Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Conclusiones

Vencer los prejuicios fue un desafío importante para la conclusión exitosa de esta tesis. Es casi inevitable que, si alguien escucha la palabra quidditch, automáticamente piense en HP, y luego en algo infantil e inmaduro. La web presenta un registro preciso de esto: todavía pueden encontrarse en YouTube videos donde transeúntes graban y se burlan de los jugadores argentinos. Aun hoy, a 14 años del comienzo de la institucionalización de esta práctica, los comentarios de los usuarios virtuales que aparecen en las notas que les hacen los medios a estos deportistas están cargados de odio, subestimación y hasta dudas sobre su salud mental. Parte de este estigma, sin la connotación insultante del caso, lo viví como autor: no fue fácil presentar este objeto de estudio en jornadas, materias y charlas con colegas. ¡Qué difícil debe haber sido para organizadores y docentes colocarme en alguna mesa, en un orden de expositor o simplemente asesorarme en un seminario! ¡cuántas revistas de deporte rechazaron sin más algún trabajo solo al ver el nombre del objeto!

Con la apertura necesaria, me di cuenta de que estos jugadores trabajan, se reciben, se enamoran, toman vino con Fanta (y a veces invitan), militan en política y ¡hasta pueden sentir pasión por el fútbol! Este acercamiento fue clave para lograr ir más allá de la influyente imagen estereotípica del fan que narraban Jenkins (1992) y Jensen (1992) en sus trabajos, y poder efectivamente realizar este trabajo. Al conocer a estas personas pude comprender que los practicantes de quidditch en Argentina portan una lógica muy singular cuyas puertas, entre disputas, conflictos y deseo de gloria deportiva, abrieron para mí. Creo haber hecho justicia en hacer lo que ellos suelen reclamar: que se los tome con seriedad.

Precisamente, la idea de seriedad aparece como una constante en la tesis y en el campo, donde estuvo presente hasta el final. Pero la relevancia de esta noción no me llevó a creer que los jugadores aspirasen (¿todavía?) a aproximarse a una imagen de deportista profesional de elite. Por el contrario, los entrenamientos de equipo suelen comenzar más tarde porque muchos jugadores llegan trasnochados. La droga y el alcohol no son factores desconocidos por los jugadores, ni siquiera en cercanías al momento de la actividad física. Una imagen que se me aparece al referirme a esto es la de mi llegada al predio del torneo de Mar del Plata mencionado en el cuarto capítulo. Al ingresar al sitio, me encontré con una cantidad enorme de botellas de cerveza al lado de la parrilla, colchones en la cancha, jugadores sin dormir y otros que venían de fiesta del centro de la ciudad.

La idea de seriedad refiere a otra cosa y es analizada en el segundo capítulo, el que da comienzo al abordaje del estudio propiamente dicho. Encontrar el funcionamiento de esta categoría, su sentido y circulación me puso frente uno de los desafíos enunciados al comienzo del texto: lidiar con el elevado nivel de conflictividad interna de este deporte. Como en toda forma de sociabilidad, los acuerdos y desacuerdos están condimentados por un componente personal. Al igual que en cualquier grupo humano, los egos, los intereses, las pasiones, las amistades y los amores marcan a fuego a estos deportistas. Una jugadora me dijo una vez: “Creo que te había dicho mi teoría del quilombo: la comunidad del quidditch coge demasiado entre sí”. La tarea, no sencilla, era lograr ver que subyacía a lo que los nativos llaman bardo y puterío, para poder delinear una breve historia de la actividad estudiada, en donde esta seriedad “aspiracional” emergió en todo momento. En caso de no conseguir esto, el riesgo era transformar ese capítulo en un anecdotario o fundirse partidistamente en el relato nativo. Por eso me pregunté: ¿qué expresa todo esto? ¿qué se pone en juego aquí?

Creo haber demostrado en esta parte de la tesis que la larga lista de conflictos (solo presenté los más significativos), de idas y venidas, da cuenta de una disputa en torno a qué es el quidditch y, más precisamente, a su proceso de institucionalización, parte fundamental de la llamada profesionalización de la práctica. Recordemos que según Nelson Sable “El quidditch se volvió más serio y la gente ya quería otra cosa. Tomarlo como un deporte real” (N. Sable, comunicación personal, 17 de mayo de 2021). En este sentido, Elias y Dunning (1992) afirman que la desaparición progresiva del elemento lúdico de las prácticas está acompañada de un aumento de la rigurosidad, la disciplina y la competición, características explícitamente evitadas por la primera versión del CHP. ¿Acaso estos rasgos no han ido apareciendo a lo largo del trabajo en forma dicotómica? ¿lo informal/lúdico, propio del universo de los fans de la saga, contrapuesto a estos elementos señalados por los autores? ¿qué es sino la creciente complejidad del ente regulador y los equipos? En el fondo, lo que parece subyacer aquí es el gradual final del “deporte por el deporte mismo”, de las actitudes, valores y estructuras del deporte como afición promovidos por Silvia Flores, los que están siendo reemplazados por la búsqueda de la seriedad. En esta categoría nativa puede sintetizarse también la tentativa de separación respecto a la saga y sus fans, en tanto motor de la salida de muchos de los primigenios participantes provenientes de ese ámbito. En torno a la misma, relacionada al uso de la fuerza, la competición y el desarrollo/reconocimiento de la asociación, debe leerse asimismo la tensión entre lo local y lo global, siendo este último factor el que se le asimila. La pregunta aquí fue por las tareas, desafíos y tensiones que se manifestaron en torno a la adecuación del quidditch nacional (preexistente) a los estándares globales.

