Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

3 Marco teórico

Los riñones son órganos pares del sistema urinario que se encuentran situados retroperitonealmente dentro de la cavidad abdominal, a ambos lados de la columna vertebral. Se describe su forma como de poroto en la que su lado cóncavo se sitúa hacia la línea media. El centro de esta parte cóncava se denomina hilio y es el lugar de entrada y salida de vasos sanguíneos, nervios y vasos linfáticos, además de la parte inicial del sistema de transporte de orina, el uréter, todo lo que constituye la llamada pelvis renal.

Cada riñón está envuelto por una cápsula de tejido conjuntivo fibroso, rodeada por tejido adiposo, la grasa perirrenal y una envoltura de tejido conjuntivo llamada fascia renal, que lo ancla a las estructuras adyacentes.

En un corte sagital pueden distinguirse dos zonas diferenciadas: una parte externa denominada corteza y una parte interna denominada medula. De la corteza surgen unas proyecciones que se introducen en la médula denominadas columnas de Bertini y en ella se encuentra el 75% de las estructuras que constituyen las unidades morfo-funcionales de los riñones y que se denominan nefrones.

La médula renal está compuesta por entre 8 y 18 pirámides renales o pirámides de Malpighi ocupadas fundamentalmente por segmentos paralelos rectos de túbulos renales. La porción más distal de estos túbulos, denominados conductos colectores mayores, va a desembocar a los extremos de una papila perforándola y originando el área cribosa papilar [16]. La papila de cada pirámide protruye en una estructura a modo de copa, denominada cáliz menor. Un conjunto de cálices menores se agrupa para formar un cáliz mayor, a su vez se une con otros cálices mayores para desembocar, a modo de embudo, en la pelvis renal. Desde la pelvis renal inician los uréteres.

Histología renal

El nefrón (o la nefrona) es la unidad morfo-funcional del riñón y es el encargado de formar la orina. Cada nefrón está formado por dos componentes principales: el corpúsculo renal y el sistema tubular. El corpúsculo renal está constituido por una estructura esférica hueca de doble pared epitelial llamada cápsula de Bowman que en su interior alberga una red de asas capilares denominada glomérulo. El sistema tubular está formado por el túbulo proximal (con una porción contorneada y otra recta), el asa de Henle (con dos porciones, descendente y ascendente), el túbulo distal (con sus porciones recta y contorneada) y los túbulos colectores.

La morfología exacta de los nefrones variará según la posición relativa del corpúsculo dentro de la corteza, clasificándose de esta manera como superficiales, intermedios y yuxtamedulares, siendo el asa de Henle de éstos últimos la que más profundamente penetra en la médula mientras que en los superficiales no existe porción descendente estrecha del asa de Henle [16].

Enfermedad renal crónica (ERC)

La ERC es una enfermedad progresiva sin cura y con alta morbimortalidad que se presenta comúnmente en la población adulta en general, especialmente en personas con diabetes e hipertensión, aunque existen otras poblaciones y causas. La ERC es considerada uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial. Se define típicamente como una reducción en la función renal, con una tasa de filtración glomerular estimada de menos de 60 mL/min por 1,73 m²; o marcadores de daño renal, como albuminuria, hematuria, o anomalías detectadas a través de pruebas bioquímicas de laboratorio o imágenes y que estén presentes durante al menos 3 meses [17].

Estructuralmente, la ERC se caracteriza por la pérdida de células renales epiteliales y su sustitución por matriz extracelular tanto en los glomérulos como en los túbulos y el intersticio renal [18].

Como se dijo anteriormente, la ERC tiene una prevalencia global del 9,1% (aproximadamente 697,5 millones de casos), provocando 1,2 millones de muertes anuales. Se estima que para el año 2040, la ERC se convertirá en la quinta causa de muerte a nivel mundial [17]. Según datos estadísticos entre 1997 y 2017, la prevalencia experimentó un aumento del 29,3 %, mientras que la incidencia de diálisis y trasplante renal también se elevó en un 32,8% y un 21,6%, respectivamente [1,2]. En Argentina, se desconoce la prevalencia cierta de ERC debido a la ausencia de una investigación epidemiológica en escala. Sin embargo, los datos de relevamientos indirectos la encuadran en valores que van desde un 4,8% a un 17% según el contexto [19], alcanzando a 1 de cada 3 personas que refieran algún tipo de comorbilidad [20, 21]. Según datos del INCUCAI, 2017, en Argentina existen unos 664 pacientes por millón de habitantes (ppmh) en diálisis, con una incidencia anual proyectada a 2017 de 138 ppmh, con diferencias entre provincias y regiones sanitarias. Estas estimaciones ponen de manifiesto la necesidad de mejorar la evolución de los pacientes con ERC y la importancia de encontrar un tratamiento específico [22].

