Lo que una frase “sugiere” es, por lo tanto, lo que nosotros podemos inferir respecto de lo que cree el locutor, más allá de lo que afirma; lo que caracteriza una sugestión es que puede desorientar.
Catherine Kerbrat-Orecchioni, “La connotación”
Considero que lo dicho hasta aquí conforma el marco teórico general a partir del cual desarrollar el análisis textual que va a ser el eje de este trabajo de investigación.
Este marco teórico o matriz conceptual estaría conformado por:
- Una teoría integrativa y positiva de lo ideológico, sustentada en la idea de creencias fácticas y evaluativas, en la noción de esquema de grupo y en la distinción fundante entre endogrupo y exogrupo como sistematizadora de la autoadscripción.
- Una concepción posicional de la identidad, basada en la situacionalidad de los dispositivos cognitivos y lingüísticos centrados en este aspecto y derivados de la adopción de creencias ideológicas grupales, y estrechamente vinculada a las dimensiones sociales de comparación planteadas por cada grupo social involucrado. La posicionalidad implica la adopción de atributos que son destacados diferencialmente en función de las necesidades estratégicas de polarización.
- Una teoría sociocognitiva de la identidad individual que incluye los contenidos sociales de la identidad individual de las personas. Los contenidos de las creencias se organizan, en cada endogrupo de referencia, en torno a un sistema categorial que utiliza los dispositivos de saliencia cognitiva para definir la pertenencia interna y externa a un grupo. En general, los rasgos que sirven para referenciar a los individuos dentro de su endogrupo también son usados externamente para el mismo propósito. En esta dinámica de vinculación, las distinciones son maximizadas sobre la base de la aplicación contextual del ya mencionado principio de acentuación de las diferencias y son investigables, para la TIS y la TAC, a partir del uso analítico de la razón de metacontraste (RMC).
Aunque los componentes de este esquema se entrelazan entre sí de un modo que caracterizaría como formalmente convergente, no he incursionado todavía en la metodología de análisis que permite corroborar la pertinencia de este planteo en los corpus textuales de las canciones y entrevistas. En el espacio que sigue, me propongo establecer los fundamentos de un dispositivo de análisis que permita operacionalizar los conceptos provenientes de este entramado formal en términos de una metodología de análisis discursivo.
5.1. La relevancia de lo axiológico en la cumbia villera: reseña a partir de lo ya investigado
Considero que en mi tesis de maestría he argumentado largamente acerca de la importancia de la acción axiológica en el discurso de la cumbia villera. Si este género musical se ha conformado como una ideología de pertenencia en términos de Teun Van Dijk (1998, p. 97), ello se debe, en gran parte, a la intensidad y abundancia de dispositivos lingüísticos que se encargan de desplegar una opinión y un punto de vista muy marcados sobre los diferentes componentes del mundo social villero y extravillero.
En particular, la acción evaluativa se desarrolla en planos ligados a la narratividad que he reseñado con algún detalle (Miceli, 2005b, pp. 150-156):
- Adjetivaciones directas de agentes u objetos, que trasladan los valores ideológicos del grupo al plano de las letras, como en las frases “La yuta te corre” o “La cana te paró” (“Muchacho de la villa”), en las que se elige la variante axiológica negativa antes que la más neutral de “policía”.
- Adjetivaciones de acciones, que a través de complementos adverbiales expresan la posición del autor frente a cada evento descripto, como se aprecia en “Se enamoró perdidamente” (“El prisionero”).
- Uso de verbos con carga axiológica, que fijan postura sobre el tipo de acción que se describe, como por ejemplo en la frase “En la calle andas vagando” (“Muchacho de la villa”).
- Descripciones factuales que generan climas emocionales, como en la expresión “Hace frío en la calle, y se siente muy solo con sus años gastados, años de trabajo” (“Plata no hay”). Aquí la descripción de un estado psicológico interno de alguien perteneciente al endogrupo cumple la función de generar empatía hacia el actante eje de la trama.
- Despersonalización de figuras del exogrupo, en donde todo actante antagónico y exogrupal es referido sin ingresar en su subjetividad (“la cana”, “la yuta”, “tu abogado”).
- Intervenciones directas del narrador, que tanto en primera como en segunda persona expresa su subjetividad sobre la experiencia que relata, como por ejemplo en “Dime vago, dime si creías que es justo hacer sufrir a tu vieja que te trajo a este mundo por un dinero prestado si no te lo saca tu abogado” (“El pibe del barrio”) o en “Si no hubiera seguido ese consejo de Dios hoy no estaría cantando esta canción” (Miceli, 2005a, 2005b).
Como también he señalado, cada apelación a recursos evaluativos produce un conjunto de efectos diferenciados sobre el endogrupo y el exogrupo villero. En definitiva, tales efectos se organizan en una gama de posibilidades que, actuando en el plano de la acción narrativa, son capaces de generar estados psicológicos de predisposición positiva hacia quien relata la acción, reforzar la comprensión a nivel emotivo y promover consistentemente, incluso, la identificación del oyente con el endogrupo (Miceli, 2005b, p. 154).
Sin embargo, en investigaciones anteriores que he emprendido, los componentes evaluativos no aparecían conjugados en una totalidad que pudiese ser apreciada más allá de los fragmentos textuales escogidos como ejemplo en cada caso. La combinación y articulación pragmática de estos mecanismos, su eficacia global, no era considerada como un objeto de análisis.
Al operar con las canciones como unidades textuales máximas, la localidad de cada efecto solo podía ser comparada con la existente en otro fragmento del corpus, y esta lógica de segmentación impedía, en definitiva, evaluar la presencia de estos recursos globalmente más que por mera yuxtaposición enumerativa[1].
5.2. El desarrollo de la teoría de la evaluación en el discurso: orígenes, evolución y principales herramientas conceptuales
5.2.1. Elementos básicos de la teoría de la valoración
En este contexto metodológico y teórico, mi opinión es que los requisitos para lograr un abordaje integrado del corpus de referencia no son pocos y sus demandas de articulación y coherencia general no le van en zaga. En particular, dar con una teoría más o menos robusta de la globalidad de los procedimientos axiológicos no parece un desafío menor.
La teoría de la valoración (Iedema et al., 1994; Martin, 2000; White, 2003) es un desarrollo teórico bastante novedoso concerniente al estudio de la evaluación en el lenguaje.
En particular, se centra en la expresión lingüística de la actitud y la emoción, y en los recursos que hacen variar el compromiso del emisor respecto de aquello que evalúa.
Según Kaplan (2004):
El estudio de la evaluación en el lenguaje como un tipo de información que concierne a la expresión verbal de sentimientos, creencias y valores, ha ganado un espacio propio en el campo del análisis del discurso (Bolívar, 1994). Son muchos los investigadores que, ya desde hace décadas, han dedicado su atención a la evaluación, tanto en el discurso oral (por ejemplo, Labov, 1972; Grimes, 1975; Sinclair & Coulthard, 1975; Shiro, 1997) como en el escrito (Hoey, 1983; Bolívar, 1986, 1994, 2001; Tadros, 1994; Winter, 1994, entre otros) (p. 53).
Sin embargo, podemos decir que la sistematización exhaustiva de las modalidades evaluativas es relativamente nueva en el campo del análisis discursivo. Derivada de la lingüística sistémica y funcional de Halliday (1994), con la que guarda estrechos vínculos, la moderna teoría de la valoración surge como un intento de integrar las ideas de Bajtín (1981, 1982) en las nociones intervinculadas de dialogismo, heteroglosia, polifonía e intertextualidad.
Los analistas del discurso enrolados en esta corriente intentan describir y explicar las opciones semánticas que el lenguaje despliega —y que son utilizadas por los hablantes y autores de textos— para “evaluar, adoptar posiciones, construir personas textuales o identidades discursivas, asumir roles, negociar relaciones, y transformar en ‘naturales’ las posturas intersubjetivas que son, en última instancia, ideológicas” (Kaplan, 2004, p. 53).
En definitiva, la teoría de la valoración aborda los significados que producen modificaciones en el compromiso del hablante con sus enunciados, tanto en las emisiones aisladas como a medida que el texto se desarrolla. Por otro lado, este enfoque analiza las modalidades por las cuales, al plantear evaluaciones, el emisor construye alianzas con los receptores que comparten su perspectiva y se diferencia de los que no lo hacen.
La teoría de la valoración se origina en un trabajo de investigación en educación iniciado hacia 1990 en el Departamento de Lingüística de la Universidad de Sydney, bajo la dirección del profesor James R. Martin. El proyecto, denominado “Write it right”, formó parte del programa New South Wales Disadvantaged Schools, el cual se llevó a cabo en Australia.
Una de las conclusiones a las que arribaron los investigadores fue que, para hacer frente a los distintos interrogantes surgidos durante el desarrollo del proyecto, era necesaria una comprensión más profunda de la semántica interpersonal.
Los investigadores que apoyan esta teoría intentan, principalmente:
- Comprender cómo los diferentes recursos evaluativos pueden variar según los géneros, los registros o los estilos de las personas.
- Descubrir las concepciones ideológicas subyacentes, muchas veces inexplícitas, que motivan los textos.
- Enumerar y analizar las modalidades retóricas por las que las posturas ideológicas se transforman en naturales.
- Explicar la manera en que los textos construyen un tipo de interlocutor o lector que puede ser tanto “ideal” y complaciente como “no-ideal” o resistente.
- Entender por qué algunos textos pueden comprenderse como ambivalentes, ambiguos o inconsistentes desde el punto de vista evaluativo.
- Comprender cómo los patrones de uso de recursos evaluativos en un texto contribuyen a expresarlo como una unidad discursiva.
Como vemos, la dialogicidad textual es un principio básico de todos estos objetivos de investigación, en los cuales las evaluaciones se transforman en herramientas al servicio de operaciones ideológicas de amplio rango.
5.2.2. El aporte de la lingüística sistémico-funcional
La lingüística sistémico-funcional (LSF), desarrollada por Michael Halliday (1975, 1978, 1994), abreva en la tradición de la lingüística europea de la Escuela de Praga.
Para la LSF, el lenguaje es un recurso sistemático para expresar significados en un contexto dado. Por esto mismo, el principio básico de organización en la descripción lingüística es este carácter o esta naturaleza de sistema.
El proceso de producción del enunciado, que comienza con la elección de los significados y termina con su estructuración, se lleva a cabo simultáneamente en tres planos de significado. Estos planos se denominan metafunciones y son el plano del contenido (metafunción ideacional), el de la interacción (metafunción interpersonal) y el del texto mismo (metafunción textual).
La teoría de la valoración profundiza en el estudio de la metafunción interpersonal, a través de la cual se manifiesta la interacción social y se ubica la expresión de nuestros puntos de vista sobre eventos y personas (Kaplan, 2004, p. 56).
Un constructo de la LSF, de gran relevancia en la teoría de la valoración, es el concepto sociolingüístico de registro (Halliday, 1978). El registro es la consecuencia lingüística de la interacción de las tres variables contextuales de la situación comunicativa, que Halliday llama campo, tenor y modo. El campo está relacionado con los tópicos (temas) y con la actividad en curso; el tenor se refiere a la relación entre los participantes, al aportar información relevante acerca de la relación interpersonal o del tipo de distancia social entre ellos; y el modo está vinculado al rol que el lenguaje desempeña en la actividad en curso, y que comprende tanto el medio como el modo retórico.
Cuadro 5. Definición de campo, tenor y modo en la LSF
CAMPO → Tópicos y la actividad en curso
TENOR → Relación entre los participantes
MODO → Rol que el lenguaje desempeña en la actividad en curso y que incluye tanto el medio como el modo retórico
Fuente: elaboración propia.
Martin (1992) elaboró la noción de tenor identificando las dimensiones de estatus, contacto y afecto, por medio de las cuales se pueden organizar las relaciones sociales.
En la acción mediática, por ejemplo, el elemento central no es el grado de familiaridad social o intimidad entre los participantes, sino el modo en que los textos construyen lo que White (2003) señala como el contacto valorativo o ideológico con sus lectores potenciales. En definitiva, la teoría de la valoración no muestra su utilidad solo para analizar situaciones elementales de contacto interpersonal, sino que es aplicable a circunstancias en las cuales un mensaje se difunde a un auditorio muy amplio. Entiendo que este rasgo, esta potencialidad metodológica, hace que el estudio de un fenómeno de masas, como la cumbia villera, resulte especialmente abordable desde esta perspectiva.
En definitiva, la necesidad de estudiar cómo se conforma una voz textual autoral expuesta a posiciones alternativas y hasta opuestas, y relativamente dedicada a negociar con estas perspectivas, también hizo posible que se identificaran subsistemas semánticos que no habían sido estudiados previamente, como los sistemas del juicio y la apreciación (Kaplan, 2004, p. 57).
Si bien estos aportes expresan un grado de innovación importante respecto de lo que se sabía, tal vez no sea ocioso señalar que su función no deja de ser complementaria de desarrollos teóricos previos y simultáneos.
Como señala Kaplan (2004):
La tradición funcional sistémica, basada en la gramática, se ha enfocado en el diálogo como intercambio de bienes y servicios, o de información. Los sistemas interpersonales en el rango de la cláusula, como los sistemas de modo y modalidad, han servido como punto de partida para el desarrollo de varios modelos discursivos (de función del habla, de estructura del intercambio, Ventola, 1987, Halliday, 1994). Pero lo que faltaba en estos análisis era una semántica de la evaluación; es decir, un estudio de cómo se sienten los interlocutores, qué juicios emiten y qué valor asignan a los diversos fenómenos de su experiencia.
Los diálogos no son simplemente un intercambio de bienes y servicios o de información. En la negociación que tiene lugar en dichos diálogos, juegan un papel fundamental las emociones, los juicios y los valores (p. 57)[2].
Sin embargo, más allá de su vínculo con la tradición sistémico-funcional, la teoría de la valoración se complementa, según Laura Pardo, con los desarrollos propios de la llamada teoría de la tonalización:
Desde el punto de vista de la teoría de la tonalización, la de la valoración sería una teoría que describe y explica en el plano micro, cómo el hablante jerarquiza (valora, evalúa) la información que dice o escribe. Mirado desde esta perspectiva, gran parte de esa valoración, en un punto, es obligatoria puesto que nadie puede hablar sin jerarquizar lo que dice o escribe, por ser este un principio del lenguaje, y su realización puede ser consciente o inconsciente. Sin embargo, la teoría de la valoración parecería poner énfasis en los aspectos más conscientes y creativos del uso, aquellos que no están ni tan sujetos al género discursivo ni a posiciones configuradas por la lengua (Pardo, 2011, p. 3).
La jerarquización implica, también, el establecimiento de la noción de foco en contraposición a la de fondo y la posibilidad de analizar el dinamismo comunicativo en función de la ubicación del énfasis otorgado por el hablante a cada segmento de la emisión (Pardo, 2011).
Siguiendo la visión de la Escuela de Praga en su perspectiva funcional de la oración (FSP), es posible sostener que el tema es aquella zona de la emisión que tiene menor grado de dinamismo comunicativo, y el rema es aquella que tiene mayor grado de dinamismo comunicativo (Pardo, 2011, p. 11).
Lo importante en este planteo es distinguir las situaciones no marcadas (la sucesión tema-rema en español), que son las más habituales, de las marcadas, que determinan una secuenciación especial que se designa como marcada.
Como sostiene Pardo (2011):
Si consideramos que un hablante siempre coloca en posición final aquello que desea rematizar (siempre hablando de las lenguas romances) (Halliday, 1967), podremos afirmar que en muchos casos las posiciones finales son los conceptos que el hablante quiere hacer aparecer como más importantes para él, a los que llamamos remas, pero dentro de los remas hay una posición que coincide con el sector final de la emisión, en general marcado por una forma suprasegmental, que es lo que llamamos zona de foco. […] Es por eso que uno podría sostener que las emisiones del español son, las más de las veces, todo rema, pero lo interesante sucede al interior del rema, donde puede reconocerse, a su vez, una relación similar de tema y rema (p. 11).
En el siguiente ejemplo se visualiza esta sucesión de temas y remas, en donde los remas se van tematizando y se generan así nuevos remas que volverán a ser tematizados hasta que se cumpla el objetivo comunicacional de la emisión. Con la cursiva se señalan los remas y con los subrayados, los temas y los remas que se tematizan (extractado de Pardo, 2011):

