Hacia la búsqueda de un nuevo arraigo en nuestra época
Rigoberto Alonso Lincura Matamala[1]
En lo que sigue nosotros preguntamos por la técnica. El preguntar abre un camino. Por eso, es prudente prestar atención a todo el camino y no permanecer apegados a frases y títulos aislados. El camino es un camino del pensar. Todos los caminos del pensar conducen, más o menos perceptiblemente, y de una manera inhabitual, a través del lenguaje. (Heidegger, 2004: 117)
Con estas palabras Heidegger da inicio a su conferencia de 1953, La Pregunta por la Técnica (die Frage Nach der Technik), en la cual nos introduciremos ahora. Por lo pronto, cabe señalar que cuando hablamos de la técnica como un “camino” del pensar no debemos concebirlo algo aislado dentro del pensar de Heidegger, pues, como señala Otto Pöggeler en uno de sus libros, “el pensar de Heidegger tendría que ser entendido como un camino, pero no como un camino de muchos pensamientos, sino como el camino restringido a un solo y único pensamiento (…) andariego en la vecindad del ser” (Pöggeler, 1993: 9) y la esencia de las cosas, lo cual nos sugiere desde ya la perspectiva ontológica con que será abordada la pregunta por la técnica.
Desde luego, la tematización de la técnica en Heidegger no tiene, como veremos en las páginas siguientes, una intención meramente descriptiva de dar cuenta del modo en que el desarrollo técnico afecta y caracteriza nuestra época, sino que ante todo busca preparar el camino para una meditación que nos exhorte a preguntarnos por el sentido que subyace a nuestro actual modo de habitar la Tierra, marcado por la preocupante devastación del medio ambiente y los designios del pensamiento calculador (Rechnendes Denken), ínsitos en la voluntad de poderío como consumación de la metafísica moderna y que Heidegger identifica históricamente con la figura de Nietzsche. En efecto, el pensamiento tardío del autor de Ser y Tiempo (Sein und Zeit) se dirige hacia el análisis del mundo moderno interpretado como realización técnica de la metafísica cartesiana y su concepción del cogito como sujeto, cuestión que habría condicionado de manera decisiva todo el desarrollo de la modernidad y nos alcanzaría también a nosotros mismos hoy en día, ya que más que un cambio de paradigma lo que vivenciamos actualmente es una suerte de proyección de esa mentalidad moderna, cuyas consecuencias ya se extienden a nivel planetario e incluso fuera de éste, en los intentos de conquista del espacio exterior y la exploración de la galaxia, dispuesta como objeto de conocimiento y exploración humanos.
De acuerdo a lo anterior, podemos decir entonces que la pregunta por la técnica consistirá en la preparación de una meditación para pensar la esencia de la técnica, la cual, como veremos, no ha de consistir en nada humano sino ante todo en una manifestación del ser. Esto nos ayudará a enfrentar la situación actual desde un punto de vista ontológico cuyo rendimiento trasciende el utilitarismo y nos ubica más bien en el horizonte de un nuevo modo de aperturidad (Erschlossenheit) del Dasein hacia el ser del ente en general, ayudándonos así a superar este estado de perplejidad permanente en que nos mantenemos actualmente, absortos ante los aparatos tecnológicos y la alienación del hombre en el trabajo, cuestión que ya anunciaban con firmeza un sinfín de pensadores, como por ejemplo Ernst Junger en un libro de 1936 titulado El Trabajador (Der Arbeiter), en donde nos hablaba de la incipiente era del “lenguaje universal de la técnica” y la puesta en marcha de una planificación total del mundo en el marco de un proyecto de dominación de la naturaleza. Para complementar, prestemos atención al siguiente pasaje del texto de Heidegger, Introducción a la Metafísica:
Cuando se haya conquistado técnicamente y explotado económicamente hasta el último rincón del globo terrestre (Erdball), cuando cualquier acontecimiento en cualquier lugar se haya vuelto accesible con la rapidez que se desee (…) cuando el tiempo ya sólo equivalga a velocidad, instantaneidad y simultaneidad y el tiempo en tanto historia haya desaparecido de cualquier existencia de todos los pueblos (…) entonces, sí, todavía entonces, como un fantasma que se proyecta más allá de todas estas quimeras, se extenderá la pregunta: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y luego qué?. (Heidegger, 2009: 42-43).
