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5 Reseñas

Ignacio Telesca, Tras los expulsos. Cambios demográficos y territoriales en el Paraguay después de la expulsión de los jesuitas, Asunción, Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción, 2009, 439 páginas

Julio Djenderedjian

Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”-CONICET

 

Paraguay es tierra de paradojas; una abundante y variada literatura ha sabido ponerlas a menudo de relieve. Entre multitud de otras mucho menos secretas, existe una que considero estructural para comprender el devenir de su compleja economía en los años coloniales, y para la cual el libro de Ignacio Telesca brinda inmejorables elementos de análisis. En un contexto y en un período en el que la amplia disponibilidad de mano de obra indígena era factor esencial de creación de riqueza, Paraguay carecía absolutamente de esta última, pero abundaba en la primera. Puede ser materia de discusión el grado real de delgadez de sus fortunas, aun cuando tantos autores se hayan complacido en remarcarla: todavía hacia mediados del siglo XIX los hogares de la élite asunceña podían hacer gala cotidianamente de rústica vajilla de plata, cuyo volumen y espesor solían sorprender a los viajeros.[1] Pero de todos modos, lo concreto es que la economía paraguaya era pobre, al menos en comparación con sus vecinas; aun al iniciarse el último cuarto del siglo XVIII, la plata metálica estaba ausente del circulante, habiendo claudicado ante sucedáneos de fabricación local, las llamadas “monedas de la tierra”. Y justamente en esos años todavía los servicios de su amplia población indígena estaban en buena parte sujetos a arcaicas rémoras legales como la encomienda o el repartimiento.

Son esas insólitas pervivencias las que nos brindan algunas pistas para entender el caso. Si era necesario echar mano de ellas, eso significa que la disponibilidad de mano de obra no debió de haber sido tan copiosa. Y según nos muestra Telesca, la explicación de tal singularidad residía en que la proporción más consistente de esa mano de obra estaba monopolizada por un único y muy característico actor: la Compañía de Jesús. En sus años de auge mayor, el sistema jesuita ejercía su influjo sobre más de 140.000 personas, esto es, tanto como la mitad de la población paraguaya;[2] esa valiosa muchedumbre, cuidadosamente aislada y operando en completa relación de exterioridad con el resto de la economía provincial, acumulaba con respecto a ésta fenomenales diferencias de productividad, compitiendo incluso y confrontando con ella, puesto que ambas producían los mismos bienes. El sistema jesuita, además, contaba en esa lucha con evidentes ventajas: en los mercados finales había sabido por ejemplo labrarse valiosos nichos de selectividad mediante la especialización en renglones de mayor valor agregado y, más importante aún, usufructuaba los beneficios de una compleja y eficiente organización a escala regional, imperial e internacional, que reducía en forma considerable los costos de comercialización y de transporte. Así, mientras el resto de los actores de la pobre aunque ricamente dotada economía paraguaya debía oblar costosas comisiones a sus intermediarios con los mercados externos, y depender malamente para multitud de quehaceres de los pocos brazos provistos por las languidecientes encomiendas comarcanas de Asunción, los jesuitas contaban con el servicio obediente y eficaz de una abundante copia de pueblos indígenas, que a su vez usufructuaban inmensos y ubérrimos territorios de frontera, utilizados al mismo tiempo como reserva de recursos, como factor de aislamiento y como espacios productivos, aun cuando esto último en forma muy limitada y bajo pautas más que extensivas incluso en momentos en que la extensividad era la norma.[3] Agreguemos a ello la posesión de abundantes tierras de buena calidad en torno al mismo núcleo de los alrededores de Asunción, y tendremos a la vista un panorama casi completo de la inmensa importancia de la Compañía en la economía provincial, y de los problemas y resentimientos que generaba en muchos de los actores de esta última. Las duras rebeliones comuneras, analizadas en el capítulo segundo, brindan de ambos fenómenos un catálogo tan exhaustivo como rico, transcribiendo además en números parte consistente de ellos.

El libro de Ignacio Telesca constituye pues un invalorable aporte para mostrarnos los antecedentes y las consecuencias de un momento clave: aquel en el que, de improviso, el sistema jesuítico comenzó a ser desarticulado por completo, dando por fin lugar a la corrección de esa antigua anomalía y al surgimiento de una renovada sociedad mestiza. La expulsión liberó las fuerzas y los recursos celosamente acopiados y sustraídos por la organización jesuita; y lo hizo sin que fuera posible someterlos a los antiguos sistemas de dominio que habían sido utilizados por la sociedad criolla para manejar los magros elementos hasta entonces a su disposición. La administración borbónica no permitió a los ávidos criollos ni el ejercicio de la ya perimida encomienda ni el de la esclavitud encubierta de los mandamientos sobre los pueblos que antiguamente habían estado bajo control jesuita; pero no pudo impedir que éstos se amalgamaran con su entorno, demoliendo en poco tiempo la claridad de los viejos estamentos coloniales. Desde mediados del siglo XVIII, pero con mucha mayor certeza desde 1767, la población considerada indígena desciende con rapidez, proceso que aun habrá de acelerarse con el paso del tiempo; lo cual está expuesto con abundante acopio de material, como para despejar cualquier duda. Además, los aportes de Telesca coinciden y a la vez completan el panorama de la investigación empírica al respecto, y lo hacen luego de analizar con exhaustividad todo o casi todo lo que ella ha ido hasta ahora poniendo de relieve. El rápido desarrollo del trabajo asalariado se ve así explicado y fechado con mayor precisión, lo cual es un gran avance, aun cuando no signifique necesariamente que hayamos terminado de reunir todos los elementos precisos para entenderlo mejor.

En efecto, quedan todavía muchas incógnitas. Una de ellas es que, de todos modos, la resolución de aquella situación anómala y la posibilidad de que la economía paraguaya fuera por fin dueña del gran recurso que había poseído desde siempre no necesariamente significó para ella la obtención de medios más auspiciosos para insertarse en el intercambio regional. Si el último cuarto del siglo XVIII fue indudablemente un período de expansión productiva y sólidos avances de los rubros exportables, es difícil decir qué parte de esa progresión correspondió a factores internos y qué otra a externos. La mejora de los términos del intercambio o el estímulo oficial a través de mecanismos como el establecimiento del estanco del tabaco pueden así ser vistos como razones tanto o más poderosas para esos avances que una más alta productividad del trabajo; y tampoco por otra parte esos avances parecen necesariamente más rápidos que los logrados por otras economías de la región, al menos a través de los pobres datos con que contamos. En todo caso, los beneficios de ese auge distan de haber sido excesivamente amplios en el interior mismo de la economía provincial: los salarios paraguayos serán todavía a inicios del siglo XIX sólo la tercera o cuarta parte de los pagados en las muy cercanas tierras entrerrianas o santafesinas.[4] La explicación al respecto avanzada por el libro, sin dejar de ser razonable, no logra satisfacer por entero: discutiendo con buena parte de la bibliografía, Telesca encuentra en la apropiación del rico patrimonio fundiario jesuítico por parte de la élite asunceña los elementos iniciales (más aún: esenciales) de la construcción de la gran propiedad paraguaya, la cual hasta ahora había sido atribuida a procesos de fecha muy posterior.[5] Más allá de que la dimensión por sí misma de esas tenencias no es capaz de explicarlo todo (y menos aún cuando se trata de superficies situadas en espacios muy distantes y distintos entre sí, como la región comarcana de Asunción o las lejanas fronteras del norte), de cualquier forma habría todavía que demostrar empíricamente que las transferencias de dominio habidas a lo largo de más de doscientos años no hicieron sino continuar la anomalía inicial, conservando indivisas hasta la actualidad las inmensas y bien situadas propiedades que habían sido de la orden jesuita. E incluso, si ello efectivamente ocurrió, sin dudas se debió a procesos que de una u otra forma excedieron con plenitud la voluntad de las élites: sólo factores económicos, y en especial la debilidad de la demanda más que la contracción concertada de la oferta, me parece que podrían de algún modo explicar que superficies útiles y centrales permanecieran inmutablemente en manos de los mismos dueños por el dilatado lapso de dos centurias y media.

En todo caso, sigue pendiente la pregunta primigenia: por qué la economía paraguaya, y en especial sus actores más pobres, no lograron cosechar mayores beneficios luego del fin del sistema jesuítico. Para responderla, sólo podríamos aquí poner de relieve que en la nueva etapa que se abrió a finales del siglo XVIII hacía falta algo más que contar con abundante dotación de fuerza de trabajo para acumular riqueza, y que los espacios interiores, como el paraguayo, justamente por su posición insular no habrían de encontrarse entre los más beneficiados al respecto. Ello, por otro lado, nos permite hasta cierto punto entender los denodados esfuerzos de la dirigencia paraguaya por conservar algo de las ventajas diferenciales que creía residían todavía en el hecho de contar con una consistente fuerza de trabajo. El aislamiento buscado y en parte encontrado por los gobiernos del doctor Francia y del primer López, y el férreo control personal que ambos intentaron construir sobre las variables más diversas de la economía paraguaya, se entienden así mejor en tanto experimentos orientados a impedir migraciones aun más masivas de esa fuerza de trabajo hacia lugares donde se la remuneraba mucho más, y donde por lo tanto su valor y las oportunidades de progreso a él ligadas eran mayores. Lo cual, de prolongarse, podría haber conspirado no sólo contra la disponibilidad de soldados, sino también, y sobre todo, contra la rentabilidad de la economía local, que resultaba imprescindible conservar ante los altísimos costos de transporte hasta el Atlántico y la competencia impuesta por las regiones productoras circunvecinas, que disfrutaban de mejor situación relativa, en buena parte gracias al mismo hecho de la ruptura del espacio colonial, que permitió un contacto más directo con el mercado externo. El mediano éxito de esa réplica sui generis del antiguo sistema jesuítico durante la primera mitad del siglo XIX muestra hasta qué punto la estabilidad política resultaba un factor fundamental para organizar los recursos, aun cuando implantada bajo la fórmula de un dominio concentrado y personal, con altas dosis de arbitrariedad y, por lo tanto, de ineficacia. Y quien lo busque podrá incluso encontrar algún eco de esa fórmula en sitios bastante distintos, como el Entre Ríos de Justo José de Urquiza.

Pero esa forma de tratar las cosas no podía de cualquier modo perdurar: constituía sin dudas un expediente adecuado para tiempos de emergencia y para momentos en que la rústica simplicidad y la escasa dimensión de la economía permitían un control personal bastante íntimo sobre ella. Pero no era capaz de ofrecer mucho más. Así, en la medida en que el éxito de ese esquema se basaba en buena parte en la realización, en mercados externos, de las ventajas comparativas de esa economía, esta última se habría de complejizar, volviéndose cada vez menos reducible a un esquema de control simple y directo. El cambio se tornaría así cada vez más necesario, y más difícil en la medida en que el desmontaje del antiguo orden tardara en ser encarado: más aún cuando en esquemas de ese tenor la continuidad depende siempre de la sucesión en alguien con suficiente voluntad y capacidades para ello, y cuya emergencia, bajo un régimen autoritario y de privilegio familiar, nunca está garantizada. De ese modo, ni la gran tragedia de 1865-1870 pudo por sí sola ser la culpable de su destrucción, ni su ausencia hubiera permitido que durara: de una manera o de otra, con o sin los López, el Paraguay de la década de 1870 hubiera debido encontrar una fórmula distinta para sobrevivir en el complejo mundo del que hasta ese momento había logrado obtener algunos beneficios cosechándolos con recetas ya demasiado antiguas.

Por cierto que el libro de Ignacio Telesca no avanza hasta momentos tan distantes, pero proporciona buena parte de los elementos para hacerlo. Ese no es el mayor de sus méritos: el ya mencionado esfuerzo de acopio de datos y revisión bibliográfica es realmente impresionante, más aún cuando se tienen en cuenta las limitadas posibilidades de realizar algo así sin un apoyo institucional continuo y sólido. El libro conserva, por otro lado, un aspecto de tesis que constituye una inapreciable ventaja para quienes estamos fuertemente interesados en el tema, pero que por ello mismo conspira contra la posibilidad de ampliar el censo de sus lectores, a menos que éstos estén dispuestos a pasar largas horas frente a cúmulos de datos engarzados en gráficos y cuadros como partes de una compleja obra de orfebrería. Sin duda que, con la sustancia del libro, podrían haberse escrito uno o dos más, aprovechando en ello la multitud de aspectos analizados cuya ligazón con el objetivo principal de la investigación pudiera incluso a primera vista parecer lateral. Por otro lado, hay algunos aspectos que hubieran podido ser más ampliamente desarrollados; y algo que considero fundamental es el diálogo con la bibliografía situada más allá del caso, en especial la producida para contextos similares y la correspondiente a teoría económica. Es cierto que el caso en sí es excepcional, y que ello, a la inversa de lo que suele ocurrir, no le quita sino que le agrega interés. Pero de todos modos, la puesta en evidencia de sus vínculos con otros espacios y momentos (que sin duda existen) le hubiera otorgado una visibilidad mucho más amplia y una dimensión aun mayor.[6] Agregaría una acotación que puede parecer formal, pero que no por ello esté quizás exenta de alguna utilidad: las conclusiones son un repaso de agendas futuras, en tono por momentos preceptivo, antes que una recapitulación concisa de los sustanciales aportes de las páginas precedentes. Más allá de que de todos modos el cúmulo de tareas pendientes siempre parecerá excesivo para cuanto estemos posibilitados de hacer, creo que el riquísimo trabajo realizado merecía un cierre que sacara de él mayor partido, entre otras cosas porque no es nada frecuente contar con investigaciones de envergadura similar, que constituyen la mejor prueba de que esa larga agenda de tareas pendientes ha comenzado a ser cubierta, y cuenta con investigadores ampliamente capacitados para ello.

De más está aclarar que esto último no debiera en modo alguno escamotearnos parte de los méritos del trabajo. Telesca logra algo que hacía mucho tiempo buscábamos: ordenar y explicar un fenómeno crucial de la historia económica paraguaya, cuyas consecuencias, a pesar de la modesta amplitud del título, fueron mucho más allá de un conjunto de cambios demográficos y territoriales de importancia.

