San Martín y Guayaquil
El viaje a Guayaquil
El 18 de julio de 1822 San Martín parte del puerto del Callao rumbo a Guayaquil. Luego de un intento previo frustrado en el mes de febrero, va al encuentro del Libertador del norte, Simón Bolívar ¿Por qué fue en búsqueda de esta entrevista?
Básicamente porque su posición en el Perú era débil. De hecho, venía de una derrota militar reciente en Ica, el 7 de abril de 1822, donde un millar de soldados patriotas se convertirían en prisioneros del ejército realista, aportando una doble evidencia sobre la cual había que actuar. Por un lado, se hacía patente que las fuerzas bajo su mando no estaban preparadas para enfrentar a las fuerzas de la Corona, que aunque dispersas en la sierra, eran aun poderosas; y por otro, que no había alternativa entre Lima y la sierra, que si se quería consolidar la independencia era necesario acabar con la posibilidad de una contrarrevolución, lo cual, dado el estado de la situación, se constituía como una alternativa real.
El problema al que se enfrentaba suponía que la independencia presentaba un carácter limitado, ya que no obstante la misma, los realistas no habían sido expulsados del territorio. En este sentido, lo que logró la campaña de San Martín sobre el Perú fue una emancipación incompleta, ya que el gobierno emanado de la misma solamente controlaba el norte, la capital y parte de la zona central del Perú y esto fue así porque el Protector detuvo toda acción militar decisiva y permitió que el enemigo dominara la sierra, el sur y el Alto Perú.[1] Optimismo, negligencia o cautela, lo cierto es que San Martín tenía muy presente que sus fuerzas eran significativamente inferiores a las de los realistas. No podía arriesgarse a una derrota sin que toda su campaña –su plan continental– se tambaleara. Tal como sostiene Mitre, “el triunfo estaba, pues, en la sierra”.[2] De allí su importancia y asimismo la gravedad del problema.
De esta manera, mientras la contrarrevolución lo mantenía en vilo, la desventaja militar con la cual se embarcó en la empresa peruana, y que no había logrado revertir para 1822, complejizaban el cuadro de la situación. Para tener una imagen, en 1820, cuando se inicia la campaña, San Martín contaba con 4000 hombres que difícilmente podían enfrentarse a un oponente constituido por 23000 efectivos, dispersos en el territorio, pero en actividad y con capacidad de ataque.[3] En este sentido, es menester reconocer que a pesar de su desventaja obtuvo logros significativos en el Perú a los cuales llegó planteando una estrategia distinta a la que lo había caracterizado en su trayectoria precedente. Es así que mientras en el Río de la Plata y Chile se había destacado en la dirección de un ejército que ganó batallas decisivas, que a su vez permitieron la sedimentación del poder revolucionario, en el Perú llevó adelante lo que Lynch denomina “una revolución sin guerra”.[4] Lo cierto es que si bien la tesis de revolución sin guerra fue exitosa en el asedio a Lima, ya que permitió asentar la independencia en la capital y convertirla en el centro de la revolución, esta decisión política limitó sus ventajas militares.
Lo que ahora se revelaba era que la ciudad de los reyes no era todo Perú y nada garantizaba que su dominio permitiera conquistar el interior, ni que los métodos otrora utilizados fueran eficaces frente al reagrupamiento del ejército realista en la sierra.[5] Es así que en ausencia de un ataque rápido, sorpresivo y exitoso, como lo hubiera deseado, debió enfrentarse a las tensiones que se irían acumulando producto de su accionar cauteloso. Su intención era lograr la adhesión y cooperación de los peruanos, limitando al mínimo la violencia y avanzando gradualmente al ritmo de lo que le era posible teniendo en cuenta su desventaja militar, las decisiones del enemigo y el estado de la opinión pública. Sin embargo, llegado a este punto debió cuestionarse la posibilidad de continuar la campaña sin dar batalla. De allí la necesidad de obtener ayuda para consolidar su plan continental.
La amenaza de una contrarrevolución en un contexto de debilidad militar se complejizaba cuando observamos que su plan de “revolución sin guerra” había desenvuelto tensiones en su vínculo con las fuerzas militares que lo acompañaban, pero también en el plano político social; ambos factores suponían la base de su poder como Protector, y éste se encontraba erosionado, cuestionando toda su legitimidad.
En lo referente a su ejército hay que reconocer que toda la campaña al Perú estuvo signada por las dificultades de un viaje precario, la escasez, las enfermedades y la inacción que supuso el bloqueo a la ciudad de Lima. Sin embargo, la situación se vuelve más complicada cuando en el marco de la declaración de la independencia, el General será cuestionado en sus decisiones por parte de la oficialidad. Fundamentalmente, las desavenencias tuvieron que ver con el proyecto monarquista; con su determinación por postergar el avance sobre la sierra y paralelamente por su pretensión de incorporar jefes y oficiales peruanos en las filas del Ejército Unido, lo cual, como señala Bragoni, mostraba el límite posible a la transferencia de las identidades políticas nacionales fraguadas en el curso de las guerras.[6] La orden de utilizar los uniformes y la bandera del nuevo Estado había sido rechazada cuando se pretendió integrar batallones que habían tomado plaza en otras jurisdicciones como parte del ejército peruano en formación. De esta manera, las fuerzas de San Martín carecían de cohesión, “la rivalidad entre los distintos componentes nacionales reducía su capacidad de lucha”, sin contar con que varios de sus elementos peruanos “consideraban la vida militar como una carrera cómoda en lugar de un modo de defender la independencia”.[7] Estas dificultades, derivarán en una conspiración por parte de la oficialidad hacia San Martín, que si bien supo controlar a tiempo, terminó con el alejamiento de varios de sus más valiosos jefes militares. Como señala Mitre, la obediencia declarada en Rancagua empezaba a mostrar resultados contrarios al tiempo que el proyecto que venían acompañando desde el cruce de los Andes se comienza a desmoronar.[8]
Adicionalmente, sus diferencias con Lord Cochrane se volvieron irreconciliables al punto que hay una ruptura insalvable entre la armada y el ejército. Robo del tesoro mediante, para pagar salarios adeudados a las fuerzas bajo su mando, San Martín le pide al almirante que se retire de la escena peruana, con lo cual el Libertador se ve en la necesidad de crear una armada propia limitando su presencia en el Pacífico y paralizando parte de sus operaciones.[9]
Su vínculo con la sociedad peruana independizada no fue mejor. Podemos decir que San Martín era consciente de las complejidades que presentaba una comunidad tradicional, muy fragmentada y que además supo estar muy bien administrada en sus tensiones por las autoridades coloniales. Conociendo estas particularidades –y sin perder de vista su inferioridad militar– el plan de San Martín consistió en ganar las mentes y los corazones de los peruanos, no iba a conquistar un pueblo, sino a liberarlo, ideas a las que –según Lynch– se ciño con demasiada literalidad.[10] De allí que en lugar de un ataque rápido se decantó por bloquear Lima mientras esperaba que los patriotas peruanos se alzaran en pos de la causa y volcaran a la opinión pública a su favor. No obstante, su ingreso a Lima producto de la huida de las fuerzas realistas hacia la sierra, en un contexto de privaciones, escasez y desorden generado por el asedio del ejército patriota, promoverá una adhesión a la causa de la libertad carente de convicciones sólidas.[11] De hecho, la adhesión será limitada y la conflictividad derivada de la misma quedará revelada cuando comiencen a aflorar algunas resistencias, producto de la organización del protectorado y de la nueva ingeniería institucional que San Martín proyectaba para el Perú.
En líneas generales, podríamos decir que la organización del protectorado intentó ser una mutación aceitada entre el poder colonial y el poder independiente, pensado para una sociedad que había sido el corazón de la contrarrevolución americana. Allí encontramos un gobierno provisional de transición, ideado para tiempos de guerra, con una autoridad centralizada y fuerte cuyo objetivo era poner fin a las hostilidades.
Asimismo, se proponía institucionalizar la post-independencia. Esta situación estaba ligada a las posiciones monarquistas que el Protector promovía e hicieron aflorar las divisiones que atravesaban a toda la sociedad peruana, de hecho el “Perú mismo era sinónimo de división” y San Martín nunca pudo hacerse de una base de poder entre los grupos de interés que lo conformaban.[12]
En suma, tal como destaca Lynch, San Martín carecía de aquello que más necesitaba para finalizar la guerra por la independencia americana: poder personal y un ejército fuerte que lo respaldara.[13] Su estrategia de revolución sin guerra le había permitido ingresar al Perú y ocupar posiciones relevantes, sin embargo no había sido suficiente para conquistar la voluntad peruana en pos de la causa independentista. Al mismo tiempo, había perdido la lealtad de sus más destacados oficiales, el ejército estaba dividido y los realistas agrupados en la sierra y alistándose para recuperar posiciones. De esta manera, podemos afirmar que es el deterioro de su campaña al Perú tanto en lo político como en lo militar lo que lo impulsará a viajar en búsqueda de una entrevista con el Libertador del norte. Era un San Martín derrotado y este encuentro su última carta. La pregunta ahora es: ¿por qué fue en Guayaquil?
Guayaquil en el plan continental de San Martín
San Martín tenía en su mente el plan continental desde el año 1814 cuando observaba desde Tucumán los infructuosos esfuerzos que Buenos Aires realizaba para dominar el Alto Perú.[14] Desde esta temprana fecha, tal como sostiene Bragoni, su “mirada de la revolución” lo diferenció de aquella que era valorada en el centro político porteño, ya que consideraba que la independencia de América solo sería asegurada sosteniendo una estrategia ofensiva, llevada adelante por un ejército de profesionales y con una conducción unificada.[15] Es así que creía que el eje Norte – Montevideo planteado como estrategia hegemónica desde Buenos Aires hacía peligrar la revolución en la medida en que sostenía dos frentes de guerra abiertos. En este sentido, consideraba que “…la revolución suramericana no podía estar segura hasta que el corazón del poderío español en Perú hubiera sido destruido…”,[16] con lo cual entendió que era prioritario abrir un paso a través de la cordillera de los Andes y liberar Chile, para luego dominar las aguas del Pacífico y llegar a su punto final y objetivo, la ciudad de Lima, centro de la contrarrevolución.
Habiendo realizado la primera parte del plan y en vísperas de su partida de Chile en 1820, Guayaquil no era prioritariamente su destino pero estaba considerado en sus planes debido a la existencia de un vínculo histórico de pertenencia entre esta provincia y el virreinato del Perú, su objetivo final. En líneas generales, para la época, Guayaquil era parte integrante de la capitanía general de Quito, que correspondía al virreinato de Santa Fe o a la Nueva Granada. Sin embargo, en virtud de su posición geográfica y como consecuencia de las exigencias de la guerra se encontraba accidentalmente subordinado en lo militar y político al virrey del Perú. Para España era una tenencia preciada ya que era el único astillero con el que contaba en el Pacífico, y bloqueado el Callao por el almirante Cochrane se constituía como el último refugio de sus naves dispersadas en aquel mar. Guayaquil limitaba con el Perú por el norte y estaba incluido en el plan de defensa de las costas peruanas contra las agresiones terrestres y marítimas de los independientes. El virrey Pezuela se había desprendido de uno de los gruesos batallones de su ejército para asegurarlo, por lo tanto, “…su posesión era de una importancia capital para la España colonial”.[17]
Cuando San Martín finalmente parte de Valparaíso con su ejército libertador lo hace con pleno conocimiento de su desventaja militar, motivo por el cual se acercó a territorio peruano con cautela. Su plan consistía en estrechar Lima a partir del bloqueo del Pacífico a cargo del almirante Cochrane, mientras las columnas de Arenales asediaban la sierra. En paralelo, estimulaba la adhesión a la independencia a través de una intensa política de propaganda con la cual esperaba volcar la opinión pública a su favor, fomentando la insurrección del país, sin lo cual la empresa se vería imposibilitada dada la desproporción respectiva de las fuerzas militares. No obstante las dificultades, contaba con la ventaja de la sorpresa. El virrey no sabía cuando se consumaría el ataque, ni mucho menos dónde. Esto le permitió iniciar el desembarco en Pisco y realizar varios progresos a lo largo de las costas y los puertos intermedios con relativo nivel de éxito. A un mes de abierta la campaña, a pesar de las dificultades y precariedades del viaje y aun cuando con el armisticio de Miraflores lo único que había ganado era algo más de tiempo, el avance sobre Lima se iba consumando.
Es en este contexto de optimismo, cuando instalado en su campamento al norte de la Ciudad de los Reyes recibe las novedades de la independencia de la provincia de Guayaquil llevada a cabo el 9 de Octubre de 1820. De esta manera, San Martín obtuvo un apoyo crucial para su campaña ya que la ciudad era una base naval, un centro de construcción de buques y un puerto importante, estratégica y comercialmente indispensable para la revolución.[18] Los líderes del movimiento emancipador guayaquileño inmediatamente comunicaron la novedad al general San Martín y poco tiempo después ponen a la provincia bajo su protección, aunque declaran que una vez que la libertad de Colombia y del Perú estuviese garantizada, los guayaquileños decidirían agregarse al Estado que más les conviniese, situación que San Martín parece respetar. De todas maneras, frente a su estrategia de revolución sin guerra, la ciudad–puerto era un recurso valiosísimo para el plan sanmartiniano de encerrar Lima. Asimismo, para noviembre de 1820, sin intervención de las fuerzas libertadoras y de manera espontánea, siguiendo el ejemplo de Guayaquil, casi todo el norte del Perú se pronuncia por la causa independentista. De este modo, desde Guayaquil hasta Chancay, queda todo el territorio para las fuerzas libertadoras ofreciendo una base segura de operaciones y recursos humanos y materiales que serán centrales para continuar con el bloqueo de Lima. Sin dudas, un soporte crucial dada la situación penosa del ejército estacionado en Huara, inactivo y diezmado por la peste.
