Pero lo que los nombres de las bandas hacen, además de jugar con esos significados y proveerles a sus consumidores posibles identificaciones, es realizar aquello que Reguillo (2000) denominó la transformación del estigma en emblema. Las “pibas” y “pibes” se apropian de esos nombres y de sus significados pero revierten sus sentidos negativos. O sea, afirman su supuesta condición de “chorros” y “atorrantas”, pero le dan a eso un valor positivo, juegan también ellos con esas ideas aun en los casos en que no crean que los definan. En esas elecciones, los jóvenes no sólo demuestran saber qué es lo que se dice sobre ellos y por qué, sino que “doblan la apuesta” y dicen públicamente “lo somos, y qué?”, “¿qué tiene de malo que seamos así?”, “¿qué tiene de malo que alguien sea así?”, desafiando, nuevamente, los valores morales de la sociedad en la que viven.
Marina Silba, 2012, p. 5
Habiendo llegado a este punto, pareciera que la necesidad de cerrar esta investigación obliga a un balance inclusivo que no deje brechas sospechosamente abiertas. Intentaré, con los riesgos que eso implica, no caer en esta posición. De estos riesgos, al menos puedo señalar uno con claridad, y es que, si alguna pregunta o inquietud no quedó respondida de modo ostensible, uno debe justificar adecuadamente haber tomado ese camino en un doble sentido. Por un lado, resulta necesario fundamentar la pertinencia de las preguntas formuladas; por el otro, y dado el caso, debemos justificar el no haberlas respondido de modo concluyente. Considero que todo ejercicio de análisis, fuera de estas constricciones, se torna poco pertinente (si se plantean preguntas interesantes pero no respondidas) o epistemológicamente irrelevante (si se responden preguntas secundarias aunque de modo consistente).
Habiendo recorrido hasta aquí un camino variado en su contenido pero vertebrado a partir de la construcción de identidad en términos discursivos, entiendo que es posible presentar estas reflexiones de cierre en torno a dos instancias articuladoras; en primer lugar, tratando de recapitular y vincular las respuestas producidas a las hipótesis planteadas y, luego, resaltando puntos de inflexión y movimientos conceptuales que exceden este ejercicio. En ambas instancias, a su vez, priman dos aproximaciones que hacen hincapié en diferentes facetas del dispositivo de análisis y que trataré de considerar autónomamente a efectos del desarrollo expositivo: a) el abordaje de aspectos basados en el contenido sustantivo del fenómeno estudiado, que concentrará las afirmaciones atinentes al objeto de estudio directo de esta investigación, y b) la discusión metodológica específica que contextualiza y da sentido a cada aspecto de la compleja estructura de relaciones de los tópicos abordados.
9.1. Acción identitaria y referencia al contexto: tipificando las respuestas al estigma
He mencionado dos objetivos centrales de esta investigación (ver punto 1.3). El primer objetivo —nos concentraremos en el segundo en el siguiente apartado— hace foco en la descripción de la acción identitaria a través de su ligazón con el contexto, asumiendo que las personas creen, dicen y hacen diferentes cosas según la situación en la que se desempeñan comunicativamente.
La hipótesis teórica ligada a este objetivo principal, parafraseada de manera flexible, postula que las representaciones discursivas que se observan en las letras de las canciones de cumbia villera conforman un sistema de creencias equivalente a los sistemas de creencias de los pobladores villeros actuales que pueden adherir o no a los contenidos del género.
Examinando en retrospectiva los recursos puestos al servicio de la corroboración de este punto, podemos advertir que el análisis de un contexto diferenciado que permita investigar la variabilidad de lo que aquí se ha denominado acción identitaria implica, hasta cierto punto, un ejercicio modélico de simulación; no podemos partir de contextos ya constituidos y ver qué sucede en cada uno de ellos, pero sí podemos categorizar las diferencias estructurales establecidas a nivel textual e inferir situaciones comunicativas distintas ligadas a cada uno de ellos.
Este ejercicio de imaginería sistemática demanda una redefinición del concepto de acción identitaria, al que he recurrido sumariamente en esta investigación pero sin apelar a una interpretación cognitivo-discursiva de su naturaleza. Atendiendo a los presupuestos de la teoría de la identidad social y a la de autocategorización del yo (Turner, 1985; Turner, Hogg, Oakes, Reicher & Wetherell, 1987), es posible decir que la acción identitaria es aquella que sitúa los procesos de identificación personales en términos del exclusivo contrapunto entre un endogrupo y un exogrupo homogéneamente considerados.
Lo paradójico o aparentemente contradictorio, al menos en términos de lo que interesa aquí, es que esta identificación personal ideal se ajusta a una dinámica de despersonalización, ya que remite a la conformación de una identidad sustentada en el exclusivo contrapunto entre endogrupo y exogrupo que no contempla los rasgos específicos de la individualidad. Al despersonalizarse, al erigirse sobre el piso de identificaciones que trascienden al individuo y remiten inevitablemente al grupo social más abarcativo, la manifestación discursiva de la identidad se articula sobre la base del concepto de creencias que Van Dijk considera ideológicas según la concepción positiva e integrada ya descripta en el capítulo 4.
La idea de multidimensionalidad identitaria, que hace referencia a la triple naturaleza cognitiva, social y discursiva de la identidad, es el marco conceptual general en el cual la acción identitaria se despliega y conecta los diferentes planos de la reafirmación endogrupal. Dentro de este esquema explicativo, ¿cómo se lleva a cabo la acción identitaria? Principalmente, a través de un procedimiento de comparación que se desarrolla utilizando un conjunto limitado de dimensiones de referencia con base en las cuales el grupo vuelve a medirse, una y otra vez, con sus antagonistas exteriores.
Esta confrontación se desarrolla de distintos modos, pero siempre opera a través de la acentuación de las diferencias y en el plano que resulte conveniente hacerlo. La génesis de este proceso es cognitiva y aunque no es el foco de esta investigación, conviene tener presente que el autoconcepto es el que permite al yo constituirse sobre la base de las dimensiones sociales puestas en juego. La autocategorización del yo es el proceso por el cual, de ese conjunto de representaciones personales disponibles, algunas son seleccionadas y “activadas” por situaciones particulares.
Aquí emerge una cuestión clave que nos aparta, sin embargo, de este modelo explicativo, por dos motivos principales: 1) como ya se ha señalado, no disponemos de un inventario de estos contextos sociales que permita investigar las variantes de autoconcepto priorizadas en cada caso, y 2) esta investigación no estuvo orientada a explorar los procesos individuales de autocategorización propiciados por las canciones de cumbia villera, sino sus bases eminentemente sociales.
Cuando hice foco en las canciones y entrevistas como corpus, las unidades de análisis no han sido las personas y sus procesos de autocategorización, sino los juicios evaluativos, las relaciones de afinidad y no afinidad, la articulación narrativa y los tópicos que han integrado el análisis de entrevistas llevado a cabo en último lugar.
¿Cómo se ligan entonces la acentuación de las diferencias ejercida a nivel grupal y el autoconcepto como emergente individual? ¿Cómo se conectan los procesos grupales e individuales de categorización en todos estos aspectos? Solo es posible asumir este nexo como un supuesto epistemológico de rango amplio, pero ese no ha sido el foco del trabajo cuyo cierre se forja en este espacio, sino lo que esta suposición permite analizar. Sin embargo, un corolario perfectamente razonable de este análisis es que, tal como han sido descriptas, a cada zona de valorización endogrupal le corresponde un tipo específico de autoconcepto que mantiene una relación de continuidad parcial con las otras zonas.
