Una extraña teología tecnocientífica condiciona los pasos de la humanidad
Héctor Schmucler, Memoria de la comunicación
Comenzamos esta investigación postulando la actualidad de la pregunta por la relación entre técnica y política en nuestro tiempo. Nos hallamos en un momento histórico donde las innovaciones técnicas adquieren un papel protagónico y totalizante, siendo su valor incuestionable para algunos, pues encarna un proyecto para alcanzar la salvación inmanente con los medios del progreso técnico; y sumamente discutible para otros, pues esa promesa permanece incumplida, si no contradicha por los altos niveles de destrucción alcanzados también con la tecnificación.
Oswald Spengler, Ernst Jünger y Carl Schmitt, figuras teóricas disímiles pero relacionadas, reflexionaron durante el período de entreguerras europeo sobre la tecnificación y sus pensamientos nos permiten, en el pináculo actual de la tecnificación contemporánea, instigar todavía preguntas y meditaciones alrededor del impacto y significado en torno a lo político de estos procesos. Pues lo relevante de los desarrollos teóricos que hemos recuperado en esta investigación radica en que, de acuerdo a nuestra consideración, se constituyen como miradas abiertas y no cerradas sobre la técnica: es decir, que trascienden el clásico desencanto y nostalgia románticas ante el desarrollo del mundo moderno, como también las polarizaciones o totalizaciones burdas que hagan una sencilla apología o demonización de la tecnificación y la técnica.
Sin embargo, resultaba en cierto modo aventurado proponer que Spengler, Jünger y Schmitt ofrecen visiones abiertas sobre la tecnificación moderna, pues una porción de la bibliografía secundaria y comentaristas de la obra de estos tres autores no han llegado a afirmar algo similar. Con los autores escogidos, y buscando sortear las limitaciones que encontramos en la bibliografía secundaria señalada, fue posible movilizar las preguntas centrales que nos propusimos en esta investigación, cifradas en torno al significado político que implica un avance irrefrenable de la técnica. De manera subsidiaria a nuestra hipótesis principal sobre la visión abierta para pensar la tecnificación que los autores ofrecieron, indicamos también la existencia de un vínculo y un sustrato religioso de fe y creencia, señalado de manera compartida por los tres autores, que opera en el fondo del proceso de tecnificación moderna. De modo tal que ese sustrato cultual redunda en un determinismo tecnológico que aspira hacia un imposible autoequilibrio exento de conflictos, ajeno a la dinámica inherente de lo político, y por eso al carácter humano de sus asuntos, poniendo en jaque, con ello, la vida en común. Un sustrato que, sostenemos provisionalmente[1], persiste todavía en la tecnificación contemporánea y que reviste por ello una suma relevancia para continuar pensando lo político. Por otra parte, y simultáneamente, retomamos de los autores escogidos la intención de leer el momento histórico precisamente a la luz de la tecnificación, como una variable condicionante para ese despliegue en la vida actual.
Dedicamos un momento a la visión de cada uno de los tres autores sobre el problema e intentando establecer, tanto dentro como entre los capítulos, un diálogo entre los autores pero también con nuestro presente, recabando conexiones y hallazgos sucesivos a lo largo de la investigación, que nos permitan prolongar nuestro trabajo en el marco de la futura tesis doctoral, orientada precisamente al problema de la legitimidad de la decisión política basada en la técnica para las democracias en la actualidad. El sentido de una tesis estructurada de este modo fue que la misma permita observar los aportes distintivos de cada uno de los autores, que nos habilitaron a indagar sobre el contenido espiritual de la tecnificación moderna y su impacto político, como así también señalar la problemática articulación que se teje entre técnica y política, las intrigas que la tecnificación actual reserva para una dirección o dominio político, su sustancia y su efectividad, así como el rol de la agencia humana.
Nos interesa extender, por último, algunas reflexiones conclusivas, con el espíritu de ver, a través de los límites y potencialidades señalados en aquellos aportes, la actualidad que adquieren para la reflexión sobre nuestro presente, especialmente para la decisión política en las democracias contemporáneas, aunque más no sea con un carácter tentativo y exploratorio.
Resulta posible estabilizar la idea de que cabe hablar de una técnica eminentemente moderna, asociada especialmente con la cultura occidental-fáustica y sus pretensiones de dominio, perduración futura y control de todo lo que nos rodea, incluso fuera del campo visible. Existe una implicancia técnica en la Modernidad de la que adolecen otros tiempos históricos y ello permite asumir una cierta intelegibilidad sobre la historia, en la medida en que lo anterior implica una determinada relación con el tiempo, el espacio, la vida y la muerte. Spengler primero y Jünger más tarde, arribaron a la conclusión de que la intensificación de la guerra tracciona un adelantamiento técnico y ello se vuelve especialmente evidente a la luz de la Gran Guerra. La movilización total que aquella impuso, transformando la vida y el cuerpo social de los beligerantes, permite dar cuenta de la alteración epocal que la tecnificación implicó con su despliegue planetario.
