Origen y derivas de la Cartilla moral de Alfonso Reyes
El 14 de septiembre de 1944, José Luis Martínez, “curador de las letras mexicanas” y en ese entonces secretario particular de Jaime Torres Bodet, quien estaba al frente de la Secretaría de Educación Pública (SEP), le escribe la siguiente carta a Alfonso Reyes:
Mi estimado Maestro y amigo:
Voy a pedirle a usted con esta carta una tarea que posiblemente le parezca ardua, y que sin duda lo es. Como usted sabe, la Secretaría de Educación editará, destinada a usarse en la Campaña Nacional contra el Analfabetismo, diez millones de cartillas para enseñar a leer. Está ya preparada, casi en su totalidad, esa cartilla, después de innumerables revisiones por toda clase de especialistas. Pero es el caso que hemos recibido una carta en donde se nos hace una sugestión que consideramos atinada y digna de atenderse. El párrafo en cuestión dice así:
“Sin embargo, mi inquietud espiritual, mis ideales de progreso nacional, me llevan a proponer a usted que en las cartillas de instrucciones que se han de entregar a quienes nos toque enseñar, se incluya la enseñanza, el consejo de un mínimo de principios morales que ayuden a cambiar la forma primaria de vida de nuestras clases bajas, construyendo, así, los cimientos de una nación moderna, espiritual, moral y materialmente rica”.
Ahora bien: puestos a pensar el señor Torres Bodet y yo quién nos podría formular dichas lecciones, concluimos que nadie mejor que usted, y por ello ahora me permito muy atentamente solicitárselas, en nombre del Secretario de Educación, de la cultura nacional y del espíritu de los analfabetos que dejarán de serlo.
Las lecciones más adelantadas que aparecen en esa cartilla son muy breves, menos de una cuartilla a doble espacio y están formadas por frases simples y breves.
¿Quiere usted, pues, formularnos este trabajo?
Ya sabe cuánto se lo agradeceremos y qué verdaderamente necesitamos que sea usted el autor de ellas.
Lo saluda muy cordialmente su amigo que lo quiere,
José Luis Martínez[1]
Según datos recogidos por Rodrigo Martínez Baracs y María Guadalupe Ramírez Delira, compiladores de la correspondencia entre Alfonso Reyes y José Luis Martínez (1942-1959): “El censo de México de 1940 había establecido que de los 19.6 millones de habitantes mayores a seis años el 47.8 % era analfabeto”[2]. Dadas estas circunstancias, “el 21 de agosto de 1944 el presidente Manuel Ávila Camacho promulgó la Ley de Emergencia por medio de la cual se estableció la Campaña Nacional contra el Analfabetismo”[3]. De acuerdo con Torres Bodet:
[…] la ley determinó que, sin distinción de sexo u ocupación, todo mexicano —mayor de 18 y menor de 60 años— residente en territorio nacional, que supiera leer y escribir el español y no se encontrara incapacitado, tendría la obligación de enseñar a leer y escribir cuando menos a otro habitante de la república, analfabeto, mayor de 6 y menor de 40 años, que no estuviera incapacitado o inscrito en alguna escuela[4].
El exsecretario de Educación Pública dejó también amplio testimonio del contexto nacional y mundial que determinaba la campaña contra el analfabetismo:
Durante el mes de agosto de 1944, una de mis ocupaciones fundamentales fue organizar el lanzamiento de un barco, de casco inmenso y motor casi imperceptible: La Campaña Nacional contra el Analfabetismo […] Un país en estado de guerra no podía limitarse a coordinar determinadas medidas militares y acrecer su esfuerzo agrícola e industrial a fin de ayudar mejor al aprovisionamiento de sus aliados. El factor más profundo de la resistencia de un pueblo en lucha es la preparación intelectual y moral de sus habitantes. Esa preparación exige, como premisa, una educación al alcance de todos. Ahora bien, en una tierra en que únicamente la mitad de la población sabía leer y escribir, y donde las necesidades de instrucción rebasan de manera innegable los cauces de los sistemas educativos que los ingresos públicos autorizan, quienes disfrutaban del privilegio de haber ido a la escuela debían auxiliar al Estado en la tarea de salvar a la otra mitad de sus compatriotas, protegiéndola de los riesgos que implica la privación de los más elementales recursos de conocimiento y acción social[5].
De manera que la Campaña Nacional contra el Analfabetismo, además de la creación de un silabario de amplísimo tiraje, comprendía también la organización de brigadas educativas que, en un contexto de conflicto bélico mundial, se erigían como verdadero ejército para la salvación de la unidad nacional comandada desde el Estado. La letra, pues, no era sólo concebida como vacuna contra la ignorancia, sino también, y sobre todo, como alimento para la fortaleza del espíritu, personal y patrio. En este sentido, es significativo que, según el exsecretario, en la Cartilla alfabética figurara la frase “Estamos en guerra”. Por supuesto, esta frase aludía “a la guerra en la que se vio envuelto nuestro país por la voluntad del dominio del Eje nazifascista”[6], pero, por contigüidad, expresaba también la otra guerra doméstica que se emprendía contra el atraso en lengua castellana.
No se sabe con certeza quién fue aquel que, poseído por sus “ideales de progreso nacional”, sugirió a Torres Bodet y a Martínez la inclusión de unas lecciones morales en el silabario. Puede hipotetizarse que fue el mismo Torres Bodet quien vio la necesidad de tal agregado. Esta conjetura se fundamenta en las declaraciones que, pasado el tiempo, diera el exsecretario al respecto de las causas y derivas de la campaña alfabética de la que estuvo al frente. Conforme la campaña fue desarrollándose, Torres Bodet comprobaba lo titánico de la empresa, lo cual implicaba asumir que no sólo se estaba intentando dar instrucción alfabética, sino que era necesario también socorrer moral y anímicamente a los educandos:
Las antesalas de mi oficina se poblaron con visitantes menos ilustres. Eran modestos presidentes municipales, que no sabían cómo encauzar las gestiones de sus administradores […] Eran médicos de provincia […] Eran obreros y agricultores, muchos de ellos analfabetos […] Eran también mujeres, de distintas clases sociales, inmunes al virus del cinematógrafo vespertino; madres y esposas que se habían reunido para sostener un centro en la casa de la menos mal instalada de sus amigas […] Y eran, sobre todo, maestros; muchos maestros: maestros y maestras viejos y enfermos, algunos ya desterrados del paraíso de las escuelas […] Sentía como si México entero estuviera pasando por esa puerta. Y el más oscuro de aquellos seres tenía, a mis ojos, la dignidad de un delegado sin credenciales de la sagrada y terrible miseria humana[7].
Torres Bodet reflexionaba entonces: “Para ellos, para sus compañeros, para sus hijos, íbamos a editar por millones, una cartilla”[8]. Conmovido ante el escenario, se preguntaba: “¿Qué mensaje podríamos transmitirles en esas páginas, dedicadas principalmente a ejercicios sencillos, de identificación de letras, formación de sílabas, integración de palabras cortas en frases breves e inteligibles?”[9]. Entonces se puso añorante y envidioso:
Pensé en los misioneros de los primeros tiempos de la Colonia. Y los envidié. Como complemento de los abecedarios que utilizaban, ellos tenían los Evangelios. Para ellos, Dios estaba presente en la más sórdida de las chozas donde enseñaban a los indígenas, al mismo tiempo que la lengua española, la piedad y la fe en Cristo…
Tampoco nosotros estábamos despojados de símbolos y de augurios. La bondad, el valor, la voluntad de progreso, la confianza en la libertad, el amor a la patria y solidaridad con todo el género humano son fuerzas laicas, insobornables. A menudo, esas fuerzas resultan difíciles de explicar, porque exigen no sólo la adhesión del carácter sino la persuasión de la inteligencia. Sin embargo, con la savia de aquellas fuerzas tendríamos que nutrir el mensaje moral de nuestra cartilla. ¿Cómo hacerlo entender a sus redactores?[10]
A partir de esta cita se hace manifiesto que la campaña alfabetizadora lanzada por el Estado mexicano se reconocía también como campaña ideológica laica y humanista, cuya genealogía, sin embargo, estaba en buena medida anclada en la Colonia. Alfonso Reyes sería el encargado de redactar los axiomas necesarios para “nutrir el mensaje moral” de tal cartilla.
Es significativo que Torres Bodet y Martínez hayan juzgado que no había nadie mejor que Reyes para hacerse cargo de la tarea, pues ésta parecía de entrada más pertinente para alguien que tuviera a la filosofía como ocupación fundamental, caso que no era precisamente el del regiomontano[11]. Es posible que su decisión se haya visto motivada en parte por los amplios conocimientos de Reyes del mundo griego, pero tal vez sobre todo porque se partía del presupuesto de que escribiría acorde con el ideario oficial[12]. En este tenor, cabe subrayar que Reyes, en ese momento director de El Colegio de México, venía siendo colaborador de las políticas internas y externas del gobierno de Ávila Camacho. Martínez Carrizales refiere que
Apenas nombrado subsecretario de Relaciones Exteriores por el presidente Manuel Ávila Camacho, Jaime Torres Bodet invirtió buena parte de sus recursos intelectuales y de su crédito público en el cumplimiento de una de las prioridades del gobierno recién llegado a la sazón a Palacio Nacional: el entendimiento con los Estados Unidos. […] El tema con los Estados Unidos era parte de un horizonte también constituido por cuestiones no menos sensibles para los intereses del Estado: la política interna de Unidad Nacional y la promulgación de un sistema de convivencia panamericana en el cual México adquiriese de una vez por todas la mayoría de los bonos latinoamericanos frente a la poderosa nación del norte del hemisferio[13].