Hallamos una idea de “autenticidad” similar a la planteada por Thorpe (2009) en el deporte alternativo en vías de institucionalizarse: el deporte “de amigos” (lo “auténtico”, originario) que estaría desvaneciéndose ante la creciente institucionalización y estandarización del reglamento de acuerdo a pautas globales; una práctica original que cedería terreno en favor de la seriedad. Y, al igual que en aquel caso del windsurf estadounidense estudiado por la autora, ciertos practicantes hasta hace poco aun defendían aquellos valores “primigenios” frente al cambio (Thorpe y Wheaton, 2011). Todavía encontraban en la situación intersticios para ello, haciendo que la totalidad del proceso estudiado en este parte de la tesis no implique solo una ruptura con el pasado, sino también una búsqueda de continuidades, marcando la agencia de los deportistas. La disputa por la definición de la práctica implicó la toma de control del quidditch por parte de los jugadores, a lo que aspiran típicamente los deportes alternativos (Jarvie, 2006). Esto no logró evitar conflictos. Solo dio un nuevo marco a los que se daban en torno al reglamento y la naturaleza del proceso de institucionalización, un rasgo característico del deporte convencional. De aquí también el carácter polisémico de la violencia, cuyos virajes y dominancias se amoldaron al derrotero que atravesaba la práctica para el momento de mi investigación.[1]

Este capítulo también postulaba inicialmente la existencia de una relación observada por los clásicos de la sociología del deporte: una progresión hacia la reducción de la violencia contemplada y aceptada que se desarrollaba al calor de la institucionalización. Por el contrario, lo tratado aquí evidencia una evolución diferente de la formulada por Elias y Dunning (1992); los “umbrales de tolerancia de la violencia” aparecieron como variables a lo largo de la historia de la práctica estudiada. Si aquellos autores observaban un desarrollo tendiente a un aumento en el control de la fuerza desde los juegos populares del mundo precapitalista hasta el deporte moderno, en nuestro caso no se observa lo mismo. El control de la misma fue importante a comienzos de la práctica y, en la medida en que esta se institucionalizó, fue menguando, aunque sin dejar de realizarse ajustes en este sentido. Globalmente, el quidditch del CHP es mucho menos violento que la versión con la que me encontré al momento de mi llegada al campo.

En el tercer capítulo nos involucramos con una cuestión fundamental: la relación del quidditch con HP, en un contexto de proclamada escisión respecto de esta saga y sus seguidores. Es que, hasta esta etapa de la tesis, la intersección temática que establecimos en la introducción y en el primer capítulo se inclinaba más hacia los estudios sociales del deporte. Sin embargo, aunque las preguntas e intereses que orientan globalmente a esta tesis pertenecen, como podría esperarse, mayormente a dicho campo, no podemos ignorar que la actualidad proveyó de los elementos más significativos para desarrollar este capítulo. La saga y sus fans demostraron estar bien presentes en un contexto que podría ser entendido como adverso, de alejamiento formal.

Trabajando con la llamada conciencia mítica, Gusdorf (1960) afirma que los ritos tienen un sentido de apuntar hacia la integridad perdida, una intención restitutiva y de retorno al equilibrio del universo, ante la trasgresión del orden natural por parte del hombre y la acción del cambio. Implican la repetición de los actos esenciales originales y pretenden actualizar los “hechos primordiales” del grupo. Es mediante esta reiteración que se vuelve al orden. Una liturgia de repetición que no es vista como monotonía, sino como una creación continuada. Una escenificación de lo que se cree, que busca revivir y retomar esa “energía originaria” que ordena a los hombres.

