Una pieza para pensar el mileísmo
Margarita Martínez
Cuando Javier Milei estaba por asumir su primera (y quizás única) presidencia de Argentina, se hizo presente en mi espíritu la siguiente pregunta: ¿y si Milei hubiera leído al Marqués de Sade? Sospechando la respuesta, me llevó pocos minutos reformularla mientras él ensayaba su discurso de asunción en el Congreso de la Nación, de espaldas a los legisladores y de cara a su pueblo: ¿y si aquellos a quienes Milei leyó hubieran leído al Marqués de Sade? O bien: ¿y si aquellos a quienes Milei leyó hubieran tomado algunas ideas de los inicios turbios del movimiento republicano, aquel momento en el cual, antes de cortarle la cabeza al rey, se abren las puertas de la Bastilla y dejan escapar al excitado marqués, un momento en el que todos, él incluido, pretendían formular un orden nuevo? “No es ni ante las rodillas de un ser imaginario ni ante las de un vil impostor ante lo que un republicano debe arrodillarse; sus únicos dioses deben ser ahora el valor y la libertad”.
¿Quién lo dice? ¿Javier Milei? No, el Marqués de Sade[1]. ¿Y quién era Sade? Un oportunista, alguien que nunca había dejado de ser monárquico aun investido de republicano. Y esto tiene su importancia en lo que sigue.
Pero ¿y si Milei hubiera leído al Marqués de Sade? Hay un triple equívoco solapado dentro de este punto de partida. El primero se deriva de concebir a Javier Milei como un gobernante letrado, que abrevaría no solo en la teoría política del liberalismo (lo cual manifiesta) sino en el pensamiento y la cultura occidentales, que ofrecieron, en la larga tradición humanista, modelos de inspiración a distintos gobiernos. No tenemos pruebas de ello y entonces nos entregamos a un juego especulativo, porque, además, D. A. F. de Sade nunca escribió teoría política, nunca pretendió escribirla (aunque sus textos son profundamente políticos), siempre abjuró de los sistemas y despreciaba la gestión real de las cosas. El segundo equívoco concierne a las condiciones de imaginación que en Argentina activó el discurso libertario de campaña de Milei (o lo que imaginamos que es el libertarismo de Milei), el que, mientras apelaba a elementos de violencia de distinto cuño, reivindicaba, aun si no con total precisión, la década signada por Carlos Menem, es decir, los temidos años noventa. Por último, un tercer equívoco concierne a qué entendemos por acercarnos a las ideas del Marqués de Sade que, como se sabe, no es lo mismo que apelar a, o manifestar, lo que se llama sadismo.
Sobre el primero de nuestros equívocos, vamos a deslizarnos dentro de una conjetura. Haya leído o no a Sade, varios elementos emparentan algunos planteos torpes de Milei con los muchos más elaborados de Sade. ¿Coincidencia? ¿Emergencia de un personaje similar de tipo excesivo, aun si más intuitivo? En lo inmediato, pese a las apariencias, en el libertarismo en el que abreva Javier Milei no solo se trata de economía. Como señala Tomás Borovinsky: “El libertarismo no es solo una pulsión de mayores libertades económicas y el rezo de un Estado menos controlador. También es, quizás derivado de este último ‘rezo’, un deseo de libertad que puede tener una dimensión erótica y hasta farmacológica”[2]. Sobre el segundo equívoco, podemos decir que Javier Milei no está gestando un retorno a la década de 1990, aunque sí pretendió activar esos núcleos de la imaginación colectiva asociados a los noventa sabiendo que, leída desde Argentina, se trata de una década delicada, tabú, en donde a la tranquilidad (y felicidad, por qué negarlo) colectiva por la política cambiaria llamada “del uno a uno” le sucedió el trauma de la crisis de 2001. Así, el planteo de Milei en su campaña fue interpretado como una propuesta exclusivamente económica (apertura y estabilidad) que, en el mejor de los casos, se asociaba con el crecimiento y, en el peor, con el menemismo –yendo más lejos con la última dictadura militar–, pasando por un consenso general respecto a la reducción del Estado, la privatización de sus empresas y la desregulación total de la economía. En ese equívoco no se vio, por evidente, que ese mismo planteo inicial de Milei se salía de goznes respecto de un liberalismo únicamente económico y que iba a intentar involucrar (aunque no conseguir) otros tantos aspectos vinculados con los flujos libidinales de la sociedad, que debían ser activados principalmente por el deseo de consumo, la ausencia de inflación, la caída de impuestos. Por último, sobre el tercero de los equívocos, es necesario considerar que lo que tendemos a llamar “sadismo” no es necesariamente un vínculo enfermo con el otro, como se sugiere en el uso popular del concepto, sino, antes que nada, un modo –que podríamos calificar como perverso– de entender la vida común, no la vida individual. Ya que, como habría escrito en una carta el Marqués de Sade a su mujer, su desgracia no era su modo de pensar, sino el modo de pensar de los demás.
