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Pensar la globalidad
de la Iglesia católica

La formación de sacerdotes latinoamericanos en Roma en la segunda mitad del siglo XIX

Francisco Javier Ramón Solans[1]

Desde hace algunos años, la historia transnacional y la historia global han permitido un mejor conocimiento del espacio religioso. Gracias a ello conocemos mejor cómo se forjó la visión moderna de lo que era una religión, los contactos entre diversas religiones, las redes e identidades transnacionales que se tejieron entre actores religiosos, la difusión de ideas e instituciones religiosas, la globalización de la religión o la contribución de la religión a la globalización.[2] Sin embargo, dentro de este espacio global, sería interesante profundizar en cómo los actores tomaron conciencia de la dimensión global de su confesión.

Para ello, en este artículo, me centraré en la experiencia de la dimensión mundial del catolicismo a través del análisis de la correspondencia de algunos estudiantes latinoamericanos en Roma durante la segunda mitad del siglo XIX. Este colectivo de estudiantes resulta especialmente interesante puesto que la mayoría no habían salido de su país e incluso de las regiones en las que habitaban. El cambio fue fundamental en muchos sentidos. Obviamente la formación en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma fue fundamental para sus carreras eclesiásticas. En Roma recibirían una formación de alta calidad en la Universidad Gregoriana y otros centros superiores, conociendo mejor la evolución de la teología y la eclesiología. A su retorno, ocuparon cargos muy relevantes y desempeñaron un papel central en la modernización y romanización de sus diócesis (Edwards, 2011). En este sentido, conviene recordar que entre 1858 y 1950 se formaron en esta institución 1.500 sacerdotes, de los cuales 173 llegaron a ser obispos y siete cardenales (Serbin, 2006: 92-94).

Este colectivo nos interesa especialmente porque en Roma experimentaron la dimensión global de la Iglesia católica. Los jóvenes estudiantes asistieron a sus clases en la Universidad Gregoriana junto a universitarios de todo el mundo. Tuvieron audiencias privadas con el papa y vivieron in situ los acontecimientos globales más importantes de la Iglesia católica en el siglo XIX (canonizaciones, el primer Concilio Vaticano, la conquista italiana de los Estados Pontificios, etc.). En paralelo, la experiencia romana fue también fundamental en la configuración de la Iglesia latinoamericana moderna. El hecho de convivir en el colegio y estudiar en los centros superiores de Roma desempeñó un papel fundamental en el establecimiento de redes supranacionales, así como en la toma de conciencia de una entidad supranacional.

La centralidad del Papa

En una audiencia privada, el 9 de noviembre de 1855, Pío IX propuso al joven y brillante sacerdote chileno José Ignacio Víctor Eyzaguirre la creación de un Colegio en Roma para formar a los alumnos más destacados con el objetivo de que a su regreso pudieran difundir lo aprendido y contribuir a la romanización y modernización de sus diócesis. En una carta a su hermano Salvador, José Ignacio Víctor Eyzaguirre le decía que el papa:

“desea que los obispos de ambas Américas se pongan de acuerdo para el establecimiento de un gran seminario que deben establecer en Roma y sobre otros puntos: para esto era necesario hablar con una gran parte de aquellos, informarme de muchos pormenores y esta es la comisión que yo he recibido con mis credenciales dada en nombre del papa por el cardenal secretario de Estado. […]esta misión de recorrer la América como simple sacerdote para llevar a cabo una obra tan importante que el papa recomienda tanto en mis credenciales y cuya necesidad ni yo podría conocer a fondo sino cuando he visto varios expedientes que existen e iniciados sobre la materia: cuando he visto comunicaciones reservadas de diversos nuncios de América y cuándo me he puesto al tanto de lo que sucede en los países interiores de la misma América. Aquel gran seminario tendrá por objeto sino recibir los más adelantados y de mejor talento y conducta de cada seminario diocesano los que servirán después a los obispos para superiores de sus seminarios conciliares”.[3]

