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4 La hiperstición sintética

Un nuevo régimen de verdad

Helga Fernández

1. El lenguaje en estado viral

1.1. El contexto

Vivimos en un nuevo régimen de verdad, uno donde el lenguaje, en su dimensión viral, se convirtió en una fuerza instrumentada por diferentes poderes. Ya no se trata solo de comunicar, sino de producir realidad de manera profusa. Este fenómeno, potenciado por la tecnología digital, nos enfrenta a desafíos inéditos que exigen nuevas condiciones de legibilidad y una acción urgente.

Este texto intenta leer la naturaleza de este nuevo régimen a partir del fenómeno de la hiperstición[1]: una forma de (tecno)ciencia experimental de profecías autocumplidas[2] que está transformando nuestra relación con la verdad, la ficción y el poder.

En este contexto, los fenómenos políticos y sociales no son el producto de individuos aislados, sino de agenciamientos complejos. El ascenso de figuras como Javier Milei en Argentina no puede explicarse solo por su personalidad o sus ideas. Es crucial no atribuir todo a un único líder o figura mesiánica. Milei, Trump o Bolsonaro, más que la comparecencia de un UNO, representan un agenciamiento conformado por quienes digitan su composición y sustento. Su ascenso, en parte, se explica por fuerzas tan incompatibles como sinérgicas: la crisis de representatividad de los partidos políticos y los gremios, la dificultad para renovar los modos de organización e institucionalidad. Y, fundamentalmente, la proliferación de un fenómeno preexistente que viene cobrando fuerza: el lenguaje en estado viral. Es en este terreno, abonado por la desconfianza en las instituciones y la circulación acelerada de información, donde la hiperstición encuentra un caldo de cultivo ideal que nos confronta con una mutación: una nueva forma de producción del oyente y una relación diferente con el saber y la verdad.

1.2. Una cualidad intrínseca

El lenguaje, por su naturaleza, no requiere el calificativo de viral: es viral por necesitar de otros cuerpos para replicarse. Igual que cualquier otro virus, el lenguaje se transforma desde las cualidades de cada huésped que infecta. En el devenir de esta transformación, sus propiedades inherentes se modulan al encarnar en un cuerpo orgánico y se intensifican al hospedarse en uno metálico –una letosa[3], un dispositivo inanimado que hoy es capaz de reproducir la palabra–. Cuando es exceptuado de las interrupciones que imprime la encarnación, el lenguaje se reproduce con una fuerza que demanda conexión y, no tan paradójicamente, desanuda enlaces preexistentes.

En la era predigital, esta viralidad inherente carecía de los medios para la expansión y permanencia que encontramos hoy. La pandemia de COVID-19, con su consecuente aislamiento social y la explosión de la comunicación digital, fue testigo de una diseminación masiva y sin precedentes de palabras e imágenes sintéticas. Los discursos anticuarentena y las teorías conspirativas sobre un supuesto “Nuevo Orden Mundial” son ejemplos claros. Resulta una ironía que quienes negaban la existencia de una epidemia biológica fueran, al mismo tiempo, infectados por otra, no menos real: la del lenguaje propagado por el mismo agenciamiento –muchas veces tecnológico y corporativo– que, sin saberlo, denunciaban.

No basta, sin embargo, con considerar que el lenguaje en estado viral se estableció porque se transmitió más de letosa en letosa que de cuerpo en cuerpo. La digitalización de la vida cotidiana, per se, no explica la magnitud del fenómeno. Fue la conjunción de esta digitalización con la “suspensión del lazo con el otro”, impuesta por el distanciamiento social y el temor al contagio, la que creó las condiciones óptimas para esta explosión lingüística. La palabra, separada del cuerpo, de la mirada, del tono y del gesto, y amplificada exponencialmente por la tecnología, encontró un terreno fértil para su proliferación.

1.3. Modos de transmisión de la palabra

Ante la actual situación, marcada por lo que podría designarse como un “estadicidio” –la erosión deliberada de las instituciones estatales– perpetrado por quienes ostentan la investidura presidencial y gobiernan instrumentando esta nueva forma de transmisión del lenguaje, resulta pertinente revisitar las reflexiones de Walter Benjamin en su ensayo “El narrador” (1936).

“El narrador”[4] –escrito ante los efectos de la Primera Guerra Mundial– recuerda que los modos de transmisión de la palabra fueron urdidos en ritmos tan lentos como los cambios que, en cientos de milenios, sufrió la superficie de la Tierra. Benjamin se refiere a la transmisión oral, la novela y la información, aunque su trabajo permite incluir otras formas preexistentes, como la poesía, y anticipar otras que surgirían, como la transmisión digital.

Hoy, la narración, la novela, la poesía, la información y lo que llamo la transmisión digital coexisten en el tiempo, a veces apropiándose una del nuevo contenido de las otras o variando la estética de sus propiedades para subsistir; pero, en ciertas oportunidades, colisionando y anulándose entre sí.

La narración: la narración es un tejido de voces, una cadena de relatos que se extiende desde un pasado remoto, donde incluso la naturaleza participa como un actor más. La verdad, en la narración, no reside en la exactitud de los hechos, sino en la trama del discurso, en el entrelazamiento de las voces que lo conforman. Cada narrador es un hilo en este tejido, que deja su huella en la historia. La realidad se crea “colectivamente”, en la interacción de todos los participantes. La narración implica una temporalidad compartida, un ritmo propicio para la escucha y la reflexión.

