De la fascinación y el horror al problema de la verdad y la representación
Mauro Greco
Iván Schargrodsky: Procedimentalmente me genera cierta fascinación Milei, para serte completamente franco.
Alberto Fernández: Te fascinás fácilmente, vos.
IS: Bueno…, no (risas).
AF: La palabra fascinación es tremenda, eh. Bueno, a ver, te fascinaste con Milei, sí.
IS: No con Milei, con él procedimentalmente, en términos de esto no se puede hacer, porque yo creo que ustedes, digo, el peronismo, en su última expresión, se volvió conservador, había mil narrativas de lo que no se podía hacer[1].
Creo que todos en algún momento tuvimos una fascinación con algunas de las cosas de Milei[2].
On ne saurait en effet s’adresser à une liberté en tant que telle par la contrainte, la fascination ou les suppliques. Pour l’atteindre, il n’est qu’un procédé : la reconnaître d’abord, puis lui faire confiance : enfin, exiger d’elle un acte, au nom d’elle-même, c’est-à-dire au nom de cette confiance qu’on lui porte[3].
1. Presentación
Este libro es fruto de un ciclo. Entre marzo de 2024 y julio del mismo año, en el marco de una larga estancia de investigación y docencia en el Departamento de Filosofía, Lógica y Estética y en el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca, organicé un ciclo de charlas llamado “Pensar Milei: conversaciones en caliente sobre fascinación y horror”. En este, junto con once académicos/as argentinos/as en Argentina y el exterior, nos propusimos pensar Milei, pensar al mileísmo, en los parecidos y diferencias evidentes –pero también problemáticas– entre personaje y corriente, si es que hay tal. Si es que hay tal porque, como los resultados electorales vienen demostrando desde las elecciones legislativas de 2023 y las de octubre 2025 lo confirmaron, la figura de Javier Milei no tracciona tanto local (provincial y municipalmente) allí donde va la lista del recientemente fundado y nacionalizado partido La Libertad Avanza (LLA), como cuando –si y solo si– él se involucra personalmente en la campaña. Es decir, suple con su particularidad la falta de construcción de un partido y de candidaturas espontáneas que acaban de nacer (la vedette Virginia Gallardo, el streamer “Tronco”, por solo dar dos ejemplos). Entonces, para las ciencias sociales y humanas, constituye un desafío pensar –en caliente– la excepcionalidad (bizarra, extraña, path-ética) de un personaje mediático que, desde sus primeras apariciones comunicacionales, no hace sino parecer estar al borde de craquer, de estar justamente siempre al borde, y que sin embargo aumenta su caudal electoral[4] o renace de las cenizas como un ave fénix del burnout funcional. Esto no lo sabíamos en enero de 2024, cuando comenzamos a organizar el ciclo, pero sí teníamos con nosotros la sorpresa, la persistencia de la pregunta martinezestradiana “¿qué es esto?”, y el deseo de comprensión sin justificación ni demonización que condujeron al ciclo y ahora, dos años después, a este libro.
Este libro, entonces, parte de otra constatación: considero que el entendimiento bajo el cual proponemos pensar a(l) Milei(ismo), es decir, los conceptos y prácticas del nihilismo, el cinismo y lo porno (no la pornografía), constituyen un aporte teórico y conceptual necesario, no para que esta experiencia termine ayer –como se viene vaticinando autotranquilizadoramente desde los comienzos mismos del experimento–, sino para mejor entender políticamente las características culturales del gobierno en cuestión. Si uno tuviera que dicotomizar las formas generales de entender a(l) Milei(ismo) desde diciembre de 2023 diría lo siguiente. Por un lado, Milei como líder, y el mileísmo como corriente por construir serían la cuarta versión del experimento neoliberal en Argentina, luego de la última dictadura militar argentina (1976-1983), Carlos Menem (bajo un gobierno peronista y la continuidad de la convertibilidad con la Alianza delarruista) y el macrismo (2015-2019). Es decir, no habría ninguna novedad, ninguna o no mayores especificidades, estaríamos en la tercera repetición de un intento de gobierno que ya ha demostrado sus limitaciones (las huelgas sindicales del 82, el 2001, las resistencias a la reforma laboral macrista, etc.). Del otro lado, de un otro lado tan ideal como real, Milei y el mileísmo, personaje y corriente, serían casi una pura novedad, con puentes absolutamente dinamitados hacia el pasado, por lo cual todo intento de entenderlo bajo categorías heredadas (neoliberalismo, fascismo, neofascismo, etc.) estaría siempre-ya condenado al fracaso, o peor, a la infertilidad teórico-política. Este libro, si es que uno pudiera elegir conscientemente dónde posicionarse, intenta ubicarse en un punto intermedio, hamacarse entre una tentación y la otra, sirviéndose no solo de las herramientas de la sociología, la antropología y las ciencias políticas, sino también de la filosofía, el psicoanálisis y las ciencias de la comunicación.
Pero, antes de avanzar tan rápidamente, volvamos lentamente sobre los cinco conceptos que, en presencia o ausencia, estructuran este proyecto y propuesta de comprensión de(l) Milei(ismo): fascinación, horror, nihilismo, cinismo y porno.
2. Fascinados: “vivre et respirer”, “participer”, “one of the boys”
Cuando comenzamos a organizar el ciclo, diciembre 2023-enero 2024, el primer concepto que propuse para intentar pensar lo que estábamos viviendo en Argentina fue el de fascinación. No porque esa fuera la experiencia propia para con el presidente y nuevo gobierno en cuestión, o en todo caso desconfiando de que la fascinación se reduzca a una confesión consciente de parte. Sí existía una suerte de hipótesis de que la fascinación hacia Milei existía o, mejor dicho, que había ganado terreno y se había consolidado desde sus primeras apariciones mediáticas en 2015 hasta su consagración como presidente en 2023, pasando por su elección como diputado nacional en 2021. La construcción de una carrera política exitosa –¿qué otra cosa es ser presidente?– que a otros/as les lleva toda una vida de intentos, fracasos, frustraciones y rencores. Sin embargo, aquella fascinación, aquella imposibilidad de apartar la mirada aunque el contenido escandalizara –como sucedía, recordamos en Argentina, con el periodista Bernardo Neustadt en los 90: parte de su rating provenía de quienes lo veían para insultarlo–, no era exclusiva de huestes libertarias, de sus seguidores que pasaron de ser burlados por humoristas en 2011 a convertirse en batalladores culturales, sino también de quienes no lo votaron ni nunca votarán. Milei, como panelista mediático antes que líder político, apareció como una rara avis de los medios y la política que repuso el insulto y la descalificación justo cuando las buenas maneras macristas-marcopeñistas[5] venían de decir, desde diciembre de 2015: “dejaremos lo que está bien del kirchnerismo (Fútbol para todos, Asignación Universal por Hijo, Plan Procrear, Becas Progresar, etc.), modificaremos lo que estuvo mal, entre ello las formas”. Milei fue a contracorriente mucho antes de ser reconocido yendo a contracorriente. Incluso, en un vínculo tal vez no muy explotado en los Milei Studies[6], su vínculo con el feminismo no fue solo de negar su agenda, reivindicaciones y conquistas, sino también de ignorar la efectiva reformulación comportamental que la cuarta ola feminista coadyuvó en quienes fuimos socializados como varones. De allí, lejos de ser la excepción, sus repetidos encontronazos particulares con mujeres (vedettes, periodistas de calle, conductoras de piso) con las que se cruzaba en los plateaux televisivos. Milei, tal vez, creó su propio pueblo –un pueblo harto de la inflación, de la imprevisibilidad, de la imposibilidad de proyectar la vida familiar–. Pero también supo ver –él o su equipo de asesores, lo mismo da– en el pueblo realmente existente un rechazo visceral a lo que los progresismos considerábamos conquistas de las últimas dos décadas –la política de derechos humanos, la agenda feminista, etc.– que sobrepasaban los buenos modales indirectos del macrismo en su oposición. La fascinación con Milei, más que por Milei, también pasaba por ahí, transitaba estos carriles.
César González, ex Camilo Blajakis, escritor y cineasta argentino nacido en una villa miseria que estuvo preso y que ha hecho de esta procedencia –y de su superación, en un sentido– una carrera profesional, en una película producida por la radio/canal de streaming Futurock llamada Al borde, estrenada el 5 de noviembre de 2023, llama a Milei “fenómeno pop”. Milei, vemos a través del insumo –y, en un sentido, prueba empírica– del documental realista de González, es tomado, recibido y percibido como fenómeno pop en los barrios populares que César recorre cámara en mano en la mejor tradición del cine militante de los años 60 y 70[7]. ¿En qué consistiría esta potencial condición de “fenómeno pop”? En que, en buena medida con autonomía relativa de su estilo personal, construcción de personaje e imposibilidad de construir una corriente coherente y homogénea a nivel nacional, Milei es percibido, entre agosto y noviembre de 2023, como “crack total”, “sinónimo de libertad” (“–¿Te gusta Milei? –La libertad, más vale”), como “un proyecto al cual apostar todo por el todo” (mis cursivas). Alguien que “sabe de matemáticas”, alguien por quien “habría que apostar: yo tengo hijos adolescentes que están enloquecidos con Milei”. Cuando este último hombre, vendedor callejero de diarios en una ciudad del interior, dice “enloquecidos”, también podemos leer “fascinados”. “No sé por qué lo voté. Estoy de acuerdo con lo que propone. Es piolita”. ¿Hay algo que demuestre más el estado de fascinación hacia una persona –un líder, o un marco teórico– que el hecho de no poder explicar con palabras cuáles son los motivos de apoyo y que, sin embargo, nada de ese apoyo se ponga en duda, en que –justamente– el apoyo no se reduzca a palabras –al logos, a la racionalidad, a lo articulado– sino a algo que se encuentra más allá y acá de ellos? Ese casi tocar con los dedos lo real, lo que se resiste –pero también prescinde de– la simbolización, quizá sea también un indicador o una entrada para comprender la fascinación que parte del pueblo argentino sintió hacia su figura, al menos, entre 2021 y 2023. Helga Fernández, con su capítulo “La hiperstición sintética. Un nuevo régimen de verdad”, desde el psicoanálisis lacaniano nos ayuda a pensar algunas de estas dimensiones, retomando –y extendiendo, complejizando– la noción de Nick Land de “hiperstición”. “La sociedad”, testimonia en la película otra chica crítica de Milei, “vota a un desquiciado, entonces hay que preguntarse si no es la sociedad la que está desquiciada”. Es esta sociedad out of joint –¿por la inflación normalizada, por la inestabilidad de precios, por la memoria económica traumática?– la que no entendemos, como claramente nunca la entendió Alberto Fernández, cuando descartamos de cuajo la hipótesis de la fascinación para comprender lo votado, apoyado y sostenido.
