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6 Milei y lo porno

Una aproximación a lo “incomprensible”

Daniel Mundo

Comienzo a escribir estas líneas en noviembre del 2024, en pleno “caso” Cometierra, la novela de Dolores Reyes que los voceros del gobierno de Javier Milei y expresamente la vicepresidenta Victoria Villarruel catalogaron como pornográfica –en unos días, esta noticia que hoy nos parece catastrófica e inolvidable será reemplazada por otra noticia catastrófica, también inolvidable, y así hasta el fin del mileísmo (quizá esta lógica alarmista que nos caracteriza a “nosotros”, los abanderados de la cultura repletos de títulos universitarios, sea lo más grave de este momento histórico; supone falta de reflexión, por lo menos: hay algo ahí, algo cercano e ignoto, un vecino, que no entendemos, y lo que es mucho peor: tampoco podemos entender)–. Ellos, que para nosotros son incultos, como es inculta la pornografía, están ganando la Primera Guerra Global por la Cultura —o tal vez sea más correcto decir: contra la cultura[1]. Una vez más, Argentina funciona como un laboratorio social, y nosotros, los argentinos y argentinas, una vez más, como sus conejillos de Indias.

Desde mi perspectiva teórica, no habría que tomarse tan en serio como solemos hacer el contenido de los discursos “anarcolibertarios”, pues el contenido es el nivel más superficial de un texto, eso que nos distrae –como aseguraba el investigador de los medios Marshall McLuhan– del efecto real que un discurso provoca en nosotros. Para él, el “mensaje del medio” no actúa en su dimensión ideológica, contenidista, actúa en su dimensión material, en su dimensión mediática. Si bien considero que lamentablemente McLuhan se “enamoró” de sus propias ideas y forzó la realidad para que esta se adecuara a aquellas, sería un error epistemológico arrojar al bebé con el agua y descartar de una todos los descubrimientos del canadiense. McLuhan recomendaba que había que preocuparse por la forma del discurso, pero él entendía “forma” como la materialidad misma del discurso, o si quieren: como el soporte mediático que no solo transmite un mensaje sino que también lo sobrecondiciona. Milei es el personaje televisivo, el panelista gritón y desmesurado, que alcanzó el poder político explotando la potencia de los nuevos medios masivos de comunicación, como TikTok, por ejemplo –en mi elaboración teórica considero a todas las apps como medios de comunicación de masas–. El concepto de masas ya no remite a una muchedumbre de personas reunidas en un espacio, como una plaza, por ejemplo; remite a una multitud de individuos atomizados que reciben cada uno un mensaje personal idéntico y diferente al que reciben los otros. Entre el barullo constante y la cacofonía permanente que aturden la dimensión contenidista del mensaje y todos sus comentaristas, el medio fisura el bloque de realidad y va dejando que emerja algo que estaba reprimido, que existía de antes, pero nadie había advertido. En este momento histórico, eso reprimido asume el nombre Milei (todo un significante que habría que analizar: mi-ley, su-ley, ¿la ley de quién?). Trataré de explicar su funcionamiento en este ensayo. Pero para entender este funcionamiento primero hay que dar un pequeño rodeo por la lógica que le permite funcionar, y que denominé hace unos años “porno”.

El porno no es lo mismo que la pornografía, lo que tampoco significa que sea diferente: la pornografía es un género literario y audiovisual, el porno es una lógica de funcionamiento mediático. Ambos son obvios e insondables y configuran una experiencia no transferible, casi incomunicable, en la que se busca tanto el placer escópico y voyerista como la descarga corporal, psíquica o energética. Pareciera que todos distinguimos la pornografía en cuanto la vemos, aunque no nos resulta fácil definirla, marcar sus límites, determinar su esencia. Parece un término transhistórico, pero en verdad sus efectos varían según el momento de la evolución mediática que se esté viviendo –varía como no varía ningún otro género literario o audiovisual–. Una comedia de la década de 1930 puede despertarnos todavía una sonrisa, es decir, sigue cumpliendo más o menos el mismo objetivo que hace un siglo; una película porno de la década de 1930, en cambio, si nos proporciona un placer, es un placer retro, pero a nadie podría causarle ahora un placer sexual y menos una excitación libidinal o escópica. Lo porno envejece muy rápido. Pero cuidado, ¿a qué estoy denominando “lo porno”? En principio, voy a decir que lo porno no es una imagen ni un video ni un discurso –tener esto presente es muy importante–. Pero entonces, ¿qué es lo porno? Ya lo veremos.