La novela: aunque tiene raíces en la antigüedad, la novela tardó siglos en encontrar las condiciones para su pleno desarrollo. Curiosamente, su florecimiento coincidió con el inicio del declive de la narración. La novela, a diferencia de la narración, se centra en la experiencia individual, en la interioridad del personaje. Es un producto de cierto modo de soledad del lector, que se sumerge en un mundo ficticio, pero a la vez personal.

La información: con el auge de la burguesía y el uso de la prensa como herramienta del capitalismo, surgió como una nueva forma de comunicación. Centrada en lo inmediato, en lo cotidiano, en lo verificable (o supuestamente verificable), la información se impuso poco a poco, conquistando a la mayoría de la audiencia. La información, a diferencia de la narración y la novela, privilegia la velocidad y la objetividad (o la apariencia de objetividad).

La poesía: aunque no fue central en el análisis de Benjamin, la poesía merece un lugar privilegiado en este contexto. La poesía, en su esencia, es una forma de resistencia al lenguaje utilitario, al lenguaje reducido a mera información. Juega con el lenguaje, lo explora, lo subvierte, lo lleva a sus límites; incluso lo descuartiza y desmembra para volver a encontrar allí su cimiento vivificante. Busca la resonancia, la polisemia, la ambigüedad. La poesía no pretende informar, sino crear una experiencia estética que interrogue, que abra otros sentidos.

1.4. Palabra encarnada vs. transmisión digital

Si en el pasado la transmisión oral y la información entraron en contradicción, hoy asistimos a una nueva pugna: la que se libra entre la palabra encarnada y la transmisión digital.

La palabra encarnada se arraiga en la narración, en el decir genuino, en la palabra plena. Se inscribe no solo en el cuerpo simbólico de quien habla, sino también en su carne, en su experiencia construida. Es una palabra que compromete a quien la pronuncia, que lo implica en su decir. Es la palabra a la que se apuesta en la experiencia del análisis, pero también la que se encuentra en la conversación, en el testimonio, en la creación artística.

La transmisión digital, por su parte, impulsada por la escritura algorítmica, gana cada vez más terreno. Con ella, asistimos a una mutación de los cuerpos, a una nueva forma de producción del oyente –con cierta independencia de quien oiga– y a una relación diferente con el saber y la verdad.

1.5. La transmisión digital

La transmisión digital no se limita a las redes sociales o al ámbito digital. Su lógica impregna la vida analógica: los discursos políticos, los medios de comunicación, la educación, e incluso nuestras interacciones cotidianas. Es un modo de la palabra que comenzó de forma marginal y que fue ganando centralidad hasta convertirse, en muchos casos, en la norma.

Cuando el hablante no establece una relación de implicación, de encarnadura con la fonética de sus labios, con el sonido de su propia voz, enuncia proposiciones sin corte, sin empalme, sin la puntuación que da el cuerpo a la palabra. Se produce entonces una desconexión entre el hablante y su decir. La palabra se vuelve desencarnada, un mero flujo de información sin anclaje en la experiencia.

En este circuito de la palabra desencarnada, se produce un desarraigo espacio-temporal. El discurso se convierte en un trayecto sin desplazamiento, donde el origen y el destino se confunden, donde las coordenadas del tiempo y el espacio se contraen en un ahora perpetuo sin aquí, y donde el hablante queda reducido a la mera fonética, a la motilidad de lo inanimado, a una mandíbula autómata.

1.6. El límite de la palabra

Este tipo de relación con la palabra, que circula a una velocidad vertiginosa y sin mediaciones, no suele generar pudor, vergüenza ni horror en quien la emite, sino, a menudo, indignación y escándalo en quien la escucha. Se trata de un modo de la palabra que, al situarse en el límite mismo de su posibilidad, se transforma en insulto, en agravio, en injuria. La última palabra de la vida, despojada de su anclaje en la experiencia, convertida en una voz obscena, conlleva una voz huérfana de los otros y de sí misma.

Esta forma de transmisión nos agrupa en una masa de individuos conectados, pero a la vez aislados. Genera un habla impune, que deja impune a quien la profiere. Quien insulta, quien agrede, quien difama se sitúa fuera del mundo compartido, se excreta a sí mismo y al oyente de ese mundo. Pretendiendo eliminar toda diferencia, termina por reducir al otro a un mero resto, a un objeto desechable (la “casta”, los “zurdos”, etc., en la retórica de Milei).

La obscenidad, la virulencia y el escarnio son síntomas de una transmisión que busca romper toda relación: con la sintaxis, con el pensamiento lógico, con el lazo social, con la temporalidad, con la historia. Quien habla, y es hablado por este modo de la palabra, tiende a crear una realidad atópica y distópica, una realidad sin lugar y sin futuro, basada en la hiperstición: un territorio liminal entre la ciencia y la superstición, cuya aparente veracidad se retroalimenta de su propia viralidad.

2. Hiperstición y la producción de verdad sintética

2.1. Verdad y ficción: un recorrido

La relación entre verdad y ficción siempre fue un terreno complejo y disputado. Desde Platón, que expulsaba a los poetas de su República por considerar que la ficción se aleja de la verdad, hasta la ciencia moderna, que tendió a separar ambos dominios como antagónicos, prevaleció la idea de que ficción y verdad son excluyentes.

El psicoanálisis propone una articulación diferente. Freud, desde sus inicios, establece una relación particular con la verdad, que se va complejizando a lo largo de su obra. En textos como “Construcciones en el análisis”, “Análisis terminable e interminable” y “Moisés y la religión monoteísta”[5] distingue entre verdad material (los hechos objetivos, verificables empíricamente) y verdad histórica (aquella que emerge de la experiencia subjetiva, individual y colectiva y que, aunque pueda aparecer deformada, disfrazada o desviada –como en los síntomas, los delirios, los mitos o las creencias–, contiene un núcleo de verdad ligado a experiencias traumáticas). La verdad histórica, lejos de ser una mera distorsión de los hechos, revela cómo ciertas experiencias persisten y configuran la vida psíquica y cultural, aun cuando no coincidan con los acontecimientos llamados materiales.

