Las instituciones educativas situadas en el barrio 21-24-Zavaleta constituyen un caso paradigmático de innovación social, resultado de un sostenido trabajo territorial y de la conformación de redes locales de contención. Su relevancia trasciende la enseñanza en el aula, al evidenciar cómo la cooperación entre actores del ámbito educativo formal y no formal, en articulación con organismos gubernamentales, posibilita el desarrollo de estrategias innovadoras orientadas a garantizar la permanencia de las trayectorias escolares.
A partir del análisis del contexto socioeducativo, es posible comprender la complejidad de los desafíos estructurales que atraviesan los barrios populares de la CABA. En estos territorios, los indicadores educativos se sitúan significativamente por debajo del promedio urbano, como consecuencia de procesos de segregación socioeconómica, de la insuficiente provisión de servicios esenciales y de la persistencia de condiciones de precariedad laboral, factores que inciden de manera directa en la discontinuidad de las trayectorias escolares (Ministerio de Educación de la Ciudad, 2020).
En el barrio 21-24-Zavaleta, dichas problemáticas se ven intensificadas por riesgos ambientales y habitacionales de carácter crítico. La localización en zonas inundables, la cercanía a la cuenca del Riachuelo y las condiciones de hacinamiento configuran una problemática sanitaria recurrente, que impacta negativamente en la asistencia y la permanencia escolar. En este contexto, el sostenimiento educativo no puede ser abordado de manera aislada, sino que requiere intervenciones integrales que articulen de manera simultánea las dimensiones social y pedagógica.
Desde sus inicios, el Polo Educativo Barracas se ha configurado como un espacio estratégico de articulación entre instituciones educativas, la parroquia y diversas organizaciones del barrio; así se ha consolidado como el epicentro de una experiencia inédita de cooperación territorial. Esta alianza interinstitucional permitió transformar situaciones de urgencia social y educativa en propuestas sistemáticas de acompañamiento de las trayectorias escolares y de recreación de alcance comunitario.
A pesar de la diversidad de actores involucrados en el territorio, las entrevistas realizadas muestran que las diferencias ideológicas quedaron subordinadas a la prioridad compartida de sostener la educación y mejorar las condiciones sociales de niños y jóvenes. Esta lógica pragmática de cooperación dio lugar a un modelo inclusivo y colectivo que benefició tanto a los estudiantes como a los proyectos de las organizaciones locales.
Concluimos este trabajo desde una doble perspectiva complementaria: una síntesis teórica que articula los principales aportes conceptuales y permite interpretar los resultados en diálogo con los debates académicos actuales, y un enfoque práctico que recupera las experiencias y estrategias de los casos analizados, todo lo cual evidencia cómo la teoría se traduce en acción y cómo las decisiones, los vínculos comunitarios y las dinámicas institucionales inciden en la realidad territorial, y así generan aprendizajes transferibles a contextos similares.
En el barrio 21-24-Zavaleta, las escuelas trascienden la función curricular y se consolidan como nodos centrales de la infraestructura social, en el sentido de los palacios del pueblo propuestos por Eric Klinenberg, al producir espacios que permiten generar vínculos, confianza y redes de cooperación en contextos de alta vulnerabilidad. Desde la perspectiva de Robert Putnam (2002), estas instituciones contribuyen a la construcción de capital social, tanto de vínculo como de puente, mediante la convivencia cotidiana y la articulación con actores comunitarios. Asimismo, en línea con el concepto de enraizamiento de Simone Weil (2014), la escuela aparece como un espacio de estabilidad institucional y pertenencia para niños y adolescentes atravesados por experiencias de desarraigo. Finalmente, en consonancia con los aportes de Javier Auyero (2023), las escuelas se integran a las redes comunitarias que median frente a la insuficiente presencia estatal, cumpliendo un rol clave de contención social y acompañamiento en la garantía de derechos básicos.
Los tres casos analizados exponen las estrategias de sostenimiento escolar basadas en el anclaje territorial y la articulación comunitaria. El caso 1 destaca el trabajo territorial docente y las alianzas barriales para adecuar el acompañamiento pedagógico y familiar; el caso 2 se centra en la construcción de redes entre la escuela, actividades extracurriculares e instituciones del barrio para brindar contención social y apoyo educativo; y el caso 3 presenta una modalidad comunitaria integral que articula distintos niveles y modalidades educativos, lo que favorece un seguimiento cercano y continuo de los estudiantes. En conjunto, los casos evidencian un fuerte compromiso institucional con la inclusión socioeducativa, entendida como un proceso colectivo sustentado en la cooperación y el fortalecimiento de redes territoriales.
A partir de los análisis desarrollados, la educación en los barrios populares se configura como un pilar central para la cohesión social, lo que exige políticas públicas sustentadas en una inversión estatal sostenida y en un conocimiento profundo del territorio. Las experiencias analizadas evidencian que el sostenimiento de las trayectorias educativas requiere estrategias integrales que articulen el trabajo pedagógico con el acompañamiento comunitario y la cooperación interinstitucional. En este marco, el compromiso territorial de docentes y directivos, junto con la escucha activa de los actores locales, emerge como una condición clave para el diseño de intervenciones educativas contextualizadas y socialmente transformadoras.






