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2 Una noche de boda (1854)

Novela original

Miguel Cané

Esta edición

Utilizamos aquí el texto editado por Alejandro Magariños Cervantes en el Tomo III de su Biblioteca Americana. El criterio ha sido de intervención mínima: sólo se han modificado aquellos aspectos que hoy pueden ser leídos como “errores”, y se han preservado todos aquellos elementos ortográficos y estilísticos que, a nuestro entender, no oscurecen la lectura y preservan la variedad de lengua de la época.

Se han hecho los siguientes cambios:

  • Agregamos el signo de apertura cada vez que había una frase exclamativa o interrogativa sólo con el signo de cierre. Así, por ejemplo, donde decía “Oh!”, hemos reemplazado por “¡Oh!”.
  • Se ha agregado guión de cierre para todos aquellos diálogos que sólo tenían guión de apertura. Así, por ejemplo, donde antes se leía “– Es necesaria, dijo Conrado”, ahora se lee ““–Es necesaria –dijo Conrado”.
  • En aquellas palabras de ortografía oscilante (es decir, que aparecen más de una vez y escritas de modo diferente en cada caso), se ha homogeneizado la ortografía optando por la variante más cercana a la actual. Así, por ejemplo, si en el texto original se leía tanto “hipocresía” como “hipocrecia”, hemos escogido “hipocresía” para todos los casos.
  • Se han añadido los acentos en palabras con tilde por hiato. A saber, hemos reemplazado “caido” por “caído”, “frio” por “frío”, “había” por “había”, y así sucesivamente. También, se agregó acento en palabras agudas tales como “así”, “ahí”, o en monosílabos cuyo sentido se modifica con la grafía: “más”, en vez de “mas”.
  • Se homogeneizó la acentuación de todos aquellos verbos conjugados en tercera persona singular en tiempo pretérito perfecto que actualmente llevan acento (por ejemplo, “llegó”) y que aparecían indistintamente con y sin tilde. Se homogeneizó también el acento de aquellas formas que, por monosilábicas, no se acentúan hoy (por ejemplo, “fue”).
  • Se han homogeneizado el acento de todas las palabras esdrújulas. Por ejemplo, si en el original se leía indistintamente “lagrima” y “lágrima”, o “titulo” y “título”, hemos unificado por la versión acentuada.
  • Se han acentuado los pronombres interrogativos. Así, donde antes decía “¿Que importa”, ahora se lee “¿Qué importa?”.
  • Se ha homologado el uso del acento en aquellas palabras agudas (“corazón”, “pasión”, etc.,) que en el original tenían ortografía oscilante.
  • Se ha acomodado el uso de “j” y “g” a la ortografía actual. Así, si en el texto original hallamos cierta oscilación (aparece tanto “salvaje” como “salvaje”; o “ejército” y “ejército”, “pasagera” o “pasajera”, “mujer” y “mujer”), hemos optado por la ortografía actual en todos los casos.
  • Hemos eliminado las haches y los acentos que no comunicaban rasgos de época y que diferían del uso actual. Por ejemplo, reemplazamos “piés” por “pies” e “hijares” por “ijares”.
  • Se ha añadido el acento a los verbos que, por llevar uno o más pronombres enclíticos, se tornan palabras esdrújulas. A saber, cambiamos “puestola” por “puéstola”, “seguidole” por “seguídole”.

Se han preservado los siguientes elementos lingüísticos de época:

  • No se utilizó la “x” en muchas palabras que actualmente llevan esta letra, sino que se preservó el uso original. Así, mientras Cané usa la x para “existencia” y para “exaltaban”, por ejemplo, no la usa para “estraño” ni para “ausilio”.
  • Se preservó el acento en la preposición “á” y en las conjunciones “ó”, “é”, “ú”.
  • Se preservaron las conjugaciones originales de la forma de segunda persona del singular, que hoy se usan (y no en Argentina pero sí en España) sólo para la segunda del plural. Así, por ejemplo, hemos dejado tal cual expresiones tales como “¡Ah! señor, alejaos de aquí”… “no la juzguéis mal”.

UNA NOCHE DE BODA

NOVELA ORIGINAL DE MIGUEL CANÉ

I

Dios ha arrojado sobre la tierra naturalezas desgraciadas para quienes la vida es un trabajo diario y el porvenir en sufrimiento infinito. Parece que la fatalidad se agarra a cada uno de sus actos, la contrariedad a cada uno de sus deseos, y de ahí la desesperación, el abatimiento, y también el crimen. ¿Qué hacer cuando en ninguna parte se está bien, cuando todo os hostiliza, cuando lleno de santidad el corazón vais á estrellaros contra la realidad que os sofoca y cuyo influjo es imposible sacudir? O lanzar vuestra alma contra el que os tiró á la vida con esa cadena ál cuello, ó confundirse, anonadarse en medio de ese laberinto de la existencia humana, seguirlo como el gato al ratón, espiar cada una de sus faces, de esas fibras que destilan placer para los otros y embriagarse con ellas como el miserable que busca su alivio en los licores que le envenenan. Y bien pues, así sea; sigamos, corramos tras lo que otros llaman vicio y que para ese infeliz es una necesidad vital.

II

Galopaba sin piedad. El negro y robusto caballo que le conducía, respiraba difícilmente el aire que se enrarecía por la rapidez de su curso. La espuela sangrienta del caballero batía locamente los ijares despedazados de la bestia, y la furia de la desesperación parecía aguijonear el deseo de ese frenético. ¿A dónde corre esa existencia sin reposo, ese hombre que los otros temen y que es el ídolo de las tiernas criaturas de la tierra? ¿Quién es ese bandido que en medio de la noche, cuando el trueno retumba en los cielos, azotado por la lluvia, atravesando montes y ríos, se pierde en la oscuridad como el demonio de las tinieblas? Es Conrado el de la negra cabellera, el amante de Atilia, es el genio maléfico de esta dulce criatura.

De improviso detiene su caballo; retira con cuidado dos bellas pistolas que guarnecían el pretal de su silla, y como si la sangre hubiese cesado de bullirle en el corazón, echa pié a tierra, se sienta sobre la tierra humedecida por la lluvia, y con el esmero del niño que mira por primera vez el juguete querido, se pone a contemplarlas, a montar y desmontar el gatillo; y concluye por colocar nuevas cebas. ¿Qué desvarío se ha apoderado de su espíritu infernal? ¿Cuál es la víctima que en la profundidad de la noche va á caer bajo su furia?

III

Conrado era el cuarto hijo de un noble caballero Español, que en los tiempos de la guerra de la Independencia, iniciada, sostenida y concluida por los Argentinos, había armado á su costa una columna de mil infantes y puéstola á las órdenes de los sostenedores de la dominación Española. El rey de España lo había premiado con el grado de Coronel, y con el título de Marqués; sus otros tres hijos habían adoptado las ideas retrógradas del viejo, y seguídole á los campos de batalla. Conrado, joven entonces de diez y ocho años, naturaleza templada á la altura de esa época de acción y de proezas, había abrazado con todas sus fuerzas las ideas revolucionarias de Mayo. “Y bien, había dicho á su amigo Carlos, no tendré padre, pero la madre patria me suplirá esa falta”. Y sin otro programa, se había lanzado á la lucha, poniendo la sangre, los afectos, las conveniencias de la vida á los pies de la sublime inspiración que lo impelía. Altivo y brioso, los primeros grados de la milicia no tuvieron para él las contrariedades y disgustos que otros caracteres menos tenaces encuentran en este duro aprendizaje; él que había nacido rodeado de esclavos y servidores, él que había reposado sus miembros sobre la seda del regazo materno, y entre los suaves y perfumados lienzos de la Holanda, sabía encontrar dulce el reposo de su cuerpo, cuando después de una jornada de diez leguas, sufriendo el hambre y el rigor de la intemperie, reclinaba su cabeza sobre el duro basto de su recado, sin otro lecho que la tierra del desierto, sin otra colgadura que la bóveda azulada del cielo de la patria.

