Dentro de cien años, cada ciudadano tendrá su helicóptero, que será marca Ford
Periódico Crítica, 1926
La actualidad de la pregunta
La relación entre técnica y política podría llevarnos tan lejos como para viajar hasta la Antigüedad griega[1], con la distinción aristotélica entre praxis y poiesis, o remitirnos al mito de Prometeo encadenado en la formulación que, se estima, realizó Esquilo (Medrano, 2001)[2]. Lo mismo podríamos hacer si optáramos por un ejercicio que consista en recuperar las reflexiones del matemático francés Petrus Peregrinus en el siglo XIII, detenernos en las figuras de Copérnico, Galileo, o Leonardo Da Vinci en el Renacimiento, entre múltiples posibilidades para lidiar con la cuestión (Brinkmann, 1963; Blumenberg, 1981; 2013).
Para circunscribir aquí nuestro problema, diremos que nos interesa la relación que entre técnica y política se teje desde la Modernidad[3]. En tanto sostenemos nuestra pregunta admitimos, inevitablemente, que esa relación posee un derrotero de más largo aliento, que excede o rebasa un determinado período de la historia, razón por la cual situarla no es baladí. Entonces, pensamos que hay algo propio de aquella relación en la Modernidad, más precisamente en un determinado momento de la misma: el período de entreguerras europeo. La relación entre técnica y política se traba desde entonces de un modo particular y distintivo: es de naturaleza problemática y conflictiva, en tanto que la tecnificación y burocratización de la vida social y política alcanzan niveles inéditos y resultan inauditos para tiempos anteriores, a punto tal que “la profusión creciente de innovaciones tecnológicas” resulta “una de las señales distintivas de la modernidad” (Balzi, 2022a, p. 179) y hay quienes llegan a asegurar que no hay escapatoria al callejón sin salida de la Modernidad sin confrontar con la cuestión de la técnica (Borovinsky, 2020).
Sin entrar en disputas respecto a que califiquemos nuestra contemporaneidad como “moderna” o bien como “posmoderna”, no podemos soslayar que resulta inevitablemente tributaria de los problemas que emergen desde la Modernidad y que ciertos autores, que aquí indagaremos, pusieron de relevancia en una coyuntura específica y, consideramos, nodal, para el pensamiento político. Después de todo, es con la Modernidad que se erige la pregunta por la persistencia del sustrato humano en un entorno alterado por la tecnificación. Si en épocas anteriores la redención de lo humano remitió a la trascendencia, la secularización moderna, por su parte, puede caracterizarse como el intento recurrente, y en cierto modo patológico[4], por reconvertir ese impulso fundamentalmente religioso de la redención hacia medios y fines inmanentes; bien podríamos decir, con Hans Blumenberg (2008), que asistimos a la tan incesante como infructuosa búsqueda de legitimación de la Modernidad[5].
Apalancada por la marcha ascendente de la ciencia, los tiempos modernos inauguraron un nuevo mundo regido por la tecnología, que configura aún los rasgos característicos de toda la época actual. Si el ser humano moderno no vaciló en vehiculizar esa tarea de redención con los medios del progreso técnico, sí encontró dudas, debates, y finalmente catástrofes, a la hora de decidir quién debía estar al volante en el periplo. Las dos grandes guerras y la invención de la bomba atómica son posiblemente los puntos críticos de ese proceso, representativos del más amplio derrotero de la tecnificación, pues pusieron en primer plano la pregunta política por la agencia humana y su destino ante los prodigios destructores que nosotros mismos manufacturamos[6]. Como así también la querella respecto del dominio político de la técnica y su reverso, el problema de la tecnificación misma de la política.