En los temas abordados en este capítulo aparece esta voluntad restitutiva señalada por el autor. Aunque partía de una pregunta por el abandono y la separación, el abordaje evidencia más bien la persistencia y la recreación contemporáneas de un vínculo. Pese a que la proclamada escisión respecto a un universo inicial donde se “recreaba” Hogwarts fue uno de los objetivos de la FAQ, ¿con qué otras claves sino podemos entender la conservación de las convenciones de fans en tanto espacio de sociabilidad, encuentro y reclutamiento, manifestación del papel estructural de la saga en el quidditch? ¿y el apego por las casas que profesan algunos jugadores? ¿qué decir del hecho de que en los reglamentos mencionados se conserve la referencia a escobas cuando se trata de tubos de PVC? ¿y las salidas en grupo a ver una película de la saga? ¿los concursos de preguntas y respuestas por casas? ¿o el uso estratégico de la identificación fan bajo ciertas condiciones por parte de los practicantes?

Este retorno también podría observarse en la cuestión del cambio de nombre ya que, aunque esta acción puede inscribirse en una perspectiva de alejamiento del universo de la saga, su aplicación práctica sigue dejando matices para que esta relación sea recreada de forma permanente. El deseo de seguir aprovechando las convenciones, la imagen de la AQArg “aferrándose” a la vieja denominación hasta el final y aquel pronóstico de Jesica Soler de que van a poder “seguir explotando el fandom” son un buen ejemplo de ello. Así, esta “vuelta al origen” de la que hablaba Gusdorf, parece manifestarse incluso en las condiciones actuales, ya bajo el nombre de quadball. Estas no solo están marcadas por los límites del régimen de propiedad privada (analizados a través de la noción de prosumo), sino por las propias acciones de los actores, quienes crean a su vez mecanismos discursivos y prácticos con el fin de exaltar la seriedad y violencia de este deporte. Y en este mismo acto alejan del mismo tanto al nicho original como a quienes defendían los sentidos derivados del mismo. Este último hallazgo permite matizar la tesis de Cohen et al. (2014) acerca del carácter inclusivo del quidditch, al establecer los argentinos estrategias para alejar a los fans, que según el autor encontrarían en esta práctica la posibilidad de desarrollar actividad física.

Lo tratado en esta parte de la tesis adquiere su dimensión al considerar el contexto histórico particular en que se sitúa el trabajo: una creciente atención por parte de la industria cultural hacia los fans. En este sentido, al explorar y tensionar hasta el final esta relación, creo haber puesto de manifiesto los límites de esta presunta democratización de la participación y la potencia de la estructura en el margen de acción de los practicantes.

El siguiente capítulo, el cuarto, establece claros vasos comunicantes con lo tratado hasta el momento. Partimos allí del análisis de las distintas interpretaciones acerca de la obra de Rowling para comprender la singular estructuración de esta práctica: un deporte mixto que establece un cupo de género, el cual respeta la autopercepción identitaria de los participantes y está contra toda forma de discriminación. Las visiones dominantes en este ámbito acerca de HP conforman una lógica propia de esta saga que impregna el deporte, movilizando significados particulares que se transforman en un lenguaje compartido y una fuente de ideas que se ponen en movimiento. Aquella perspectiva es tan fuerte que no solo rige al deporte, sino que hasta puede hacer crujir sus cimientos, como en el boicot al mundial 2020.

Son los jugadores-fans, tanto en su rol fundacional con el CHP como en el presente, quienes vehiculizaron aquella lógica, un vínculo con la literatura cargado de interpretaciones propias. La inserción de este aspecto hecha luz sobre el cambio de nombre, donde esto se vuelve evidente. La totalidad del proceso aparece ahora cargada de una lógica, la ética del fandom, que dio lugar a una singular situación: en un mismo movimiento, el deporte rompía con aquel universo fantástico cambiando su nombre, ¡pero invocando los valores que deriva del mismo![2] ¡He aquí otra muestra contundente de la persistencia de la saga, de aquel retorno que mencionaba Gusdorf!

El rol determinante de esta apropiación para el juego mixto y la organización institucional entrelazó las preguntas propias del área de los fan studies con las del universo deportivo. En este último aspecto, pudimos observar cómo, en el marco de un intento de asemejarse a los deportes convencionales, el quidditch no redujo el alcance de su Regla de Género, sino que su evolución histórica muestra una superación del binarismo y una ampliación del tamaño del cupo.

Al desarrollar los hallazgos y la perspectiva nativa respecto a la mixtura, emergieron las contradicciones y límites de la propuesta, con la reproducción de los tradicionales sentidos binarios del universo deportivo. Lejos de invalidarla, debemos destacar lo señalado por Martínková, (2020): con sus particularidades, estas modalidades mixtas habilitan interacciones sobre las que una comunidad puede reflexionar (como hace la MGD) y, eventualmente, cambiar actitudes. Poniendo el foco en el conflicto, encontramos que existen practicantes que no acuerdan con la perspectiva y valores de la ética del fandom que definen los términos de lo inclusivo. Debe entenderse esta tensión y disputas en tanto expresión de la intervención de distintas fuerzas sociales y luchas en el deporte (Hargreaves, 1993). La visión que debió ser defendida con acciones conscientes, enfrentó burlas, incomprensión y formas de resistencia más sutiles, como negarse a hacer el curso de arbitraje mientras el reglamento esté escrito en lenguaje inclusivo, manifestando incluso temor a ser funados[3] en caso de plantear su discrepancia. Esto expresa una clara tensión en torno a la idea de inclusión, espacio donde intervino la MGD, en su intento de realizar la misión institucional de IQA