Si para esta perspectiva de la realidad que encarna Javier Milei un personaje como Horacio Rodríguez Larreta (candidato de la coalición que lideraba Mauricio Macri, que el imaginario progresista consideraba un representante de la derecha reaccionaria argentina) es comunista, tranquilamente Cometierra es pornográfica y cualquier “progresista” –como aseguró nuestro presidente unos días después del “caso” Cometierra– “un mandril al que habría que embadurnarle el ano con vaselina” (va a ser tan masiva esta violación que el presidente aseguró que va a subir el precio del lubricante)[2]. En esta escena que tranquilamente llamaríamos “porno”, lo porno no es el ano embadurnado de vaselina, lo porno es la atmósfera que esa escena desprende, y que se representa de alguna manera en nuestra imaginación. El telespectador que escucha ese enunciado no puede no sentirse afectado por él, porque le cause asco, porque le cause gracia, porque lo indigne, etc. –tampoco en este nivel constatativo del discurso importa el contenido del mensaje, importa que provoque un efecto, que afecte nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento, que nos conmueva de algún modo–. De este modo, la violencia que impone el medio tiene que mediomorfosearse en su contenido, o para decirlo de otro modo: el discurso de Milei es el que más se aproxima a las lenguas o códigos de los nuevos medios de comunicación de masas, como X o TikTok.

Pero en lugar de investigar este nivel básico de los discursos mediáticos, en lugar de investigar el modo en que actúan estos nuevos medios, ¿qué hace la opinión “crítica”? (iba a escribir “pensamiento crítico”, pero era mucho: como dijo Arendt, el pensamiento es crítico o no es). Se embarulla en los enunciados. Se pega al enunciado. Nunca vio TikTok ni le interesa verlo –como sin duda no les interesaba entender la radio y sus influencias a los intelectuales contemporáneos al origen del fascismo–. Queremos demostrar que lo que dicen los representantes del gobierno son barrabasadas, demostrar que Cometierra no es para nada pornográfica (ni Larreta comunista, ni Patricia Bullrich asesina de niños, ni los mandriles animales que merezcan ser violados), y que para constatarlo basta con leer la novela o un poco de historia. Solo que los que dictaminaron que Cometierra era pornográfica no solo no leyeron la novela, no les interesa en lo más mínimo leerla, y recién conocerán la historia cuando alguna aplicación mainstream decida hacer una miniserie sobre el libro –en este caso, cuando el relato se transponga a la pantalla, tal vez sea necesario para que la serie “atrape” por un rato la atención del espectador subirle un poco el tono a los afectos, o atenuar la luz, acentuar lo que vulgarmente se dice porno, digamos–.

Por otro lado, sin duda el discurso de Milei es obsceno y violento, características que, sumadas a lo sexualmente explícito, definen para el sentido común lo pornográfico. Pero lo porno es otra cosa, como lo viene sosteniendo la bibliografía especializada desde hace un tiempo. De hecho, lo que para mí resulta significativo es que nadie se detuvo a preguntar en profundidad de qué hablamos cuando hablamos de pornografía, como si todos supiéramos lo que es la pornografía o como si la pornografía fuera siempre la misma a lo largo de su historia. Voy a intentar comprender qué es la pornografía, dar una definición de ella y, a la vez, presentar la hipótesis de que la pornografía dejó de ser lo que fue para la sociedad literaria cuyo medio de comunicación hegemónico era el libro. Y cómo la digitalización de la información en la década de 1990 logró que, de ser un género literario y audiovisual, se haya transformado (mediomorfoseado) en una lógica de vinculación de masas, que en un libro de 2017 llamábamos porno (Variaciones sobre el porno), y que a su manera Milei encarna.

