Germán E. Berrios[1]
La historia sugiere que, desde sus comienzos a principios del siglo XIX, la psiquiatría (medicina psicológica, alienismo, etc.) ha oscilado entre la ontología y la epistemología. Es decir, las teorías de turno han favorecido, por un lado, la idea de que la locura es un objeto tangible localizado en el cerebro, o por el otro, una suerte de holograma cultural, inasible a la instrumentación material.
Para los defensores de la primera idea, la caja de herramientas de las ciencias naturales es más que suficiente; quienes prefieren la segunda, buscan en las ciencias sociales y la psicología dinámica los conceptos que permitan la captura de la locura.
Frente a estas opciones aparentemente fijas, los filósofos de la psiquiatría se sienten como el asno de Jean Buridan. Aquellos que pueden escapar de la indecisión buscan desarrollar modelos epistemológicos e históricos que expliquen este aparente maniqueísmo.
La tesis del profesor Pecznik es un buen ejemplo de tal respuesta. Su posición epistemológica apuesta por una tercera opción, a saber que la forma en que “vemos” a la psiquiatría no depende del objeto mismo de la locura sino del lenguaje dinámico y cambiante que se ha construido para darle forma. La historia nos dice que este andamiaje conceptual no es unitario y que a lo largo de los años ha cambiado en varias ocasiones.
Los compuestos lenguajes de la psiquiatría incluyen un vocabulario descriptivo, una teoría conceptual, normativas instrumentales y sociopolíticas, y están revestidos de retóricas persuasivas. Esto explica la naturaleza camaleónica de la psiquiatría y su capacidad de superar desafíos culturales y cambios de moda.
En cada caso, pareciera que los lenguajes aludidos configuran diferentes versiones de la locura y de la realidad psiquiátrica que la envuelve. Dado que a la locura solo se la puede percibir a través de los conceptos, ella cambia al ritmo de estos. Una de las tareas del epistemólogo de la psiquiatría es, por lo tanto, identificar los mecanismos que controlan los cambios conceptuales.
Así, vemos a la locura como “enfermedad” o como “trastorno mental” simplemente porque, desde principios del siglo XIX, los conceptos médicos han primado en el lenguaje de la locura. La razón para este estado de cosas no ha sido científica, sino social: la necesidad de los alienistas de ganar reconocimiento en el mundo de la medicina. Pero al definir la locura como una enfermedad del cuerpo más, los alienistas favorecieron la definición ontológica de la locura.
Aunque fructífera, esta inclinación hacia lo sólido y tangible engendró la perniciosa creencia de que investigar la locura e investigar el cerebro eran una y la misma cosa.
El lenguaje de la psiquiatría es normativo porque conlleva reglas tanto para la aplicación de los conceptos como para la conducta y formación del aplicador (psiquiatras y psicólogos). En la mayoría de los países, tales reglas están ya inscritas en decálogos éticos, legales y profesionales. Antes de ser capaz de hablar el lenguaje psicopatológico y operar la magia del “diagnóstico”, el psiquiatra debe atravesar una serie de aprendizajes formales y rituales, es decir, sus ritos de pasaje.
Desde el siglo de Pericles, el vocablo Διάγνωσις (diágnōsis, diagnóstico) ha cumplido una importante función en la panoplia de conceptos cognoscitivos que los griegos clásicos desarrollaron para describir (y a veces explicar) cómo la mente humana juzga, discierne, toma decisiones, distingue, clasifica, etc.
Hipócrates importó este concepto a la medicina, manteniendo su función cognoscitiva. En Epidemias I.1 escribe: “κωσπερ ἂν νοσήματα ἐπιδημέῃ, σκοπεῖν χρὴ ἕκαστα καὶ διαγινώσκειν[2]. Con el tiempo, el vocablo Διάγνωσις (diágnōsis, diagnóstico) se hizo “médico”, tanto que a veces se cree que su uso no médico es metafórico.
La noción de locura, como todos los conceptos culturales, es proteica y nómada, una especie de “comodín” en la baraja nosográfica. Permite usos locucionarios, performativos y retóricos; y ciertamente se puede usar, y se usa, para conceptualizar conductas humanas inconvenientes, muchas de las cuales tienen dudosa raigambre patológica.
Las crecientes listas de trastornos mentales del DSM ilustran claramente este fenómeno de encantamiento. Nombrar e incluir una conducta en la lista es cambiarla de ordinaria a patológica. Lo mismo sucedió en siglos anteriores. La historia nos enseña que muchos “síntomas” y “enfermedades mentales” creados antaño ya no lo son. Esta construcción y deconstrucción de “enfermedades” se debe menos al progreso científico que a cambios en la moda y a necesidades sociales, políticas y económicas eventuales.
Mientras que las listas de enfermedades cambian, la epistemología histórica que las estudia pareciera hacerlo menos. El libro del profesor Pecznik atestigua cómo van las cosas en 2025. Obras futuras presentarán imágenes distintas.
Todo lo anterior sugiere que la psiquiatría y todas sus subdisciplinas necesitan desarrollar humildad epistemológica. Deberán aceptar el hecho histórico de que la duración de vida del psiquiatra promedio solo le alcanza para trabajar dentro de una versión de la locura. Esta aparente inamovilidad cosifica y naturaliza a la locura; crea la ilusión de que tal versión es real e independiente del lenguaje.
Pero la verdad es que tal versión es parte de una serie, es un eslabón en una cadena que no conocemos en su totalidad. Es precisamente la tarea del epistemólogo histórico el documentarla completamente. Este longue durée es un compuesto heterogéneo. En tiempos pasados, cada eslabón de la cadena apareció como “natural” en la percepción de sus respectivos coetáneos.
Estoy muy agradecido al profesor Pecznik por invitarme a escribir este prólogo, y por haber tenido la gentileza de considerar en su magnífico libro algunas de las ideas sobre la epistemología de la psiquiatría que ha propuesto el Grupo de Cambridge.
Mayo, 2025
- Catedrático Emérito de la Epistemología de la Psiquiatría, Robinson College, Universidad de Cambridge.↵
- Berrios traduce a Hipócrates de la siguiente manera: In whatever cases diseases are epidemic, one must examine each of them and discern them. Del griego clásico al español proponemos la siguiente traducción: “En los casos en que las enfermedades estén difundidas (se presenten de forma epidémica), es necesario observar (examinar) cada una y discernir (diagnosticar) cada una”.↵







