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La organización de mujeres frente a las violencias en el espacio público

Una experiencia de acompañamiento a defensoras comunitarias en León, Gto.

Sandra Estrada Maldonado[1]

Ser mujer en la periferia

La ciudad de León tiene una población aproximada de 1.580.000 habitantes, de acuerdo a las estimaciones del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2015), y se encuentra ubicada en la zona centro del territorio nacional. Forma parte del corredor industrial: una serie de ciudades del estado de Guanajuato caracterizadas por el desarrollo manufacturero, en particular proveniente de inversión extranjera y en los últimos 10 años de la industria automotriz. De acuerdo a las últimas mediciones, el 37,8% de la población leonesa vive en pobreza y un 20,8% tiene rezago educativo (CONEVAL, 2010). Sin embargo, al ser la ciudad más grande y poblada del estado es también en la que se concentran las principales industrias y servicios, lo que le da un carácter muy desigual en cuanto a estratos socioeconómicos, además de que está en una de las zonas más tradicionalistas de México, donde se conjugan el fuerte peso de la Iglesia católica, con un gran número de creyentes, junto a un pensamiento históricamente conservador.

En este contexto, en 2018, nos vinculamos como cátedra de Psicología Comunitaria (Universidad Iberoamericana-León) al Centro de Derechos Humanos Victoria Diez (CDHVD), que llevaba a cabo un proyecto de sensibilización y prevención de la violencia hacia las mujeres en el espacio público, específicamente el acoso sexual. En este proyecto, el equipo de defensoras comunitarias (DC) impartiría una serie de talleres con alumnas y alumnos de nivel secundario (entre 12 y 16 años) y nosotras/os desde la cátedra nos vincularíamos en el proceso de formación y acompañamiento. El equipo de DC tiene ya una trayectoria de entre 1 y 5 años de participación activa en la zona; todas ellas son habitantes de Los Castillos[2] (zona en la que se desarrolló el proyecto) y fungieron como facilitadoras de las sesiones con adolescentes, además de brindar apoyo en el diseño de herramientas didácticas para las sesiones del taller y su posterior aplicación.

Si bien todas las DC tienen experiencia acompañando casos y además pertenecen a la comunidad en la que se trabajaría, ninguna cuenta con formación académica o especializada. Nosotros como equipo universitario fuimos responsables del proceso en términos de capacitación y transferencia técnica, pero también en el sentido de la movilización afectiva e intersubjetiva en el trabajo cotidiano, pues como parte de la organización surgieron tensiones y conflictos entre las propias defensoras.

Respecto a lo territorial, se trata de una zona con carencia en servicios públicos y problemáticas asociadas a las condiciones de pobreza además de la reciente narcoviolencia que ha cobrado cada vez mayor presencia en el estado y por supuesto en las zonas marginadas. Al respecto, aun cuando el panorama de la violencia en México es bastante complejo y suele desbordar cotidianamente las estadísticas, cabe aquí destacar que de las violencias vividas por mujeres mexicanas: el 43,9% son en relaciones de pareja, el 38,7% corresponden al espacio comunitario,[3] mientras que los ámbitos laboral y escolar se ubican por debajo del 30%. Las agresiones ocurridas en la calle fueron principalmente de tipo sexual, y alcanzaron un 66,8%, desde piropos groseros u ofensivos, intimidación, acecho, abuso sexual hasta violación e intento de violación (INEGI, 2016).

Sin embargo, el espacio comunitario no es un objeto aislado, por lo que pensar las violencias hacia las mujeres en el espacio público nos obliga a analizar el contexto más amplio de violencia social que sin duda incide en el incremento de las violencias más normalizadas, como el acoso sexual y callejero, puesto que la violencia ejercida contra las mujeres es correlato de una violencia estructural que por supuesto se manifiesta de forma permanente y en todo el tejido social. De hecho, resulta indispensable mantener en la óptica el tema del poder, pues este tipo de violencias se ejercen “en y por la diferencia social y subjetiva que se imponen como categorías sociales sobre los cuerpos sexuados” (Zaldúa, Longo, Lenta y Bottinelli, 2018, p. 46).