Si considerásemos a Sade en términos teóricos, es cierto que tenía ideas muy propias acerca de la libertad aun siendo alguien que jamás quiso ser político, incluso que no dejó textos políticos, a menos que leamos como una total excepción el panfleto “Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos”, incluido en La filosofía en el tocador. Sí es cierto que escribió a profusión, hizo que sus personajes vivieran la libertad, principalmente la sexual, y se planteó de modo totalmente contrario a lo que vemos en Javier Milei que, por su parte, jamás quiso tener nada que ver con el ámbito intelectual y que se suele jactar de ser un político en acto. Desde ya, esto no significa que Milei no haya reivindicado “ser académico” o “haber dado clases en la facultad”, porque eso no supone, en los términos en que se plantea la figura del tecnócrata, ser necesariamente un intelectual. Y sobre el resto de la vida, el Marqués de Sade, republicano-monárquico, en sus escritos incluyó (y podemos decir que fantaseó con ellas y las probó) escenas de violencia, crímenes, orgías, violaciones y parafilias, todo enmarcado en la idea general del triunfo del vicio sobre la virtud. Francés y libertino, convocaba a un estado de naturaleza instintivo y mercantil, y demostraba (hay testimonios de aquellos con quienes hablaba, que eran pocos) una cierta expectativa sobre los resultados de llevar al extremo la libertad. Por su parte, ninguno de los teóricos a los que apela Javier Milei, con la excepción de Milton Friedman en Chile y al amparo del dictador Augusto Pinochet, pudo alguna vez ejecutar un programa de gobierno ni salir de la letra de molde, o de la pizarra del aula. “El libertarismo nació, vive y probablemente muera entre think tanks de multinacionales que solo anhelan bajar costos de producción, comités políticos financiados por grandes evasores y catedráticos parasitarios que, desde determinadas universidades privadas, fabrican sentidos al servicio de estos dos grupos”, observa Nicolás Mavrakis[3].
Al haber percibido muy pronto que había una alianza entre lo sexual y el poder, una alianza que la modernidad, por el hecho de hacer del poder algo no biológico (no hereditario), creía haber disuelto, pero que volvía como fantasma (o fantasía), Sade se planteó como un “individuo excesivo” que fuerza a pensar el mal en relación con la libertad. Pero no el mal como algo externo que puede “tomar” al individuo, sino como un resorte íntimo listo para accionarse en cada uno de nosotros. En un sentido –y no es azaroso que Georges Bataille hubiera leído al Marqués de Sade e incluso hubiera querido emularlo en su ficción– Sade es un exponente de lo que Bataille denominaría “lo heterogéneo”: lo “completamente otro”, lo que no se puede asir desde el discurso, lo que no se puede clasificar, lo que se impone desde la fascinación y la violencia, lo que es más natural en lo humano, lo que corresponde al dominio de la vida. Y eso que Sade era, él lo veía en la monarquía: el ejercicio caprichoso y arbitrario del poder. Así, la monarquía, esencialmente biológica, simbolizaba para Sade el estado de naturaleza que nada tiene de piadoso. Son palabras de Dolmancé en La filosofía en el tocador: “La crueldad, lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que nos imprime la naturaleza”[4]. Esa crueldad, en el humano, se vierte muchas veces en el odio, que solo puede ser entendido en Sade llevando al extremo los ideales de la libertad. O, si se prefiere decirlo así, el estado de naturaleza en Sade es, lisa y llanamente, el crimen. En suma, en palabras no lejanas a las de Milei, afirma:
Uno de los primeros vicios de este gobierno consiste en una población demasiado numerosa, y lejos está ese exceso de ser riquezas para el Estado. Estos seres supernumerarios son como ramas parásitas que, no viviendo sino a expensas del tronco, terminan siempre por extenuarlo[5].