Sin embargo, también habría que contemplar una segunda dimensión de la fascinación, o fascinatoria: la mediática. No para reponer la vieja y hoy desprestigiada hipótesis de la hypodermic needle –¿quién, luego de lo que los estudios culturales hicieron de los estudios de medios, postularía medios masivos de comunicación todopoderosos y usuarios desprovistos de cualquier capacidad de resistencia, desvíos y escamoteos?: solo cuando se pierden elecciones–. Sino, en todo caso, para recuperar y recordar cómo, desde sus primeras apariciones mediáticas, en 2015 pero sobre todo a partir de 2018 sobre el final del experimento macrista, Milei parecía entroncar perfectamente con el medio, como si él –su tuneamiento emocional, del que tanto hablamos para patologizarlo– estuviera ya en el medio, entroncando con el estado de ánimo out of joint, saccadé, loquito además de piolita, que se esperaba de alguien visitando un estudio televisivo. Los medios (pienso especialmente en el Grupo América, propiedad de José Luis Manzano y Daniel Vila) estaban fascinados con Milei: en cuanto la cámara lo enfocaba y comenzaba a despotricar, el rating no paraba de subir. Algunos adjudicaron esta sintonía fina al enojo, la indignación, la bronca que habrían compartido, a nivel emocional, como si dijéramos en el medio emotivo, Milei y audiencia, como si el principal punto de conexión –¿y fascinación?– no hubieran sido las propuestas económicas (destruir el Banco Central, pulverizar el peso, dolarizar la economía) sino el estado anímico comprendido. Finalmente alguien nos comprende, no voy a dejar de verlo, no porque esté de acuerdo o siquiera entienda de lo que está hablando, sino porque me veo en él: su desesperación, su no esperar nada y, por ende, estar dispuesto a apostar todo, me refleja, me refracta, me representa. La automoderación de Massa me resulta sospechosa: ¿cómo alguien puede mantener la calma en medio de este quilombo? El aplomo de Bullrich también: ya la he visto así desde hace veinticuatro años y sin embargo acá estamos. El único que me habla a un nivel emocional preconsciente, prelingüístico, antepredicativo, carnal, visceral, es Milei. Lo voy a ver, voy a seguir sus reels, videos e intervenciones, su vida a tiempo real: acelerada, alocada, desbocada, como la mía.
Por último, debemos contemplar la fascinación académica con Milei. Pierre Bourdieu, en “L’objectivation participante” (2003)[8], la conferencia que brinda cuando el Royal Anthropological Institute of London le entrega la Huxley Medal, haciendo un juego de palabras entre observación participante y objetivación participante, define a la última como: “objectivation du sujet d’objectivation, objectivation du sujet analysant, bref, du chercheur lui-même”[9], Esta objetivación del sujeto objetivador (antropólogo, sociólogo, etnólogo) nada tiene que ver –se apresura a decirlo– con lo que llama “diary disease”[10], es decir, ubicándolo sobre todo en Clifford Geertz, Roland Barthes y Michelle Rosaldo,
l’explosion de narcissisme frôlant, parfois exhibitionnisme, […] les considérations faussement sophistiquées sur le ‘processus herméneutique d’interprétation culturelle’ et la […] observation naïve de l’observateur qui […] tend à substituer les délices faciles d’exploration de soi à la confrontation avec les réalités rugueuses du terrain[11].
Entonces, ni narcisismo exhibicionista, ni consideraciones falsamente sofisticadas, ni observaciones ingenuas, la objetivación participante “se donne pour objet d’explorer non l’‘expérience vécue’ du sujet connaissant mais les conditions sociales de possibilité (donc les effets et les limites de cette expérience) et, plus précisément, de l’acte d’objectivation”[12]. ¿Cuáles son, y cuánto o cómo fueron contemplados en los análisis las condiciones sociales de emergencia, consolidación y triunfo de Milei, pero también –y, en un sentido, para Bourdieu, sobre todo– de sus actos de objetivación (de análisis, pensamiento y clasificación) en sus efectos y límites de conocimiento? Dicho de otra manera, no solo cuánto y cómo influyó el fracaso del gobierno de Fernández-Fernández, de Macri y doce años de estancamiento de la economía en el boom Milei, sino también el “milieu d’origine, sa position et sa trajectoire dans l’espace social, son appartenance et ses adhésions sociales et religieuses, son âge, son sexe, sa nationalité, etc., mais aussi et surtout sa position particulière dans le microcosme des anthropologues”[13] de sociólogos, de ensayistas? ¿Podemos contemplar, sin que esto implique tirar el agua sucia con el niño dentro, que en muchos de los análisis –yo diría fascinados, secretamente fascinados– de y con Milei se colaban no solo asuntos de medio de origen y posición y trayectoria en el espacio social –en la vieja tradición marxista–, sino también saldaduras de cuentas, en función de pertenencia, sociales, religiosas y políticas previas, con la Argentina de los últimos veinte años? Milei, y esta quizá sea una cucarda que le valga y que –como una medalla– sea difícil sacarle de su cuello, apareció, tal vez ya en 2021, como quien estaba dispuesto a (no) dar los debates, a golpes de motosierra si era preciso, que no solo los progresismos sino también el campo nacional y popular nos habíamos negado a dar durante años a riesgo de hacerle el ju(e)go a la derecha: la relación entre movimiento de derechos humanos y Estado, los usos de la agenda de género y cuarta ola feminista, y los problemas de poner el grito climático en el cielo luego de años de extractivismo de “neoliberalismo nacional”[14]. Lo que hace que no podamos ver lo que no vimos –ni vemos–, dirá Bourdieu, es la “représentation charismatique qu’ont souvent d’eux-mêmes les producteurs culturels et leur propension à se penser comme libres de toute détermination sociale”[15]. Entonces, si dejamos, aunque más no sea un momento, la “representación carismática” (familiar, amistosa, etc.) que hacemos de nosotros los académicos, productores culturales, etc., siempre libres de toda determinación que no sea económica: ¿cuánto acertamos, y cuánto fallamos, en nuestros diagnósticos, fascinados u horrorizados, serios o subestimadores, del fenómeno Milei?:
Mais on oublie, ou on ignore trop souvent, qu’un point de vue n’est, en toute rigueur, qu’une vue prise à partir d’un point qui ne peut se révéler en tant que tel, et livrer sa vérité de point de vue, et de point de vue particulier, irréductible à un autre, et, à la limite, unique, que si on est capable, paradoxalement, de reconstruire l’espace entendu comme ensemble de points coexistants[16].
Más allá de que no hay posibilidad de punto de vista sin un espacio no euclidiano previamente discretizado que permita identificar, en su superficie, puntos de vista individuales –y, por ende, tampoco, sin in-dividuo–: ¿podemos preguntarnos cuál era el estado del campo intelectual argentino, por más pomposo que suene, cuando Milei dejó de ser un fenómeno meramente de redes o mediático y comenzó a convertirse en una amenaza, minimizada hasta que la sangre llegó al río, política? ¿Podemos diferenciar, en nuestras fascinaciones o indignaciones hacia su figura, nuestros posicionamientos previos, insisto, no solo de clase, sexo y género, sino también político-ideológicos, salariales, y dentro del campo académico/intelectual argentino? Creo –“il me semble”, “je crois”, como no se cansa de repetir Bourdieu[17]– que asumir esto implica una ganancia cognoscitiva, o al menos, en sus términos, un “effet de connaissance”[18], porque revela que los posicionamientos al respecto de la figura/personaje de Milei no responden a una temporalidad-sábana-corta sino a una pequeña longue durée que se remonta, al menos, al 2003, o a 2008 como muy tarde. Como si uno hipotetizara: en el origen de ciertas fascinaciones u horrores hacia Milei está el posicionamiento ante el conflicto con el campo durante el comienzo del gobierno cristinista. Qué hacemos con el progresismo (transversalidad, movimientos sociales, movimiento de derechos humanos, etc.), that’s the question.