La forma política Estado aparece como un desarrollo técnico, maquinaria o artilugio paradigmático en ese marco. Pero igualmente revela algunas limitaciones ante el movimiento de totalización que la tecnificación moderna representa, animada por un sustrato cultual –una relación originaria e ineluctable entre técnica y fe señalada por los tres autores– que se muestra como una neutralización despolitizante e indiferente ante principios que no sean los de su propio desarrollo inmanente, orientados a la efectividad de los medios, la exactitud o la precisión, y extraños al mejoramiento efectivo de las condiciones de vida de lo común. Fueron Spengler y Schmitt quienes alzaron la voz respecto del peligro de autonomización de la técnica respecto de la cultura, el devenir vital y la agencia humana. Decimos el peligro y no la efectiva autonomización, que resulta en cierto modo siempre fallida en cuanto se despliega con criterios de autosuficiencia.
Esas dos premisas, antes que un límite, pueden ser un punto de partida: nos permiten desplegar al menos dos primeras líneas de interrogación: en primer lugar, el proyecto orteguiano de estudio sobre las formas de relación con la técnica no occidentales, buscando otras racionalidades pasadas, presentes o posibles, en línea con el concepto de tecnodiversidad, tal como lo indica Yuk Hui (2020). En segunda instancia, como hemos señalado oportunamente en el capítulo destinado a la obra de Carl Schmitt, la forma política Estado, epítome de las creaciones técnicas modernas, tal vez no tenga ya lugar como Leviatán mítico que monopoliza la decisión y lo político luego de la totalización técnica, pero no ha cesado de existir, de la misma manera que no desaparecieron las mitologías o las teologías políticas[2] en la era de la religión de la tecnicidad.
Por eso, queda aún mucho por reflexionar en torno a las formas políticas apropiadas a nuestro tiempo, retomando la premisa schmittiana de que aún cada época tiene su nomos, y “quizás en la ausencia de Forma pudiera estar potencialmente la energía para crear una nueva Forma propia también de la era técnico-económica” (Schmitt, 2009a, p. 92). Pero sobre todo el hecho de que, la neutralidad de la técnica, por su especificidad, no escapa a la dinámica y al juego de lo político. Es decir, ningún sistema político “puede perdurar una sola generación valiéndose simplemente de la técnica del mantenimiento del poder” (Schmitt, 2009a, p. 64), sino que, de acuerdo con la concepción de lo político que Schmitt muestra, incluso la técnica requiere apelar a la representación de una Idea: se trata precisamente de religión de la tecnicidad. Siendo que, siguiendo al jurista, toda gran política exige su arcanum, podemos contemplar que si hay una política acorde a la era de la técnica, la tarea que sigue consiste en descifrar ese secreto para comprenderla.
Mientras Spengler, primero, y Schmitt después, desembocaron en una exhortación al manejo político de la técnica –regida alternativamente por otros espíritus, guiados por una creencia religiosa en la inmanencia y autosuficiencia técnicas–, Jünger recorrió un camino en cierto punto inverso: intuyendo igualmente un cambio epocal protagonizado por la tecnificación, intentó más bien alumbrar y describir las fuerzas metafísicas que guiaban el proceso de movilización total, descontando que lo político, de igual manera que toda otra dimensión, pudiera escapar a su lógica centrípeta sin más remedio que advenir, desde la disponibilidad, a la finalmente fallida construcción orgánica. Ya sea que adopten o no la categoría de neutralidad para explicar la dinámica de la tecnificación moderna, no cabe para ninguno de los tres autores la idea de una técnica que no toma partido, en la acepción bélica de la neutralidad.
Nuestros tres autores detectaron un sustrato de determinismo tecnológico operando desde la Modernidad, especialmente a la luz de las innovaciones traídas por la Primera Guerra Mundial. Nuestra actualidad aún da cuenta de ese determinismo apologético de la técnica que se pliega sobre sí mismo de manera acrítica, confiando en un infinito –e imposible, por ello– desarrollo técnico, inexorable e idéntico en todas las sociedades más allá de sus condiciones culturales y políticas –que no alterarían la lógica general del progreso técnico–; y soslayando igualmente que una misma técnica admite usos sustancialmente distintos, como alcanzó a apuntar el propio Spengler (1933, 1934a, 1993).