La pornografía era un género literario y audiovisual tan antiguo como el género filosófico –de hecho, parece que la palabra pornografía se pergeñó un tiempo antes de que se instituyera la Academia platónica como centro del saber, la patentó un pintor (Parrasio), del que no sobrevivió ninguna obra, y que ganaba el triple de dinero por sus cuadros de lo que ganaba Platón por sus ideas (cuento este origen solo para que se entienda por qué Platón odiaba las imágenes, a los pintores y lo sensible)–. Atraviesa la historia de Occidente, aunque toma el significado que nosotros le damos ahora recién en la época moderna, cuando se convirtió en el género que estuvo siempre en el margen de la ley (hasta 1972, del lado de afuera de la ley, se producía y consumía de modo clandestino; esto cambió a comienzos de los años setenta, cuando la producción se industrializó y sus productos se exhibieron en cines comerciales). Al mismo tiempo, siempre fue el género que estuvo a la vanguardia de la apropiación de la nueva tecnología, desde la imprenta de Gutenberg y el daguerrotipo al VHS y, por supuesto, internet. Justamente, en el pasaje del VHS al digital, en esa recodificación del código de registro y exhibición de cualquier información, la pornografía va a dar un salto ontológico, y de un género literario y audiovisual universal se convirtió en una lógica de vinculación masiva. Pero no nos adelantemos.

A los pocos meses de que el invento de Gutenberg difundió por toda la sociedad alemana la Biblia recién traducida (provocando la revolución religiosa y política que provocó), se estaban imprimiendo escenas y relatos pornográficos, con más dibujos “obscenos” que texto –como ya dije, la obscenidad envejece aceleradamente–. Durante la Revolución Francesa, los pasquines pornográficos servían de medios de agitación de masas. En 1839 Daguerre patentó el daguerrotipo, y en 1840 había daguerrotipos pornográficos. En 1895 los hermanos Lumière exhibieron la que se considera la primera película de la historia, y en 1896 se prohibía por pornográfica una película que duraba un minuto y nueve segundos, se llamaba El beso, y era un beso en primer plano –posiblemente hasta ese momento no existía la escena social y tierna que supone un beso para nuestra sociedad contemporánea–. De hecho, tal vez no existía el gesto de besar, aunque ahora sea uno de los gestos más amables y difundidos en nuestra sociedad. Menos aún existía el primer plano de un beso. Incluso los productos fabricados durante la edad de oro de la pornografía, desde los primeros años setenta hasta los noventa, cuando la producción de films pasó de una escala artesanal a una escala industrial, entran en esta larga historia de la pornografía que resumí en dos o tres postales históricas. Esas películas que se consumían en video todavía respetaban la forma o estructura del relato tradicional, tal como lo descubrió hace más de un siglo Vladímir Propp: un principio, un “conflicto”, un desenlace. Hay una secuencia de hechos. En el porno ya no hay diégesis –miento: hay películas con historia, y otras que no tienen ninguna historia, casi ni siquiera tienen tiempo–. Lo que quiero decir es que tal vez todavía no terminamos de romper amarras con esa estructura del relato que viene organizando nuestra conciencia, aunque es evidente que cada vez estos signos se consumen de manera más y más acelerada. Incluso cuando lo consumimos a la velocidad de la luz, hay todavía causa y efecto: a determinado signo, determinada reacción. Al final siempre gana el “bueno”, se eyacula y concluye el relato. Estamos ingresando, o ya nos encontramos unánimemente, en una etapa diferente de esta evolución psíquica que vengo comprimiendo todo lo que puedo.

Desde otra perspectiva, y más allá de todas las críticas y denuncias que se le puedan hacer al género (algunas válidas, otras no), cuando decimos pornografía estamos pensando en sexo explícito, en penetración (coitocentrada o bucal), en obscenidad. Alguien puede agregar sometimiento; si sucediera esto, habría que preguntarse, mirando porno, qué o quién está sometido a qué o a quién: si la mujer es violada, como sostiene cierta crítica feminista, el hombre es arruinado (obviamente, no estoy de acuerdo con la “teoría” de la violación, otra larga discusión al interior del campo, que supone que la mujer es obligada a tener sexo; no digo que nunca suceda esto, pero no es la regla y en todo caso habría que regular la producción de videos para que esto no suceda, que no tiene nada que ver con censurar y prohibir el porno). Pues la pornografía es todo eso y otra cosa –y lo más importante, aunque difícil de asir, es esta otra cosa–.

