Posdemocracia y confusión
Luis Ignacio García
Leo en una buena nota de Bruschtein de hoy: “el pueblo asiste con espanto a la seguidilla de provocaciones del gobierno”. Yo diría: con espanto, sí, pero también con fascinación. Por un lado, porque el espanto, el escándalo, seduce. No solo en el sentido menemista, amarillista, sino también en el sentido gore, del género de terror: la intensificación afectiva es mucho mayor en el espanto que en el simple y sereno placer. Pero, además, hay que admitir esto: a golpe de provocación permanente, la política volvió a cobrar iniciativa, volvió a ser esa “herramienta para transformar la realidad” de la que hablaban lxs K en sus mejores momentos y a la que traicionaron tan notoriamente en el gobierno anterior. Que esa “transformación” coincida con la destrucción no es algo que merme su poder de sugestión, sino todo lo contrario. Por eso, el espanto se combina con la fascinación (el temor con el respeto). Incluso en sus críticxs, que sabemos que en este experimento atroz hay un momento de verdad respecto al estado del mundo, de nuestro pueblo y de lo político por venir. Y si no vemos la continuidad entre espanto y fascinación, de la que este experimento vive (¿recuerdan “Fascinante fascismo”, de Sontag?), va a ser muy difícil salir de esta.
Creo que me estoy perdiendo de algo, pero ¿qué es esta nueva aleación de streamers cool, antiprogresismo y peronismo de derecha? Siempre fue cool el antiprogresismo, pero ¿cuándo imaginamos que pudiera devenir cool un tipo como Moreno, o quién sabe, el mismísimo Cúneo? ¿Quizás alguien cree que algo mejor va a salir de la fórmula mágica Duhalde + stand up? Después de todo, el duhaldismo siempre fue el oscuro objeto de deseo del antiprogresismo. ¿Fusionar peronismo facho con youtubers jóvenes sería la estrategia para limpiar a Cristina y jugar en la cancha marcada por Milei? ¿Admitir que “la rebeldía se volvió de derecha”, y entonces buscar referentes de la derecha con rating para infiltrar el movimiento nacional y popular? ¿Construir un neoduhaldismo 2.0, un Milei peronista? ¿Esa es la idea? Me pierdo.
Hoy se presenta en Córdoba el mejor libro para entender las razones del ascenso de Milei: Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?, el volumen coordinado por Pablo Semán. Mientras lamento no poder estar allí, imagino un vademécum del antiprogresismo. Invito a seguir la lista en los comments.
No hay nada más progresista que ser antiprogresista.
A nadie le interesa el progresismo más que a un progresista resentido.
No hay nada más progresista que hacer leña del árbol caído, incluido el del progresismo.
El progresismo es tan relevante como el antiprogresismo.
El progresismo es menos el énfasis en la defensa de los derechos civiles que la gentrificación del medio pelo argentino.
El progresismo es irrelevante para todo peronista, salvo para el que ande necesitando mostrarse poronga.
Duhalde representa el oscuro objeto de deseo de todo antiprogresista.
El progresista puede ser K o anti-K, pero siempre será progresista.
Todo antiprogresista desea una entrevista con Carlos Pagni.
El colmo del progresismo es hacer pasar por cool a unx excarapintada.
Nos acercamos al 24 de marzo y a Villarruel se le cae la baba. Se babea no solo por todas las provocaciones que va a desplegar en estos días previos. Se babea no solo por el show obsceno que seguramente nos estará preparando para el mismísimo 24, vaya a saber con qué salvajada, seguro peor que la que podamos imaginar. Yo creo (bajo esta premisa metodológica: leer a este gobierno implica siempre manejar hipótesis ligadas a las zonas más oscuras del goce colectivo) que se babea sobre todo previendo, y ya degustando, nuestra indignación masiva. Yo creo que Villarruel goza, antes que nada, viendo a tanto progre patalear, a tanto kuka lloriquear, a tanto ñoqui rasgarse las vestiduras. Y creo que, en primerísimo lugar, se babea viendo a la mitad del país regodeándose con la indignación de la otra mitad. Creo que el gran goce de Villarruel pasa por montar la escena espectacular de una gran revancha nacional, que tiene en los derechos humanos su bala de plata contra el progresismo. Y lo digo para preguntarme: ¿podremos de algún modo no ubicarnos donde ellxs nos quieren? La indignación es inevitable, pero, a la vez, es el lugar exacto que Villarruel estipuló para nosotrxs en la escena de estos días. ¿Podremos estar en un lugar en el que no nos esperen? Ojalá seamos cientos de miles en las calles el domingo. Ojalá tuviéramos una marcha unificada. Esa sería la única manera de no participar de este nuevo show del horror en los puestos previstos por el enemigo.
La propuesta es superconcreta: gobernar a través del dolor. No hay nada más concreto que el dolor. El odio, el resentimiento, la revancha son derivados del sufrimiento colectivo, son formas afectivas que emergen de la sedimentación del sufrimiento. Y hay que decirlo: a ese sufrimiento no lo inventó Milei. Él hereda toda la turbia energía contenida en un dolor colectivo acumulado por años, y acelerado con la pandemia. Con la disponibilidad de esa materia prima inflamable, Milei despliega esta manera de gestionarla, de modular toda esa fuerza social sedimentada. Y la receta es la que siempre tuvo el fascismo: dar expresión al sufrimiento, sin dar solución a sus causas. O mejor: dar expresión al sufrimiento con el objetivo de dejar intocadas sus causas. La moral de lx progresista lx conduce siempre a criticar las causas, inhibidx siempre de dar expresión al sufrimiento contenido (lo que para él o ella sería pura barbarie, violencia, “discursos de odio”, “crueldad”, etc.). Pero cuando, durante años, no se atacan las causas, la expresión desinhibida del sufrimiento invisibilizado es vivida como auténtica liberación. Una liberación que tiene dos frentes: uno interno y otro externo. El sufrimiento propio se gestiona a través de una ética sacrificial (que justifique el dolor propio: “esta vez valdrá la pena”, etc.), y el sufrimiento ajeno a través de una política de la crueldad (que habilite a disfrutar del dolor ajeno: la revancha contra un “otrx” difuso devenido chivo expiatorio –hoy, la “casta” de trabajadorxs del Estado). Sacrificio y crueldad son las dos caras de una misma estrategia de gobierno a través del dolor y de su potencia irresistible. Sería bueno volver a pensar la valencia política del sadismo y el masoquismo, y las dinámicas de su funcionamiento recíproco.
“El mejor recurso para defender nuestra soberanía […] es precisamente reforzar nuestra alianza estratégica con los Estados Unidos”, esas fueron las palabras, literales. La estructura del argumento es fascinante: la mejor manera de defender la soberanía es destruir nuestra soberanía. Lo fascinante es que a esa inversión de toda lógica se la haga pasar por argumento. Creo que deberíamos estar atentxs no solo a la morbosa vocación colonial del gobierno, sino a la estructura de su manera de argumentar. Porque esa estructura se replica en otros campos de su hacer, y ayuda a comprender la lógica desquiciada a la que nos empuja: una verdadera racionalidad paralela que aplica a todos los campos. Lo mismo había pasado con la provocación en torno al “adoctrinamiento”. La estructura del argumento de Adorni es la misma que usó Milei en Ushuaia: el mejor recurso para defender la libertad de expresión es reforzar la censura. La violencia del argumento es doble: por un lado, está la violencia lógica que rompe los lazos internos del pensamiento, esos que parecían irresistibles. La soberanía excluye la influencia de una potencia colonial, la libertad de expresión excluye la censura, pero si se dice desde las más altas esferas del poder (del sentido), esas fibras íntimas de la razonabilidad empiezan a romperse (la contradicción es tan evidente que la mente busca una salida, una escapatoria). Por otro lado, está la violencia usurpatoria que busca fundar los argumentos de la expoliación en valores opuestos a esta: la soberanía (para destruir la soberanía), la libertad de expresión (para destruir la libertad de expresión). Creo que tenemos que respetar la sensación cotidiana de que este gobierno nos está enloqueciendo, porque efectivamente es parte de su estrategia de guerra psicológica. Pretender hablar con unx fascista es enloquecedor. Ellxs están proponiendo una guerra. Responder en el terreno del argumento es ya haber cedido a su plan de locura planificada. El diálogo implica un sometimiento a reglas comunes de comunicación. Lx fascista instrumenta la palabra solo para capitalizar ese sometimiento autoconsentido de quienes aún creemos en ella.
