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Cuestiones freudianas

Freud y el psicoanálisis en Alfonso Reyes

Destinaciones

Alfonso Reyes (1889-1959) y Sigmund Freud (1856-1939) fueron contemporáneos. Sus vidas son bisagras entre el siglo XIX y el XX. Tuvieron ambos una formación literaria común. Trágicos griegos, letras británicas, alemanas y francesas, Cervantes y una larga estela poética animaron sus más tempranos cuestionamientos sobre el mundo. Edipo del austriaco. Ifigenia del mexicano. Reyes y Freud comparten el don de la prosa. La elegancia de sus puntuaciones, las estilísticas y las explicativas; la amplitud de su red lenguajera; las sentencias, entre el estilo filológico y el lírico, habitan ambas escrituras. El estilo prosístico de uno puede hacer recordar el del otro. Esto para quien los lee.

Pero a Reyes no se lo lee más. Triste destino para quien fuera calificado por Borges como el de la mejor prosa hispanoamericana y promocionado por él mismo para el Nobel[1]. En contraste, y si bien hoy en día cada vez se lo lee menos de manera directa, el impacto de Freud en la humanidad ha sido tal que ha hecho de su nombre una palabra del léxico ordinario. La presencia en la cultura y en la lectura de aquel inclinado a lo apolíneo, Reyes, se difumina; la de aquel que se abocó a escudriñar las tinieblas de la consciencia, “trágicas” y “fantasmales”, bien que mal, perdura. La respuesta freudiana al ambiente moderno devendrá representativa de la época. De alguna manera siempre joven, tendrá diversas y antagónicas ramificaciones. La reyística es cada vez más sepultada, pocas ramas brotan de su tronco, y es más bien apreciada generalmente como ranciedad. Entonces, Reyes y Freud fueron contemporáneos, sí, pero interpretaron su transitoriedad de manera muy diversa.

El punto central de su contemporaneidad, así como el núcleo que determina la radical diferencia que yace entre sus trabajos, nutridos de alimentos tan iguales, es la decadencia del padre, de su función y presencia en la modernidad industrial de inicios del siglo XX. Reyes y Freud nacen y viven en tiempos de patriarcas en caída. Sus obras están causadas por ese impacto, el traumatismo de la muerte del padre: el peor que puede sufrir alguien, según su patriarcal compartida opinión[2]. En cómo se posicionaron ante tal derrumbe está la insalvable diferencia entre ambos y la explicación sobre la dispar prevalencia de sus trabajos. La obra de Freud, en cuanto a la reflexión sobre la desinvestidura del padre, constituye el negativo de la de Reyes.

Las preguntas y su margen

Es un hecho que Freud nunca leyó a Reyes. Es muy probable incluso que ni siquiera supiera de su existencia. Por supuesto, no puede decirse lo mismo en la dirección contraria. Reyes estuvo informado sobre Freud y su invento mucho más de lo que se cree o se admite. Sin embargo, hasta este momento, en México, ni del lado de la literatura ni del psicoanálisis, ha existido un esfuerzo sistemático por ubicar y comprender los lugares y las maneras en las que Freud y el psicoanálisis aparecen en la obra y en el pensamiento de Alfonso Reyes. Esta ausencia tal vez pueda resultar poco relevante para el campo literario, pero no para el psicoanalítico, pues Reyes, al haber sido la figura dominante del campo literario e intelectual mexicano de la primera mitad del siglo XX[3], pudo tener considerable influencia en la manera en que se recibió el psicoanálisis en el amplio ámbito de la cultura en México. Quiero decir que el estudio del pasado inmediato reyista, en específico la forma en la que concibió a Freud y su obra, puede ayudar a comprender mejor los modos de interpretación y de difusión que caracterizaron, y caracterizan, la implantación del freudismo en este país.

Me he preguntado entonces: ¿qué leyó específicamente Reyes de Freud? ¿Qué libros tenía de él en su magna biblioteca y cuáles de algunos de sus “discípulos” más célebres? ¿Cómo supo Reyes de la existencia de ese discurso? ¿El psicoanálisis fue una “simpatía” o una “diferencia” en su estimación? En fin: ¿cómo se relacionó, en términos generales, el polígrafo mexicano, mártir del México revolucionario y arquitecto cultural del posrevolucionario, con el pensamiento de un Freud que míticamente imaginó la fundación de la cultura mediante el asesinato del padre primordial?

Ubicar las respuestas a estos cuestionamientos puede contribuir a ampliar la comprensión del legado intelectual de Reyes; constituye en sí una primera revisión rigurosa de sus juicios sobre un terreno olvidado y desdeñado a la hora de estudiarlo. Paralelamente, en lo concerniente a la práctica y al estudio de la integración del psicoanálisis en México, la investigación quiere ensanchar los datos que se poseen sobre el grado de crítica que sostuvieron los autores de las letras mexicanas modernas ante la llegada de Freud a su cultura.

Para responder a lo planteado, me circunscribiré por ahora, casi con exclusividad[4], al grueso de las opiniones de Reyes sobre Freud y el psicoanálisis contenidas en sus Obras completas[5], editadas por el Fondo de Cultura Económica y que suman 26 volúmenes[6].

Freud y el psicoanálisis en la biblioteca alfonsina

Para hacerse una idea preliminar de la apreciación general que Reyes sostuvo de Freud y del psicoanálisis, se presenta, como primer paso lógico, revisar qué libros al respecto existen en su alimentada biblioteca, la cual actualmente consta de más de 26.000 volúmenes[7]. Se impone también poder establecer qué libros de Freud en efecto examinó y, muy particularmente, cómo fue que se enteró de la existencia del psicoanálisis.

Para responder a ello, he ceñido mi búsqueda en la biblioteca de Reyes a la ubicación de obras que responden a la autoría de Freud, y de algunos otros, en particular de Jung, Adler y Fromm, personajes que en México fueron recibidos como psicoanalistas de facto y en función de ello tuvieron un impacto cultural notable.

Y bien, en el acervo alfonsino hoy en día existen doce libros cuya autoría es parejamente atribuida a Freud. Si me expreso así es porque de esos doce libros, uno en realidad es más bien un estudio sobre su obra y otro tiene un título que como tal Freud nunca escribió. De esos doce títulos, ocho son de procedencia francesa, tres son españoles y uno chileno[8]. Existen también allí tres libros de Carl Jung[9], uno de Alfred Adler[10] y tres de Erich Fromm[11]. Además, en el catálogo se halla la célebre biografía de Freud escrita por Ernest Jones en tres volúmenes[12].

Esta biblioteconomía indica que Reyes atesoró muy nimiamente la literatura psicoanalítica. Si bien en su acervo hay indispensables freudianos, alguno en más de un idioma —el trabajo sobre el Witz—, sobresale, por ejemplo, la ausencia del libro con el que quedó afirmada la invención del psicoanálisis: Die Traumdeutung. No obstante, como lo insinuaba, es posible que Reyes se haya acercado a más trabajos freudianos que no necesariamente se encuentran actualmente en su colección. Es evidente que no suele haber correspondencia entre el número de libros que se poseen y las lecturas que en efecto se han realizado. A veces uno ha leído obras que no se cuentan entre su colección material, por muy diversas razones, y otras tantas, posee obras meramente objetalizadas, que nunca han sido leídas y tal vez nunca lo serán.

En función de esto tal vez sea la revisión de los decires de Reyes en torno a Freud, más que la revisión de su acervo, lo que permita hipotetizar de mejor manera lo que de hecho leyó de él o conoció de manera reiterativa. Hay, pues, evidencias para decir que fueron sobre todo ocho esas obras, puesto que en variados pasajes de su amplísima escritura Reyes aludió tanto literal como elípticamente al contenido de ellas. Esas obras son: La interpretación de los sueños (1900), Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Tres ensayos de teoría sexual (1905), El delirio y los sueños en la ‘Gradiva’ de W. Jensen (1907), El creador literario y el fantaseo (1908), Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci (1910), Tótem y tabú (1913) y Moisés y la religión monoteísta (1939). ¿Qué dijo Reyes al respecto de estos textos?

De entrada, puede decirse que en algunos casos dio muestra de haber conocido cabalmente las propuestas de Freud sobre lo que este último nombró “el trabajo del inconsciente”. Tal es el caso de Psicopatología de la vida cotidiana, uno de los textos fundamentales para comprender qué es el psicoanálisis y que aparece aludido por Reyes en su ensayo “La dicción en la radio”, datado en 1944. Al hablar de las dificultades que se presentan al habla cuando se está “al aire”, Reyes escribió:

En suma, que hablar ante el micrófono es muchísimo más que hablar, y sin embargo, ha de causar la impresión de que no es más que ponerse a hablar. Toda la andamiada técnica debe desaparecer, y sólo mostrarse el resultado artístico. Esta concentración de esfuerzos puede, naturalmente, producir quiebros en la voz, titubeos y errores en la pronunciación, y todo ese conjunto de fallas que el psicoanálisis ha estudiado minuciosamente[13].

Sexualidad infantil e incredulidad reyista

Existen al menos tres referencias en las Obras completas de Reyes que señalan su conocimiento de Tres ensayos de teoría sexual. En “La vida y la obra” (1940), texto dedicado al filósofo José Gaos, Reyes se cuestiona lo siguiente: “Más de una vez me he preguntado bajo qué garantías habrá recibido Freud el Diario psicoanalítico de una niña, demasiado probatorio de sus teorías para no infundir sospechas”[14]. Por supuesto, Reyes se refiere a las teorías sexuales infantiles remitidas por Freud y a una obra de Hermine Hug-Hellmuth, conocida más bien bajo el título Diario psicoanalítico de una joven adolescente de 11 a 14 años y medio, publicada en 1924, mismo año, por cierto, en el que esta vienesa pionera del psicoanálisis con niños sería estrangulada por su sobrino[15].

Este libro de Hug-Hellmuth no está en el acervo de la biblioteca de Reyes. No obstante, su contenido resulta demasiado acorde con los planteamientos del Freud de Tres ensayos, lo que levanta la sospecha en Reyes de sumisión hacia el maestro. Esta sospecha de condescendencia deja entrever posibles reservas de Reyes ante los postulados de Freud sobre la sexualidad infantil. De alguna manera éstas serán manifestadas, si bien al vuelo, en el prólogo que escribiera para la obra de Antoniorrobles: ¿Se comió el lobo a Caperucita?, publicada en 1942.

A Reyes le resultó un tanto brutal la minuciosidad con la que Freud describió la sexualidad de los niños:

Manda el mejor precepto retórico escribir únicamente sobre lo que se ama. Pocos satisfacen tal precepto en la medida de Antoniorrobles, especialista en el alma y la literatura infantiles. No sólo escribe, siguiendo su clara vocación, sobre lo que él ama, sino sobre lo más amable que existe para todos los hombres. Esto no significa que en el niño no pueda haber gérmenes feroces. Lo sabíamos desde San Agustín, que observa con amargo despego los gestos y los gritos de la criatura cuando reclama su alimento. Lo analiza Freud hasta la crueldad, cuando nos obliga a apreciar el descubrimiento y los primeros estallidos de la libido en la edad más tierna[16].

Sabemos entonces, en función de esta cita, que para Reyes —como fue también para Lacan— San Agustín es referente canónico para señalar la génesis de la envidia en la primigenia oralidad. Se puede inferir, también, que Reyes sufrió la obligada lectura de los Tres ensayos, pues sufrimiento es lo que produce la crueldad.

Vale decir, en suma, que este prólogo para el libro del escritor español es tal vez uno de los textos alfonsinos más atravesados por el psicoanálisis. Además de lo citado arriba, un poco más adelante, en lo que es el núcleo del argumento, se leen otras reflexiones rebosantes de varias ideas psicoanalíticas, o al menos de tal inspiración, que dejan suponer que Reyes, además de haber leído El delirio y los sueños en la ‘Gradiva’ de W. Jensen —libro que, como hemos visto, sí está en su biblioteca—, leyó El creador literario y el fantaseo, cosa que no sería de extrañar tomando en cuenta que el contenido de ambos textos se articula alrededor de los misterios del don creativo literario y los albores de la vida, temáticas centrales para Reyes. Al referirse a la literatura infantil nuestro autor escribió:

Lo menos que hace —y lo más importante en muchos sentidos— es cultivar la imaginación y acostumbrar, por una parte, a escoger los rasgos de belleza en la realidad exterior y, por otra parte, a sublimarlos y transfigurarlos al fuego del espíritu. De modo que al mismo tiempo nos reconcilia con el mundo y sus innegables encantos, enseñándonos a aislarlos entre el caos de las realidades, y fortalece en nosotros aquella energía de confrontación que se atreve a corregir la vigilia de acuerdo con los anhelos del sueño, y a hacer así la vida mucho más asimilable al alma[17].

Freud, entre el filósofo y el mal historiador

En un texto anterior, redactado en Río de Janeiro en 1938, Reyes aludió a su conocimiento del pensamiento psicoanalítico sobre la sexualidad y su inherente “perversión”. Calificará aquí de “filósofo” a Freud, cosa que, como veremos, hizo recurrentemente, en particular asociándolo a la mayéutica. El texto narra las aventuras de Dona Engraçadinha, presumiblemente el personaje creado por el escritor brasileño Nelson Rodrigues. Al referirse Reyes a la relación que esta mujer entabló con un hombre caracterizado por su frondosa melena, nos cuenta que éste, en su afán por camelarla:

Escogía los puntos escabrosos del novelista, disertaba sobre las aberraciones sexuales, se atrevía a contar sus propias experiencias, aducía ejemplos de zoología y botánica que demuestran a las claras cómo la naturaleza procede por tanteos y errores. De aquí pasó a una indigesta mezcolanza de literatura galante y de literatura erótica, en que el Aretino y el Boccaccio andaban revueltos con D’Annunzio y hasta con Felipe Trigo. Freud hizo el gasto de la autoridad filosófica que hacía falta. Y el triste Marqués de Sade y el pobre diablo de Sacher-Masoch desplegaron en gran parada sus viciosos ejércitos de contorsionados y maníacos[18]

Reyes creyó no sólo que Freud pertenecía a la tradición filosófica, tan llena de autoridad ella, sino también a la de los historiadores. Esto último lo afirmó en “En torno al estudio de la religión griega”, apartado de Panorama de la religión griega (hacia 1950). Cito: “Sigmund Freud […] relacionó la teoría del totemismo con su célebre ‘complejo de Edipo’, aunque no puede decirse que su actitud haya impresionado mucho a los verdaderos historiadores de la religión”[19]. Freud es concebido aquí por Reyes como falso historiador de la religión, pues, como afirma, los hay verdaderos.

Con base en esto, puede conjeturarse que Tótem y tabú, obra de la que Freud se sentía tan orgulloso y que gira en torno al asesinato del padre primordial, parece no haber “impresionado” a Reyes. En sus Obras completas no he hallado más comentario a este texto capital del psicoanálisis. ¿Puede ser, sólo tal vez, que la poca atención del regio hacia ella, su no dejarse impresionar, tenga que ver con el tema del parricidio? Si para Freud el asesinato del padre primordial es el fundamento del origen de la cultura, para México, como veremos más adelante, el asesinato de Reyes padre (asesinato que más bien da la impresión de haber sido un suicidio asistido) marcó el definitivo y sangriento final del porfiriato, el inicio de lo que será la modernidad republicana mexicana. Pero, sobre todo, dejaría una melancolía perenne en el alma de su hijo menor, Alfonso, quien afirmó que no pudo (¿quiso?) evitar tal evento. ¿El paralelismo entre la temática del escrito de Freud y lo que ocurrió en su vida era, tal vez, demasiado cercano y conmovedor para Alfonso Reyes, y de allí su poco interés, el aire de desdén? Tal vez, sólo tal vez. O puede ser que yo, también, esté siendo mal historiador…

Leonardo agraviado

Tenemos entonces que Reyes concibió a Freud poco avezado en materia historiográfica. Esto es particularmente nítido al revisar algunos de sus comentarios en torno a Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, publicado por Freud en 1910.

En abril de 1956 Reyes escribió una entrada para sus Burlas veras en donde cuenta que ante la menor fiebrecilla le solía ocurrir como efecto lo que él llama “sueños parados”. Estos sueños febriles, que eran en sí pesadillas, se distinguían por lo siguiente:

En vez de que la pesadilla corra, como suele, en una serie de hechos y cuadros sucesivos, sobreviene una suspensión o pasmo, un still en esta cinta cinematográfica; y un solo cuadro, inmóvil, fijo o reiterado, queda a la vista, como si se le hubiera acabado la cuerda al juguete de los embelecos[20].

Especie de fobia onírica la que sufría Reyes agripado. Sigue entonces el soñador:

Acabo de atravesar el túnel de una grippe primaveral, con molestias faríngeas, y naturalmente su tanto de inevitable fiebrecilla. Los cuadros inmóviles de mis sueños, que remito al psicoanalista para que haga con ellos mangas y capirotes, son éstos, que aquí confieso sin rubor (¡Oh Freud, ridículamente mal informado sobre los antecedentes del arte de Leonardo! Y si lo dudáis, leed la reciente página de Meyer Schapiro en el Journal of the History of Ideas, abril de 1956)[21].

En efecto, Schapiro dio cuenta en su artículo[22] de algunos datos erróneos, debidos a malas traducciones al alemán de documentos en italiano que narran la vida de Da Vinci, sobre los cuales Freud trabajó para sostener sus conclusiones sobre la sexualidad infantil del artista y su supuesta canalización hacia la actividad creativa.

