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2 Ernst Jünger: sismógrafo de una época

El príncipe es el comienzo de la modernidad.
El trabajador es su acabamiento.
Martin Heidegger, Acerca de Ernst Jünger

Introducción

Algunas lecturas rasantes de la obra de Jünger suelen enfatizar el vitalismo y el irracionalismo del alemán, arribando sin escalas al perfil de un germinador de la barbarie del nazismo (Coelho, 2020; Herf, 1993; Kahler, 1977; Losurdo, 2003; Meyer, 1990; Strauss, 2008a; Von Krockow, 2017). Estas etiquetas resultan poco exhaustivas o rigurosas para interiorizarse en el pensamiento del alemán (Sloterdijk, 2003). Lo mismo sucede con las lecturas de la obra de Jünger que enfatizan sus reflexiones sobre el nihilismo, como así también el peso de la figura de Nietzsche sobre su pensamiento (Carpentieri, 2008; Fermandois, 1995; Heidegger, 1994b; Navarro, 1997; Ocaña, 1993; Revueltas, 2002; Rossi, 2003). Aunque existente, se le otorga una cuota desmedida de injerencia a la hora de evaluar y contextualizar su pensamiento, que acaba por fagocitar su originalidad a manos de una vulgar lectura de Nietzsche. Por último, existen lecturas que, si bien valoran la reflexión del alemán sobre la tecnificación del mundo en la época de la sociedad de masas, sobre la técnica como problema humano y la experiencia de la guerra, hacen de Jünger tanto un apologeta o fetichista de la guerra o la lucha como de la técnica, cuando no de ambas a la vez (Brüseke, 2005; Calvo Albero, 2000; Cordeiro, 1999; Durán Guerra, 2021; Herf, 1993; Losurdo, 2003; Rossi, 2003; Traverso, 2022; Von Krockow, 2017).

Consideramos poco productivo establecer una lectura de Jünger que afirme sencillamente su elogio de la guerra en clave tanático-expiatoria. Mucho más encerrar a Jünger como un simple cultor de la técnica en conexión con aquel otro elemento, como si solo fuera posible enmarcar su trayectoria teórica en la oposición binaria entre demonización y apología (Marramao, 1989). Algunos sugieren la existencia de dos vertientes de pensamiento sobre la técnica: una más ligada al pesimismo y la decadencia, representada por las reflexiones de Oswald Spengler, y otra que lee la tecnificación en clave salvacionista ligándola a la experiencia de la guerra como purificación, y apegada a cierta metafísica donde Jünger sería el principal exponente (Brüseke, 2005)[1].

Por eso, en el presente capítulo intentaremos ofrecer una alternativa frente a algunas de estas lecturas subrayando que su atención a la tecnificación responde al interés por un cambio de época y las transformaciones sociales que aparejó, sin dejar de mostrar su lado oscuro incluso en los pasajes de su obra que se consideran más apologéticos. Por eso pueden encontrarse interpretaciones que establecen un parteaguas al interior de la misma, separando una etapa juvenil, marcada por el culto a la técnica y el combate en el frente bajo la etiqueta del realismo heroico –calificativo que Jünger dice que se le “recrimina” (1995, p. 1)–, y otra madura, donde primaría una perspectiva pesimista o crítica respecto de esos mismos tópicos (Calvo Albero, 2000; Fermandois, 1995).

Jünger va a recuperar con sus escritos desde 1920 algunos tópicos en los que también se detuvo Spengler, como por ejemplo el carácter moderno de la tecnificación que atestigua y el adelantamiento técnico favorecido por la intensificación de la guerra, de la misma manera que observó una cierta fe cultual en el progreso técnico de la cual el exsoldado y literato intentó desmarcarse. Su atención por el impacto de los nuevos medios técnicos de combate y el magnetismo que generó la Gran Guerra y su movilización total sobre la vida darán pie a enfatizar el carácter novedoso en la historia de estos fenómenos, que inician una era signada por la analogía entre guerra y trabajo, un cambio mundial y la desaparición de viejos elementos, así como de un nuevo tipo de seres humanos que son el maridaje de unidad con la técnica epocal.

El legado del literato alemán, que incluye el análisis sobre las modificaciones planetarias y en el entramado social que impone la técnica en su contemporaneidad, se completará con la pregunta tardía, hacia 1934 y en adelante, por la indiferencia axiológica de la fe en el despliegue de la técnica y sus consecuencias políticas de carácter nihilista. Algo que Spengler apenas pudo insinuar en sus escritos al problematizar la autonomización de la técnica respecto de la cultura occidental, el sentido vital y la historia en general; pero que Schmitt se preguntaba casi simultáneamente en 1929, como veremos en el tercer capítulo de esta investigación.

A lo largo de este capítulo observaremos que, a través de las reflexiones teóricas, tácticas y existenciales que Jünger elabora sobre la Primera Guerra Mundial –un suceso extraordinario para el siglo XX y del cual Jünger tendrá una visión privilegiada por participar en el frente de combate desde el inicio y hasta casi el final de la contienda–, surge en el alemán un interés y una atención particular por el fenómeno de la tecnificación del mundo y la vida que adviene de la mano de aquella guerra. De manera que el interés inicial por la guerra y sus correlatos se transfigura y enlaza con el problema de la tecnificación que, veremos envuelve una cierta comprensión sobre la historia y su intelegibilidad[2]. De un modo no directo, pero que intentaremos poner de relieve, la comprensión de Jünger sobre la cuestión de la técnica –y el fenómeno de la tecnificación que observa durante el período de entreguerras– puede contribuir a la reflexión en torno al sentido político que de ello se desprende, tal como intentamos mostrar aquí. Esto a pesar de que, en una circunstancia similar a la reflexión spengleriana y opuesta a lo que sucederá con la obra de Schmitt, resulta difícil rastrear en Jünger definiciones sobre lo político como tal, sino que más bien podemos derivar algunas conclusiones al respecto a partir de su visión de la historia y la Modernidad en general. Adicionalmente, será posible en este ejercicio discutir y revisar aquellas interpretaciones de la obra del oriundo de Heidelberg que lo rotulan como un apologeta de la guerra y/o de la técnica sin mayores consideraciones.

Avanzaremos con este objetivo delimitando el corpus bibliográfico a analizar a la producción teórica de Jünger durante las décadas de 1920 y 1930, cuando estos temas fueron abordados con mayor interés, frecuencia y sistematicidad por el alemán –excluimos por ello tres obras de corte netamente literario-novelado escritas por Jünger: El teniente Sturm [1923], Corazón aventurero [1929] y Sobre los acantilados de mármol [1939]. Se trata del período conocido como interludium bellicum, que en Alemania resultó destacado por ser un caldo de cultivo para una reflexión sugerente respecto de la técnica. Este recorrido estará acompañado por el ocasional diálogo con algunas obras de madurez y especialmente entrevistas ofrecidas por Jünger con motivo de sus nonagésimo y centésimo aniversario de su nacimiento, a los fines de una lectura generosa que busca comprender al autor lo más cerca posible a como se comprendió a sí mismo con el paso del tiempo[3].

La exposición y presentación será ordenada en tres apartados. El primero, se centrará en los escritos de 1920 y 1922, es decir, los más inmediatos a la experiencia de la Primera Guerra Mundial. Allí veremos cómo Jünger medita sobre el impacto de la guerra en el cuerpo individual de los soldados a través de los sentimientos y disposición anímica que el combate en el frente de batalla despierta, como también las innovaciones técnicas que esta guerra trajo. En el segundo, revisaremos los escritos entre 1930 y 1932, en los que, con mayor distancia temporal a la primera posguerra y en las inmediaciones cronológicas del ascenso nazi al poder, Jünger reversiona, compila y sistematiza algunas ideas e intuiciones dispersas en los escritos anteriores[4]: así pasará a preguntarse sobre las transformaciones que sobre todo el cuerpo social provocó la Gran Guerra, identificando la llegada de una nueva etapa histórica que busca caracterizar y donde la tecnificación juega un papel fundamental. El tercero consistirá en las reflexiones de madurez, caracterizados más bien por la revisión crítica de algunas ideas previas, con un viraje marcado en su posición respecto a la tecnificación y la nueva época que ella abrió. En este último apartado incluimos el escrito de 1934, Sobre el dolor, como punto de inflexión o bisagra en donde el tono de Jünger ofrece matices sin desconocer sus reflexiones previas por completo. El capítulo culmina con algunas observaciones finales que recopilan lo expresado en las páginas anteriores.

Tal como se explicitó detalladamente en la introducción de esta tesis, aunque en los escritos de Jünger resulte difícil hallar una teoría política fehaciente y algunas miradas califiquen la propuesta jüngeriana de “metapolítica” o “transpolítica” (Cuasnicú, 2014; Ocaña, 1993; Rodríguez Suarez, 2011), creemos que en la obra de Jünger pueden encontrarse problemas, así como reflexiones, que reflejan una politicidad que buscaremos poner de relieve (Rossi, 2003).

La apuesta teórica de Jünger, entonces, puede ser leída como una labor crítica de algunas de las ideas y tradiciones políticas predominantes de la época, fundamentalmente aquellas asociadas a la Ilustración y el liberalismo, pero también persigue la tarea de delinear un orden venidero, una tarea de relevancia política insoslayable (Coelho, 2020): Jünger establece una disputa con su tiempo, al que lee de una manera singular, y ofrece una propuesta que, aunque no sea política ex profeso, reviste relevancia para pensar lo político y su despliegue.

1. Novedades en el frente de batalla

1.1 Sentimientos y disposición anímica

La primera versión de los escritos de Ernst Jünger sobre la Primera Guerra Mundial, publicada en 1920 bajo el título de Tempestades de acero, consistía en un híbrido de segmentos narrativos y reflexivos sobre la experiencia en el frente basados en los diarios personales de Jünger. Esa parte reflexiva fue extirpada y editada posteriormente por separado bajo un título que en castellano podríamos traducir como La lucha como experiencia o vivencia interior[5]. En el caso de Tempestades de acero, trabajaremos con la decimoséptima edición, de 1961, revisada para sus Obras completas de Jünger[6].

Resulta provechoso analizar esos dos trabajos revisando los sentimientos y la disposición anímica que la experiencia en el frente de batalla provoca en los soldados, para observar cómo avanza el pensamiento y la reflexión de Jünger en torno a la guerra, puntapié para sus consideraciones posteriores sobre la técnica. Esto último porque, en ese marco, será también posible entrever algunas reflexiones puntuales respecto de las innovaciones técnicas que la Gran Guerra acarreó, como también el impacto que Jünger concluye de ellas y que buscaremos enmarcar alrededor de nuestra pregunta por el despliegue de lo político en esa época.

De esta manera, recabaremos la descripción del autor alemán respecto de la guerra, los guerreros, el trabajo y el sentir histórico concreto del contexto de la misma (que puede sintetizarse bajo la categoría de experiencia en el frente [Fronterlebnis]). La Gran Guerra será sobre todo un viraje en torno a la experiencia del mundo y del tiempo para los seres humanos (Beck, 2016) y constituye la clave para entender la obra de Ernst Jünger (Durán Guerra, 2021).

Jünger discrimina diferentes etapas sucesivas en el interior de la Gran Guerra donde se transforma la experiencia y el mundo. Podrá verse que se revelan sumas ambivalencias que, antes de ser retratadas como un defecto o un resultado de la falta de rigurosidad de Jünger en su escrito, son más bien signo de su propia reflexión y su forma de ver el mundo y la historia, que apuntamos a poner en valor.

El peligro aparece en Tempestades de acero como un elemento ambivalente que atrae a las personas con un efecto hipnótico hacia el combate. Jünger convoca repetidas veces recuerdos donde el peligro a la muerte genera una excitación que es capaz de deponer, por ejemplo, el espeso olor de los cadáveres alrededor de los soldados (Jünger, 1998). La muerte, prima hermana del peligro en la guerra, tampoco aparece aquí de una manera menos poética, aunque no por eso menos brutal. La estetización y teatralización del horror ocupa un lugar importante en la obra temprana de Jünger, como señala Herf (1993), sin que ello implique su banalización (Rosaleny, 2007). Jünger observa el modo en que, por momentos, la diferencia entre la vida y la muerte se borra y difumina al reemplazar en los apostaderos, repletos de cadáveres, nuevos oficiales a los fallecidos, “cual si hubieran brotado de los cuerpos muertos” (1998, p. 53).

