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1 “Cuando salen en las noticias los femicidios, y estoy viendo con mi pareja, me siento un hipócrita porque soy parte de ese sistema”[1]

Análisis de modalidades de intervención en dispositivos de atención a varones
que ejercen o ejercieron violencia

En este primer capítulo, se analizan los abordajes PSE orientados a varones que han ejercido o ejercen violencias contra sus parejas mujeres. Se hará hincapié en los desafíos de las intervenciones técnicas, de sensibilización y clínicas de estos dispositivos grupales. Es pertinente explicitar que, cuando hacemos referencia al término “varones”, nos remitimos específicamente a los varones cis género, es decir, que identifican su genitalidad con su identidad de género.

A los efectos de presentar las dimensiones transversales de análisis del capítulo, consideraremos, en primer lugar, la categoría género (De Barbieri, 1993; Connell, 1987; Serret, 2011), que visibiliza un conjunto de dimensiones estructurales, políticas, institucionales, normativas, simbólicas y subjetivas. Esta categoría relacional e histórica, permite diferenciar e inteligir a las personas según el sexo, la identidad de género, la clase social, la edad, la pertenencia étnica y la orientación sexual. En segundo lugar, otra dimensión de análisis transversal refiere al enfoque de género, que situamos en las herramientas de los dispositivos de atención de varones cis. En esta línea, partiremos de la noción de régimen de género (Connell, 1997), que nos posibilita comprender la jerarquización de las diferencias sexo-genéricas y cómo este posicionamiento desigual produce, sostienen y legitima los actos violentos, que se suscitan en las relaciones interpersonales. A su vez, se analiza desde la teoría cuir la matriz de inteligibilidad heterosexual y la identidad de género como performance.

En función de la perspectiva de género, nos interesa señalar la dimensión del poder y cómo los varones, destinataries de estos dispositivos, ejercen violencias contra sus parejas para desplegar prácticas de poder y un control absoluto en lo que hacen, en lo que piensan y en lo que sienten. En los grupos observados de ambos Espacios se podía visualizar a través de los comentarios realizados por los participantes como se hacía uso del poder y del control para poder concretar sus deseos, para legitimar su virilidad, para ejercer su sexualidad o simplemente por la necesidad de imponerse. En este sentido, luego de los primeros meses de participación en el Espacio Emiliano reflexiona sobre este aspecto: “De a poco fui entendiendo la violencia psicológica que ejercía con mi ex pareja para que en definitiva se haga lo que yo quería, era una manera de imponerme”[2]. Las intervenciones con enfoque de género permiten identificar la dimensión del poder en los vínculos relacionales de violencias, tanto en relación con las parejas y también con sus hijes.

1.1. Espacios de atención a varones[3]

Uno de los espacios se enmarca dentro de la Ley Nacional n.º 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los Ámbitos en que Desarrollen sus Relaciones Interpersonales, que contempla el trabajo con varones a través de programas de reeducación[4] dentro de un organismo estatal autónomo y autárquico (Espacio A de aquí en adelante). Mientras que el otro dispositivo para varones que ejercen o ejercieron violencia se desarrolla dentro del sistema público de salud dependiendo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (Espacio B de aquí en adelante), y esta experiencia cuenta con el antecedente del Hospital de Emergencias Psiquiátricas Marcelo Torcuato de Alvear, donde se conformó el primer programa con estas características en el año 1991 (Payarola, 2015). Además, les profesionales de este dispositivo forman parte del Comité para el Estudio, la Prevención, la Detección y el Tratamiento de la Violencia Familiar, Laboral, Infantil y de Género de la institución[5]. El espacio anteriormente dependía del área de salud mental y en la actualidad depende del área del servicio social.

Los dispositivos analizados presentan equipos transdisciplinarios, por ejemplo, el equipo del Espacio A (que pertenece al organismo estatal autónomo) está conformado por una psicóloga, un psicólogo, una trabajadora social y psicóloga a la vez, un trabajador social, una trabajadora social y un estudiante de comunicación social que realiza las tareas de articulación con las diferentes instituciones que hacen las derivaciones. Al momento de realizar la investigación, había dos grupos conformados: uno con nueve y otro grupo que tiene ocho participantes, ambos coordinados por duplas mixtas y transdisciplinarias. En el Espacio B (que se encuentra en el área del servicio social), desde el año 2010, se encuentra conformado por un psicólogo, una psicóloga social y una trabajadora social. Poseen solo un grupo de diez participantes desde julio del 2010, que mantienen el mismo día y el mismo horario; este grupo funcionaba semanalmente de manera presencial hasta antes de la pandemia generada por el COVID-19. Cabe aclarar que, dentro de los dispositivos grupales PSE para varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género, hay dos tipologías diferentes: abiertos y cerrados. En los abiertos los participantes pueden ingresar en cualquier momento del año, dura un año (como mínimo), con frecuencia semanal, y, principalmente, las derivaciones provienen del fuero civil. Mientras que en los cerrados empiezan y terminan los mismos participantes, no se permiten ingresos nuevos, duran cuatro meses, de frecuencia semanal, y las derivaciones principalmente son del fuero penal. Ambos espacios llevan adelante la modalidad abierta. Sin embargo, en el 2013 el Espacio B (que tiene mayor trayectoria) tuvo dos grupos de los denominados “cerrados”, fueron 13 encuentros realizados en el marco de lo que se llamó Proyecto Barcelona[6].

Cuando nos referimos a la transdisciplina, hablamos de una forma de organización y construcción de conocimientos con base en la conjunción de disciplinas, teniendo en cuenta lo que está entre esas disciplinas, lo que las atraviesa y lo que está más allá de ellas (Morin, 1984). En ambos espacios, las profesiones de les coordinadores son psicología y trabajo social. La coordinación mixta es fundamental para que les coordinadores estén atravesades por la equidad de género. Esta perspectiva, además de especialización en la temática, es necesario que funcione como eje transversal en la teoría y en la práctica (Payarola, 2019). Teniendo en cuenta este aspecto, comprendemos que la intervención ya surge desde la conformación de la dupla coordinadora. Mostrar roles complementarios, flexibles y cambiantes desde las propias intervenciones permite poner en tensión las creencias preexistentes de cada varón que asiste al espacio. En este sentido, la coordinadora del Espacio A interviene en el grupo: “Ustedes por ser hombres no saben lo que es sentir miedo cuando caminás en una calle oscura a la noche o tener miedo siendo adolescente de subirse a un colectivo porque sabías que te iban a apoyar”[7]. Al ser una dupla mixta, permite realizar intervenciones específicas atravesadas por el género.

En el período de ASPO, como medida preventiva decretada por el Gobierno Nacional[8] frente a la pandemia por COVID-19, el Espacio B realizó acompañamientos individuales telefónicos hasta fines del mes de agosto del 2020. En esa fecha comenzaron con reuniones quincenales por la plataforma Zoom y en marzo del 2021 los encuentros se realizaron semanalmente en la misma modalidad virtual. En este aspecto, que se desarrollará en profundidad en el capítulo 3, se diferencia del Espacio A, que, en marzo de 2020, comenzó con las entrevistas de admisión individuales presenciales, y, en septiembre del mismo año, empezó a funcionar el espacio grupal de manera virtual con cinco participantes.

En este sentido, analizamos la trayectoria de un dispositivo que lleva más de diez años en funcionamiento y otro que comenzó grupalmente de manera virtual[9]. En relación con este aspecto, la coordinadora del Espacio A menciona:

Si bien cuando se abra vamos a hacer algún encuentro presencial, va a ser difícil porque tenemos hombres que viven en diferentes lugares de Capital Federal y también en provincia. Los próximos grupos serán presenciales, pero estos creemos que van a seguir siendo virtuales. La verdad es que la virtualidad en ese aspecto nos fue funcional[10].