La idea de crear un instituto educativo en Roma había sido ya planteada por el jesuita mexicano y confesor de Gregorio XVI, José Ildefonso Peña en 1825. Sin embargo, su proyecto se frustró por falta de recursos y porque fue enviado a misiones en Argentina en 1835 y Chile en 1848. En 1853 el padre mejicano José Villaredo fue a Roma con el propósito de fundar un colegio para el clero, pero su proyecto tampoco llegó a buen puerto (Decorme, 1914: 301-302 y 356-359; García Ugarte, 2012; Medina Ascensio, 1979). Desconocemos no obstante la naturaleza y los detalles de dichos proyectos así como su alcance, si estaban destinados a México o a todo el continente.

La misión de Eyzaguirre consistía en recorrer todo el continente para conocer de primera mano las impresiones de los prelados y conocer si estarían dispuestos a contribuir con alumnos y dinero a su financiación. Para ello, contó con acreditación vaticana del secretario de Estado Antonelli y cartas oficiales para los delegados apostólicos Luis Clementi en México y Mieczyslaw Ledochowski en Colombia (Medina Ascensio, 1979: 34). Tras un largo viaje, marcado por las dificultades surgidas por la actitud galicana de algunos gobernantes y la situación crítica que vivía la Iglesia católica mexicana en los prolegómenos de la Guerra de Reforma (1858-1861), Eyzaguirre llegó con un sabor agridulce a Roma, aunque con la seguridad de que al menos el colegio se podría inaugurar. El 21 de noviembre de 1858 abrió sus puertas con diecisiete estudiantes (diez argentinos, seis colombianos y un peruano) en el monasterio de Sant’Andrea della Valle bajo dirección de los Jesuitas. Aunque en el último momento Pío IX no pudo asistir a la ceremonia, en ella participaron las personalidades más importantes de la Compañía de Jesús, el general Pierre Jean Beckx y el también jesuita y teólogo ultramontano Giovanni Perrone (Medina Ascensio, 1979: 36-39; Galleti, 1939: 17-21).

Aunque seguramente fue una decepción para ellos, los estudiantes pudieron conocer finalmente al papa algunos días más tarde. El 26 de noviembre de 1858, Pío recibió a los emocionados estudiantes del Colegio Latinoamericano en una audiencia privada en el Palacio del Quirinal. El joven estudiante Juan Clímaco Lobatón, que se encontraba a más de 10.000 kilómetros de su casa en Popayán, Colombia, se dirigió al papa con estas palabras: “hemos oído vuestra voz de pastor en lo más remoto de nuestra grey; esta voz paternal y cuidadosa que penetrando en las espesas selvas del Nuevo mundo nos llamaba a gustar mejores pastos”.[4] No resulta difícil imaginar el impacto que pudo causar la primera audiencia privada con el pontífice, el regalo de un camafeo a cada uno de los alumnos o la visita guiada a los jardines del Palacio del Quirinal en un joven estudiante como Juan Clímaco Lobaton que hasta ese momento nunca había salido de su hogar. Otro joven colombiano, probablemente Pascual Rincón, describía para la revista El Catolicismo su felicidad al ver “con mis propios ojos, cosas que otros más dignos que yo desean tanto”.[5] Los gestos de cariño del papa con los jóvenes estudiantes reforzaban, según otra crónica, la dimensión universal de la soberanía pontificia:

“No podemos describir los afectuosos sentimientos con que el Soberano Pontífice se dignó responder. Manifestó la satisfacción inmensa que experimentaba al ver que los obispos de América, destinados a apacentar la más lejana, pero no menos querida porción del rebaño mostraban cuan dignos eran de desempeñar su cargo, pues con tal solicitud correspondían a los deseos del pastor universal”.[6]

