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4 La pregunta por la técnica como camino a la serenidad

Carlos Arturo Ceballos Restrepo[1]

El filósofo Martin Heidegger dejó indicado, en los diferentes caminos de su pensar filosófico, que en el primer inicio del pensamiento occidental la pregunta fundamental por la verdad fue desarraigada gracias a la determinación de la verdad como corrección del representar, como correspondencia del enunciado con la cosa. (Cf. Heidegger, 2008: 24). En tanto un enunciado “se atiene a su objeto”, manteniendo así la dirección (Richtung) hacia éste; entonces, este enunciado contiene un conocimiento sobre tal objeto y, por tanto, es “correcto (richtig)”. El enunciado así entendido es, pues, el lugar de la corrección (Richtigkeit), es decir, de la ‘verdad’ (Cf. ibidem: 11). La comprensión heredada de la verdad, esa determinación tradicional de la verdad, tal como lo deja ver Heidegger, permaneció incuestionada en la historia de la metafísica, pues tal determinación se había considerado siempre como algo obvio, como algo que se entiende sin necesidad de mayor reflexión; de este modo, un preguntar originario por la verdad, en tanto pregunta fundamental de la filosofía, había quedado en el olvido.

Ya es harto conocido que en su conferencia “De la esencia de la verdad” (Vom Wesen der Wahrheit) el filósofo de la Selva Negra afirma que, en tanto el ser humano se mantiene abierto como modo de comportarse con respecto a lo ente, acontece, al mismo tiempo, un ocultamiento, el cual “…remite al ámbito todavía no experimentado de la verdad del ser (y no sólo del ente)” (Heidegger, 2000: 165). Para pensar este ámbito aún no experimentado Heidegger dirige su reflexión hacia la verdad comprendida de manera griega, se dirige hacia la alétheia, hacia la verdad entendida como desocultamiento (Unverborgenheit). En esta reflexión el filósofo puede constatar que en la experiencia de la alétheia, en el primer inicio del pensar, los griegos preguntaron por lo desocultado, to alethés, es decir, preguntaron por el ente y no por el desocultamiento mismo, no por la alétheia. La ausencia de pregunta por la experiencia originaria de la verdad fue la que permitió que en el devenir metafísico la verdad fuese comprendida como homoiosis, como adaequatio, como certeza, como la verdad del enunciado, como la concordancia del enunciado con lo mentado en éste. Es decir, el enunciado se convierte en sede de la verdad en tanto en él se garantiza el conocimiento de aquello que se hizo pregunta en el desocultamiento (Unverborgenheit), en él se garantiza el conocimiento del ente. La verdad como concordancia del enunciado con la cosa está fundada en la alétheia, pero ésta quedó ausente de preguntas.

Con respecto a la relación de los griegos con la alétheia, en particular refiriéndose a los pensadores del primer inicio Platón y Aristóteles, Heidegger afirma que “su pensar no penetró más profundamente en la alétheia como tal y de ese modo ellos no la fundaron fundantemente (ergründen) de manera expresa en su esencia” (Heidegger, 2008: 106). Pero para el filósofo, la ausencia de pregunta por la alétheia en el primer inicio griego, no fue el resultado de una negligencia por parte de los griegos, sino que esta ausencia fue el resultado de que los griegos asumieran su tarea más propia, a saber, la formulación de la pregunta por el ente en su apertura, la pregunta tí to on, la pregunta que les permitiría traer al ente a reconocimiento. Era este pues, el camino a seguir por el pensamiento occidental en su primer inicio.

En la pregunta por el ente que se despliega en el primer inicio del pensar se aprehende el ente en su entidad. Este aprehender deja en libertad lo desocultado en su desocultamiento, esto es, lo deja salir fuera, lo deja brotar, lo deja hacerse presente en lo abierto. Este ente que se hace presente, que brota libremente en tanto lo desocultado en la alétheia, es llamado por los griegos physis. La physis es el brotar mismo, es el desocultar mismo con el cual el aprehender del inicio griego es, en principio, un “estar-acorde-originario”, un estar acorde donde el ente se deja acontecer en su ser, es decir, se deja acontecer en su estar desocultado. En este estar-acorde el ser humano no es el que dispone del ente, sino que él está dispuesto en su estar-en-medio-del-ente como custodio de su desocultamiento (Unverborgenheit). En este estar-acorde con la physis, con su armonía, el ser humano, dice Heidegger, “la libera y sin embargo la aprehende” (ibidem: 166).