Es así que la provincia libre de Guayaquil cumple un rol fundamental para la campaña de San Martín, lo asiste, pero también impide que las fuerzas realistas asentadas en Quito puedan auxiliar a sus pares peruanos asediados por el ejército libertador, dividiendo el subcontinente en dos. De esta manera, para mediados de 1821, y en parte gracias a este soporte, se logra la declaración de la independencia peruana, situación a partir de la cual San Martín se dedica a organizar el protectorado y contener al enemigo tanto en Lima como en la sierra. Es en este contexto, donde el General preocupado por las dificultades del mando en el Perú se desentiende la situación de Guayaquil que desde el inicio de la revolución de 1820 había quedado bajo su protección; y su ejército –la división protectora de Quito–, bajo su mando, de acuerdo a los tratados firmados por sus enviados Guido y Luzuriaga. No obstante, como veremos más adelante, el General del ejército libertador del norte, Simón Bolívar, tenía intereses claros y concretos sobre la provincia de Guayaquil ya que la consideraba parte integrante del territorio de la República de Colombia de acuerdo a los términos de su Ley Fundamental, es así que envía a Sucre con el doble objetivo de preparar su anexión y organizar desde allí a través del Pacífico la campaña del sur de Colombia.[19]
Lo que se puede observar es que la provincia era una anomalía para los planes “integristas” de los cuales San Martín y Bolívar eran portadores.[20] De hecho, es el Guayaquil independiente el que acerca a los dos libertadores más allá de las campañas paralelas que venían realizando uno desde el norte, y el otro desde el sur de la América. Lo que se revela con la situación de Guayaquil es justamente la dinámica política que preponderó luego de la crisis monárquica de 1808, es decir, la fragmentación territorial, que ambos libertadores intentarán –con estilos diferenciados– ir recomponiendo. De hecho, ambos coinciden en la necesidad de que este importantísimo puerto no podría resistir como Estado independiente en medio de dos vecinos tan poderosos como Perú y Colombia e intentarán actuar en consecuencia, alternando mayores o menores ventajas sobre la provincia, según el desenvolvimiento de la situación general de sus campañas respectivas.
En este sentido, lo que observamos entre 1820 y 1822, años decisivos en la finalización de la guerra por la independencia, es una negociación diplomática por el control de la provincia libre de Guayaquil por parte de las dos fuerzas militares libertadoras del continente.[21] Para Bolívar, la incorporación de esta provincia al territorio bajo su mando era un hecho que no tenía ningún reparo en ocultar. Por el contrario, San Martín sostenía el principio de respeto a la decisión del pueblo en relación a su incorporación al Perú, estando convencido de que el estado de la opinión le sería favorable.
De acuerdo con Mitre, San Martín tenía frente a la situación de Guayaquil una posición expectable.[22] Es decir, buscó intervenir de manera sigilosa y con precaución frente a la junta del gobierno independiente como lo atestigua la misión del general Francisco Salazar, que contrastaba con la más agresiva política llevada adelante por el enviado de Bolívar. En la misma línea podemos inscribir el nombramiento del general La Mar como comandante en jefe de las fuerzas guayaquileñas y también el auxilio que le prestó al Mariscal Sucre con las fuerzas del coronel Santa Cruz, que si bien por un lado buscaba poner fin a la guerra de Quito, por otro abrigaba la esperanza de que el resultado favorable de la contienda terminara de volcar la opinión guayaquileña a favor de su anexión al Perú.
Guayaquil era, sin embargo, para San Martín un dilema. Su independencia o su incorporación al Perú podrían concluir en un potencial conflicto con la República de Colombia. Es más, su intervención directa en el asunto podía generar una ruptura con las armas triunfantes del norte a las que necesitaba para enfrentarse a un enemigo poderoso, que aun no había sido doblegado en el territorio peruano. Tal vez de allí su posición expectable frente a una situación que le viene a agregar una cuota de complejidad a la finalización de la guerra por la independencia americana. Llegar allí le había costado 10 años de revolución. Como dice Mitre, Guayaquil era un nudo que había que desatar sin romper.[23]
El Perú en el camino hacia Guayaquil
Para llegar al Perú, San Martín tuvo que atravesar además de la cordillera y varias batallas, las dificultades de la organización de un plan que no era compartido por gran parte de las élites políticas del Río de la Plata como de Chile. Los primeros veían “…con recelo al general que había llevado su ejército más allá de las fronteras nacionales” en un momento de profunda crisis política, mientras que los segundos sentían que estaban involucrados en una guerra extranjera cuya carga les resultaba pesada.[24] Si bien su plan generaba no pocas resistencias, no teniendo además un Estado que lo respaldara, su posición implicaba un desafío aun más complejo si consideramos que San Martín se embarcaba en una campaña de liberación de un espacio político que no era favorable a la independencia.
Al observar su itinerario, suponemos que no desconocía que se enfrentaba a una gran vulnerabilidad política al intentar hacerse cargo de una sociedad y un territorio que –si bien representaba el momento culminante de su plan continental– no conocía en profundidad. En este sentido, el Perú le proponía un doble desafío; el primero es que a diferencia de los otros espacios liberados ahora se topaba con una sociedad poco interesada en la emancipación; y el segundo, es que en esta parte de su periplo San Martín modificará “…sustantivamente el estilo que había distinguido su trayectoria política previa”[25] ya que además de abocarse a las cuestiones de la guerra, se dedicará a dar forma al gobierno emanado de la ruptura del orden virreinal. Tal como plantea Lynch, “había llegado el momento de ocuparse tanto de la estrategia como de las instituciones”.[26]
Probablemente, el nuevo estilo que el libertador desplegaba consideraba el hecho de que la sociedad peruana presentaba una complejidad numérica y cultural particular. Del millón y medio de habitantes en vísperas de la independencia, el 13% de estos eran blancos, españoles y criollos, y ejercían su dominio sobre una población donde más de la mitad eran indígenas, a los que había que sumarle una no despreciable cantidad de gentes de color y esclavos.[27] La gran fragmentación social que predominaba no se basaba únicamente en el status social que suponía la pertenencia a una casta, sino que además existían escisiones sociales y económicas que permitían una cierta movilidad que estaba aceptada culturalmente. No obstante las dimensiones de esta fragmentación y la diversidad de intereses que la misma expresaba, los gobernantes españoles supieron manipular con habilidad este entramado complejo y mantenerlo estable.[28]
Lo particular de la situación es que el fidelismo dominaba a los criollos, probablemente debido al miedo que la población blanca tenía de una posible rebelión indígena.[29] Como plantea Lynch, es la memoria de las violentas rebeliones indias en conjunto con la conciencia de su inferioridad numérica lo que los lleva a preferir el dominio de España, incluso cuando la posición social que ocupaban les daba la llave para promover el cambio político. Aun así, no lo buscaron y demostraron que preferían la seguridad de sus privilegios dentro del orden colonial, al cambio. De esta manera, la llamada aristocracia limeña pudo capitalizar los prejuicios raciales a favor de la continuidad de un dominio que les era favorable, fortaleciendo la lealtad hacia la metrópoli y la unión con la monarquía.[30]
Los indígenas, que tampoco eran un grupo homogéneo, no parecían dispuestos a sumarse a los independentistas. De hecho, el miedo de los blancos, puede considerarse la contracara del miedo de los indígenas a la reiteración de la represión feroz de la que en algunas oportunidades fueron objeto, como por ejemplo el levantamiento de Cusco de 1814, donde se observa la renuencia de los criollos a participar de una rebelión con una creciente presencia indígena. Es así que la causa de la Corona era defendida por americanos, que eran enemigos de otros americanos, revelando el carácter étnico de la posición criolla. Esta línea de corte, se hacía incluso visible entre aquellos criollos con tendencias liberales, que se oponían a las demandas de igualdad de derechos entre ellos y los indígenas.[31] De hecho, cuando observamos el liberalismo peruano encontramos que sus reclamos se limitaban a una reforma en el seno de la monarquía, estando muy alejados de la idea de revolución. Tan es así que frente a los procesos participativos que se abrieron en la metrópoli como el Consejo de Regencia y las Cortes de Cádiz, donde el virreinato del Perú tuvo la posibilidad de enviar a sus diputados, estos se caracterizaron por tener posiciones muy cautelosas al momento de debatir la ampliación de la representación de los territorios americanos en estos espacios, revelando de esta manera su desvelo por no otorgar derechos a los indios, los mestizos y demás castas.[32] Es así que los criollos no fueron partidarios de la independencia mientras esta fue considerada una opción radical, solamente la abrazaron cuando se convirtió en una realidad conservadora,[33] y esta posibilidad se dio con el arribo de San Martín.
En este sentido, el avance sanmartiniano sobre el Perú se ve favorecido por la revolución liberal española de 1820. Esta obliga a las autoridades coloniales a restaurar la constitución de 1812 y a aplicar una política más flexible con las colonias intentando buscar una salida a la situación de guerra. La consecuencia de este nuevo posicionamiento fueron los armisticios de Miraflores como de Punchauca promovidos por la nueva política peninsular donde observamos la posición moderada de San Martín frente a la situación peruana. Lo mismo es posible decir de la campaña de propaganda desplegada por Bernardo de Monteagudo con la publicación El pacificador del Perú. En estas instancias encontramos el costado más conservador del libertador proyectado hacia las autoridades coloniales y la opinión pública respectivamente. Su propuesta en la negociación consistía en el reconocimiento de la independencia por parte de la metrópoli y la instalación de una monarquía autónoma en el país, para lo cual se invitaría al rey a que envíe un príncipe de la familia real para que ocupe el trono del Perú bajo la condición de que aceptase la constitución.[34] De la misma manera, en el periódico de los libertadores se difundirá la conveniencia del monarquismo como fórmula institucional y la importancia del gradualismo de la libertad como receta para el estado social de la América del Sur. Lo que no se ponía en cuestión en ninguna instancia era el reconocimiento de la independencia.[35]
Esta combinación de monarquismo e independencia no era ajena al imaginario político de las élites iberoamericanas. Tal como señala Bragoni “dicha asociación había cobrado vigor con el restablecimiento del absolutismo en la Europa de la restauración e inspiraba al imperio mexicano, liderado por Agustín de Iturbide, y al edificio político erigido por Pedro II en el Brasil, ya independiente de su antigua metrópoli”.[36] Si bien la propuesta de San Martín estaba a tono con las discusiones de la época, cabe destacar, tal como plantea Lynch que “San Martín era un monárquico: ese era uno de los principios que le definían, y una fuente de orgullo revolucionario, no una vergüenza”.[37] No obstante estas muestras de su moderación política, no logró concitar el total apoyo de las élites limeñas, tan necesarias para ponerle fin a la guerra; cómo es posible observar al momento de la independencia, como frente a la organización del protectorado a su cargo.
Es así que más allá de la estrategia de espera, de la revolución sin guerra, de su búsqueda de conquistar la opinión de los limeños a favor de la causa independentista, de las muestras de su moderación política tanto en los armisticios como a través de la prensa, la posibilidad de avance del ejército libertador sobre la capital se da en el marco de la evacuación del ejército realista a la sierra comandado por el virrey La Serna. Tal como plantea Mitre, en este caso y a diferencia de la campaña de liberación chilena, con algunas pocas excepciones como la de Trujillo, el país no había respondido aun al llamamiento de los libertadores. El fermento revolucionario no se revelaba ni en las clases altas, ni en el común del pueblo, ni en la débil y desordenada insurrección de los indígenas; en el interior las masas populares a lo más demostraban una adhesión pasiva. No tenía un punto sólido de apoyo, “todo esto lo hacía considerarse como acampado y no como establecido…”. En este contexto cometió un error, no persiguió al enemigo –que como viéramos–, compensó con las provincias de la sierra, la posición que había perdido en Lima.[38]
Después de la partida del virrey, y motivados por el miedo a la violencia social, San Martín fue invitado por ciudadanos destacados de la ciudad a que se hiciera cargo de la ley y el orden. Tanto patriotas como realistas solicitaron la protección del ejército libertador. No hay una medida fidedigna de lo que fue el apoyo a San Martín en aquel momento, aunque las circunstancias hicieron que muchos prefirieran la seguridad a la fidelidad a la Corona.[39] Una vez más, el libertador proclamó los principios que guiarían su acción política e hizo gala de su “programa revolucionario conservador” donde ofrecía “una libertad moderada para fundar el orden y prevenir la anarquía”. Unos días después, un cabildo abierto por él convocado, a través de una junta compuesta de vecinos notables de Lima declaró la independencia del Perú de la dominación española y de cualquiera otra extranjera. De esta manera, una nación nueva proclamaba su soberanía “sancionada por aclamación dentro de los límites de un municipio”.[40]
Es así que –como dijéramos más arriba– la independencia era limitada. De carácter municipal, con un ejército realista que ocupaba más de la mitad del territorio y una población poco convencida de la causa de la emancipación, observamos tal como plantean Ansaldi y Giordano una “independencia concedida” por una acción militar externa que se inicia con el arribo de San Martín.[41] Tiene una particularidad, no fue producto de una batalla decisiva o una victoria militar, sino de las maniobras estratégicas y planeación política del libertador.[42] Será por el momento una independencia inconclusa, que deberá esperar la llegada del ejército del norte comandado por Simón Bolívar.
Atento a las limitaciones del caso, y entendiendo que la independencia requería de la instalación de un gobierno, San Martín se encontrará por un lado creando una instancia gubernamental provisoria, “el protectorado”, y por otro, ocupando un rol político que en otras ocasiones había despreciado, privilegiando su lugar como general del ejército libertador.