Las primeras noticias que llegaban a América Latina del colegio subrayaban la buena acogida que habían dispensado a los alumnos y los innumerables gestos de cariño que les habían ofrecido el papa y la curia. Incluso La Civiltà cattolica se hizo eco de estos gestos de cariño con los que el papa les invitaba además “a aplicarse en tan necesarios estudios para poder beneficiarse de la más pura doctrina en el centro de la unidad católica y poderla transferir en sus regiones a buena parte de sus compatriotas”.[7] El obispo de Buenos Aires Mariano José Escalada, que se erigió desde el primer momento como uno de los grandes impulsores del colegio, escribía a Eyzaguirre para felicitarse por esas muestras de cariño y señalaba la necesidad de corresponderlas:

es por cierto muy singular el particular cariño y distinción con que ha recibido el Sumo Pontífice a los jóvenes americanos; todos se admiran de tantas demostraciones que ha hecho con ellos y dice usted muy bien que resalta más este afecto especial a los hijos de esta América, cuanto muchos de sus gobiernos le causan tantas amarguras. En desagravio de ellas y por gratitud también a sus bondades empeñémonos nosotros en acreditarle el amor, devoción y obediencia que le son debidas. [8]

La correspondencia del estudiante está llena de comentarios sobre la cuestión romana: batallas, conquistas, etc. Estos acontecimientos infundieron temor en los corazones de los jóvenes seminaristas, que se sentían solos, lejos de sus hogares y familiares. Esta situación reforzó la cohesión entre los estudiantes y su solidaridad con el papa, que fue visto como una víctima, un alter christus del Risorgimento. Durante la Segunda Guerra de la Independencia en Italia (1859-1861), los estudiantes latinoamericanos, junto con sus colegas del Collegium Germanicum, acudieron al papa para besarle los pies y quejarse de la situación política en Italia. El seminarista argentino Milcíades Bernardo Echagüe escribió al fundador del colegio Eyzaguirre en 1860 para alentar las expresiones de simpatía por el papado en América Latina:

de continuo llegan protestas de adhesión al Santo Padre de todas partes y ofertas pecuniarias de no poco valor, se espera que también la América católica se moverá a consolar al papa en estas circunstancias puesto que hasta la Rusia cismática y algunos países protestantes no han desistido de dar un paso tan honroso, se dice que la Rusia por ahora se ha contentado con dirigir una nota a Pío IV en la cual protesta contra la adhesión de la Romagna”.[9]

La globalidad de la Iglesia

Poco después de la inauguración del colegio, los estudiantes asistieron a una de las grandes festividades religiosas de Roma, la octava de la fiesta de Reyes. Desde 1836, la fiesta de Reyes se celebraba con ritos latinos y orientales y homilías en lenguas europeas, asiáticas y africanas en Sant’Andrea della Valle. De nuevo, el estudiante colombiano escribía una reseña para el periódico neogranadino El Catolicismo en la que destacaba cómo

“El que tiene la dicha de encontrarse en Roma en este tiempo, ve de una manera palpable el gran misterio del cristianismo; la diversidad de todos los pueblos y lenguas en la unidad de la fe: se encuentra en el centro de ese foco luminoso del catolicismo, cuyos rayos se prolongan sin interrupción hasta las fronteras del globo y cuya circunferencia abraza el universo.[10]

En el Colegio de Propaganda fide se organizó un acto en el que se dieron sermones en cuarenta idiomas. La crónica del estudiante colombiano del periódico El Catolicismo subrayaba cómo en esta ceremonia plurilingüe : “el catolicismo se presenta allí con todos sus magníficos y únicos caracteres, principalmente la unidad y la universalidad”.[11]

Los estudiantes se convirtieron en cronistas de Roma y difundieron las prácticas, los discursos y las ideas católicas en América Latina. Con ello, contribuyeron sin duda a la romanización del catolicismo en el continente. En la correspondencia entre el joven seminarista argentino Milcíades Bernardo Echagüe y el fundador del Colegio, José Ignacio Víctor Eyzaguirre, se percibe claramente la importancia que tuvo esta experiencia romana. Como estudiantes del Colegio Latinoamericano de Roma, pudieron presenciar grandes acontecimientos como la canonización de los mártires de Japón y Miguel de los Santos en 1862.