A Reyes le pareció una impostura el trabajo de Freud sobre las causas del talante artístico de Da Vinci, impostura determinada en buena medida por una inexpertise historiográfica en este caso. A este respecto, en El deslinde (1944), obra reyista cumbre sobre la especificidad de la cosa literaria, en el apartado “Tipos violentos o de resistencia”, leemos:

Y llegamos, en fin, a los casos en que la función literaria parece cerrarse ante las indiscreciones de la no-literatura. Así, cuando la investigación persigue el descubrimiento de una tara psíquica del autor. Sacher-Masoch, a pesar de sus aberraciones, nunca se consuela de que el profesor Krafft-Ebing haya bautizado con el nombre de masoquismo esa perversión erótica que se complace en la propia tortura (opuesta al sadismo, por Sade, o complacencia erótica en la tortura ajena), y nunca quiso confesarse anormal. Cuando Vinci tuvo la funesta idea de contar aquel extraño “recuerdo de la cuna” (o dígase “coagulación fantasmal a posteriori”), en que un buitre le abría la boca y le pegaba tres veces con la cola en los labios, lo que menos hubiera deseado es que, andando los siglos, viniera Freud a sostener que en ese dato se esconden varios “complejos”, de inversión, de Edipo, de fellatio. Sólo falta que al autor de Les Copains y Le bourg régénéré le descubran un día el complejo de “ondinismo”, por los relatos mingitorios que en ambas historias aparecen[23].

Sin duda, para Reyes, Freud cometió un atropello con Da Vinci. De hecho, no duda en afirmar que, de haber vivido en la época de Freud, Da Vinci se hubiera resistido a sus interpretaciones: “Vinci ‘hubiera resistido’, a haberla previsto, la interpretación que el psicoanálisis haría siglos más tarde sobre su documento onírico”[24].

No tiene mucho sentido especular sobre si Leonardo “hubiera resistido”, pero esa resistencia estuvo en verdad presente en Reyes. Cuando escribió que exponía sus sueños sin importarle que un psicoanalista hiciera “mangas y capirotes” con ellos, se desliza su incredulidad, especie de inmunidad, ante el método freudiano de traducción de los sueños. Aquí yace algo fundamental para entender la postura general de Reyes ante el psicoanálisis y Freud. En él existió una especie de resistencia, vía racionalización, hacia las tesis psicoanalíticas, resistencia que está fundada en buena medida, me parece, en la incredulidad que le causó a Reyes el análisis de Freud de la vida infantil, onírica y artística de Da Vinci.

En la muerte de Freud

Había anunciado que en este trabajo, abocado a las Obras completas de Reyes, echaría mano de dos citaciones de su Diario. Llega el momento de la primera, para mostrar que no cabe duda de que Reyes conoció y leyó Moisés y la religión monoteísta.

El 13 de enero de 1944, después de que escribiera en su diario que había sido invitado por la presidencia para “integrar la Comisión y Estudio para los Problemas de la Postguerra”, vienen unas notas de lectura, de aproximadamente dos cuartillas de extensión, del texto de Freud. Reyes da cuenta de haber comprendido las intrincadas tesis generales allí expuestas. Escribió, por ejemplo: “El imperialismo se vuelve universalidad y monoteísmo” y “La deificación del Padre compensa el pecado original de su asesinato”[25]. Entre estas ideas se encuentra este pasaje:

Para explicar cómo enraizó en la mente humana a modo de verdad eterna el monoteísmo, Freud vuelve a la teoría esbozada en su Tótem y tabú, del recuerdo de alguna tremenda experiencia prehistórica: los hombres vivían en pequeñas hordas bajo el dominio brutal de un varón viejo (Darwin); los hijos se sublevaron y mataron al padre (Atkinson); al patriarcado sucedió la fraternidad de uno con exogamia (Robert Smith). El drama del temido y adorado padre asesinado equivale en la agrupación humana al complejo reprimido paterno que la persona desarrolla en su paso de niño a hombre. Reacciones del trauma individual van más allá de la experiencia del individuo como depósitos de memoria hereditaria, aun sin aceptar “el inconsciente colectivo” de Jung[26].

Puede que Reyes no haya leído directamente Tótem y tabú, tal vez el texto freudiano que más pudo interpelarlo directamente, pero es manifiesto que llegó a conocer sus postulados centrales. El regio cerrará esta entrada en su diario redactando en él: “El libro es de Londres, Hogart [sic] Press, escrito en el destierro en 1939 y tiene el valor de una hipótesis de síntesis coherente”[27].

Tres cosas habría que destacar aquí. Una: si bien hacia 1950 Reyes redujo sus comentarios a Tótem y tabú diciendo que Freud no había impresionado con él a los “verdaderos historiadores de la religión”, seis años antes le había reconocido el valor de la “síntesis coherente” en el Moisés, en buena medida fundamentado en aquella obra. Dos: si Reyes tuvo rápido acceso al Moisés de Freud se debió sobre todo a que esta obra, publicada en alemán originalmente en Ámsterdam en 1939, velozmente se difundió por el globo en otros idiomas, rapidez que se explica en parte por el fallecimiento de Freud en septiembre del mismo año[28]. Por último, cosa que no es ocioso apuntar: a las semejanzas entre Reyes y Freud hay que sumar que ambos, Reyes en su juventud y Freud en su vejez, se vieron forzados al destierro para salvar su vida.

La citación de Jung

La revisión de lo que Reyes poseía y leyó de Freud arroja unas primeras conclusiones sobre cuál fue su posición general ante él. El psicoanálisis le parece exagerado en sus conclusiones sobre el albor de la vida sexual; Freud es por él concebido como filósofo y como historiador no muy avezado. En suma, parece ser que para Reyes el psicoanálisis era ante todo una herramienta diagnóstica y clasificatoria, tendencia que le parecía reprobable particularmente cuando lo diagnosticado y etiquetado era el espíritu artístico.

Ahora bien, a lo que Reyes poseía de Freud, libros y lecturas, se debe añadir lo que él, dado el caso, citó textualmente de Freud o de alguno de los que fueron concebidos como discípulos y también en algunos casos como revisionistas de su obra. Resulta que Reyes nunca cita a Freud literalmente, al menos no en el marco de sus Obras completas. A quien sí citó de tal modo fue a Carl Jung. Por supuesto, como era de suponerse, no lo hizo mucho. De hecho, según mi búsqueda, sólo lo hizo una vez. Se trata de una larga cita que aparece en Sirtes, escrita entre 1932 y 1944. La cita viene cuando Reyes trata de enterarnos de las posibles diferencias entre “la mente humana primitiva y la actual”[29]. No me resulta pertinente remitir aquí la cita —la cual ocupa página y media—; solo señalo que proviene de un trabajo del suizo publicado en castellano en la Revista de Occidente, en su edición de abril de 1931, y que lleva por título “El hombre arcaico”.

Si bien Reyes no afirma en el contexto de su citación que Jung era para él un psicoanalista, cosa que al menos desde 1913-14 dejó de ser para Freud, me parece significativo que lo haya citado largo y tendido y que nunca haya hecho lo propio con Freud mismo. Si me parece así es porque es una evidencia que buena cantidad de escritores e intelectuales mexicanos del siglo XX ubicaron en la misma línea a Freud, Jung, Adler y, eventualmente, a Fromm. Así ocurrió con dos de los máximos poetas mexicanos modernos, José Juan Tablada[30] y José Gorostiza[31], y con ese gran promotor de la “identidad mexicana” que fue Samuel Ramos[32]. De esto se colige, al menos, que el grueso del ámbito intelectual y literario moderno mexicano —Reyes no es aquí la excepción— no conoció ese texto de Freud titulado Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico[33], publicado en 1914, y que se erige como fundamental para conocer la historia de la conformación del discurso psicoanalítico y su sensible distinción respecto de las propuestas más bien pre- o parapsicoanalíticas de Adler y Jung. Es difícil percibir las diferencias entre estas propuestas si de entrada no se conoce este artículo. Lo que está en juego en esta discriminación es ni más ni menos que la especificidad del psicoanálisis. Reyes mismo, como dejé ver también desde el epígrafe inicial, cayó recurrentemente en la mencionada igualación entre Jung y Freud. Siendo así, me parece que Reyes tuvo su contribución en la indistinción con la que se recibieron en tierras mexicanas las obras de Freud, Jung, Adler y, más tarde, la de Fromm.

Primeras presunciones

Todo apunta a que Reyes nunca se acercó o tuvo acceso a los textos originales de Freud. Si esto fue así, sin duda se debe en parte a que, si bien Reyes se las arreglaba con el idioma alemán —está como muestra, por ejemplo, su trabajo en torno a Goethe—, éste no era uno de sus fuertes lingüísticos, como sí lo fueron el francés y el inglés. Que el acercamiento de Reyes al pensamiento freudiano se haya dado, no digo que exclusivamente, pero sí de manera notable, a través de algunas versiones francesas, puede que estuviera determinado por la forma en la que dice haberse enterado de la existencia misma del psicoanálisis.

Por lo común, resulta difícil ubicar en la trayectoria de un intelectual los momentos precisos en los que se acercó a tal o cual obra o pensamiento. En el caso de Reyes, a veces no es tan difícil ubicar esto, lo cual se debe a su necesidad constante de historizar los diversos episodios de su vida, ya fuera en sus diarios, en sus epistolarios, en comentarios sobre la historia de sus libros, o bien en el curso del despliegue de una idea. La autobiografía de Reyes, en estricto sentido nunca escrita, está sin embargo presente a lo largo de su obra. Gracias a esta inclinación se puede ubicar lo que, según él, fue el momento puntual en que supo de la existencia del psicoanálisis. Pregunta que ha de responderse como última antesala para acercarse a los juicios más generales y reiterativos que emitió sobre Freud y el psicoanálisis.

Psicoanálisis à la Romains

En el segundo ciento de sus Burlas veras, en la 105, titulada “La teoría de la información”, Reyes se refiere a la célebre publicación francesa La Nouvelle Revue Française y dice:

Aunque es una revista sobre todo consagrada a las letras y hecha por literatos, sigue generosamente otras novedades del pensamiento. En ella, hace muchos años, comencé yo a enterarme de que había una nueva psicología en el mundo, la que parte del psicoanálisis de Freud, gracias a una comunicación del “literato” Jules Romains[34].

Presumiblemente, la comunicación de Romains a la que se refiere Reyes es aquella aparecida en la citada revista en su número cien, en enero de 1922: “Aperçu de la psychanalyse” (“Visión general del psicoanálisis”). La alta valoración que Reyes siempre tuvo de Jules Romains[35] y, por extensión, de la cultura francesa[36], puede que fijara de manera más o menos invariable su visión del psicoanálisis, pues resulta que sus juicios de más presencia al respecto son análogos a los que Romains expuso en su artículo[37].

El texto de Louis Henri Jean Farigoule, alias Jules Romains, inspirado en la entonces reciente publicación de Introduction à la psychanalyse (París, Payot, 1921), reunión de textos de Freud con la traducción de S. Jankélévitch, no debe contarse entre la serie de juicios negativos emitidos por autores franceses sobre la obra del “germano” Freud. De hecho, Romains critica el común prejuicio de sus compatriotas ante las producciones intelectuales alemanas, y saluda así la renovación del “análisis tradicional”[38] efectuada por Freud, la cual ha sobrepasado el nivel superficial en la explicación de ciertos fenómenos psicológicos cotidianos, equivocaciones y sueños particularmente, los mismos que para el canon de las teorías psicológicas contemporáneas no representaban más que “actividades de residuo”. Si bien Romains afirma que el pensamiento de Freud es “pansexualista”, lo cual en estricto sentido es un error, y que es inferior teóricamente a la muy francesa teoría de los “regímenes de la consciencia”, manifiesta también que ha aportado un inédito “conocimiento agudo de los hechos particulares”, además de haber tenido el coraje de darnos una visión honesta de la infancia.

Me limito a retomar dos ideas más de este texto que, como se mostrará, serán esenciales en la postura de Reyes hacia el psicoanálisis. La primera tiene que ver con el psicoanálisis como moda. Dice Romains, nomás empezar su artículo:

Toda la temporada pasada, Einstein ha estado entre nosotros furiosamente a la moda […] Este invierno será, me temo, la temporada Freud. Las “tendencias reprimidas” comienzan a hacer, en los salones, algún ruido. Las damas cuentan su último sueño, acariciando la esperanza de que un audaz intérprete les descubrirá toda suerte de abominaciones.

La otra afirmación es que el psicoanálisis, según Romains, carece en realidad de un estatus científico en cuanto a su método de investigación, pues éste está más cerca de las “costumbres del erudito” o de aquellas del “literato”. Para Romains el psicoanálisis se reduce, en buena medida, a retomar “viejas tradiciones de sabiduría”, entre las que se hallan notablemente la enseñanza de Sócrates, la de los estoicos, así como “la experiencia milenaria de la confesión cristiana y su poder de purgación psíquica”.

Elevar el psicoanálisis a la condición de moda de temporada, así como suponerlo como mera “apropiación” de “conocimientos adquiridos desde hace mucho tiempo”, serán exactamente dos de los juicios más insistentes de Reyes con relación al psicoanálisis y a Freud. Como decía, una de mis hipótesis centrales es que esas opiniones son en su raíz efecto de la autoridad que Romains representó para Reyes. Si esto es así, se podría colegir que el conocimiento que Reyes tuvo del psicoanálisis, y la posición que ante él adoptó, son una deuda más que tuvo con la Francia literaria e intelectual[39], particularmente con aquella de las décadas de los veinte y los treinta del siglo pasado.

Agua pasada

A pesar de la poca inmersión que tuvo Reyes en Freud y en el psicoanálisis, la cual además de mediada por ciertas posturas francesas lo estuvo también, como es lógico, por algunas españolas, posturas por lo general literarias, existen en sus Obras completas más de sesenta alusiones directas hacia ambos. No podía ser de otra manera en una obra que, según el “curador” de las letras mexicanas modernas, José Luis Martínez:

maneja una sabiduría total, no sólo de libros y ciencias varias, sino de todas las humanas experiencias, aunque ellas se llamen los instintos de las urracas o de las víboras, los niños y los alimentos o las más extrañas pasiones humanas[40].

No podía ser diferente en un autor que se impuso “la doble tarea de conservar entre nosotros la circulación de las tradiciones fundamentales de la cultura y la atención a las manifestaciones del espíritu, allí donde surjan, al mismo tiempo que hacía traducibles para el mundo nuestras mejores esencias”[41].

Los juicios de Reyes respecto del psicoanálisis se remontan al menos hasta mediados de los años veinte del siglo pasado y llegan hasta el final de su existencia[42].

Para Reyes, Sócrates, Artemidoro Daldiano, autor de la Oneirokritiká[43]; los cultos que se practicaban en honor al dios griego Asclepio; la retórica de Quintiliano[44]; la sofística del “neurótico” Elio Arístides[45]; la literatura de Dante[46]; la confesión religiosa; los refranes populares[47]; el genio literario de Goethe[48], entre otros, ya habían anticipado el método y abordado de manera aguda las materias que en la modernidad se aprecian como originales de la iniciativa de Freud. Para Reyes, la novedad psicoanalítica no es tal. De hecho, podría decirse, sin temor al error, que Reyes era de la convicción de que buena parte de los descubrimientos e invenciones propios del siglo XX en realidad ya habían sido adelantados por los clásicos de las letras, por “literatos”. No necesariamente estoy en contra del juicio de Reyes, el problema para mí es que su posición sacrifica las diferencias.

En Los tres tesoros (1940-1955), creación inspirada en The Treasure of Franchard, de Stevenson, Reyes pone la siguiente aseveración en la voz de Madrigal, uno de sus ficticios personajes: “Con un pequeño esfuerzo de imaginación, hallo en ellos cuanto necesito: hasta los descubrimientos científicos de Einstein y de Freud”[49]. En la cita, “ellos” se refiere evidentemente a los “clásicos” de las letras. La refutación reyística de la supuesta novedad freudiana fue una constante particularmente desde la década de los treinta, década en la que empieza a aparecer en su magna obra el grueso de alusiones al psicoanálisis y a Freud, y hasta la década de los cincuenta, década que Martínez califica como la de “la cosecha final”[50], y que fue, como sabemos, la última que vivió Reyes. Veamos.

En 1933, en “Un precursor teórico de la aviación en el siglo XVII”, Reyes, refiriéndose a la obra El ente dilucidado, de Antonio de Fuente la Peña, el susodicho precursor, dice:

No hay una sola línea que pueda, en este libro, tacharse de mal intencionada, y los reverendísimos tenían razón. Y el lector que se sintiese excitado a las cosas sensuales ante esta cadena rigurosa de razonamientos escolásticos sería el más monstruoso sátiro que merezca ser sometido a las inquisiciones del novísimo psicoanálisis o a las empíricas duchas de agua fría de los loqueros de antaño[51].

El psicoanálisis aparece acá como inquisición. El énfasis en su carácter “novísimo” funciona, a mi entender, como ironía.

Cinco años después, en “El Samurái”, carta escrita en Río de Janeiro a un tal “Carlos”[52], nuestro autor es todavía más enfático, y muy sugerente, pues alude de nuevo a su propio potencial carácter de inanalizable por el dispositivo psicoanalítico:

El día que un doctor psicoanalista de los de ahora me quisiera partear el alma con esa nueva mayéutica a que Freud ha dado su nombre —ya presentida por Sócrates y ya aplicada con empírica sabiduría por la Iglesia católica— no iba a encontrarme ningún complejo o, digamos, gato encerrado en la subconsciencia, porque todo lo habré volcado, depurándome de paso a mí propio, en estas mis interminables epístolas[53].