A estos efectos, no podemos decir que cada canción se inserta necesariamente en un contexto globalmente distinto, pero es posible caracterizar los diferentes entornos en los cuales sus partes constituyentes despliegan su acción identitaria. Aunque no ha sido mi propósito inicial, finalmente esta descripción de entornos ha asumido la forma de una topología con rasgos estables.
En el caso de los juicios evaluativos, el predominio de los juicios morales por sobre cualquier otra categoría pone en escena una matriz prescriptiva que no se puede soslayar. La acción moralizante, que se despliega positivamente sobre el endogrupo y negativamente respecto del exogrupo, es el principal recurso a través del cual se despliega este proceso de categorización de conductas y objetos. En el contexto de estos posicionamientos, el predominio de la negatividad hacia el exogrupo respecto de la positividad respecto del endogrupo es también abrumador.
Otro aspecto de este posicionamiento, basado en la figura de los protagonistas de las canciones, muestra el carácter manifiestamente egocéntrico de las referencias evaluativas. Las referencias al yo, con un 40 % de los juicios, y al nosotros, con un 9 %, exponen el carácter genéricamente autocentrado de las evaluaciones del entorno social. En vez de elegir un personaje prototípico (un villero o villera específico) como posible alter ego de las historias, la mayoría de ellas se estructuran en torno a una primera persona directa que, a pesar de la omnipresencia de la acción identitaria, remite, paradójicamente, más a una situación enunciativa personal que grupal.
Una faceta adicional del análisis de las evaluaciones, que vincula el análisis discursivo de las valoraciones con la teoría de la identidad social y la de la autocategorización del yo, es el análisis de las dimensiones sociales a través de las cuales se ejerce esa acción evaluativa ya señalada. Este ingreso al estudio de los valores grupales seleccionados para la comparación intergrupal resultó, en el curso real de esta investigación, la llave para vislumbrar la estructura de las continuidades y conexiones que liga las diferentes formas de organizar la identidad en términos discursivos.
Recapitulando lo que ha sido desarrollado en el capítulo 5, el análisis de los planos de la acción evaluativa reveló tres dinámicas diferenciadas:
- La valorización del endogrupo en las mismas dimensiones que el exogrupo valora y de la misma manera en que lo hace el exogrupo. En esta primera categoría podemos incluir dimensiones como el autocontrol, la belleza, la capacidad de afecto, la capacidad de lucha, el estado anímico, la limpieza, la madurez y el orgullo.
- La valorización del grupo propio en dimensiones que el exogrupo considera positivamente pero de un modo distinto al exogrupal. En esta categoría se pueden incluir la capacidad de afecto, la capacidad de diversión, la capacidad de seducción, la conciencia de la situación, la credibilidad, el éxito económico, la integridad, la fama, la libertad, la seguridad, la valentía y la virilidad.
- La valorización del endogrupo en dimensiones no valoradas por el endogrupo. Aquí se pueden incluir la capacidad de sufrimiento, la lealtad identitaria, la tolerancia al dolor y la tolerancia a la pobreza.
La primera estrategia de valorización la he llamado revalorización no competitiva y representa la modalidad más conservadora, ya que no innova ni en forma ni en contenido respecto de lo reivindicado por el exogrupo. Esta modalidad, apreciable en frases como “No tomés, no tomés si no sabes tomar” (“No tomés”), reproduce el canon exogrupal (el alcohol es peligroso en exceso) pero demuestra que el endogrupo sabe desempeñarse también dentro de esos parámetros si lo desea.
La segunda modalidad, que denominé revalorización competitiva, modifica las formas de adhesión y plantea pautas desafiantes en este aspecto, pero a partir de valores sociales no innovadores. Como ya he señalado, un mecanismo característico de esta variante es la reivindicación de una conducta vista positivamente pero que modifica la manera en que afecta a propios y ajenos. Al afirmar que “porque a tu mujer, me la estoy comiendo yo” (“Poliguampa”), la capacidad de seducción, que puede ser considerada como un rasgo positivo exteriormente, se vuelve en contra de un miembro del exogrupo, que en este caso es un policía. La estrategia de valorización es híbrida porque combina, en este caso, una dimensión compartida entre endogrupo y exogrupo, pero una dirección (contra un miembro del exogrupo), que no puede ser suscripta desde afuera.
La tercera estrategia, que rotulé como revalorización innovadora, conforma el grado más dinámico de la acción identitaria e implica tanto la consideración de nuevas dimensiones de comparación como de formas conocidas o nuevas para ponderarlas.
Las afirmaciones de Marina Silba, presentes en el epígrafe de este mismo capítulo, encajan perfectamente dentro de esta última variante. Sostiene que:
Las “pibas” y “pibes” se apropian de esos nombres y de sus significados pero revierten sus sentidos negativos. O sea, afirman su supuesta condición de “chorros” y “atorrantas”, pero le dan a eso un valor positivo, juegan también ellos con esas ideas aun en los casos en que no crean que los definan. En esas elecciones, los jóvenes no sólo demuestran saber qué es lo que se dice sobre ellos y por qué, sino que “doblan la apuesta” y dicen públicamente “lo somos, y qué?”, “¿qué tiene de malo que seamos así?”, “¿qué tiene de malo que alguien sea así?”, desafiando, nuevamente, los valores morales de la sociedad en la que viven (Silba, 2012).
De ese modo postula una dinámica revalorizadora que opera invirtiendo la carga axiológica fijada exteriormente. Aunque con intensidades diferentes, este mecanismo es conocido y pueden encontrarse antecedentes claros de esta dinámica en distintas respuestas generadas por grupos sociales a lo largo de la historia. El mismo movimiento por los derechos civiles impulsor de la negritud en EE. UU., del cual surgieron figuras como Martin Luther King, Rosa Parks, Malcolm X, se estructuró en torno a consignas como “Black is beautiful”, para producir un movimiento revalorizador que contextualmente retoma e invierte la lógica descalificadora de los grupos supremacistas blancos. Frente al estigma, que preexiste a la acción revalorizadora (“ser negro es feo” o “ser feo es denigrante”), se pueden asumir distintas actitudes difíciles de listar en un inventario único, pero la revalorización innovadora es la que opera en directa colisión con él e indica un nivel de “orgullo identitario” que acaso sea en sí mismo un aspecto revelador de una evolución positiva del autoconcepto grupal.
Aun en este tercer caso, la acción identitaria no pierde su carácter profundamente dialógico, ya que ninguna de estas posiciones endogrupales, ni siquiera las más moderadas, existe sin una acusación o un ataque que las preceda de manera determinante.
Se puede decir que la cumbia villera es, en este preciso sentido, la respuesta de un grupo social a una enunciación que se inicia tiempo atrás y que configura el antecedente más beligerante y mediato contra el que se reacciona. El predominio estable de esa zona de revalorización innovadora, de un discurso empeñado en devolver el golpe que se ha recibido de las maneras más notorias, conforma la huella de un afán restitutivo solo comprensible en la medida en que se tiene presente la perspectiva bajtiniana del proceso comunicativo:
Así, pues, toda comprensión real y total tiene un carácter de respuesta activa y no es sino una fase inicial y preparativa de la respuesta (cualquiera que sea su forma). También el hablante mismo cuenta con esta activa comprensión preñada de respuesta: no espera una comprensión pasiva, que tan sólo reproduzca su idea en la cabeza ajena, sino que quiere una contestación, consentimiento, participación, objeción, cumplimiento, etc. (los diversos géneros discursivos presuponen diferentes orientaciones etiológicas, varios objetivos discursivos en los que hablan o escriben). El deseo de hacer comprensible su discurso es tan sólo un momento abstracto del concreto y total proyecto discursivo del hablante. Es más, todo hablante es de por sí un contestatario, en mayor o menor medida: él no es un primer hablante, quien haya interrumpido por vez primera el eterno silencio del universo, y él no únicamente presupone la existencia del sistema de la lengua que utiliza, sino que cuenta con la presencia de ciertos enunciados anteriores, suyos y ajenos, con los cuales un enunciado determinado establece toda suerte de relaciones (se apoya en ellos, problematiza con ellos, o simplemente los supone conocidos por su oyente). Todo enunciado es un eslabón en la cadena, muy complejamente organizada, de otros enunciados (Bajtín, 1982, p. 8).