“La réflexivité à laquelle conduit l’objectivation participante n’est pas du tout […] celle que pratiquent d’ordinaire les anthropologues ‘postmodernes’”[19]. No se trata de literatura (académica) del yo, por más demonizada o santificada que se encuentre. Se trata, más bien, de resaltar “les intérêts qu’il peut avoir à l’objectivation […] mais aussi de l’inconscient historique qu’il engage inévitablement dans son travail”[20]. ¿Podemos siquiera acercarnos al “inconsciente histórico” trascendental, académico de nuestra comprensión de Milei? “Par inconscient ou transcendantal historique, ou plus précisément académique, il faut entendre l’ensemble des structures cognitives qui est imputable aux expériences proprement scolaires […] ou, sous une forme spécifiée, à tous les membres d’une même discipline à un moment donné”[21]. Más allá del acento en el “sistema escolar”, típico de un momento en la obra bourdieuana, ¿no nos sorprende, por ejemplo, que las pocas voces críticas de las críticas a Milei, o mejor, comprensivas y no demonizatorias de su singularidad, originalidad y particularidad, debieran, como si dijéramos, gritar para ser escuchados/as? ¿No hubo, y hay todavía, una suerte de tone policing –todos quisiéramos hablar susurrando, pero a veces no se puede– progresista, en cuanto la interpretación de Milei se aleja de la denuncia y la indignación, sintetizadas en los grupos de WhatsApp compartidos cuyo último mensaje siempre es “qué tremendo”, “qué horrible”, “qué desastre”? ¿No habla también de un campo académico e intelectual, cuando se obliga –ob-liga– a determinados/as colegas a determinarse y posicionarse en la posición de provocadores/as, épate.urs.uses de bourgeois, suerte de –la historia da muchas vueltas– party-poopers y killjoys de las veinte verdades progresistas? Esta incomprensión de la comprensión no se reduce a la emergencia y consolidación de Milei, sino también a los resultados de las elecciones de diputados y senadores nacionales del 26 de octubre de 2025.
Finalmente Bourdieu, citando a su amigo E. P. Thompson y lo que este llama el “French flu” (“toutes sortes de ‘perversions’ liées à la position occupée dans l’espace scientifique, comme ces fausses ruptures théoriques, plus ou moins tapageuses, auxquelles sacrifient parfois aujourd’hui certains jeunes ethnologues trop pressés de se faire un nom”[22]), aporta, crítico de la fascinación, una definición bien cortita, operativa y operacionalizable de los “effets scientifiques” de “l’objetivation du sujet de l’objetivation” : vigilar que “l’impensé associé à une époque, une société, un état d’un champ anthropologique national, peut se glisser en contrebande dans le travail de la pensée”[23]. A riesgo de redundar, pero también elípticamente: lo impensado de una época, una sociedad, un estado del campo (académico o intelectual en general, sociológico, politológico en particular). “L’erreur de Lévy-Bruhl” (“créer une distance insurmontable entre l’anthropologue et celui qu’il prend pour objet, entre sa pensée et la ‘pensée primitive’, faute d’avoir su mettre à distance, en objectivant, sa pensée et sa pratique indigènes”[24]), error no solo de quienes no vieron –vimos– venir lo que venía sino que además supusieron que iba a partir a los dos años de haber aterrizado (como un plato volador o invasión extraterrestre), puede haber sido respondido por un error simétrico: la fascinación con el objeto, no por falta de objetivación del propio pensamiento y las prácticas propias no puestas a distancia, sino por exceso. Tanto objetivé mis propios supuestos, pensamientos y prácticas que me encuentro vaciado y extrañado para formular no solo una comprensión de mi objeto sino también una crítica, posautoobjetivación, de sus elecciones, daños y consecuencias. Luis Ignacio García, en el capítulo “El diario de Milei: posdemocracia y confusión”, lo dice mucho mejor: la frase “Milei no tiene razón, sus votantes sí”, del amigo Martín Rodríguez, tiene un límite, como si dijéramos temporal. Eso aplica a diciembre de 2023, no a meses después, cuando la gramática del gobierno libertario fue evidente: ajuste y represión. Ajuste y represión se ajustan y reprimen a los fines de la redacción: ajuste (devaluación, pérdida del poder adquisitivo del salario, acelerada financiarización de la economía) y represión (“Protocolo Antipiquete”, imposibilidad de manifestarse [salvo siendo una multitud] en la vida pública, represión semanal espectacularizada a jubilados) no pueden, faute de cargarse todo tipo de responsabilidad (individual y colectiva) del electorado, ser justificados por: inflación descontrolada + internismo frentista + ausencia de responsabilidad por el fracaso.
Finalmente, quizá no sea Charles Soulié, a quien Bourdieu –como uno de sus discípulos más destacados– cita en su investigación sobre la relación entre temas de investigación (“mémoires, thèses de doctorat, etc.”[25]) en filosofía, sociología y antropología y origen social, género y la trayectoria escolar de los tesistas, sino Loic Wacquant, quizá su discípulo más destacado, quien mejor haya descripto de qué va o puede ir la fascinación o, en sus palabras, la seducción, el encantamiento, cierto enamoramiento entre sujeto-y-objeto de una investigación:
En témoigne cette note, parmi d’autres du même acabit, consignée dans mon carnet de terrain en août 1990 : ‘Aujourd’hui, je me suis tellement régalé d’être au gym, à parler et rire avec DeeDee et Curtis assis dans l’arrière-salle et à simplement vivre et respirer là, au milieu d’eux, à m’imbiber comme une éponge de l’atmosphère de la salle, que j’ai eu soudain une bouffée d’angoisse étouffante à l’idée de devoir bientôt partir à Harvard [où je venais d’être nommé]. J’éprouve un tel plaisir à simplement participer que l’observation devient secondaire et, franchement j’en viens à me dire que j’abandonnerais volontiers mes études et mes recherches et tout le reste pour pouvoir rester ici boxer, rester « one of the boys ». Je sais que c’est complètement dingue et sûrement irréaliste mais, à ce moment précis, la perspective de migrer à Harvard, d’aller présenter un papier à l’ASA [Congrès annuel de l’American Sociological Association], d’écrire des articles, de lire des bouquins, d’assister à des confs et le tutti frutti universitaire, je trouve ça totalement dépourvu de sens, déprimant, tellement morne (et mort) par rapport à la joie charnelle pure et vivace que me procure ce putain de gym (il faut voir les scènes de dispute dignes de Pagnol entre DeeDee et Curtis !) que je voudrais tout laisser tomber, drop out, pour rester à Chicago. C’est vraiment crazy. PB [Pierre Bourdieu] disait l’autre jour qu’il craignait que je me « laisse séduire pour mon objet » mais s’il savait : je suis déjà bien au-delà de la séduction ![26].
¿Quién pudiera sentir morriña de dejar un gym de Chicago para volver a Harvard, cuánto privilegio –cuánta carrera académica ideal, en les grandes écoles, estudiando las lenguas que hay que estudiar, haciendo los contactos que hay que hacer, nunca tomando las decisiones que alejan del objetivo prefijado– hay en esas palabras? Más allá de esta pregunta, no solo retórica sino también hecha desde un sentido común plebeyo que es también lo que está en discusión, Wacquant, a través de “vivre et respirer, participer, one of the boys” puede haber sintetizado, en tres simples palabras y una frase, lo que un objeto, en este caso (el) Milei(ismo), puede haber generado en determinados espíritus. Luego de la estatalización de movimientos y estados de ánimo (los derechos humanos, la memoria, ciertos feminismos, nuestras vidas), volvía a aparecer una persona que, aunque me causara rechazo contenidísticamente, movilizaba energías vitales innegables. Que, incluso cuando abiertamente me desagradara su ritmo de respiración, volvía a respirarse algo fresco, novedoso, no careta en la política profesional nacional argentina. Que, finalmente, luego de dos fracasos rotundos –y presuntamente opuestos– primero del macrismo y luego de la dupla Fernández-Fernández, surgía una figura que suscitaba el deseo, el siempre bendito deseo de participar y ser uno de ellos, no casualmente one of the boys. Estas palabras, de más está decirlo –pero la autocensura se activa–, no buscan justificar las movilizaciones disparadas, las sensaciones sentidas y los deseos producidos, pero sí entenderlos, porque, sin comprensión, mal se puede siquiera comenzar a intentar modificarlos.
3. Horrorizados
Hablar de Milei(ismo) y horror, para un nosotros (inclusivo) tan dado por hecho como que nunca debería dejar de ser sospechado y sospechoso, es mucho más intuitivo, menos contraintuitivo, que hablar de Milei(ismo) y fascinación, de una fascinación por Milei, d’un secret charme del Milei(ismo). Su estilo personal, sus ideas económicas, sus insultos a troche y moche (sobre todo a siniestra) hicieron y hacen de su personaje una figura que, si primero fue subestimada por el establishment intelectual que puede resultar la academia y la universidad[27], luego dejó de estarlo solo al costo de poder suscitar indignación, escándalo y horror. Milei, como tanto se repetía en un momento, era/es todo lo que está mal, como si la misma definición de bueno y malo, como veremos cuando nos inmiscuyamos en los asuntos del nihilismo, el cinismo y el porno, fueran definiciones universales incontrovertibles y no confesiones de parte que hacemos pasar como únicas. Milei, en su estilo chabacano (Beatriz Sarlo, en una de las últimas entrevistas que dio antes de morir, lo resumió muy bien: “es un gobierno vulgar y chanchero”, dijo y nos tranquilizó[28]); en sus atuendos desvencijados (las tres camperas, los jeans colgantes de tres días y las zapatillas altas de las que nos burlamos); en su caterva de insultos que no deja –salvo hermana y perros– afuera sin descalificar e intentar humillar. Evidentemente, representó un afuera de nuestros marcos comprensivos que, lejos de horrorizarse por insultar la justicia social, los derechos humanos y la perspectiva de género, estaba esperando esos dichos, o al menos le resultaron abiertamente indiferentes. It’s the economy, stupid?, puede ser, pero la tentación economista de todo explicarlo por la economía, más concretamente por el dólar y su control, siempre queda a la vuelta de la esquina de una aproximación tal[29]. Sin embargo, hagamos un rápido repaso, antes de proponer dos intelecciones para acercarnos a este horror mileísta, de las declaraciones, acciones y medidas de gobierno que pueden haber estado en la base de aquella sensación de horror. Porque también es un hecho que la memoria cibernética, la memoria bajo condiciones cibernéticas –tal es el bombardeo de información superando nuestras modestas capacidades humanas de procesamiento–, olvida a los pocos meses los hechos indignantes que la habían horrorizado tiempo atrás.