Volviendo a Guanajuato, la presencia de cárteles del narcotráfico ha hecho que la violencia alcance niveles muy altos. Para tener una idea podemos mencionar la diferencia entre los casos de homicidio registrados en enero de 2010, que fueron 36, mientras que en enero pasado (2020) ha habido 400 personas asesinadas de acuerdo a datos oficiales (como se cita en Reina, 2020). En particular respecto a la violencia hacia las mujeres, siguiendo los datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de las 320 mujeres asesinadas en el país durante enero de 2020, el primer lugar lo ocupó Guanajuato con 53 casos, separado por una amplia distancia del Estado de México, que se ubicó en el segundo sitio con 26 casos (Santamaría, 2020) y casi el triple de población. Siguiendo esta lógica, el estado de Guanajuato ocupó también el primer lugar nacional en cuanto a presuntas víctimas mujeres de lesiones dolosas, de corrupción de menores, así como de acoso y hostigamiento sexual, pues en este último rubro el estado reportó 54 llamadas de emergencia, lo que lo coloca en el tercer lugar a nivel nacional (SESNSP, 2020).

Los Castillos es una de las zonas con más alta densidad de pobreza de la ciudad de León (Martínez-Mendizábal y González Piña, 2017) y con fuertes problemáticas de vivienda que van desde carencias de servicios públicos como pavimentación o recolección de basura, hasta pocas opciones de transporte público, falta de drenaje, agua entubada, entre otras (CDHVD, Mujeres dignas con palabra, 2014). Se trata en definitiva de un contexto precarizado que trasciende el universo laboral, hablamos de la precarización de la existencia como “el conjunto de condiciones materiales y simbólicas que determinan una incertidumbre vital con respecto al acceso sostenido a los recursos esenciales para el pleno desarrollo de las personas” (Suárez-Aguilar, 2008, p. 276). En León, como en tantas otras ciudades de nuestra América Latina neoliberal, coexisten altos niveles de riqueza y bienestar con sectores poblacionales segregados a las periferias y/o expulsados de los espacios públicos, por lo que puede ser catalogada como una ciudad de “modernidad incompleta” (Feliú, como se cita en González-Piña, 2015).

Para las mujeres de Los Castillos en León, es una situación de incertidumbre, que implica que la vida transcurre en espacios fragmentados y con una paradójica sensación de libertad de elegir que coexiste con la inseguridad de sentirse incapaz de mejorar o prosperar en un mundo aparentemente tan lleno de oportunidades (Suárez-Aguilar, 2008); todo ello se combina con la vivencia de vulnerabilidad por tener los cuerpos sometidos a las violencias cotidianas que viven por ser mujeres. En esta cotidianidad una de las violencias con mayor presencia es la sexual, que puede ir desde el acoso hasta las violaciones, por lo que

la violencia sexual sigue siendo una amenaza constante para ellas [las mujeres], donde más de las veces se cuenta con la complicidad de la comunidad (y de los ministerios públicos), pues los prejuicios sexistas impiden la responsabilización de quienes cometieron la violencia (González-Piña, 2015, p. 9).

Además de las violencias cotidianas, el tema de la vivienda abona significativamente la condición de precariedad; se trata de una dimensión que además guarda una estrecha relación con la violencia, de acuerdo a Martínez-Mendizábal y González-Piña (2017):

El tipo de vivienda impacta a las mujeres en las relaciones de violencia cuando los grandes conglomerados ofrecen pequeñas y desvinculadas viviendas de la vida urbana, que facilita la impunidad e invisibilidad de la violencia acentuando su naturalización; discriminación que provoca que las mujeres se mantengan en situación de subordinación y control, impidiendo que las personas tanto en la vida privada como pública sueñen e imaginen otros modos de relación como pares, provocando una determinada forma de organización urbana y de su uso y apropiación (p. 53).