Además, ambos espacios realizan reuniones de equipo y supervisiones. Se entiende la supervisión como un proceso de orientación, evaluación, seguimiento que realiza un profesional para un equipo de trabajo con el fin de lograr mejores intervenciones (Aguilar Ibáñez, 1994). De esta manera, resulta un instrumento central para sostener las tareas de los equipos que coordinan, especialmente en las etapas fundantes. Contar con una mirada externa que facilite detectar las situaciones más complejas. No solo se abordan los aspectos profesionales, sino que también se aloja la dimensión humana, por lo cual, al tener en cuenta los efectos que la tarea puede ocasionar en cada integrante del equipo, la supervisión es una política de cuidado para cada profesional. En este sentido, la coordinadora del Espacio A menciona:

A veces necesitamos parar y tener la mirada de otro; por eso la supervisión. La mirada de otro, que es muy importante, yo nunca digo que somos uno, para mí somos cinco que estamos articulando, pero la mirada de un otro que está más lejos nos da muchísimo sustento y es maravilloso. Las reuniones de supervisión son semanales[11].

En la misma línea de análisis, el coordinador del Espacio B cuenta cómo se fue desarrollando la supervisión desde que comenzaron a trabajar en el abordaje con varones que ejercen o ejercieron violencia:

Nosotros desde el 2010 fuimos supervisados por elección mía, desde el 2010 al 2017 con el Lic. Mario Payarola, y, a partir de febrero del 2018, hicimos un cambio en la supervisión con el Lic. Marcelo Romano. En las supervisiones trabajamos sobre las intervenciones grupales, sobre el equipo, sobre los sujetos y sobre el programa del espacio. Estamos revisando nuestras prácticas constantemente y lo tenemos diferenciado en esos tres/cuatro momentos. Es una vez por mes, la mayoría fue así, el año pasado fue semanal y fue el momento más rico que tuvimos[12].

Ambos se encuentran diseñados como PSE; esto alude a la voluntad de trabajar desde una perspectiva multidimensional, siguiendo el modelo ecológico de Bronfenbrenner (1987). El coordinador del Espacio B desarrolla las conceptualizaciones respectivas a estas dimensiones:

Nosotros como equipo autónomo que nos basamos en cuatro paradigmas de trabajo: el cognitivo, el conductual, el interaccional sistémico y el psicodinámico. De esta manera, entendemos que las personas que están participando de este grupo son participantes y no pacientes. A su vez, estas cuatro dimensiones hay que verlas dentro del modelo ecológico, que tiene que ver con una mirada compleja de una multidimensionalidad que sucede con el sujeto en el aquí y ahora[13].

Por su parte, el Espacio A apunta a la necesidad de profundizar acciones de concientización para producir un cambio cultural respecto a la violencia por razones de género. En este sentido, desde la coordinación destacan:

El equipo se basa en el cambio cultural, ponemos el énfasis y el acento en lo difícil que es desaprender porque aprender es fácil, cuando somos chicos somos esponjas, aprendemos fácil. Para avanzar a una sociedad donde haya paridad y el hombre y la mujer caminen la misma senda, lo importante es desaprender conductas que tienen que ver con patrones aprendidos y aprender nuevas conductas saludables[14].

De esta manera, pudimos ir caracterizando e identificando ciertas similitudes y diferencias de ambos espacios.

1.2. ¿Cómo acceden los varones a estos espacios?

Como venimos analizando, estos espacios se desarrollan en formato grupal, a excepción de la entrevista de admisión, que se realiza de manera individual con cada derivación que se acepta en el dispositivo. Como veremos en este apartado, el objetivo de esta instancia es evaluar la incorporación o no del consultante al espacio grupal[15].

Ambos espacios reciben derivaciones de la Justicia civil, penal o contravencional[16] o varones que acceden y solicitan asistencia sin denuncia previa. También reciben consultas institucionales de diferentes espacios[17] en los cuales se brindan charlas, encuentros, talleres sobre el trabajo realizado. Ambos espacios tienen los mismos criterios de admisión y de exclusión. No admiten homicidas ni femicidas, agresores sexuales de las infancias, varones con perfiles altamente psicopáticos y varones en situación de consumo problemático de sustancias sin tratamiento paralelo comprobable. Estos criterios son los que se tienen en cuenta a la hora de pensar la grupalidad en relación con cada varón que accede al espacio. A través de esta primera evaluación que es la entrevista de admisión, se debe descartar entonces la presencia de estas otras problemáticas. En este sentido, los varones que presentan rasgos de personalidad psicopática no ingresan al dispositivo grupal porque, al no poder reconocer el daño producido, no pueden realizar modificaciones posteriores. El coordinador del Espacio B explica:

Si niega todo por más que nosotros le expliquemos, al no tener ningún reconocimiento, no podría ingresar porque es probable que lo que tenga desarrollado es el alto índice de psicopatía, tratamos de determinar sin ningún test en particular para analizar el estado de gravedad pura de su índice psicopático, por lo cual no sería posible desarrollar una empatía, que se ponga en el lugar del otro… No habría arrepentimiento, culpa por ese ejercicio de violencia, por ende, no cumpliría con el ciclo de la violencia porque no habría ni siquiera un estallido… Es gente que planea lo que hace, se podría decir que hasta goza de ese ejercicio de violencia que hace, para poseer a la otra persona como objeto[18].

La dupla profesional que se encuentre a cargo de este proceso podrá, sobre la base de esta evaluación diagnóstica, tomar diferentes resoluciones:

  • Si no se presentan características excluyentes y se evalúa que el varón cumple con los requisitos necesarios para integrar el dispositivo grupal, se procede a su ingreso.
  • En el caso de que no se cuente con los elementos suficientes como para arribar a una evaluación definitiva, se puede incorporar al varón comunicándole que este ingreso es de carácter condicional, que estará un tiempo limitado para poder evaluar la situación y si el espacio grupal es el apropiado a su situación.
  • En el caso de que se presenten características excluyentes, se realiza la derivación correspondiente al organismo o la institución que pueda abordar la problemática (por ejemplo: al área de adicciones, salud mental, etc.). En el caso de que el varón haya sido derivado por la Justicia, se informa a la institución que lo derivó que no cumple con los requerimientos para poder ingresar al dispositivo.

A su vez, para ingresar es requisito ser mayor de 18 años, haber ejercido violencia de género en el ámbito de la pareja, tener un mínimo de reconocimiento de la violencia ejercida (como se mencionó anteriormente), demostrar compromiso y constancia con el espacio. Este último aspecto es explicitado en el encuadre de trabajo de los espacios desde el inicio; en el caso del Espacio A (dada la virtualidad), se les hizo firmar un compromiso donde se manifiesta que “para mantener regularidad en la asistencia el límite de asistencias sin justificar es de dos (2) por año. Si se determina que la inasistencia no está debidamente justificada, se dará la baja del programa sin derecho a reingreso”[19]. Por lo cual la asistencia es un factor determinante para la permanencia en el Espacio A, como así también la participación con intervenciones dentro de él. Podemos ir analizando que aquellos varones que demandan el espacio son varones que se encontraron involucrados en situaciones de ejercicio de violencias por razones de género.

La instancia de admisión al espacio grupal consta de una cantidad de preguntas que se puede llevar a cabo en entre tres y cinco entrevistas. En ella se desarrollan diferentes aspectos: datos personales, el origen de la asistencia, antecedentes de violencia en la familia, antecedentes personales de violencia, roles de género, esfera laboral, aspectos de la salud, sexualidad y las expectativas frente a la asistencia. En ese momento, la pareja coordinadora del grupo realiza una evaluación situada del varón y analiza las condiciones para el acceso al grupo. Es preciso evaluar en el primer contacto el nivel de motivación para el cambio, así como el riesgo que reporta de acuerdo al grado de registro de la violencia ejercida, porque la protección de la mujer y les niñes que se encuentren en esa situación de violencia resulta prioritaria en este contexto.