Se trata de discursos que hegemonizaron los años previos a la llegada del segundo milenio (Galliano, 2020): ahí se lista, por ejemplo, la ideología californiana aparecida desde Sillicon Valley en 1993, optimista sobre el progreso indefinido gracias a la tecnología digital, y sus figuras satelitales, como la de Andrew McAfee o Jeremy Rifkin, con su procomún colaborativo (2014). Ellos aparecen como un dato corroboratorio del regreso de las tendencias de este tipo en nuestra actualidad reciente: discursos inmanentistas que, con intervalos, aún no se han quebrado, sino que, parafraseando a García Linera (2016), podemos decir que se trata de una tendencia que se despliega en oleadas, va y viene en la historia desde la Modernidad. Precisamente Galliano (2020) recupera el diagnóstico de Benjamin Noys (2018), para quien el aceleracionismo no es sino una reacción recurrente que comenzó en el futurismo italiano de principios del siglo XX, como voluntad de fundirse con el cambio tecnológico. Su espejo y contrapartida, en lo que atañe a la tecnificación, son dosis igualmente fútiles y despolitizantes de tecnofobia catastrofista y propuestas decrecionistas para gobernar la escasez. Aquellos discursos ponen en juego una vez más la promesa de autosuficiencia técnica, particularmente fecunda bajo el lema de la transparencia del mundo[3] que, con su gesto despolitizante –pero políticamente comprometido–, “procura colocarse al margen de las disputas para emerger como lo indiscutible, y así regula y dispone lo visible y lo no visible, lo imaginable y lo no imaginable” (Mercadal et al, 2020).
Esto resulta especialmente importante a la luz de las preguntas que esta investigación propuso por dos razones: en primer término, el tecnologismo (Schmucler, 1997) despliega una estrategia de autoafirmación (Blumenberg, 2013) sostenida en la creencia de que la técnica es una y necesaria que actúa por sí misma, sin mediar pensamiento sobre ella, de manera tal que impone una visión de futuro sumamente cerrada, de tiempo concluido, pues aparece como multiplicación mimética del presente y, en el extremo, como ideología totalitaria (Schmucler, 1996)[4]. Con la voluntad de hacerlo previsible, el futuro aparece así contenido en el presente, como un futuro sin devenir, anulando así tanto el tiempo como la historia y la decisión o agencia humana[5]. Precisamente aquello que había de ser garantizado –un futuro humano, la posibilidad de historia– es lo que aparece sepultado (Del Barco, 2014).
Más que la incertidumbre por el porvenir, como motivo clásico de la reflexión actual, la creencia en la omnipotencia posibilitadora de la tecnificación aloja la paradoja de anular precisamente lo imposible y solo ofrecer la certidumbre de la repetibilidad y exacerbación del presente, como contenido del futuro posible: el futuro está en cierto modo ya contenido en el presente. Por eso, no parece casualidad que muchas de las reflexiones sobre la técnica posteriores al período de entreguerras se hayan detenido precisamente a pensar sobre lo anticipable, lo emergente, la creatividad y la invención (Haraway, 1995; Latour, 2001; Simondon, 2015); mientras otras asociadas a la literatura ofrecen la imagen del embotellamiento de tránsito como paradoja moderna (Ballard, 1984)[6].
En segunda instancia, como sostuvimos a lo largo de esta investigación, el determinismo apologético o tecnologismo no alcanza a consumar sus propias premisas ni a resolver la totalidad de los problemas políticos, morales, sociales y económicos: de hecho, la pretendida transparencia ofrece actualmente como reverso la hipermoralización del adversario en el debate público de las democracias contemporáneas, favoreciendo la figura de un enemigo total o un criminal y constituyendo un problema político de primer orden para el vivir en común –de la misma manera en que la legalidad del derecho fue arma de guerra civil o criterio para la guerra justa, como indicara oportunamente Schmitt en su época. Algo similar ocurre con la fantasía de autorregulación que también aloja el tecnologismo: “la tecnología actual hace más factibles los proyectos de economía planificada” (Galliano, 2020, p. 143), pero son las grandes corporaciones transnacionales de tecnología quienes comandan esa planificación. El despliegue técnico no es neutral al juego de las fuerzas políticas y mucho menos se regula a sí mismo con criterios inmanentes. La máquina no se mueve sola[7].