Siguiendo a estos autores, la utilización de los espacios públicos para las mujeres es limitada debido a los constantes riesgos que forman parte de las normalizadas violencias contra ellas, entre las que están “el acoso callejero, el hostigamiento verbal, la intrusión del espacio corporal, repegar el cuerpo, manoseos, amenazas de manera especial en los transportes públicos, así como otros delitos como el robo” (Martínez-Mendizábal, González-Piña, 2017, p. 54). Todas estas situaciones forman parte de la vida cotidiana, y dada su normalización ocurren con impunidad para los agresores, de modo que se favorece así un círculo vicioso entre normalización e impunidad, que se van retroalimentando en cada episodio que queda sin ser señalado o sancionado.

Por todo ello resulta fundamental ubicar de acuerdo al contexto antes descrito lo que implicó para algunas de las mujeres de esta zona enrolarse como defensoras comunitarias. Todas ellas hicieron una formación básica en derechos humanos de las mujeres impartida por el CDHVD y posteriormente han participado en actividades autogestivas y cogestivas que incluyen algunas ferias, emprendimientos económicos, gestiones con distintas dependencias de gobierno, entre otras. Sin embargo, esta fue la primera vez que asumieron el desafío de ubicarse al frente de grupos de secundaria para impartir una serie de talleres.

No es sencillo para ninguna mujer romper el molde que hemos encarnado del modelo patriarcal: las formas en las que hemos interiorizado la subordinación y la dominación reproduciéndolas cotidianamente. A eso además se agregan las desigualdades dinamizadas por las leyes, las normas, los valores y las costumbres que actúan como prescripciones trascendentes reproduciendo desigualdades de género y clase (Olivera, 2004). A pesar de ello, las DC irrumpen en lo público para sostener a sus vecinas; la defensa de su derecho a una vida libre de violencia es un ejercicio de cuidado si se atiende a la perspectiva de la ética del cuidado (Gilligan, 1993) o al enfoque de la psicodinámica del trabajo, que considera que “cuidar de otro no es solo pensar en el otro, preocuparse intelectual o afectivamente por él, sino ante todo hacer algo, producir un trabajo que contribuye directamente a mantener o preservar la vida del otro” (Molinier, como se cita en Arango-Gaviria, 2011, p. 93). Las DC hacen justamente eso: invierten su fuerza y su tiempo en un trabajo que pretende prevenir la violencia en los espacios públicos, y con ello mantienen y preservan la vida de las mujeres.

No obstante, esto implica un corrimiento de su rol tradicional de mujeres “madresposas” (Lagarde, 1997), según el cual la maternidad es fundamental. Siguiendo a esta autora, entendemos la maternidad como el conjunto de relaciones de cuidado (no solo de procreación) que se establecen hacia otros, y que siendo definitorias de la feminidad convierten a estos otros en “el núcleo del sentido de la vida, y el límite de su existencia personal y genérica” (Lagarde, 1997, p. 249). Se trata pues de relaciones socioafectivas imbricadas en políticas públicas, creencias, estereotipos que envuelven la vida cotidiana y que con sus propios atravesamientos de clase las colocan de manera casi exclusiva en el espacio privado. Por ello, asumir un rol como defensora comunitaria y ubicarse así en el espacio de lo público rompe con esta lógica patriarcal, las convierte en transgresoras de los roles tradicionales (Estrada-Maldonado, Lenta y Di Iorio, 2019), lo que trae consigo muchas veces sanciones desde su propia comunidad, que van desde retirarles el saludo a hablar mal de ellas y generar chismes recurriendo muchas veces a los mismos estereotipos de género tradicionales.

Frente a toda esta complejidad, nuestra tarea consistió en acompañar ese proceso de producción autonómica (Fernández, 2009) facilitando la reflexión y fortaleciendo los vínculos entre sí para que todo ello pudiera ser accionado en los momentos de mayor tensión por este desplazamiento subjetivo y político respecto del “lugar fijado por el imaginario patriarcal del capitalismo colonial, para acercarse a otras y coproducir nuevas fuentes de fuerza para sí mismas y para todas” (Gutiérrez, 2018, p. 42).