Destaca que para Reyes la escritura epistolar —ese género que tanto cultivó[54]— bien puede suplir al psicoanálisis formal, lo cual no es descabellado del todo, por supuesto, siempre y cuando ello incluya el análisis sistemático de las propias formaciones del inconsciente, como hizo Freud[55]. Y destaca que Reyes no logró, al menos aquí y a decir verdad en otros lados, distinguir, como decía, una diferencia, aquella que hay entre “subconsciencia” e “inconsciente”, que es la manera apropiada de traducir Unbewusste, palabra con la que Freud se refiere a esa hipótesis de una razón otra, alterna y determinante de la razón consciente[56]. Es posible que, respecto a este asunto, Reyes haya sido víctima de las erráticas traducciones de Freud al castellano. Vamos viendo, como sea, que Reyes equiparó al psicoanálisis en particular con la mayéutica socrática y con la confesión religiosa, particularmente con su costado inquisitorio.

En Junta de sombras, uno de los varios libros helenísticos de Reyes, escrito entre 1939 y 1945, precisamente en un ensayo dedicado a Elio Arístides, el notable orador, nuestro autor escribió:

Los templos de Asclepio tenían unos aposentos donde los enfermos eran recluidos para lo que se llamaba la “incubación”. Allí se quedaban a dormir, pues lo esencial de la cura —para que se enteren los psicoanalistas y discípulos de Freud— era la investigación de los sueños. El dios Asclepio inspiraba los sueños. Los oficiantes interrogaban después al paciente y, guiándolo con delicadeza, llegaban a interpretar el oráculo nocturno y a establecer la prescripción consiguiente[57].

A la mayéutica y a la inquisición se aúnan acá los templos oníricos griegos. Ciertamente Freud no hace ninguna alusión en La interpretación de los sueños a Asclepio, pero sí lo hace a Esculapio —una única vez, por cierto—, versión romana de tal dios. En nota agregada a su obra en 1914, Freud nos da una descripción muy semejante a la de Reyes sobre la cura onírica en la antigüedad griega:

Entre los griegos existían oráculos oníricos a los que solían recurrir los enfermos en busca de curación. El enfermo se dirigía al templo de Apolo o de Esculapio, allí lo sometían a diversas ceremonias, purificación lustral, masajes, sahumerio, y así entraba en un estado de exaltación; lo hacían acostarse entonces en el templo sobre la piel de un carnero sacrificado. Se dormía y soñaba con remedios que se le presentaban en su forma natural o en símbolos e imágenes que luego los sacerdotes interpretaban [58].

Y si bien sí existe esta referencia en Freud, es cierto que erróneamente le atribuyó a Esculapio un origen griego en vez de romano, cosa que es posible puntualizar mediante la cita de un Reyes que se muestra enfático en hacer pasar la idea de la poca novedad del psicoanálisis.

Más tarde, en 1947, en “Etapas de la creación”, apartado de Al yunque, al referirse a esa etapa de la invención poética que identifica como la de la “irritabilidad”, momento en el que el poeta “anda sin saber lo que quiere, henchido del germen que lleva a cuestas y no acaba de manifestarse”, en el que existe una especie de “inclinación no satisfecha”, “cuyo significado preciso escapa aún a la consciencia” [59], Reyes vuelve a equiparar explícitamente la mayéutica, la confesión eclesiástica y el psicoanálisis al decir que

Tal estado se asemeja al del hombre que, ignorante de su vocación —sumergida en el légamo de la subconciencia— padece, sin saberlo, de vocación contrariada, y necesita el sondeo del psicoanálisis que, al descubrirle su vía verdadera, acaso lo aliviará de síntomas increíbles. Después de todo, aquí reposa toda la doctrina eclesiástica de la confesión. Después de todo, no es otra cosa lo que Keyserling se proponía en su Escuela de la Sabiduría (Darmstadt): ayudar a descubrir la propia misión. Después de todo, esto era la “mayéutica”, el parteo del alma que Sócrates aprendió de su madre la comadrona[60].

Si bien acá Reyes incurre de nuevo en la imprecisión de la “subconsciencia”[61] y deja asomar la incredulidad que siempre tuvo ante la clínica psicoanalítica, por aquello de los “síntomas increíbles”, sostiene, sin embargo, como había hecho Romains, una aguda intuición, inadvertida para él mismo, al sugerir que la práctica del psicoanálisis encuentra su genealogía en varias propuestas filosóficas y religiosas que se encargaron antes que él de alumbrar las vías de la verdad del deseo. No exagero si digo que Reyes se adelanta aquí con su sugerencia a cierto trabajo tardío de Foucault[62] y a otro escrito por Jean Allouch como respuesta[63]. Ambos autores franceses se dieron en su momento a la tarea de proponer y ubicar que, tal vez, el origen histórico de la tarea del psicoanálisis se encuentre más del lado de las escuelas filosóficas que se ocupaban de acercar al sujeto a su verdad, por la vía de ejercicios dialógicos, valga decir, de alumbramiento y metamorfosis del espíritu, que en los campos de la psiquiatría y de la psicología.

Si bien, como vimos, en “Etapas de la creación” Reyes se mostró, digamos, neutral en su juicio hacia el psicoanálisis y los cultos a Asclepio, en 1954, al escribir la que será la decimoquinta y última narración de su obra Quince presencias, y que lleva por título “Antonio duerme”, se muestra francamente adverso a ellos. El personaje central de la narración, Antonio precisamente, es, entre otras cosas, un aficionado a ubicarse en esa zona fronteriza entre el sueño y la vigilia, y esto como posibilidad para indagar, por ejemplo, el misterio del Tiempo. El narrador nos cuenta:

Antonio ha adquirido por su parte una técnica que recuerda muy de cerca las ambiciones más o menos realizadas de los orientales, los ejercicios de los yoguis, etc. Sabe llevarse voluntariamente un tema desde la vigilia hasta el sueño. Esta vez, como asunto para su sueño, se ha planteado una reflexión sobre la estructura del Tiempo. Y entra en la boca del sueño, seguro de que, al menos durante los primeros compases, podrá mantenerse fiel a la meditación propuesta[64].

Sigue así:

Después… después nadie sabe lo que será. Sobreviene esa gran metamorfosis, ese rodar hacia adentro de nosotros mismos que llamamos dormir. Caemos en esa otra existencia que nunca ha jurado fidelidad al mundo práctico. Los análisis freudianos, sucesores científicos de las antiguas averiguaciones supersticiosas (las “incubaciones” de Asclepio y demás patrañas), quieren convencernos de que pueden proporcionar la verdadera clave de nuestras pesadillas. A veces parecen más bien los alegatos sofísticos con que se disfraza una traición. ¿Si soñar que nos comemos un ave significa nuestro amor filial? ¿Si volar en sueños revela una aberración erótica, “complejo (¡uf!) de Edipo”, u otro “simplejo” semejante? La metamorfosis que la pesadilla trae consigo es una manera de ingratitud al tema propuesto[65].

Es evidente que ni los cultos a Asclepio ni el psicoanálisis convencen a Reyes en cuanto a su supuesta eficacia interpretativa. Aquí los primeros pasan a ser “patrañas” y el segundo mero sofisma. Reyes nos muestra, sin sorna, su recelo al método de interpretación psicoanalítico de los sueños utilizando un tono de burla y, en adición, parece ignorar o desconocer todo el trabajo freudiano sobre las pesadillas. Mi impresión es que, de fondo, los juicios reyísticos aquí presentes tienen como fundamento, como ya señalé, algún desagrado, o varios, que le produjo la lectura del largo estudio que Freud dedicara a Leonardo da Vinci. Lo que a la par me resulta evidente es que las estimaciones desfavorables del regiomontano sobre Freud y el psicoanálisis van a aparecer sobre todo en la década de los cincuenta del pasado siglo, década en la que, de acuerdo con Hiriart, imperaba en el discurso oficial, del cual Reyes era según él representante, un “ingenuo optimismo” “que parecía proclamar ‘no alboroten, no alboroten’”[66]. Reyes tuvo una actitud de desconfianza hacia Freud y su invención. Ésta, según lo hasta aquí inspeccionado, da la sensación de que le parece exagerada y pretensiosa[67].

En 1956 quedará suficientemente acentuado que, para el autor de Ifigenia cruel, el psicoanálisis en realidad no tiene demasiado de novedoso, excepto haber intentado apropiarse de manera “científica” —como vemos que le gustaba decir— de prácticas más viejas que el agua hervida. En el segundo ciento de sus Burlas veras, en una dedicada ni más ni menos que a mostrar cómo el genio de Lope de Vega avizoró tres siglos antes la teoría de los reflejos condicionados de Pavlov, en el segundo párrafo, podemos leer:

En otro orden, todos saben de los sueños interpretados o descifrados en los antiguos templos de Asclepio, y todos saben de la confesión religiosa en la Iglesia católica, procedimientos ambos que más tarde el psicoanálisis hará suyos, aunque transformándolos a su modo[68].

Estar a la moda

Si el psicoanálisis no contiene en realidad nada nuevo, que no sea la pretensión de apropiarse científicamente de prácticas filosóficas y religiosas antiguas, o bien, la pretensión de formalizar la intuición literaria de los clásicos; si además adolece del rigor necesario, entonces el psicoanálisis se revela en el juicio de Reyes como mera “moda”, por supuesto, hija de la desgarrada modernidad. La concepción de Reyes de la moda no rebasa la concepción vulgar: como mero empaque fanfarrón, efecto de los mandatos del mercado.

Para Reyes, la popularidad del psicoanálisis es compartida, y podría decirse que promocionada, por aquella del surrealismo, lo cual no es necesariamente un error, al menos no para el caso francés. En “Breve apunte sobre los sueños de Descartes”[69], conferencia dictada en 1937 en Buenos Aires, a propósito del tercer centenario del Discurso del Método, nuestro autor glosa así de entrada:

Ahora que la técnica freudiana y los procedimientos sonambúlicos del suprarrealismo [sic] han puesto de moda el ocuparse de los sueños —al punto que Dunne ha traído, de los llamados sueños premonitorios, nuevos argumentos para su teoría del tiempo estable— es curioso recordar que Descartes no dejaba de tener sus preocupaciones oníricas[70].

Varias de las manifestaciones modernas, en efecto, las más disruptivas, esas que no abogaron por el equilibrio, no son para Reyes más que modas, pues las temáticas abordadas por ellas para su trabajo intelectual y artístico lo habían sido antes por muchos otros y sin tanto afán disolutivo. Las vanguardias intelectuales y estéticas que saludan el inicio del siglo XX parecen no poseer para el polígrafo ninguna dosis de verdad original[71]. En tanto modas, pasarán de moda. Reyes, insisto, parece no alcanzar a ver que, si bien las materias abordadas son viejas, las formas de hacerlo y de concebirlas no lo son. Para Reyes esas producciones propias del siglo XX son retoños del kitsch: meras malas imitaciones de los clásicos. Esto quiere sugerir que Reyes en realidad tuvo un acercamiento superficial, en el sentido más estricto de la palabra, hacia el psicoanálisis, lo que sin embargo no le impedía tener juicios lapidarios sobre su naturaleza.

Pero, en todo caso, el psicoanálisis fue en la obra de Reyes una moda particular, pues perduraba. La moda del psicoanálisis abarcó varias décadas en sus letras, prácticamente todas las del siglo XX en las que él vivió —salvo la primera— y que son también las primeras de existencia del invento freudiano.

Ampliando lo ya expuesto, en 1941, el regio hablaba de “el terminajo a la moda: subconsciente”[72]. En 1943 dijo: “Muchos males profundos y hasta las más sutiles enfermedades psicológicas, los ‘complejos’ freudianos hoy tan a la moda, se interpretarán un día como desequilibrios y malestares de la piel”[73]. En suma, en 1955, llama a sus días, tal vez con pesar: “era del psicoanálisis”[74]. Un año antes, en 1954, se había decantado por el tema de su propia contemporaneidad diciendo que el medio siglo XX era una época de “extremosidades”[75]. Si hiciéramos la dialéctica de estas últimas dos citas, tendríamos que el psicoanálisis es una extremosidad, ¿algo que alborotaba en demasía? ¿Pero qué alborotaba?

La última cita proviene del artículo “Extremos críticos” y, en él, al hablar de las querellas sobre el método crítico literario adecuado para acercarse a una obra, Reyes califica de esnobismo la inclinación, al parecer cada vez más presente en su contexto, hacia el psicoanálisis:

Hace tiempo que venimos peleando para rescatar a esta doncella del sentido común, que los partidarios de escuelas limitadas tienen encarcelada entre rejas: que la crítica lo mismo ha de tomar en cuenta las condiciones exclusivamente literarias, y además las biográficas, las históricas, las psicológicas, aun las psicopáticas en su caso. Sin querer por eso incurrir en el error de tantos snobs que hoy pretenden explicarnos por complejos freudianos, complejos de Edipo y otras “macanas” (para decirlo en argentinismo elocuente), los “encabalgamientos” y las consonantes de un pobrecito e irresponsable soneto[76].

Hacia 1954, para Reyes el psicoanálisis es esnobismo y, lo que es más radical, es un disparate, un desatino, una mentira, pues ese es el sentido del argentinismo “macana” al que recurre. Por lo demás, es palmario que el testimonio de Reyes señala la evidencia de que, en buena medida, la poca o mucha popularidad del psicoanálisis en la cultura mexicana de los años cincuenta del siglo XX, momento de su institucionalización[77], se debe a ciertas influencias argentinas, afirmación que es cierta y que sigue siendo así hasta nuestros días en varios sentidos. No obstante, pienso que Reyes no contempla que el esnobismo, en sus modalidades más radicales, no sólo es afán de semblante estético, sino una actitud crítica de constante tensión ante cualquier asentamiento o estabilidad cultural[78]. El esnobismo es, en sus facetas más honestas, crítica del ideal identitario[79], el cual será precisamente acentuado por Alfonso Reyes.

La modernidad de Alfonso Reyes

¿Qué tan moderno fue Reyes? O más radical aún: ¿Reyes fue moderno, en el sentido espiritual del asunto, más que en el cronológico? Mi pregunta halla fundamentación a través de la citación de este pasaje de Marginalia (segunda serie, 1909-1954), datado en 1952 y que Reyes intituló “El medio áureo”. Acá, la filosofía sartreana le vendrá a hacer compañía al surrealismo y al psicoanálisis en el estante de las locuacidades propias de la primera mitad del siglo XX:

Pero ¿no es igualmente detestable el prurito del neologismo inútil que hoy padecemos? ¡Que ya no podemos estudiar a las sociedades humanas y sus necesidades materiales sin espinarnos todos entre “carismas”, “hilodromías” y “políticas lítricas”! ¡Que no hay poeta sobre cuyo anhelo o melancolía o esperanza no tenga que dictarnos el juicio la charlatanería freudiana! ¡Que hasta para los “changuitos de alambre”, juguetes callejeros de nuestra infancia y precursores de las hoy tan cantadas “esculturas de movimiento” (último arrobo de la bobería parisiense y “descubrimiento” de ese tal Calder), tenemos que aconsejarnos del “existencialismo” a lo Sartre —sastre latino de Heidegger! ¡Que aun la más linda muchacha, para declarar que cumple con un elementalísimo aseo, diga muy oronda, y convencida de que habla como persona cuerda: “Yo tengo el complejo de lavarme los dientes”! […]. Y otros, al contrario, disculpan con los tales complejos las malas crianzas que los padres de familia curaban antaño con unas nalgadas oportunas[80].

La “charlatanería” del psicoanálisis, y del existencialismo ahora, es culpable para Reyes de la patologización de la vida, de haber intentado transgredir los límites que salvaguardan las determinantes de lo que antes no se concebía más que como mero vivir. Y si bien es cierto que estos discursos tienen el potencial de posicionarse como discursos disciplinarios —por lo demás, como todo discurso—, tanto la obra de Freud como la de Sartre son mucho más que eso, incluidas en ese mucho precisamente sus críticas a las funciones de dominación de los discursos. Reyes no alcanzó a ver esto, tuvo una suerte de visión catarática de estas manifestaciones del pathos moderno.

Esta argumentación mía se establece como opositora del punto de vista de Marcos Daniel Aguilar, quien piensa que el Reyes de las Cuestiones estéticas[81], particularmente al terminar el ensayo “Las tres Electras del teatro ateniense”:

cerró sus libros y los colocó en un mueble; había captado a la perfección la esencia del drama, de la cultura clásica y de las ciencias y teorías más novedosas de su tiempo, la filosofía de Hegel, y el pensamiento liberador de Nietzsche, el revolucionario psicoanalismo [sic] de Sigmund Freud y la compañía permanente de la Historia[82].

Por un lado, es posible que Reyes captara que un psicoanálisis es una cura mediante la escucha —como ya se verá—, pero es falso que captara la particularidad del pensamiento de Freud; él mismo lo declaró así de hecho. Por el otro lado, al hacer del psicoanálisis un “ismo”, Aguilar, tal vez sin quererlo o saberlo, dice cierta verdad de la posición de Reyes ante él: lo que es “ismo”, por lo general, deviene mera moda, o lo es de entrada. Lo que Freud fundó no es un “ismo” destinado a caducar, más bien fundó la teoría y la clínica de la subjetividad moderna occidental dominada por el lenguaje, la pulsión, la repetición y el síntoma.