Así, Conrado, de grado en grado, de batalla en batalla, llegó a ser uno de los capitanes más notables del ejército de los Andes. Su carácter altivo y concentrado, su amistad profunda é intachable, su arrojo que tocaba en temerario en los momentos del peligro, le hicieron distinguir de todos sus compañeros de armas y del severo General San Martín, que no se engañaba nunca en el conocimiento de los hombres que él distinguía. En ese ejército, que en el porvenir será una de las más puras glorias de la patria, había un regimiento que era distinguido en medio de todos los cuerpos, como el más bravo, el más lujoso, el más querido de la victoria, y que se llamaba de los Granaderos a Caballo[1]. De esa columna valiente era uno de los capitanes el joven Conrado.

Tenía entonces veinte y dos años de edad. Las duras fatigas de la guerra habían desarrollado sus miembros, y aunque su cuerpo era fino, y al parecer delicado, pocos podían rivalizar con la fuerza de su brazo; alto y esbelto, los soldados en su lenguaje metafórico le llamaban capitán cuerpo de Cimbra[2], porque según ellos había escapado a más de una lanzada enemiga por medio de esos movimientos elásticos de que no pueden valerse sino los cuerpos ligeros y flexibles. Era moreno y tenía largo y rizado el cabello, ojos negros y melancólicos que parecían pedir cuando miraban. Su voz no era de aquellas que los militares afectan para hacerse terribles, sino una modulación suave y lenta, que descubría un ánimo tranquilo y una naturaleza bien templada. Sobre los dos ángulos de su boca, inadvertidamente graciosa, formábanse con la sonrisa dos lindos hoyuelos que daban á toda su fisonomía un tinte de niñez y de dulzura, tan raro en aquellos que abrazan la carrera de las armas. Ese conjunto de bellas cualidades había hecho del joven capitán, el niño mimoso[3] de su escuadrón, y esas huríes[4]  de color tostado, de pelo recio, de cuerpo habituado á todas las durezas de la campaña, que siguen de tiempo inmemorial la suerte de nuestros ejércitos, se disputaban las atenciones de Conrado, como la conquista más alta á que podían aspirar.

Entre tanto la ingrata noche de Cancha Rayada[5] se acercaba, y los ejércitos marchaban paralelos, mirándose uno á otro como si quisieran devorarse, ó como hace el toro salvaje allá en la soledad de la pampa, que sigue paso á paso la marcha pausada de su enemigo, hasta que aprovechando el momento favorable, se lanza y le da el bote de muerte.

Los soldados españoles preveían una derrota, si á la faz del sol se atrevían á medir sus fuerzas; castigados en cien combates, quisieron tentar fortuna en una sorpresa y la noche del 19 de Marzo de 1817, cayendo como el trueno en medio de nuestros batallones, tomaron una venganza cruel pero efímera, de los que en tantos hechos les habían castigado cruelmente.

Conrado no sufrió: su sangre fría, su valor tranquilo le colocaron al lado del entonces coronel Las Heras[6] que salvó toda el ala derecha de ese ejército, que aseguró luego y para siempre la independencia de Chile. Pero esa noche dejó en su pecho el terrible sentimiento de la venganza, y ya en los reveses ya en la prosperidad de la lucha, él no podía olvidar que en el silencio de la noche, guiados por la alevosía y la traición, los enemigos de la patria habían degollado á sus amigos y compañeros de fatigas. Fue cruel y desde entonces no perdonó medio para vencer.

IV

Conrado no acompañó al general San Martin á la campaña del Perú; asuntos de un interés doméstico, superior á sus deseos, le obligaron a volver a Buenos Aires. Dejó con pena a los amigos y á ese general que él amaba como a un padre, y vino a descansar a la sombra de los laureles, y a gozar de las riquezas que el autor de su vida abandonaba en su fuga. Recibió los halagos de la autoridad, y de esa sociedad de entonces que no había conocido los desencantos de la guerra civil, ni los horrores de la tiranía; fue el héroe de las reuniones patrióticas y la ambición de las lindas y graciosas porteñas. Bello, militar, rico, y valiente, no había corazón mudo á la mirada quemadora de Conrado; las bellas le exaltaban sus pasiones, y los padres abrían las puertas á sus deseos. Acariciado de fiesta en fiesta, el capitán habría sucumbido a ese delirio constante, si su naturaleza templada profundamente, no hubiese rechazado las conquistas pasajeras, y las distracciones fugitivas. Para ese corazón la pasión era un sentimiento profundo, religioso, que debía quedar en el fondo del pecho, como la imagen de la divinidad; habría aceptado como profanación impura el abuso de sus cualidades remarcables[7], y como degradación de sí mismo, todo sentimiento que no tuviese ese carácter. Así pudo atravesar inmaculado esa primera época de su regreso, y libre ya de las redes que la sociedad tiende a todo el que se encuentra en su caso, retiróse á la Ensenada[8], lugar triste y solitario, á trabajar para reparar los quebrantos de la fortuna paterna que él no consideró nunca, sino depósito confiado á su celo; dos meses habían corrido, y ya su corazón ardía, sus pasiones se habían sublevado, y sus hábitos de rencor, de batallas y peligros, tomado su curso natural.

V

–Me la han robado, Carlos, y me la ha robado un Español –escribía Conrado á su amigo de infancia, y a su compañero de batallas. –Ven en mi ausilio: la vida que me sobra[9], sofoca mi pensamiento, paraliza mi acción, y siento a que las furias del infierno se han apoderado de mis entrañas. Ven á mi lado, no me abandones, hoy que eres todo mi apoyo y mi consuelo.

Dos días después, Carlos se paseaba al lado de Conrado, y el semblante de ambos jóvenes, manifestaba una pasión profunda.

–Se ha casado –decía Conrado– y así se pagan cinco años de amor inalterable. Me alejé de su lado, y todo lo había ocultado, Carlos; me despedaza en la ausencia, me pide glorias, me protesta amor[10], y me vende luego. Anda, decía la infiel, pelea por tu patria, ayuda á conquistar su libertad, y vuelve á recibir tu recompensa en mis brazos ¿Qué más quiere de mí? ¿No le he sacrificado los floridos años de mi vida? ¿No la[11] traigo gloria, amor, riquezas? Ven, Carlos, tú me ayudarás, es necesario que yo la vea, que la hable, que conozca á fondo la historia de esta traición infame, porque mi alma se resiste aun á blasfemar de su existencia y de la mía. Ven, los caballos están prontos y yo conozco las gentes, las entradas y salidas de la casa. Partamos, porque á estas horas se consuma el crimen, y yo no debo sobrevivirle.

Era en efecto la noche de boda, y Conrado había penetrado en el hogar de Atilia sin que nadie le[12] viese, y conseguido acercarse hasta la anciana Luisa, nodriza y aya de su amada. La buena mujer descubría en su semblante cierta inquietud, cierto miedo más bien estraño en el regocijo que parecía natural en momentos solemnes para la casa; –Apresúrate, decía á otro criado, el baile va á empezar y aun no está pronta la mesa del banquete, vuela y que nada falte ya conoces el carácter de D. Ignacio.

–¿Y el mío le conocen? –le dijo Conrado poniéndosele delante.

–Caballero. ¡Oh! es él –dice[13] la anciana cubriéndose los ojos con las manos.

–Oh! Señor ¿qué hacéis?…. ¿á qué venís en estos momentos? ¡Dios mío!

–Nada, Luisa, nada quiero, no tembléis así.