Para el cumplimiento de estos objetivos, “Torres Bodet llamaría a Alfonso Reyes, el árbitro de la cultura mexicana”[14], quien colaboraría “con su prestigio y su experiencia técnica en la formulación del sustento intelectual de las iniciativas panamericanas”, las cuales “prestarían una valiosa cobertura material a los Estados Unidos, para entonces ya involucrado efectivamente en la guerra”. Así, el trabajo de Reyes pondría “en movimiento tópicos como la comunidad y la solidaridad radical entre los pueblos depositarios de la civilización occidental, la democracia republicana, la libertad…”[15], y esto bajo una norma “clásica”, “cuyo reflejo puede advertirse en la Grecia a la cual tanto se aficionó, y en la Roma cuyos hábitos culturales eran una manera natural de ser, el modo más sosegado de la respiración del poeta y del hombre de letras que fue Alfonso Reyes”[16].
Malestar editorial reyista
Una vez leída la misiva de Martínez, fechada el 14 de septiembre de 1944, Reyes redactó a mano y al margen de ella lo siguiente: “Le devolví su texto muy censurado. Estaba imposible, lleno de errores y descuidos. Le acompañé mis lecciones morales en dos textos: uno más breve que otro. AR 20 de sept. 1944”[17]. Entonces, entre el 15 y el 20 de septiembre de 1944, Reyes escribió sus lecciones morales y pudo revisar detenidamente diseño y contenido general del prototipo de la Cartilla alfabética, la que según Martínez ya había sido revisada innumerables veces “por toda clase de especialistas”. En efecto, Martínez Baracs y Ramírez Delira remiten que
AR recibió por medio de JLM la encomienda de Torres Bodet el viernes 15 de septiembre, y escribió una primera versión de la Cartilla moral el sábado y el domingo, cuando le enseñó su trabajo a JLM, quien le pidió una versión abreviada en dos o tres lecciones muy cortas. El martes 19 por la noche JLM le mandó a AR el último borrador de la Cartilla para enseñar a leer dentro de la cual se insertarían las lecciones sobre moral de AR. Pero al revisar esta Cartilla, AR le encontró errores y descuidos muy grandes, que le precisó en una carta a JLM del miércoles 20 de septiembre, y le sugirió no incluir la versión breve de su Cartilla moral en la Cartilla para aprender a leer y publicar en cambio la versión amplia, por separado[18].
Es llamativo, y sospecho que no es mera coincidencia, que Reyes haya recibido la carta invitación de Martínez para redactar unas lecciones morales que, como se pudo leer, ayudarían “a cambiar la forma primaria de vida de nuestras clases bajas, construyendo, así, los cimientos de una nación moderna, espiritual, moral y materialmente rica”, un 15 de septiembre, día que en México se conmemora el inicio de su independencia. Recuérdese en suma que en 1944 la patria estaba en guerra y urgida de solidaridad nacional.
Han sido varios los proyectos estatales mexicanos lanzados alrededor de esa celebración, siempre acompañados de la intención de poner en el adecuado “tono moderno” al país o bien de fortalecer su integridad. Esos proyectos han ido desde la inauguración de un manicomio, la redacción de un magnífico poema patrio[19], hasta la erección de una Estela de Luz y un Coloso. En este sentido, lo que Reyes escribió parte de una encomienda estatal reformista, dirigida especialmente a las clases más empobrecidas educativa y materialmente.
Recapitulando, tenemos que el 19 de septiembre —otra fecha que a la postre será memorable para los mexicanos por telúricas razones[20]— Reyes recibió el borrador de la Cartilla alfabética de parte de Martínez, quien le había escrito:
[…] le envío nuestro único y precioso ejemplar de la cartilla que se empleará en la Campaña Nacional Contra el Analfabetismo […] Como es nuestro único ejemplar de la cartilla y queremos cuidarlo mucho, le agradecería que, cuando hubiera concluido la revisión que le solicito, me lo comunicara, para enviarle un mensajero de esta Secretaría para que lo recoja[21].
A Reyes, como se hizo manifiesto, no le pareció tan “precioso” el ejemplar. El 20 de septiembre, siempre de 1944, le escribe una carta a su amigo en la que sin reservas le da su dictamen:
Caro José Luis: Leí cuidadosamente, y creí responder a su confianza corrigiendo lealmente cuanto me pareció merecerlo. Hice correcciones sobre el ejemplar, ya que Ud. me dice que es único, lo que, en el caso, significa: borrador.
Hay tal expectación en torno a la campaña alfabética, que hubiera sido deseable que esta cartilla superara de veras a los silabarios y cartillas de uso inmemorial. Realmente, para el fin técnico de enseñar a leer, no los supera. Su única novedad está en las nuevas alusiones históricas.
No creo que en cosa tan eterna deban citarse palabras de una persona tan transitoria como lo es un Presidente. Mejor sería buscar algún clásico de las letras mexicanas. En este punto se desliza una intención de cultura moral, no desdeñable.
Realmente, noté bastantes descuidos, tanto en puntuación y acentuación como en la redacción misma.
En las instrucciones sobre puntuación, para el preceptor faltan los :, el () y las “”, y la cursiva. En el alfabeto dibujado, faltan las letras [sic] Uu.- En el a máquina falta la letra Z.
El que no se acentúen las mayúsculas en las cosas que ahora imprimimos es consecuencia de que los tipos de imprenta se compran en los Estados Unidos, donde no se usan acentos, por la lengua inglesa. Pero, en español, hay que enseñar a acentuar las mayúsculas.
Le ruego que pase Ud. por el texto de las instrucciones previas y de la cartilla y vea todas mis indicaciones.
Y no se disguste conmigo. He deseado servirlo de veras, y no meramente quitarme de encima el encargo.
Ignoro las razones cabalísticas por las cuales se enseñan hoy las vocales en el orden (o desorden): I U E O A.
Pero juzgo indispensable acostumbrar al alumno a enunciarlas, cuando las haya aprendido en el orden que sea, en la serie: A E I O U, que le será indispensable para usar el diccionario y para todos usos prácticos de la vida.
He redactado mis lecciones morales en dos formas: la una extensa y la otra breve. Aunque lo hice con amor, ahora temo que no sirva ninguna de mis dos versiones. Yo creí que había que compenetrarse de que el analfabeto es adulto y no es deficiente mental. Dirigí mis lecciones morales a un tipo humano que no sé si es el mismo considerado por la cartilla que le devuelvo.
Obre con libertad. Pero, si puede, vea de aprovechar en alguna forma mis lecciones, de preferencia el texto extenso. Claro: siempre que le parezcan útiles.
Suyísimo
Alfonso Reyes[22]
Martínez Baracs y Ramírez Delira señalan a este respecto que “JLM debió de pasar una vergüenza enorme al recibir esta carta de AR. Parece haber sucedido que JLM no tuvo el cuidado de revisar la Cartilla para aprender a leer”[23], lo cual contrasta con que haya calificado de “precioso” su prototipo. Conjeturo que Torres Bodet tampoco la había revisado como ameritaba. Las críticas de Reyes cuestionaban de manera seria el rigor del grupo de especialistas encargados de concebirla. El mismo 20 de septiembre Reyes escribió en su diario:
No duermo pensando en los errores de la Cartilla alfabética. Muy de mañana, voy a despertar a José Luis Martínez, a quien comunico mi inquietud por lo mal que está ese proyecto. Yo ando con los nervios de punta. Me siento nerviosísimo. Poco después, José Luis pasa por el Colegio y me recoge mi Cartilla moral y las dos lecciones resumidas. ¡A ver si les sirven de algo![24].
Es evidente que Reyes se tomó muy en serio el encargo. De inmediato se puso manos a la obra y afirmó haberlo hecho con amor. En función de esa importancia es que los defectos del manual alfabético lo alteraron al grado de quitarle el sueño y ponerlo “nerviosísimo”. Tómese en cuenta que ese mismo año de 1944, el 4 de marzo para ser precisos, Reyes había sufrido su primer infarto al miocardio[25]. Puede decirse que este evento fue aquel que le anunció el inicio del deterioro de su salud física. Sin duda, para Reyes estaba en juego en este proyecto educativo algo más que su prestigio. El texto que se le encargó redactar estaba destinado, en potencia al menos, a ser el texto de su pluma que llegaría a ser conocido por el mayor número de mexicanos, y que, en suma, tenía la intención expresa de abrirles las puertas del conocimiento del castellano, ese castellano que fue la gran mansión donde habitó Reyes. El nerviosismo de Reyes era proporcional a las expectativas que había depositado en su escrito, personales y patrias.
Como vemos, Reyes le sugirió a Martínez que no se incluyera la versión corta de sus lecciones morales en la Cartilla alfabética y, a la par, que su versión larga se publicara aparte, a lo que supuestamente Torres Bodet había respondido positivamente. El 21 de septiembre Reyes anotaba de nueva cuenta en su diario: “Jaime Torres Bodet aceptó gustoso mi Cartilla moral y decidido a publicarla aparte, me pidió ampliarla un poco”[26].
No obstante, ninguna de las dos versiones de las lecciones morales que Reyes escribiera, ni aquella más extensa redactada entre el 16 y el 17 de septiembre, ni aquella resumida escrita presumiblemente entre el 18 y el 19 del mismo mes, fue publicada por la Secretaría dirigida por Torres Bodet. Se conjetura que las razones de esta negativa tienen que ver con “que los especialistas de la SEP, ofendidos tal vez por las críticas de AR, hubieran reprobado su Cartilla moral so pretexto de sus menciones a la religión”[27].