A diferencia de lo propuesto por la teoría de la valoración, y dentro del marco específico de la teoría de la tonalización, la cualidad de mitigador o reforzador de cada recurso utilizado depende del uso contrastivo entre las personas verbales (primeras o segundas versus terceras), del modo (indicativo versus subjuntivo) y de las voces (activas versus pasivas), etc. Como también sostiene Pardo, en el análisis de la tonalización se trasciende el plano semántico y léxico y se consideran funciones lingüísticas ligadas al género, al cotexto o a las vinculaciones paradigmáticas más globales (Pardo, 2011, p. 4).
Según Lavandera (1986):
El análisis lingüístico de textos orales o escritos permite establecer diferencias dentro de cómo aprovecha el hablante las posibilidades de su lengua para ser directo, explícito y hasta redundante, y también de cómo las aprovecha para evitar nombrar, para dejar sin identificar, para crear vaguedad. De este tipo de análisis pueden derivarse hipótesis extralingüísticas que identifiquen aquellos temas cuya explicitación está restringida por algún tipo de presión contraria a la libertad de comunicación (p. 4).
Siguiendo los lineamientos de Lavandera (1986, p. 4), este tipo de abordaje evita recurrir a ideas como “intención” o “presiones sociales” ya que, aunque las tiene en cuenta como factores condicionantes estructurales de la comunicación, intenta evitar el recurso circular de afirmar que una emisión está “mitigada” simplemente porque se encuentran señales de mitigación.
Para lograr este objetivo, se tipifican los recursos gramaticales que pueden operar como mitigadores en español, como por ejemplo “Un ordenamiento de los protagonistas que lleva a inferir que el segundo es la consecuencia del primero, haciendo que el segundo elemento incluya al primero como complemento” (Lavandera, 1986, p. 4). Los ejemplos de este caso, citados por la autora, son los siguientes:
La enfermedad y el desenlace de esa enfermedad (1)
El terrorismo y la represión de ese terrorismo (…) (2)
En el enfoque que aquí despliego, intentaré considerar tanto aspectos lexicales como lingüísticos de los fragmentos textuales a analizar, conjugando tanto aspectos de la teoría de la valoración como los concernientes a la teoría de la tonalización, de la manera que han sido explicitados en este último lugar.
5.2.3. Definición, funciones y subsistemas de la valoración
Volviendo nuevamente a la teoría de la valoración, para esta perspectiva,
se entiende por Valoración (Appraisal) a la construcción discursiva de la actitud y de la postura intersubjetiva. La valoración es, por lo tanto, un término de amplio alcance, que incluye todos los usos evaluativos del lenguaje, mediante los cuales los hablantes y escritores no sólo adoptan posturas de valor particulares, sino que, además, negocian dichas posiciones con sus interlocutores reales o potenciales (Kaplan, 2004, p. 58).
Una de las cuestiones centrales de esta posición teórica, entonces, es la misma posibilidad de interpelación dialógica que preexiste a la consumación del texto en su forma final. Un texto que contiene expresiones evaluativas de algún modo se anticipa y está considerando las objeciones, los apoyos y las voces de contraste y afinidad que se alzarían a su favor y en su contra en el momento de su decodificación.
5.2.3.1. Funciones de la valoración
Como se señaló hasta aquí, la teoría de la valoración proporciona un marco para explorar el modo y los fines retóricos con que los hablantes y autores adoptan:
- una postura actitudinal (ideológica, en definitiva) hacia el contenido de experiencia de sus enunciados;
- una posición hacia sus interlocutores reales o potenciales;
- una postura hacia la heteroglosia del contexto intertextual en el que operan sus enunciados y textos.
La posición actitudinal remite a los significados mediante los que los emisores indican su valoración positiva o negativa respecto a personas, lugares, objetos, hechos y circunstancias. Se relaciona con los conceptos de “aprobación” o, por el contrario, de “asignación de culpa o de responsabilidad”. Existen tres subclases de esta posición actitudinal: (a) emocional, (b) ética y (c) estética.
El posicionamiento dialógico, estudiado en la lingüística bajo los nombres de modalidad, evidencialidad, mitigación, intensificación, lenguaje evasivo y metadiscursividad, entre otros, tiene que ver con los significados pasibles de negociación entre los emisores y sus receptores reales o posibles.
Como quedó establecido anteriormente, el conjunto total de los enunciados y textos toma en consideración, en cierta medida, otros enunciados anteriores o reacciona ante ellos.
El posicionamiento intertextual podría considerarse un subgénero dentro del posicionamiento dialógico ya que, para esta perspectiva, la actitudinal y la dialogística son las modalidades básicas de posicionamiento evaluativo. Se vincula con los usos lingüísticos mediante los cuales los emisores adoptan posturas valorativas hacia las proposiciones originadas en fuentes externas, es decir, los puntos de vista y opiniones de otros hablantes y autores. La forma básica del posicionamiento intertextual es la que expresa una relevancia implícita, en la que el emisor decide citar o hacer referencia a las palabras o a los pensamientos de otros. Al hacerlo, el hablante o autor está indicando que los elementos referenciados son, de algún modo, importantes para su propósito comunicativo actual (Kaplan, 2004, p. 59).
5.2.3.2. Los subsistemas de la valoración
Los recursos evaluativos, según esta posición teórica, pueden dividirse en tres grandes campos semánticos: la actitud, el compromiso y la gradación.
En el dominio de la actitud, se incluyen los significados por los cuales los textos o hablantes atribuyen un valor o una evaluación intersubjetiva a los participantes y a los procesos. Estos pueden estar relacionados tanto con respuestas emocionales como con sistemas de valores culturalmente determinados. Con el compromiso se alude, en cambio, a los recursos lingüísticos que pueden utilizarse para ubicar la voz del hablante o autor respecto de las distintas proposiciones y propuestas expresadas textualmente.
Finalmente, mediante la gradación se construye un espacio semántico de escala que está vinculado al modo en que los hablantes intensifican o disminuyen la fuerza de sus enunciados y afinan, diluyendo o acentuando, el foco de sus categorizaciones semánticas.
Cuadro 6. Subsistemas de la valoración según Kaplan