Gracias a las gestiones del director del colegio, se les concedió un palco a los estudiantes para que pudieran asistir a esta ceremonia, que por las tensiones con el gobierno italiano se había convertido en una protesta global contra el Risorgimento (Riall, 2010). En una de sus cartas a Eyzaguirre, Milcíades Echagüe narraba los diversos actos celebrados, poniendo especial énfasis en el manifiesto de los 265 prelados dispuestos “a proseguir la marcha emprendida, sin dar un paso hacia atrás estando ellos dispuestos a dar su sangre por el pastor universal” y en el servicio celebrado por el primado de Constantinopla y obispo de Orleans, Félix Dupanloup para la reconciliación entre las Iglesias católica y oriental.[12] El prelado francés convertía la canonización en un acontecimiento global, al que acuden prelados “de todos los puntos del Universo”, incluso

de los más remotos continentes, de las más lejanas extremidades del mundo. Obispos de las dos Américas, que ni el espacio inmenso de los mares, las fatigas y los peligros de tan largo viaje han podido detener: llevados por las alas de fuego de los modernos navíos, habéis venido del Norte, del Sur, de Canadá, de Estados Unidos, de México, de la República de Ecuador, portando sobre vuestros venerables rostros las huellas de vuestro laborioso apostolado en aquellas inmensas diócesis, donde el Evangelio todavía no ha terminado sus conquistas.[13]

Los estudiantes pudieron fácilmente identificarse sin esfuerzo con estos prelados heroicos, puesto que ellos también venían de muy lejos. Los jóvenes oyentes representan la globalidad de la Iglesia católica. Fueron testigos de los acontecimientos más importantes de la Iglesia Católica en Roma. Estas experiencias reforzaron su pertenencia global y romana.

Una iglesia latinoamericana

Las primeras referencias al concepto de ‘América latina’ proceden de los círculos de emigrantes americanos que habitaban en París durante la década de 1850 (Quijada 1998; Torres Martínez, 2016; Estrade, 1998). Las campañas filibusteras de William Walker en Nicaragua y Costa Rica entre 1855-1857, que contaron con el apoyo y reconocimiento de Estados Unidos produjeron un amplio rechazo en la opinión pública latinoamericana. En este contexto, en 1856, el colombiano José María Torres Caceido, uno de los padres del americanismo, utilizó por primera vez la expresión “América latina” para contraponerla a la “América anglosajona”. El concepto de América latina estaba vinculado no sólo a una alianza en contra del expansionismo estadounidense y europeo, sino también a una idea de democracia republicana en el continente. De hecho, sus impulsores estaban comprometidos con la causa de la democratización radical de las sociedades americanas y se manifestaban contrarios a los gobiernos conservadores que controlaban sus países (Gobat, 2013: 1345-1375).

Sin embargo, como ha señalado recientemente Roberto Di Stefano, el término latino no reenvía solamente a una construcción cultural, sino también a una construcción religiosa en la que el catolicismo reinaba sin conflicto o dominaba de forma casi absoluta (2015: 11). A pesar de la extraordinaria atención que las ciencias sociales han dedicado a estudiar los orígenes del concepto de América latina, la contribución católica a estos proyectos apenas ha sido tratada (Ayala Mora, 2013; Tenorio-Trillo, 2017: 51-52). La articulación de un proyecto católico latinoamericano corrió en paralelo a otros proyectos anteriores, aunque en su formulación jugó un papel más importante la búsqueda de alianzas frente a las políticas regalistas, el protestantismo y el laicismo. Si bien este proyecto católico latinoamericano también tuvo un alcance limitado consiguió traducirse en el establecimiento de la primera institución latinoamericana de la historia, el Colegio pío latinoamericano en Roma.

En este centro, los estudiantes de diferentes países latinoamericanos compartieron su día a día: alojamiento, comidas, misas, teatro, concursos, clases en los diversos centros superiores, exámenes, vacaciones y asistencia a audiencias y grandes ceremonias religiosas como la mencionada canonización de los mártires de Japón. Además, los alumnos convivían frecuentemente con prelados latinoamericanos que se alojaban en el colegio durante su estancia en Roma. Estas experiencias contribuyeron al desarrollo de un sentimiento de colegialidad latinoamericana.