“Enjoy, my friends”, invitaba una publicación en X reposteada por Milei, que comenta un video de la represión a manifestantes de organizaciones sociales que reclamaban por la falta de alimentos en comedores infantiles. Ya que no pueden disfrutar de sus vidas, ¡disfruten de la negación de la vida de lxs otrxs! Que es un disfrute muy poderoso, por cierto, el de la crueldad. Un intenso dolor placentero que ayuda a anestesiar el sufrimiento circulante. Milei logra reemplazar la felicidad popular ausente con el goce sádico desatado. Recuerdo cuando Daniel Santoro, el pintor, planteaba que el peronismo es la “democratización del goce”. Creo que en eso se equivocaba, más allá de la pertinencia de su intervención en aquel momento. Y creo que se equivocaba doblemente: por un lado, porque el goce es lo indemocratizable por definición, el goce es lo irreductible y, si tiene un sentido político, lo tiene como afirmación del fondo oscuro y anárquico de la vida en común, ese que disuelve el lazo en el agujero de indistinción anarcofascista de una pulsión de muerte desatada. Por otro lado, porque el peronismo jamás estuvo desligado de una idea de orden, de forma, es una utopía luminosa (cual día peronista), y por eso sus imágenes míticas no son de goce, sino de felicidad. De hecho, creo que este contrapunto es clave para entender la mutación antropológica que vivimos: el goce del individuo libertario vs. la felicidad del pueblo peronista. Porque deja ver una astucia muy importante de este gobierno: es el gobierno de la austeridad que, sin embargo, se muestra muy pródigo en disfrutes abiertamente pornográficos. ¿Qué más voluptuoso que disfrutar del sufrimiento ajeno? ¿Recuerdan Saló, la última peli de Pasolini? “Nosotros, los fascistas, somos los verdaderos anarquistas”, decían los personajes, verdaderos anarcocapitalistas, mientras gozan del horroroso suplicio de sus mancebos. La disyuntiva se tensa en la fibra siniestra del disfrute que oscila entre felicidad y goce: si el peronismo no democratiza la felicidad, las nuevas derechas sabrán desinhibir el goce. Democratizar la felicidad implica distribuir igualitariamente las condiciones para evitar el sufrimiento. Desinhibir el goce implica extraer un disfrute suplementario del propio sufrimiento, cuyas causas no se tocan: un método para perpetuar ese sufrimiento legitimándolo en los resortes más oscuros de las pasiones humanas.
Sobre “adoctrinamiento”. Es interesante señalar una contradicción bastante flagrante en el discurso oficial sobre “adoctrinamiento” y “libertad de expresión”. Cuando se trata de violencia verbal, de discursos de odio, de linchamiento en redes, de cloaca digital desinhibida, todo está permitido en nombre de una “libertad de expresión” que carece de cualquier asomo de regulación, y que, muy por el contrario, es practicada y celebrada desde la cumbre del poder como ejercicio pornográfico de la palabra denigratoria. Ahora, si se trata de la práctica cotidiana de transmisión escolar o universitaria y de la consagrada “libertad de cátedra”, con toda la responsabilidad con que se ejerce y con toda la cadena de regulaciones de hecho ya existentes en las instituciones correspondientes, tanto reglamentaria como históricamente, con todas las herramientas de las que lxs estudiantes ya disponen para propiciar la multiplicidad de perspectivas, ahí, justo ahí, se levantan todas las alarmas del “adoctrinamiento”. Es claro el sentido de este desbalance: libertad para la denigración, censura para el argumento; vía libre para la calumnia, persecución al pensamiento. “Adoctrinamiento” es la palabra con que el gobierno nombra el pensamiento crítico; “libertad de expresión” es el nombre del gobierno para los discursos de odio. Todo bajo el mismo hilo conductor: destruir la palabra como lugar de pensamiento. Y algo más: el canal abierto por el gobierno para denunciar a docentes “adoctrinadores” no es solo una persecución a docentes, ni una manera de instilar una lógica delatoria que destruya el sentido comunitario de la educación, sino además una grotesca proyección de la subestimación de lxs estudiantes por parte del gobierno. Lxs estudiantes, que siempre pueden y pudieron discutir lo que el docente dijera, ahora se ven eximidxs del ejercicio de la razón, y seducidos por la dosis de poder autoritario cedido de manera pérfida por el gobierno como reemplazo del ejercicio argumental de su propia autonomía intelectual.
“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, decía famosamente Arquímedes. ¿Será este apoyo abrumador a la educación pública el punto de apoyo que necesitamos para mover esta pasividad de la sociedad contemplando su propia destrucción? En el macrismo, hubo dos puntos de apoyo: las políticas de derechos humanos (en 2017, con el 2×1) y la educación pública (en 2018, con la gigantesca movilización docente). Hoy, los consensos en torno al “Nunca más” han sido puestos en cuestión con eficacia, y los ataques del gobierno han logrado fracturar a la sociedad en dos. Ahora, los ataques a la educación pública no han podido conmover (¡aún!) el consenso que ella tiene en torno a ese valor, quizá el único valor solidario y común que disfruta de semejante nivel de legitimidad. No podemos meramente alegrarnos, debemos levantar el guante. No podemos meramente celebrar esta adhesión, sino usarla para recuperar los sentidos de la solidaridad y lo común en otras esferas de la vida. Este casi 90 % de aprobación es un signo de esperanza para el conjunto de la sociedad, pero para nosotrxs, universitarixs, es además un mandato de responsabilidad. Tenemos que saber transformarlo en la palanca que conmueva a la sociedad y la saque de su inercia autodestructiva. La marcha del 23 tiene que ser la palanca. El punto de apoyo está.
La noción de “goce” y su enlace con el “discurso capitalista” parece ser de los aportes más incisivos del psicoanálisis para pensar nuestro presente. Hoy estaríamos obligadxs a gozar sin límites de nuestra individualidad más allá de toda restricción, más allá de todo reconocimiento a otro, como único horizonte (al menos aspiracional) de una vida capitalista cerrada sobre sí. Se desregula el Estado, se desregula el goce: ¡afuera todas las mediaciones!, y es la ley misma la que nos dice: ¡fuguen la guita!, ¡gocen sin ley! Sin embargo, hay algo en este planteo que no cuaja. Diría: la crítica al mandato capitalista de goce funcionaba en una “sociedad de consumo” (la sociedad en la que se formuló esa crítica). Hoy, si es que ese mandato se sostiene, ya no lo acompaña la promesa que lo estructuraba: la del consumo indefinido. Sin promesa de consumo, ¿sigue siendo el mismo goce? ¿Podemos seguir criticando el “goce”, como si la gente anduviera realmente gozando por ahí, como si aún viviéramos en una sociedad de consumo? Bajo el actual capitalismo del descarte, la crítica del goce capitalista cobra un tono de turbia superioridad moral (núcleo de nuestro progresismo) heredero de la vieja crítica a la “sociedad de masas”. Una cosa es criticar un ideal de vida alienada (el problema del 68 francés), y otra muy distinta criticar un ideal de destrucción de la vida (nuestro problema hoy). Una cosa es la muerte de Dios, y otra muy distinta la muerte de hambre. No es lo mismo ser empujadxs a gozar (a consumir), que ser obligadxs a trabajar por dos mangos. El capitalismo del goce es el capitalismo bienestarista, uno que aún no había tocado su propio límite, sino que aún lo estaba expandiendo a través de los sujetos, incluyéndolos a todxs, también sus deseos, en su lógica de valoración. El capitalismo posbienestarista contemporáneo no tiene como problema incluir a todxs, y todo deseo, en su lógica a través del goce. ¡Es a lxs empresarixs del Llao Llao a quienes se les propone el fin de toda mediación! Su trabajo sucio es otro, no de inclusión sino de exclusión: separar quiénes sobrevivirán y quiénes no a la devastación necesaria para sostener la acumulación. No sé cómo se reformula el lugar del goce en semejante contexto.