–¡Ah! señor, alejaos de aquí…. os podrían ver, y vuestra vida, el honor de mi hija idolatrada…. no la juzguéis mal…. ¡infeliz! es una víctima que sacrifican a la ambición.

–¿Y os atrevéis á decir que la sacrifican? me ha vendido, me ha cambiado por algunos puñados de oro, y á esto llamáis sacrificio….

–Por Dios, señor, hablad más bajo, os podrían oír, y entonces….

–¿Y qué me importa? ¿He temblado yo alguna vez? ¿No hubo un tiempo en que esta voz sonaba dulcemente al corazón de todos? ¿Quién ha cambiado?…. Algunos galones más, algunas cicatrices…. no, Luisa; esto no me hará desconocido…. Yo sé que Atilia no habrá olvidado al primer amigo de su vida, á su hermano, á su amante que la adora, y esta voz que os hace temblar, encontrará un eco de amor en sus entrañas. ¿No decíais que la sacrifican, que es una víctima?…. Pues bien, mi pecho puede todavía recibir sus lágrimas; ella conoce la verdad del consuelo que le ha trazado mi amor tantas veces…. dile que estoy aquí, que quiero verla, que necesito una palabra suya, una sola y la dejo para siempre…. ¿Seriáis vos también mi enemiga?

–¡Ah! señor, ¿vos no sabéis que ese ángel ha sido condenado desde su cuna á ser la víctima de corazones sin amor, de ambiciones innobles? Vos que habéis sido bueno y franco, tomasteis por cariño lo que no era sino miedo; hipocresía… Os engañaban; vuestra presencia fue siempre odiosa a los ojos del padre avaro…. su mujer, aunque hija de este suelo, tiene un alma corrompida á las ideas del marido. Vos sois patriota, y abrazasteis la causa de la revolución con el entusiasmo de la juventud; tuvisteis la nobleza de no ocultarlo, y os temieron. Reían en vuestra presencia, y afilaban en la sombra el puñal con que debían heriros…. así son, señor, esas almas heladas que calculan el delito, bajo los halagos del amor y la amistad.

–Y me han vendido, Luisa, y me han robado la parte mejor de mi vida cobardes no, no me digáis nada…. esta historia horrible debo y quiero saberla de su boca…. ¡Oh! los grandes tormentos de un alma, deben venirme de ella, como me vinieron mis dichas más queridas.

–Esta conversación es demasiado larga en este momento….

–Es necesaria –dijo Conrado….

–Si os viesen, joven, si D. Juan Rodríguez el esposo, el celoso altanero, supiese que habéis pisado sus alfombras, habría un escándalo, una víctima mas es violento, audaz hombre de carácter.

–Bien, muy bien, Luisa…. así lo quiero yo. ¿De que me serviría la espada, si fuese un cobarde mi enemigo? ¿Es celoso, decís? Pues yo seguiré a su amada como sigue la sombra al cuerpo; me verá siempre á su lado, y como si de cada una de sus pisadas, debiese nacer un espectro, tendrá para llegar a ella que pasar por sobre mí… ¡Oh! Luisa, ahora estoy en mi puesto. ¿No han abusado de mi ausencia para preparar esta orgía escandalosa? Bien pues, aquí estoy para vengarme. He venido para eso.

–Por Dios, Conrado, retiraos, señor….por piedad….por el honor de mi hija retiraos, yo tiemblo.

–Me retiro –dijo Conrado con acento profundo– con una condición, una sola, pero imprescindible; juradme que esta noche cuando el baile baya embriagado á todos, yo veré a Atilia: vos la traeréis por un momento…. Elegid…. o permanezco aquí y hago una locura, ú os obligáis a lo que yo pido.

–¡Pero es un delito, una maldad!….

–Está bien, la clasificación me es indiferente yo necesito verla, y á este precio paso por todo lo que queráis para verla, Luisa, y partir luego á dar mi vida á los enemigos de la patria ¿es tanto lo que exijo? no, no me lo negareis…vos amáis á la que bebió la vida en vuestro seno … y no me pondréis en el camino del escándalo porque reflexionad, á todo estoy resuelto, y si no la veo, yo sabré penetrar basta su lecho de boda.

–Estás en delirio, joven atropellar así el hogar de una familia ya lo veo es necesario consentir veréis á esa infeliz yo os la traeré, pero ésta será la última vez

–Bien, Luisa… á la una; adiós, mi bienhechora.

VI

Mientras que Conrado se escapaba, como el ladrón nocturno, de la casa en que había sido el objeto de todos los halagos, en que durante los primeros años de su vida, se lo habían prodigado los cariños de hijo, otra escena de un género diverso se pasaba entre la llorosa Atilia y Da. Camila, su madre.

–Animo, hija mía, decía la anciana en tanto que la niña preparaba sus largos y sedosos cabellos; las pasiones de la juventud son como las tormentas de Diciembre, violentas, pero pasajeras… Yo también he llorado y padecido por un hombre que no me convenía… En estos momentos me es permitido hacerte esta confesión…. ¿y ves como soy feliz y lo he sido siempre desde el día de mi casamiento?… Vamos, niña, no llames crueldad á lo que no es, sino la prueba de mi cariño… muéstrate alegre, satisfecha procura ser más bella que nunca á los ojos amorosos de tu esposo… ¿Qué diría la sociedad de esta boda, si tuvieses el aire de una víctima?

–No, mamá. Todo está hecho ya, no temáis, quedareis contentos de vuestra hija. ¿No he tenido fuerzas para vivir bajo el peso de un perjurio? ¿No he entrado ya en el camino á que me habéis arrojado? ¿No son la falsedad y la hipocresía los elementos necesarios para alcanzar esa felicidad que me pronosticáis? Pues bien, estaré alegre y satisfecha como el que siente romperse el corazón y ríe a la presencia del verdugo.

–¡Oh! por Dios, criatura terrible –dijo Da. Camila– ¿quieres que tu vieja madre muera de dolor?, ¿quieres que la maldición pública caiga sobre mis canas? Yo te lo pido, te lo suplico, prepárale a tus padres días felices y tranquilos.

En este momento se presentó Luisa en el cuarto en que Atilia arreglaba su peinado, y precipitándose en sus brazos, le dijo con acento de dolor:

–¿Estabas aquí, mi querida?

–Rodeadme todos los que me amáis, porque hoy necesito de todo lo que es caro á mi corazón. ¿Veis? cuando el pecho está desfallecido, es necesario pedir la vida á lo que nos rodea… dadme algo de vuestra fuerza porque yo soy muy débil, muy infeliz…

–Hija mía –esclamaba la vieja Luisa llorando á sollozos.

–Anda –decía Da. Camila, no te separes del salón, que todo está pronto… ea, Luisa, este es el gran día de la familia…

–Descansad en mí, señora –respondió la nodriza, y fingiendo consolar á la niña, la[14] dijo ciertas palabras al oído que le arrancaron un grito acompañado de esta esclamación… Dios mío… Dios mío…

–Me haces temblar, hija mía –esclamó Da. Camila.

–¡Ah! mamá, yo os puedo prometer todo, puedo resignarme á todo, pero si él se presenta, si yo le veo, ¡oh! señora, yo no podré vivir sin él…

–Señorita…

–Sí, mamá, sé que acabo de proferir palabras criminales; pero es que mi corazón está en lucha con mis deberes. Yo le he querido con el primer amor de mi alma, le amo aun, y le amo con locura. Enseñadme a romper sin dolor el dulce hábito de mi vida, el vínculo que me ligaba á la dicha, y seré santa, buena hija, como vos decís.

Y arrebatada por el recuerdo de aquel amor que es como el sello puesto por la mano de Dios en el corazón humano, por la esperanza de quebrar esa cadena cruel que la sometía á un sacrificio superior á sus fuerzas, la pobre niña temblaba, obedecía, y resistía al mismo tiempo.