Sin embargo, esos hitos no agotaron las reflexiones ni clausuraron el debate sobre el tema, pues tal como señalaba ya Benedetto Croce en 1963, aún hoy somos testigos de “la fe y la desilusión que con respecto a la técnica se combaten en las almas de nuestros días” (p. 7). No son pocos quienes han marcado la íntima imbricación entre seres humanos y técnica que replantea y pone en jaque las fronteras tradicionalmente inflexibles entre naturaleza y artificio (Fisher, 2022; Galliano, 2020; Hayles, 2012; Ludueña, 2010). Allí surgen las posturas que consideran al humano actual como un producto de la técnica, abriendo las puertas hacia los debates más contemporáneos respecto del posthumanismo, el transhumanismo y la pertinencia de la categoría del antropoceno. Lejos de querer intervenir ahora mismo en ese debate, cuya evaluación reservamos para una futura investigación doctoral, ahora nos interesa remarcar que en cualquier caso no podemos dejar de advertir la globalización e interdependencia en el mundo actual como un sucedáneo o síntoma de la tecnificación que acaece desde hace décadas de manera acelerada: vivimos en sociedades informacionales (Castells, 1999; 2002), mediadas por la disrupción técnica digital (Galliano, 2020), desde el espacio exterior hasta nuestro fuero más íntimo, con transformaciones en la cultura material (Kirchhoff, 2009; Gatto, 2022): somos contemporáneos al consumo de alimentos y semillas genéticamente modificados tanto como al uso de drones –vehículos controlados a distancia o de forma automática– en el fuero civil, para usos recreativos o comerciales, como en tareas de defensa (Chamayou, 2016). Incluso nuestro Lebenswelt [mundo de la vida] se encuentra atravesado por la tecnificación: nuestra experiencia de vida, incluidos nuestros sentires y estados de ánimos, de impacto público y privado, están ampliamente terciados por el acceso a dispositivos digitales tales como los smartphones (Chuca, 2022). Así asistimos, por ejemplo, al debate y activismo político en redes sociales que abre una esfera pública digital (Calvo, 2015; Gold y Annunziata, 2016, 2018; Slimovich, 2019) y con ello a variaciones sobre la representación política en la era digital (Borisonik, 2019). También, somos testigos de la creciente importancia del saber técnico-científico experto como fuente de legitimidad de las decisiones políticas: el paradigma de la Política Basada en Evidencia (Parkhurst, 2016) y las respuestas estatales ante la crisis de la pandemia de COVID-19, junto con las mediaciones técnicas que el aislamiento impuso de manera abrupta en nuestra vida (Segato, 2020), encarnan apenas algunas destacadas expresiones de una tendencia que se amplía gracias al desarrollo de nuevas tecnologías para la recopilación, uso y análisis de datos en tiempo real a través de lo que se conoce como Big Data, como así también mediante el uso de la inteligencia artificial multipropósito (Jaime y Vaca Ávila, 2017).
Tanto la proliferación del enfoque de “Política Basada en Evidencia” (PBE) en la gestión pública, como el manejo estatal de la crisis de la COVID-19, muestran la importancia que adquiere en el debate público la validación de la expertise o conocimiento de los sujetos expertos, en tanto que movilización de dispositivos técnicos de saber, como un dato significativo para la política de nuestro tiempo (Morresi y Vommaro, 2012). O, acaso, como el fundamento que no se discute para la decisión política, sin tener en cuenta el problema de las posibilidades de procesar esa misma información inmensa, provista por la Big Data, como sustento de una “buena” decisión. Los ejemplos anteriores comparten una intención: buscan reducir la arbitrariedad personal o subjetiva del político y el margen de error obteniendo una ganancia de eficiencia en la decisión política a través de su apoyo e inmunización basada en datos pretendidamente objetivos. El tecnologismo dominante (Schmucler, 1996; 1997) encarna un pensamiento que “procura colocarse al margen de las disputas para emerger como lo indiscutible, y así regula y dispone lo visible y lo no visible, lo imaginable y lo no imaginable”, de manera que “establece tanto posiciones subjetivas como formas simbólicas que estructuran nuestra realidad” (Mercadal et al, 2020). En ese sentido sostiene Byung-Chul Han que “ningún otro lema domina tanto hoy el discurso público como la transparencia” (2013, p. 11)[7].
Simultáneamente, florecen y acechan en nuestra vida cotidiana modelos de chatbot basados en inteligencia artificial que usamos cotidianamente, gracias a la incrementada capacidad informática de alojamiento, procesamiento, análisis y cálculo con datos. Los mismos aspiran a monopolizar tareas sencillas pero tediosas tanto como complejas en una variedad de disciplinas, desde la ciencia hasta el arte. Esto incluye, por ejemplo, la posibilidad de alterar digitalmente piezas audiovisuales e información en general, torciendo toda frontera entre fantasía y realidad en el debate público[8], así como poniendo en disputa la categoría de verdad, cuestión que nos remite también hacia el tópico ya clásico de la relación entre saber y poder (Sarlo, 1997).
Por eso, Horenstein (2022) estipula, con Don Ihde (1979), que la presencia masiva de la técnica en nuestras vidas, más que ceñirse a la cuestión del uso, valor o la creencia, configura una textura de nuestro ambiente. Los ejemplos y experiencias mencionados en los párrafos anteriores, que nos resultan familiares, ofician de tester, cual si fuesen los probadores de fragancias que, vertidos en un pequeño cartón, usan las perfumerías de los centros comerciales para cautivar nuestro olfato. Nos arrojan evidencias periódicas de un problema e inclusive una pregunta que hoy persiste como tal en su formulación (y no meramente el tópico o la cuestión): nos referimos al significado político, y por ello también cultural y social, de una avanzada irrefrenable de la técnica; que alza también la pregunta sobre el lugar que reserva para el despliegue de lo político, su autonomía y acotación en este tiempo (Laleff Ilieff, 2016; 2020).
Más sencillamente, una pregunta fundamental que hace a la sustancia de lo político: ¿qué sucede con la agencia humana, en la medida en que tras los procesos de tecnificación moderna opera, todavía hoy, de fondo un cierto determinismo tecnológico[9] (Bimber, 1996; Diéguez, 2005) y una aspiración consecuente de resolución de conflictos de toda índole, ajena a la dinámica inherente de lo político (que por ello cuestiona el carácter humano de sus asuntos y puede poner en jaque la vida en común)? ¿Qué correlatos tiene ello para pensar la decisión política, la posibilidad del dominio político de la técnica y la tecnificación de la política en este tiempo?