Milei no es cínico. Es sincero y esa es la diferencia clave con Macri. Macri fue el garca clásico, oligarquía argentina típica, sin visión ni destino, pura gerencia de negocios a corto plazo. Era un pobre rico con el solo objetivo de acumular más guita, y para eso montó un escenario simplemente falso, de la mano de Durán Barba y Peña. Pero sin ninguna vocación fundacional, sin ningún vínculo con la verdad, sin ninguna proyección. Fue expresión residual de un orden sin verdad, mientras que Milei es manifestación precursora de nuevas verdades, creencias capaces de hacer mundo. Milei no miente, encarna verdades. Verdades que no quisimos ver, que ya nos moldean hace tiempo pero que aún no terminamos de asumir. Tanto respecto a nuestra sociedad como a nuestro vínculo con las palabras. Porque la principal verdad que Milei encarna es esta: la verdad de un nuevo vínculo con la verdad. Un vínculo que lxs humanxs estamos moldeando hace tiempo y que ahora precipita como orden social integral. Él expresa ese nuevo vínculo, que no solo refiere a nuestra vida social. Redes e inteligencia artificial implicaron un desquicio total de nuestra relación con el mundo tal como la conocíamos. Ese desquicio que a veces nombramos con los repertorios de la psicopatología, pero que en realidad refieren al estatuto mismo de la palabra: la palabra ya no funciona para atestiguar realidades, sino para anticiparlas, ya no opera en la lógica de la conexión con lo real, sino en la lógica de la profecía autocumplida. Cuando decimos que esto es “delirante”, no aludimos a la psicología, sino a la ontología: la verdad es eso que se anticipa como enunciado aberrante hoy pero estructurante de la realidad de mañana: las “hipersticiones” de Nick Land. Y Milei es expresión de esta nueva verdad hipersticional del siglo XXI. Eso es lo que significa que Milei haya “estatizado Twitter”, que haya convertido en razón de Estado a la lógica de las redes. En Twitter no hay “mentiras”, porque no hay verdades: hay palabras que son hechos en flujo acelerado. Ese era el momento de verdad del debate sobre “discursos de odio”, y lo que marca el signo de un cambio que no es solo una transformación socioeconómica, sino una verdadera mutación antropológica, en curso desde antes de la llegada de Milei y ahora sancionada por él.
¿Son o se hacen?, es la pregunta que surge recurrentemente ante la acumulación de dislates y aberraciones. Sin embargo, creo que esa pregunta, al separar realidad y ficción, sigue suponiendo que el delirio o el sinsentido es algo externo, una herramienta, un instrumento para otros fines (la confusión, el desvío de la atención, etc.). Entonces, nos interroga si creen en las estupideces que dicen o simplemente las dicen sin creer en ellas, con el fin de instrumentar la confusión, de montar una escena y levantar una cortina de humo. Esas preguntas eran adecuadas a la fase anterior del neoliberalismo, cuando el cinismo parecía nombrar la esencia del comportamiento del gobierno de Macri. Pero el cinismo supone que están, por un lado, las imposturas fingidas y, por otro, la real realidad; supone que esa distinción es aún posible y, además, insidiosamente manipulada por quienes la movilizan. Ahora estamos más bien ante el descalabro de ese deslinde, estamos justo ahí donde delirio y realidad tienden a colapsar el uno en la otra. Hoy parece que el sinsentido no es solo un atajo hacia la expoliación de lxs que menos tienen, o una cortina de humo sobre las decisiones contra sus intereses. El sinsentido es parte interna del saqueo: la expoliación simbólica, el despojo del sentido es parte integral del despojo material, no (solo) un instrumento para lograr adhesión al saqueo. Porque el despojo simbólico es él mismo material: es la garantía de la perduración del saqueo generalizado. Por eso el sinsentido se vuelve tan ominosamente real. Y por eso pienso que son y se hacen, que son haciéndose, y se hacen siendo lo que son: realidad (“son”) y ficción (“se hacen”) son parte integral de un único y ominoso enrarecimiento de lo real.
Una más sobre Lemoine y la ciencia. “Terraplanismo” no tiene nada que ver con alguna opinión extravagante acerca del planeta Tierra, ni jamás tuvo la intención de ser eso. “Terraplanismo” solo nombra la desconexión total entre las palabras y la realidad, y la militancia en favor de esa desconexión. “Terraplanismo” es ingresar al mundo del lenguaje para destruir el lenguaje: es como presidir el Estado para decir que el Estado debe ser destruido. Es el nombre que el nihilismo radicalizado de nuestro tiempo utiliza para avanzar en la desertificación del pensamiento, es decir, de la posibilidad de comunicarnos. No solo no es una afirmación sobre la Tierra, sino que ni siquiera es una opinión aberrante. Sí es aberrante, y esa es su función comunicacional: generar un “escándalo” epistémico, que cumple la función de los “escándalos” de la farándula, pero ahora interiorizados en nuestra vida mental en tiempos de disonancia cognitiva. Por eso puede circular en redes: el terraplanismo es al pensamiento lo que el insulto al lenguaje, genera engagement. Pero no es una opinión, porque su función es puramente performativa: no habla del mundo, sino que actúa la desconexión sideral entre el habla y el mundo. El “anarcocapitalismo” realiza esa operación en la macro, desmontando el Estado como gran mediador; los “discursos de odio” lo hacen en la micro, fascistizando la vida cotidiana; el “terraplanismo” realiza lo mismo en la legitimidad social de la ciencia. Y eso es clave para el conjunto del esoterismo “libertario”. Porque la ciencia no es solo trabajo de laboratorio, ni el “valor agregado” de la industria nacional. La ciencia es fundamentalmente esto: producción de capacidades colectivas para apropiarnos y diseñar las cuestiones referidas al futuro colectivo. “Terraplanismo” jamás implicó hablar de cierta idea de la Tierra, sino solo desmontar esa fábrica de capacidades colectivas de articulación de sentido que llamamos “ciencia”. La “ciencia” es una trinchera fundamental contra el oscurantismo nihilista contemporáneo. Y no por “racionalista”, sino por confiar en la posibilidad de articular capacidades colectivas en un medio común.
Aplastadxs en la literalidad de un rey vestido con su propia desnudez. Algo que parece tornarlo invulnerable: ni desnudo ni desnudable. Y así estamos: capturados en algo que ya no es obscenidad, sino literalidad, fin de la distancia, fin del juego significante: esa es la eficacia de su “sinceridad”. Lacan decía: el rey está desnudo ¡debajo de su ropa! Hoy deberíamos decir: el rey está vestido ¡con su propia desnudez! Por eso nos cuesta tanto desvestirlo. La fuerza hipnótica de este fenómeno es posideológica porque no hay pliegue, no hay doble escena, no hay afuera, es la pura superficialidad de los personajes de Brecht: “hola, soy un cerdo burgués y vine a explotarte”. En Brecht este tipo de superficialidad aún generaba extrañamiento y distancia, eran formas autoparódicas de representación de la opresión. Hoy estos enunciados son la literalidad sin distancia, y la estupidez deja de ser autoparódica: sin afuera, la estupidez es pura violencia, curvatura de lo real. Silvia Schwarzböck se había referido a la estética neoliberal como una “estética de lo explícito”. Uno duda de si lo que hoy tenemos es una estética de lo explícito o más bien una estética de la literalidad. Lo explícito aún ingresaba en un juego de implícitos y explícitos, adentros y afueras, mientras que hoy eso ha estallado. Lo explícito es obsceno, mientras que lo literal es aplastante, es asfixia: lo obsceno supone una escena y algo detrás de escena. Hoy esa dualidad no existe, y lo obsceno carece de escena a la que oponerse. Lo sublime fue el fin de lo bello; lo siniestro fue el fin de la soberanía del yo; lo literal hoy es el fin del juego del significante. Todo significante aparece fijado, aplastado sobre su función como catalizador de los vectores correspondientes del capital. Por eso este experimento no puede ser comprendido solo económicamente. Porque exige una reducción capitalista de los signos. Nuestra relación con el sentido está siendo ya no solo alterada por su relación con la mercancía, sino reducida a su función exclusiva en el proceso de valorización. Solo somos sujetos en cuanto sujetos de la valoración capitalista. No hay resto. Ni siquiera para vestir a un rey desnudo de sí. Solo hay nihilismo, erosión y entropía.