Ahora bien, la posición política de San Martín era a lo menos incómoda, al auto-proclamarse como Protector del Perú, sin el concurso de ninguna asamblea, sino bajo su propio arbitrio –aunque atento al humor social–, incurría en una clara contradicción para con un territorio que acababa de proclamarse independiente. Era incómodo incluso para él mismo, quien en reiteradas ocasiones planteó que sus deseos eran no otros que vivir tranquilo y retirarse a su casa a descansar. Lo cierto es que la valoración de la situación peruana lo lleva a involucrarse de esta manera en tanto consideraba que no había en el Perú independiente ni hombres, ni espíritu político suficiente como para formar el gobierno que las especiales circunstancias requerían. Básicamente, el problema fundamental –como bien planteáramos más arriba– era la finalización de la guerra. En este sentido, era necesario asegurar la independencia, para luego establecer la libertad de manera sólida.[43] Tal como señala Lynch, su objetivo era evitar el desorden, producto de la ausencia de una autoridad fuerte, que se produciría ante la caída del virreinato. En este sentido, el rol que asume buscaba sortear un período de inercia en el que imperara el vacío de poder; quería eludir las asambleas y reformas prematuras, pues consideraba que eso sería una invitación a la anarquía.[44]
No obstante las controversias generadas a partir de esta decisión, se avocó a la organización del protectorado. Estaba nuevamente al mando de un gobierno, solo que esta vez en más vasto y complejo territorio. Pendiente la finalización de la guerra y considerando esa geografía craquelada de soberanías –que ya había observado en el itinerario previo– puso en práctica una ingeniería institucional, que al decir de Lynch era más práctica que teórica.[45] La característica central de la misma era la concentración del poder entendida como la “única herramienta eficaz para ganar la guerra y afianzar la independencia americana”, de esta manera, el mando militar y político quedarían en manos del Protector hasta tanto se reúna un Congreso peruano y determine su forma y modo de gobierno. De acuerdo al estatuto provisional, se mantuvo la indefinición de los límites de autoridad, se abstuvo de establecer plazos sobre el mandato y no introdujo contrapesos ni controles. Lo único que quedaba por fuera del control del Protector era la administración de justicia, cuyo objetivo era garantizar la libertad civil.[46]
Tal como plantea Halperín Donghi, frente a la necesidad de ganarse el apoyo de la aristocracia limeña, llave de la consolidación del nuevo orden, “el nuevo Estado peruano iba a ser el más extremadamente conservador de todos los formados en el clima hostil al radicalismo político que dominaba luego de 1815”.[47] En este sentido, más allá de la política “liberal” desplegada, no era el propósito del Protector “revolucionar la estructura social de Perú”. Si bien las leyes reformistas llegaron con prisa, su objetivo consistía en “crear un equilibrio entre los distintos grupos de interés y hallar algún tipo de punto medio entre los derechos heredados y las exigencias de cambio”.[48] En el imaginario de San Martín, este programa de reformas debía combinarse con lo que él consideraba era la mejor forma de gobierno para las actuales circunstancias, una monarquía constitucional. De esta manera, incluso dentro del gobierno transitorio que suponía el protectorado, encontramos que en el estatuto provisional se van desplegando algunos elementos propios de una monarquía moderna. El Consejo de Estado, órgano consultivo compuesto por doce miembros incluía a los cuatro títulos de Castilla, que pasaron a llamarse “del Perú”. Una corporación jerárquica y aristocrática pensada para atraer a muchos peruanos de clase alta que valoraban los privilegios y las distinciones por encima de las virtudes republicanas. Si bien el marco era el de una nobleza tradicional, también se le sumaba una nobleza de servicio. Es así que se fundó la Orden del Sol, una condecoración para los comprometidos con la causa de la independencia –incluidos los miembros del ejército y las mujeres– y la Sociedad Patriótica de Lima, una institución donde personajes destacados de la élite peruana deliberarían sobre cuestiones vinculadas al bien público. El primer debate –acorde con la coyuntura abierta y con la promesa de que los peruanos podrían elegir la forma de gobierno que quisieran darse una vez terminada la guerra– suponía discutir cuál era la forma de gobierno que convenía al Perú: ¿una monarquía constitucional o una república? Bernardo de Monteagudo, primer ministro del protectorado y animador de la Sociedad Patriótica estaba a la cabeza de los defensores de la monarquía constitucional, considerando que esta forma de gobierno permitiría ofrecer libertad y orden, evitando los resultados arbitrarios de las elecciones, al tiempo que respetaba la división de poderes.[49]
De esta manera, los planes de monarquizar el Perú quedaban a la vista de todos. Incluso, varios de los ministros elegidos para llevar adelante la tarea de gobierno eran personajes monarquistas. No era un secreto del Protector. Si nos preguntamos por qué la monarquía como solución, hay que considerar que el problema de la anarquía se encontraba en la base de la explicación. Tal como sostiene Lynch, lo que buscaba era la concentración de la autoridad para evitar la dispersión del poder, el localismo y las divisiones.[50] Su experiencia en la América revolucionada le había demostrado que el republicanismo estimulaba la fragmentación territorial dificultando la unidad y la estabilidad política –tan necesarios para poner fin a la guerra–. Es así que la monarquía constitucional que San Martín buscaba era la clave para finalizar el conflicto bélico con éxito, y luego alcanzar la paz; considerando además que esos nuevos Estados independientes se embarcaban en un proceso de deconstrucción de su antigua matriz colonial, con toda la complejidad que eso suponía para garantir el orden.
No obstante sus ideales monárquicos, la independencia americana llevaba el sesgo del republicanismo, incluso en una sociedad como la peruana, gema de la monarquía española, que no se había plegado al movimiento revolucionario y que había sido refractaria al cambio. Es así que en los espacios de libertad abiertos por el protectorado se gestó, a instancias de la Sociedad Patriótica y de la prensa liberal, un intenso debate de ideas que se oponía a los designios que el Protector auguraba para coronar la independencia. Una oposición que no había hecho nada por lograr la libertad, pero que ahora quería hacerse con el control del nuevo Estado y que defendía el liberalismo y el republicanismo.[51]
Esta oposición política se combinaba con el descontento de parte de la población con las políticas del Protector, fundamentalmente aquella que tuvo que ver con el destino de los peninsulares, cuyas consecuencias se sintieron en todo el entramado social peruano, con gran impacto en el sector criollo, cuyos intereses se vieron afectados a raíz de un cambio que no habían buscado de manera deliberada. Asimismo, para una sociedad quebrada económicamente, la interminable guerra suponía unos costos que los peruanos no estaban interesados en afrontar, mucho menos después de la desmoralizante derrota de Ica. En poco más de un año que duró el protectorado, San Martín, gradual y moderado, no logro cimentar su poder. Más allá de su plan para estabilizar la revolución, logró contener el caos, pero no dominarlo, atado como estaba al imperio de la ley que él mismo creaba, no pudo y no quiso ser el dictador que la situación ameritaba.[52]
Aun pesar de las adversidades, su fuerte convicción por institucionalizar la post independencia se mantenía firme. De allí que poco antes de convocar a la asamblea que debería asumir la responsabilidad de darle una constitución y un gobierno al Perú, envío con el acuerdo de su Consejo de Estado una misión a Europa con el propósito de obtener el reconocimiento de la independencia por parte de Inglaterra, negociar un empréstito y acordar con alguna casa reinante –preferentemente británica– el arribo de un príncipe que sería coronado emperador de una monarquía limitada. De acuerdo con Bragoni, San Martín tenía en claro “la dificultad de extraer de las dirigencias revolucionarias al príncipe que preservara la competencia entre iguales para encumbrar el sistema de poder independiente”.[53] Es por eso que la empresa, encomendada a García del Río y Paroissien, es ejemplo de cómo el Protector se sobreponía a uno de los principios que había proferido al momento de asumir en persona el mando político, “el de hacer lugar al gobierno que los pueblos del Perú tuviesen a bien elegir…”,[54] el miedo a la anarquía lo llevaba a trascender –contradictoriamente– su propia palabra, al tiempo que muchos vieron en él al Rey José.
Si bien la misión tenía como objetivo principal la búsqueda de un rey, el itinerario preveía que los encargados pasaran tanto por Chile como por el Río de la Plata donde intentarían sumar apoyos para la causa. Lamentablemente, ni O´Higgins, ni Rivadavia, atentos a los problemas locales, estaban interesados en la propuesta del Protector, ninguno consideraba que la monarquía pudiera asentarse en los territorios bajo su mando sin desarrollar nuevos conflictos. Es así que el camino que desanduvieron García del Río y Paroissien en su rumbo a Gran Bretaña, no solo mostró que el plan de San Martín no convocaba a gobiernos que se suponía debían ser aliados en la causa de la libertad americana, sino que además dejó en claro que tanto en Chile como en Buenos Aires su prestigio como Libertador era limitado.
De esta forma, tal como sugiere Halperín Donghi, si bien la campaña peruana de San Martín –a pesar de sus limitaciones militares– había logrado en principio disminuir la capacidad de resistencia realista, sus apoyos en el viejo virreinato seguían siendo escasos.[55] De manera que para 1822, no era posible vislumbrar un pronto fin a la guerra por la independencia si no se contaba con auxilios externos. Clausurada la posibilidad de recibir refuerzos por parte de las Provincias Unidas o de Chile, el único vínculo militar próximo al que podía recurrir eran los triunfantes ejércitos del norte liderados por Simón Bolívar, con quien compartía la preocupación por la cuestión de la Provincia Libre de Guayaquil y con quién venía desplegando una actividad político-diplomática paralela a sus intentos de manejar el caos que suponía organizar el gobierno peruano.
Como bien mencionáramos más arriba, si bien en un principio San Martín había usufructuado su posición ventajosa con la situación de Guayaquil, al ingresar a Lima sus preocupaciones cambiaron, poniendo en un segundo plano la independencia de la provincia. Es allí cuando la política más agresiva de Bolívar busca hegemonizar la situación guayaquileña, y si bien parecía por fin imponerse a la astuta diplomacia del territorio “sublevado”, una nueva batalla en el teatro de la guerra desequilibró la ventaja política obtenida. Frente a un inminente avance realista sobre la ciudad puerto, la situación obliga al mariscal Sucre y a la junta de gobierno a pedir auxilio a San Martín, quien hacia fines de 1821 vuelve a involucrarse en la compleja situación provinciana.
En medio de la tensión generada por la presencia de Sucre y su presión para que Guayaquil aceptase anexarse a Colombia, llegaba a la provincia en el mes de diciembre una comisión de representantes enviados por San Martín para asistir al gobierno. Además, a principios de 1822 Sucre recibe por parte del Protector la ayuda solicitada para continuar la guerra. Si bien en el territorio peruano todas las fuerzas posibles eran necesarias para enfrentar al enemigo, encontrándose la situación bélica en un relativo equilibrio, el Protector consideró que los hombres enviados no hacían la diferencia en el antiguo virreinato, mientras que podrían ser decisivos en la guerra de Quito, “…para traer después al Perú el concurso de las fuerzas triunfantes en el resto del continente independiente ya”.[56] Es así que más de 1000 hombres bajo el mando del coronel Andrés de Santa Cruz se unen a las armas que tenían como objetivo la liberación de la Audiencia, aun antes de formalizar un pacto o alianza con el mismísimo Bolívar, con quien San Martín intentará reunirse frustradamente en febrero, ya que el Libertador habíase embarcado en la campaña de Quito, y no podría bajar a Guayaquil.[57]
De esta forma, mientras el Mariscal coordinaba el avance sobre la capital quiteña con las acciones de las fuerzas colombianas al norte del territorio, sorpresivamente San Martín, como consecuencia de un choque diplomático con el líder del norte, ordena el retiro de sus soldados y su retorno al Perú. Básicamente, esta actitud de repliegue se relacionaba con la agresiva posición que el Libertador había adoptado frente a la junta de gobierno guayaquileña. En varias cartas que había intercambiado con Olmedo instaba a la provincia a que aceptase su incorporación a Colombia, pues además de los argumentos jurisdiccionales vinculados a la territorialidad, sostenía que una ciudad con un río no podrían formar una nación. Al enterarse de la agresividad con que Bolívar se dirigía a la junta de Guayaquil, San Martín intervino escribiéndole al Libertador en los siguientes términos:
Por las comunicaciones que en copia me ha dirigido el Gobierno de Guayaquil, tengo el sentimiento de ver la seria intimación que le ha hecho V.E. para que aquella provincia se agregue al territorio de Colombia. Siempre he creído que en tan delicado negocio el voto expontáneo de Guayaquil sería el principio que fijase la conducta de los Estados limítrofes, a ninguno de los cuales compete prevenir por la fuerza la deliberación de los pueblos. Tan sagrado ha sido para mí este deber, que desde la primera vez que mandé mis diputados cerca de aquel Gobierno, me abstuve de influir en lo que no tenía una relación esencial con el objeto de la guerra del Continente. Si V. E. me permite hablarle en un lenguaje digno de la exaltación de su nombre, y análogo a mis sentimientos; osaré decirle, que no es nuestro destino emplear la espada para otro fin que no sea el de confirmar el derecho que hemos adquirido en los combates para ser aclamados por libertadores de nuestra patria. Dejemos que Guayaquil consulte su destino y medite sus intereses para agregarse libremente a la sección que le convenga, porque tampoco puede quedar aislado sin perjuicio de ambos. Yo no puedo ni quiero dejar de esperar que el día en que se realice nuestra entrevista, el primer abrazo que nos demos transigirá cuantas dificultades existan y será la garantía de la unión que ligue a ambos Estados, sin que haya obstáculo que no se remueva definitivamente.[58]
De esta manera, instaba a Bolívar a que no utilizara la fuerza para forzar la anexión de la provincia, mientras sostenía que debía garantirse el voto libre de los guayaquileños en lo referente a su incorporación al Perú o a Colombia y lo convocaba a darle prioridad a la lucha común por la independencia y el fin de la guerra. No obstante este intento por persuadir al líder colombiano, envió instrucciones a su enviado La Mar para que estuviera atento a cualquier pedido de ayuda por parte de la junta y a Santa Cruz –como bien mencionáramos– para que se retirase de la expedición aliada estacionada en Cuenca.[59] Este plan de “intervención alternativa”, en sintonía con la actitud “expectable” del Protector, buscaba garantizar, en oposición a la política deliberada y franca de Bolívar, el voto libre de Guayaquil en relación a su futuro destino político, en un contexto de definiciones relativas a la guerra por la independencia. De acuerdo con Mitre, paralizando la guerra en Quito, San Martín pretendía neutralizar las exigencias de Bolívar. Más tarde comprendió que retirar su apoyo a Sucre, “…era hacerse la guerra a sí mismo”, ya que por un lado le podía dar la ventaja a los realistas, aunque por otro, las armas de Colombia, triunfantes en Quito, no solo dominarían fácilmente Guayaquil, sino que además convertiría a un aliado natural en antagonista, “preferible era entonces ceder y no provocar conflictos perjudiciales a la causa general de la emancipación sudamericana”.[60]
Finalmente, la situación se destraba gracias al accionar de la junta de gobierno guayaquileña que negociaba entre dos vecinos tan poderosos sus propios márgenes de autonomía. En su búsqueda por balancear los intereses de Perú y Colombia, su intervención a favor del Perú en la compra de unos buques españoles, y su mediación frente a la captura de dos naves por parte del almirante Cochrane, le valen el levantamiento de la orden de retirada de las tropas de Santa Cruz por parte del ministro de guerra peruano. De esta manera, la expedición aliada estaba en condiciones de avanzar hacia Quito, donde por primera vez las fuerzas combinadas de colombianos, venezolanos, chilenos, argentinos y peruanos logran la victoria de Pichincha en mayo de 1822, lo cual –paradójicamente– fortalecía nuevamente la posición colombiana frente a la situación de Guayaquil.[61]
Por otro lado, existía un frente de negociaciones diplomáticas abierto en el Perú por el enviado de Bolívar, Joaquín Mosquera. Uno de los objetivos de esta misión era negociar cuestiones limítrofes que abarcaban las provincias de Jaén, Maynas y Quijos sobre las cuales Colombia tenía pretensiones y Perú consideraba como propias. Era imposible llegar a un arreglo sobre estos temas sin tocar la delicada cuestión de Guayaquil. De hecho, si bien se logra firmar un acuerdo en el cual se convino una liga y confederación de paz y guerra para poner fin a la lucha americana y alcanzar la independencia de ambos espacios, por otro lado, los negociadores –Monteagudo y Mosquera–estaban imposibilitados para llegar a un acuerdo sobre la cuestión guayaquileña. Sus instrucciones eran las de no ceder posiciones frente a este tema. Es así que a los fines de que prosperase algún tipo de arreglo, se acordó dejar indeciso el punto, que sería más adelante arreglado por un convenio particular por medios conciliadores y pacíficos.[62]
En los días previos a su partida hacia Guayaquil San Martín recibe una carta que Bolívar le había enviado a su llegada a Quito agradeciéndole el auxilio y ofreciéndole ayuda para finalizar la guerra en el Perú, el Protector le responde antes de viajar a su encuentro en los siguientes términos:
El Perú es el único campo de batalla que queda en la América, y en él deben reunirse los que quieran obtener los honores del último triunfo, contra los que ya han sido vencidos en todo el Continente. Yo acepto la oferta generosa que V.E. se sirve hacerme en su despacho del 17 del pasado: el Perú recibirá con entusiasmo y gratitud todas la tropas de que pueda disponer V.E. a fin de acelerar la campaña y no dejar el menor influjo a las vicisitudes de la fortuna: espero que Colombia tendrá la satisfacción de que sus armas contribuyan poderosamente a poner término a la guerra del Perú, así como la de éste ha contribuido a plantar el pabellón de la República en el Sud de su vasto territorio.[63]
Al embarcarse en julio de 1822 hacia Guayaquil, San Martín, que había defendido la voluntad de los guayaquileños de decidir sobre su futuro político, lo hace sabiendo que Bolívar había triunfado en el norte y ya no tenía enemigos que combatir en su territorio, disponía de sus fuerzas y estaba resuelto a incorporar a la provincia a Colombia, aun cuando la mayoría del pueblo no lo acompañase. Más allá de los vínculos que unían a Guayaquil con el Perú y a pesar del estado de la opinión pública que propiciaba la anexión peruana, para desatar el nudo que suponía la independencia de la provincia, lo más favorable, teniendo en mente la causa de la emancipación peruana –y americana–, era no insistir sobre la misma.