Bajtín argumenta en este caso respecto de situaciones individuales, pero fácilmente podemos extrapolar sus implicancias al desempeño de un grupo social vehiculizado a través de un género musical. Retomando un ejemplo ya mencionado en el capítulo 8 y abordado desde otro aspecto, es importante destacar que cuando Pablo Lescano designa a su álbum como 100 % negro cumbiero, despliega una acción reivindicativa que se ajusta a este dispositivo de valorización, retoma y responde a un estigma previo, el de ser negro y cumbiero, y redobla la apuesta asumiéndolo como una positividad (ver figura 58).
Utilizo el término estigma según la acepción propuesta por Erving Goffman, el cual lo caracteriza como el proceso en el cual la reacción de los demás estropea o deteriora la “identidad normal”. Este autor reconoce tres formas básicas de estigma: la experiencia de una enfermedad mental (o la imposición de este diagnóstico), un tipo de deformidad o una diferenciación no deseada y la asociación a una determinada raza, creencia o religión (o ausencia de esta) (Goffman, 2006).
Sin embargo, para Goffman la estigmatización no remite solo a un rasgo específico que es el atacado, sino a un sistema de relaciones que paralelamente realza la posesión del rasgo opuesto al que se cuestiona:
el término estigma será utilizado para hacer referencia a un atributo profundamente desacreditador; pero lo que en realidad se necesita es un lenguaje de relaciones, no de atributos. Un atributo que estigmatiza a su poseedor puede confirmar la normalidad de otro, y por consiguiente no es ni honroso ni deshonroso en sí mismo (Goffman, 2006, p. 13).
Ahora bien, ¿cuál es la condición de posibilidad general de la respuesta al estigma de parte de un grupo social?
En el caso de la cumbia villera, este mecanismo de resemantización positiva al menos implica dos movimientos hasta cierto punto autónomos:
- por un lado, aceptar que uno, efectivamente, es aquello que el otro nos dice que es;
- en segunda instancia, demostrar que ser eso que el otro dice que somos no es algo malo.
Figura 58. Imagen de tapa del álbum 100 % negro cumbiero (2001), de Damas Gratis

Fuente: edición original del álbum, Leader Music.
Debido a un espacio identitario complejo en el que se juegan las estrategias, resulta claro que ambos movimientos no se cumplen en todas las circunstancias y que a veces ninguno de ellos tiene lugar. Tanto en el análisis evaluativo, pero principalmente en el análisis por dimensiones de comparación basado en las trayectorias narrativas presentes en el corpus textual de las canciones, resulta evidente que la revalorización innovadora es la estrategia estadísticamente predominante, ya que un 72 % de las acciones clasificadas caen bajo esta categoría, frente a un 21 % de la revalorización competitiva y un 7 % de la revalorización no competitiva.
Cuando aquí hablamos de exogrupo, estamos suponiendo la existencia de una serie de procedimientos valorativos que no se han descripto pero se han supuesto en su orientación general. Para comprender contra qué discurso previo reacciona la cumbia villera, e incluso los matices de intensidad de esta reacción, considero que es bueno tener en cuenta la siguiente parodia, visible en la figura 59, de alguien que es denominado, haciendo honor a un racismo de larga data local en Argentina, “negro cabeza”.
La acción identitaria se conforma, entonces, como un mecanismo cognitivo, discursivo y ligado a la praxis social —por lo tanto ideológico en términos de Van Dijk— a partir del cual las personas pertenecientes a los grupos sociales discriminados pueden, bajo ciertas circunstancias, articular una reacción autorreparadora comparándose de modo favorable en algún aspecto.
En esta parodia de los pobladores villeros, confluyen distintos elementos del racismo biologicista y cultural contra los cuales la cumbia villera, como mensaje ideológico, solo puede constituir una respuesta parcial y articulada al margen de las pretensiones de los intelectuales bienpensantes. En una reseña que puede operar de arquetipo de esta propuesta estigmatizante, tenemos aquí:
- Discriminación en función de rasgos fenotípicos: “Labios: son gruesos y sobresalientes de la cara, en honor a sus antepasados los monos”.
- Atribución generalizada de comportamiento adictivo: “Porro: infaltable para la supervivencia de todo negro”.
- Atribución generalizada de actitudes antihigiénicas: “Ladilla: su mascota preferida”.
- Atribución generalizada de falta de apego al trabajo y predisposición al robo: “Indumentaria deportiva: aunque no realizan ningún deporte y no tengan plata siempre tienen zapatillas, equipos, remeras y medias de marcas importantes y de alto costo”.
- Menosprecio de la religiosidad: “Rosario: indispensable, aunque no sepan quién está crucificado”.
Figura 59. Imagen estigmatizante y racista de los pobladores villeros[1]

Ahora bien, operando en contra de cierta visión reduccionista que se tiene del fenómeno, las respuestas dialógicas a esta estigmatización son de varios tipos y responden a distintas ubicaciones en la topología del anillo identitario que se ha descripto.
El grupo Metaguacha la plantea a través de la letra de la canción “Alma blanca” cuando interroga y reclama:
“Qué me estás diciendo / me estás ofendiendo / No me digas negro / soy igual que tú. / No vale sientas / que tienes dinero / que vivo en el barro / y tú en la gran ciudad. / Soy negro de abajo / con el alma blanca, / yo soy de la cumbia, / soy de la resaca, / tú de los boliches / de la capital” (Metaguacha, “Alma blanca”)
Se puede afirmar que esta respuesta está en las antípodas del “100 % negro cumbiero” de Pablo Lescano, ya que la negritud a secas no solo no es reivindicada sino que ni siquiera se la asume como tal. Por lo contrario, al desplazarse íntegramente en la zona de revalorización no competitiva, este conjunto musical toma un valor exogrupal (la no negritud cultural) e intenta posicionarse favorablemente dentro de esa escala. Para lograrlo, primero necesita desasociar las características físicas de los rasgos culturales, y así romper uno de los acuerdos de lo que puede denominarse racismo cultural.
Al proclamar que “soy negro de abajo con el alma blanca”, se opera un doble movimiento que consiste en asumir los rasgos físicos de lo que en Argentina se denomina “ser negro” (en parte el primer punto del discurso estigmatizante) y desentenderse del resto de los componentes culturales negativamente asociados[2]. Pensándolo de manera más abarcativa, esta actitud puede encuadrarse como una posibilidad específica de la acción identitaria dentro de un espectro posible de respuestas.
Frente a la existencia de una asociación que vincule rasgos culturales negativamente considerados y una configuración física, el endogrupo puede:
- Negar tener la configuración física atribuida (estrategia de “blanqueamiento” físico).
- Negar la asociación entre la configuración física y ese comportamiento asignado (estrategia de “deslinde”).