Por un lado, ciertamente, Ávila Camacho fue conocido como el “presidente caballero”, dado que dio su palabra para que la libertad de culto se practicara en el país sin que esto supusiera que el Estado dejara de ser laico[28]. Y ciertamente, Reyes aludió al cristianismo, a manera de paradigma de la intrínseca relación entre religión y moral, justo en el primer párrafo de la primera lección de su Cartilla moral, en donde escribió: “La moral de los pueblos civilizados está toda contenida en el Cristianismo”[29]. El lugar primordial, literalmente, que Reyes le da al cristianismo en su abordaje efectivamente es sospechoso, pues el receptor común de sus lecciones sería analfabeto y seguramente también creyente católico cristiano. En este sentido, la apertura de su explicación sería tendenciosa al no haberla enfocado exclusivamente en transmitir conceptualmente la verdad ética, y al haber operado frontalmente sobre la afectividad acrítica que suele rebosar la vida del creyente en el México contemporáneo.
No obstante, el propio Torres Bodet señaló, si bien de manera poco profunda, lo que fueron sus razones para la no difusión de lo escrito por Reyes. Dijo haber realizado “varios intentos”, “todos estériles”[30], por obtener el texto moral pertinente para acompañar la Cartilla alfabética:
Se nos presentaban textos bien meditados, pedagógicamente correctos, pero fríos, inertes, y demasiado sumisos a una sola técnica de enseñanza: o la tradición, o —al contrario— la modernidad “globalizadora”. Por la calidad de la empresa, y por la impreparación general de los instructores, métodos tan modernos (discutidos, todavía entonces, por no pocos especialistas) infundirían desconcierto en los voluntarios de la campaña[31].
Puede que lo anterior haya sido el contenido manifiesto para la no publicación de la Cartilla moral. Empero, quizás las verdaderas razones de la negativa se hallen a la vista de todos, en la misma carta de Reyes dirigida a Martínez fechada el 20 de septiembre. Hemos visto que allí enlistó toda una serie de críticas a la Cartilla alfabética que tal vez a primera vista no parezcan trascendentales, pero que si se leen con detenimiento resultan en verdad profundas y seguramente incómodas.
Repasemos. En primer término, Reyes criticó el protagonismo que Manuel Ávila Camacho tenía dentro de la cartilla. Reyes le comunicó a Martínez: “No creo que en cosa tan eterna deban citarse palabras de una persona tan transitoria como lo es un Presidente”. Incluso le dijo al respecto: “En este punto se desliza una intención de cultura moral, no desdeñable”. En segunda instancia, y tal vez sin advertirlo, Reyes hizo notar a los funcionarios de la SEP que sus errores pedagógicos en buena medida se derivaban de su posición subalterna en relación con el saber y la técnica extranjeros: si éstos no acentuaron las mayúsculas en el silabario fue porque las máquinas que se utilizaban para imprimir provenían de EUA, originalmente pensadas para trabajar en inglés, lengua en la que se escribe sin acentos. Si decidieron ordenar las vocales no como se acostumbra a conocerlas y usarlas, sino en relación con su clasificación fonética, fue por seguir “cabalísticamente” el saber académico establecido sobre la lengua castellana, el cual, tanto ayer como hoy, la Real Academia Española se empeña en hegemonizar. Reyes señaló también la ausencia de una puntuación pertinente para los preceptores de la Cartilla; la ausencia de las letras “U” y “u” en el alfabeto dibujado y de la “Z” en el alfabeto a máquina. Estas últimas omisiones son en verdad embarazosas, máxime cuando Martínez había afirmado que la Cartilla alfabética había sido revisada varias veces por diferentes expertos en la materia.
Todo ocurre como si la instancia oficial encargada de difundir la letra careciera también ella de su pertinente manejo. Reyes, quien, recordemos, le pide a Martínez que no se disguste con él por sus señalamientos, hace notar que el poco cuidado en los actos estaba propagado más allá de las clases bajas y analfabetas. Después de conocer sus anotaciones seguramente la participación de Reyes en el proyecto no resultó del agrado de algunas personalidades del poder[32].
En este sentido, el ambicioso proyecto de alfabetización y modernización del México posrevolucionario fue la ocasión para que de la pluma de Reyes brotaran algunos de los rasgos constitutivos negativos de la propia sociedad moderna mexicana y republicana, rasgos por lo general censurados, desconocidos o minimizados:
- El lugar paternalista de la figura del presidente de México, que para el caso se evidencia en su necesidad de aparecer con créditos en lo que promueve. Esa posición de superioridad es por supuesto también intelectual. Notemos que Reyes, al observar la modalidad de instrucciones contenidas en la Cartilla alfabética, da cuenta de la concepción que el poder guardaba de las poblaciones precarizadas: no se concibe allí al analfabeto como “adulto” sino, dice Reyes, como “deficiente mental”. En función de esto, el regio le advirtió a Martínez: “Dirigí mis lecciones morales a un tipo humano que no sé si es el mismo considerado por la cartilla que le devuelvo”.
- La siempre urgente necesidad del poder estatal posrevolucionario de asimilar a la ideología dominante a las poblaciones marginales, conformadas sobre todo por indígenas y pobres (por lo general, las dos cosas van unidas en la historia de México), es decir: al modo de vida apropiado según los ideales de progreso occidentales. En mi opinión, si bien el esfuerzo por alfabetizar tenía connotaciones positivas, también tenía la función de suplir culturalmente lo que se había quitado, lo que se iba a quitar, o lo que no se daba o no se daría materialmente. La cultura oficial como riqueza intangible que hace más pasadera la pobreza material, que puede contribuir así a evitar revueltas sociales y dar una mejor imagen del país hacia el exterior.
- El desfase que históricamente ha existido entre las “buenas intenciones” gubernamentales y el cuidado con el que se tratan de ejecutar en la realidad objetiva, lo que deriva en que no en pocas ocasiones las intenciones quedan en letra muerta y, por lo tanto, no rebasan el nivel de la ideología.
- La intensa y axial participación que intelectuales y escritores han tenido en la conformación del Estado-nación mexicano moderno, si bien en ocasiones no sin reservas.
- Y más como un derivado: la poca tolerancia a la crítica que distingue tanto a la sociedad mexicana como a los poderes que la gobiernan.
Una moral en búsqueda de lectores
Pasados los años, la Cartilla moral de Reyes, según él mismo su trabajo más “ático”[33] —lo cual tiene profundidad viniendo de este helenista—, conocería varias publicaciones. Todas, excepto las dos primeras, se difundieron cuando Reyes ya había fallecido, esto es, después de diciembre de 1959[34]. La gran mayoría de ellas estuvo promovida por las necesidades del Estado de adaptar a las poblaciones precarizadas a su propia concepción de conducta moral. La Cartilla moral de Reyes casi siempre ha sido difundida a manera de herramienta de integración y de cura anímica social.
La primera publicación la emprendió el propio Reyes, por puro gusto, en 1952 en Gráfica Panamericana. Se trató de una edición destinada a circular “como obsequio entre amigos”, por lo que la Cartilla moral siguió siendo en realidad “un texto desconocido”[35].
Cuenta Garciadiego que, en 1956, Henrique González Casanova “aseguró a Reyes que el rector Nabor Carrillo Flores deseaba hacer una edición de gran tiraje de la Cartilla moral ‘para obsequio a sus estudiantes’”[36], cosa que nunca se concretaría. No obstante, la segunda edición del trabajo se realizaría poco después, por iniciativa de Gastón García Cantú, quien hacia el final de la década de los cincuenta del siglo pasado era el subdirector de publicaciones del Instituto Nacional Indigenista (INI). Esta primera edición masiva, dirigida expresamente a la población indígena del país, vio la luz en 1959 y constó de 69 páginas. Según Garciadiego, “el 24 de septiembre de 1958 [Reyes] fue visitado por los jóvenes Rosario Castellanos y Gastón García Cantú” con el motivo de plantearle la publicación de su trabajo. “Reyes releyó entonces su texto, concluyendo que, si bien había sido escrito pensando en el ‘educando adulto’, también era ‘accesible al niño’”. “Así, el libro que había sido diseñado para analfabetos adultos y que luego pudo haber sido leído por toda una generación de estudiantes universitarios terminaría siendo un libro ‘para inditos’, como dijera con desenfado el propio don Alfonso”[37],[38]. Reyes recibiría los primeros 17 ejemplares de la primera edición masiva de su Cartilla moral “a principios de junio, siete meses antes de morir”[39]. Como dato curioso, se cuenta que cuando García Cantú le entregó la muestra impresa de su pequeña obra a Reyes estaba presente Torres Bodet, el mismo que rechazó su publicación 15 años atrás y quien ahora era de nueva cuenta secretario de Educación Pública, esta vez bajo las órdenes de Adolfo López Mateos. En suma:
La edición salió muy bien cuidada, con un hermoso grabado de Adolfo Mexiac de un profesor con varios niños tzeltales como portada […] Desgraciadamente, aunque “numerosa”, esta edición estaba restringida a los “instructores” de los “pueblos indios” por lo que no pudo ser leída por los tradicionales lectores de Reyes, lo que explica la ausencia de reseñas[40].