Es posible ver la existencia de una relación entre técnica y decisión que habilita una reflexión desde la teoría política precisamente sobre el problema de la legitimidad para las democracias en la actualidad. En el marco de ese proyecto de largo aliento, que nos proponemos acometer en una investigación doctoral, la presente indagación pretende ser un primer paso, fundamental para abordar algunas de esas aristas que interrogan el tono mismo de nuestra contemporaneidad. Por eso, la pregunta que aquí se aborda puede formularse como sigue: ¿cuál es la relación que se teje entre técnica y política en nuestro tiempo? Más específicamente, examinaremos cómo afecta la tecnificación moderna al despliegue de lo político, tanto para su autonomía como para su acotación. Abordaremos el horizonte del período de entreguerras europeo y las perspectivas de los autores escogidos para, con nuestra pregunta, enfocarnos en aquello que rebasa aquel horizonte histórico puntual, para examinar nuestro presente, tensionando aquellas posiciones y nuestro tiempo mismo.
Establecer esas tensiones no obliga a exhalar trágicamente luego de articularlas ni tampoco a apelar a soluciones signo reactivo para volver a épocas, modos y valores previos. Se trata de luchar cuerpo a cuerpo con las ambigüedades de nuestro tiempo y encontrar por alguna parte la productividad de sus tensiones internas. Estas son las apuestas que Marshall Berman (2004) identificaba como miradas o visiones abiertas sobre la Modernidad, que escapan a polarizaciones o totalizaciones burdas. Aquellos que, en el decir de Umberto Eco (1984), no resultan ni apocalípticos ni integrados sin más pues, en definitiva, siendo modernos somos ambas cosas a la vez. En el marco de nuestra pregunta, visiones abiertas sobre la técnica serían aquellas que escapan a la disyuntiva improductiva entre apología o demonización, que tanto en el pasado como en el presente podemos hallar [10]. Abierta también resulta nuestra interpretación de la técnica, pues apuntamos a la amplitud de la categoría: nos situamos desde una perspectiva que contempla “desde instrumentos y herramientas (aparentemente) simples, maquinarias y equipamientos, hasta sistemas tecnológicos heterogéneos (sistemas tecno-productivos, sistemas de control social, aparatos regulatorios, sistemas monetarios, sistemas jurídicos y políticos, entre otros)” (Bortz y Thomas, 2022, pp. 41-42). Tanto productos como procesos y organización, artefactos, capacidades y prácticas, pero también, y además de esos procedimientos y medios, las antropotécnicas que los seres humanos se dan a sí mismos (incluyendo la auto-modificación) y se abren como mundo propio o, mejor dicho, todo lo que nos damos para expandir y modificar nuestro sustrato biológico, domesticar la animalidad a los fines de devenir seres humanos (Beresñak, 2015; Martínez, 2022). Más sencillamente, contemplamos la técnica como vehículo de la relación del ser humano con el mundo.
Reflexiones centenarias
Hace unos momentos mencionamos las dos guerras mundiales como epítomes del proceso de tecnificación moderno. Más específicamente, la Alemania de entreguerras –además de ser origen de los horrores del nazismo– resultó un caldo de cultivo que hizo suya la pregunta y el debate por la cuestión de la técnica en su sentido más amplio (Löwith, 2006a)[11]: encontró allí un suelo propio, resaltando como un debate característicamente alemán[12] en el marco de las variaciones en el capitalismo, las crisis del parlamentarismo y nuevas innovaciones de la técnica política y electoral (Losurdo, 2003; Traverso, 2003; Mohler, 2018). Volver hacia las reflexiones que, hace casi un siglo, tuvieron lugar allí, vendría a oficiar las veces de nuestro propio tester, pues consideramos que las tres figuras que en esta tesis retomamos, a saber, Oswald Spengler, Ernst Jünger y Carl Schmitt –y más allá de sus intrincados vínculos con los crímenes del nazismo–, alcanzaron a percibir algo del aroma que comenzaba a expresarse y ahora es el perfume de nuestros días. Ellos reflexionaron sobre la cuestión cuando la tecnificación aún no era una realidad acabada, experimentaron el fenómeno como totalidad mucho antes de su avanzada hasta un punto inescapable que atestiguamos hoy, casi un siglo más tarde.
La hipótesis que anima nuestra investigación es, principalmente, que los autores escogidos habilitan visiones abiertas para pensar la relación entre técnica y política, superando la mera apología o demonización, fructificando así la reflexión política respecto de la tecnificación. Subsidiariamente, sostendremos los tres autores, de manera compartida, corroboran la existencia de un vínculo y un sustrato religioso de fe y creencia[13], que opera en el fondo del proceso de tecnificación moderna. De modo tal que ese sustrato cultual redunda en un determinismo tecnológico que aspira hacia un imposible autoequilibrio exento de conflictos[14], ajeno a la dinámica inherente de lo político, y por eso al carácter humano de sus asuntos, poniendo en jaque con ello la vida en común.