- Asumir la configuración física y reafirmar la asociación con el comportamiento atribuido pero considerándolo positivamente (estrategia de “reafirmación positiva”).
Se puede afirmar que la primera opción ha sido transitada por distintos grupos sociales a lo largo de la historia y representa el extremo más opuesto al orgullo identitario. Implica negar tanto la atribución de rasgos físicos como el comportamiento asociado. Distintas estrategias han servido a este propósito en diferentes contextos, pero es un hecho comprobable que, para los sectores sociales subalternos de ese mosaico étnico que ha sido y es la América hispana, negar de modo relativo o absoluto la pertenencia a una categoría estigmatizada ha configurado una práctica habitual sustentada, muchas veces, en una diferenciación muy fina de las características físicas asociadas a rasgos culturales. Como sostiene el investigador Ogass Bilbao analizando las diferencias sociales relacionadas con distinciones de color de piel en Sudamérica hacia mediados del siglo XVII en Lima y Santiago de Chile:
Producto del mestizaje –que vapuleó la idea de las dos repúblicas separadas de indios y españoles por parte de la Corona–, comenzó a configurarse un discurso taxonómico de las mezclas que servía a los intereses de quienes detentaron las posiciones de poder: mulatos, pardos, tercerones, cuarterones, requinterones fueron algunos de los términos utilizados. Su objetivo fue claro: designar separaciones sociales sobre la base de la pureza de sangre, representada exteriormente por el color blanco, pues existía la idea de que el líquido intravenoso era transmisor de las tachas y, también, las virtudes. Según Carmen Bernard, estas categorías fueron definidas “por criterios a la vez ‘biológicos’ y ‘sociológicos’, puesto que en todos los casos se alude a la filiación, a la apariencia, a la sangre, al temperamento, a la condición y al rango”. La pertenencia a una casta conllevaba toda una connotación simbólica y normativa. A cada grado de pigmentación le correspondía un comportamiento (Ogass Bilbao, 2008, pp. 68-69).
La descripción que hace Ogass Bilbao del sistema de exo y endo discriminación de la población negra en este período, que por extensión involucra realidades esclavistas de Brasil y del resto del cono sur americano, adquiere en este punto una tremenda actualidad (Araya, 1999; Bernard, 1999; Cussen, 2011; Contreras, 2006; Engemann, 2005; Feliú Cruz, 1973; Grubessich, 1992; Hünefeldt, 1994; Soto Lira, 1992). Ante la atribución externa de esa condición villera, que liga un estatus étnico con una forma de ser, los discriminados pueden no reconocerse como tales y tratar de “blanquearse” a través de pautas culturales atribuidas a los sectores no villeros o recurrir a mecanismos discursivos de deslinde que los sitúen en un escalón superior. En un contexto de diferenciación racial explícita, tratar de caer en una categoría menos discriminada constituye una operación que involucra una autocategorización diferenciada en el doble plano de la cultura y lo físico, aunque en este último plano la distinción sea forzada y ni siquiera suscripta homogéneamente por el endogrupo.
Una segunda alternativa, en cambio, es la transitada parcialmente por el conjunto Metaguacha al asumir la negritud física pero tratando de restablecer la igualdad en el plano comportamental o cultural. En todo caso, comprende parte de lo que aquí denominamos revalorización no competitiva y competitiva, ya que acepta tanto la negatividad del estigma atribuido como la pertenencia a una categoría étnica subalterna, pero intenta desmentir la relación fija entre ambos rasgos. No hay aquí un intento de revertir el estigma, sino una desidentificación que tácitamente admite la negatividad instituida desde el exogrupo.
La última opción, finalmente, compete a lo que aquí se ha denominado revalorización innovadora y suscribe tanto la identificación con un perfil físico específico como la asociación con determinados rasgos culturales, pero la acción identitaria clave radica aquí en que estas características intentan ser vistas positivamente.
Reubicando esta dinámica en un esquema global, podemos distinguir, representadas en la siguiente figura, las principales variantes de respuesta endogrupal:
Figura 60. Esquema de respuestas identitarias posibles frente al estigma

Fuente: elaboración propia.
Desde el punto de vista que aquí sostengo, el mapeo de los elementos conceptuales que encuadran el abanico de respuestas identitarias —y dentro de ellos las distintas formas de revalorización— ha sido el principal motor de esta investigación porque permite comprender los corpus textuales de una manera que integra lo cognitivo, lo discursivo y lo social.
Dentro de esta perspectiva, utilizar una concepción posicional de lo identitario, como se ha planteado en los capítulos 4 y 5, implica no solo asumir que un grupo social puede potencialmente desplazarse en este abanico complejo de respuestas de acuerdo con la variabilidad contextual, sino que, en el ejercicio concreto de su actuación discursiva y extradiscursiva, las modalidades de uso de estos recursos pueden combinarse sin ningún atisbo de contradicción.
Se podría decir que las letras de las canciones de cumbia villera no representan, en este sentido, más que un repositorio de estas posibles respuestas identitarias organizadas de un modo específico y disponibles para ser activadas en contextos particulares.
El carácter casuístico del enfoque propuesto, que, como ya se ha argumentado, carece de un diseño muestral estadísticamente validado, impide avanzar más allá y generalizar las conclusiones tanto hacia el resto del corpus textual como hacia grupos homologables estructuralmente a los consultados en este caso, pero las respuestas analizadas muestran un patrón caracterizado por dos rasgos centrales:
- Por un lado, hay un desplazamiento, en el discurso de las entrevistas realizadas y dentro de lo que he denominado “anillo identitario”, desde las posiciones más conservadoras hacia las más cuestionadoras de los valores exogrupales según sea el tema tratado.
- Cuando se plantea una distancia respecto de la cumbia villera actual pero reivindicando sus comienzos, de alguna forma se trata de deslindar lo valioso de lo “degradado” en su contenido, aunque también se encuentran valorizaciones de su potencial político movilizador.
- Respecto de la actitud hacia las mujeres, un abanico similar puede encontrarse en las respuestas analizadas, entre las que se destaca lo negativo del mensaje de la cumbia villera en relación con la imagen femenina, aunque otros entrevistados ubican en un primer plano la capacidad de las mujeres de disfrutar sin hacerse cargo de los elementos estigmatizantes de las letras de las canciones.
- En torno a dos componentes (o actantes) típicamente exogrupales, los policías y los “chetos”, la carga negativa no aparece distribuida con homogeneidad, aunque en general los policías son quienes concentran la cuota mayor de críticas.
En definitiva, los deslizamientos y heterodoxias que violan la pauta de acentuación de diferencias a favor del endogrupo villero aparecen con regularidad en estas respuestas, lo cual induciría a replantear su condición de exponentes de ese grupo social.
- En segunda instancia, en muchos casos las opiniones de seguidores de la cumbia villera relevadas muestran, más allá del anillo identitario endogrupal, actitudes valorativas similares a las que aquí le hemos asignado al exogrupo, pero teniendo en cuenta que podemos dividir estas creencias exogrupales en un subgrupo más cercano a la zona identitaria de contacto —la que he designado como “revalorización no competitiva”— y en un núcleo duro más alejado de ella, que correspondería a las creencias estigmatizantes ejemplificadas en la figura 61[3].