Llegado a Guayaquil, sus objetivos eran, tal como los había planteado cuando hizo público su viaje para encontrarse con el Libertador, discutir “los intereses generales de ambos Estados, la enérgica terminación de la guerra que sostenemos y la estabilidad del destino a que con rapidez se acerca la América…”.[64] Sintiéndose responsable por el éxito de la empresa que había iniciado allá por 1812 cuando arribó a Buenos Aires, pero cercado por las limitaciones políticas y militares de la coyuntura peruana, en Guayaquil se decidiría su destino.[65]
Bolívar y Guayaquil
El viaje a Guayaquil
Para fines de 1821, Bolívar se había consolidado como el líder supremo de la revolución del norte. Había sido elegido presidente de la nueva República de Colombia, sin embargo, prosiguió casi sin pausa la guerra de liberación. El 3 de octubre de 1821, al jurar la flamante constitución, anunció al congreso que “marcharía hacia el Ecuador para liberar a sus hijos y convidarlos a ingresar a Colombia”.[66] Es así que a mediados de diciembre parte de Bogotá rumbo a la campaña del sur.
Los planes no estaban del todo claros en un principio. No tanto como el hecho de que era necesario aniquilar el poder español en el Perú. La importancia de la liberación de este baluarte realista se debía, como señala Bushnell, a “motivos de solidaridad americanista” y porque el ejército del rey allí instalado era una amenaza permanente para los independentistas de los países vecinos; los sucesos de Quito y del Alto Perú eran prueba de ello. Es así que incluso antes de emprender la campaña de Quito, por un momento, el Libertador abrigó la idea de que un contingente de sus tropas se dispusieran a salir de Maracaibo rumbo al Callao o a Guayaquil, según conviniese, para cooperar con las operaciones de San Martín sobre Lima. Si bien, de acuerdo con Mitre, se dirigió al Protector y a la Junta de Guayaquil para que colaboraran con el transporte y la manutención de las tropas colombianas, luego mudó de idea. Su siguiente intento consistió en embarcarse en el puerto de Buenaventura rumbo a la costa guayaquileña desde donde emprendería la campaña contra Quito, atacándolo por el norte y por el sur a la vez, buscando el camino del Pacífico, dejando de esta manera pendiente la guerra de Pasto. No obstante, desistirá de este plan. Es posible que la derrota de Sucre en Huachi y la llegada de la expedición de Murgeón a la antigua Audiencia,[67] así como las dificultades de la travesía marítima en un mar patrullado por un escuadrón español, junto con el temor a los amotinamientos de la tripulación, lo hiciesen cambiar de idea. Asimismo, pudo haber pesado también la personalidad del líder, que impaciente como era, no encontraba en la travesía naval las certezas que necesitaba para no demorar sus operaciones militares.[68] Finalmente, decide emprender su campaña por el sur de Colombia a través de un territorio que le era desconocido y hostil. De acuerdo con Lynch, la principal razón de este avance “era el temor de que San Martín pudiera llegar antes a Ecuador y lo reclamara para Perú”.[69]
En el sur había dos situaciones que atender. Quito era su primer objetivo ya que para completar la unión de Colombia era necesario restaurar sus vínculos históricos con Bogotá. Sin embargo, había otra cuestión que preocupaba al Libertador y era el nuevo status de la Provincia Libre de Guayaquil, que habíase declarado independiente el 9 de octubre de 1820, pero que, según el principio del uti possidetis, estaba comprendida dentro de los límites de la Nueva Granada, con lo cual, legalmente estaba atada a la Ley Fundamental. Una complicación adicional residía en el hecho de que San Martín pretendía la incorporación de esta provincia al Perú, provocando de esta manera un potencial conflicto limítrofe entre los dos Estados. De hecho, tal como plantea Lynch, Guayaquil fue para Bolívar uno de los problemas más difíciles de manejar de su carrera.[70]
De acuerdo con el plan trazado para avanzar sobre el sur, mientras él buscaba atacar Quito desde el norte, Sucre –quien había sido enviado a Guayaquil en mayo de 1821– dirigiría un segundo asalto desde la costa. La ruta del Libertador era complicada, por un lado, el único camino por tierra de Popayán hacia Quito atravesaba las altas montañas de los Andes a través de una meseta agreste, con barrancos profundos y ríos torrentosos, con las dificultades que esto suponía para trasladar un ejército. Y por otro, en el trayecto debía hacer frente a una serie de poblados históricamente hostiles a los patriotas como la indomable provincia de Pasto. La misma se caracterizaba por unos habitantes que eran fieles a la Corona y por lo tanto, férreos opositores del republicanismo. Si bien intentó evitar la confrontación directa, no tuvo más remedio que batirse en combate con los pastusos, de allí que en el trayecto tuviera lugar la batalla de Bomboná, en abril de 1822. De acuerdo con Lynch, decir que en Bomboná hubo una victoria de Bolívar, sería una extravagancia, ya que “la vida se consideró menos valiosa que la gloria”. Lo que se puede rescatar del enfrentamiento es que dividió a las fuerzas españolas en un momento donde Sucre estaba realizando su avance sobre Quito, de manera que inmovilizó parte de los efectivos que de otra manera se le hubieran opuesto.[71] Sin embargo, la gran cantidad de bajas del ejército a mando de Bolívar le impidieron continuar hasta su destino y prestar colaboración en el cierre de la campaña en el menos discrepante territorio quiteño. Durante los meses de abril y mayo de 1822 su situación fue incierta.
Por su parte, Sucre, quien había sido derrotado en la batalla de Huachi y que se había replegado en Guayaquil, no podía recibir refuerzos de Colombia, siendo la ayuda de San Martín su única alternativa. Afortunadamente, la misma arriba a principios de 1822, y luego de un altercado, que fue diplomáticamente solucionado por la Junta del gobierno independiente, se activan las operaciones militares sobre Quito por esta parte, mientras que las que debían desarrollarse desde el norte a mando de Bolívar se encontraban malogradas. De esta manera, en Guayaquil se ligan históricamente las dos revoluciones independentistas del sur y del norte, su corolario es la batalla de Pichincha de mayo de 1822, que permite la entrada triunfal de Sucre en territorio quiteño al mando de unas fuerzas que reunieron en un mismo campo de batalla a “los llaneros de Colombia y los gauchos de las pampas argentinas, soldados independientes del Perú y de Chile con los de Venezuela, Nueva Granada, Quito y Panamá”.[72]
Será la noticia de la derrota realista en Quito la que permite al Libertador destrabar su situación en Pasto. De esta manera, se firma una capitulación, que aunque siendo muy favorable a los intereses de los pastusos, permite el ingreso de Bolívar en una provincia que por diez años había resistido a todos los ejércitos de Colombia, incluso al del propio Libertador. La gloria colmaba a Bolívar ya que tanto Bomboná como Pichincha eran el cierre de la guerra por la independencia del norte de Sudamérica. Con estas victorias, el territorio de Colombia, tal como él lo había imaginado, estaba emancipado del poderío español.[73] Había una sola cuestión que tenía que dirimir para garantizar la integridad territorial de la nueva república, la situación de Guayaquil, sobre la cual no pensaba dejar nada al azar.
Una vez instalado en Quito, y después de haber logrado su adhesión, a mediados de junio, el Libertador le enviará una carta a San Martín para agradecerle el auxilio “…en la campaña que ha libertado tres provincias del sur de Colombia y esta interesantísima capital…”. En la misma misiva Bolívar le plantea al Protector “…prestar los mismos y aun más fuertes auxilios al Gobierno del Perú” en tanto reconoce que la guerra en Colombia está terminada, por lo cual “…su ejército está pronto a marchar a donde quiera que sus hermanos lo llamen, y muy particularmente a la patria de nuestros vecinos del sur, a quienes por tantos títulos debemos preferir como los primeros amigos y hermanos de armas”.[74] Con independencia de lo anterior, al Libertador le urgía terminar de una vez por todas con las pretensiones peruanas de anexar el Estado de Guayaquil, hecho sobre el cual no había negociación posible.[75] De hecho, cinco días después de que le despachara la carta a San Martín ofreciéndole la ayuda de las tropas colombianas, en respuesta a una misiva previa del Protector, Bolívar dejará en claro su posición con respecto a la provincia de Guayaquil:
V.E. expresa el sentimiento que ha tenido al ver la intimación que hice a la provincia de Guayaquil para que entrase en su deber. Y no pienso como V.E. que el voto de una provincia debe ser consultado para constituir la Soberanía Nacional, porque no son las partes sino el todo del pueblo el que delibera en las asambleas generales reunidas libre y legalmente […]
V.E. ha obrado de un modo digno de su nombre y de su gloria no mezclándose en Guayaquil, como me asegura, sino en los negocios relativos a la guerra del Continente. La conducta del gobierno de Colombia ha seguido la misma marcha que V.E., pero al fin no pudiendo ya tolerar el espíritu de facción, que ha retardado el éxito de la guerra y que amenaza inundar en desorden todo el sur de Colombia; ha tomado definitivamente su resolución de no permitir más tiempo la existencia anticonstitucional de una junta que es el azote del pueblo de Guayaquil y no el órgano de su voluntad […]
Tengo la satisfacción, Excmo. Protector de poder asegurar que la mía no ha tenido jamás otro objeto que asegurar la integridad del territorio de Colombia, darle a su pueblo la más grande latitud de libertad y extirpar al mismo tiempo así la tiranía como la anarquía […]
Es V.E. muy digno de la gratitud de Colombia al estampar V.E. su sentimiento de desaprobación por la independencia provincial de Guayaquil, que en política no es más que un absurdo, y en guerra no es más que un reto a Colombia y el Perú. Yo no creo que Guayaquil tenga derecho a exigir de Colombia el permiso para expresar su voluntad, para incorporarse a la República; pero si consultaré al pueblo de Guayaquil, porque este pueblo es digno de una ilimitada consideración de Colombia, y para que el mundo vea que no hay pueblo de Colombia que no quiera obedecer sus sabias leyes.
[…] La entrevista que V.E. se ha servido ofrecerme, yo la deseo con mortal impaciencia, y la espero con tanta seguridad, como ofrecida por V.E. […][76]
Es así que prontamente envía dos batallones a la provincia, compuestos por 1300 hombres al mando de Bartolomé Salóm, y a principios de julio viaja allí mismo en persona.[77]
Bolívar ingresa a Guayaquil el 11 de julio de 1822 y es ovacionado por la población. Consciente de las divisiones que atravesaban a los habitantes de la provincia en lo concerniente a su futuro político, les prometió la oportunidad de expresar libremente sus preferencias. Sin embargo, su presencia generó la agitación del partido colombiano, causando una serie de disturbios que a la par que intimidaban a la Junta de Gobierno local, le dieron el espacio político para que asumiera el control de Guayaquil.[78] De este modo, el 13 de julio asume él mismo el gobierno civil y militar de la provincia, decreta de manera formal su incorporación a Colombia, posteriormente confirmada por el voto de los guayaquileños, y se dispone a esperar la llegada de San Martín.[79]
Guayaquil en la República de Colombia
Las palabras, expresiones e ideas de Bolívar en torno a la creación de una nación y de su gobierno, vertidas en varios de sus escritos, desencadenarán una verdadera acción colectiva liderada por su persona, que se verá materializada en la creación de la República de Colombia. No caben dudas, de que esta es invención de Bolívar, era su ambición, su proyecto político y fue, de hecho, su construcción. En este sentido, si observamos los textos del Libertador, encontramos que la voluntad de unión de Nueva Granada con Venezuela aparece ya en la temprana Carta de Jamaica de 1815. Este plan se opone a aquella ambición continental a la que aspiraba Francisco de Miranda, la cual suponía crear una sola nación de todos los territorios liberados de la monarquía hispánica. La experiencia de los primeros años de revolución le había mostrado a Bolívar la imposibilidad de llevar adelante tal plan. La realidad americana ameritaba un proyecto político más asequible, restringido a lo que él imaginaba como posible en el marco de una gran heterogeneidad territorial, cultural y racial. De hecho, el Libertador consideraba que serían varios los Estados que resultarían de la crisis monárquica de 1808, solo que para su suelo natal él tenía un proyecto que admitía la unión de estos dos espacios contiguos en una gran república central, una “ambición política restringida” si la comparamos con la propuesta por el Precursor en los inicios del proceso revolucionario. En este mismo escrito, Bolívar esboza incluso algunas líneas sobre lo que debería ser la organización política del nuevo Estado. De esta manera, desaprobaba la monarquía para los americanos, como así también el federalismo. Su temprana apuesta era la construcción de una república ecléctica, con elementos tales como un presidente o un senado vitalicio, planes que se pondrán en marcha cuando logre asentar la revolución en el oriente venezolano.[80]
Si bien Caracas y la costa norte de Venezuela fueron la obsesión de Bolívar, sus intentos por ocupar su ciudad natal, donde se concentraban la mayor cantidad de tropas realistas, lo llevaron a conocer varias veces el fracaso. A pesar de lo anterior, su voluntad independentista y la consistencia de sus ideas más allá de la derrota, lo empujaron a continuar su gesta. Cuando comprendió que ese camino no iba a garantizarle ninguna ventaja, cambió de estrategia y mudó sus operaciones a una zona de frontera de la América colonial donde encontró una base segura para su campaña de liberación y creación de la nación que proyectaba. Es así que para mayo de 1817 se asentará en Santo Tomás de Angostura, un territorio del interior del país, protegido por el Orinoco y sus vastas llanuras, desde donde llevará la revolución por el interior venezolano y lanzará sus próximos ataques contra los ejércitos españoles.