Hay una anécdota muy famosa, que me parece representativa de lo que quiero decir. Parece que una vez le preguntaron al juez de la Corte Suprema de Estados Unidos Potter Stewart (el encargado de discriminar qué película era obscena y cuál no en los álgidos años 60) qué entendía por pornografía, y el juez respondió: “No sé lo que es, pero la distingo en cuanto la veo”. Cuando murió se encontraron entre sus carpetas cientos de fotos de ombligos. Siempre digo: cada loco con su tema. O mejor, como me corrigió el Dr. Greco: aunque alguien nunca haya visto porno, no le interese, le sea indiferente o lo odie, él también tiene asignado su signo porno, su afecto mediatizado por el que se introduce en la propia imaginación aquello que la sociedad consume como obsceno, sea a partir de un programa de noticias, la transmisión de un partido de fútbol o una película de culto. No importa el contenido que se consuma, importa cómo nos afecta, importa el efecto sensible, afectivo o inteligible.

¿Qué quiero decir? Que cuando aparece la palabra pornografía, todos, todas y todes nos alarmamos y ponemos el grito en el cielo, aunque no tengamos idea de lo que estamos hablando –de hecho, no nos interesa saber–. Durante la campaña, las tropas anarcocapitalistas promocionaban la idea de que en las escuelas, más que educación sexual consentida, debían pasarse películas porno. Comparto esta idea. Es una opción más realista: hay que preparar a las nuevas generaciones para que se integren y vivan y sean felices en un mundo real, no en la sociedad que soñamos o que sueña nuestro deber ser –solo una mente obcecada puede escuchar acá que estoy proponiendo que las clases de educación sexual consentida sean reemplazadas por clases de porno–. ¿Cuál es el mecanismo que nos hace engranarnos con los dichos del otro que el otro olvida en cuanto los pronuncia, y multiplica tanto como tengan potencia sus redes virtuales de propagarse? Cuando yo hablo de algo, me gusta tener una mínima idea de lo que hablo. La palabra pornografía es la más desprotegida de las palabras, la más bastardeada, una de esas palabras que provocan automáticamente una reacción en el que la escucha, incluso hoy, después de tanta deconstrucción, autopercepción y posporno.

Primero: no hay una imagen, una escena, un video, un párrafo que sea porno, lo porno no es una cosa, una imagen, un video, un relato (¿qué mente retorcida pensaría que un pequeño ombligo es porno?); lo pornográfico se funda en la relación que un espectador o un usuario entabla con una imagen, un video o un relato. Esta diferencia parece una sutileza, pero es algo tan enorme que quizás no podamos visualizarlo.

Cuando nosotros “naturalmente” pensamos que algo es, automáticamente imaginamos que es algo, sea lo que sea. El porno, por su parte, no es algo, por lo menos no en el sentido común de lo que significa “algo”. Porque el porno es la relación, el vínculo que un tele-usuario entabla con una imagen o un discurso. Por eso decir que el discurso de Milei se relaciona con lo porno tiene que ver antes que nada con lo que el espectador proyecta y tal vez secretamente desea –evidentemente el imaginario social olvidó que hace muy pocos años todo el discurso progresista se alarmaba por las “formas” que tenía una presidenta para comunicarse–.

Sin duda no fue el estilo discursivo de Milei lo que le permitió ganar las elecciones (fueron varios los motivos que llevaron a que el candidato outsider fuera el que ganara las elecciones), pero colaboró y mucho en que esto pasara. Va a ser difícil que, con argumentos reflexionados, podamos vencer a un discurso que grita insultos y propaga aberraciones (como habilitar la venta libre de órganos, o considerar la novela Cometierra como pornográfica). Confiamos en que ocurrirá como viene ocurriendo siempre, que el fracaso económico, el endeudamiento externo y la ruleta financiera conduzcan a la catástrofe social, a la caída del gobierno y al cuento de volver a empezar, pero no hay, por lo menos hasta ahora, un proyecto y un programa real que se le enfrente. Aunque sea doloroso, el discurso nihilista de Milei está combatiendo contra la nada misma.