“No es libertad, es odio”. El crimen de odio contra cuatro mujeres en el barrio porteño de Barracas, y el lesbicidio de tres de ellas, volvió a poner sobre la mesa la cuestión de los “discursos de odio”. Un debate mal llevado que, sin embargo, sigue siendo indispensable para pensar una sociedad en su progresivo y capilar devenir fascista. La precisa consigna “no es libertad, es odio” vuelve a inscribir el problema de las relaciones entre “libertad de expresión” y “discursos de odio” que estaba en el corazón del malogrado debate. Pasa que, en el camino, se coló la crítica al progresismo, que era pertinente y errada a la vez. Una crítica que estuvo en el centro de la voz que de manera más difundida organizó el debate sobre la llegada de Milei al poder: la de Pablo Semán. Una voz para la que la hipocresía progre tuvo un peso mucho mayor en la llegada del fascismo que el lento colarse de la violencia política capilar a través de los discursos de odio (por eso, el libro de Semán ni menciona el atentado contra Cristina como antecedente relevante del ascenso libertario). Y, por supuesto, en ese contexto el debate sobre los “discursos de odio” fue leído como el colmo del progresismo, como una operación de chantaje moral que venía a pontificar sobre la corrección política en la lengua mientras ese “Estado que te cuida” que el progresismo defendía iba claudicando velozmente en sus obligaciones ante lxs más necesitadxs. En el crimen de Barracas confluyen discursos de odio y precarización radical de la vida, crueldad y “mímica de Estado”: muestra la convergencia y complicidad entre discursos de odio y vaciamiento del Estado, entre descomposición de lo simbólico y destrucción de condiciones materiales de vida. Tenemos que salir de la trampa del antiprogresismo, que no es más que la última trinchera del progresismo, para recuperar motivos clave de la lucha contra la deshumanización y el nihilismo. Lo mismo está sucediendo ahora con el uso de la palabra “crueldad”: candidata estelar para la condena antiprogre, su impugnación, sin embargo, no va a ayudar a eliminar la crueldad circulante y sus múltiples formas de eficacia. El punto es desmoralizar el “odio” y la “crueldad” para dimensionar el valor estrictamente político de su circulación social, su función estratégica. De otro modo, nos mantenemos en el círculo autocomplaciente del progresismo.
El oscurantismo contemporáneo es una mezcla salvaje de escepticismo y dogmatismo. Ya lo había dicho el viejo Kant en su crítica al fanatismo: lx que no cree en nada y lx que cree en cualquier cosa se parecen demasiado. Lx dogmáticx cree en cualquier cosa por la sencilla razón de que no cree en nada, es decir, en nada que pueda contrastar con su creencia, adoptada por fuera de todo criterio racional y parámetro de contrastación. Lx dogmáticx cree en cualquier cosa porque dejó de creer en la palabra y su potencia comunicativa. Y en eso andamos hoy: no creemos en nada, y justamente por eso cuando creemos en algo nos “abrazamos” fanáticamente, porque no creemos en ninguno de los parámetros con los que podríamos fundamentar o refutar nuestra creencia. Simplemente creemos, “abrazamos ideas”, fanáticxs de tan escépticxs. Sí, esa es la paradoja en la que andamos. El escepticismo corroe nuestra capacidad de ver o discernir, porque desconfía de todo lo que vemos, nos asegura que todo es ilusión y engaño, todo es fake y posverdad, por lo tanto, nada en nuestras representaciones es firme. Sin embargo, nunca podemos andar por el mundo sin creer en nada, mucho menos en tiempos de crisis e incertidumbre. Entonces creemos. Pero cuando de pronto creemos en algo, dado que nos volvimos ciegxs de tan críticxs, corrosivxs de tan sospechosxs, esa creencia es como un forúnculo que nos crece, y no el punto de llegada de un proceso reflexivo de sopesar argumentos, experiencias y opiniones contrastantes. Hoy tenemos una creencia como quien tiene un tumor. El reino de la posverdad no es el reino de lo líquido y fluido, como tantas veces se ha dicho, sino de lo sólido y rígido. “Todo lo sólido se disuelve en el aire” decía el Manifiesto comunista en tiempos de revolución. Hoy, en tiempos de nihilismo, cuando la disolución se torna insoportable, todo lo líquido se solidifica. La posverdad es el líquido corrosivo que rigidiza toda creencia. Este mundo fake es el caldo de cultivo de los dogmatismos más violentos y enceguecidos. Los discursos de odio son expresión de este proceso. Nada tienen que ver con la verdad, ni tampoco con la falsedad, sino solo con la rigidez de la creencia: escepticismo fanático.
Están lxs progresistas, para quienes lo que está pasando es una locura y lxs votantes de Milei son unxs descerebradxs. Están lxs antiprogresistas, para quienes lo que está pasando es lo más lógico después de tanto progresismo neoliberal, y lxs votantes de Milei son lo más racional en estas condiciones. Para el progresismo, esto es inexplicable hasta el límite de la insania. Para el antiprogresismo, esto tiene causas económico-políticas que tornan innecesario todo abordaje de la nueva (ir)racionalidad instalada. Para unxs, habría una irrupción de una política de la crueldad que desafía todos los marcos de la comprensión, para otrxs hablar de crueldad es pura moralina progre que no ve la continuidad de la misma desigualdad neoliberal, pero con nuevos medios. Unxs dicen: ¡es la política de la crueldad!, lxs otrxs responden: ¡es la economía, estúpido! Creo que en ambos diagnósticos se pierde la pregunta clave por una nueva racionalidad política 3.0 que resulta clave para entender nuestro tiempo, marginada tanto en el diagnóstico psicopatologizante progre como en el economicismo poronga. No, no es una mera locura, no es psicología, es una lógica singular, singularísima, pero irreductible a la locura. No, no es solo la pobreza y la desigualdad, es también una nueva manera de gestionar el consenso y de ligar política y lenguaje, muy nueva. Esto es clave porque creo que la complementariedad entre neofascismo y capitalismo financiero que este gobierno está logrando no se puede leer desde las veredas enfrentadas de estos bandos en que hoy se polariza el campo opositor. Como si fuera más importante ver quién tiene más razón (unxs con su moral, otrxs con su cinismo) que intentar hacer un diagnóstico menos narcisista de lo que nos pasa. Y creo que lo que nos pasa es que el neofascismo social viene a ofrecer la gramática de la desintegración para una sociedad desintegrada por la violencia del capital desatado. Y que cuanto más injusto se torna el mundo, más incomprensible se vuelve: no se explica la viabilidad de este proyecto sin la disolución de la gramática social, ni se explica esa disolución fuera de los efectos de este proyecto expoliador.
Mi querido Seba me manda esta foto. Y me dice: en plena Richardson, a metros de Ciudad Universitaria, ese grafiti: “+ Galperín – Grabois”. ¡Qué onda, loco! Me resulta genial. Con Seba siempre jugamos a policía bueno y policía malo del (anti)progresismo, y un grafiti así, la voz del pueblo, gritando en las puertas de la UNC, la cuna del progresismo, que necesitamos más Galperín y menos Grabois, es perfecto como imagen de época. Gana policía malo. En otro audio, me dice: creo que sin querer te entregué una imagen para alguno de tus nuevos posteos. Y sí, pienso: todo se capitaliza. Galperín ya ganó. También entre quienes votamos a Grabois. Porque Grabois es contenido humano, pero Galperín es la sintaxis inhumana. Y eso genera una asimetría total entre ambos: que Grabois sea contenido humano no lo hace incompatible con la sintaxis inhumana de Galperín. La indignación garpa en el mercado libre de las transacciones progresistas. Puedo compartir esta imagen y proponer una reflexión re copada, porque detrás está este mercado libre de imágenes que es Instagram. No hay transacción humana fuera de la lógica de la mercancía. Ella gana siempre, tanto más cuando la mercancía que se ofrece incluye una crítica a la mercancía, generando así la ilusión de un mercado paralelo, una especie de deep web de la lucidez y del Bien. Pero es solo un método para capitalizarlo todo, incluso el don. Y pienso (para ya empaquetar mi mercancía) que aquí hay dos opciones: o el cinismo o la ironía. El cinismo asume esa ausencia de afuera: todo es mercado y sus críticxs serían las almas bellas del patetismo progre. La ironía asume que sí hay un afuera, pero que es (lo) inapropiable. El antiprogresismo es una forma de cinismo: de tanto explicar a Milei se lo termina legitimando; de tanto entenderlo, se termina desconfiando de todo afuera. La autocrítica progre ensaya la vía de la ironía: intentar entender a Milei admitiendo, a la vez, que hay un Afuera irreductible, aunque se abstenga de nombrarlo. La ironía pide, antes que nada, autoironía. El progresismo, entretanto, y en eso coincidiremos con Seba, habita su ciudadela fortificada mientras sus propias paredes hablan la lengua de Milei.