Eliminación del lenguaje inclusivo y de la “perspectiva de género” (comillas nativas); cierre del Ministerio de la Mujer, Géneros y Diversidad; reforma de la Identidad de Género (DNU) y prohibición de traslados carcelarios por cambio de género; cierre de Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo; clausura de Télam y revisión de contenidos de la TV Pública; ¡auditoria del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y recorte de investigaciones ideologizadas!; crítica a los “derechos sexuales y reproductivos” (comillas en el original); rechazo a la interseccionalidad y a la ideología woke; incorporación del concepto “trata con fines reproductivos”; cese de compras de fármacos abortivos; reivindicación de la familia como eje social; abandono de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Agenda 2030; revisión de contenidos de la ley de Educación Sexual Integral (ESI); postura presidencial sobre el aborto como “asesinato agravado por el vínculo” (comillas en el original); celebración del día del niño por nacer; liderazgo internacional provida en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en la Organización de Estados Americanos (OEA); rechazo a defensor abortista y progénero; designación de representantes con perfil provida; aplicación del protocolo antipiquetes; proyecto de reforma del Código Penal; revisión del relato de los 70; cuestionamiento del número de 30.000 desaparecidos; rechazo a pactos globalistas; restauración del Día de la Raza; debate global sobre la Agenda 2030; incorporación de pesebre en la Casa Rosada y nombramiento de la Virgen de Luján.
Esto, que para algunos –y, en un sentido, para nosotros– puede leerse como una mismísima lista de horror –elaborada sobre una bitácora de la batalla cultural circulante por internet[30]–, puede leerse como un cuento de terror, una historia de horror que desciende a lo más oscuro de las catacumbas argentinas. O bien como una respuesta, política y por ende perfectamente entendible en sus apoyos, al desgaste o descascaramientos de ciertos relatos—en el sentido no peyorativo del término—, aproximaciones y perspectivas. Recuerdo de una parte de la tesis doctoral de Pilar Calvero en México, publicada –por razones editoriales– bajo dos libros distintos en Argentina como Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina y Política y/o violencia[31], que la repetición seca los oídos. El lenguaje inclusivo estuvo en discusión, inclusive en huestes progresistas, desde que nació. El Ministerio de las Mujeres, los Géneros y la Diversidad, creado en 2019, ha sido criticado –de nuevo, no solo desde la derecha, las derechas– como cerrado a los colectivos más desfavorecidos que realmente lo necesitaban[32]. La TV pública, el viejo ATC, al menos desde los 90 es criticada por su sistemática partidización, bajo gobiernos de diferente y hasta opuesto cuño político. El CONICET, desde su recuperación y masivización por las políticas científicas del kirchnerismo entre 2003 y 2015, generaba resistencias tanto internas –de investigadores/as atemorizados/as de que ahora cualquiera entra a Carrera– como exteriores –de quienes precisamente no habían entrado a Carrera del/a Investigador/a Científico/a y veían a sus colegas con más tiempo, menos docencia y más publicaciones que ellos/as–. La familia es centro de la vida social argentina antes de que un grupo de solteros/as sin hijos/as, como si fueran miembros bizarros del Opus Dei, la eleve a unidad básica, mínima o mínimo común denominador social. El aborto, cuando estaba a punto de ser declarado ley luego de su media sanción, seguía siendo rechazado por dirigentes streammente opositores al mileísmo porque dividía al campo popular. La clase media porteña, la más afectada por –o, antes, comprensiva de– los piquetes desde 2001, estaba harta de no poder llevar rápido a los/as niños/as al colegio por un corte de diez personas en Av. Rivadavia y Carabobo. La puerta giratoria había dejado de ser un sintagma extraño en la boca de herederos locales del exalcalde neoyorquino Rudy Giuliani, muchos/as de ellos/as peronistas. Los 70 ya no moralizaban a nadie, y la generación perdida ya no era solo la de militantes/as desaparecidos/as sino también los hijos y nietos de una Argentina que no los incluyó en cuarenta años, desde 1975, en el mercado del trabajo, la vivienda, la educación y el consumo. El slogan/grito de guerra político de 30.000 desaparecidos, fundamental y sobre el cual se recuperó primero la democracia en 1983 y luego la confianza en la clase política en 2003, ya estaba siendo problematizado académicamente desde la segunda década del siglo XXI, es decir, cuando el establecimiento de verdades judiciales nos permitía avanzar sobre lugares comunes políticos[33]. Quizá, que “la extrema derecha” está “entre nosotros”, y que “no vimos venir”[34], también quiere decir esto: que todos estos sentidos sociales –sobre el lenguaje inclusivo, el gobierno de científicos, la TV pública, los organismos de ciencia y técnica, la familia, el aborto, los cortes de calle, el delito, la inseguridad, el pasado reciente– ya estaban ahí, circulando, dando vueltas, girando. Y que no nos atrevíamos a verlo(s), a decirlo, como un todo, primero porque atentaba contra nuestras vacas sagradas y, segundo, incluso si hubiéramos querido, porque no podíamos[35]. Milei, quizá, no sea más que el nombre de quien pudo articular, poner en palabras –en gritos, mejor dicho– esta Gestalt epocal, este Zeitgeist criollo.
Marcos Navarro y Vicente Palermo, en su mamotrético –y fundamental– Historia Argentina: la dictadura militar 1976/1983[36] recuperan una categoría del trabajo de Oscar Landi e Inés González Bombal[37], la de “show del horror”, para, en el marco de su historia de la última dictadura, ocuparse de “La transición al orden democrático”[38]. Una de las dos claves, junto con “el mito de la inocencia” (de la militancia revolucionaria pero también de la sociedad argentina), que los autores identifican de y en aquella transición es el horror escenificado, es decir, “la sobreexposición de su audiencia a imágenes, testimonios y relatos truculentos sobre el exterminio (a lo que ha referido González Bombal)”[39]. ¿O acaso alguien piensa que la represión de todos los miércoles a jubilados y pensionados, sobre la cual sabemos tanto como el genocidio en Gaza desde 2023 –con la única pequeña diferencia de que “Gaza”, incluso como significante, nos queda a 12000 km, mientras que al Congreso llegamos en subte, colectivo y bici–, apunta exclusivamente, como lo pensábamos hace no mucho, a disciplinar, normalizar y atemorizar, si no a la población en general –otra abstracción–, sí a todo aquel con la más mínima intención de reclamar por solidaridad o propia afectación? Por supuesto que sigue habiendo e implementándose disciplinamiento, normalización y temor producido, pero no entendemos algo de lo que estamos viviendo, de la época que nos toca vivir, si no comprendemos que aquella represión cumple una versión showsistizante. Es decir, no solo de “fascismo psicotizante”[40] sino también, si no puedo dar pan, al menos doy represión. Se objetará: eso no es nuevo, es tan viejo como “panem et circenses”. Es verdad, pero atiéndase a la primera palabra de este sintagma: panem, no represión, no palos (aunque sean para otros). “Solidaridad negativa”[41] reformulada más bien: si yo no puedo tener pan –s’ils n’ont pas de pain, qu’ils mangent de la brioche–, al menos que otros reciban los palos que deben estar en el origen de mi escasez. Ahí debe estar la causa de mi pobreza, de mi indigencia, de la carestía de la vida. Si la vida ya es dura para mí, ¿por qué no lo sería también para estos pobres viejitos, tan pobres como yo, aunque yo sea joven?
Navarro y Palermo, en una reflexión que recuerda las palabras de Susan Buck-Morss leyendo la obra de Walter Benjamin (pero sobre todo el sentido original de la estética como una de las tres ramas de la filosofía), reponen las “facetas anestesiantes del show”[42]. Es decir, horror y parálisis. Parálisis, incluso, sobre todo, mirando atentamente, informadamente, aquel horror, todo aquello que sucedía vecino a mi casa, sobre lo cual, sin embargo, yo no tenía idea. No se trata solo, usando la transición argentina de la última dictadura militar (1976-1983) a la democracia para pensar Milei(ismo), de ir del “algo habrán hecho” y “yo no sabía nada” a “los jóvenes idealistas” y “la generación perdida”. Se trata, sin abusar de las continuidades indiferenciadoras, de intentar ver, identificar y conceptualizar las continuidades subrepticias, pero sobre todo capilares y microfísicas, que pueden jugarse, a nivel societal, molecular, en los procesamientos y elaboraciones de altas dosis de violencia social mediatizada. Susan Buck-Morss fue mentada porque, en su lectura de Benjamin, afirma:
The original field of aesthetics is not art but reality –corporeal, material nature […] The terminae of all of these—nose, eyes, ears, mouth, some of the most sensitive areas of skin– are located at the surface of the body, the mediating boundary between inner and outer[43].
Sin forzar sus palabras, podemos decir: nuestra interfaz con el mundo no es el cuerpo, con sus metáforas y usos organicistas o desterritorializadores, sino la piel, algo a la vez mucho más concreto, material y tajeable que un cuerpo propio o propio cuerpo abstractizado. La piel –tener piel, dejar la piel, jugarse la piel, curtir el cuero, estar curtido, “no le da el cuero”, “a Perón le sobra cuero”–. Es decir, la piel social y cuero colectivo posinflación albertista-cristinista-massista, internismo interminable y catorce años de estancamiento económico quizá sean los elementos que haya que pensar hasta el cansancio, propio y ajeno, para acercarse a la particular combinación de deseo y sacrificio (deseo de sacrificio, sacrificio deseante y deseo sacrificial) que parecen darse en amplios sectores de apoyo o indiferencia hacia (el) Milei(ismo).