Sin embargo, Jünger marca como unos de los primeros episodios la disolución del entusiasmo jovial con que los soldados marchaban al frente para tomar parte en la guerra –retratado con detalle en El estallido de la guerra de 1914 [1934]–, donde se troca el peligro esperado por suciedad, trabajo y aburrimiento: “para el soldado es este más enervante aún que la cercanía a la muerte” (1998, p. 11). La guerra, más que a una redención purificante que revista de dignidad al soldado, se parecía a una larga y alienante jornada fabril. En el inicio de la narración, se detiene Jünger en la novedad que significó la guerra de posiciones en el frente: el mayor cansancio y los mecanismos diferentes para el uso de la fuerza que la misma requería desorientaban al mando. Parte de ello remitía a la estrecha relación que Jünger parece establecer entre el momento bélico y el trabajo, dado que la guerra de posiciones exigía guardias permanentes y excavaciones que acababan con el vigor de los hombres. Paralelamente, la porción más dinámica y, cinismo aparte, divertida del choque bélico apenas si colmaba las expectativas de los exhaustos soldados. El dolor será otro sentimiento que a lo largo del combate aparece recurrentemente, y más tarde sería cardinal en la visión del mundo jüngeriana, especialmente en lo que atañe al ser humano (Bernal Maz, 2007; Giubilato, 2016). El enfrentamiento bélico permitió adentrarse en las profundidades del dolor que imperaba.

Así se configura una experiencia subjetiva anclada primero en el entusiasmo con que los voluntarios se enrolaban en el combate, luego en el pesimismo por la aparente ausencia de propósito de todo lo que ocurría en el frente, mezclada por la seriedad fáctica como posibilidad de aniquilación y la rutinaria jornada que imponía la guerra de trincheras. Solapadamente, es posible ver cómo se estructura en el relato una ambivalencia entre la aventura del combate para los jóvenes soldados y la seriedad del mismo que instiga el amor a la patria, y que perciben como justificación de la guerra. La actividad en las trincheras la califica Jünger como un “servicio de vigilancia y trabajo” (1998, p. 28) regulado de modo estricto, con taxativo reparto de tareas y en ciclos repetitivos e incesantes, tal como las jornadas fabriles. Una y otra, delinean un disciplinamiento del cuerpo y la subjetividad individual y colectiva en la época. Nuevamente, Jünger marca una analogía entre guerra y trabajo por las tediosas tareas que implica para los soldados en el frente. No obstante, en los centinelas Jünger encuentra una figura que disfruta de su labor y se divierte con la guerra. De manera que ambos polos pueden sostenerse al mismo tiempo.

En cuanto las cualidades propias del guerrero, que Jünger delinea con admiración, ellas se encuentran inicialmente ligadas a la tradición y la experiencia acumulada. Como señala Elias (1997), una de ellas es la calma de los héroes –elemento que se repite varias veces en el relato al referirse tanto al guerrero a secas como a los más experimentados soldados que Jünger atestigua– frente al peligro de las balaceras y granadas chirriantes. Jünger encuentra sujetos templados por el fuego del combate. En 1922, se refiere a la “naturalidad sobrehumana [übermenschlichen Selbstverständlichkeit] que reina en estas islas del horror” (1926, p. 91) para señalar a la calma de algunos experimentados soldados en el frente. Aunque esta misma calma, por momentos del relato parece confundirse con la decepción de un bautismo de fuego “más trivial de lo esperado” (1998, p. 18).

En el escrito de 1920, Jünger establece un parteaguas entre dos momentos, etapas o incluso guerras distintas dentro del conflicto bélico mundial: antes y después de la Batalla del Somme (ocurrida entre julio y noviembre de 1916, siendo una de las más largas y sangrientas). El primer período, descripto como “el más sencillo”, simbolizó el fracaso en el intento de “ganar la guerra por batallas campales al viejo estilo” –esto es, la tradicional guerra de movimientos–, una metodología que quedó presa y varada en la guerra de posiciones. La novedad del segundo período es, por su parte, el viraje hacia lo que Jünger denomina “guerra de material”, “con su gigantesco despliegue de medios”. Sin embargo, ella sería sucedida por una tercera etapa, no exhaustivamente desarrollada durante el conflicto e iniciada a finales de 1917, que se anticipa como una evolución de la segunda: la batalla mecánica, “cuya imagen no llegó, sin embargo, a desarrollarse por completo” (1998, p. 44). La atención al desarrollo, influencia y significado del complejo técnico durante la guerra y para la vida asoma aquí con claridad.

Para la segunda etapa de la guerra, el valor o coraje [Mut] será otro de los atributos que aparecerá frecuentemente en el escrito, siendo una cualidad que Jünger destaca en los combatientes por sobre su constitución física fuerte. También, en el escrito de 1922, Jünger se expresa en el mismo sentido sobre el coraje y le dedica un apartado entero, el número VI. Allí afirma que “el coraje masculino [Der Mannesmut] es la cosa más deliciosa” (1926, p. 45). En cuanto a los combatientes, destaca “una fuerza elemental” que espiritualiza, la ferocidad de la guerra, así como “el gusto por el peligro en sí mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate” y explica que en el transcurso de cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura, cada vez más intrépida (1998, p. 84).

Pero al mismo tiempo que se entabla la analogía entre guerra y trabajo, también se marca otro rasgo, que se relaciona con la disponibilidad total que la guerra exige: no es claro qué puede requerir la guerra a sus combatientes: “Somos en verdad una gente que puede hacer de todo, la trinchera nos plantea a diario sus mil exigencias […] en suma, con nuestros propios hombres ejercemos todos los oficios” (1998, p. 30). Presagiando el célebre escrito de 1930, Jünger reflexiona sobre el carácter total y universal de la guerra para la población. ¿Por qué no habrían de hacer de todo, se pregunta, si allí los hay “de todos los estamentos y de todas las profesiones? Lo que uno no sabe hacer, lo sabe hacer el otro.” (1998, p. 30). 

1.2 Innovaciones técnicas y epocales de la guerra

Hay que decir que, si Tempestades de acero se focaliza en la naturaleza propia de la guerra, el escrito de 1922 incluye, también, una visión de la guerra como un elemento natural o innato en los seres humanos, decisivo, con una perspectiva que tercia entre la psicología y la antropología (Rossi, 2003). El tono de este escrito es llamativo, dado que presenta un registro todavía más poético-metafórico que Tempestades de acero donde, aunque existentes, las reflexiones metafísicas y filosóficas eran menos cuantiosas y se mezclaban con la detallada descripción extraída de los diarios [Tagebücher] de guerra (Ocaña, 1933; Rodríguez Suarez, 2011; 2013) –tal vez por eso el propio autor calificó en 1980 a aquél escrito como propio de una etapa expresionista, que más tarde abandonó para abrazar el surrealismo (Jünger, 2003b, p. 346).

Este escrito comienza no muy lejos de donde nos había dejado Tempestades de acero: advierte la llegada de una nueva etapa o época en términos del espíritu, un cambio mundial y la venida de nuevos valores. Calvo Albero (2000) afirma que el advenimiento de una nueva era probablemente sea la idea central de todo el pensamiento de Jünger: el alemán explica que las olas de esta nueva era nos rodean e impactan en la sociedad, el Estado, el arte y la moral, imponiendo estadios de decadencia y fermentación. Se trata de un tiempo rico en poder, tanto destructivo como productivo.

No obstante, más allá de la constitución guerrera propia de todo humano, Jünger no deja caer la afirmación de que existe un giro novedoso con la contienda mundial, de acuerdo lo descripto anteriormente: ella produjo a los sujetos y este tiempo de tal manera. Jünger señala que nunca antes su generación luchó contra el poder de su época como sucede con durante este conflicto bélico: hijos de una era intoxicada de material, donde el progreso pareció la perfección y la máquina un sustituto clave de Dios. Telescopios y microscopios, afirma Jünger, son los órganos del conocimiento.

Con la Gran Guerra, los instintos reprimidos por la sociedad y sus leyes volvieron nuevamente a la superficie como la última ratio. Significó una conexión con fuerzas elementales de la naturaleza alojadas en el ser humano, pues más allá de que el enfrentamiento cese y las formas exteriores del combate se modifiquen, permaneceremos en nuestro carácter de luchadores[7]. Pero, por otra parte, Jünger marca también que este acontecimiento abre una nueva etapa histórica: como si se tratara de un tornado o de una fuerza centrípeta, atrae todo hacia sí misma, lo pone en su órbita, marca el pulso de lo que la rodea y de esa forma también, como un alfarero, lo moldea a su imagen –una idea que apareció incipientemente en Tempestades de acero y se perfeccionará, veremos, en La movilización total.

El carácter primitivo de los sentimientos que despierta en quienes combaten en el frente no alude simplemente al recuerdo de lo antiguo y más elemental, sino que tiene también una faz novedosa, debido a que, como ya fuera explicitado sobre el final de Tempestades de acero, Jünger reitera que el espíritu de la guerra de material y el combate en las trincheras fueron más despiadados, brutales y salvajes que nunca antes, cincelando así sujetos que el mundo nunca antes vio. Incluso afirma que se trata de una nueva estirpe de seres humanos, epítome de lo más combativo que el mundo podía soportar, el más feroz conjunto de cuerpo, inteligencia, voluntad y sentidos.

Guerreros de ambos bandos, como los peones de un tiempo mejor, esculpen una nueva faz en el mundo, aunque algunos todavía no puedan verlo. En el final del escrito, el alemán explica que la guerra preludia o anticipa una nueva era, con luchas aún más duras, no es de ninguna manera un final, sino una gran escuela. Se trata de una época donde se debe tener el coraje de estar a la altura del propio destino [Schicksal][8]. Jünger dedica un apartado de este escrito al coraje varonil [Mut]. También se detiene en este tema en diversas ocasiones durante las páginas escritas en 1920. Parece representar un valor de alta estima: coraje, sacrificio, heroísmo y destino aparecen de la mano. Se trata de un tema que apareció en Tempestades de acero y que continuará emergiendo en El trabajador.

La experiencia de la Gran Guerra, tal como en el escrito de 1920, incluye también consideraciones sobre los ininterrumpidos trabajos que requiere la creación y mantenimiento de las trincheras. La transformación de aquellos soldados y guerreros en trabajadores, la conversión de la guerra en un oficio fue el resultado de la experiencia de las trincheras. “Jornaleros de la muerte” [Tagelöhnern des Todes] es la figura que utiliza Jünger para describirlos. Por otra parte, resalta el alemán la eterna disponibilidad: estar al acecho y receptivos tanto para los trabajos que requiere estar en el frente como para los combates propiamente dichos, una experiencia que se extendía día y noche por meses y años. En medio del hastío e indiferencia que provoca en él la interminable y violenta faz del conflicto, que atravesaba las estaciones, los meses y los años, para la que nadie preveía en su inicio semejante duración; se intercalan reflexiones relativas a las innovaciones técnicas que comienzan a formar parte del paisaje en esta etapa de la guerra: tanques destruidos a los que Jünger se refiere como “elefantes bélicos de la batalla técnica” –como aviones y sus restos son moneda corriente, “señal de que en el campo de batalla aparecía de un modo cada vez más poderoso la máquina” (1998, p. 152).

El principal cambio que constata Jünger en la actividad diaria para esta nueva fase es el incremento de la intensidad y la violencia del intercambio de disparos, granadas de mano y minas explosivas. En este sentido, cobra importancia la aparición de otra innovación: los ataques de gas. La estetización y teatralización del horror ocupa un lugar importante, como señala Herf (1993). Es la destrucción junto con las propias oleadas de artillería y proyectiles, algo hipnótico para Jünger, que reconoce no poder apartar la vista de aquel espectáculo emocionante, aún a pesar del peligro que representa: “Mientras uno echaba así una mirada a las cartas del Destino olvidaba fácilmente su propia seguridad” (1998, p. 81). Pasajes como aquellos ofrecen evidencia para acusar el problema político de la estetización, en este caso de la guerra, en la obra del alemán, en línea con lo señalado por Walter Benjamin (2001; 2015)[9].

El modo en que el desarrollo de la guerra, con su despliegue, altera y destruye el paisaje urbano y civil donde transcurre, es especialmente destacado por el autor. Jünger se detiene especialmente en la descripción del funcionamiento de las trincheras, los embudos generados por las explosiones en la tierra y que se utilizaban tácticamente para avanzar y defenderse, los aviones, los tanques, los lanzallamas, las minas, bombas de efecto retardado, granadas de mano, los cascos de acero y los proyectiles utilizados durante la guerra; dando cuenta de la relevancia que estas innovaciones técnicas tuvieron en su percepción de la guerra. No es vano mencionar que esas tareas no eran ajenas a la labor del alemán, pues había intervenido en reglamentos relacionados con nuevas modalidades de combate o lisa y llanamente en las directivas en el frente para la infantería, con innovaciones en lo que a tácticas de ataque y aproximación hacia los enemigos se refiere.