El NFP ganó en Francia. Por supuesto, es una enorme alegría, que nos recuerda que no todo está perdido, que la lucha continúa, que la memoria democrática insiste, que la ola neofascista es eso, una ola en el eterno mar de la historia. Algo que ciertamente estaba ya claro en una América Latina tensada entre experimentos neofascistas y gobiernos izquierdistas que, en simultáneo, ganan elecciones –sin olvidar este detalle: ambos igual de (pos)democráticamente–. Porque lo que insiste es la misma “sorpresa” que parece ser la constante desde el triunfo de Trump en 2016: “sorpresa en Francia” se repite en todos los portales. La imprevisibilidad de los electorados, la volatilidad de los cambios de rumbo, la inestabilidad política, el “déficit de historicidad” de la acción colectiva parecen ser la norma de una época anómica en la que la inteligencia política parece más desasistida que nunca de todo residuo de “ley de la historia”. La historia es la “desquiciada” (no Milei), porque el capitalismo financiero actual, este neoliberalismo zombi, muerto y vivo a la vez, no está en condiciones de ofrecer patrones estables para su reproducción. Entonces, nada de lo sucedido “antes” es una buena guía para lo que haya de suceder luego. Eso marca el ritmo sincopado de una época en la que la “incertidumbre democrática” parece ceder a una simple “incertidumbre histórica”, pues hoy la contingencia, la falta de fundamentos, no necesariamente redunda en políticas democráticas, sino que deja abierto el abanico de posibles políticos a una “sorpresa” exasperante. La crítica que la segunda mitad del siglo XX hizo de los totalitarismos de la primera ya no es la mejor guía para criticar los autoritarismos de hoy. Porque hoy el autoritarismo no necesita de verdades absolutas, y el neofascismo nada como pez en el agua en la incertidumbre y la ausencia de fundamentos: el nihilismo de la extrema derecha actual es expresión de su hipermodernidad. Hoy sabemos, a la vez, que a la democracia no le alcanza con la crítica a los “esencialismos” totalitarios, sino que exige esencialismos estratégicos (¡ay, la verdad!) para no caer en la trampa neofascista. Nada garantiza ni la “victoria” ni el fin del neofascismo: será, cada vez, una “sorpresa” más en este mundo revuelto.
Creo que este tiempo extraño nos pide, también, ensayar nuevas formas de narrar nuestras victorias parciales. Por supuesto, por fuera del derrotismo que la fascinación por el apocalipsis propicia. Pero también y, sobre todo, por fuera del optimismo progresista que nos invita a pensar los triunfos como signos de un sentido trascendente que, por fin, se recupera. Es entendible que, ante tanta catástrofe, la emergencia de alguna buena noticia intente ser leída como signo (en el sentido de Kant leyendo la Revolución francesa, justamente, como “signo” del progreso). Pero más honor le haríamos si la leemos en sí misma, en su pura positividad y no como indicio de otra cosa. Creo que hoy las victorias son más importantes que nunca justamente por ser más frágiles que nunca, por lo que deberían ser resguardadas en marcos más potentes que los del “progreso”. Progreso y catástrofe son las dos caras de una misma visión plana de la historia, incapaz de leer las superposiciones, intermitencias y latencias. El progresismo sigue pensando como si la historia fuera un juego de la soga que tironea una única cuerda que va para un lado o para otro, izquierda o derecha, progreso o catástrofe. Quizá las sogas son múltiples, quizá el juego no sea de suma cero, quizá sea menos juego de la soga y más “juego de cuerdas” al modo de Haraway. Necesitamos contar una historia estratificada, hojaldrada, en la que las expresiones de resistencia también implican una resistencia a su subsunción en una gran contrahistoria de la emancipación. Las luchas no solo son luchas en la historia sino también por la historia, por la forma de la historia y por otorgarle un espesor de mundos que es lo que verdaderamente se opone a la filosofía de la historia del capital. El triunfo del NFP en Francia, el de lxs laboristas en Inglaterra, los triunfos centroizquierdistas en América Latina. También otro tipo de triunfos subterráneos, como fue la secuencia de la condena a Darthés hasta la de Alperovich, pasando por la denuncia a Brieger. Y no se trata de volver al contrapunto de micro vs. macrohistoria, sino, al contrario, de dar la disputa por otra universalidad: como trama tupida de historias singulares que se coordinan entre sí y no como abstracción de todo lo secundario para afirmar lo principal. Podríamos decir, ahora sí: una universalidad de izquierdas que resista la universalización abstracta del capital.
Milei y Villarruel encaramados en un tanque de guerra, felices como niñxs. Imágenes como esta, típicas de la política visual de este gobierno, implican un desafío singular. La primera reacción es: ¿cómo interpretar de manera no literal una imagen tan literal como esta? Porque ante una imagen semejante el pensamiento queda como girando en falso y pregunta: ¿es joda? Todo es tan literal que busca una segunda intención que le dé sentido. Pero entonces nos sentimos encarando mal la cosa, con preguntas inadecuadas, precisamente porque la literalidad es un pilar clave de esta singular política de los símbolos. Y si la literalidad, la carencia de espesor, la ausencia de dobles intenciones (y por tanto de cinismo) son parte central del funcionamiento de este tipo de imágenes, entonces una interpretación a su altura debería intentar menos buscar qué hay detrás de ella que interrogar cómo es posible que no haya nada detrás. Y entonces la cosa se pone compleja, justo ahí donde la brutal simplicidad parece asfixiarlo todo. En el año 2000, profético, Héctor Libertella escribió una utopía, El árbol de Saussure, publicada por Adriana Hidalgo, que se interrogaba cómo sería el mundo cuando haya desaparecido el signo. Un mundo cada vez más nuestro. En las páginas 27 y 32, afirma:
La interpretación desfallece, y entonces Freud se dedica a escribir un texto invisible. La pintura no admite comentarios: es apenas la callada comunión física de un cuadro y un observador. Los diarios son puro grafismo, únicamente existen para “darle mirada a los ojos”. Y hasta la lectura más acabada la ejercen los analfabetos.
Esta imagen parece sacada de ese mundo feliz y terrorífico de Libertella: está allí, sin comentarios posibles, como testimonio plano de una silenciosa comunión física de un líder estruendosamente mudo y sus observadorxs-seguidorxs. Y para leer esta imagen tenemos que intentar volvernos analfabetos de todo lo que pudimos haber aprendido acerca de las imágenes. Un régimen en el que solo operan lo real y lo imaginario, donde la función simbólica se ve atenuada hasta el límite de su colapso, y donde somos arrojadxs a una vertiginosa oscilación entre hiperrepresentación y realidad cruda. Como las “hipersticiones” de Land: la verdad como profecía autocumplida y clausura de la representación en el cortocircuito imagen-real.