Para empezar a introducirnos en la meditación sobre la técnica, comencemos, pues, por recordar brevemente el itinerario trazado por el autor. Como sabemos, Heidegger comienza por caracterizar, en primer lugar, el sentido corriente o habitual con que solemos referirnos al concepto de técnica, el cual parece consistir a simple vista en una suerte de habilidad o destreza humana mediante la cual son producidos una serie de artefactos o dispositivos a los cuales llamamos deliberadamente aparatos técnicos. Desde esta perspectiva la técnica es vista como un instrumento del hombre al servicio de sus propios fines, como un medio. No obstante -y he aquí el punto de inflexión que nos conduce hacia al umbral de nuestro tema, que es la esencia de la técnica-, aun cuando esta interpretación de técnica sea correcta, en el sentido de que lo correcto nos permite constatar algo acertado en lo que se encuentra ante la vista, no nos muestra aún la esencia de la técnica, pues lo correcto no es lo plenamente verdadero. Para acceder a la esencia de la técnica nosotros deberemos poner en juego una “mirada trascendental, es decir, que se mueva más allá de los entes, hacia el ser y la verdad del ser en el Dasein” (Acevedo, 2014: 284), pues sólo así podremos delimitar a la técnica en su ámbito propio y de este modo comenzar a cimentar las bases de un nuevo camino del pensar que nos acerque a aquello que la interpretación corriente de la técnica nos oculta, y que es a grandes rasgos su interpretación ontológica como manifestación del ser, como destino. Esto es fundamental porque, en el análisis de la esencia de la técnica, ella se nos revela finalmente como un modo de estar en la verdad del ser concebida como desocultamiento, cuyo sentido originario nos remite a la palabra griega alétheia, que los romanos tradujeron inexactamente por veritas, y que en definitiva da cuenta de una receptividad del sentido del ser por parte del Dasein.
Con estas palabras comenzamos ya a vislumbrar aquella relación que establecíamos en un comienzo, es decir, que la técnica no es simplemente un medio en la mano del hombre sino ante todo el modo en se configura la relación del hombre moderno con la verdad del ser. Ahora bien, es importante mencionar a este respecto el cambio de disposición que experimenta Heidegger al trasladar el foco de la donación de sentido desde la esfera de la resolución (Erschlossenheit) a la del acontecimiento-apropiador (das Ereignis), en donde nos adentramos en el contexto de sus meditaciones tardías y en el horizonte de una relación susceptible de modificar según el modo en que asumamos la aperturidad del Dasein. Si nos fijamos en esto, podemos decir que el hombre existe siempre en el ámbito de una llamada o interpelación del ser a la cual está llamado a corresponder, siendo el desocultamiento técnico el modo en que se habría interpretado y consumado esa llamada. En palabras de Jorge Acevedo Guerra:
Ser es lo que pone al hombre en un camino del desocultar (…) El ser se dona, se da o destina al hombre actual -y así lo destina- en la figura de la técnica moderna. A partir de esta destinación el hombre devela lo que hay de una manera técnica […] Estar en la verdad técnicamente significa descubrir lo que hay de cierta manera, a saber: de manera provocante. (Acevedo, 2014: 95)
La cuestión queda entonces establecida en los siguientes términos: la esencia de la técnica ha de ser vista como una figura del ser y, al mismo tiempo, como una figura de la verdad correspondiente con ella. Con figura del ser nosotros nos referimos al modo histórico en que el ser se da, dona o destina en el pensamiento del hombre y que, en el contexto de nuestra época, llamaremos lo dis-puesto (das Ge-stell). Sin embargo esta palabra ha sido traducida de distintas maneras: la im-posición (Manuel Olasagasti, Adolfo P. Carpio, Héctor Delfor Mandrioni), lo dis-puesto (Francisco Soler, Francisco Ugarte), la posición-total (Jorge Eduardo Rivera), el dispositivo (Jorge Mario Mejía), in-stalación (Germán Bleiberg), estructura-de-emplazamiento (Eustaquio Barjau), disposición (Marcos García de la Huerta), com-posición (Helena Cortés y Arturo Leyte), lo compuesto-en-disposición-de uso (Rafael Ángel Herra), con-ducto (Ángel Xolocotzi), le dispositif (Francois Fédier) (Acevedo, 2014: 317).