Vale decir también que los tres intentos –aquí catalogados como perspectivas abiertas sobre la técnica y la Modernidad– por sortear el determinismo devoto que recuperamos en nuestra investigación podrían implicar, llevados al extremo, la hipótesis de un cierto instrumentalismo ingenuo para pensar la técnica (Latour, 2001): Spengler, Jünger y Schmitt contemplan la posibilidad de que haya instancias anteriores, o bien superiores, a la dinámica inmanente de la tecnificación, que hagan de ella su vehículo (Bimber, 1996). Mientras la figura metafísica del trabajador entierra la agencia humana y su potencia bajo el alud tecnificador, Spengler y Schmitt, apalancados por un cierto voluntarismo[8], intentan aún imponer el factor humano y político como guía rectificadora de principios extrínsecos a lo técnico ante el peligro inminente de una técnica autonomizada del orden de lo común, obnubilada por la promesa de ser resueltamente inmanente. Sin embargo, es difícil sostener simultáneamente autonomía y dominio para pensar la técnica[9], en la medida en que ambos polos, de ser efectivamente plausibles y no meras amenazas o creencias, se anularían mutuamente. Abrogar la primera es la posibilidad de sostener la agencia humana y con ella la inerradicabilidad de lo político; relegar la segunda es recaer en el pecado del determinismo duro. ¿Se trata entonces de un nudo gordiano que ata sin salida, junto a técnica y política, neutralidad, decisión, instrumentalidad y autonomía?
Al momento, consideramos que podemos matizar, todavía, la cuestión: contemplar como perspectiva plausible la peligrosa autonomización o independización de la técnica y la tecnificación respecto de principios extrínsecos y, sobre todo, políticos, sería dar crédito al determinismo tecnológico más crudo, como dijimos. Pero nuestro eje es la creencia en la autonomía de la técnica, más que su efectivización, y el carácter performativo sobre el mundo que tiene esa fe, los correlatos políticos que de ella se desprenden. La autonomización solo sería una más de las anheladas promesas de la religión de la inmanencia técnica, un desprendimiento de un témpano más grande, el lema de la transparencia (Han, 2013), que intenta esconder precisamente su contenido espiritual, mostrándose con una neutralidad indiferente que es en realidad imposible y hasta criminal en términos políticos.
Entonces, que la total inmanencia de la técnica sea finalmente impracticable no disuelve por ello el riesgo, ni evidencia para todos, la falsedad de la creencia, como si toda creencia fuera erradicable en algún punto o pudiera juzgarse y abordarse meramente de acuerdo a su criterio de veracidad. Persiste el hecho de que los incesantes y recurrentes intentos por conseguir tal autosuficiencia sirvan, dentro de la imposible neutralidad frente a las fuerzas políticas en disputa, a objetivos y fines ajenos a la cultura, la vida y el orden de la prosperidad común, pues a cada paso vemos que el progreso técnico no necesita ni implica perfeccionamiento metafísico o moral, parafraseando al propio Schmitt. La tarea inicia precisamente allí, en los límites y promesas incumplidas del tecnologismo (Schmucler, 1996, 1997)[10].
Esto no significa, por el contrario, que en la pluma de Spengler, Jünger y Schmitt encontremos todas las respuestas respecto del camino a seguir. Más bien, a la luz de los sucesivos estudios y posturas teóricas que sobrevinieron en el interior del campo disciplinar de la filosofía de la técnica, observamos la búsqueda por trascender una perspectiva antrópica (Ludueña, 2012) o antropológica monolítica, así como los dualismos clásicos de sujeto-objeto –aquí podemos mencionar a Haraway (1995), Latour (2001), Braidotti (2013) o Simondon (2015), pero también el realismo especulativo, que busca pensar una realidad objetiva independiente del sujeto, como lo hicieron Brassier (2017) o Meillasoux (2018). Sin embargo, aquel variopinto campo no dejó de hacerse eco del debate alemán[11], cuanto menos como condición necesaria, pero no suficiente para la reflexión, por dos razones: en primer lugar, los tres autores alemanes ofrecieron herramientas para trascender los discursos opacos o tautológicos sobre la técnica, que redundan en la mera apología optimista o su demonización catastrófica –ambas igualmente despolitizantes–, y con ello permiten hacer lugar a la reflexión política al respecto. Pero fundamentalmente y, en segundo lugar, porque vemos que la era de la religión de la tecnicidad no ha culminado y la voluntad de transparencia está a la orden del día.