La actitud fundamental con la cual el ser humano se dispuso para custodiar la physis, la actitud con la que el ser humano la libera y la aprehende en tanto él está acorde con la physis fue llamada por los griegos téchne. La téchne en el primer inicio del pensar es muy diferente a la técnica moderna en tanto en aquella se despliega un saber cómo proceder frente al ente, un saber que deja el imperar de la physis en el desocultamiento (Unverborgenheit) y no un conocer que busca dominar y explotar en tanto ha hecho de la utilidad y el cálculo su principio (ibidem: 167). La téchne es la actitud fundamental en la cual se aprehende al ente que brota a partir de sí, ella es la actitud en la cual se custodia la physis dejando su brotar en libertad.

Pero la téchne pasará, en la historia de la metafísica que es desplegada a partir de la ausencia de pregunta en torno a la alétheia y el devenir de la verdad como corrección, a ser la técnica propia de la Modernidad. Ahora bien, tal como Heidegger afirma en su conferencia de 1953 “La pregunta por la técnica”, la téchne, en tanto actitud fundamental, “pertenece al pro-ducir, a la póiesis, ella es algo poiético” (Heidegger, 1997: 121). La póiesis, el pro-ducir, es pensado en la conferencia a partir de las cuatro causas atribuidas a Aristóteles, a saber, la material, la formal, la final y la eficiente. Ellas son para Heidegger los cuatro modos de “ser-responsable-de” (Verschulden), que a la vez se copertenecen. Aquí hay pues una cuádruple causalidad, en la cual se presenta una copertenencia de los modos de “ser-responsable-de”. Esta copertenencia tiene lugar en el traer-ahí-delante, en el traer a presencia, es decir, en el pro-ducir (Her-vor-bringen). La téchne, entonces, en tanto modo de desvelamiento (Entbergen), en tanto modo del acontecer de la verdad (alétheia), en tanto póiesis, es un pro-ducir que deja ser, que deja en libertad.

Frente a la téchne pensada como póiesis, la técnica moderna, aunque ésta es también un modo de desvelamiento (Entbergen), presenta un cambio radical. En su desvelar la técnica moderna provoca a la naturaleza, se impone a ésta para descubrir sus energías ocultas, y así transformarlas, acumularlas, repartirlas (Cf. ibidem: 123 y ss.). Este modo de desvelamiento pues, “no se despliega en un pro-ducir en el sentido de la póiesis” (Ídem), ya no se trata, como en el primer inicio griego, de acceder al ente como lo desocultado en el desocultamiento para un estar acorde con él, pues el pro-ducir de la técnica moderna es un pro-ducir que no deja ser en libertad, sino que éste se impone desde su modo propio, un modo provocante. Los ejemplos que da Heidegger para ilustrar la diferencia de aquello que se nombra con la téchne y aquello que acontece con la técnica moderna son bastante atinados, pero además bastante conocidos ya, como para repetirlos aquí. Sin embargo vale decir que hoy día uno de los mejores ejemplos de un pro-ducir provocante es el Fracking, la fracturación hidráulica, o estimulación hidráulica que no es otra cosa —pensándolo en los términos propuestos en “La pregunta por la técnica” — que una provocación, un pro-ducir provocante de orden hidráulico en el que se pone en juego una explotación sin precedentes de las energías de la naturaleza.