¿Qué ideas eran esas alusivas a la libertad que manejaba el Marqués y escandalizaban a los que, en su época, preconizaban la libertad (aunque otra libertad), la igualdad y la fraternidad? ¿Qué eran esas diatribas contra un Estado que mantendría hipotéticamente a la población cuando dicho Estado no terminaba de estar todavía instituido? ¿Por qué encarcelaban al Marqués, lo perseguían, lo censuraban, quemaban sus obras, lo encerraban en asilos? Por un lado, porque era ingobernable. Si bien afirmaba la necesidad de una libre acción absoluta de los individuos, su foco era la libertad de conducta ante la ley, la libertad sexual y social, la libertad respecto de cualquier límite, la rebelión contra Dios. Sade era un escándalo en acto cuya vida, entre 1740 y 1814, atraviesa ese gran suceso político que es la Revolución Francesa, a causa de la cual muere encerrado en un manicomio no por su estado mental, sino por lo que escribía, o bien por su estado mental leído a través de lo que escribía. Fue encarcelado bajo el Antiguo Régimen, luego bajo la Asamblea Revolucionaria, luego bajo el Consulado y después bajo el Primer Imperio, de modo tal que pasó más de un cuarto de siglo encerrado en diferentes prisiones y asilos. Sade, el encerrado, muere en el manicomio de Charenton por haber publicado Justine o los infortunios de la virtud, aunque también había participado de un par de hechos que calificaríamos, en las noticias, como policiales. Todos estaban felices de que saliera del medio: los aristócratas, por ser la vergüenza de su clase; los intelectuales, por no atender a las razones de la hipocresía general; los republicanos, por poner palos en la rueda a la construcción teórica de la democracia moderna; y todos, en general, porque era presencialmente peligroso. Gozaba constatándose repugnante ante el resto y sabiendo que, en esa repugnancia, radicaba la fascinación que despertaba.
En oposición, hay que pensar que Javier Milei jamás se planteó como “ingobernable”, sino más bien como imprevisible y como alguien que se quería hacer cargo de lo ingobernable; no obstante, nos coloca ante un enigma similar: nos obliga a pensar el daño en relación con la libertad, y nos enfrenta a pensarlo en un individuo “excesivo”, “salido de goznes”, incluso si él empieza hablando de libertad económica. Esta, para él, es como el estado de naturaleza, aquel que nada tenía de piadoso. Si Sade postulaba: “¿Qué me hacen a mí los males de los demás? ¿No tengo acaso bastante con los míos para ir a afligirme con los ajenos?”[6], recordemos que, cuando Milei llega al poder y crea el Ministerio de Capital Humano, y así absorbe funciones relacionadas con la justicia social, dirá:
La atrocidad que dice “donde hay una necesidad nace un derecho”, que olvida que ese derecho alguien lo tiene que pagar, cuya máxima expresión es esa aberración llamada justicia social, que supone un tratamiento desigual ante la ley y está precedida de un robo[7].
Los males del Estado serían demasiados para asumir los males de la población. Pero las teorías en las que se filia Milei corresponden a una vertiente completamente distinta del pensamiento sobre la libertad, y su contexto de surgimiento es otro. No se trata ya del inicio del republicanismo moderno en Europa, sino de un movimiento que tiene lugar en los Estados Unidos a mediados del siglo XX, hijo de tres modalidades del antiestatismo y la fobia al Estado: la moral, la económica y la aislacionista.
La irrupción del discurso del libertarismo por derecha e izquierda respondía a una susceptibilidad ascendente hacia las ideas críticas del Estado, de igual modo que contra el capitalismo corporativo y en favor de la formación de comunidades (hippies, ecologistas, lisérgicas, libertinas)[8].
Es decir, se trata de un movimiento que puede tolerar al Estado en su mínimo funcionamiento, pero no más que eso, y que debería tener una batería de leyes mínimas que sustentaran la libertad. Lo señalaba Ayn Rand: libertad es libertad de la coerción gubernamental, no de un dueño, o de un empleador, o de las leyes de la naturaleza; significa “ser libre del poder coactivo del Estado y nada más”[9].
El asunto de la igualdad ante la ley constituye un ítem aparte. Sade no consideraba que fuera posible una ley para todos (“es una espantosa injusticia exigir que hombres de caracteres desiguales se sometan a leyes iguales; lo que conviene a uno puede no convenir a otro”[10]), y Milei considera que la justicia para todos es algo desigual ante una ley que debería otorgar a cada cual según su valor. Son consideraciones paralelas. ¿Era Sade enemigo de la ley? No: incluso el placer debía ser regulado, incluso no cumplir con ciertos pasos en el exceso tenía que ser sancionado sin piedad. Todas sus ficciones son prueba de ello. El problema con la ley no es en Sade la violencia, sino su legitimidad. ¿Por qué el Estado tendría que tener el patrimonio de esa violencia? ¿Por qué pretende negar la violencia natural individual y condenarla apropiándose del patrimonio general de la fuerza y la violencia individuales? Lo señala uno de los personajes de Justine:
Así de igual modo que la Iglesia se justifica al asesinar a los herejes, que dice hacerlo para mantener la moral de los fieles, y el Estado al ejecutar a los ladrones con vistas a conservar repletos los bolsillos de los ricos, ¿no tengo yo mi propia justificación al querer matar a mi tía?[11].