Fuente: elaboración propia con base en Kaplan, 2004, p. 60.
5.2.3.3. La actitud
Se consideran como actitudinales todos los enunciados que expresan una evaluación positiva o negativa, o que pueden interpretarse como una invitación al lector a verter sus propias evaluaciones negativas o positivas. Esta categoría se subdivide, a su vez, en los subsistemas de afecto, juicio y apreciación.
El afecto es la descripción de los fenómenos en relación con las emociones; el juicio es la evaluación del comportamiento humano con respecto a las normas sociales institucionalizadas y hace referencia a la evaluación moral de la conducta; y la apreciación tiene que ver con la evaluación de objetos, procesos, constructos o textos, en función de principios estéticos y otros sistemas de valor social.
5.2.3.4. El afecto
El afecto es la evaluación mediante la cual el hablante indica su disposición emocional o reporta las respuestas emocionales de terceros hacia personas, cosas, situaciones o eventos.
En términos de Kaplan (2004),
Las emociones se concentran en tres grandes grupos que tienen que ver con la felicidad o la infelicidad; la seguridad o la inseguridad; y la satisfacción o la insatisfacción. El afecto puede expresarse de manera congruente como: (i) una cualidad, a través de un epíteto que describe a los participantes (ej.: Un niño alegre); un atributo (ej.: El niño estaba alegre); o una circunstancia (El niño jugaba alegremente); (ii) un proceso (ej.: afectivo mental: El regalo agradó al niño; afectivo conductual: El niño sonrió); o (iii) un comentario (ej.: Felizmente, durmió una larga siesta) (p. 64).
Las categorías correspondientes al subsistema de afecto se resumen en el cuadro 7, adaptado de Eggins & Slade (1997).
Cuadro 7. Subsistemas de la valoración según Kaplan
Categoría | Ejemplos positivos | Ejemplos negativos |
| felicidad/infelicidad | feliz, alegre, jubiloso/a, optimista | deprimido/a, triste, miserable, angustiado/a |
| seguridad/inseguridad | confiado/a, seguro/a, tranquilo/a, sereno/a | ansioso/a, preocupado/a, inseguro/a, intranquilo/a |
| satisfacción/insatisfacción | interesado/a, absorto/a, estar enfrascado/a, gustar | cansado/a, aburrido/a, exasperado/a, odiar |
Fuente: elaboración propia con base en Kaplan, 2004, p. 62.
Los indicadores lingüísticos del afecto pueden ser verbos de emoción que remiten a procesos mentales (ej.: amar/odiar); adverbios que señalan circunstancias de modo (ej.: alegremente/tristemente); adjetivos que expresan emoción (ej.: feliz/triste) y nominalizaciones, es decir, transformaciones de verbos y adjetivos en sustantivos (ej.: alegría/desesperación)[3].
En el afecto autoral, los hablantes indican cómo han respondido emocionalmente a la persona, cosa, situación o evento que se evalúa (ej.: “Yo amo a los niños”) y asumen la responsabilidad por esa evaluación. La función retórica más evidente de este uso del afecto es indicar una posición actitudinal hacia lo que desencadena la emoción. Pero la función retórica de estos significados es aún más compleja: a través de la revelación de su respuesta emocional, los hablantes aspiran a convencer a sus interlocutores para que acepten, comprendan o, al menos, simpaticen con su reacción emocional.
En el afecto denominado no-autoral se describen las emociones de otros individuos o grupos humanos y no las del autor (ej.: “Sin duda, los hombres la respetan y admiran”). Este tipo de afecto opera retóricamente haciendo que el evaluador atribuido actúe como un sustituto del autor. Sin embargo, el fenómeno es más complejo de lo que aparenta. Por un lado, depende del grado con que la fuente del valor afectivo reportado se presente como confiable o razonable en sus respuestas emocionales, así como del grado con que la reacción emocional atribuida pueda ser interpretada como coherente con la posición evaluativa general del texto. Por otro lado, cuando los hablantes atribuyen alguna emoción a un actor social, se espera que esto suscite una respuesta favorable o desfavorable hacia este. White (2004) nos recuerda que los actores sociales, tal como lo ha demostrado el análisis crítico del discurso, representan tipos sociales generalizados y no individualidades aisladas. Por eso, un lector que simpatice con la respuesta emocional atribuida a un cierto tipo social está predispuesto a legitimar la posición que ese tipo social representa.
Según Martin (2000), para efectuar una clasificación del afecto, deben tomarse en cuenta estas variables:
- Si la cultura construye a los sentimientos como positivos o negativos[4].
- Si los sentimientos se expresan como una ola de emoción que conlleva algún tipo de manifestación paralingüística (ej.: temblar) o si se experimentan como un cierto estado mental (ej.: cauteloso).
- Si los sentimientos se construyen como una reacción a un agente específico externo (ej.: “Al niño le gustaba el maestro”) o como un estado general no dirigido a nada o a nadie en particular (ej.: “El niño estaba contento”).
- Cómo se gradúan los sentimientos, ya que la mayoría de las emociones ofrecen lexicalizaciones que se ubican a lo largo de una escala (ej.: bajo: “Al niño le agradó el regalo” / medio: “Al niño le gustó el regalo” / alto: “Al niño le encantó el regalo”).
- Si las emociones involucran intención (más que reacción) ante un estímulo que se relaciona con estados presentes, existentes (ej.: “Al niño le gustó el regalo”), o relacionado con estados futuros, todavía no concretados (ej.: “El niño quisiera el regalo”).
5.2.3.5. El juicio
El juicio evaluativo puede entenderse como la institucionalización de las emociones en el contexto de las propuestas: normas sobre cómo deben y no deben comportarse las personas. Las normas sociales que se ponen en juego en estas evaluaciones de juicio adoptan la forma de regulaciones o de expectativas sociales. De este modo, con el juicio se puede evaluar la conducta como moral o inmoral, legal o ilegal, socialmente aceptable o inaceptable, encomiable o deplorable, normal o anormal. En función de esto, el juicio puede clasificarse en dos grandes tipos:
- Juicios de estima social, subdivididos, a su vez, en juicios relativos a la normalidad, la capacidad o la tenacidad demostrada en la conducta; es decir, se evalúa cuán normal es una persona, cuán competente o resuelta y decidida es.
- Juicios de sanción social, relacionados con la veracidad y la integridad moral.
Debe señalarse que el sistema de juicio está constreñido fuertemente por la situación cultural e ideológica particular en la que opera. La manera en que las personas evalúan la moralidad, legalidad, capacidad u otras características de la conducta humana está siempre determinada por la cultura en la que viven, así como por sus propias experiencias y creencias individuales. No todas las personas o grupos sociales, en consecuencia, desarrollan estas valoraciones de la misma manera, de modo que cabe siempre la posibilidad de que un mismo suceso sea valorado con juicios de diferente naturaleza, según sea la posición ideológica de quien los emite. Este dispositivo conecta la teoría de la valoración, una teoría dedicada al análisis discursivo, con el esquema conceptual derivado de la concepción de ideología de Van Dijk y complementado por la teoría de la identidad social y de autocategorización del yo, ya que son precisamente las creencias y valores de distintos grupos sociales de una sociedad los que hacen posible la coexistencia de los juicios de estima y sanción social de diferente índole.
El siguiente cuadro, adaptado de Martin (2000), ejemplifica las categorizaciones del sistema de juicio:
Cuadro 8. Categorías de juicio: expresiones congruentes
Ejemplos positivos | Ejemplos negativos (crítica / condena) | |
| ESTIMA SOCIAL | ||
| normalidad | corriente, común, normal, afortunado/a, moderno/a | excéntrico/a, extraño/a, raro/a, desafortunado/a, anticuado/a |
| capacidad | habilidoso/a, inteligente, intuitivo/a, atlético/a, fuerte | inhábil, lento/a, tonto/a, torpe, débil |
| tenacidad | heroico/a, valiente, confiable, infatigable, perseverante | cobarde, apresurado/a, no confiable, distraído/a, perezoso/a |
| SANCIÓN SOCIAL | ||
| veracidad | sincero/a, honesto/a, genuino/a, franco/a, directo/a | deshonesto/a, mentiroso/a, inauténtico/a, manipulador/a |
| integridad moral | moral, bondadoso/a, respetuoso/a de la ley, sensible, justo/a | inmoral, malvado/a, corrupto/a, cruel, injusto/a |
Fuente: elaboración propia con base en Kaplan, 2004, p. 64.
5.2.3.6. La apreciación
Desde el punto de vista de la evaluación, la apreciación puede caracterizarse como el sistema mediante el que los sentimientos de las personas hacia procesos, productos y entidades se institucionalizan como un conjunto organizado de valoraciones, positivas o negativas. En el modo más típico, utilizando estos valores se caracterizan artefactos, textos, constructos abstractos como planes y políticas, así como objetos naturales o producidos por el hombre.
Entre los subsistemas de apreciación y juicio pueden observarse varios parecidos, así como ciertas distinciones. Por un lado, la apreciación comparte con el juicio la propiedad de estar orientada hacia la entidad evaluada más que hacia el sujeto que está haciendo la evaluación en ese momento. Tanto la apreciación como el juicio se caracterizan por ser menos personalizados que el afecto, ya que este último es explícita y abiertamente subjetivo. Por otro lado, mientras que el juicio evalúa las conductas humanas (ej.: “Son brillantes planificadores”), la apreciación, como se dijo anteriormente, evalúa, ante todo, objetos, textos y constructos abstractos (ej.: “Es un plan brillante”).
5.3. Análisis valorativo de canciones
5.3.1. Algunas definiciones operacionales
El procesamiento de la información textual presente en las canciones de cumbia villera requiere de operaciones de recorte del corpus específicamente destinadas a hacer visibles las atribuciones de valor de los protagonistas. Al desarrollar un análisis centrado en el universo total del corpus y no en secciones específicas, los dispositivos de filtrado de la información puesta en foco demandan una justificación acorde con ese alcance.
En primer lugar, y debido a que los versos repetidos y los estribillos replican la carga evaluativa sin agregar información sobre la modalidad empleada, he resuelto eliminarlos del recuento general.
En segunda instancia, y como estrategia metodológica para dar cuenta de esta actividad evaluativa, he armado una grilla global que tiene en cuenta un conjunto de valores grupales y juicios evaluativos directos que se realizan en torno a ellos, incluyendo a los reforzadores o mitigadores.
Los valores identitarios[5], que integran lo que considero el esquema de grupo del endogrupo villero, están conformados en torno a una lista de dimensiones que, además de estructurar el análisis que sigue, guiarán el estudio de los distintos corpus de esta investigación.
Cuadro 9. Valores identitarios grupales o dimensiones sociales de comparación
| Autocontrol |
| Capacidad de afecto |
| Capacidad de diversión |
| Capacidad de lucha |
| Capacidad de seducción |
| Capacidad de sufrimiento |
| Credibilidad |
| Éxito económico |
| Fama |
| Integridad |
| Lealtad Identitaria |
| Libertad |
| Madurez |
| Orgullo |
| Salud |
| Seguridad |
| Tolerancia a la pobreza |
| Tolerancia al dolor |
| Valentía |
| Virilidad |
Fuente: elaboración propia.
Por otro lado, resulta claro que cada juicio evaluativo, en su expresión textual original, está circunscripto temporalmente, ubicado en el pasado, el presente o el futuro, por lo que resulta operativo, a efectos de un primer análisis, considerar este atributo como parte de los indicadores generales a considerar.
Como agregado a esta lógica, las atribuciones de valor no solo son inferidas por el texto que se presenta discursivamente, sino que hay una manera de deducir el valor negado, que es la conducta o valoración rechazada en cada caso, a partir de la simple negación de la valoración presente. Obedeciendo a esta lógica global, pero excluyendo la temporalidad variable para limitar la cantidad de evaluaciones totales existentes, las evaluaciones pueden aparecer representadas en tiempo presente para conformar una grilla de valoraciones positivas y negativas como resultado del análisis de cada canción. A su vez, la grilla de valores se vincula estructuralmente con las dimensiones sociales de comparación, ya que cada evaluación afecta positiva o negativamente a un valor del esquema de grupo.
Como ejemplo de la aplicación de lo descripto en estas definiciones, mostraré su uso en el análisis de las canciones “Sos un botón” (grupo Flor de Piedra), “Pibe cantina” (grupo Yerba Brava) y “No tomes” (grupo Damas Gratis).
Por obvias cuestiones de espacio, y debido a que apliqué este dispositivo de análisis a las 120 canciones del corpus, no me extenderé con este nivel de detalle respecto del resto de las canciones, pero me interesa mostrar cómo las decisiones microtextuales de análisis están amparadas en la teoría de la evaluación y en la teoría de la tonalización como las hemos citado hasta aquí.
1. “Sos un botón”
Bloque 1: “No, no lo puedo creer / vos ya no sos el vago”
→ Evaluación afectiva negativa
En primer lugar, el enunciador enfatiza su rechazo temprano —en términos de la letra de la canción— a la conducta del policía, que luego va a describir con mayor detalle. Al declarar que “no puede creer”, el enunciador subraya una posición emocional que adquiere mayor fuerza por esta forma de introducir la temática global de la canción. Retomando afirmaciones ya dichas, sabemos que la evaluación es afectiva porque hace referencia, en definitiva, a un estado emocional o cognitivo del enunciador. Al estar centrada en la descripción de una disposición personal del enunciador (no creer), esta evaluación no establece ningún parámetro valorativo directo respecto de un tercero.
A continuación, emerge un juicio moral negativo hacia la situación presente (“vos ya no sos el vago”), pero especularmente centrado en la valorización positiva del pasado. El uso de la partícula “ya” sirve para evaluar positivamente la condición de “ser un vago”, que es algo que el destinatario de la frase, referido en segunda persona, ha dejado de ser. Este juicio es moral porque opera sobre un eje ético que es patrimonio del endogrupo villero al que el enunciador pertenece. El hecho de “no ser un vago” no es visto positivamente, ya que las conductas individuales ligadas a esta actitud (no tener lealtad al grupo, no mostrar capacidad de “aguante”, etc.) no están bien vistas en la escala de valores construida desde esta perspectiva.
Bloque 2: “ya no sos el atorrante”
→ Evaluación moral negativa (“No ser el atorrante”) (-)
Aquí se fortalece la evaluación positiva del pasado y simultáneamente negativa del presente, pero sustituyendo el apelativo “vago” por el de “atorrante”, que actúa en el mismo eje paradigmático positivo ya señalado.
Bloque 3: “al que los pibes lo llamaban el picante”
→ Evaluación moral negativa (“No ser el picante”) (-)
Esta frase opera sobre la misma lógica que la anterior, adicionando el adjetivo positivo “picante” a los apelativos ya listados.
Bloque 4: “ahora te llaman botón”
→ Evaluación moral negativa (“Ser un botón”) (-)
En este caso, se reafirma la misma comparación que liga a un pasado añorado con un presente en el cual el sujeto de la canción no es bien valorado. La diferencia respecto a los dos versos anteriores es que aquí el enunciador se refiere al presente y enfatiza esta referencia con el adverbio de tiempo ahora.
Bloque 5: “Ya no estás, con tus amigos”
→ Evaluación moral negativa (“No estar con los amigos”) (-)
Nuevamente el contrapunto pasado-presente genera un juicio negativo centrado en la censura del pasado y usando el adverbio de tiempo “ya” como delimitador de dos etapas morales diferenciadas.
Bloque 6: “y en la esquina te la dabas de polenta, de malevo
y de matón”
→ Evaluación moral negativa (“Simular ser polenta, malevo
y matón”) (-)
Aquí continúa el procedimiento de atribución valorativa negativa centrado en el pasado, con el uso de la forma verbal “te la dabas” como indicador de un rechazo enfático a la actitud del sujeto señalado en las acciones. Esta expresión remite claramente al “descubrimiento” de una esencia negativa que se despliega en el tiempo, articulando el pasado de simulación y el presente en el cual se devela la personalidad moral antes encubierta. Nótese que el “te la dabas” demanda, contextualmente, el conocimiento de otras acciones que enmarquen y relativicen la sinceridad con que actúa el personaje descripto. Paralelamente, “ser polenta, malevo y matón” se ubica del otro lado del eje valorativo y confirma la positividad identitaria del campo semántico al cual pertenece.
Bloque 7: “y solo eras un botón”
→ Evaluación moral negativa (“Eras un botón”) (-)
→ Uso reforzador del adverbio “solo” → Rechazo enfático
Esta frase se combina con la anterior y completa, explícitamente, la díada pasado-presente que confirma la certeza del conocimiento de la condición de “botón” del aludido. El adverbio “solo” confirma esta seguridad y tiene, además, la función de reforzarla, ya que excluye otras opciones posibles; la persona referenciada solo era un botón, un delator, no otra cosa mejor. Este “solo” enfatiza tal sentido y pone en escena, de modo directo, la decepción del endogrupo respecto del protagonista de la canción.
Bloque 8: “Vos, sos un botón”
→ Evaluación moral negativa (“Ser un botón”) (-)
Aquí continúa el movimiento acusatorio, pero anclado en tiempo presente.
Bloque 9: “nunca vi un policía tan amargo como vos”
→ Evaluación moral negativa (“Ser un policía amargo”) (-)
→ Uso reforzador del adverbio de tiempo “nunca” →
Rechazo enfático
En este verso se reafirma la referencia al campo semántico identitariamente negativo (“ser amargo”) pero contando con una estructura gramatical reforzadora de la intensidad de esta pertenencia, ya que tanto el “nunca” (adverbio de tiempo) como el “tan” incrementan este sentido específico.
Bloque 10: “Cuando ibas a la cancha, parabas con la hinchada,”
→ Evaluación afectiva positiva (“Parar con la hinchada”) (+)
Nuevamente, en este juego pasado-presente, hay una alusión a un pretérito identitariamente positivo. De este modo, tanto “ir a la cancha” (concurrir al estadio de fútbol) como “parar con la hinchada” (permanecer con los simpatizantes de un club) se ubican en el polo valorativo identitariamente favorable. El juicio, en este caso, deja de ser moral y pasa a ser afectivo, ya que no hay una censura ética clara, como la de “ser botón”, sino una enumeración de comportamientos que tienen importancia emocional
Bloque 11: “y tomabas vino blanco,”
→ Evaluación afectiva positiva (“Tomar vino blanco”) (+)
Esta evaluación positiva, asentada en el pasado, completa el campo semántico de acciones identitariamente positivas.
Bloque 12: “y ahora patrullás la ciudad,”
→ Evaluación afectiva negativa (“Patrullar la ciudad”) (-)
→ Uso reforzador del adverbio de tiempo “ahora” →
Rechazo enfático
En este caso, nuevamente hay una referencia a las actitudes negativas del presente, aunque con la enfatización adverbial producto del uso del “ahora” que opera, textualmente, de manera similar pero opuesta al “ya” señalado en el verso 5.
Bloque 13: “si vas a la cancha vas en celular,”
→ Evaluación afectiva negativa (“Ir a la cancha en celular”) (-)
Este verso, enunciado en forma condicional, subraya la evaluación afectiva desfavorable ubicada en tiempo presente. Lo de ir a la cancha “en celular”, (vehículo en el que se transporta regularmente a las fuerzas policiales) opera como evidente contrapunto negativo de concurrir al mismo lugar pero a alentar al equipo de preferencia.
Bloque 14: “y a tus amigos, andas arrestando,”
→ Evaluación afectiva negativa (“Arrestar a los amigos”) (-)
Aquí se completa el sentido negativo afirmado anteriormente, y nuevamente se enuncia una acción, la de arrestar a los amigos, que representa con claridad un comportamiento rechazado por el endogrupo villero. A los amigos se los apoya y quiere, pero no se los arresta.
Bloque 15: “sos el policía del comando.”
→ Evaluación moral negativa (“Ser policía”) (-)
Podemos decir que, en este último verso, los rechazos y reivindicaciones previas alcanzan una resolución adjetival máxima. En definitiva, todo aquello que se rechaza —ir a la cancha en celular, arrestar a los amigos, ser un botón— pertenece al campo semántico negativo ligado a la condición de policía, que aquí no opera como sustantivo, como clasificante, sino como adjetivo o calificante. Teniendo en cuenta la postulación de esta ontología negativa, podemos decir que el juicio que se hace de la condición de policía es moral y no meramente afectivo. De este modo, “ser policía” equivale, en el sistema moral endogrupal, a ser criminal o traidor en el sistema moral más amplio.
A continuación, podemos agrupar las evaluaciones descriptas en este caso en lo que denomino “grilla de valores positivos y negativos”, que constituye una forma sintética y polarizada de presentar el resultado de este análisis. La grilla de valores presenta solo el núcleo proposicional de cada evaluación (por ej., “ser vago”) adoptando la forma infinitiva, y también contiene la letra P o A, que indica si la evaluación de cada díada axiológica está presente (P) o ausente (A) en el texto.
Cuadro 10. Grilla de valoraciones positivas y negativas de la canción
“Sos un botón”
-Ser vago (A) / No ser vago (P)
-Ser “atorrante” (A) / No ser “atorrante” (P)
-Ser “picante” (A) / No ser “picante” (P)
-Estar con los amigos (A) / No estar con los amigos (P)
-No simular (A) / Simular (P)
-No ser botón (A) / Ser botón (P)
-No ser un policía / Ser un policía (P)
-Parar con la hinchada (P) / No parar con la hinchada (A)
-Tomar vino blanco (P) / No tomar vino blanco (A)
-No patrullar la ciudad (A) / Patrullar la ciudad (P)
-No ir a la cancha en celular (A) / Ir a la cancha en celular (P)
Fuente: elaboración propia.
2. “El pibe cantina”
Bloque 1: “Detrás de lentes oscuros, por los pasillos se lo vio”
→ Mitigador por uso de tercera persona –
Evaluación no autoral (-)
Ya en el verso introductorio, hay una mitigación de la toma de posición frente a quien va a ser el centro de la actividad evaluativa (“El pibe cantina”). Como sostiene Laura Pardo (2011):
En los textos legales, por ejemplo, la forma estándar es la de la tercera persona del singular por el género (no se utiliza la primera persona en el texto legal), se tornará reforzadora frente al uso co-textual de los verboides y frente a la posibilidad paradigmática de un impersonal mantendrá su valor reforzador. En el caso excepcional de un uso de primera persona en el texto legal, desafiando al género, se tornará mitigadora frente a dicho uso (p. 4).
En este caso, la forma estándar a utilizar no es la tercera persona, sino la primera o la segunda.
Bloque 2: “se comenta que es el cantina, que a la villa volvió”
→ Mitigador por uso de tercera persona –
Evaluación no autoral (-)
Como en la situación anterior, el uso de la tercera persona mitiga el efecto que tendría la primera en estos casos, ya que colocar la acción en alguien externo disminuye la posibilidad de identificación emocional.
Bloque 3: “y de la mano de una dama, que gratis consiguió”
→ Evaluación por juicio moral negativo (“Pagar por amor”) (-)
En este caso, lo que se critica es pagar por amor. El tenor de esa crítica puede descubrirse contextualizando más ampliamente esta afirmación en el resto de la canción.
Bloque 4: “la sacó de un cabarute, cuando la tanga le vio.”
→ Evaluación por juicio moral negativo (“Pagar por amor”) (-)
Esta oración se encuadra en la misma lógica que la anterior. En la escala de méritos del conquistador, pagar por amor es la acción menos reivindicable.
Bloque 5: “Te la das de fumanchero”
→ Evaluación por juicio moral negativo
(“Simulás ser fumanchero”) (-)
En este caso, el juicio moral negativo recae sobre la simulación de la condición de “fumanchero” (fumador de marihuana), que es una condición vista como positiva desde el punto de vista del endogrupo. La moralidad endogrupal tiene puntos de contacto con la exogrupal, pero en este punto se autonomiza y, por eso, obedeciendo al principio de “acentuación de las diferencias” ya comentado, sirve para argumentar en esta dirección.
Bloque 6: “y también de ganador”
→ Evaluación por juicio moral negativo
(“Simulás ser ganador”) (-)
Esta frase extiende el sentido de la impugnación de la simulación, presente en el verso 4, hacia el simulacro de “ser un ganador”, que es ser alguien exitoso en la conquista amorosa. En términos generales, lo que aquí se critica es la inautenticidad de la conducta, ya que ser “ganador” y “fumanchero” son comportamientos deseables siempre y cuando sean reales en quienes los practican.
Bloque 7: “y hasta el más gil se da cuenta que sos terrible ratón.”
→ Reforzador por uso de adverbio “hasta” – Evaluación
por juicio moral negativo (“Ser un ratón”) (-)
En este caso, hay una evaluación moral negativa centrada en la figura del “Pibe cantina”. El uso del adverbio “hasta” recarga aquí la intensidad de la evaluación, que es negativa porque la condición criticada es la de “ser un ratón”. Básicamente, esta alusión se refiere a ser alguien sin poder, sin capacidad económica y de seducción. Este es un juicio que involucra tanto la competencia (ser “un ratón” no es ser alguien importante) como la moralidad de la persona criticada (ser “un ratón” no es ser alguien respetable éticamente).
Bloque 8: “¿Y ahora de qué te la das?, cantina!”
→ Evaluación por juicio afectivo negativo (“Simular”) (-)
Esta evaluación alude negativamente a la simulación, como señalé en los versos 5 y 6.
Bloque 9: “la villa no es para vos, cantina”
→ Evaluación por juicio afectivo negativo
(“No pertenecer a la villa”) (-)
En este caso, la evaluación es negativa por el simple hecho de no pertenecer a la villa. La pertenencia al espacio simbólico y físico de la villa implica, en estos términos, una positividad que está en estrecha relación con la fuerza del discurso identitario.
Bloque 10: “tomátela, si sos un garca, botón, cantina”
→ Evaluación por juicio moral negativo
(“Ser un garca, botón, cantina”) (-)
Aquí se refuerza la evaluación moral, recurriendo a una enumeración de adjetivos que refuerzan la intensidad de la orientación negativa.
Cuadro 11. Grilla de valoraciones positivas y negativas de la canción
“El pibe cantina”
-Merecer el amor (A) / No merecer el amor (P)
-No simular (A) / Simular (P)
-Ser fumanchero (A) / No ser fumanchero (P)
-Ser ganador (A) / No ser ganador (P)
-No ser un “ratón” (A) / Ser un “ratón” (P)
-Pertenecer a la villa (A) / No pertenecer a la villa (P)
-No ser “garca” (A) / Ser “garca” (P)
Fuente: elaboración propia.
Esta mecánica de evaluación ha sido replicada para el total de 120 canciones y un total de 702 frases que forman parte de ellas.
Además de los recaudos tipológicos relacionados con los aspectos básicos de cada evaluación analizada, he desarrollado una tipología de los siguientes aspectos adicionales.
- Establezco si las evaluaciones son afectivas, morales o apreciativas.
- El afecto es la evaluación mediante la cual el hablante indica su disposición emocional o reporta las respuestas emocionales de terceros hacia personas, cosas, situaciones o eventos, por ejemplo “estoy tomando y de alegría” (“El super cheto”).
- La evaluación moral puede entenderse como la institucionalización de las emociones en el contexto de las propuestas: normas sobre cómo deben y no deben comportarse las personas. Las normas sociales que se ponen en juego en estas evaluaciones de juicio adoptan la forma de regulaciones o de expectativas sociales. De este modo, con el juicio se puede evaluar la conducta. Un ejemplo de este tipo de evaluaciones es “vos ya no sos el vago” (“Sos un botón”), en donde la valoración que se hace es negativa respecto de la dimensión grupal “valentía”. Por supuesto que la moralidad de la que hablamos aquí es local y no general.
- La evaluación apreciativa puede caracterizarse como el sistema mediante el que los sentimientos de las personas hacia procesos, productos y entidades se institucionalizan como un conjunto organizado de valoraciones, positivas o negativas. Por ejemplo, en la evaluación “En este humilde ranchito donde ella nos crio”, hay una evaluación apreciativa positiva del actante objeto “el rancho”.
- Distingo entre la orientación positiva y negativa de cada evaluación, que se desarrolla favoreciendo o disminuyendo algún valor grupal básico. Por ejemplo, la evaluación “Y el viejo la echó de su casa no la supo entender” (“La Sandra”) es un juicio que afecta negativamente al valor “capacidad de afecto” del actante objeto de la evaluación, que en este caso es “tu viejo”. Por el contrario, la evaluación “Somos una banda re loca que nos cabe la cumbia” (“La vagancia”) es un juicio que repercute positivamente en el valor “capacidad de diversión” del actante objeto de la evaluación, que aquí es “nosotros”.
- Diferencio entre evaluaciones accionales, relacionales y ontológicas.
- Los predicados ontológicos evalúan una condición del ser (ej.: “Sos un botón”). Llevan el verbo ser en la mayoría de los casos, e indican una condición permanente atribuida al objeto de evaluación.
- Los predicados accionales evalúan una acción (ej.: “Ahora patrullás la ciudad”). Indican, implícita o explícitamente, la calidad de una acción.
- Los predicados relacionales evalúan un vínculo, pero implican dos actantes (ej.: “No estás con tus amigos”). Todo juicio sobre una relación es, antes, un juicio sobre una acción de un tipo específico. En este ejemplo, los actantes vinculados con A) vos y B) tus amigos.
- Establezco, en función de la teoría de la tonalización (Pardo, 2011), la utilización de elementos discursivos que hayan asumido la cualidad de mitigadores o reforzadores de la evaluación. A diferencia de las funciones evaluativas, que dependen de elementos léxicos fijos, la cualidad de mitigador o reforzador de cada recurso utilizado depende del uso contrastivo entre las personas verbales (primeras o segundas versus terceras), del modo (indicativo versus subjuntivo) y de las voces (activas versus pasivas), etc. Por ejemplo, en la evaluación “Ya no para en las villas se la da de pibe cantina” (“Pibe cantina”), el uso de la tercera persona es un recurso que permite atenuar la identificación emocional con el emisor. Por el contrario, en el juicio “dejá de mandibulear”, el uso del imperativo cumple una función enfatizadora de la identificación con el emisor, ya que la exhortación presentada de esa manera cumple una función normativa respecto a los valores endogrupales.
En términos generales, se interpreta que, en cada evaluación, hay un actante que es el que valora un comportamiento, una persona, una situación (el objeto evaluado), y lo hace estimando positiva o negativamente a ese objeto dentro de una escala específica (valentía, seguridad, capacidad de afecto, etc.), usando un tiempo verbal y dentro de un predicado que puede ser accional, relacional u ontológico.
El siguiente cuadro recapitula estas observaciones de manera integrada, centrándose en los elementos conceptuales considerados para cada evaluación.