Por el modo de desvelamiento que domina a la técnica moderna es que Heidegger propone por medio de la construcción de un camino, llegar a la esencia de la técnica, “preparar una relación libre con ella” (ibidem: 113), y así aprehender la técnica en su esencia. Ya estando en camino hacia la esencia de la técnica el filósofo de la Selva Negra deja claro que tal esencia no es lo mismo que la técnica, pues la esencia no es nada técnico. Ahora bien, preparar una relación libre con la esencia de la técnica implica que el ser humano se abra a ella. Abrirse a la esencia de la técnica es corresponder con ella. Pero, entonces, ¿en qué sentido hay que entender este corresponder?

Heidegger medita en torno al sentido de la técnica como desvelamiento y es así que puede mostrar que el carácter propio del desvelamiento es el emplazar (Stellen), pues él es un exigir que promueve la explotación y la máxima utilidad. Él es un emplazar provocante. Este modo de desvelamiento y su carácter hacen que el ente venga a presencia como un constante, una existencia, una disponibilidad, como Bestand. El solicitar (bestellen), por su parte, asegura lo exigido en el desvelamiento, garantiza la disponibilidad para el cumplimiento de lo demandado en la pro-vocación. Esto es así, en tanto este develar impone sobre el ente un total acceso, una total maniobrabilidad. Ya que el desvelamiento propio de la técnica, en lugar de dejar ser al ente en libertad, lo ata al dominio de la disponibilidad; entonces aquí acontece una distorsión de la verdad, pues aquí, en este atar al ente alejándolo de su ámbito libre, no es posible acceder a la verdad de un modo originario.

En su conferencia de 1953 Heidegger utiliza la palabra Ge-stell para nombrar la esencia de la técnica. El prefijo Ge, de la palabra Ge-stell, prefijo que también aparece en palabras como Gebirg (cordillera) y Gemüt (ánimo), cumple la función de un ensamble y de una coligación (Versammlung) (Másmela, 2009: 68). El Ge-stell es el que solicita el emplazar en el que se coliga la disponibilidad. Por esto dice el filósofo: “en el Ge-stell acontece apropiadoramente el desocultamiento, conforme al cual el trabajo de la técnica moderna desvela lo real como disponibilidad” (Heidegger, 1997: 130)[2]. El Ge-stell es, pues, un modo del desvelamiento, de la alétheia, él es un modo del esenciarse del ser, pero, este esenciar le queda oculta al hombre.

El emplazar pro-vocante que es solicitado por el Ge-stell es realizado por el ser humano en tanto él mismo está incitado, provocado por la esencia de la técnica. El ser humano se pone en el camino del desvelamiento por la provocación; él responde a la demanda del Ge-stell y se dispone, como “material humano” (ibidem: 127), para “desvelar lo real en el modo del solicitar en cuanto lo disponible” (ibidem130)[3]. El ser humano traer el ente a presencia como pura disponibilidad para el consumo, un consumo que demanda cambio permanente y, por tanto, constante disponibilidad. En tanto el ser humano es emplazado en esta dinámica que se despliega desde el Ge-stell, Heidegger puede decir que la técnica no está en las manos del ser humano, sino que la época de la técnica moderna es una época que ha tenido su propio impulso y su propia dirección allende el ser humano.

Por esta dominación que el Ge-stell impone es que el rótulo dado por Descartes al ser humano como amo y señor de la naturaleza pierde su fuerza en tanto él es emplazado frente a lo desocultado como disponible. Es aquí donde el ser humano, como dice Heidegger, “en medio de todo esto, […] así amenazado, se pavonea como señor de la tierra” (ibidem: 137), pues el ser humano, al haberse instaurado como señor de la tierra, como su amo y poseedor, está, en realidad, bajo la dinámica provocadora y coligante del Ge-stell que es, en realidad, el que tiene el señorío, el que tiene el dominio sobre las energías de la tierra y sobre la vida.

