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La lucha en el desierto

Josefina Pelliza de Sagasta

La antigua comarca de los calchaqui salvajes, estaba desierta, solo una choza se alzaba en el llano al abrigo erial rosado, cepas lujuriosas que cubren el valle y se estienden hasta el deslinde del Pucara. Los rebaños, echados en descanso, abrían de cuando en cuando sus ojos soñolientos para tenderse después perezosos sobre los pastos húmedos del rocío. La cabaña de Omac ardía con la luz del hogar, encendido con las ramas secas del puca. Un reflejo de incendio levantaba, con dimensiones fantásticas, la choza solitaria… eran las llamas de la maleza seca que ardía en torno, que subían en rojos espirales que el viento azotaba, desprendiéndolas del hogar en penachos enrojecidos, que las bocanadas del aire esparramaban por el valle y que se enroscaban como pequeñas sierpes al tronco de las yerbas cercanas. El viento pasaba silbando en todos los huecos, movía con gritos el techo sedentario de la cabaña, y luego descendía a las ondonadas profundas del llano, para dispersar las cabras y los huanacos, que dormían tranquilos. Los grandes ojos de Alíxora estaban abiertos, fijos, azorados, sin sueño, sobre la estrecha cavidad del horno, allí se retorcían con jemidos prolongados las ramas rojas de la maleza, que ardía y ardía….

Seguía las chispas con la mirada curiosa de la corza joven que se alarma de los ruidos del bosque. Se estremecía cuando un nudo fuerte se torcía con un grito, consumiéndose en contorsiones penosas, como si su viejo corazón de maleza se resistiera, cayendo y levantando entre las otras zarzas verdes, en la batalla del fuego. 

Un chisporroteo más vivo subió en rojas luminarias hasta la cumbre del techo, las ramas se quejaron más fuerte, eran voces de la selva que la llama arrancaba a los sarmientos tiernos, y a los corazones ancianos, con su lengua candente. Las llamas rosadas del puca, lamieron con más fuerza los bordes del horno; las raíces duras se derramaron consumidas en blancas espirales de humo y chispas rojas como gotas de sangre. 

Alíxora, dijo una voz débil de la choza. Alíxora tembló: fue hasta el lecho de Omac, se arrodillo entre las yerbas olorosas. Oye: dijo la india moribunda –oye, hija mía….. la niña se inclinó más, el fuego no se quejaba ya, las chispas habían cesado y el viento pasaba mas suavemente sobre el lecho de Omac. ¡Oye! –volvió a jemir la voz de la india. Habla, dijo Alíxora –habla, madre– te escucha tu hija.

Hace quince años, ¡oh! –¡lo recuerdo bien!– la tarde era tibia, con perfumes de lirios y aromas de churquis en flor. 

Yo estoy ciega –dijo mi madre que tocaba quena y cantaba sin descanso su eterna maldición de español–. Yo estoy ciega, el rayo de Pachamac soberano, cegó mis ojos. Ve al valle, busca en el los bezares del guanaco para aplicarlos a mis ojos sin luz– ve, Omac, trae también la caza de los cóndores….las zarzas se cubrían de hojas que la primavera iba a madurar, los pájaros se escondían entre los viejos pastizales, todos los habitantes del llano descendían con paso tardío a sus sitios de descanso. Cruce el valle espantando las mariposas que se animaban en los lirios azules de la montaña, en esa cita interminable de la mariposa y la flor durante las noches cálidas del estío… cruce las riscos, trepe las escarpaduras más altas, toque al fin el pico saliente que balanceaba en las nubes el nido de los cóndores: ¡estaba vacío! Los aguiluchos muertos, solo el viejo cóndor, el abuelo que trae la caza para el festín de los nietos, jemía con sordos graznidos sobre el nido desierto, traía su presa, bajaba en curvas suaves sin posarse, describiendo sus vuelos en torno del nido sin hijos, sobre sus polluelos muertos…………………….

De pronto la presa se escapo, cayó sobre el borde del enorme nido, quedo suspendida en el abismo: las raíces deshechas la balanceaban los picos filosos de las rocas, el lloro de un niño sonó en todas las cavidades de la montaña, el cóndor volaba  bajo, muy bajo, como si fuera a alzar otra vez con su garra la presa que lloraba al borde de las rocas….. 

Alíxora miraba espantada a la india que hablaba sin fuerza, ya el fuego no se quejaba; había en vez de llama un montón blanco de ceniza que el viento muy leve alborotaba en torno del hogar casi apagado. La india seguía con voz desfallecida: tendí los brazos y tome en el pico saliente, sobre el abismo la caza del ave que graznaba fatídica con gritos sordos de amenaza. No era un cabrito. . . . .

¿Qué era, madre?

¡Eras tú! 