El énfasis en la devastación de los nuevos medios técnicos de combate se engarza con su correlato para los seres humanos de acuerdo a lo descripto en la sección anterior: la guerra y el combate, con su peligro y sus ambivalencias, estaba forjando un nuevo tipo de ser humano. Esto se ve más claramente cuando Jünger reflexiona sobre los veteranos luchadores de las batallas de material destacando cómo su ‘instinto peculiar’. Una descripción similar aparece más adelante respecto de los jefes de las unidades de asalto, caracterizados como hombres temerarios, duros y decididos[10], “que están a la altura de su momento” (1998, p. 127). No sólo la decisión aparece como un aspecto que Jünger vindica a estos grandes hombres, sino también su capacidad de liderazgo (1998, p. 130). Resalta Jünger que “no se ha conocido de veras a una persona si no se la ha visto enfrentada al peligro” (1998, p. 125). De la misma manera, pone de relieve la “clarividencia de la que el ser humano es capaz únicamente cuando está enfrentado a una decisión a vida o muerte” (1998, p. 126).

Por último, el alemán se detiene enfáticamente sobre el problema de la técnica y refiere a la unidad que se forja en el ejército entre personas, animales y máquinas: se fraguan en una sola arma, afirma, en lo que parece un anticipo del concepto de ‘construcción orgánica’ que aparecerá posteriormente en El trabajador. Explica que la máquina “es la inteligencia de un pueblo fundido en acero. Multiplica por mil el poder del individuo y da a nuestras luchas su carácter terrible”. Por momentos, la batalla de las máquinas adquiere una faz impersonal e inhumana. El sujeto singular casi desaparece ante ella. Sin embargo, “detrás de todo está el ser humano. Él da a las máquinas dirección y significado” (1926, p. 104). En ese sentido, la despersonalización de la técnica no exhorta su inhumanidad, sino que más bien lo que es dejado de lado es el sujeto en su individualidad personal, mientras que la humanidad y el pueblo cumplen un papel importante. Este reproche de la individualidad como límite para la técnica y la subsunción de lo social a ella se profundizará en El trabajador: veremos que, aunque no sea posible encontrar un énfasis marcado en el dispositivo conceptual de la decisión, en clave voluntarista y personal en la obra del alemán (Von Krockow, 2017), sí cabe visualizar algunos nodos que resultan importantes para reflexionar sobre lo político desde nuestra perspectiva, especialmente en lo atinente a los sujetos singulares y colectivos, su agencia, su capacidad de acción, y la decisión como factor humano frente a la técnica. Sin embargo, se trata, hay que admitirlo, de preguntas que el propio autor no desarrolla ni lleva hasta sus últimas consecuencias.

Hasta aquí, hallamos en el reflejo de la experiencia fenomenológica del combate en el frente durante la Primera Guerra Mundial y la destrucción que habilitan los nuevos medios técnicos de combate, un descubrimiento de Jünger: la totalización de la guerra sobre la vida, la disponibilidad que ella exige a los seres humanos –haciéndolos al mismo tiempo parte de un colectivo guerrero y no individuos aislados (Laleff Ilieff, 2020). De allí surge la analogía entre guerra y trabajo –que reaparece con mayor intensidad en sus escritos de la década siguiente–, que da la pauta de la Gran Guerra como un fenómeno que altera la historia, dando lugar no solo al modelo del hombre nuevo sino también a un principio de organización que modifica la sociedad y opera sobre lo político y el Estado de igual manera (Herf, 1993; Rossi, 2003). En la Gran Guerra, la faz decisiva del conflicto sangriento en general se hermana con el advenimiento de la tecnificación, como una fuerza que moldea el mundo de manera centrípeta y abre una nueva era.

Matizando la opinión de algunos comentaristas de la obra de Jünger (Calvo Albero, 2000; Durán Guerra, 2021; Losurdo, 2003; Rossi, 2003; Von Krockow, 2017), consideramos que esos escritos revelan no solamente una fetichización, ensalzamiento o estetización de la guerra, el combate o la lucha, sino también una indagación respecto de su carácter relevante para la vida humana, que no desconoce su faz destructiva ni horrorosa, y sobre todo revela sus aristas novedosas (Casnicú, 2014). El romance bélico no oculta los horrores de la guerra ni su barbarie, en todo caso puede operar, a lo sumo, como plan persuasivo (Elias, 1997). El relato de la guerra en 1920 es ante todo fiel y comprometido con lo narrado, transmitiendo la aceptación de la guerra como destino, pero también sus horrores y crueldades (Tejado Rüland, 2015) –que una perspectiva freudiana no tendría por qué oponer a la estetización o fetichización, vale decir. Contra las etiquetas de neoconservadorismo o fascismo militarista de ardor guerrero, en la obra Jünger es posible hallar, más bien “intentos de lidiar con el sinsentido, prácticas de consolación, o efectos de una metafísica bien trabada” (Rosaleny, 2007, p. 73).

2. El orden venidero

2.1. Movimiento y movilización

Producto del sorpresivo y extenso éxito que suscitaron sus reflexiones sobre la Primera Guerra Mundial, Jünger se posicionó rápidamente durante los años 20’ como una figura destacada y un referente de la derecha nacionalista alemana, de manera que fue apropiado por ese movimiento con fines propagandísticos y durante este período colaboró en revistas literarias y políticas de ese cuño, tales como Die Standarte, Arminius y Der Widerstand, esta última órgano del nacional-bolchevismo que dirigía Ernst Niekisch, amigo íntimo de Jünger. De este modo, las ideas de Jünger, junto a otros intelectuales de lo que se consideró posteriormente como “Revolución Conservadora” (Mohler, 2018) o “Modernismo Reaccionario” (Herf, 1993), transitaron a gran velocidad y circularon intensamente, debatidas en universidades, clubes y revistas entre 1918 y 1933[11].

En este apartado centraremos el análisis en los escritos Fuego y movimiento [1930], La movilización total [1930] y El trabajador [1932]. Creemos que tomando en conjunto los mismos, el lector puede adquirir una visión explícita de las intuiciones que Jünger había insinuado de manera fragmentaria en escritos previos sobre la dimensión transformadora de la Gran Guerra en la ordenación del colectivo social y los cambios políticos que entraña.

Asimismo, la hipótesis que guía nuestra lectura nos lleva a pensar que en el conjunto de estos escritos el alemán desarrolla una elaboración más organizada, que condensa algunas ideas dispersas sobre la técnica y la tecnificación del mundo, siendo El trabajador el pináculo y la versión más sistematizada de ellos durante estos años. En este sentido, Tempestades de acero puede ser leída como una preparación de las formulaciones respecto de la totalidad de la técnica en El trabajador (Coelho, 2017; Cuasnicú, 2014).

En Fuego y movimiento ([1930] 1995a) pueden hallarse, tal vez, las consideraciones teóricas más acabadas sobre la conducción y el desarrollo de la Gran Guerra, sus armas y tácticas, que en los escritos previos aparecen dispersas. El propio Jünger admite que ese escrito procede todavía enteramente de sus experiencias en la primera guerra mundial, y reconoce que aquél, junto con La movilización total y Sobre el dolor, tienen en común la discusión con el progreso, en especial respecto de la prepotencia de la técnica. En esos ensayos reconoce haber visto con anticipación algo que entonces le fascinaba [la prepotencia de la técnica] y que luego más bien lo angustia. Es decir, las reflexiones sobre la guerra que elabora Jünger están en cierto modo al servicio de la cuestión de la técnica.

Ante las rápidas y radicales modificaciones que los medios y métodos de la conducción de la guerra adquirieron en la edad de la técnica, el breve ensayo señala “un cierto retraso con que una época otorga expresión bélica a sus medios” (1995a, p. 129). En ese sentido, Jünger se detiene en el caso de Alemania, que poseía un capital de experiencia bélica previo a la guerra mundial, que provenía esencialmente de la guerra franco-alemana de 1870, basada en la guerra de movimientos. Se trataba de nociones ampliamente superadas por los grandes avances técnicos de la época. Es lo que posteriormente se conoció como “guerra de posiciones, una guerra que tiene como característica propia el que ambos adversarios, aun encontrándose en posesión de un máximo de fuego, son casi incapaces de moverse” (1995a, p. 131).

Jünger constata la gigantesca desproporción entre medios técnicos de combate y formas o métodos de movimiento en la Primera Guerra Mundial. De manera que, aunque sobre espíritu y voluntad, lo que aparece es la incapacidad de movimiento: la guerra parece quedar atascada en el espacio de las trincheras, mientras se extiende en el tiempo muy por encima de las expectativas y pronósticos iniciales; y los esfuerzos físicos, técnicos y materiales por sostenerla no disminuyen. A la virtual totalización que la Gran Guerra evidencia, pues moviliza todo el mundo (ciudades, Estados con sus economías e industrias, poblaciones enteras) de forma centrípeta a su servicio, le cabe simultáneamente una verdadera quietud de los movimientos durante la guerra de trincheras, de la que resulta difícil salir (1995a). Muestra de ello da Jünger cuando relata que “durante años aparecen una y otra vez en los comunicados militares los nombres de las mismas aldeas, de los mismos bosquecillos, de las mismas corrientes de agua” (1995a, p. 133).

Concluyendo este breve escrito, Jünger estipula que la guerra mundial resulto así una imagen fragmentaria donde “la técnica pudo destruir ciertamente las formas tradicionales de la guerra, pero por sí misma sólo fue capaz de insinuar, mas no de hacer realidad, una imagen nueva de la guerra” y esta fragmentariedad alude también –siendo la guerra su expresión desmedida– a la vida. Allí, asimismo, el espíritu tras la técnica va a “destruir los vínculos antiguos, mientras que en la construcción de un orden nuevo capaz de vivir por sus propios medios aún no ha abandonado el estadio de la experimentación” (1995a, pp. 141-142).

La movilización total ([1930] 1995b), escrito que secunda cronológicamente al mencionado más arriba, propone “recopilar algunos datos que diferencian a la última guerra, a nuestra guerra, acontecimiento el más grande e influyente de este tiempo nuestro, de otras guerras cuya historia se nos ha transmitido” (1995b, p. 90). En la Gran Guerra, explica el alemán, “el genio de la guerra se compenetró con el espíritu del progreso” (1995b, p. 90), tanto fronteras adentro como fuera de cada uno de los países beligerantes. Este puntapié, por demás sugestivo, lleva a Jünger a una discusión acerca del progreso, entendido como máscara de la razón e ideología burguesa. Se busca revelar “los delgados hilos que ejecutan los movimientos de las marionetas” del progreso que son aún invisibles. Nuevamente, el eje es el movimiento: el movimiento más secreto que se esconde tras el mascarón de proa del progreso, en este caso, y que se revela, a la luz del tiempo, como una “falacia óptica”. Es una fuerza de índole cultual, una fe, que se atrevió a “extender hasta el infinito la perspectiva de la finalidad”. Es la gran Iglesia popular del siglo XIX (1995b, p. 92). Sobre esta religión del progreso técnico se detuvo, como vimos, Oswald Spengler y lo hará también Carl Schmitt.

Lo que apunta Jünger, entonces, es la relevancia del progreso como factor moral, como fuerza capaz de mover, de movilizar el mundo de manera decisiva y total como nunca antes aconteció. El progreso, tal como se ve con la Gran Guerra, permitió un proceso nuevo, al que denomina movilización total[12]. El carácter total de la movilización es lo completamente inaudito para el tiempo y la historia. De manera que, hasta la segunda mitad del siglo XIX, era posible librar, ganar y perder batallas con total independencia del rechazo o la indiferencia popular ante ellas. El nuevo tiempo augura entonces nuevas posibilidades. En las antiguas guerras, aun a pesar de que existiera el servicio militar obligatorio, por la relativa calculabilidad y previsibilidad de los costos de la guerra, aunque extraordinaria, no se podían agotar, como lo hizo la Gran Guerra, de forma ilimitada las fuerzas y medios existentes. Es por eso que nunca antes pudo haber existido una movilización total sino, como máximo, una movilización general, que sigue revistiendo un carácter parcial. Es otra la razón de Estado que guiaba los asuntos, propia de las monarquías absolutas. Por eso, la movilización parcial es la esencia de la monarquía. La propia idea de voluntarios que se alistan para la guerra y combaten luego de una muy breve instrucción, como se ve reflejado en Tempestades de acero, no podía existir. Existía más bien una casta guerrera.