Una teoría muy difundida entre los practicantes señala al crecimiento de este deporte como un peligro, ya que haría que este se “mezcle con la hegemonía social que intentamos evitar” (G. Casas, comunicación personal, 29 de agosto de 2020). Es decir, con aquellos que “fueron socializados en otro ámbito” y no están al tanto del “cambio de paradigma”: el piso común de ideas que se expresó en el taller comentado en ese capítulo. Esta perspectiva es comparable a lo que señala Segrave (2021) para el quidditch estadounidense, cuyo crecimiento acercaría a los atletas varones “tradicionales”, quienes priorizarían el éxito competitivo y la performance física por sobre los valores inclusivos. Ello daría forma a una contienda entre la participación e inclusividad por un lado, y la búsqueda de seriedad y el triunfo por el otro, estimulando la circulación de viejos estereotipos de género-deporte. Para Guido Casas y para Segrave, el factor externo daría pie a este desafío, siendo el propio deporte un espacio en que per se esto no podría suceder.

Algunos problemas pueden mencionarse al reflexionar acerca de esta hipótesis nativa. Si bien es cierto que en el quidditch argentino opera una tendencia hacia el desaficionismo, el fin de lo lúdico en favor de la seriedad, lejos está hoy nuestro objeto de estudio de encontrarse en un período de crecimiento. Tampoco se observa en él un rasgo propio de dicha tendencia: la búsqueda del modo de romper las reglas para ganar (Dunning, 1992): no se han registrado casos de quejas oficiales de abuso de la Regla de Cuatro en competiciones locales. Además, gran parte de los casos de violencia y discriminación involucraron a practicantes con mucha antigüedad en la práctica, con el tiempo suficiente para “incorporar” el “paradigma”. Afirmar sin más su supuesto desconocimiento de los valores de la ética del fandom es problemático, puesto que también la mayoría (sin distinción de género) de los que cuestionan estos valores fueron/son participantes del CHP o espacios afines. Por eso, es importante recordar que la condición de fan implica distintos grados de compromiso o adhesión, no está exenta de contradicciones y realiza una apropiación indeterminada del objeto de fanatismo (Borda, 2015).

Hasta aquí la tesis se había encargado de profundizar al detalle una serie de aspectos seleccionados con el fin de abordar al quidditch en tanto deporte alternativo: su proceso de institucionalización, la construcción de comunidades con fuertes sentidos de identificación (HP) y la cuestión de género. En el quinto capítulo pretendí abordar de lleno la hipótesis propuesta en la introducción, la cual postulaba que, en la medida en que la profesionalización del quidditch argentino avanza, los rasgos que hacen de él un deporte alternativo tenderán a desaparecer o ser dejados de lado. Esto no es otra cosa que preguntarse por el cambio y sus consecuencias ¿a qué deberán renunciar los practicantes para conseguir su incorporación al llamado mainstream?

La agencia de los actores fue fundamental en lo analizado aquí. No se trataba solamente de tomar los rasgos de cada tipo de deporte, sino más bien de dar cuenta del accionar de los practicantes, iluminando su análisis a través de las mencionadas conceptualizaciones. ¿Hacia dónde va el quidditch? ¿qué proyecta para sí? Fue la consideración de esta agencia la que permitió matizar el carácter alternativo (Jarvie, 2006) de este deporte: ella expresa una voluntad manifiesta, en muchos casos inconclusa, de transformar y reconfigurar muchos de sus aspectos distintivos. El deseo consciente de ser parte del mainstream, de vencer el estigma del fan, que incluye transformaciones de distinta naturaleza (como la institucionalización), es uno de los múltiples aspectos trabajados en otros capítulos que subyace a mucho de lo analizado en el quinto. Pero la erosión deliberada de los rasgos que impiden esta transformación convive con el deseo de conservar otros atributos vistos como deseables, que no son dejados de lado. Entre ellos todo lo relativo al género, que encuentra todavía un terreno firme, al igual que la persistencia de la influencia de la saga en tanto comunidad con sentidos particulares y ordenadores. Por estos motivos, la hipótesis formulada en la introducción no se cumple del todo.