VII

–No, madre –decía la infeliz…–ya no tiemblo, ¿y de qué temblar? ¡La opinión! ¿y qué me importa la opinión si yo misma me condeno? La opinión es una divinidad que no se adora sino cuando algo se espera de ella. Ligada á un hombre, como la víctima á su verdugo, obligada á precipitarme con él en un abismo que para otros seria un lecho de rosas, el hogar doméstico será para los dos un infierno, señora ¿lo entendéis? Un infierno en furor.

–Gracias, hija, gracias.

–También la ironía, madre, también la burla; nada de gracias… oprobio… desgracia… maldición.

–Así, hija, así, ingrata… pues bien: desgracia y maldición…

–¡Ah! piedad, piedad –dijo la pobre criatura delirante y, abrazando las rodillas de su madre, la llamaba con los más dulces nombres y le pedía perdón.

Ignacio Rodríguez, empujado por el deseo irresistible que arrastra al avaro hacia su tesoro, presentóse en ese momento en medio de la madre, y de la hija; las lágrimas de Atilia corrían aun por sus mejillas delicadas, y Rodríguez no pudo ocultar su sorpresa y tal vez su desconfianza.

–¡Cómo! ¡estáis conmovidas! Atilia, ídolo mío, estos son los primeros momentos de mi dicha, ¿y lloráis?

–Escusad, querido –dijo doña Camila– son los últimos instantes de una separación, es tan natural que corran nuestras lágrimas pero también se llora de placer. ¡Oh! me parece que mis días se deslizarán tranquilos al lado de vosotros, y de los lindos hijos que el cielo os enviará para que os améis mejor. Y sin bajar sus ojos sobre el rostro de su hija, que á cada una de sus palabras parecía querer interrumpirla, ó lanzar un grito de desesperación, tomó la mano de D. Ignacio y le dijo:

–¡Qué imprudencia!; no os hemos dejado un solo momento con vuestra esposa ahora aprovechaos, tenéis el derecho.

–Mamá, no os vayáis, no os vayáis, ¡por Dios!

–¡Imprudente! Escusadla, querido….. vuelvo, hija mía; un momento…

–Creía, señora –dijo Rodríguez– que la primera visita del esposo debería ser el ensueño de la recién casada.

–Perdonad –dijo Atilia– ya os he dicho que hay en mi pecho un corazón poco á propósito para hacer la felicidad. Yo he desconfiado siempre de poderos hacer tan dichoso como lo merecéis, y me parece que la verdad debe seros mas lisonjera que una mentira que se descubriría mañana. Creedme, yo pido al cielo con un fervor sin ejemplo, que bendiga nuestra unión y que proteja nuestros días.

–Pero vos los amargáis, señora… perdonad, tal vez soy demasiado exigente, tal vez no conozco bien que no he vencido sino á fuerza de lucha y de constancia. ¿Qué queréis? Estoy enamorado, me llamáis vuestro esposo, y este título me ha hecho creer que también era vuestro amante. Si pudieseis descender hasta mi pecho; si vieseis este corazón altivo, despótico, que blando, que humilde está: vos sois para mi más que un amor, más que una mujer; sois una elección del cielo. He atravesado los dos tercios de la vida, y sobre todas las tormentas he dispuesto de mi destino como hombre superior á ellas. Me creía garantido para siempre, pero ahora me ha vencido el corazón, y solo el corazón: vos sois la causa de esta debilidad inesplicable.

Atilia, con un rostro concentrado y melancólico, como si esas palabras de un hombre seriamente apasionado, no se dirigiesen á ella contestó sin mirarle

–Gracias, señor.

–¡Oh! –esclamó Rodríguez, siempre ese tono tan helado que asesina; no olvidéis, por favor, señora y esposa mía, que os he dado mi nombre, que me debéis amor, y que os irá bien llevarlo con orgullo, porqué al fin este país es vuestra cuna y la mía se mece en el suelo de los conquistadores.

–Perdonad, Sr. –dijo Atilia–también mi cuna Americana, tan pobre, tan plebeya, como vos la ponéis, tiene sus glorias, tiene ó Chacabuco, Salta, Tucumán.

–¡Señorita!

–¡Caballero!

–¡Oh!, dejemos rivalidades indigestas, dijo Rodríguez. Que allá los héroes decidan del destino de estos pueblos, el mío está á vuestros pies.

–El de mi patria –dijo Atilia– está bajo la protección de Dios.

–Bien, mi dulce amor. Que Dios decida á su antojo, vos sois mía y yo os amo, y tomándole la mano con el entusiasmo del hombre nuevo é inesperto, le decía casi en delirio:

–Si vieseis que dulce es el amor del que amó sin esperanzas.

Y no pudiendo Atilia contener el grito del corazón que le sofocaba las entrañas, sin saber lo que decía, dejando escapar el secreto que le llenaba el pecho contestó:

– ¡Y qué cruel el desengaño del que amó con esperanzas!

–Pero –dijo el altivo Castellano– pienso que esa observación nada tiene de común con nosotros; exijo me lo expliquéis, señora, y pienso que tengo ese derecho.

–No lo dudéis, Sr, yo voy á explicaros, escuchad antes una historia que yo oí en mi niñez y que conviene la sepáis vos también.

Vivía en esta ciudad de Buenos Aires, una familia medianamente rica, y grandemente honrada. Una Americana y un Español, unidos ante Dios y los hombres como yo; (podéis tomarme por ejemplo) esa niña creció entre las dulzuras y los halagos domésticos y vino á ser la esperanza de sus padres. Llegó á la edad de las pasiones, y la niña amó con la vehemencia de un corazón profundamente entusiasmado; su amante era un joven noble por su posición, por su cuna, y sus riquezas; ella le obligó á desertar las banderas de sus padres, á repudiar sus amigos, sus relaciones y su rango; era alto de talle, pálido, ojos negros de fuego, rostro melancólico y sombrío como el de los hombres de grandes ambiciones. Su querida era tierna, corazón cándido y puro, sin más ambiciones que la de ser amada y la de recibir la bendición paterna en los brazos de su amigo.

–Pero esa es una historia, mi adorada, una historia no más que parece demasiado larga

–No, escuchadla –esclamó Atilia con fuego– es verídica, y os interesa en estremo. El joven soldado tuvo que separarse de su amada porque la patria lo llamaba á otros lugares. Dejó las delicias del amor, por las dulzuras de las victorias. Bravo, patriota, hombre de corazón y libertad, atravesó las heladas montañas de los Andes, probó los sinsabores de la ingrata noche de Cancha Rayada, para resarcirlos luego en los bellos llanos de Chacabuco.

–Escusad, señorita, narraciones semejantes –interrumpió D. Ignacio… no comprendo…

–Por favor –dijo Atilia–dejadme concluir.

Siempre fiel á sus juramentos, siguió como valiente las filas de ese ejército que en los años futuros de la América, será una de sus más bellas glorias, la guerra iba á concluir, y la independencia estaba conquistada … entretanto uno de esos pigmeos que al abrigo de la hipocresía y del doblez, saben amontonar caudales inmensos, uno de aquellos que agazapando los altos sentimientos del honor, de la libertad, de la sagrada causa de Mayo, han hecho más males á la patria que todos los ejércitos enemigos, se introdujo en la morada de la joven, deslumbro los débiles ojos de sus padres, y procuró comprar el corazón de su hija, empleó para ello todos los medios, todos los ardides, la calumnia, la lisonja, la amenaza, la mentira todo, todo empleó… Los padres buenos y cándidos se declararon por el nuevo enamorado, pidieron, suplicaron, lloraron á los pies de la hija… y esta no queriendo constituirse en verdugo de los que le habían dado el ser…consintió en casarse y se casó.