Lacan, siguiendo a Freud, desarrolla a lo largo de su enseñanza tres concepciones de la verdad: inicialmente como esencia del ser, luego como revelación (en el sentido de aletheia[6], desocultamiento) y, finalmente, como aquello que se distingue del saber. Esta progresión no es arbitraria; se basa en un intento de leer la relación entre verdad, ficción y lo real que se suscita en el corazón mismo de la experiencia analítica.

Tanto en Freud como en Lacan, la verdad no es algo de lo que se parte sino algo a lo que se llega, a través de un proceso de construcción que implica tiempo, trabajo y la presencia de un otro que escucha. Este proceso tiene una temporalidad específica: el après-coup, la retroacción, el efecto diferido. La verdad se constituye en la transferencia, en el lazo.

2.2. El concepto de hiperstición

Nuestra época nos confronta con un fenómeno que pone en crisis esta articulación: la hiperstición. Este término, acuñado por la Cybernetic Culture Research Unit[7] (CCRU) en la década de 1990 y desarrollado teóricamente por Nick Land, describe una forma de producción de realidad que, si bien comparte con el psicoanálisis la no distinción estricta entre realidad y ficción, opera de un modo radicalmente diferente.

La hiperstición no es una simple superstición, ni una creencia irracional. Tampoco es una serendipia ni un presagio. Es, en palabras de Nick Land, una “(tecno)ciencia experimental de profecías autocumplidas”. Se trata de circuitos de retroalimentación positiva que incluyen a la cultura como componente. Podemos desglosar esta definición:

  • Profecía autocumplida: una idea o creencia que, por el simple hecho de ser creída y difundida, termina por hacerse realidad. No se trata de una predicción acertada, sino de una causalidad retroactiva: la creencia crea la realidad que predice.
  • (Tecno)ciencia experimental: la hiperstición no es un fenómeno puramente “mágico” o irracional. Se basa en mecanismos concretos de la cultura y la tecnología, especialmente en la era digital. Es “experimental” en el sentido de que opera a través de la prueba y el error, de la iteración y la amplificación.
  • Circuitos de retroalimentación positiva: la hiperstición se alimenta de sí misma. Cuanto más se difunde y se cree en una idea hipersticiosa, más se refuerza y más probable es que se manifieste en la realidad. Esto crea un bucle que se autoperpetúa.
  • Cultura como componente: es crucial. La cultura no es un decorado, es un elemento imbricado en el proceso.

Lo que deja expuesto la hiperstición es que hay modos y modos de producción de la verdad. El psicoanálisis y la hiperstición comparten la premisa de que la verdad se construye; pero mientras el psicoanálisis apuesta a una construcción que pasa por el lazo, por la transferencia, por el tiempo de la escucha, la hiperstición prescinde de todo eso. Su temporalidad no es la del après-coup sino la de la instantaneidad; su lógica no es la del desciframiento sino la de la viralización.

2.3. Hiperstición, propaganda, pensamiento mágico: distinciones operativas

La hiperstición no es una simple mentira o engaño. La mentira busca ocultar o distorsionar la verdad, siempre exponiéndola; la hiperstición busca crear una nueva verdad. Pero, ¿en qué se distingue de la propaganda?

La propaganda clásica opera sobre sujetos constituidos[8]: busca persuadirlos, convencerlos, modificar sus opiniones o actitudes. Presupone un receptor que puede ser interpelado, seducido o manipulado, pero que mantiene su estructura subjetiva. La propaganda nazi, por ejemplo, apelaba al orgullo nacional, al resentimiento, al miedo; movilizaba afectos que ya existían en la población. Su éxito dependía de que los receptores creyeran en el mensaje.

La hiperstición opera de otro modo. No necesita que los sujetos crean en ella; necesita que actúen como si creyeran, o simplemente que participen en su circuito de difusión. Un inversor que compra $LIBRA no necesita creer que Milei dice la verdad; basta con que apueste a que otros comprarán después que él. La hiperstición no interpela al sujeto como sujeto de creencia, sino como nodo en una red de transmisión. Por eso puede prescindir del convencimiento: opera en el nivel de la existencia (la compra efectiva, el tuit compartido, la acción realizada) más que en el del significado (lo que el sujeto piensa o cree).

También es necesario distinguir la hiperstición del pensamiento mágico. El pensamiento mágico se basa en la creencia en conexiones causales que no están respaldadas por la evidencia empírica. La hiperstición, aunque puede utilizar elementos del pensamiento mágico, va más allá. No se trata solo de creer en algo, sino de actuar de tal manera que esa creencia se materialice. La hiperstición es performativa: no solo describe la realidad, sino que la produce. Y, crucialmente, puede producirla incluso sin creyentes convencidos, mediante la pura acumulación de acciones coordinadas algorítmicamente.

2.4. La verdad sintética

Toda verdad es una construcción, un resultado, no un punto de partida. Los diferentes modos de construcción de la verdad coexisten en nuestra contemporaneidad, pero esta convivencia no es pacífica. Existen procesos de apropiación, de adaptación y de colisión entre ellos.