La pregunta por el destino del quidditch es formulada también por los jugadores. Si bien es cierto que, por su escaso desarrollo en Argentina, parece una cuestión lejana, algunos practicantes comienzan a proyectar el futuro de la actividad. Micaela Solá, una de las pioneras argentinas, reflexionó:

El día que alguien vea un negocio ahí no va a haber manera de pararlo. Es algo que llama la atención, pero por más que busques cambiarlo, hay cosas que no vas a cambiar, por más que te integres al mainstream. Lo del género no lo vas a poder modificar. Va a seguir siendo un deporte mixto obligatoriamente, uno que acepte a las personas por cómo se autoperciban, porque es algo intrínseco del quidditch. Sea un deporte olímpico o uno alternativo. Es un deporte que cuando lo jugás te das cuenta que no es una pavada sacada de un libro, que es complejo y está pensado para desafiarte (…) Nosotros sentimos que estamos fundando un deporte. Y eso es una responsabilidad para todos, para cada uno. Eso es lo que les digo a los chicos, estamos haciendo historia (M. Solá, comunicación personal, 4 de septiembre de 2018).

Como ya dijimos, esta perspectiva da cuenta de un proceso abierto en el que se proyectan una serie de tensiones entre las características propias del quidditch y los “requisitos” para su acceso al llamado mainstream deportivo. Esta postura expresa la preocupación temprana ya mencionada de Jalabi (2013) y puede emparentarse con la situación de impasse que describimos en el tercer capítulo, tras un momento inicial de crecimiento a nivel mundial. La inquietud por lo que queda y lo que se deja de lado en un proceso de asimilación a un modelo nos remite al señalamiento de Harvey (2013) acerca de la apropiación por parte del capital de estas prácticas alternativas/contestatarias, los sentimientos de enajenamiento de sus protagonistas y los cursos de acción contradictorio que para ellos pueden plantearse. En términos de Hall: “las rupturas culturales de hoy pueden recuperarse para apoyar el sistema de valores y significados que domine mañana” (Hall, 1984, p. 8). Entonces, puede afirmarse también que la propia profesionalización del quidditch es un proceso no lineal.

Finalmente, es claro que es imposible escindir a este deporte de un contexto más general de transformaciones mundiales. En el campo de los medios de comunicación, vimos que estos fueron adoptando una diversidad, fluidez y accesibilidad nunca antes vistas (Du Plessis, 2019). Proveen posibilidades de interactividad y facilidades de participación, habilitando la realización de acciones creativas y de difusión (Jenkins, 2008). Todo esto en un marco más general de incremento de actores nacionales que participan de la gestión de conocimiento y los insumos tecnológicos, junto con la ampliación de la circulación de capital para estos fines (Ferrer, 2014).

Es importante insistir que es en este contexto social, económico y cultural que se inserta una experiencia como la del quidditch. Es que, independientemente de las críticas ya realizadas al concepto de prosumo, es clara la existencia de operaciones como la llevada adelante por los creadores del deporte estudiado aquí donde, sobra la base de una serie de productos ya constituidos, se producen creaciones que los dotan de una impronta, sentidos particulares y novedosos (Andrews y Ritzer, 2017). En este punto, “Los medios tecnológicos como la televisión en los ‘90 y a partir del 2000 con Internet entran en un proceso de mundialización cultural (…) que reconfiguran las nociones más clásicas del deporte” (Césaro, 2019, p. 4). Así, Andrews y Ritzer (2017) hablan de la co-creación[4] entre empresarios y consumidores deportivos. Un ejemplo de ello es la génesis de los propios e-sports. Mientras que los ciber-atletas parecen ser marcas encarnadas que ayudan a las empresas a que los fans/audiencia se interesen en las competiciones y en los productos oficiales (Andrews y Ritzer, 2017), es innegable también el gran papel jugado por los consumidores en los comienzos y actualidad. En muchos casos, estos han creado competiciones no oficiales de ciertos juegos viejos (por ejemplo, Age of Empires II), llamando la atención de la industria sobre el persistente interés en los mismos. Estas competiciones luego se oficializarían y profesionalizarían.

Considero que esta idea del consumidor creativo como rasgo propio del deporte actual puede ser útil, ya que permitiría agrupar a una serie de fenómenos novedosos que, aunque cada uno de ellos cuenta con un grado de desarrollo distinto y un derrotero particular, tienen un origen semejante. Así, junto a estos e-sports, cuyo status de deporte goza de creciente aceptación (Kopp, 2019), podemos ubicar a toda una serie de prácticas que encuentran su comienzo en productos de la industria cultural: el mermaiding (inspirado en distintas producciones cinematográficas que involucran sirenas y tritones), el trollball (adaptación del juego de mesa Blood Bowl), el roller derby (basado en la inspiración feminista que despertó el filme Roller Ball), el pirámide (de la serie Battle-Star Galáctica), el baseketball (adaptado de la película homónima), el jugger (inspirado en Sangre de héroes), el ajedrez tridimensional (referencia a una serie de televisión) y el reciente teqball (creado específicamente por una empresa, basada en el feedback de sus consumidores).