En 1962 Manuela Mota, entonces ya viuda de Alfonso Reyes, haría otra edición facsimilar de aquella editada por el INI, a la sazón agotada, y que estuvo también destinada a los amigos. Ya en 1979 la Cartilla moral será incluida en el tomo veinte de las Obras completas de Alfonso Reyes, editadas por el Fondo de Cultura Económica y al cuidado de Ernesto Mejía Sánchez.
Según el señor Garciadiego, la edición más importante que se haría de la Cartilla moral fue aquella emprendida por la Asociación Nacional de Libreros. Esta asociación la pondría a circular en 1982 para celebrar el Día Nacional del Libro, el 12 de noviembre. Esta edición sería preparada por el reyista Felipe Garrido[41],[42].
Siete años después, en 1989, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), en el “año del centenario del nacimiento de Reyes”, se haría una nueva edición, emprendida precisamente por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que “argumentó que lo hacía por tratarse de ‘una obra maestra de concisión, de sabiduría, de elegancia’”. En su prólogo se lee que “quien aprenda (y obre en consecuencia) lo que esta Cartilla moral enseña, adquirirá ciertamente el bien ganado título de ciudadano, que es el más alto grado de vivencia política al que hombre alguno puede aspirar”[43].
Dos años después, en 1991, José Luis Martínez, por encargo de la SEP, dirigida entonces por Ernesto Zedillo, haría una adaptación del texto de Reyes, del cual se imprimirían 700.000 ejemplares, como elemento central de los Programas Emergentes de Actualización del Maestro y de Reformulación de Contenidos y Materiales Educativos. En su presentación final, ya en 1992, el propio Martínez señaló ciertos aspectos del escrito que mal se haría en perder de vista cuando ahora, en 2019, y bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, se ha vuelto a publicar masivamente la Cartilla moral desde el Estado. Escribió Martínez:
La cartilla resume algunas de las más ilustres opiniones sobre la materia, de pensadores de la Grecia clásica, por ejemplo, a la que don Alfonso era tan aficionado, y está escrita con sencillez, cortesía y claridad deliberadas que se antoja hecha para ser leída en voz alta a los niños o a educados adultos.
No es, ciertamente un escrito moderno o de actualidad, pero tiene, en cambio, una gravedad rotunda que añade al valor de la exposición ética la ilustración histórica indirecta de la solemnidad con que, hasta hace relativamente poco tiempo, se trataron estas cuestiones.
La cartilla se ofrece al maestro, pues, no tanto como un cuerpo de doctrina, sino como testimonio pedagógico de uno de nuestros mejores escritores, Alfonso Reyes, de quien se ha dicho que fue “la versión mexicana de la cultura universal”[44].
Esta edición de la Cartilla moral sería finalmente censurada y catalizadora de un amplio debate en la prensa nacional[45]. Hasta donde se sabe, pocos días después de su impresión, “una comisión de diez profesores del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) había rechazado la entrega del libro […] alegando que era ‘moralista, anacrónico y fuera de contexto’”[46].
De todas las versiones que ubico de la Cartilla moral, ésta, editada en 1992, es la única en la que se señala que tal trabajo no es en estricto sentido “moderno o de actualidad”, sino que representa más bien un “testimonio pedagógico” de Alfonso Reyes. Es decir, Martínez, hacia 1992, estaba muy consciente de que el contenido de las lecciones de Reyes no se ajustaba más a la realidad imperante en el país y en el mundo —cosa, por lo demás, que bien pudo haberse afirmado ya en 1944—, por lo que no la consideraba apta para ser “un cuerpo de doctrina”. En la actual edición estatal masiva de la Cartilla moral, la emprendida por Andrés Manuel López Obrador, que precisamente retoma la edición de Martínez, no se incluyeron esos señalamientos, lo que hace suponer que ahora es considerada “moderna” y “de actualidad”, y que en efecto se la concibe como doctrina apropiada para apuntalar el espíritu moral de la población mexicana[47].
Después de ese año de 1992, la Cartilla moral conocería al menos cinco ediciones más: una data de 1994, emprendida por El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la editorial Alianza; otra vino diez años después, realizada por el Fondo de Cultura Económica; dos más, en 2005 y 2008, por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL)[48]. Ya en 2015, con motivo de la Universiada Nacional UANL, la misma universidad haría otra edición con autorización de Alicia Reyes Mota[49].
Fue también en la ciudad de Monterrey —donde nació Reyes en 1889— que en 2009 hizo aparición en el periódico El Porvenir un artículo de Jorge Pedraza Salinas, en ese entonces director de la biblioteca de la Capilla Alfonsina de la UANL, titulado: “Lecciones de la Cartilla moral”. En él afirmaba que la Cartilla moral de Reyes: “nunca fue tan actual como en estos tiempos”, a la par que deseaba que fuera “practicada ‘por el mayor número de neoleoneses’”, y en el extremo: que fuera “libro de cabecera” de todo mexicano[50]. Por supuesto, el contexto de este deseo escrito era la alarmante alza del crimen en ese estado, y en varios otros del país, a causa de la llamada “Guerra contra el narcotráfico”, impulsada por el entonces presidente Felipe Calderón, cuyos estragos son todavía sufridos diariamente por la sociedad mexicana.
Polémica contemporánea en torno a la Cartilla moral
La moralia de Reyes ha sido resucitada este 2019 por Andrés Manuel López Obrador para formar parte de lo que ha nombrado “la cuarta transformación de México”. Como lo refiere Carlos Eduardo López Cafaggi:
[…] desde los comicios de 2012, Andrés Manuel López Obrador, entonces candidato presidencial por la coalición Movimiento Progresista y hoy presidente electo del país por la coalición “Juntos haremos historia”, ha intentado revivir, una y otra vez, la Cartilla moral de Reyes[51].
En el contexto de un “país en bancarrota moral”[52] como lo es México (fenómeno que el autor de estas líneas cree innecesario documentar), Cafaggi afirma que López Obrador:
Convencido de que la tragedia nacional se debía por igual a la precariedad material que a la falta de ética, afirmó que un verdadero proyecto de nación no solo requería un programa político o económico, sino también una “Constitución Moral”.
En entrevista con Carmen Aristegui en 2011, López Obrador “explicó que esta idea se le había ocurrido al leer el clásico texto de Alfonso Reyes”[53].
Desde inicios de 2019, la Cartilla moral de Reyes circula en varios formatos publicada por la SEP. El lector puede fácilmente acceder a ella mediante una búsqueda en la red. Al revisarla se nos hace conocer, como ya se dijo, que esta versión está basada precisamente en aquella intervenida por José Luis Martínez en 1992 y que el SNTE prefirió mantener detenida. Se nos dice también que “forma parte de los materiales seleccionados para los Programas Emergentes de Actualización del Maestro y de Reformulación de Contenidos y Materiales Educativos”[54]. La comisión encargada de sacar adelante esta nueva difusión del texto es el Comité para la Elaboración de la Constitución Moral. La presentación oficial de esta Cartilla moral, versión del gobierno de López Obrador, se llevó a cabo el día 13 de enero de 2019, en el contexto del lanzamiento del Programa de Pensiones para Adultos Mayores en el Valle de Chalco, Estado de México[55]. Dicha población se destaca por ser una de las más empobrecidas de la zona metropolitana del Valle de México, y por ser “una comunidad que creció exponencialmente desde la década de los 90”[56].
Al principio de esta cartilla figuran unas palabras de López Obrador que indican que él mismo no tomó en cuenta, o no sabe, que Reyes criticó un gesto similar de Ávila Camacho en 1944. El actual presidente de México abre el texto con estas ideas:
La decadencia que hemos padecido por muchos años se produjo tanto por la corrupción del régimen y la falta de oportunidades de empleo y de satisfactores básicos, como por la pérdida de valores culturales, morales y espirituales.
Los seres humanos necesitan bienestar, pero no sólo de pan vive el hombre. Para alcanzar la felicidad se requiere el bienestar material y el bienestar del alma, como decía José Martí.
Nuestra propuesta para lograr el renacimiento de México busca hacer realidad el progreso con justicia y promover una manera de vivir sustentada en el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza, a la patria y a la humanidad.
La difusión de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes es un primer paso para iniciar una reflexión nacional sobre los principios y valores que pueden contribuir a que en nuestras comunidades, en nuestro país, haya una convivencia armónica y respeto a la pluralidad y a la diversidad.
Te invito a compartir con la familia estos pensamientos y a dialogar entre sus integrantes acerca de la moral, la ética y los valores que necesitamos para construir entre todos una sociedad mejor[57].
Si bien lo recién citado deja ver claramente que se albergan intenciones de renacimiento político y social con la difusión de la Cartilla moral, con un claro tono redentor, según López Cafaggi, López Obrador dijo durante su cierre de campaña que “tal documento no será un instrumento jurídico, ni implica la intromisión del Estado en la vida privada de los ciudadanos, sino ‘una expresión de valores fundamentales que nos hermanan’”[58]. No obstante, como bien recuerda Sonia Corona, el gesto de López Obrador se asemeja a aquellos que otros presidentes de México tuvieron en su momento:
En la historia de México han existido al menos dos ejercicios para cuestionar la moral de los ciudadanos y plantear debates éticos y filosóficos. El gobierno de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) creó las Juntas de mejoramiento moral, cívico y material, para fomentar el respeto a la patria y los buenos valores entre los ciudadanos. Y el presidente Miguel de la Madrid (1982-1988) propuso la instalación de la Renovación moral, una iniciativa casi simbólica que terminaría en la creación de la Secretaría de la Función Pública. Ambos expresidentes buscaron a través de estos ejercicios recomponer el ánimo nacional, mermado por la desbordante corrupción en los gobiernos de sus antecesores[59].