La emergencia de la hiperstición digital transforma radicalmente esta relación, generando un nuevo régimen de verdad que desafía tanto las concepciones tradicionales (basadas en la correspondencia con los hechos o en el consenso) como las afirmaciones psicoanalíticas (que no distinguen de modo tradicional entre verdad material e histórica ni entre ficción y verdad).

La hiperstición da lugar a lo que podemos denominar verdad sintética. A diferencia de la verdad fáctica, que se basa en la verificación empírica, o de la verdad histórica, que emerge de la experiencia subjetiva, la verdad sintética se construye a través de la manipulación algorítmica y la amplificación en redes. No se alcanza a través del diálogo, el consenso o la investigación, sino mediante una producción semiótica que se autolegitima por su capacidad de reproducción exponencial. La verdad sintética[9] busca provocar reacciones emocionales inmediatas en audiencias específicas con la finalidad de conjurar su realización.

2.5. Teleoplexia y economía de la atención

Un concepto clave para entender la mecánica de la verdad sintética es el de teleoplexia[10], desarrollado por Nick Land. La teleoplexia designa la compresión del tiempo y el espacio en instantáneas digitales: la transliteración de lo continuo en códigos discretos. La digitalización, al fragmentar la experiencia en unidades discretas (bits, píxeles, posts, tuits), genera una simulación de continuidad, una ilusión de fluidez que oculta su naturaleza fragmentaria.

La teleoplexia tiene consecuencias decisivas para la producción de verdad. En el régimen de la verdad histórica o fáctica, la verificación requiere tiempo: tiempo para investigar, para contrastar, para deliberar. La teleoplexia comprime ese tiempo hasta hacerlo desaparecer[11]. La verdad sintética no espera verificación; se impone por velocidad, por acumulación, por saturación. Cuando la verificación llega –si llega–, la verdad sintética ya produjo sus efectos.

La producción de verdad sintética está, además, ligada a la economía de la atención. En la era digital, la atención humana se convirtió en un recurso escaso y valioso. Las plataformas digitales compiten por captar y retener nuestra atención, utilizando algoritmos que priorizan el contenido que genera más engagement. El contenido que genera indignación, escándalo, miedo o controversia tiende a ser más viral, más “atractivo” para los algoritmos, que aquel que promueve la reflexión o el debate articulado. Esto crea un incentivo estructural para la producción de verdad sintética.

2.6. Metodología de la hiperstición: portadores y anonimato

La CCRU, al estudiar la hiperstición, desarrolló un método particular, un acercamiento “minimalista emergente”. Esto implica sencillez (evitar interpretaciones sobreelaboradas), isomorfismo (el método debe reflejar la estructura del fenómeno) y la premisa de que no hay una intencionalidad centralizada.

Un concepto clave es el de “portador”. Los portadores no son sujetos hablantes en el sentido tradicional, ni personajes, avatares, figuras o autores. Son instancias desidentificadas: “ellos”, “aquellos”, “algunos”, “fuerzas desconocidas”, “la gente dice”. Esta identidad vaga cumple una doble función: actúa como carrier, vehículo para la propagación; y sirve como “sumidero”, lugar donde se descarga aquello que podría amenazar la continuidad de la hiperstición (la duda, la crítica, la responsabilidad individual).

El anonimato, facilitado por las redes sociales, juega un papel crucial. Al ocultar la identidad del emisor, diluye la responsabilidad por las palabras y las acciones. Esto crea un entorno propicio para la difusión de discursos de odio y teorías conspirativas. El anonimato no es inherentemente negativo —puede proteger a disidentes o denunciantes—, pero el problema surge cuando se utiliza para propagar la hiperstición de manera impune.

2.7. El fenómeno Slenderman: la hiperstición ficcional

El caso Slenderman, que comenzó como una creepypasta[12] (una historia de terror breve y viral) en los foros de Internet y culminó con un intento de asesinato en 2014, cuando dos niñas de 12 años apuñalaron a una compañera de clase, ilustra de manera dramática la capacidad de la hiperstición digital para generar efectos en la realidad.

Thomas Pettitt[13] interpreta el fenómeno como el cierre simbólico del “Paréntesis de Gutenberg” –el período entre la invención de la imprenta y la masificación de la Web– y un retorno a formas narrativas similares a la tradición oral. Sin embargo, esta interpretación pasa por alto la teleoplexia: aunque Slenderman evoque elementos de la tradición oral, su naturaleza digital lo sitúa en una lógica donde la fragmentación, la instantaneidad y la reproducción algorítmica reconfiguran la experiencia. Se pierde un elemento fundamental de la oralidad: la voz y su dimensión real, el tono, la presencia física del narrador.

Slenderman opera como lo que podríamos llamar una hiperstición ficcional: requiere un pacto de ficción compartido, una comunidad que la sostenga, y sus efectos en la realidad son mediados por la creencia efectiva de los participantes. Las niñas que apuñalaron a su compañera creían en Slenderman; actuaron movidas por esa creencia. La hiperstición ficcional, aunque potente, sigue dependiendo de la estructura clásica de la creencia.

2.8. De la hiperstición ficcional a la hiperstición sintética: los casos de Fabricia y $LIBRA

Los casos que analizaremos a continuación muestran un salto cualitativo respecto a Slenderman. Ya no se trata de una ficción que, por ser creída, produce efectos reales. Se trata de operaciones de poder que utilizan la maquinaria de la hiperstición para fines políticos y económicos concretos. A diferencia de Slenderman, la hiperstición sintética prescinde del pacto ficcional: no necesita creyentes, necesita participantes; no opera por convicción, opera por velocidad y coordinación algorítmica.

