3 La cuestión de la tradición literaria

EB: Me gustaría pasar, si fuera posible, a otro tema. Me refiero a las traducciones, que últimamente ha sido uno de tus temas predilectos, y pensar el papel fundamental que tiene hoy la traducción en la transmisión, tanto de la literatura como del pensamiento científico o de la discusión filosófica. Y quisiera plantear este tema a partir de lo que se ha dado en llamar “la paradoja de Umberto Eco”: partir de la base de que una traducción plena, absoluta, de transferencia de sentido de una lengua a otra, que sea perfecta, es imposible y sería absurdo planteársela. Y eso se vuelve mucho más agudo y problemático en el caso de la poesía lírica, en especial. Pero la paradoja es que, a pesar de esa conciencia de la intraducibilidad definitiva de un texto, seguimos intentando traducir y lo bien que hacemos. En ese sentido, creo que en tu obra has reflexionado y has estudiado casos muy particulares de la traducción de una lengua a la otra donde un texto deja de ser el mismo texto.

 

RC: El tema de lo intraducible necesariamente acompaña nuestra conversación sobre la traducción. Creo que, cuando intentamos comprender qué es lo que define a un intraducible –el cual, como acabás de recordar, se encuentra traducido–, encontramos varias razones. La primera razón que destacan algunos lingüistas es la estructura propia de cada idioma. Mencionabas la poesía. Un especialista de la poesía china, el suizo Jean-François Billeter, muestra que hay una contradicción fundamental en la poesía china –en particular, la poesía del siglo VI y VII– que está vinculada con los tiempos verbales. Porque en chino los verbos no tienen tiempo. Siempre están en infinitivo, mientras que esos poemas están organizados a partir de diferentes temporalidades: se refieren al pasado, se sitúan en el presente y se piensan en el futuro. Y esa tensión es sumamente difícil de reproducir en los idiomas que tienen a la vez infinitivos y tiempos verbales. ¿Hay que traducir con el infinitivo, a riesgo de perder las temporalidades poéticas? ¿Hay que traducir con verbos que tienen tiempo –imperfecto, futuro, presente– a riesgo de perder la estructura del idioma que se está traduciendo, o sea el chino? Esta es una primera reflexión sobre lo intraducible. Su respuesta consiste en mostrar que, efectivamente, al acercarse con el saber de las temporalidades que están en el poema, podemos, si no traducirlo, al menos dar una idea de lo que podría ser una traducción.

Roger Chartier y José Emilio Burucúa (2017).

Otra definición de lo intraducible es lo que has dicho al comienzo: ¿el hecho de que resulta imposible obtener una adecuación lingüística completa implica que no se puede pensar en una identidad, ya sea de los sentimientos o de las ideas? Recuerdo una conversación por demás interesante entre un autor angoleño, Agualusa –autor de un libro bastante conocido, Nação Crioula [Nación criolla]– y su traductor al inglés. El traductor nunca había traducido la palabra “saudade”. La había dejado tal cual en el texto y había agregado una nota con términos equivalentes. Luego reconoció que eso era una derrota del traductor. Un traductor debe traducir todo. Decía que, si volviera a traducirlo, colocaría los equivalentes: “melancholy”, “sickness”, “longing”, etc. Curiosamente, Agualusa invirtió su posición. Cuando el traductor no había traducido “saudade”, él pensaba que sí podía traducirse: era un mito, una imagen, aquello que a los brasileños o a los portugueses les gustaba que se dijera de ellos, o el modo en que deseaban ser reconocidos, y que entonces había que traducirlo, puesto que los sentimientos finalmente son universales. Pero, en un segundo momento, cuando el traductor dijo que traduciría el término, el autor manifestó “Bueno, quizás haya en ‘saudade’ algo irreductible”, que la etimología de “saudade” –que viene de “soledad”– hacía que hubiera allí una sedimentación de sentimientos que era irreductible a cualquier otro lenguaje. Fue una conversación interesante –los frentes se invertían– que remitía directamente a una práctica de escritura: ¿hay que dejar palabras en el idioma original en un texto, con una nota o sin ella? A fin de cuentas, remitía a lo que se considera traducible o no traducible, no solo en las palabras, sino también en las emociones, los sentimientos. A partir de ese momento, nos vemos confrontados a un problema de relación entre lo particular y lo universal.

 

EB: Un caso semejante es la perplejidad de los traductores árabes de la Poética de Aristóteles, que no pudieron traducir. No pudieron traducir tragedia y comedia” porque eso no existía.

 

RC: Y sin embargo han traducido el texto.