- Ello será objeto de las investigaciones doctorales que darán continuidad al presente escrito.↵
- Podríamos decir, también, de dimensiones espectrales, sin el estudio de las cuales, según Ludueña (2010), resulta imposible la comprensión cabal de la deriva política contemporánea en general. No hay comunidad humana, derecho y política sin espectralidad.↵
- Schmucler indica “el proceso de sustitución por el cual el discurso político es reemplazado por el discurso de la planeación tecnocientífica” (1997, p. 22). ↵
- En ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? (2020), Galliano pasa revista por autores y corrientes que dan cuenta de que el determinismo tecnológico goza de buena salud. Sus páginas ejemplifican la confianza exagerada detrás del solucionismo tecnológico (entre varias, la más sobresaliente es la fantasía de crecimiento exponencial de las nuevas startups gracias a las últimas tecnologías), y diagnostican, en línea similar a lo expuesto aquí, la muerte de la utopía y el agotamiento del futuro en los tiempos contemporáneos: en línea a las posturas citadas de Del Barco y Schmucler, lo que aparece detrás de quienes abonan al determinismo tecnológico es la visión del futuro como exacerbación del presente. Se trata de la extinción del futuro que echa por tierra las expectativas puestas en el siglo XX –como apertura e incertidumbre. Tal como el propio Koselleck (1993) había aventurado, y Fisher (2016) reafirmó posteriormente, nuestro mundo y nuestra experiencia se reduce. De lo que se trataría, precisamente, es de entablar “vínculos activos con el Futuro no reductibles al futuro próximo o al pronóstico experto” (Gatto, 2022, p. 237). Volver a abrir el futuro, porque el apocalipsis ya ocurrió, pero nosotros seguimos aquí (Galliano, 2020). ↵
- En una línea similar, Heidegger alertó la cuestión en su Introducción a la metafísica (2001), indicando que el tiempo ya sólo equivale a velocidad, instantaneidad y simultaneidad, y el tiempo en tanto historia ha desaparecido de cualquier existencia de todos los pueblos. Sobre el uso de la temporalidad que hacen los dispositivos técnicos de producción de subjetividad en el capitalismo actual, el interesante trabajo de Fernando Beresñak (2015).↵
- En Crash (1984) se enfatiza cómo toda “la poderosa energía del siglo veinte, capaz de poner al planeta en una nueva órbita, alrededor de una estrella más feliz, es consumida en la preservación de esta inmensa pausa inmóvil” (p. 172), en referencia al embotellamiento. No muy lejos de las reflexiones que, como vimos anteriormente, Jünger volcó en Fuego y movimiento (1995a).↵
- Galliano también se detiene sobre este punto al pensar en las propuestas teóricas aceleracionistas y las apologías técnicas, que requieren para llevar adelante su proyecto de un nuevo código moral –el que confían que aflore de manera espontánea– que es extrínseco al propio devenir técnico y sus valores de referencia. Así, no se pregunta por las fuerzas sociales que conduzcan el proceso, y la emancipación no se realiza sola sin acción política.↵
- En ese sentido, Badiou (2005) indica lo siguiente: “Entre 1850 y 1920 se pasa del progresismo histórico al heroísmo político histórico, porque se pasa, tratándose del movimiento histórico espontáneo, de la confianza a la desconfianza. El proyecto del hombre nuevo impone la idea de que vamos a obligar a la historia, a forzarla. El siglo XX es un siglo voluntarista. Digamos que es el siglo paradójico de un historicismo voluntarista” (p. 20). Tal vez el giro más reciente, que atestiguamos en nuestro tiempo, sea la retroversión de aquél: un regreso a la confianza cegada en la técnica que ocluye la propia agencia humana detrás.↵
- No obstante, Latour (2001) ubica a ambas posturas como dos caras, derivadas, de una misma moneda, que es la concepción instrumental de la técnica.↵
- En cierto sentido ese es el guante que intentó recoger Mark Fisher (2016) al pensar sobre el realismo capitalista desde una perspectiva modernista y abierta. ↵
- De la misma manera que, como indica Galliano (2020), incluso el transhumanismo no pudo abandonar ciertas premisas eminentemente humanistas: con “su confianza en la razón y la autodeterminación humana, es un heredero paradójico de la tradición humanista occidental” (p. 150). El propio florecimiento de las perspectivas transhumanistas da cuenta del determinismo apologético de la técnica que aún se respira y que le impone cierto carácter religioso. Pero, sobre todo, resulta en cierto punto despolitizante, pues el transhumanismo mira a la humanidad como “un problema que hay que solucionar” e indica que para superarnos “quizás debamos dejar de ser individuos” (Galliano, 2020, p. 157). Buscan, en realidad, “fabricar por primera vez un humano libre de su animalidad sustancial, incluso si esto implica definir lo humano como un simple patrón información” (Ludueña, 2010, p. 214).↵