Parece, por tanto, que Reyes fue moderno, sí, pero no en su actitud hacia las nuevas propuestas que la propia modernidad produjo. Dos intelectuales occidentales, de no menor importancia para la crítica de la temporalidad y la subjetividad modernas, Adorno y Foucault, trabajaron lo que es ser moderno. Sus consideraciones no encajan con la posición de Alfonso Reyes. Para Adorno, “la modernidad es una categoría cualitativa, no cronológica”[83]. Para Foucault: “Ser moderno no es aceptarse a sí mismo tal como uno es en el flujo de momentos que pasan; es tomarse a sí mismo como objeto de una elaboración compleja y dura”[84]. Lo que el psicoanálisis propone es ejercer precisamente esto último que afirma Foucault, tomarse a sí mismo como objeto de crítica, cosa que Reyes repelía so pretexto de no ser candidato a ello, de no necesitarlo o de resistirse al etiquetado, lo que lo llevó a sostener una especie de conservadurismo de sus nudos subjetivos, conservadurismo que en tono psicoanalítico habría que llamar denegación. Reyes, ilustrado donde los haya, parece haber sentido como una afrenta la tesis freudiana de que la razón opera de manera inconsciente, lo que implica asumir que la consciencia no es autosuficiente y ni siquiera de fiar.

He dicho que Reyes tuvo un acercamiento superficial hacia el psicoanálisis. Este juicio, si bien puede parecer arrojado, resulta que fue afirmado por él mismo. En “La censura floja”, contenida en el segundo ciento de las Burlas veras, nuestro autor se pregunta, o mejor dicho, le pregunta “a los entendidos”[85] en Freud, si a éste “no se le ocurrió por ahí darse cuenta de que, con los años y con el desgaste natural, se aflojan a veces los goznes y resortes de la subconsciencia”[86]. Reyes perfila la hipótesis de si con el caer de los años, y el inherente aflojamiento de la existencia, no se aflojaría de igual manera lo que él llama la “censura”: “cerrojos, candado, cueva prestigiosa que sólo puede vencer el ‘¡sésamo, ábrete!’ del psicoanálisis”[87]; censura con la que, por supuesto, se hace alusión al mecanismo de la represión y sus retoños, las resistencias.

Al abrir su texto, Reyes dice categóricamente lo siguiente: “Al igual de casi todo el mundo, yo conozco a Freud muy por encima”[88]. Esto lo escribe en abril de 1956, tres años, casi cuatro, antes de fallecer. Esta verdadera confesión, en la que incluye a “casi todo el mundo”, como hemos visto, no impidió que Reyes tuviese opiniones muy firmes, categóricas e invariables sobre lo que trajo consigo la labor de Freud. ¿Cómo fue posible que Reyes dijera que casi no conocía a Freud, que no era un “entendido” en él, y que a la vez tuviese juicios valorativos desfavorables y tajantes sobre su obra? Puede que Reyes se diera esas licencias dado que el psicoanálisis no era un tema que su círculo intelectual tuviese como central en sus quehaceres. Quiero decir que el psicoanálisis no era un tema que se discutiera con tenacidad allí, dado que, precisamente, muy pocos, o tal vez nadie en verdad, lo conocía o se importaba en él. Este hecho, a mi entender, facilitaba lanzar cualquier juicio al respecto sin temor a la respuesta crítica. Esta licencia que se dio Reyes fue y es repetida por muchos otros intelectuales mexicanos, notablemente por un Octavio Paz que llegó a recriminarle a Tomás Segovia que se ocupara de la traducción de los Écrits de Lacan[89]. En la mayoría de nuestros intelectuales del siglo XX, y lo que va del XXI, ha sido una tradición expresar juicios ninguneantes, erráticos, sobre el psicoanálisis, sin que a la par se den muestras de un conocimiento profundo sobre la materia[90]. Tal vez esta tradición es otra institución más que fundó Alfonso Reyes.

Pero en todo caso: ¿cómo pudo haberse instalado en Reyes esa posición de férrea reserva hacia el psicoanálisis? Sostengo que esto no se puede comprender si no se conoce la relación de Alfonso Reyes con su padre, más específicamente: con el tiempo y la desaparición de su padre, el general Bernardo Reyes, personaje central para la historia del llamado “México moderno”.

Últimos y aciagos años del general Bernardo Reyes

Según Artemio Benavides Hinojosa, Bernardo Reyes, gobernador del Estado de Nuevo León, gozaba de una gran popularidad hacia 1908: “era el militar más admirado después de Porfirio Díaz; era el gobernador con el ejercicio más exitoso de la república y había demostrado, en su paso por el gabinete porfirista, ser un ejecutivo federal de imaginación y energía”[91]. El 3 de marzo del mismo año, el dictador Porfirio Díaz había sido entrevistado por el periodista norteamericano James Creelman. En esa célebre entrevista el patriarca había dejado entrever que México estaba ya listo “para permitir la participación activa de partidos de oposición”[92], es decir que para las elecciones de 1910 era posible que en verdad se contendiera democráticamente contra él. Por supuesto, sus detractores no creían que ello fuera posible; y algunos otros, que fuera deseable, entre quienes estaba el propio Bernardo Reyes. En julio de 1908, este último opinó que “el bienestar de México requiere aún la permanencia del señor general Díaz”[93]. Sin embargo, dijo también que, dada la edad de don Porfirio, era necesario buscar un vicepresidente, es decir: someter a elección ese cargo, para el cual él mismo era el personaje con mayor apoyo popular. Bernardo Reyes fue cauto al no mostrar su posible desacuerdo con que Díaz eventualmente se reeligiera, y al mismo tiempo parecía posicionarse tímidamente hacia la vicepresidencia.

En agosto de 1909, los reyistas ocuparon la escena política, evidentemente para promocionar a Bernardo Reyes para vicepresidente. Este último, empero, no quiso asumir de viva voz esa promoción, en función de su intachable fidelidad de militar hacia Díaz. En este sentido: “Todo el episodio reyista permanece caracterizado por esta ambigüedad permanente: la de un movimiento extremadamente popular en el que el candidato jamás quiso ponerse a la cabeza”[94]. Díaz, que era todo menos un ingenuo, no se desdijo de su voluntad de democracia, pero, indirectamente, a través del Partido Reeleccionista, proclamó su candidatura a la presidencia y la de Ramón Corral a la vicepresidencia. López Portillo y Rojas, reyista destacado, al enterarse de ello, quiso hacer valer el supuesto deseo de democracia y se entrevistó con Díaz, quien en una parte de la conversación le dijo enfáticamente lo siguiente: “Aceptaré la presidencia si se me da por compañero a un individuo con quien pueda marchar de acuerdo, ¡pero si eligen a ustedes al general Reyes, me quedaré en mi casa porque con él no puedo entenderme!”[95]. Era evidente que Díaz no quería que le hicieran sombra, y Bernardo Reyes, dada su popularidad en todo México, podría hacérsela, y mucha.

Prominentes reyistas, como el propio López Portillo y Rojas y Samuel Espinosa de los Monteros, se decidieron, a pesar de la negativa de Díaz y el titubeo de Reyes, a sostener la candidatura de don Bernardo. Crearon así varios clubes reyistas a lo largo y ancho de México. El 15 de junio de 1909, López Portillo y Rojas creó el Club Central Reyista, desde donde se proclamó: “¡Ahora o nunca! […] la lucha es: o el candidato del pueblo, o el candidato de la plutocracia”[96]. Las logias masónicas de manera directa (Bernardo Reyes era masón), y se dice que hasta el cuerpo diplomático alemán, de manera tácita, apoyaban la candidatura de Reyes, no así el gobierno estadounidense, que pensaba que se trataba de un “antiamericano en sentimiento”[97]. El clavel rojo, símbolo del reyismo, se implantaba por todo el país. En los diarios también se daba la batalla entre los partidarios del reeleccionismo y los del reyismo: El Debate a favor de los primeros, acusando a los reyistas de buscar la revuelta y la insubordinación; México Nuevo apelando al deseo del pueblo. “El reyismo ganaba adeptos, sumaba simpatizantes, pero sus progresos tenían un talón de Aquiles: Reyes no daba señales de aceptar ponerse al frente de la ola que avanzaba en el país”[98].

A tal grado era exasperante que Bernardo Reyes no se pronunciara a favor de su propia candidatura que Filomeno Mata escribió que si éste: “no quiere caer en el ridículo y la ignominia, está obligado ya a aceptar su candidatura, aunque esto signifique para él un gran sacrificio y un peligro inminente”[99]. Cosa que Reyes terminaría por no hacer. No obstante el apoyo popular, Bernardo Reyes le escribió a Díaz el 22 de junio de 1909 que no asumiría su candidatura: no por “cobardía o egoísmo […] ni por una inconsiderada ciega adhesión a usted”[100]. Es notorio el tono de denegación en la frase. Las presiones indirectas de Díaz para que Bernardo Reyes no se proclamara candidato a la vicepresidencia habían tenido efecto.

Pero el apoyo a Bernardo continuaba, lo que empezaba a irritar de más al todopoderoso don Porfirio. Dado lo cual, el general Reyes se vio en la necesidad, en aras de su patriotismo y de no desestabilizar el orden, de redactar un documento dirigido a trece clubes reyistas en donde pedía que abandonaran su deseo de hacerlo vicepresidente. Reyes les decía allí que “el candidato debería de salir de entre aquellos que contaban con la confianza de Díaz y les hizo ver que él no era favorecido en este caso”. Les señalaba que desistiendo se evitaban “los peligros y hasta los temores de perturbaciones en el interior de la nación”, y que “la verdadera democracia no se presentará en campos donde soplen vientos de fronda”[101]. Reyes sabía bien que aceptar su candidatura implicaba la confrontación abierta, y hasta armada, con el régimen de Díaz. Dice Artemio Benavides: “No, no iba a ser este soldado de la clase dirigente porfirista quien iniciara el desmantelamiento de la complicada arquitectura política”[102].

A Porfirio Díaz no le bastaba la palabra de Reyes, pues sus adeptos no desistían. Razón por la cual lo fue relegando en sus funciones en Nuevo León, a la par que reprimía física e informáticamente cualquier persistencia del apoyo a su candidatura. “Si de mayo a julio se extendió la primavera de los claveles rojos, agosto y septiembre de 1909 fueron los meses de la represión antireyista”.[103] Debido a esto, el 23 de agosto de 1909 Reyes le escribió a Díaz: “sin apremio alguno, me presto a cualquier decorosa combinación para secundar su sabia política, que he juzgado salvadora de perturbaciones”[104]. Se perfilaba pues que lo mejor para Díaz era que Bernardo Reyes saliera del país. Y así fue.

El 4 de noviembre de 1909, Reyes le informó a Díaz que al día siguiente emprendería su viaje “que tan bondadosamente se sirvió usted ofrecerme” y le suplicó que se les avisara a los representantes del gobierno mexicano en Europa, firmando su mensaje como “su muy adicto subordinado”[105].

De manera que Bernardo Reyes rehuyó la lucha por tomar la vicepresidencia, parece que más que por aprecio a Díaz o a la patria, por sometimiento irrestricto a la autoridad del primero. Durante poco más de un año en Europa, Reyes fue asiduo visitante de fábricas y escuelas militares, conoció, entre otros personajes, a Rubén Darío[106] y renunció definitivamente al gobierno de Nuevo León por la presión ultramarina de Díaz.

En el tiempo que estuvo Reyes en Europa, México se vio convulsionado. Soplaban vientos de revolución en nombre de la democracia. Francisco I. Madero sería en este contexto un personaje central. Apodado “El Apóstol de la democracia”, Madero le ganó las primeras elecciones democráticas a Porfirio Díaz. Por supuesto, Díaz no aceptó de buena gana su derrota, por lo que encarceló legalmente a Madero. Este último, en respuesta, inició la Revolución mexicana.

Ya hacia 1911 “no había sino polémica por el fraude electoral” perpetuado por el régimen de Díaz, se reprodujeron los levantamientos en varios estados y Madero fue encarcelado para después huir a Estados Unidos; paralelamente nació también la rebelión de Emiliano Zapata. La conmoción fue de tal grado que el Atlas oaxaqueño, Porfirio Díaz, anunció su retiro del poder el 26 de mayo de 1911[107]. En efecto, el porfiriato se había derrumbado. Madero se perfilaba para retomar el poder. El 19 de mayo de 1911, Reyes estaba cerca de tocar de nuevo tierras mexicanas. Le dijeron que tenía que esperar en La Habana dadas las circunstancias en México. No fue hasta el 4 de junio que llegó finalmente a Veracruz. Tres días después Madero llegaría victorioso a la capital. Reyes no llegaría allí sino hasta el 7 de junio, en donde se entrevistó con Juan Sánchez Azcona, representante del propio Madero. Para este último, como es evidente, era capital saber la posición de Reyes con respecto a la posibilidad de que quisiera pugnar por el poder. Reyes era un resabio del porfiriato.

El 10 de junio Reyes y Madero se entrevistaron. Don Bernardo afirmó allí su “aceptación del nuevo orden”[108]. No obstante, los maderistas no creían en la subordinación de Reyes, tenían memoria de la lealtad que siempre le mostró a Díaz, por lo que constantemente lo repudiaron públicamente, lo que fue enardeciendo al general, quien había prometido a Madero no presentarse como candidato a la presidencia, sino eventualmente colaborar en su gabinete. La relación entre Madero y Reyes se fue deteriorando al ritmo de incredulidades mutuas y malentendidos, al grado de que, por fin, el 9 de agosto Reyes aceptó, sí, finalmente, su candidatura promovida por los clubes reyistas. Reyes sin embargo resultaría “claramente derrotado en la representación nacional”. Su tiempo para tomar el poder ya había pasado desde que decidió doblar las manos ante la presión de Díaz a finales de 1909.

Derrotado, Reyes se disfrazaría ni más ni menos que de inválido y se embarcaría en el Monterrey hacia Estados Unidos. Ya estando en Nueva Orleans declaró que las elecciones serían un fiasco y que Madero traicionaba los valores democráticos. “Reyes no escuchaba peticiones republicanas porque ya se había decidido por atender tambores diferentes de rebeldía armada”[109].

Las elecciones se llevaron a cabo y resultaron en efecto victoriosos Madero y Pino Suárez. Bernardo Reyes, para ese entonces, se había trasladado a San Antonio, Texas, “desde donde declaró de inmediato que maderismo y científicos eran la misma cosa”, y ante las sospechas de que se había ido de México para organizar una contrarrevolución, dijo “que no preparaba ninguna insurrección porque no quería ser responsable de un nuevo conflicto en su país”[110]. Esto era evidentemente falso. Las sospechas no eran infundadas. Reyes y la plana mayor de sus simpatizantes planeaban un ataque al gobierno de Madero orquestado desde suelo norteamericano, el cual fue fácilmente detectado por el gobierno de ese país, que rápidamente informaba de los movimientos de Reyes al presidente mexicano electo. Cada paso que los reyistas tomaban para invadir México y derrocar a Madero era simultáneamente conocido por los servicios de espionaje tanto mexicanos como estadounidenses. De manera tal que la conspiración dirigida por Reyes fue un chasco. Poco tuvo de secreta y bastante de ridícula, dado su carácter extrañamente errático, sobre todo al ser promovida por un militar de amplia experiencia. Al no tener dudas de las intenciones de Reyes, el gobierno del estado de Texas lo citó para comparecer al respecto, pues tales intenciones violaban las leyes de neutralidad. Para entonces ya varios reyistas habían sido arrestados, otros habían huido y mucho material bélico había sido confiscado. Sin alternativa, Reyes “se vio compelido a cruzar la frontera con cinco acompañantes el 13 de diciembre”[111] de 1911.

Durante 12 días, Reyes y su compañía buscaron en vano a tropas que esperaban se les unieran, el general Reyes, después de un breve encuentro con unidades enemigas, acabó rindiéndose a un pequeño destacamento de rurales en Linares, Nuevo León […] Al día siguiente, iba camino a la capital federal con fuerte escolta, y quizás apenas, por última vez, vio a lo lejos la ciudad de Monterrey […] La tarde del 28 de diciembre de 1911 ingresó a la prisión de Santiago Tlatelolco[112].

Y, sin embargo, a pesar de la frustración tan estrepitosa de su conspiración, Reyes insistiría poco tiempo después en otra.

Como lo menciona Benavides Hinojosa, de 1909 a 1911 Bernardo Reyes había perdido

mucho de su prestigio político y militar […] por haber abandonado a sus admiradores y haber aceptado con mansedad un dorado y bélico exilio europeo, por las confusiones naturales del militar tapatío ante la caída de su Atlas oaxaqueño, por las cambiantes actitudes frente al popular Francisco I. Madero, por sus titubeantes desplantes de candidato frente al maderismo popular y, en fin, por su casi ridícula huida de la arena electoral y el apresuramiento de una rebelión que era un secreto a voces[113].

Reyes pasaría trece meses en prisión acusado de sedición. Él mismo se encargaría de redactar su defensa, la cual publicó en octubre de 1912.