2.8.1. Caso Fabricia: la construcción de una narrativa alternativa

  1. Origen (el hecho empírico): el 11 de septiembre de 2024, durante una protesta frente al Congreso de la Nación Argentina, un oficial de la Policía Federal roció gas pimienta en el rostro de Fabricia, una niña de 10 años que se encontraba en el lugar junto a su madre. Este hecho, captado en video y difundido en redes sociales, desencadenó una batalla discursiva.
  2. Activación de la maquinaria digital (la conjuración algorítmica): en cuestión de minutos se activó un mecanismo coordinado de construcción de una narrativa alternativa. Cuentas de la red social X comenzaron a difundir mensajes que culpaban a la madre de Fabricia por llevar a su hija a la protesta, desplazando la atención del acto de violencia policial hacia una supuesta “irresponsabilidad materna”. Aquí opera la teleoplexia: la compresión temporal impide la verificación; cuando los organismos de derechos humanos denuncian la manipulación, la narrativa alternativa ya saturó el espacio discursivo.
  3. Oficialización: la intervención de funcionarios gubernamentales, incluyendo a la ministra de Seguridad y al presidente, legitimó la versión alternativa. Se presentó un video manipulado que supuestamente mostraba a una manifestante (y no a un policía) rociando gas pimienta. A pesar de las denuncias, la versión oficial se impuso.

Nótese la diferencia con la propaganda clásica: no se trata de convencer a la población de que la madre es irresponsable. Se trata de saturar el espacio discursivo con una narrativa alternativa que, independientemente de cuántos la crean, produce el efecto de neutralizar la denuncia original. La hiperstición sintética no necesita convencer; necesita ocupar el terreno.

2.8.2. Caso $LIBRA: la hiperstición financiera

El caso de la criptomoneda $LIBRA muestra la hiperstición sintética en su forma más descarnada. Aquí la conjuración algorítmica no distorsiona un hecho empírico previo, sino que crea una realidad enteramente hipersticional.

  1. Creación: un tuit de Milei, publicado minutos después de la creación del token, presentaba $LIBRA como impulsor de la economía argentina. Esta afirmación, carente de fundamento, fue la semilla de la hiperstición.
  2. Conjuración algorítmica: el tuit fue amplificado por una red de cuentas afines. La inclusión del contrato inteligente[14] facilitó la compra impulsiva. La teleoplexia opera aquí en su máxima expresión: la compresión temporal entre el anuncio y la compra impide cualquier análisis; la velocidad es el mecanismo.
  3. Portadores y mandíbulas autómatas: los inversores que compraron $LIBRA no necesitaban creer que Milei decía la verdad sobre el valor de la criptomoneda. Bastaba con que apostaran a que otros comprarían después. Se convirtieron en portadores de la hiperstición, difundiendo la noticia y alentando a otros a invertir, independientemente de sus creencias personales.
  4. El rug pull[15]: El desplome abrupto del precio, causado por el retiro de liquidez por parte de los creadores, reveló la naturaleza fraudulenta. Pero la hiperstición ya había cumplido su función: produjo transferencias reales de dinero, independientemente de las creencias de los participantes.

El caso $LIBRA es paradigmático porque la criptomoneda[16], en sí misma, ya opera bajo lógica hipersticional: su valor no está respaldado por activos tangibles, sino por la creencia en su futuro valor. $LIBRA exacerba esta lógica hasta el fraude. Se diferencia de hipersticiones ficcionales como el Necronomicón de Lovecraft: la hiperstición sintética prescinde del pacto ficcional, basándose en velocidad, manipulación algorítmica y explotación de la participación (no necesariamente la creencia) de las personas.

3. Consecuencias y resistencias

3.1. Dispositivo de poder y erosión del lazo social

Los casos de Fabricia y $LIBRA dan a leer un patrón común: la instrumentalización del lenguaje viral y la hiperstición para la construcción de verdades sintéticas. Estas “verdades” no operan mediante los mecanismos tradicionales de construcción social de la realidad (el debate público, la investigación, la deliberación democrática), sino a través de una conjuración algorítmica: una convocatoria a la existencia mediante la aceleración y reproducción exponencial de narrativas, independientes del consenso.

La efectividad de la verdad sintética no depende de su correspondencia con los hechos ni de la legitimidad del lazo social, sino de su capacidad para generar estupefacción, adhesión inmediata y respuestas afectivas intensas (indignación, miedo, entusiasmo) que no cumplen la función de la angustia como aquello que llama a la representación. Se trata de un dispositivo de poder.

Su proliferación erosiona la confianza en las instituciones, en los medios de comunicación, en la ciencia, en la formación de los oficios, en la palabra misma. Cuando la verdad se vuelve programable, se genera un clima de escepticismo radical y cinismo generalizado. La verdad sintética también contribuye a la polarización: al crear “burbujas de realidad” donde las personas solo están expuestas a información que confirma sus creencias preexistentes, se refuerzan las divisiones y se dificulta el diálogo. Esta polarización no se limita a las pantallas; genera tensiones sociales, conflictos e incluso violencia, como muestran el asalto al Capitolio (2021) o el intento de homicidio de Cristina Fernández (2022).

3.2. El virus y sus portadores

La transmisión digital, potenciada por la hiperstición, agencia elementos infrapersonales e infrasociales. Activa relaciones transitivas y transindividuales que son difíciles de atribuir a un sujeto hablante, a un discurso, a una tradición específica.