Entre otros ejemplos de este sentimiento podríamos mencionar los discursos de los estudiantes durante las celebraciones públicas del Colegio en Roma. Poco después de la inauguración del colegio, en enero de 1859, tuvo lugar un acto académico en homenaje a su fundador. El estudiante colombiano Pascual Rincón pronunció un discurso sobre la contribución civilizadora del catolicismo al Nuevo Mundo, “basta dar una mirada retrospectiva al siglo XV en su terminación para encontrar en el nuevo mundo, la grande y brillante cadena que ha enlazado el paganismo y el embrutecimiento con el cristianismo y la civilización”. Rincón realizaba un análisis panorámico de la historia de la Iglesia católica en hispanoamérica: etapas, causas de su decadencia y su solución en forma de fundación del Colegio en Roma y acercamiento al papa. Aunque excluía a Brasil, al hablar de Hispanoamérica, el discurso evidencia como desde muy pronto caló la idea de la pertenencia a una comunidad supranacional de origen católico.[14]

En 1862, ya ordenado como sacerdote, Pascual Rincón, compuso el himno del colegio en honor a José Ignacio Víctor Eyzaguirre. Redactado en castellano, este sería traducido luego al portugués e italiano y cantado en actos oficiales. El himno fue puesto en música por el organista que pronto iba a convertirse en maestro de capilla de la Basílica de Santa María la Mayor y uno de los más célebres compositores de música sacra italiana del siglo XIX, Settimio Battaglia. Resulta interesante cómo en la letra del himno se presenta a los alumnos como “tiernos hijos de América hermosa que alma abriga la Eterna ciudad”, combinando la idea de un centro que atrae e ilumina a la periferia como si de un faro se tratase, “ya la Eterna ciudad nos guio/ y hoy hallamos el polvo sagrado donde Pedro su sangre regó”, una luz que “al confín de este mundo lejano que por Patria legonos Colón”.[15]

Algunos años más tarde, en 1874, se celebró otro acto en homenaje a José Ignacio Víctor Eyzaguirre, poco antes de su última peregrinación a Jerusalén. SE celebró una misa pontifical por el antiguo delegado apostólico en el Ecuador, el obispo de Mindo, Francisco Tavani. En el acto participó el rector del colegio Agustín Santinelli y el célebre teólogo jesuita Giovanni Perrone. En los intermedios se ejecutaron y cantaron por los alumnos el himno del colegio en español y portugués. Luego siguió el homenaje literario en el que participaron varios alumnos que acababan de ser ordenados y/o recibir un doctorado por la Universidad Gregoriana y que iban a desempeñar un papel central en el catolicismo latinoamericano de finales de siglo como los brasileños, Eduardo Duarte e Silva, futuro obispo de Goiás, y Joaquim Arcoverde, futuro arzobispo de Rio de Janeiro y primer cardenal latinoamericano; los uruguayos Mariano Soler, futuro arzobispo de Montevideo, y Ricardo Isaza, futuro obispo auxiliar de Montevideo. Asimismo, también encontraremos a Norberto Betancur (uruguayo) y Ananias “correia do Amaral” (Brasil), que serán dos activos sacerdotes y dinamizadores a su regreso al Nuevo Mundo. Esta generación iba a desempeñar un papel central en la configuración de la Iglesia latinoamericana moderna. Junto con el futuro obispo de Santiago de Chile, Mariano Casanova, Soler impulsarían el primer Concilio Plenario Latinoamericano en Roma en 1899, al que también asistirían los mencionados prelados. De hecho, casi un 25% de los asistentes se habían formado en este centro, lo que corrobora la idea de Lisa M. Edwards, de que el Colegio Pío Latinoamericano jugó un papel central a la hora de

“dar forma a la moderna Iglesia latinoamericana, tanto en su organización interna como en su relación con el papado y los fieles. Su educación así como sus posteriores carreras desempeñaron un papel central en la estrategia de modernizar y romanizar a la Iglesia católica latinoamericana frente al creciente secularismo” (Edwards, 2011:1)