5.3.2. La polaridad identitaria vista evaluativamente: el papel global de la temporalidad
La dinámica evaluativa identificada en estos juicios de valor permite reconstruir un sistema axiológico que caracteriza el universo del exogrupo y las formas en que este es representado desde la perspectiva villera. Los elementos que componen este sistema operan sobre la base del principio de acentuación ya señalado (Scandroglio et al., 2008), pero la forma de acceder a su estructura interna merece una serie de consideraciones especiales en términos metodológicos. Lejos de conformar esta taxonomía de manera lineal, adjudicando los ítems de modo mecánico a categorías preestablecidas, se ha puesto en juego una manera iterativa o autocorrectiva de establecer estos vínculos, reconstituyendo el listado de etiquetas disponibles en función de la frecuencia de los hallazgos más significativos. Para calibrar estos procedimientos de afinamiento han sido respetados, con algunas adaptaciones, los lineamientos de trabajo de la teoría fundamentada o grounded theory (ver capítulo 2).
Debido a que me interesa destacar especialmente el carácter constructivo y no terminal de este proceso tipológico, a continuación destaco las cuestiones más problemáticas que he tenido que afrontar para afinar el dispositivo de análisis textual puesto en juego en esta ocasión. Todas ellas involucran decisiones de focalización que priorizan algunas propiedades respecto de otras en cada evaluación.
Es importante tener en cuenta que no hay una relación directa entre un estado mental insatisfactorio o satisfactorio (alegría o tristeza, por ejemplo) adjudicado al protagonista de cada evaluación y la negatividad o positividad establecida dentro de una dimensión o valor grupal (autocontrol, virilidad, etc.), porque la orientación positiva o negativa es otorgada por el enunciador, y no representa la negatividad o positividad experimentada por el actante principal de cada evaluación. Hay que diferenciar, por lo tanto, el procedimiento evaluativo del efecto identitario. El procedimiento evaluativo es el tipo y subtipo de evaluación (vgr., moral de sanción social o moral de estima social), pero el efecto identitario está centrado en la escala en la cual se inserta la actividad axiológica. Por ejemplo, en “Vos sabés que no te puedo olvidar” (“Con vos todo mal”), el subtipo de juicio, que corresponde al procedimiento evaluativo, es de proceso mental insatisfactorio, pero la orientación, que está formulada en relación con el efecto identitario, es positiva porque la capacidad de afecto se ve realzada.
- Una segunda distinción que es necesario formular es la que diferencia entre el actante objeto de evaluación y el sujeto de la emisión, que no siempre coinciden. Por ejemplo, en “Y te veo con mi amigo entregándole el marrón” (“Entregadora de marrón”, de Flor de Piedra), el sujeto oracional es yo, pero el actante evaluado es vos{mujer amada}.
- El contexto de cada canción genera pautas de interpretación que permiten diferenciar, por ejemplo, entre la evaluación que habla de la estima social positiva centrada en el deseo de tomar vino (“Yo estaba en la esquina chupándome un vino”, de Los Pibes Chorros), como indicador de una capacidad de diversión elevada, y aquella que centra esa estima social en la capacidad de afecto, ya que el vino se debe tomar para olvidar a la mujer amada. Así como los enfatizadores y mitigadores necesitan de un contexto más amplio para poder establecerse, ya que, por ejemplo, el modo indicativo puede ser en algún caso mitigador y en otro reforzador, las evaluaciones directas pueden tener un efecto identitario diferente de acuerdo con el contexto en el que aparecen, aunque literalmente digan lo mismo.
- Algunas evaluaciones plantean un doble movimiento axiológico: A experimenta un sentimiento o emite una opinión cuando describe un estado afectivo, moral o apreciativo que B experimenta. Por ejemplo, en “Viste, qué grande está la nena, qué lejos han quedado, los chiches, las muñecas” (“Ya seremos viejos”, de Metaguacha), aquí el enunciador (“los viejos”) implícitamente muestra tristeza o melancolía frente al estado de madurez que experimenta su hija. Hay, entonces, una doble evaluación: evaluación del propio estado emocional y evaluación del crecimiento de la hija. En estos casos, se opta por priorizar la evaluación de estado emocional externo por sobre la autoevaluación.
- Las evaluaciones muchas veces implican una doble escalaridad. Podemos hablar de una escalaridad identitaria y otra no identitaria. La tristeza extrema, por ejemplo, expresada como positividad en la escala de tristeza —escalaridad identitaria— o como bajo valor en la de estado anímico —escalaridad no identitaria o personal—, expresa a su vez una gran capacidad de afecto, lo cual cobra una importancia identitaria específica. En los análisis, siempre optamos por la escalaridad identitaria, ya que es la que remite a la identidad establecida socialmente.
- La problemática de la atomicidad del juicio evaluativo ha sido central en este análisis. En “Vos llevás la marca de la gorra y tocá, que te la vuelo ahora” (“La marca de la gorra”, de Mala Fama), hay dos actantes implicados (yo y vos{policía}), pero se considera que hay un solo juicio moral, desde el primer actante hacia el segundo, de sanción social negativa respecto de la condición de ser policía.
- Establecer el tiempo verbal tampoco ha resultado sencillo en muchos casos. En “Buscando trabajo, saliste a recorrer, te tiran dos mangos, pero hay que comer” (“Muchacho de la villa”, de Los Pibes Chorros), ¿qué tiempo verbal usamos, el pasado o el presente? Aquí, tomé como referencia el presente, porque entiendo que en este tiempo verbal se produce el énfasis del sentido o foco (en términos de la jerarquización de la información). En todos los casos, ante la duplicidad de tiempos verbales se ha optado por considerar el tiempo en el cual ese foco se produce.
- Finalmente, la adjudicación de funciones enfatizadoras y mitigadoras, enmarcadas en la teoría de la tonalización (Lavandera, 1984; Pardo, 1986, 1992, 1996, 2011), se ha desarrollado teniendo en cuenta las particularidades locales del corpus. La primera persona, si aparece expresa o pospuesta, puede cumplir un papel de enfatización, pero estos usos son menos frecuentes que el papel asignado a los usos adverbiales (ahora, solo, nunca) y al uso del condicional y del imperativo. La tercera persona, en cambio, está asociada a usos mitigadores.
Planteadas estas reglas de procesamiento, que han sido producto de sucesivas confrontaciones con la información considerada, un conjunto de primeras conclusiones emerge del análisis del corpus total dividido en juicios evaluativos como unidades de análisis. En primera instancia, las valoraciones positivas definen la realidad deseada o valorada positivamente por el endogrupo y actúan como cualidades morales o estados que afectan solo a miembros de este sector. Las valoraciones negativas, simétricamente, aluden a una realidad no deseada y valorada negativamente por el endogrupo. La lógica modal asumida de esta manera es que el signo de las valoraciones puede deducirse del modo en que se vinculan con las dimensiones de comparación definidas. Si refuerzan estas dimensiones, las valoraciones serán positivas, y si van en contra de ellas, tendrán un signo negativo.
Por ejemplo, para la dimensión “belleza”, tenemos el siguiente sistema de valoraciones positivas y negativas.
Cuadro 13. Dinámica evaluativa básica