El corolario de este análisis obliga, por lo tanto, a una reconsideración de lo planteado hasta ahora respecto del abanico de posiciones representado por las canciones y el desempeño de los entrevistados. Si intentamos integrar estos últimos testimonios en un único esquema identitario debemos, necesariamente, sobrepasar la amplitud de lo postulado en el análisis de las canciones. Incorporando las zonas evaluativas concernientes al exogrupo (el exogrupo próximo y el exogrupo estigmatizador) al anillo identitario endogrupal, el producto sería el gráfico mostrado a continuación:
Figura 61. Endogrupo, exogrupo y actitudes valorativas asociadas

Fuente: elaboración propia.
Integradas en este esquema, aparecen 5 zonas evaluativas, con sus creencias asociadas, que corresponden al endogrupo y exogrupo:
- Una zona endogrupal de revalorización innovadora, capaz de tomar el discurso exogrupal y valorizar positivamente al endogrupo a partir de la reversión de su carga negativa.
- Una zona endogrupal de revalorización competitiva, en donde se valoriza positivamente al grupo propio según cánones externos pero invirtiendo el blanco evaluativo para que afecte al exogrupo.
- Una zona endogrupal de revalorización no competitiva, en donde se valoriza positivamente al grupo propio según cánones externos y una lógica evaluativa también exterior.
- Una zona exogrupal de desvalorización moderada, en donde se valoriza negativamente al endogrupo a partir de cánones externos.
- Una zona exogrupal de desvalorización intensa, en donde se ataca y discrimina intensamente al endogrupo.
Las letras de las canciones, respondiendo a la noción de esquema de grupo planteada por Van Dijk (1998) y a la acentuación de las diferencias ligada a las teorías de la identidad social y de la autocategorización del yo (Scandroglio et al., 2008), se despliegan en las tres primeras zonas. El contenido de las entrevistas, en cambio, se desplaza en las dos zonas endogrupales más externas, excluyendo prácticamente por completo la zona de revalorización innovadora y también la zona exogrupal más externa, que corresponde a la estigmatización y el ataque.
9.2. El aporte de las redes al análisis del fenómeno identitario
En el contexto descripto, considero que los mapeos de redes jugaron un papel central en el análisis de la dinámica de las creencias endogrupales y sus juicios asociados.
La segunda hipótesis que hizo posible vertebrar esta faceta, consecuentemente, es que las redes consideradas se organizan en torno a dos regiones semánticas: la autoadscripción grupal positiva y la diferenciación antagónica respecto del exterior sociológico.
El objetivo asociado a ella es el desarrollo y la puesta a prueba de una metodología no frecuentada de análisis lingüístico, recurriendo al análisis reticular de discurso (ARD) como herramienta metodológica central para el abordaje de canciones e historias de vida y empleando el concepto de red.
La consideración de esta hipótesis y el objetivo vinculado implicó dos etapas distintas, que fueron el análisis de redes accionales y el de redes narrativas. Dentro de estas etapas, puedo distinguir, a su vez, dos procesos conceptuales con focos diferenciados; por un lado, una metodología de análisis sujeta al lenguaje y el propósito epistemológico del análisis de redes sociales pero aplicados al discurso; por el otro, una serie de hallazgos conceptuales que configuran un desarrollo heurístico único ligado a la triangulación metodológica y a una necesidad de integración que trasciende el enfoque reticular.
En ese sentido, no concibo estos procesos —la formalización reticular y el encadenamiento conceptual general— sin pensar en sus vínculos internos y en el modo en que la retroalimentación de ambas facetas condicionó el avance de toda la investigación.
Respecto de la red intertemática de entrevistados, cabe señalar que la ubico en un plano distinto y vinculada a una etapa de corroboración de supuestos posterior. Sin embargo, dado que en el presente trabajo no se desarrollan sus fundamentos ni detalles, no la integraré a las conclusiones. Tal como indiqué en el apartado introductorio, quienes deseen profundizar en sus particularidades pueden remitirse a la tesis doctoral original (Miceli, 2014).
9.2.1. Las redes accionales
El mapeo de las redes accionales, ejecutado sobre un subconjunto de 12 canciones y no sobre la totalidad del corpus textual, representó, en un momento pionero de esta investigación, un intento por corroborar la viabilidad del enfoque reticular. En aquella instancia fundacional, una pregunta básica era la que buscaba responder echando mano de este enfoque: ¿qué tipo de análisis puede sustentarse exclusivamente en el abordaje de redes aplicadas al discurso? Como en parte he señalado en el capítulo 6, mi objetivo no era combinar hallazgos del análisis reticular de textos de evaluación (Van Cuilenburg, Kleinnijenhuis y de Ridder, 1988), del map analysis (Carley, 1993, 1997, Carley & Kaufer, 1993; Carley & Palmquist, 1992) y los grafos de conocimiento (Popping, 2003), sino utilizar métricas del análisis de redes sociales para revelar aspectos que sobrepasen el conteo de frecuencias de las palabras y la representación estática de las estructuras conceptuales.
Desde esta perspectiva, el ARD (Lozares, Martí & Verd, 1997; Lozares & Verd, 2000; Verd, 2002) apareció como una alternativa metodológicamente accesible aunque con un foco diferenciado; ninguna de las tres líneas de trabajo del ARD abordaba su objeto de estudio centrándose en el contrapunto entre endogrupo y exogrupo, pero todas ellas presentaban herramientas y formas de abordaje altamente reutilizables.
Sin embargo, la comprobación de que la división entre endogrupo y exogrupo era la más productiva en términos analíticos no resultó sencilla ni fue posible llevarla a cabo a partir de una única estrategia conceptual. En este aspecto, el abordaje de lo que definí como redes accionales mostró una convergencia de resultados tanto respecto del análisis evaluativo, que elaboré tiempo después, como del análisis narrativo y de entrevistas, que desarrollé en etapas bastante posteriores.
Sintetizando, y valiéndome de categorías que surgieron en un momento analítico de cierre, diría que el principio de acentuación de las diferencias se expresó en un fuerte predominio de varios rasgos que, en la estructura de zonas evaluativas ya planteada, concernían casi completamente a la revalorización innovadora:
- La mayoría de las acciones que ligan los nodos entre sí son negativas y una mayoría casi absoluta (20 a 1) remite a la intergrupalidad (exogrupo-endogrupo) y no a los vínculos internos (endogrupo-endogrupo). Consecuentemente, las acciones positivas resultaron en su gran mayoría bidireccionales y las negativas predominantemente direccionadas. Retomando la importancia de la heurística global ya comentada, este predominio de la intergrupalidad me orientó prematuramente respecto de lo importante de la construcción del autoconcepto en términos de la identificación casi exclusiva con los rasgos endogrupales.
- En el mismo sentido operó el fuerte desbalance entre el carácter activo del endogrupo (71 % de las acciones van de él al exogrupo) respecto a la pasividad del exogrupo en la emisión de acciones (5 % de las acciones recorren el sentido inverso).
- Otros rasgos estructurales, como el predominio del presente en la enunciación y de los actantes masculinos por sobre los femeninos, cumplieron más un papel de corroboración de sospechas previas que de descubrimiento, pero terminaron de delinear los atributos de la zona más característica de la acción identitaria.
- La emergencia de dos anillos de antagonismos, uno conformado sobre la base del yo y otro del nosotros, que muestran tanto la más elevada centralidad global como local en la red (intermediación y grado nodal en términos de ARS), me permitió delinear otra de las características del autoconcepto centrado, más que en actantes específicos (p. ej., “villero ladrón” o “villero drogadicto”), en primeras personas del singular y plural que resultan máximamente abarcativas como sujetos de la acción.