En síntesis, si el deporte como mercancía y espectáculo de masas implica “…un público en carácter de espectador (pasivo-receptivo) y de consumidor (no productor-no creador)” (Carballo y Hernández, 2003, p. 11), los ejemplos presentados en este apartado invitan a pensar en un fenómeno deportivo con características opuestas, en consonancia con el contexto histórico descripto. En esto radica la propuesta de situar al quidditch en un marco más general junto a otras prácticas de carácter deportivo semejantes, sustentados en el carácter dinámico y en constante transformación del deporte. Esta consideración es realizada sin con ello aspirar a suplir la “indefinición” del fenómeno estudiado respecto a dos categorías con aspiraciones taxativas y universales, con una conceptualización de semejantes atributos. Se trata de la identificación de un punto en común con el fin de avanzar hacia un mejor entendimiento del papel del quidditch en el universo deportivo en general.

¿Lograrán estas trascender su singularidad y conformar una competición global estructurada, como en el quidditch? El caso del jugger da indicios de que esto puede ser así: ya existen asociaciones locales y nacionales en todo el planeta que nuclean la actividad (Sangiao, 2022b).


La tratada aquí es la historia de un grupo de personas que, en un contexto contemporáneo de individuación y de propuestas de identificación vinculadas al mercado y los medios de comunicación, observaron la necesidad de crear una práctica que amplió la diversidad de oferta deportiva. Insatisfechos ante lo existente, estos miembros de la “generación Potter” demostraron ser algo mucho más que simples consumidores, dando cuenta de una faceta inventiva. Destaco el carácter colectivo de la experiencia, puesto que no debe confundirse individuación con individualismo. Ello se observa en los debates y tensiones suscitados por la misma. Y, sobre todo, esta se inserta en una trama social más general… ¿cómo explicar si no la relación con las discusiones contemporáneas respecto al género dentro y fuera del deporte? No es casual que la propuesta del quidditch empalme con una tendencia general del deporte, un cambio de hábitos entre la pequeño burguesía urbana, que parece abrazar el deporte mixto y sus mujeres ingresen al campo de juego (Buzzo, 2023).

Planificar y desarrollar una investigación de campo para escribir una tesis doctoral implica todo tipo de decisiones: cómo aproximarse, desde qué lugar, el modo de posicionarse ante las propias dinámicas que van surgiendo en los colectivos estudiados, el impacto de factores inesperados como el Covid-19 y un largo etcétera. Pero, a medida que fue pasando el tiempo, se me fue haciendo muy claro que el enfoque y las preguntas seleccionadas aquí no son las únicas posibles y válidas para abordar el quidditch argentino. Por ejemplo, un gran ausente en esta tesis fue la clase social, en parte debido al rotundo desinterés por el tema que expresan los practicantes, quienes prefieren orientarse en torno al género y, en menor medida, la raza. Eludir el problema de la clase en favor de estos temas, priorizando sus lazos con la interpretación de la saga, es una de esas decisiones que, como dijo un profesor en un taller de tesis del doctorado, nos sitúa frente a una biblioteca o frente a otra. No se trata de algo menor, puesto que introduciría una nueva y compleja faceta a temas como el consumo y el feminismo profesado por algunos practicantes.

Otro abordaje posible hubiese sido pensar el tema específicamente como una práctica en relación al grupo etario de referencia, a la luz de los estudios sobre la juventud, aunque muchos de los practicantes se encuentren ya transitando la adultez.[5] Después de todo, los fandoms suelen ser mayormente identificados como fenómenos juveniles (Duffet, 2013). Queda planteada la propuesta de un enfoque que aborde el deporte estudiado en esta tesis a la luz de los estudios de las prácticas juveniles en la vida cotidiana, área que Chaves (2009) consideraba hasta comienzos de este siglo como de vacancia temática dentro de la Argentina. Algunos abordajes recientes, tanto relativos a tópicos sobre lo digital como a temáticas como el cine, la literatura o el arte en general, dan cuenta de una era en que referentes y espacios de socialización más tradicionales como la familia, la escuela, el club o el barrio, se mixturan con otros agentes, industrias y escenas en las que se sedimentan formas novedosas de ser joven (Cuestas, 2022). Planteado así, el quidditch como práctica del tiempo libre puede ser pensando como algo estratégico para comprender procesos culturales, educativos y laborales (Ibídem).