Este conflicto bélico, totalizante, se vuelve popular movilizando a todas las capas sociales. Podríamos decir que la movilización total y la masificación de la guerra van de la mano. No puede haber ya indiferencia popular, porque la penetración de la guerra es tan profunda, sus requerimientos tan enfáticos, que nadie puede sustraerse ya a ella. No existirá más, tanto en el frente como fuera de él, distinción entre combatientes y no combatientes o civiles. Esto no sólo desde la perspectiva del discernimiento de quien ataca, sino también desde la dimensión de los medios de ataque, tales como los bombardeos y el gas mortal. Inclusive es total la destrucción, que no discrimina entre vencedores y vencidos, equiparando a los estados de ambos bandos en lo que hace a sus efectos: Jünger indica que tampoco países pertenecientes al grupo de los vencedores, como Rusia e Italia, escaparon a una destrucción global de su estructura estatal. Se trata de “un terremoto que pone a prueba los cimientos de todos los edificios” (1995b: 105).

La aversión al progreso y la ideología burguesa, como explica Losurdo (2003), es moneda corriente en la época y ninguna novedad. No obstante –en una lectura similar a la de Herf (1993) –, señala en Jünger el esfuerzo más orgánico entre los intelectuales alemanes por reconciliar la Kriegsideologie (ideología de la guerra) y la Kulturkritik (crítica cultural) con la máquina y la técnica, en lo que lee como la consecuencia de una toma conciencia sobre la contradicción entre la crítica a la Zivilisation calculadora y técnica y las exigencias de movilización total del aparato técnico y productivo en función de la guerra luego de la derrota de 1918.

Jünger (1995b) remarca nuevamente, agudizando sus primeras reflexiones de 1920, la mimetización que acaece entre guerra y trabajo. La guerra se parece cada vez más al proceso de trabajo. Como el segundo, la primera también parece un atributo generalizado del que cualquiera que esté apto puede tomar parte. No se trata meramente de que la guerra, por su grandilocuencia, dé trabajo, sino que batallar y cumplir funciones durante la guerra, tanto por su extensión en el tiempo como por las características de su desenvolvimiento, resulta trabajo: “En la fase final de la última guerra […] no se efectúa ningún movimiento –ni siquiera el de una trabajadora doméstica en su máquina de coser– que no encierre una aportación bélica al menos indirecta” (1995b, p. 67). La Gran Guerra no fue ya una guerra entre caballeros, reyes o burgueses sino entre trabajadores. Ahí, nuevamente, yace una faz de disciplinamiento que excede nuestra exploración pero que, sin embargo, vale dejar sentada.

La movilización total, sin embargo, no debe ser leída en clave de un decreto del gobernante o monarca, producto de una voluntad individual que la ejecuta. Más que ser ejecutada

[…] se ejecuta a sí misma; ella es tanto en la guerra como en la paz la expresión de la exigencia misteriosa y coercitiva a que nos somete esta vida en la edad de las masas y las máquinas. (1995b, p. 101).

Por otra parte, y a pesar de que Jünger no ahorra palabras para describir la faz técnica de la movilización total, indica que ésta no es su aspecto decisivo. Como sucede con otros elementos en la obra de Jünger, lo más importante está en las profundidades: “igual que el presupuesto de toda técnica, también el de la movilización total se halla a mayor profundidad: disponibilidad a la movilización llamaremos aquí a ese presupuesto” (1995b, pp. 102-103)[13].

Jünger se enorgullece de que Alemania no haya sido afectada por la capacidad de movilización total del progreso y haya permanecido intacta al espíritu de ese tiempo. Admira a la juventud ardiente de alemanes que, con entusiasmo y avidez de muerte, como nunca antes, marcharon a la guerra. El lamento tiene que ver justamente con la ausencia de una fuerza que, como el progreso, haya podido movilizar a esos jóvenes y llevarse el mundo por delante: “¿Qué no habría conseguido si hubiera poseído ya una dirección [Richtung], una consciencia [Bewußtsein], una figura [Gestalt]?” (1995b, p. 112).

Estipula que la movilización total no es otra cosa que índice de una movilización más alta, que ese tiempo efectúa con una legalidad propia. Puede cambiar de área, pero no de sentido, poniendo por ejemplo en movimiento a las masas en una guerra civil en lugar de una guerra exterior, como ocurre con la Revolución Rusa. Más allá del cuestionamiento, que es parte del espíritu de época, sobre el carácter progresivo o de avance del progreso[14], importa su capacidad de movilización. Solo una fe cultual como la existente en el progreso habilita la movilización total, insinuada en la Gran Guerra. Sin embargo, esto no significa que el progreso sea el único factor capaz de enarbolar tal proceso. De ahí proviene el lamento de Jünger respecto a la situación alemana en 1914, donde hacía falta una fuerza que, tan poderosa como el progreso, movilizara a los jóvenes (1995b, p. 112). El proceso no depende de la voluntad personal de ningún individuo, sino más bien de una fuerza elemental, subterránea y poderosa que se acciona con una idea y sus adherentes, como sucede con el progreso. Por otra parte, la faz técnica de la movilización total no resulta para Jünger lo decisivo, sino que la disponibilidad a la movilización lo es: el hecho de que todo lo existente se pueda mover al son de una fuerza como si convergiese en la atracción hacia un poder. Desafortunadamente el autor no abunda en detalles al respecto.

En segundo lugar, el autor anticipa que esto no es sino el prolegómeno de un fenómeno más profundo, coherente con ese tiempo, y afirma que la movilización puede cambiar de área, aunque no de sentido[15]. La capacidad de movilización del progreso, demostrada hasta ese momento, adolece sin embargo de un fetichismo de la máquina y un ingenuo culto de la técnica. Como si tomara la expresión exterior, la técnica, por el sentido más profundo, el progreso no puede interpretar el movimiento que protagoniza. No puede ver que la técnica es –como expresó en 1920–, junto con la guerra, una forma de expresión de la vida. Y que, tal como se afirmó en Fuego y movimiento, el espíritu es lo que se encuentra por detrás de la técnica –en un sentido similar al que señaló, como veremos, Carl Schmitt en su conferencia dictada en 1929 en Barcelona. Es ese mismo espíritu el que rechaza el progreso. Ya Jünger nos anticipó en sus escritos previos sobre la destrucción de los vínculos antiguos y el advenimiento de un orden nuevo, que se muestra nada más que de forma incipiente. Se trata de aquella movilización más alta que se augura en el presente escrito. Quedan por ver las características y formas que el espíritu nos reserva para movilizar el mundo y las masas en el futuro, tanto como aquellas nuevas áreas en donde se expresará la movilización.

En suma, la guerra tuvo un final, pero no así la movilización. El diagnóstico de La movilización total nos previene así del cambio de paradigma que tiene lugar a partir de la Gran Guerra, con el ocaso y golpe de gracia a un orden burgués caracterizado por la falta de dominio [Herrschaft], pero, aunque se afirma el carácter autodestructivo del progreso, Jünger no anticipa el nuevo régimen ni opone una tendencia explícita frente a él. Como veremos a continuación, será en el escrito de 1932 donde se ensaya la descripción plena: El trabajador parece ser el intento más comprometido y sistemático por ahondar en el detalle de las incógnitas que deja abiertas el escrito de 1930 sobre las modificaciones planetarias que impone la técnica (Lübbe, 1993).

Queda claro, sin embargo, que la totalización descrita hasta aquí implica nuevas formas de articulación del entramado social y un correlato también para lo político: la Gran Guerra mostró la necesidad de disponibilidad del todo social ante ella, en una movilización que no depende de la voluntad personal de ningún individuo ni tampoco de una u otra tendencia política, sino más bien es el signo de una época que reveló cómo una fe cultual, en este caso en el progreso ininterrumpido de la humanidad, pudo llevarse todo por delante y tallar una nueva forma. Los pueblos de los Estados beligerantes se vieron movilizados en su conjunto por la guerra y estuvieron disponibles, a su servicio. Simultáneamente, se encontraron atrapados en la guerra, no podían desplazarse fuera de ella, sino que estuvieron envueltos en una cierta quietud del vivir para la guerra, como faz de trabajo.

2.2. La tentativa del nihilismo activo

Con la etiqueta de nihilismo activo, Löwith (2006b) intentó agrupar a Jünger con Schmitt, dentro de una afinidad espiritual propia de los alemanes del siglo XX. A su vez, es en El trabajador donde se ofrece una “impronta nietzscheana” más sistematizada (Rossi, 2003). Incluso, afirma que ese ensayo no es otra cosa que el intento de “construir una conceptualización política a partir de la filosofía nietzscheana” (2003, p. 67). Estas observaciones, más que tomarlas como conclusivas, las utilizaremos para guiar nuestra reposición del argumento del alemán.

Como se explica en 1932 con la aparición de El trabajador, la movilización de trabajo viene a tomar el relevo de la movilización total bélica, y al servicio militar obligatorio le sucede un servicio obligatorio del trabajo (2003a, p. 270). En el nuevo orden que se inaugura, el tipo humano emergido es el supremo medio de poder a disposición de la figura del trabajador, cuyo empleo preciso “está operando una política nueva” (2003a, p. 76). Las transformaciones a nivel individual y colectivo descriptas en escritos anteriores comienzan a condensarse en la descripción de esta nueva era.

Por su fecha de aparición, resulta imposible no vincular el ensayo con la caída de la República de Weimar y el ascenso nacionalsocialista, sus crímenes y horrores. Jünger intentó rehuir de esa responsabilidad y de la politización del libro, aduciendo que “ni los nacionalsocialistas ni sus adversarios” supieron qué hacer con el libro (2003b, p. 343). Al respecto, Lübbe (1993) afirma que en esta obra se esboza una fenomenología de una figura epocal civilizatoria desligada de la actualidad exclusiva del nacionalsocialismo, mostrando más bien rasgos principales presentes en general en nuestra civilización científico-técnica con creciente urgencia, donde están grabadas también, pero no únicamente, las inhumanas consecuencias producidas por el nazismo. Esa obra, afirma Lübbe, no se ve a sí misma como parte de una acción política actualmente deseada, sino más bien como un esbozo literario de la forma de nuestra civilización. También por eso la obra de Jünger no alude a nombres propios actuales ni pasados en lo referente a actores políticos, figuras religiosas o ideológicas. El autor resulta políticamente escurridizo. En el prólogo a esta obra de 1963, Jünger reafirma que lo que allí queda documentado no son magnitudes de índole solamente nacional, económica, política, geográfica y etnológica, sino “las avanzadillas de un poder terrenal nuevo” (2003a, pp. 11-13).

Lo único que permanece inquebrantable y emerge del caos es la figura [Gestalt] del trabajador. La mayor innovación que Jünger introduce en este extenso ensayo es la noción de “figura”, articulador central de su pensamiento junto con la técnica y el trabajo como principales conceptos ontológicos (Cuasnicú, 2014) y considerada como una metafísica que “constituye una suerte de «algodicea» contemporánea, un relevo secularizado de las viejas teodiceas” (Ocaña, 1993, p. 21) comparable al Eón gnóstico. Aunque los vocablos figurar [gestalten] y figura [Gestalt] habían sido mencionados en pocas pero relevantes ocasiones en los escritos previos de Jünger (1926, p. 104; 1995b, p. 112), es aquí donde se le da un tratamiento sistemático y pormenorizado.

Con esto, ingresamos en la faz más nítidamente metafísica y mística de los escritos de Jünger, aunque también este ensayo es el más sistemático en sus descripciones y previsiones. Aquí nos advierte que en el espacio y en el tiempo es posible encontrar una variedad de figuras, en plural. Se trata de sujetos metafísicos que, provisionalmente, no es posible ordenar de modo jerárquico. La figura propia de la época actual tiene la impronta del trabajador. Las figuras, entonces, son magnitudes que articulan el mundo, otorgándole sentido, en una unidad con una ley decisiva. La figura se expresa de un modo shakespeariano: es o no es (Cuasnicú, 2014). Son representantes del espíritu del mundo para una época determinada. Imperan con necesidad. Esto no es visible para todos, sino solo para aquellos ojos capaces de captarlo, pero puede verse tanto en el arte, en la ciencia, en la fe y en la política siempre que acudamos “con figuras y no con conceptos, ideas o meros fenómenos” (Jünger, 2003a, p. 39).

