2 Historizar a Lacan y a Freud: debates y controversias

AD: Después de eso te convertiste, de algún modo, en una intelectual pública.

 

ER: Es lo que siempre quise ser.

 

AD: ¿Cómo sucedió eso?

 

ER: De manera muy simple. Fue de lo más sencillo. Publiqué dos volúmenes de la historia del psicoanálisis. El primero iba hasta 1939 y no planteó ningún problema porque todo el mundo estaba muerto. Era la primera generación. Iba desde Charcot hasta la Segunda Guerra Mundial. Es más, recuerdo que eso fue de gran utilidad, influyó mucho para que yo pudiera escribir el segundo volumen, que era mucho más conflictivo, puesto que entraban en línea las escisiones, la historia de Lacan, etc. El primer volumen tuvo éxito porque no había nada publicado. En 1986, cuando publiqué el segundo volumen, fue retomado por Éditions du Seuil. Allí la cosa empezó a ponerse muy conflictiva. Pero es cierto que era un trabajo largo y profundo. Me encontré con todos los actores aún vivos. Era difícil porque los psicoanalistas franceses, cualquiera fuera su tendencia y en particular los freudianos “ortodoxos”, no lacanianos, se consideraban mucho más antilacanianos de lo que son hoy. Porque Lacan había muerto. Era justo el momento de su legado. Y, para ellos, en aquella época, la idea de que alguien que no fuera miembro de la Sociedad Psicoanalítica de París pudiera convertirse en historiador era algo inaceptable. Creían que solo un psicoanalista, solo un miembro de su escuela, podía contar la historia del psicoanálisis. Lo mismo sucedía con los lacanianos. Consideraban que eso no pertenecía a los historiadores sino a ellos. Yo me estaba retirando por completo, de hecho, ya no pertenecía a ninguna escuela analítica. Después hice otra cosa, escribí un libro sobre una pionera del feminismo, Théroigne de Méricourt, del siglo XVIII. Más adelante, hice una biografía de Lacan que me supuso muchos problemas.

 

AD: ¿Por qué hiciste una biografía de Lacan, si ya habías incluido a Lacan en el segundo volumen de la historia del psicoanálisis en Francia?

 

ER: Fue por pedido de mi editor, Olivier Bétourné, a quien ese libro está dedicado. ¿Por qué? Porque es una lógica. Era obvio que había que sacar a Lacan de la historia y hacer un libro adicional sobre él. Porque a partir del momento en que el campo fue historizado, me percaté de que la tentación de hacer una biografía de él era muy grande. Emprendí esa biografía que me supuso serios problemas porque no había archivos, la familia estaba en mi contra, todo el mundo estaba en mi contra, sobre todo Jacques-Alain Miller, el heredero legal de los derechos, que había aceptado sin problema los volúmenes de historia pero que no quería que se metieran con la vida de Lacan. Y cuando a mí me prohíben meterme con algo, eso se vuelve mucho más interesante. Por otra parte, los antilacanianos tampoco estaban contentos. Muchos psicoanalistas miembros de la Sociedad Psicoanalítica de París querían que se hiciera la biografía de ellos. Tal era el caso de André Green, que estimaba ser mucho más interesante que Lacan. Todos querían tener sus biografías. Solo que eso no era algo que se imponía. Había, en Francia, un sufrimiento entre los psicoanalistas de esa generación –Lacan, Pontalis, Green– porque Lacan les había hecho sombra. Varios de ellos, que habían sido sus alumnos, se habían alejado de él. Se habían convertido en importantes psicoanalistas, con una obra. Pero Lacan les molestaba. Lacan era obviamente uno de los grandes pensadores de esa época y escribí esa biografía para demostrarlo. Eso fue lo más conflictivo. Cuando ese libro salió en 1993, mi editor y yo nos fuimos de Seuil a Fayard y se desató una guerra, porque Miller amenazaba con no entregar los Seminarios si hacíamos una biografía de Lacan. Y, por otra parte, los medios se involucraron en el asunto porque era todo un escándalo editorial. Le Nouvel Observateur tituló, como siempre “¿Hay que quemar a Lacan?” Eran títulos habituales: “¿Hay que quemar a…?” A favor y en contra de Lacan. Se desató una polémica increíble que no estaba en mi libro. En el fondo, había gente a favor y en contra de Lacan. Y yo había retomado la frase de Marc Bloch como epígrafe: “Robespierristas y antirobespierristas, déjennos tranquilos y dígannos quién es Robespierre”. Es decir, lo que llamamos profesión de fe de historiador. Pero eso no fue muy atendido por los psicoanalistas. Todos se preguntaban si yo estaba a favor, así que hubo polémicas absurdas. Unos pensaban que el libro mostraba a un Lacan odioso, repugnante, asqueroso. Otros consideraban que se trataba de una hagiografía espantosa. Ahí se me ocurrió que el trabajo era bueno. Pero fue sumamente difícil.