Pero, además, al ser la ley pensada en lo general y el crimen completamente particular, no habrá ley justa a menos que hubiera una ley para todos los individuos y sus circunstancias. Un Estado, para Sade, tiene que tener muy pocas leyes y adaptadas a una multiplicidad de situaciones para que luego se destile de ellas la variante individual, y solamente de modo punitivo, no preventivo. En términos generales, hay una idea de Murray Rothbard –a quien Milei dice leer, y a quien cita– sumamente coincidente: “No se aprueban leyes para que las personas actúen correctamente”[12]. Entonces, si no se hacen leyes para prevenir el crimen, como pensaba Sade, puesto que el individuo no puede anular en sí mismo el mal que anida en él, le toca observar cómo la modernidad construía sistemas carcelarios, racionalizados, un mundo donde queda excluido aquello que no cabe en él como normal. Observaba con desconfianza aquella paradoja según la cual aquel lugar que estaba pensado como el lugar del Bien, con mayúsculas, como el lugar de la Igualdad, la Justicia, tiene que ejercer violencia sobre la voluntad particular, sobre la irracionalidad de lo viviente, para producir un individuo que en algún momento va a dar rienda suelta a su naturaleza reprimida. Ciertamente, ese lugar del Bien, con mayúsculas, se lo arroga la casta política, y para esto hay que pensar que el factor que explica el derrotero de Sade está signado por aquel aumento del precio del pan que desencadena la revolución en la cual Sade quedaría libre, y de la cual se aprovecha, de modo oportunista, para atacar a la clase aristocrática o, mejor dicho, a sus parientes, que lo encerraron. Por eso Sade se refiere directamente con la noción de casta a los poderosos. Para Milei, por otro lado, esa casta se perpetúa perpetuando sus propios privilegios. Sabemos que Sade hablaba contra la casta y la acusaba de lo mismo:
Echemos un vistazo, para convencernos de esta verdad, hacia esos contados individuos que siguen fieles al culto insensato de nuestros padres; veamos si no son todos ellos enemigos irreconciliables del actual sistema, veamos si no es en su número donde está enteramente comprendida esta casta, tan con justicia despreciada, de realistas y de aristócratas […] nosotros, franceses, nosotros, compatriotas míos, nosotros, ¿vamos a seguir arrastrándonos humildemente bajo un yugo tan despreciable?[13].
Sabemos que Milei también hizo un tópico de sus discursos contra la casta, pero ¿qué sabemos de lo que dice Milei en sus diatribas? Sabemos que la casta son los funcionarios que se han beneficiado. Hay que recordar que, así como Sade observa la Revolución desatada por el precio del pan, a Milei le toca llegar al gobierno gracias a un contexto de inflación incontrolable de la cual culpa sin ambages a la clase política[14].
Sobre la ley, Sade agregaba:
Así las leyes, buenas para la sociedad, son muy malas para los individuos que la componen; porque, para una vez que lo protegen o le ofrecen garantías, lo molestan y lo aprisionan las tres cuartas partes de su vida; por eso el hombre prudente y lleno de desprecio por esas leyes las tolera, como hace con serpientes y víboras que, aunque hieran o envenenen, sirven en ocasiones en medicina[15].
Mientras, el profundo antiestatismo de Milei también considera al Estado como una traba a la voluntad individual, en la medida en que, como señala Karl Hess, otro de los teóricos del libertarismo, “el libertarismo es la visión de cada hombre como dueño absoluto de su vida para usarla y disponer de ella como él lo considere adecuado”[16]. En suma, en palabras del propio Milton Friedman, la libertad es una planta rara y delicada para la cual la mayor amenaza es la concentración de poder, por lo que, si bien el gobierno es necesario para preservar la libertad, también, al concentrar el poder, es su mayor acechanza[17].
No obstante, hay una diferencia sustancial en la consideración del Estado y de la ley, e incluso respecto a lo sexual. Repelente y carismático a la vez, Sade siempre coqueteó con aquello que Milei, igual de repelente y carismático, logró ejecutar: llegar al poder (así como a Sade no le interesaba teorizar, nunca le interesó ejercer algún tipo de poder que no fuera un poder mental; manifestaba desagrado respecto de la pérdida de tiempo que supondría una gestión política de algo). No podemos saber si Milei siempre quiso hacerse con el poder, pero sabemos que, en cuanto se lo propuso, lo alcanzó. En el camino, coqueteó con aquello que Sade sí ejecutó: llevar a la práctica sus fantasías primariamente sexuales (a través de la exhibición de una serie de mujeres del espectáculo local como sus novias) y violentas (a través de invectivas diversas contra sus adversarios políticos). ¿Importa, como se repitió incansablemente, que la ostentación discursiva de sexo que hace Milei solo parezca corresponder con una carencia y sus extrañas ideas sobre la perpetuación, empezando por la de sus perros clonados? El fantasma de una vida unitaria, una vida fundante, una vida a partir de sí mismo solo se puede explicar por un desclasamiento, muy claro en Sade respecto de la clase nobiliaria (le cuesta horrores a sus parientes rescatarlo de la prisión por vínculos sociales hasta que no pueden hacerlo más, de forma que Sade se pasa veintisiete años de su vida preso). Y en Milei, respecto de su familia de origen, a la que repudia, y su clase social, la clase media, a la que destruye como Sade quería destruir a la nobleza.