Sobre lo intratable. El fascismo contemporáneo vive de una estetización de la Cosa. Lo intratable como aglutinante negativo de la desquiciada racionalidad política actual, que no por desquiciada deja de ser racional. No se gobierna lo ingobernable, sino con lo ingobernable, a su través. Y eso a una escala masiva, no solo como “herramienta” de poder, sino como manifestación de un clima de época, de una sincronía. Hoy lo ingobernable ya no quiere ocultarse, no puede ocultarse, pero su ostentosa espectacularización se moviliza solo en función de impedir su elaboración. Estamos en ese punto en el que las fuerzas de lo heterogéneo acumuladas piden pista, pero en el que la voluntad popular aún no ha sabido construir nuevos diseños de la política que elaboren ese acumulado y que logren una inscripción no violenta de su poder. Lo reprimido, entonces, solo retorna como traumático. Así, lo intratable de cada quien pasa a ser objeto de exposición (mediática, política, en redes, etc.), dejando en el mismo movimiento de ser objeto de elaboración. La verdad no es el resultado de la transformación de lo incorregible, sino de su exposición (“sincera” u “obscena”, dependiendo de quién la relate) en toda su crudeza. Ahí es donde la crueldad aparece como una auténtica política de la verdad, una política de lo real, es decir, de aquello que viene siendo sistemáticamente ocluido por un progresismo que ni elabora ni permite expresar lo rotos que estamos, la herida que somos, lo intratable que nos constituye (la corrección política tiene su parte de moral denegatoria y autosacrificial, tanto como la tiene el emprendedurismo neoliberal). Lo “posdemocrático” de las nuevas derechas nos recuerda lo que la “democracia” progresista quiso ocluir: no basta con las reglas formales del pacto para que la cosa funcione, hay un violento afuera de las reglas donde se juega lo sustancial de la disputa. El “auge” actual de las derechas no es un mero dato sociopolítico: ellas son las que asumieron una política de lo real. El progresismo quedó como el guardián de lo simbólico. Y, en el camino, lo imaginario quedó capturado por la fascinación que ejerce la ferocidad de lo real.
Hoy, cuando los electorados eligen gobiernos democráticos, lo hacen bajo condiciones tan posdemocráticas como cuando eligen fascistas. El “avance de las nuevas derechas” no es un problema electoral, sino político, social, subjetivo, civilizatorio: es expresión del nihilismo como a priori histórico. Cuando se habla de “posdemocracia” no se está diciendo que la democracia ya fue y que a partir de ahora van a ganar puras dictaduras. Por supuesto, la democracia será una opción muchas veces elegida. Pero justamente: una opción, ya no más el marco del juego político. Por eso, también los electorados democráticos juegan con nuevas reglas, ya no democráticas, de la política. Entonces, cuando celebramos que un gobierno democrático y progresista triunfa, nada estamos diciendo del suelo posdemocrático de condiciones sobre el que se asienta y que le da su específica fragilidad epocal –y acaso también su específica potencia–. No solo los gobiernos neofascistas emergen de condiciones posdemocráticas, sino que las mismas condiciones son las que pueden dar lugar a gobiernos convencidamente democráticos. Pero estos gobiernos ya no se asientan en el terreno de las convicciones democráticas del pasado, sino sobre un nuevo y resbaladizo suelo nihilista de nuestro tiempo, que es el mismo desde el cual surgieron las nuevas derechas como emergentes naturales (pero, ¿no era la raíz nihilista de la democracia lo que denunciaban sus mejores críticos, Nietzsche incluido?). Dije fragilidad y quizá también potencia porque hay una verdad de la política, hay un real de la política, cuyo impacto puede implicar una renovación necesaria para la propia democracia. Por eso no es pesimista mi planteo: “posdemocracia” es la conciencia de que estamos expuestos a un afuera anómico de las reglas de la democracia formal, pero ese afuera es el único ámbito en el que podremos reconectar con la soberanía popular vapuleada por la propia democracia formal. Vivimos tiempos convulsos. La derecha ha tomado la ventaja, y por eso se le ha atribuido la rebeldía, porque fue la primera que reconoció una rebeldía de fondo. Pero la reconoció para reabsorberla. La izquierda es la que tiene que venir no solo a dar expresión a esa potencia histórica (la actual estetización neofascista de la Cosa), sino a restituirle todos sus derechos.
Este posteo es parte de los efectos colaterales que el acontecimiento de anoche incluye y anticipa: la confusión general y la crispación violenta como regla de una época sin reglas. Me valgo de la “rebelión del público” que Trump lidera para escribir lo que se me canta. Y digo: el de Trump es un autoatentado, sin importar quién lo haya cometido. Primero, porque Trump, padre de las nuevas derechas, es el gran legitimador global de la violencia desatada como mecanismo de gobierno a través del caos; segundo, porque Trump es el rey de la confusión general como pauta de la opinión pública, y todo indica que nada será claro en este atentado. La verdad de la paranoia es compacta, cerrada y vuelta sobre su enunciador como autotestigo de una realidad circular, tautológica. No es solo que las “nuevas” derechas están cultivando las violencias que les “van a volver”, sino más bien que la violencia es la vía para hacer real el nuevo modo de la verdad como profecía autocumplida. Razono, entonces, según la lógica del irracionalismo actual: si el tiroteo fue un engaño, Trump, el rey del fake, lo hizo. Si el tiroteo no fue un engaño, Trump es el padre de la legitimación de la violencia como forma de dirimir los conflictos, solo le vuelve lo que él inició. Si el tiroteo fue orquestado, Trump es el nombre propio de la conspiranoia, él seguramente habrá tenido algo que ver. Si fue un lobo solitario, Trump es el emblema del individualismo armado, de la portación de armas y la cultura norteamericana de la justicia por mano propia, él solo cosecha lo que cultivó. Y todo cierra, compacto, en la acuñación de una imagen espec(tac)ular (fotografía de Evan Vucci), que devuelve solidez al círculo paranoide: un ícono que cierre el círculo sobre sí. Ni con la puñalada a Bolsonaro se logró semejante estilización épica. Una imagen puesta a trabajar en su función más primaria: la fijación de un sentido. En este caso, el que sostiene que el nihilismo global que Trump lidera es en realidad una auténtica cruzada civilizatoria, haciendo que el descenso abyecto en el que estamos se vea como una sublime elevación a fuerza de sangre y puño: el líder enfrentando la muerte por la causa nacional que flamea en el cielo.
La llamada “posverdad” puede ser leída de dos modos totalmente contrapuestos (algo similar sucede con los “discursos de odio”): o bien como el imperio de la mentira o bien como la crisis de la verdad. En el primer sentido el concepto es parte de lo que nos hunde en la crisis, mientras que en el segundo podría ser una ayuda para salir de ella. Si lo pensamos del primer modo (y tenemos mil buenas razones, cada día, para pensarla así), la posverdad es ese universo de engaño, ese “diario de Yrigoyen” en el que viviría la mitad del país, y que sirve para delimitar con claridad el campo de quienes no fueron engañados. Si hay una posverdad es porque puede ser reconocida desde el lugar de la verdad, confirmado justamente por la existencia de aquella. Es el “no la ven” invertido, para autocomplacencia progre. Ahora, si lo pensamos del segundo modo, la posverdad carcome también el discurso de quienes la diagnostican, es decir, el “nuestro”. Cuando la posverdad se enuncia como enésima formulación de la hipótesis de la “manipulación de las masas”, entonces lo único que logra es reforzar la distancia entre “nosotrxs” y “ellxs”, que es el motor de la furia legítima que Milei o Trump encarnan, y “nuestra” peor manera de participar de los “discursos de odio”. Pero si la posverdad es el nihilismo que llevamos dentro, la descomposición generalizada de la lengua por la digitalidad y por la injusticia consentida, puede que ese diagnóstico nos permita encontrarnos en un mismo barro con quienes venían siendo víctimas de “verdades” que no funcionaron, incluidas las de los progresismos que defendimos. Y entonces, “juntxs” e igual de rotxs, acaso podamos retomar una conversación que consentimos romper hace tiempo. Y entender de paso que la “posverdad” es, antes que nada, el consentimiento (progresista) con la ruptura de esa conversación social. Hasta que no dejemos de pensar, hasta en lo más hondo de los huesos, que lxs votantes de Milei son escoria humana, política o social, solo vamos a estar colaborando con la barbarie, con su forma más feroz, que es la barbarie refinada y sublimada de lxs educadxs. La “posverdad” es un problema demasiado delicado como para dejarlo en manos de lxs bárbarxs cultxs.