Como se mencionaba al principio, buscamos sostener a lo largo de este trabajo una perspectiva crítica de la psicología social comunitaria, aportando “una concepción vincular y política de los sujetos como agentes de transformación, entendiendo las prácticas sociales como estructurantes y la realidad como dialéctica” (Sopransi y Pawlowicz, 2016, p. 17).

Desde la perspectiva de ellas: relatos discursivos de las defensoras comunitarias

En este acompañamiento a las DC se consideraron como actividades principales la observación participante, las sesiones de capacitación y aquellas que durante el proceso fueron convocadas como sesiones reflexivas y que se programaban a partir de que detectábamos o nos eran comunicados conflictos o roces entre las propias defensoras.

El énfasis estuvo siempre puesto en la figura de las 14 DC: mujeres que viven en el mismo barrio donde se implementó el proyecto, varias de ellas jefas de familia con trabajo doméstico y en algunos casos también con inserción laboral, pero que desde su rol de defensoras asumen la tarea de emprender acciones que pudieran disminuir los índices de acoso y violencia sexual en los espacios públicos.

Para analizar el proceso subjetivo-autonómico de las defensoras se siguió el método de análisis temático mediante las bitácoras elaboradas durante las observaciones, el discurso de las propias defensoras plasmado en las evaluaciones al término del proyecto y las transcripciones de las entrevistas focalizadas realizadas al finalizar el proceso. Esta metodología se basa en la fenomenología social de Schutz, que al ser una teoría comprensiva e interpretativa se enfoca en la experiencia subjetiva en el mundo de la vida cotidiana de las personas, puesto que “se considera que las personas que viven en el mundo de la vida cotidiana son capaces de atribuir significado a una situación; por tanto, es el significado subjetivo de la experiencia lo que constituye el tema de estudio” (Mieles-Barrera, Tonon y Alvarado-Salgado, 2012, p. 216).

Con los elementos mencionados se procedió a realizar la categorización, y así se obtuvo una serie de códigos que después fueron demarcados como temas, entendiendo por tema un componente común recurrente que surge a partir de la identificación de patrones que son parte del conjunto de datos textuales y que se agrupan alrededor de un concepto central (Braun y Clarke, 2006).

Respecto a las consideraciones éticas, partimos de un enfoque de ética relacional y dialógica que desde una perspectiva crítica de la psicología social comunitaria permite pensar al otro/a suponiendo valores de igualdad y justicia (Sopransi, 2011). Asimismo, en el terreno de la producción de conocimiento ponemos sobre la mesa el tipo de relación entre quien investiga y quien es sujeto/objeto de la investigación, procurando en todo momento relaciones horizontales que lejos de una lógica extractiva nos permitieran “ubicarnos desde el punto de vista de la otra y recorrer un camino donde juntas leemos y construimos la realidad: co-descubrimiento y co-transformación” (Zaldúa, Longo, Estrada-Maldonado y Sopransi, 2010, p. 289).

Resultados

Una vez realizado el análisis, obtuvimos como núcleos temáticos respecto a la experiencia de ser DC, la autonomía y la subordinación de género, además de la dimensión sociopolítica. Estos aspectos se manifiestan en los subtemas que aparecen también vinculados: la autopercepción, la deconstrucción del rol de género, la agencia, la recuperación de lo común, la organización social, las acciones comunitarias y redes de apoyo. En la figura siguiente se muestra la interconexión entre estas dimensiones.

Figura 1. La experiencia/vivencia de ser defensora comunitaria (elaboración propia)

Gráfico p 76

Autonomía de género

Como veníamos mencionando, en su camino como defensoras suelen resquebrajarse los mandatos de subalternidad y dependencia (Lagarde, 1997); se da así un desplazamiento hacia un espacio de poder instituyente que la habilita para una producción de autonomía, que se entiende como:

El grado de libertad que una mujer tiene para actuar de acuerdo a su elección y no a la de los otros; comprende la capacidad de instituir proyectos propios, la producción de acciones deliberadas (voluntad) para lograrlos y la responsabilidad de las propias prácticas necesarias para tales fines; implica un doble movimiento de subjetivarse-objetivarse como sujetos de derecho (Fernández, 2009, p. 69).

