los lazos sociales. Ayres, Franca Junior, Junqueira Calazans y Saletti Filho (2008) indican que los procesos de vulnerabilización de sujetos y colectivos implican considerar el inter-juego entre un componente individual (como capacidad emocional y simbólica), un componente social (como relación con los otros sociales), y un componente programático (como disponibilidad y acceso a la protección de las políticas sociales). De esta manera, la existencia de mujeres viviendo en las calles de la ciudad supone analizar la complejidad de su devenir cotidiano, marcado por procesos de violentación agudos que envuelven aspectos simbólicos, materiales y subjetivos.
La permanencia cotidiana en el espacio público de las mujeres no siempre debe ser comprendida como una situación de acceso a derechos por parte de ellas si en este subsisten las normas patriarcales de la imposición por la fuerza. La persistencia de la subordinación de género en este escenario se exacerba cuando el acceso a él se da por procesos de expulsión del trabajo, de la familia, por acontecimientos que irrumpen en la trayectoria de vida u otro desencadenante que las lleva a vivir en este espacio. Sus cuerpos son atravesados por lógicas del sexismo y el racismo que permean prácticas, representaciones sociales y discursos de los diferentes actores del territorio callejero, incluyendo a las propias instituciones del campo de las políticas sociales. Estos propician procesos de naturalización de las violencias de género e invisibilizan las demandas y necesidades específicas que facilitan la violación de derechos humanos:
(…) la situación de calle se asocia con el varón solo, ese es el estereotipo, entonces la mayoría de los dispositivos, han sido pensados para esa población. Lo cierto es que posiblemente, nunca tenemos datos del todo certeros, pero sí hay mayor cantidad de varones en situación de calle históricamente y luego de la crisis del 2001, empiezan a verse transformaciones dentro de eso, empieza a haber una situación de calle mucho más compleja, donde hay familias completas que se quedaron en la calle, empiezan a haber mujeres, familias, (…) Se va complejizando la situación (…) no es que se mantuvo estable, sino que fue creciendo (Marcela, trabajadora, 33 años).
En nuestras sociedades el “ser” mujer conlleva tareas y visiones particulares del mundo y corresponde al conjunto de efectos producidos en los cuerpos, conductas y orientaciones sexuales (Núñez, 2013). En los procesos de situación de calle, la diferencia sexual opera como materialidad: el sexo se ha convertido en una tecnología para el control de los cuerpos, y así ha logrado que unos cuerpos importen más que otros, incluso sean más reconocidos que otros (Butler, 2005).
En las mujeres sus cuerpos han sido inscritos de manera violenta en lo femenino, determinados por el sistema sexo/género. A estos cuerpos se les cuestiona no cumplir con los roles socialmente asignados dentro de la separación binaria y, al estar marcados por la calle, son leídos como cuerpos que no deberían existir (Lizarralde, 2014). Sus cuerpos cargan con marcas que incluso, en algunos casos, son las que las empujaron a la situación de calle, a sufrir abusos, violencias y pobreza estructural:
(…) tenés problemas de violencia, problemas emocionales, problemas psíquicos, problemas de consumo, en este momento yo creo que, si vos me decís así rápidamente cuál es el top de los problemas, consumo y violencia, principalmente. Y después todos los problemas que, por lo general (…)ellas tienen, porque por más que hay habitantes que no están con sus hijos (…) no significa que no tengan hijos (Julia, trabajadora, 35 años).
(…) si tuviera que hacer el ejercicio de pensar en algún lineamiento general, que aparece como regularidad, varía en las mujeres, alguno es la trayectoria vinculada a la violencia de género (Paz, trabajadora, 28 años).
La vida en la calle tiene su genealogía en las trayectorias singulares de las mujeres signadas por diversas formas de violencias de género y expulsiones familiares, que se vinculan con consumos problemáticos de sustancias psicoactivas, las cuales, muchas veces, operan como intento de lazo ante la falta de sostén familiar y/o comunitario frente al sufrimiento. Así, desposeídas de apuntalamientos subjetivos, las mujeres se instalan en el territorio de la calle, donde sus cuerpos se constituyen casi en el único soporte. Expoliadas de sus derechos como ciudadanas, las mujeres quedan sujetas al poder del Estado patriarcal y, en varias ocasiones, sus cuerpos son apropiados por las prácticas clandestinas, pero también impunes, de trata de personas para la explotación sexual, que se convierte en casi la única modalidad de supervivencia (Zaldúa, Lenta, Longo y Sopransi 2016):
Está vinculado a un ambiente de vulnerabilidad total, donde el cuerpo tiene otro registro, a mí me parece que es interesante la situación de calle, donde la noción de corporalidad es otra también, donde por qué se prostituye, lo que sucede es que es un cuerpo que itinera, cansado, que no tiene donde (Carmen, trabajadora, 42 años).