Mientras tanto, durante ese año, el gobierno de Madero sufría de turbulencias varias. Entre disensiones, insurrecciones y críticas, se debilitaba su mandato. En el mismo mes de octubre, Félix Díaz, sobrino de don Porfirio, se levantaría en armas en Veracruz. Su intento fracasó. Fue condenado a muerte, pero Rodolfo Reyes, hijo mayor de don Bernardo, lo defendió logrando que lo trasladaran a la capital. En Santiago Tlatelolco Félix Díaz se uniría entonces a Bernardo Reyes. Juntos, más el apoyo exterior precisamente de Rodolfo Reyes, de Samuel Espinosa de los Monteros y de los militares Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz, fraguarían otra conspiración para derrocar a Madero. Este último supo una vez más de esos planes que, según lo dispuesto por Reyes, se concretarían el 12 de febrero de 1913, pero se mostró incrédulo de ello, pues hasta ese momento las fuerzas armadas federales le habían mostrado fidelidad[114]. La fecha del asalto se adelantó para el 9 de febrero. Fue entonces cuando el gobierno se alistó a recibir el ataque de un Reyes que “consideraba ‘consumado el suicidio de [su] vida pública’ y ya contemplaba que podía cumplirse la ‘promesa de una gloriosa muerte’”[115].

Ocurrió una vez más que el plan de insurrección de Bernardo Reyes se desmoronó. Ese 9 de febrero todo salía mal desde muy temprano:

un regimiento en Tacubaya se rehusó a seguir a su jefe; la policía se apareció allí aunque fue desarmada; el general Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz apenas lograron reunir a un millar de hombres; el transporte para los cadetes de Tlalpan falló y éstos tuvieron que buscar caballos y abordar tranvías; patrullas de policía montada se movilizaron en Chapultepec y en el Paseo de la Reforma; Rodolfo Reyes, alarmado, tuvo que hacer un largo rodeo para llegar a la prisión de Tlatelolco[116].

Esto ocasionó que la liberación de Reyes y Félix Díaz se retrasara por más de cuatro horas. Estos obstáculos hicieron que el plan de tomar Palacio Nacional perdiera el factor sorpresa. A tal grado se había frustrado el plan que Rodolfo Reyes, el entusiasta y beligerante hijo mayor de Reyes, junto a su hermano Alejandro, Mondragón y Ruiz, le pidieron a don Bernardo que desistiera, a lo que éste se negó rotundamente: “¡Que sea lo que ha de ser pero de una vez!”[117]. No había ni una posibilidad de triunfar en la empresa, el comandante Lauro Villar ya tenía bien alistado el Palacio para la embestida. Bernardo Reyes, haciendo caso omiso de las súplicas, acompañado de un “pequeño grupo de fieles”, “avanzó frente al Palacio, que era defendido por dos líneas”. “Su hijo Rodolfo intentó detener las riendas de Lucero”; sin éxito “le gritaba a su padre que se detuviera, que lo iban a matar y ‘don Bernardo respondió: sí, pero no por la espalda’”. Bernardo Reyes avanzó hacia Palacio, “volcó una ametralladora ante la atónita mirada del defensor”, y entonces: “Se escuchó el primer disparo y luego fuego granado. Reyes cayó del caballo […] Una decena de jornadas homicidas había dado inicio”. Cuando el estruendo pasó, Madero se lamentó por la muerte de Reyes, ordenó que se llevara su cadáver a Palacio Nacional y otorgó el mando de las fuerzas armadas a Victoriano Huerta[118].

Benavides Hinojosa retoma una declaración escrita por don Bernardo Reyes para explicarse su acto, que a todas luces parecía un suicidio. El historiador remite que Reyes deseaba:

una batalla para desaparecer en su fragor [que] hubiese sido para mí un fin que corresponde a mi pasado; un encuentro con enemigos, rodeado al menos de un centenar de hombres para entrar en la lucha; una veintena de guerreros siquiera a mi lado para lanzarme sable en mano como tantas veces me he lanzado a sucumbir[119].

Bernardo Reyes quería morir heroica y trágicamente. Sin embargo, no fue con sable, sino con metralleta como ocurrió. La técnica lo había rebasado. Cierto es que innumerables veces “se lanzó a sucumbir”, pero hubo al menos una en que no lo hizo, cuando tuvo la gran oportunidad de dirigir las riendas de su amado país. Es posible que su lance suicida estuviera motivado por limpiar su nombre y su historia de todo rasgo de falta de coraje y de convicción. El precio de librarse de la ignominia y la vergüenza fue su propia vida. Este evento traumático fechado el 9 de febrero de 1913 marcará de manera indeleble el espíritu de su hijo menor, Alfonso Reyes.

Alfonso Reyes, en la muerte de su padre

¿Cuál era la relación que Alfonso Reyes mantenía con su padre en esos sus últimos años de vida? ¿Qué posición adoptó ante las desventuras políticas de su padre? ¿Qué opinaba su padre de él? Según el propio testimonio de Alfonso, allí, en ese 9 de febrero, murió y volvió a nacer: “el que quiera saber quién soy que lo pregunte a los hados de Febrero. Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese día”[120].

En varios puntos de su obra Alfonso Reyes señala que fue en la biblioteca paterna donde conoció que su destino eran las letras: “En aquella biblioteca donde había de todo, abundaban los volúmenes de poesía y los clásicos literarios. Entre los poetas primaban los románticos: era la época mental en la que el espíritu del héroe se había formado”[121]. Debido a esto, Alfonso Reyes dirá que aquel día fatídico de febrero “en una mañana de domingo, el mayor romántico mexicano había muerto”[122].

Si bien fue muy en relación con el gusto literario del padre que Alfonso se abrió al mundo de las letras, hacia 1908 sus respectivos discernimientos estéticos y éticos no coincidían, lo cual lo desanimaba. El 14 de enero de 1908, Reyes le escribe a su mentor intelectual, el notable dominicano Pedro Henríquez Ureña, lo siguiente: “El señor general don Bernardo Reyes resuelve todo con mandatos militares y el otro día, discutiendo sobre asuntos literarios, le hice ver que ha adquirido el vicio de maltratar autores que no ha leído”. Habrase visto… Continúa Alfonso: “Su proyecto es que yo vaya a Nueva York y estudie en la universidad de Columbia”[123]. El 29 del mismo mes y año, Reyes le escribió a su amigo caribeño de nueva cuenta:

¿Qué le vamos a hacer? Era mi única esperanza: la imbecilidad ambiente me agobia. Mi papá, por la edad y el trabajo, se va agotando y, consecuentemente, lo invaden ciertas debilidades seniles. Desde que estoy aquí no he visto que una sola vez acepte una opinión que le manifieste, así se trate de asuntos intelectuales como de detalles triviales[124].

En efecto, Reyes padre no coincidía con las jóvenes opiniones de su hijo Alfonso; en suma, consideraba que “como pasatiempo, la poesía era toreable y hasta bienvenida; como profesión, era indigna, o más bien no era una profesión”[125]. En esa misma carta del 29 de enero a Henríquez Ureña, Reyes también le confesaba:

Me da tristeza ver que ya no puedo conversar con él. Su favorito, en poesía, es Santos Chocano, y en filosofía Roosevelt. Está por llamarles ideólogos a los pensadores. Para él sólo vale la acción; para él el Arte es “un instrumento”. El otro día me acusó de estrechez de criterio porque no soporté que me hablara de Juan de Dios Peza. En fin, lo que yo me temía: ya no estoy dentro de casa[126].

Choque generacional.

Alfonso Reyes no recularía ante el deseo de ser escritor e intelectual, a pesar de la poca aprobación que su padre daba a ese deseo, o tal vez gracias a ella. Tan es así que en 1910 se publica en París su primer libro, titulado Cuestiones estéticas. En ese libro de ensayos sobresalen los dedicados a las tres Electras del teatro trágico ateniense, un ensayo sobre Goethe y otro en verdad soberbio sobre la obra y la estética de Góngora, indispensable, por cierto, para cualquier lacaniano.

Ya en el contexto del año de 1911 Reyes le escribe a Henríquez Ureña, a quien resulta claro que coloca en posición de psicólogo: “Estoy triste: me aflige mucho la situación de mi padre y veo que se desvanece la esperanza que tenía, que he tenido desde hace mucho tiempo, de vivir a su lado cómoda y felizmente, siquiera dos años”[127]. Si bien no se entendía más intelectual y artísticamente con su padre, Alfonso le guardaba un amor sin reservas. Vivió con profunda angustia el retorno de su padre de Europa, sus renovadas fuerzas por contender en la lucha política y las consecuencias de esa búsqueda. En “Días aciagos”, con fecha del 3 de septiembre de 1911, expresó: “Escribo un signo funesto. Tumulto político en la ciudad […] Alguien abre de tiempo en tiempo la puerta de mi cuarto, y me comunica las últimas noticias alarmantes que da el teléfono”. Más adelante:

soy el mayor de los varones que han quedado en casa. En la azotea de enfrente hay hombres armados. Grupos de policía en las esquinas. Yo tengo un puesto fijo, un refugio en el desván, desde donde puedo ver sin ser visto y, si llega el caso, hacer fuego […] Cada semana, cada domingo, se repiten estas inquietudes, si bien las de hoy son acentuadas[128].

Finalmente, por lo general llegaba la calma: “Mi padre ha llegado al fin. Como está ileso, ya no oigo nada; no quiero saber nada. También he alzado otra fortaleza en mi alma: una fortaleza contra el rencor. Me lo han devuelto. Lo demás, no me importa”[129]. El 15 de septiembre Reyes redactó: “Estábamos amenazados de muerte. Así se paga el pecado de hacerse amar un día por el pueblo”[130].

Alfonso Reyes, un año después de haber publicado su primer libro, vivió sumergido en la angustia de perder a su padre. En realidad, se trataba de una amenaza siempre latente, pero que ahora se volvía manifiesta: “Como él siempre vivió en peligros, y como yo poseo el arte de persuadirme (o acaso también por plástica, por adaptación inconsciente) yo, desde muy niño, sabía enfrentarme con la idea de perderlo”[131]. Pasaría una amarga Navidad el año de 1911 y todo 1912 con la congoja de tener a su padre en prisión: “Mil obstáculos y los amigotes de ambos bandos impidieron que él y el futuro presidente pudieran arreglarse. Y todo fue de mal en peor”[132]. Alfonso visitaría en la cárcel a su padre la Navidad de 1912. Allí le leería, a petición suya, unos versos al respecto de la fecha:

Al llegar a la frase: Que a golpes de dolor te has hecho malo, me tapó la boca con las manos y me gritó: ¡Calla, blasfemo! ¡Eso, nunca! […] entendí entonces que él había vivido las palabras, que había ejercido su poesía con la vida, que era todo él como un poema en movimiento, un poema romántico de que hubiese sido a la vez autor y actor[133].

En su Oración del 9 de febrero, una de las cimas de su escritura, y que nunca quiso publicar en vida, hay que notarlo, Alfonso Reyes cuenta: “El preso tenía consideraciones especiales, y aquel hombre bueno que se vio en el trance de aprisionarlo ¡qué más hubiera deseado que devolverle su libertad […] Algún día sabremos de ofertas que tal vez llegaron a destiempo!”[134]. Esto deja asomar que Madero deseó liberar a Bernardo Reyes. ¿Qué ofertas sabemos que se hicieron para que ello se concretara? Sabemos de una que, precisamente, tuvo por intermediario a Alfonso Reyes. “Poco tiempo después de su encarcelamiento, Madero solicitó la intervención de Alfonso Reyes para liberar al general Reyes”[135]. Este hecho al parecer no dejará en paz a Alfonso, dado el evidente fracaso en la empresa.

Muchos años después, en mayo de 1953, Alfonso Reyes le escribió a Martín Luis Guzmán: “Convencido de la necesidad de que todo se sepa y ‘para que mañana se conozca la verdad’, por dolorosa que esta pudiera resultar”[136]. El contenido central de su misiva es este:

Tal vez Ud. lo recuerde: mi padre llevaba varios meses en la prisión de Santiago, y don Francisco I. Madero no sabía materialmente qué hacer con él. Un día Ud. me visitó —creo que venía Ud. acompañado de Pedro Henríquez Ureña—, para comunicarme por encargo del Ing. Don Alberto J. Pani, que Madero me mandaba decir que si yo, y no otra persona de mi familia, le daba mi palabra de que mi padre estaba dispuesto a retirarse a la vida privada, ese mismo día quedaría en libertad[137].

Alfonso Reyes subraya:

tuve entonces la pena de contestarle a Ud. que yo no era la influencia familiar dominante […] y que no estaba en condiciones de obtener de mi padre semejante promesa, por lo mismo que ya espontáneamente lo había intentado varias veces y sólo había merecido reprensiones por “meterme en lo que no entendía”[138].

No sería sino hasta el 13 de agosto que Martín Luis Guzmán le contestaría a Reyes para confirmarle que, en efecto, las cosas ocurrieron tal y como lo recordaba.

Es de suponerse el peso que recayó sobre Alfonso Reyes al no haber podido impedir la voluntad de su padre, quien lo consideraba incompetente en materia de acción política y bélica. Al desencuentro espiritual que tenía con su padre, a la angustia que le causaba la amenaza constante de su desaparición, se suma una dimensión de la culpa por no haber impedido que fuera directo hacia su asesinato.

Ante su caída, que coincidía con la caída del orden decimonónico a nivel nacional y mundial, Alfonso declara haberse identificado con la imagen de su padre en un esfuerzo por conservarlo y así atemperar el dolor de su pérdida:

Yo siento que, desde el día de su partida, mi padre ha empezado a entrar en mi alma y a hospedarse en ella a sus anchas. Ahora creo haber logrado la absorción completa y —si la palabra no fuera tan odiosa— la digestión completa[139].

Esto lo escribió en Buenos Aires en 1930. Si esto fue así, y como precisamente Freud enseñó, ser habitado por la figura del padre, haberlo engullido por completo, supone adoptar sus características. Para el caso, pareciese que la repulsa de don Bernardo Reyes a asimilar formas de expresión estética y política que cuestionaban aquellas bajo las cuales se había conformado su espíritu se transfirió a través de la “absorción” a su hijo menor: Alfonso Reyes se mostraría con una actitud semejante a la de su padre al confrontarse con propuestas artísticas y teóricas, como el psicoanálisis de Freud, que cuestionaban su cultura adquirida. Reyes habló varias veces de Freud sin conocer su pensamiento a fondo; su padre había hecho lo mismo con otros autores, a los que hay que recordar que solía llamar “ideólogos”: establecedores de modas.

Culpa, resistencia y paternidad en Alfonso Reyes

La posición más representativa de Alfonso Reyes hacia el psicoanálisis fue de resistencia tanto a su teoría como a su terapéutica. El invento freudiano niega la supremacía de la consciencia, señala una obstinada tendencia a la destrucción en los individuos, acentúa, en otras palabras, la presencia de la culpa inconsciente en el sujeto burgués, asuntos todos en las antípodas de las inclinaciones espirituales de Reyes. El siglo XX, “era del psicoanálisis”, como él dijo, ha sido uno en el que la “satisfacción en el mal” se impone de manera generalizada a la voluntad de concordia y equilibrio, voluntades que distinguieron a Reyes como autor y como persona[140].

En su estudio de 1960, “El jinete del aire: Alfonso Reyes”, Octavio Paz dice al respecto: “nosotros los modernos, adoramos la abstracción desangrada y el número informe: ni vida ni muerte. El amor, los amores de Reyes, eran distintos: amor a la forma, amor a la vida […] Espíritu en búsqueda de equilibrio, aspiración hacia la medida”. Paz afirmó asimismo que Reyes orientaba su obra con la estrella de la síntesis[141]; Freud, a contracorriente, lo hizo con la del análisis. De hecho, al hablar/escribir largo y tendido sobre su padre en Oración del 9 de febrero, a diecisiete años de su asesinato, Reyes da cuenta de la dificultad que le suponía dejarse tomar por el estilo analítico: “No sé si me pierdo un poco en estos análisis. Es difícil bajar a la zona más temblorosa de nuestros pudores y respetos”[142]… Tan difícil le resultaba a Reyes que, como dije antes, decidió que su Oración se publicara de manera póstuma. Si Reyes no se consideraba candidato para psicoanalizarse, o se sentía inmune a su influjo, parece más debido a esa dificultad para dejarse llevar hacia sus lugares heridos, incrustados en la fortaleza anímica que instaló a raíz de la muerte de su padre, que a un defendido efecto de depuración escritural del alma.

Según Christopher Domínguez Michael, Reyes, al ser máximo representante del clasicismo[143] en las letras mexicanas del siglo XX: “escribirá sus libros evadiendo los temas judeocristianos, rechazando sus consecuencias belicosas y culpígenas, que son, precisamente, las más modernas”[144]. Reyes, continúa el crítico literario: “rechazó con horror el drama de la Cruz. Repudió una cultura sustentada en el parricidio, él, quien al perder a un padre que tenía por héroe homérico creyó perderlo todo”[145]. Él, quien además afirma haber “absorbido” al padre asesinado. La obra de Freud, no sobra machacarlo aquí, se arraiga justamente en el análisis de la dramática del padre, de su moderna y obscena impotencia. Recuérdese que, por ejemplo, para alguien como Theodor Adorno, precisamente un moderno judío cristiano, Freud fue el autor “que ha destruido la imagen del padre en la cumbre de la edad”[146]. Incluso, y sí, siendo exagerado, hay que apuntar que lo que apuntaló en buena medida la práctica que inventó Freud, el deseo inconsciente parricida, fue vivido de manera brutal, en lo real, por Alfonso Reyes.