Los diversos poemas presentes en el volumen de homenaje a Eyzaguirre abordaban los aspectos centrales del colegio: la dimensión global del catolicismo, la fidelidad al papado, la importancia del colegio, las esperanzas del catolicismo en América, los desafíos a los que hacían frente o las virtudes de prelados y sacerdotes. Así, entre otros poemas podríamos mencionar “Roma reina del mundo. Oda portuguesa” del joven brasileño Ananias Correa de Amaral en el que exaltaba como desde Roma “se expande o raio/Daquela Fé que novos mundos gana/E os seus brazões de nova gloria adorna”.[16]

Para abrir tanto el libro como el homenaje de los estudiantes a Eyzaguirre en 1874 eligieron al brillante estudiante uruguayo, Mariano Soler. En este temprano trabajo se observa ya la presencia de esta vocación latinoamericana que definiría su carrera.[17] En su primer sermón, un panegírico de Santa Rosa de Lima, como estudiante seminarista en Roma en 1870, Soler utilizó a la santa peruana como modelo para América, poniendo bajo el patronato de la santa limeña a los alumnos del colegio y, sobre todo, pidiendo que ésta inspirase al episcopado latinoamericano durante el Concilio Vaticano para hacer frente a la masonería y la impiedad.[18]

En 1874, en su discurso “Roma y América”, además de loar la figura de Eyzaguirre, el joven sacerdote uruguayo destacaba la dimensión civilizadora del catolicismo que emanaba desde su centro al resto del mundo. Tras alejarse de Roma por las revoluciones, las repúblicas americanas habían vuelto al camino de la civilización gracias a Eyzaguirre, que

Queda dicho también que bajo la tutela e inspiración de Roma pontificia debe proclamarse el cristianismo para que sea manantial de la verdadera religión. Así lo comprendió nuestro dignísimo y benemérito Fundador; vio la necesidad de poner la América en relación íntima con la Cátedra de Pedro, la civilizadora del mundo, y concibió y realizó la idea tan feliz como fecunda de formar a la sombra del Vaticano un plantel de hijos de América que amamantados en el seno mismo del cristianismo, llenos de su espíritu civilizador continuasen con sacro empeño y ardoroso anhelo la obra gigantesca y regeneradora de sus mayores.[19]

En aquel homenaje, Soler no podía imaginar que iba a convertirse en uno de los principales actores latinoamericanos de finales de siglo ni tampoco que sería considerado como un segundo fundador del colegio ya que algunos años más tarde, dirigió una misión en América Latina para recaudar fondos para dicha institución. Poco antes de partir, Soler preparó un Memorial sobre el gran instituto eclesiástico de la América Latina (1887) donde señalaba que el colegio ‘es el monumento más benéfico y glorioso que el Pontificado ha erigido en Roma, centro del catolicismo, en pro de la Iglesia latinoamericana’.[20] A través de dicho centro, América Latina se equiparaba a otras naciones ‘civilizadas’ como Francia, Bélgica, Inglaterra o Alemania que ya tenían colegio en Roma. Soler señalaba que el seminario contribuirá a estrechar ‘la comunión de los prelados americanos con la Santa Sede en el asunto tan importante y trascendental de la formación del Clero; así como lo segundo será sumamente eficaz para lograr el acariciado ideal de unión entre los pueblos latino-americanos’.[21] En este sentido, resulta interesante constatar de nuevo como Soler planteaba el colegio como un instrumento para unir a los católicos latinoamericanos entre sí y con el papa.