Con figura de la verdad nos referimos al modo en que el Dasein corresponde al llamamiento del ser, y que en el contexto de la época técnica designaremos como des-ocultar pro-vocante (Herausforderndes Entbergen), y que define a grandes rasgos el modo de la aperturidad del Dasein como provocador y explotador de la naturaleza. En términos generales, podemos decir que hoy en día la técnica está puesta al servicio de la economía mundial, caracterizada por la primacía del método sobre el saber y del procedimiento anticipatorio sobre la experiencia, en donde se reduce todo ente a lo meramente constante (Bestand), en el sentido de constantes stocks, reservas o materias de consumo. Citando las palabras de Francisco Soler Grima:
En el actual despliegue de la esencia de la técnica se buscan, se investigan las más potentes energías destructoras, se las controla y almacena y se empieza a amenazar al hombre, perdido -en frase de Ortega- en el laberinto de su propio ser, en el enigma en que cayó al existir. (Soler, 1983: 19)
Cuando el hombre corresponde al llamamiento de lo Gestell se está entonces en el máximo peligro. Esto porque, cuando impera lo dispuesto, el pensamiento calculador tiende a posicionarse como el único modo de pensar legítimo, desestimando todo otro modo de pensar más allá del mismo, y encubriendo en particular la posibilidad de un pensamiento meditativo (Bessinliches Nachdenken), el cual, como su nombre lo indica en alemán, consiste en pensar en pos del sentido (Sinn) de las cosas. La meditación (Bessinung) filosófica se ve constreñida al punto de que ni siquiera sea advertida su posibilidad, menos aún su necesidad.
De todos modos, lo dicho hasta aquí no busca suscitar en nosotros algo así como una aversión total hacia la ciencia, pues como dice Heidegger “no debemos condenar la técnica como obra del diablo”. Al contrario, nunca experimentaremos nuestra relación con la esencia de la técnica mientras permanezcamos sumidos en una discusión sobre su rechazo. ¿Cuál es entonces la postura de nuestro pensador? Como veremos a continuación, Heidegger admite, por un lado, lo indispensable que han llegado a ser para nosotros los aparatos tecnológicos y las instalaciones modernas, incluso éstos nos desafían a una constante mejora y perfeccionamiento. Sin embargo, debemos ser cuidadosos y evitar volvernos dependientes de ellos. Si nos fijamos en esto, podemos ver entonces que la pregunta por la técnica no busca fundamentar una vuelta hacia una etapa pre-técnica. Este retorno, además de absurdo, sería imposible, nos dice Heidegger. Más bien, de lo que se trata es de retrotraer la técnica al ámbito esencial donde acontece como un destino del ser, pero no como el destino. En palabras de Jorge Acevedo, “la verdad del ser, en cuyo ámbito el hombre se mantiene, es doble; por una parte, desencubrimiento, alétheia; por otra, encubrimiento, retraimiento, léthe” (Acevedo, en Heidegger, 2004: 20). Más aún:
la léthe sería aquello que impide que el ser se agote en las formas históricas en las que se ha donado al hombre. En la léthe reside, por decirlo así, la reserva ontológica que impide llegar a un estadio definitivo de la historia, que la clausuraría (Acevedo, en Heidegger, 2004: 23)
Esto nos muestra que, aun cuando el ser se destine al hombre en nuestra época como la esencia de la técnica moderna, y así lo reúna en el camino del des-ocultar provocante, dicha destinación no aniquila de modo definitivo la posibilidad de corresponder de un modo distinto al llamamiento del ser. De lo que se trata, entonces, es de poner la vista precisamente en aquellas posibilidades que quedan veladas, en particular en la posibilidad de corresponder al ser de un modo tal que nos permita existir junto a la técnica pero al abrigo de su amenaza, a salvo. Recordando los versos del poema Patmos de Hölderlin: “Pero donde hay peligro, crece también lo salvador”