Hablemos de violencia paraestatal. Hablemos de la normalización de este terrorismo de Estado digital que no estamos queriendo ver. Hablemos del presupuesto millonario de la nueva SIDE, acompañado por una nueva canallada del radicalismo. Hablemos de Santiago Caputo. Hablemos de la normalización cotidiana del amedrentamiento como disciplinamiento o eliminación de toda oposición, también interna. Hablemos de la visita a los genocidas y del 55 % de pobreza. Hablemos de la sorprendente sincronización de escándalos morales y datos económicos escandalosos. Hablemos de la trituradora mediático-digital en que están convirtiendo a la política. Hablemos de las formas de despolitización a través del morbo y la obscenidad. Hablemos del aplastamiento de la política en la tenaza de moral y economía, de un proyecto sostenido en la fórmula de denunciar la “degeneración” (moral, fiscal, etc.) de toda oposición y mantener la inflación a raya, mientras la violencia se va enquistando en un Estado cada vez más consolidado como “Estado dual”. Hablemos de los “sótanos” de la democracia como protagonistas naturales de un gobierno posdemocrático. Hablemos de la moralización masiva de la discusión pública implicada en la “batalla cultural”, de la hiperpolitización moralizadora de una agenda asfixiante que logra quitarnos el aliento para discutir el rumbo del país. Hablemos de la aceleración apabullante de la agenda, del cinismo hiperbólico de lxs censorxs del cinismo. Hablemos menos de decadencia moral de individuos que de la decadencia política inducida y planificada, de la descomposición de la democracia y de la comunicación pública. Hablemos menos de culpas que de estrategias, menos de ética que de la guerra en curso. Dejemos de ocupar el lugar que lx enemigx construye para nosotrxs, de lamentarnos por la ausencia de la oposición, y comencemos a construirla construyendo una agenda propia. No hay tiempo para lamentos, ni mea culpa, no hay espacio para interpretaciones morales del uso bélico de la moral. Discutamos la violencia si no queremos convertirnos en la fábrica de lágrimas de zurdxs en que nos quieren convertir.
Twitter y la SIDE: la mediación política aplastada por arriba y por abajo. Son las bodas entre los consabidos “sótanos de la democracia” y las “fuerzas del cielo” digitales de la posdemocracia. La parainstitucionalidad hacia dentro del Estado se combina hoy con la parainstitucionalidad global, hacia fuera del Estado, de la “clase vectorial” de las empresas y los actores que controlan nuestra vida digital. El colapso de la representación oscila entre un imaginario dominado por las redes transnacionalizadas y un real controlado por los servicios de inteligencia paranacionales. La política es lo que desaparece en esa oscilación. Y en esta nueva oscilación sucede además una reconfiguración de los “sótanos”. Porque uno de los rasgos de este gobierno es justamente su carácter explícito, su desnudez, la “sinceridad” de Milei frente, por ejemplo, al cinismo más tradicional de Macri, que tuvo sus propias oscuridades con la AFI. Con lxs libertarixs prima una lógica de lo explícito. Incluso en redes, ahora que sabemos que hay tuiterxs pagxs, con nombre y apellido, y algunxs hasta con cargo oficial. El choque entre la predilección por los sótanos y la estética de lo explícito, entre ocultar y mostrar, da lugar a la pornográfica impunidad de lxs tuiterxs oficiales. Son grupos de tarea diurnos, que trabajan a plena luz, sin nombres falsos, son agentes de inteligencia que montan show de sus operaciones. Dirigen programas de streaming. Es como si Stiuso o Arribas hubieran tenido un programa de chimentos en la tele. El Gordo Dan en su programa de Carajo es ese punto de encuentro entre las redes sociales y los servicios de inteligencia, ahora convertido, encima, en show mediático. O sea: ese punto de máxima desdemocratización se convierte en show mediático. O sea: esa obscenidad, ese ingreso en escena de lo fuera-de-escena, implica una normalización y legitimación pública de algo que hasta el momento debía permanecer en las sombras para poder desplegar su eficacia. Ahora ya no. Porque hoy parte de esa eficacia consiste en legitimar públicamente un orden no democrático: transparentar la violencia. La visibilidad de la no-democracia en la democracia construye ya no un orden cínico, sino positivamente antidemocrático.
Del carisma al Joker. Sugerí que el magnetismo de Milei opera sin necesidad de carisma, un tipo de dominación que fue parte de una época ya concluida. “Carisma” (cuyo sentido se acerca al del “genio” moderno) habla de un “don” o “gracia” que destaca a un sujeto sobre el resto, no de manera objetiva sino en el reconocimiento de sus adeptxs. Insinué que el modo “influencer” del liderazgo de Milei es propio de una época que rechaza la excepcionalidad y ensalza la vulgaridad, una época que quiere reconocer en su líder a su igual, no a su ideal. Milei carece de toda forma de “ejemplaridad”, incluso para sus fieles. Por supuesto, tiene rasgos del carisma tradicional: su capacidad de ofrecer formas de autoridad en tiempos de crisis de representación; su ruptura con la jerarquía de la “carrera” o del “cuadro administrativo” (la “casta”); su capacidad de movilizar cualidades no racionales, mágicas, de adhesión, etc. Entonces pienso: acaso la “ejemplaridad” de Milei radique en el modo extremo en que expone su vulgaridad, su no-ejemplaridad: es uno de lxs nuestrxs, y no se avergüenza de serlo. No es un tipo excepcional en el sentido de alguien en quien proyectar un ideal, un trabajo de sublimación. Si la hay, es una excepcionalidad de la de-sublimación. Lo cual es desconcertante, porque el carisma, en el nietzscheano Weber, era una resistencia al nihilismo, la fuerza disruptiva del sentido en tiempos de administración burocrática, hálito de lo vivo en medio del reinado del número. Milei, por el contrario, es el agente consumado de la nada, es la ausencia de valor y el aplastamiento de todo lo que exceda o reste respecto al más completo “desencantamiento del mundo” al desierto del capital. Quizá su mérito sea resolver el problema del carisma en tiempos de su ocaso, generando efectos de carisma, pero sin requerir de la fuerza plástica de la personalidad carismática, ni de la responsabilidad de su función civilizatoria. Su fuerza se alimenta del magnetismo de la destrucción. Y su inestabilidad, límite del carisma en Weber, se potencia hasta convertirse en virtud: ofrecer una forma de autoridad para tiempos de caos. El Joker como jinete de este apocalipsis fake.
Si leemos el presente con el diagnóstico de Martin Gurri, lo enloquecedor no serían las nuevas derechas, sino el contexto en el que las democracias representativas tienen que intentar sobrevivir hoy. La locura es la salida más razonable para situaciones sin salida, un modo de sobrellevar coacciones contradictorias del contexto. ¿Cuál es ese contexto? El del conflicto entre el gobierno de las élites (marcado por la ineficacia y la ilegitimidad de sus acciones) y la rebelión del público (signada por una pura negación de las élites, pero desentendida de plantear una alternativa). En esa tensión, la posición enloquecedora de Milei se explica como producto de las compulsiones de época más que como la delirante estrategia de un gobierno freak. Ser el topo que destruye al Estado desde dentro es la solución de compromiso más literal de las exigencias que hoy tiene todo gobierno: por un lado, gobernar y resolver problemas; por otro, denunciar a los gobiernos y su incapacidad de resolver problemas. Son dos exigencias contradictorias, pero igual de urgentes. Y no las impuso Milei. Él ofrece un modo de responderlas en simultáneo. Para hacerlo, claro, debemos enloquecer. Lo sorprendente y fascinante de su postura es precisamente la decisión con la que da ese paso, ese “salto al vacío”, rompe con el principio de no contradicción e inaugura un modo de dominación no contemplado por Weber: la dominación esquizofrénica. En ella, el gobierno da expresión a las fracturas sociales interiorizadas como una escisión mental del propio poder. La “razón de Estado” convertida en “esquizo de Estado” por el derrumbe neoliberal del capitalismo. El magnetismo de Milei rompe sin dudas con la “dominación tradicional” (del Papa, por ej.), y con la “dominación racional” (del sistema de partidos), pero también con la “dominación carismática” (de Cristina, por ej.), porque su irracionalidad no tiene que ver con la ejemplaridad de su persona, sino con su capacidad de encarnar la esquizofrenia de la democracia representativa actual. Y no, no es ningún “empate hegemónico” tradicional. Es el agujero negro del nihilismo político actual impidiendo toda forma de estabilización del poder.