Martín Cuesta, Precios, población, impuestos y producción. La economía de Buenos Aires en el siglo XVIII, Buenos Aires, Temas Grupo Editorial, 2009. 215 páginas

Daniel Santilli

Instituto de Historia Argentina y Americana“Dr. Emilio Ravignani”, Universidad de Buenos Aires

 

El texto que nos ocupa se inscribe en una ya antigua discusión: ¿cuáles son las razones del crecimiento económico acelerado que se nota en la economía de Buenos Aires desde por lo menos mediados del siglo XVIII? En realidad, la cuestión tiene que ver con el lugar que ocupan las reformas borbónicas (RB) como motor de tal crecimiento. Es decir, ¿fueron beneficiosas o perjudiciales para la economía porteña? ¿Impulsaron o frenaron la evolución económica? ¿O fueron intrascendentes en ese sentido? Tal vez la primera evaluación de las RB en sentido positivo puede hallarse en la Historia de Belgrano de Bartolomé Mitre. Dice: “Ellos [los estudios económicos de Manuel Belgrano] contribuyeron más poderosamente aún á preparar la revolución política que estalló más tarde, la que fué precedida por la revolución económica del comercio libre, que emancipó mercantilmente a la colonia de su metrópoli, triunfo pacífico al cual no es extraño el nombre y la influencia de Belgrano” (p. 63, ed. de 1859). Esta imagen persistió, como muchos otros apotegmas de Mitre, durante más de cien años en la historiografía argentina. Al fin de ese lapso, encontramos en la vereda de enfrente entre muchos otros a Zacarías Moutoukias, para quien las RB no habrían tenido ningún efecto económico multiplicador, ya que sólo legalizaron relaciones mercantiles previas y reforzaron el monopolio comercial de España.[7] Estas posiciones se han visto matizadas sobre todo a partir de los estudios de Juan Carlos Garavaglia, que muestran un crecimiento efectivo de la economía porteña no exclusivamente dependiente del comercio externo.[8] El trabajo que nos ocupa interviene en esta discusión afirmando directamente que las RB no habrían tenido el impacto que les atribuye la historiografía tradicional ya que el crecimiento es secular, es decir, tanto previo como posterior a las modificaciones introducidas desde la península. Se apoya para ello en varios trabajos llevados a cabo por Carlos Newland, Herbert Klein y Magnus Mörner, entre otros, quienes de un modo u otro, y desde su ángulo de enfoque particular, han observado el crecimiento de la economía de Buenos Aires desde la primera mitad del siglo XVIII.

Para probar sus aseveraciones, analizará en cuatro capítulos la evolución de la población de la ciudad rioplatense, los precios y mercados, la fiscalidad montada en Buenos Aires y la producción agropecuaria.

En el capítulo 1, analiza la población de la región bonaerense, basado en los censos de 1744, 1778 y 1810-1815. De modo que partiendo de 1744, al no contar con referencias de los primeros cuarenta años del siglo, le resulta imposible verificar que hubo en ese lapso un empuje mayor, comprobando directamente que hacia finales del siglo el incremento se acelera y que fue mayor en la campaña que en la ciudad. Sin embargo, insiste en el escaso resultado de las RB, aunque no pueda demostrar un mayor crecimiento en la mitad inicial, sino después de 1778. Tampoco puede demostrar en ese mismo lapso un aumento de la ocupación de tierras, tanto hacia adentro de la frontera indígena como hacia afuera. En definitiva, el crecimiento demográfico de esa etapa inicial se basa en testimonios cualitativos, antes que en registros cuantitativos. Asimismo, no encuentra cambios en la estructura ocupacional entre 1744 y 1810, señalando el peso de la actividad terciaria, comercio, servicios y Estado, en ese lapso. Sin embargo, cuando analiza sectores por separado, se puede observar un aumento mayor de la agricultura con respecto a la ganadería. Pero es el terciario, donde la reducción de los habitantes dedicados al comercio y el incremento de los militares y del rubro otros, que no pueden interpretarse de otro modo que aumento del papel de los empleados del Estado, ahora virreinal, debería ser el que le sorprende más. Está claro entonces, aunque el autor no lo mencione taxativamente, que en el crecimiento de Buenos Aires y su zona aledaña influye más el aumento de la burocracia y el de los pobladores de su entorno que se dedican a la agricultura. Claro ejemplo de aumento de consumidores y productores, en una economía de carácter rural, es decir, de los que consumen alimentos y de los que abastecen precisamente de esos insumos básicos.

El capítulo 2 se detiene en el análisis de precios mencionando las dificultades para este tipo de análisis en la etapa preestadística. De todos modos, las fuentes que utiliza, registros del Cabildo, de hospitales y libros de conventos religiosos, son sin duda confiables y tal vez superiores a las que podemos encontrar para el siglo XIX. Descarta en primera instancia la posible influencia de la oferta y demanda de moneda como motivador de oscilaciones en los precios, cuestión que debería tal vez tratarse con mayor atención, ya que por efecto de la evolución del situado potosino, podría su injerencia ser de mayor envergadura.[9] Los productos que sigue en su evolución son altamente representativos del consumo de los pobladores: sal, leña, grasa, carne, trigo, vino y papel, aunque no en la misma proporción. Hábilmente el autor elude la utilización de precios por mayor o ligados al comercio exterior, como pueden ser los cueros. En general, los precios demuestran oscilaciones en alza hacia finales de la primera mitad del siglo, estabilizándose luego o tendiendo a la baja. Claro que lamentablemente, según puede verse en sus gráficos, los datos son más abundantes para la segunda mitad del siglo que para la primera. Algunas reflexiones sobre el precio de la carne pueden ser erróneas, como la comparación con los cueros embarcados. Muestra que mientras aumenta la cantidad de pieles, también aumenta el precio de la res, relación contradictoria, ya que el incremento de las faenas para obtener cuero debería incrementar la oferta de carne, por lo tanto, bajar el precio. Sin embargo, no necesariamente puede haber una relación entre ambos fenómenos, ya que como ha sido demostrado los cueros para esa época provenían de todo el ámbito litoral, mientras la carne lo hacía sólo de la campaña de Buenos Aires.[10] El índice de precios que construye mejora en cierto sentido el que elaboró Lyman Johnson[11] para finales del período, ya que le agrega la carne, dato con que no contaba el autor norteamericano. Se verifica una gran estabilidad en todo el siglo. Ello lleva al autor a reflexionar acerca de la posibilidad de la economía porteña de incrementar la oferta de productos de consumo para satisfacer la mayor demanda generada por el aumento de la población y de la mayor presencia de moneda. De modo que no encuentra que los cambios institucionales generados por la RB hayan influido en los precios. Éstos no se modificaron o lo hicieron por razones de mercado.

En el capítulo 3 se analiza la Real Hacienda de Buenos Aires. Nos internamos ahora en una cuestión que ha dado lugar a intensas especulaciones. La pregunta es si el indudable incremento recaudatorio se funda en un aumento de la producción, es decir, en un agrandamiento de la base gravada, o simplemente en una acentuación de la presión tributaria, vía incremento de las tasas o del poder de control de las autoridades. La evaluación de las cuentas no es muy sencilla, ya que a las variaciones generadas por las RB, por las que Buenos Aires pasó a percibir ingresos nuevos como capital de virreinato, hay que agregar las modificaciones en tasas y productos gravados, además de los ingresos más o menos excepcionales producidos por decomisos y de las variaciones que se pueden producir por la adjudicación de la recaudación a particulares. De todos modos, el discurso de Cuesta parece sustentarse en un buen análisis de las fuentes. Estima que el aumento recaudatorio de las alcabalas, más de diez veces, no puede basarse sólo en un incremento de la presión tributaria, sino además en un agrandamiento de la actividad económica, más allá de las RB. En el rubro en que sí influyen estas últimas es en la espectacular subida del situado, el aporte de la casa de moneda de Potosí a la nueva capital, cuyo monto nominal previo a la creación del Virreinato era bastante menor, aunque en porcentajes siempre fue muy alto. Pero lo realmente novedoso de su tratamiento es la comprobación de la inexistencia de déficit fiscal si se extraen los gastos militares externos a la región, así como el monto proveniente del situado. Es decir que la economía de Buenos Aires era autosuficiente más allá de las inyecciones suministradas por el situado. Además, si bien la presión tributaria per cápita era muy alta, más alta que en el resto de América hispana, no puede considerarse sin tener en cuenta que la población a la que gravaba no era sólo la de la región, sino también la del interior a la que se destinaban una buena parte de las importaciones. En definitiva, si bien las RB no influyeron institucionalmente en el incremento de la actividad económica, el autor debe coincidir que el arribo del situado y el pago de sueldos a la burocracia y los militares generaban un flujo monetario que activaba resortes de la economía local.

El último capítulo se destina a la producción, medida a través de la recaudación del diezmo. Ya se conocen en profundidad las dificultades que arrastran ese tipo de fuentes, que el autor conoce, y que trata de sortear con observaciones y metodología que ya la historiografía elaboró. Una de ellas es convertir a los diezmos de valores nominales en reales, aplicándoles un índice de precios combinado de trigo y carne, medida acertada ya que se trata de los dos productos más representativos de la producción local para consumo interno. Sin embargo, nos parece osado que el porcentaje de incidencia de cada producto, 60 y 40% respectivamente, al margen de arbitrario y más allá de las justificaciones de Cuesta, sea considerado idéntico para todo el siglo, habida cuenta de las variaciones productivas del lapso. Pero medido tanto en valores nominales como con números índices o con el deflactor mencionado, el volumen de la producción aumentó a lo largo de todo el siglo. Si bien parece más estable en las primeras tres décadas, a fines de los años treinta comienza una curva ascendente que, luego de un escalón, se profundizará a partir de los años setenta. Esta comprobación permite en cierta medida evitar la especulación sobre el precio y la cosecha que hacían los diezmeros, aquellos que ofrecían recaudarlo a cambio de un monto fijo. La aseveración acertada del autor es que la producción respondió muy bien a un aumento de la demanda por crecimiento demográfico. Así, el producto per cápita se mantuvo constante durante todo el siglo, es decir que la oferta de factores, tierra y mano de obra respondió muy bien a la demanda. El crecimiento, entonces, fue de carácter extensivo, dada la relativa abundancia de tierras inexplotadas y la posibilidad de incorporación de migrantes del interior como fuerza de trabajo.

En las consideraciones finales, Martín Cuesta retoma los principales ejes de los diferentes capítulos, lo que le permite expresar de modo rotundo que los cambios institucionales y políticos introducidos por las reformas borbónicas no tuvieron injerencia en el crecimiento de Buenos Aires, incremento de carácter secular. De tal modo, desmiente que el crecimiento económico pueda entroncarse con la apertura al exterior, un ya conocido argumento en la historiografía clásica, aunque bastante refutado. El ascenso de Buenos Aires tiene que ver con la dinámica interna de la región, antes que por influencias externas. Pero el carácter del crecimiento fue extensivo, es decir, por agregación de factores y no por intensificación de los existentes. Un interesante cuadro muestra en números índice con base 100 en la primera década del siglo XVIII el constante aumento de población, de los diezmos, es decir, la producción, y de la recaudación fiscal, que concluyen el siglo multiplicados por alrededor de 7 veces, mientras los precios se mantuvieron más o menos estables durante todo el siglo, mostrando a su vez lo bien que respondió la producción local al incremento de la demanda provocada por el aumento poblacional.

De modo que la hipótesis de Martín Cuesta es la del crecimiento secular sin injerencia de las reformas borbónicas desde el punto de vista institucional. Sin embargo, reconoce que ellas deben haber influido indirectamente en el crecimiento de la economía a partir de un aumento de la demanda, fundamentada sobre todo en la redistribución que habría generado el Estado con el pago de sueldos a funcionarios, empleados y militares. Es decir que, sin decirlo taxativamente, el autor atribuye a las RB haber empujado el crecimiento de un mercado de consumo en la ciudad basado en la explotación del hinterland inmediato de Buenos Aires. El aumento de la producción agrícola así lo demuestra. Y no sólo a través de las remuneraciones que abona el Estado, sino además por el incremento del movimiento económico que significó la legalización del comercio, del cual Buenos Aires y su élite sacaron jugo, y por la enorme masa monetaria que la Corona colocó en la nueva metrópolis con el situado potosino.

Las conclusiones de Cuesta están bastante cercanas a las de otros historiadores que ya habían adelantado tales aseveraciones. Juan Carlos Garavaglia reconoce su influencia al decir que las RB “tuvieron un efecto muy grande para acentuar algunos cambios que hacía tiempo se estaban esbozando”.[12] También Halperin Donghi, unos años antes, al referirse al ascenso rioplatense, menciona “que la creación del virreinato sin duda no inicia, pero sí consagra y acelera”.[13] En consecuencia, el crecimiento de la economía porteña, y en eso seguramente Cuesta no acuerda, está influenciado por las RB, sobre todo la creación del virreinato y la capitalización de Buenos Aires, que generó una masa de consumidores con dinero en los bolsillos para alimentarse. A ello se le agrega la apertura del puerto que le otorga la llave del comercio legal con todo el espacio interno dependiente de Potosí, que funcionó como un succionador de plata, como un embudo del cual Buenos Aires era el pico. Plata que nuevamente se volcaba en el mercado citadino. Ello sin perjuicio de las concurrentes razones que el libro de Cuesta y otros aportes como los mencionados han demostrado.

El mérito del libro de Martín Cuesta, más allá de las diferencias, es que analiza ese impulso al crecimiento y lo verifica en los números. Desde su publicación conocemos más detalles de la economía colonial porteña. Bienvenido sea.

Lyman L. Johnson, Workshop of Revolution. Plebeian Buenos Aires and the Atlantic World, 1776-1810, Durham and London, Duke University Press, 2011, 410 páginas

Lucas Rebagliati

Universidad de Buenos Aires, CONICET

 

Lyman Johnson forma parte de una generación de historiadores estadounidenses que desde la década de 1970 hasta nuestros días ha iluminado muchos aspectos de la historia rioplatense durante la transición de la época colonial a la era independiente. Una particularidad que distingue al autor de los demás es que su temprana tesis doctoral sobre los artesanos de Buenos Aires en el período virreinal jamás fue publicada y, por ende, tampoco traducida al castellano. A la par que en años subsiguientes diversas facetas de esta investigación vieron la luz en distintas revistas especializadas, el autor amplió su mirada sobre esa pujante capital del Virreinato del Río de la Plata explorando otros temas, como la evolución demográfica, la manumisión de esclavos, la historia de precios y salarios, la cultura del honor y la conflictividad entre esclavos y amos. La profundidad de muchos de sus análisis hizo que Johnson ganara un lugar destacado entre los hispanoamericanistas de habla inglesa, como lo revela su rol de compilador y autor en dos innovadoras obras que hace unos años señalaron muchas líneas interesantes de investigación.[14]

Workshop of Revolution es tributario de esta larga trayectoria de casi cuarenta años, pero lejos de ser una compilación de investigaciones pasadas, es una consistente y original obra. El autor despliega con brillantez el oficio de historiador, moviéndose con destreza en diferentes terrenos como la historia económica, la historia política o la historia social, e intercalando distintas escalas de análisis para responder a muchos vacíos de la historiografía argentina y planteando también nuevas líneas de indagación. La obra se propone estudiar a la plebe o clase trabajadora de la ciudad de Buenos Aires durante el período virreinal en el marco de la más amplia economía atlántica que a fines del siglo XVIII unificaba a distintas regiones de América y Europa. Para lograr tal objetivo, el autor recurrió a archivos de tres países –Argentina, España y Estados Unidos– y analizó una amplísima cantidad y variedad de fuentes de distintos tipos, que incluyen testimonios de viajeros, prensa, censos, correspondencia, expedientes judiciales, testamentos, documentos administrativos y contables del Estado y de otras instituciones, cédulas y decretos, actas del Cabildo, etc. El libro se compone de una introducción, ocho capítulos y un epílogo.