¿Qué nos dice esto? Por lo pronto, que “el destino técnico tiene una doble faz, cabeza de Jano, donde aparece también el destino venidero, lo salvador: das Ereignis”. Esta analogía de la verdad del ser con la cabeza de Jano Bifronte -personaje de la mitología griega, representado como una deidad de dos rostros mirando en direcciones contrapuestas- nos muestra algo así como dos lados: uno positivo y otro negativo, en donde más que una negación de lo negativo se haya intrínseca la posibilidad de una relación armoniosa. Es decir, tanto lo dispuesto como lo salvador se inscriben con legitimidad como modalidades propias del hontanar del ser, el cual exhorta al hombre a considerar la perspectiva de un nuevo modo de habitar en donde re-interpretemos el desocultamiento técnico a fin de convivir con él de un modo apacible. Esto nos muestra que el pensar meditativo nos conduce por un camino en donde debemos permanecer atentos a lo que las cosas mismas exhiben en su desocultamiento, dejando que cada ente se proyecte en su ser sin reducirlo, sin objetivarlo al punto de impedirle llegar a lo que tiene que ser, permaneciendo junto a (bei: en medio de) ellos pero de un modo no despótico, sino protector. Así nos comenzamos a adentrar en lo que Heidegger concibe como el habitar genuino, el cual abriga una dimensión ética muchas veces poco explicitada en el planteamiento de Heidegger.
Como destaca Luis César Santiesteban, el diagnóstico heideggeriano de una actualidad regida por el nihilismo y la técnica, donde la propia subsistencia del hombre se encuentra en peligro, otorga prioridad a la tarea de contribuir a la venida de un nuevo destino del ser por encima de la elaboración de una ética, sin embargo no es que el pensar de Heidegger no tenga una dimensión ética, sino que más bien la ética tradicional, tal y como ha sido tratada por la metafísica, depende del sentido antropológico que la metafísica tradicional ha abierto como ética del animal racional o del sujeto, cuestión que se integra ya en la historia del olvido del ser y está a la base de la Gestell como su fundamento. Por lo mismo, Heidegger remite la discusión de la ética a un pensar originario, premetafísico, pero que se inscribe de todos modos en el escenario post-metafísico de la modernidad, aunque a partir de una relación distinta con el concepto de ethos. Ciertamente, remitiéndonos al término griego ethos, del cual proviene ética, nos encontramos con dos acepciones diferentes: por un lado, quiere decir hábito, costumbre, y es predominantemente con este significado que se desarrolla la comprensión ética de Aristóteles. Pero, por otro lado, significa lugar de residencia del hombre, su habitar, concepción que encontramos ya en Heráclito y con la cual se orienta fundamentalmente la comprensión ética de Heidegger.
En la medida en que la metafísica concibe el mundo como un ámbito situado frente al hombre, no puede alcanzar la dimensión originaria del ethos. Por eso la pregunta por la “ética originaria” sólo puede ser planteada y respondida mediante el desarrollo de la pregunta por el ser. En palabras de Humberto Giannini, el pensamiento de Heidegger describe una aventura ontológica en su itinerario, pero ética -hacia una ética originaria- en su destinación. Esto nos conduce, ciertamente, al rasgo fundamental del habitar genuino, que es ser los protectores del esenciar de la verdad del ser. Nos encontramos, pues, ante un nuevo modo del desocultar fundado ya no en la provocación de la naturaleza sino en una poética de la receptividad del ser, basada en la serenidad (Gelassenheit) y en el respeto (Scheu) donde nos relacionamos con los aparatos de la técnica de un modo activo pero al mismo tiempo distante, dejándoles residir en sí mismos como algo que no nos concierne en absoluto. Así llegamos a experimentar la técnica en su delimitación.
