Victoria E. Juliá
Me resulta difícil, y está bueno que así sea, recorrer con una actitud objetiva distante las páginas de este libro tan evocador de una praxis docente compartida, desde hace más de cuarenta años, con Lorenzo Mascialino y sus discípulos directos –y dilectos– e indirectos, como es el caso de Esteban, que se incorporó a nuestra comunidad docente cuando él ya no estaba entre nosotros, y supo apropiarse del espíritu de un modo de transmitir conocimientos que incluso trasciende el ámbito de la lengua y la cultura de los antiguos griegos. Ya en una de las primeras páginas nos sorprende al hablar de la imposibilidad de “entrar dos veces en el mismo texto” parafraseando el viejo dicho atribuido a Heráclito; ¿acaso una expresión de escepticismo encubierto? Con actitud nostálgica Atahualpa Yupanqui cantó:
“¡Qué cosa triste ser río!,
quién pudiera ser laguna,
oír el silbo en el junco
cuando lo besa la luna.”
Nostalgia de una identidad plena, nunca vivida pero sí pensada y deseada, propia de nuestra condición trágica, que en su esencial paradoja encuentra reposo en el movimiento regulado del curso de un río, no libre de recodos, saltos y desbordes, pero asegurado por la profundidad de su cauce. Tal es la garantía del método “anamnemónico-inductivo” anclado en la noción de “semántica dinámica”, aporte fundamental de Esteban en la delimitación de la especificidad del griego filosófico frente a los vericuetos de traducción e interpretaciones con que el texto filosófico nos desafía. Son cuatro los “momentos” del método en los que recrea, reformula y enriquece las bases puestas por Mascialino en sus transitadas y siempre vivas Guías para el aprendizaje del griego clásico. Se cumple el sueño del viejo Maestro: que los discípulos no conviertan en dogma rígido, esclavo de la repetición, la debida lealtad a las líneas rectoras de su enorme tarea docente. Para que esto sea posible, es necesario haber tocado fondo en el estudio y la práctica de la enseñanza recibida.
En una recorrida sintética, digamos que la Parte Primera, organizada en siete títulos o capítulos, ofrece fundamentos teóricos –de sólida inspiración aristotélica– acompañados de numerosos y muy apropiados pasajes, en especial los que en el capítulo VI nos advierten sobre los errores que traducciones castellanas consagradas arrastran, orientando interpretaciones poco fieles al espíritu del texto. Imposible no hacer mención del capítulo V, titulado “¿Sueña el Google translate con gramáticas científicas?”, un irónico entremés sobre las pretensiones excesivas de la tecnología digital. Las Partes Segunda, Tercera y Cuarta comprenden una serie de cuadros en los que están organizados los elementos indispensables de morfología nominal y verbal, seguidos de una antología de textos para ejercitación, lectura y traducción. Como es norma en el método, el punto de partida es la clave sintáctica, que juega con el dinamismo semántico de los términos y sintagmas que articula. La traducción es un puente para reingresar en el texto en su lengua original. Todo está pensado en función del aula, en función del vínculo didáctico entre enseñar y aprender. En suma, estamos ingresando en el conocimiento del mejor instrumento de trabajo que pueda ponerse en las manos de estudiantes y estudiosos de la filosofía griega, con el plus de una escritura cuidada y elegante que atenúa, sin cercenarlos, los penosos esfuerzos a que nos somete necesariamente todo aprendizaje genuino…
καλὸν γὰρ τὸ ἆθλον καὶ ἡ ἐλπίς μεγάλη[1]
Marzo de 2018
- “Pues noble es el premio, y la esperanza, grande”. Platón, Fedón 114c8↵