Aquel 13 de enero López Obrador cerró su presentación de la Cartilla moral diciendo a su auditorio, conformado sobre todo por personas viejas y empobrecidas, lo siguiente: “Solo siendo buenos, podemos ser felices”[60]. Mensaje que parece no haber permeado, pues:
Después de la visita del presidente pocos recuerdan el discurso idealista de López Obrador. Menos son los que conservan aún una copia del pequeño libro que en la portada lleva los retratos de Benito Juárez y Sor Juana Inés de la Cruz. “Apenas nos la dieron el domingo y la guardé en un cajón. No he tenido tiempo de leerla”, reconoce Nancy Domínguez, de 68 años. Ni el Ayuntamiento, ni la delegación del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) —el partido del presidente— cuentan con alguno de los 10.000 ejemplares que la Secretaría de Educación Pública imprimió a petición del presidente[61].
Garciadiego ha hecho algunas críticas a la edición de la Cartilla moral emprendida por el gobierno de López Obrador. Por un lado, ha criticado que no se retomara la última versión del escrito revisada por Alfonso Reyes, es decir, aquella que hiciera el INI en 1959; y por el otro, ha criticado su diseño gráfico: “Sería deseable que en vez de poner en la portada a Sor Juana y a héroes nacionales que nada tienen que ver, hubiesen incluido un retrato de Alfonso Reyes. Y una nota biográfica sobre el autor, se agradecería”[62]. Por supuesto, Garciadiego deslinda la posición de Reyes dentro de sus lecciones morales de toda intención religiosa. Enfáticamente ha dicho recientemente: “No es un libro religioso y tampoco de adoctrinamiento”[63]. Al parecer, para López Obrador no es así, pues apenas el 21 de febrero del presente año se reunió, por espacio de dos horas, con “20 pastores de Iglesias cristianas evangélicas”, quienes “le prometieron […] difundir la ‘Cartilla Moral’”, dado que tal cartilla “contiene los preceptos básicos con que se elaborará la Constitución Moral” [64], proyecto con el cual esta liga de cristianos comulga[65].
Dado el recorrido hasta aquí resulta patente que la difusión de la Cartilla moral de Alfonso Reyes ha sido una repetición en la historia del México moderno. Reiteradamente el Estado ha depositado parte de sus deseos por una sociedad mejor en esas páginas. Que sea reiterado el esfuerzo indica que el problema que se espera sofocar, la ruptura del lazo social, no ha dejado de insistir ni de agravarse.
Por tanto, concibo la Cartilla moral de Reyes, su encargo y sus destinos públicos como formación de compromiso del poder y de la sociedad mexicanos. Si esto es así, la Cartilla moral y su historia tienen valor de punto de condensación de las contradicciones de dicha sociedad y de dicho poder. La contradicción del Estado radica, particularmente, en que espera aliviar moralmente a los sujetos, vía la letra docta, de los efectos que en ellos ha tenido su propia forma de constitución, así como las políticas económicas y culturales que les ha impuesto. Con letras llenas de sentido, de armonía, se espera sanar la fragmentación real.
Crítica de la moral reyista
Las críticas al gesto de López Obrador y al contenido de la Cartilla moral no se han hecho esperar. En un contexto global y nacional en el que la barbarie se multiplica de manera inverosímil, en el que el poder del mercado, generalidad objetiva mundial, se ha vuelto todavía más abrumador para la conservación de la voluntad ética singular, resultan ingenuos los consejos que Reyes escribiera en 1944, y hasta pueden alcanzar tonos que lo hagan ser juzgado de ingenuo[66].
En líneas generales, el contenido ha sido calificado de conservador, de desfasado y androcéntrico. En mi opinión, ciertamente no es complicado tener esos juicios al revisar el contenido de la Cartilla moral y al ponerlo en relación con la realidad imperante. Las categorías morales a las que Reyes recurrió parecen haber sido ampliamente desgastadas por el avance de la sociedad capitalista. Ya lo eran, desde varios puntos de vista, hacia 1944 y lo son todavía más ahora.
La concepción moral de Reyes está atada a la clásica griega, particularmente a la aristotélica, y por momentos rebosada por posiciones imperativas y categóricas de procedencia kantiana. Reyes parte de equiparar “ética” griega con “moral” romana. En lo sucesivo concedo esa problemática igualación, pues en el fondo no altera mi posición general al respecto de sus lecciones morales.
Según Reyes, la moral es “una Constitución no escrita” que dicta que “El hombre debe educarse para el bien”, y este bien “no debe confundirse con nuestro interés particular en este o en el otro momento de nuestra vida. No debe confundírselo con nuestro provecho, nuestro gusto o nuestro deseo”. Es decir: “El bien es un ideal de justicia y de virtud que puede imponernos el sacrificio de nuestros anhelos, y aun de nuestra felicidad y de nuestra vida”[67]. Incongruente resulta, me parece, exhortar a los humanos, más a aquellos precarizados en extremo, a deponer su interés particular por el comunitario cuando sus vidas dependen de punta a punta de los intereses privados. Pareciese que se le pide al sujeto singular cargar con toda la responsabilidad de mantener la ética dentro de condiciones sociales materiales que funcionan precisamente dejando de lado toda ética.
La influencia del imperativo categórico kantiano es palpable en la exhortación de Reyes a dejar para después el deseo y, en su lugar, imponerse la directriz del bien común. Esta influencia es reafirmada cuando Reyes dice que existe en nosotros un “instinto moral” que nos lleva mediante la instrucción hacia el bien. Tal instinto es “la voz de la consciencia”, una “vigilancia interior” que, incluso “estando a solas y sin testigos”, nos conduce a “someternos a esa Constitución no escrita[68] y de valor universal que llamamos moral”[69].
La moral reyista, anclada en la voz kantiana del “debes porque debes”, se revela superyoica, sacrificial, y desde ese punto de vista opresora del deseo, por más que él afirme que hay que darle su lugar a nuestra necesidad de placer. Reyes ignoró que renunciar al deseo reproduce en el acto el sufrimiento y la constricción que se espera sofocar precisamente mediante tal renuncia. Si lo que se intenta con la renuncia al apetito individual es la atenuación del malestar social y subjetivo, resulta que renunciar a tal satisfacción es en sí mismo fuente de insatisfacción para el sujeto, la cual se descargará de alguna forma sobre su propio cuerpo y sobre el social. Por lo demás, esa invitación obligatoria y portátil hacia el bien común, hacia la no transgresión que se les demanda a los educandos, está lejos de ser la guía de comportamiento de los más poderosos, quienes infunden los efectos de su propia avidez justamente a aquellos a quienes se les pide ser morales o éticos. Dice Reyes: “Lo único que debemos vedarnos es el desperdicio, la bajeza y la suciedad”, desconociendo así que desperdicio, bajeza y suciedad es puntualmente lo que la sociedad capitalista explota y reproduce para su mantenimiento. Pide respeto a la ley[70], pero la ley contemporánea parece ser más la ley de pasar por encima del otro que la de buscar la colaboración. Pide respeto a la familia[71], pero no observa que esta ha sido arrinconada en su autoridad por el autoritarismo social. Pide cortesía[72] y respeto a la patria[73], pero históricamente la patria poco ha dado para garantizar la dignidad, y mucho ha enseñado en torno a que la mejor forma de sobrevivir es no tener mucha consideración por el prójimo, pues éste es un potencial competidor en diferentes sentidos. “El que no tranza no avanza”. Reyes pide también respeto a la verdad[74], pero en la sociedad actual —que ya se perfilaba desde la década de los cuarenta del siglo pasado— parece más benéfico ir en su contra. De hecho, decir la verdad, guiarse por ella, se está volviendo equivalente a exponerse a la tortura, al asesinato o a la cancelación, al menos así pasa en México.
En lo personal coincido con la intención fundamental de Reyes, es decir, con la necesidad de detener la destrucción generalizada de la vida. No obstante, mi crítica se focaliza en señalar que Reyes no toca en ningún punto de su cartilla que el gobierno que le encargó la redacción de las lecciones morales era y es en gran medida colaboracionista de esa destrucción, lo sepa o no, lo asuma o no.
Según Reyes: “si consideramos a la especie humana en conjunto, vemos que ella se caracteriza por el trabajo encaminado hacia la superación”. En función de esto opina que en todo aquel en quien no gobierna la tendencia hacia ese bien se descubre “un fondo de animalidad, de inconsistencia que lo hace retrogradar hasta el mono”[75]. Como buen kantiano, Reyes acá expresa su repulsa y denigración de lo animal[76]. Puede resultar hasta insultante para la historia humana que justo cuando millones de cuerpos eran exterminados racionalmente en diversos campos de concentración, y otros millones eran pauperizados de igual manera en su propio país, Reyes se dedicara a darnos una versión edulcorada de la razón abanderada por un antropocentrismo desde entonces cuestionable. Lejos estaba Reyes de concebir algo así como la razón instrumental que distingue al individuo contemporáneo. Reyes equipara razón con bien. Los nazis demostraron que la barbarie más extrema no se ejecuta sin los poderes de la razón. Esto aun cuando en la lección XIV de su moral, Reyes, en una clara alusión al nacionalsocialismo alemán, haya dicho que “hay que luchar contra los pueblos imperialistas y conquistadores hasta vencerlos para siempre”[77].