Nos gustaría que Milei hubiera leído a Sade, o que sus fuentes hubieran leído a Sade, para encontrar una tradición letrada como aquellas a las que somos afectos; pero sospechamos también que, a veces, los fenómenos son simplemente coincidentes. Que alguien pensó, varios siglos después de que se presentaran en los albores de la política moderna, las mismas ideas de Sade, pero en otro marco. Y como las condiciones políticas y sociales no son las mismas que en el origen de la modernidad, ahora sí esas ideas podían cuajar e implementarse, y su autor estar libre y no estar encerrado o sindicado como loco. Pasa con las ideas y con los experimentos políticos lo mismo que con los artefactos de la técnica: a veces son pensados o inventados fuera del tiempo en el que están dadas las condiciones mentales para que esas ideas o artefactos se implementen. Nuestra época desplaza, y no sabemos hacia dónde, los límites de lo que se considera “lo normal”. De eso se trata el “liberalismo” de Milei, aún más que el de otros gobernantes de derecha.
Nuestro primer equívoco queda disipado: Javier Milei no leyó al Marqués de Sade, lo cual no obsta para que maneje un abanico de ideas sumamente emparentadas; Milei leyó a los teóricos del libertarismo que, a su vez, se creían poseedores de un pensamiento único y fundante. Quien sí fue verdaderamente único y fundante fue Sade, que se atrevió a cuestionar esa libertad que, junto con los conceptos de igualdad y fraternidad, convocó la conciencia de los hombres a forjar proyectos políticos para dar un sentido a la historia. La Revolución Francesa, gracias a la que Sade escapó de la prisión, y a través de la cual se mostró como un oportunista ladino, fue una síntesis preciosa de estas tres ideas y a la vez su causa (no su consecuencia), y las propias ideas de Sade sobre la libertad chocaban contra ella. Pero cuando el mileísmo argentino cita sus filiaciones, no se dirige a la teoría política de los inicios de lo moderno. Más bien lo hace primariamente hacia autores como Murray Rothbard y Milton Friedman, a los que mencionamos, o Robert Nozick. Y si bien es cierto que el individualismo libertario adquirió más tarde otro cariz, sabemos que Javier Milei, porque lo explicitó, se filia particularmente en ese libertarismo de origen estadounidense, pero nada se dice acerca de los teóricos de la libertad de los inicios de lo moderno, y menos todavía del Marqués de Sade.
Por eso conviene deslizarnos hacia nuestro segundo equívoco, que supone que el pueblo argentino, si tal construcción existe, eligió algo que iba en el sentido de un núcleo traumático muy propio y profundo conectado con la burbuja de bonanza que se reventó en el año 2001. No hay que saber demasiada historia para entender que no solo la Revolución Francesa se devoró a sus hijos (Robespierre, Saint-Just, Marat, y también a los girondinos); lo hizo también, llegado el momento, la Revolución Rusa (Lenin morirá de muerte natural pero inducida; Trotsky más tarde, asesinado por el estalinismo, como toda la primera línea de revolucionarios rojos y blancos en las primeras purgas). Las revoluciones terminan “burocratizándose” y los hombres grises de la organización terminan desclasando el elemento extraordinario que es el que permite emerger al líder carismático, sacrificado por las revoluciones a menos que se plantee, él mismo, como el elemento más cruel. Pero Milei no provenía de una revolución, aunque sí el kirchnerismo, que dominó por una década y media y se había planteado como tal y también había devorado a sus hijos, que a su vez habían querido reemplazar la “revolución productiva” del menemismo por una revolución de los derechos y del consumo. Frente a esto, Milei se planteó como el hijo no querido del kirchnerismo, un hijo que, a diferencia de sus hijos naturales, era carismático y aparecía en un momento de severa deflación. Hay que recordar que si esos hombres extraordinarios que ocupan el lugar de la vanguardia son devorados por su propio movimiento, es porque hay una imposibilidad, una incapacidad de la sociedad de vivir siempre en frenesí o en estado de exaltación. Sin ley no hay transgresión, y sin burocracia no hay restauración del imperio de la ley. Eso había sucedido con el carisma menemista, ante el cual el 2001 había sido un real ajuste. Este otro “carismático”, Milei, agitaba otro frenesí, el de austeridad, que no por eso era menos fanático. Sí recuperaba el aspecto grotesco que había caracterizado al menemismo y que podemos conectar con el despliegue del poder que funge de motor en las obras de Sade. Este descubre, ahora sí, en su ficción, lo que Milei encarna y Michel Foucault teorizaba: que el grotesco y el ridículo maximizan, en vez de minimizar, los efectos de poder[18]. Que hay una alianza entre el ridículo y el poder ante la cual el Marqués de Sade, en lo personal, se preserva, y a la cual Javier Milei se lanza.