A lo largo de nuestro recorrido, pretendemos revelar cómo las figuras de Oswald Spengler, Ernst Jünger y Carl Schmitt, y particularmente, su producción teórica en la Alemania de entreguerras, se constituyen como visiones abiertas respecto de la tecnificación. Desde aquel enfoque, adquieren importancia para establecer una pregunta política que hoy se sostiene: aquella por el contenido espiritual de la técnica, su impacto y la decisión política al respecto. Pregunta que reviste carácter político, y a la que añadimos como corolario la tarea de situar el lugar que la tecnificación reserva a la sustancia de lo político, su efectividad y límites (Cagni y Massot, 1993; Herf, 1993; Roselló, 2004; Von Krockow, 2001).
Lo anterior vale decirlo porque bien podríamos apelar a recorridos teóricos alternativos, tanto previos como posteriores, dentro y fuera de las fronteras alemanas, para pensar la tecnificación en su despliegue actual: sería posible partir del análisis de la Nueva Atlántida de Francis Bacon, considerada como la primera distopía técnica, publicada en 1627. También dentro del siglo XVII, recuperar las comparaciones del universo con un mecanismo de relojería que hiciera Johannes Kepler o las analogías entre naturaleza y artificio del célebre René Descartes, apropiadas en cierto modo por Thomas Hobbes para pensar lo político y el Estado (Balzi, 2022a). Volver sobre las querellas de Jean-Jacques Rousseau (2008) contra la Ilustración y el progreso, analizar el drama del Fausto goetheano, el Prometeo moderno que Mary Shelley describió en 1818 con Frankenstein o rastrear esta cuestión en los escritos de Karl Marx. Inclusive, la generación anterior a nuestros pensadores alemanes escogidos, marcada por el Kulturpessimismus [pesimismo cultural] se detuvo en el tema, con aportes destacados a través de figuras como Walter Rathenau, Max Scheler y Max Weber. Entre los contemporáneos a los autores escogidos, aparece de manera colateral en Alemania Edmund Husserl (1984) abordando ciertas aristas del problema en relación con la crisis de las ciencias europeas. Fuera de Alemania y de manera simultánea, resultan destacables los escritos de Ortega y Gasset (1977) al respecto. Muchos de estos mojones fueron inspiración para nuestros autores, en parte por los límites que encontraron para pensar la técnica sin poder escapar a las miradas cerradas o trágicas al respecto.
Inclusive utopías técnicas clásicas de la literatura de ciencia ficción (Aldous Huxley, George Orwell, Yevgeny Zamyatin, como los más relevantes) no resultan por completo ajenas a algunas de las premisas que Spengler, Jünger y Schmitt señalaron en su época. En sentido contrario, sería posible también marcar desarrollos teóricos posteriores al período de entreguerras que abordan el tema, y de alguna manera dan cuenta de su deuda con las figuras que aquí analizamos: ahí se destacan las reflexiones de Heidegger[15] (1997), de muy estrecha relación y diálogo con Jünger, los desarrollos sobre la Dialéctica de la Ilustración que inauguraron Adorno y Horkheimer (2002) en la primera generación de la Escuela de Frankfurt, o las investigaciones de Hans Blumenberg (2013) sobre el espíritu de la técnica. Desarrollos teóricos elaborados en la segunda mitad del siglo XX, como los de Gilbert Simondon (2015, 2017) y Jacques Ellul (2003) en torno a técnica y tecnología, no pueden ser leídos sin el trasfondo y los antecedentes que Spengler, Jünger y Schmitt produjeron en su época; más bien, se enriquecen en el diálogo con estos últimos.
Aquellos enfoques señeros de Spengler, Jünger y Schmitt, inspiraron reflexiones posteriores y resultan aún valiosos para nuestro presente. Veremos que sus aportes permiten sortear toda disyuntiva improductiva entre demonización o apología de la técnica –aportando a lo que Berman (2004) denomina como visiones abiertas de la modernidad–, para alumbrar la pregunta por lo político y por el devenir de la agencia humana, como la sustancia de lo político, en el marco de un debate plenamente contemporáneo sobre el papel de la tecnificación en las sociedades actuales. Se trata de una pregunta que, en las visiones cerradas, ya sea por entusiasmo o decepción trágica ante la técnica, aparece nulificada. Esto no convierte a nuestra posición en partidaria de un retorno a la naturaleza contra el devenir técnico, ni tampoco de la manipulación indiscriminada del mundo tendiente a la omnipotencia. Más bien se trata de reconocer que no hay vuelta atrás, escapar a la disyuntiva entre optimismo y pesimismo, preguntarse por los valores de la sociedad futura en un proyecto que pueda “establecer para qué se hace el cambio, qué tipo de hombre nuevo es deseable” (Capanna, 1973, p. 251). Por el momento nos mantendremos al margen de aquellas propuestas que, con sus diversos matices, se enmarcan dentro de las varias vertientes del giro posthumanista (Braidotti, 2013; Haraway, 1995; Latour, 2005) en cuanto sostenemos aún la tesis de la excepcionalidad humana (Schaeffer, 2009) y un cierto intencionalismo no ingenuo para abordar la técnica (Crelier, 2022), como también la idea de que es posible, al menos provisional y analíticamente, una cierta distinción entre lo humano y lo no humano, distinguir sujetos (singulares y colectivos) con agencia, dejando de lado los enfoques posteriores a la etapa de entreguerras que enfatizan la hibridación antidualista (Broncano, 2012; Latour, 1994).