Alain de Benoist (1997) explica que las formas guían en varios niveles cómo se expresa lo sensible en el mundo. Y las figuras, en particular, brindan a las épocas su significado metafísico. No se trata, entonces, de una magnitud nueva. Una vez que conseguimos ver esta situación –la figura y el tipo son, como el propio Jünger expresó en Typus-Name-Gestalt (1963), formas elevadas de la visión–, es posible contemplar de nueva forma el mundo: como un escenario de las figuras y de las relaciones entre ellas. La historia tiene como contenido propio el destino de figuras.

La figura tiene su encarnación, como polea de transmisión, en la persona singular, que resultará finalmente perfectamente sustituible. A diferencia de cualquier enfoque político liberal-contractual, no parece involucrar ni permitir una relación conflictiva entre lo representante y lo representado, sino que es una representación de una idea que, desde arriba, machaca sobre las singularidades. Como en una fórmula aristotélica, se trata de un todo que contiene más que la suma de sus partes. Adquirir conciencia de todo ello es la tarea de la persona singular, que está inserta en un gran orden de figuras. El sentido de su vida depende “del grado en que participe en el orden y en las disputas de las figuras” (2003a, p. 42). Aquí, podemos observar cómo uno de los tópicos iniciales de la obra de Jünger, el sacrificio y su dignidad ante la misión y el destino, que había sido enaltecido en los textos sobre la Gran Guerra, reaparece en este caso en torno a la cuestión de la figura del trabajador y su dominio.

Es que, finalmente, la movilización totalizante no nace ni opera, como la guerra, de acuerdo a voluntades o decisiones personales (individuales o colectivas), cualquiera sea su signo político, ni responde a lecturas sobre la correlación de fuerzas entre adversarios: sencillamente avanza de manera irrefrenable a tono con las exigencias del espíritu metafísico de la época. A lo sumo, la Gran Guerra y la fe cultual en el progreso fueron apenas vehículos siempre necesarios, pero circunstanciales y anticipatorios. El costado político de esta visión es asible más por el impacto a nivel de las transformaciones sociales que la movilización total entraña que desde la perspectiva de una autonomía de lo político, como veremos que presenta Schmitt.

Pareciera que con el énfasis metafísico se pierden de vista los fenómenos particulares. En este “saltar de lo fenoménico a la idea” (Blumenberg, 2010, p. 34), donde “la cosa concreta no es más que la representación, casual, efímera, de un arquetipo eterno” (p. 31), encuentra Blumenberg un cierto neoplatonismo y gnosticismo en Jünger, que él mismo reconoció años más tarde al conversar sobre la equivocada recepción de algunas de las ideas de El trabajador: “Para mí se trata, por lo tanto, de una forma que posee un carácter casi metafísico” y como “figura prometeica”, reconoce Jünger (2016, pp. 44-45). Y agrega: “la mía era, por así decirlo, la visión neoplatónica de una nueva forma que imprimiría su carácter a toda la realidad: la forma del Trabajador” (2016, p. 117). No obstante, consideramos que los fenómenos revisten una dimensión no despreciable para el autor, porque sólo en ellos la mirada del realista heroico puede realmente ver lo elemental. Así como el énfasis del escrito de 1922 de Jünger estaba puesto en la experiencia interior del soldado, ahora es el fenómeno exterior el que reviste importancia, porque allí se confirma lo que acontece subrepticiamente (y a su vez, para nuestra indagación, es aquello que permite observar los correlatos políticos de estas transformaciones).

Con esta panorámica respecto del orden figural que Jünger presenta, podemos retomar el hilo del escrito publicado en 1932: este comienza justo donde nos quedamos en La movilización total: la crítica y descripción del ocaso del orden burgués, caracterizado por la falta de dominio –Jünger explica que el burgués carece tanto de sustancia bélica como de sustancia cultual, si “prescindimos del pseudoculto del progreso” (2003a, p. 152). Si en el escrito de 1930 Jünger narra la capacidad que la fe cultual en las ideas del progreso tuvo para desarrollar la movilización total, ahora se explica la incapacidad del mundo burgués para movilizar la llegada del nuevo orden. La aniquilación de las valoraciones propias del espíritu burgués es necesaria para preparar esta vida nueva, porque se han vuelto abstractas y autocráticas hasta llegar al nihilismo. Fue el estallido de la guerra en 1914 lo que puso el punto final a ese tiempo burgués y abrió la vida nueva: no se libró entre dos grupos de naciones sino también entre dos edades. En clave nietzscheana, Jünger añade que se ha vuelto “inútil seguir ocupándose en una transvaloración de los valores ahora basta con ver las cosas nuevas y participar en ellas” (2003a, p. 58) –una aseveración similar a la que Schmitt arriba, en 1939, en su breve La era de la política integral (1995a). Participar en este destino es sinónimo de libertad y con ello la vida porta un poder y responsabilidad históricos. En el nuevo orden, que se impone con necesidad, la posición decisiva pertenece al trabajador.

Es decir, frente al progreso y el orden burgués asoma una nueva conciencia, reflejo y opuesta a todo ello: la del trabajador. Jünger se encarga de aclarar que este término no se emparenta con nociones como la Idea, la Comunidad, el Bien del Pueblo o el Todo, propias de los esquemas metafísicos burgueses e ilustrados. No se trata, tampoco, de la llegada de un nuevo estamento o clase particular, como puede ser la clase obrera marxiana, que tome la posta en una sucesión temporal de dominio. Esto equivaldría a confundirlo con una de sus manifestaciones fenoménicas. Las únicas precisiones sobre el trabajador, como veremos, aparecen sobre todo por la negativa, deslindando aquello que no es.

Aunque de origen burgués, el mundo que asoma se desembarazará luego de las pautas burguesas: la libertad y moralidad, relacionadas al orden y obediencia del trabajador, se oponen a la relación contractual con el mundo y especialmente con el Estado que imponía el orden burgués, pues refiere directamente al Estado y el ejército como medios supremos del poder. De aquí se desprende también la relación del burgués con la seguridad y del trabajador con el peligro, que atañe también al dolor. Tal como Carl Schmitt en la misma década, Jünger advierte un problema en la equiparación burguesa del Estado y la sociedad. Asimila al marxismo a una conciencia burguesa-liberal: no es más que su reflejo tratando de acaparar al trabajador en sus esquemas. Por eso, como ella, niega al Estado.

En cuanto el trabajador logre verse a sí mismo como figura en un orden de figuras, un proceso que se efectúa “allende las valoraciones morales y estéticas cuanto allende de las valoraciones científicas” (2003a, p. 46). Lo que interesa es la diferencia de rango: pues el trabajador tiene una relación con los poderes elementales que el burgués jamás pudo concebir. Por eso su libertad y sus reivindicaciones son más significativas y tienen otro cariz. No es posible una consideración del trabajador como una cualidad básicamente económica. Tal cosa es más bien un resabio burgués, como lo explica en detalle Jünger: “la economía no es un poder capaz de otorgar libertad” (2003a, p. 35)[16]. El eje no debe ser la libertad ni el poder económicos, sino el poder en sí. Jünger reconoce en cierto modo su propia tradición, en la medida en que este nuevo orden se conecta con las ideas de poder, deber y rigurosa disciplina que encarnaba el prusianismo, del que también Spengler resultó devoto. El trabajador es su único heredero posible. Toda reivindicación de libertad aparece como reivindicación de trabajo de manera directamente proporcional. El trabajador “es un poder naciente, en el que reside el destino del país” (2003a, p. 32). De manera que la aurora del trabajador será la de Alemania toda.

Sin embargo, no quedan claros los nuevos valores, solo el advenimiento de una nueva figura, representada por un tipo particular que impondrá, aliándose con la técnica, un dominio real y efectivo: el del trabajador. Según el autor esto “no tiene nada que ver con conceptos raciales biológicos”, ya que la figura moviliza el conjunto humano sin establecer diferencias en él (2003a, p. 143). El tono de Jünger parece ser mayormente entusiasta por las posibilidades de esta nueva época, a la que todavía no puede describir, pero tampoco ese tono parece ser definitivo: “Unos verán en esto la recaída en una barbarie moderna; otros lo saludarán como un baño de acero” (p. 61). Ese entusiasmo es casi una obligación en un tiempo de peligro: el alemán afirma que “creer que este mundo tiene un sentido no es sólo una necesidad […] es, además, una de las características de todas las actitudes que aún poseen futuro” (p. 64).

En el nuevo orden no puede haber nada que no sea concebido como trabajo, y el dominio del trabajador está dado por la coincidencia del poder con el derecho –una coincidencia a la que es imposible arribar a través de los principios burgueses del siglo XIX–, es decir con su legitimación política. No se trata, explica Jünger con Nietzsche[17], de una pura voluntad de poder sin más. Aquí, el ser humano resulta un medio, no una meta, portador del poder como también de la libertad en este nuevo sentido: el nuevo tipo humano es el supremo medio de poder a disposición de la figura del trabajador, cuyo empleo preciso “está operando una política nueva” (2003a, p. 76).

En cuanto a los medios y específicamente en torno al problema de la técnica, Jünger explica que la figura está en una zona en la cual se es superior y no objeto o sujeto de la destrucción que se atestigua. La técnica no es una esfera neutral, de validez universal, que admita cualquier fuerza, como podría suponerse. No existe una técnica en sí, sino que “cada vida tiene la técnica que a ella le resulta adecuada, que le es congénita” (2003a, p. 77). La pregunta por la neutralidad y el carácter instrumental de la técnica será un asunto en el que se detendrá también Carl Schmitt, como veremos en el tercer capítulo de esta tesis, estableciendo algunos matices con la posición de Jünger. Asimismo, Heidegger (1994a) tomó posición años más tarde al respecto, en una línea más cercana a Jünger que a Schmitt, revelando cierta deuda respecto de las reflexiones de nuestros autores en su tratamiento sobre la técnica.

La penetración de la técnica en el mundo y en todas sus esferas (la Iglesia, el campo, la guerra, el tráfico, el arte, la política, etc.), es decir, su planetarización –hecho que también señaló Spengler en torno a la cultura fáustica occidental y su técnica–, es símbolo y expresión de la figura del trabajador, porque sólo él sabe tomar estos medios, como un cuchillo, por el lado que no cortan y adueñarse de ellos. Para otros personajes, que le dan una cálida bienvenida a la técnica, pero sin saber que ésta cumple parcialmente sus aspiraciones, aquella se vuelve contra ellos: “Es un medio aparentemente neutral, pero del que únicamente el trabajador dispone sin contradicciones” (2003a, p. 279).

En este nuevo panorama solo queda la alternativa de ser un representante de la figura del trabajador o perecer. La técnica parece ser un epifenómeno “cuya lógica obedece a un fondo metafísico” (Ocaña, 1993, p. 239). Es el uniforme de la figura. No son los medios técnicos los que modifican la faz del mundo, sino la voluntad peculiar y específica tras de ellos, sin la cual no son otra cosa que juguetes (Jünger, 2003a). Pero aquella voluntad no radica en los seres humanos sino en la figura.

Podemos decir que la vigorización que implica este proceso inevitable es consistente y coherente con la reafirmación unitaria de un orden y de un sentido, aunque este no se manifieste aún más que de manera incipiente. De alguna manera, estas definiciones permiten a Jünger englobar en su pronóstico todo aquello que escape a él, subordinándolo como contradicciones internas e inherentes al nuevo tiempo. Esto mismo vale para nuestra indagación respecto del impacto político de la tecnificación: Jünger no ofrece una reflexión explícita sobre esos cambios.

La nueva era implica una relación más fría y osada con el poder. Este nuevo orden o dominio mundial no se impondrá sin mediar guerras entre y dentro de los pueblos, ya que se expresa justamente no en la medida en que las antítesis se desvanecen sino porque se hacen más inconciliables y todas las áreas “aún las más lejanas, están adquiriendo un carácter político” (2003a, p. 82). El combate, la guerra, la lucha, como en los escritos de 1920 y 1922, no desaparece. Frente a ello, no debemos perder el tiempo en “compartir el pesimismo de los destruidos o el optimismo superficial de los destructores” (p. 79). En un tono spengleriano, Jünger afirma que los sujetos deben estar listos, decididos para un tiempo que es decisivo, preparados para el triunfo tanto como para “hundirse resueltamente en medio de un mundo máximamente peligroso” (p. 193).