- En último lugar, se produjo en esta etapa del análisis una corroboración de fuerte incidencia metodológica posterior. Para revelar aspectos críticos de la topología de una red, se utilizó un abordaje híbrido que combinó la extracción de indicadores estadísticos regulares con componentes de interpretación visual apoyados por los algoritmos de graficación del software. En este caso, la determinación de las zonas de antagonismos estuvo apoyada por tres dispositivos de análisis concurrentes: a) el análisis regular de la intermediación local y global (grado nodal e intermediación), b) el diagnóstico de regiones internas a través de la graficación hecha mediante el algoritmo stress minimization y c) el apoyo de los cálculos de centralidad apelando a la extracción de subgrupos o cliqués.
Este tipo de enfoque mixto brindaría, aplicado a las redes narrativas y a las redes de entrevistados, una posibilidad de control cruzado que terminó resultando clave para apoyar consistentemente las conclusiones extraídas.
9.2.2. Las redes narrativas
El análisis de estas redes implicó metodologías vinculadas entre sí pero centradas en diferentes aspectos.
- Por un lado, se realizó una segmentación de las canciones en acciones que no tuvo como eje un sector del corpus sino la totalidad dispuesta en una red de primer grado.
- Seguidamente, la generación de una red de segundo grado o red de metanodos, establecida con base en la anterior pero a la que se agregó como atributo de estas acciones el concepto de dimensión, fue lo que permitió vincular el análisis evaluativo con el enfoque reticular.
- El subproducto de estas redes de segundo grado fue, sin embargo, tan relevante como la elaboración de la segunda red, ya que el análisis de las dimensiones de comparación dio origen a un desglose estadístico e interpretativo que permitió estructurar íntegramente el capítulo 8 de esta investigación.
- Una cuarta vía de abordaje es lo que denominé análisis de transformaciones, basado en el subconjunto más relevante de las principales 20 acciones de la red principal y centrado en la pérdida o ganancia de algún valor ligado a las dimensiones sociales de comparación.
En el siguiente esquema aparecen representados los vínculos formales entre estos 4 aspectos del análisis, tres mapeables reticularmente (1, 2 y 3) y uno derivado de algunas estadísticas reticulares pero complementado con interpretaciones (4).
Figura 62. Redes narrativas y vínculos formales

Fuente: elaboración propia.
Cada uno de estos ámbitos de análisis implica metodologías y formas de justificación propias, pero los subgrupos de datos capaces de generar conclusiones de cierta autonomía están conectados a través de dinámicas específicas de transformación.
De la red de grado 1, formada por acciones de las 114 canciones, a la red de grado 2, formada por dimensiones sociales aplicadas a esta primera red, existe un proceso que es la generación de una red de metanodos, por la cual se agrupan las acciones en nodos que tienen un atributo común (T1). De esta misma red de grado 1, se extrae a su vez una subred de 20 canciones que sirve de sustento al análisis de las transformaciones narrativas (T2). De la red de grado 2 se genera, finalmente, el análisis de las dimensiones de comparación, pero excluyendo los indicadores reticulares y reteniendo solo las métricas de frecuencia (T3).
Estos vínculos estructurales no implican, sin embargo, conclusiones extrapolables de un ámbito a otro.
- Respecto del análisis de la red de primer grado, conformada por las acciones como nodos y teniendo como nexos la simple conexión narrativa originada en el relato, se puede decir que el análisis de componentes (o subgrafos máximos de la red) apoya la idea de que hay un conjunto muy densamente articulado de historias (con 168 proposiciones) que pueden conectarse entre sí por referencias cruzadas de las acciones que las integran, y que excluyen tramas más inusuales que quedan irremediablemente aisladas (que integran 28 proposiciones). De la forma en que queda subdividido lo que se denominó grafo existencial total, se puede deducir el carácter anómalo (infidelidad, muerte del padre, crecimiento de la hija) o regular (diversión, consumo de droga, situaciones de robo, etc.) de las tramas que hacen su aparición.
- El análisis de metanodos arroja que la capacidad de diversión, la lealtad identitaria, la capacidad de seducción y la valentía son las dimensiones con más vínculos hacia y desde el resto, de modo que organizan la red de sentido evaluada a partir de su centralidad local. Luego aparecen la capacidad de afecto, el autocontrol, la integridad, la libertad, el estado anímico y otros. Finalmente, la madurez, la tolerancia al dolor, la fama, la credibilidad y la capacidad de lucha cierran el listado. En términos globales, las acciones de revalorización innovadora organizan lo sustancial de la acción identitaria registrada en el corpus, tanto en términos estadísticos absolutos como relacionales, pero las dimensiones de revalorización competitiva y no competitiva, estableciendo la continuidad con parámetros externos al grupo, resultan vitales para dotar de robustez e interconectar al grafo global.
- En relación con el análisis de las transformaciones (Bal, 2001, p. 94), el resultado de la exploración de la subred seleccionada, formada por 20 canciones, generó resultados que contradecían, en superficie, una corroboración que había hecho en mi tesis de maestría; en la etapa anterior de mi investigación, casi todas las historias que analicé mostraban una trayectoria de pérdida de algún valor del que se disponía al comienzo de cada relato. En este caso, la mayoría de las historias no muestra una evolución negativa del mismo tipo. Lo que la teoría narratológica denomina “ciclo de deterioro” no predomina sobre el “ciclo de mejoría”. ¿Cuál es la causa fundamental de este desacuerdo? Básicamente, la acción identitaria, a la que se ha otorgado especial fuerza explicativa en esta investigación y típico componente de la revalorización innovadora, es capaz de resignificar rasgos individualmente negativos como grupalmente satisfactorios. De esta forma, padecer personalmente la pobreza, por ejemplo, puede resemantizarse como una acción que se orienta positivamente a favor de lo que se ha llamado “capacidad de sufrimiento”. El uso de la dimensión social de comparación en detrimento de un atributo individual como la riqueza, por ejemplo, da cuenta de una decisión teórica traducida como opción metodológica clave.
- Finalmente, el examen de las dimensiones de comparación avala dos tipos de inferencias con características específicas; por un lado, el predominio de orientaciones negativas y positivas ligadas a cada dimensión y su peso en la distribución general en términos absolutos, por el otro, aspectos semánticos de cada una de ellas que adquieren saliencia solo en una interpretación abarcativa de sus efectos. Considero que el último aspecto ha sido detalladamente abordado en el capítulo 8, pero la distribución de las dimensiones en el espacio reticular merece una reflexión adicional respecto de la corroboración convergente de sus divisiones internas: la distinción entre la revalorización innovadora, competitiva y no competitiva resulta claramente avalada por la distribución espacial generada por el algoritmo Girwan-Newman, que ubica en una misma zona central a las dimensiones que pertenecen a la misma clase.
9.3. Triangulación metodológica, teoría fundamentada y continuidad con la etapa anterior de investigación: integración, rupturas y continuidades
En esta etapa de cierre, quisiera resaltar algunas cuestiones vinculadas al modo en que, obedeciendo a un propósito integrador, se han desplegado tres formas distintas de articulación basadas en a) la triangulación metodológica, b) los procesos de construcción y afinamiento de categorías a través de la iteración y c) la continuidad con etapas investigativas previas.
Desde ya que no hay modo de evitar las asignaturas pendientes en estos casos y resulta formalmente imposible agotar las aristas convocantes de cada articulación o núcleo de investigación, por lo cual siempre estos cruces han servido para resaltar focos contrastivos orientados por las hipótesis teóricas de base y no comparaciones exhaustivas de categorías o procedimientos.
A) En lo que respecta a las distintas formas de triangulación practicadas, y siguiendo a Denzin (1978) y Fielding & Fielding (1986), es posible distinguir cuatro modalidades.