A su vez, como ya se mencionó, el límite de inasistencias sin justificar es de dos por año. Si se determina que la inasistencia no está debidamente justificada, se da la baja del programa sin derecho a reingreso. Les participantes al ingresar al grupo firman un consentimiento informado y una nota de confidencialidad. Como monitoreo y evaluación parcial, cada seis meses se realiza un informe de la evolución del programa por sus responsables. En esa instancia, se revisa el desarrollo y se considerará la realización de ajustes conforme al resultado obtenido. También como seguimiento y evaluación de los varones que asisten al espacio, se realizan entrevistas con las parejas de dichos varones que participan del grupo[20].

1.3. “Hola, mando mensaje por el curso o capacitación… por el tema del psicólogo, me está pidiendo mi abogado que me incorpore”[21]

Hasta aquí vimos cómo acceden los varones a estos espacios, y qué requisitos de admisión y criterios de exclusión tiene cada espacio. Muchos de los varones que acceden no saben bien qué tienen que hacer o a dónde tienen que acudir. Además de lo destacado en el título de este apartado, muchos mandan mensajes consultando por el taller de género ya que “lo manda el juez”. En este sentido, resulta interesante poder indagar sobre las características de las posiciones y los lugares de enunciación de estos varones que solicitan ingresar a los grupos. Para entender quiénes llegan, es preciso definir conceptualmente qué se entiende por “violencias” y “género” y con qué modelos teóricos y técnicos se interviene.

Los dispositivos de abordaje de varones tienen como premisa la definición de las violencias como estrategia sistemática de legitimación del sistema patriarcal. No se define la agresión y las violencias, en sus múltiples modalidades, como una enfermedad, sino como producto de una sociedad patriarcal que se sostiene en el machismo, desde donde son (somos) sociabilizades. Según Vacca y Coppolecchia (2012), el patriarcado hace referencia a

un sistema político que institucionaliza la superioridad sexista de los varones sobre las mujeres, constituyendo así aquella estructura que opera como mecanismo de dominación ejercido sobre ellas, basándose en una fundamentación biologicista. Esta ideología, por un lado, se construye tomando las diferencias biológicas entre hombres y mujeres como inherentes y naturales. Y por el otro, mantiene y agudiza estas diferencias postulando una estructura dicotómica de la realidad y del pensamiento (p. 60).

Se entiende a la violencia, o, mejor dicho, el acto violento, como el abuso del desequilibrio de poder y que se juega en el cuerpo del otro produciendo algún tipo de daño (físico, psicológico, económico, político u otro). Sin embargo, para que la conducta violenta sea posible, tiene que darse una relación asimétrica de poder, que puede estar definida culturalmente por el contexto u obtenida a través de maniobras interpersonales de control de la relación. De esta manera, la posición de género resulta uno de los ejes cruciales para analizar dónde circulan las desigualdades de poder, entendiendo la familia como uno de esos ámbitos en el cual se manifiesta (Bonino, 1995).

Judith Butler (2007) se considera una de las autoras más destacadas de la teoría cuir, cuyos primeros aportes se registraron en los años noventa. Esta expresión es adoptada por otres referentes como Eve Kosofsky Sedgwick, Michael Warner y Paul Preciado. Estos estudios parten de la consideración de que la orientación sexual y la identidad sexual o de género de las personas son el resultado de una construcción social y que, por lo tanto, no existen papeles sexuales esenciales o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas socialmente variables de desempeñar uno o varios papeles sexuales. Como menciona Butler (2007), la estabilidad del género, que es la que vuelve inteligibles a les sujetes en el marco de la heteronormatividad, depende de una alineación entre sexo, género y sexualidad. Esta alineación ideal es cuestionada de forma constante. No quiere decir que el sexo no exista, sino que la idea de un “sexo natural” organizado sobre la base de dos posiciones opuestas y complementarias es un dispositivo mediante el cual el género se ha estabilizado dentro de la matriz heterosexual que caracteriza a nuestras sociedades. Siguiendo esta línea, señala que el género es performativo, que no se expresa mediante acciones, gestos o habla, sino que la performance de género produce la ilusión retroactiva de que existe un núcleo interno de género. De modo tal que la performatividad produce el efecto de una esencia o disposición genérica verdadera, original o perdurable. El género, entonces, se produce como una repetición ritualizada, y ese ritual es impuesto socialmente gracias a la heterosexualidad preceptiva y hegemónica.

Los aportes de Diana Maffia y Mauro Cabral (2003) problematizan la política identitaria de género desde una perspectiva de intersexualidades; a la vez, suponen una contribución fundamental a lo que podemos denominar “estudios trans e intersex” (Radi, 2018). Identifican que hay estudios contemporáneos en los que sus autores no discuten la realidad de las diferencias sexuales, sino la legitimidad de los estereotipos construidos por la sociedad sobre esas diferencias, como si el sexo constituyera una materialidad inapelable. Sostienen que el sexo anatómico mismo, su propia presunta dicotomía, son producto de una lectura ideológica. Una ideología de género que antecede, de acuerdo a los autores, a la lectura misma de los genitales, que por ello no permite hablar de un sexo natural, y que es lo suficientemente fuerte como para disciplinar los cuerpos cuando no se adaptan cómodamente a la lectura que socialmente se espera obtener de ellos. De esta manera, se desestabiliza la cadena de asociaciones entre sexo, género y sexualidad advirtiendo de su heteronormatividad compulsiva subyacente. Tan es así que existen masculinidades sin varones, esto es, género que no se asocia directamente con sexo, ni siquiera con sexualidad.

Entonces, pensar la violencia en términos estructurales y el género como performativo implica poder abstraer las situaciones singulares para negar que sean hechos individuales aislados o consumados por varones con problemas patológicos. Esto ocurre en varios de los varones que acceden a estos espacios: “A mí me pasó un hecho puntual, particular”, relatan. Poder identificar los rasgos culturales identitarios que determinan las relaciones sociales y comprender los mecanismos sociales legitimados de la sociedad patriarcal en la que se vive es parte del tránsito en el espacio grupal.

De esta manera, se construyen discursos de poder que inciden en los procesos de subjetivación histórica y política. Cuestionar estas construcciones de sentido nos lleva a pensar qué sujetes se construyen dentro del patriarcado. Esto permite develar opresiones y violencias en las mujeres y en todos los cuerpos que han sido feminizados. En el ámbito de la intervención con varones en grupos PSE, se considera que la violencia es una “conducta aprendida” y que, por tanto, es posible “desaprenderla” (Payarola, 2015, 2019). El ejercicio de la violencia por razones de género resulta un mecanismo social clave para que la dominación de varones sobre mujeres continúe. Al plantear que es una conducta aprendida, se hace hincapié en que se puede desaprender y en que los varones pueden cambiar:

Trabajamos profundamente en cambiar estereotipos, en cambiar mitos, y muy importante es que los hombres puedan reconocer esas conductas violentas; cuando pueden reconocer esas conductas violentas, ahí ya estamos derribando el primer muro, es importante derrumbar muros para cambiar los estereotipos[22].

Para que este cambio sea posible, uno de los criterios (tal vez, el más importante) para que los varones sean admitidos en estos espacios es que reconozcan la violencia ejercida contra sus parejas durante el proceso de admisión, como señalaba el coordinador del Espacio B. Trabajar con un varón que ejerce violencia es posible, sobre todo si el sujeto asume la responsabilidad de sus conductas y cuenta con una mínima motivación para el cambio (Hamberger, Lohr y Gottlieb, 2000).