Asimismo, si bien su principal problema era derrotar a España en el campo de batalla, debió hacer frente a otras preocupaciones que concernían el futuro de la independencia que proyectaba. Por un lado, debía subordinar a los caudillos venezolanos, un grupo de militares que si bien luchaban por la emancipación –aunque también por la obtención de un botín– se enfrentaban entre ellos mismos ya que no ansiaban someterse. Durante un tiempo tuvieron un rol central en el proceso revolucionario venezolano ya que mantuvieron viva la lucha por la independencia, pero cuando los enfrentamientos entre caudillos crecieron se dificultó la guerra contra el enemigo externo. Eran de alguna manera la representación de las tendencias federales y de descentralización del poder que Bolívar tanto aborrecía. Asentado en Angostura, aunque no si conflictos, pudo dominarlos y crear una autoridad fuerte en la cima, libre de rivales, incorporándolos a una estructura militar efectiva bajo una cadena de mandos clara, e incluso asignándoles funciones políticas. Es cierto que el Libertador mismo pudo haberse considerado un caudillo, pero se diferenciaba de los mismos en tanto no buscaba depender de su poder personal, por el contrario, “su objetivo fue siempre institucionalizar la revolución y llevarla a una conclusión política” y hacia allí se dirigía.[81]
Por otro lado, otra de sus preocupaciones era quitarle a la revolución la aureola elitista que había llevado durante los primeros tiempos. Mientras muchos mantuanos volvían a la causa del rey, era necesario ampliar la base social de la misma. De hecho, el mayor protagonismo que se le dio a los caudillos de procedencia popular, bajo su autoridad, tuvo que ver con un intento por parte de Bolívar por superar las tensiones raciales que habían caracterizado el movimiento emancipador venezolano desde sus inicios.[82]
Tal como sugiere Germán Carrera Damas, Bolívar buscaba preservar la estructura de poder interna de la sociedad implantada venezolana, evitando alteraciones radicales del orden social. Debajo de esta necesidad, se escondía un arraigado miedo a la guerra social y racial. Esto es así ya que la opción por la independencia y la república habían desatado las demandas de libertad de los esclavos y de igualdad social de los pardos.[83] Si bien es cierto que la esencia de la independencia por la cual Bolívar luchaba eran la libertad y la igualdad, también hay que considerar que temía que se desencadenara una guerra racial que subvirtiera todo el orden existente, llevando de esta manera a la anarquía. Es así que el Libertador comprendió que el mantenimiento de la estructura de poder interna de la sociedad, es decir, el sostenimiento del control criollo sobre el resto de los componentes sociales, no podía darse sin la introducción de modificaciones. De esta forma, promoverá una serie de cambios controlados. Mientras liberaba a los esclavos e incorporaba a los pardos a la causa republicana, dándole curso a sus aspiraciones de ascenso social, por un lado, ampliaba las bases sociales de la revolución y por otro, evitaba la movilización política de estos sectores que ahora quedaban bajo control criollo.[84] En líneas generales, y observando las ideas políticas que el Libertador irá desplegando hacia adelante, podemos encontrar en el carácter centralista y aristocrático del proyecto político bolivariano los elementos institucionales que subordinarían a los caudillos, pardos y esclavos, restaurando la estructura de poder interna de la sociedad.[85]
Es así que para fines de 1818 y desde su base en el oriente, Bolívar había logrado retener en su persona el poder civil y militar. Como bien dijéramos, no se contentó con simplemente imponer su autoridad personal, también se dedicó a darle forma a lo que sería el gobierno de la Tercera República convocando a principios de 1819 un nuevo congreso venezolano. Esta decisión, que iba bastante más allá de la desnuda realidad de las cosas, tenía por objetivo llevar adelante una consolidación institucional.[86] La misma suponía, entre otras cosas, cierta ventaja política a nivel interno en tanto dotaba de legitimidad a la acción guerrillera de los insurgentes. De esta forma, la convocatoria integraría a los diputados de las provincias venezolanas liberadas y las que se fueran liberando por acción de las armas. Se incluyó también la provincia del Casanare, único territorio granadino que se encontraba libre del control realista. Como resultado, el 15 de febrero se reúne este congreso con 32 diputados de 7 provincias del cual hay que destacar el discurso inaugural de Bolívar, el famoso discurso de Angostura, donde además de plasmar sus ideas constitucionales, planteará y confirmará, la unión de Venezuela con la Nueva Granada en una única república, lo cual, según el Libertador, se justificaba en el deseo de los pueblos.[87]
De acuerdo a lo anterior, más allá de la apelación a los pueblos, que en lo previo no habían sido consultados, es indudable que el surgimiento de la nación colombiana responde a la voluntad política de Bolívar, su “visión” fue un elemento central, y su complemento, sus ejércitos. Estos permitirán la incorporación, por la fuerza, de las antiguas provincias del virreinato de Santa Fe y de la capitanía general de Venezuela, al cuerpo de nación que éste proyectaba.[88] Es así que a las 7 provincias que inicialmente participan de las deliberaciones del congreso venezolano, luego de Boyacá se le incorporarán 12 más del territorio granadino, donde la liberación fue tanto una empresa deliberada llevada adelante en nombre de la independencia, como una invasión extranjera.[89] Hay que resaltar, tal como lo hace Martínez Garnica, que los neogranadinos “…se habían ido a dormir como miembros de diversos cuerpos estamentales y se despertaron con la promesa de llegar a ser ciudadanos de una nueva nación proyectada por un militar venezolano…”, consecuentemente, en un abrir y cerrar de ojos se enteraron que “…su soberanía estaba depositada de hecho en un congreso de venezolanos a orillas del río Orinoco”. De esta manera, mientras se iban liberando territorios, en diciembre de 1819 sancionarán la Ley Fundamental por la cual se establece la unión de las provincias de Venezuela y Nueva Granada bajo el título de República de Colombia.[90]
Más allá de la voluntad política de Bolívar y de este acto instituyente llevado adelante por un grupo de diputados pertenecientes a pueblos de naturaleza diferente, lo cierto es que esta decisión, presentó un problema de legitimidad. En este sentido, hay que considerar la existencia de opiniones alternas vertidas en la asamblea tanto por venezolanos como por cundinamarqueses, pero fundamentalmente hay que destacar el hecho de que gran parte del territorio comprendido en los límites de esta nueva república imaginada por el Libertador, no fue consultado, particularmente, las provincias de la Audiencia de Quito, entre ellas Guayaquil, que aún estaban bajo dominio realista. Esta circunstancia, junto con el desenvolvimiento de los acontecimientos posteriores, pondrían en duda los fundamentos de aquel consenso inicial.
Sin embargo, para 1820, la coyuntura se revelaba propicia para los planes del Libertador. A los triunfos de Pantano de Vargas y Boyacá que permiten extender su dominio en territorio granadino, hay que sumarle la revolución liberal española del mes de enero. A partir de la misma se había generado un ambiente favorable para la independencia. Las Provincias Unidas discutían su forma de gobierno; Chile había sido liberado por San Martín, que además se embarcaba hacia el Perú con su expedición libertadora; poco después, Morillo se ve obligado a negociar con Bolívar, llevándolo a un armisticio que terminará dándole más impulso al proyecto bolivariano. En este contexto de avances para la causa de la revolución continental, la provincia de Guayaquil, inspirada por las campañas de liberación desplegadas tanto en el norte como en el sur del subcontinente, tomará la decisión de liberarse del dominio colonial de manera autónoma.
La situación de Guayaquil impactaba de manera positiva en la campaña de Bolívar, por un lado, impedía la reunión de las fuerzas realistas del norte y del sur e imposibilitaba la cooperación de las mismas al dejar dividido el continente. Por otro, la posición de la provincia era estratégica para su campaña, ya que mientras la ciudad estuviera abierta a recibir las tropas colombianas, el Libertador podría avanzar con la liberación del territorio de la Audiencia y de la rebelde provincia de Pasto, pero desde el sur, completando de esta manera la creación de Colombia y finalizando la guerra independentista en el territorio bajo su dominio. Su importancia relativa se debía al hecho de que no existía ruta por tierra de Quito a Bogotá, la existente cruzaba por la cordillera y por Pasto, baluarte de los realistas. De esta manera, la ruta marítima desde el puerto colombiano de Buenaventura a Guayaquil, era casi la única vía de comunicaciones con Quito y Cuenca, de allí su relevancia para la campaña.[91] Sin embargo, más allá de estas ventajas, la situación resultaba una anomalía para sus planes. Por un lado, la flamante independencia no consideraba el hecho de que de acuerdo a la unión consagrada en los términos de la Ley Fundamental, el destino de esta provincia estaba atado al de Colombia, y por otro, al estar vigente el armisticio con Morillo, la insistencia en la cuestión de la autonomía guayaquileña implicaba que la ciudad existía fuera de los límites de Colombia, con lo cual el territorio podría verse amenazado por un ataque realista.[92]
Cabe destacar que la Ley Fundamental tenía como base el principio del uti possidetis de acuerdo con el cual los nuevos Estados nacidos de las guerras independentistas heredarían las fronteras administrativas de la colonia. En este sentido, la presidencia de Quito había estado sometida al virrey de Nueva Granada desde 1740, por lo cual Guayaquil, en calidad de provincia del territorio quiteño, se incluía en el mapa colombiano. Territorialmente, Colombia suponía la incorporación de Quito, y Quito necesitaba a Guayaquil, ya que en términos económicos el altiplano no tenía otra salida al mar.[93] A pesar de lo anterior, la revolución guayaquileña dará vida a un gobierno independiente, regido por un estatuto provisorio, en el cual se establecerá que el nuevo Estado contará con entera libertad para unirse a la gran sociedad que mejor les convenga, de las que han de formarse en América del sur. Los guayaquileños reconocían haberse liberado sin intervención de Colombia, no obstante lo cual se propusieron cooperar en la liberación quiteña, en calidad de socios de los ejércitos libertadores de Bolívar.[94]
Para el Libertador la integridad territorial era no negociable. Es cierto que la unión de Venezuela con Nueva Granada ya existía de hecho como consecuencia de la guerra, pero para su mirada política significaba muchísimo más que una cuestión de alianza militar frente a un enemigo común. Cuando Bolívar observaba hacia el futuro imaginaba que estos pueblos hermanos, cuyos recursos eran complementarios, podrían formar un gran Estado en el concierto de las naciones.[95] Con un pie en el Pacífico y otro en el Atlántico, dotada como estaba de profusos recursos de la naturaleza, la nueva república sería una potencia firme y respetable, pero para lograrlo había que dejar atrás las soberanías provinciales y el sistema federativo, pues eran contrarios a las necesidades de construcción de la nación. De hecho, la política desplegada en los territorios liberados fue muy dura. Los libertadores concebían que si se dejaba a los pueblos en absoluta libertad, pronto llegaría la anarquía, con lo cual muchas veces la libertad otorgada por acción de las armas era contraria a la voluntad popular. De acuerdo a esta visión, había que enseñarles a los pueblos a obedecer, luego de lo cual podrían adoptarse las instituciones liberales propias de los pueblos verdaderamente libres.[96] La posición de la nueva provincia independiente no estaría exceptuada de estos principios políticos. Bolívar tenía la ley de su parte, pero no era su única arma y estaba dispuesto a que Guayaquil de grado o por la fuerza, reconociera al gobierno de Colombia.[97]
Es así que al recibir en diciembre de 1820 las noticias de la independencia guayaquileña, de inmediato se dará inicio a una serie de negociaciones diplomáticas. En primer lugar, Bolívar enviará al brigadier general José Mires, quien sugerirá a la junta de gobierno la utilidad de comprometerse públicamente con alguna línea política, en vistas de la peligrosa situación militar en la que estaba. Si bien para abril de 1821 se firma un acuerdo de cooperación entre Guayaquil y Colombia a los fines de ayudar a la liberación de Pasto, Cuenca y Quito, es posible afirmar que la junta eludió astutamente emitir cualquier determinación sobre su agregación a la república bolivariana. Sin embargo, un mes después, en mayo de 1821, llega a la provincia Antonio José de Sucre, quien disponía de una influencia mucho más poderosa que la de su antecesor dada por su prestigio y por el vínculo de confianza que lo unía al Libertador. Esta vez su presencia llegó acompañada de una fuerza de 930 hombres procedentes de varios batallones y tenía una misión clara, presionar a Guayaquil para que reconociera la soberanía de Colombia y darle curso desde el sur a la campaña que sellaría el final de guerra. Es así que con su acción mucho más agresiva y determinada Sucre intimidará a la Junta mucho más eficazmente y afianzará la posición colombiana en la provincia. Una serie de sucesos afortunados para su partido le permitirán forzar el llamamiento a la junta electoral de la provincia para que decida, de una vez por todas, su agregación a Colombia. Sin embargo, en septiembre de 1821, la desafortunada derrota de Huachi destruirá la posición diplomática colombiana, y forzará a Sucre a solicitar la ayuda de San Martín.[98]
Tal como sugiere Cubbit, “hasta ahora el Libertador había sido una sombra distante”.[99] Si bien los asuntos del sur de Colombia estaban en sus planes, recién pudo mezclarse en los mismos después de la batalla de Carabobo y una vez que el congreso reunido en la Villa del Rosario de Cúcuta se encontraba en pleno funcionamiento. Este último, si bien estaba convocado para comenzar a sesionar el 1 de Enero de 1821, recién pudo hacerlo en el mes de mayo con un mínimo de asistentes. La reunión de esta asamblea volvió a poner sobre la mesa la cuestión de la representatividad y la legitimidad en torno a la creación de la República de Colombia. Si bien la mayor parte de Nueva Granada ya se había liberado y podía llevar adelante un proceso de elecciones de diputados, la principal región de Venezuela, Caracas, estaba aun bajo dominio realista, lo mismo sucedía con casi la totalidad del territorio quiteño. Los consensos en torno a la unión y a su organización fueron dificultosos, ejemplo de ello fue la Diputación Permanente del Congreso de Venezuela que se resistió a la integración de su país con los neogranadinos; por su parte, estos últimos se preguntaban en qué momento habían expresado su voluntad de unirse a Venezuela; otros debatieron en torno a la naturaleza diferente de granadinos y venezolanos, no estando dispuestos a ratificar la unión. La cuestión de la antigua Audiencia de Quito también supuso varias intervenciones sobre la posibilidad de su unión a Colombia, ya que estaba pendiente su liberación de la monarquía. Para algunos su libertad era condición necesaria para avalar su participación en la nueva república. Guayaquil, sin embargo, ya libre de la dominación colonial todavía no se había adherido a Colombia y mucho menos había enviado diputados a Cúcuta.[100]
Finalmente, el 12 de julio fue firmada la nueva Ley Fundamental de los pueblos de Colombia y el 30 de agosto su constitución. La opción republicana fue contundente, no dando lugar a la posibilidad de erigir una monarquía; asimismo, la centralización del poder fue el régimen adoptado poniendo fin a las soberanías provinciales. En lo que refiere a la cuestión de la unión, si bien se estableció que el territorio de la república sería el comprendido dentro de los límites de la antigua Capitanía General de Venezuela y el Virreinato y Capitanía General del Nuevo Reino de Granada, se dejó a salvo la libertad de los quiteños y de los guayaquileños para decidir su incorporación futura.[101] De esta manera, mientras era consagrado como presidente de la nación que había imaginado, el Congreso de Cúcuta le ofrecía al Libertador el marco legal que ansiaba, aun cuando sus ideas sobre el gobierno no hubiesen sido consideradas en su totalidad. No obstante, era un proyecto elitista, impuesto por unos pocos a la mayoría, que no había sido consultada, y dejaba sin resolver cuestiones relativas a la identidad nacional.[102] De todos modos, allí donde la política no fuera suficiente, aún cabía la posibilidad de la guerra.