Este es, sin embargo, un trayecto sinuoso en el que se involucra también la autopercepción y la agencia que cada una vaya desarrollando. Las defensoras refirieron partir de un punto inicial donde sentían nervios, incertidumbre, miedo e inseguridad de realizar el trabajo, lo que, a lo largo del proceso, fue desapareciendo al tiempo que se incrementaron sus autopercepciones positivamente y se desarrollaron sus habilidades. Es importante destacar que todas lograron identificar algunas de sus capacidades y límites, lo cual también permitió ir fracturando el insistente mandato de subestimar o invisibilizar los avances obtenidos en tanto mujeres.

A este respecto mencionaron:

Me siento mejor; a mí me tocó preparar el material y se me hizo fácil y rápido. En los tiempos sí se me hizo difícil porque soy muy distraída con la hora. En control de grupo me sentí bien y cómoda (Ana, 52 años).

 

Aprendí mucho. Estaba un poco nerviosa al principio. Al paso del taller me sentí más cómoda con todas. Hablaba más, participaba sin miedo. Me siento más capaz de hacer un sondeo y emprender un taller. Tengo capacidad (Elena, 36 años).

Subordinación de género

Para cumplir el mandato de feminidad, las mujeres actuamos dobles papeles: ya sea como sujetas de la opresión o como vigías del cumplimiento del designio patriarcal (Lagarde, 1997); de manera que el hecho de ser defensoras comunitarias conlleva una doble subversión que además genera contradicciones objetivas y subjetivas al combinar acciones de su rol tradicional (tareas domésticas) con acciones políticas de exigibilidad de derechos y sensibilización hacia otras compañeras.

Uno de los elementos que favorecen esta movilización de consciencia sobre la subordinación genérica es la violencia que han vivido y que forma parte ya de su historia de vida. Estas experiencias personales contribuyeron a crear una consciencia y comprensión acerca de la situación de desigualdad social, cultural y estructural que existe sobre las mujeres, lo que resulta fundamental en su formación en materia de género y derechos humanos, como se ve en el siguiente testimonio:

Crecí como una niña educada para estar en la casa, crecí como una niña educada de que el matrimonio era: lavar, limpiar, hacer de comer y atender al marido, eso era el matrimonio (…) no entraba el afecto, no entraba el cariño (…), tampoco la sexualidad era un concepto que estuviera dentro de él, (…) sabía que yo era una persona importante, sabía que yo era una persona que podía lograr lo que yo quisiera, pero no me veía como alguien empoderada (Alejandra, 45 años).

Al estar en grupo construyeron también sororidad y empatía hacia las chicas, principalmente por tratarse de adolescentes; varias refirieron en sus testimonios haberse recordado a sí mismas en esta etapa de la vida. La impotencia en buena medida tenía que ver con un deseo de detener este ciclo estructural de violencia machista; se sentían frustradas cuando no podían intervenir más allá respecto de quienes les relataban vivencias de violencia de género:

Palpar esa realidad que nos sucede a nuestro alrededor para mí fue un momento de impotencia, el querer hacer algo, el querer sentirme en el lugar de la niña o el niño que, que nos dice que está sufriendo un abuso o una violencia, me causaba mucha impotencia (…) , nada más le puedo dar como las frases de “mira estos son tus derechos, si alguien te hace algo así pues denúncialo”, pero sí te queda como el sentimiento de que pues nada más le puedes dar las bases y no puedes hacer como otra cosa ya más (Beatriz, 63 años).