Lo anterior, me parece, está aludido en la reelaboración del mito de Ifigenia por parte de Reyes, para muchos de sus lectores su obra maestra. Como preámbulo de esta reelaboración escribió:

A diferencia de cuantos trataron el tema desde Grecia hasta nuestros días, supongo aquí que Ifigenia, arrebatada en Áulide por la diosa Artemisa a las manos del sacrificador, ha olvidado ya su vida primera e ignora cómo ha venido a ser, en Táuride, sacerdotisa del culto bárbaro y cruel de su divinidad protectora. El conflicto trágico, que ninguno de los poetas anteriores interpretó así, consiste para mí, precisamente, en que Ifigenia reclama su herencia de recuerdos humanos y tiene miedo de sentirse huérfana de pasado y distinta de las demás criaturas; pero cuando, más tarde, vuelve a ella la memoria y se percata de que pertenece a una raza ensangrentada y perseguida por la maldición de los dioses, entonces siente asco de sí misma. Y, finalmente, ante la alternativa de reincorporarse en la tradición de su casa, en la vendetta de Micenas, o de seguir viviendo entre bárbaros una vida de carnicería y destazadora de víctimas sagradas, prefiere este último extremo, por abominable y duro que sea, único medio cierto y práctico de eludir y romper las cadenas que la sujetan a la fatalidad de su raza.

Al final de su poema el autor afirma:

La Ifigenia, además, encubre una experiencia propia. Usando del escaso don que nos fue concedido, en el compás de nuestras fuerzas, intentamos emanciparnos de la angustia que tal experiencia nos dejó, proyectándola sobre el cielo artístico, descargándola en un coloquio de sombras.

Por supuesto, esa experiencia fue la muerte de su padre Bernardo Reyes. Más adelante remata Alfonso sobre el estilo que adoptó en su poema: “Opté por estrangular, dentro de mí propio, al discípulo del Modernismo. Suprimí todo lo cantarino y lo melodioso”.[147]

¿Cómo se sobrevive a la absorción del padre?

Resulta más que sugerente lo que Adolfo Castañón escribiera en una reseña sobre un libro aparecido en 2013 en conmemoración de los primeros cien años de la publicación de Tótem y tabú. El ensayista alude en ella a que el año 1913 es también significativo para las letras mexicanas, entre otras cosas, porque ese año, el 9 de febrero, como hemos revisado, fue asesinado el general Bernardo Reyes: “figura totémica de la historia mexicana”[148]. Hemos también revisado que Reyes hijo afirmó, de varias maneras, que su obra se debe a esa muerte trágica, y que en realidad la contusión espiritual que le dejó nunca sanó:

[…] el golpe contra la realidad brutal de haberlo perdido fue algo tan intenso que puedo asegurar que persiste; no sólo porque persistan en mí los efectos de esa inmensa herida, sino porque el golpe está aquí —íntegro, vivo— en algún repliegue de mi alma, y sé que lo puedo resucitar y repetir cada vez que quiera. El suceso viaja por el tiempo, parece alejarse y ser pasado, pero hay algún sitio del ánimo donde sigue siendo presente. No de otro modo el que, desde cierta estrella, contemplara nuestro mundo con anteojo poderoso, vería, a esas horas —porque el hecho anda todavía vivo, revoloteando como el fantasma de la luz entre las distancias siderales— a Hernán Cortés y a sus soldados asomándose por primera vez al valle de Anáhuac[149].

La analogía que hace Reyes entre la escena de la llegada de los conquistadores peninsulares al Valle de México y la escena del asesinato de su padre nos enseña hasta qué grado la historia de su familia habla por las fracturas que han forjado la historia y el presente del pueblo mexicano. Así, Castañón anima a los psicoanalistas a “desarmar aquel rompecabezas” con la ayuda del texto totémico de Freud: “De este ejercicio saldría una estremecedora y quizá escandalosa versión de la intrahistoria palpitante en México y tal vez el hilo conductor para salir o para adentrarse más en el laberinto”[150].

Ese ejercicio, del que estoy intentando hacerme cargo, de alguna manera ha sido ya experimentado por un no analista de apellidos Plaza Parrochia, quien asevera que

Alfonso nunca dejó de arrepentirse por no haber intercedido más diligentemente en favor de la supervivencia de su padre (y, podría añadirse, por trabajar luego para el gobierno que le había dado muerte). El fin del porfiriato y la muerte de Bernardo Reyes son las coordenadas privada y colectiva del inicio del Reyes adulto, de su estabilización como escritor del trabajo[151].

La sensible repulsa de Alfonso Reyes hacia el moderno psicoanálisis, tal vez, tuvo como punto raigal no querer saber mucho en profundidad de una clínica y de una teoría articuladas en grado sumo en torno al deseo parricida, a la perenne dificultad de ejercer la función paterna y al desmoronamiento del patriarcado en la sociedad industrial, temas con los que Reyes lidió en algunas de sus máximas obras, como las ya citadas Oración del 9 de febrero[152], Ifigenia cruel[153], pero también al menos en Parentalia[154] y en varias de sus demás poesías. En estas obras el resplandor del Ideal del Padre y su derrumbe inevitable son capitales.

El psicoanálisis es, pues, en varios sentidos, el anverso del discurso y las maneras del ilustre regiomontano, gobernados, a mi parecer, por el principio del placer: “El arte de Reyes es refinamiento esteticista sin temas decadentes”[155]. El autor de esta cita, Hugo Hiriart, encuentra en esta falta de arriesgue hacia las zonas oscuras e irreparables del espíritu la razón fundamental por la cual la obra de Reyes, a pesar de su vastedad, no perdura como un lugar que todo lector moderno tendría que frecuentar, como sí ocurrió por ejemplo con el que alguna vez fuera su discípulo: Jorge Luis Borges. De acuerdo también con Hiriart, el estilo de Reyes “no le permitía, por ejemplo, acceder con soltura a lo irracional e informe. Zona en la que se sitúa, por ejemplo, la interioridad de las personas”[156]. La cordura y la precisión de Reyes no le admitieron escribir de manera constante obras en las que se jugara no como sabio o maestro, sino ante todo como sujeto. “El tiempo que vivió no se refleja con clara lección en sus trabajos”[157], señala también Hiriart. En función de esto, Reyes no se ubica como un autor esencial para acercarse a la sensibilidad moderna. Las cosas ocurren como si para Alfonso retomar en su escritura el desgarrón moderno fuera tabú, tabú sostenido por su padre convertido en tótem, el general Bernardo Reyes.

Existe un pequeño pasaje en la obra de Alfonso Reyes en donde la relación entre la desaparición de su Atlas, Bernardo Reyes, y su lamento ante las formas técnicas y estéticas nacidas en las primeras décadas del siglo XX confluye manifiestamente. Después de todo, fue esa técnica la que se lo arrebató. El pequeño texto se llama “Teoría del sable”. En este escrito Alfonso Reyes se aboca a hablar de un libro heredado precisamente de su padre, escrito por el expresidente Mariano Arista: Teoría para el manejo del sable a caballo. Después de describir la forma de ser y el destino de Arista, muy semejante en varios puntos al de su propio padre, y de narrar el contenido de la obra, Alfonso cita a Bernardo:

La Caballería —escribió mi padre—, el arma plástica que toma todos los contornos con que adelantan las tropas enemigas; el arma audaz que va, de cerca y por los vacíos del adversario, a atisbar sus fuerzas para darse cuenta de sus efectivos y situaciones; el arma atrevida que corre a tentar el corazón del contrario, para saber si avanza medroso o con bravura…[158].

A esta cita de su padre, sigue este párrafo, el último del texto, del propio Alfonso:

El arma romántica, ya se sabe, la de los poetas a caballo; la última supervivencia de la ingenua Historia Natural (toda la filosofía heroica y graciosa de Buffon, toda la imaginería en estilo pompier, a lo Meissonier), que hoy van expulsando de la Guerra los nuevos engendros de la Matemática y de la Química, la Retórica Cubista del Acero y la Estética Suprarrealista de la Dinamita, los Gases Asfixiantes, los Cohetes, la Bomba Atómica[159].

Para Alfonso Reyes, los tiempos de su padre siempre fueron mejores. Los que a él le tocan vivir le parecen degradados de honor, llenos de apología de la destrucción mecánica y estrambótica. No necesariamente estaba equivocado, hay que decirlo. En asociación, tal pareciese que el psicoanálisis, nacido de ese contexto, le parecía a Reyes estrella siniestra de esa agitada constelación temporal.

El juicio y la sensibilidad de Alfonso Reyes, pues, están arraigados en grado sumo a la nostalgia del tiempo del padre. ¿Qué efectos pudo haber tenido esto en su propia paternidad? Recojo dos declaraciones suyas al respecto. La primera la retomo de lo que escribió al leer lo que ya antes había escrito en “Días aciagos”:

Después de leer las páginas anteriores se comprenderá fácilmente mi estado de ánimo por aquellos días. Hay cosas que no me gusta explicar. Harto hago con levantar un poco el velo. Ya se sabe lo demás. Pasó el tiempo. “Eso” cada vez se puso peor. Nació mi hijo…

La segunda proviene justamente de su Oración del 9 de febrero:

El desgarramiento que me ha destrozado tanto, que yo, que ya era padre para entonces, saqué de mi sufrimiento una enseñanza: me he esforzado haciendo violencia a los desbordes naturales de mi ternura, por no educar a mi hijo entre demasiadas caricias para no hacerle, físicamente mucha falta, el día que yo tenga que faltarle. Autoritario y duro, yo no podría serlo nunca: nada me repugna más que eso. Pero he procurado ser neutro y algo sordo —sólo yo sé con cuánto esfuerzo— y así creo haber formado un varón mejor apercibido que yo, mejor dotado que yo para soportar el arrancamiento[160].

Alfonso se decidió a ser neutro, sobrio, notablemente sordo con su hijo; se impuso una administración racionalista de su afecto como dique contra el posible sufrimiento. ¿Tal vez así a su hijo le dolerían menos las pérdidas? ¿A él también? Esa misma característica de neutral, de evasivo del exceso, se le adjudica comúnmente a Alfonso Reyes como autor. Pareciera que las formas específicas que adquirieron tanto el ejercicio de la paternidad como el de la autoría literaria e intelectual en Alfonso Reyes tienen en su padre, en la conclusión del destino que eligió Bernardo Reyes, su punto de amarre, su mirada constitutiva. En buena medida la historia se detuvo para Reyes con el fenecer del general:

† 9 de febrero de 1913

   

¿EN QUÉ rincón del tiempo nos aguardas,

desde qué pliegue de la luz nos miras?

¿Adónde estás, varón de siete llagas,

sangre manando en la mitad del día?

   

Febrero de Caín y de metralla:

humean los cadáveres en pila.

Los estribos y riendas olvidadas

y, Cristo militar, te nos morías…

   

Desde entonces mi noche tiene voces,

huésped mi soledad, gusto mi llanto.

Y si seguí viviendo desde entonces

   

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,

y me hago adelantar como a empellones,

en el afán de poseerte tanto[161].

Hago notar una última conjetura: el general Reyes fue ingresado un 28 de diciembre en prisión. Era el inicio del fin. Alfonso Reyes murió un 27 de diciembre. Su vida se detuvo justo un día antes de una nueva conmemoración del encierro del padre que lo conduciría a la muerte. Si hay “hados de febrero”, también parece que los hay de diciembre cuando de los Reyes se habla.

Ramón Parres o el frustrado intento de ser escuchado

Si bien Alfonso Reyes conoció “por encima” la obra de Freud, y el funcionamiento del dispositivo psicoanalítico le provocaba desconfianza, ambos están presentes en su propia obra, como creo que ha quedado patente. Reyes tuvo un saber psicoanalítico, el suyo, si bien acotado, no por ello inexistente.

Ese saber lo llevó a hablarle de Freud a uno de los futuros fundadores de la Asociación Mexicana de Psicoanálisis (APM): Ramón Parres[162]. Según lo recogido por Marco Antonio Dupont en su libro de testimonios Los fundadores, en el que se compila una serie de entrevistas a los próceres de la APM (fundada en 1957), Parres cuenta la siguiente anécdota: “Recuerdo una ocasión en que Rodolfo leyó una obra que yo había escrito, estaba presente el maestro Alfonso Reyes. Tuve la oportunidad de hablar con él y de contarle mi interés en la psiquiatría y el psicoanálisis, él me platicó de Freud, lo que afirmó aún más mi interés”; luego continúa:

Esto me recuerda un incidente curioso. En el año 57 escribí un ensayo llamado “El hombre y su medicina”, donde planteo cómo aparece la enfermedad en el hombre, refiriéndome a la enfermedad mental. Este ensayo se publicó en La palabra y el hombre, y tuve también la oportunidad de leerlo en Radio Universidad. Pocos días después recibí una carta con dos libros de regalo, eran del maestro Alfonso Reyes que había escuchado mi conferencia en Radio Universidad y me decía en su carta: “Quiero recordar que usted es el joven con quien alguna vez platiqué de Freud”. Esta carta me dejó anonadado. Un par de semanas más tarde, recibí una tarjeta con una nota del maestro Reyes que decía: “Mi querido amigo, a mi edad y a mis años, no acostumbro estas expresiones de júbilo, como la carta que le escribí y de la que no he recibido respuesta”. Me llené de pena y de culpa, de inmediato fui a ver al maestro. Le comenté, pidiéndole perdón por mi negligencia, que su carta me había anonadado y que me permitiera, si algún día yo escribía un libro sobre el tema, dedicárselo a él. Su amabilidad me hizo sentir mejor y le comenté la importancia de nuestra plática sobre Freud y cómo había aclarado también mi inclinación por el psicoanálisis.[163]

El intento de Reyes por hacer contacto con Parres, a partir de una conferencia que le escuchó en la radio y que trataba sobre la “enfermedad mental”, viene cuatro años después de que buscara a Martín Luis Guzmán para aclararse el pasado de la muerte de su padre. Estas búsquedas ocurren en la década de los cincuenta del siglo pasado, en la que Reyes se encontraba bastante delicado de salud, sobre todo de males cardíacos[164]. Literalmente, se le estaba rompiendo el corazón. Esta situación física y “tener la conciencia de ser un escritor asociado con un pasado remoto”[165] hundían en la soledad a un hombre que en agosto de 1959 escribía su última carta a Octavio Paz y le decía, precisamente en asociación a La Nouvelle Revue Française, lo siguiente: “¡La nrf! Era mi revista, pero ya ahora nadie me conoce. Sigo recluido y enfermo. Su ausencia me ha dejado aún más solo”[166]. El testimonio de Parres no transmite con precisión qué se dijo sobre Freud y el psicoanálisis aquella remota velada en la que se conocieron. Como sea, es de subrayarse que las opiniones del regiomontano sobre Freud resultaron de suma influencia para quien a la postre sería uno de los pilares de la APM, una de las primeras instituciones psicoanalíticas que se fundaron en México. ¿Qué fue lo que puntualmente le transmitió Reyes a Parres sobre Freud y el psicoanálisis? En la cita lo único que es más o menos manifiesto es que no fue un desánimo, sino todo lo contrario, pues Parres afirma que esa charla lo ayudó a aclarar su inclinación hacia Freud. ¿Qué temas y libros psicoanalíticos fueron allí aludidos por Reyes? De momento no he podido saberlo. No obstante, en este pasaje de la vida de nuestro autor, brota algo de suma importancia, al menos desde un punto de lectura psicoanalítico precisamente.

Sin duda Reyes le demandaba establecer una interlocución a Parres, pero ¿habríamos de concebir esa demanda, que por cierto es reiterada, como una demanda de escucha psicoanalítica? ¿Será posible que buscara ser escuchado por un psicoanalista al que él mismo alentó en su momento? ¿La “censura” en Reyes daba visos de estarse aflojando?

Reyes, a pesar de las reservas que podría tener de acuerdo con lo que he mostrado, entendió claramente y temprano en qué consistía lo esencial de la práctica psicoanalítica[167]. Estando en Buenos Aires, un sábado con fecha 26 de enero de 1929, escribió en su diario:

Me escribe Juana de Ibarbourou enviándome cinco espléndidos poemas inéditos para Contemporáneos, y una de las cartas más hermosas que he recibido en mi vida, llena de confidencia y dolor. Casi de espanto. Emprendo una verdadera cura freudiana con ella[168].

Las cursivas son del propio Reyes. Adolfo Castañón, editor de este segundo volumen del Diario, hace notar lo siguiente sobre esta entrada: “La inteligencia, el tacto y la inclinación caritativa del escritor seguramente hicieron de él una suerte de médico de almas, como prueban los trances que pasó con Juana Ibarbourou aliviándola en lo posible de una severa crisis emotiva”[169]. Se añade:

Queda claro, por esta mención, que al poeta y embajador, al oficio de señoras elegantes que fue desde joven el mexicano, no se le había escapado la existencia del psicoanálisis y de la obra de Sigmund Freud, cuya difusión en aquella época se encontraba restringida —al menos en América y España— a ciertos medios especializados[170].

Con la poeta uruguaya Reyes se reconoció en posición de analista. Nunca habló en su obra de la transferencia en el sentido analítico del término, pero vemos que la causaba, y mucho, sobre todo en las damas, y ante ellas sabía que había que prestar oreja para amenguar el sufrimiento que le presentaban. Esto me anima a hipotetizar que lo que Reyes buscaba acercándose a Parres era ubicarse en la posición asimétrica, la posición del analizando. Reyes supo que el motor de la práctica psicoanalítica es el despliegue de la palabra del sujeto. Su búsqueda de Parres no viene en cualquier momento, sino al final de su última cosecha, en esa década en la que su salud se deterioró, la soledad lo embargó y los dolorosos recuerdos de febrero de 1913 lo llamaban[171]. ¿Quería Reyes aliviar su corazón y su soledad hablándole a alguien que supiera escuchar, cosa que supuestamente sabe hacer quien practica el psicoanálisis? Lamentablemente, Parres, tal vez debido a su juventud, no pudo escuchar al sujeto demandante de escucha que se expresaba en Reyes; vio allí sólo al “maestro”, al autor y sabio, a “Alfonso Reyes”. Pareció guiado por una especie de incredulidad de la transferencia de Reyes hacia él, motivada presumiblemente por lo que había dicho en la radio universitaria. Tan fue así que, a la demanda reiterada de Reyes, Parres respondió con la promesa de dedicarle un libro por escribirse. Los libros supliendo la escucha. ¿Qué hubiese ocurrido de haberse colocado Parres como analista ante Reyes? Nunca lo sabremos.