El primer capítulo reconstruye el paisaje urbano de la ciudad de Buenos Aires y los cambios experimentados por la sociedad entre 1776 y 1810, período de un pronunciado crecimiento económico. Mediante un minucioso análisis crítico de los censos y los registros parroquiales, el autor postula un crecimiento poblacional mayor al que suponían no pocos estudiosos. Esta evolución demográfica estaría dictada por la constante inmigración interna, pero también por la inmigración europea y el tráfico de esclavos. Precisamente, la propiedad de estos cautivos estaría ampliamente repartida entre pequeños propietarios de uno o dos esclavos, los cuales tendrían cierta libertad de movimientos teniendo que entregar un jornal a sus dueños. De esta forma, la población afroamericana ganaría lugar progresivamente en los oficios artesanales que estaban dominados en los rangos superiores por los europeos en detrimento de la población criolla.

En el segundo capítulo, Johnson se adentra en el mundo de los artesanos y sus prácticas de reclutamiento, entrenamiento y trabajo. Al analizar esta experiencia en común, reforzada por otros ámbitos como la vivienda, lugares de ocio y de deporte, el autor encuentra una cultura subterránea del honor entre los plebeyos que incluía el actuar como “hombre” para responder insultos y agresiones físicas. El cuadro general encontrado es el de una “clase” sumamente heterogénea integrada por individuos de distinto origen, raza, oficio y edad. Sin embargo, en el análisis del autor emerge cierto perfil social común a casi todos los artesanos. Muchos no estaban casados y la mayoría no eran dueños de su vivienda –teniendo que vivir hacinados en cuartos junto con compañeros de trabajo– y desempeñaban su labor en un contexto mucho más flexible y dinámico que el que caracterizaba a los gremios artesanales en otras grandes capitales virreinales.

Los dos capítulos siguientes exploran las peripecias de los dos únicos intentos que hubo en Buenos Aires de formar gremios artesanales formales al estilo de los existentes en Europa. Un fino análisis de los conflictos que acompañaron a zapateros y plateros en esta travesía le permite al autor descubrir toda una serie de disputas étnicas, raciales y de rango entre la comunidad artesanal. Sin lugar a dudas, uno de los mayores aportes de estas páginas lo proporciona la hipótesis de la fluidez de las categorías raciales y su posible manipulación por parte de los actores de la época. Johnson muestra que si los zapateros “negros” y “mulatos” no resistieron al intento de excluirlos reglamentariamente de obtener cargos en el gremio por crearse, ello se debió a que confiaban en que su alianza con los artesanos de origen criollo les permitiría manipular la asignación de categorías raciales. Así algunos individuos que eran tenidos de color, en otras ocasiones pasaban por criollos o por indios y mestizos según la circunstancia lo requiriese. A su vez, las castas, frente al liderazgo de los inmigrantes europeos en la iniciativa de crear los gremios de zapateros y plateros, lejos de aceptar esta situación de forma pasiva, amedrentaron físicamente a los europeos y, en el caso de los zapateros, apelaron a la corona para crear un gremio segregado, obteniendo aprobación real para ello. Así fue que la ofensiva anticorporativa del Cabildo a fines del siglo XVIII triunfó con facilidad frente a estos dos gremios debilitados por el incremento de las disputas étnicas y raciales.

En el quinto capítulo, Johnson narra los pormenores de la conspiración de los franceses de 1795 en pos de demostrar que entre esclavos y trabajadores se tenía conocimiento de acontecimientos tan distantes como la revoluciones de Francia y Haití. El autor recrea el clima de pánico y alarma que reinaba entre la elite de la ciudad no sólo por los sucesos antedichos, sino también por la falta de respeto y obediencia que exhibían los esclavos hacia sus dueños, expresada en una acrecentada práctica de acudir a los tribunales para conseguir su libertad y denunciar malos tratos. Si las pruebas de la supuesta conspiración son endebles, no es menos cierto que el eco revolucionario francés llegó no sólo a las áreas continentales del Caribe, o a las elites de lugares más distantes, sino también a los sectores subalternos del rincón más austral del imperio español en América. La recuperación de esta mirada atlántica y de largo plazo es positiva,[15] dado el excesivo énfasis que en las últimas dos décadas le ha dado la historiografía a los sucesos de 1808 en la península como origen único de los sucesos revolucionarios posteriores.

Los dos capítulos siguientes representan un esfuerzo metodológico notable en pos de realizar series confiables de precios, salarios y costo de vida de la clase trabajadora del Buenos Aires virreinal, temática que había sido objeto de indagaciones previas por parte del autor. Mediante el estudio de inventarios y testamentos se demuestra que una minoría dentro de los artesanos consiguió ascender socialmente y adquirir considerable riqueza diversificando sus inversiones –en tierras o propiedades inmuebles– y convirtiéndose en dueños de fábricas de ladrillos, panaderías y fundiciones trabajadas por muchos esclavos. Pero esta movilidad social ascendente estaba reservada a unos pocos, y el autor postula que a pesar de que los salarios nominales crecieron durante el período virreinal, el aumento del costo de vida –alimentos, vestuario y habitación– generó un estancamiento de los salarios reales que fue el trasfondo de la adhesión popular al proceso revolucionario. La descripción de un mercado de trabajo dinámico es uno de los mayores aportes del libro, ya que revela las características inestables del empleo, la influencia de la oferta y demanda de factores en la determinación de los salarios, y la extrema heterogeneidad de una clase trabajadora que no sólo estaba dividida por rangos, lugar de nacimiento y raza, sino también por distintos niveles de experiencia e ingreso.

En el octavo capítulo, se postula que el entusiasta ingreso a las milicias por parte de la plebe se debió a que en estos cuerpos militares las promesas de ascenso social y los ingresos eran mayores que los que caracterizaban al mercado de trabajo, tanto calificado como no calificado, hecho que a su vez explicaría el escaso rechazo que suscitaron dos medidas que en otro contexto hubieran provocado protestas. En primer lugar, la negativa de las autoridades a permitir la constitución de gremios que protegieran las fuentes de trabajo, y en segundo término, la sanción del librecomercio en 1809 que inundó de mercancías baratas la ciudad, amenazando la producción artesanal.

Las virtudes de la obra son muchas y variadas. A grandes rasgos, Johnson nos revela una ciudad moderna y pujante donde los trabajadores –al igual que la historiografía ya había mostrado para la campaña– tenían una movilidad y un poder de negociación importante, y eran afectados profundamente por los cambios experimentados por la economía atlántica a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Esta fluidez y este dinamismo, sin embargo, no eliminaron la importancia de ciertas líneas de estratificación social, como el lugar de nacimiento, la raza o la jerarquía artesanal, sino que las volvieron flexibles y objeto de disputa. Sin duda, el hecho de que Workshop of Revolution condense y se apoye en décadas de trabajo de archivo hace que las conclusiones sean fundadas y revelen una madurez intelectual inusual en estos tiempos donde la hiperespecialización y la urgencia por publicar conspiran contra investigaciones sólidas, de largo aliento y de miras amplias.

No obstante ello, haremos dos señalamientos que de ninguna manera socavan la solidez del libro, sino que invitan a nuevos desafíos. A primera vista, se advierte una inconsistencia entre el constante uso del término “clases trabajadoras” o “plebe” dentro de la obra y la prioritaria atención que se le presta a los artesanos, quienes conformaban sólo una parte dentro de ese conglomerado más amplio. Si bien el autor aclara que las mujeres trabajadoras no van a formar parte de su relato, sí promete analizar además a los trabajadores no calificados, quienes conformaban la mayoría de la plebe. Pero al ver la obra podemos advertir que dicha promesa se cumple parcialmente, siendo los artesanos el actor principal de la historia narrada. En segundo término, un análisis de las Informaciones de pobreza presentes en el Archivo de la Real Audiencia podría haber iluminado aspectos de la vida de los artesanos de Buenos Aires que caían en la pobreza producto de la ancianidad, enfermedades o minusvalías físicas, teniendo que recurrir a la ayuda de familiares, amigos, vecinos y patrones para subsistir. De esta forma, el análisis de la movilidad social ascendente –tan bien explicada en la obra– se hubiera complementado con el estudio de las posibles causas de descenso social. Para finalizar, podemos decir que Lyman Johnson, con Workshop of Revolution, logra acortar considerablemente la distancia que existía entre el conocimiento que teníamos sobre el Buenos Aires colonial y el existente sobre otras grandes capitales virreinales como México o Lima, las cuales históricamente han concitado mayor interés a los investigadores más allá de nuestras fronteras. Ojalá su exhaustivo y logrado esfuerzo sean un incentivo y ejemplo para que otros investigadores transiten los caminos e interrogantes abiertos planteados por esta obra.

Fabio Wasserman, Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario, Buenos Aires, Edhasa, 2011, 254 páginas

Pablo Ortemberg

CONICET, Universidad de Buenos Aires

 

No hay revolucionarios sin revolución, ni revolución sin revolucionarios. Esa es la idea que Wasserman expone al comienzo del libro mediante un doble epígrafe (de Juan B. Alberdi y Andrés Rivera) y que sintetiza el espíritu de la colección de “Biografías argentinas”, dirigida por Gustavo Paz y Juan Suriano: recuperar el protagonismo del actor y a su vez exponer los condicionamientos impuestos por la época en que le tocó vivir. La apuesta al género biográfico augura buena acogida en un campo historiográfico que desde hace algunos años y desde muy disímiles corrientes pone de relieve la agency del sujeto en la historia. El otro objetivo de las varias biografías que la colección anuncia, y que este libro sobre la vida de Juan José Castelli logra magistralmente, es producir textos de “alta divulgación”, es decir, libros destinados a un público no profesional, sino medianamente familiarizado con la lectura de trabajos históricos. Juan José Castelli. De súbdito de la Corona a líder revolucionario es un nuevo ejemplo de que la investigación académica, rigurosa en términos metodológicos y bibliográficamente actualizada, no está reñida con el formato impuesto por la divulgación: prosa fluida y clara, reducción al mínimo del aparato de citas (en este caso, aparecen en promedio apenas diez referencias por capítulo) y una bibliografía final ajustada. Ciertamente, el género biográfico colabora en la sencillez de la estructura del libro, vertebrada de acuerdo a un prístino orden cronológico que recorre el arco vital del personaje (Buenos Aires, 1764-1812). En este caso, el corte de los trece capítulos y subcapítulos se establece de acuerdo con hitos significativos de la vida de Castelli, en los que por momentos se agranda la lente para esclarecer la complejidad de los contextos (local, regional, continental y atlántico) y por momentos se cierra en el acontecimiento biográfico inmediato, así como en la narración también se acelera y ralentiza el tiempo. Hacia el final del libro, en el fragor bélico que tuvo a Castelli como protagonista y en medio del precipitado ritmo de la política revolucionaria, los capítulos abarcan tiempos progresivamente más cortos, siendo crucial por momentos contemplar el día a día en varios lugares de un modo simultáneo para comprender la acción de los hombres y la realidad de una sociedad que atravesaba cambios tan vertiginosos como irreversibles. Wasserman logra con maestría conducir a buen puerto este equilibrio hermenéutico. Por supuesto, en el criterio para ampliar o reducir la escala de observación, tanto geográfica como temporal, no deja de imponer sus condicionamientos el conjunto de información y fuentes disponibles. En este punto, el autor se nutre fructuosamente de la historiografía especializada de los últimos años producida en nuestro país y en el extranjero, así como de los trabajos más tradicionales de enfoque monográfico aparecidos en infinidad de boletines y revistas a lo largo del siglo XX. La colección documental Biblioteca de Mayo (diecinueve tomos) resulta una gran cantera de fuentes –memorias, crónicas, juicios, periódicos, cartas, partes oficiales, etc.– de la que Wasserman saca lúcido provecho, junto con otros compendios, como La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época y los dos tomos del Archivo General de la República Argentina.

El propósito central del libro –explícito desde el subtítulo– es restituir, evitando todo anacronismo, el proceso por el cual un “súbdito de la corona” se convierte en “líder revolucionario”. En este afán, la elección de Juan José Castelli se debe a su lugar excepcional, breve e intenso, que permite observar cómo los actores experimentaron desde su esfera de acción y marco de representaciones el desmoronamiento del orden monárquico Borbón y visualizaron, a partir de una cambiante amalgama de nuevos y viejos valores, la construcción de inéditas formas de ejercicio y concepción del poder que implicaron la reinvención de la comunidad política. Predomina por ello y también a causa de la poca documentación existente sobre su vida íntima un retrato social y político de Castelli antes que emocional y privado (muchas anécdotas sobre su comportamiento son producto del rumor). Asimismo, la elección de este personaje se debe a la escasez de estudios que se le han dedicado, salvo la ineludible biografía de Julio César Cháves, la cual, señala Wasserman, resultó de gran utilidad para el trabajo, a pesar de los anacronismos que presenta. Éstos tienen que ver con el hecho, según el autor, de atribuirle al Castelli de un momento las ideas o “protoideas” revolucionarias del Castelli de otro momento posterior. La meticulosidad de Wasserman en evitar los anacronismos, ardua gimnasia de todo buen historiador, ya se refleja con excelencia en sus investigaciones anteriores sobre culturas y lenguajes políticos del siglo XIX latinoamericano. De este modo, el autor consigue eludir tanto el doble sesgo teleológico y hagiográfico habitual en las biografías de “próceres nacionales”, al menos las confeccionadas en décadas pasadas, como el tradicional anacronismo historiográfico que confina la dinámica geográfica, política e intelectual de los procesos y el radio de redes de influencias de los actores dentro de un marco nacional que, tal como ha insistido en ello una importante línea de trabajos de José Carlos Chiaramonte, no existía en momentos de las guerras de revolución.