Porque justamente también este blend de deseo sacrificial –“¡rompan todo!”–, sacrificio deseante –“¡no hay plata”!– y deseo de sacrificio –“que se ajusten como yo”– permite, volviendo a Navarro y Palermo, entender posibles y potenciales cimbronazos que puedan darse en la opinión pública, esa que no existe pero que las hay las hay:
¿cuántos se indignaban por los derechos violados y cuántos encontraban en ello el motivo ocasional para descargar culpas por las frustraciones de otro tipo experimentadas?, ¿cuántos consideraban imperdonable el fracaso más que la violación de derechos?, ¿cuántos trataban simplemente de recomponer el equilibrio afectado de sus conciencias a través de una transacción mental, consistente en cuestionar no la metodología represiva sino que esta había sido aplicada no solamente a “subversivos” sino también a “inocentes”? [44].
¿No podemos, sin forzar los traslacionismos, retomar estas palabras para imaginar –la tan mentada falta de imaginación contemporánea– posibles imaginarios futuros, parafraseando aquellas palabras? ¿Cuántos, en caso de un fracaso de Milei, se indignarán por los derechos (laborales, de estudiar, de ser curado) violados y cuántos encontrarán en ellos el motivo ocasional para descargar culpas por las frustraciones de otro tipo, por ejemplo no haber podido volverse los traders de la propia vida sin el holding me back estatal? ¿Cuántos considerarán imperdonable más el fracaso –que vuelva a haber más inflación, que continúe la que hay, que no se reactive la economía, que haya otra devaluación en cuanto comience la fuga– más que la violación de derechos de jubilados, pensionados y discapacitados? ¿Cuántos tratarán, simplemente, de recomponer el equilibrio afectado de sus conciencias a través de una transacción mental, consistente en cuestionar no la metodología represiva –Bullrich lo hizo–, sino que esta haya sido aplicada no solamente a piqueteros, viejitos quilomberos y zurdos sino también a médicos de bata blanca y personas con discapacidad? “‘Todos’ habían tenido ‘miedo’ y por ello habían callado”[45], agregan y problematizan Navarro y Palermo, hablando de la transición de la dictadura a la democracia. No voy a repetir preguntas ya hechas en mi tesis doctoral y libro –¿quién era ese “todos”, cómo se componía, qué dejaba fuera?–, pero sí podemos continuar el ejercicio: ¿todos habían tenido miedo a una nueva devaluación, inflación, licuación del poder adquisitivo de los salarios –¿de qué salarios?– y por ende habían callado sobre las metáforas pedófilas, los discursos porno, los ataques, insultos y agresiones? ¿Todos habían tenido miedo –a estar llenos de derechos pero sin ahorros, a poder casarnos con una foca pero no comprarnos un monoambiente, a ser moralizados por derechos humanos, feminismo o ambientalismo– y por ende habían callado sobre los casos de corrupción ligados a la hermana del presidente, a los vínculos con la narco-politics o a ser una nueva neocolonia norteamericana? ¿Pero no era que los que roban pero hacen, en contraposición al radicalismo, eran los peronistas? “A fines de 1982 [agregan Navarro y Palermo, volviendo sobre Landi y González Bombal] solo entre el 14 y el 20 % de la población consideraba el de los desaparecidos uno de ‘los más importantes temas para el país’ (encuesta citada en Landi y González Bombal, 1995)”[46]. Parece una nota esperanzadora, y podría serlo, siempre y cuando no olvidemos, justamente, que en todo caso una condición de posibilidad de haber pasado de ese “14 y 20 %” a convertirse en el suelo mismo de la naciente democracia argentina, los derechos humanos no habían dejado de ser retrabajados, reformulados y activados desde el comienzo mismo de la dictadura. Queda por ver si, de nuevo, subrepticia y molecularmente, algo de eso está sucediendo, sin que lo sepamos al momento, en algún fragmento de la sociedad argentina.
La última reflexión de la cual me gustaría valerme para pensar esta oscilación entre fascinación –social, política, académica– hacia (el) Milei(smo) y el horror que sus palabras y gobierno generan es la muestra, estrenada en noviembre 2012, “Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en Argentina”, realizada por el proyecto Conceptualismos del sur, integrado por más de treinta investigadores/as de más de nueve países latinoamericanos, desde Argentina hasta Cuba, pasando por México, Colombia y Brasil, dirigido por Ana Longoni. Un sintagma que recorre la muestra, primero expuesta en Madrid, luego en Lima y finalmente en Buenos Aires (Universidad de Tres de Febrero), es “entre el terror y la fiesta”. Pero, explica Longoni, poniendo el acento en aquel entre, es decir, en todo aquello que pasaba (por debajo, underground) entre el terror dictatorial (centros clandestinos de detención, torturas, desapariciones) y las fiestas del mundial 78, del mundialito 79 y de los primeros días de recuperación o reconquista de las Islas Malvinas. Resumidamente, resistencias alegres, lúdicas, heterogéneas en general, lejos no solo de las homogeneidades demandadas –y necesarias, en el marco de organizaciones armadas altamente verticalistas, machistas y militaristas– de las guerrillas revolucionarias de los 60 y 70, sino también de un tipo de resistencia que en otro lugar llamé “espectacular”[47]. Es decir, puesta para ser vista, estableciendo una separación clara, distinta y precisa entre actor y espectador, es decir, cualquier cosa menos perder la forma de una separación así establecida.
Sin embargo, lo que me interesa de aquel sintagma, “entre el terror y la fiesta”, para pensar Milei, es retomar nuestro propio entre-el-terror-y-la-fiesta de estos dos años de mileísmo, como mínimo, como máximo desde que Milei comienza a ser una figura pública en los medios. No porque establezca una homología, ni siquiera una analogía, entre Milei y última dictadura argentina, sino porque estos dos años están siendo vividos como una dictadura por todo aquel que no lo votó y jamás votará, es decir con pánico, angustia, desconsuelo, temor, terror por las consecuencias de este experimento[48]. Lo que me gustaría intentar recordar en esta introducción son aquellos años de fiesta consumista hasta 2015 (quizá en verdad hasta 2011), de terror por lo que suponíamos –en un nosotros tan abstracto como real– como la peor experiencia de derecha democrática que podíamos vivir (el macrismo). De fiesta por la jugada maestra cristinista de elegir un candidato neutro que uniera al peronismo y no despertara los ya existentes espíritus antikirchneristas, de terror –pero sobre todo de incredulidad– por la posibilidad de que un candidato como Milei (economista excéntrico, panelista de Intratables, sexista tántrico, dog lover) se hiciera del sillón de Rivadavia. Hasta la misma experiencia del terror, de estar aterrados, parece devaluada en Argentina, aunque efectivamente el gobierno de Milei haya implicado amenazas reales –y casi mortales– a colectivos originarios, feministas, travestis, transexuales, foto-periodísticos, de discapacitados, de personas con enfermedades raras, etc. (un etc. compuesto por docentes, científicos, etc.). Si hace diez años –de nuevo este nosotros– nos parecía que posar un perro, Balcarce, en el sillón de Rivadavia era una forma de bajarle el precio a la función presidencial, a la política y al lugar e importancia del Estado-nación (cumpliendo, de forma paradójica, aquel viejo dicho ochentista espetado a Raúl Alfonsín por un magnate de medios: “puesto menor”), que en ese sillón se siente el dueño de cuatro perros, vivos o muertos –poco importante–, parece aún más humillante y degradante, si posible.
Sin embargo, menos diacrónicamente –aunque esta diacronía sea muy modesta, no más de quince años–, quizá también sincrónicamente haya algo a pensar sobre la encerrona entre-el-terror-y-la-fiesta que podemos estar viviendo desde hace dos años. Por un lado, el terror –pero también la fiesta consumista y de evaporación– de la inflación, su recuerdo traumático –con todo el peso memory studies de esta palabra– en la historia reciente argentina, simbolizado en la frase de aquella joven: “como no puedo ahorrar, me la quemo en salidas”. ¿Hasta qué punto, aquellos que está(ba)mos dentro de la economía –aunque fuera con un salario por debajo de nuestras expectativas– habíamos naturalizado no ya un dos por ciento de inflación –lo cual anualmente daba el número nada despreciable de veinticuatro por ciento–, sino incluso una inflación mensual del diez por ciento, total luego la paritaria lo empataría al mes siguiente? El salmoncito no tanto que nada contra la corriente, sino que podíamos seguir comiendo una vez por mes si ganaba Massa. La fiesta de la no inflación (mejor dicho, de una inflación que Milei no puede bajar del 2.2 % mensual), de la estabilidad, de la tranquilidad que una inflación del 2 % mensual brinda mentalmente (incluso si se hubiera mantenido desde diciembre 2015) es, como en Glosa de Saer, una fiesta magra y amarga a la que muchos parecemos no estar invitados, pero quizá porque ya estábamos dentro de ella o en otra, pero de fiesta igual. El terror de la inflación, aunque nos tocara, lo sublimábamos atribuyéndolo a la especulación empresarial, a la economía bimonetaria argentina o a alguna otra explicación ad hoc. Nunca faltarán, en la caja de herramientas de las justificaciones tranquilizatorias, la apelación a alguna guerra o invasión inesperada (“Argentina, do your thing: declare yourself neutral and sell soy to both sides”), de una sequía (¿no decía ya Cristina Fernández, en la apertura de las sesiones legislativas de 2013, que un “seguro contra sequía” evitaría que tamaña inversión quede sujeta a caprichosas inclemencias del tiempo?), de una pandemia. De todo esto lo único incontrolable es una pandemia, y fue el momento de mayor popularidad del gobierno de Alberto Fernández. Pero todo cambia. Lo que no cambia es cierta oscilación entre el terror (discursivo, económico, laboral) y la fiesta (de desinflación, de estabilidad, incluso cuando sea perdiendo poderes de todo tiempo) con la que nos acercamos a(l) Milei(ismo) estos dos años.