–Y luego, señorita –dijo D. Ignacio con voz que descubría una tormenta furiosa en su pecho.

–El día de su boda –dijo Atilia con calma– supo que su amante había sido calumniado, que su ausencia era la obra de las intrigas y mentiras del nuevo pretendiente que la llamaba pérfida, infiel, infame … y como esas palabras de una boca querida son peores que puñaladas en el corazón, la joven llamó á su esposo y le dijo: “el hombre que no ha conseguido obtenerme sino por medio del embuste y la maldad, es un infame, es un mal caballero, un monstruo que no tiene un solo título sobre mí…

–¿Y sabéis lo que el marido respondió? –dijo Rodríguez con su vista impregnada de furor.

–Os pido el permiso de acabar mi peinado –respondió Atilia, y llamó á su vieja Luisa, que daba vueltas muy cerca de la habitación de su hija.

VIII

Eran las once de la noche, y el desposorio acababa de realizarse. No habría sido necesario un gran estudio del corazón humano para conocer las diversas pasiones que reflejaban en los rostros de cada uno de los miembros de la familia.

Para la pobre víctima, el lujo, las luces, la seda y los brillantes, que acompañaban la muerte de su alma, no eran sino el oropel, con que se cubre el sudario de los que quieren engañar a los que quedan en la tierra, cuando han obtenido en ella la fama de grandes, poderosos ó privilegiados de la fortuna… las huellas de las lagrimas marcaban esas mejillas que iban á ofrecerse a los besos de una boca odiada, y el temor, la ira, la indignación que producía en su pecho sacrificio tan cruel, traspasaba la máscara de la indignación que en vano se pretendía asegurar sobre ese rostro delatador. Recibiendo esos cumplimientos que la envidia, la adulación ó la venalidad, visten de tan diversos colores, Atiba parecía superior á su situación, y aunque los aceptaba como sarcasmos sangrientos, sabia responder al nuevo rango en que se hallaba y ocultar profundamente los secretos designios que se agolpaban a su espíritu.

Se habría dicho que los viejos padres de la joven reconocían recién en ese momento el enorme sacrificio que su interés egoísta había impuesto á su hija. La madre lloraba, no de alegría como lo había dicho antes, sino de temor, de inquietud, porque le parecía haber descubierto en el acento y actitud de Atilia, algo que alarmaba su conciencia. La veía vestida de blanco, con la corona de jazmines perfumados, y le parecía descubrir en esas sienes marchitas, pálidas por el pesar interno, signos de un porvenir de llanto tal vez de muerte prematura. La ambición, el cálculo habían turbado su razón anteriormente; pero el corazón se había despertado, y el corazón de las madres, es la providencia de los hijos.

No era de cierto un espectáculo de alegría el que tenía delante de sus ojos, y el remordimiento empezaba á roer sus entrañas, con esos dientes de acero que todo lo despedazan y ensangrientan.

Los viejos minuets de Hayden, solemnemente melancólicos, se sucedían sin interrupción y de cuando en cuando un valls de Mozart, fugitiva expresión de esa naturaleza melancólica, venia á dar á la reunión un carácter singular… Se habría podido decir que una atmósfera de desgracias oprimía la respiración de los concurrentes, y que solo se esperaba el signo convenido para que la catástrofe recibiese su ejecución. Entretanto el novio,elegantemente vestido de negro, se paseaba del brazo de otro caballero español, muy conocido en aquella épocas por la rigidez de su carácter, por el absolutismo de sus principios, y por la inmensa fortuna que poseía.

–Me amenaza y me desprecia –decía Rodríguez, lleno de exaltación y de amargura –Así es esta raza maldita, soberbia, ingrata profundamente. ¿Qué importa que corran por sus venas algunas gotas de sangre española, si el aire, el suelo la vida toda tiende aquí á la sublevación y á la altanería? ¡Oh! Este pueblo, éste que llaman sociedad los revoltosos, debería subir en masa ál patíbulo, para que se perdiese de un golpe esa cabeza coronada de demonios ¡Despreciarme!….¡Oscura dama de un soldado sin nombre, mujer sin cuna, sin virtudes tal vez! ¿Despreciar al que la ha levantado del fango para colocarla como la joya preciosa, sobre su pecho generoso? ¡Oh! ¡Es infame esta generación mestiza!… La sangre salvaje de los pampas corre furiosa en esos corazones también salvajes. ¡Vergüenza al noble castellano que tira una chispa de su vida en esas creaciones menguadas de la América! ¿Qué es la gratitud, que es el amor para esas almas abyectas? Palabras vacías, palabras sin sentido, y nada más. Mostradles el precipicio, sacadlas de la miseria y de la nada, y llevadlas al cielo de la vida… inútil todo, inútil, porque la obcecación es en ellas es cualidad vital. ¡Oh! toda la furia del infierno se ha apoderado de mí!

–Tranquilizaos, amigo, tolerancia… y…

–¡Oh! la infame –decía Rodríguez– se olvida de que es mía, de que soy su señor, de que puedo hundirla en la nada y para siempre si lo haré lo haré.

–¿Por qué perder tan pronto las esperanzas?, ¿por qué adoptar ya el último de los caminos? –decía el amigo– Partid con ella; el rango, los placeres, un mundo enteramente nuevo, le harán olvidar el descarrío de un momento; llevadla á Europa que brinda sus placeres en copas de oro; allí el fatuo y la elegancia deslumbrarán sus ojos inespertos; vuestro amor y la constancia, conquistarán su corazón… pero ¿quién es este militar que viste el uniforme de los rebeldes?

Era el fiel Carlos, que inquieto por la ausencia de Conrado, á quien no había visto desde que salió para tener la conferencia con Luisa; venía á saber si su amigo había sido la víctima de alguna imprudencia, ó donde podía encontrarle.

–¿Qué se os ofrece, caballero? –dijo Rodríguez, saliéndole al encuentro.

–Escusadme, Sr., venía en busca de mi amigo el capitán Conrado, que según informes debía encontrarse en esta casa.

–Ya –dijo D. Ignacio– un soldado, un rebelde, un aventurero, que no pudiendo hacer fortuna en las batallas, viene a especular con la tranquilidad de las familias. ¡Oh! sois muy nobles vosotros los que os llamáis héroes de la emancipación… Sabéis ganar batallas sobre los ancianos descuidados, sobre los maridos que se fían de sus mujeres. Sí, habéis nacido para dar la libertad á todo un mundo. No está, señor, el soldado á quien buscáis…

–Caballero ó canalla –dijo Carlos furioso.

–Fuera, fuera, estáis en mi casa, retiraos…

–En tu casa, en la calle, y hasta en los infiernos te he de probar, miserable, que eres un cobarde, un vil…

–Voto va, Sr. insurgente que esta silla…

–Defiéndete, miserable –dijo Carlos, y lanzándose sobre D. Ignacio le habría pasado con la espada si el amigo de aquel. Da. Camila, Atilia, y todo la reunión no se hubiese precipitado ál lugar de la escena.

–¿Qué es esto? –decía la madre abrazando a Rodríguez –¿Estáis herido? ¡Qué atrevimiento!

–Llamad á la guardia –decían otros.

–¡Qué atrevimiento!

Hasta que Atilia, dirigiéndose á Carlos, pudo con la dulzura de sus palabras y con esa mirada que revela siempre el estado del alma, calmar al exaltado capitán y tomándole de la mano, sacarle del conflicto.