Y sin embargo…

Tal vez resulte antipático para los reyistas el enfoque que le he dado a mi estudio. Que se diga que he hecho aquí con él lo que Freud hizo con Da Vinci. Tal vez muchos psicoanalistas concluyan de lo expuesto que “Reyes no pudo ir más allá del padre”, dado su estilo de escritura y de su paternidad, sus inclinaciones y temáticas preferidas.

En lo personal, de lo primero digo que la verdad me tiene sin cuidado; y de lo segundo, que no estaría tan seguro de ello. Observando los pocos ánimos que le dio su padre en la edad adulta para ser escritor, y dada la herida subjetiva que le causó su acto suicida y que Alfonso no pudo evitar, lo más lógico hubiera sido que dejara en paz la pluma. Sin embargo, esto estuvo lejos de ser así. Reyes escribió un mare magnum. Quien escarba en él encuentra que no sólo existió el Reyes apolíneo, clásico, sino que también existió el Reyes crítico, efusivo. Escribiendo, la vida le fue soportable. Es también cierto que había cosas que más bien necesitaba hablar, hablarle a alguien.

La modernidad espiritual arribó a México en muy gran medida por los trabajos de Reyes. Con su esfuerzo se profesionalizó el trabajo intelectual en el país y dio inicio a una “modernidad que ya no se disculpa con las metrópolis por su condición humildemente periférica”[172]. Reyes nos ubicó en la puerta de entrada de la modernidad, si bien al parecer él prefirió no atravesarla del todo. Siendo así, Reyes es una suerte de Moisés para el nacimiento de la modernidad cultural mexicana. Seguimos, algunos, algunas, dedicándonos a cosechar todo lo que nos legó, incluidas las imposibilidades y los desatinos, que hablan notablemente por aquellos de la historia y del presente de la intelectualidad latinoamericana. Es una pena que en México no se lo lea. Este libro es un intento para contribuir a que se lo haga, y a la vez, un agradecimiento por lo que he aprendido de él, del gran Alfonso Reyes Ochoa. A sesenta años de su fallecimiento.

   

CDMX, junio de 2018-agosto de 2019

(Reelaborado entre julio de 2024 y marzo de 2026)