En este sentido, están quienes niegan haber ejercido cualquier forma de violencia, como señala Claudio: “Yo no ejercí violencia, no es mi caso. Ni el hecho que ella denunció ni durante la pareja”[23]. Por otro lado, se presentan aquellos varones que minimizan y que no consideran violencia lo que realizaron, como Juan Carlos: “Mi problema fue una discusión, un mal entendido, por eso me denunció”[24]. Esta falta de reconocimiento funciona como obstáculo para el cambio y para la visibilización de su propia peligrosidad, debido al daño que sus conductas causan en la salud de las mujeres y les niñes. Buscan las causas del ejercicio de su violencia en factores externos o en terceras personas para liberarse de la responsabilidad de su accionar. Son muy pocos los varones que aceptan sus comportamientos violentos y que asumen la responsabilidad de su accionar. Estos últimos, por lo general, acceden al espacio por recomendación de su pareja o porque su pareja le puso un límite. También están aquellos como en el caso de Marcos: “Me vi en esa situación de violencia y no me reconocí, estaba fuera de sí, por eso busqué para pedir ayuda y encontré el teléfono de ustedes”[25]. La falta de reconocimiento suele estar presente en los varones que llegan por orden judicial, mientras que los que acceden con un proceso de reconocimiento son los que se denominan “voluntarios”. Es el caso de Omar, que accedió voluntariamente y cuenta su experiencia en el grupo:

En mi caso vine voluntariamente. Si yo vengo acá y miento, pierdo el tiempo… Para eso me voy y hago mi vida. Ellos están tratando de cambiar mi conducta, por eso se llama que ejercimos conductas violentas, yo me considero que ejercí conductas violentas y que puedo llegar a ejercer, pero, bueno, estoy tratando acá de cambiar[26].

Estos últimos, como veremos más adelante, suelen tener un rol facilitador para la dinámica grupal.

1.4. ¿Dentro de qué marco teórico/cognitivo se realizan las intervenciones en los espacios grupales?

En los dispositivos de atención de la “violencia doméstica” que comenzaron a implementarse a principios de la década de 1980 en el país, se utilizaba el modelo ecológico explicado por el psicólogo ruso Urie Bronfenbrenner (1987). Esta era una herramienta para abordar un fenómeno complejo desde un enfoque integrativo multidimensional. Además, los espacios poseen diversas técnicas encaminadas al desarrollo de la empatía, al control de los impulsos violentos y al aprendizaje de estrategias que permiten la resolución de conflictos de una manera no violenta. Por ejemplo, una vez que el varón finaliza el proceso de admisión, ingresa al grupo, y, en ese primer encuentro, solo participa como oyente, no puede intervenir, únicamente para presentarse. En el encuentro siguiente, recién puede completar la presentación y contar cómo y por qué llegó al espacio.

Se pone el énfasis en la educación sobre el proceso de la violencia, el afrontamiento adecuado de la ira y de las emociones, y el entrenamiento en habilidades para una comunicación asertiva y de solución de problemas (Echeburúa y Corral, 1998). De esta manera, se aborda la violencia por razones de género desde cuatro sistemas diferentes: el macro, exo, meso y microsistema. El modelo ecológico consiste en identificar estas construcciones, simbólicas y materiales, que se articulan en todo momento y al mismo tiempo con cada individuo a lo largo de la vida.

De la misma manera que Belsky (1993) lo retoma para el análisis del maltrato infantil, Lory Heise (1994) propone un marco ecológico explicativo de la violencia contra las mujeres con el fin de lograr un enfoque integral de las diversas disciplinas que intervienen en el problema y teorizan sobre él. En el análisis retoma los niveles propuestos originalmente y, como lo hace Belsky, integra también el nivel individual. La dimensión macrosocial, donde estarán todos los aspectos culturales y sociales del fenómeno observado (creencias y valores culturales sobre la familia, el ser mujer, el ser varón y las concepciones sobre el poder).

La dimensión exosistémica comprende a todas las instituciones sociales (escuela, medios de comunicación, relaciones laborales, instituciones judiciales, Iglesia, Estado, etc.) que se encuentran y donde se hallarían las formas de legitimación e invisibilización institucional de la violencia.

Por último, la dimensión microsocial analiza la dinámica personal, sus relaciones interpersonales (especialmente la de la pareja) y las ideas, los sentimientos y las relaciones personales de los individuos. Estos aspectos son los que se trata de considerar en las entrevistas de admisión a través de las diferentes preguntas realizadas en el cuestionario.

En el mesosistema se exploran los contextos comunitarios en donde interactúan los individuos y las familias, así como las relaciones sociales que se establecen en el barrio, los ambientes escolares y laborales más próximos, que pueden potenciarse por conflictos comunitarios, hacinamiento, inestabilidad económica, desempleo o falta de oportunidades de desarrollo educativo y recreativo (Ferreto y Romero, 2011).

El microsistema es la interacción de cada individuo con lo que se denomina “socialización primaria”, es decir, conformado principalmente por el grupo familiar de origen. En este nivel se observan y analizan las relaciones de poder dentro de cada grupo familiar de origen de cada varón, cómo influyeron el macrosistema y el exosistema en la subjetividad patriarcal de cada uno de sus miembros, la existencia o no de abusos de poder, la existencia de tipos de violencia, su forma de comunicación, la empatía entre sus miembros, la forma de tomar decisiones en ese grupo familiar, es decir, el impacto del patriarcado en él y en la construcción de su propia subjetividad.

El ontosistema, o historia personal, está integrado por cuatro dimensiones: la cognitiva, la conductual, la psicodinámica y la interaccional. Todos los niveles interactúan con la individualidad de un sujeto al mismo tiempo, dando lugar a la construcción de una subjetividad específica, producto también de la confluencia de su apropiación de los bienes materiales y simbólicos del mundo que lo rodea.

En este sentido, el coordinador del Espacio B nos comentó cómo trabaja en su institución:

Si hablamos de intervenciones clínicas, hay que ver de dónde te posicionás para hablar de lo clínico porque está dentro de un hospital este tipo de asistencia. Nosotros hablamos más de asistencia que un espacio terapéutico, sin embargo reconocemos que es terapéutico en tanto y en cuanto el beneficio que tiene la persona al estar, pero tratamos de evitar el termino “pacientes”, si bien es un término generalizado[27].

Mientras que una de las coordinadoras del Espacio A planteó:

[En estos grupos] apostamos bastante al cambio de conducta para que a partir de ahí pueda cambiar la emoción y el pensamiento, que a veces es lo más difícil de cambiar. Los esquemas mentales son patrones cognitivos que tienen mucha importancia en la interpretación de la realidad, son como mapas internos, los contenidos de los esquemas y las creencias se construyen a partir de experiencias y a partir de las vivencias de los diferentes procesos cognitivos[28].

En la misma sintonía, en una de sus intervenciones en el grupo que fue observado para el desarrollo de esta tesis, afirmaba:

Primero trabajamos en la conducta, obligamos a la conducta a ser diferente, lo demás por ahora sigue igual. Hasta que se empiece a generalizar esa conducta, genere una emoción positiva y luego lo transformemos en pensamiento. Es un triángulo de pensamiento, emoción, conducta[29].

Aquí podemos ir identificando que, si bien ambos espacios parten del mismo marco teórico, en la intervención se van tomando diferentes particularidades.

Retomando con el enfoque ecológico, este es utilizado para el abordaje psicosocial de la violencia intrafamiliar, en la medida que permite advertir sobre las distintas variables que se pueden encontrar en los distintos sistemas y que deben tenerse a la vista en el despliegue de las intervenciones psicosociales (Jiménez y Medina, 2011). Desde este enfoque, se abordan, en los dispositivos grupales con varones, los mandatos culturales, los estereotipos de género, su formación masculina, el significado de obediencia, autoridad, ser el hombre del hogar, entre otros aspectos. El poder, la violencia y la relación entre ambos son uno de los ejes que se trabaja en estos espacios. Hannah Arendt (2006) sugería que el poder y la violencia eran opuestos, donde uno domina absolutamente falta el otro: “La violencia aparece donde el poder está en peligro pero, confiada a su propio impulso, acaba por hacer desaparecer al poder […]. La violencia puede destruir al poder; es absolutamente incapaz de crearlo” (p. 77). El poder, entonces, desarrolla espacios para poder ejercerse, se inclina hacia el otro para doblegarlo. La violencia, en cambio, reduce los espacios, inclina al otro hasta quebrarlo. Mientras que el poder actúa sobre la libertad del otro, la violencia la destruye. La violencia no pretende actuar sobre la libertad del otro, sino destruirla. En este sentido, une de les psicólogues del Espacio B realizó una intervención orientada a problematizar el ejercicio de poder vinculado a la violencia:

Hay una autoridad de los padres para con los hijos, el tema es el ejercicio de ese poder. Tener poder no es ejercer violencia. El tema es cómo uso ese poder o cuándo abuso de ese poder. Cuándo no hago un buen uso. Abuso por esa diferencia de poder y con eso daño. No hace falta gritar. ¿Por qué? ¿Impotencia? ¿Pierdo autoridad?[30]

De esta manera, en el trabajo grupal, el varón podrá observar, aprender y practicar un estilo comunicacional diferente. Se demostrará en la práctica una modalidad de relacionarse entre les coordinadores respetando las decisiones, sin jerarquías establecidas ni abuso de poder, donde todes tienen la posibilidad de expresar pensamientos y sentimientos sin el ejercicio de la violencia de género.