El capítulo uno recorre la infancia y educación de Castelli (1764-1787) en sus estancias en su Buenos Aires natal, Córdoba y en la afamada Universidad de San Francisco Xavier en Chuquisaca (actual Sucre). Caracteriza los valores, dinámicas internas y actividades económicas, culturales y políticas de la sociedad porteña de mediados de siglo XVIII. Por entonces, Buenos Aires era una sociedad de castas pero con canales relativamente abiertos para los comerciantes de origen extranjero. Castelli nació en el seno de una familia acomodada, hijo de un médico veneciano. Era primo por línea materna de Manuel Belgrano, quien luego también sería abogado y más tarde otra figura importantísima del proceso revolucionario por entonces aún inimaginable. Los padres de Castelli decidieron sacar a su hijo del Real Colegio de San Carlos y enviarlo a la Real Universidad de Córdoba y Tucumán para que estudiara teología y filosofía, institución conocida por su estricta disciplina. Allí entabló contacto con jóvenes oriundos de otras ciudades del virreinato, como Saturnino Rodríguez Peña, Juan José Paso, los hermanos Pedro y Mariano Moreno, y el paraguayo José Gaspar de Francia, entre otros. Sin embargo, su experiencia determinante, por más que al cabo de un año hubiera regresado a Buenos Aires, fue su paso por la Universidad de Chuquisaca luego de que abandonara el destino sacerdotal y escogiera la abogacía.

El capítulo dos se adentra en su labor como joven abogado entusiasmado con los vientos ilustrados de transformación que ofrecían los borbones finiseculares. Castelli se ocupó con habilidad de casos particulares, adquiriendo cierto prestigio como abogado, a la par que sus servicios fueron requeridos por distintas instancias de la administración, como por ejemplo, el Consulado, una institución recientemente creada en la que participó como suplente de su primo. A pesar del optimismo por la modernización impulsada por los borbones, Castelli y buena parte de los criollos empezaban a percibir las restricciones impuestas a los americanos para participar de la nueva administración civil y eclesiástica. En este sentido, el autor da cuenta de estas tensiones del orden colonial.

En el capítulo tres, el tiempo histórico comienza a acelerarse sensiblemente (comprende 1806-1808), y el contexto internacional aparece como gran condicionante debido a las cambiantes alianzas entre España, Francia, Inglaterra y Portugal, junto con los efectos de las invasiones inglesas en el ámbito local. Wasserman analiza las limitaciones documentales para dar cuenta cabal del surgimiento de lo que algunos historiadores denominaron “Partido de la Independencia”. El autor advierte sobre “la cambiante situación política que llevó a ensayar muy diversas tentativas, razón por la cual parece infructuoso buscar un sector que haya mantenido una línea de acción precisa y coherente a lo largo del tiempo” (p. 51).

El capítulo cuatro (1808-1809) examina los pormenores de la crisis del orden colonial en el Río de la Plata, comprendiendo el inicio del juntismo desencadenado por la invasión napoleónica en la península y los vínculos de Castelli con el carlotismo, una apuesta política que en diferentes momentos y según los actores involucrados connotaría proyectos distintos. Pero nadie imaginaba entonces los sucesos que sobrevendrían al año siguiente, ni siquiera al mes siguiente. De hecho, Castelli, quien participaba de las reuniones en la jabonería de Vieytes donde se empezaba a estudiar la posibilidad de un gobierno propio –fiel al cautivo Fernando VII–, habría sido en ocasiones convocado como asesor por el virrey Cisneros. Wasserman consigue así recrear el clima de desorientación política ante acontecimientos inéditos junto con los deseos de reformas que embargaban a buena parte de la sociedad letrada.

El capítulo cinco (enero a mayo de 1810) examina día a día los posicionamientos políticos ante las noticias llegadas de la metrópoli y de otras partes del virreinato. El cabildo abierto del 22 de mayo marcó un antes y un después en la vida de Castelli, dando el salto de abogado prestigioso y prudente reformista a “orador de la revolución”. El capítulo seis (mayo a septiembre de 1810) recorre los primeros pasos de la revolución, la cual, como remarcó Marcela Ternavasio, debía gobernarse a sí misma y a la vez conducir una guerra. Una guerra civil contra los contrarrevolucionarios en cuyo desarrollo se irían definiendo/mutando poco a poco las identidades y justificaciones de los dos bandos. Como vocal de la Junta y activo participante de reuniones políticas, la vida de Castelli pasó a estar absorbida completamente por la política, convirtiéndose en uno de los líderes de la revolución y promotores de su radicalización (el fusilamiento de Liniers es otro de los hitos que resalta la historiografía). Al igual que su primo, tuvo que asumir la dirección de fuerzas militares, de manera que el capítulo siete (septiembre a noviembre de 1810) examina este paso “de la revolución a la guerra”. En tanto jefe político del ejército auxiliar, además de la misión de alcanzar la victoria en el campo de batalla, tenía amplias facultades representativas en nombre de la Junta para procurar la imprescindible adhesión de los pueblos del norte del virreinato. Resultan fascinantes los desafíos políticos, militares y sociales que tuvo que enfrentar el representante porteño en su paso por Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, hasta llegar al Alto Perú –Potosí y Chuquisaca–, cuya ocupación es tratada en el capítulo ocho (diciembre de 1810 a febrero de 1811).

El capítulo nueve ahonda en los cambios políticos en Buenos Aires y la forma en que repercuten en las relaciones con Castelli, además de continuar examinando las alianzas y tensiones en las que se vio involucrado en el Alto Perú. Esto último es profundizado magistralmente en el capítulo diez, “Cartas, rumores y conjuras (abril a junio de 1811)”, donde se posa una mirada muy atenta a los papeles y discursos, públicos y secretos, que circulaban en todas direcciones. En el capítulo once, dedicado a la política de Castelli para con los indios, puede advertirse la influencia de actuales “estudios históricos y antropológicos que se interesan en dilucidar el accionar de los pueblos indios teniendo presente cuál era su propia visión o, mejor dicho, sus visiones” (p. 192). El capítulo doce refiere en detalle a la derrota de Guaqui y sus consecuencias (junio a septiembre de 1811), que marca tanto la pérdida del Alto Perú como el “el fin del representante”. El último capítulo (diciembre de 1811 a octubre de 1812) analiza minuciosamente los postreros meses de Castelli, cuando debe enfrentar un juicio que hoy calificaríamos de “kafkiano” por sus ambigüedades y morosidades, mientras su hija lo decepciona por querer casarse con un saavedrista y, lo más terrible, un cáncer de lengua convierte en un martirio sus últimos días en la ciudad que lo vio nacer.

En una entrevista concedida hace unos años, Tulio Halperin Donghi afirmó que la “biografía es la historia sin sus problemas”. En todo caso, esta biografía de Castelli, resultado de años de trabajo, se muestra como un excelente aporte no sólo por el uso de múltiples fuentes y bibliografía actualizada, sino también por conseguir hacer presente en el flujo de la narración muchos de los problemas a los que buena parte de esa bibliografía especializada –entre las que se cuentan las propias investigaciones de Wasserman– consagra sus análisis y orienta sus interrogantes.

Richard Graham, Feeding the City. From Street Market to Liberal Reform in Salvador, Brazil, 1780-1860, Austin, University of Texas Press, 2010, XV + 334 páginas

Tomás Guzmán

Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (Universidad de Buenos Aires, CONICET)

 

La necesidad de alimentar a una ciudad como Salvador en la Bahía de Todos los Santos, un gran puerto atlántico con más de cincuenta mil habitantes a comienzos del siglo XIX, generó una densa red de actores de todos los tamaños que intervenían en el comercio de abasto. Es el tema de este libro que Richard Graham, reconocido brasileñista norteamericano, usa como mirador para problemas que involucran tanto a la caracterización de las relaciones sociales en esta ciudad entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX como al cambio en las formas de regulación estatal sobre la economía. Estos problemas articulan las dos grandes secciones del libro. La primera dedicada a las interacciones sociales en las que participaban los actores del abasto. La segunda, al debate sobre el ordenamiento de este sector clave en la vida social, entre la protección paternalista de antiguo régimen y las nuevas reglas del liberalismo económico.

La hipótesis principal del libro señala que es posible tener una visión más compleja de la sociedad urbana de Salvador, habitualmente analizada como una sociedad de órdenes, estable y jerárquica, marcada por la esclavitud, hacia una mirada de mayor flexibilidad en las relaciones sociales, donde los órdenes son elementos de referencia que se desdibujan continuamente a la hora de analizar las prácticas sociales cotidianas. Esta hipótesis tiene efectos al estudiar a los sectores populares que conformaban el grueso de los actores del abasto, en pos de una posición de movilidad, así sea individual y, sobre todo, de autonomía. La misma complejidad es el pilar de la restitución histórica de la transición entre las viejas y las nuevas instituciones reguladoras. Esta hipótesis es tributaria de un modo de concebir la historia social de las ciudades americanas que procura criticar las asunciones demasiado firmes sobre la rigidez del orden social colonial y su herencia posindependentista. El abordaje del tema del comercio urbano de alimentos está preñado por el convencimiento de que debería mirarse hacia el vasto sector interno de la economía brasileña, más allá del circuito exportador y la plantación. Finalmente, la sección segunda, atenta a los debates ideológicos, se enriquece por el sólido conocimiento del autor de la sociedad política del Brasil imperial.

En la primera parte, Graham logra un retrato colectivo de los actores del abasto. En el primer capítulo, nos ofrece un recorrido por la geografía social de la ciudad-puerto y su estructura de gobierno: un consejo municipal, sometido, con tensiones, al gobernador de la capitanía, luego al presidente provincial bajo el Imperio. Ambas autoridades crearon una ingente cantidad de documentos en el proceso de control del abasto urbano, y esta documentación forma una de las fuentes principales de este estudio. Los capítulos segundo y tercero presentan a las vendedoras callejeras (la mayoría eran mujeres de color tanto libres como esclavas) y a los dueños y los empleados de tendas, armazens y vendas. Graham se detiene a describir dónde, qué y cómo comerciaban; cuáles eran sus condiciones de vida y su inserción en la sociabilidad urbana. Como casi todo el abastecimiento de alimentos llegaba en miles de canoas, lanchas y goletas que surcaban la bahía cada día, el capítulo cuarto describe los barcos, las cargas y, sobre todo, las relaciones sociales que entablaba la gente do mar, los trabajadores que movían este tráfico cotidiano. En los capítulos quinto a séptimo, se estudian los grupos y las interacciones sociales que bullían alrededor del celeiro público (un mercado centralizador de las transacciones con harina de mandioca, arroz, porotos y maíz) y del sistema público de comercialización de la carne vacuna (las tabladas, el matadero y las carnicerías).

En este vasto lienzo social, lleno de detalles y particularidades, podemos distinguir ciertas líneas de argumentación comunes. El autor enfatiza, primero, los conocimientos prácticos que el trabajo cotidiano en la ciudad daba a los trabajadores. Señala los duros efectos físicos y psicológicos de muchas de estas actividades, pero también que con aquellas pericias vendrían cierto orgullo y confianza y un control del proceso de trabajo que se usaba para negociar las reglas de trato con los amos, patrones, o autoridades. Para los esclavos, éstas eran ventajas claras frente a otros, como los de las plantaciones. En un párrafo que ejemplifica el estilo del historiador y sus deudas con el enfoque etnográfico, Graham sintetiza refiriéndose a las vendedoras ambulantes:

Street vendors were energetic businesswomen… the exercises of these many skills, the risks involved, and the awareness of having concluded a successful transaction must have given females street vendor the self-confidence, dignity, independence, and dynamism that comes from proficient trading and active participation in a money economy. They were far from hapless victims. (p. 42).

En segundo lugar, Graham argumenta que el trabajo y la sociabilidad de los actores del abasto conducían a un conjunto móvil, extenso y variado de relaciones que atravesaban barreras geográficas, sociales y culturales dentro de la ciudad y fuera de ella. Estos contactos los volvían agentes importantes en la circulación de noticias, como sale a la luz en los momentos de tensión política. Y estos vínculos permitían adquirir conciencia de la posición social y procurar negociarla.

Tercero, Graham nos muestra casos individuales de movilidad social ascendente y la pertenencia de algunos actores del abasto a unos sectores sociales medios que se distinguían en aquella sociedad urbana. Por ejemplo, aquella porción de las vendedoras ambulantes que pudieron acumular alguna propiedad en su vejez, en bienes inmuebles, pero sobre todo en esclavos. La fuente de estas historias exitosas son los inventarios post mortem que ofrecen una muestra no representativa del conjunto.[16] En cualquier caso, Graham no desestima la evidencia que señala que las condiciones de vida de la mayoría de estas mujeres no eran buenas: sus ingresos les permitían sobrevivir día a día; vivían hacinadas en habitaciones alquiladas; sufrían el omnipresente azote de la enfermedad; si eran esclavas, eran vulnerables a la violencia de sus amos, a veces desmedida, aunque en general controlada por normas sociales propias de las sociedades esclavistas.

En el caso de los dueños de tiendas, la mayoría pertenecía a los sectores medios de la sociedad. La riqueza acumulada al final de su vida, su vivienda, su vestimenta, su habilidad para leer y escribir, su participación como oficiales de la milicia, incluso su origen como inmigrantes portugueses, eran señales de esta mayor prosperidad. Se distinguen también los empleados, algunos de ellos esclavos, y los vínculos de dependencia que los vinculaban a sus patrones, que en los casos exitosos tenían como resultado el negocio propio. Lo que se extraña aquí es un abordaje de cuáles eran los riesgos y los límites que pesaban sobre estos actores del comercio menudo, un rubro escasamente rutinario.

Cuarto, el autor recorre las tensiones originadas por esta interacción entre individuos y grupos con desiguales riqueza y prestigio, condición étnica y estatus legal. Los espacios de mercado son propicios para observar una variedad de disputas: las que enfrentaban a las mujeres afrodescendientes con los comerciantes portugueses en la venta de harina de mandioca; las fricciones entre los abastecedores de carne y las autoridades que debían reglar su negocio; o las huelgas de trabajadores como los matarifes o los cargadores, que reclamaban por una mejor paga o por reconocimiento corporativo. Pero Graham cree entrever no sólo tensiones sino también el desdibujamiento de las barreras sociales en estos espacios. La proximidad que generaban habría favorecido las alianzas sociales y las identificaciones colectivas. Por ejemplo, la vida de la navegación creaba un compañerismo más allá del color o el estatus legal en tripulaciones que eran mezcladas en estos aspectos. Pero otros ejemplos escasean, quizá por las características de la documentación que ha sobrevivido, y la persuasión, más que la argumentación, se vuelve relevante en la trama del historiador.

