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Conclusiones finales

El estudio del diálogo presentado en el documento de José Gabriel Pérez, secretario de Bolívar, respecto de la única entrevista que San Martín y el Libertador llevaron a cabo en julio de 1822 nos permitió, después de mucho tiempo, poner nueva luz sobre el famoso y singular encuentro de Guayaquil.  Lo primero que hay que mencionar, es que el análisis del contexto nos facilitó situarnos claramente en el diálogo y disipar cualquier misterio posible surgido de la escasa documentación disponible al respecto.  Tal como emana de la reconstrucción del itinerario que los acerca a su punto de intersección y de la proclama de San Martín cuando anuncia que deja el escenario peruano para encontrarse con Bolívar, podemos establecer que, más allá de las incertidumbres que siempre rodean a toda negociación política, los temas de discusión eran la cuestión de Guayaquil, la terminación de la Guerra y la estabilidad del nuevo orden independiente. Es esto lo que efectivamente aparece planteado en la misiva del secretario del Libertador al mariscal Sucre, no habiendo aquí ninguna controversia respecto de lo acontecido. Lo que podría permanecer como interrogante se vincula a la polémica carta Lafond y al hecho de que San Martín, según Pérez, parece no haber solicitado por parte de Bolívar una ayuda contundente para finalizar la guerra. Sin embargo, existen otros documentos al respecto, como la carta del Protector al General Guillermo Miller, fechada el 19 de abril de 1827, o incluso, la misiva que intercambió con el Mariscal Ramón Castilla, del 11 de septiembre de 1848, donde se confirmaría que el objeto de su entrevista con Bolívar era reclamarle al Libertador auxilios masivos para terminar con el conflicto por la independencia en el Perú.[1] Desde esta perspectiva restaría comprender por qué omite su posición monárquica cada vez que se refiere a su encuentro con el Libertador.   

En segundo lugar, se hace necesario reconocer la cuestión territorial. La nación, concepto político fundamental que no es el centro de esta investigación, pero que necesariamente es colindante con nuestro objeto de estudio, no logra establecerse aquí en su sentido abstracto y moderno, como sujeto colectivo de imputación soberana. Si bien es cierto que ambos libertadores venían a proponer la idea de una soberanía nacional, uno centrándose en las diversas secciones americanas, entregadas a su propio destino una vez liberadas; y el otro buscando crear una gran república que absorbía tres espacios políticos vinculados administrativamente, pero distintos en términos de los usos y costumbres históricos; lo que observamos son justamente las dificultades que tuvieron para darle legitimidad a un nuevo poder centrado en la idea de la unidad territorial y política.  En este sentido, el gran éxito de nuestros protagonistas radica en el hecho de haber sido grandes directores de la guerra y de haber conseguido el fin del dominio español sobre América, sin embargo, su mirada respecto de la organización de las nuevas unidades políticas en el territorio ahora independiente puede ser puesta en duda.  Como viéramos, hay una serie de elementos tales como el carácter compuesto de la monarquía española, la emergencia de las soberanías territoriales o plurales frente a la crisis de la corona, incluso la multiplicación de los ayuntamientos constitucionales en aquellos territorios leales donde se aplicó la constitución de Cádiz, que nos muestran la complejidad de un territorio atravesado por una dimensión histórica cuyo peso marcará el ritmo de un conflicto político que ni San Martín ni Bolívar podrán resolver, pues persistirá aún después de su desaparición como protagonistas del teatro político americano.  En efecto, lo territorial continuará siendo un problema, y las pretensiones de dominio de aquellos que invocaban a la nación como fundamento de una nueva institucionalidad, solo logrará estabilizarse hacia finales del siglo XIX.  De este modo, podemos decir que los abordajes locales o municipales en lo que refiere al conocimiento del espacio territorial americano resultan muy relevantes para comprender la complejidad de las guerras por la independencia, los conflictos políticos que se derivan de las mismas, los actores sociales y políticos más gravitantes en aquellos escenarios y su peso específico en la construcción del nuevo orden independiente; más allá de los grandes liderazgos que cierto tipo de historia nacional ha construido en torno a este proceso que venimos analizando.

Por otro lado, la historia conceptual nos permitió conocer el aparato conceptual disponible para la época y abordar la complejidad de las formaciones discursivas de los agentes, adentrándonos en los horizontes de sentido desde donde se construyen las expectativas futuras, a la vez que nos previnieron de proyectar nuestro aparato conceptual del presente al pasado bajo estudio. Asimismo, al recuperar los lenguajes políticos, observamos los conceptos y sus posibilidades (siempre inciertas y contingentes) en determinado contexto de enunciación, disponibles para brindar inteligibilidad a las acciones políticas de los actores, fungiendo como límite, pero también como principio articulador de lo nuevo.  En este sentido, al abordar el documento de Pérez desde esta perspectiva, hemos podido profundizar en primer lugar, en la mirada política de San Martín, aquella que había quedado silenciada como consecuencia de la fabricación del mito nacional argentino, lo que ocluyó su posición monárquica.  En segundo lugar, lo anterior nos permitió comparar el monarquismo de San Martín con el republicanismo explícito de Bolívar.  Tal ejercicio resultó ser superador de las diferencias que se construyeron entre estos dos principales personajes de nuestra historia, ya que nos puso frente a una serie de dilemas comunes que intentaron resolver, y que más allá de las opciones monárquicas o republicanas a las que adscribieron, nos mostraron grandes convergencias en su pensamiento político.  