Enfocado ahora en el tramo final de lo que sería el fin de la revolución en el territorio bajo su mando, a principios de febrero de 1822, enviará a José Joaquín de Olmedo, presidente de la junta guayaquileña de gobierno, tres mensajes en un lenguaje claramente intimidatorio donde informaba que viajaría a la provincia y que esperaba que a su llegada ya estuviera ratificada la incorporación, asimismo advertía que “…Guayaquil es complemento del territorio de Colombia…” y que “…Colombia no permitirá jamás que ningún poder de América divida su territorio”. También afirmaba “…que una ciudad con un río no puede formar una nación”.[103] Siendo estas novedades conocidas por el General San Martín en el momento en que su ayuda ya se había reunido con las tropas de Sucre, se desencadenará el conflicto que mantendrá en suspenso por un tiempo el desenlace de la guerra en territorio quiteño. Finalmente, la acción diplomática de la junta destrabará la situación, que tendrá como corolario la batalla de Pichincha. Tal como asegura Davis, “irónicamente, la liberación de Quito señalo el fin de la autonomía guayaquileña”.[104]
Al trasladarse Bolívar hacia Guayaquil lo hacía con el respaldo de un Estado, su actitud era resuelta y respondía a un plan político y militar deliberado. Además, tenía a la fuerza y al derecho de su parte, aun cuando los guayaquileños no lo apoyaran en su totalidad. Su actitud era imperativa, no retrocedía ante nada ni nadie.[105] Había logrado llegar a los límites de la nación colombiana y se encontraba de cara al Perú, el más sólido baluarte del poderío español en América del Sur, destino que siempre había estado en su mira y que de momento escapaba al control sanmartiniano. Esa “ambición política restringida” que le había permitido constituir un gran Estado, estaba ahora a punto de desmedirse.[106] Tal como sugiere Mitre, en Guayaquil se decidiría su destino.[107]
Guayaquil
El punto de intersección de dos campañas militares
Guayaquil fue el punto de intersección de las campañas militares de Bolívar y San Martín, ambos con pretensiones sobre el espacio territorial de aquella provincia. Si bien tanto el Protector como el Libertador tenían en común la lucha por la independencia, cada uno representaba una tendencia diferente. Mientras que la revolución del sur buscaba la emancipación de las diversas secciones americanas, entregándolas a sus propios destinos una vez libertadas; la revolución del norte, respondía a un plan de absorción nacional, de grado o por la fuerza. Al efectuar Guayaquil su independencia, poniéndose a la vez bajo la protección de las tropas de ambos libertadores a manera de Estado mediatizado, “se convertiría en una manzana de discordia” y el lugar donde chocarían estas dos políticas.[108]
De acuerdo al principio llamado el uti possideti anterior a la revolución, los límites de los nuevos espacios emancipados de los dominios del soberano español adoptaban las demarcaciones coloniales en el orden político y administrativo, que respondían a su vez a sistemas geográficos y particularismos étnicos. La cuestión de Guayaquil era compleja ya que estuvo históricamente atrapada en una situación de ambigüedad jurisdiccional, respondiendo alternativamente entre Quito, Lima y Santa Fe. Si la provincia formaba parte de la circunscripción de Quito, correspondía a Colombia, ya que el antiguo virreinato de Nueva Granada había sido declarado parte integrante de la nueva República, estando la presidencia de Quito entre sus límites; si por el contrario pertenecía al virreinato del Perú era peruana. Tal era la cuestión a resolver.
En líneas generales, si nos remontamos al tiempo de los orígenes, todo el territorio del actual Ecuador formaba parte del virreinato del Perú y la Real Audiencia de Lima. Cuando en 1563 se funda la Audiencia de Quito, la provincia de Guayaquil, se incorporará bajo competencia de la misma. No obstante, el gobierno militar, político y económico quedaría en manos del virrey del Perú. Esta situación inicial persistirá hasta principios del siglo XVIII cuando la Corona española comience un proceso de cambios en todos los órdenes de su administración, mostrando un interés especial por proteger militarmente las costas del Caribe, motivo por el cual erigirá el virreinato de Santa Fe. Desde ese momento, en 1739, Guayaquil se encontrará bajo autoridad militar y política del virrey de Santa Fe, jurídicamente atada al tribunal quiteño, dependiendo de Lima solamente en lo referente a cuestiones relativas a los tribunales de comercio. Este escenario se mantendrá hasta 1795 cuando se organice el Consulado de Cartagena, momento a partir del cual se transferirá a Guayaquil bajo la jurisdicción del mismo.[109]
Esta situación donde se superponían diferentes autoridades sobre un mismo territorio era bastante típica de la organización política del reino español, y de hecho, hasta principios del siglo XIX había funcionado sin complicaciones, ya que el territorio de la Audiencia de Quito era un espacio marginal en el mapa colonial americano. No obstante, Guayaquil era de una importancia central para la capital quiteña ya que la provincia era el único acceso al mar en el distrito de la Real Audiencia.[110]
Si nos centramos en el vínculo entre el virreinato de Santa Fe y Guayaquil, la situación era distinta. Si bien las relaciones con la Audiencia de Quito se remontan a los orígenes de este espacio administrativo, las mismas se remitían a cumplir un papel de refuerzo del virreinato, siendo que las costas caribeñas eran el centro de la gravitación política de aquella administración. Dentro de este diseño, la provincia de Guayaquil que era una zona periférica dentro del esquema de las colonias americanas, no representará más que un territorio remoto para el virrey neogranadino.[111]
Por el contrario, para el virreinato del Perú los vínculos con Guayaquil fueron intensos. Durante mucho tiempo fue nexo entre la dinámica región serrana y el mercado del Perú, que era a su vez nexo con la metrópoli. Asimismo, con la libertad de comercio alentada por los borbones, el perfil de la provincia se modificará llevando a que el puerto comience a exportar su propia producción local. Este cambio de perfil económico fue posibilitado, en parte, por los aportes económicos realizados por los comerciantes limeños, que en vínculo con las élites guayaquileñas, permitieron el despegue cacaotero que convirtió a Guayaquil en una de las zonas más dinámicas de la Corona española. Sin embargo, esta relación, aunque basada en lazos históricos y en la facilidad que presentaba cierta continuidad territorial, favorecerá un régimen de dependencia y subordinación de la provincia con respecto a los grandes capitales provenientes de Lima.[112]
Recién a comienzos del siglo XIX, más específicamente en 1803, se desplegará una disputa en torno a las jurisdicciones sobre las cuales la provincia de Guayaquil debía responder, generando asperezas entre la propia provincia, la Audiencia de Quito, el virreinato de Nueva Granada y el del Perú, siendo éste último el que reclamará la subordinación total de aquella bajo su autoridad. Habrá dos momentos, uno de “anexión parcial” entre 1803 y 1810, fundamentado en motivos de defensa militar y otro, entre 1810 y 1820 de “anexión total”, cuando como consecuencia del inicio del proceso revolucionario en la Audiencia de Quito en 1809 y ante la ausencia del rey, el virrey Abascal, con el objeto de proveer a su defensa, encontrará el espacio político para actuar sobre la cuestión territorial, subsumiendo de facto a la provincia de Guayaquil, que por primera vez desde 1563 estará sometida de manera absoluta frente a su superioridad.[113] Finalmente, este tema se verá resuelto recién en 1819, cuando a partir de una Cédula Real, el rey, reprobando los procederes del virrey del Perú, restituya la provincia a su anterior situación legal, como parte de la Audiencia de Quito, y ésta como dependencia del virreinato de Nueva Granada.
Esta situación ambigua en la que se encontraba Guayaquil, tuvo efectos prácticos para el ejercicio del poder municipal, ya que la aristocracia local supo extender su autonomía y libertad de acción frente a aquellas instituciones que pretendían ejercer el control sobre la provincia. Los lazos tendidos entre las élites guayaquileñas y funcionarios e individuos poderosos que ejercían su autoridad desde Lima, Santa Fe o Quito, estaban orientados a crear alianzas que buscaban controlar la política local. De esta manera, las coaliciones inestables y ambiguas conformaban la política y las relaciones de Guayaquil con otras zonas, dotando a su cabildo de un amplio margen de acción para administrar los asuntos locales.[114]
Consecuentemente, durante mucho tiempo el territorio de Guayaquil se verá tensionado entre lo legalmente estatuido y los usos y costumbres históricos, quedando atrapado en una situación de ambigüedad jurisdiccional, que si bien estaba aclarada de hecho, como mencionáramos más arriba, produjo una diferencia de criterios entre los dos libertadores que quedó saldada al arribar más temprano Bolívar a aquella ciudad. Sin embargo, no podemos omitir el hecho de que estamos frente a una comunidad que a pesar de lo descripto, se había sabido manejar con un amplio margen de autonomía política.
De la contrarrevolución realista a la independencia
Con la primera revolución de Quito en 1809, la ciudad de Guayaquil quedará subsumida de facto frente a la superioridad del virrey Abascal, quien con el objetivo de protegerla frente a los insurgentes, la anexó al espacio virreinal peruano. De este modo, la ciudad – puerto conformará el bloque realista que en conjunto con Cuenca y Popayán intentarán volver a reconstruir la unidad territorial perdida por la acción insurgente de los quiteños.[115] Estas ciudades realistas funcionaran como un bloque concertado dentro del cual los funcionarios coloniales jugaron un rol clave, manejaban alianzas, neutralizaban la insurgencia y fomentaban la unión en torno a la idea de que la soberanía recaía solo en el rey y en sus legítimos representantes: la Junta Central y la Regencia, no en el pueblo o en las ciudades, aunque esto supusiera que los territorios americanos carecían de recursos propios para administrarse durante la crisis. Paradójicamente, la defensa de la unidad del imperio y la necesidad de centralizar el poder, tal como sostiene Sevilla, hicieron que los realistas fueran abanderados de una idea más moderna del Estado.[116] De hecho, para 1812, estos últimos, habían logrado dominar el espacio andino. Sin embargo, el proceso de fractura territorial estaba en marcha, no solo por las respuestas que algunas ciudades americanas habían dado frente a la ausencia del monarca, recuperando su soberanía parcial, sino también por las medidas adoptadas en España. En efecto, allí se inició y puso en marcha el proceso de discusión y sanción de la Constitución de Cádiz, siendo una de las consecuencias de su aplicación en América el refuerzo de los poderes territoriales que los realistas habían intentado contener. Esto tuvo lugar porque la nueva ley acrecentó el número de municipalidades, que al convertirse en cuerpos soberanos, aceleraron de manera dramática el proceso de fragmentación desatado con la ausencia del monarca.[117]
En este sentido, la provincia de Guayaquil, como parte del territorio realista, fue partícipe de la aplicación del instrumento constitucional gaditano. El mismo supuso total una novedad que fue seguida con atención por la población, ya que se puso en práctica una nueva institucionalidad, donde los americanos tuvieron un rol importante tanto en las elecciones como en la sanción de la Constitución de Cádiz de 1812. De acuerdo con Jaime Rodríguez, esta Constitución fue verdaderamente revolucionaria, sobrepasando incluso a las de Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia en materia de derechos políticos. Organizó un Estado unitario, amplió significativamente el derecho a sufragio a todos los hombres exceptuando los de origen africano, y anuló varias instituciones señoriales, lo cual supuso una serie de beneficios para los sectores indígenas, entre otros. De esta manera, todo el proceso de las juntas, la regencia y la convocatoria a cortes constituyeron en sí mismas una “revolución política”, puesto que impulsará el gobierno representativo y además brindará elementos para sostener la tan deseada autonomía local, como la ampliación de los ayuntamientos constitucionales, que otorgó el derecho de tener cabildo a pueblos que antes carecían del mismo. Aplicada en todo el territorio de la antigua Audiencia presentó unos cambios realmente profundos en tanto involucró a miles de hombres de las condiciones sociales más diversas, y de manera significativa, en la cuestión política.[118]
En el caso de la población de la Provincia de Guayaquil, aunque limitada por el control ejercido por el virrey Abascal, recibió con entusiasmo las nuevas prácticas políticas. Es así que todo el período previo de organización y puesta en marcha de las elecciones, si bien generó confusión y despertó pasiones, también amplió los espacios de discusión y de participación, de manera tal, que incluso los analfabetos y hombres sin propiedad tuvieron su lugar en la política local, incluyendo a descendientes de africanos, cuyo status social en una sociedad abierta como Guayaquil, no se condecía con el lugar que deberían haber ocupado en la sociedad estamental colonial. Fue sin dudas un profundo proceso de deliberación popular inédito para la época.[119] En efecto, la constitución trajo aparejados importantes cambios políticos, que si bien no se verán plasmados de un día para el otro, comenzarán a operar sobre la percepción de los actores. Es claramente, luego de la experiencia juntista, un momento de tensión entre lo nuevo y lo antiguo que tendrá lugar entre 1812 – 1814 y 1820 – 1822, y que con independencia de la restauración absolutista de Fernando VII, significará un cambio radical en la forma de percibir la política en estos territorios.[120]
Cuando para 1814 el rey se restituya en el trono, desmantelará el constitucionalismo liberal de Cádiz, se abocará a restaurar el absolutismo y a recuperar el dominio sobre sus colonias desplegando una política deliberadamente violenta en la reconquista de los territorios sublevados. Esta situación contribuirá a que en muchas de las provincias americanas se radicalice la posición hacia la independencia y las campañas del norte y del sur comiencen a tomar forma, para pocos años después terminar convergiendo en Guayaquil, con esa vocación “integradora” que ya mencionáramos. La provincia, aunque incorporada al espacio realista, no había sido ajena a las discusiones en torno al ejercicio de la soberanía que se había desplegado con las juntas quiteñas. De mismo modo, aunque subsumida bajo la superioridad de Abascal fue partícipe del experimento gaditano, que puso a disposición de los locales elementos para controlar de manera autónoma su propio territorio. Asimismo, se encontró en el centro de la disputa entre los dos libertadores, y es incluso reclamada como parte de la nueva república fundada por Bolívar sin haber sido consultada. De cara al fin de la guerra por la independencia del subcontinente, cabe preguntarse ¿Cuál era la posición de los guayaquileños en este asunto?