Fuente: elaboración propia.
Como investigadores del fenómeno, existen por lo tanto dos formas básicas de acceder al contenido de los valores endogrupales: o considerando las evaluaciones negativas que se hacen de los miembros de grupos sociales antagonistas, o las positivas que se hacen del propio grupo. Las evaluaciones identitarias implican, por lo tanto, una ecuación axiológica del siguiente tipo:
- Si aparece un comportamiento visto negativamente, en general es adjudicado al exogrupo. El comportamiento positivo, que es el deseado o valorado, se obtiene por simple afirmación de la actitud contraria. Por ejemplo, en la frase “Buchón, buchón, buchón, por unas monedas nos delatas” (“El guacho cicatriz”), se realiza, a través de lo que denominamos un juicio moral negativo, una crítica o una evaluación negativa de la actitud del delator. El comportamiento positivo, que es el deseado para cualquier miembro del endogrupo, se deduce por la valoración positiva de la actitud contraria, que es la de no delatar a nadie en ninguna circunstancia.
- Si aparece un comportamiento visto positivamente, en general es adjudicado al endogrupo. El comportamiento negativo, que es el no deseado o no valorado, se obtiene por simple afirmación de la actitud contraria, como en “porque yo quiero una piba cumbiera que le guste la joda y no se haga la villera” (“Sufre cheto”). A través de este juicio moral positivo, se evalúa favorablemente la disposición a la diversión y la actitud no simuladora de la condición villera. El comportamiento negativo, que es el rechazado para cualquier miembro del endogrupo, se infiere por la valoración negativa de la actitud contraria, que es la de rechazar la diversión y simular la pertenencia a la condición villera.
El análisis estadístico global de la orientación y destino de los juicios fundamenta, de manera bastante clara, estas primeras conclusiones, ya que el modo específico en que las evaluaciones afectan a miembros de uno y otro grupo expresa un sistema de predilecciones guiado por el principio de acentuación de las diferencias ya mencionado.
Figura 4. Gráfico comparativo de las orientaciones de las evaluaciones según la distinción endogrupo-exogrupo

Fuente: elaboración propia.
Como se verifica en el gráfico superior, los juicios que afectan al endogrupo son mayoritariamente positivos (56 %), aunque hay algunos negativos (22 %). Respecto del exogrupo, las diferencias son aún más marcadas, ya que contamos con un 21 % de orientaciones negativas y solo una mínima presencia de las positivas, con un 1 %.
El armado de la grilla de valoraciones positivas y negativas implica, por lo tanto, el uso sistemático de inferencias que permiten ir de lo conocido a lo desconocido, operando, incluso, en diferentes puntos de la línea de tiempo. Si combinamos la orientación de las valoraciones existentes (positivas o negativas) con las tres posibilidades temporales de cualquier acción (pasado, presente y futuro), obtenemos estas seis configuraciones evaluativas:
1. Rechazo de lo hecho en el pasado
La posición respecto de la actitud considerada negativa puede centrarse en el rechazo de lo que sucede en el pasado, como en “ella se fue, por otro me dejó” (“Sufre cheto”). Como en otros casos, la inferencia respecto de la negatividad de los hechos descriptos considerados desde el punto de vista del enunciador está sustentada en el conocimiento específico e intracultural que tenemos de una subjetividad social que trasciende notablemente las fronteras endogrupales.
2. Defensa de lo hecho en el pasado
La defensa o reivindicación de determinadas actitudes puede centrarse en la valoración positiva del pasado, como en “Cuando ibas a la cancha, parabas con la hinchada” (“Sos un botón”). En general, la valoración positiva del pasado sirve como contraste respecto de las valoraciones negativas situadas en el presente, lo que pone de manifiesto una trayectoria de transformación que verificaremos también en las redes accionales y narrativas.
Figura 5. Gráfico comparativo de las orientaciones de las evaluaciones del pasado y según la distinción endogrupo-exogrupo

Fuente: elaboración propia.
Como es fácil advertir, en las evaluaciones del pasado respecto del exogrupo prima abrumadoramente la negatividad (28 %) por sobre la positividad (2 %). Respecto del endogrupo, las métricas de positividad y negatividad alcanzan, en cambio, dimensiones del mismo rango, pero con predominio de la positividad (39 % y 31 % respectivamente).
3. Rechazo de lo hecho en el presente
El rechazo de la actitud considerada negativa puede centrarse en la denuncia de lo que sucede en el presente, como en “Se hace el gil” (“Sufre cheto”). En términos estadísticos, predominan los blancos exogrupales asociados a esta perspectiva.
4. Defensa de lo hecho en el presente
Complementariamente respecto del señalamiento anterior, la defensa de la actitud considerada positiva puede centrarse en la valoración positiva de lo que sucede en la actualidad, como en “estoy tomando y de alegría” (“Sufre cheto”).
Figura 6. Gráfico comparativo de las orientaciones de las evaluaciones del presente y según la distinción endogrupo-exogrupo

Fuente: elaboración propia.
En el presente, la positividad de las referencias endogrupales es abrumadora, con un 57 % de las referencias, mientras que las referencias negativas llegan al 22 %. Inversamente, para el exogrupo las referencias negativas son muy superiores, arrojando un total de 22 % contra 1 %.
5. Rechazo de lo que se va a hacer en el futuro
El rechazo del futuro, una posición evaluativamente “curiosa”, tiene, sin embargo, un lugar en el corpus. En el caso de “por eso es que tú, no vas a ser para mí” (“Tú no eres como yo”), o en “Vas a ver que después vas a llorar” (“Con vos todo mal”), la evaluación negativa recae en el futuro. Un caso especial de este futuro es el futuro condicional, con ejemplos como “Alza las manos si tú quieres bailar” (“Alza las manos”), o “Si el yuta viene cruzado, nos patea las costillas” (“Estamos pegados”). Estos casos fueron excluidos del recuento en virtud de su especificidad, pero muestran una estructura silogística formada de dos términos y una relación de condicionalidad vinculante.
6. Defensa de lo que se va a hacer en el futuro
La defensa de una actitud considerada positiva puede centrarse, finalmente, en la valoración positiva de lo que se va a hacer, como en “yo te voy a robar el mercedes y las chetitas” (“Sufre cheto”). La positividad de la que estamos hablando es, por supuesto, una positividad identitaria, centrada en el efecto valorativamente reforzador del rechazo al “cheto”, que en este caso representa el rechazo exogrupal máximo.
Figura 7. Gráfico comparativo de las orientaciones de las evaluaciones del futuro y según la distinción endogrupo-exogrupo

Fuente: elaboración propia.
Como en los otros tiempos verbales, la positividad endogrupal predomina, pero en este caso de una manera aún más pronunciada, con 78 % de las referencias. La negatividad en el futuro endogrupal ocupa solo el 8 % de las situaciones. Respecto del exogrupo, en cambio, la relación es la opuesta, pero por un margen muchísimo más escaso, ya que las evaluaciones negativas alcanzan un 8 %, pero las positivas llegan a un 6 %.
5.3.3. Deseos transformativos y punitivos
El análisis del corpus, de base estadística, apoya la noción de que los comportamientos vistos negativamente derivan o están asociados a dos clases de deseos por parte del enunciador: los deseos transformativos o los deseos punitivos. Cuando son formulados explícitamente, los primeros deseos hacen referencia a la posibilidad de un cambio sostenido en la actitud de aquel que se critica, como por ejemplo en:
1. “porque yo quiero una piba cumbiera que le guste la joda y no se haga la villera” (“Sufre cheto”)
2. “porque yo quiero que seas fumanchero, que te guste la joda y tomar en Tetrabrik” (“Tú no eres como yo”)
En el caso 1, lo que el endogrupo desea, encarnado en un vocero individual, es que su amada “sea una piba cumbiera”, es decir que no simule una condición villera. Correlativamente, la condición villera real, ligada a una posición identitaria coherente, es vista como un valor positivo y contrapuesta a la simulación.
En el caso 2, el deseo endogrupal, operando sobre la condición del “cheto”, despliega una demanda de características similares; lo que aquí reclama es que “sea fumanchero”, que “le guste la joda” y “tomar en Tetrabrik” y que eluda, por ende, la simulación de la condición villera.
Sin embargo, la formulación explícita de los deseos transformativos no es el caso más común en el texto de las canciones. Por lo contrario, en la mayoría de las situaciones textuales, el deseo transformativo debe ser inferido a partir de la orientación de los sistemas de valores presentes en las canciones:
3. “Decís que te llame oficial Juan Pérez, pero vos a mí me llamás delincuente” (“Juan Pérez”)
4. “Cuando ibas a la cancha, parabas con la hinchada, y tomabas vino blanco y ahora patrullás la ciudad” (“Sos un botón”)
En ambos casos, 3 y 4, el deseo transformativo puede ser deducido de lo que se afirma y el procedimiento más simple para hacerlo es negando el contenido de lo que se predica. Así, aplicando esta lógica se deduce, en el primer ejemplo, que lo que se desea es que no exista esa disparidad de trato entre policías y villeros, lo que implica una demanda de horizontalidad y respeto más general entre ambos grupos. En el segundo, el deseo del enunciador opera por contraposición de circunstancias temporales; en el pasado el destinatario “paraba con la hinchada, y tomaba vino”, y en el presente “patrullás la ciudad, si vas a la cancha vas en celular”. El primer estado, existente en el pasado, es el deseado, pero el segundo es el que se rechaza.
Por otro lado, los deseos punitivos o de castigo representan una proporción importante de las apariciones textuales, y tienen la particularidad de que se formulan explícitamente y no necesitan ser inferidos por negación:
5. “Alto buche resultaste ser, éramos amigos y ahora nos vendés, ahora vamos rumbo a tu casilla, porque esta noche la vamos a quemar” (“El guacho cicatriz”)
6. “sufre cheto devuélveme a mi chica, yo te voy a robar el mercedes y las chetitas…” (“Sufre cheto”)
7. “pero no sabés, lo guampudo que sos porque a tu mujer, me la estoy comiendo yo.” (“Juan Pérez”)
En el caso 5, la acción de “quemar la casilla” está en directa relación de castigo con la actitud delatora y es bien diferente del deseo transformativo explícito o implícito. La reivindicación del endogrupo es aquí llevada a un extremo y colocada en función del antagonismo directo con el exogrupo, prometiendo la agresión como acción restitutiva. El caso 6 ofrece idéntica estructura, pero operando más como censura de una condición permanente (la de “ser cheto”) que como ataque a una traición puntual (la de convertirse en delator sin haberlo sido previamente). El caso 7 se asemeja al segundo, ya que el hecho de ser policía es considerado una condición permanente que es censurable de por sí y más allá de lo que haga.
5.4. Construyendo identidad a través del plano axiológico
5.4.1. Particularidades de este corpus en relación con la teoría de la valoración
El enfoque elegido permite extraer una serie de conclusiones respecto de la manera en que el endogrupo se posiciona en torno a todo aquello que sociológicamente lo excede. En términos concretos, la teoría de la valoración reporta un conjunto de pautas respecto al modo en que las evaluaciones del mundo social y material circundante, distribuidas en procesos, personas y eventos, están dando información crítica sobre cómo el grupo se ve a sí mismo y a los demás. El plano de la acción valorativa, que está centrado en el orden deontológico o prescriptivo, termina sirviendo de base para la descripción de la ontología grupal del que emite el juicio. Podemos decir, en estos términos, que al calificar a otros, el endogrupo villero de algún modo se autocalifica. ¿En qué nivel formal se produce esta autocategorización? Dentro de los parámetros que hemos comentado anteriormente (ver punto 4.4.4.), esta autocalificación se produciría en el nivel intermedio (yo como endogrupo vs. exogrupo), que organiza los vínculos entre lo sociológicamente interno y externo, subordinado estructuralmente al nivel superordenado (yo como ser humano vs. otras especies), pero superior al nivel personal (yo como persona individual vs. otras personas).
En este marco, considero que no resulta trivial repensar el modo en que la misma valoración de un objeto revierte sus efectos sobre el enunciador, ya que habilita a considerar el acto valorativo hacia un objeto como un acto simultáneo de autovaloración personal o grupal.
5.4.2. Análisis valorativo por tipo y subtipo evaluativo
Recordemos que en la lingüística de Halliday, enfocada en los elementos que genéricamente han sido designados como “valoración” (appraisal), y según hemos comentado anteriormente, los aspectos éticos forman parte de un espectro más amplio de recursos centrados en la posición actitudinal. Al estar divididos en la sanción y la estima social, los juicios evaluativos morales distinguen lo socialmente aceptable de lo inaceptable en términos de los parámetros endogrupales (Kaplan, 2004, p. 64).
Cuadro 14. Tabla de juicios endogrupales por tipo evaluativo y orientación
Grupo | Evaluación | Orientación | Cantidad |
ENDOGRUPO | Moral | Positivo | 289 |
ENDOGRUPO | Moral | Negativo | 111 |
ENDOGRUPO | Afectivo autoral | Positivo | 72 |
ENDOGRUPO | Afectivo no autoral | Positivo | 21 |
ENDOGRUPO | Afectivo autoral | Negativo | 20 |
ENDOGRUPO | Afectivo no autoral | Negativo | 13 |
ENDOGRUPO | Apreciativo | Negativo | 8 |
ENDOGRUPO | Moral – Token | Positivo | 5 |
ENDOGRUPO | Apreciativo | Positivo | 5 |
ENDOGRUPO | Moral – Token | Negativo | 1 |
Fuente: elaboración propia.
Figura 8. Gráfico de juicios endogrupales por tipo evaluativo y orientación