–Respetadme en mi desgracia, Carlos, el cielo no abandona nunca al inocente… dejad que mi providencia se ejecute y decidle que moriré por él…

–Este es mi día de boda –decía frenético D. Ignacio– el primer destello de la felicidad inmensa de mi vida…. vos me lo habéis prometido, Sra., vuestra hija acaba de jurarlo en los altares. Así se paga, así se cumple, ¡eh! sois pérfidos, sois infames…

Un grito de desesperación salió de los labios de Atilia, y cayó en los brazos de su nodriza que, sin atender á nadie, había venido á colocarse al lado de la recién casada.

–Ánimo, ánimo hija mía –le decía al oído– todo esto concluirá, anda ahora á tranquilizar a tu esposo, haz lo que puedas porque la calma y la alegría se apoderen de él y de toda la reunión, así lo exige tu seguridad, tu interés… ¿me comprendéis? Es necesario que el baile continué o somos[15] perdidos para siempre.

IX

Dejemos que la pobre criatura busque en su desesperación los medios de seguir el consejo de su aya[16], y vamos a encontrar a Conrado que esperaba la hora de la cita acaso como el condenado á muerte a quien se le ha fijado el momento postrero.

–Anda y conquista –le decía á Carlos paseándose frenético por su cuarto, los castillos de Lima, las fortalezas de Chile; pierde tus miembros y tu vida para desterrar de tu patria las preocupaciones, la infamia, la tiranía pública y doméstica; prepárale un porvenir á fuerza de penas y virtudes, para que le obliguen á violar el hogar de tu querida, á la manera del bandido ó del ladrón.

–Abandona ese camino, mi querido, los hombres serán siempre los mismos, y las sociedades están compuestas de hombres.

–¿Y qué le queda á tu amigo de sus antiguas esperanzas? ¿Qué ha conquistado en cinco años de batallas y trabajos? ¡Oh! infames!

Traicionan á la patria, traicionan al honor, y luego se llaman virtuosos… A la guerra, á la guerra, dicen con ese aire mentido de entusiasmo, y nos precipitan en la miseria y en la tumba; nos esplotan en la paz, nos sacrifican en la lucha, y luego desde el alto trono de la hipocresía y de la molicie fulminan sobre nuestras cabezas el anatema de la inmoralidad. Soldados, dicen con la sonrisa del desprecio, y este nombre pasa por sinónimo de hombre corrompido, infame, y canalla. ¡Ah! y la vida les es grata y tienen glorias y dichas, y nadie les calumnia para robarles su amor.

–Bien, Conrado, dejemos eso por ahora; creo que la hora se aproxima, y tus preparativos no están hechos… ¿qué piensas?… ¿qué harás si esa pobre criatura no puede llegar hasta ti?

–Morir, pero antes… la pagará… el infame…

–¿Y si viniese?

–Lo que nuestros corazones determinen –y como si fuese un asunto perfectamente discutido y decidido, continuó: –tú lo sabes, Carlos; tarde ó temprano vendrá alguno de los míos á recoger lo que en este país les pertenece: mi amor por Atilia les habrá servido á ellos pues la fortuna les queda por mí. No era esa mi ambición… cien veces la he ofrecido á la patria, y cien veces se me ha contestado que mi persona valía esa fortuna y sin embargo, me quitan lo que yo no quería darles, y lo que hubiese conservado sobre la fortuna y sobre la vida… Tú te encargarás de todo lo que me pertenece… en mi escritorio encontrarás mis instrucciones y los documentos necesarios… el día de mañana será el último para más de uno de nosotros, ahora ocupémonos de las cosas materiales… ¿Sabes si Toribio, la fiel ordenanza de tu amigo, está de vuelta? Hazle venir, yo necesito hablarle. En este hecho, Carlos, tan opuesto á mis principios y á mis antecedentes, no deben tener parte sino los que comprenden profundamente las exigencias de la situación. El ha jurado cien veces morir á mi lado, y á fe que no ha desmentido nunca la verdad de su juramento; hazlo llamar pues.

Toribio era un muchacho de veinte y tres años á lo más; su tez tostada, cabello lacio y negros ojos melancólicos, en los que el líquido cristalino parece depositar una lágrima fugitiva, daban á su cara ese dulce tipo que ha producido en nuestro país, la mezcla de la raza andaluza con la indígena. Nacido en la casa paterna de Conrado, había jugado con este los primeros años de la vida, y su carácter tomado mucho del que su amito había desplegado en las diferentes fases de la vida. Llegados ambos á la edad de las pasiones, la influencia del señor se hizo soberana sobre el siervo, y lanzados juntos á la vida de peligros y fatigas, Conrado pudo reposar en la fidelidad de su ordenanza, como el anacoreta en la de su perro guardián: juntos habían partido de la casa paterna abandonando amigos y familia y juntos después de cien combates, trabajos, y peligros, vuelto á la patria y á la casa que los vio nacer. Unidos eran des brazos poderosos, aunque manejados por una sola voluntad: separados les habría conducido la individualidad á ecsesos que la sociedad castiga como faltas, como vicios ó delitos. Para Toribio su capitán era su Dios y su alma; para Conrado, Toribio era la más completa representación de su modo de ser en su vida práctica, y le amaba con ese amor frío y concentrado del soldado que no se demuestra sino en las grandes ocasiones.

X

–Has aprontado todo, Toribio? –le dijo el capitán viéndole entrar…

–Todo está pronto.

–Acércate, quiero hablarte ¿te acuerdas de aquellos días en que yo al descubrir los ejércitos enemigos sonreía de placer?…

–Y yo temblaba, capitán, por vos y por mí, por que los guapos tiemblan de su propio arrojo.

–Bien, hoy es necesario afrontar un peligro de cuya ejecución depende mi vida y mi felicidad. Pero es un peligro que está lleno de infamia y de vileza. ¿Me comprendes?

–No, capitán.

–Sí, de infamia y de vileza, porque es preciso cometer un delito, y tú me ayudarás. En Chacabuco, tú peleabas á la faz del cielo, en pleno día peleabas con enemigos de la patria, que defendían á un tirano, es verdad, pero que se batían como hombres, como soldados. Ahora es necesario herir en las tinieblas, herir ál primero que se presente, y luego huir como cobardes, ladrones y asesinos.

–¿Aceptáis la participación?

–Si yo pudiera comprender, capitán.

–Escucha, yo estoy enamorado como un furioso. Mi amor es frenético y tengo en el corazón las pasiones del salvaje y las furias del tigre. Estoy enamorado de una mujer que me ama, de un ángel que rogaba por mí, cuando yo tiraba mi vida en los combates; y bien, esa mujer, ese ángel está al borde de una tumba; la han ligado por fuerza á un destino que no puede quebrar, necesita mi brazo para salvarse y yo necesitó un crimen para ser feliz. ¿Me ayudarás, Toribio?

–¿Cuando os he abandonado en el peligro?

–Nunca, mi buen amigo, nunca, es verdad.

–Bien pues; tu vendrás conmigo, presenciarás esta acción infame que como una mancha eterna va á borrar todas mis glorias. ¡Y me las roba un español, un enemigo de la patria, un hombre vencido en los campos de batalla, un ladrón doméstico! Anda ahora, prepara mi equipaje, mis armas, que todo esté pronto como en la víspera de una batalla, antes del día partirás conmigo, ó de nada tendremos que ocuparnos, anda pues.

Aunque Carlos conocía perfectamente el carácter de Conrado, y sabía por cien esperiencias que siempre que el corazón ó el amor propio de aquel se hallaba interesado, no era fácil hacerle retroceder en su propósito, una esperanza le quedaba en el pecho y quiso tentar la última prueba para disuadirlo del paso en que se hallaba envuelto:

–¿Pero de veras te marchas?, ¿y solo?

–No, Atilia me espera esta noche, y yo debo huir con ella. Huir, Carlos, de la patria, de los hombres, de todo, porque me la quieren quitar, y yo muero si ella no es mía.