La independencia de Guayaquil
A pesar de haber sido parte de la contrarrevolución realista, los guayaquileños no ignoraban las campañas libertadoras que se venían desarrollando tanto desde el norte como desde del sur. Las novedades estaban a la orden del día, así como lo habían estado en 1809 y 1810 con los sucesos de Quito. Sin dudas las ideas que inspiraban a los movimientos emancipadores circulaban, eran comentadas y se discutían en el ámbito local. Por otro lado, no fueron ajenos a los cambios y debates que introdujeron las Cortes de Cádiz, lo cual –como viéramos– significó un cambio político importante, sin contar con el hecho de que dos prominentes guayaquileños formaron parte de las discusiones en la península, tal es el caso de Vicente Rocafuerte y José Joaquín de Olmedo, quien luego se constituirá como uno de los líderes de la revolución. Al estar situada sobre la costa, los movimientos sobre el océano Pacífico también llamaron la atención de los guayaquileños, de hecho, la expedición que ingresó a la ciudad a cargo del Almirante Guillermo Brown fue combatida por el pueblo, desconociendo que tal incursión había sido organizada por la junta de Buenos Aires y que su objetivo era coadyuvar a la independencia. Por esas mismas aguas surcaron luego –en 1819– las expediciones de Juan Illingworth y del Almirante Cochrane, lo cual hizo sospechar que los españoles ya no controlaban las costas marítimas. Para 1820, los hechos y el clima de ideas, la circulación de libros, proclamas e impresos revolucionarios iban aumentando a medida en que se conocían los triunfos de Bolívar en Nueva Granada. Las experiencias de las ciudades revolucionarias eran conocidas y se debatían, con precaución, entre las élites. Aun a pesar de la vigilancia, la propaganda y noticias revolucionarias existían y se esparcían, con cautela, entre los sectores ilustrados.[121]
Si bien el férreo control que se ejerció desde el virreinato del Perú, sobre las ideas y sobre el territorio, protegieron a la ciudad de las consecuencias más funestas de la guerra, esto no quiere decir que Guayaquil no haya tenido que hacer esfuerzos para sostener la causa realista. En este sentido, en un plano más concreto y material, la reacción independentista de las élites estuvo también vinculada a los excesivos impuestos que desde Lima se les imponían a sus exportaciones, en un contexto que económicamente era complejo, no solo por la caída del precio internacional de cacao, sino también por el hecho de que varios de los puertos con los que la ciudad comerciaba ya se habían hecho independientes. Será esta situación de precariedad económica la que de alguna manera anime a los comerciantes y terratenientes a apoyar el movimiento independentista, destinado principalmente a poner un fin a la dominación del consulado de Lima y a recuperar el control del comercio.[122]
De esta manera, el 9 de octubre de 1820, un selecto grupo de guayaquileños que pertenecían a la élite social, en conjunto con tres oficiales venezolanos proclives a la independencia, que se encontraban de paso en la ciudad, en un movimiento clandestino que había sido organizado con premeditación aunque en ausencia de un liderazgo concreto, derrocarán a las autoridades españolas en el nombre de la patria.[123] Una vez lograda la deposición de los mandos coloniales –hecho que además se realizó prácticamente sin la utilización de violencia–, se convocará a un cabildo abierto donde se declarará la independencia y se constituirán las autoridades provisionales. A la par, se enviarán oficios a Quito y Cuenca para informar de los sucesos de la provincia y se despachará una goleta con la novedad y pedido de asistencia para el Almirante Cochrane y el General San Martín. Por otro lado, se organiza un ejército patriota, “la división protectora de Quito”, cuyo objetivo era defender la provincia de las fuerzas realistas que aún dominaban en el territorio quiteño y peruano y para también abrir cuanto antes la campaña sobre el interior. Unos días después se envía también un oficio al Libertador Bolívar para informar las noticias guayaquileñas y ofrecer la cooperación de la provincia en la lucha por la independencia. Cabe destacar que a diferencia de la misiva enviada a San Martín, esta no contenía una petición de ayuda.[124] Asimismo, se convoca a los pueblos del interior a remitir sus diputados para constituir una junta electoral cuyo objetivo era organizar el nuevo gobierno.
Tal como plantea Morelli, a partir de los sucesos guayaquileños podemos ver con claridad como se había consolidado la fragmentación del espacio territorial. Mientras los movimientos revolucionarios de 1809 y 1810 habían tenido lugar en las principales ciudades cabecera del reino, lo que se observa ahora, es la aparición de gobiernos autónomos en pequeñas ciudades que antes de la aplicación de la Constitución de Cádiz carecían de cabildo.[125] Este hecho, nos debe llamar la atención a la hora de analizar los modelos “integristas” y “centralizadores” de los movimientos emancipadores que llegan desde el norte y el sur, pero también de la capacidad de los guayaquileños de sostener su gobierno propio por un período de dos años, en el marco de las múltiples fragmentaciones territoriales y las tensiones entre los niveles provinciales y municipales.[126]
En este sentido, si bien los sucesos de Guayaquil se inician a partir de una dinámica de antiguo régimen, centrada en la institución capitular, pronto se amplía la participación política a las zonas rurales, que elegirán a sus representantes para el gobierno, en conjunto con las corporaciones urbanas. De esta manera, las élites guayaquileñas al reconocerle derechos políticos a las zonas rurales, parecen comprender que la cuestión territorial había cambiado, y que –en virtud de la fragmentación extrema– ningún gobierno podría sostenerse sin la participación de los pueblos.[127] Es así que de esta participación de todos los partidos del hinterland guayaquileño, se constituye la asamblea representativa que sanciona el denominado Reglamento Provisorio Constitucional de Guayaquil, texto fundamental que organizará el territorio durante los dos años posteriores a la revolución.
A partir de la lectura del acta del 9 de octubre de 1820 y de otros documentos posteriores, la cuestión de la “independencia” plantea algunos interrogantes. En este sentido, observamos que en ningún momento, a diferencia de los sucesos quiteños, se plantea fidelidad al Rey, ni se lo menciona, pero tampoco se establece claramente la ruptura con España, ni con la monarquía. La fórmula que se utiliza dice: “…que habiéndose declarado la independencia, por el voto general del pueblo…”, situación que se repite al momento de tomar juramento a los individuos convocados por el cabildo abierto. Allí encontramos: “…el referido señor Jefe Político, posesionado del empleo, recibió el juramento a todos los individuos de este Cuerpo, quienes juraron ser independientes, fieles a la Patria, y defenderla con todas las fuerzas que están a sus alcances…”.[128] De igual manera, si nos detenemos en el Reglamento Provisorio del 11 de noviembre de 1820 sucede lo mismo. El artículo 1 dice: “la provincia de Guayaquil es libre e independiente; su religión es la católica; su gobierno es electivo; y sus leyes las mismas que regían últimamente en cuanto no se opongan a la nueva forma de gobierno establecida”.[129] ¿En qué consistió entonces la independencia?
Los estudiosos del tema no coinciden en este asunto. De acuerdo con Roger Paul Davis, cuando menciona la constitución del cabildo abierto y luego de la asamblea provincial, en ambos casos, el autor sostiene que la ciudad de Guayaquil se declara “libre e independiente de España”.[130] Algo similar plantea Armando Martínez Garnica cuando sostiene que Guayaquil se adelanta a los hechos continentales y declara su independencia respecto de la monarquía.[131] No obstante, como se desprende de los documentos citados, esto no resulta del todo evidente. En este sentido, Morelli afirma que si bien no se reconoce al Rey como soberano legítimo del nuevo Estado, tampoco el documento es claro en relación a si la independencia es de España o de otras entidades políticas. La autora propone que es posible pensar que la provincia buscaba fundamentalmente liberarse de Lima, sobre todo de su dominio comercial, y del ahogo impositivo al cual estaba sometida.[132] En este sentido, Camilo Destruge –a propósito de la participación de peninsulares en la revolución americana–, plantea que el movimiento de insurrección no estuvo motivado por el odio a España, al contrario, sus causas estarían relacionadas con “…el régimen de un absolutismo que no se compadecía con las ideas modernas…”.[133] Por lo tanto, qué significó la independencia en 1820 es un tema de debate. Por un lado, la coyuntura en la cual se desarrollan los hechos nos permitiría pensar que efectivamente la liberación era de España, en tanto ya había varios movimientos que se habían separado de la madre patria, es el caso de la Nueva Granada bolivariana y también del Río del la Plata y Chile, de hecho, los guayaquileños reconocen en varios escritos la importancia de su gesta en el progreso de los eventos americanos en desarrollo. Sin embargo, el contexto también nos habilita a suponer –tal y como había sucedido en la ciudad de Quito– que lo que se buscaba era la autonomía completa de la ciudad, sin por ello negar la posibilidad de encontrar una fórmula política que permitiera el vínculo con otras entidades, incluida la península.[134] Si bien los textos de la independencia guayaquileña no mencionen específicamente donde se localiza la soberanía, es posible asumir que al dejar abierta la posibilidad de constituir una asociación con otros espacios, verosímilmente podríamos entender que lo que se buscaba era formar una confederación de cuerpos soberanos.[135] Esta posibilidad es significativa de cara a lo que plantea el artículo 2 del reglamento provisorio del 11 de noviembre cuando dice: “La Provincia de Guayaquil se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur”.[136] Martínez Garnica propone pensar que esta decisión estaría condicionada por quien ofreciera más por la autonomía experimentada en territorio guayaquileño bajo el ordenamiento gaditano.[137] Será finalmente esta situación el objeto de la controversia entre los dos libertadores.
Lo cierto es que lo que podemos observar en aquella coyuntura, y en función de la posible confederación, es que los miembros de la Junta Electoral tenían en cuenta que Guayaquil, como territorio histórica y legalmente vinculado a la Audiencia de Quito, ya había sido designada como parte del territorio colombiano bajo los términos de su Ley Fundamental. También estaban al tanto de que José de San Martín, y otros líderes peruanos, consideraban a Guayaquil como un componente del virreinato del Perú. Respecto a esta situación jurídica, la opinión en la provincia estaba dividida ya que había partidarios de la unión con el Perú y otros con Colombia. No obstante, también existía un importante sector que prefería la completa independencia de la provincia, así como una nada despreciable facción realista.[138]
Por lo pronto, los sucesos guayaquileños ayudarán a consolidar las victorias de los libertadores del continente. Tal como destaca José Villamil –uno de los precursores de la gesta de octubre– cuando resalta el rol que la revolución de la pequeña ciudad de Guayaquil desempeñó en la independencia Sudamericana:
[…] pero como indicar siquiera, que esa revolución ha sido inmediatamente seguida por la de todo el norte del Perú favorecida desde Paita, por una compañía del Batallón Numancia mandada por el Teniente Antonio de la Guerra; (después General) con lo que el General San Martín se halló de golpe al abrigo de todo peligro por esa parte, y que ha producido el sometimiento de Pasto que había sido inabordable hasta entonces y que tanta sangre había costado a Colombia.[139]
Funcionó, asimismo, como una especie de “estado tapón” entre los ejércitos de San Martín y Bolívar, que mientras la disputaban, también coincidían en que no sería posible para Guayaquil resistir como Estado independiente en medio de dos vecinos tan poderosos como Perú y Colombia. Finalmente, lo que observamos entre 1820 y 1822 es –una vez más– una disputa sobre el control del territorio, en la que el nuevo gobierno, junto a sus facciones internas, deberá lidiar diplomáticamente con dos fuerzas militares que alternativamente trataran de sacar “una declaración inequívoca del gobierno independiente sobre el futuro de la provincia”.[140]
Para julio de 1822, cuando ambos líderes se encuentren en esta ciudad, la disputa sobre su control se saldaría fácilmente. A Bolívar, que había llegado primero, lo asistía el derecho, aunque también estaba capacitado de hecho para lograr la incorporación, un Estado lo sostenía y sus fuerzas militares lo acompañaban para lograrlo. A pesar de que San Martín llegara en segundo lugar y ya no tuviese sentido discutir el status de Guayaquil, el proceso revolucionario abierto por ambos, debía llegar a una resolución, y tal situación ameritaba una conversación. Allí se decidiría el destino de la guerra, de los futuros Estados independientes y, como bien dijéramos, el de ambos libertadores.
Conclusión
Habiendo analizado los hechos que llevaron a los protagonistas hasta allí, su punto de intersección, y tomando como referencia la proclama de San Martín al anunciar públicamente la entrevista, se pueden apreciar los temas sobre los que hablarían, a saber: la cuestión de Guayaquil; los refuerzos para la terminación de la guerra y las ideas y proyectos sobre el orden político de posguerra. Tal como señala Mitre, no había en el mundo de la política sudamericana otros problemas que resolver, por consecuencia, debieron necesariamente ocuparse de ellos.[141]
Particularmente, si pensamos en Guayaquil y lo que en tal espacio territorial acontecía en términos políticos, ambos libertadores coincidían en que en el orden pos-revolucionario la ciudad – puerto no podría mantenerse como un Estado independiente. En efecto, cómo viéramos, su incorporación significaba para el Protector la actualización en esa nueva república de las dependencias militares, comerciales y fiscales del antiguo virreinato del Perú.[142] Para el Libertador “era una cuestión de poder, de vida nacional y de influencia americana”.[143] De hecho, para éste último, Quito sin Guayaquil era un territorio atrofiado, de manera que su posesión era condición de existencia para su gran república. La situación jurisdiccional, cómo viéramos, lo acompañaba de derecho –como así también sus fuerzas militares–. Sin embargo, hay que remarcar que esta visión “integradora” que ambos sostenían a nivel territorial, chocaba con las verdaderas costumbres locales, atravesadas como estaban por las antiguas tradiciones del reino, las importantes experiencias de autogobierno vividas a lo largo de la época colonial y la fragmentación de las soberanías producto de la crisis monárquica.[144] En este sentido, la mirada que uno y otro tienen sobre el territorio, con independencia de la política que buscaban imponer, no termina de captar la dimensión histórica que atravesaba a la identidad americana.[145]
De esta manera, habiendo explicado la trascendencia de Guayaquil como intersección de dos recorridos políticos, lo cual supone restituir a los personajes en el contexto histórico, se hace necesario avanzar sobre el modo en el que abordaremos el análisis del documento en el cual enuncian sus imaginarios sobre el orden. Esto nos permitirá comprender y comparar los pensamientos de San Martín y Bolívar en relación a la construcción de una nueva estatalidad. Es lo que haremos a continuación.