4. 2026 nos encontrará nihilistas, cínicos y/o pornos
Sin embargo, en cuanto salimos de ciclo y nos engageamos en las conversaciones y discusiones que mantuvimos con colegas, directores/as y compañeros/as estos dos años, otros ejes, y no solo fascinación y horror, emergen como gramáticas explicativas de(l) Milei(ismo). Nihilismo, cinismo y porno, diría, son los tres significantes que lo resumen, donde importa menos cada uno de esos términos por separado –no creer en nada; desconfiar de la existencia de una verdad, y/o de sus funcionalidades al poder; la pornografía– que ellos tomados sintagmáticamente. Es decir, como si la hipótesis de trabajo fuera: no hay Milei(ismo) sin nihilismo-cinismo-y-porno, sin una articulación muy precisa de 1) la postulación de ausencia o falta de una verdad trascendente que regule la inmanencia loca del capital; 2) la especulación, en caso de que alguna verdad existiera, con lo que se muestra y se esconde, incluso mostrando al mismo tiempo discursos y enunciados incongruentes entre sí; y 3) proponiendo una forma de relación social porno, no pornográfica, esto es –de vuelta la muerte de Dios– directa, sin mediaciones, transparente. Si algo Milei pudiera dejarnos como moraleja para nuestro trabajo en ciencias sociales y humanas, tal vez puede ser la necesidad de insistir menos en nuestras preciadas hipótesis de trabajo de toda la vida –responsabilidad colectiva y deseos de represión–, el esfuerzo de abrir(se a) otras cajas de herramientas con conceptos que, siendo igual de célebres, tal vez nos permiten entender cosas que no estamos pudiendo pensar bien.
Adrián Cangi, en su “Gobierno de la ira algorítmica”, propone un verdadero –y extenso– tratado filosófico de comprensión del Milei(ismo). En este, además de sus reflexiones sobre una sociedad –la nuestra– “aterrorizada por una historia acumulativa de crisis productivas sostenidas por gobiernos de diversos signos políticos”, y sobre una democracia –la nuestra, retomando a León Rozitchner, “abierta por el terror y no por el deseo”–, el mileísmo, en su doble faz política y (auto)satírica, es historizado filosóficamente, en todo un trabajo foucaultiano –metodológicamente hablando– de lectura y análisis de Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises y Murray Rothbard. Una Naissance de la biopolitique criolla, también cocinada en el calor de la discusión.
Gisella Catanzaro, en “¿Nihilismo distópico, utopía neoliberal conservadora o refundación presentista? Consideraciones sobre las condiciones subjetivas para el mileísmo antes de Milei y lo novedoso de su interpelación”, piensa un nihilismo sin lugar, dislocado, out of joint. Pero sobre todo se interna en lo que podríamos llamar el mileísmo antes de Milei, las precondiciones subjetivas –pero también económicas– a nivel local (macrismo, larretismo, massismo) e internacional (un capitalismo sin promesas y que todo lo que puede garantizar es aguantar los trapos). Para entender así no solo la emergencia sino también el éxito de la interpelación mileísta: “¡Viva la libertad, carajo!”, y no “ahora la tranquilidad”, o “si no es todo, es nada”.
Margarita Martínez, en “¿Y si Javier Milei hubiera leído al Marqués de Sade? Una pieza para pensar el mileísmo”, un ensayo nacido no solo del ciclo mentado ni de mesas posteriores sino de un diálogo twittero –dando cuenta de que las cloacas de X, cuando no son solamente virtuales, pueden dar lugar a ensayos reflexivos y profundos– se hace una pregunta simple, compleja y lúdica, interpelando una imagen incómoda: ¿y si Milei hubiera leído a Sade? Lo que interesa de esta pregunta no es literalmente imaginarse a Milei sentado leyendo a Sade, con el ano del que tanto habla en la silla y subrayando Justine ou les infortunes de la vertu, sino la pregunta por el sadismo, una entrada –sintomáticamente– ausente en las inteligibilidades hegemónicas de Milei(ismo). “¿Y si la clave de la fascinación generada por aquel radicara en cierto goce colectivo compartido, así como el Marqués gozaba constatándose repugnante ante el resto y sabiendo que, en esa repugnancia, radicaba la fascinación que despertaba?”, se pregunta Margarita.
Helga Fernández, en “La hiperstición sintética. Un nuevo régimen de verdad”, propone recuperar una categoría del filósofo aceleracionista británico Nick Land, la de “hiperstición”. Se trata de la producción de verdad como profecía autocumplida que prescinde de toda confirmación exterior porque su misma formulación es la producción de aquella verdad, para entender el régimen de verdad y sensibilidad en el que nos sumió (el) Milei(ismo), pero también y fundamentalmente del que es producto. Fernández, desde el psicoanálisis, recuerda la categoría lacaniana de “letosa”, lathouse (mezcla de léthé, olvido, y aletheia, verdad). Es decir –en las quince veces que Lacan nombra el término en su Séminaire 17. L’envers de la psychanalyse–,
les menus objets petit a que vous allez rencontrer en sortant, là sur le pave à tous les coins de rue, derrière toutes les vitrines, dans ce foisonnement de ces objets faits pour causer votre désir, pour autant que c’est la science maintenant qui le gouverne, pensez-les comme lathouses[49].
Fernández la retoma para conceptualizar la latosa como “cuerpo orgánico y dispositivo inanimado” capaz de reproducir el “lenguaje en estado viral” que caracterizaría –aunque no solo– a(l) Milei(ismo). Pero su aporte no se agota acá: “Helga también trae a colación el trabajo de Thomas Pettitt, profesor asociado emérito de la University of South Denmark, sobre lo que este –con claro espíritu mcluhiano– llama “the Gutenberg parenthesis”, es decir, que la época de la imprenta, la página escrita, los linotipos, el libro y la lectura silenciosa no sería más que una pequeña excepción, digamos desde el s. XVI a la invención de la televisión, en una civilización fundamentalmente oral, participativa y fría (en términos mcluhianos).
Finalmente, Luis Ignacio García, en “El diario de Milei: posdemocracia y confusión”, parte de una hipótesis que niega uno de los tres términos unificadores de este libro, todo lo cual no es sino muy positivo si partimos del diagnóstico de que hemos discutido poco y mal, y que las numerosas derrotas políticas que contamos en nuestro haber son las discusiones que no dimos por miedo, prudencia o autocensura de hacer ju(e)gos. “Milei no es cínico”, dice Luis Ignacio, porque “cínico es y era Macri”, en todo caso Milei encarna “el nihilismo radicalizado de nuestro tiempo”. Nihilista no porque no crea en nada (lo hace, y vaya si lo hace), es decir “por opinión”, sino “por condición, esto es, como suelo antropológico de las posdemocracias actuales”. Este “oscurantismo nihilista contemporáneo”, nihilismo que funciona por “erosión y entropía” (así hablamos desde 2009 de la erosión de las democracias latinoamericanas y aguardamos una pizca de neguentropía de fuerzas revolucionarias y conservadoras), es opuesto al “cinismo o ironía que asume la inexistencia de un afuera”, es decir, en los términos de Mark Fisher, que abraza el “capitalist realism” (CR) de “there’s no alternative” (TNA)[50]. El problema es que este cinismo-sin-afuera no es exclusivo de fuerzas libertarias, reaccionarias o hiperconservadoras, sino que, dice Luis Nacho, también el “antiprogresismo”, esa corriente desatada luego de la derrota terminal del Frente de Todos/Unión por la Patria/Fuerza Patria y de la victoria en balotaje de Milei, “es una forma de cinismo”. Ya que imposta incorrección ante memoria, género, ambientalismo y raza allí donde sus cuadros –en al menos el doble sentido de la palabra– están llenos de láminas, stickers y cucardas progres. Si “el nihilismo de la extrema derecha actual es la expresión de su hipermodernidad”, la “ausencia de dobles intenciones (y por ende de cinismo)” define a Milei.
Sin embargo, diría yo, el Milei(ismo) es cínico. Sabe –alguna parte suya, sartreanamente, lo sabe– que el modelo que defiende no es fácticamente el único existente, sino el que –por circunstancias históricas y políticas– le toca defender, y que tampoco funciona bien como pregona. Nadie que se vanaglorie de escuchar ópera, y por ende que puede separarse del ruido mundanal de lo cotidiano para apreciar la gratuidad del arte, puede no contemplar –aunque más no sea por un instante– un pensamiento opuesto a sus convicciones más íntimas, lo que, para la pensadora judía alemana Hannah Arendt, constituía la misma definición de pensar. Que también sea cínico, que –como se dice ahora– finja demencia sobre los estragos del capitalismo sobre la condición humana, el (medio)ambiente y la subjetividad (que, como decíamos antes, esconda sus muertos dentro del placard o su mugre debajo de la alfombra), no quita que (el) Milei(ismo), como potencial fuerza política de longue durée, no sea nihilista. Todo lo contrario, lo confirma y reafirma: cínico porque esconde la obscenidad capitalista (siendo, justamente, obsceno, chabacano y porno), y nihilista no porque niegue la existencia de cualquier verdad sino porque lleva una, hipersticial, a la única posible. Entonces, a la mesa (de la comprensión) de tres patas le falta una: (el) Milei(ismo) también es porno, no pornográfico, cibernético, smooth, clean, financiero (y por todo esto al mismo tiempo corrupto, oscuro, acusado de coimas y oscurantismos varios, de retornos y médiums, de sobreprecios).