La llegada de Milei al gobierno debe ser considerada como una síntesis a la que condujo una sumatoria de fracasos políticos y de engaños ideológicos pergeñados por los sujetos del poder. No sabemos realmente si la candidatura de Milei no fue un invento, como se rumoreó en su momento, de la entente Macri-Massa, en el año 2016, cuando viajaron a Davos (que Sergio Massa terminara siendo el oponente a Milei es sintomático de la “enfermedad” política que sufre la Argentina), pero es una noticia verosímil. La capa ilustrada de la clase media también fue cómplice en el surgimiento de este fenómeno anarcolibertario, pues no solo no propuso una consigna atrayente, sino que acompañó prácticas, acontecimientos y actores que, vistos a la distancia, condujeron a la realidad a las puertas de una hiperinflación, que es el gran cuco de la sociedad argentina. Dicho esto, es evidente que el capital concentrado, tanto nacional como internacional, apoyó y apoya a este gobierno que quiere desmantelar los mecanismos del Estado que le ponen algún límite a la propagación de la lógica del mercado y la explotación. El blanqueo de capitales, que superó las expectativas más auspiciosas, es precisamente una forma evidente en la que se manifiesta este apoyo (hay que recordar que ya en el gobierno de Mauricio Macri había habido un blanqueo, es decir que lo que se incorporó al mercado financiero en el año 2024 fue lo que se había ganado de modo ilegal en tres o cuatro años de gobierno de Fernández y Fernández). Milei no concretó el proyecto revolucionario que había anunciado (o por lo menos que yo temía: en lugar de fuerzas de choque que actuaran en lo que llamamos realidad, creó fuerzas de choque que actuaron en lo que llamamos virtualidad), y que podríamos ilustrar como una ruptura con el “pacto del Nunca más”, que pone límites a la violencia unidireccional que ejercería el Estado. Milei reencauzó a su gobierno por los carriles normales en los que se dio esta democracia golpeada y debilitada por los actores del mercado: el enfrentamiento y desprecio por el Congreso, el intento de instalar miembros “sospechosos” en la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el soborno a las grandes centrales sindicales y la incorporación de nuevos medios de comunicación (como las redes sociales) y, por tanto, de una nueva estética comunicacional.

Ahora bien, sería insensato de nuestra parte creer que Milei es el último eslabón de una cadena de actores que van conduciendo a la sociedad argentina (y global) hacia los eslóganes de la derecha. Lo peor, de cualquier forma, no es esta constatación, lo peor es que la élite intelectual no llega a entender lo que está ocurriendo y espera que el gobierno, como una fruta demasiado podrida, como un efecto decantado, caiga por sus propios errores. Es la consecuencia lógica para una clase que se preocupa de reproducir sus privilegios difundiendo mensajes que sobreactúan su preocupación por las desgracias ajenas. Este combo de contradicciones patenta una imagen porno de este momento histórico de la sociedad argentina, un nuevo momento de “plata dulce” que significa una reconfiguración de la clase media y un ensanchamiento sísmico de la pobreza.

Es cierto, es una de las palabras que más fácil entendemos todos, pero nadie sabe qué entiende el otro, la otra o le otre. Ya todos sabemos lo que es y significa. Tanto consenso causa desconfianza. Cada uno consume lo que desea, incluso en campos avanzados del conocimiento científico o periodístico.

   

Ciudad de Buenos Aires, noviembre de 2025.

Referencias bibliográficas

Marzano, Michela (2006). La pornografía y el agotamiento del deseo. Buenos Aires: Manantial.

Mundo, Daniel (2017). Variaciones sobre el porno. Sexo y vínculos en la era de los medios. Buenos Aires: Dédalus.

Preciado, Beatriz (2011). Manifiesto contrasexual. Barcelona: Anagrama.

Yehya, Naief (2012). Pornografía. Obsesión sexual y tecnológica. México: Tusquets.


  1. La relectura y edición de este ensayo la hago un año más tarde, cuando ya nadie se acuerda del “caso” Cometierra, salvo la autora y los productores de la serie que está a punto de estrenarse en una aplicación.
  2. Voy a confesar que en las elecciones de medio término del año 2025 fui a votar con mi hija mayor. Cuando estábamos en la fila de la mesa donde votábamos ella me dijo, sorprendida, que había en la boleta única un partido comunista. Allí se me iluminó el cerebro y me acordé de esa terrible consigna de Hannah Arendt que dice que ella se reconocía como judía y atacaba como judía solo cuando los otros la acusaban de judía. Tenemos que dar vuelta una página de la historia.


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