Lo abyecto del poder fue un gran tema de la literatura, porque lo fue también de la historia. Lo que Foucault[19] discierne es que toda forma de poder, para ser máxima, requiere un nivel de degradación de los valores más altos de la sociedad. Y que esta degradación es necesaria al funcionamiento del poder porque descansa básicamente en dos principios: el de desclasamiento y el de no reconocimiento de cada uno de los súbditos, ciudadanos o lo que fuere respecto del soberano o gobernante. El no reconocimiento anula ese supuesto (y discutible) deseo de cada hombre de ser su soberano. Pero Sade no quería ser rey y Milei tal vez no haya querido ser presidente, sino apenas tener algo así como la suma del poder público, por lo que se impacienta y enfurece al no conseguirlo. Y aquí es donde conviene recordar que toda experiencia de poder es una experiencia estética, lo cual hace comprender, tal vez, por qué, para Milei, es tan importante la imagen, el encuadre de las fotos (tomas desde arriba, que oculten la papada), el gesto, la campera. No obstante, no trabaja particularmente una dimensión espectacular del poder, sino una más bien austera. El espectáculo concierne a su persona.
El tercer equívoco alude a lo que entendemos por sadismo o por crueldad, que es algo diferente al tipo de erotización del poder que emana de las ficciones de Sade, y que se basaba en un aspecto particular de la libertad, la libertad sexual. Cuando Javier Milei mantuvo una entrevista con el periodista peruano Jaime Bayly (a quien pareció muy simpático, por otra parte), manifestó: “¿A quién le importa que alguien tenga sexo con un elefante si el elefante dio su consentimiento?”[20] (y, por supuesto, “elefante” reemplazaba en ese discurso a “persona”). Apoyándose en las ideas del libertarismo, Milei proponía no calificar a la gente por su elección sexual, dado que todo se trata del respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo siempre que se base en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, la libertad y la propiedad. Ahora bien, Sade no estaba en favor de tal principio de no agresión, porque consideraba que, si la naturaleza había hecho a algunos fuertes y otros débiles, era natural, lógico y hasta justo, con una cierta idea de justicia, que el fuerte se valiera del débil. Pero veamos si esto alcanza para fundar diferencias, aun si ambos afirman la libertad absoluta de los individuos y la pasión por romper todo límite.
En la homologación del estado de libre mercado con el estado de naturaleza hay otro de esos fuertes parentescos entre Sade y Milei, y esto pasa por lo que vulgarmente se denomina sadismo, o bien por la crueldad que el arco opositor le atribuye al presidente argentino. Se ve en uno de los autores dilectos de Milei, Rothbard, que lo dice en un texto titulado “Libertades personales”: “El libertario, a diferencia de tantos conservadores y socialdemócratas, no quiere poner al hombre en una jaula. Lo que desea es que todos gocen de libertad, libertad de actuar en forma moral o inmoral según la decisión de cada uno”[21]. Pero todavía más, Rothbard propugnaba lo siguiente:
Los conservadores prohibirían el sexo ilícito, las drogas, el juego y el ateísmo, y obligarían a todos a actuar según su versión del comportamiento ético religioso. Los socialdemócratas prohibirían las películas violentas, la publicidad antiestética, el fútbol americano, y la discriminación racial, y, en el extremo, pondrían a todos en una ‘Caja de Skinner’ dirigida por un dictador socialdemócrata supuestamente benévolo. Pero en ambos casos el efecto sería el mismo: reducir a todos a un nivel infrahumano y privarlos de la parte más preciada de su humanidad: la libertad de elección[22].
Exceptuando el acercamiento que Milei se vio obligado a hacer con ciertos sectores conservadores en el más tradicional sentido de conservador, antiabortista, profamilia y religioso, al punto de impregnar las libres elecciones con carga moral, un acercamiento estratégico con vistas a dar una imagen de solidez con su acompañante de fórmula, la vicepresidenta Victoria Villarruel, el pensamiento de Milei es rothbardiano. Queda en evidencia en las consideraciones sobre el sexo: “Si uno quiere tener sexo con un elefante, pues bien”. Sade le hace decir a uno de sus personajes, la Señora de Saint-Ange, en La filosofía en el tocador: “Goza, ángel mío: tu cuerpo es tuyo, sólo tuyo; sólo tú en el mundo tienes derecho a gozar de él y a hacer gozar con él a quien bien te parezca”[23]. En esa libertad entra también lo que se considera incesto, y así, en La filosofía en el tocador, pregunta Eugenia: ¿es el incesto un crimen? Responde Dolmancé:
Si el amor, en una palabra, nace del parecido, ¿dónde puede haberlo más perfecto que entre hermano y hermana, que entre padre e hija? Una política mal entendida, causada por el temor a permitir que ciertas familias se volvieran demasiado poderosas, prohibió el incesto en nuestras costumbres; pero no abusemos hasta el punto de tomar por ley de la naturaleza lo que no ha sido dictado más que por el interés y por ambición[24].