En primer lugar, la triangulación de corpus, que combinó canciones y entrevistas y utilizó como ejes comparativos dimensiones sociales de análisis. Dichas dimensiones se aplicaron tanto al plano evaluativo como al narrativo de las canciones y organizaron, en el caso de las entrevistas, códigos de citas y entradas conversacionales. Como ya se señaló en apartados anteriores, el análisis detallado de esas entrevistas no se incluye en esta edición, aunque su mención aquí permite recuperar la función metodológica que desempeñaron en la investigación original.
En segundo lugar, la triangulación interna de redes, aplicada a redes narrativas e intertemáticas, que hizo posible corroborar taxonomías y atribuciones de características globales en el corpus de entrevistas mediante cálculos de posicionamiento espacial (stress minimization), algoritmos de partición, como factions y Newman-Girwan, y conteos de vínculos intertemáticos. También en este caso, el desarrollo específico de los procedimientos se reserva a la tesis doctoral y en este libro se recuerda únicamente su papel como estrategia de validación (Miceli, 2014).
En tercer lugar, la triangulación de entrevistados, que contrastó el material proveniente de Jujuy (nueve entrevistas) y del conurbano bonaerense (dos entrevistas). Pese a la composición desigual de ambos conjuntos, ese contrapunto permitió advertir cómo, más allá de la circulación nacional de la cumbia villera, en Jujuy emergieron tópicos de carácter regional —como el lugar del huayno, la cumbia chicha y jujeña o las tensiones entre porteños, jujeños y salteños—, que no tuvieron correlato en los datos generados para Buenos Aires.
Por último, la triangulación teórica, que integró distintos niveles de análisis: el evaluativo y el narrativo de las canciones, la concepción posicional de la identidad y la teoría de la identidad social. El análisis evaluativo se centró en el corpus de canciones a través de juicios valorativos articulados en torno a dimensiones sociales de comparación. El análisis narrativo, también aplicado a las canciones, tomó como eje la noción de “acción narrativa” y, mediante esas mismas dimensiones, se conectó con el plano evaluativo, de manera que contribuyó a la articulación entre ambos.
Por otro lado, lo que aquí se ha denominado concepción posicional de la identidad remite, en términos formales, al uso de la idea de esquema de grupo (Van Dijk, 1998) como un descriptor de la ideología de cada grupo social y la consideración de los límites intergrupales no a partir de las diferencias objetivas de rasgos, sino tomando como elemento crítico la adscripción establecida subjetivamente (Barth, 1969). La teoría de la identidad social se ha constituido, en el espacio de esta investigación, como un dispositivo de profundización teórico-metodológica que permitió especificar y dotar de categorías contrastables a la primera, y vincularse al análisis narrativo y al evaluativo a través de la categoría clave de la dimensión social de comparación ya mencionada.
B) También se ha destacado la importancia, en la justificación del papel de la teoría fundamentada o grounded theory, de los procedimientos que, sustentados en el método comparativo constante (MCC) y el llamado muestreo teórico (MT), hacen posibles los procesos iterativos de construcción categorial (Vaquer Chiva et al., 2011; Strauss & Corbin, 1990). En esta investigación, la aplicación de este dispositivo de “validación progresiva” se aplicó a la creación y puesta a prueba de las dimensiones sociales de comparación, que fueron utilizadas en el análisis evaluativo, el análisis narrativo y en la interpretación general de los tópicos del corpus.
C) Finalmente, respecto de las modalidades que ha adoptado la continuidad investigativa entre mi tesis de maestría y este trabajo, originado en mi tesis doctoral, me interesa resaltar tres sucesiones que han sido de algún modo anticipadas en el capítulo 1 de esta investigación, pero sin haberlas ubicado en el mismo nivel de cotejo formal. Si la triangulación implica combinar una gama de datos y métodos para referirlos al mismo tema o problema, como ya se ha señalado (Pérez Serrano, 2003; Denzin, 1978; Cook & Reichardt, 1997), es factible postular, en este contexto, que las continuidades conceptuales de enfoque entre estas distintas etapas conforman un nuevo tipo de triangulación teórica que admite un componente procesual en su despliegue.
La primera sucesión o pasaje es la de la teoría de la ideología de Teun Van Dijk, que se ha desarrollado extensamente en el capítulo 5 y que considera como un elemento central la idea de esquema de grupo, a la teoría de la identidad social y de autocategorización del yo, sustentadas en las dimensiones sociales de comparación. Este pasaje permitió, a su vez, la utilización de las dimensiones como constructos clave tanto del análisis evaluativo como del narrativo, y ubicar el énfasis de la acción identitaria en el contrapunto entre las identidades grupales por sobre las personales.
La segunda sucesión o reformulación es la que tuvo lugar a través de la conexión de la teoría de la narración fundamentada en la idea de “comprensión narrativa” de Ricoeur y en las categorías de análisis del relato de Labov y Bal (Ricoeur, 1995; Bal, 2001; Bruner, 1986; Massi, 1997) con el enfoque de la narración concebido desde el punto de vista del análisis reticular de discurso. En este caso, el pasaje implicó, sobre todo, el desarrollo de una adaptación formal de la noción literaria de acción a una concepción reticular del mismo concepto, donde se perdieron de vista elementos de orden descriptivo acordes con el plano de la función discursiva pero inadecuados para la composición de una red.
El tercer pasaje o continuidad se produjo desde el análisis de las transformaciones narrativas, característico de los ciclos narrativos de deterioro (Bal, 2001; Barthes et al., 1970; Labov, 1972), al análisis de las transformaciones con base reticular. Llevar a cabo este cambio de enfoque demandó, principalmente, el desarrollo de un dispositivo de cálculo que permitiese estimar la posición relativa de cada acción narrativa en un espacio que va desde el grado máximo de emisión (acciones iniciadoras) hasta el extremo opuesto del máximo índice de recepción (acciones finalizadoras). En este caso, lo especialmente interesante fue corroborar cómo, al cambiar las definiciones operacionales de los conceptos (específicamente la noción misma de transformación positiva y negativa), las conclusiones del análisis pueden ser casi opuestas.
9.4. Palabras finales
En esta instancia, y lejos de haber agotado las aristas de un fenómeno multiforme como el analizado, me daría por satisfecho si al menos quedaran delineados con claridad los enclaves desde los cuales se pretendió estudiarlo. Considero, en este sentido, que tanto los recursos metodológicos puestos en juego como los aspectos sustantivos centrados en lo socio-cognitivo y las herramientas de análisis discursivo, las tres aristas principales de este diseño de investigación, han sido descriptas en su articulación recíproca, pero resta una reflexión de cierre respecto de las implicancias sustantivas —centradas en el propio objeto de estudio— de este proceso.
En definitiva, las dos hipótesis teóricas presentadas no han sido corroboradas en términos estrictos o sin introducir reformulaciones en su alcance. Ya se ha explicado este punto en el espacio de este capítulo pero, expresándolo en términos sumarios, se puede afirmar que ni la equivalencia entre el sistema de creencias endogrupal y el de los sectores villeros de seguidores y no seguidores del fenómeno investigado, ni la partición homogénea entre endogrupo y exogrupo pueden suscribirse en esos términos. En el primer caso, una clara diferencia de intensidad y frecuencia en el desempeño evaluativo en las canciones y las opiniones de los entrevistados obliga a poner reparos en el afán de generalización: mientras que en las canciones predomina fuertemente la revalorización innovadora, en las entrevistas la dinámica es distinta y transita mucho más el camino de la revalorización competitiva y no competitiva. En el segundo caso, en cambio, la aplicación del llamado anillo identitario ha determinado al menos cinco zonas valorativas conectadas entre sí (tres endogrupales y dos exogrupales), pero claramente diferenciables en su modo de utilizar las dimensiones sociales de comparación y el principio de acentuación de las diferencias. Considero que tanto las conexiones que vinculan estas zonas entre sí como la heterogénea conformación de cada una de ellas escapan a la división ortodoxa de espacios endo-exo tal cual la concibe Van Dijk y la bibliografía antropológica que apoya este tipo de perspectivas (Hutchinson & Smith, 1996; Jenkins, 1997; Sollors, 1996, entre otros).