 

EB: Y sin embargo algo dijeron. El texto estaba disponible pero muy confuso. Pero es una obra que hay que emprender. Y en ese sentido quisiera subrayar una experiencia argentina de los últimos meses que creo que es importantísima y es la que encaró Marcelo Zabaloy con el apoyo de la editorial El Cuenco de Plata para hacer nada menos que la traducción al castellano del Finnegans Wake de Joyce. Si ya el Ulises de 1921 era algo intrincado, el Finnegans Wake publicado en 1939 es un verdadero galimatías aun para los ingleses. Hay palabras inventadas, palabras de otras lenguas, sintaxis que han explotado… y sin embargo, Marcelo Zabaloy ha encarado la cuestión y según los entendidos en literatura inglesa, el resultado es muy bueno. Y respecto de la intraducibilidad, me gustaría volver sobre una vieja cuestión, que es la de la traducibilidad o intraducibilidad de los textos religiosos. Porque en el caso de los textos de lo que podríamos llamar el “canon cristiano”, se trata de una cuestión que se plantea desde el comienzo de la propagación del cristianismo. San Jerónimo se animó a volcar tanto el Antiguo Testamento –escrito en hebreo y en parte en arameo– como el Nuevo Testamento –escrito en griego– en ese monumento del espíritu humano que es la Vulgata. En la historia del cristianismo, esa es una piedra fundamental que abre el camino hacia las traducciones a partir del siglo XVI a las lenguas vulgares. Y el caso del Corán estaría exactamente en las antípodas, porque el Corán no se debe traducir. Hay que leerlo en la lengua en que fue transmitido directamente por la divinidad al profeta, que es el árabe –y ese árabe tan particular que es el del Corán–. Esto ha dado lugar a grandes especulaciones sobre las peculiaridades de la lengua árabe. La lengua árabe es la lengua por antonomasia de un pensamiento poético que puede admitir en su seno contradicciones lógicas, que son las mismas contradicciones que uno encuentra en el texto del Corán. Yo he conocido a algunos intelectuales de lo que podríamos llamar la “Ilustración árabe” de la actualidad. Pienso en Sadiq Jalal Al-azm, un gran pensador sirio que dice que eso no es más que una consecuencia de una evolución trunca: el árabe no habría hecho de sus textos religiosos ni de la propia lengua la crítica radical que hace la filología en Europa a partir del siglo XV. En lugar de verlo como una ventaja –el árabe como lengua poética por excelencia–, él lo ve como una desventaja en lo que se refiere a la posibilidad de que el texto, sus conversiones y sus variantes sean la base para el cambio social y cultural que implica el ingreso al mundo moderno.

 

RC: Cuando hablabas recién de Joyce, yo pensaba en un Joyce del siglo XVII, también considerado intraducible: Baltasar Gracián. Si tomamos Oráculo manual y arte de prudencia, el traductor francés, cuarenta años después de la publicación del texto original expresaba “Me dijeron que había sido muy audaz al traducir un texto que ni los españoles entendían”. Desarrolla, entonces, la idea de la dificultad de la traducción en la práctica misma de esa disciplina. En ese caso, no es solo la complejidad o sutileza de un estilo lo que está en cuestión, sino a fin de cuentas algo que también está en juego en el registro religioso al que te referías: la protección del texto contra las lecturas que van a corromperlo. Porque la idea –en particular, luego del advenimiento de la imprenta– de que los libros pueden caer en manos de lectores ignorantes, que van a darles interpretaciones salvajes, que van así a deteriorar o corromper el texto, es muy potente. Lo cual puede explicar, por ejemplo, en paralelo con lo que decías sobre el mundo musulmán, las restricciones impuestas en el mundo católico a la lectura de la Biblia en lengua vulgar, a partir del siglo XVI y hasta el siglo XVIII. Eso también puede explicar la estrategia de Gracián, que lo tornaba tan difícil de traducir y que su protector Lastanosa definía como “la arcanidad del estilo”, cuyo objeto era proteger el texto contra los lectores ingenuos, contra los lectores vulgares: aquellos que no saben leer, descifrar, decodificar el contenido del texto. El texto, sabemos, es una moral práctica bastante alejada de los mandamientos de la Iglesia y, por ende, estaba destinado a aquellos capaces de entenderlo. Esa serie de recomendaciones, consejos, advertencias, a través de ese idioma, era como la protección contra los ignorantes. Creo también que hay un componente intraducible, o una dificultad de traducir, que se vincula con esa idea de la protección del texto: los Arcana Dei, la idea de que nos movemos en paralelo a una definición negativa de la curiosidad. El ser humano quiere conocer aquello que debe quedar oculto. En el caso de los textos religiosos o del texto de Gracián, no es algo que permanezca oculto para todos, sino para la masa, para el vulgo. Solo el “discreto” podrá entrar en esa lectura. Creo que ese es un punto interesante y el problema de la traducción es absolutamente fundamental también hoy. Por un lado, por la enorme dificultad del mundo editorial para aceptar traducciones, pues se trata de libros que resultan más caros que los otros. Hay que pagar –y espero que así sea– a los traductores. Vemos a escala mundial una reducción de la práctica editorial de la traducción, lo cual puede ser extremadamente peligroso. Finalmente, la globalización está lejos de traducirse en traducciones, por así decirlo. Es también una cuestión que puede permitir abordar los grandes desequilibrios que hay en el mundo. Hay lenguas desde y hacia las cuales se traduce. Y hay otras que permanecen aisladas, marginales, dependientes, minoritarias. Desde luego, esa realidad puede apreciarse desde mediados del siglo XVII. El español es un idioma universalmente traducido a escala europea. Rápidamente. A menudo con muchas reediciones o retraducciones. ¿Cuál es la primera traducción de una obra de Shakespeare en español? Fue un Hamlet de Ramón de la Cruz, que desconocía el inglés y que había utilizado una adaptación francesa de Ducis, que también desconocía el inglés y que había utilizado una traducción de mediados del siglo XVIII. Recién en 1798 Hamlet fue traducido por Moratín a partir del texto original en inglés. Lo cual muestra un inmenso desequilibrio entre una lengua grosera, de mercaderes, ignorada, que era el inglés –desde aquel entonces todo eso ha cambiado– y, por otra parte, una lengua que era la menos imperfecta de todas y, sobre todo, el vehículo de todas las innovaciones literarias: novelas de caballería, literatura picaresca, literatura pastoral –junto con el italiano– y El Quijote, que por sí mismo es una propuesta intelectual y estética original. Ahí vemos bien la medida del desequilibrio, si no económico, al menos cultural. Y no debemos pensar que hay una unidad que está dada. En la historia de la literatura, podemos comparar a Shakespeare con Cervantes, pero está claro que Shakespeare había leído, quizá en traducción, El Quijote, mientras que dudo que Cervantes haya oído pronunciar el nombre de ese dramaturgo llamado William Shakespeare.