La etiología de la ERC varía considerablemente según la región, la raza y la edad [23, 24]. Entre las numerosas causas de ERC se encuentran la diabetes, la hipertensión, la glomerulonefritis, las enfermedades renales quísticas y obstructivas, el reflujo vesicoureteral, la nefritis intersticial y la infección renal recurrente [2, 17]. Todas ellas, inducen inflamación, estrés oxidativo, daño microvascular y trastornos metabólicos, entre otros trastornos que dañan el tejido renal con la consecuente pérdida progresiva de la función [25-30].

Se ha informado que la ERC induce múltiples complicaciones que incluyen edemas, anemia, trastornos en el equilibrio electrolítico y enfermedad cardiovascular, daño nervioso, óseo y muscular y disminución de la respuesta inmunitaria, todo lo cual conduce a una reducción de la calidad de vida e incluso a la muerte [31].

Fibrosis renal

La fibrosis renal es el sello distintivo en la progresión de la ERC; sin embargo, en la actualidad no existen terapias antifibróticas exitosas [32]. Aunque el depósito de colágeno es una parte indispensable y, por lo general, reversible de la cicatrización, la reparación tisular normal puede evolucionar hacia una respuesta fibrótica progresivamente irreversible si la lesión tisular es grave o repetitiva, o si la respuesta de cicatrización en sí se desregula. La fibrosis se define por la acumulación excesiva de tejido conjuntivo fibroso dentro y alrededor del tejido inflamado o dañado, lo que puede provocar cicatrices permanentes, mal funcionamiento de los órganos y, en última instancia, la muerte [33]. Existe un vínculo fisiopatológico entre los procesos inflamatorios y fibróticos relacionados con la morbimortalidad en la falla renal. Los hallazgos anatomopatológicos de la fibrosis renal se caracterizan por glomeruloesclerosis, fibrosis tubulointersticial, infiltración inflamatoria, y la pérdida de parénquima renal caracterizado por atrofia tubular, pérdida capilar y agotamiento podocitario [34]. Por ello, la fibrosis renal es considerada un sello distintivo relacionado con la progresión de la ERC [35]. Por lo expuesto, se concluye que indefectiblemente la presencia de fibrosis conllevará a la etapa final de la ERC; por lo que, en este estadio se requiere de terapias de reemplazo como el trasplante renal y/o la diálisis, por lo cual se genera una gran carga financiera para el paciente y para la sociedad en términos de recursos médicos públicos [36].

Nefropatía obstructiva

La nefropatía obstructiva es también un problema de salud muy importante en el mundo, que se puede catalogar como una lesión secundaria a la IRA. Es un evento frecuente que puede explicarse en alrededor del 10% de todos los casos de IRA [37] y en un 22% de sujetos de edad avanzada [38]. Se ha establecido que la nefropatía obstructiva está relacionada con la progresión hacia la ERC. Un trastorno obstructivo muy común se observa cuando se presentan cálculos renales. Los pacientes con este tipo de obstrucción presentan un 68% de probabilidades de desarrollar una ERC [39]. Un gran estudio de cohorte histórica, basado en la población realizado por Hippisley-Cox et al. demostró que las mujeres que formaban cálculos renales tenían un 27% más de riesgo de desarrollar ERC moderada o grave [40]. Por otra parte, Stankus et al. demostraron que la prevalencia de cálculos renales antes de la etapa terminal de la enfermedad renal en pacientes afroamericanos en hemodiálisis, es significativamente más alta que la prevalencia de cálculos renales en personas afroamericanas sanas [41]. Por lo tanto, a modo de resumen y basados en el extenso aporte bibliográfico al respecto, se concluye que la nefropatía obstructiva es una entidad clínica muy común [7], que, dependiendo del tipo y el tiempo de obstrucción, puede provocar una IRA o incluso una ERC [8, 42], con las consecuencias irreversibles a largo plazo ya descritas.

Modelo de OUU

Se contempla que la progresión de la ERC es irreversible y conduce a insuficiencia renal caracterizada por fibrosis renal generalizada [43]. Desde una perspectiva simplista, la fibrosis se trata del resultado de la acumulación excesiva de matriz extracelular y su patogénesis representa un proceso fallido de reparación en el tejido renal después de una lesión crónica sostenida [44].

La ablación renal quirúrgica en animales se ha utilizado durante más de 50 años para modelar los trastornos renales progresivos, siendo el glomérulo el foco de investigación durante muchos años, posteriormente se ha avanzado en el estudio de las lesiones tubulares e intersticiales, en concreto, durante la década de 1970, se descubrió que la OUU en conejos provocaba la expansión de fibroblastos intersticiales renales y posterior transformación en miofibroblastos [7, 45].

Los modelos animales de OUU han sido ampliados y mejorados desde entonces para comprender la patogenia de la nefropatía obstructiva y los factores que contribuyen a la fibrosis renal progresiva. Si bien los primeros estudios sobre los efectos renales de la OUU se realizaron en conejos y perros, la mayoría de las investigaciones actuales se realizan en ratas y ratones [7, 46].

El modelo se ha utilizado para investigar una variedad de aspectos de la inflamación y la cicatrización renal, como la patogenia de la enfermedad y la prueba de posibles terapias antiinflamatorias o antifibróticas [47].



Deja un comentario