¿Cómo quedan resueltos, entonces, los inconvenientes derivados de la tensión entre las diferentes definiciones de lo identitario en términos que vinculan la antropología, la lingüística y un variado espectro de disciplinas que hacen eje en lo cognitivo o lo social?
Por supuesto que proclamar la posicionalidad de lo identitario, que es casi un lugar común de las ciencias sociales, no aporta una solución global a este acertijo, pero sin dudas abre el juego para pensar en un abanico de opciones de las cuales un grupo social específico puede hacerse cargo para quedar bien parado ante los demás grupos.
En función de mi propia formación disciplinar, y respecto de este punto, me interesa destacar además que la distancia entre la concepción individual y social de lo identitario, ya delineada aquí en función de la idea de esquema de grupo y de dimensión de comparación, también ha sido claramente planteada como eje de la discusión antropológica del concepto. Según Barnard y Spencer (1996):
Anthropological uses of “identity” are ambiguous. In one sense, the term refers to properties of uniqueness and individuality, the essential differences making a person distinct from all others, as “in-self identity”. In another sense, it refers to qualities of “sameness”, in that persons may associate themselves, or be associated by others, with group of categories on the basis of some salient common feature, e.g. “ethnic identity”. The term may also be applied to groups, categories, segments and institutions of all kinds, as well to individual persons; thus families, communities, classes and nations are frequently said to have identities (p. 292).
Ambos sentidos de lo identitario (la unicidad asentada exclusivamente en lo individual y la asociada a una saliencia grupal común), como áreas centrales del discurso académico sobre el tema, nos remiten además al mismo territorio en el cual se definen, inevitablemente, las exactas coordenadas de toda actuación discursiva aquí abordada. Lejos de oponerlas, en la investigación que aquí culmina se ha considerado que ambas expresan una posición dentro de un conjunto estructurado y sistemático de actitudes posibles. Pensando en la dinámica específica de los grupos étnicos, no en grupos sociales de extracción urbana, Fredrik Barth presenta estas opciones como estrategias globalmente divergentes:
En su afán de participación en sistemas sociales más amplios que les permitan obtener nuevas formas de valor tienen a su elección las siguientes estrategias básicas:
1) Pueden tratar de introducirse e incorporarse a la sociedad industrial y al grupo cultural preestablecidos.
2) pueden aceptar su status de “minoría”, conformarse a éste e intentar reducir sus desventajas como minoría por una concentración de todas sus diferencias culturales en sectores de no articulación mientras, por otra parte, participan en los otros sectores de actividad del sistema mayor del grupo industrializado.
3) pueden optar por acentuar su identidad étnica y utilizarla para desarrollar nuevas posiciones y patrones que organicen actividades en aquellos sectores que, o no estaban presentes anteriormente en su sociedad, o no estaban lo suficientemente desarrollados para sus nuevos propósitos (Barth, 1969, p. 42).
Las conclusiones de Barth, vinculadas a distintas facetas ya frecuentadas de la teoría de la identidad social y de autocategorización del yo y apoyadas, además, por una nutrida bibliografía antropológica afín (Hutchinson, 1996; Jenkins, 1997; Sollors, 1996, entre otros), no son asimilables linealmente al análisis que aquí se ha presentado, pero considero que los elementos que plantea son recuperables como posiciones específicas dentro de la “topología identitaria” formulada. La primera estrategia que señala, de minimización de las diferencias, parece tener nexos relevantes con lo que aquí se ha definido como revalorización no competitiva. La segunda puede concebirse como una combinación variable de esta variante y la revalorización innovadora, pero la tercera entra claramente dentro de los parámetros de la revalorización innovadora. A pesar de considerar la cumbia villera como la expresión de un grupo específico de lo que, con reservas, podemos denominar una sociedad monoétnica (Barth, 1969, p. 194), se puede advertir con nitidez que la segunda y la tercera estrategia, modificando el foco en las actividades y reemplazándolo por la alusión a valores o dimensiones grupales, están presentes en las canciones bastante más que en las entrevistas.
Ubicar la acción identitaria en un contexto dialógico y minuciosamente atento al sistema de posiciones que el exogrupo propone puede ser no solo un recurso tácticamente necesario para explicar la diversidad de respuestas mostradas y una conexidad interna entre ellas difícil de mapear de otra manera, sino un modo de fundamentar una remisión al contexto que evita un conjunto importante de salvedades explicativas.
Otra forma de decirlo, en definitiva, es destacar que en este despliegue no hay solo presiones o demandas internas en juego, sino un entramado de constricciones exteriores que determinan no solo la forma y la orientación global de un mensaje, sino también el fundamento de un comportamiento grupal. Como sostienen Klein et al. (2007):
(…) we argue that understanding group behavior demands that we pay attention to not only internal processes but also external constraints on actors and the ways in which they seek to deal with such constraints. Group behavior is generally expressed against actual or potential resistance by other groups who might express disapproval or even repress the actor (p. 1).
Finalmente, quisiera destacar que, en términos de una continuación factible de esta línea de trabajo, y en función de todo lo dicho, considero que visualizar estas continuidades y puntos de contacto del espacio identitario y estimar su peso específico mediante modalidades de corroboración convergente me parece mucho más productivo que postular visiones extremas y poco documentadas de estos fenómenos. Si el texto que aquí termina sirviese para cumplir una parte importante de este propósito, más allá de los reparos, disensos y complementariedades imaginables ex post facto, me daría por satisfecho.
- Extraída originalmente de Frikipedia, entrada “Negro cabeza”, http://www.frikipedia.es/friki/Negro_cabeza (consultada el 10 de diciembre de 2013). Disponible actualmente en archivo web: https://tinyurl.com/rs8h2nr4.↵
- Por supuesto que “ser negro” en Argentina, y particularmente en Buenos Aires, se ajusta a un prototipo físico bastante distante del aspecto latinoamericano típico, ya que no está vinculado a la apariencia afroamericana, sino a formas de mestizaje que excluyen casi completamente este origen. Según Frigerio: “La ‘blanquedad’ (whiteness) porteña, sugiero, no es problematizada como categoría social pero sí precisa ser construida a nivel micro, a través de un trabajo continuo de invisibilización, de los rasgos fenotípicos negros por medio de la adscripción de la categoría de negro tan sólo a quienes tienen tez oscura y cabello mota. De hecho, ‘negro mota’ es uno de los términos utilizados para afirmar inequívocamente que una persona es ‘negra, negra’, que pertenece a la ‘raza negra’” (Frigerio, 2006, p. 5).↵
- Como hemos señalado al comienzo de este trabajo, el aporte de entrevistas adicionales al corpus considerado no será abordado en el recorrido planteado, pero desde su desarrollo completo hasta aspectos más específicos ligados a su análisis, está contenido íntegramente en la tesis de doctorado que inspira este escrito (Miceli, 2014).↵