Dimensión sociopolítica

Implica la participación de las defensoras en lo común y lo público, cabe aquí recordar que como lo mencionan desde el movimiento de mujeres en Argentina, “la violencia contra las mujeres ha sido concebida como un asunto de justicia, es decir, no como un problema individual, privado, familiar o relacional, sino como un problema público y social estrechamente vinculado con la ciudadanía” (Zaldúa, Longo, Lenta y Bottinelli, 2018, p. 46). Esta incursión en lo público posibilita que las mujeres de la comunidad tomen un papel activo en la lucha contra las violencias de su contexto, lo cual fortalece significativamente el proceso autonómico de cada una de ellas y da lugar a un círculo virtuoso entre lo comunitario y lo individual:

Ahora he visto que todo eso que le llaman empoderamiento de la mujer es estarte informando para poder formar (…) ahora sí puedo hablar con cualquier persona, que ahora si no me da temor, sea un abogado, sea un presidente municipal (…) ahora me da más seguridad como educadora, como madre (Diana, 38 años).

Esto se ve reflejado en sus acciones comunitarias y una de las más recurrentes es la formación de redes de apoyo, así como las iniciativas de organización ya sea para recuperar espacios públicos o acompañarse en trayectos escolares, todo ello a raíz de la situación de violencia que vive su comunidad.

Entre las formas habituales de convocatoria hacia otras mujeres está ocupar el espacio público (físico y simbólico), así como abrir espacios que permitan encontrar formas organizativas políticas y afectivas:

Sí, me he relacionado de otra manera, porque estoy más consciente de lo que yo paso y de lo que la otra compañera puede estar pasando. Entonces, el poderla mirar a la cara (…) de aquí de las defensoras somos un poco conocidillas, este, como se dice, porque nos dicen alborotadoras, porque, porque nomás andamos abriendo caminos para crear conciencia, entonces muchas ya nos tienen como ubicadillas de qué chamba estamos haciendo, nos preguntan (Elvia, 44 años).

Pero la recuperación de lo público no se da solo por el hecho de reunirse, ha sido también fundamental la organización comunitaria, que paradójicamente está ahora llenando esos vacíos estatales. En este ejercicio de recuperación también es necesario destacar el proceso de construcción de una posición distinta para la interlocución con el Estado:

En la mañana tuvimos, en el evento que tuvimos el sábado sobre el canal de la sardeneta, es un proyecto que surge de nosotras mismas, se llama comité observador, de defensoras, se llama Mujeres transformando miradas, entonces es un proyecto grande en cuestión de que queremos observar de qué problemas surgen en la comunidad para poder hacerlos llegar a la política, para poder hacer documentos, ante las instituciones como esta que vamos a llevar al secretario de seguridad publica exigiéndole mejores paradas de camiones, mejor vigilancia, mas iluminación, es chamba, es trabajar y es reciente, lo estamos haciendo ahorita, ahí vamos, vamos caminando (Carla, 32 años).

Los espacios reflexivos abiertos por nosotras a lo largo del proceso sirvieron para que estas transformaciones fueran socializadas, sin embargo, es necesario reconocer que no se trata solo de su participación en estos seis meses, sino que dan cuenta de su formación a través de los años; esa experiencia les ha hecho respetarse, sin condicionar ese respeto a tener las mismas ideas o coincidir necesariamente en todo:

Ahorita, ya no nos cuesta mucho trabajo (trabajar junto con otras defensoras) porque cada una tenemos una formación, porque, por ejemplo, todas estas mujeres que estamos ahorita, ya tienen una formación, mínimo ya de seis años, otras ya la tienen de más tiempo, entonces ya vamos teniendo una formación de tolerancia (Alejandra, 45 años).

Organización comunitaria

También entre sus acciones está la insistencia en generar espacios de participación seguros para mujeres, como lo fueron en este caso los talleres para las adolescentes y las reuniones de planeación y acompañamiento entre nosotras. En un contexto de tanta violencia hacia las mujeres, los espacios seguros son un importante elemento salutífero que fortalece los procesos autonómicos personales y colectivos:

Las ventajas de trabajar con mujeres (…) pues es que, aunque no, aunque no tengas las mismas opiniones sabes que también…, que también vas a ser respetada (Carla, 32 años).


