Esta tesis hubiera sido imposible de no haber sido contemporáneo a varios factores, lugares y personas. El primero de ellos es, sin lugar a dudas, coincidir cronológicamente con la vocación política de un Estado nacional convencido de la necesidad de dar cauce, y sobre todo financiamiento, a la producción científica desde y para este suelo, entendiendo que el engrandecimiento del pueblo argentino no puede tener lugar sin la producción soberana de saberes científicos, culturales y políticos en sentido amplio, precisamente por la utilidad pública que ellos tienen –y que demuestran ser, a su vez, de excelencia a nivel mundial. Financiamiento y apoyo que se concretiza a través del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, y que de ninguna manera puede darse por sentado tanto antes como ahora. Agradezco la oportunidad de este idilio en el cual experimento el trabajo de mis sueños.
En segundo término, mi biografía personal se vio atravesada, afortunadamente, por colectivos y personas que con su quehacer crean, sostienen y auspician espacios que hacen de este un mundo mejor. Transitar los pasillos de Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires con Franco Castorina y su compañía imprescindible me llevó a coincidir con espíritus joviales como los de Octavio Majul, Germán Aguirre, Nicolás Fraile y Paloma Dulbecco, de la mano de quienes, en el devenir de nuestra carrera de grado en Ciencia Política me topé con la posibilidad, hasta entonces insospechada, de hacer de la investigación un estilo de vida y una fuente de trabajo. Así fue como en las postrimerías de la carrera de grado tomé contacto con las actividades de investigación que tanto Ricardo Laleff Ilieff como Luciano Nosetto llevaban adelante en el marco del Instituto de Investigaciones Gino Germani. Gracias a la generosidad y hospitalidad de ambos me inserté en un camino que paulatinamente me interpela cada vez más. Junto a su calidez y guía me vi rodeado por la compañía gratificante de Gonzalo Ricci, Fabricio Castro, Sabrina Morán, Tomás Wieczorek, Diego Conno, Alejandro Cantisani, Tomás Ferreyra, Cecilia Padilla y Javier Vázquez. Todos ellos inauguraron el primer anillo de un círculo hermenéutico que es parte vital de mi existencia y que todavía hoy continúa ampliándose, como por oleadas, con la amistad y complicidad que Mandela Muniagurria, Tomás Speziale, Antonio Rozenberg, Luca Zaidán, Mirna Lucaccini, Agustina Arrigorria, Leonardo Frieiro, Ludmila Fuks, Juan Pablo de Nicola, Lucía Carello, Virginia Zuleta, Ramiro Kiel, Franco Patuto, Agustín Rodríguez, Alejandro Chuca y Emilse Toninello me extienden.
Con todos ellos comparto mucho más que un ámbito de trabajo, pues me enseñan a experimentar el mundo con hidalguía, diversión y humanidad. Son compañeros y compañeras de una ruta que no hubiera iniciado formalmente si no fuese por la convicción y el apoyo explícito de mi director, Ricardo Laleff Ilieff y mi codirector, Luciano Nosetto, en quienes encuentro una mirada receptiva y un eco honesto de mis reflexiones, que se enriquecen con las suyas. Ricardo es el responsable de agitar en mí un interés elocuente y perdurable por la reflexión y producción teórica alemana del siglo XX, continuando una chispa que se encendió con la aproximación teórica a Carl Schmitt en las aulas donde Luciano dictaba sus clases de Teoría Política Contemporánea. Lejos de una mera fascinación, el diálogo con esas fuentes se ejercita en clave crítica y con vísperas de comprender y actuar sobre el presente.
Por último, agradecer a mis hermanos, Valeria y Germán, por su cobijo cariñoso desde mi infancia. A mi papá, Enrique, por enseñarme a jugar con las palabras e interesarme de algún modo por aquello que se puede llamar lo político. A mi mamá, Marina, por su inconmensurable cariño que no se agotó nunca. Finalmente, a María Clara Bottaro, por el amor, por la paciencia y las risas, que hacen a todo aquello que hay de bueno en mí.