Por todo esto y más que me ahorro, las lecciones morales de Reyes tenían y tienen más un carácter de credo que de planteamiento ético riguroso. Reyes parece haberse esforzado en serio en escotomizar la realidad que lo circunscribía. Sus lecciones éticas no se ajustan a la realidad histórica de su tiempo y, en ese sentido, la niegan. Se convierten, por tanto, de manera tal vez insospechada por él, en doctrina colaboracionista de la prepotencia del poder, en sugestión de las masas.
Reyes delimita su concepción del progreso al avance tecnocientífico, lo que paralelamente no le deja observar que ese avance ha venido acompañado de un deterioro afectivo, material y ético de la humanidad. Da la impresión de que Reyes escribió sus lecciones morales para un mítico “grado cero” de la historia humana, pues no historizó (actualizó) sus categorías. Desde este punto de vista, al omitir precisamente la verdad que trae consigo la fase hipermoderna de la cultura occidental y del país que es México, su cruel deriva, la posición moral reyista es en realidad ahistórica.
Las lecciones morales de Reyes no tomaron en cuenta la crítica que particularmente desde el siglo XIX, y durante todo el XX, se ejerció sobre lo que fueron los dos sistemas hegemónicos éticos occidentales, precisamente los emanados de Aristóteles y de Kant. En su Cartilla moral, Reyes parece empeñarse en no considerar las reflexiones más contemporáneas a su propio tiempo y que obligaban a una reelaboración de la ética logocéntrica, tales como las de Marx, Nietzsche y Freud en particular. Si a los preceptos reyistas se les confronta con las dimensiones de la plusvalía, la repetición y el deseo se desmoronan sin poner mucha resistencia.
Martínez tenía, pues, la razón: las lecciones morales de Reyes no son en estricto sentido actuales, sino más bien, digo yo, clásicas y burguesas primitivas. De ellas el gobierno actual espera cierta regeneración social. Que así suscriba lo dicho por Reyes lo hace, en mi juicio, merecedor de las mismas críticas expuestas. En este sentido, no es ningún dato ocioso que López Obrador haya presentado la Cartilla moral en el Valle de Chalco. En todo caso, tal vez hubiese sido más efectivo hacerlo en la liga de banqueros…[78].
Contrapunto frankfurtiano
La moral de Reyes no fue la única escrita en 1944 en el continente americano. Ese mismo año, Theodor W. Adorno daría comienzo a la redacción de su Minima moralia, texto que llevaría el contundente subtítulo de Reflexiones desde la vida dañada y que sería dedicado a su amigo Max Horkheimer, justo cuando ambos realizaban la redacción de Dialéctica de la ilustración.
A partir de su exilio de la Alemania nazi, que lo conduciría a vivir en EUA, Adorno se lanza a la escritura de una serie de aforismos en los que, más que proponer parámetros para una vida ética en el contexto de lo que llamó “la sociedad administrada”, daba cuenta más bien de las “condiciones de imposibilidad” de esa vida.
La moralia adorniana es mínima no debido a la extensión de lo que escribió, como fue la de Reyes, sino porque en su opinión las posibilidades de vivir éticamente se han visto reducidas al mínimo, por obra del triunfo de la razón instrumental que necesita el capitalismo. El trabajo de Adorno se me presenta, pues, como el negativo de aquel de Reyes. La gran diferencia entre ambos radica en que, para Adorno, toda palabra sobre la ética en la modernidad no puede exentarse de ejercer primeramente un análisis honesto, que no recule ante la angustia, de la propia sociedad moderna. De hecho, a Adorno le parecía inmoral no dar este primer paso para repensar lo moral mismo. Para él es un hecho irrefutable que en la modernidad hay supremacía de lo social sobre lo individual, lo cual significa que la voluntad del sujeto poco puede modificar la generalidad objetiva y esto determina directamente su vida ética. Es decir: en la modernidad contemporánea prácticamente no existen requisitos sociales básicos para una vida ética. Esto desembocaba en el señalamiento de que “la totalidad de lo moral estaba desgarrada y la consciencia burguesa se había vuelto cínica, las máximas de la Magna moralia según el código ético del corpus aristotelicum habían perdido credibilidad”[79]. Contrario a la postura reyista, en la que se aprecia una fe ciega en las posibilidades del vivir ético, Adorno partía de dos consideraciones que le dan ese implacable tono verdadero a su Minima moralia: por un lado, planteaba concebir a la filosofía como “terminante imperativo de no ingenuidad”[80], y por el otro, y como consecuencia de esa no ingenuidad, que había que reconocer como “enfermas la generalidad dominante y sus proporciones”[81]. En este sentido, Adorno sostenía que
En una sociedad curada de la anarquía de la producción de mercancías, difícilmente habría reglas que cuidasen el orden en el que se han de conocer las personas. De otro modo tal reglamentación equivaldría a una intolerable intervención en la libertad[82].
Puede decirse que Adorno compartía con Reyes la necesidad de insistir en que había que detener de alguna manera el avance de la destrucción. No es poca cosa, pero nada más. Sus visiones morales se bifurcan en función de en dónde puso el acento cada uno: Reyes lo hizo apelando a una supuesta intrínseca voluntad hacia el bienestar de los individuos, Adorno lo hizo señalando la reducción de la subjetividad por la prepotencia social capitalista y subrayando el dato freudiano de una resistencia inherente de los individuos para buscar su bien. Reyes, lo reitero, comenzaba su Cartilla moral así: “El hombre debe educarse para el bien”. Adorno prefirió abrir su moral de esta manera:
La ciencia melancólica de la que aquí ofrezco a mi amigo algunos fragmentos, se refiere a un ámbito que desde tiempos inmemoriales se consideró el propio de la filosofía, pero que desde la transformación de ésta en método cayó en la irreverencia intelectual, en la arbitrariedad sentenciosa y, al final, en el olvido: la doctrina de la vida recta. Lo que en un tiempo fue para los filósofos la vida, se ha convertido en la esfera de lo privado, y aun después simplemente del consumo, que como apéndice del proceso material de la producción se desliza con éste sin autonomía y sin sustancia propia. Quien quiera conocer la verdad sobre la vida inmediata tendrá que estudiar su forma alienada, los poderes objetivos que determinan la existencia individual hasta en sus zonas más ocultas[83].
Según López Obrador, la publicación de la Cartilla moral de Reyes “es un primer paso para iniciar una reflexión nacional sobre los principios y valores que pueden contribuir a que, en nuestras comunidades, en nuestro país, haya una convivencia armónica y respeto a la pluralidad y a la diversidad”. ¿Con qué otros textos podría continuarse el camino para tal objetivo? Yo propongo la Minima moralia de Adorno como posible estación en ese trayecto. Por supuesto, estoy siendo irónico…
Coda. Por amor a Reyes
Desde hace unos cuantos años, en los que por razones diversas mis intereses me llevaron a la soberbia obra de Alfonso Reyes —“toda una literatura”[84]—, no dejo de lamentar que se le lea tan poco o casi nada.
En un primer momento, al saber que el actual gobierno mexicano iba a utilizar uno de sus textos, si bien para fines políticos, mi reacción fue de cierto entusiasmo, pues ello tal vez contribuiría a que se conociera de manera más amplia el tamaño de escritor que este país parió. Lamentablemente, el texto al que se recurrió, debido a su contexto, sus ideas y sus tonos, temo que más bien contribuya a seguir desdeñando a Reyes. Quien se acerque por primera vez a su obra a través de su Cartilla moral lo más seguro es que se lleve la impresión de un autor cuyo pensamiento y letra en su conjunto están rebasados. Es muy probable que esa lectura no motive otras de su obra, que comprende más de cien libros. “¡No me ayudes, compadre!”, bien podría exclamar un Reyes, cinco veces promocionado para el Nobel, hacia la comisión que ahora lo usa. Paradójicamente, la publicación masiva de la Cartilla moral devenga tal vez un motivo de refuerzo del desinterés por leerlo, el que ya desde antes de su muerte lo venía acompañando.
Reyes, no obstante –es evidente–, fue capaz de tener ideas que contrastan radicalmente con lo que escribiría en su Cartilla moral. Ciertamente, tales ideas fueron escritas por él antes de que fuese absorbido por completo por la función pública y sus compromisos.
Hacia 1917, cuando tenía 28 años, estando en España durante su “destierro honorable”[85] y después de que su padre, el general porfirista Bernardo Reyes, fuera asesinado en el inicio de la Decena Trágica, Reyes escribe uno de sus textos más radicales y críticos, titulado El suicida. En él afirmó que “el espíritu es la crítica misma” y que “toda crítica sobre el mundo arroja un saldo negativo”[86]; es decir: “la rebeldía espiritual no es más que la crítica” [87], “remedio desesperado”[88] ante el curso del mundo. Esto llevó al joven y exiliado Reyes a proponer un “misticismo laico” para operar contra lo establecido, el cual implicaba que “en vez de sujetarse al ídolo” habría que “desbordarlo en una inundación de anhelo”[89]. En esta obra temprana, que el mismo Reyes condenaba “a la vida ruda de los libros”: “a que lo estrujen las manos de las gentes, a que lo maldigan los muchos”[90], lejos de promover el statu quo paternalista y estatal, se propone hacer las cuentas precisamente con la interminable “historia de los errores paternos”[91] como condición para cualquier avance.
Quiero concluir este texto con un par de citaciones más de ese libro que, tal vez, contribuyan a desestabilizar la concepción de Reyes como mero conservador, clásico y acomodaticio, como “escritor-canciller”[92], e inciten la revisión de su obra no escrita por encargo.