Tal vez entonces Rothbard haya leído a Sade, cuando dice que “el libertario, a diferencia de tantos conservadores y socialdemócratas, no quiere poner al hombre en una jaula”. En suma, en palabras de Dolmancé,
no hay nada horroroso en el libertinaje, porque todo lo que el libertinaje inspira está inspirado asimismo por la naturaleza; las acciones más extraordinarias, las más extravagantes, las que parecen chocar con más evidencia a todas las leyes, a todas las instituciones humanas (porque en cuanto al cielo, de él no hablo), pues bien, Eugenia, ni siquiera éstas son horrorosas, y ni una sola carece de modelo en la naturaleza[25].
La libertad preciosa, dicen ambos, es nuestro único ídolo, dentro del estado de naturaleza.
Es en este sentido en que la crueldad tiene, en Sade, un campo privilegiado de exploración. Y es por eso que lo sexual da también otra oportunidad para pensar el campo de la libertad, por ejemplo, en relación con las cuestiones del matrimonio y la monogamia. En tiempos de Sade, al menos, nadie más que los reyes tenía sexo legalmente con sus parientes segundos, y esta faz biológica de lo político se avenía con la propuesta sadiana de libertad sexual total. Pero si para Sade, pese a ser un republicano oportunista, la monarquía era su “estado político natural”, es porque, como dirá, es normal que en la naturaleza el pez grande se coma al chico, y también porque el reino de las leyes es vicioso. La monarquía, como el mercado, es biológica, tiene mucho de supervivencia. Por su lado, la república instaura una república de las leyes. Sade vio lo sexual en lo político, así como Milei, que hizo un camino en los medios, con vistas a su inserción en la política, presentándose como un personaje “sexual”.
En los años previos a su gran llegada a la política, Milei se presentó en la televisión como un gran experto en sexo tántrico, como un gran dosificador del maná de la vida, al punto de retenerlo y no emplearlo para la reproducción. Al mismo tiempo, pregonaba la reproducción técnica y especular de sus perros, a los que clonaba en serie. Sin embargo, cuando ya como presidente de la Argentina inició su relación con la imitadora Fátima Florez (muy pronto reemplazada por la conductora Amalia “Yuyito” González), sexualizó la relación y pretendió ponerla como un ejemplo de desborde sobreerotizado. Milei pretende demostrar que, respecto del sexo, no tiene otra idea de normalidad que la que funde el deseo y el límite de la libertad del otro y que, como en Sade, no existe ningún lenguaje no perverso porque no hay –ni habrá jamás– ningún lenguaje que no exprese poder. La figura de su hermana, Karina Milei, a quien denomina “El Jefe”, y que lo acompaña en el rol de reina consorte y primera dama, al parecer siempre dispuesta a levantar o bajar el pulgar a sus novias, es otro ejemplo del tipo de distorsión de la imagen sexual que el presidente argentino pretende proyectar. Como citábamos unas líneas atrás, si Sade se preguntaba dónde puede haber amor más perfecto que entre hermano y hermana, el humor popular argentino sella el círculo del sentido sugiriendo a una pareja gobernante incestuosa, despótica, loca. Absurda. Para Sade es absurdo cualquier intento de establecer una oposición entre anomalía y norma. Todas las normas están siempre mostrando, estrictamente, que el orden (de cualquier tipo) es un absurdo y que la razón no es más que la otra cara de la anomalía. Y lo que está mostrando Milei, basándose en algunos teóricos, es que la sexualidad es un elemento más en el mundo de los contratos. Porque, como sugiere Sade y reafirma Milei, ¿sentimos alguna vez un solo impulso de la naturaleza que nos incline a preferir a los demás ante nosotros mismos?
Pero entonces, ¿por qué Milei parece haberse negado, al menos hasta ahora, al contrato del matrimonio? Otro de los teóricos de la libertad lo dice así (Walter Block, en un texto titulado La prostituta): “Los matrimonios, en los que el marido provee la economía y la mujer las obligaciones sexuales y domésticas, se ajustan visiblemente al modelo de la prostitución”. “Donde hay pago por relaciones que incluyen sexo, como el matrimonio y en algunos esquemas de citas, hay prostitución, siguiendo la definición del término”[26]. Recordemos que Sade escribía:
Jamás puede ejercerse un acto de posesión sobre un ser libre; es tan injusto poseer exclusivamente una mujer como poseer esclavos; todos los hombres han nacido libres, todos son iguales en derecho; no perdamos nunca de vista estos principios; según esto, en legítimo derecho no puede por tanto otorgarse a un sexo la posibilidad de apoderarse exclusivamente del otro[27].