De esta forma, podemos decir que en su búsqueda por constituir un nuevo orden,  ambos coinciden que el ejercicio de la soberanía debe ser de carácter nacional, estando el poder político centralizado en un gobierno de tipo unitario y con un poder ejecutivo fuerte.  Asimismo, la participación política debería estar reducida a unos sectores muy limitados de la ciudadanía, pues veían en los pueblos libertados la fuente de la anarquía que podría poner en peligro la nueva condición soberana recientemente adquirida.  Con todo, frente a este diagnóstico de situación compartido, ambos acudirán a dos conceptos políticos que suponen opciones políticas distintas, la monarquía y la república.  Sin embargo, cuando nos adentramos en el análisis conceptual, poniendo estos términos en un contexto de cambio histórico donde es posible reconocer su “incompletitud constitutiva” –como diría Palti–, accediendo a su contenido semántico y observando como ese material es utilizado por nuestros actores en una particular situación de elocución, aparecen nuevas convergencias.  Fundamentalmente encontramos que la propuesta monárquica de San Martín presenta vasos comunicantes con los imaginarios republicanos, pues reconoce el valor de la libertad, el ejercicio de los derechos y deberes ciudadanos, referencias ineludibles en el contexto revolucionario, con lo cual la monarquía que proyecta no puede ser simplemente una reedición de la anteriormente conocida.  A su vez, en la propuesta republicana de Bolívar, se plantea la construcción de una dominación de uno sobre todos, la limitación de la libertad política de la ciudadanía, la “republicanización” de la herencia y la institucionalización (como consecuencia no deseada) del privilegio de una suerte de nobleza republicana, con lo cual, se observa como en su posicionamiento gravitan aún los imaginarios monárquicos.  Por otro lado, es particularmente perceptible en el caso de ambos libertadores la influencia del absolutismo borbónico, cuya forma de ejercicio del poder, resultó operativa para resolver los dilemas que les presentaba la coyuntura revolucionaria.  En este sentido, se puede concluir que estamos frente a la cohabitación y superposición de imaginarios políticos, que poniendo a disposición de los actores un universo de símbolos, lenguajes y léxicos, permitió que estos últimos fueran resignificados, resemantizados y que adquirieran una nueva valencia en el proceso de institucionalización de un nuevo orden político; a la par que nos permiten reconocer puntos de contacto entre dos propuestas que, en principio, parecen contrapuestas. 

Por último, al situarse nuestros protagonistas sobre el final de la guerra por la independencia, y en tanto líderes de una revolución que atravesó toda la América meridional, entendemos que el diálogo que mantuvieron en su encuentro en Guayaquil –desde la perspectiva de Pérez– es una discusión respecto de los caminos a seguir para refundar el sistema de dominación.  De este modo, sociológicamente hablando, podemos decir que San Martín y Bolívar están discutiendo en torno al concepto de orden.  En este sentido, las opciones monárquicas y republicanas suponen dos estrategias simbólicas distintas con iguales pretensiones de legitimidad.  En el caso de San Martín, desde una posición más cauta, se servirá del sistema simbólico – representativo sobre el cual se asentó la política anterior a la revolución, refugiándose en la centralidad del rey.  De este modo, plantea una reivindicación directa de la figura regia y su significante frente a la atomización política observada en el contexto americano y la carencia de liderazgos locales que pudieran sostener la institucionalización de una nueva autoridad y la necesidad de su obediencia.  Básicamente, buscó recrear la mística generada en torno a la figura del monarca y al afecto que los hombres sentían respecto de las tradiciones políticas regias.  Por el contrario, la propuesta de Bolívar era más audaz, pues apostó por producir un nuevo sistema simbólico reivindicando la república. Si bien su proyecto presupone el ejercicio de un poder ejecutivo fuerte, con potestades  similares a las que se le atribuían a los reyes, no hay que confundirlo con una monarquía, porque su objetivo era la construcción de un nuevo amor político por las leyes, las autoridades constitucionalmente instituidas y centrado en la virtud de quienes mandan en nombre del bien común republicano.  

Finalmente, más allá de las diferencias en este aspecto, hay una coincidencia en su estrategia para estabilizar la revolución, pues ya sea la monarquía o la república, los dos apelan al corazón de los hombres que pretenden dominar, intentando instituir un nuevo amor político. En este sentido, y a la luz de los eventos posteriores a su encuentro, hay que reconocer que ninguno de los dos logró conquistarlos.  


  1. José de San Martín al General Guillermo Miller, Bruselas, 19 de abril de 1827 y José de San Martín al Mariscal Ramón Castilla, Boulogne – sur – Mer, 11 de septiembre de 1848, en: Abel Romeo Castillo, selección, Documentos sobre la entrevista de Guayaquil, Ob. Cit., pp. 85 – 86 y 88 – 89.


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