También respecto del problema de la técnica Jünger señala un error de interpretación, más allá de su aceptación o rechazo: poner al ser humano en relación inmediata con la técnica, como víctima tanto como creador. La relación es mediada: la técnica es el modo y manera en que la figura del trabajador moviliza el mundo. Por lo tanto, el grado en que el ser humano se halla relacionado de manera decisiva con la técnica, siendo favorecido y no destruido por ella, depende del grado en que sea representante de la figura del trabajador.

La técnica es el lenguaje, el modo en que la figura moviliza el mundo, y en ese sentido la máquina desempeña un papel tan secundario como el ser humano, ya que ambos son los órganos mediante los que se expresa ese lenguaje y aceptar los medios peculiares de la técnica implica convertirse no solo en el sujeto sino también en el objeto de los procesos técnicos. Aquí surgen intrigas de cuño político sobre el papel de los seres humanos al respecto. De todas maneras, no se trata de un elemento superfluo, sino que es “el capital más grande y más valioso” (2003a, pp. 263-264), pero al cual ya no se le conceden derechos constitucionales, sino que está habilitado modificar autoritariamente su vida. Vale recordar que para ello no habrá reparos, gracias a la coincidencia de poder y derecho que se anticipó anteriormente. En Máximas–Mínimas ([1964] 2003b) donde se consignan anotaciones a la obra de 1932, Jünger explica que la inteligencia humana “no dispone del poder legislativo” sino más bien una participación esencial en el poder ejecutivo (2003b, p. 315).

La técnica se acomoda al representante de la figura en una relación especial tal que excluye todos los demás representantes fuera del espacio del trabajo (como el burgués, cristiano, nacionalista, etc.), contra los que desata en cambio una ofensiva. Mientras todo lo demás entra en declive, la técnica, como un Jano Bifronte, es el único poder que escapa a ello e incluso se expande “hasta los rincones más remotos” rápidamente, mostrando que forma parte de un sistema de referencias “diferente, más decisivo” (2003a, p. 151). Aquí se muestra de forma fehaciente el hecho de que no es, como concebida en el espacio burgués, un órgano del progreso, tal como se anticipó en La movilización total. No es posible su uso como medio de poder ordenado a su propio existir.

Por primera vez asoma un problema cuando confrontamos la figura del trabajador con la cuestión de los valores, cuando advertimos la imagen que revela aquel rompecabezas, pues Jünger reconoce la indiferencia de la técnica al respecto –algo que también señalará Carl Schmitt en 1929, pero difiriendo en sus conclusiones, como veremos más adelante–: su esencia “parece ser de naturaleza nihilista en razón de que su ofensiva se extiende al conjunto de las relaciones y a que no hay ningún valor capaz de oponerle resistencia” (2003a, p. 158). Pero, explica el alemán, es justamente cuando se repara en el significado de la técnica como lenguaje cuando se resuelve la contradicción entre su disponibilidad indiscriminada y su carácter destructivo: el hecho de que a todos les sea comprensible su lenguaje indica que solo existe en ese tiempo una especie de poder que puede ser querido. Tiene solo un sentido y no se deja subordinar como medio a aquello que no se le acomoda, sin desembocar en la anarquía. Históricamente tendrá, como todo imperio, punto final, en la medida en que quedará clausurada cuando corresponda según las demandas particulares de la figura del trabajador. Este punto estático es el de la “perfección” de la técnica, donde la movilización total queda clausurada en el nivel más alto de organización, pero no así de valor. Jünger parece convencido de que sólo la figura del trabajador puede darle ese sentido verdadero a la técnica, que ella podría circunstancialmente no revestir por sí sola, en cuanto sea vehículo de otras fuerzas previas al orden nuevo que adviene. Como si se tratara de dos piezas de un rompecabezas que encajan: tecnificación y era del trabajador.

Entonces, más allá de que múltiples fuerzas pueden hacer uso de la técnica Jünger apunta el hecho de que solo la figura del trabajador puede realmente adueñarse de esos medios, pues hay una copertenencia entre la figura y ese lenguaje[18], tal como se revela en categoría de construcción orgánica: se trata de la conjunción entre los medios técnicos y el tipo trabajador para lograr el dominio real y efectivo, introducida por el autor para representar la simbiosis entre el mundo mecánico –una técnica perfectamente desarrollada– y el mundo orgánico –el tipo trabajador–, que permite el nuevo dominio. Donde no tenga lugar la construcción orgánica, habrá, por el contrario, una existencia debilitada. La simultaneidad de unos medios determinados y una clase de seres humanos determinados no depende del azar sino de una necesidad que pertenece a un orden superior.

Sintomático resulta el hecho de que no media en la construcción orgánica –tal como sucedía con la movilización total– una decisión de la voluntad individual, como en un esquema burgués, sino una situación de necesidad por el carácter especial de trabajo. Se trata de relaciones no contractuales ni rescindibles sino sustanciales. En la figura del trabajador coinciden el poder para imponer el dominio y el derecho para legitimarlo: es voluntad de poder legitimada. Legitima su accionar en tanto que pone a su servicio a un tipo humano nuevo, así como a unos medios técnicos nuevos ajustados únicamente al tipo trabajador. La legitimación se sustrae a la voluntad o conocimiento de la persona singular o colectiva: no se plebiscita ni se encuesta. Esto es un problema político relevante: la integración a la movilización resulta irrecusable e irresistible y la decisión personal pasa a ser irrelevante. La disolución de la singularidad y la identidad del individuo como también de la masa, que resultan insignificantes para la era que adviene, destacan por contraste frente al soldado desconocido que asoma en las fases tardías de la guerra y la anonimidad del trabajador. La individualidad, tanto en los objetos como en los sujetos, reviste el rango de una curiosidad o de un objeto de museo en este nuevo mundo, según explica el autor. Un mundo donde la figura se divierte a costa del individuo, de tal manera que la muerte es un proceso que se simplifica y pierde relevancia. Todo esto retornará en Sobre el dolor [1934] como problema y ya no como mero pronóstico o corroboración.

Esta construcción orgánica puede revelarse en diferentes facetas, tales como la bélica o en la arena política, aunque no se ofrece un ejemplo específico para esta última. Ese proceso reviste diferentes niveles sucesivos, desde el más bajo al más alto orden jerárquico, comenzando primero por la subordinación de la persona singular por parte de la figura del trabajador, que se apodera de ella, siguiendo en segundo lugar por la integración de la figura a la persona singular, en cuanto portadora del carácter especial de trabajo y, por fin, en el nivel más alto, culminando con la relación inmediata de la persona singular con el carácter total de trabajo. De acuerdo a las palabras de Jünger, lo que hasta el momento se vislumbra es apenas la nivelación previa a este proceso, donde el trabajo se convierte en realidad efectiva, una etapa caracterizada por la pasividad y el sufrimiento, la destrucción y la reconformación previas a una edificación nueva donde el arquitecto es la figura del trabajador, siendo tanto una como la otra, la destrucción como la construcción, dadas con una orientación enteramente determinada: “Mientras el espíritu piense en la destrucción, los medios serán obedientes instrumentos de destrucción; y cuando el espíritu se decida a levantar grandes edificios, construirán” (Jünger, 2003a, p. 186).

El sistema de referencias del nuevo tiempo parece aún no haberse mostrado, mientras las viejas monedas ya no se aceptan. Como en un entreacto donde “ya no hay dominio y tampoco hay aún dominio” (2003a, p. 176). Este problema regresa, también, en un tono más crítico, en Sobre el dolor. La indeterminación del pronóstico es tal que la confirmación de los dichos de Jünger, si nos apegamos al texto, está por todos lados, sólo es cuestión de agudizar la mirada. Verlo es una virtud y también es una tarea del realismo heroico. En términos políticos, las naciones, los partidos y cualesquiera otras magnitudes separadas resultan irrelevantes para el análisis, ya que de lo que se trata aquí es de un nuevo tipo de ser humano, expresión de una figura que se encuentra sustraída al tiempo, porque no conoce evolución, comienzos ni finales: “La historia no hace brotar figuras, es ella la que cambia con la figura. La historia es la tradición que un poder victorioso se otorga a sí mismo” (p. 83). Son estas formulaciones crípticas las que dificultan captar una dimensión política sólida en la pluma del autor.

La cuestión del valor no resulta problemática hasta aquí para Jünger, pues indica que hay una cierta inmanencia en cuanto a los valores, fuera de la cual la figura no posee cualidad ni atributo alguno: estaría fuera de lugar medir con la vara del valor a esta nueva edad respecto de otras, porque cada edad decide qué tendrá vigencia como norma. El valor entonces resulta inmanente y relativo a cada figura y su orden establecido de manera tal que, en todo caso, se diferencian las edades por su alteridad.

También se repite una dificultad que ya pudimos hallar en ciertos pasajes de la obra de Spengler: ocurre cuando el plano político, antes que una dimensión privilegiada de análisis, se convierte en un elemento entre otros de un paisaje sobre el que se pasa revista. Sin embargo, esto no significa que no podamos realizar el ejercicio de continuar formulando preguntas políticas al autor e intentar obtener algunas respuestas, precisamente de eso se trata, de preguntarnos del lugar que ocupa lo político en un discurso que parece subsumirlo a otra cosa.

En el plano político como en los demás, lo que se confirma es la inactualidad de todos aquellos elementos asociados al mundo burgués: el Estado nacional, la democracia, el voto, los partidos políticos como formadores de masas[19]. La propia técnica política se ve alterada por este nuevo panorama, porque la subversión deja de pasar por los canales habituales. La incidencia está ahora en manos de pequeñas unidades de choque decididas antes que en masas que salen a las calles. Aparece la dictadura, que será sin embargo una forma transitoria, porque el tipo “no conoce la dictadura, ya que para él son idénticas la libertad y la obediencia” (2003a, p. 143). Más bien lo que existirá es una democracia nueva y diferente, la democracia del trabajo. En la revolución sans phrase que adviene, el Estado –de índole muy especial, pues ya no responde al moralismo humanitarista predominante previamente– tiene el papel de un “supremo maestro de obras” (p. 205) para la faz constructiva, porque en la movilización total que prepara el dominio solo él garantiza la capacidad y las soluciones de naturaleza total que se necesitan. Es decir, se trata de una transformación que no podría prescindir de la forma política Estado, aunque le infunda a él una cierta impronta singular: es el medio más importante de la modificación y por ello, en un paisaje planificado, se amplifica la intervención del Estado en las áreas más variadas y remotas, como ser la construcción de viviendas, juegos, alimentación, y no sólo energía o transporte.

Desde nuestra perspectiva, se trata de un Estado que, por una parte, representa, encarna y transmite el carácter total-omnipresente y omnicomprensivo del trabajo, pero al mismo tiempo es un Estado ultra extendido en su alcance: está en todos lados porque ello requiere el nuevo tiempo en su realización. La vía empírica a partir de la cual se haga efectivo el dominio de la figura del trabajador resulta anecdótica y contingente, tanto en cuanto al modo como en cuanto a quién lo efectúe[20]. Un partido revolucionario, movimiento, institución, un ejército o un grupo de antiguos combatientes, da lo mismo a los ojos del alemán.

Hans Blumenberg (2010) lee en El trabajador un experimento –que a nuestros ojos resulta de carácter político por sus fines– de Jünger por ofrecer, más que una descripción, una explicación o “un escáner de las tendencias de la época” a partir del cual superar los sucesos de la guerra, especialmente “la descomunal autonomía del mundo de la técnica” (pp. 21-22) por medio de la construcción orgánica, para que no haya ninguna supremacía más de la técnica, eliminando la distancia entre humanidad y técnica. Se trataría, entonces, de un proyecto para salvar al género humano “de su situación de acoso, pérdida y desesperación, llevándolo a una realidad clara, si bien fría” (p. 22) que brinde una nueva estabilidad. Aun así, Blumenberg, como también Heidegger (1994b), considera que esta obra pertenece al nihilismo, porque en su base está la renuncia a la pregunta por el sentido como también la nivelación, la creación de una tabula rasa, algo indispensable para todo actuar nihilista. Técnica y nihilismo aparecen como dos filos del mismo cuchillo, que amenazan con destripar la vida y el sentido (Ocaña, 1993). En la desmesura de la destrucción que conllevó aquel proyecto quedó en evidencia el error del presupuesto adoptado por Jünger, lo que motivará los escritos que veremos a continuación. El binomio de técnica y nihilismo es objeto de la reflexión del alemán desde “sus bodas de sangre en la guerra del catorce” (Durán Guerra, 2021, p. 156). En los ensayos del treinta ubica dos alianzas triples que se complementan: la primera, entre técnica, voluntad de poder y nihilismo. La segunda, entre trabajo, técnica y guerra (p. 167).