Fuente: elaboración propia.
Al analizar en detalle la distribución de los juicios evaluativos reportados según la orientación positiva o negativa hacia el endogrupo, constatamos, en primer lugar, que el predominio de los juicios morales positivos es absoluto, con un 53 %. Pertenecen a esta categoría juicios como “y hacé como yo que me tomé hasta el vino del cura” (“No tomes”) o “Le dimos para que tenga y la yuta nos sacó” (“Estamos pegados”). El primero opera positivamente sobre la dimensión “capacidad de diversión”. El segundo, en cambio, actúa positivamente sobre la dimensión “valentía”. Por el contrario, juicios como “porque vos te tomaste todo el vino y no le diste a tus amigos” (“No tomes”), que opera sobre la dimensión “integridad”, o “me voy a pasear con ellos a drogarme con alcohol” (“Alto faso”), vinculado a la dimensión “capacidad de afecto”, forman parte de los juicios morales negativos, que representan solo un 20 % del total.
Como señalé anteriormente, las evaluaciones afectivas están centradas en la disposición emocional del hablante o reportan las actitudes emocionales de terceros hacia personas, cosas, situaciones o eventos (Kaplan, 2004).
La categoría siguiente, en términos estadísticos, es la de las evaluaciones afectivas autorales, que alcanzan el 17 % (13 % positivas y 4 % negativas) de esta distribución, y en nuestro caso esta modalidad aparece en “me estoy poniendo reloco el escabio me averió” (“Melena de dios”), que opera positivamente sobre la dimensión “capacidad de diversión”, o en “Qué difícil es vivir sin ti” (“Qué difícil”), que actúa en el mismo sentido sobre la dimensión “capacidad de afecto”. Por el contrario, las opiniones afectivas no autorales, que suman solo un 8 % en esta distribución, se centran en la opinión de terceros, como en “Y a las mujeres las hacía suspirar” (“El pibe tripa”), centrado positivamente en la “capacidad de seducción.
La variante apreciativa, centrada en los sentimientos humanos hacia productos, procesos y entidades, se plasma como un conjunto de evaluaciones centradas en artefactos, textos, constructos abstractos, como planes y políticas, así como objetos naturales o manufacturados. También puede, según Kaplan, afectar a “seres humanos, pero solo cuando se perciben como objetos y no como participantes con conducta” (Kaplan, 2004, p. 66). Aunque entiendo que esta acotación merece cierta precaución por su relativa oscuridad, su aplicación al corpus bajo análisis arroja frecuencias muy inferiores a las de las evaluaciones morales. Las evaluaciones apreciativas reúnen solo un 2 % del total (8 negativas y 5 positivas) y pertenecen a este rubro afirmaciones como “sos joven y bonita” (“Antes de partir”) o “Era canchera y mal vestida” (“Perdida”).
En última instancia, encontramos, en el ordenamiento estadístico, los juicios morales estructurados en forma de “tokens”. Según Kaplan (2004):
Los juicios pueden expresarse de manera explícita a través de adverbios (ej. honestamente), atributos y epítetos (ej. la gente es conformista e irracional), sustantivos (ej. un mentiroso), y verbos (ej. engañar). Sin embargo, en muchas ocasiones, la evaluación del juicio puede permanecer implícita, o ser evocada de manera más indirecta mediante los llamados indicadores (tokens) de juicio. Con estos últimos, la descripción aparentemente fáctica, no evaluada, de un hecho o situación, puede desencadenar una evaluación actitudinal. Por ejemplo, si un periodista escribe que el gobierno no creó las bases para un crecimiento económico sostenido, no está acusándolo explícitamente de incompetente, pero este comentario tiene el potencial de evocar evaluaciones de incompetencia en los lectores que compartan una visión particular de la economía y del papel que juega el gobierno en ella. Esos significados, en apariencia sólo informativos, tienen la capacidad de evocar juicios de valor en aquellos oyentes o lectores que pertenecen a una cultura determinada (p. 65).
En el corpus analizado, la presencia de estos tokens introduce un tipo de implícito que estadísticamente no resulta predominante. Al igual que las evaluaciones apreciativas, estos juicios morales suman solo un 2 % del total (3 negativos y 3 positivos) y tenemos en esta categoría evaluaciones como “y todo el mundo lo conoce porque anda en la transa” (“Whilly”) o “Pido a gritos que me ayuden pero nadie me responde” (“Marginado”), que representan comentarios evaluativos encubiertos detrás de un formato aparentemente no evaluativo. En el primer caso, esta acción se centra en la dimensión “fama” realzándola positivamente, y en el segundo, en la dimensión “capacidad de sufrimiento”, operando en el mismo sentido. Los tokens no evalúan abiertamente, pero inclinan el punto de vista e inducen a un juicio moral global.
Si analizamos, en cambio, la distribución de las evaluaciones centradas en el exogrupo y consideradas según su orientación (cuadro 15 y figura 9), el primer rasgo que concentra nuestra atención es la negatividad casi unánime de su acción evaluativa, a partir de la cual más del 91 % del total corresponde a la categoría de evaluaciones negativas. El segundo rasgo relevante, que podría ser el primero por su trascendencia y que solo es visible apreciando la tabla de valores absolutos, es que las evaluaciones exogrupales son sensiblemente inferiores en número a las endogrupales, en las que solo contamos con 156 evaluaciones contra 545 centradas en el endogrupo. Más allá de estas comprobaciones globales, el predominio de las evaluaciones con carga moral explícita es aquí absoluto, con un 93 % del total de las evaluaciones y superando por bastante margen la presencia de la moralidad en los juicios endogrupales, que llegaba a un 73 %. Ejemplos de esta categoría son juicios como “vos ya no sos el vago” (“Sos un botón”), “sos el policía del comando” (“Sos un botón”) o “si sos un garca, botón, cantina” (“El pibe cantina”). En todos ellos, la valoración ética negativa recae sobre los actantes que no son reconocidos como miembros del grupo propio.
Si la evaluación hacia el endogrupo implicaba una fuerte carga moral de tipo positivo, en este caso la orientación opuesta es más contundente todavía. Más atrás aún hacen su aparición los tokens (solo un 2 %) y los juicios afectivos autorales y no autorales (4 % en total). Cerrando la lista, hay una sola evaluación apreciativa relacionada con el exogrupo.
Cuadro 15. Tabla de juicios exogrupales por tipo evaluativo y orientación
Grupo | Evaluación | Orientación | Cantidad |
EXOGRUPO | Moral | Negativo | 136 |
EXOGRUPO | Moral | Positivo | 9 |
EXOGRUPO | Moral – Token | Negativo | 3 |
EXOGRUPO | Afectivo no autoral | Negativo | 3 |
EXOGRUPO | Afectivo autoral | Negativo | 3 |
EXOGRUPO | Apreciativo | Negativo | 1 |
EXOGRUPO | Afectivo no autoral | Positivo | 1 |
Fuente: elaboración propia.
Figura 9. Distribución de evaluaciones orientadas del exogrupo

Fuente: elaboración propia.
5.4.3. Las dimensiones de comparación y el análisis de la autoadscripción
Así como los resultados obtenidos son abordables desde el punto de vista del appraisal en los términos que Kaplan subraya, también pueden ser desglosados desde el ángulo de las dimensiones de comparación intergrupal en juego. Si priorizamos este enfoque, estamos excediendo el marco original propuesto por la teoría de la valoración, pero ingresamos en un ámbito de especificidades que definen la construcción de identidad no en términos de modalidades formales de evaluación, sino en torno a los contenidos más recurrentes de esta dinámica.
Como sucede con las otras variables contempladas, las evaluaciones positivas predominan fuertemente en las referencias endogrupales. La “capacidad de diversión”, verificable en ejemplos como “En el baile hay una piba a la que le cabe el descontrol” (“La piba dura”), con un 24 % de valoraciones positivas en total, encabeza las mediciones. En segunda instancia, aparece la “capacidad de afecto”, con 19 % en el mismo sentido, y la capacidad de seducción, con un 9 %. Ejemplo de la primera de ellas es la frase “él se tuvo que marchar, no lo puedes olvidar” (“Muchacha sola”) y de la segunda, “me chamuyó alguna para transar” (“Reloco”). En este panorama en el que predomina la positividad en la autorreferencia grupal, recién en el cuarto lugar aparece una dimensión orientada negativamente, como es el autocontrol.
Las referencias negativas a esta dimensión se organizan en una medida importante (alrededor del 50 %) en torno al yo. Evaluaciones como “Tengo una piedra en el riñón y dicen que voy a morir” (“Yo tengo una piedra”) o “Ya no puedo seguir fumando porquerías” (“No me quiero curar”) ingresan en esta categoría y expresan la contracara de la capacidad de diversión como positividad. Cuando las evaluaciones no se vuelcan en el yo como protagonista evaluado, como en “Sin el faso no podés andar” (“La vuelta”) o “dejá de mandibulear” (“No tomes”), el efecto identitario es similar, porque se reconoce el daño que la existencia de la droga genera en los protagonistas. Más allá de la mecánica discursiva empleada, la acción evaluativa deja en claro que el consumo de droga y alcohol, contra lo que sostuvieron y sostienen los grandes medios de comunicación y gran parte del discurso académico sobre el fenómeno de la cumbia villera, no siempre es concebido como algo benéfico. En términos del patrón global de acentuación de las diferencias, característico de los dispositivos de afirmación endogrupal que sostienen la teoría de la identidad social y de la autovaloración del yo, esta dinámica de continuidad con valores idealmente exogrupales implica una disrupción significativa.
Continuando con la dinámica de la autoponderación positiva, la dimensión “valentía” aparece en sexto lugar, con un 6 % de los valores de la distribución global. A esta clase corresponden evaluaciones como “Fumando y tomando vino intenta darse valor para ganarse unos mangos con su cartel de ladrón” (“El pibito ladrón”) o “En esta esquina paran los polentas, los que van al frente si hay que guantear” (“A guantear”).
Las valoraciones negativas centradas en la capacidad de afecto, que ocupan el lugar siguiente con un 4 %, rompen la dinámica de positividad predominante por segunda vez. Frases como “Ingrata no me has dejado ni un poquito de ti” (“Ingrata”) o “¿se acordará de mí?” (“Como yo te lloré”) se inscriben en esta dinámica. Los protagonistas afectados principalmente por esta acción evaluativa forman parte de lo que podríamos denominar “endogrupo externo” y centrado en la figura de la “mujer amada”, que abarca 17 de los 21 juicios endogrupales negativos. Sin dudas, el intertexto tanguero, tematizador por excelencia del desengaño amoroso, resuena con fuerza en estos casos.
Cuadro 16. Tabla de juicios endogrupales por dimensión
Grupo | Dimensión | Orientación | Cantidad |
ENDOGRUPO | Capacidad de diversión | Positivo | 129 |
ENDOGRUPO | Capacidad de afecto | Positivo | 105 |
ENDOGRUPO | Capacidad de seducción | Positivo | 51 |
ENDOGRUPO | Autocontrol | Negativo | 41 |
ENDOGRUPO | Valentía | Positivo | 34 |
ENDOGRUPO | Capacidad de afecto | Negativo | 21 |
ENDOGRUPO | Integridad | Negativo | 19 |
ENDOGRUPO | Estado anímico | Negativo | 17 |
ENDOGRUPO | Lealtad identitaria | Positivo | 16 |
ENDOGRUPO | Integridad | Positivo | 15 |
ENDOGRUPO | Capacidad de diversión | Negativo | 15 |
ENDOGRUPO | Tolerancia a la pobreza | Positivo | 14 |
ENDOGRUPO | Capacidad de seducción | Negativo | 7 |
ENDOGRUPO | Éxito económico | Positivo | 6 |
ENDOGRUPO | Seguridad | Negativo | 6 |
ENDOGRUPO | Limpieza | Negativo | 5 |
ENDOGRUPO | Credibilidad | Negativo | 4 |
ENDOGRUPO | Lealtad identitaria | Negativo | 4 |
ENDOGRUPO | Tolerancia al dolor | Positivo | 4 |
ENDOGRUPO | Conciencia de la situación | Negativo | 4 |
ENDOGRUPO | Orgullo | Positivo | 3 |
ENDOGRUPO | Belleza | Positivo | 2 |
ENDOGRUPO | Capacidad de sufrimiento | Positivo | 2 |
ENDOGRUPO | Belleza | Negativo | 2 |
ENDOGRUPO | Fama | Positivo | 2 |
ENDOGRUPO | Virilidad | Positivo | 2 |
ENDOGRUPO | Libertad | Negativo | 2 |
ENDOGRUPO | Madurez | Positivo | 2 |
ENDOGRUPO | Tolerancia a la pobreza | Negativo | 2 |
ENDOGRUPO | Conciencia de la situación | Positivo | 1 |
ENDOGRUPO | Estado anímico | Positivo | 1 |
ENDOGRUPO | Capacidad de lucha | Positivo | 1 |
ENDOGRUPO | Libertad | Positivo | 1 |
ENDOGRUPO | Madurez | Negativo | 1 |
ENDOGRUPO | Orgullo | Negativo | 1 |
ENDOGRUPO | Valentía | Negativo | 1 |
ENDOGRUPO | Autocontrol | Positivo | 1 |
ENDOGRUPO | Éxito económico | Negativo | 1 |
Fuente: elaboración propia.
Figura 10. Evaluaciones por dimensiones del endogrupo según la orientación[6]

Fuente: elaboración propia.
Consideraciones metodológicamente idénticas pero de distinta significación analítica atañen al exogrupo. Si tomamos la evaluación exogrupal considerada por dimensión, el panorama es distinto por varios motivos concurrentes. En primera instancia, así como existe una cantidad menor de evaluaciones destinadas al exogrupo que al endogrupo, hay una negatividad predominante que se distribuye de manera abrumadora en sus distintas dimensiones.
El dato más revelador, en este escenario, es que las dos primeras posiciones están conformadas por aspectos diferentes en cada caso. La integridad y la lealtad identitaria no figuran entre las primeras opciones ligadas a la valorización endogrupal, pero son las que aquí, orientadas positivamente, se ubican como las principales. La integridad contiene evaluaciones de fuerte carga moral que de hecho abarcan 40 de los 44 juicios existentes y que comprenden hasta el 28 % de la distribución total. Frases como “pero vos estás zarpada de careta” (“Tú no eres como yo”) o “Buchón, buchón, buchón, por unas monedas nos delatas” (“El guacho cicatriz”) conforman el núcleo de un sistema moral en el cual la delación de los pares, la simulación, la discriminación y el abuso de poder son las modalidades de comportamiento más castigadas. La integridad moral es concebida en términos absolutamente locales y transformada en un eje primordial para establecer la superioridad sobre el exogrupo.
La segunda dimensión aludida es la “lealtad identitaria”, que alcanza una proporción del 24 % en las evaluaciones. Frases como “Ya no estás con tus amigos” (“Sos un botón”) o “vos y todo tu grupo están zarpados de careta” (“El pibe villero”) pertenecen a esta categoría y priorizan el valor ético de no traicionar al grupo como el patrimonio moral más relevante. La no traición implica el no distanciamiento y el grado de afiliación máxima con el sistema de valores y creencias endogrupal, y lo que predica el respeto a la lealtad identitaria es que, en resumidas cuentas, cuanto más parecida a un villero prototípico es, mayor es la calidad de la persona evaluada.
La tercera y la cuarta dimensión en orden de importancia, en cambio, no expresan una lógica comparativa centrada en aspectos nuevos, sino una dinámica de espejamiento antagónico. Si para el endogrupo, como ya vimos, se destacan la capacidad de afecto y de diversión como elementos positivos, para el exogrupo estas mismas dimensiones tienen la orientación opuesta. La capacidad de afecto vista negativamente comprende frases como “siempre, tú molestando” (“Loca”) o “Él ha marcado tu vida” (“Muchacha sola”) y abarca hasta el 8 % de las evaluaciones. La ausencia de capacidad de diversión, con un 6 % de los casos, aparece en “pero vos estás zarpado en caretón” (“Tú no eres como yo”) o “Policía, policía que amargado se te ve” (“Poliguampa”). En ambas dimensiones consideradas, aspectos muy relevantes del esquema de grupo que caracteriza a los villeros aparecen con una expresión opuesta y afectan negativamente a la imagen del policía o el cheto, para citar dos tipos de protagonistas característicos.
Cuadro 17. Tabla de juicios exogrupales por dimensión
Grupo | Dimensión | Orientación | Cantidad |
EXOGRUPO | Integridad | Negativo | 44 |
EXOGRUPO | Lealtad identitaria | Negativo | 38 |
EXOGRUPO | Capacidad de afecto | Negativo | 13 |
EXOGRUPO | Capacidad de diversión | Negativo | 10 |
EXOGRUPO | Credibilidad | Negativo | 10 |
EXOGRUPO | Valentía | Negativo | 9 |
EXOGRUPO | Virilidad | Negativo | 8 |
EXOGRUPO | Éxito económico | Negativo | 5 |
EXOGRUPO | Conciencia de la situación | Negativo | 3 |
EXOGRUPO | Capacidad de diversión | Positivo | 3 |
EXOGRUPO | Integridad | Positivo | 2 |
EXOGRUPO | Lealtad identitaria | Positivo | 2 |
EXOGRUPO | Capacidad de seducción | Negativo | 2 |
EXOGRUPO | Limpieza | Negativo | 1 |
EXOGRUPO | Autocontrol | Negativo | 1 |
EXOGRUPO | Seguridad | Negativo | 1 |
EXOGRUPO | Tolerancia a la pobreza | Negativo | 1 |
EXOGRUPO | Capacidad de afecto | Positivo | 1 |
EXOGRUPO | Valentía | Positivo | 1 |
EXOGRUPO | Credibilidad | Positivo | 1 |
Fuente: elaboración propia.
Figura 11. Evaluaciones por dimensiones del exogrupo según la orientación