En la segunda parte del libro, Graham amplía su mirada desde las relaciones cotidianas a los grandes eventos o los procesos de cambio. En el capítulo octavo, se nos ofrece una detallada narración de un episodio de la guerra de independencia: el sitio a la ciudad impuesto por las tropas del príncipe Pedro contra las tropas portuguesas leales a Juan VI y las Cortes. El relato resalta el problema del abasto como elemento táctico decisivo. El siguiente capítulo está dedicado a las tensiones sociales que este episodio dejó al descubierto. Algunos actores del menudeo aprovecharon el alza de los precios que provocó el sitio, pero al parecer muchos se fueron de la ciudad o cooperaron con el bando patriota, más temerosos del hambre o de las represalias que movidos por el patriotismo. El punto más delicado de la agitación social residía en la solidez del sistema esclavista. Hubo esclavos fugados y otros que se sumaron a las milicias patriotas, creando vínculos y derechos. Los temores a una rebelión, o los rumores de la liberación masiva de esclavos, condicionaron las acciones. Sin embargo, como reconoce Graham, el efecto de este “temblor en el orden social” fue limitado. El conflicto armado no fue intenso, finalizó rápido y con un claro vencedor. Así, la conclusión del autor –que el bajo pueblo adquirió un nuevo protagonismo en este contexto– parece sobrevalorar el peso de los actores populares en este episodio, dadas las evidencias presentadas.

Los debates ideológicos y políticos sobre las regulaciones del abasto son los temas de los capítulos décimo y undécimo. Graham aborda los niveles de análisis esperables: los principios ideológicos, la compleja puesta en práctica de las nuevas ideas y los actores que se involucraron en el cambio. El régimen colonial desplegó una política de regulación con dos líneas de acción: el control de los precios y la vigilancia sobre los intermediarios. Esta política se veía necesaria para el mantenimiento del orden en una sociedad jerárquica, y se fundamentaba en la protección paternal que los gobernantes –a la cabeza, el rey– debían a sus gobernados, en especial a los pobres y débiles entre ellos. Como es sabido, estas regulaciones fueron cuestionadas en el mundo atlántico desde el siglo XVIII. En el capítulo décimo, Graham se enfoca en la difusión de las ideas liberales (sobre todo, las de Adam Smith) entre los altos funcionarios y los comerciantes de Salvador y en las medidas tomadas antes de 1820. Gran interés reviste el análisis de las representaciones de comerciantes, porque la introducción del liberalismo ha sido frecuentemente estudiada en relación con el comercio exterior y, como muestra el autor, tuvo también importancia para pensar el mercado interno.

Aunque el programa liberal era claro a principios del siglo XIX (y diametralmente opuesto a lo anterior), el predominio de la nueva política económica fue mucho más ambiguo. Hubo avances, retrocesos, apoyos, resistencias, conflictos y compromisos. Graham logra presentar esta complejidad de los cambios. El período 1820-1860 fue rico en estas alternativas, como la reinstalación del control de precios de la carne a finales de la década de 1830 o las idas y venidas sobre la libertad de comercio de la harina de mandioca que consumieron dos décadas de debates (1840 y 1850). El principal argumento de Graham es que la resistencia estaba motorizada por un sentimiento público de las ventajas relativas del sistema proteccionista, en un contexto en el que se percibía un alza secular de precios y una fuerte concentración en el sector comercial. Era esta legitimidad de los viejos conceptos la que permitía accionar al consejo municipal para mantener o reponer controles, sobre todo en coyunturas de crisis y malestar social, que a veces se tradujeron en acciones directas. Además, estas disputas involucraban cambios en la filosofía de gobierno: debates sobre la relación “justa” entre gobernantes y gobernados.

El autor presenta algunos indicios de que, como es lógico, muchos comerciantes del abasto, incluidos los menos poderosos, favorecían las reformas liberales. Sin embargo, la presencia de estos últimos en estos debates parece diluirse ante las voces más notorias de las élites y del pueblo consumidor. Por otra parte, si bien Graham no huye de una consideración económica de la cuestión, nos parece que más en este camino se puede hacer para explorar el contexto en el cual las políticas tenían que aplicarse (condiciones de producción, diferencias de precios, costos de transporte, etc.).

En Feeding the City Graham consigue mostrarnos la dinámica de una sociedad cuyas relaciones estaban moldeadas por la desigualdad jerárquica, pero cuya reproducción también incluía la porosidad de las categorías sociales, la negociación cotidiana y un importante grado de autonomía de los trabajadores. Por nuestra parte, hemos señalado algunos puntos débiles que provienen de la necesidad de ciertos contrapesos al atendible énfasis argumental en la flexibilidad de las relaciones sociales. Un punto destacable es que, mirada desde los sectores populares, esta flexibilidad tenía mucho que ver con las condiciones de trabajo y los conocimientos y la conciencia que éstas les daban a aquellos. Al mismo tiempo que un retrato colectivo de actores sociales poco explorados, el autor introduce un análisis del cambio institucional que matiza muchas de las simplificaciones que siguen imperando sobre este tema tan debatido en otros campos, como el de la historia económica. Este libro, apoyado en una gran variedad de fuentes, argumentado de manera segura pero sin perder riqueza narrativa, constituye un ejemplo de la buena historia social y, como tal, abre nuevas preguntas para indagar las sociedades urbanas latinoamericanas del pasado.

Jorge Gelman (coord.), El mapa de la desigualdad en la Argentina del siglo XIX, Rosario, Prohistoria Editores, 2011, 405 páginas

Gerardo Sánchez

Instituto de Historia Argentina y Americana“Dr. Emilio Ravignani”,
Universidad de Buenos Aires

 

Los problemas que aborda la teoría económica pueden dividirse en dos grandes bloques: la generación de la riqueza y su distribución. Si bien, de manera tradicional, la mayor parte de de las escuelas del pensamiento económico han abordado el primero, el problema de cómo se reparte lo producido ha ido ganando terreno. Esto no ha sido producto de la casualidad, sino de la constatación de que, a pesar del exponencial crecimiento de la riqueza a nivel mundial, la desigualdad ha persistido e incluso se ha agravado a lo largo del tiempo.[17] Así, se ha consolidado una corriente de investigación que busca explicar la relación entre crecimiento y desigualdad.

En la literatura sobre el tema, se suele enfatizar la doble dimensión de la desigualdad: la personal y la geográfica, esto es, la que existe entre las personas que habitan un mismo lugar y la que se presenta entre distintas regiones, medida a través de la riqueza o el ingreso promedio de sus habitantes. De las teorías que han abordado la primera, destaca la esbozada por Simon Kuznets a mediados de los años cincuenta.[18] De acuerdo con este autor, en un primer momento, el crecimiento económico (que se caracteriza por el traslado de la agricultura a la industria y a los servicios y la adopción de nuevas tecnologías) favorece principalmente a una parte minoritaria de la población, pero a medida que se generalizan los nuevos métodos y formas de producción, los beneficios se distribuyen de manera más equitativa; de esta manera los aumentos en el PBI per cápita estarán acompañados por una reducción de la desigualdad. En su versión estilizada, esta relación entre crecimiento y desigualdad se representa como una “U” invertida conocida como la curva de Kuznets.

Una década más tarde, Jeffrey G. Williamson (1965) estableció un modelo para explicar la desigualdad regional, basado en el mismo mecanismo de derrame.[19] Éste plantea que, en las primeras etapas de industrialización, un conjunto de variables actuarían favoreciendo la desigualdad entre regiones de una economía. Luego, como producto de la distribución, desde el centro a la periferia, de los beneficios del desarrollo las disparidades regionales van acortándose formando también una U invertida de la desigualdad regional.

Ambos autores concuerdan, entonces, en que las asimetrías son un subproducto “temporal” del crecimiento económico y que, en consecuencia, cualquier acción para disminuirlas sólo lograría obstaculizar dicho proceso.[20] Estas teorías han sido y siguen siendo una referencia ineludible para aquellos que se han interesado en la desigualdad, ya sea para apoyar o refutar las hipótesis planteadas.

En este contexto, el libro El mapa de la desigualdad en la Argentina del siglo XIX, coordinado por Jorge Gelman, resulta particularmente interesante pues contribuye tanto al entendimiento del caso argentino como al debate más amplio. La obra tiene el mérito de centrase en una etapa de la que poco se sabe a ciencia cierta en materia de desigualdad económica, pero de la que se presupone mucho. Además, el libro abarca gran parte del territorio argentino, al incluir estudios sobre nueve provincias (incluida la ciudad de Buenos Aires) unidos por una fuente y una metodología común que permiten hacer un ejercicio de comparación, incluso a nivel departamental. Los autores utilizan los registros fiscales de la Contribución Directa (CD), un impuesto a la riqueza, sobre todo inmueble, para analizar su distribución. De esta manera, logran sortear una de las grandes dificultades que existe para la medición de fenómenos económicos en épocas preestadísticas. La información que brinda esta fuente es utilizada para el cálculo del coeficiente de Gini como indicador de desigualdad. Éste es calculado en todos los casos para el conjunto de los propietarios de capitales que son la base del impuesto CD, como para el conjunto de la población suponiendo que el resto de los habitantes poseían una riqueza igual a cero. Si bien este es un supuesto fuerte, permite extraer una suerte de “piso” y “techo” de los niveles de desigualdad para cada territorio, e incluso la comparación con otros estudios a nivel internacional para los que se calcula el mismo indicador.

El otro gran acierto del libro es que, a diferencia de la mayor parte de los trabajos académicos, logra integrar el análisis de la desigualdad personal con la regional. De esta manera, consigue mostrar una realidad mucho más compleja que la que muestran los modelos de Kuznets y Williamson, haciendo importantes aportes a las discusiones actuales sobre desigualdad.

A través del tránsito por las distintas provincias, puede observarse que existe una variedad de casos que impide establecer un patrón en la relación entre desigualdad personal y crecimiento. Incluso si realizamos el ejercicio de corte transversal relacionando los capitales promedios valuados en cada provincia y el Gini correspondiente, no encontramos algo parecido a una curva en forma de campana. Esto se explica por la existencia de territorios pobres y extremadamente desiguales como Jujuy, investigado por Cecilia Fandos y Paula Parolo, en donde la propiedad inmobiliaria se encontraba altamente concentrada, sobre todo en la región de la Puna o Mendoza, abordado por Beatriz Bragoni, donde, a pesar de la heterogeneidad departamental, antes del boom vitivinícola, la riqueza rural se hallaba distribuida en pocas manos. Por otra parte, el trabajo de Jorge Gelman y Daniel Santilli en el que comparan Buenos Aires y Córdoba revela que estas provincias también se alejan de la teoría, al no mostrar los niveles de desigualdad que ésta prevería de acuerdo con su nivel de desarrollo, tomando en cuenta que la primera era la provincia más rica y dinámica de la época y que la segunda atravesaba una etapa de estancamiento.

El tema de la desigualdad regional es abordado por Jorge Gelman en la introducción de la obra. A partir del análisis de los diversos estudios de caso, este autor ratifica la idea, en la que había insistido ya en otros trabajos, de que la característica predominante de la primera mitad del siglo XIX no fue ni la guerra ni la crisis de posindependencia, sino la divergencia regional.[21] En esta época, la provincia y la ciudad de Buenos Aires se despegan del resto del país, como muestran el trabajo de Gelman y Santilli al que ya se ha hecho referencia y en el capítulo a cargo de Tomás Guzmán en el que se describe la bonanza que experimentó la ciudad en el segundo cuarto del siglo XIX.[22] La provincia de Santa Fe, estudiada por Carina Frid, si bien no llega a los niveles de riqueza de los dos anteriores, las tasas de crecimiento que experimentó a mediados del siglo XIX la colocan (sobre todo a la ciudad de Rosario) entre las más ricas del país.

Por otra parte, el estudio dedicado a Entre Ríos, llevado a cabo por Julio Djenderedjian y Roberto Schmit, describe las dificultades que tuvo la provincia para adaptarse al crecimiento de la demanda internacional de productos agropecuarios. Los casos de Tucumán y Mendoza se asemejan en que son las provincias del interior que encuentran la manera de articularse con el crecimiento proveniente del litoral, aunque no logran disminuir la brecha con esta región. Las economías de las demás provincias, como Salta y Jujuy, se encuentran muy agotadas ante la caída de su principal mercado, el altoperuano, que en siglos anteriores había permitido un gran dinamismo productivo en la región.

Las causas del crecimiento de la desigualdad, aunque no están ponderadas por importancia, asunto que queda pendiente para futuras investigaciones, pueden encontrarse, en primer lugar, en la conjunción entre la “lotería de los recursos naturales”[23] y de ubicación geográfica. Estos dos elementos son claves para explicar el desempeño económico de las regiones, sobre todo a partir de la caída del mercado altoperuano y del crecimiento del comercio oceánico, fogoneado por la revolución industrial, que terminan de trasladar el eje económico de Potosí al Atlántico. Sumado a esto, la flexibilidad interna para acomodarse a estos cambios y el estado de la frontera productiva, que marcaba la facilidad o no con la se podía acceder a la tierra, explican los distintos caminos que tomó la desigualdad en el mapa de la Argentina del siglo XIX.

Los trabajos que componen este libro nos permite advertir que la desigualdad no es un “daño colateral” del progreso, y que investigarla puede ayudarnos a entender las grandes asimetrías que aún hoy perduran (e incluso se profundizan), y por qué no, a contrarrestarlas. Para encaminarnos hacia dicho objetivo, es deseable ampliar el mapa en el tiempo y el espacio. En definitiva, los trabajos invitan a reflexionar y a complejizar la relación unívoca entre crecimiento y desigualdad social y regional, demostrando que la historia es mucho más que una U invertida.

Mauro César Silveira, A batalha de papel. A charge como arma na guerra contra o Paraguai, Florianópolis, Editora de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), 2ª ed., 2009, 250 páginas

Victoria Baratta

UBA, Instituto de Historia Argentina y Americana
“Dr. Emilio Ravignani”, CONICET

 

Investigar sobre una cuestión tan polémica y a la vez penosa como fue la guerra del Paraguay sitúa al especialista en la dificultad de no caer en juicios simplistas. La historiografía de la guerra se ha dividido durante muchos años entre los que sostuvieron visiones nacionales patrióticas que reivindicaron la contienda y quienes buscaron revisarlas y contestarlas. Sin embargo, ambas tendencias mantuvieron los mismos supuestos en sus argumentos. La historia de la guerra era una historia de buenos y malos. Un interesante aporte de A Batalha de papel es salirse de esa dicotomía aun cuando se tenga un juicio crítico sobre la contienda. Mauro César Silveria logra hacer un análisis riguroso sin dejar de expresar que para él se trató de un hecho vergonzoso de la historia de la región. Analizaremos aquí la segunda edición de 2009 de su trabajo, la cual sólo fue publicada en Brasil. De allí nos llega la mayor parte de producción historiográfica reciente sobre la guerra del Paraguay. El único libro editado en nuestro país de esa producción fue Maldita guerra de Francisco Doratioto.[24] El libro que hoy analizamos, además de escapar de esos parámetros que mencionábamos, es una efectiva muestra de aplicación de algunos lineamientos de la historia cultural al estudio de la contienda.