La fuerza y la fragilidad de Milei penden de una misma condición, a saber, del hecho de que su gobierno encarna la contradicción política de nuestro tiempo, que se manifiesta en el éxito (inestable) de un oxímoron: gobiernos antisistema, derecha rebelde, orden caótico. Este oxímoron sostiene fuerzas contradictorias en equilibrio: por un lado, la certeza de que nada puede seguir igual y, por otro, la certeza, igual de intensa, de que nada puede cambiar verdaderamente. Vivimos el colmo del sistema bajo la forma de un colapso de este que solo da lugar a más y peor sistema: esa es la paradoja del neoliberalismo tras la crisis del 2008. Esta certeza contradictoria se traduce, en términos puramente gubernamentales, a lo siguiente: los gobiernos tienen que solucionarle los problemas a la gente, pero los gobiernos son ineficaces y sus acciones están totalmente deslegitimadas. Allí, Milei surfea sobre la ola del anarcofascismo, solo una ola en el mar de la historia, pero que, cual tsunami, puede llevarse puesto mucho en su camino. Su formulación criolla es, lo sabemos, ser el topo que destruye el Estado desde dentro. Esta aporía de los gobiernos imposibles del neoliberalismo en crisis plantea las paradojas de una serpiente que se come su propia cola, y que solo puede vivir de comerse la propia cola: la legitimidad de Milei se sostiene en la medida en que siga destruyendo la legitimidad del Estado que preside. Es una carrera contrarreloj, contra nosotrxs, por supuesto, pero también contra sí mismo. ¿Cuánto puede durar la legitimidad de un orden que vive de la deslegitimación del orden? Milei vive de la corrosión sistemática y cotidiana de la confianza institucional y política de la ciudadanía. Para que esa corrosión no lo afecte, debe sostener una separación ficcional entre su persona política y su investidura. Pero es indefectible que en algún momento esa corrosión le llegue, porque la separación entre su persona y su cargo es algo que el tiempo tornará insostenible. La figura de un presidente que destruye el Estado que preside es la figura perfecta del nihilismo político contemporáneo. Es el gobierno corrosivo de una nada que, antes que anhelar nada, anhela la nada.
La imposibilidad de pensar la positividad de la violencia forma parte de la impensabilidad de la insurrección. Los comentarios moralizantes y deshistorizados sobre el episodio del provocador libertario corriendo como zurdx nos hacen pensar lo atrasadxs que andamos con estas discusiones. Si no pensamos la violencia de manera estratégica y responsable, no vamos a poder pensar ninguna transformación real. Y cuando digo insurrección no fabulo un octubre de fantasía, siempre bajo ese horizonte que colapsó en un ya lejanísimo 1989. No: nuestro siglo nihilista y sin revolución, este siglo XXI apático y defectivo, se abre con una insurrección popular: el 2001. Y el 2001 no fue pacífico, fue una insurrección violenta y, a la vez, profundamente democrática. Que venía de una historia de violencias democráticas: escraches, piquetes, tomas, etc. Entonces: no es solo que la violencia libertaria les está empezando a volver. Es, además, que sin violencia, estratégica, democrática, popular y organizada, no habrá un freno real a este gobierno violento y antidemocrático. No moralicemos la violencia, ni desde la piedad humanista, ni desde la épica luchista. Los tiempos de crisis nos recuerdan que la democracia y sus procedimientos pacíficos de resolución de conflictos no se fundan en democracia y procedimientos pacíficos, sino en la afirmación resuelta y violenta de la voluntad popular sobre los poderes que la oprimen. En la crisis, el afuera de las reglas democráticas se deja ver, anómico y amenazante. Milei ve la oportunidad para hundir la democracia en la ley de la selva; a nosotrxs nos toca conectar el momento anómico de la crisis con ese afuera que es lo único que le da fuerza y legitimidad a la democracia: la soberanía popular. Hoy las tomas en universidades en todo el país están dando la pauta de un uso democrático de la violencia. Toda acción directa implica desbordar las normas y gestionar formas de violencia. Demostrar que “violencia democrática” no es un oxímoron es parte de nuestras tareas posprogresistas. Y si lo logramos, también habremos mostrado que la democracia era más que la (pos)democracia formal y procedimental que nos trajo hasta aquí.
Todxs somos nihilistas. Y si el nihilismo es el suelo antropológico de las posdemocracias actuales, entonces todxs somos posdemocráticxs. Incluso quienes defendemos la democracia lo hacemos sin el suelo más o menos ilustrado que pudo sostener a lxs demócratas del pasado. Todxs asumimos que hay una inercia de imposturas que tenemos que destruir. Pero no todxs buscamos reconectar esa destrucción con las potencias de lo popular y de defensa de las fuerzas vivas de la historia de las que lo popular es sujeto. Y aquí Nietzsche viene en nuestra ayuda. Todxs somos nihilistas, porque el nihilismo es una condición, no una opinión. Es como la secularización: podemos seguir yendo a misa, pero eso no afecta el proceso histórico de desencantamiento del mundo. Ahora, dirá Nietzsche, el nihilismo puede ser pasivo o activo. El nihilismo pasivo es el deseo de nada, mayoritario como ideología natural del capital: la afirmación apasionada de la destrucción como progreso. La “destrucción creativa” devenida destrucción destructiva en la ilustración oscura de Nick Land y los aceleracionismos varios. Su mandato es terminar de empujar las formas políticas o culturales que se han convertido en cáscaras vacías. Para nuestro presente: las formas democráticas. Que caiga la cáscara democrática que contiene la fuerza de la nada –i.e., del capital–. El nihilismo, por su parte, activo tampoco soporta el peso inerte de formas muertas, de esta democracia zombi. Pero no busca una mera destrucción de las formas por la destrucción misma, sino con el objetivo claro de reconectar las formas con las fuerzas. Uno diría: ¿qué fuerza más poderosa que la del capital? Es el proyecto de Land: asumir que el capital es el espíritu absoluto, es lo real, y la fuerza prepotente de lo real. Pero esa fuerza no es la de la historia, sino la de su fin, ni la de Eros, sino de Tánatos, ni la de lo real, sino de la fuerza entrópica de la nada. Es el gran equívoco de los aceleracionistas: creen romper toda forma en el altar de las fuerzas reales, y lo que hacen es subsumir lo real a las fuerzas entrópicas de la destrucción. La salida es una sola: romper las formas, sí, pero para conectar con las fuerzas vivas de la historia, que siempre provinieron de abajo. El nihilismo activo es el reconocimiento del colapso como ocasión para la democracia para reconectar con su fuente anómica: la soberanía popular.
La fascinación es la seducción irresistible que lo real produce en lo imaginario cuando lo simbólico se sustrae. La fascinación es la reducción de la mediación, de las mediaciones, en el acceso a un real traumático, con el que normalmente tendríamos vínculos cautos y a respetuosa distancia: ella nos exime de la admiración, que conllevaría todo un trabajo. La fascinación es el goce de Odiseo, que mandó a tapar las orejas de los remeros, es decir, a embotar la sensibilidad de la necesaria elaboración mediadora (que siempre será necesaria), para mejor entregarse a la Cosa, el canto de las sirenas. “Fascinante fascismo”, titulaba un polémico ensayo de los años 70 Susan Sontag, en el que analizaba la supervivencia de la fuerza de seducción de la estética nazi (y su presencia en producciones audiovisuales ya no explícitamente fascistas). La fuerza de la fascinación del fascismo radica en su capacidad para eliminar las mediaciones, su irresistible promesa de agarrar la cosa con la mano (“desublimación represiva”, decía el viejo Marcuse). El fascismo es ese cortocircuito entre lo real que se moviliza, lo simbólico que se humilla y lo imaginario que queda capturado por la seducción que la ferocidad de lo real produce. Claro que Odiseo no solo insensibilizó a sus remeros, sino que se ató a sí mismo. El fascismo omite esa cautela. En Ulises, la inmediatez del vínculo con la cosa, a pesar de todo, debe poder ser mostrada, es decir: para poder ser objeto de representación (literaria), necesita esa soga que, como mediación inmediata, lo ate al límite sublime de la destrucción, es decir, del gozoso dejarse sucumbir a la cosa. En el fascismo, la mediación (la “política”) es para los giles que siguen remando, anestesiados, mientras se agita la promesa (“antipolítica”) del goce ya no a uno solo, sino a todos los que se dejen seducir por el canto de la redención destructora. Si el peronismo es la felicidad del pueblo, el fascismo es la efectiva “democratización del goce”. ¿Cómo resistirse a la doble tentación de las sirenas, de su canto, y de la socialización de ese exquisito deleite de destrucción antes solo reservado a las élites?