Fuente: elaboración propia.
5.4.4. El componente actancial en las evaluaciones
Como aclaré más arriba, la acción evaluativa puede desarrollarse tomando como blanco a personas, objetos o conductas, pero en este caso se ha priorizado el análisis de la evaluación de lo que podemos denominar “actantes”.
Aunque profundizaremos en los pormenores de este concepto y sus implicancias en el capítulo 7, podemos definir provisionalmente a los actantes como clases de protagonistas o actores caracterizables por un conjunto de rasgos en común. En esta concepción, la generalidad de esta categoría, o sea, su capacidad para incluir rasgos de varios actores, se constituye exclusivamente sobre la base de las funciones en común que estos distintos actores tienen entre sí (Bal, 2001, p. 35).
En el caso que aquí analizamos, el listado de actantes es el de los objetos utilizados como base de cada evaluación, y será retomado en etapas posteriores como eje de distintos procedimientos analíticos. En su denominación formal, utilicé una lógica combinada de enunciación pronominal y en tercera persona. Los pronombres están asociados a especificaciones de rasgos con identificación recurrente, como vos{policía}, vos{botón}, vos{cheto}, vos{traidor} o vos{chica careta}. Para los actantes designados en tercera persona, en cambio, como “El guacho cicatriz” o “Las chetas”, asumí una denominación literal o parafrástica según el caso.
El inventario total de actantes endogrupales registrados es de 83, pero solo aparecen en el gráfico inferior los primeros 9.
El predominio de la referencia al yo como categoría endogrupal excluyente es absoluto, ya que hay 218 evaluaciones de este tipo que ocupan el 40 % de las existencias totales. El nosotros es la segunda categoría utilizada, con 51 apariciones y 9 % de la proporción general, y el vos{mujer amada}, con 24 referencias y 4 % de participación, es el tercer actante implicado. El yo{villero}, más deslizado hacia lo grupal que hacia lo personal, ocupa el cuarto lugar, con un 3 % y 13 ocurrencias, y el yo{borracho} se ubica en la quinta posición con 11 apariciones y 2 % de la proporción. En definitiva, el dominio casi absoluto de la primera persona y sus variantes indica una primacía de la referencia autocentrada, que acaso sea una de las características más relevantes del discurso identitario practicado en la cumbia villera. El yo personal aparece desdoblado, desplegado en distintos alter egos circunstanciales, como estereotípicamente villero o borracho, y en todas sus expresiones llega a un 44 % de la distribución global. Solo la mujer amada, considerada como parte femenina del endogrupo pero en una posición más transicional hacia el afuera, representa una excepción a este panorama.
Figura 12. Principales actantes endogrupales

Fuente: elaboración propia.
Respecto del exogrupo, las diferencias más relevantes, además del predecible intercambio de protagonistas en uno y otro caso, tienen que ver con el nivel de desagregación relativa de las categorías principales. La segunda persona del singular, identificada con el vos y sus variantes, ocupa el primer lugar de la distribución general de los actantes exogrupales que son objeto de evaluación. Lo analíticamente importante respecto de este vos es que representa, en sus principales subcategorías internas, casi la totalidad del exogrupo villero visto con el máximo antagonismo. Entre vos{policía}, vos{botón}, vos{cheto}, vos{traidor}, vos{pibe cantina} y vos{vividor} suman un 45 % de las ocurrencias y solo son interrumpidos, en su presencia en las primeras posiciones de la distribución, por destinatarios femeninos de la segunda persona, como vos{chica careta} y vos{concheta}, que suman un 10 % de las existencias totales. Frente al predominio de un yo en el endogrupo que está más relacionado con una situación enunciativa más personal que grupal, el vos exogrupal aparece parejamente segmentado en expresiones internas de relevancia similar pero bien apegadas a la lógica de la estereotipación.
Figura 13. Principales actantes exogrupales

Fuente: elaboración propia.
En síntesis, el yo endogrupal puede ser un amante despechado, como en “ya no te quiero más” (“Tú no eres como yo”) o en “Qué difícil es vivir sin ti” (“Qué difícil”), o sufrir una separación amorosa definitiva, como en “Se forma en mi garganta, un nudo de dolor” (“Antes de partir”). Hasta cierto punto, este despliegue le da una complejidad emocional extragrupal, ya que esto le puede suceder a alguien que no necesariamente es villero. El vos exogrupal, en cambio, epítome discursivo de la exterioridad, siempre es presentado priorizando su ajenidad identitaria y a través de un repertorio de comportamientos y sentimientos con los cuales es imposible establecer el juego empático. El vos siempre es unidimensionalmente rechazable, en sus diferentes facetas de policía, como en “Todo el día estás, patrullando la ciudad” (“Poliguampa”), cheto, en “No te reirás nunca más de mí” (“El super cheto”) o traidor, como en “Vos que te la das de villero, y cruzado me mirás” (“El pibe villero”).
De modo indirecto, según la segmentación numéricamente asimétrica que afecta al vos exogrupal respecto al yo endogrupal (hasta 5 categorías internas relevantes contra 1 predominante del endogrupo), el recuento estadístico parece apoyar la idea de una despersonalización exogrupal, mayormente corroborada en etapas anteriores de mi investigación.
Como he sostenido en otro lugar:
(…) cuando se habla de policías o jueces no hay ingresos a la subjetividad que permitan ningún desplazamiento empático. Se dice “la cana”, “la ley” o “tu abogado”, pero la omnisciencia del narrador no expone las cavilaciones de las personas que encarnan estos roles. Su mundo psicológico parece ser opaco y no dispuesto a intromisiones emotivas. A este recurso lo podríamos denominar “despersonalización” en virtud de que la opacidad que comentamos genera la sensación de que los agentes que no pertenecen al endogrupo villero carecen de complejidad psicológica.
La exhibición de la intromisión psicológica parece ser, en definitiva, un reforzador más de la polaridad semántica (Miceli, 2005b, p. 99).
5.4.5. La intersección entre las escalas valorativas endo y exogrupales
A la luz de estos resultados y del proceso articulador que aquí se postula, que propone un tránsito desde los dispositivos cognitivos globales que organizan la identidad hacia sus expresiones discursivas, una cuestión emerge como un aspecto crítico a develar: ¿en qué medida las dimensiones de comparación social consideradas conforman un modo homogéneamente hostil de presentar la relación entre endogrupo y exogrupo? O, considerado el tópico desde la posición opuesta, ¿es posible identificar, desde el punto de vista del endogrupo, continuidades entre los valores propios y los que se adjudican al mundo ajeno?
Algo que resulta fundamental aquí es comprender que la dinámica de la saliencia cognitiva, según la concibe la teoría de la autocategorización del yo, se desarrolla en una relación de oposición entre los distintos niveles de categorización.
Como sostienen Turner et al. (1987):
se produce un antagonismo funcional entre la saliencia de un nivel de categorización del yo y otros niveles: la saliencia de un nivel produce las semejanzas intraclase que reducen o inhiben la percepción de las diferencias intraclase y de las semejanzas intraclase sobre las que se basan los niveles inferiores y superiores, respectivamente (p. 82).
En definitiva, a medida que se potencia la identidad grupal, disminuye aquella asentada en el yo personal, pero ambas se vinculan en un espacio de posibilidades:
La autopercepción social tiende a variar a lo largo de un continuo que va desde la percepción del yo como persona única (máxima identidad intrapersonal y máxima diferencia percibida entre el propio yo y los miembros del endogrupo) hasta la percepción del yo como categoría endogrupal (máxima semejanza con los miembros del endogrupo y máxima diferencia en relación con los miembros del exogrupo) (Turner et al., 1987, p. 82).
En nuestro caso, considero que las distintas dimensiones de comparación social son las que determinan el predominio de uno y otro tipo de estrategia de diferenciación. La endodiferenciación (diferenciación respecto de los propios) prioriza la comparación interpersonal en desmedro de la intergrupal. La exodiferenciación (diferenciación respecto del exogrupo) coloca, en cambio, en primer lugar la comparación intergrupal como dispositivo de autovaloración.
No consideraré ninguna dimensión de comparación como exclusivamente centrada en la endodiferenciación, pero sí estableceré especificidades en cada una de ellas respecto al modo y la intensidad con que contribuyen a posicionar el endogrupo villero respecto a aquello que lo excede.
Según Scandroglio et al. (2008):
la formulación original de la TIS es el supuesto según el cual existe una tendencia individual a la consecución de la autoestima positiva que se satisfaría en el contexto intergrupal mediante la maximización de las diferencias entre endogrupo y exogrupo en las dimensiones que reflejan positivamente al endogrupo (Tajfel & Turner, 1979; Tajfel, 1981).
Según esta visión, a través de la comparación social realizada sobre diferentes dimensiones, el endogrupo establece su diferenciación respecto de los posibles exogrupos, tendiendo con la contribución del principio de acentuación a hacer mayores las diferencias intergrupales, especialmente en aquellas dimensiones en las que el endogrupo destaca positivamente. Comparando el propio grupo en dimensiones valoradas positivamente con los diferentes exogrupos y generando la percepción de superioridad en dicha comparación, el individuo adquiriría una distintividad positiva y, consecuentemente, generaría una identidad social positiva en comparación con el exogrupo (Hogg y Abrams, 1988) (p. 83).
Se desarrollará con mayor profundidad esta concepción de la utilidad personal y grupal de la comparación más adelante, pero se puede sostener que las estrategias de autovalorización grupal siguen, en el relevamiento presente, tres lógicas diferenciadas en sus formas, pero convergentes en sus efectos generales:
- Valorizar al grupo propio en dimensiones que el exogrupo valora y del mismo modo en que lo hace el exogrupo. En esta primera categoría podemos incluir dimensiones como el autocontrol, la belleza, la capacidad de afecto, la capacidad de lucha, el estado anímico, la limpieza, la madurez y el orgullo.
- Valorizar al grupo propio en dimensiones que el exogrupo valora, pero de un modo distinto al exogrupal. En esta clase podemos considerar la capacidad de afecto, la capacidad de diversión, capacidad de seducción, la conciencia de la situación, la credibilidad, el éxito económico, la integridad, la fama, la libertad, la seguridad, la valentía y la virilidad.
- Valorizar al grupo propio en dimensiones que el exogrupo no valora. Aquí podemos considerar la capacidad de sufrimiento, la lealtad identitaria, la tolerancia al dolor y la tolerancia a la pobreza.
El primer conjunto de referencias evaluativas, que podemos identificar como de “revalorización no competitiva”, pivotea alrededor de valores que no plantean una disrupción con lo esperable desde el exogrupo en relación con los actantes. De esta manera, evaluaciones como “No tomes, no tomes si no sabes tomar” (“No tomes”) o “Sin el faso no podés andar” (“La vuelta”) postulan tanto un orden normativo específico (“No es bueno tomar droga o alcohol”) aplicable a situaciones que pueden suscribirse más allá de los actantes sujetos a evaluación.
El segundo conjunto, en cambio, que podemos designar como de “revalorización competitiva”, se centra en una acción reivindicativa que pone en escena dimensiones no típicamente identitarias pero de una manera que sí lo es por el tipo de actantes en que hace blanco o por la forma extrema en que se desarrolla la valorización. En este caso, evaluaciones como “y hacé como yo que me tomé hasta el vino del cura” (“No tomes”) o “porque a tu mujer, me la estoy comiendo yo” (“Poliguampa”), introducen una lógica que apoya un orden normativo que resultaría reivindicable exogrupalmente si los actantes implicados o la modalidad fuesen distintos. En el primer caso, la dimensión “capacidad de diversión”, que es la que está puesta en juego, es reivindicada de una manera extrema, cuyo sentido identitario radica en ese exceso de intensidad. En el segundo caso, la dimensión “capacidad de seducción” se despliega victimizando al policía, que representa al exogrupo antagónico, y la torna por ello inaceptable exogrupalmente. Al no adoptar un objeto amoroso grupalmente neutro, este tipo de evaluaciones se inserta claramente en un circuito de competencia intergrupal.
Es válido señalar, en este caso, que la carga moral de las evaluaciones se establece sobre la base de la pertenencia grupal del destinatario y no sobre la base de un valor intrínseco del comportamiento o acción juzgada. Según esta lógica, una acción no es buena o mala en sí misma, sino en relación con el grupo del actante al que afecta.
La tercera estrategia de autovalorización, finalmente, se desarrolla en torno a dimensiones de comparación enteramente endogrupales y expresando el máximo grado de “creatividad” social. Las escalas de comparación son, en este caso, completamente propias y ponen de manifiesto el máximo grado de “orgullo identitario”, ya que el grupo no intenta competir según parámetros exógenos.
Evaluaciones como “Ahora que no sos mala fama y cumbiero” (“Sos un botón”), o “porque yo quiero una piba cumbiera” (“Tú no eres como yo”) responden a esta lógica, ya que ambas, ligadas a la dimensión “lealtad identitaria”, postulan una ontología centrada en la fidelidad a características culturales específicas y no defendibles exteriormente. Esta modalidad expresa un tipo de resemantización positiva estructuralmente próxima a la que desarrolla Pablo Lescano, el líder del grupo Damas Gratis, en su álbum del 2003 titulado 100% negro cumbiero, al transformar algo visto exogrupalmente como un disvalor (“ser cumbiero”) en un rasgo positivo. Podemos llamar a esta estrategia “revalorización innovadora”. Esta modalidad de revalorización, por lo tanto, es aquella en la cual se reivindican valores que directamente no son suscriptos exteriormente. No actúa a través de una superior posición escalar, como sucede en la revalorización no competitiva, ni de una alteración en el modo de reforzar la posición en una determinada dimensión apoyada exogrupalmente, como sucede con la revalorización competitiva.
Figura 14. Endogrupo, exogrupo y estrategias de autovalorización dispuestas en anillo

Fuente: elaboración propia.
5.4.6. Lo accional, lo relacional y lo ontológico
Otro aspecto relevante es la relación entre lo accional, lo relacional y lo ontológico en las letras. Como ya comentamos, las evaluaciones ontológicas califican una condición del ser (ej.: “No sos el atorrante” en “Sos un botón”), llevan el verbo ser en la mayoría de los casos e indican una condición permanente del objeto de evaluación. En este caso, no ser el atorrante es visto negativamente en términos de la dimensión designada como “valentía”.
Las evaluaciones accionales, en cambio, valorizan una acción (ej.: “y ahora tengo una flor de locura” en “No tomes”) e indican una calidad endogrupal positiva o negativa asociada a ella. En este caso, “tener una flor de locura” está asociado positivamente a la dimensión identitaria designada como “capacidad de diversión”.
Finalmente, las evaluaciones relacionales valorizan un vínculo y por lo tanto implican dos actantes (ej.: “Bardeás a los vagos no te la aguantás”). Todo juicio sobre una relación es, antes, un juicio sobre una acción. En este caso, la acción aludida, además de estar asociada al endogrupo, afecta negativamente a la dimensión conceptualizada como “integridad”.
Figura 15. Tipos de evaluación del endogrupo