3. La pregunta por los valores, reactivada

El tono con el que Jünger escribe Sobre el dolor ([1934] 1995c) comparte un criterio con los anteriores escritos analizados: el dolor aparece como prisma para comprender el mundo y el significado del ser humano, tanto como lo fueron la guerra y la técnica en los escritos anteriores. Se trata de la luz que alumbra o la llave que abre las puertas de lo más íntimo. Tan inmutable, ineludible e indiferente a nuestros valores resulta el dolor como la guerra y la técnica según el alemán. En la relación del ser humano con él serán posibles las mudanzas más significativas[21]. Su tiempo actual, indica Jünger, es el de una nueva relación con el dolor. En donde menos seguridad hallamos, donde lo más elemental se muestra a flor de piel, en el “carácter indiscriminado de la amenaza” (1995c, pp. 18-19) que acontece con un tiempo insólito, como fue la guerra, es donde mejor se expresa y se percibe el dolor y nuestra relación con él.

Jünger distingue tres vías posibles en cuanto a la forma de relacionarse con el dolor, que no necesariamente coinciden en el tiempo, y las describe. Podemos hallar en el mundo cultual tanto como en el heroico una relación diferente de la que existe con el dolor en el mundo de la sentimentalidad. Los dos primeros intentan incluir el dolor en la vida, resistirlo, mientras que el último busca escapar, románticamente, expulsando y excluyendo el dolor de la vida. El encuentro con el dolor resultaría posible entonces solamente en el mundo cultual y el heroico, que no son idénticos más allá de este rasgo. La sentimentalidad moderna responde a un paradigma donde el cuerpo es idéntico al valor. Ahí yace la razón por la cual escapa al dolor, para proteger lo más preciado que posee. Son las concepciones progresistas e ilustradas que pretendieron rebatir el dolor de manera decisiva durante un siglo.

Superado el mundo de la sentimentalidad, ocaso que parece coincidir con el del progreso que se describió en La movilización total, los nuevos valores, no obstante, permanecen todavía como incógnita. Y ello no por falta de voluntades dispuestas a imponerlos, sino por el hecho de que ellas no son decisivas sino más bien insuficientes para lograrlo[22]. El papel de la voluntad y la decisión personales persiste ocluido también aquí.

Jünger altera su visión respecto del concepto de construcción orgánica elaborado en 1932 alumbrando un problema eminentemente político: en el mundo actual puede confirmarse, al verificar el concepto de construcción orgánica, la manera en que el ser humano se convierte en uno de los componentes del mundo técnico, de forma literal. Jünger ratifica la modificación augurada en su escrito de 1932 sobre la transformación del individuo en tipo trabajador, pero agrega que, si observamos aquel proceso desde la perspectiva del dolor, se trata de una extirpación quirúrgica de la zona de la sentimentalidad a la vida. Esto incluye la libertad individual, especialmente en lo tocante a la libertad de movimientos. Puede observarse con el servicio militar obligatorio, por ejemplo. Lo mismo sucederá con la educación, que “emprenderá caminos más restringidos y a la vez más dirigidos” en pos del cultivo del tipo (1995c, p. 42). Todas estas son expresiones de una relación nueva con el dolor, a la que Jünger rotula como “disciplina”. Este disciplinamiento, afirma Jünger, “sobrepasa con mucho la zona política propiamente dicha” (p. 55), como reveló la época de Weimar en Alemania. Libertad y decisión son eclipsadas por una forma determinada de comprender la disciplina que tiende a la objetivación de lo humano.

Confirmamos ahora que, de la mano de la construcción orgánica y el advenimiento del nuevo tipo, parece estar necesariamente concretado un proceso de objetivación, una conformación del carácter de objeto de la persona singular tanto como de sus articulaciones colectivas –la masa, el ejército, etc.–, en un movimiento donde la vida es capaz de distanciarse de sí misma, de sacrificarse. Esto es consecuencia de una situación donde el dolor es una experiencia directa y obvia. El tipo humano que está formándose en ese tiempo posee una segunda conciencia, más fría, capaz de vernos como un objeto. Esto lo ejemplifica Jünger analizando la fotografía, la radio, el cine, la medicina y el deporte –que intenta someter al cuerpo a la medición exacta–, puesto que se revelan como instrumentos específicos de un distanciamiento enorme. Pero también en ellos se reconoce un disciplinamiento de carácter total.

Frente a este diagnóstico, Jünger parece tambalear y volver sobre sus pasos respecto de algunas entusiastas palabras que dedicó en anteriores escritos a la era que asomaba: se pregunta “si a esa segunda conciencia que vemos entregada tan incansablemente a su trabajo le está dado también un centro a partir del cual quepa justificar en un sentido más hondo la creciente petrificación de la vida” (1995c, p. 74). Una querella que parece anticipar el núcleo de Dialéctica de la Ilustración orbita la mente de Jünger. Es que la cantidad de dolor susceptible de ser soportado continúa progresando mientras crece la objetivación corporal, buscando un punto donde el dolor asemeje a una ilusión. Jünger afirma que “el carácter de confort de nuestra técnica está fusionándose de un modo cada vez más inequívoco con un carácter instrumental de poder” (pp. 57-59). El ethos de ese proceso resulta aún desconocido y esa parece ser la preocupación central del alemán en este momento. Así, el nuevo rostro es un rostro sin alma, trabajado como en metal, que soporta con mayor frialdad la visión de la muerte porque ya no estamos en nuestro cuerpo, ya no es nuestra casa.

Franco Volpi (2007) destaca este corrimiento en la obra de Jünger, siendo el escrito de 1934 aquél donde se verifica “la idea de que la técnica es un factor de nihilismo”, una forma que aún no posee sus contenidos adecuados, una sustancia (pp. 108-109). Como admite Jünger en una misiva a Walter Pratt en octubre de 1980: “En lo que se refiere a la medida y el número vemos con una nitidez enorme los detalles, mientras parecen escapársenos cada vez más el sentido y la meta del todo”, de manera tal que la evolución habida desde 1932 transcurre de acuerdo con el programa, “aunque no de manera agradable” (2003b, pp. 348-349). En este punto, donde tal vez crezca la responsabilidad del teórico alemán, también hay que admitir que flaquea la potencia y robustez de su argumentación, pues parece acercarse, sin grandes distinciones ni aportes peculiares, al diagnóstico, por lo demás comprobable, de Adorno y Horkheimer.

Todas las esperanzas de Jünger en el futuro apuntadas dos años antes parecen escurrirse como arena entre los dedos a partir de este escrito. La pregunta, sin embargo, permanece abierta y Jünger ratifica que solo con el prisma del dolor podremos acometerla. Casi veinte años más tarde, en el escrito Sobre la línea ([1950] 1994), dedicado al cumpleaños 60 de Martin Heidegger, Jünger retoma el problema y estabiliza al nihilismo como gran destino. El dolor reaparece allí como capital de curación: la acumulación de dolor es enorme y tiene una fuerza productiva. Pero aquí es donde el carácter de las afirmaciones de Jünger se vuelve mucho más conjetural y el hilo de sus argumentos flaquea: muestra un optimismo y esperanza sobre la fuerza performativa de este dolor acumulado, capaz de fecundar el futuro y producir hechos.

¿Qué hacer? Jünger aspira a la salvación frente al nihilismo a partir de un enfrentamiento heroico a través de dos fuerzas con poder fundamental: una de ellas es el Eros, tomando el ejemplo de las novelas de Henry Miller –Jünger se refiere fundamentalmente a Trópico de Cáncer [1934]–, donde se aduce el sexo contra la técnica, pues el sexo “no contradice, sino que corresponde en lo orgánico a los procesos técnicos” de manera tal que está tan próximo a lo titánico como el “insensato derramamiento de sangre” (Jünger, 1994, p. 63-64). Así, el Eros nos hace libres. De todas formas, el alemán reconoce en conversaciones posteriores que esto no es tarea fácil, ya que es posible que la serpiente se muerda la cola: cuando lo sexual toma, como sucede en Miller, un carácter mecánico y pierde su faz numinosa (Hervier, 1990).

Por otra parte, el arte también viene a brindar otro salvavidas de sosiego en este tiempo, en la forma del pensador, simétrico y especular respecto al poeta, que encarna la osadía y reconoce el miedo. Se trata, explica el alemán, de una lucha soberana cuya victoria cambiará el mundo, hará retroceder la Nada descubriendo en la orilla de la playa los tesoros sumergidos de manera tal que el sacrificio será compensado. Esto incluye siempre, no obstante, la posibilidad del fracaso.

En testimonios posteriores, Jünger no parece desprenderse nunca por completo de sus esperanzas vertidas en El trabajador (de Benoist, 2008). La perseverancia para evitar el derrotismo motiva la reflexión sobre el nihilismo en Sobre la línea: destino irrevocable, el nihilismo implica la reducción del mundo y emplaza un miedo especial, al abismo cósmico de la Nada. Enfrentar este miedo, superar estos peligros del mundo tecnificado y nihilista es la posibilidad de salvación, retomando a Hölderlin. La respuesta indicada nos deja, sin embargo, con sabor a poco pues no podría ser nunca un programa político: el Eros y el arte como poderes fundamentales, “fuerza muy grande, tal vez la más grande de todas” (Hervier, 1990, p. 38) y el pensador como sujeto capaz de sostenerlo con osadía, encarnan esta posibilidad opuesta al fracaso. La pregunta, es cierto, permanece abierta, pero Jünger define al humano como “ese extraño ser que atraviesa el tiempo y que en su lucha contra la Nada ha de hacer frente a dos pruebas inevitables: la de la duda y la del dolor” (Jünger, 2016, p. 119).

Es posible ver que Jünger sostiene su reflexión al respecto de la tecnificación y los cambios que ella trae aparejados, incluso vuelve sobre sus propios diagnósticos y encuentra allí consecuencias políticas de primer orden, como ser la objetivación de los cuerpos, la restricción de libertades y el abismo nihilista. Pero sus articulaciones para afrontar este panorama rehúyen nuevamente a salidas eminentemente políticas, más allá de las vinculaciones que intentemos establecer entre Eros o arte y lo político.

Observaciones finales

En las conversaciones con Antonio Gnoli y Franco Volpi en su casa de Wilflingen con motivo de su centenario, Jünger fue consultado por la relevancia de la guerra, presente como tópico principal de sus primeros escritos, vista en retrospectiva a lo largo de su obra. Replicó que su verdadero y “gran motivo de interés” fue en cambio la técnica, “cuya potencia se expresó de manera impresionante en la guerra mundial de 1914-1918, la primera «guerra de materiales»” (Jünger, 2016, p. 23). El propio autor reconoció en su centenario, que la técnica “es la danza mágica que baila el mundo contemporáneo”, de manera tal que resulta indispensable comprenderla para no quedar fuera de él (p. 25). Admitió verse reflejado en esos textos tempranos que aquí analizamos, de los cuales agrega que, tal como los periódicos, “son interesantes solo si se leen el mismo día en que aparecen. O se vuelven interesantes cien años después” (p. 46). En esa segunda ventana nos encontramos ahora.

La comprensión de Jünger sobre la cuestión de la técnica y el fenómeno de la tecnificación que observa durante el período de entreguerras se cifra desde una mirada atenta al cambio de época, interpreta un momento histórico que se caracterizó por una alteración de individual y colectiva, social y política, de la mano de la tecnificación. Con los argumentos recabados en las diferentes obras analizadas del alemán, es posible avanzar con nuestra pregunta por el despliegue de lo político ante la tecnificación, aun a pesar de que el autor no lo postule en estos términos.

Algunos de los señalamientos realizados por Spengler que narramos en el primer capítulo de esta tesis, sobre el carácter moderno de la tecnificación de entreguerras y la relevancia que la guerra intensificada adquiere en ese marco, se ven radicalizadas con las reflexiones de Jünger desde 1920, pues desembocan en la advertencia sobre un nuevo orden planetario que adviene con la tecnificación: el dominio del trabajador. Igualmente, Jünger hace sus propios aportes a la cuestión que aquí nos convoca, pues observando la Gran Guerra delinea la totalización que adviene sobre el cuerpo social de la mano de la tecnificación guerrera, descubre una cierta analogía entre guerra y trabajo en la época y anticipa la idea de Estado total que, según veremos en el tercer capítulo de esta tesis, Schmitt retomará especialmente, como así la categoría de movilización total, a partir de 1930.