Silveira es periodista y doctor en Historia Iberoamericana por la Pontificia Universidad Católica de Río Grande do Sul. Actualmente es profesor del Curso de Periodismo de la Universidad Federal de Santa Catarina y dirige el Grupo de Estudios de Historia del Periodismo, integrante del Centro Nacional de Desenvolvimiento Científico y Tecnológico. A Batalha de papel comienza con nota de autor e introducción, prosigue con un nudo de tres capítulos (“A caricatura como fonte histórica”, “O Paraguai de Solano López” y “Os dois lados da guerra”) y finaliza con una conclusión y posfacio. Se agregan al final referencias y anexos. Sin embargo, lo que nos introduce al libro de Silveira es la nota de un periodista, André Pereira, titulada sugestivamente “Homenagem à reportagem em sua missão de desvendar a verdade possível”. Si bien Pereira contextualiza el libro de Silveira como una obra de gran importancia para la ética y labor de los periodistas por su oficio, también hace hincapié en su relevancia para una historiografía sobre la guerra frecuentemente polarizada. En cuanto al método de trabajo, Pereira lo define como “inconformado e cético, como convém aos bons repórteres […] E, seguindo a máxima tão cara ao jornalista íntegro, doa a quem doer, tanto se debate que a verdade possível acaba por aparecer”. Pereira concluye que la prensa brasileña deformó vergonzosamente los sucesos de la guerra y se pregunta si no es legítimo indagarse acerca de la fidelidad que tiene actualmente la misma para retratar los hechos. La nota parece presagiar que Silveria se ocupará de rastrear la veracidad o falsedad de las representaciones, lo que afortunadamente no es el objeto de su libro.

El trabajo es el resultado de un proyecto de investigación desarrollado en la Pontificia Universidad Católica de Río Grande do Sul entre agosto de 1994 y mayo de 1996. El autor advierte que aunque la estructura del libro trata de respetar las exigencias académicas, no pudo evitar la acción contaminante del lenguaje periodístico: “Na verdade, devo confessar, não sei onde termina o repórter e começa o pretenso historiador” (p. 16). Sin embargo, no registramos a lo largo del escrito ninguna tensión problemática entre la metodología de ambas profesiones. Si no fuera por su aviso y el de su colega en la nota, no advertiríamos casi diferencia con otro libro de historia profesional. Las fuentes que analiza Silveria en su libro son 202 caricaturas publicadas en siete periódicos satíricos durante la guerra del Paraguay entre el 23 de octubre de 1864 y el 25 de agosto de 1870. Entre las publicaciones estudiadas encontramos destacadas Semana Illustrada, O Mosquito, A vida Fluminense. El trabajo pretende demostrar que la caricatura fue un arma utilizada para justificar la ofensiva armada del Imperio contra Paraguay. Esta hipótesis contraría a las visiones desarrolladas por otros dos historiadores: André Toral y Nelson Werneck Sodré, quienes acusan a la prensa brasileña de no haber sido favorable al gobierno imperial durante la contienda.[25]

Para abordar las caricaturas, el autor se vale entre otros de los estudios de E. H. Gombrich, quien propone un carácter reflexivo del arte visual. Además, retoma la idea de imaginario social de Cornelius Castoriadis, en tanto un sistema de ideas-imágenes que no se encuentran enteramente desvinculadas de la realidad y pueden ser así mismas constructoras de prácticas sociales.[26] El historiador cultural no tiene como tarea recuperar las reflexiones de la realidad vivida, sino analizar las representaciones de esa realidad. Según Silveria, el esfuerzo no debe apuntar entonces a encontrar correlaciones entre realidad y representación (como se desprende de la nota introductoria de Pereira), sino a identificar momentos de tensión dentro de esas representaciones. Aboga así por el carácter constructor de las representaciones sociales y hace hincapié en el papel de las mismas en el mantenimiento del orden vigente. Las caricaturas otorgaron validez a preconceptos y personajes estereotipados del bando enemigo. Y también les imprimieron popularidad a los personajes reales, como Pedro II.

El primer capítulo aborda los orígenes de la caricatura en Brasil y su significación para el imperio durante el auge del denominado periodismo satírico. La presencia de la caricatura en la prensa brasileña durante la guerra fue muy relevante, máxime si se toma en cuenta las relaciones de dependencia entre los medios de comunicación y el Estado. Semana Illustrada, una de las publicaciones más importantes del país, era simpatizante del gobierno imperial. Silveria discute con los estudiosos que postularon y hasta se escandalizaron con un supuesto tono condenatorio de la prensa de la época al gobierno. Las primeras imágenes publicadas causaron un verdadero furor en una población con apenas el 15% de alfabetización estimada. El artífice principal de esta verdadera revolución de las representaciones fue el litógrafo italiano Angelo Agostini. Aunque como figura emblemática Agostini también era disonante, ya que defendía la finalización de la esclavitud y la proclamación de una república.

El segundo capítulo, probablemente el núcleo del libro, muestra cómo el enemigo aparece representado en las caricaturas brasileñas, personificado casi exclusivamente en el presidente paraguayo Francisco Solano López, aunque también haciendo alusión a sus militares y la población paraguaya. Y es aquí donde Silveria hace también un intento de comparar esas representaciones con las realidades mucho más matizadas. Sin embargo, no es el eje del capítulo y se convierte en un ejercicio saludable en el contexto de una historiografía polarizada. La prensa ilustrada brasileña se encargó de demonizar este enemigo fundamentalmente durante el primer año del conflicto. Las apelaciones al pueblo paraguayo lo ligaban con una comunidad extraña, rara y servil. Algunas publicaciones van más allá y se refieren a los paraguayos como indios de una tribu feroz. Y estas cualidades estaban en gran parte determinadas por la particularidad geográfica del país: un rincón perdido en el mundo, una dualidad entre el Chaco y el oriente desconcertante. Sin embargo, no son sólo las particularidades culturales las que motivan la atención de los periódicos. Una tradición política comunera es tomada como extraña y representativa del país guaraní. Silveira se cuida en esta instancia de no adherir a la visión idealizada del Paraguay preguerra, característica de las posturas denominadas revisionistas, ni tampoco de denostarlo. Aunque no se trataba de una potencia, el Paraguay de la primera mitad del siglo XIX se caracterizaba por una combinación de aislamiento político y cierto nivel de desarrollo social y económico.[27]

Como apuntamos, la figura de Solano López domina ampliamente las caricaturas de los periódicos satíricos de la Corte (el 66% del total de las representaciones) y, por ende, gran parte del análisis. Se intentaba desde la prensa brasileña atribuirle a López la responsabilidad de la guerra y describirlo como un bárbaro, déspota, furioso, loco, enfermo y feroz. Para algunos, él representaba la degeneración del pueblo paraguayo. Para otros, era un sanguinario que esclavizaba a su nación. En verdad, para Silveira era imposible disociar a López del pueblo paraguayo en las representaciones de los periódicos satíricos. La identidad brasileña sí podía disociarse de la de su gobierno, pero no así la paraguaya. El capítulo detalla el ascenso de López al poder y aboga por la teoría de que no fue un déspota, sino que la guerra lo convirtió en tal. Toma para ello testimonios valiosos de la época, como el del ingeniero Thompson y algunos militares brasileños. Las referencias a la “realidad” de Silveira son más una posición historiográfica sensata que una verificación de las representaciones que son correctamente analizadas en su dinámica propia. La encarnación del mal en Solano López era la imagen necesaria para una sociedad eminentemente católica; el presidente paraguayo era el mismo diablo. Además, muchas veces se identificaba a Brasil con el paraíso y a Paraguay con el infierno. Y la maldad de López era peligrosa porque era plausible de extenderse más allá de las fronteras del país guaraní. También solía representárselo con figuras de animales, para marcar su falta de racionalismo y salvajismo.

El tercer y último capítulo trabaja la bipolarización de la guerra entre Brasil y el enemigo descrito en el capítulo anterior. En un momento, se describe la contienda como una lucha militar entre Paraguay y Brasil. Argentina aparece apenas como coaliada y Uruguay tiene un papel simbólico. Silveria y muchos historiadores brasileños toman esta afirmación como válida. Es cierto que en los últimos años de la guerra la presencia argentina fue menor. Pero no así en lo que refiere a los desencadenantes y los primeros años de la contienda. Se conjugan aquí cierto egocentrismo de los historiadores brasileños con la historia de su nación (no sólo Silveira) y quizá la falta de estudios novedosos en nuestra historiografía con los cuales dialogar. Las imágenes de los periódicos satíricos además representaban un clamor nacional brasileño por vencer al enemigo bárbaro. Enrolarse militarmente debía ser considerado como un acto de heroísmo. Se cita el importante trabajo de Ricardo Salles en el cual se estudia el carácter coercitivo del reclutamiento, la impopularidad de la guerra y se pone en cuestión la presencia mayoritaria de esclavos entre los soldados.[28] Silveria también dedica unas páginas a otra tarea casi obligada del historiador actual de la guerra: poner en cuestión el papel de Gran Bretaña en ella y dar por tierra con la posibilidad de que haya sido la responsable. La publicación del tratado de la Triple Alianza por parte de la diplomacia inglesa, sus conflictos con Brasil, la debilidad de las hipótesis del mercado del algodón y los mismos conflictos regionales ya dan sobrada muestra de que aun cuando haya sido una beneficiada indiscutida de los resultados, no hay pruebas sólidas de su responsabilidad como desencadenante del conflicto. En este sentido, Silveira reivindica la postura de Milcíades Peña al respecto.

En conclusión, las caricaturas buscaron ser funcionales a los intereses del Imperio, pero como instrumento movilizador de los sectores populares, la prensa satírica se mostró muy poco eficaz. Sin embargo, la imagen de una barbarie paraguaya intrínseca quedó plasmada en el imaginario social de la población brasileña. Esta es su gran victoria, en opinión de Silveira. El proyecto de investigación sobre periodismo de la región, que coordina, encontró que la estigmatización hacia el pueblo paraguayo continúa, asociada fuertemente a una idea de falsificación. La nota final realiza así una interesante mirada del presente de la prensa brasileña y paraguaya sin caer en anacronismos. Mientras tanto, la guerra más sangrienta y larga de la historia de América Latina aún espera por la renovación historiográfica que nuestro país le debe.

Lea Geler, Andares negros, caminos blancos. Afroporteños, Estado y Nación Argentina a fines del siglo XIX, Rosario, Prohistoria Ediciones/TEIAA (Universidad de Barcelona), 2010, 408 páginas

Dra. Florencia Guzmán

CONICET, Asia y África, Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos,
Universidad de Buenos Aires

 

Andares negros, caminos blancos es una obra de profundidad académica que trata desde la primera hasta la última página sobre la presencia de la población negra en la argentina decimonónica. Lea Geler discute con énfasis y rigor la mal llamada “desaparición” de los afrodescendientes, cuya construcción forma parte del mito fundacional de la Nación argentina que se erige como blanca y europea (“llegada de los barcos”). Esta construcción, que viene siendo cuestionada por los investigadores desde hace algún tiempo (en palabras de la autora, de manera cada vez más incisiva) y sobre todo por los propios afrodescendientes, parte del supuesto de que la mencionada “desaparición” se consumó porque los negros no eran importantes en número, en aportes o en protagonismo. Reid Andrews, historiador norteamericano, quien tiene el mérito de haber sido el primero en revisar las afirmaciones clásicas y sin sustento científico sobre la declinación y desaparición de los descendientes de los esclavizados (recurrentes guerras y epidemias, alta mortalidad y mestizaje) y pionero en plantear, además, la importancia central y constitutiva que tuvo la ideología del blanqueamiento en la desaparición simbólica de este colectivo social, afirma en su clásico libro Los afroargentinos de Buenos Aires (l989) que esta mal llamada “desaparición” se debió, entre otras cuestiones, a la marginalidad de los afrodescendientes. En el libro que presentamos, Lea Geler sostiene el blanqueamiento como punto de partida, pero su argumentación va por caminos diferentes (no en vano pasaron cerca de treinta años desde el original del libro escrito en inglés). “Los negros y negras pudieron desaparecer porque se habían constituido en personajes de fundamental importancia en la sociedad argentina de fines del siglo XIX y sobre todo del mundo popular”. Esta afirmación, que corresponde a Geler, no sugiere, sin embargo, que lo negro fuera visto como algo positivo.

Andares negros, caminos blancos está centrado en una etapa fundacional en la historia argentina: en los años que anteceden a la década de 1880, considerada generalmente como un hito, como un momento bisagra. El libro está centrado en los años cruciales de la consolidación del aparato del Estado, del modelo económico que perduraría y de proyección de un imaginario de nación. Una coyuntura que se presenta muy interesante para estudiar las formas, los procesos, los conflictos y las dinámicas de actuación de la población afroporteña en un tiempo en el que todavía, y pese a los discursos y vaticinios, tiene presencia, agencia y visibilidad, como rigurosamente demuestra la autora a los largo de las 420 páginas del libro. Si la época elegida es un gran acierto por la riqueza que suelen tener estos períodos de cambio y transformación para la interpretación histórica, no es menos relevante la elección de la fuente elegida para el análisis. Se trata de siete periódicos conservados en la Biblioteca Nacional (La Broma, La Juventud, La Perla, La Lucha, La Igualdad, El Aspirante y El Unionista) dejados por la propia comunidad de afrodescendientes que vivían en la ciudad de Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX; es decir que Geler estudia la “desaparición” a partir de lo que escribieron los afroporteños en el momento en que se los decretaba desaparecidos. Cuando la autora analiza estos periódicos (de l873 a l882), establece un diálogo riguroso y ágil con los testimonios dejados por los afroporteños acerca de su vida cotidiana, conflictos, alegrías y aspiraciones, pero como ella lo explica, no para hablar por el nativo, sino sobre el nativo, “aspirando a comprender, entender, a partir de los discursos, de las negociaciones, de las fiestas, de las tradiciones, de las peleas, las dinámicas de un grupo marcado por su cuerpo y por sus prácticas y que en el momento en estudio se intentaba borrar y homogeneizar al ‘blanco’ de la Nación argentina”.

