2 La voz del texto y la materialidad del libro

EB: Me interesaría que volviéramos a la cuestión del formato como determinante de ciertos modos de lectura. En particular, ese modo que está muy alejado de la conversación y que tiene que ver con el estudio, que implica una lectura sobre un escritorio, junto a otros libros, con papel para anotar, quizás también con marcar sus márgenes. Y el formato es un encuarto. Difícilmente este libro que tengo en mis manos pueda ser utilizado en el momento de una conversación. Es, de un modo manifiesto, el portador de un texto de estudio. Se trata de las Antífonas de Hipócrates, comentadas por un médico romano, Giovanni Benedetto Siribaldo que fue el protomédico de nada menos que el Cardenal Sforza–, editado en 1650 y además, como se ve acá, con el escudo del Cardenal, que es quien ha pagado esta edición. Una edición que debió de ser cara, porque la propia puesta en página, como tesis, antítesis y finalmente sincatátesis –que sería nuestro equivalente de síntesis– impone un tipo de lectura muy atenta, que no puede ir recorriendo las páginas, sino que debe seguir la progresión de los temas, y para eso cuenta con la ayuda de un doble índice. Está el índice de los capítulos y de las partes del libro, y atrás lo que se llama el “Index Rerum Memorabilium”, es decir el índice de las cosas memorables. Ahí hay frases enteras que se refieren al contenido del libro y que se pueden buscar en este índice completísimo. Pero creo que aquí lo que hay está relacionado con una actividad en torno al libro que es la de la lectura muy atenta, reflexiva, que no se resuelve en una conversación. En todo caso, es algo del orden de lo que podríamos llamar un panorama, un paisaje puramente intelectual.

 

RC: Desde ese punto de vista, se puede comprender la continuidad entre el mundo del libro impreso y el mundo del libro manuscrito. Mucho se ha insistido –y con razón– en la importancia de la ruptura de la invención de Gutenberg. Pero lo que acabás de mencionar –una jerarquía entre libros que están hechos para el estudio y para ser apoyados en un pupitre o en cualquier mesa (libro da banco en la tradición italiana)– es una categoría. Otra categoría opuesta son los libros que podemos guardar en el bolsillo y que ya existían en la época medieval (libro da bisaccia). Y, entre ambos, el formato intermedio que permitía un uso más cómodo. Y entre los tamaños pequeños no solo hallamos libros de alforjas de vendedor ambulante sino también, por ejemplo, con Aldo Manuzio –heredero de esa tradición–, los clásicos griegos y romanos en un formato muy pequeño que permitía transformarlos en lecturas de viaje para los eruditos, los humanistas. Vemos, por ende, que la importancia de la jerarquía de los formatos es una manera de entrar en la historia del libro que reconoce la ruptura de Gutenberg pero que también reconoce continuidades sumamente importantes.

Roger Chartier (2017).

Por otra parte, ese comentario que hacías sobre ese libro precioso nos traería nuevamente al presente, en la medida en que lo que has mostrado es que se puede o se debe leer este libro sin ir de la primera a la última página. Gracias a los índices, podemos encontrar de inmediato lo que estamos buscando. Podemos extraer algo de una página de aquí y de allá, y establecer una comparación, que era una técnica de lectura de la Biblia absolutamente fundamental (la lectura tipológica comparaba pasajes del Antiguo Testamento que podían considerarse prefiguraciones del Nuevo Testamento). Hoy, en lo que llamamos libro electrónico, ¿es posible ese tipo de práctica? En el libro físico, cada fragmento, cada pasaje particular que el lector va a elegir leer ignorando los demás se halla materialmente situado en un momento dado de la demostración y de la argumentación, lo que implica que incluso una lectura que es fragmentada, segmentada, percibe la totalidad de la obra a través de su materialidad. Y una de las revoluciones más sustanciales del mundo contemporáneo es, desde luego, que ya no existe esa percepción, puesto que el objeto no es el libro que contiene una obra particular, sino una computadora –sea cual fuere su tamaño, desde el teléfono inteligente a la PC– que está desvinculada de todo texto particular. Eso hace que, respecto de una obra determinada, la relación entre el fragmento, la localización del fragmento y la razón de tal localización en una narración o en una argumentación resulte, tal vez, mucho más difícil de percibir, si es que sigue siendo necesario percibirla.

Creo que una de las rupturas más fundamentales del mundo digital respecto del mundo de la cultura impresa es esa relación completamente transformada entre el fragmento y la totalidad, al punto de que en ocasiones el fragmento perdería su nombre, puesto que sería una unidad textual totalmente independiente, autónoma, desvinculada de la totalidad. Ahora bien, lo que define al fragmento es que es o ha sido parte de una totalidad, de una escultura o de un códice.



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