Primera cita, de evidente inspiración hegeliana:
[…] el estado frecuente, constante, el que da su sello a la humanidad, y que, por lo mismo, merece llamarse —siquiera prácticamente— el estado humano, es el de protesta. Si el hombre no hubiera protestado, no habría historia. El albor de la historia es un desequilibrio entre el medio y la voluntad humana, así como el albor de la consciencia fue un desequilibrio entre el espectáculo del mundo y el espectador humano. El hombre sonríe: brota la consciencia. Y el hombre se nutre de los elementos que da el medio. ¿Sonríe por segunda vez? Protesta, no le basta la naturaleza. ¿Emigra, o siembra, o conquista, o forma las carretas en círculo como una trinchera de la tribu contra el ataque de las fieras? Pues entonces funda la civilización y empieza con ella la historia. Mientras no se duda del amo no sucede nada. Cuando el esclavo ha sonreído comienza el duelo de la historia[93].
Segunda y última cita: “La ingratitud, el desamor a lo que nos abriga y guarece, o en otra forma, la inadaptación, son cosas necesarias para que la vida se mueva. Los inadaptados son los motores de la sociedad…”[94].
Ciudad de México, enero-febrero de 2019
(Reelaborado entre octubre de 2025 y marzo de 2026)
- Carta de José Luis Martínez a Alfonso Reyes fechada el 14 de septiembre de 1944, en Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959, editores Rodrigo Martínez Baracs y María Guadalupe Ramírez Delira. FCE-El Colegio de México, México, 2018, pp. 133-34.↵
- Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, p. 345.↵
- Rodrigo Martínez Baracs, “Estudio preliminar. La amistad literaria de Alfonso Reyes y José Luis Martínez”, en Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, p. 28.↵
- Jaime Torres Bodet, “Iniciación de la campaña contra el analfabetismo”, en Textos sobre educación. México, CONACULTA, 2005, pp. 102-103.↵
- Ibid., p. 102.↵
- Ibid., p. 110.↵
- Ibid., pp. 108-109.↵
- Ibid., p. 109.↵
- Ibidem. ↵
- Ibidem. ↵
- En opinión de Javier Garciadiego, las razones por las que se buscó a Reyes para redactar las lecciones morales eran que “[…] si alguien sabía de la necesidad de construir una moral era Reyes, quien además de gozar de elevado prestigio literario, era un hombre que supo de la guerra y el exilio. Que cargó con el estigma de ser hijo de un enemigo de la Revolución —el general porfirista Bernardo Reyes—. Un huérfano de padre y de patria, que al morir el general el primer día de la Decena Trágica, tuvo que huir a Europa, que también hervía en la antesala de la guerra, y no volvió sino hasta 1939, tras hacer carrera diplomática en Francia, Brasil y Argentina”, en María Eugenia Sevilla, “La cartilla que nadie leyó”, periódico El Financiero, 13 de febrero de 2019, en línea: https://tinyurl.com/2shkyfju. Se entiende, pues, que para Garciadiego sólo alguien que ha sufrido la dureza del exilio y de la guerra, que ha sido huérfano de padre y de patria, y que no por ello se vició moralmente, podía estar autorizado para hablar de moral a los privados de la letra castellana y de lo esencial a nivel material. Si esto es así, a quienes se dirigía la Cartilla moral se los concebía como cercanos a encarnar la figura del exiliado y del huérfano o como ya siéndolo de facto. Desde este punto de vista, Reyes, su saber y su experiencia, fueron colocados implícitamente como Ideal del Yo, como imagen ejemplar que conviene adoptar para asegurar los intereses sociales, económicos y políticos del Estado.↵
- El proyecto educativo de Ávila Camacho, delegado en las manos de Torres Bodet y de su equipo, daba continuidad a la labor posrevolucionaria de José Vasconcelos, primer secretario de Educación Pública. A este respecto Armando González Torres dice: “Los cuadros de la vida cultural y administrativa del país se renuevan; se apuesta por la educación no sólo como mecanismo de movilidad social, sino de evangelización y conciliación nacional; se crean nuevas instituciones y legislaciones; se construye una apología del servicio público y se cultiva, con el vasconcelismo, la utopía de un gobierno de sabios. El programa vasconcelista incluye la incorporación del indígena a la nación moderna; mediante el combate al analfabetismo y la escuela rural”, en Las guerras culturales de Octavio Paz. El Colegio de México, México, 2014, p. 20.↵
- Leonardo Martínez Carrizales, La gracia pública de las letras. Tradición y reforma en la institución literaria de México. Secretaría de Cultura de Puebla-Ediciones Colibrí, México, 1999, pp. 58-59.↵
- Ibid., p. 59.↵
- Ibid., p. 60.↵
- Ibid., p. 61.↵
- Nota manuscrita de Alfonso Reyes al margen de la carta de José Luis Martínez a Alfonso Reyes fechada el 14 de septiembre de 1944, en Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, p. 134.↵
- Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, pp. 345-46.↵
- En 1921 le sería encomendada al vate zacatecano Ramón López Velarde la creación de un poema a la patria con motivo de la conmemoración del primer siglo de la conquista de su independencia. López Velarde nombraría su poema “La Suave Patria”. ↵
- El 19 de septiembre de 1985, y luego en 2017, tuvieron lugar dos sismos de grandísima magnitud en la Ciudad de México. Después, en 2022, volvería a temblar exactamente en la misma fecha. Sobra decir que cada vez que viene ese día en México, todos literalmente nos ponemos a temblar.↵
- Carta de José Luis Martínez a Alfonso Reyes fechada el 19 de septiembre de 1944, en Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, p. 135.↵
- Carta de Alfonso Reyes a José Luis Martínez fechada el 20 de septiembre de 1944, en Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, pp. 136-37.↵
- Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, p. 347.↵
- Rodrigo Martínez Baracs, “Estudio preliminar. La amistad literaria de Alfonso Reyes y José Luis Martínez”…, p. 33.↵
- Yuliana Montserrat Medina-López, et al., “La medicina y las enfermedades de Alfonso Reyes”, en Medicina Universitaria, 11 (43), 2009, UANL, México, p. 138.↵
- Rodrigo Martínez Baracs, “Estudio preliminar. La amistad literaria de Alfonso Reyes y José Luis Martínez”…, p. 34.↵
- Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1959…, p. 346.↵
- Tómese en cuenta a este respecto que en México entre 1926 y 1929 tuvo lugar “La Guerra Cristera” entre el gobierno mexicano y el Ejército Cristero. El conflicto se dio por la oposición de religiosos a la “Ley Calles”, la cual establecía limitar el culto al catolicismo. Esta guerra cobró la vida de alrededor de 250,000 personas.↵
- Alfonso Reyes, “Cartilla moral”, en Obras completas, tomo XX. FCE, México, 1979, p. 484.↵
- Jaime Torres Bodet, “Iniciación de la campaña contra el analfabetismo”…, p. 109.↵
- Ibidem. ↵
- Este tipo de escandalosas omisiones no ha sido aislado en la SEP. En 2018, todavía bajo el funesto gobierno de Enrique Peña Nieto, esta Secretaría publicó un libro de matemáticas para segundo año de primaria en donde la mano pasó de tener cinco dedos a seis. Aquí una nota al respecto: https://www.eluniversal.com.mx/nacion/desata-burlas-mano-de-6-dedos-sep-reconoce-errata. ↵
- Rodrigo Martínez Baracs, “Estudio preliminar. La amistad literaria de Alfonso Reyes y José Luis Martínez”…, p. 35.↵
- Para un detallado conocimiento de la historia de las diferentes ediciones de la Cartilla moral, se aconseja al lector visitar el texto de Javier Garciadiego: “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”, contenido en la edición que el autor preparó de la Cartilla moral para El Colegio de México en 2019. Será una evidencia que este apartado de mi escrito está en deuda con esta, la más reciente, edición de la Cartilla moral de Reyes. Es relevante señalar que esta versión reproduce aquella que en 1959 publicó el Instituto Nacional Indigenista, la cual fue la última en ser revisada por el propio Alfonso Reyes. ↵
- Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”…, p. 20.↵
- Ibid., pp. 20-21.↵
- Ibid., pp. 21-22.↵