Podemos decir sí al inevitable uso de los objetos técnicos y podemos a la vez decirles no en la medida en que rehusamos que nos requieran de modo tan exclusivo, que dobleguen, confundan y, finalmente, devasten nuestra esencia. Quisiera denominar esta actitud que dice simultáneamente <<sí>> y <<no>> al mundo técnico con una antigua palabra: la Serenidad (Gelassenheit) para con las cosas. (Heidegger, 2002: 28).
Ahora bien, la palabra gelassenheit se relaciona con las significaciones del verbo lassen, que significa dejar, soltar, desasirse. Por lo tanto, para experimentar propiamente la significación de la palabra alemana se sugiere concebir el verbo lassen como un “estar desasido” de los afanes de dominio sobre el ente, experimentando así la epifanía de las cosas en el seno de lo abierto como un genuino dejar-ser. Si nos fijamos en esto, podemos decir que cuando el hombre se relaciona de modo sereno con las cosas, él se mantiene abierto hacia el sentido oculto del mundo. Lo que así se muestra y al mismo tiempo se oculta -nos dice Heidegger-, es el rasgo fundamental de lo que denominamos misterio, o secreto, y que remite al rasgo doble de la verdad del ser en su esenciar. “Denomino la actitud por la que nos mantenemos abiertos al sentido oculto del mundo técnico la apertura ante el misterio (Offenheit für das Geheimnis)” (Heidegger, 2002: 29). Ahora bien, para ocultarse, el ser debe mostrársenos en alguna parte de modo que hayamos notado que se ha ocultado. Pues bien, a esta instancia del pensar nos lleva el camino del pensar meditativo, a sentir la falta como falta y a reparar en ella. Con todo, la serenidad y la apertura al misterio nos brindan en conjunto la posibilidad de un nuevo arraigo, siempre y cuando prestemos atención a la meditación sobre la esencia de la técnica. Para finalizar, citemos por última vez las palabras de nuestro pensador aludiendo a un breve fragmento de su conferencia Ciencia y Meditación:
Allí donde, por un especial favor, es alcanzado el más alto grado de meditación, tiene éste que contentarse con preparar una disposición para la palabra alentadora (Zuspruch) que necesita nuestra humanidad de hoy. Ésta necesita meditación, pero no para allanar una perplejidad accidental o para vencer la aversión al pensar. Necesita meditación como un corresponder (Entsprechen) que se olvida, en la claridad de un preguntar incesante, de lo inagotable de lo digno de ser preguntado y, a partir del cual, el corresponder, en el momento apropiado, pierde el carácter de preguntar y se convierte en sencillo decir. (2004: 186).
Referencias bibliográficas
Acevedo, J. (2014). Heidegger: existir en la época técnica, 1° edición, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales.
Heidegger, M. (1999). Introducción a la metafísica, Barcelona, Gedisa Editorial.
(2004). Filosofía, ciencia y técnica, 5° edición, Santiago de Chile, Editorial Universitaria. Traducción de Francisco Soler Grima, edición a cargo de Jorge Acevedo Guerra.
(2002). Serenidad, Barcelona, Ediciones del Serbal. Traducción de Ives Zimmermann.
Pöggeler, O.(1993). El camino del pensar de Martin Heidegger, Madrid, Alianza Editorial.
Soler, F.(1983) Apuntes acerca del pensar de Heidegger, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Andrés Bello.
- Universidad de Chile.↵







Hola, soy Rigoberto, el autor de este escrito. Leyendo mi texto me doy cuenta que olvidé incorporar una cita textual del trabajo de Santiesteban que utilicé 🙁 Pido disculpas por ello, no fue intencional. Aprovecho también de agradecer por haber podido participar de estas jornadas en Mar del Plata. Saludos fraternos desde Chile.
Hola Rigoberto, tendrías que contactar con el compilador, para que a su vez pueda escribirnos para ver qué hacer en este caso.
Hola, sí, estoy en eso. Le he escrito a Luciano y también he vuelto a enviar el texto (esta vez con la cita incorporada) al mail de la sieh. Ojalá no signifique mayor problema y pueda realizarse la modificación, ya que no quisiera darle dolores de cabeza a nadie. Saludos 🙂