¡Madre!

¡Si, eras tú!

La luna se alzaba sobre las montañas negras  y llenaba de rayos blancos el valle de Calchaqui. 

Cuando llegue a la puerta de mi choza: 

–Los cóndores han traído un niño, dije a mi madre ciega, que cantaba en las notas quejumbrosas de la Quena su eterna maldición al blanco, un niño blanco, un español. 

–¿Qué dices, Omac? –dijo mi madre. 

–Madre, la presa de la águila es una niña, un blanco, un europeo. . . . Aquí está. . . . . 

Los ojos sin luz de mi madre se iluminaron, se inclino sobre mis brazos, miro el rostro de la niña y dio un grito. ¡Blanco! Dijo y se desplomo a mis pies. Estaba muerta. Había recobrado la vista para morir. ….

El cóndor sin hijos grazno toda la noche sobre la choza de mi madre muerta: la niña blanca durmió  arrullada en mis brazos. . . .¡Oh!, la amaba, la amaba. Omac doblo su cabeza sobre el seno de Alíxora. Imprimió  sus labios sobre los labios de la niña, un ligero aliento se extinguió en su pecho y el corazón de Omac ceso de latir. No existía…

El horno se había helado. Las ramas tiernas y los viejos nudos de maleza se habían consumido: la ceniza la llevaba el viento arrojándola como jirones de una vestidura blanca, por el llamo, eran claridades a la luz indecisa de la madrugada, que rodeaban las matas y corrían   por los senderos para caer a las ondas del arroyo y mezclarse a la linfa…

Alíxora, la doncella india, había salido de su cabaña, llevaba a la espalda el lio de sus vestidos tejidos con el vellón de las alpacas rubias, sus joyas de plata y su cofre de arcilla roja, se alejaba del valle, en busca de otro sitio. Había echado por delante sus cabras blancas manchadas de negro y solo llevaba de su choza donde murió Omac, sus mantas de guanaco y su cuerno transparente, amarrado al cinturón, donde ordeñaba ella misma la ubre de sus cabras. 

Alíxora no conocía el peligro, en su ignorancia agreste, ni siquiera sabía si existía mas ser humano que ella sobre el mundo. Abandonaba su cabaña porque el recuerdo de su madre le perseguía   en el sueño: porque la sombra de aquella, veíala  vagar por la noche bajo el techo rojizo de la choza. 

Descendía muy triste los últimos collados de Calchaqui: iba a comenzar el ascenso de las cumbres que cierran el hondo valle, quizá para no volver a el jamás. . . 

La joven se detuvo, volvió sus ojos azules; sus ojos de europea que abrillantaban su rostro como dos zafiros engarzados de bronce, y miro largamente al sol que se hundía en el poniente; doblo sus rodillas sobre la yerba fresca y comenzó a sollozar. La tarde caía lentamente en la sombra y la ultima claridad de la luz iluminaba a la india arrodillada en medio de su rebaño, como un gran cuadro prendido en la penumbra dorada del espacio. 

Adiós, dijo su voz dulce como las notas de la quena. Adiós, choza amada de Omac, ya no te verán  los ojos de Alíxora. La hija de los cóndores huye de su nido, remonta el vuelo a otras rejiones. 

Adiós, te dice mi lengua; adiós, te dice mi alma entristecida; adiós, clavelinas blancas de las montañas, lirios azules de los riscos; adiós calles y tumbas de Pucará[1]. Alíxora ya no volverá mas al valle, pero no olvidara jamás a Calchaqui, y la joven, sollozando tiernamente, arranco de las ultimas peñas que dejaba a su espalda un ramo de clavelinas, pálidas y languidecidas, como si comprendieran el dolor de su agreste hermana; llevólas a sus labios y marchito con sus besos y sus lagrimas los pétalos de las silvestres flores: sus rodillas se doblaron, junto las manos sobre su seno y lloro, orando arrodillada la postrer plegaria en la tierra de Omac …………………………………………………

De pronto, semejante a una corza herida, se puso de pie, aplico el oído a la tierra y escucho azorada. 

Antes que lanzara un grito, como brotado de la maleza, más de diez salvajes salieron de los riscos y la rodearon. La joven arrojo un grito de terror: ¡Los llipis[2]!, dijo y quiso correr hacia las cumbres, entre sus cabras alborotadas y en dispersión, pero dos salvajes la estrecharon. La joven, aterrada, perdía el valor, y daba gritos de espanto que solo las cavidades de las piedras repetían. 

Un indio la tomo por el brazo y alzándola al hombro se la entrego al jefe que montaba un caballo[3], y Alíxora quedo tendida por delante del ginete indio, perdido el conocimiento, el rostro helado y la boca muda. 