Aquí también fui entendiendo esa parte, porque yo no sabía lo que era trabajar en equipo, y tampoco yo no sabía lo que era delegar, y que también eso lo fuimos aprendiendo (Diana, 38 años).

En estos espacios uno de los aprendizajes referidos por ellas fue reconocer el valor de las aportaciones de sus compañeras. Esto no es poco si tomamos en cuenta las rivalidades entre mujeres promovidas siempre por el orden patriarcal y que requieren no solo ser de-construidas y des-aprendidas, sino reemplazadas por alianzas de género con las cuales hacer frente a la condición de opresión y transitar hacia lo que entre nosotras se construye como lo común.

Te voy a decir una cosa fuerte, no queremos que todas nos divorciemos, pero ha habido una que otra compañera (…), o sea, yo preferí separarme de mi esposo porque me violentaba, de la forma que me hablaba, de la forma en que me pedía las cosas, o la forma en que podíamos tener intimidad. Es muy fuerte, yo preferí separarme: no nos dejan salir ni a la esquina porque eres mujer, debes de estar en tu casa, no podemos tener la libertad de ir al cine con tus compañeras. ¡Qué onda! (Elvia, 44 años).

Reflexiones finales

A pesar de que venimos cuestionando la verticalidad en la relación poder-saber sobre la que se organiza todo vínculo asistencial, y todavía algunas prácticas comunitarias, se requiere intencionar en mayor medida los procesos críticos y promover la interpelación desde epistemologías y paradigmas de la ética feminista que habiliten avanzar hacia la erradicación de los modos naturalizados de senti-pensar-actuar en los escenarios de violencias sociales estructurales.

A este respecto el trabajo crítico y feminista con mujeres para mujeres en escenarios de alta violencia machista, como es el caso de México, presenta una alternativa desde la cual fortalecer la organización comunitaria considerando la paradoja de las luchas feministas, en las que “se comparte la sensación de fuerza feminista regenerada a través de nuestra movilización, entrelazada intensamente con la impotencia que supone el sabernos amenazadas” (Gutiérrez, 2018, p. 27).

En definitiva, la organización comunitaria frente a la violencia en el espacio público (escenario recurrente de violencias e impunidad) se coloca como elemento subjetivante y constructor de autonomía que puede favorecer el tránsito hacia horizontes comunitario-populares que, reuniendo esperanzas y prácticas de transformación, subviertan las relaciones mando-obediencia (Gutiérrez, 2017). Además de que, entendidas como política en femenino, estas acciones permitan “establecer que el eje de atención y el punto de partida de esta forma de lo político es el compromiso colectivo con la reproducción y la vida en su conjunto” (Gutiérrez, 2017, p. 70).

Asumir un rol activo en la promoción y defensa de su derecho a vivir libres de violencia también en el espacio público coloca a las defensoras como sujetas transgresoras del orden patriarcal y por lo tanto incrementa su exposición a la sanción social, por lo que es indispensable fortalecer los espacios colectivos que asuman el cuidado-conservación (Gutiérrez, 2017) como uno de los ejes fundamentales desde los cuales la psicología social comunitaria con mirada feminista puede apuntalar trayectorias de vida que transitan hacia la emancipación, rompiendo paradigmas de obediencia y subalternidad y disminuyendo así los costos que esto conlleva tanto a nivel subjetivo como intersubjetivo.

Referencias

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  1. Docente e investigadora de la Universidad de Guanajuato y de la Universidad Iberoamericana de León. Correo: sandraestrada@ugto.mx.
  2. Bajo este nombre, “Los Castillos”, suele llamarse a un grupo de asentamientos o colonias populares que conforman uno de los Polígonos de Desarrollo que reconoce el municipio como demarcaciones territoriales prioritarias por el rezago social en el que se encuentran (IMPLAN, 2014).
  3. Los lugares más mencionados fueron la calle, parques y en menor medida el transporte público.


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