O bien: “Todos los hombres tienen, por tanto, un derecho de goce igual sobre todas las mujeres; no hay pues nadie que, según las leyes de la naturaleza, pueda establecer sobre una mujer un derecho único y personal”[28]. En cierta opacidad queda el asunto de los crímenes morales, sobre los cuales Milei no se pronuncia, pero respecto de los cuales también la población, intuitiva, despliega un permanente humor respecto de su presidente: el incesto y la sodomía. Para Sade, estos crímenes morales son
la prostitución, el adulterio, el incesto, la violación y la sodomía. No debemos dudar ni un solo momento de que los denominados crímenes morales, es decir, todas las acciones de esa clase que acabamos de citar, son perfectamente indiferentes en un gobierno cuyo único deber consiste en conservar, por el medio que sea, la forma esencial a su mantenimiento: ésa es la única moral de un gobierno republicano[29].
En suma, para el Marqués de Sade el libertinaje es parte de la libertad de cada cual; el adulterio, que podría ser visto como un crimen moral, es una falta personal que no afecta para nada al cónyuge. Y ambos, el Marqués de Sade y Javier Milei, coinciden en que la mayor infamia, el mayor crimen, tiene que ver con la violación del erario público, con la apropiación de los recursos del Estado por parte de una casta, con la distribución de esos recursos entre una población que no lo merece, es decir, con la malversación, por un lado, y, por el otro, con la contención de la libertad, entendiéndola como capricho que no debería morigerarse en aras de una vida común que, en suma, no tendría por qué existir.
- Marqués de Sade, La filosofía en el tocador (Buenos Aires: AC, 2002), 117.↵
- Tomás Borovinsky, “Presentación”, en Utopía y mercado. Pasado, presente y futuro de las ideas libertarias, comp. por Luis Diego Fernández (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2023), 11.↵
- Nicolás Mavrakis, “Intelectuales y libertarios”, #PACO, 21 de dic. de 2023, https://tinyurl.com/mr3vjbv3.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 73.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 37.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 38.↵
- Página 12, “‘La justicia social, esa aberración’, el lema que Javier Milei eligió para el festejo”, video de Youtube, 00:40, publicado el 14 de agosto de 2023, https://www.youtube.com/watch?v=zoVgw2jZl30. ↵
- Fernández, Luis Diego, “Estudio preliminar. Genealogía de una filosofía radical estadounidense”, en Utopía y mercado…, 22.↵
- Ayn Rand, “Conservadurismo: un obituario”, en Utopía y mercado…, 103.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 130.↵
- Marqués de Sade, Justine (Madrid: Babilonia, 1991), 58.↵
- Murray Rothbard, “Libertades personales”, en Utopía y mercado…, 412.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 118.↵
- Sobre la relación entre la inflación y el ascenso de Javier Milei, ver la nota de Nicolás Mavrakis, “Digamos, o sea, ¿qué es el presidente Milei?”, #PACO, 20 de nov. de 2023, https://revistapaco.com/digamos-o-sea-que-es-milei/. ↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 107.↵
- Karl Hess, “La muerte de la política”, en Utopía y mercado…, 242.↵
- Milton Friedman, “Capitalismo y libertad”, en Utopía y mercado…, 118.↵
- Michel Foucault, Los anormales. Curso del Collège de France (1974-1975) (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000). ↵
- Michel Foucault, Los anormales.↵
- Primera parte de la entrevista, en Jaime Bayly, “Jaime Bayly. Entrevista exclusiva a Javier Milei – Primera parte”, video de Youtube, 19:35, publicado el 7 de noviembre de 2023, https://www.youtube.com/watch?v=btobNheuqPc. Segunda parte: Jaime Bayly, “Segunda parte. Jaime Bayly. Entrevista exclusiva a Javier Milei”, video de YouTube, 28:51, publicado el 8 de noviembre de 2023, https://www.youtube.com/watch?v=8vtktNp0h8I.↵
- Murray Rothbard, “Libertades personales”, 414.↵
- Murray Rothbard, “Libertades personales”, 413.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, Tercer diálogo. ↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, Tercer diálogo.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, Quinto diálogo.↵
- Walter Block, “La prostituta”, en Utopía y mercado…, 434-435.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 140.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 140.↵
- Marqués de Sade, La filosofía…, 135-136.↵