Se trata principalmente de escapar al determinismo tecnológico que confía en un evidente progreso autodesplegado o se resigna a la autonomía de la técnica (Bimber, 1996). Es decir, tanto a las vertientes trágicas como apologéticas. Sobre todo, huimos de las visiones que profesan una cierta neutralidad política y social de la técnica y los cambios tecnológicos, como si ellos no respondieran a ciertos intereses, valores y situaciones determinadas (Bortz y Thomas, 2022). Buscamos trascender toda perspectiva de autosuficiencia inmanente de la técnica[16], como así también despejar una conceptualización monolítica de la misma, como si el desarrollo técnico fuese idéntico en todas las sociedades y las premisas culturales o políticas no alteraran la lógica general del progreso técnico. Admitir, justamente, que la técnica puede no ser es el principal o único factor del cambio social, y si tal posibilidad asoma como peligro, ponderar si puede ser conjurado a través de la agencia humana, guiada por valores extrínsecos a lo técnico.
Decir aquello –que Oswald Spengler, Ernst Jünger y Carl Schmitt ofrecen visiones abiertas sobre la tecnificación moderna– puede, sin embargo, resultar llamativo en primer término, pues al rastrillar la bibliografía secundaria y principales comentaristas de nuestros autores, nos encontramos con limitaciones para dar cuenta de nuestra pregunta. Limitaciones que ofician en cierto modo de velo a las visiones abiertas que aquí reivindicamos que los tres autores alemanes desplegaron: muchas veces nuestros autores han sido agrupados bajo las etiquetas de “modernismo reaccionario” (Herf, 1993) o “revolución conservadora” (Mohler, 2018), que aspiran a dar una visión de conjunto sobre un clima de época, pero hacen poco por explorar en detalle la obra de cada uno de ellos. Así, describen una corriente caracterizada rápidamente por su “nacionalismo radical”, por su “irracionalismo reaccionario” y por su rechazo al liberalismo decimonónico. En otros casos, se recurre a nuestros autores meramente para describir la ideología alemana de la guerra y los orígenes de la violencia nazi (Losurdo, 2003; Marcuse, 2001; Traverso, 2003) o simplemente alinearlos a la etiqueta del fascismo (Traverso, 2022). Hay quienes, haciendo énfasis en categorías nodales como las de “decisión” (Novaro, 2000; Von Krockow, 2001), “excepción” (Dotti, 1996) y “decadencia” (Cagni y Massot, 1993), llegan a apuntar la crítica a la modernidad en su faz técnica (Galli, 2018) y el pensamiento sobre la técnica como eje transversal a Spengler, Jünger y Schmitt (Roselló, 2004; Villacañas, 2008), pero no abordan un ejercicio lo suficientemente profundo por comprender la visión de la técnica que cada autor ofrece a lo largo de su obra, concluyendo voluntaria o involuntariamente bien en una apología, bien en una demonización sin ambages de la tecnificación en los autores (Herf, 1993; Marcuse, 2001; Strauss, 2008a; Traverso, 2022).
Un montaje teórico-político
Por todo lo dicho más arriba, nuestro ejercicio en esta tesis aspira en cierto modo a recuperar el espíritu de la técnica del montaje en el sentido que Walter Benjamin (2016) reivindicó para el trabajo con la historia, a saber: movilizar una serie de materiales teóricos y documentos escritos que, justamente a partir de la interrupción del contexto sobre el cual se montan, desligan “el sentido totalizante y revela un cariz que, de otra forma, pasaría desapercibido” (Fuks, 2022, p. 164). De manera tal que el montaje funcione como herramienta gnoseológica de alto potencial político y un principio relevante para la historia con el trabajo de la cita. Se trata de recuperar, precisamente con la cita, las reflexiones centenarias de los tres autores escogidos, arrancarlas de su propio contexto e insertarlas en otro, el nuestro, y con ello reactuarlizarlas. Esto puede permitirnos “relevar, hacer aparecer, aquello que, de no ser rescatado, quedaría no observado o desactivado” para, así, denotar su actualidad y su legibilidad (Fuks, 2022, p. 160).