Cuando el lenguaje no encarna, cuando se convierte en pura transmisión digital, se comporta como un enjambre (essaim[17]), como un ritornelo que se reproduce sin cesar, como una miel blanda que se adhiere a todo. El lenguaje puede ser una espora semiótica de virus con los que el mercado, las empresas, el coaching ontológico, el neoliberalismo y el transhumanismo infectan y reinfectan los cuerpos.

El virus nos necesita como portadores, pero nos reduce a esa función. Conectados al circuito sintético del lenguaje, perdemos nuestra condición de hablantes y nos convertimos en vectores de palabras, en mandíbulas autómatas. En el caso de las imágenes virales, no somos nosotros quienes las miramos; son ellas quienes nos miran. En el caso de las palabras virales, no somos nosotros quienes las hablamos; son ellas quienes nos hablan. Este trastorno evoca la telepatía que presenta David Cronenberg en Stereo[18]: una cercanía abrumadora con el otro, una indistinción, una transferencia total, una pérdida de la diferencia.

3.3. Anestesia afectiva y precarización

La sobrecarga sensorial sintética nos transforma en conductores de imágenes y palabras virales. Pero, paradójicamente, esta hipersensibilidad a los estímulos externos se acompaña de una creciente insensibilidad a la experiencia del otro. Nos volvemos impermeables al grito del otro, a aquello que Freud identificó como el origen de la ética[19].

Esta combinación genera una anestesia afectiva. Nos volvemos espectadores pasivos de la crueldad, sin sentirnos interpelados a actuar. La anestesia conduce a una parálisis política: si no sentimos el dolor del otro ni el nuestro, si las palabras no nos producen afecto, ¿por qué habríamos de movilizarnos? La hiperstición y la verdad sintética se aprovechan de esta parálisis.

No es casual que la pandemia de COVID-19 haya acelerado el estado viral de la palabra. El capitalismo extractivista destruye ecosistemas y pone en contacto a seres humanos con virus antes desconocidos. Como señala Michel Nieva[20], el agronegocio crea una situación en la que tres poblaciones precarizadas entran en contacto: huéspedes salvajes, domesticados y humanos. La gestión neoliberal de los virus y la del capital son coextensivas. El virus del capital y el estado viral de la palabra extraen energía de nuestros cuerpos, dejándonos en condiciones infrahumanas, transformándonos en soportes del mercado y en vectores más propensos a transmitir la palabra viral.

3.4. De la parálisis a la resistencia

Frente a este diagnóstico surge una pregunta ineludible: ¿cómo es posible pasar de la parálisis a alguna forma de resistencia? Si la hiperstición opera erosionando los mecanismos tradicionales de construcción colectiva de la verdad, la resistencia no puede consistir simplemente en “volver” a esos mecanismos como si nada hubiera ocurrido. Pero tampoco puede consistir en una mera exhortación moral.

La clave está en identificar qué es lo que la hiperstición sintética no puede capturar. Y aquí encontramos algo estructural: la teleoplexia comprime el tiempo, pero no puede eliminar la dimensión real de la voz; fragmenta la experiencia en bits, pero no puede replicar el cuerpo presente del que habla; acelera la circulación, pero no puede simular la temporalidad de la escucha. La palabra encarnada produce efectos que la transmisión digital, por su propia lógica, no puede replicar.

Esto no es una añoranza nostálgica de lo presencial, ni una ingenuidad tecnofóbica. Es un señalamiento estructural: hay algo en el lazo –el tono, el silencio, la presencia, el tiempo– que resiste a la digitalización[21]. La experiencia del análisis lo demuestra cotidianamente: la eficacia de la palabra no pasa por su velocidad de circulación sino por su capacidad de producir efectos de verdad en un sujeto, efectos que requieren tiempo, transferencia, escucha.

Pero esto no significa que la resistencia sea automática o garantizada. El hecho de que la hiperstición no pueda capturar la dimensión real de la voz no implica que esa dimensión triunfe por sí sola. Todos somos huéspedes precarizados; ni escritores, ni profesores, ni el mundo letrado estamos exentos de la inoculación viral. Ser hablante, en el sentido que cuenta, no es algo dado: es una práctica que podemos ejercer o no, y no siempre se extiende en el tiempo. Nos posicionamos como resistentes o colaboracionistas frente a los discursos que apuestan a la palabra o la anulan.

3.5. Formas de la palabra encarnada

La resistencia requiere, entonces, prácticas concretas que sostengan y cultiven la palabra encarnada. Estas prácticas no son un “antídoto” mágico contra la hiperstición, pero sí constituyen espacios donde su lógica no puede operar plenamente.

La poesía, en su capacidad de subvertir el lenguaje y abrirlo a nuevas posibilidades de sentido, representa una forma de resistencia a la reducción del lenguaje a mera información. El teatro, en su dimensión más viva y visceral, nos confronta con la presencia del otro, con su cuerpo, su voz, su emoción –como suele decir Mauricio Kartun[22]: “cuerpo mata corporación”–. Una filosofía encarnada, que no se limita a la especulación abstracta sino que se compromete con las preguntas fundamentales de la existencia, es crucial para orientarnos. La política militante, entendida como la organización colectiva para la lucha por la justicia social, el diálogo y la construcción de un futuro compartido, es una forma vital de resistencia a la fragmentación y la apatía. Un periodismo que rompa con la lógica de la transmisión digital, que investigue a fondo, verifique la información y promueva el debate informado es esencial para contrarrestar la desinformación.

No se trata de negar la tecnología, sino de reapropiarnos de ella críticamente. También se vuelve urgente desarrollar una nueva forma de alfabetización: aprender a leer críticamente los mensajes digitales, a identificar las estrategias de manipulación, a distinguir entre los diferentes modos de construcción de la verdad. Si estamos frente a una nueva forma de transmisión del lenguaje, no solo se hace imperioso encontrar sus condiciones de legibilidad sino también transmitirlas y ponerlas a prueba.