Para intentar comprender el tipo de coligación del ser humano con la esencia de la técnica, ese coligar en el cual aquel es pro-vocado por ésta, tal vez sea posible aquí pensar un temple de ánimo que bien puede ser el temple que dispone al ser humano para tal coligar del Ge-stell. Heidegger afirma, ya al final de su conferencia del 53, que una meditación sobre la esencia de la técnica debe darse justo porque ahora “estamos embelesados sólo en lo técnico”. Una manera de comprender tal embelesamiento, de comprender ese quedar con la mirada clavada en lo técnico, está dada por el propio filósofo cuando en su curso de 1937 -1938 Preguntas fundamentales de la filosofía (Grundfragen der Philosophie), reflexiona en torno a un temple de ánimo perteneciente al ser cotidiano del ente que somos en cada caso nosotros mismos. Este temple de ánimo es el maravillarse (Sichwundern). En este temple, afirma el filósofo de la Selva Negra, aquello maravilloso tiene la característica de algo peculiar por excepcional, por tanto es eso llamativo y sorprendente, es eso excitante. El ansia de novedad también busca lo maravilloso para “que uno quede maravillado” (Heidegger, 2008: 147). En tanto lo maravilloso hace parte de lo novedoso, entonces, es “algo inhabitual que llama la atención y lo destaca de lo habitual” (Ídem). El maravillarse está siempre a la caza, muchas veces de manera compulsiva, demandando una oportunidad para dar con eso inhabitual que maravilla. Por eso el temple del maravillarse responde a la dinámica provocadora del Ge-stell, pues siempre está en la demanda de más, de lo otro, de lo diferente, de la novedad, de lo inhabitual; está en la demanda de lo que puede la técnica, de sus logros incesantes, de la barreras que rompe en su avanzar. Entre más progresa la técnica el ser humano más se maravilla. En el maravillarse el ser humano se dispone para desvelar lo real y emplazarlo en tanto lo disponible, y lo disponible es aquello transformado en la novedad, en lo inhabitual. Eso inhabitual, eso extraordinario, eso que está fuera de lo común, eso que muy frecuentemente es lo más in-esencial, termina, muy pronto, tomando el papel de lo habitual y también es dejado a un lado; de este modo el maravillarse demanda otra novedad que se destaque de lo habitual y ordinario y así nuevamente quedar maravillado. Este temple pues, bien puede ser el temple que dispone al ser humano para el coligar del Ge-stell. Así que, trayendo al ente como pura disponibilidad para el consumo, y demandando él también ese consumo, es como el ser humano obedece a la demanda de la esencia de la técnica.

Por la demanda constante de disponibilidad y el anquilosamiento del ser humano a tal demanda es que Heidegger advierte, en su conferencia Gelassenheit del 30 de octubre de 1955, de un peligro y de la necesidad de una detención. El filósofo en su conferencia invita a pensar (denken), ya que, según afirma, somos “pobres de pensamiento” (Gedenken-arm), e incluso “faltos de pensamiento” (Gedenken-los), pues estamos entre-tenidos por la novedad, maravillados por ella, experimentando de una manera superficial lo que acontece, sin detenernos a ahondar en lo esencial. (Cf. Heidegger, 2002: 17). Esta pobreza e incluso falta de pensamiento es el resultado de una exclusividad en el pensar, una exclusividad que es propia de la técnica moderna; se trata de la exclusividad en el pensar calculador, un pensar con el cual la naturaleza es puesta a disposición del poder del Ge-stell de modo que se pueda asegurar la disponibilidad que se logra en la provocación. El filósofo alemán deja ver en su conferencia que si el hombre sigue atado a la exclusividad de un pensar calculador, aparece el peligro del desarraigo, aparece el peligro de que el hombre quede desarraigado de lo más propio, para que en su lugar quede atrapado en lo extraño, aquello que es presentado como lo inhabitual, lo novedoso, como aquello que maravilla. La pérdida de arraigo, que es la perdida de la relación del ser humano con el desvelamiento originario de la verdad, es propia del espíritu de la época técnico-científica, aquella época que se hizo popular puesto que “traería felicidad”. En esta pérdida de arraigo la técnica y su esencia imponen su control en todos los ámbitos de la vida. En esta imposición hay una agresión contra la esencia del ser humano, una agresión donde el hombre, su vida, su pensar, acaban determinados por tal control, un control que se hace cada vez más grande, pero también se hace cada vez menos perceptible gracias al embelesamiento en lo técnico. Es por esto que Heidegger afirma que en la época técnico-científica se están desatando poderes que están allende la decisión humana. Estos poderes no humanos y el incremento de su control acrecienta justo el peligro que representa una exclusividad en el pensar, una exclusividad en la que se despliega una agresión contra la vida y contra la esencia misma del hombre (Cf. ibidem: 25 y ss.). Al pensar de la época técnico-científica le es imposible meditar el sentido de la época a la que pertenece y el peligro que esta entraña.