Nuestro ejercicio de montaje responde al interés teórico político de nuestra reflexión, puesto que compromete un esfuerzo hermenéutico-exegético para abordar de las fuentes y bibliografía, atento a los contextos en que fueron producidos y valorando, simultáneamente su aporte al debate actual (Gadamer, 1998)[17]. Apelaremos de manera directa la bibliografía de los autores referenciados en el período señalado, como así también a comentaristas y autores secundarios para obtener, a través de este gesto, una interpretación que enhebre de manera triple el presente, el texto y la historia (Nosetto y Wieczorek, 2020) para indicar la centralidad que el debate sobre de la técnica durante el período de entreguerras alemán tiene para nuestra actualidad.
Estipulado nuestro marco metodológico, enunciadas ya nuestra pregunta e hipótesis principales, vale explicitar también nuestros objetivos. El objetivo general de este examen es triple, pues en primera instancia se pretende comprender y analizar la vinculación que cada autor escogido establece entre la técnica y el despliegue de lo político en la Modernidad, especialmente a la luz del problema de la acotación y autonomía de este último. Como consecuencia de lo anterior, se pretende poner de relieve la faz distintiva que la relación entre técnica y política adquiere en el período histórico específico, evidenciando que en los tres autores interviene una cierta forma de leer la historia, su periodización y un intento tanto por vislumbrar como por delinear un futuro. En tercer lugar, reconstruyendo esas tres visiones buscamos, en el marco de un debate plenamente contemporáneo sobre el papel de la tecnificación en las sociedades actuales, sortear toda disyuntiva improductiva entre demonización o apología de la técnica[18].
Así, nuestros objetivos específicos son tres: dar cuenta de a) el papel que la tecnificación ocupa en la decadencia vital de la civilización occidental y sus desafíos políticos en la obra de Oswald Spengler; b) el impacto de los avances técnicos en la heterogeneidad social, atendiendo a las nuevas formas de representación y de agregación social en la obra de Ernst Jünger; y c) la dimensión de neutralización despolitizante de la religión de la tecnicidad, que ataca la autonomía de lo político, impacta sobre vigencia de la forma política Estado y abre preguntas sobre el orden jurídico en la Modernidad en la obra de Carl Schmitt.
La exposición de nuestra indagación
Considerando los objetivos expuestos, esta tesis se estructura en tres capítulos, dedicando un momento a la visión de cada uno de los tres autores sobre el problema e intentando establecer, tanto dentro como entre los capítulos, un diálogo entre los autores mismos como así también entre ellos y nuestro presente, recabando conexiones y hallazgos sucesivos a lo largo del desarrollo de la investigación que nos permitan prolongar nuestro trabajo en el marco de la futura tesis doctoral.
El desarrollo de los capítulos permite observar los aportes distintivos de los autores escogidos para indagar sobre el contenido espiritual de la tecnificación moderna y su impacto político, como así también señalar la problemática articulación que se teje entre técnica y política, las intrigas que la tecnificación actual reserva para una dirección o dominio político, su sustancia y su efectividad, así como el rol de la agencia humana.
En el orden de los capítulos el incremento sucesivo en el carácter eminentemente político del análisis de la cuestión coincide con una secuencia cronológica, en la medida en que Spengler da comienzo al debate con sus escritos desde 1917, intentando entrever los correlatos culturales y políticos que implica la tecnificación moderna. Jünger retoma la cuestión en 1920, reflexionando sobre la tecnificación del mundo a partir de la Gran Guerra y evidenciando las transformaciones sociales que implicó, abriendo un nuevo orden planetario. Schmitt reconoce en cierta manera los aportes de Spengler y Jünger y declara abiertamente en 1929 que vivimos en la era de la religión de la tecnicidad, reflexionando sobre el desafío que ello impone para el despliegue de lo político, el orden común, la forma política Estado y la decisión.
De esta manera, el primer capítulo dedicado a Oswald Spengler ensaya una lectura enfáticas y consecuentes sobre la cuestión de la técnica en el conjunto de la obra del oriundo de Blankenburg, bajo la premisa de que permite elaborar una reflexión atenta al despliegue de lo político en la Modernidad occidental, de acuerdo con una cierta lectura y comprensión sobre la historia que Spengler ostenta: la dimensión religiosa originaria propia de la técnica, como también el riesgo de su emancipación respecto de su rol antropológico original en el marco del devenir decadente de la cultura occidental resultan cruciales para nuestra indagación.
El segundo capítulo, dedicado a Ernst Jünger, releva la atención particular del autor sobre el fenómeno de la tecnificación del mundo moderno y la transformación de la vida individual y social en él, que adviene de la mano de la movilización total[19] durante la Gran Guerra. Los nuevos medios técnicos de combate y el magnetismo que generó esa guerra sobre la vida abrían una nueva era histórica en maridaje con la figura del trabajador. La trayectoria de la reflexión del autor alcanzó, desde 1934 en adelante, la pregunta por la indiferencia axiológica de la fe en el despliegue de la técnica y sus consecuencias políticas de carácter nihilista.