Daniel Mundo, filósofo y comunicólogo argentino, en “Milei y lo porno. Una aproximación a lo ‘incomprensible’”, aporta una punta de comprensión a este ovillo que repetimos sin comprender: ¿por qué (el) Milei(ismo) es porno? ¿Solo por la explicitud de sus discursos, por la soecidad de sus expresiones, por lo chabacano de su verba? No, dirá Daniel, volviendo sobre una separación que hoy parece anacrónica, casi nostálgica: es porno porque construye “usuarios”, no “espectadores”, o mejor dicho, “tele-usuarios”. Pero este “candidato outsider” con su “discurso nihilista” también es porno por lo siguiente, que, a fuerza de no poder parafrasear mejor, me permito citar in extenso:
La capa ilustrada de la clase media también fue cómplice en el surgimiento de este fenómeno anarcolibertario, pues no solo no propuso una consigna atrayente, sino que acompañó prácticas, acontecimientos y actores que, vistos a la distancia, condujeron a la realidad a las puertas de una hiperinflación, que es el gran cuco de la sociedad argentina.
Lo porno –de nuevo: no la pornografía, no el género, sino la relación, el vínculo– de (el) Milei(ismo) también deriva del hecho de no haberse hecho ilusiones sobre la sociedad a la que le hablaba, que pretendía –efectivamente– gobernar, modificar y refundar, y a la que terminaría gobernando. Un discurso (y método de gobierno, mode de (des)emploi) liso, llano, directo, sin rodeos, sin mediaciones, de espaldas al Congreso, sin rugosidades ni ripios. Es cierto que existen tecnicismos en su método, sobre todo en lo referente a lo económico, pero, como bien explica Margarita Martínez en este libro, eso no lo hace un intelectual, lejos de eso: lo vuelve alguien que, pudiendo hablar en difícil, logró ascender los picos empinados de la montaña para comunicarse lo más simple posible con su pueblo. Una suerte de Luis Almirante Brown capusotteano de lo económico-político. En contraposición con esta sinceridad mileísta, con esta producción de sinceridad y sinceridad como manufactura, nos dice Daniel, nosotros –la clase media ilustrada horrorizada por las barbaridades mileístas– somos:
una clase que se preocupa de reproducir sus privilegios difundiendo mensajes que sobreactúan su preocupación por las desgracias ajenas. Este combo de contradicciones patenta una imagen porno de este momento histórico de la sociedad argentina, un nuevo momento de “plata dulce” que significa una reconfiguración de la clase media y un ensanchamiento sísmico de la pobreza.
Si alguien, en conclusión, piensa que puede comprender (el) Milei(ismo) solo recitando Maurice Merleau-Ponty y Arendt, y no también a Marshall McLuhan, Eric Havelock y Walter Ong, está muy equivocado, podríamos concluir con Mundo.
Para terminar, este libro, en una estela martinezestradiana, podría haberse titulado Muerte y transfiguración de Milei. Ensayo de interpretación de la vida mileísta, pero se titula –en la estela perequiana– Milei, instrucciones de uso: cinismo, nihilismo y porno porque efectivamente creo, considero que estos tres conceptos resultan fundamentales para comprender, y enfrentar políticamente, a(l) Milei(ismo). Es necesaria una clara comprensión –y, primero, contemplación– de los modos específicos y puntuales en los que se articulan el cinismo como negación/ocultamiento de una verdad posible pero efectiva, el nihilismo como negación de toda verdad, o incluso de su misma posible construcción, y de lo porno —no la pornografía— como la postulación de vínculos sociales y simbólicos a-simbólicos (directos, explícitos, sin mediaciones, transparentes). Sin ello, no podremos entender a) como (el) Milei(ismo) se hizo del poder político en Argentina; b) como sigue en él, con altos niveles de aprobación, para principios de 2026, cuando los vaticinios apocalípticos proliferaban desde diciembre 2023; y c) finalmente, cómo el mileísmo, más que Milei, sea una estructura de sentimiento, una Stimmung, una disposición sexo-afectiva con la que haya que convivir por mucho tiempo en Argentina y la región. La articulación de cinismo-nihilismo-y-porno es una herramienta heurística de comprensión y combate de esta encrucijada, este conundrum.
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- Crónica TV. (31 de octubre de 2025). Pedro Rosemblat y Facundo Pedrini mano a mano- El ojo del Lobo- Capítulo 7 [Archivo de video], 36m7s. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=T_2F2r-nADg.↵
- Sartre, J. P. (2008 [1948]). “Pourquoi écrire ?”. En Qu’est-ce que la littérature ?. París: Gallimard, p. 54.↵
- Aumenta su caudal electoral porque, en las elecciones de medio término desdobladas de octubre 2025 (luego de la derrota de septiembre en provincia de Buenos Aires), aunque haya perdido más de cinco millones de votos con respecto a los obtenidos en el balotaje de noviembre 2023, logró monopolizar el espectro de la derecha argentina, deglutiendo, incorporando, cooptando a innumerables dirigentes y votantes exmacristas.↵
- Peña, Marcos. (2024). El arte de subir (y bajar) la montaña. Cosas que aprendí sobre la dimensión humana del liderazgo. Buenos Aires: Siglo XXI.↵
- Rodríguez, Martín. (27 de octubre de 2025). Nunca es el momento exacto. Revista Panamá. No todo es política. Disponible en: https://panamarevista.com/nunca-es-el-momento-exacto/.↵
- Durante la organización de las “II Jornadas Tiempos rotos. Conversaciones sobre la batalla cultural y derechas manifestantes” (https://iigg.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/sites/22/2025/10/Programa-Segundas-jornadas-Tiempos-rotos.pdf), organizada por el Grupo Arte, política y cultura en la Argentina reciente (IIGG-FSoc-UBA) dirigido por Ana Longoni y Cora Gamarnik, de las cuales participaron Cristian Alarcón, Camila Barón, Gabriel Di Meglio y Camila Perochena entre otros/as, Maximiliano de la Puente, colega de Ciencias de la Comunicación (UBA) y del CONICET, me recordó que esta película de González se inscribe perfectamente dentro de la tradición del cine militante de los años 60 y 70, sobre todo los grupos Cine Liberación y Cine de base y las películas La hora de los hornos y Los traidores. Instrumentalizar las proyecciones, exhibirlas en fábricas y centros culturales, filmar y exhibir clandestinamente, debatir posteriormente (la película se completa en su exhibición), ir a las bases si estas no van al cine, hacerse y prestar equipos (pantallas, proyectores, cámaras) entre grupos para este entrismo cinematográfico, que alguien del grupo realizador/proyector guíe y coordine las discusiones, son algunas de las características de esta corriente cinematográfica. ↵
- Bourdieu, Pierre. (2003) “L’objectivation participante”. Actes de la recherche en sciences sociales, 150, “Regards croisés sur l’anthropologie de Pierre Bourdieu”, 43-58.↵
- Bourdieu, 2003, p. 43.↵
- Bourdieu, 2003, p. 44.↵
- Bourdieu, 2003, p. 44.↵
- Bourdieu, 2003, p. 44.↵
- Bourdieu, 2003, p. 45.↵
- Colectivo Situaciones. (2009). “‘Cuando el pueblo no se mueve, la filosofía no piensa’. Entrevista a León Rozitchner”. En AA.VV., Conversaciones en el impasse. Dilemas políticos del presente (pp. 97-134). Buenos Aires: Tinta Limón, p. 132.↵
- Bourdieu, 2003, p. 45.↵
- Bourdieu, 2003, p. 46. “Pero olvidamos, o muy a menudo ignoramos, que un punto de vista, en rigor, no es más que una vista tomada desde un punto que no puede revelarse como tal, y mostrar su verdad de punto de vista, y de punto de vista particular, irreductible a otro, y, en el límite, único, que si somos capaces, paradójicamente, de reconstruir el espacio entendido como conjunto de puntos coexistentes”. Salvo explicitado, todas las traducciones son mías.↵
- Bourdieu, 2003, p. 56.↵
- Bourdieu, 2003, p. 52.↵
- Bourdieu, 2003, p. 47.↵
- Bourdieu, 2003, p. 47.↵
- Bourdieu, 2003, p. 47.↵
- Bourdieu, 2003, p. 49. Cursivas en el original. ↵
- Bourdieu, 2003, p. 49.↵
- Bourdieu, 2003, p. 49.↵
- Bourdieu, 2003, p. 46.↵
- Wacquant, Loic. (2022). Corps & âme. Carnets ethnographiques d’un apprenti boxeur (second édition revue et augmentée). Marseille: Agone, p. 8. “Como atestigua esta nota, entre muchas otras de la misma índole, escrita en mi cuaderno de campo de agosto de 1990: ‘Hoy, disfruté tanto en el gym, hablando y riendo con DeeDee y Curtis sentados en el vestuario y simplemente viviendo y respirando ahí, en el medio de ellos, absorbiendo como una esponja la atmósfera de lugar, que de pronto tuve una ráfaga de angustia sofocante por la idea de deber volver pronto a Harvard [donde acababa de ser nombrado]. Siento un placer tan grande en simplemente participar que la observación se vuelve secundaria, y, francamente, llego a decirme que abandonaría encantado mis estudios y mis investigaciones y todo lo demás por quedarme acá boxeando, siendo “one of the boys”. Sé que es completamente loco y seguramente irrealista pero, en este momento preciso, la perspectiva de mudarme a Harvard, de ir a presentar un paper a la ASA [el congreso anual de la American Sociological Association], de escribir artículos, leer manuscritos, asistir a conferencias y el tutti frutti universitario, lo encuentro totalmente vacío de sentido, deprimente, sombrío (y muerto) en relación a la alegría carnal, pura y vital que me produce este maldito gym (hay que ver las escenas de peleas entre DeeDee y Curtis, dignas de Pagnol!) que me gustaría dejar todo, drop out, para quedarme en Chicago. Es realmente crazy. PB [Pierre Bourdieu] decía el otro día temer que ‘me deja seducir por mi objeto’, pero si supiera: estoy ya mucho más allá de la seducción!’”.↵