A carrera tendida se alejo el jefe llevando entre sus brazos el cuerpo inanimado de Alíxora, bordeando  en su carrera las llanuras para ganar las breñas. Dos horas después, Alíxora vuelta en sí, sintióse llevada a la carrera vertijinosa del caballo, que parecía volar aguijoneado por la javalina de la flecha con que el salvaje lo hincaba. La joven volvió a gritar con el instinto de salvación, y como si sus gritos fueran oídos, el caballo se detuvo, se encojió, arrojo al aire un bufido y quedo vacilante con el cuello tendido, las manos temblorosas y el cuero trémulo. Entonces en el estupor del indio y el terror inesplicable del potro, un trueno conmovió la selva, un bramido de fiera que repitieron las cavidades de las piedras con sonoridades broncas. 

Encrespada, hambrienta, barriendo la yerba con la ancha cola, los ojos encendidos, olfateando en torno, dilatadas las fauces y estrecha do la distancia para hacer mas certero el golpe, apareció la fiera del llano, ¡una leona! El Llipis feroz tembló, puso a Alíxora sobre la yerba, la cubrió con su cuerpo, después desprendió las boleadoras de piedras bezares que estaban enredadas a su cintura, y se lanzo de un salto prodigioso sobre la fiera que rujia; las patas traseras de la leona quedaron enredadas con las piedras y la cuerda. La fiera se revolvió, quiso con sus garras destrozar las ligaduras, miro al salvaje y apoyándose sobre las dos patas libres, lanzó un rujido que hizo temblar la selva y la montaña, pero el Llipis esperaba el salto, y cuando con un bote formidable, rompiendo las boleadoras que estorbaban sus patas, se arrojó sobre él, el salvaje dio una vuelta rápida con pasmosa ajilidad, mientras clavaba en los ojos de la fiera dos jabalinas de Torah[4] que desgarraron sus pupilas. 

La fiera rujio dejando un surco de sangre en sus huellas, volvióse bramando dolorosamente. El paroxismo del dolor la hizo vacilar, luego crispando sus garras poderosas, ciega, enfurecida por el dolor de las pupilas rotas, se lanzo sobre las breñas en todas direcciones buscando acertar en el blanco. 

El salvaje de pie, no se movía. La joven asistía silenciosa a la batalla del hombre y de la fiera. De repente sintióse un bramido tremendo como un trueno y la cabeza monstruosa de un león apareció entre la maleza y las piedras. 

¡¡El macho!! Grito el indio alzando en un brazo a la joven aterrada. Se afirmo en un pie, adelanto el otro y armo su flecha de Ticuna[5]

¡¡Puma!![6], gritó, apretando a la joven contra su corazón  valeroso, ¡Puma!

El león se detuvo, jiró sus grandes ojos plomizos en torno y sacudió la cola; iba a lanzarse. . . .Una flecha silbo en el aire, y la fiera vacilo al saltar, cayo y volvió a levantarse, rujio y un torrente de sangre ahogo su voz en las fauces abiertas, y jadeantes por el dolor que mataba su corazón de fiera.

Un rujido poderoso se oyó apenas: el rey del llano estaba vencido por el hombre de la selva. Un estremecimiento de dolor y rabia crispo su piel, aferro con desesperación sus garras a la pradera, que asistía silenciosa a la batalla de aquellos ciclones de la llanura, después un frío corrió por los pelos erizados de su piel dorada, su pecho iba enrojeciéndose con la sangre que manaba de su corazón atravesado, sus patas erizadas de uñas se doblaron, se moría y quedo por fin tendida a los pies del Llipis que sonreía de orgullo, jirando indómita aun, los ojos como dos soles moribundos que van a apagarse.  El salvaje sonreía; dos fieras estaban a sus pies, Alíxora era suya… Podía llevarla triunfante al fin de la llanura, sin que la cautiva lanzara un grito. 

El valor enjendra el amor, Alíxora amaba al salvaje. 


  1. Cementerio indio, situado entre las dos grandes quebradas del Toro y Escoipe, que viene la una de Bolivia y la otra del valle del Calchaqui (nota de la autora).
  2. Tribu feroz cuyos restos, después de la conquista, se internaron en el desierto de Atacama, y que hoy está casi extinguida (nota de la autora).
  3. En 1558 los caballos ya habían sido importados a la América del Sur por el Capitán Azahara y por los padres de la Compañía (nota de la autora).
  4. Grandes espinas de pasmosa consistencia, que produce un vejetal y que los indíjenas usan como jabalinas en sus flechas temibles (nota de la autora).
  5. Poderoso veneno que usan los indíjenas de la América del Sur. Veneno mortal extraído de un vejetal con que empapan el plumerillo de la flecha para matar certeramente (nota de la autora).
  6. Nombre con que designan al león (nota de la autora).


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