–No seas loco. ¿Qué más quieres que tenerla tuya sin compromisos, sin disgustos? Mira que yo quiero más á mi Antonia casada que…

–Calla, eso es vil, por eso nos juzgan siempre como á bandidos y degradados ¿Sabes tú lo que es el hombre que une su vida á la mujer de otro hombre? Es más que un ladrón, sin ser menos que un asesino.

–Sí, pues Atilia es soltera…

–Pero este vínculo que la liga á un malvado, es como la cadena de un esclavo puesta por manos poderosas sobre el débil: Atilia, libre, era mía por su corazón y por su amor. Mía, porque Dios la coloco sobre el camino de mi vida para que me acompañase hasta la tumba; mía, porque este corazón que no ha latido sino por la patria y por ella, bebió desde temprano el fuego en que hoy me quemo. ¿Y por qué me hicieron partir sino me la habían de conservar? Tú me conoces… yo debo recuperarla ó morir… Mi carácter no admite medianías, ó la suprema felicidad, ó la noche del olvido, yo partiré, mi Carlos.

–¿Estas resuelto, positivamente resuelto?…

–Sí; de una manera irrevocable.

–¿Y tus sueños de gloria?, ¿y tu porvenir tan risueñamente imaginado, y la iniciativa social que debías abrazar en favor de la patria, todo lo olvidas y te precipitas en la nada por amorcillo de una mujer? ¡Oh! tú no eres el mismo hombre de los momentos de Chacabuco…

–¡Gloria… porvenir! quimeras, Carlos, con que nos alucinan para hacernos matar. Nosotros, soldados de la nueva República, pobres niños con corazón y sin cabeza, no sabemos distinguir todo el doblez que encierran las palabras pronunciadas por ciertas bocas; tú has asistido conmigo a las grandes jornadas en que brazos Argentinos han triunfado; la bella sangre de tus venas ha teñido las bayonetas enemigas, y tú como la generación á que perteneces ¡ha engendrado un mundo! ¿Para qué? Para que la ambición, la hipocresía, y los delitos, se ceben sobre el cuerpo de la patria, para que adulando á esa divinidad que nosotros llamamos ¡Libertad! y ellos locura, nos claven el puñal por las espaldas mientras nos ríen cara a cara.

–Tú deliras, Conrado… la patria no eres tú, ni yo, ni la generación actual.

–Si, pero la patria libre, la patria, como la concibieron los padres de 1810 no es esta en que nosotros vivimos, Carlos… El cielo sabe que al derramar mi sangre, yo creía fecundar la libertad, y no la licencia, el abuso, o la tiranía; que si he peleado contra los satélites de un déspota, no he pretendido levantar tiranos, y que nos hemos sacrificado por el principio, no por los hombres. Un día vendrá en que lloren sus delitos.

–De acuerdo, mi querido, pero ahora no se trata de eso.

–¡Oh! te engañas –continuaba Conrado, lleno de desesperación y de dolor –Te engañas. En un pueblo que se dice libre no se escucha a las personas, no se admite las influencias privadas, no se teme la amenaza, la calumnia, ni la lisonja. Un pueblo libre, Carlos, no tiene más amo que la ley, y la ley no apadrina las ambiciones torcidas. Un pueblo libre no pisotea la más sagrada propiedad que tiene el hombre, la propiedad del corazón. Un pueblo libre es agradecido porque la libertad se compra con sangre, y la sangre de los hombres vale mucho… yo no pido á la patria sino mi propiedad, la que nadie me ha dado y que nadie me puede quitar; ella debió conservármela como yo la he conservado sus derechos con mi sangre.

–Te arrastra la pasión, Conrado.

–Romped el equilibrio de los derechos y deberes; y veréis brotar de todas partes, como las semillas venenosas, las malas pasiones de la sociedad; yo no soy sino la primera víctima de una tiranía privada; mañana lo será el pueblo, la patria, la nación toda, porque la graduación es fatal. Hemos proclamado y peleado frenéticamente por la igualdad de derechos, y nos hemos olvidado que la igualdad de deberes era antes; de ahí este desquicio funesto en todas nuestras cosas, y este caos que amenaza la ruina de una sociedad joven y dispuesta á todos los progresos.

–¿No oyes?… me ha parecido oír una voz… ¡vive Cristo! que no me engaño, y precipitándose Carlos sobre el sable de su amigo que estaba en un rincón de la pieza, salió corriendo hacia la puerta de la calle.

Conrado, que era hombre de sangre fría en los momentos apurados, tomó sus bellas pistolas y se puso á seguir á Carlos; no había traspasado el umbral de la puerta cuando descubrió á su amigo, que traía una mujer en los brazos, vestida de blanco, desmayada, y exánime…

–Es ella que viene á pedirte protección, la Providencia te la envía.

–Que venga ahora á sacarla de aquí, por Dios, ¿y que tiene? ¿le han asesinado?

–Sí –responde Carlos…

–Déjate de eso, ha caído desmayada en mis brazos al pisar los umbrales de tu puerta ha huido y sin duda te busca para que la libres de ese hombre.

Conrado tomó el cuerpo de su amada y, colocándola sobre un sofá, se puso de rodillas y le tomó las manos.

–Mírala –le decía á Carlos– ¿no representa mi ángel salvador? ¿No es por ella que he jugado tantas veces mi vida, y no es ella la que con su poder celestial me ha conservado para que yo la salve hoy? ¡Que se desaten ahora todas las tormentas de la tierra!, ¡que los hombres me clasifiquen como quieran, aquí, sobre su corazón, yo juro que es mía!… ahora á la obra, Carlos.

–¿Donde queréis ir con un cadáver?

–Me haces mal con esa palabra, ¿no sientes que su pecho se agita? Trae tu mano… toca su corazón me parece oír una voz en cada uno de sus latidos.

–Sí, la de la eternidad –respondió un eco augusto como un pronóstico, y al mismo tiempo se hizo oír la detonación de una pistola.

Era la voz del marido que, habiendo seguido á la infeliz Atilia, se había introducido furtivamente en casa de Conrado, aprovechándose de la fascinación de los dos jóvenes, asegurando su golpe con la calma y el rencor de su carácter, la bala dio sobre el cráneo de la infeliz, y la sangre de la virgen vino á salpicar el rostro de Conrado.

Frenético y fuera de sí, apuntó y disparó una de sus pistolas sobre el impasible Castellano, que parecía mofarse del dolor de su adversario.

–¡Muere! –le dice[17]  Conrado, y la bala obedeciendo á la voluntad del homicida, fue á esconderse en el corazón del Agraviado.

–¡Infame! –continuaba frenético no, no es bastante… su muerte… y volviéndose hacia el cuerpo ensangrentado de la joven, se puso nuevamente de rodillas… Espérame, yo voy contigo… y un nuevo tiro vino a completar ese cuadro de horror y de lágrimas…

Los que os reís del corazón, mirad ese grupo. Tres cadáveres solemnizan la boda calculada por los padres de Atilia.