Además, plantean como objetivo principal colaborar en el cuidado, la defensa y la protección de la mujer y les niñes. A su vez, otro de los objetivos es la reducción de los comportamientos violentos que son difíciles de desaprender porque están enraizados en un aprendizaje dentro de esta cultura patriarcal y machista. Para que esto sea posible, es fundamental disponer de las herramientas (teóricas y conceptuales) para percibir y reconocer la problemática; de lo contrario, permanecerán invisibles las múltiples formas de violencia que constituyen la base de un complejo iceberg, del que el feminicidio[31] es la expresión más intensa (Lagarde, 2006), y no está aislada del entramado de violencias y desigualdades de género, como los actos y las omisiones que se corresponden a la violencia psicológica, emocional y simbólica inscripta en las prácticas cotidianas de las familias, como el manejo del dinero, la distribución de las tareas domésticas, la postergación del proyecto personal de la mujer, etc. Son estas prácticas las que producen y reproducen las condiciones que naturalizan la desigualdad y la violencia (Bourdieu y Passeron, 2001). Por estos motivos, está contraindicada la terapia de pareja, la presencia de la violencia distorsiona la relación de tal forma que no es posible este tipo de terapia. A su vez, cuando el varón plantea una terapia de pareja, no se responsabiliza de la violencia ejercida ni muestra signos de tener conciencia de su problema o disposición para cambiar, se lo adjudica al vínculo, a la pareja.

La dinámica ecológica y el enfoque de género posibilitan un abordaje integral de las relaciones interpersonales entre mujeres y varones, dado que se reconoce el poder de la cultura y sus instituciones en las personas, pero también el de estas en ellas (Garda Salas, 2010). La perspectiva de género es una herramienta que permite analizar la violencia contra las mujeres, ya que sirve para reconocer las desigualdades y las relaciones de poder que se dan en función de la identidad de género. Además, devuelve una mirada de la realidad social en términos de jerarquías, discriminaciones y opresiones, donde el punto ordenador, divisor y estructurador es la pertenencia a los distintos géneros. En el próximo apartado, abordaremos cómo se realizan las intervenciones partiendo de este marco teórico con una perspectiva feminista.

1.5. Repensar la intervención desde el enfoque de género

En una primera aproximación, podríamos decir que, desde una perspectiva feminista, la violencia por razones de género en la pareja es una expresión de individuos dominantes que mantienen y reproducen interesadamente sus privilegios y poder social, llegando a la violencia cuando es necesario, en la trama sociocultural, política y económico-financiera del sistema metaestable del patriarcado. Eso mismo podemos analizarlo cuando Rodolfo plantea en el grupo: “Yo no lloro nunca, si lo hago me muestro vulnerable. La única vez que lloré fue cuando descendió Chicago”[32]. Cabe aclarar que este llanto se da en un contexto de cancha, donde las lágrimas estaban habilitadas por otros varones que se encontraban en la misma situación. Nadie perdía el poder social y sus privilegios en ese ámbito, era una demostración de amor al club.

Bonino (2002) afirma que el abordaje integral requiere remover obstáculos (ruptura epistemológica), y que solo puede hacerse a través de herramientas de conocimiento críticas que permitan visibilizar, deconstruir y deshacer los saberes establecidos. Esas herramientas son la perspectiva de género y la consideración de la subjetividad de los individuos con un enfoque centrado en la prevención. En el Espacio A, Alejandro plantea que a su pareja le dicen cosas en el barrio y eso a él le molesta mucho, tanto que quiere ir a tomarlos a golpes de puño para que no molesten. Frente a este planteo, une de les coordinadores interviene:

Le pasa algo a la pareja de Alejandro, está recibiendo un acoso callejero, y Alejandro ya va a hacer justicia tomándolo a golpes de puño. Ahí queda invisibilizada la voz de su pareja, Alejandro acciona más porque le molesta a él que a su propia pareja. Él lo dice… a mi pareja no le agradaría verme a mí en esa situación, ella no le da importancia lo que le dice. Entonces queda en una disputa de machos, que le dijo algo a mi pareja y es mi pareja, no es la tuya, y ahí se da la disputa de quién es más macho y la mujer en disputa, es un objeto, un trofeo de una disputa entre varones[33].

Se presenta la perspectiva de género como un modo de mirar, un instrumento para alumbrar dimensiones que, por el proceso de naturalización que opera sobre lo social o intencionalmente, para sostener el statu quo, no se perciben. Muestra los mecanismos y los procesos sociales por los cuales se transforma la diferencia sexual en desigualdad genérica (Cazés, 1999), dejando en claro que los aspectos que oprimen, subordinan y delimitan a algunos sexos sobre otros son del orden social, cultural y simbólico, y no biológicos, por lo tanto, cuestionables y modificables. Es con esta mirada con que se ponen en tensión los preconceptos anclados en los estereotipos de género. Para Cook y Cusack (2010), los estereotipos de género son una construcción sobre la base de las diferencias que se tejen en las funciones físicas, biológicas, sexuales y sociales:

El término “estereotipo de género” es un término genérico que abarca estereotipos sobre las mujeres y los subgrupos de mujeres y sobre los varones y los subgrupos de varones. Por lo tanto, su significado es fluido y cambia con el tiempo y a través de las culturas y las sociedades (p. 2).

Estos actos de violencia de los varones ocurren dentro de lo que he descrito como “la tríada de la violencia de los hombres” (Kaufman, 1989). La violencia de los varones contra las mujeres y les niñes no ocurre en aislamiento, sino que está vinculada a la violencia entre varones y a la interiorización de la violencia; es decir, la violencia del varón contra sí mismo. El mismo autor plantea lo que denomina “las siete P de la violencia de los hombres” para explicar las relaciones que se dan entre la construcción de la masculinidad y la violencia:

  • Poder patriarcal. Según el autor, los varones ejercen o ejercieron violencia contra otres varones, contra sí mismos y contra la mujer. Esto ocurre dentro de un ambiente con demandas patriarcales y por sociedades dominadas por varones que han naturalizado la violencia. Tanto en un espacio como en el otro, los varones plantean situaciones de su pasado en el cual resolvían situaciones conflictivas en el ámbito público ejerciendo violencia sin dar cuenta del daño que generan en su entorno.
  • Percepción de derecho a los privilegios. No solo las desigualdades de poder conducen a un varón a ejercer violencia, también puede influir su percepción consciente o inconsciente de su “derecho” a ciertos privilegios. Esto se visualiza en los grupos cuando no hay registro del trabajo de cuidado o incluso en la distribución de las tareas del hogar. Si bien, en los registros de los grupos, se detecta un discurso en la línea de que “las cosas cambiaron”, “mi viejo se sentaban y lo servían” o incluso “yo cocino”, también se visualiza cómo hay una búsqueda de reconocimiento en esas acciones que en definitiva no terminan siendo del todo compartidas, sino eventualmente compartidas[34].
  • Permiso. Los deportes, el cine, la literatura y otros ámbitos no solo han mostrado de forma natural los actos de violencia (usualmente contra otros varones), sino que también son celebrados. Además de ser permitida en algunas costumbres sociales, códigos legales, leyes y ciertas enseñanzas religiosas, el uso de la violencia se ve como un medio clave para resolver diferencias. Los varones que acceden a estos espacios recurrieron a la violencia para resolver conflictos. La gran mayoría de los varones que asisten a ambos espacios han recibido una denuncia para poder poner un coto a esa violencia ejercida en diferentes oportunidades[35].
  • Paradoja del poder de los hombres. El autor se refiere a que la forma en que los varones han construido su poder social e individual, paradójicamente, se basa en la fuerte dosis de temor, aislamiento y dolor que sienten y no pueden mostrar. Requieren una armadura personal debido a las expectativas interiorizadas de masculinidad y al temor de no pasar la “prueba de hombría” que exige la sociedad, que llena a muchos varones con ira, autocastigo y agresión. Dentro de tal estado emocional, la violencia se convierte en un mecanismo compensatorio que usualmente se expresa en la selección de una persona más débil o vulnerable. Las exigencias que se dan en torno a estos mandatos de ser varón se manifiestan en Raúl, quien, luego de la muerte de Diego Armando Maradona, un referente para él, expresaba malestar y situaciones de violencia verbal con su pareja por no poder demostrar el dolor que sentía generado por esa situación[36].
  • Armadura psíquica de la masculinidad. Kaufman plantea que la estructura de carácter está basada usualmente en la distancia emocional y es creada en las etapas tempranas de crianza. Se forman rígidas barreras o una fuerte armadura, ya que la masculinidad es codificada como un rechazo a la madre y a la feminidad. Esto disminuye sus habilidades de empatía y se refiere a la incapacidad para experimentar las necesidades y los sentimientos de otras personas. La capacidad de empatía de los varones que asisten a estos espacios es lo que más cuesta, sobre todo con aquella mujer con la cual ejercieron violencia. Se minimizan los hechos de violencia con frases como “No fue para tanto” o “¿Vos qué harías si estás en una situación así?”, buscando una complicidad entre varones que responda a esa armadura psíquica de la masculinidad. Muchos varones durante el trayecto de la permanencia del grupo van detectando ese ejercicio de violencia invisibilizado y naturalizado que ejercían. En esta línea, Matías manifiesta: “Estando acá, me hicieron ver que, si bien mi violencia no era física, era psicológica, y que ocasiona daño de igual manera que un golpe”[37]. Es así como la violencia minimizada en un primer momento va de a poco identificándose y a su vez se visualizan ejercicios de violencia que no se encuentran evidenciados cuando inician su participación en el espacio.
  • Masculinidad: una olla psíquica de presión. Muchas de las formas dominantes de masculinidad dependen de la interiorización de una gama de emociones y su transformación en ira. Es bastante común que los niños varones cis aprendan, a una temprana edad, a reprimir sentimientos de temor y dolor. Por lo tanto, para muchos varones la única emoción que goza de alguna validación es la ira. Esto se puede visualizar en una de las observaciones realizadas en Espacio A, cuando uno de los participantes menciona que su padre le reiteraba en varias oportunidades “No seas puto” cuando tenía alguna actitud que no respondía al modelo de varón de su padre.
  • Pasadas experiencias. Muchos varones crecieron presenciando conductas violentas hacia las mujeres como algo normal, lo que pudo haber inculcado patrones donde es posible lastimar a una persona amada. Así como esta experiencia puede generar repulsión hacia la violencia, en otros produce una respuesta aprendida. Cuando se habla de la infancia en estos grupos, muchos manifiestan cómo sus padres ejercían violencia contra sus madres, es el caso de Joaquín, quien, cuando cumplió 15 años, le puso un límite a su padre: “Agarré un sifón y me le planté, le dije que a mi vieja no le pega más o le partía el sifón en la cabeza”[38].

Para poder ir analizando el proceso que transitan les varones en el espacio grupal, tanto en el Espacio A como en el Espacio B, toman contacto con la pareja para ir dando cuenta de los cambios (o no) que los varones van realizando no solo con sus conductas, sino con su propia construcción de masculinidad. En este sentido, el Espacio A toma contacto con las parejas[39] de los varones que asisten al inicio y cada tres meses durante la permanencia del varón en el grupo. Por su parte, el Espacio B toma contacto también al inicio y cada seis meses. Este rol asignado a las parejas es uno de los aspectos que analizaremos en el capítulo cuatro.

Retomando los aspectos desarrollados en este apartado, pudimos ir viendo diferentes desafíos que circulan en torno a la intervención que se da para el interior de los dispositivos y cómo está va tomando diferentes características. En el siguiente apartado, analizaremos qué implicancias tienen estas intervenciones. ¿De qué manera se va interpelando la construcción de masculinidad de cada varón?

1.6. La(s) masculinidad(es) en tensión

En los apartados anteriores, pudimos analizar cómo se van configurando y definiendo ciertos aspectos que determinan el ser varón en sociedad y cómo se trabaja en los espacios grupales de Espacio A y Espacio B.

Connell (1997) plantea la idea de masculinidad hegemónica haciendo referencia a aquella forma de ser varón que se impone de manera invisible como medida de lo normal. Sin embargo, el carácter hegemónico no es situado en un análisis concreto de las relaciones de poder, sino como un sentido descriptivo al listar una serie de características y atributos que darían cuenta de esa masculinidad (Fabbri, 2021). Además, Fabbri plantea la masculinidad como dispositivo de poder para dar cuenta del conjunto de discursos y prácticas que se les asigna a los varones por nacer como tales dentro de un orden de género cisheteropatriarcal (2021). Por eso, en este apartado hablaremos de la masculinidad como tal, como un dispositivo de poder que va tomando diferentes características, pero que conduce al ejercicio de la violencia para, justamente, no perder el poder.

En la misma línea, Azpiazu Carballo (2017) se cuestiona cuán representativa es esa masculinidad hegemónica y destaca que este modelo, más que hegemónico, es arquetípico de la masculinidad. Es un patrón que rige presentado como negativo y que funciona como herramienta para distanciarse, como un exterior constitutivo y no como una herramienta de cuestionamiento. Esto ocurre en el espacio grupal cuando se abordan los femicidios que ocurren en la sociedad, se establecen estos mecanismos de distanciamiento y no de cuestionamiento. Pocas reflexiones, como la del título de este capítulo, giran en torno a la responsabilidad de identificarse con la categoría de varón y, de alguna manera, con el hacerse cargo.

En la dinámica grupal de estos espacios, los estereotipos, mandatos y roles circulan de una manera naturalizada y poco cuestionada por esos varones. Además, no suelen ser conscientes de las situaciones de privilegio social que gozan por su condición de género. La mirada que acostumbran tener sobre estas realidades es que provienen del orden de lo dado o natural, y no problematizan este orden. Es decir, no conciben que las asimetrías entre varones y mujeres, que forman parte de su realidad cotidiana, se encuentran determinadas por mecanismos de desigualación social (Fernández, 2007).

En un encuentro observado del Espacio B, se trataba la situación de un participante que no podía tomar la decisión de separarse, de irse de la casa sabiendo que la presencia en el hogar era un riesgo para su pareja y sus hijes. Algunos participantes mencionaban aspectos económicos, otros, que no tenía un lugar para ir, pero Luis comenta:

Otro aspecto que me parece relevante para tomar la decisión es lo emocional, la de sentir capaz de que uno puede vivir solo, de que está en condiciones, obviamente lo económico es importante, pero también lo emocional, el decidirse y el creerse capaz[40].