Grabación del Diálogo transatlántico en la Biblioteca del Maestro de Buenos Aires (2017).

Hemos hablado de la dificultad intrínseca de un texto y de la prohibición de su circulación universal. Creo que otro aspecto interesante de las traducciones es que dicen mucho sobre el momento, las razones y las prácticas del traductor con el correr del tiempo. Tomo un ejemplo: la primera frase de Las Casas en Destrucción de las Indias. Me refiero a la descripción de la isla Hispaniola, Santo Domingo. El original dice “Es la primera tierra que fue descubierta por los cristianos”. Las Casas usa muy a menudo el término “cristiano” para designar a los conquistadores. Había que distinguirlos de los indios, que aún no eran cristianos. Pero el término también conlleva una forma de ironía amarga, ya que esos cristianos se comportaban de una manera muy poco cristiana. En lugar de evangelizar las almas, masacraban los cuerpos. Todas las traducciones protestantes de finales del siglo XVI, que se apropian de Las Casas en contra de España, suprimen “los cristianos” y lo transforman en “los españoles”. Como si el texto sirviera en un conflicto que era a la vez religioso y político. Y luego la edición en inglés más reciente traduce esa misma frase por: “Hispaniola fue la primera de las islas descubierta por los europeos”. Es una proyección absolutamente anacrónica, de un poscolonialismo ferviente. Uno no puede imaginar que Las Casas utilizara “los europeos” como categoría mental para describir la Conquista. Así, vemos que seguir la traducción no necesariamente implica seguir el texto de Las Casas, sino seguir los contextos en los cuales un texto es apropiado, interpretado. Luego podemos estimar si vale más traducir “cristianos” por “españoles” o “europeos”, pero es algo interesante en sí mismo. Creo que uno de los intereses de la traducción es justamente ese desplazamiento del texto al contexto de la traducción, a los recursos, a los deseos del traductor.

 

EB: Roger, muchísimas gracias por haber participado en este Diálogo transatlántico. Por cierto, me he sentido muy honrado de haber compartido con vos este programa.

 

RC: Muchas gracias. Siento una cierta frustración, porque no hemos tocado un tema que has estudiado de una manera muy precisa: en los libros de los cuales hemos hablado, encontramos ilustraciones, imágenes. Tal vez un próximo diálogo podría dedicarse a esta relación entre el texto y la imagen en el libro. En la espera de este futuro diálogo, muchas gracias. Gracias a la Biblioteca por haber permitido este diálogo en sus muros y gracias a ti por la conversación perpetuada.



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