 


  1. El Regimiento de Granaderos a Caballo fue un cuerpo de élite dentro del Ejército de San Martín. Se destacó especialmente por sus acciones militares durante los años de campaña en Cuyo y Chile. Navarro Viola describe en detalle la elegancia y la impecabilidad que se les exigía en su indumentaria, como así también los hábitos y gestos que debían cumplir, a tono con el lugar privilegiado que ocupaban dentro del ejército. Escribe este autor en la Revista de Buenos Aires: “El uniforme primitivo de este cuerpo modelo, que llegó á componerse de cuatro escuadrones, era el siguiente: “Jefes y oficiales”. Sombrero “falucho”, y en cuartel, gorra azul chata ó de pastel sin visera y de galon ancho. Casaca larga de paño azul, peto acolchado, vivada, con nueve botones dorados y desgranadas de oro en el estremo de cada faldon; corbatin; calzon de punto o de brin blanco bien ajustado; bota granadera con espolin; catalejo militar y cartera pendiente al costado, de una especie de bandolera donde guardaban los avios para levantar croquis del terreno, y un diario prolijo de marcha (obligados á llevar). Espada samble de 36 pulgadas, guante de ante con manoplas, capote de ilsaño. Silla húngara con pistoleras, cubierta hasta el arzon, con un chabrac de paño azul franjeado de oro, con granadas de lo mismo en sus dos ángulos, los que remataban en una borla, balija á la grupa. “Tropa”. Gorra azul de “pastel” sin visera, ó casco sencillo carrillero de metal escamado, granada al frente y un “pompon” verde (cambiado poco después por el penacho, punzó alto) – Casaca larga azul, vivos encarnados, con palas de bromee escamado y cuatro granadas amarillas en el estremo de los faldones, boton dorado con el sol y el lema “viva la patria”, y en el exergo del reverso “granaderos á caballo”, calzon azul de paño, bota granadera con espuela de fierro; capote. Su arnés consistía en el sable corvo adelgazado á “mollejon”, carabina de chispa y lanza. No permitiéndoseles caballo de diestro, el de montar, era jeneralmente tordo, crinado, de cola al corvejon, herrado, y mantenido á pienso; formando su arreo, el recado del país cubierto con un caparazon de paño azul, adornado de fajas, y dos granadas con borlas punzoes en las puntas; balija de cuero. En la “lista,” contestaba el granadero por su nombre de guerra. Ningún oficial podía tutearlo, mi ocuparle en servicio alguno que no fuera estrictamente militar. Una mancha ó rasgon en el uniforme, un botón menos ó mal abrochado, costaba un dia de policia. Acostumbraban el pelo corto y la mirada más arriba del horizonte. Este cuerpo, produjo 16 jenerales, 60 coroneles y mas de 200 oficiales, llamados por sus brillantes prendas á figurar con lustre en nuestra historia” (481-484, Navarro Viola).
  2. Aunque el significado puede inferirse por la explicación de la voz narrativa, “cimbra” es un término de origen incierto, del ámbito de la arquitectura, que alude en sentido figurado a la flexibilidad. Una de sus acepciones es “[v]uelta o curvatura de la superficie interior de un arco o bóveda.” (DRAE).
  3. El uso actual equivalente sería “mimado”.
  4. “Hurí: (Del fr. houri, este del persa ḥuri, y este del ár. clás. ḥūr [al‘ayn]: las que tienen hermosos ojos por el contraste en ellos del blanco y negro).1. Cada una de las mujeres bellísimas creadas, según los musulmanes, para compañeras de los bienaventurados en el paraíso”. (DRAE). De una de estas “huríes”, “que siguen de tiempo inmemorial la suerte de nuestros ejércitos”, trata justamente la novela de Lucio V. López, La loca de la guardia, recientemente rescatada de los archivos en una edición crítica por Hebe Molina.
  5. La batalla de Cancha Rayada, también conocida como “el desastre” o “la sorpresa de Cancha Rayada” fue (junto con Parral, Curapalihue, Cerro Gavilán, Nacimiento, Carampangue, Manzano, Lebú, Perales, Tubul y Talcahuano) uno de los varios enfrentamientos del Ejército de la Patria Nueva (la unión del de San Martín junto con el de O´Higgins) con las fuerzas realistas españolas. El ejército americano fue tomado por sorpresa durante la noche del 19 de marzo de 1818 (nótese que Cané equivoca el año y escribe 1817) y ampliamente derrotado. Aquella noche, fatídica para el ejército argentino, como deja ver esta novela, es descripta por el español Andrés García Gamba del siguiente modo: “En conformidad de su proyecto, y sin noticias ciertas del número ni de los movimientos del enemigo, Osorio se aventuró a vadear el Maule y a tomar la ruta de Santiago. El 15 de marzo todo el ejército de San Martín se hallaba reunido en San Fernando y constaba, según el inglés Miller, entonces capitán de los independientes, de 7.000 infantes, 1.500 caballos, 30 piezas de campaña y 2 obuses. El 18 las descubiertas de ambos ejércitos se encontraron en Quecherehuas, y trabaron una refriega de poca consideración, pero instruido Osorio de que San Martín y O-Higgins le buscaban con fuerzas superiores, contramarchó sobre el Maule, pasando el río Lircay y los dos ejércitos, a un tiempo y corta distancia el uno del otro en la mañana del 19. Continuóse así la marcha hasta la caída de la tarde, que los españoles tomaron posición en las inmediaciones de Talca, a la cual se acercaron los enemigos, y mientras desplegaban en el llano de Cancharrayada, hubo fuertes escaramuzas y un vivo fuego de cañón, parte de la caballería enemiga cargó resueltamente a la realista y fue bravamente rechazada por los lanceros del Rey. Después de esta ventaja, camparon todos a la vista unos de otros” (288). García Camba, Andrés. Memorias para la historia de las armas españolas en el Perú. Madrid: Sociedad Tipográfica de Hortelano y Cía., 1846.
  6. Las Heras. En su largo y detallado texto Historia de San Martín y de la emancipación sud-americana, escribe Bartolomé Mitre, en el capítulo VIII, “Acción de Membrillar”, sobre Las Heras: “El enemigo [el ejército realista] no desistió por esto su ataque. Avanzó su artillería y bajo sus fuegos se puso a tiro de pistola de los atrincheramientos, reconcentrando sus mayores esfuerzos sobre el reducto de la derecha, que protegido por 500 Auxiliares a las órdenes de Las Heras, contribuyó a rechazar cinco asaltos que le fueron llevados. El fuego se prolongó por el espacio de cuatro horas. Al anochecer, los realistas retrocedieron vencidos, dejando en el campo 80 cadáveres, sin más pérdida por parte de los defensores que ocho muertos y 18 heridos” (393). Mitre, Bartolomé. Historia de San Martín y de la emancipación sud-americana. Buenos Aires: Librería de Félix Lajoune, 1890.
  7. Probablemente se trate de un anglicismo del adjetivo “remarkable” (equivalente a nuestro “notable”) frecuentes en Cané (en su novela Eugenio Segry utiliza “político” como sinónimo de “educado”, haciendo una castellanización de “polite”, del inglés.
  8. Ensenada es uno de los 135 partidos que componen la provincia de Buenos Aires. No es casual la elección de Cané, tratándose de un personaje militar: en esta localidad (muy cercana a la ciudad de La Plata) se fundó en 1700 el fuerte militar “Ensenada de Barragán”, para combatir el contrabando dado que, por cuestiones geográficas, este recodo de la provincia se ofrecía como alternativa al puerto de Buenos Aires. En 1738 la gobernación de Buenos Aires construye una muralla, y a partir de allí la zona se conoce como “El fuerte de Barragán”. (Datos extraídos de: https://web.archive.org/web/20070928193923/http://www.todaensenada.com.ar/historia/fuerte.htm).
  9. La frase debe leerse hoy como “la vida que me queda”.
  10. La frase debe entenderse hoy como “me reclama amor”.
  11. Laísmo frecuente en la época.
  12. Leísmo frecuente en la época.
  13. Para mantener la congruencia de tiempos con otros verbos precedentes, debería decir “dijo”.
  14. Laísmo.
  15. Los verbos “ser” y “estar” tenían usos, según el contexto oracional, a veces intercambiables en la época.
  16. Según el Diccionario de la RAE, “mujer encargada en una casa del cuidado y educación de los niños o jóvenes”.
  17. Para sostener la concordancia con los otros tiempos verbales del párrafo, debería decir “dijo”.


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