Vinculado a esto, y a tono con el rasgo etario de los practicantes mencionado en la introducción, fue emergiendo el problema del trabajo. Muchos jugadores se encontraban en una etapa de búsqueda y definición de su profesión. La clase de tareas que implica dirigir y organizar un deporte de estas características pueden otorgar como ganancia una serie de aprendizajes (Cohen y Peachey, 2015) derivados de una labor en condiciones adversas (escasa popularidad de la actividad). Muy sintomático de esto fue la charla que tuve con una jugadora, quien me contó la exitosa entrevista laboral que había tenido su novio. De acuerdo con ella, él se inspiró profundamente en su experiencia como directivo de AAQ, encontrando que las tareas llevadas adelante allí eran muy afines a las del puesto al que aspiraba. Se trata de una faceta interesante que puede abrir un camino para abordar la clase de habilidades que se requieren en estas prácticas y su relación con la inserción en el mercado de trabajo contemporáneo. Esta importancia se vio confirmada un tiempo después, cuando ingresé al perfil de LinkedIn de una jugadora y allí figuraba su experiencia en un puesto: “Community Manager de Black Birds”.

De forma colateral a la dinámica que iba adoptando el propio deporte desde el proceso de profesionalización, fue tomando importancia el cuerpo, en tanto vehículo de la fuerza física necesaria para alcanzar la seriedad. Si bien en esta tesis fue planteada su dimensión estrictamente biológica (y en menor medida etaria) en tanto limitante/no limitante para el juego mixto, lo tratado aquí impulsa a profundizar en él. Más allá de este dimorfismo sexual, es claro que este aspecto puede abordarse desde una dimensión todavía más cercana a lo socio-cultural. Una simple observación de un encuentro de quidditch evidencia el carácter amateur de esta práctica: en la cancha se encuentran cuerpos con diferentes trayectorias deportivas y físicas. El ex jugador de hándbol/practicante de boxeo amateur juega al lado de la chica con sobrepeso y el joven sin experiencia deportiva previa. Se enfrentan juntos a la docente que hace natación entresemana, el petiso con lentes, el jugador de fútbol americano o la chica que hace flag. El proceso de análisis y entendimiento del papel del género más allá del “discurso oficial” inclusivo nos insta a realizar un ejercicio similar respecto a la construcción de estos cuerpos, las formas aceptadas/no aceptadas de los mismos. Se trata, ni más ni menos, de la principal herramienta para disputar este deporte. ¿Aptos? ¿no aptos? ¿viejos? ¿jóvenes? ¿cómo se construyen estas categorías? ¿cómo son esos cuerpos y cómo conviven en un contexto de seriedad y creciente importancia de lo físico?

Estas tres líneas alternativas, también pensadas como propuestas de indagación futura, pueden combinarse con la profundización del proceso estudiado aquí. Por lo pronto, en la transición entre el fin del trabajo de campo y el cierre de la escritura de la tesis, aparecieron cuestiones dignas de mención en una serie de campos significativos.

Por un lado, el desarrollo de la institucionalización no parece retroceder. Aunque la nueva denominación desde 2023 (Quadball Argentina) elimina el rótulo “asociación” a la organización reguladora, en un intento de aceptar su situación crítica, los intentos de quitar la obligatoriedad de las vacunas contra el Covid-19 y el apto físico para jugar (índices de desestructuración e informalidad) encontraron una fuerte resistencia entre la comunidad. La nueva gestión, que asumió a comienzos de ese año, vuelve rápidamente sobre aquella idea de seriedad, expresa su deseo de ser algo “menos toonie[6] y modifica por ello su logo, tomando como inspiración el de la Asociación del Fútbol Argentino. Además, expresa que:

Queremos renovarnos de cara a nuestra misión, que es hacer crecer el Quadball en Argentina, dando un aire cercano a los deportes más consolidados y creando así nuevas oportunidades para crecer. Así como cambiamos nuestro logo, cambiamos también nuestra imagen de marca (Quadball Argentina, 2023).

Destacó aquí la idea de misión, propia del ámbito empresarial, y, por supuesto, la de marca, expresión muy frecuentemente utilizada al explicarse aquellos planes de reestructuración de USQ que derivaron en el cambio de nombre del deporte. El término experiencia fue muy empleado también en las primeras reuniones de 2023 para explicar estas iniciativas para el deporte en Argentina. Se trata, ni más ni menos, de un lenguaje comercial, cuya instalación se vio rematada ese mismo año con el primer cobro de entradas para espectadores en toda la historia de esta práctica. En futuras indagaciones será importante poner la mirada en estas tentativas donde conviven el deseo y el carácter precario de los proyectos.