  1. Cfr. Jorge Luis Borges, “Cómo conocí a Alfonso Reyes”, en James Willis Robb (comp.), Más páginas sobre Alfonso Reyes, volumen III, segunda parte. El Colegio Nacional, México, 1996, p. 825.
  2. En el prólogo a la segunda edición de La interpretación de los sueños, en 1908, Freud dice que la muerte del padre es “el acontecimiento más significativo y la pérdida más terrible en la vida de un hombre”. Asevera también que su libro constituye una “reacción” ante la pérdida de su propio padre, quien había fallecido en 1896. Reyes afirmará que no sólo un libro, sino toda su obra, fue impulsada por la figura de su padre y de su irreparable pérdida ocurrida en febrero de 1913.
  3. A este respecto dice Adolfo Castañón: “Su obra ocupa uno de los centros de nuestro espacio literario; es como una vasta plaza que ordena a su alrededor la geografía, un lugar de convergencia, un punto de referencia en relación con el cual es posible situar todos los puntos que componen la literatura mexicana y aun la literatura hispanoamericana […] Reyes es nuestro Montaigne. […] Reyes es, en cierto modo, el padre de la literatura mexicana”, “El lugar de Reyes en la literatura mexicana”, en Alfonso Reyes: caballero de la voz errante. El Colegio de México-UANL, México, 2016, pp. 387-388. Entonces: Freud, “padre del psicoanálisis”; Reyes, de la literatura moderna mexicana.
  4. Mi proyecto consiste en estudiar las maneras y los momentos en los que Freud y el psicoanálisis aparecen en la obra extensa de Reyes: Obras completas, Diario y epistolarios. Dada la magnitud del proyecto, hasta el momento sólo he podido finalizar lo concerniente a las Obras completas. El trabajo sobre el Diario recién inicia. No obstante, hay desde ya dos hallazgos hechos allí que, dada su relevancia, no puedo no retomar en este trabajo en el que me había impuesto no rebasar el marco de las Obras completas, y que se considerarán más adelante.
  5. Adolfo Castañón, en su obra Alfonso Reyes en una nuez. Índice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos en sus Obras completas, publicada en 2018 por El Colegio Nacional, refiere que Freud aparece mencionado allí treinta y una veces. Castañón no consideró como complemento de ese rastreo “psicoanálisis”. Haberlo hecho hubiese tenido justificación, por el hecho de que Freud insistió en que su vida sólo tenía sentido con relación a su invento. Es decir, “psicoanálisis”, más allá de las variaciones en su significación, invoca siempre el nombre de Freud. “Psicoanálisis” es el otro nombre de Freud, su nombre compuesto. Cuando la búsqueda de “Freud” se complementa con la de “psicoanálisis” en las Obras completas de Reyes, el número dado por Castañón, como mínimo, se duplica. Para conocer de mejor manera la valoración que sostuvo Reyes de Freud, uno no puede exentarse de ubicar también lo que dijo del psicoanálisis. Este trabajo así inició, tiempo antes de la aparición del imprescindible libro de Castañón.
  6. Además de sus comunes referencias culturales, Reyes y Freud comparten habernos legado una voluminosa obra. Las Obras completas del vienés, en edición argentina de Amorrortu, constan de 24 volúmenes. Si a esta edición se añadieran, por ejemplo, sus trabajos sobre la cocaína, serían tal vez 25, casi el mismo número de las Obras completas de Reyes editadas en México por el Fondo de Cultura Económica.
  7. Se dice que al menos 10.000 libros de la colección de Reyes se han perdido con el paso de los años. Imposible saber si dentro de esos 10.000 había libros de Freud y de psicoanálisis. Este dato lo debo al reyista Alejandro Mejía.
  8. Estos son los libros presentados de acuerdo con su fecha de publicación: La psychanalyse (1921), Payot, Paris, traducción de Yves le Lay; Psicopatología de la vida cotidiana (olvidos, equivocaciones, torpezas, supersticiones y errores) (1922), Biblioteca Nueva, Madrid, traducción de Luis López Ballesteros y de Torres; Una teoría sexual y otros ensayos (1922), Biblioteca Nueva, Madrid, traducción de Luis López Ballesteros y de Torres; El chiste y su relación con lo inconsciente (1923), Biblioteca Nueva, Madrid, traducción de Luis López Ballesteros y de Torres; Trois essais sur la théorie de la sexualité (1923), Nouvelle Revue Française, Paris, traducción de B. Reverchon; Psychologie collective et analyse du moi (1924), Payot, Paris, s/t; Freud et la psychanalyse : études et opinions de : Dr. Allendy, Marcel Arland, J.-E. Blanche…, etc. (1924), Le Disque Vert, Paris; Un souvenir d’enfance de Léonard de Vinci (1927), Gallimard, Paris, traducción de Marie Bonaparte; Le mot d’esprit et ses rapports avec l’inconscient (1930), Gallimard, Paris, traducción de Marie Bonaparte y M. Nathan; Délire et rêves : dans un ouvrage littéraire, La ‘Gradiva’ de Jensen (1931), Gallimard, Paris, traducción de Marie Bonaparte; Psicopatología de la vida erótica (1935), Ercilla, Santiago de Chile, s/t; Essais de psychanalyse appliquée (1939), Gallimard, Paris, traducción de Edouard Marty y Marie Bonaparte.
  9. Métamorphoses et symboles de la libido (1927), Montaigne, Paris, s/t; Lo inconsciente en la vida psíquica normal y patológica (1927), Revista de Occidente, Madrid, traducción de Emilio Rodríguez Sadia; Essais de psychologie analytique (1931), Stock, Paris.
  10. Conocimiento del hombre (1931), Espasa Calpe, Madrid, traducción de H. Bark.
  11. The forgotten language: An introduction to the understanding of dreams, fairytales and myths (1951), Rinehart, New York; Ética y psicoanálisis (1953), FCE, México; Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (1956), FCE, México.
  12. Se trata de la versión inglesa: Sigmund Freud, Life and work (1953), 3 vols., The Hogarth Press, London.
  13. Alfonso Reyes, “La dicción en la radio”, en Obras completas, tomo IX. Norte y sur. Los trabajos y los días. História natural das Laranjeiras. FCE, México, 1959, p. 439. Antes de Reyes, en lo que concierne al ámbito mexicano, Salvador Novo había reflexionado, en notable clave psicoanalítica, a propósito del fenómeno de la voz en la radio, esto hacia 1938. Cfr. Viajes y ensayos, FCE, México, 1996, pp. 97-107. Véase también al respecto mi ensayo: “Modernidad y pulsiones según Salvador Novo”, recogido en Gibrán Larrauri Olguín (coord.), Psicoanálisis y capitalismo, Las Lecturas de Sileno-UIA, México, 2016, pp. 93-127.
  14. Alfonso Reyes, “La vida y la obra”, en Obras completas, tomo XIV. La experiencia literaria. Tres puntos de exegética literaria. Páginas adicionales. FCE, México, 1962, p. 254.
  15. En los añadidos que Freud hizo a lo largo de los años a sus Tres ensayos, al parecer el texto que más corrigió en su vida, sólo incluyó una referencia a una obra de esta autora, pero no a la que alude Reyes, sino a Aus dem Seelenleben des Kindes, o sea: De la vida psíquica del niño, de 1913.
  16. Alfonso Reyes, “Prólogo a Antoniorrobles para su libro ¿Se comió el lobo a Caperucita?”, en Obras completas, tomo VIII. Tránsito de Amado Nervo. De viva voz. A lápiz. Tren de ondas. Varia. FCE, México, 1958, p. 97.
  17. Ibidem.
  18. Alfonso Reyes, “Pasión y muerte de Dona Engraçadinha”, en Obras completas, tomo XXIII. Ficciones. FCE, México, 1989, p. 203.
  19. Alfonso Reyes, “Panorama de la religión griega”, en Obras completas, tomo XVIII. Estudios helénicos. FCE, México, 1966, p. 150.
  20. Alfonso Reyes, “Los sueños parados”, en Obras completas, tomo XXII. Marginalia. Las burlas veras. FCE, México, 1989, p. 665.
  21. Ibidem.
  22. Aquí se puede consultar: https://tinyurl.com/3te8ntwz.
  23. Alfonso Reyes, El deslinde. En Obras completas, tomo XV. Apuntes para la teoría literaria. FCE, México, 1963, pp. 71-72.
  24. Ibid., p. 114.
  25. Alfonso Reyes, Diario. 1939-1945. Coordinación, edición e introducción de Javier Garciadiego Dantán, FCE, México, 2018, p. 405.
  26. Ibidem.
  27. Ibid., p. 406.
  28. Como se sabe, esta tardía obra de Freud resultaría de suma importancia para personajes centrales del campo artístico e intelectual mexicano, como lo son Frida Kahlo y Octavio Paz. Ver al respecto la obra de Rubén Gallo: Freud’s Mexico. Into the Wilds of Psychoanalysis, publicado en 2010 por The MIT Press.
  29. Alfonso Reyes, Sirtes. En Obras completas, tomo XXI. Los siete sobre Deva. Ancorajes. Sirtes. Al yunque. A campo traviesa. FCE, México, 1981, p. 174.
  30. Cfr. José Juan Tablada, De Coyoacán a la Quinta Avenida. Una antología general. FCE-UNAM-F, L, M, México, 2007.
  31. Cfr. José Gorostiza, Poesía y prosa. Siglo XXI, México, 2007.
  32. Cfr. Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México. Espasa-Calpe, México, 1934.
  33. Cfr. Sigmund Freud, Obras completas, XIV. Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. Trabajos sobre metapsicología y otras obras. Amorrortu, Buenos Aires, 1979.
  34. Alfonso Reyes, “La teoría de la información”, en Obras completas, tomo XXII. Marginalia. Las Burlas veras. FCE, México, 1989, p. 621.
  35. Véase, por ejemplo, el texto “Sobre Jules Romains”, datado en octubre de 1944 y recogido en Los trabajos y los días.
  36. Cfr. Paulette Patout, Francia en Alfonso Reyes, UANL, Monterrey, México, 1985.
  37. Para el campo literario mexicano de la primera mitad del siglo XX, Jules Romains se erigió en una suerte de introductor del psicoanálisis, pues además de haber sido así para Alfonso Reyes, al parecer también lo fue para Xavier Villaurrutia, quien en su texto “Jules Romains en México”, publicado originalmente en 1942, dice: “Sus ensayos sobre el método psicoanalítico de Sigmund Freud son de una claridad envidiable. Porque la claridad, la fuerza y la salud espirituales son las dimensiones características de un espíritu profundamente francés y profundamente… romano”, en Obras, FCE, México, 2014, p. 726.
  38. Jules Romains, “Aperçu de la psychanalyse”, en La Nouvelle Revue Française, n.° 100, 1.° de enero de 1922, sin paginación. Disponible en excerpts.numilog.com/books/9782071031251.pdf. Todas las traducciones de este texto son de mi autoría.
  39. En 1917, José Ortega y Gasset animó “a su amigo José Ruiz-Castillo, director de la editorial Biblioteca Nueva, a traducir y publicar las obras completas de Freud. El editor acepta y encarga la traducción a López-Ballesteros y de Torres. En 1922 sale a la venta el primer tomo, prologado por Ortega y Gasset. Entre 1922 y 1934 aparecen diecisiete tomos”. En 1922 Reyes se encontraba en Madrid y nada lejos de Ortega y Gasset. Uno pensaría de entrada, dadas estas coordenadas, que Reyes se enteró de la existencia del psicoanálisis por la vía Ortega y Gasset-López-Ballesteros y de Torres. Me ha sorprendido que él diga que no fue así. Para profundizar en la recepción de Freud en España se remite al artículo de Martín Arias y Gallego Gorghini (de donde he tomado la cita) titulado: “Luis López-Ballesteros: primer traductor de las obras completas de Freud al castellano”, aparecido en Panace@, vol. XII, n.° 34. Segundo semestre, 2011.
  40. José Luis Martínez, “La prosa de Alfonso Reyes”, en Literatura mexicana siglo XX. 1910-1949. CONACULTA, México, 2001, p. 282.
  41. José Luis Martínez, “Carta a Alfonso Reyes en sus sesenta años”, en Literatura mexicana siglo XX. 1910-1949. CONACULTA, México, 2001, p. 285.
  42. En la década de los veinte del siglo pasado aparecen cuatro de las referencias al psicoanálisis más tempranas en Reyes. Una lo hace en Los siete sobre Deva (1923-1929) dentro del apartado “La Ley de Constancia Vital”, donde Reyes escribió: “La teoría de los deseos reprimidos, de Freud, resulta típicamente septentrional” (O. C., XXI, p. 30). En 1926, en “Ausente en París” y aludiendo al albor del siglo XIX mexicano, Reyes dice: “Pero sobrevino la Independencia, que los teólogos llaman pecado original, y los psicoanalistas, traumatismo del nacimiento. En suma, coscorrón que despabila y ahuyenta el sueño de la infancia” (O. C., XXIII, p. 276). En 1929 aparecen las dos alusiones restantes: una abriendo el texto “D’Annunzio a vuelo de avión”: “Las furias que velan por el respeto de la actualidad exigen hoy un sacrificio. Y me entrego, tan cándidamente como debe hacerlo el sujeto de la psicoanálisis [sic]” (O. C., XXIII, p. 360). La otra aparece en De viva voz, dentro de una carta a Alfredo A. Bianchi, fundador de la revista argentina Nosotros. La carta fue titulada “El secreto dolor de Groussac”. En ella Reyes alude al posible “complejo de nostalgia” que pudo haber existido en el pensador francés a raíz de su desarraigo de su país natal para vivir en la Argentina, y dice al respecto: “Los freudianos de hoy dirían que ese ‘traumatismo’ de la adolescencia explica, en Groussac, aquella acritud de censor insobornable que, ciertamente, es una de las más peculiares gracias de su pluma” (O. C., VIII, p. 58). Estas veinteañeras referencias al psicoanálisis ya dejan entrever la valoración de Reyes sobre la materia: el psicoanálisis como elemento del discurso de la moda, francesa, por supuesto: “la psychanalyse”: “la psicoanálisis”; discurso también “psicopatologizante” de lo que simplemente es vivir y que, en suma, exige la entrega “cándida” de su consultante.
  43. Artemidoro Daldiano es un autor varias veces citado por Freud en Die Traumdeutung. Por ejemplo, en una nota agregada a su texto en 1914 escribió: “Artemidoro Daldiano, probablemente nacido a comienzos del segundo siglo de nuestra era, nos ha legado el estudio más completo y cuidadoso de la interpretación de sueños tal como se la practicaba en el mundo grecorromano”, en Sigmund Freud, Obras completas, IV. La interpretación de los sueños (primera parte). Amorrortu, Buenos Aires, 1991, p. 120.
  44. Cfr. Alfonso Reyes, “Quintiliano o la teoría de la educación liberal”, en Obras completas, tomo XIII. La crítica en la edad ateniense. La antigua retórica. FCE, México, 1961, p. 549.
  45. Cfr. Alfonso Reyes, “Epicúreos”, en Obras completas, tomo XX. Rescoldo de Grecia. La filosofía helenística. Libros y libreros de la antigüedad. Andrenio: perfiles del hombre. Cartilla moral. FCE, México, 1979, p. 271.
  46. Cfr. Alfonso Reyes, Dante y la ciencia de su época, en Obras completas, tomo XXV. Culto a Mallarmé. El “Polifemo sin lágrimas”. Memorias de cocina y bodega. Resumen de la literatura mexicana (siglos XVI-XIX). Los nuevos caminos de la lingüística. Nuestra lengua. Dante y la ciencia de su época. FCE, México, 1991, p. 472.
  47. Cfr. Alfonso Reyes, Briznas, en Obras completas, tomo XXIII. Ficciones. FCE, México, 1989, p. 443.
  48. Cfr. Alfonso Reyes, Rumbo a Goethe, en Obras completas, tomo XXVI. Vida de Goethe. Rumbo a Goethe. Trayectoria de Goethe. Escolios goethianos. Teoría de la sanción. FCE, México, 1993, p. 121.
  49. Alfonso Reyes, “Los tres tesoros”, en Obras completas, tomo XXIII. Ficciones. FCE, México, 1989, p. 532.
  50. José Luis Martínez, “Los ciclos en la obra de Alfonso Reyes”, en James Willis Robb (comp.), Más páginas sobre Alfonso Reyes, volumen III, primera parte. El Colegio Nacional, México, 1996, p. 307.
  51. Alfonso Reyes, “Un precursor teórico de la aviación en el siglo XVII”, en Obras completas, tomo VI. Capítulos de literatura española. De un autor censurado en el Quijote. Páginas adicionales. FCE, México, 1957, pp. 288-289.
  52. En un principio conjeturé que el Carlos al que aquí remite Reyes era Carlos Pellicer. Esto no es así, pues en el libro que recoge la correspondencia entre ambos no aparece ninguna carta de Reyes a Pellicer fechada en 1938. No obstante, es posible que esa carta esté extraviada.
  53. Alfonso Reyes, “El Samurái”, en Obras completas, tomo XXIII. Ficciones. FCE, México, 1989, p. 46.
  54. Al momento existen alrededor de 60 epistolarios de Reyes con diversas personalidades.
  55. Recordar la trascendencia, para la invención del psicoanálisis, del intercambio epistolar de Freud con el berlinés Wilhelm Fliess.
  56. Unterbewusste es en realidad la palabra alemana que se podría traducir por “subconsciencia”, palabra no utilizada por Freud.
  57. Alfonso Reyes, “Elio Arístides o el verdugo de sí mismo”, en Obras completas, tomo XVII. Los héroes. Junta de Sombras. FCE, México, 1965, pp. 456-457.
  58. Sigmund Freud, Obras completas, IV. La interpretación de los sueños (primera parte). Amorrortu, Buenos Aires, 1991, p. 59.
  59. Alfonso Reyes, “Etapas de la creación”, en Obras completas, tomo XXI. Los siete sobre Deva. Ancorajes. Sirtes. Al Yunque. A campo traviesa. FCE, México, 1963, pp. 280, 281-282.
  60. Ibid., 282.
  61. Imprecisión que es un lugar común entre los escritores e intelectuales mexicanos de la primera mitad del siglo XX. Tal es el caso por ejemplo de Torres Bodet, Salvador Novo y José Gorostiza.
  62. Cfr. Michel Foucault, La hermenéutica del sujeto. Curso del Collège de France (1982). Akal, Madrid, 2005.
  63. Cfr. Jean Allouch, El psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual? Respuesta a Michel Foucault. El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2007.
  64. Alfonso Reyes, “Antonio duerme”, en Obras completas, tomo XXIII. Ficciones, FCE, México, 1989, p. 244.
  65. Ibidem.
  66. Hugo Hiriart, El arte de perdurar. Almadía, México, 2010, p. 110.
  67. En la contraesquina de esta posición está la de un Theodor Adorno para quien “en el psicoanálisis nada es tan verdadero como sus exageraciones”, en Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Akal, Madrid, 2013, p. 29.
  68. Alfonso Reyes, “Lope y Pavlov”, en Obras completas, tomo XXII. Marginalia. Las burlas veras, FCE. México, 1989, p. 631.
  69. Como se sabe, en la obra de Freud también existe un texto sobre los famosos sueños de Descartes, los cuales en buena medida son parte de la irrupción del pensamiento moderno. El texto se llama “Carta a M. Leroy sobre un sueño de Descartes”, fue escrito en 1929 y se recoge en el tomo XXI de sus Obras completas editadas por Amorrortu.
  70. Alfonso Reyes, “Breve apunte sobre los sueños de Descartes”, en Obras completas, tomo XII. Grata compañía. Pasado inmediato. Letras de la Nueva España. FCE, México, 1960, p. 96.
  71. El cine constituye la gran excepción en Reyes de su constante resistencia contra la modernidad, lo cual no es un dato menor. De hecho, Reyes, junto a Martín Luis Guzmán, son los iniciadores de la crítica cinematográfica en Hispanoamérica, ni más ni menos. Desde muy temprano en el siglo XX, y estando en España, Reyes y el novelista de la Revolución mexicana se dan a la tarea de criticar y reflexionar sobre diversas propuestas cinematográficas, y en torno a los cambios que esta técnica produce en la sensibilidad. Al respecto pueden consultarse: Fósforo, crónicas cinematográficas (CONACULTA-IMCINE, México, 2000) con un sugerente prólogo de Héctor Perea; El cine que vio Fósforo, obra a cargo de Manuel González Casanova (FCE, México, 2003); y el tomo VIII de las Obras completas de Reyes, en donde aparecen textos como “México en el cine: la obra de Eisenstein, perdida”, “Nota sobre el cine”, “Un drama para el cine”, “La escultura de lo fluido” y “Apéndice al artículo ‘Un drama para el cine’”. En este punto me parece que Reyes, tal vez, se muestra más moderno que Freud, pues este último no fue precisamente un entusiasta del cine. Sus razones tenía.
  72. Alfonso Reyes, “Aristóteles o de la fenomenología literaria”, en Obras completas, tomo XIII. La crítica en la edad ateniense. La antigua retórica. FCE, México, 1961, p. 295.
  73. Alfonso Reyes, Los trabajos y los días, en Obras completas, tomo IX. Norte y sur. Los trabajos y los días. História natural das Laranjeiras. FCE, México, 1959, p. 289.
  74. Alfonso Reyes, “Voltaire desengañado”, en Obras completas, tomo XXII. Marginalia. Las burlas veras. FCE, México, 1989, p. 577.
  75. Alfonso Reyes, “Extremos críticos”, en Obras completas, tomo XXII. Marginalia. Las burlas veras. FCE, México, 1989, p. 452.
  76. Ibid., p. 453.
  77. Cfr. Juan Capetillo, La emergencia del psicoanálisis en México. Universidad Veracruzana, México, 2012; José Velasco, Génesis de la institución psicoanalítica en México. UAM-X-Círculo Psicoanalítico Mexicano, México, 2014.
  78. Revísese al respecto el trabajo de Frédéric Rouvillois Historia del esnobismo.
  79. Reyes se ocupó bastante del problema de la identidad mexicana después de la Revolución. Sus ideas al respecto fueron tan amplias que resulta difícil aquí hacer la síntesis. No obstante, véase al respecto: La X en la frente. UNAM, México, 1993.
  80. Alfonso Reyes, “El medio áureo”, en Obras completas, tomo XXII. Marginalia. Las burlas veras. FCE, México, 1989, p. 273.
  81. Primer libro publicado por Alfonso Reyes y que, evidentemente, ha inspirado el título de este ensayo.
  82. En La terquedad de la esperanza. Cuatro cuadros circundantes a un libro revolucionario. UANL, México, 2015, p. 47.
  83. Theodor W. Adorno, Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Akal, Madrid, 2013, p. 226.
  84. Michel Foucault, “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la ilustración?”, en Revista Colombiana de Psicología, 1986, pp. 12-13.
  85. Alfonso Reyes, “La censura floja”, en Obras completas, tomo XXII. Marginalia. Las burlas veras. FCE, México, 1989, p. 669.
  86. Ibidem.
  87. Ibidem.
  88. Ibidem.
  89. En carta fechada el 10 de enero de 1975, Paz le dice a Segovia: “Me entristece de veras saber que todavía caminas por los corredores de la traducción. Entre los tibetanos hay un cielo y un infierno para los traductores. Tú te irás al primero. Aunque no estoy tan seguro: muy bien traducir a Baudelaire, Rimbaud, Ungaretti; menos bien a Lévi-Strauss o a Jakobson; muy mal a Lacan (¿por qué y para qué?) […] Sacúdete esos terminachos que se te han pegado durante estos años de mauvaises fréquentations linguistiques et lacanniennes”, en Octavio Paz, Cartas a Tomás Segovia (1957-1985). FCE, México, 2008, pp. 172-173.
  90. Véase por ejemplo esta conferencia de Christopher Domínguez Michael, miembro de El Colegio Nacional de México, dictada en enero de 2024: https://www.youtube.com/watch?v=bdZbM6XfYGs.
  91. Artemio Benavides Hinojosa, Bernardo Reyes. Un liberal porfirista. Tusquets, México, 2009, p. 275.
  92. Ibidem.
  93. Ibid., p. 281.
  94. Ibid., p. 282.
  95. Ibid., p. 285.
  96. Ibid., p. 287.
  97. Ibid., p. 290.
  98. Ibid., p. 292.
  99. Ibid., pp. 292-293.
  100. Ibid., p. 293.
  101. Ibid., p. 297.
  102. Ibid., p. 299.
  103. Ibid., p. 305.
  104. Ibid., p. 302.
  105. Ibid., pp. 306-307.
  106. En abril de 1912, el poeta nicaragüense compararía la personalidad de Reyes con la del personaje de Shakespeare llamado “Coriolanus”. Véase al respecto: “Shakespeare en la política hispanoamericana” por Rubén Darío, en Adolfo Castañón, Alfonso Reyes: caballero de la voz errante. El Colegio de México, México, 2016, pp. 47-50.
  107. Artemio Benavides Hinojosa, Bernardo Reyes. Un liberal porfirista…, p. 315.
  108. Ibid., p. 317.
  109. Ibid., p. 325.
  110. Ibid., p. 326.
  111. Ibid., p. 328.
  112. Ibid., pp. 328-329.
  113. Ibid., p. 331.
  114. Ibid., pp. 334-336.
  115. Ibid., p. 336.
  116. Ibid., pp. 337-338.
  117. Ibid., p. 339.
  118. Ibid., pp. 339-340.
  119. Ibid., p. 342.
  120. Alfonso Reyes, Oración del 9 de febrero. ERA, México, 2013, p. 21.
  121. Ibid., p. 12.
  122. Ibid., p. 23.
  123. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, Correspondencia I, 1907-1914. FCE, México, 1986, p. 50.
  124. Ibid., p. 66.
  125. Susana Quintanilla, “Nosotros”. La juventud del Ateneo de México. De Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes a José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán. Tusquets, México, 2008, p. 81.
  126. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, Correspondencia I, 1907-1914…, pp. 66-67.
  127. Ibid., p. 169.
  128. Alfonso Reyes, “Días aciagos”, en Obras completas, tomo XXIV. Memorias. FCE, México, 1990, pp. 40, 42.
  129. Ibid., p. 42.
  130. Ibid., p. 43.
  131. Alfonso Reyes, Oración del 9 de febrero…, p. 6.
  132. Ibid., p. 15.
  133. Ibid., p. 21.
  134. Ibid., p. 18.
  135. Rogelio Arenas Monreal, Alfonso Reyes y los hados de febrero. UNAM-UABJ, México, 2004, p. 16.
  136. Ibid., p. 17.
  137. Citado en Rogelio Arenas Monreal, Alfonso Reyes y los hados de febrero…, p. 17.
  138. Ibid., p. 18.
  139. Alfonso Reyes, Oración del 9 de febrero…, p. 6.
  140. En Obras completas III, Generaciones y semblanzas. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. FCE, México, 2014, pp. 212, 216.
  141. Ibid., p. 217.
  142. Alfonso Reyes, Oración del 9 de febrero…, p. 4.
  143. Domínguez Michael entiende por clasicismo “la forma de expresión que resulta de la crisis de los valores estéticos y políticos impuestos por una revolución”. Para el caso se trata evidentemente de la Revolución mexicana.
  144. Christopher Domínguez Michael, Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V. ERA, México, 1997, p. 435.
  145. Ibid., pp. 434-435.
  146. Carta de T. Adorno a W. Benjamin, 7 de noviembre de 1936, en Theodor W. Adorno & Walter Benjamin, Correspondencia, 1928-1940. Trotta, Madrid, 1998, p. 162.
  147. Alfonso Reyes, Obras completas X. Constancia poética. FCE, México, 1996, pp. 313, 354, 359, cursivas mías.
  148. Adolfo Castañón, “Freud: a cien años de Tótem y tabú” (reseña), en Revista Latinoamericana de psicopatología fundamental, 17 (3), septiembre de 2014, São Paulo, Brasil, p. 560.
  149. Alfonso Reyes, Oración del 9 de febrero…, pp. 6-7.
  150. Adolfo Castañón, “Freud: a cien años de Tótem y tabú” (reseña)…, p. 560. Por supuesto, con la referencia al “laberinto” por parte de Castañón, se nos remite a la imprescindible obra de Octavio Paz sobre la mexicaneidad: El laberinto de la soledad, publicada en 1950.
  151. Juan Esteban Plaza Parrochia, “Padres e hijos: el trabajo formativo en el joven Reyes [1908-1913]”, en Alberto Enríquez Perea y Conrado J. Arranz, Visión de Alfonso Reyes. UAQ, México, 2017, p. 315.
  152. Este escrito es concebido por Domínguez Michael como posible “pórtico” para entrar a la magna obra de Reyes. Si esto es así, y viniendo de este crítico literario, se podría afirmar que Oración del 9 de febrero es una de las más modernas obras del regiomontano. No es casualidad que en este texto la temática central sea el eclipse del padre.
  153. Cfr. Alfonso Reyes, “Ifigenia cruel”, en Obras completas, tomo X. Constancia poética. FCE, México, 1959.
  154. Cfr. Alfonso Reyes, “Parentalia”, en Obras completas, tomo XXIV. Memorias. FCE, México, 1990, p. 27.
  155. Hugo Hiriart, El arte de perdurar. Almadía, México, 2010, p. 52.
  156. Ibid., p. 36.
  157. Ibid., p. 73.
  158. Alfonso Reyes, “Teoría del sable”, en Obras completas, tomo XXIV. Memorias. FCE, México, 1990, p. 600.
  159. Ibidem.
  160. Alfonso Reyes, Oración del 9 de febrero…, p. 7.
  161. Alfonso Reyes, “† 9 de febrero de 1913”, en Obras completas, tomo X. Constancia poética. FCE, México, 1996, pp. 146-147. El poema fue escrito en Río de Janeiro el 24 de diciembre de 1932.
  162. Debo este dato a Juan Capetillo, a quien agradezco profundamente.
  163. Ramón Parres en Marco Antonio Dupont, Los fundadores, Asociación Psicoanalítica Mexicana, México, 1997, pp. 54-55.
  164. Cfr. Yuliana Montserrat Medina-López et al., “La medicina y las enfermedades de Alfonso Reyes”, en Medicina Universitaria, 11 (43), 2009, UANL.
  165. Anthony Stanton en Correspondencia Alfonso Reyes-Octavio Paz (1939-1959). Fundación Octavio Paz-FCE, México, 1998, p. 237.
  166. Carta de A. Reyes a O. Paz, 28 de agosto de 1959, en Correspondencia Alfonso Reyes-Octavio Paz (1939-1959). Fundación Octavio Paz-FCE, México, 1998, p. 236.
  167. Este dato lo debo a la amabilidad de mi amigo Alfredo Valencia.
  168. Alfonso Reyes, Diario. 1927-1930. Coordinación, edición e introducción de Adolfo Castañón. FCE, México, 2010, pp. 96-97.
  169. Ibid., p. XXXII.
  170. Ibid., pp. XXXII-XXXIII.
  171. En realidad, Reyes estuvo permanentemente poseído por un afán de darle sentido a la muerte de su padre. En este tenor es muy revelador que, estando en Buenos Aires, en el inicio de la década de los treinta, Reyes fuera asiduo de la consulta de espiritistas. Adolfo Castañón escribe al respecto: “Reyes […] acudiría al gabinete […] de Irma Maggi, para pedirle que le dijera qué veía tocando el sombrero de cacería que el general Reyes traía puesto aquel día fúnebre y que Alfonso supo cargar con sus prendas más personales a lo largo de más de 25 años de errancia que duró su odisea personal y diplomática”, en Alfonso Reyes: caballero de la voz errante. El Colegio de México, México, 2016, p. 47. Por lo demás, acá se puede ubicar otro posible rasgo semejante entre Alfonso Reyes y Sigmund Freud. Es sabido que este último también fue un curioso del ocultismo.
  172. Carlos Monsiváis, Las tradiciones de la imagen. Tecnológico de Monterrey, Cátedra Alfonso Reyes-FCE, México, 2001, p. 42.


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