Es frente a este pensar calculador, frente a la época que nos ha tocado vivir y su peligro, que Heidegger trae al recuerdo un pensar que, en mucho, se ha dejado de lado. Se trata del pensar meditativo, un pensar que piensa “en pos del sentido que impera en todo cuanto es” (ibidem: 19). Recuperar este pensar, volver a estar en él, implica preparación y cuidado, implica ponerse en camino, un camino hacia lo más próximo que ha quedado lo más lejano. Para el filósofo de Messkirch, meditar es demorarse junto a lo próximo, demorarse en lo que nos concierne, es decir, demorarse en el ahora técnico-científico, demorarse en la esencia de la técnica. Demorarse es, pues, meditar el peligro que implica esta época que impone su control sobre la vida del hombre, sobre su cotidianidad, sus modos de relacionarse, su modo de ver el mundo, en suma, sobre su manera de pensar. En este detenerse y demorarse, en este pensar meditativo, el hombre puede desprenderse (fahren lassen), soltarse de los objetos técnicos, de modo tal que pueda usarlos sin quedar maravillado por ellos, atrapado en ellos, determinado por ellos. Se trata, dice Heidegger sin ingenuidad, de decir “sí” y “no”, pues el objeto técnico está dentro de nuestra cotidianidad, pero también está fuera en tanto se le deja descansar en sí-mismo, se le deja ser (sein-lassen). (Cf. ibidem: 28 y ss.)

Contrario al temple de ánimo del maravillarse que deja al ser humano atado al mundo técnico, decir “sí” y “no” a este mundo es la actitud propia de la Gelassenheit, de la serenidad para con las cosas, es la actitud propia del ser humano que, desde un pensar meditativo, usa los objetos técnicos sin permitir que estos lo atrapen y devasten su esencia. Es, pues, gracias al pensar meditativo y la serenidad que aquel hace posible, que el ser humano puede recuperar su arraigo, puede retornar a lo propio, a una disposición para otros modos de acontecer de la verdad tal como fue posible en el despuntar del primer inicio con la téchne y su dejar-ser a la physis en libertad, Al llevar a cabo el pensar meditativo hay, tal como Heidegger lo expresa, una “apertura al misterio”, una apertura al Ge-stell, una apertura donde el ser humano puede aprehender la esencia de la técnica, pues en esta apertura él está acorde con el modo de desvelamiento que allí tiene lugar.

Entonces, frente a la demanda de la Ge-stell y el temple de ánimo del maravillarse que deja al ser humano atado a tal demanda, está la posibilidad de abrirse al temple de la serenidad y así estar en una apertura al misterio. Es en esta apertura donde el ser humano puede corresponder a la esencia de la técnica en tanto él se dispone para tener una relación libre con ella.

Referencias bibliográficas

Heidegger, M.(1997) Filosofía, ciencia y técnica, Traducción de Jorge Acevedo, Editorial Universitaria, Santiago de Chile.

(2008) Preguntas fundamentales de la filosofía, Traducción de Ángel Xolocotzi, Comares, Granada.

(2002) Serenidad. Traducción de Ives Zimmermann, Ediciones del Serbal, Barcelona.

(2000) Hitos, Traducción de Helena Cortés y Arturo Leyte, Alianza Editorial, Madrid.

Xolocotzi, Á, y Godina C, (Coords.) (2009) La técnica ¿orden o desmesura?, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla.


  1. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
  2. Traducción modificada
  3. Traducción modificada


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