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Intervenciones en emergencias
socio-ambientales

Hugo Leale

Abordamos las diferentes dimensiones del proceso salud/enfermedad/atención/cuidado en los territorios en que acontecen, en los espacios en que se desarrolla la cotidianidad de las personas y en los momentos que lo ameritan; en este caso, cuando irrumpe la muerte con alguna de sus múltiples manifestaciones. Nuestra presencia es, además de pertinente, necesaria.

Los días 2 y 3 de abril de 2013 un evento climático extremo afectó a la zona metropolitana; sobre la zona de La Plata hubo un registro de precipitaciones que marcó un record histórico, casi 400 mm. Este evento climático extremo no fue ni un desastre ni una catástrofe natural. De “natural” no tuvo ni tiene nada, la naturaleza está exenta absolutamente de responsabilidades. (“La naturaleza se declara inocente”, dijo, en la evaluación de las sequías a fines de los años sesenta, Rolando García). Hace años que desde la salud colectiva latinoamericana venimos trabajando en la concepción de emergencias socio-ambientales y en la necesidad de una gestión integral; ya que consideramos que la destrucción del ambiente y el subsecuente cambio climático impacta negativamente en la vida y en la salud de nuestras sociedades, lo que genera cada vez más emergencias. Las descripciones que intentan “naturalizar” este tipo de emergencias expresan sólo relatos de la impotencia y las limitaciones respecto de cómo enfrentarlas en cuanto a su gestión integral de prevención, preparación y respuesta. En esta emergencia, como en otros eventos similares, se habló de la “ausencia del Estado”. Eso es falso. “Ausencia” sería que “el Estado no estaba”, cuando en realidad se encontraba muy presente pero priorizando otras políticas como un Estado penal con más fuerzas seguridad y patrulleros, o un Estado del marketing permanente con carreras deportivas y campañas de visibilidad-propaganda, o un Estado promotor del rentismo-inmobiliario que colapsa la infraestructura socio-sanitaria (agua, saneamiento, suelo-tierra), y deja la planificación del espacio público urbano librada al mercado. Aquí vimos sus resultados más crudos y desgarradores.

Y a muchos meses de esa inundación, no se sabe aún cuántos muertos hubo; entre otras cosas porque si el número de muertes supera la centena, el desastre pasaría a una categoría mayor.

Nuestras intervenciones se inscriben en una perspectiva de epidemiología territorial participativa, que busca visibilizar el registro histórico de desastres sociales en el territorio donde convergen tanto las lógicas del capital y la ganancia a cualquier costo, como las políticas públicas que habilitan la vulneración de los derechos de sectores sociales desplazados: sectores populares y trabajadores informales o precarizados.

El barrio de Villa Elvira se ubica en el sudeste del partido de La Plata, es atravesado de sur a norte por el arroyo Maldonado, un curso de agua normalmente de caudal mínimo. Es un barrio urbanizado en su mayoría, con algunas calles asfaltadas –en mal estado– y otras “afirmadas”. Todos los terrenos están demarcados y hay servicio de luz eléctrica y red de agua potable, no así de cloacas. La construcción es heterogénea, coexisten casas de ladrillos con casas de chapa y madera. En la zona de “camino de sirga” en los terrenos adyacentes al arroyo –zona no apta para viviendas–, la construcción es de marcada precariedad. La desigualdad en las relaciones de poder fuerza a quienes tienen pocos recursos a residir en entornos peligrosos.

En anteriores inundaciones, el arroyo desbordó su cauce y alcanzó una altura de unos 20 cm en las casas aledañas. El 2 y el 3 de abril, la extraordinaria precipitación generó una inundación repentina o dinámica, con una correntada de violencia inusitada (arrastró casillas, algunos comentarios dicen que también personas, aunque no en la zona en que intervinimos) que alcanzó en las casas aledañas una altura de 150 cm.