Pero luego el mismo varón menciona: “Además está la posibilidad de que, yéndose, se acabe el hostigamiento y que con eso la otra persona se sienta bien y no me necesite”[41]. Nos podríamos interrogar para problematizar las intervenciones: ¿qué ocurre cuando los varones no cumplen con estas exigencias, sienten que están en crisis su masculinidad y su identidad como tales? Con relación al comentario mencionado, el psicólogo del Espacio B interviene:

Mi rol junto a ella es que genere en la relación de que ella me necesite, y yo tengo un rol importante acá porque ella me necesita. Soy útil, sirvo para algo, pero, si me voy, ella puede ser autónoma, valerse por sí misma y que ya no me necesite y ahí pierdo el rol de proveedor, uno de los roles, perder un rol importante. Si lo dejo de ser, pierde el sentido de mi vida. Yo me siento importante que el otro me necesite y yo poder dar, pero, si lo pierdo, me pierdo a mí mismo. Es una pérdida de identidad, a eso voy con lo del otro puede no necesitarme[42].

Frente a esta situación, Luis comenta: “Sí, es como que existo en tanto y en cuanto este otro me haga sentir que me necesita. Me sostiene”[43]. La idea de necesidad o de interdependencia está vinculada con el modo en que se construyen esos vínculos, con roles y relaciones socialmente construidos, que llevan abuso de poder. Esa asimetría de poder en las relaciones entre varones cis y mujeres cis viene definida por los géneros construidos socialmente, afectados por el poder social que impone un tipo de feminidad y masculinidad, que, a su vez, definen roles diferenciados y que afectan a la totalidad de la vida social.

Las exigencias de lo masculino son muchas, existen variaciones en la forma de demostrarlo, que dependen tanto del contexto social, la religión, el grupo de edad, la condición física y mental y los grupos de referencia, como los grupos de trabajo, las instituciones educativas, el vecindario y los grupos de pares (Rosemberg, 2000). En la misma línea, Rita Segato (2018) expresa que aquel varón que cumple con la exigencia del mandato de la masculinidad obtiene cierto estatus entre sus pares, un reconocimiento entre los miembros de la fratria masculina tras la necesidad de dar cuentas a un otro masculino. La obligación de dominio que recae sobre los varones para pertenecer. Celia Amorós, citada por Rosa Cobo (1995), apunta a la constitución de la fratria como un grupo juramentado, aquel constituido bajo la presión de una amenaza exterior de disolución, donde el propio grupo se percibe como condición del mantenimiento de la identidad, los intereses y los objetivos de sus miembros.

Nos interrogamos entonces cómo se construyen herramientas para desarmar esta construcción. En este sentido, fuimos viendo cómo se van desarrollando diferentes herramientas para intervenir desde el marco teórico y desde una perspectiva feminista. A su vez, toma un sentido importante la circulación de la palabra dentro del espacio grupal. Estos espacios no tienen solo intervenciones “horizontales” y “lineales” entre les coordinadores y los varones. No se trata de transmitir conocimientos como si fuera una dinámica de docentes y alumnes en una educación bancaria (Freire, 1970). Se trata de experiencias y procesos de reflexión donde la interacción entre los participantes es guiada por el equipo que coordina. Romano (2019) plantea que las interacciones entre los participantes (sus reacciones, reflexiones, formas de contención y de reconocimiento de las experiencias de los demás) tienen un impacto significativo en el proceso de cambio de estos varones. En la dinámica grupal, los asistentes muchas veces consiguen expresar experiencias y emociones que no habían compartido antes con nadie, menos con otros varones cis. Es así como Alejandro, que ya lleva un año en el grupo, interpela a los demás compañeros del espacio:

Veo los cambios en mí, la forma de hablar, cómo bajé, cómo cambié el diálogo, y eso ojalá también puedan usarlo y que también sepan que acá nadie es más, nadie es menos, y que estamos acá todos por lo mismo. De acá no sale nada, que no se sientan atacados y que somos todos iguales y estamos acá por lo mismo[44].

Esta reflexión planteada hace referencia al recorrido que hacen los varones que ejercieron violencia en estos espacios, en línea con lo mencionado por Romano (2019), se considera que estas intervenciones son importantes para la transformación subjetiva de cada varón cis que forma parte del grupo. Estas intervenciones “horizontales” permiten la interpelación desde un par que se encuentra en la misma situación que los demás participantes.

Entonces, podemos ir viendo cómo no solo se dan intervenciones “verticales”, sino también “horizontales” entre los participantes del grupo. La dinámica grupal entre los varones va adquiriendo una forma de “autorregulación” entre sus integrantes, la importancia de no seguir reproduciendo relaciones asimétricas de poder. Para poder analizar este tipo de intervenciones “horizontales” y de “autorregulación”, tomo la idea de affidamiento de las feministas italianas que desarrollaron este concepto para referirse a la alianza entre una mujer experimentada, experta, cargada de conocimientos, y una mujer joven, llena de potencia, pero falta de experiencia (Luque, 2020). Esta última requiere de guía y consejo para empoderarse y poder así actuar en una sociedad patriarcal. El término representa la relación específicamente femenina de confianza y apoyo mutuo entre mujeres, considerando dicho vínculo como una práctica social disponible para su empoderamiento (Librería de las Mujeres de Milán, 2004)[45]. ¿Se podría pensar esta lógica para los varones que ingresan nuevos al grupo y aquellos que ya llevan un tiempo en él?

Siguiendo el planteo de affidamento masculino de Cecilia Luque (2020)[46], se toma este concepto como una forma del arte cuir del fracaso del varón patriarcal. Se trata de reformular/cuirizar tal categoría para denominar prácticas masculinas emergentes que aún no tienen nombre propio. De esta manera, el affidamento masculino sería ese conjunto de prácticas y afectos que los varones que tienen tiempo de permanencia en el espacio grupal les proponen a aquellos nuevos ingresantes que llegan con resistencias. Luque plantea que el affidamento masculino es un afecto que, en la contemporaneidad, funciona como dispositivo de despatriarcalización y desujeción: esto es, el proceso en el cual los varones abandonan los mandatos y las obediencias de las normas patriarcales, perdiendo su posición de privilegio. De esta manera, se buscan formas más libres de ser varones, aunque estas los lleven a situaciones de incomodidad. Cabe destacar que las intervenciones “horizontales” o de “autorregulación” se destacaron más en las observaciones no participantes realizadas presencialmente en el Espacio B que en las realizadas en Espacio A. Se deduce que esto ocurriría no solo al tipo de coordinación y experiencia de les coordinadores de ambos espacios, sino también a la modalidad en la cual se desarrollaba cada grupo[47].

Siguiendo el planteo de affidamento masculino en las intervenciones “horizontales”, podemos analizar la propuesta de “apadrinamiento” que le plantearon les coordinadores del Espacio B a David:

Estábamos pensando de pensar una articulación como si fuese un padrinazgo. La idea sería que lleve un rol de padrino, que se comunique con él y que pueda conversar de lo que está pasando para que de alguna manera baje la tensión […]. David, si vos te sentís apto como para acompañarlo, llamarlo una vez al día y que hablen, no chat. Le decís: “Te puedo llamar para hablar dos minutos?”. Y preguntas directas como “¿Estás con el laburo, tus compañeros, hijos, tu pareja?”… ¿Vos creés que esto lo podrías hacer?[48]

Este tipo de intervención tiene varias intenciones más allá del proceso de affidamento masculino que se puede estar gestando. En esta intervención hay un análisis de riesgo que realizan les coordinadores. Hay un riesgo latente que hace recurrir también a un par para que actúe. Esto abre, a su vez, dos interrogantes: por un lado, ¿cómo se encuadra la comunicación entre los varones que acceden a estos espacios? Porque, así como se manifiesta la posibilidad de intervenciones “horizontales” en el orden de una construcción de masculinidad despatriarcalizada, también esta comunicación puede generar espacios de resiste, de complicidad machista y de alianzas patriarcales. En el marco de la virtualidad, ambos espacios han tomado los recaudos pertinentes, como, por ejemplo, no tener habilitado el chat para el diálogo entre ellos en la plataforma virtual utilizada. Por otro lado, la pregunta que surge es cómo se miden y analizan los efectos subjetivos que ocurren en ese varón luego de atravesar el espacio grupal. Esta intervención del “padrinazgo” se da en un contexto de evaluación por parte de les coordinadores: se observa un riesgo para su pareja conviviente y sus hijes. Este aspecto es una de las cuestiones que desarrollaremos en el presente trabajo.