Fuente: elaboración propia.
Figura 16. Tipos de evaluación del exogrupo

Fuente: elaboración propia.
Como se puede corroborar, para ambos grupos las evaluaciones accionales se imponen netamente sobre el resto y establecen un predominio claro de las actividades no relacionales respecto de las atribuciones ontológicas y las actividades relacionales.
Las evaluaciones accionales representan las acciones preferidas y rechazadas por los actantes asociados, así como las ontológicas representan las atribuciones de cualidades más comunes y las relacionales permiten tomar posición respecto de lo que es deseable o no en las dinámicas vinculares.
Al priorizar la dinámica accional simple, que incluso está asociada al presente en la mayoría de los casos, la cumbia villera prioriza un modo asertivo centrado en la forma general de un actante endogrupal que desarrolla una actividad que es buena en sí misma, más allá de sus ejecutantes y afectados. En una cantidad importante de casos, hay un conjunto de acciones que son buenas o malas en sí mismas (tomar vino, ir a la cancha en celular o actuar como policía) y sin tomar en cuenta su contexto de ejecución o destinatario directo. Las acciones “indireccionadas”, sin un blanco específico, establecen un tipo de afirmación identitaria que no demanda de antagonistas directos o protagonistas específicos para lograr representatividad. Simplemente, al actuar de maneras particulares, alguien se acerca o aleja del representante endogrupal prototípico.
5.5. Conclusiones generales
Con base en los resultados de este análisis, podemos establecer distintas conclusiones respecto al modo en que el desempeño evaluativo se articula en las dinámicas de diferenciación endogrupal. Si bien operamos aquí con coordenadas lingüísticas de análisis, el foco estará puesto en lo que denominamos “acción identitaria”, que es el modo en que el discurso reconoce un punto de anclaje que excede al individuo para desplegar rasgos que definen positivamente al endogrupo y fundar una correlación axiológica clara; cuanto más se parecen los protagonistas de las canciones al actante endogrupal villero, mejores son. Lo que resulta relevante aquí no es tanto la existencia de modos puntuales de actuación discursiva como focos de interés autónomo, sino su modo de remisión a estrategias identitarias de estructura formalmente recurrente.
El fundamento de la mayoría de estas afirmaciones y conclusiones específicas tiene, constitutivamente, una base estadística corroborable en la totalidad del corpus analizado, pero algunas de ellas, como las vinculadas a los deseos transformativos y punitivos o la relación entre valorización y prescripción, establecen un fundamento analítico que excede la cuantificación y abre el camino a reflexiones que profundizaré más adelante.
- El sesgo valorativo directo apoya la hipótesis del favoritismo endogrupal como estrategia más evidente. Los comportamientos positivos son asociados genéricamente al endogrupo y los negativos, al exogrupo. De las evaluaciones totales realizadas sobre las dimensiones de comparación seleccionadas, solo un 1 % son positivas de las centradas en el exogrupo, pero las basadas en el endogrupo alcanzan un valor total de 56 %. Respecto de las negativas, los resultados son más parejos, con 22 % para el endogrupo y 21 % para el exogrupo.
- La ubicación temporal de las evaluaciones también parece jugar un papel relevante respecto de la positividad o negatividad, planteando claramente un desplazamiento de las orientaciones desde el pasado hacia el futuro. El endogrupo alcanza un predominio de opiniones positivas que aumenta en el mismo sentido en que se desplaza la línea del tiempo, dado que pasa de un 39 % de opiniones positivas en el pasado, un 57 % del mismo rubro en el presente y un 78 % en el futuro. Para el exogrupo, en cambio, esa tendencia es oscilante, pasa de un 2 % de valoraciones exogrupales positivas en el pasado a un 1 % en el presente y un 6 % en el futuro. En las valoraciones negativas, en cambio, las trayectorias se fijan con mayor claridad, ya que en el caso del endogrupo se pasa de un 31 % en el pasado a un 22 % en el presente y un 4 % en el futuro. Respecto de las valoraciones negativas exogrupales, se pasa de un 28 % en el pasado a un 20 % en el presente y un 8 % en el futuro. En definitiva, la negatividad de las evaluaciones es mayor en el pasado que en el presente y en el presente que en el futuro, y respecto de la positividad, la corriente parece ser la misma, aunque en escalas de magnitud muy distintas (para el endogrupo 39 %, 57 % y 78 %, y para el exogrupo 2 %, 1 % y 6 %, respectivamente).
- Los deseos transformativos y punitivos organizan la percepción negativa del exogrupo y dividen las aguas en torno a los niveles de hostilidad que discursivamente se ponen en escena. En términos generales, cuando el nivel de rechazo respecto de lo grupalmente ajeno es más moderado, lo que prima es un deseo asimilativo o transformativo, que intenta cambiar comportamientos, como en “porque yo quiero una piba cumbiera que le guste la joda y no se haga la villera” (“Sufre cheto”). Este deseo puede explicitarse textualmente, como en el caso anterior, o deducirse tácitamente por la enunciación de aquello que se rechaza e invirtiendo la carga axiológica, como en “Cuando ibas a la cancha, parabas con la hinchada, y tomabas vino blanco y ahora patrullás la ciudad” (“Sos un botón”). Cuando el rechazo aumenta en intensidad, se plantea una acción de castigo o restitución, como en “Alto buche resultaste ser, éramos amigos y ahora nos vendes, ahora vamos rumbo a tu casilla, porque esta noche la vamos a quemar” (“El guacho cicatriz”).
- Toda posición valorativa tiene, por lo tanto, una doble cara: el posicionamiento concreto respecto de una acción y la recomendación implícita de cómo actuar en el sentido coincidente o divergente respecto a cómo se ha actuado antes. Hay, en consecuencia, una relación formalmente clara entre valorización y prescripción, en la medida en que, desde el punto de vista endogrupal, cada orientación valorativa respecto de una conducta o persona implica el deseo de que aquella realidad que se evalúa exista o no con las características que se le atribuyen. Volviendo al ejemplo dado en último lugar, la frase “Alto buche resultaste ser” (“El guacho cicatriz”) no solo implica una valoración negativa del actante objeto al cual se le atribuye esa condición, sino un deber ser identitario que excluye esa posibilidad existencial como aceptable.
- Acorde con las implicancias de este modo de funcionamiento mental, ideológico y discursivo, al opinar sobre personas, objetos, conductas o estados de distinta índole, los referentes endogrupales establecen un sistema de preferencias capaz de ordenar el mundo circundante en una topología de proximidades y lejanías generadas por la acción identitaria.
- El análisis por tipo y subtipo evaluativo produce resultados claros respecto al tipo de valorizaciones más recurrentes. En este caso, predominan fuertemente los juicios morales respecto de los apreciativos y los afectivos, de modo que se establece una lógica de diferenciación que apela a un componente prescriptivo centrado en las virtudes y los defectos de personas más que en las características estéticas o funcionales de objetos reales o procesos. Las evaluaciones afectivas, centradas en las emociones del enunciador, ocupan el segundo lugar, como en “Qué difícil es vivir sin ti” (“Qué difícil”), y a su vez dependen del predominio interno de los juicios autorales (personales) sobre los no autorales (de terceros). Además de participar de esta dinámica de fortalecimiento de un punto de vista propio, los juicios morales se desarrollan en la misma línea del sesgo valorativo simple señalado en primer lugar, calificando positivamente al endogrupo (53 %) y negativamente al exogrupo (87 %).
- El análisis por dimensiones de comparación ofrece pistas respecto de la manera específica en que lo que Teun Van Dijk (1998) denomina esquema de grupo establece una manera prototípica del endogrupo de situarse frente a aquello que considera ajeno. Entre las dimensiones en que más contundentemente se desarrolla una comparación favorable están la capacidad de diversión (24 %), la capacidad de afecto (21 %) y la capacidad de seducción (9 %). Entre las dimensiones que más directamente conciernen a la negatividad exogrupal, figuran, en cambio, la integridad (28 %) y la lealtad identitaria (24 %). Resulta interesante, en este caso, que las dimensiones centradas en la positividad no coincidan con las que permiten el proceso antagónico de desprestigio externo en los primeros lugares. El fenómeno de la creatividad social, expresado en los términos de la teoría de la identidad social, da cuenta de la dinámica por la cual el endogrupo es capaz de imponer sus propias escalas de autovaloración en la comparación con su exterior sociológico.
- El componente actancial de las evaluaciones se centra en aquellos protagonistas que representan el foco habitual de la actividad valorizadora. En la distribución de actantes afectados en las categorías endogrupales, la primera persona (yo) tiene una primacía absoluta sobre el resto de las referencias, lo que indica una modalidad de autovaloración más centrada en el yo personal y sus diferentes desdoblamientos que en protagonistas tipificados al margen de estas categorías. Como he señalado más arriba, el predominio de la referencia al yo personal es, en estos términos, coherente con hallazgos que realicé en mi tesis de maestría respecto de la profundidad psicológica y emocional solo atribuible a miembros del grupo propio y negada a integrantes del exogrupo. Dentro de este último sector, en cambio, las referencias al vos son predominantes, pero con un nivel de desagregación mucho mayor al de las categorías endogrupales. Frente a un yo compacto y ponderado positivamente, el vos exogrupal aparece disgregado en múltiples categorías negativas con vos{policía}, vos{botón}, vos{cheto}, vos{traidor}, vos{pibe cantina} y vos{vividor}, lo que indica que un doble procedimiento categorizador/calificador se desarrolla aquí como foco preferencial de la acción identitaria.
- La determinación de diferentes estrategias de autovalorización, correlativas con diferentes “zonas” de actividad evaluativa, implica una concepción transicional y no disruptiva de la acción identitaria. En resumidas cuentas, el endogrupo se revaloriza no competitivamente cuando adopta las mismas dimensiones que son postuladas exogrupalmente de modo regular y además desplegando su acción valorizadora de manera esperable y no innovadora. Sin embargo, también pueden adoptar, con simultaneidad, estrategias autovalorizadoras centradas en dimensiones que son reivindicables exogrupalmente, pero a partir de un modo de acción discursivo original (revalorización competitiva). O por intensidad o por direccionamiento de la acción, el modo en que el endogrupo reivindica estas acciones introduce una diferencia respecto de cómo esta dimensión se reivindicaría exogrupalmente. Finalmente, en la zona de máxima distancia identitaria, se produce una actividad fuertemente creativa respecto de las dimensiones a reivindicar, ya que el endogrupo se posiciona positivamente dentro de una escala que no solo el exogrupo no aprecia, sino que en algunos casos puede rechazar activamente. Este tipo de modalidad representa, a su vez, el máximo grado de antagonismo identitario y a la vez el máximo nivel de orgullo grupal, y puede implicar el uso de escalas axiológicas abiertamente disruptivas respecto de lo esperable exogrupalmente.
- El predominio de las evaluaciones expresadas a través de acciones y con preponderancia específica del presente del indicativo introduce un factor de realismo que le agrega contundencia a la acción identitaria. En casos como “y ahora patrullás la ciudad” (“Sos un botón”), “Creés que tu traje impone respeto” (“Juan Pérez”) o “En esta esquina paran los polentas, los que van al frente si hay que guantear” (“A guantear”), este dispositivo de presentación se asocia a una estrategia realista de indudable contundencia. Reafirmando esta relación entre la elección de este tiempo verbal y el realismo, Lavandera (1984) sostiene:
El presente del indicativo también va más allá de presentar una situación simplemente hipotética. Dada su alta frecuencia en casos de referencia a situaciones prácticamente reales, el uso del presente de indicativo implica que la situación hipotética puede considerarse real (p. 27).
- Existen algunos usos muy puntuales de la tercera persona como mitigadora ocasional de algunas evaluaciones, como en “se comenta que es el cantina, que a la villa volvió” (“El pibe cantina”) o “no tiene para un papelito sólo vive del faso y el vino” (“La vuelta”). Como he comentado anteriormente, a diferencia de las funciones evaluativas, que dependen de elementos léxicos fijos, la cualidad de mitigador o reforzador de cada recurso utilizado depende del uso contrastivo entre las personas verbales (primeras o segundas versus terceras), del modo (indicativo versus subjuntivo) y las voces (activas versus pasivas), etc. Siguiendo esta lógica, es posible contabilizar como un dispositivo de esta naturaleza a la dupla que vincula la valoración negativa explícita de lo rechazado en el exogrupo y la valoración positiva explícita de aquel comportamiento que se le opone, tal como se ha determinado, en este mismo capítulo, en la definición de la dinámica evaluativa básica. Volviendo a un caso ejemplo que hemos comentado más arriba, al enfatizar “Buchón, buchón, buchón, por unas monedas nos delatas”, se mitiga tanto la positividad y endogrupalidad del actante implicado como se enfatiza su negatividad y exogrupalidad potencial.
Si bien considero que con estas conclusiones y durante el transcurso de todo el capítulo que aquí culmina he incursionado globalmente en el análisis lingüístico del corpus textual, en los próximos dos apartados se apelará al despliegue de una metodología de análisis que intentará subsumir e integrar abordajes de este tipo con la idea de red. Entiendo que esta traslación demanda, además de una justificación específica de su pertinencia, una explicitación del modo en que esta clase de articulación formal implica un rédito investigativo cuya lógica no ha sido avizorada y mucho menos transitada hasta ahora.
- Con esta observación simplemente quiero señalar que el hecho de enumerar los recursos que dan cuenta de una determinada estrategia en el texto (N1, N2, N3, etc.) no implica tener en cuenta el modo en que estos recursos interactúan entre sí globalmente y con el resto del corpus. De hecho, la mayoría de los abordajes de análisis discursivo prescinden de esta necesidad macroanalítica y se centran en la frecuencia y las características de los recursos analizados.↵
- Por supuesto que la semántica de la evaluación es intrínsecamente cuestionable ya que no hay una única forma de asignar sentido dentro de los marcos culturales de referencia. Lo que subyace a esta posibilidad metodológica es que el analista conoce las atribuciones de sentido más frecuentes que los protagonistas del discurso realizan en torno a los elementos de cada diálogo.↵
- A pesar de la relevancia de estos indicadores lingüísticos, no hay que perder de vista que los constructos evaluativos son complejos y no podemos reducirlos a categorías lexicales. ↵
- Esto es importante porque el grado de variación intercultural puede ser relevante.↵
- En términos de esta investigación, los valores identitarios grupales son equivalentes a las dimensiones sociales de comparación. La diferencia más relevante entre ambas designaciones es que el concepto de dimensión social de comparación proviene de la teoría de la identidad social (ver punto 4.2.4 del capítulo 4), mientras que el de valor identitario está más ligado a la perspectiva de Van Dijk.↵
- En las figuras 10, 11, 12 y 13, las dimensiones con menores valores no están etiquetadas.↵