El tercer capítulo, dedicado a Carl Schmitt, pone de relieve una cierta lectura de la historia europeo-occidental, en el marco de una preocupación de largo aliento sobre la historicidad y fundamentalmente respecto de la intelegibilidad de la historia (Ocaña, 1996), donde la cuestión de la técnica resulta sumamente importante por su vínculo problemático con el despliegue de lo político en esta era (Löwith, 2006), vínculo que afecta especialmente a la forma política Estado en cuanto a su origen, vigencia y eficacia. Por eso, la exhortación schmittiana pretendió mostrar la insuficiencia del aparato técnico moderno en una tierra electrificada, y reanudar las dimensiones de la decisión, la responsabilidad y la representación informadas normativamente con el fin de rehabilitar la especificidad de lo político.
Esta tesis finaliza con un apartado donde se retoman, a grandes rasgos, los argumentos elaborados y los hallazgos identificados, a los fines de proseguir a partir de aquí con las líneas de investigación enmarcadas en el proyecto doctoral abordar en la futura investigación doctoral, donde se busca clarificar la relación que la decisión política establece con el saber técnico-científico en las democracias contemporáneas. Ese proyecto futuro resulta imposible sin estabilizar aquí algunas premisas en torno al contenido espiritual de la técnica en nuestro tiempo, eso implica también considerar la existencia de un vínculo y un sustrato religioso de fe y creencia, señalado de manera compartida por los tres autores, que opera de modo determinista en el fondo del proceso de tecnificación, que atestiguamos todavía hoy.
No arribaremos por ello a respuestas exhaustivas, conclusivas y sin fisuras a las preguntas sostenidas desde el inicio, más bien se trata de evidenciar un mosaico de preguntas, reflexiones y posiciones teóricas que animen nuestra actual reflexión. El recorrido propuesto, antes que representar un movimiento teórico acumulativo entre los aportes de los autores, pretende dar cuenta de una secuencia iniciada en 1917 con la pregunta por los correlatos culturales y políticos de la tecnificación que enarboló Spengler. La impronta propia que sobre la cuestión añade desde 1920 Jünger al observar la tecnificación con la Gran Guerra y transformaciones sociales que implicó al abrir un nuevo orden planetario. Y, finalmente la reflexión eminentemente política de que se abre al declarar abiertamente en 1929 que asiste a la era de la religión de la tecnicidad, abordando la pregunta por el correlato para lo político en general, el orden de lo común, la forma política y la decisión en particular.
- Para un derrotero del recorrido filosófico acerca de la técnica, ver Mitcham (1989).↵
- Un trabajo de esas características, orientado a ubicar la importancia y reapropiaciones del mito prometeico en la Modernidad occidental es el de Hinkelammert (2006). Algunas consideraciones breves al respecto pueden encontrarse también en el capítulo sexto de La esperanza de Pandora (Latour, 2001).↵
- Al respecto de la relación entre técnica y tiempo a partir de la exteriorización en el ser humano, las posiciones de Stiegler (2002). En este sentido, se trataría de reconocer que exteriorizar equivale a pensar y por eso a temporizar, de manera que pensar la técnica es pensar el tiempo, y la tecnicidad se relaciona con la exteriorización funcional que es proceso de temporización humana. ↵
- Aquí resuenan las palabras de Monod (2015) en cuanto a que aún no sabemos qué significa salir de la religión.↵
- Así se comprende que, según Ludueña, la Modernidad sea probablemente, mediante la secularización que la define, “la época que más ha producido una efervescencia fantasmática de los espíritus esenciales” (2010, p. 156).↵
- Un proceso donde la hybris encuentra su némesis que se repite algunos años más tarde con el optimismo progresista de los viajes espaciales, primero, y se cierra con la catástrofe de Chernobyl en 1986, después (Capanna, 1993).↵
- Al respecto de los dilemas y claroscuros de esta pretendida transparencia racional de la técnica, el trabajo de Oscar del Barco (2014), quien señala además el hecho de que tal vez lo más siniestro de la tecnificación sea precisamente que pone en jaque la decisión. Vale decir que las ideas de transparencia y autorregulación inmanente o espontánea ya nos habían sido legadas por el capitalismo ideal de Adam Smith (Galliano, 2020).↵
- Fenómeno que permite pensar tanto en el despliegue de una estrategia orientada a inventar la realidad, como al inverso repliegue subjetivo de la emigración interior donde cada cual libera su propia imaginación (Capanna, 1993). Allí podríamos ubicar el reciente lanzamiento del gadget de Apple, Vision Pro, la primera computadora espacial sostenida en realidad virtual.↵
- Cuando hablamos de determinismo tecnológico nos referimos a la visión del “flujo y evolución de los sistemas técnicos como un curso determinado por reglas propias” (Araujo, 2022, p. 154) que podría influir de manera decisiva en la historia. Toda contemplación del devenir histórico como proceso que responda a las necesidades del progreso (consideradas obvias y transparentes) como a aptitudes exclusivamente técnicas y a su eficiencia; toda concepción del progreso técnico como necesario e inmanente (sin discriminar entre sociedades o valores culturales, por ejemplo); toda postulación de prioridad de lo técnico sobre otros sistemas normativos, pero también toda visión que anticipe consecuencias imprevistas o incontrolables del despliegue técnico, representan un problema político de primer orden (Bimber, 1996). ↵