Fallaron los sistemas de alerta temprana, y la mayoría de las familias y las personas afectadas en general no sólo no contaban con planes de contingencias, sino que tuvieron una especie de “agujero negro” de entre 10 a 12 horas en el que estuvieron solos respondiendo al temporal como a ellos se les ocurría (por ejemplo: algunos se encerraron en los autos, se quedaron en la casa, no evacuaron y murieron ahogados). El Estado (ciudad-provincia) se comenzó a movilizar en forma “espontánea” e “improvisada” entre 12 a 24 horas después. Eso es mucho tiempo en una emergencia de este tipo. El sistema de salud pública tampoco estuvo a la altura de las necesidades y circunstancias. Sólo se encargó de “atender” con su sistema de emergencias médicas clásico en hospitales; hizo “enfermología” de traslados pero no tuvo –ni tiene–políticas de prevención, de preparación ni de respuesta ante emergencias socioambientales donde no hay que “esperar” a los enfermos-damnificados sino ir a los territorios, barrios y lugares a trabajar directamente con la población en el momento de lo ocurrido, tanto en una dimensión preventivo-promocional y de vigilancia de la salud, como en atención rápida.

Nuestra intervención se instaló allí, en convergencia con una asociación civil de voluntariado (Médicos del Mundo). En el primer momento de la post-emergencia se trabajó con un móvil sanitario para atención rápida y con equipos móviles recorriendo casa por casa, relevando socio-sanitariamente las urgencias y dialogando con los vecinos, indagando las afectaciones emocionales surgidas. Ese “diálogo” consistía en la escucha atenta y paciente del relato de la experiencia vivida por /los narradores. Una descripción pormenorizada de los hechos, que portaba una carga emocional desmesurada. (La mayoría eran relatos del peor terror, por ser la confrontación del ser humano en forma súbita y sorpresiva con su vulnerabilidad y desvalimiento con su propia finitud).

En el segundo momento, se realizaron reuniones de vecinos adultos y niños para crear espacios de intercambios de la experiencia y de producción gráfica, lúdica y discursiva como elaboración del impacto psíquico vivido. Luego comenzamos a buscar otros mecanismos de convocatoria y participación para definir necesidades, problemas y prioridades locales. En forma congruente con lo observado por otros equipos intervinientes en emergencias, encontramos que la mayor parte de la población no menciona las “amenazas graves” cuando se indaga sobre los riesgos que enfrentan, y le asigna mucha más importancia a otros problemas cotidianos (en Villa Elvira: violencias, consumo de sustancias, embarazo adolescente, entre otros).

Desde una perspectiva crítica y metodología participativa, la intervención le da un lugar central a la voz de los sujetos y a las construcciones narrativas que otorgan sentido a sus prácticas. Esto implica trabajar con procesos diseñados junto con los grupos y actores sociales, los cuales se irán reevaluando y sobre los que se irá reflexionando, enfatizando la participación activa de los sujetos. Operamos con una concepción de los sujetos como actores sociales capaces de transformar la realidad social, incorporando los saberes de la comunidad, escuchando y respetando sus voces.

Estamos trazando una cartografía social participativa que permita visualizar la representación que quienes viven allí tienen de ese territorio; y de esa manera identificar puntos de problema, riesgos, y también recursos movilizables y recursos faltantes. El trabajo conjunto permitirá encarar la producción creativa de patrones de desarrollo protectores y saludables de las emergencias socioambientales, como sería establecer un plan de contingencia barrial/municipal. O sea, un plan conocido por todos, donde quede claro lo que hay que hacer y lo que no, cuáles son las rutas de evacuación, cuáles son refugios disponibles y seguros.

¿Cuáles son las instituciones o grupos con quienes coconstruir planes de contingencia, sistema de alarma temprana, programas de respuesta y mitigación, y gestión de los recursos? Numerosas experiencias en intervenciones socio-comunitarias señalan la necesidad de considerar la cultura de las poblaciones concernidas. Un fuerte obstáculo encontrado en nuestra experiencia (y relatado por vecinos y otros trabajadores) es la que algunos denominan “cultura clientelar”: asumir una posición de receptor (bajo la forma pasiva o de demanda activa). Esta modalidad de gestionar los recursos estatales, utilizada por los partidos políticos mayoritarios, devalúa o hasta impide la construcción de ciudadanía y deja a las poblaciones cautivas o sometidas a los gobiernos de turno. Desarrollar y consolidar la participación se convierte en un desafío democrático igualador.

Una alternativa a explorar en la intervención será la continuidad de la intervención bajo la forma de aprestamiento preventivo, iniciando desde la escuela barrial el trabajo con niños, niñas y adolescentes; quienes, por lo demás, sufrieron de modo intenso un miedo que reaparece cuando el cielo se cubre con nubes negras.



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