Lea Geler es licenciada en Antropología Social y doctora en Historia, y este libro es un estudio de antropología histórica desde la perspectiva subalterna. El análisis interdisciplinario le da profundidad y espesura interpretativa al relato histórico en el que abundan las citas textuales de los periódicos trabajados, convertidos por la autora (ex profeso) en el hilo conductor de la narración. La estrategia expositiva resulta fundamental para escuchar las “voces” e imaginar retazos de cotidianidad de miles de afroporteños que desde una situación de subalternidad colaboraron activamente, y no ausentes de compromiso (según Geler) en la conformación del proyecto estatal nacional.

Entre los varios conceptos introducidos y desarrollados por Lea Geler en el libro, destacamos a los llamados por la autora como “intelectuales subalternos”: personajes que tenían voz en esa esfera subalterna, periodistas, directores de diarios, redactores, pero también militares y personajes de prestigio que comúnmente veían sus ideas reflejadas en los periódicos. Entenderlos como intelectuales, afirma la investigadora, les devuelve agencia y los separa de la imagen de víctimas con los que se construyó la historia argentina en la relación con los negros, aunque, aclara, “esto debe ser pensado siempre dentro de un contexto de dominación”. La lectura de los 12 capítulos del libro no deja dudas sobre la centralidad de los intelectuales afroporteños y, sobre todo, del altísimo grado de disciplinamiento que imponían sobre su comunidad. Con el propósito de insertar a la población afrodescendiente en un mundo popular en formación (en los que éstos se movían “con soltura” y del que luego serán protagonistas indiscutibles), los líderes letrados vigilaban y escrutaban lo que sucedía y, también, proponían, arengaban y luchaban para que los afroporteños abandonasen las tradiciones identificadas y asociadas con Juan Manuel de Rosas y con la esclavitud. Resulta clara la necesidad, por parte de aquellos, de que la precaria situación económica en la que vivían y las continuas discriminaciones que sufrían no transformaran a los afroporteños en parias sociales. Pero también, y como queda asimismo demostrado a lo largo del libro, los miembros de esta comunidad no aceptaron fácilmente las imposiciones de los intelectuales, sino que discutieron, resistieron, propusieron alternativas y obligaron muchas veces a revertir los planteos.

Asimismo, leemos que en el tiempo que lo blanco europeo indisoluble de raza/cultura constituía uno de los pilares sobre los que se erigía la nación por conseguir, los afroporteños eran marcados por el resto de la sociedad como distintos, debido, en parte, al inevitable color de su piel. Esta marcación era realizada por el Estado de una manera cada vez más evidente, pero también por la sociedad en su conjunto, que a través de la burla y el grotesco estigmatizaba y estereotipaba. La comunidad, frente a ello o ante disputas con los inmigrantes, puso en juego su argentinidad, enfatizando y resaltando la participación en las guerras y contiendas armadas por la patria. Esta situación, según Geler, les proveía de un lugar simbólico de aceptabilidad en el imaginario nacional. El amor patrio probado de sobra por el sacrificio negro en todas las guerras se convertirá en uno de los argumentos más recurrentemente utilizados por los miembros de la comunidad para legitimar sus derechos y sus anhelos de integración. También observamos que en la esfera política, los afrodescendientes se movieron con soltura, y en su práctica, movilizaron pasiones y se conformaron como individuos. Asimismo, estuvieron imbricados en redes clientelares que repercutieron en bienes, servicios, prestigio y en identificaciones diversas con la nación. Los distintos alineamientos de los intelectuales en cuestiones políticas –especialmente de los punteros– implicaron, incluso, enfrentamientos entre los miembros de la comunidad, y no sólo en los períodos electorales.

Las prácticas afroporteñas fueron también relevantes en otra esfera que crecía y cambiaba: el mundo popular. Con la llegada del siglo XX, cuando la Argentina ya construía su nacionalidad en principios raciales y culturales excluyentes, muchos elementos del mundo popular antes repudiados por las elites fueron retomados y reutilizados como parte del auge de la corriente criollista que revalorizaba lo autóctono y conformaba la representación de lo nacional. El desempeño y la gravitación de los afroporteños en el ámbito de las artes populares a finales del siglo XIX, y consecuentemente en el imaginario criollista nacional popular posterior, aparecen relacionados con las distintas artes de la diversión y el ocio (candombe, carnavales); también con la literatura, pintura, música; pero, sobre todo, con el circo, el teatro, la payada, espectáculos habituales en la ciudad, en los que fueron, en palabras de Geler, protagonistas reconocidos. De tal modo que en las postrimerías del siglo, cuando los discursos del poder hacen referencia a la desaparición de los descendientes de esclavizados y esclavizadas como una realidad que consumaba la buscada blanquitud, había en la ciudad de Buenos Aires (y no caben dudas luego de leer este libro) muchas personas que se reconocían, eran reconocidas y discriminadas por los demás como negros y mulatos. Es por ello que la desaparición simbólica de los afrodescendientes y la inclusión de la población negra en la categoría de pueblo argentino/blanco/popular debe ser pensada (como bien lo explica Lea Geler en éste párrafo que consideramos una excelente síntesis del libro) con su particular noción de blanqueamiento “que llevó a la des-marcación del colectivo de afrodescendientes y a su asimilación a la blanquitud nacional, constituyendo a negros y mulatos como una alteridad pre-histórica, es decir, una alteridad que no incidía en el desarrollo histórico del país justamente por estar desaparecida”.

Esta frase de la autora nos introduce en otro mérito ponderable del libro: me refiero a una prosa sumamente accesible y amigable, que sumada a los otros méritos ya destacados (espesura conceptual e interpretativa), logra que esta obra sea relevante, y no tan sólo para el campo de los estudios afrolatinoamericanas en clave argentina. Es, sobre todo, el estudio que más rigurosamente analiza y resignifica la presencia destacada, heterogénea y colorida de los afrodescendientes en la Argentina decimonónica.

Matthew Karush, Culture of Class: Radio and Cinema in the Making of a Divided Argentina, 1920-1946, Durham, Duke University Press, 2012, 276 páginas

Ezequiel Adamovsky

Universidad de Buenos Aires, CONICET

 

Conocíamos a Matthew Karush –Profesor Asociado en la George Mason University de EE.UU.– por un notable libro sobre los trabajadores rosarinos publicado en 2002 (que sin embargo tuvo poca difusión en nuestro país)[29] y por el interesante volumen sobre la nueva historia cultural del peronismo que compiló junto a Oscar Chamosa.[30] Esta vez vuelve sobre su interés en el “populismo” con un audaz estudio de la cultura de masas de la Argentina de entreguerras.

La tesis fundamental aparece en las primeras páginas de la introducción: los films, canciones y programas radiales de consumo masivo en los años veinte y treinta sin dudas difundían mensajes conformistas y fantasías de ascenso social. Pero también “diseminaban versiones de la identidad nacional que reproducían e intensificaban las divisiones de clase”. Los directores, locutores, guionistas, músicos o dueños de industrias culturales participaban de la producción de ese tipo de mensajes, incluso sin proponérselo. Enfrentados en una competencia desigual con el jazz y los films norteamericanos, encontraron en la búsqueda de una “autenticidad nacional” el nicho que les permitía disputar una audiencia. Para dar con el tono auténtico que buscaban, retomaron elementos de la cultura popular previa, del tango, el sainete y el discurso criollista, insertándolos en una nueva cultura de masas estructurada según el código del melodrama, que planteaba una oposición binaria entre un mundo de los pobres/trabajadores definido como terreno de la ética, la solidaridad y la autenticidad nacional, y un plano de las clases altas marcado por el egoísmo, la inmoralidad y la vinculación con los intereses extranjeros. Así, a diferencia de otros países, la cultura de masas en Argentina no contribuyó a forjar “mitos de unificación nacional”, sino que generó imágenes polarizantes y divisivas, de fuerte contenido “clasista”. A su turno, estas imágenes proveyeron mucho de la “materia prima discursiva con la que Perón y Evita construyeron su movimiento de masas” (p. 3).[31] La introducción incluye también una interesante discusión teórica que sitúa la “historia cultural” que propone el autor en un punto intermedio entre aquellas interpretaciones de la cultura de masas que la convierten en un ejercicio puramente manipulativo orientado a asegurar el dominio de las clases superiores, y las que la celebran como una expresión auténticamente popular en la que los diferenciales en el poder de clase no tienen ninguna relevancia. Utilizando aportes de Gramsci, Stuart Hall, George Lipsitz y otros, Karush la entiende en cambio como un terreno polisémico y relacional, siempre en conflicto, que es moldeado por, y a la vez moldea, los procesos sociales, económicos y políticos más generales. A su vez, retomando la noción de “modernidad periférica” de Beatriz Sarlo, destaca al carácter híbrido de la cultura local –ni del todo vernácula ni totalmente imitativa–, incomprensible si su análisis no parte de una dimensión transnacional.

El capítulo 1 examina los procesos de formación de clases en los barrios porteños y las identidades sociales y étnicas que pusieron en juego. En sintonía con la historiografía dominante, Karush reconoce el carácter inclusivo de los mensajes culturales que procedían no sólo del Estado, sino también de las asociaciones barriales, bibliotecas, etc. y de los nuevos hábitos residenciales y de consumo. Sin embargo, apartándose de ella, ilumina también las prácticas elitistas que con frecuencia se ocultaban tras mensajes en apariencia igualitaristas y la persistencia de identidades clasistas. Discutiendo contra las interpretaciones que aseguran que la cultura del período podría asimilarse a la de la clase media, Karush destaca su carácter disputado, ambivalente y fluido. Uno de los puntos más interesantes de la argumentación es el que pone en duda el a priori por el cual las nociones de respetabilidad, el valor del trabajo y los deseos de ascenso social indefectiblemente se toman por signos de identidad de clase media y, por ello, no clasista. Por el contrario, Karush los destaca como elementos que con frecuencia convivían, en las clases populares, con una profunda hostilidad hacia el capitalismo y los ricos.

El capítulo 2 analiza la aparición de la radio, el cine y las grabaciones musicales, el origen social de los primeros empresarios del sector, sus conexiones con la industria internacional y las pautas de consumo. Karush muestra aquí un universo de pequeños productores, crónicamente descapitalizados, que debían subsistir en una competencia desigual con los productos norteamericanos. Esa competencia los forzaba a la vez a emular los rasgos de la cultura “moderna” de gusto popular, y a aferrarse a elementos que pudieran darles un “color local” que los volviera atractivos. En esa búsqueda, los motivos plebeyos presentes en el tango y en el discurso criollista previos fueron reapropiados (y a la vez, transformados) por la naciente cultura de masas, que heredó así mucho de sus mensajes. Por otra parte, el capítulo muestra la segmentación de las audiencias (particularmente las del cine), tanto por motivos económicos como culturales, que reforzaba las diferencias entre el tipo de productos culturales que se consumían en los barrios más populares y en las zonas de nivel económico superior.

El capítulo 3 explora las características del melodrama local en perspectiva comparada. Las imágenes de un mundo dividido de manera maniquea y según líneas morales, y el fatalismo propios de esa tradición, se combinaron en Argentina con una fuerte valorización de la clase baja y del espacio rural (o suburbano) como repositorio de los valores morales y de la autenticidad nacional. El centro urbano, moderno, habitado por ricos de ínfulas extranjeras aparecía así como escenario de la corrupción, la falsedad y la injusticia. Eso otorgó al melodrama local un potencial “verdaderamente subversivo”: su visión de la sociedad hacía que todo “final feliz” en las relaciones interclases se volviera poco creíble; su nostalgia minaba la confianza en las bondades del progreso; su fatalismo hacía que los mandatos del trabajo paciente y honesto perdieran efectividad. En fin, la “condena populista” que el melodrama local proyectaba sobre la élite argentina volvía más difícil operar la reconciliación final entre ricos y pobres, típica del melodrama de otras latitudes.

Profundizando en esta misma línea argumental, el capítulo 4 estudia diversos intentos de “modernizar” la cultura de masas local y/o purgarla de sus aspectos más revulsivos. Tales intentos chocaban con límites muy precisos que le imponía la demanda de “autenticidad nacional”, que una y otra vez volvía a dirigir las búsquedas hacia las raíces populares de la cultura nacional. Ejemplos de ello fueron el redescubrimiento de la milonga y el candombe entre los músicos del tango y la afirmación de sus orígenes africanos, la continuidad del interés del cine por los motivos gauchescos, y en general el ascenso de la música folclórica a la categoría de género comercializable. Este capítulo contiene uno de los momentos mejor logrados del libro: el fino trabajo de historia de las representaciones que emplea para analizar el film La rubia del camino (1938) a la luz de su predecesora norteamericana, It Happened One Night (1934), de la que fue una suerte de remake. Los desplazamientos de sentido entre una y otra ejemplifican de forma convincente la manera diversa en que el melodrama transmitía mensajes en una y otra geografía, estimulando la armonía de clases en una, volviéndola casi imposible en la otra.

Finalmente, el capítulo 5 y el epílogo se ocupan de trazar los vínculos entre esta cultura “populista” y el mundo de la política. La tesis central de esta parte apunta a demostrar no sólo el “aire de familia” entre la cultura melodramática y el discurso del peronismo –ambos imbuidos de una condena moral de los ricos que no excluía la posibilidad de su redención, entendida como una reeducación moral y a la vez como una “nacionalización”–, sino también a analizar los usos concretos de la cultura de masas por parte del régimen de Perón. El autor afirma aquí que, a pesar de las inéditas intromisiones del Estado en las industrias culturales propias de esos años, los contenidos de la cultura de masas no variaron en lo fundamental. El peronismo se apoyó en una cultura previa con la que tenía importantes afinidades y resonancias. No casualmente, buena parte de los funcionarios que erigieron y gestionaron el aparato propagandístico oficial tenían antecedentes como productores o empresarios culturales (por no mencionar la figura de Evita, que arribaba directamente del mundo del cine y de la radio, y que encargaba la redacción de sus discursos políticos al mismo guionista de sus años en la radio). El peronismo utilizó intensamente los motivos del melodrama. Pero al hacerlo, también introdujo novedades. La más importante fue, sin dudas, la de hacer un espacio al obrero –que había estado más bien ausente de las representaciones de lo popular en el cine o la radio, que preferían al gaucho o al peón rural– como encarnación de polo moralmente superior y auténticamente nacional que se oponía al decadente mundo de los ricos. De igual importancia, la de ofrecer una salida al fatalismo del melodrama, planteando la posibilidad de mejoramiento colectivo de los trabajadores y, con él, del país todo (antes que ese ascenso individual que las letras del tango tanto condenaban, considerándolo como un ingreso en el mundo falso de los ricos y un alejamiento de los valores verdaderos del barrio y de la gente común).