- John Lynch, San Martín. Ob. Cit., p. 199.↵
- Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, Editorial El Ateneo, 1ª ed., 3ª reimp., Buenos Aires, 2014, p. 556. ↵
- Ibid., pp. 521 – 522.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 192.↵
- Ibid., p. 198.↵
- Beatriz Bragoni, San Martín. Una biografía, Ob. Cit., p. 180.↵
- John Lynch, San Martín, Ob. Cit., p. 237.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 496.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., pp. 202 – 205.↵
- Ibid., p. 268.↵
- Ibid., p. 198.↵
- Ibid., p. 266.↵
- Ibid., p. 265.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 140.↵
- Beatriz Bragoni, San Martín. De soldado del Rey a héroe de la nación, Sudamericana, 1ª ed., Buenos Aires, 2010, p. 59.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 105.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 539.↵
- John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas 1808 – 1826, Ariel, 2ª ed., Barcelona, 1980, p. 209.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 868.↵
- David Bushnell, “Fuerzas integradoras y fuerzas desintegradoras en el contexto de las nuevas repúblicas”, en Germán Carrera Damas (ed.), Historia de América Latina. Crisis del régimen colonial e independencia, vol. 4, Universidad Andina Simón Bolívar, Libresa, Quito, 2013, pp. 334 – 336.↵
- David J. Cubitt, “Guerra y diplomacia en la república de Guayaquil 1820 – 1822”, en: Revista de historia de América, número 72, s/e, Julio – Diciembre de 1971, s/n.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., pp. 869 – 870.↵
- Ibid., p. 869.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 12.↵
- Beatriz Bragoni, San Martín. De soldado del Rey, Ob. Cit., p. 150.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 205.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 500.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., pp. 176 – 177.↵
- Waldo Ansaldi y Verónica Giordano, América Latina. La construcción del orden. De la colonia a la disolución de la dominación oligárquica, Ariel, 1ª ed., Buenos Aires, 2012, pp. 261 – 263.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., pp. 178 – 181.↵
- Waldo Ansaldi y Verónica Giordano, Ob. Cit., pp. 261 – 262.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 180.↵
- Waldo Ansaldi y Verónica Giordano, Ob. Cit. p. 261.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 194.↵
- Beatriz Bragoni, San Martín. Una biografía, Ob. Cit., p. 162.↵
- Ibid., p. 165.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 210.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 591.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 198.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 623.↵
- Waldo Ansaldi y Verónica Giordano, Ob. Cit., p. 263.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 240.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., pp. 628 – 629.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 244.↵
- Ibid., p. 219.↵
- Beatriz Bragoni, San Martín. Una biografía, pp. 171 – 172.↵
- Tulio Halperín Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Alianza, 7ª ed., 3ª reimp., Buenos Aires, 2011, p. 121.↵
- John Lynch, San Martin, Ob. Cit., p. 250.↵
- Ibid., pp. 220 – 222.↵
- Ibid., p. 226.↵
- Ibid., p. 237.↵
- Ibid., p. 280.↵
- Beatriz Bragoni, San Martín. Una biografía, Ob. Cit., p. 181.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 659.↵
- Tulio Halperín Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Ob. Cit., p. 121.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 680.↵
- Beatriz Bragoni, San Martín. Una biografía, Ob. Cit., p. 183.↵
- José de San Martín a Simón Bolívar, Lima, 3 de Marzo de 1822, carta sobre la situación de Guayaquil, en: Abel Romeo Castillo, selección, Documentos sobre la entrevista de Guayaquil, Ob. Cit., p. 15.↵
- Roger Paul Davis, El Ecuador en la Gran Colombia (1820 – 1830). Regionalismo, localismo y legitimidad en el nacimiento de una república andina, Banco Central del Ecuador, Quito, 2010, pp. 83 – 90.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., pp. 873 – 874.↵
- Roger Paul Davis, Ob. Cit., pp. 92 – 98.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 687 y 870.↵
- José de San Martín a Bolívar, Lima, 13 de julio de 1822, carta en vísperas de su viaje a Guayaquil, en: Abel Romeo Castillo, selección, Documentos sobre la entrevista de Guayaquil, Ob. Cit., p. 17.↵
- “Bando del General José de San Martín delegando el mando a José Bernardo Tagle, 19 de Enero de 1822”. En: https://shorturl.at/PV3MG.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 867.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida: La República de Colombia”, en: Historia de la primera república de Colombia, 1819 – 1831. “Decid Colombia sea y Colombia será”, Editorial Universidad del Rosario, Bogotá, 2019, xliv, EPUB, s/n.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 854 – 855.↵
- David Bushnell, Simón Bolívar. Hombre de Caracas, proyecto de América. Una biografía, Editorial Biblos, 1ª. ed., Buenos Aires, 2002, p. 107.↵
- John Lynch, Simón Bolivar, Crítica, Barcelona, 2006, p. 225.↵
- Ibid., p. 230.↵
- Ibid., pp. 226 – 228.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., pp. 857 – 859.↵
- Ibid., pp. 863.↵
- Simón Bolívar a José de San Martín, Cuartel general en Quito, 17 de junio de 1822, en: Abel Romeo Castillo, selección, Documentos sobre la entrevista de Guayaquil, Ob. Cit., p. 7.↵
- David Bushnell, Simón Bolívar, Ob. Cit., pp. 111 – 112.↵
- Simón Bolívar a José de San Martín, Cuartel General en Quito, 22 de junio de 1822, en: Abel Romeo Castillo, selección, Documentos sobre la entrevista de Guayaquil, Ob. Cit., pp. 8 – 10.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 230.↵
- David Bushnell, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 113.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 231.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 133.↵
- David Bushnell, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 74.↵
- Germán Carrera Damas, Venezuela proyecto nacional y poder social, 2º ed. Universidad de Los Andes Vicerrectorado Académico en coedición con el Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, Venezuela, 2006, pp.131 – 136.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 142 – 146.↵
- Ibid., p. 387.↵
- David Bushnell, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 84.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- Ibid., s/n.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 175.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- David J. Cubitt, Ob. Cit., p. 394.↵
- Roger Paul Davis, Ob. Cit., p. 52.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit., pp. 226 – 231.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- David Bushnell, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 102.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit. p. 226.↵
- David J. Cubbit, Ob. Cit., pp. 402 – 410.↵
- Ibid., p. 407.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n y David Bushnell, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 101.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- John Lynch, Simón Bolívar, Ob. Cit., p. 195.↵
- Roger Paul Davis, Ob. Cit., pp. 89 – 90.↵
- Ibid., p. 75.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 870.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 867.↵
- Ibid., pp. 866 – 871.↵
- Dora León y Adam Szászdi, El problema jurisdiccional de Guayaquil antes de la independencia, Separata de cuadernos de Historia y Arqueología, año XXI, N° 38, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas, Guayaquil, 1971, p. 15.↵
- Para profundizar en la importancia de Guayaquil y su puerto en el territorio de la Audiencia de Quito, al respecto, véase: María Luisa Laviana Cuetos, Guayaquil en el siglo XVIII. Recursos naturales y desarrollo económico, Archivo Histórico del Guayas, 2° edición, Guayaquil, 2002 y María Eugenia Chaves, “Guayaquil: un puerto colonial en los mares del sur, siglo XVIII”, en Procesos. Revista Ecuatoriana de Historia, 24, II semestre, Quito, 2006.↵
- Dora León y Adam Szászdi, Ob. Cit., p. 16.↵
- Carlos Contreras, El sector exportador de una economía colonial. La costa del Ecuador entre 1760 y 1820, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, sede Ecuador y Abya – Yala, Quito, 1990, pp. 26 – 39.↵
- Michael Hamerly, Historia social y económica de la antigua provincia de Guayaquil 1763 – 1842, Banco Central del Ecuador, 2° edición, Guayaquil, 1987, p. 37; Dora León y Adam Szászdi, Ob. Cit., pp. 90 – 97. Ver también: Jaime Rodríguez O., La revolución política durante la época de la independencia. El Reino de Quito, 1808 – 1822, Universidad Andina Simón Bolívar, Corporación Editora Nacional, Quito, 2006, p. 43.↵
- Jaime E. Rodríguez O., “De la fidelidad a la revolución: el proceso de la independencia de la Antigua Provincia de Guayaquil, 1809 – 1820”, en: Procesos, Revista Ecuatoriana de Historia, N° 21, Corporación Editora Nacional, Quito, 2004, pp. 40 – 41. Ver también: Carmen Dueñas S. de Anhalzer, Marqueses, cacaoteros y vecinos de Portoviejo (Cultura Política en la Presidencia de Quito), Universidad San Francisco de Quito y Editorial Abya – Yala, Quito, 1997, pp. 108 – 109.↵
- El proceso juntista quiteño tiene dos fechas fundamentales, el 10 de Agosto de 1809 y el 19 de Septiembre de 1810. En líneas generales, podemos afirmar que si bien ambas experiencias nacen de coyunturas diferentes, en las dos ocasiones, a pesar de guardar en común el hecho de que en ningún caso se plantea una ruptura con la monarquía, en tanto las mismas se constituyen como depósito de la soberanía del cautivo rey, la idea de la independencia presenta sentidos diferenciados. Es así que para 1809 el objetivo de los alzados era evitar que la Audiencia –que gozaba de un amplio margen de autonomía- caiga bajo influencia de Lima y Santa Fe; mientras que para 1810 lo que se propone evitar es la subordinación de la ciudad a la recientemente creada junta de Santa Fe, que reivindicaba su supremacía sobre todo el territorio de la Nueva Granada, al que la Audiencia –como viéramos- estaba adscripta desde 1739. Si bien se da con matices diferentes que van desde la imposición violenta hasta la búsqueda del consentimiento, tanto en 1809 como en 1810, las juntas quiteñas invitarán a las otras ciudades del territorio a conformar sus propias juntas y a subordinarse a la de la capital con la finalidad de reintegrar bajo su autoridad a todos los territorios que históricamente formaban parte de la Audiencia. Tal situación motivó la posterior conflictividad en torno al gobierno del territorio. Al respecto, véase: Federica Morelli, “Las declaraciones de la independencia en Ecuador: de una Audiencia a múltiples Estados”, en: Alfredo Ávila, Jordana Dym, Erika Pani (comps.) Las declaraciones de independencia. Los textos fundamentales de las independencias hispanoamericanas, Colegio de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, 2013, pp. 135 – 154 y Federica Morelli, Territorio o nación, Ob. Cit., pp. 71 – 77.↵
- Alejandra Sevilla, “Al mejor servicio del rey.”, Ob. Cit., pp. 217 – 230.↵
- Federica Morelli, Territorio o nación, Ob. Cit., p. 216.↵
- Jaime Rodríguez O., La revolución política en la época de la independencia, Ob. Cit., pp. 39 – 60.↵
- Ibid., p. 192.↵
- Alejandra Sevilla, “Al mejor servicio del Rey”, Ob. Cit., pp. 291 – 302.↵
- Camilo Destruge, Historia de la Revolución de Octubre y Campaña Libertadora de 1820 – 1822, Programa Editorial de la Muy Ilustre Municipalidad de Guayaquil, reeditado en Julio de 2011, pp. 121 – 151, José Villamil, “Reseña de los acontecimientos políticos y militares de la provincia de Guayaquil, desde 1813 hasta 1824, inclusive”, en: Abel Romeo Castillo (selección), La independencia de Guayaquil. 9 de Octubre de 1820, Banco Central del Ecuador, 1983, pp. 7 – 11, Roger Paul Davis, Ob. Cit., pp. 31 – 32.↵
- Federica Morelli, Territorio o Nación, Ob. Cit., pp. 73 – 74. Ver también: Jaime E. Rodríguez O., “De la fidelidad a la revolución”, Ob. Cit., pp. 81 – 82, Carmen Dueñas de Anhalzer, Ob. Cit., pp. 159 – 163, Michael Hamerly, Ob. Cit., pp. 124 – 131.↵
- Camilo Destruge, Ob. Cit. pp. 163 – 182, José Villamil, Ob. Cit. pp. 11 – 20, Roger Paul Davis, Ob. Cit., p. 32.↵
- Roger Paul Davis, Ob. Cit., p. 51.↵
- Federica Morelli señala que la independencia de Guayaquil desencadenó otros movimientos autonomistas como los de Cuenca, Latacunga, Machachi, Riobamba, Ambato y Alausí –estas dos últimas ciudades habían logrado tener cabildo propio luego de la aplicación de la Constitución de Cádiz-. Salvo el gobierno autónomo de Cuenca, que resistirá 2 meses, en todos los casos estas experiencias serán vencidas prontamente por las tropas realistas. Al respecto, véase: Territorio o Nación, Ob. Cit., pp. 75 – 77.↵
- Federica Morelli, Territorio o Nación, Ob. Cit., pp. 75 – 77.↵
- Ibid., pp. 211 – 213.↵
- Camilo Destruge, Ob. Cit., pp. 184 – 185.↵
- Reglamento provisorio constitucional de Guayaquil aprobado por la junta electoral de la provincia, en: Alberto Montalvo Landín, La independencia de Guayaquil y su aporte al constitucionalismo ecuatoriano, Publicación del Programa Editorial de la Muy Ilustre Municipalidad de Santiago de Guayaquil, primera edición, 2014, p. 16.↵
- Roger Paul Davis, Ob. Cit., pp. 34 – 37.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- Federica Morelli, Territorio o Nación, Ob. Cit., p. 74.↵
- Camilo Destruge, Ob. Cit., p. 168.↵
- La propuesta del Pacto solemne de sociedad y unión entre las Provincias que forman el Estado de Quito, texto que finalmente no llegó a aplicarse como consecuencia de la irrupción de las tropas peruanas a finales de 1812, presenta elementos originales pues se propone poner en práctica una “república confederal” en el seno de la monarquía. Allí entramos una noción plural de soberanía, la idea de pacto, el consentimiento, la república y la monarquía como formas de gobierno compatibles y la noción de confederación, entre otros. Al respecto, véase: Federica Morelli, “Quito en 1810: la búsqueda de un nuevo proyecto político”, en Historia y Política, núm. 24, Centro de Estudios Político y Constitucionales, Madrid, julio – diciembre 2010, pp. 124 – 137. Ver también: Federica Morelli, Territorio o nación, Ob. Cit., pp. 47 – 58.↵
- Federica Morelli, Territorio o Nación, Ob. Cit., p. 74.↵
- Reglamento provisorio constitucional de Guayaquil aprobado por la junta electoral de la provincia, Ob. Cit., p. 16.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- Roger Paul Davis, Ob. Cit. pp. 37 y 60 – 61. Ver también: Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida” Ob. Cit., s/n.↵
- José Villamil, Ob. Cit., p. 35.↵
- David J. Cubitt, Ob. Cit., p. 395 – 396.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 866 – 867.↵
- Armando Martínez Garnica, “La ambición política restringida”, Ob. Cit., s/n.↵
- Bartolomé Mitre, Ob. Cit., p. 872.↵
- David Bushnell, “Fuerzas integradoras y fuerzas desintegradoras…”, Ob. Cit., p. 334 – 336.↵
- Federica Morelli, Territorio o Nación, Ob. Cit., p. 88.↵