Hacer posible un abordaje para las mujeres en situación de calle
Las historias de vida de las mujeres en situación de calle y las problemáticas que atraviesan interpelan los dispositivos de atención y develan la necesidad de trabajar desde una perspectiva en clave con los derechos humanos y las libertades de las mujeres. Es prioritario detectar los obstáculos existentes en el acceso a los servicios sociales, económicos, culturales y de salud. Se requiere acudir a procesos dialógicos y prácticas de cuidado que contemplen las diferentes costumbres y culturas existentes. Es necesario acentuar procesos y/o iniciativas que empoderen a las mujeres como sujetas de derecho, de modo que desarrollen ampliamente su potencial como seres humanos:
Se labura la idea de autonomía, que las pibas se puedan reconocer como mujeres autónomas, capaces de decidir sobre sus cuerpos y sus vidas, y después esta idea de poder reconocer la situación de calle, como una experiencia y a partir de ahí poder definir para dónde ir, pero la idea no es normalizante. No tienen por qué responder al estereotipo, si tienen ganas sí (Carla, trabajadora, 32 años).
Otro aspecto trascendental es generar condiciones de equidad en el acceso a las oportunidades en vivienda, salud, educación y cultura, prioridades para cualquier política integral de atención, promoción y garantía de los derechos humanos. Para lograr un descenso sostenido de estas problemáticas es necesario ampliar las oportunidades educativas y adecuar los dispositivos, acoger sus necesidades de atención específicas. Es decir, es prioritaria una estrategia integral que facilite procesos de autonomía en las decisiones y promueva acciones en la comunidad con el fin de que desarrollen vidas saludables y ejerzan sus derechos.
De este modo, instar a procesos de participación comunitaria de las mujeres permite el desarrollo de la conciencia al compartir experiencias con otras mujeres y aprender que es posible intervenir y modificar el sentido de las cosas y de sus vidas con acciones prácticas concretas. Desde este abordaje comunitario se generan procesos relacionales que promueven el reconocimiento de sí, para apuntalar las prácticas de cuidado de sí y de las otras. Se suscitan estrategias que habilitan el pasaje de la condición de precariedad subjetiva, en tanto orden inestable del tiempo, el espacio y los vínculos, hacia el apoyo subjetivo y material que permite organizar un proyecto a futuro, a partir del sostén psicosocial y la posibilidad del “hacer” con otros y otras.
Reflexiones finales
Para las mujeres que están en situación de calle, esta se convierte en un escenario cotidiano que delimita el territorio de despliegue principal de todos los momentos de la vida. En este sentido, la calle es más que un lugar. Es un territorio donde se ponen en juego diversidad de actores con intereses particulares, percepciones, valoraciones y actitudes diferentes, que generan relaciones de complementación, cooperación, conflicto, enfrentamiento o amenazas.
El despliegue de dispositivos enmarcados en la defensa de los derechos humanos y el enfoque de géneros y cuidado sigue siendo un desafío trascendental en el campo de la salud y las políticas sociales. Particularmente, desde el dispositivo analizado, se favorecen buenas prácticas en materia de exigibilidad de derechos. Se habilitan diversos procesos de subjetivación y se promueven trayectorias colectivas, proyectos de vida y cuidado de la salud integral, aunque sigue interpelándonos el aumento de las personas en situación de calle y la no implementación de dispositivos eficaces y redes sociales que sustentes políticas públicas y sociales de protección integral de derechos.
Referencias
Ayres, J.; Franca Junior, I.; Junqueira Calazans, G. y Saletti Filho, H. (2008). El concepto de vulnerabilidad y las prácticas de salud: nuevos desafíos y perspectivas. En Czeresnia, D. y Machado de Freitas, F., Promoción de la salud. Conceptos, reflexiones y tendencias (pp. 27-38). Buenos Aires: Lugar.
Balcázar, F.B. (2003). La investigación-acción participativa en psicología comunitaria. Principios y retos. Apuntes de Psicología, 21 (3), 419- 435.
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Butler, J. (2005). Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Buenos Aires: Paidós.
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