El trabajo de Karush seguramente tendrá un importante impacto en la historiogra­fía Argentina –especialmente si encuentra un editor local–, por lo novedoso y estimulante de sus hipótesis generales, pero también por la relación que sus hallazgos establecen con varios de los nudos problemáticos que han vertebrado el campo. En primer lugar, con toda certeza se convertirá en una obra de referencia para los estudios de la cultura popular y la cultura de masas de la época, un área que continúa estando relativamente subdesarrollada. Dos cualidades se destacan entre las que así lo anuncian: por un lado, se trata del primer estudio que presenta un análisis integrado de la radio, el cine y diversos ritmos de la música de consumo popular (tango, jazz, folclore), que hasta ahora habían merecido estudios más bien separados, vinculándolos además con expresiones anteriores, como el criollismo, el circo y el sainete criollos y con los cambios en la cultura política y en la construcción de la identidad nacional. A esta mirada holística, se añade el enfoque transnacional y comparativo que recorre el trabajo y que se traduce en un aporte particularmente iluminador.

En segundo lugar, tal como su libro sobre los trabajadores de Rosario, esta obra pone en cuestión un paradigma largamente dominante en la historiografía del período, articulado en torno del concepto de “sectores populares”. Apartándose de aquellas miradas que concluían que, luego de 1920, el escenario porteño se había caracterizado por la disolución de las identidades de clase, la integración social de la población y la aparición de una cultura cívica ajena a todo antagonismo, Karush restituye a las diferencias de clase un lugar central e insoslayable. De hecho, toda la argumentación gira alrededor de la demostración de la profunda hostilidad hacia los ricos que marcaba la cultura de masas. Ese rasgo se explica por la situación periférica en la que operaban los directores, locutores, músicos y empresarios locales, pero también por la persistencia de una cultura popular previa a la emergencia de la cultura de masas, que ya tenía características semejantes. El cuidadoso trabajo empírico de Karush contrasta en este punto con la limitada apoyatura empírica en la que se afirmó aquel paradigma. Así, por ejemplo, contra los estudios del desarrollo urbano porteño que postularon el triunfo del dispositivo de integración de la ciudad y la caducidad de la distinción centro-barrio, Karush demuestra la existencia de diferencias en el consumo de films entre ambas zonas, que responden al perfil socioeconómico de cada una. Su argumentación, sin embargo, avanza un paso más allá del debate que el concepto de “sectores populares” suscitó en su momento. Porque Karush no lo discute afirmando la persistencia de una cultura obrera que se expresaba en los términos propios de la tradición de izquierda, sino echando luz sobre un tipo de antagonismo “populista”, en el que los deseos de bienestar, consumo y ascenso social conviven sin contradicción inevitable con la hostilidad hacia los ricos. Dicho en otros términos, un tipo de clasismo que se expresaba a través de una identidad “popular” más integradora que la obrerista y que no implicaba un rechazo de raíz de la sociedad capitalista (lo que no le impedía generar un profundo clivaje social de efectos bien reales). En este punto, es esperable que esta obra reavive y enriquezca un postergado debate sobre el período de entreguerras.

En tercer lugar, el trabajo de Karush abre un nuevo eje en el campo de estudios del peronismo, particularmente (pero no sólo) el de sus orígenes. La vigorosa tesis sobre la reapropiación de la cultura melodramática por parte de Perón –que ya había esbozado al pasar Daniel James–[32] merecerá sin duda debates, ya que contribuye a “normalizar” el fenómeno peronista, pero de un modo inverso al que viene ensayando la historiografía local desde hace algún tiempo. A la luz del trabajo de Karush, el peronismo no aparece como un paso más en la historia de la integración social argentina y de la ampliación de la ciudadanía, sino, por el contrario, como desenlace esperable de una historia dislocada y con antagonismos irresueltos. El carácter “herético” del peronismo, desde esta mirada, aparece como un componente bastante más independiente de la figura del líder y de la coyuntura de su encumbramiento.

Finalmente, el libro en cuestión también resulta una inesperada contribución al naciente campo de estudios históricos de la clase media en Argentina. Por un camino distinto y apoyándose en el estudio de otro tipo de fuentes, el trabajo de Karush confirma (y a la vez ayuda a explicar) la persistencia de visiones binarias de la sociedad hasta entrada la década de 1940, una de las tesis centrales del estudio sobre la formación de la clase media que el que escribe publicó en 2009.[33] Allí, la ausencia de un espacio “intermedio” en el modo de imaginar lo social se explicaba por la inercia de las visiones previas (que las tradiciones políticas dominantes no habían tenido demasiado interés en desafiar) y por la existencia de fuertes lazos de solidaridad política que unían a los trabajadores con parte de los sectores medios. A estos motivos, el trabajo de Karush agrega la presencia de una poderosa cultura de masas con componentes “populistas”, que reproducía una visión de lo social en la que el “pueblo” se oponía (en bloque) a los ricos. Por lo demás, el libro en cuestión también hace suya la tesis que ubica la consolidación de una identidad de clase media en tiempos del peronismo y por efecto de su irrupción: según Karush, fue la politización de los mensajes melodramáticos por obra del régimen peronista y la identificación del pueblo específicamente con los trabajadores lo que terminó de dividir un público que anteriormente permanecía indiferenciado, abriendo la puerta, ahora sí, para la posterior aparición de una cultura de masas específicamente orientada a la clase media y purgada de mensajes antagonistas.

Por la centralidad que le otorga a la categoría de “clase” en la lectura de los fenómenos culturales y políticos, y por la heterodoxia con que la utiliza, la obra de Karush seguramente será recibida con algunas reservas tanto entre los colegas que comulgan con los paradigmas hoy dominantes como entre los que se afirman en una visión marxista más ortodoxa. Sin embargo, la coherencia en su argumentación, la solidez de su andamiaje empírico y la novedad y relevancia de sus planteamientos hacen de su aparición algo digno de celebrarse.


  1. Ildefonso A. Bermejo, Repúblicas Americanas. Episodios de la vida privada, política y social en la República del Paraguay, Madrid, R. Labajos, 1873, p. 123.
  2. Véase Ernesto J. A. Maeder, Misiones del Paraguay. Conflictos y disolución de la sociedad guaraní (1768-1850), Madrid, Mapfre, 1992, pp. 50 y ss.
  3. Aun cuando Pérez Colman afirme que la Compañía había “organizado [en Entre Ríos] varias […] estancias de cría o invernada”, no parece que ellas hayan estado dispuestas allí de manera formal, salvo quizás en los últimos lustros del dominio jesuita, y nunca en las tierras de la vertiente del Paraná, sino en todo caso en las del Uruguay. César Pérez Colman, Historia de Entre Ríos, época colonial (1520-1810), Paraná, Imp. de la Provincia, vol. 1, 1936-1937, pp. 208-209. El mismo Pérez Colman lo había admitido así en otra de sus valiosas obras. Véase César Pérez Colman, Apuntes históricos. El Nord-este de Entre Ríos. Fundación de Concordia, Paraná, La Acción, 1933, p. 42.
  4. Véase una comparación de salarios en el norte correntino y el sur entrerriano en Julio Djenderedjian, “¿Un aire de familia? Producción agrícola y sociedad en perspectiva comparada: las fronteras rioplatenses a inicios del siglo XIX”, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, vol. 41, Köln-Weimar-Wien, 2004, pp. 271-273; sobre los salarios paraguayos de la época, véase Julio Djenderedjian, “Una reevaluación del peonaje por deudas. El caso de la producción yerbatera paraguaya a inicios del siglo XIX”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3ª serie, núm. 16-17, 1998, pp. 85-122.
  5. Como consecuencia de las masivas ventas posteriores al final de la Guerra Grande, y en especial de las de la expansiva década de 1880. Véase al respecto Carlos Pastore, La lucha por la tierra en el Paraguay, Montevideo, Antequera, 1972, pp. 171 y ss. Una interpretación más compleja del proceso en Juan C. Herken Krauer, El Paraguay rural entre 1869 y 1913. Contribución a la historia económica regional del Plata, Asunción, Centro Paraguayo de Estudios Históricos, 1984, pp. 156 y ss.
  6. La frontera norte mexicana puede ofrecer al respecto perspectivas provechosas, al menos en puntos como la pervivencia de formas laborales coercitivas y su papel para el funcionamiento de la economía. Véase, por ejemplo, Susan M. Deeds, “Rural Work in Nueva Vizcaya: Foms of Labor Coercion on the Periphery”, en Hispanic American Historical Review, 69, 3, pp. 425-449, 1989. Aun cuando tengamos presente las abismales diferencias de ambos casos, el análisis del Egipto de Muhammad Ali hecho por Marsot ofrece también sugerentes incentivos para pensar el siglo XIX paraguayo. Afaf L. al-S. Marsot, Egypt in the Reign of Muhammad Ali, Cambridge, Cambridge University Press, 1984.
  7. Véase entre otros textos Zacarías Moutoukias, “El crecimiento en una economía colonial de antiguo régimen. reformismo y sector externo en el Río de la Plata (1760-1796)”, Arquivos do Centro Cultural Calouste Gulbenkian, núm. 34, 1995, pp. 771-813.
  8. Juan Carlos Garavaglia, “Crecimiento económico y diferenciaciones regionales: el Río de la Plata a fines del siglo XVIII”, en Economía, sociedad y regiones, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1987.
  9. Por ejemplo, Pedro Pérez Herrero estima que se incrementó la oferta monetaria, hecho que generó un proceso inflacionario. Pedro Pérez Herrero, Comercio y mercados en América Latina colonial, Madrid, Editorial MAPFRE, 1992.
  10. Miguel Ángel Rosal y Roberto Schmit, “Las exportaciones pecuarias bonaerenses y el espacio mercantil rioplatense (1768-1854)”, en Raúl Fradkin y Juan Carlos Garavaglia, En busca de un tiempo perdido. La economía de Buenos Aires en el país de la abundancia, 1750-1865, Buenos Aires, Prometeo, 2004, pp. 159-194.
  11. Lyman Johnson, “Salarios, precios y costo de vida en el Buenos Aires colonial tardío”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3ª serie, núm. 2, Buenos Aires, 1990, pp. 133-157.
  12. Juan Carlos Garavaglia, “Crecimiento económico…”, op. cit., p. 52.
  13. Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del estado argentino (1791-1850), Buenos Aires, Prometeo libros, 2005, p. 28.
  14. Nos referimos a Lyman Johnson y Enrique Tándeter (comps.), Economías coloniales. Precios y salarios en América Latina, siglo XVIII, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1992 (la edición original en inglés data de 1990). Lyman L. Johnson y Sonya Lipsett-Rivera, The Faces of Honor. Sex, Shame and Violence in Colonial Latin America, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1998. A estas dos compilaciones podría añadirse un capítulo suyo en otra compilación que reunió a destacados estudiosos de la historia colonial hispanoamericana. Véase Lyman Johnson, “Artesanos”, en Louisa Schell Hoberman y Susan Migden Socolow, Ciudades y sociedad en Latinoamérica colonial, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1993.
  15. Sobre estas cuestiones discuten muchos de los ensayos reunidos en el Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 3ª serie, 2º semestre de 2010, número especial dedicado al Bicentenario de la Revolución de Mayo.
  16. Véase un excelente análisis de los patrones de acumulación de riqueza de los medianos propietarios urbanos de Río de Janeiro, incluidos los afrobrasileños libres, en Zephyr L. Frank, Dutra’s World: Wealth and Family in Nineteenth-Century Rio de Janeiro, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2004.
  17. Bourguignon, Francois y Morrisson Christian, “Inequality among World Citizens: 1820–1992”, American Economic Review, año 4, núm. 92, 2002, pp. 727-744. Este paper ha sido el primero de una serie que discute la evolución de la desigualdad a nivel mundial en el largo plazo, basándose en indicadores cuantitativos.
  18. Kuznets, Simon, “Economic Growth and Income Inequality”, The American Economic Review, año 1, núm. 45, 1955, pp. 1-28.
  19. Williamson, Jeffrey G., “Regional Inequality and the Process of National Development: A Description of the Patterns”, Economic Development and Cultural Change, núm. 13, 1965, pp. 3-45.
  20. Albert O. Hirschman comparte la idea de que la desigualdad es una parte inevitable del crecimiento. Véase su libro The Strategy of Economic Development (1988).
  21. Véase “La Gran Divergencia. Las economías regionales en Argentina después de la Independencia”, en Susana Bandieri, (comp.), La historia económica y los procesos de independencia en la América hispana, Buenos Aires, Prometeo, 2010.
  22. La población se duplicó o más de 1810 a 1855, la riqueza medida a través de los inventarios post mortem se multiplicó más de cuatro veces, mientras que la riqueza inmobiliaria (CD) lo hizo por más de cinco en el intervalo 1839-1855.
  23. Término acuñado por Carlos Díaz Alejandro, Ensayos sobre la historia económica argentina, Buenos Aires, Amorrortu, 1970.
  24. Francisco Doratioto, Maldita guerra. Nueva historia de la guerra del Paraguay, Buenos Aires, Emecé, 2004.
  25. Nelson Werneck Sodré, História da Imprensa no Brasil, Río de Janeiro, Mauad, 1999. André Toral, Imagens en desordem. A iconografía da guerra do Paraguai, Sao Paulo, Humanitas, 2001.
  26. Cornelius Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad, Buenos Aires, Tusquets, 1995 y E. H. Gombrich, A história da arte, Río de Janeiro, Zahar, 1981.
  27. León Pomer, La guerra del Paraguay, ¡Gran negocio!, Buenos Aires, Caldén, 1968. José Pedro Barrán, Apogeo y crisis del Uruguay pastoril y caudillesco, 1839-1875, Montevideo, Banda Oriental, 1994.
  28. Ricardo Salles, Guerra do Paraguai: escravidão e cidadania na formação do exército, San Pablo, Paz e Terra, 1990.
  29. Matthew Karush, Workers or Citizens: Democracy and Identity in Rosario, Argentina (1912-1930), Alburquerque, University of New Mexico Press, 2002.
  30. Matthew Karush & Oscar Chamosa (eds.), The New Cultural History of Peronism: Power and Identity in Mid-Twentieth-Century Argentina, Durham, Duke University Press, 2010.
  31. Esta tesis había sido anticipada en M. Karush, “The Melodramatic Nation: Integration and Polarization in the Argentine Cinema of the 1930s”, en Hispanic American Historical Review, 87, núm. 2, 2007, pp. 293-326.
  32. Daniel James, Doña María, historia de vida, memoria e identidad política, Buenos Aires, Manantial, 2004, pp. 248-249 y 268.
  33. Ezequiel Adamovsky, Historia de la clase media argentina, apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003, Buenos Aires, Planeta, 2009.


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