La oposición ante la hiperstición y su producto, la verdad sintética, no es una tarea individual, sino colectiva. Primero se cede en las palabras, luego en la cosa misma. En última instancia, la batalla contra la hiperstición sintética es una batalla por la palabra misma, por su poder de crear, de enlazar, de curar. Esta resistencia no es una mera postura defensiva, sino un acto creativo. Asumir esta responsabilidad es asumir que la batalla por el futuro se libra, en gran medida, en el terreno del lenguaje. En este estado de situación y de emergencia, es necesario reapropiarnos de la materia de la metáfora y no renunciar a hablar.


  1. El término fue acuñado por la Cybernetic Culture Research Unit (CCRU), colectivo de investigación activo en la Universidad de Warwick entre 1995 y 2003. Véase CCRU, Writings 1997-2003 (Falmouth: Urbanomic, 2017). La formulación citada corresponde a Nick Land, “Hyperstition: An Introduction”, en Fanged Noumena: Collected Writings 1987-2007 (Falmouth: Urbanomic, 2011).
  2. La expresión original es “an experimental (techno-)science of self-fulfilling prophecies”. Nick Land, “Hyperstition: An Introduction”. El concepto de “profecía autocumplida” (self-fulfilling prophecy) fue acuñado por el sociólogo Robert K. Merton en “The Self-Fulfilling Prophecy”, The Antioch Review 8(2) (1948): 193-210. La novedad del concepto de hiperstición radica en su articulación con la tecnología digital y los circuitos de retroalimentación.
  3. Letosa es un neologismo acuñado por Jacques Lacan en El Seminario, Libro 17: El reverso del psicoanálisis (1969-1970) (Buenos Aires: Paidós, 1992). Lacan lo construye a partir de aletheia (verdad) mediante una operación de corte y anagrama, para designar el objeto a en su dimensión de resto producido por el discurso. En el presente texto, el término se utiliza para nombrar los dispositivos tecnológicos (teléfonos, computadoras) en tanto soportes de la palabra desencarnada.
  4. Walter Benjamin, “El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolái Leskov”, en Iluminaciones IV. Para una crítica de la violencia y otros ensayos (Madrid: Taurus, 1991). Traducción de Roberto Blatt. El ensayo fue escrito en 1936 pero publicado póstumamente.
  5. Sigmund Freud, “Construcciones en el análisis” (1937), en Obras completas, vol. XXIII (Buenos Aires: Amorrortu, 1979); “Análisis terminable e interminable” (1937), en Obras completas, vol. XXIII; “Moisés y la religión monoteísta” (1939), en Obras completas, vol. XXIII. La distinción entre verdad material (materielle Wahrheit) y verdad histórica (historische Wahrheit) aparece desarrollada especialmente en el texto sobre Moisés.
  6. El término griego ἀλήθεια (aletheia) es retomado por Lacan a partir de la lectura heideggeriana. Jacques Lacan, El Seminario, Libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960) (Buenos Aires: Paidós, 1988), especialmente las sesiones sobre “La cosa freudiana”. Para la elaboración heideggeriana, Martin Heidegger, “De la esencia de la verdad” (1930), en Hitos (Madrid: Alianza, 2000).
  7. La Cybernetic Culture Research Unit (CCRU) fue un colectivo de investigación experimental activo en la Universidad de Warwick entre 1995 y 2003, integrado por Nick Land, Sadie Plant, Mark Fisher, Kodwo Eshun, entre otros. Sus textos fueron compilados en CCRU, Writings 1997-2003 (Falmouth: Urbanomic, 2017). Para la elaboración del concepto de hiperstición, Nick Land, “Hyperstition: An Introduction”, originalmente publicado en el sitio web de la CCRU (2009), y la entrevista “Hyperstition: An Interview with Nick Land” en Drunken Boat, O(rphan)d(rift>), 2009. https://www.orphandriftarchive.com/articles/hyperstition-an-introduction/. Una introducción accesible en castellano puede encontrarse en Armen Avanessian y Mauro Reis (eds.), Aceleracionismo: Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo (Buenos Aires: Caja Negra, 2017).
  8. Esta distinción no implica que la propaganda haya desaparecido ni que la hiperstición la reemplace. Ambas coexisten y pueden combinarse. Sin embargo, la eficacia específica de la hiperstición sintética radica en que no depende de la persuasión: puede operar incluso cuando los participantes son escépticos respecto del contenido que difunden. Un usuario que comparte un tuit irónico o crítico sobre $LIBRA contribuye igualmente a su viralización; la hiperstición se alimenta de la atención, no de la adhesión. Esta característica la hace particularmente resistente a las estrategias clásicas de contrapropaganda o fact-checking, que presuponen un sujeto de creencia al que se puede des-engañar.
  9. El concepto de “verdad sintética” aquí acuñado se distingue del de “posverdad” (post-truth), popularizado tras su elección como palabra del año por el Oxford Dictionary en 2016. Mientras que “posverdad” designa un clima cultural en el que los hechos objetivos tienen menos influencia en la opinión pública que las apelaciones a la emoción, “verdad sintética” nombra un modo de producción específico: la generación algorítmica de narrativas que se autolegitiman por su capacidad de reproducción, independientemente de su relación con los hechos o con las emociones de los receptores. La posverdad es un diagnóstico; la verdad sintética es un mecanismo.
  10. Nick Land desarrolla el concepto de teleoplexia en Fanged Noumena: Collected Writings 1987-2007 (Falmouth: Urbanomic, 2011), especialmente en “Circuitries” y “Meltdown”. El término combina telos (fin, propósito) y plexis (entrelazamiento, complejidad), designando la compresión retroactiva de la causalidad temporal en los sistemas cibernéticos.