 

AD: Más de 20 años después de Lacan, sacaste en 2015 una biografía de Freud.

 

ER: Siempre por las mismas razones. Tras la publicación de Lacan, hice muchas otras cosas, como ensayos. La biografía de Lacan se tradujo a 25 idiomas y se convirtió en “la” referencia. Por eso terminé llamándola “biografía” cuando al principio era un esbozo. Lo había llamado “Esbozo de una vida” pero se convirtió en un libro de referencia. Luego publiqué el diccionario del psicoanálisis. Así que estudié mucho la implantación del psicoanálisis en el mundo y de hecho fue así como vos y yo nos conocimos. Ahora, la Historia del psicoanálisis en Francia y Lacan están reunidos en un único volumen, en edición de bolsillo. Es una obra sobre Francia.

¿Por qué Freud? Por lo mismo. En un momento dado, después de 2010, después de la disputa de los archivos en la Biblioteca del Congreso de Washington, hubo grandes disputas en Estados Unidos que duraron mucho y que eran de la misma índole. Se estaba sacando a Freud del medio psicoanalítico. Cada vez más trabajos estadounidenses trataban sobre Freud, su vida, su historia, su doctrina, completamente por fuera del entorno psicoanalítico. Los psicoanalistas tenían a su Freud, con quien habían hecho su transferencia, no una transferencia de historia, sino una transferencia clínica. Cada escuela tenía a su Freud. A ningún psicoanalista francés se le había ocurrido visitar los archivos de la Biblioteca del Congreso de Washington, donde estaba toda la correspondencia de Freud. Uno solo lo había hecho, pero simplemente miró y se fue. Eso me asombraba mucho. La disputa historiográfica sobre Freud era enteramente americana y no francesa. Había, obviamente, entre los historiadores, aquellos que consideraban que Freud era un personaje horrible por la misma razón espantosa: había sido incestuoso, rapaz, un avaro que nunca había curado nada. Y los demás tenían a un Freud deificado, la repetición exacta de lo que había visto con Lacan. El lugar del historiador es deshacer las adoraciones y las detestaciones. Pero mi gran problema era que no me manejaba en mi idioma, no estaba en Francia. Segundo problema, bastante apasionante: así como para Lacan yo había conformado el archivo, en el caso de Freud, yo llegaba después de largas trayectorias historiográficas de otros. De hecho, hubo varias biografías de Freud. Una de Peter Gay, otra de un argentino, Emilio Rodrigué, que luego se hizo brasileño, autor de la primera biografía de Freud para el continente latinoamericano. Pero había escrito una biografía puramente historiográfica, sin los archivos. Era interesante, retomaba las tesis de los otros. De modo que había llegado el momento de salir de las disputas a favor o en contra. Y por eso lo hice. Además, hacía tanto que enseñaba a Freud, que la escribí muy rápido. Porque conocía bien el tema. El problema con Freud era cómo hacerla, cómo dividirla, qué facetas. En esto me inspiré en la biografía de Jacques Le Goff sobre San Luis, que estaba dividida en 4 partes: la familia, el reino, el poder, la muerte, etc. Dividí mi libro de esa manera.



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