- Lo que Mark Fisher llama “the catedral”: Fisher, Mark (2013). Exiting the Vampire Castle. Open Democracy. Disponible en: https://www.opendemocracy.net/en/opendemocracyuk/exiting-vampire-castle/.↵
- GELATINA. (9 de abril de 2024). BEATRIZ SARLO: “ESTE GOBIERNO ES VULGAR Y CANCHERO” | CON PEDRO ROSEMBLAT [Archivo de video]. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=VyCIDVxBZag.↵
- Rodríguez, Martín. (10 de octubre del 2021). El dólar, ese camello de la democracia argentina. eldiario.ar. Disponible en: https://www.eldiarioar.com/politica/dolar-camello-democracia-argentina_129_8384253.amp.html.↵
- Bitácora de la batalla cultural. (sin fecha). Disponible en: https://culturamilei.com/.↵
- Calveiro, Pilar. (2005). Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Buenos Aires: Colihue; Calveiro, Pilar. (1998). Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina. Buenos Aires: Norma.↵
- Regina Martínez, Claudia. (27 de septiembre de 2025). Georgina Orellano: “Una parte del feminismo abandonó los problemas de las personas de los sectores populares. eldiario.ar. Disponible en: https://www.eldiarioar.com/sociedad/georgina-orellano-parte-feminismo-abandono-problemas-personas-sectores-populares_1_12633513.html.↵
- Crenzel, Emilio. (2024). “¿Cuántos son los desaparecidos y cuántas las víctimas de la desaparición forzada en la Argentina? Debates político-memoriales e investigación académica”. Latin American Research Review, 59, 948-964.↵
- Es verdad, como bien dice Luis Ignacio García (2026) en su inminente Fascismo cosplay. Crónicas de la aceleración en el laboratorio argentino (Buenos Aires: Caja Negra) que Pablo Semán (2024), con su Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir? (Siglo XXI: Buenos Aires), ordenó el debate no sobre las derechas en la Argentina, campo que precede vastamente al mileísmo, pero sí sobre las nuevas derechas y sus efectos sobre la actualidad política argentina. También es cierto, como bien señala García, que es muy problemático que en aquel libro, que cuenta con valiosísimos aportes de Sergio Morresi, Martín Vicente, Melina Vázquez, Ezequiel Saferstein y Nicolás Welschinger (además de la introducción del propio Semán), no se mencione ni una sola vez el intento de asesinato que, el 1 de septiembre de 2022, esto es bien antes de su publicación, sufriera la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, como si las nuevas derechas no tuvieran ninguna relación con este ensayo de magnicidio. Ídem reflexión podría extenderse sobre alguna hipótesis, poco después del atentado, acerca de la procedencia meramente como mano de obra disponible precaria de Fernando Sabag Montiel, Brenda Uliarte y demás copitos. Cito algunos libros que estuvieron en el origen de este ensayo de comprensión. Por un lado, el infaltable ¿La rebeldía se volvió de derecha?. Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio) de Pablo Stefanoni (2022), sobre todo en lo que permite aprender sobre la “Philosophy of Rape” (p. 85), sobre la preocupación de la extrema derecha francesa acerca de negros en la selección y la “imagen de país” (p. 131), y de las críticas de Diego Fusaro a una izquierda que solo se ocuparía de “los derechos de las mujeres” (p. 191). Gisela Catanzaro (2021), un año antes (capitulista de este libro), había publicado su Espectrología de la derecha. Hacia una crítica de la ideología neoliberal en el capitalismo tardío (Cuarenta Ríos: Buenos Aires), sobre todo –su espectrología no derrideana pero sí adorniana y de un Adorno muy benjaminiano– de esos “sujetos infinitamente emprendedores que han desarrollado todo tipo de capacidades supra-humanas para sobrevivir se encuentran sin embargo sistemáticamente por debajo de las insatisfacibles demandas a las que están sometidos” (p. 44). No habla sobre nosotros sino sobre films apocalípticos, pero también recordando “ese ‘nunca más neoliberalismo’ invocado por Cristina Fernández en el acto del 17 de octubre de 2019” (p. 172) para dar cuenta, entre otras cosas, cuánto se desplazó –y neoliberalizó– la política argentina en solo cinco años (está claro, este neoliberalismo –de masas, de abajo, capilar– ya existía, todo lo que hizo, al calor del contexto, fue salir a la superficie, como la puntita de un iceberg). En los últimos dos años, al calor de los escalofríos que puede haber producido (el) Milei(ismo), aparecieron numerosos libros que, con distintos focos, se proponen comprender o explicarlo. Desquiciados. Los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha, coordinado por Alejandro Grimson (2024), cuenta con las destacadas participaciones de Marina Franco y Daniel Lvovich, Gabriel Vommaro, Ulises Ferro y Pablo Semán, Sergio Caggiano, Julián Rebón y Agustina Sunico, Andrea Torricella, Tomás Borovinsky, Martín Plot y Daniela Slipak, Leandro Sowter y Ezequiel Ipar. Se propone, desde distintos lugares (por lo general centrados en “las derechas”), historizar ciertas características de Milei y el mileísmo. El aporte más interesante del libro, à mon avis, es, en el marco del capítulo de Franco y Lvovich, la cita del trabajo de Daniel Azpiazú y Martín Schorr (2010), Hecho en Argentina. Industria y economía, 1976-2007 (Buenos Aires: Flacso), discutiendo que, para 1975, el modelo sustitutivo de importaciones se encontrara agotado (p. 55), un lugar compartido por el análisis político-económico de la historia reciente argentina. El último aporte significativo en este sentido sería el libro de las colegas Melina Vázquez y Carolina Spataro (2025), Sin padre, sin marido y sin Estado. Feministas de las nuevas derechas (Buenos Aires: Siglo XXI), donde las autoras se proponen retratar primero la existencia y luego la heterogeneidad de mujeres feministas habitando mundos liberales y libertarios. Luego existen trabajos periodísticos (de Juan Luis González, Ernesto Tenenbaum, Victoria de Masi, y Maia Jastreblansky y Manuel Jove) sobre la propia figura dislocada de Milei, su hermana y su asesor estrella, Santiago Caputo.↵
- Por supuesto que las problematizaciones de (el) Milei(smo) estos años no se restringieron a la forma-libro, al artefacto-libro, a la tecnología-libro, con sus particulares características editoriales de propuesta, recopilación, edición, double-blind peer review, aceptación, etc. Desde mucho antes que diciembre de 2023, el noble género del ensayo, con una historia profusa y rica en el caso de Argentina (pero también en Francia y Reino Unido), viene intentando pensar, asir, entender qué cosa es Milei y el mileísmo. A solo título ilustrativo, cito algunos de los/as ensayos y ensayistas que (in)formaron este libro, cuyos datos editoriales se aportan en la bibliografía: en 2025, Juan José Martínez, Martín Rodríguez, Diego Stulwark, Luis Ignacio García, Sergio Olguín, Ezequiel Adamovsky, Hermán Vanoli, Gabriel Kessler, Diego Valeriano, Brigitte Vasallo, Pablo Semán y Nicolás Welschinger, Alejandro Galliano, Maurizio Lazzarato, Antonio Ramón Gutierrez, Jeremy Rubenstein, Valeria de la Vega y Diego Vecino. Nadie piensa solo ni solamente leyendo libros, mucho menos en estas épocas cibernéticas. Agradezco también a Sergio Caletti por, hace ya veinte años, habernos enseñado a organizar bases documentales de lo que leemos.↵
- Navarro, Marcos y Palermo, Vicente. (2003). Historia argentina: la dictadura militar 1976/1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática. Buenos Aires: Paidós.↵
- Landi, Oscar y González Bombal, Inés. (1995). “Los derechos en la cultura política”. En C. Acuña, I. González Bombal, E. Jelin, O. Landi, L. Quevedo, C. Smulovitz, A. Vacchieri y A. Przeworski, Juicios, castigos y memorias.
Derechos humanos y justicia en la política argentina (pp. 147-192). Buenos Aires: Nueva Visión.↵ - Navarro y Palermo, 2003, pp. 410-489.↵
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- Carbone, Rocco. (2024). Lanzallamas, Milei y el fascismo psicotizante. Buenos Aires: Penguin Random House.↵
- Willliams, Alex. (31 de enero de 2010). On negative solidarity and post-fordist plasticity. Splintering bone ashes. Disponible en: https://splinteringboneashes.blogspot.com/2010/01/negative-solidarity-and-post-fordist.html. ↵
- Navarro y Palermo, 2003, p. 435.↵
- Buck-Morss, Susan. (1992). “Aesthetics and Anaesthetics: Walter Benjamin’s Artwork Essay Reconsidered”. The MIT Press Stable, 62, 3-41. Disponible en: https://doi.org/10.2307/778700. ↵
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- Navarro y Palermo, 2003, p. 441.↵
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- Greco, Mauro. (2019). Responsabilidades y resistencias. Memorias de vecinos de la dictadura. Villa María: Eduvim.↵
- Es Jean-Louis Deotte, en su L’époque des appareils (2004. París: Leo Scheer, pp. 65, 69, 90), quien recuerda que, etimológicamente, angoisse proviene del latín augustus, angosto, como del sustantivo angustiae: pasarelas o pasadizos cerrados, encerrados, por donde es difícil pasar, y donde sentimos que nos falta el aire y carecemos de espacio (tanto exterior como interior). Cuánto de esta metáfora, o de esta etimología no caprichosa, puede servir para representar cierta sensación compartida, pero quizá no mayoritaria, bajo el mileísmo, depende casi de cada uno.↵
- Lacan, Jacques. (1991). Seminaire XVII. L’envers de la psychanalyse, texte établi par Jacques-Alain Miller. París: Éditions du Seuil, p. 189.↵
- Fisher, Mark. (2016). Capitalist Realism. Is There No Alternative? Londres: Zero Books, p. 8.↵