  11. La compresión temporal operada por la teleoplexia tiene consecuencias epistemológicas y políticas. Epistemológicamente, erosiona la posibilidad misma de la verificación: cuando el ciclo de viralización se mide en minutos y la verificación requiere horas o días, la verdad sintética siempre llega primero. Políticamente, favorece a quienes controlan la velocidad de emisión: gobiernos con aparatos de comunicación coordinados, actores con redes de amplificación, etc. La asimetría temporal es una asimetría de poder.
  12. El término creepypasta deriva de copypasta (contenido copiado y pegado viralmente en internet) y designa relatos breves de terror, generalmente anónimos, que circulan en foros y redes sociales. El género se consolidó en sitios como Something Awful y 4chan a fines de los años 2000. Slenderman fue creado por el usuario “Victor Surge” (Eric Knudsen) en un concurso de Photoshop en Something Awful en 2009.
  13. Thomas Pettitt, “Before the Gutenberg Parenthesis: Elizabethan-American Compatibilities”, conferencia presentada en el MIT, 2007. El concepto de “Paréntesis de Gutenberg” fue desarrollado por Pettitt y Lars Ole Sauerberg para designar el período histórico (circa 1450-2000) en que la cultura letrada e impresa dominó los modos de transmisión del conocimiento. Lars Ole Sauerberg, “The Gutenberg Parenthesis: Print, Book and Cognition”, Orbis Litterarum 64(2) (2009): 79-80.
  14. Un contrato inteligente (smart contract) es un programa informático que se ejecuta automáticamente en una blockchain cuando se cumplen determinadas condiciones. En el contexto de las criptomonedas, el contrato inteligente define las reglas de funcionamiento del token (emisión, transferencia, quema de unidades, etc.). La publicación del contrato permite a cualquier usuario interactuar con el token sin intermediarios, lo cual facilita tanto la innovación financiera como el fraude.
  15. Rug pull (literalmente, “tirar de la alfombra”) es un término del ecosistema de criptomonedas que designa una estafa en la que los creadores de un token retiran súbitamente la liquidez del proyecto, provocando el desplome del precio y dejando a los inversores con activos sin valor. A diferencia de otras estafas financieras, el rug pull es estructuralmente posibilitado por la arquitectura descentralizada de las finanzas cripto, que permite operaciones anónimas e irreversibles.
  16. Esta afirmación no implica que todas las criptomonedas sean fraudes ni que la tecnología blockchain carezca de usos legítimos. El punto es estructural: el valor de una criptomoneda depende de expectativas autorreferenciales (su precio sube si se espera que suba), lo cual la hace particularmente susceptible a dinámicas hipersticionales. Bitcoin, por ejemplo, ha funcionado durante más de quince años sin colapsar, lo cual sugiere que la hiperstición puede estabilizarse y producir “realidades” duraderas. El problema de $LIBRA no es que sea una criptomoneda, sino que fue diseñada como rug pull desde el inicio.
  17. Essaim (enjambre) es un término utilizado por Jacques Lacan para designar la multiplicidad dispersa de los significantes-amo (S1) que no se articulan en una cadena coherente. El Seminario, Libro 20: Aun (1972-1973) (Buenos Aires: Paidós, 1981). El concepto de ritornelo (ritournelle) es desarrollado por Gilles Deleuze y Félix Guattari en Mil mesetas (1980) (Valencia: Pre-Textos, 2002) para designar patrones repetitivos que territorializan el espacio sonoro y afectivo.
  18. Stereo, dirigida por David Cronenberg (1969, Film Canada). El film presenta un experimento de inducción telepática en el que los sujetos pierden progresivamente la capacidad de distinguirse unos de otros, y llegan a estados de fusión psíquica que culminan en violencia y autodestrucción. La película anticipa temas que Cronenberg desarrollará en Scanners (1981) y Videodrome (1983).
  19. Sigmund Freud, “Proyecto de psicología” (1895), en Obras completas, vol. I (Buenos Aires: Amorrortu, 1979). Freud describe la experiencia del Nebenmensch (el prójimo, el semejante) como fundante de la dimensión ética: el grito del otro, su indefensión, interpela al sujeto y lo constituye como responsable.
  20. Michel Nieva, “El virus del capital”, ensayo publicado en Revista Anfibia, Universidad Nacional de San Martín, 2020. Nieva articula la crítica al extractivismo con la emergencia de nuevos virus zoonóticos.
  21. Esta afirmación podría parecer desmentida por los desarrollos recientes en inteligencia artificial, que permiten generar voces sintéticas, deepfakes de video y conversaciones automatizadas cada vez más convincentes. Sin embargo, el argumento no es que la tecnología no pueda simular estos elementos, sino que la simulación no produce los mismos efectos subjetivos que la presencia real. Un analizante puede saber que su analista es un ser humano falible; eso no disminuye la eficacia de la transferencia. La cuestión no es la perfección de la simulación, sino la estructura del lazo.
  22. Mauricio Kartun, dramaturgo y director teatral argentino. La frase, de circulación oral en sus talleres y conferencias, sintetiza su defensa del teatro como espacio de presencia corporal irreductible a la lógica del espectáculo mediatizado. Mauricio Kartun, Escritos 1975-2015 (Buenos Aires: Colihue, 2015).


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