1.7. Reflexiones finales

En este primer capítulo, pudimos analizar las modalidades de abordaje de los dispositivos grupales del Espacio A y del Espacio B. Para esto fue necesario no solo recorrer la historia de cada espacio, sino analizar ciertas concepciones teóricas desplegadas dentro de la dinámica grupal. De esta manera, fuimos caracterizando diferentes intervenciones y comparándolas. Observamos que, si bien en términos teóricos están posicionados en la misma perspectiva, cada intervención de cada une de les profesionales tiene su especificidad. Pudimos notar que esto no solo responde a la trayectoria formativa de cada dupla coordinadora, sino también a la experiencia de trabajo en la temática. En este aspecto, el Espacio B tiene más de 10 años de existencia, mientras que el Espacio A tuvo su puesta en funcionamiento en plena pandemia.

A su vez, pudimos reunir algunas características principales que se dan en los varones que acceden a estos espacios y comentar cómo se da la dinámica grupal. Identificamos intervenciones “verticales” por parte de la coordinación y “horizontales” de autorregulación por parte de los integrantes del espacio. Pudimos ver, en la experiencia de estos varones, la construcción de masculinidad y cómo se aborda la violencia por razones de género en ambos espacios. Pudimos establecer ciertas características de estos varones y analizamos como la negación, la minimización y el reconocimiento de la violencia ejercida son algunas de las características de quienes acceden a este espacio.

Finalmente, tomando el enfoque ecológico multidimensional y la perspectiva de género, vimos cómo se desarrolla este proceso de desarme de masculinidad arquetípica. En este sentido, el sistema patriarcal va desarrollando nuevas masculinidades patriarcales que van tomando diferentes matices, pero sin modificar la matriz estructural. De esta manera, es necesario poder profundizar y enriquecer conceptualizaciones para el trabajo con varones que ejercen o ejercieron violencia con el fin de realizar intervenciones técnicas que permitan el desarme radical. Aun en estos espacios prevalece una mirada binaria de género; por este motivo, es importante poner en cuestión el enfoque de género y disidencia sexual para que, desde una mirada integral y compleja, se pueda escapar de la imposición violenta de lo que se supone como “normal” o “sano” (Colanzi, 2018).

A partir de los recorridos efectuados en relación con el análisis de los dispositivos, en el siguiente capítulo, problematizaremos aspectos relativos a la especificidad del lugar de enunciación de los varones que integran estos dispositivos. En tal sentido, consideraremos como eje las configuraciones de los lazos sexo-afectivos y las emociones como aspectos notables al momento de deconstruir la perspectiva de los varones hegemónicos y el ejercicio de las violencias como nudo crítico de los vínculos interpersonales de violencias por razones de género.


  1. Nota de campo del Espacio A, 16/2/2020.
  2. Nota de campo Grupo Espacio A, 29/06/2021.
  3. La información de ambos espacios fue relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 a sus coordinadores.
  4. Capítulo III, Art. 10 Inc. 7. “El Estado nacional deberá promover y fortalecer interinstitucionalmente a las distintas jurisdicciones para la creación e implementación de servicios integrales de asistencia a las mujeres que padecen violencia y a las personas que la ejercen, debiendo garantizar: Programas de reeducación destinados a los hombres que ejercen violencia”.
  5. El comité tiene como objetivo promover y facilitar los procesos que conduzcan a la detección, contención, prevención y asistencia de situaciones violentas de les usuaries.
  6. El Proyecto Barcelona intentó replicar en Argentina el formato de tratamientos con varones que ejercen violencia por razones de género que se realizaba en España. Se desarrolló durante cuatro meses donde psicólogues y trabajadores sociales coordinaban grupos de hospitales públicos. Allí acudían varones por indicación de un juez.
  7. Nota de campo, 15/06/21.
  8. Decreto 297/2020 que estableció el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Decreto 125/2021 que estableció el distanciamiento social, preventivo y obligatorio.
  9. Funcionaban semanalmente en encuentros de 90 minutos vía plataforma Zoom.
  10. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021.
  11. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021.
  12. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de mayo de 2021.
  13. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de mayo de 2021.
  14. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021.
  15. En el anexo se adjunta el formato de la entrevista de admisión de ambos espacios.
  16. Organismos que realizan derivaciones: juzgados, fiscalías, Dirección de Control y Asistencia de Ejecución Penal, Patronato de Liberados, Ministerio Público Fiscal, patrocinio jurídico gratuito de la Universidad de Buenos Aires, el Ministerio de Justicia, centros de salud, entre otras instituciones.
  17. El Espacio A, en particular, en su proceso de difusión tuvo contacto y recibió derivaciones de la Agrupación Varones Antipatriarcales de la CABA, la Dirección General de la Mujer del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la Agrupación Desarmarnos, la Agrupación Aula Vereda, el Ministerio de Justicia, la Fundación Avon, la Agrupación La Barriada, el Área de Géneros de la Asociación de Trabajadores del Estado Seccional Capital, la APUBA (Asociación del Personal de la Universidad de Buenos Aires), Línea “Hablemos” del Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual.
  18. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de mayo de 2021.
  19. Protocolo y Consentimiento Informado.
  20. El Espacio A realiza estas entrevistas cada tres meses, y el Espacio B, cada seis meses.
  21. Mensaje enviado por WhatsApp al celular institucional del Espacio A, 08/04/2021.
  22. Entrevista a una de las coordinadoras del Espacio A, 4/06/2021.
  23. Notas de campo de entrevista de admisión realizada el 21/05/2021.
  24. Notas de campo de entrevista de admisión realizada el 11/06/2020.
  25. Notas de campo de entrevista de admisión realizada el 19/08/2020.
  26. Observación Espacio A, 17/05/2021.
  27. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021.
  28. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021.
  29. Observación Espacio A, 17/05/2021.
  30. Observación Espacio B, 27/04/2019.
  31. En los datos de las políticas públicas, se habla de femicidio, y Lagarde utiliza este término para resaltar la dimensión política de este tipo de violencia extrema.
  32. Nota de campo del Espacio A el 6/04/2021.
  33. Observación Espacio A, 4/05/2021.
  34. Nota de campo del Espacio A, 19/07/2019.
  35. Información obtenida de las entrevistas realizadas a les coordinadores de ambos espacios.
  36. Nota de campo del Espacio B, 1/12/2020.
  37. Nota de campo del Espacio B, 19/07/2019.
  38. Nota de campo del Espacio A, 16/03/2021.
  39. En el caso de no tener pareja, se toma contacto con algún familiar, preferentemente conviviente.
  40. Observación Espacio B, 7/06/2019.
  41. Observación Espacio B, 7/06/2019.
  42. Observación Espacio B, 7/06/2019.
  43. Observación Espacio B, 7/06/2019.
  44. Observación Espacio B, 7/06/2019.
  45. La Librería de las Mujeres (Libreria delle Donne) de Milán abrió el 15 de octubre de 1975 y todavía sigue en funcionamiento. Luisa Muraro, una de sus fundadoras, dice que la librería, desde sus inicios, ha sido tanto una tienda cuanto un lugar de elaboración teórica y un taller de práctica política, un conjunto de relaciones interpersonales y un compromiso junto a otras (Herrera, 2019-2020).
  46. Luque realiza un análisis de la película británica El discurso del rey (2010). Allí observa la amistad entre el rey George vi y el fonoaudiólogo Lionel Logue. Este vínculo es representado como un conjunto de prácticas y afectos inusuales entre varones, los cuales habilitan líneas de fuga de la masculinidad hegemónica patriarcal y burguesa.
  47. Como se mencionó, Espacio A es un dispositivo virtual que se puso en funcionamiento en pleno desarrollo de la pandemia, en ese contexto se realizaron las observaciones. Mientras que las observaciones del Espacio B se realizaron previamente a la pandemia, de manera presencial durante el año 2019.
  48. Observación Espacio B, 7/06/2019.


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