- Ejemplo de las facetas apologéticas de la actualidad resultan las tendencias aceleracionistas tanto de derecha como de izquierda, caracterizadas por su determinismo tecnológico y su entusiasmo prometeico. Desde la extrema derecha destacan especialmente algunas vertientes neorreaccionarias de partidarios de la ‘Ilustración oscura’ en Estados Unidos, de las que Nick Land es una figura destacada desde 2013 y que profesan la fe en la tecnología (Touza, 2022).↵
- Precisamente, se da el descubrimiento del medio técnico en la atmósfera de la Primera Guerra Mundial, donde el ser humano “descubre que, como ser técnico, se condiciona a sí mismo” (Martínez, 2022, p. 53). Al respecto de la coyuntura política y jurídica weimariana y sus debates, el interesante trabajo de Vita (2014). ↵
- Así, por ejemplo, en el marco del amplio y novedoso campo de la filosofía de la técnica, se toma “la Technik de la discusión alemana de primera parte del siglo XX” y, dentro de ella, al propio Spengler, como uno de los puntos de partida (Parente, 2022, p. 13). Es posible admitir que “connotaciones decisivas para la noción moderna de tecnología se gestan durante este período, testigo de la primera gran guerra tecnológica de la historia. Aquí se formulan por primera vez las preguntas que ocuparán a pensadores durante los próximos cien años” (Vaccari, 2021, p. 129).↵
- Aquello que Héctor Schmucler (1996) denomina como tecnologismo, en tanto ideología de la técnica predominante en nuestro tiempo. En ese sentido, Schmucler (1997) afirma que el pensar técnico se ha vuelto en nuestros días la ideología dominante.↵
- Cada sistema técnico o tecnológico expresa un compromiso humano con una manera de concebir, valorar y sentir el mundo, despliega una experiencia moral tecnológica, y “compromisos sobre qué es una vida digna de ser vivida que nuestras prácticas tecnológicas promueven u obturan” (Lawler, 2022, p. 213).↵
- Ello en la medida que, aunque contemporáneo de nuestros autores, Heidegger comienza sus meditaciones sobre la cuestión de la técnica a partir de los fines de la década de 1940 y durante la década de 1950, es decir, en la segunda posguerra y no en el período de entreguerras, retomando claramente motivos y conclusiones de los autores que aquí indagamos. Además de algunas referencias dispersas durante la década de 1930 (Vaccari, 2021), Heidegger dedicó algunas anotaciones a Spengler entre 1938 y 1939, que pueden encontrarse en la edición de sus Cuadernos negros VII-XI (2017) y, por otra parte, mantuvo desde 1930 una relación intensa y un intercambio teórico explícito con Ernst Jünger. Al respecto de esto último, ver Acerca de Ernst Jünger (2013). Con esto queremos decir que, de algún modo, las reflexiones de Heidegger, no sólo pero también las referidas a la técnica, resultan deudoras o derivadas, y al mismo tiempo son cronológicamente posteriores, de las de nuestros autores escogidos. Por eso reconoce en 1966 al ser entrevistado por Der Spiegel que “a lo largo de los últimos treinta años, se ha hecho cada vez más claro que el movimiento planetario de la técnica moderna es un poder cuya capacidad de determinar la historia apenas puede apreciarse” (Heidegger, 1983a: 72). Justamente el momento donde Blumenberg apostaba su interpretación sobre la Legitimación de la edad moderna (2008). Consideramos que la postura heideggeriana respecto a que la técnica no es de ningún modo un instrumento (1983a, pp. 72 y ss.) no puede ser cabalmente comprendida sin visitar los escritos previos de Schmitt y Jünger al respecto, que en esta tesis abordaremos.↵
- Esto excluye y despeja algunas variantes, como la encarnada por las reflexiones de Gilbert Simondon quien, si bien establece un cierto inmanentismo del objeto técnico, no deriva de ello una perspectiva de autosuficiencia, más allá de su enfoque ontogenético que busca superar la instrumentalidad e intencionalidad para pensar lo técnico (Rodríguez, 2022).↵
- Entendemos aquí a la hermenéutica como “una disciplina orientada a superar las dificultades de la comprensión de textos; que se sirve de una serie de reglas y procedimientos establecidos” con los que se apuntan a lidiar con los presupuestos, prejuicios y distancia histórica del intérprete (Fraile y Kiel, 2020, p. 89).↵
- Ese tercer objetivo representa un insumo principal para nuestra futura investigación doctoral, puesto que los hallazgos de la presente tesis permitirán elaborar una reflexión en torno al problema de la legitimidad de la decisión política basada en el saber técnico-científico en las democracias contemporáneas.↵
- Esta idea sobre la tendencia totalizadora de la técnica moderna será recuperada más tarde, durante la segunda posguerra por un autor eminente de la filosofía de la técnica, como es el francés Jacques Ellul (2003), como indica Flavia Costa (2022).↵