Por otro lado, el 2023 estuvo marcado por un debate global por la ampliación de la Regla de Género. Desde los organismos oficiales se proponía que los equipos puedan utilizar hasta un máximo de tres jugadores en cancha que se identifiquen con el mismo género. El tema fue debatido por las asociaciones nacionales, las cuales votaron en nombre de sus representados. En el caso argentino se argumentó el voto negativo por la falta de mujeres y personas no binarias, producto del perjuicio que representó para la práctica la pandemia de Covid-19. Una minoría de países, entre los que se cuentan Australia, Estados Unidos y parte del continente europeo, fue favorable al cambio y, una vez rechazado mundialmente este, algunos de sus practicantes iniciaron una protesta en redes sociales. Lo interesante aquí es, pese al cambio de nombre de la práctica, nuevamente la persistencia de aquellos valores propios de la ética del fandom: algunos equipos declararon la incompatibilidad entre los valores que este deporte pregona y una decisión que ignoraría el menosprecio que sufrirían jugadores de género femenino y no binario en todo el planeta (Vienna Vanguards Quidditch Club, 2022). El resultado fue la posterior incorporación de una nueva normativa, ahora conocida como Regla de Tres. Esto refuerza lo planteado anteriormente: ¿cómo pensar estas decisiones institucionales en un contexto de acercamiento a un deporte convencional que se rige por el binarismo? ¿qué puede esperarse de un contexto discursivo general de “apertura” hacia la diversidad de instituciones globales de peso como el COI?

Además, las novedades en el plano reglamentario no terminan aquí. Al cierre de esta tesis, la IQA proyectaba (bajo el liderazgo de USQ, que se inspira en el comercial fútbol americano) implementar el tackle con dos manos, lo que puede colocar nuevamente en el centro de la escena a esta técnica y al uso de la fuerza.[7] ¿Cuáles son las nuevas demandas y presiones que se ejercen sobre el reglamento, en el contexto de un desarrollo mayor del proceso descripto en esta tesis? Correspondería volver en este caso a la relación entre lo local y lo global al momento de pensar en las normativas y la importancia de lo comercial.

El ingreso del mercado, al que parecen aspirar con más decisión los practicantes, traerá nuevas lógicas a un deporte que, hasta el momento había visto el asunto desde afuera. No debemos olvidar lo señalado en el capítulo I: las tendencias existentes a la comodificación y monetización del trabajo fan. Trovarelli (2021) advierte que el fandom solía regirse tradicionalmente de acuerdo a tradiciones amateur sin fines de lucro, por la lógica del don y el contra don, y jamás por el dinero. Aunque todavía focalizado en Estados Unidos, la naturaleza del cambio impulsado con el advenimiento del quadball invita a tomar en cuenta esta advertencia. En este marco, no debemos olvidar tampoco que la cuestión de la equidad de género y el discurso sobre la mujer no son aspectos imposibles de utilizar por las grandes empresas (Hijós, 2021), lo que puede situar a los actores ante nuevos interlocutores.

El paso del tiempo también será un gran desafío para estos jugadores. No solo por el eventual retiro de muchos de los principales, sino respecto a la saga. Hemos analizado al detalle las polémicas en torno a la ética del fandom. Pero la separación de la saga dio un gran paso con el cambio de nombre. Besnier et al. (2018) explican el derrotero del muay thai y como este transformó totalmente su composición de clase y contenido religioso. ¿Qué les deparará a aquellos valores que todavía hoy rigen la práctica cuando el lazo con la saga y la interpretación de la misma sea cuestión de los libros de historia?


  1. Puede presentarse la disputa analizada aquí como una que se dio entre militantes. Esto en referencia al conocido planteo de Frydenberg (2011) acerca de la edificación del fútbol argentino: aquellos jugadores/simpatizantes que, a principios del siglo pasado, desarrollaban las tareas de expansión y consolidación de dicho deporte, organizando ligas, asambleas fundacionales, partidos y discutiendo el reglamento. Así lo entendía un jugador ante un mes que se avecinaba cargado de exposición mediática: “Es una militancia el quidditch: ayer Telefe, hoy esto, luego Canal 9” (E. Morón, comunicación personal, 10 de septiembre de 2022).
  2. Puede parecer reiterativo, pero esto nos demuestra todavía más que la relación que los consumidores crean con los productos de la industria cultural puede trascender la valoración que las voces expertas hagan de ellas: como bien recuerda Cuestas (2022), para muchos críticos la obra de Rowling no podía siquiera ser considerada literatura.
  3. Expresión que hace referencia a ser desacreditado públicamente por tener un comportamiento no deseado por un colectivo.
  4. Los autores señalan que el caso de los eventos deportivos es otra forma posible de entender como un consumidor colabora en la producción del espectáculo. Observan que la asistencia de los clientes-espectadores, por lo menos, genera un “telón atmosférico” que contribuye a producir el espectáculo deportivo (al que pagan por asistir), generándole nuevamente ingresos al negocio del deporte.
  5. De acuerdo con las acepciones más comunes, la juventud se daría entre los 15 y los 24 años, mientras que los años posteriores son parte de la adultez (Costa, 2006).
  6. En alusión a lo caricaturesco, infantil.
  7. Como bien señala Gambarotta (2019), los deportes cuentan con una larga lista de cambios producto de la demanda de actores externos como el mercado y los medios de comunicación.


Deja un comentario