- En mi opinión, más que “desenfadada”, la expresión que Reyes usa para referirse a los niños indígenas, “inditos”, me parece sobre todo despreciativa. Su uso del diminutivo evidencia que su posición de enunciación es la de un superior no sólo en cuanto a la edad, sino en cuanto a saber. En este sentido, conviene rescatar lo que no hace mucho Christopher Domínguez Michael dijo al respecto de la posición de los ateneístas —de los cuales Alfonso Reyes formó parte— con relación a las poblaciones indígenas del país. Cito: “Vasconcelos, como Alfonso Reyes, la llamada generación del Ateneo de la Juventud, en un país que estaba lleno de indios, tenían un desprecio absoluto por los indios que trabajaban en su casa. La generación del Ateneo tenía la herencia liberal de que el indígena era una rémora en la constitución de la nacionalidad y que lo mejor que le podía pasar era disolverse en la sociedad, desaparecer y volverse mestizo. Entre más blanco, mejor […] Si ustedes leen los cuentos de Alfonso Reyes siempre que aparecen indios hay un dejo de desprecio de clase”, en la conferencia: “Identidad nacional: de la novela de la Revolución a la filosofía de lo mexicano”, dictada en El Colegio de México, martes 21 de agosto de 2018. En línea: https://www.youtube.com/watch?v=6ddztWFWdZo. Jules Romains ya había dicho de Reyes lo siguiente: “Il était, en particulier, très européen, et très ‘race blanche’”. En Jules Romains, “Alfonso Reyes”, en James Willis Robb (comp.), Más páginas sobre Alfonso Reyes, volumen III, segunda parte. El Colegio Nacional, México, 1996, p. 774. En adición, es una evidencia que, en repetidas ocasiones, Reyes, cuando sus intereses lo llevaban a reflexionar sobre el pasado prehispánico mexicano, lo solía hacer desde la posición occidental. Esto se muestra particularmente en la redacción de su Visión de Anáhuac, escrita en Madrid hacia 1915. En esta obra, Reyes hace una descripción del Valle de México desde la visión de los conquistadores españoles, no desde la de aquellos que los vieron aparecer. El propio Reyes así lo ha señalado explícitamente y también algunos de los lectores más ilustres de su poema, como lo fueron Valéry Larbaud y Benjamin Crémieux. Véase a este respecto: Alfonso Reyes, Historia documental de mis libros [1955-1959], en Obras completas, tomo XXIV. FCE, México, 1990, pp. 178-186. Por supuesto, el contrapunto de la Visión de Anáhuac fue el libro de Miguel León Portilla: Visión de los vencidos, publicado el mismo año del fallecimiento de Reyes, 1959.↵
- Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”…, p. 23.↵
- Ibid., p. 24.↵
- Ibid., p. 25.↵
- En 1984 Jesús Reyes Heroles, entonces al frente de la SEP, ideó publicar la Cartilla moral para que formara parte de los libros de texto gratuitos. Su muerte, en 1985, impidió el objetivo.↵
- Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”…, pp. 26-27.↵
- José Luis Martínez, “Presentación”, en Alfonso Reyes, Cartilla moral. SEP, México, 1992, p. 5.↵
- En esta polémica nacional, que basculaba entre los juicios a favor y en contra de la censura del texto de Reyes, participaron sobre todo Gastón García Cantú, Margarita Michelena, Alicia Zendejas, Luis Bernardo Pérez y Miguel Ángel Granados Chapa, con textos publicados en Excélsior, La Jornada, Ovaciones y El Nacional. Para conocer los pormenores de la polémica se remite al escrito de Javier Garciadiego: “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”. ↵
- Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”…, p. 29.↵
- En reciente entrevista Garciadiego declaró a este respecto: “Es un libro de su tiempo, solicitado para adultos mayores no lectores. Está limitado por su tiempo, es un libro escrito en masculino, pero también es un libro pionero en algunos temas, por ejemplo, el respeto al medio ambiente. No es un libro religioso y tampoco de adoctrinamiento”. En Sonia Corona, “La ‘Cartilla moral’, el polémico mensaje aleccionador de López Obrador para los mexicanos”. “[…] En mi opinión es manifiesto que desde un inicio el gobierno que encargó la redacción de las lecciones morales lo hacía con claras intenciones doctrinales. Esto último me parece que es afirmado por el propio Garciadiego cuando dice que la Cartilla moral de Reyes es su ‘único texto civilizatorio’”. En María Eugenia Sevilla, “La cartilla que nadie leyó”… ↵
- Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”…, p. 40.↵
- Esta edición no es recogida en su estudio por Javier Garciadiego. Aquí sus datos bibliográficos: Alfonso Reyes, Cartilla moral. UANL-Visión 2020 UANL, Monterrey, México, 2015, 48 páginas.↵
- Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”…, pp. 41-42.↵
- Carlos Eduardo López Cafaggi, “Alfonso Reyes y López Obrador: de la Cartilla moral a la Constitución moral”, en NEXOS, México, consultado el 18 de enero de 2019, p. 3. En https://cultura.nexos.com.mx/?author_name=carlos-eduardo-lopez-cafaggi.↵
- Ibid., p. 2.↵
- Ibid., p. 4.↵
- Cfr. Alfonso Reyes, Cartilla moral. SEP, México, 1992, reimpresión de 2018, PDF, p. 2. En https://lopezobrador.org.mx/wp-content/uploads/2019/01/CartillaMoral.pdf.↵
- María Eugenia Sevilla, “La cartilla que nadie leyó”… ↵
- Sonia Corona, “La ‘Cartilla moral’, el polémico mensaje aleccionador de López Obrador para los mexicanos”… ↵
- Andrés Manuel López Obrador en Alfonso Reyes, Cartilla moral. SEP, México, 1992, reimpresión de 2018…, p. 4.↵
- Carlos Eduardo López Cafaggi, “Alfonso Reyes y López Obrador: de la Cartilla moral a la Constitución moral”…, p. 5.↵
- Sonia Corona, “La ‘Cartilla moral’, el polémico mensaje aleccionador de López Obrador para los mexicanos”… ↵
- Ibidem. ↵
- Ibidem. ↵
- María Eugenia Sevilla, “La cartilla que nadie leyó”…↵
- Sonia Corona, “La ‘Cartilla moral’, el polémico mensaje aleccionador de López Obrador para los mexicanos”… ↵
- Rodrigo Vera, “Líderes evangélicos prometen repartir la ‘Cartilla moral’ en diez mil templos”, en revista Proceso, 22 de febrero de 2019, en línea: https://tinyurl.com/4f2asxs3.↵
- Por su parte, la Arquidiócesis Primada de México se ha mostrado crítica al respecto de la difusión de la Cartilla moral. Véase al respecto la siguiente nota: https://tinyurl.com/5n6mvuht.↵
- Algunos de los opositores más enfáticos de dicha reedición masiva y estatal de la moral reyista han sido Roger Bartra, con su artículo “Amor interno bruto”, publicado en Letras libres (marzo de 2012); Javier Sicilia, con su texto “Violencia, moral y suelo”, en Proceso (3 de julio de 2018); y la organización política República Laica. Estos datos los rescato del texto de Javier Garciadiego que he tenido ocasión de citar ampliamente en este artículo.↵
- Alfonso Reyes, “Cartilla moral”, en Obras completas…, p. 484.↵
- Acá puede ubicarse dónde se gesta el deseo de López Obrador: pasar de lo no escrito a lo escrito en referencia a esa Constitución moral de la que habla Reyes. En tanto este último concibe tal constitución como “voz de la consciencia”, puede decirse, en términos psicoanalíticos, que tal intención de escritura es equivalente a escribir constitucionalmente el superyó. ↵
- Alfonso Reyes, “Cartilla moral”, en Obras completas…, p. 490.↵
- Ibid., p. 497.↵
- Ibid., p. 493.↵
- Ibid., p. 496.↵
- Ibid., p. 499.↵
- Ibid., p. 505.↵
- Ibid., p. 501.↵
- Como lo menciona Jacques Derrida siguiendo a Adorno: el idealismo kantiano, su soberanía racional y humanista, está “dirigida contra los animales”. “Nada es más odioso al hombre kantiano, dice Adorno, que el recuerdo de un parentesco o de una afinidad entre el hombre y la animalidad”, en Fichus, Paris, Galilée, 2002, pp. 54-55. ↵
- Alfonso Reyes, “Cartilla moral”, en Obras completas…, p. 508.↵
- Evidentemente, estas líneas críticas en torno al contenido de la Cartilla moral van en dirección opuesta de las de Garciadiego, quien opina que lo escrito por Reyes es “un libro con perspectiva histórica y contemporánea, nacional y universal”; y se hacen a su vez aliadas del juicio de Javier Sicilia, quien piensa que la resolución de la bancarrota ética mexicana y mundial no se resuelve con constituciones morales, sino “poniendo límites a la […] economía del mercado”, “a la expansiva lógica de la economía y sus horrendas desmesuras”, cosa que, al menos en más de seis meses de gobierno, no se nota que el gobierno de López Obrador promueva o pueda hacer (citas extraídas de Javier Garciadiego, “La Cartilla moral: vicisitudes editoriales y posibilidades políticas”…, página 62 para la afirmación de este último y 44 para las de Sicilia).↵
- Stefan Müller-Doohm, En tierra de nadie. Theodor W. Adorno: una biografía intelectual. Herder, Barcelona, 2003, p. 514.↵
- Theodor W. Adorno, Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Akal, Madrid, 2010, p. 79.↵
- Ibid., p. 78.↵
- Ibid., p. 84.↵
- Ibid., p. 17, cursivas mías.↵
- Leonardo Martínez Carrizales, La gracia pública de las letras. Tradición y reforma en la institución literaria de México…, p. 55.↵
- Alfonso Reyes, Historia documental de mis libros [1955-1959], en Obras completas, tomo XXIV. FCE, México, 1990, p. 162.↵
- Alfonso Reyes, El suicida, en Obras completas, tomo III. FCE, México, 1956, p. 236.↵
- Ibid., p. 280.↵
- Ibid., p. 301.↵
- Ibid., p. 274.↵
- Ibid., p. 303.↵
- Ibid., p. 297.↵
- Así califica Leonardo Martínez Carrizales a Reyes. Según él, la función de canciller es una que “posee el atributo básico del resguardo, del orden y la medida consustanciales a la entrada que se produce a través de un cancel; atributo que muy pronto vino a normalizarse, ya no digamos en la arquitectura doméstica y civil, sino en la del mismo Dios: las puertas del Reino, o cualquier cosa parecida. Ya se advierte, supongo, el peso simbólico que hay detrás de esta clase de ideas”, en La gracia pública de las letras. Tradición y reforma en la institución literaria de México…, p. 62.↵
- Ibid., pp. 241-42, cursivas mías.↵
- Ibid., p. 245.↵