Nuevos medios técnicos de combate, nuevas formas de la guerra de carácter totalizante, que asimilan la vida al trabajo, impactan en combatientes, pueblos y Estados. Una nueva era cinceló un nuevo tipo de humanos y Jünger intentó describir en perspectiva metafísica y espiritual ese cambio de época. En ese caminó buscó deslindar la cuestión de la técnica de su uso ilustrado: aunque la fe cultual en el progreso fue capaz de promover una movilización total durante la Gran Guerra, es posible empujar hacia ella obteniendo la disponibilidad del mundo respecto de un solo centro, desde otros puntos de apoyo o factores que aún quedan por descubrir. También vaticinó la figura metafísica que ejercería esa movilización total, al margen de toda voluntad y la decisión humana: el dominio subterráneo y poderoso de la figura del trabajador asoma. El reverso del dominio planetario y total del trabajador es el servicio de los medios técnicos y también del ser humano.

La técnica no resulta un elemento neutral sino más bien un traje cortado a la medida del dominio del trabajador. La técnica parece ser un epifenómeno “cuya lógica obedece a un fondo metafísico” (Ocaña, 1993, p. 239) y el ser humano no puede nunca tener una relación inmediata con ella, sino que depende del grado en que sea representante de la figura del trabajador. Ocurre que, ante todo, Jünger no es capaz de puntualizar fehacientemente el orden nuevo que adviene, sino describir el paisaje de taller que implica la destrucción del viejo sistema de valores, donde el nihilismo asoma. Frente a la pregunta por la indiferencia axiológica, la esperanza de Jünger se ancló primero en que el dominio del trabajador solvente y se sobrepusiera a la crisis nihilista. El ethos del proceso permanecía oculto y allí residen las intrigas respecto del correlato político de estos fenómenos.

Aquí resulta fructífera la visión de conjunto de la obra del alemán, pues permite deducir que la dimensión política no resulta ajena a estas transformaciones, que impactan tanto en la libertad, en la democracia como en el Estado, que adquiere también una faz totalizante. Mientras tanto, el conflicto no desaparece. Jünger lo admite más tarde en Sobre el dolor: la propuesta de la construcción orgánica, que buscaba maridar coherentemente ser humano y técnica, no se había realizado. Más bien el autor enarboló preocupaciones relativas al problema político de la objetivación del ser humano como componente del mundo técnico y su disciplinamiento. El dolor resultaba una experiencia directa y obvia, pero no así la salida política y la resistencia, que pareció más bien trocarse en un distanciamiento.

Como veremos en el capítulo que sigue, es precisamente aquello, la reflexión sobre la relación entre técnica y política, lo que nos permitirá indagar la cuestión desde un costado eminentemente político en la obra de Carl Schmitt, indagando sobre su autonomía y acotación, su despliegue en este tiempo tecnificado y las intrigas que ello implica para pensar el Estado. Aquello que Schmitt tematiza adicionalmente al problema de la neutralidad y autonomía de la técnica, tanto como su sustrato religioso, que ya Spengler y Jünger anticiparon.


  1. Tampoco seguimos la lectura de Hermann Lübbe (1993), quien conecta a Jünger con Spengler únicamente en cuanto a un programa político-ideológico: como indicamos en el capítulo anterior, Spengler recibió de parte del exsoldado una copia de El trabajador, a la que criticó duramente, precisamente por no desprenderse de su fraseología marxista (Spengler, 1966). Sí coincidimos con Lübbe en que Spengler y Jünger están unidos por dos gestos de su escritura: la literatura anti literaria y el existencialismo político, que paradójicamente no entraña una reflexión eminente sobre lo político en sí mismo.↵
  2. Un antecedente insoslayable del presente trabajo es el análisis de Luis Alejandro Rossi (2003) alrededor de la obra de Jünger del período comprendido entre 1920 y 1932, donde se hace foco especialmente en la forma en que el alemán se posiciona ante el fenómeno de la Gran Guerra, su análisis del peligro, la experiencia del frente, etc. La lectura y comentario que realiza Luis Alejandro Rossi (2003) de la obra de Jünger escapa parcialmente a los atolladeros y problemas señalados al comienzo.↵
  3. Hans Blumenberg ubica un desarrollo en su obra que va del “guerrero fogoso”, pasando por “el protagonista de una organización total de la sociedad, hasta “la figura de un nuevo teólogo” (2010, p. 15), que en un plan katejontico busca, antes que incrementar el movimiento, detenerlo (2010, p. 28).↵
  4. En esta etapa, remarca Rossi (2003), Jünger se aleja de sus raíces y de la causa de su meteórica fama, según su lectura: abandona su rol promotor del nacionalismo como intelectual central que mantuvo durante la década de 1920. Según Rossi, justo a tiempo para distanciarse del nazismo que se alzaba en el poder y ubicarse en los márgenes con un exilio en el nihilismo de la técnica.↵
  5. El título original en alemán de esta obra es Der Kampf als inneres Erlebnis [1922]. Escrito que al momento de redacción de la presente investigación no cuenta con traducción al idioma español. Razón por la cual se trabajará sobre la edición original apoyados por la traducción al inglés (War as Inner Experience, 2021) y la traducción de los fragmentos citados del escrito estará a cargo nuestro.↵
  6. La misma fue cotejada con la versión original incluida en su Sämtliche Werke, editada por Klett-Cotta en 1961.↵
  7. Este carácter innato de la lucha recuerda a los señalamientos de tono nietzscheano de Max Weber en Economía y sociedad en sus “Conceptos sociológicos fundamentales” (2014, pp. 170-171).↵
  8. Este énfasis en la noción de destino resulta familiar respecto de la visión spengleriana, que revisamos en el capítulo anterior. Aunque no es posible establecer con precisión cronológica los intercambios entre Spengler y Jünger, hemos señalado que ambos autores dialogaron y se leyeron mutuamente, de manera que es posible que esta prevalencia de la idea de destino fuera producto del impacto del pensamiento de Spengler en Jünger. De hecho, en el escrito de 1922 puede encontrar la mención a la “voluntad cesarista” [cäsarischer Wille] tan cara a las reflexiones de Spengler desde 1917.↵
  9. Para una indagación sobre el significado político de la violencia en la obra de Walter Benjamin, el trabajo de Lucía Pinto (2020).↵
  10. Vale decir que, a diferencia de Schmitt, Jünger no deslinda ni analiza los caracteres particulares de la decisión militar respecto de la dimensión jurídica y técnica de la decisión.↵
  11. Teniendo en cuenta el carácter de estos escritos tanto como sus publicistas y su inserción en círculos no tanto académicos o teóricos sino de público acceso ligados al debate coloquial, como así también las dificultades para acceder a los originales o traducciones de los mismos, ellos no serán tenidos en cuenta en nuestro análisis pues creemos que la condensación de las ideas del autor se refleja mejor en el corpus bibliográfico escogido.↵
  12. Al respecto, vale mencionar el impacto que el concepto tuvo en Carl Schmitt, con quien Jünger mantuvo una larga e intensa amistad, reflejada no solo en sus biografías sino también en abundantes intercambios epistolares durante cincuenta y tres años (Bendersky, 1983). Por eso es posible deducir la influencia de las ideas jüngerianas sobre la totalización de la guerra en las nociones schmittianas de la totalización de lo político, bajo la idea de Estado total, como también en torno a la cuestión de la técnica.↵
  13. Se abre la pregunta aquí respecto de si esto responde a un cierto vitalismo en Jünger, vitalismo que, como vimos, sí estaba presente en Spengler, a quien Jünger leyó atentamente tal como lo hiciera con Nietzsche.↵
  14. En su visión del tiempo, la historia y el progreso, Jünger se reconoció deudor de la mirada de Spengler (2016: 116), a quien leía desde La decadencia de Occidente [1917] (Calvo Albero, 2000). Sobre esta obra, Jünger confiesa: “Era un libro carismático, que captaba perfectamente una sensación general que estaba en el aire y se respiraba en todas partes” (2016, pp. 115-116). Le reconoce a Spengler ser un pensador “decisivo” en cuanto a la filosofía de la historia, es decir, sobre “la historia y su interpretación” (2016, p. 53). Donde Spengler anunció el crepúsculo en medio de una hoguera, Jünger admite haber visto “erguirse en toda su potencia la figura del trabajador” (2016, p. 22).↵
  15. Herf (1993) comprende la movilización total como el mandato según el cual, venciendo el sentimiento anti industrial alemán, se llevaría a cabo una recuperación de la tecnología al servicio del nacionalismo, demostrando que la Kultur y la voluntad podían convivir con la máquina y dar triunfo al alma. Por otra parte, sobre el carácter duradero de la movilización, Rossi (2003) explica que la guerra no es un mero episodio que puede ser dejado en el pasado, sino que es una transformación total y fundamental de los humanos que la atraviesan: opera sobre la historia, más específicamente sobre el futuro. Quien atravesó la guerra no puede ser desmovilizado y reintegrarse a la vida civil.↵
  16. El desarrollo de esta argumentación recuerda al de Schmitt en su conferencia La época de las neutralizaciones y las despolitizaciones [1929], en la medida en que se reconoce el papel determinante de lo económico en la vida, pero también se advierte que esta no es la última fase o escala en la sucesión histórica. Resulta sintomático que, casi simultáneamente a Schmitt y Jünger, también Spengler –en su ensayo breve titulado El hombre y la técnica [1931]–, hayan apuntado el asalto de la técnica por el economicismo y el materialismo. Tal como Schmitt, Jünger destaca en su obra de 1932 la insuficiencia de la resolución económica de todos los asuntos humanos, y su imposibilidad de alcanzar la libertad.↵
  17. Heidegger reconoce en su Discurso rectoral que La movilización total y El trabajador expresan una comprensión esencial de la metafísica de Nietzsche (Rossi, 2004). Por otro lado, vale destacar que la concepción jüngeriana de la técnica, especialmente la vertida en El trabajador, influyó decisivamente en el pensamiento de Heidegger (Ocaña, 1993). De hecho, además de sus conocidas anotaciones y comentarios respecto de La movilización total y El trabajador, Jünger recuerda en una entrevista que Heidegger ofreció seminarios sobre esas dos obras (1990, p. 49). Algo similar ocurrió con la cuestión del dolor (Giubilato, 2016).↵
  18. Jünger reconoce la inanidad de mirar la técnica bajo el prisma de la neutralidad –posición que será retomada por Heidegger (1994a)–, algo en lo que Spengler coincide al menos en cuanto a su interpretación del devenir histórico, y frente a lo cual Schmitt tendrá una posición divergente, como veremos que sigue.↵
  19. Schmitt durante la década de 1930 se dedica a rastrear el derrotero de algunos de estos elementos y mostrar sus límites para una época total, como puede verse en el capítulo dedicado a este jurista.↵
  20. Al respecto de la cuestión de la subjetivación en la obra temprana de Jünger, ver Manzullo (2024a).↵
  21. Herf (1993) analiza detenidamente la forma en que Jünger cifra el cambio de época alrededor de la relación con el dolor. En este sentido, sostiene que la preocupación de Jünger era ofrecer una legitimación cultural a este cambio de época. Por eso afirma que Jünger es el intelectual que mira con placer la jaula de hierro que describe Max Weber.↵
  22. “No es posible, por ejemplo, cultivar o proclamar artificialmente desde lo alto de las cátedras una «visión heroica del mundo»” (1995c, p. 36). Una por lo menos sugerente impugnación del discurso rectoral de Heidegger en 1933 (1983b), que contenía un llamado a la voluntad originaria común, ligada a la esencia para la autoafirmación alemana. Pero también una crítica no demasiado velada al nacionalsocialismo. Explica Jünger que un Estado total “presupone la existencia de al menos un único hombre total; mas lo que la pura voluntad produce en el mejor de los casos es una burocracia total” (1995c, p. 37). Ese rechazo de la voluntad individual ya se había hecho patente en el escrito de Jünger de 1932. Como veremos en el capítulo destinado al autor, Carl Schmitt, dialogará en cierto modo con algunas categorías y afirmaciones propiamente jüngerianas, especialmente la de Estado total, en sus escritos de la década de 1930. ↵


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