Esta definición latinoamericana del centro también fue promovida por los propios estudiantes del colegio. Poco después de que terminaran las celebraciones por el XVIII Centenario del martirio de San Pedro y San Pablo, en julio de 1867, Pío IX visitó con corto aviso el colegio. Los alumnos prepararon un improvisado homenaje al pontífice en el que uno de los alumnos pidió al papa que el Colegio no se llamara “Seminario Americano” o “Colegio Americano del Sur” sino “Colegio Pío Latino Americano”, a lo que el papa accedió. Los alumnos improvisaron un cartel en la puerta que ponía Collegium Pium Latinum Americanum (Galletti, 1939: 610-611; Medina Ascensio, 1979: 51-52). No obstante, conviene recordar que si bien es cierto que hasta 1867 no tuvo el nombre de latinoamericano, ya desde su fundación tenía como objetivo este espacio geográfico. Tanto el viaje de Eyzaguirre como las posteriores campañas para recaudar fondos y alumnos incluyeron a Brasil y a México, superando pues el ámbito hispánico así como lo que cabría definir como América del Sur.

Conclusión

Con el desmoronamiento del Imperio hispánico y la orientación ultramontana de la Iglesia católica en el siglo XIX se produjo lo que Elisa Cárdenas Ayala ha calificado como el descubrimiento de América por parte del papado y viceversa (2018). A este proceso, contribuyó decisivamente la apertura del Colegio Pío Latinoamericano, ya que con él, América Latina se acercó a Roma y la Santa Sede aumentó su presencia en América. Los estudiantes vivieron su estancia en Roma como un punto de inflexión en sus vidas. Se formaron en un centro tan internacional como la Universidad Gregoriana con estudiantes de todo el mundo. Asistieron a los acontecimientos más importantes de la historia del papado de la segunda mitad del siglo XIX. Es fácil imaginar que un viaje transatlántico, una audiencia privada con el pontífice o una concentración masiva en la Plaza de San Pedro dejarían una profunda impresión en unos jóvenes estudiantes que apenas habían salido de sus hogares. Con estas experiencias reforzaron simultáneamente sus lealtades globales y romanas e impulsaron el proceso de globalización del catolicismo.

Enrique Ayala Mora ha argumentado que la conciencia católica latinoamericana se caracterizaba, entre otras cosas, por “ratificar su lealtad a la sede romana y profundizar en la consciencia del hecho de ser miembro de una institución universal” (Ayala Mora, 2013: 235). Aunque parezca paradójico, estos estudiantes estaban desarrollando una identidad latinoamericana muy lejos de casa y, con toda probabilidad, si hubieran continuado su formación en los seminarios diocesanos no hubieran adquirido una conciencia tan profunda de una realidad latinoamericana. En Roma, una de las ciudades más universales del mundo, se percataron de las características comunes: sus orígenes ibéricos, sus idiomas (portugués y español) y su religión (Ramón Solans, 2020a). La desafiante experiencia de vivir en el extranjero reforzó su vínculo con el resto de los alumnos. Compartieron algunos de los momentos más importantes de sus vidas, la formación universitaria y la llegada a la madurez con compañeros de diferentes países latinoamericanos. Esta colegialidad desempeñó un papel importante en la creación de una Iglesia católica latinoamericana.

A pesar de las diferencias existentes entre los distintos países (contexto político y social, situación económica, composición étnica, tradiciones, etc.), la idea de una Iglesia latinoamericana se da por sentada. Sin embargo, esta particular invención de un proyecto común fue el resultado de la globalización de la Iglesia católica y de la difusión de las tendencias ultramontanas en América Latina en la segunda mitad del siglo XIX, procesos en los que el Colegio Latinoamericano de Roma tuvo una importancia considerable. Desde ambos lados del Atlántico, América Latina se consideró una realidad incuestionable. El desarrollo de esta temprana conciencia transnacional, explica porqué América Latina fue la primera región que contó con una conferencia episcopal transnacional, el Consejo Episcopal Latinoamericano (1955) y porqué esta región es la única que tiene un dicasterio dedicado específicamente a ella, la Pontificia Comisión para América Latina (1958). La experiencia de los estudiantes en Roma contribuyó pues decisivamente a que la Iglesia latinoamericana se viera a sí misma como una comunidad católica coherente y sólida.

Bibliografía

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Torres Martínez, R. (2016), “Sobre el concepto de América Latina ¿Invención francesa?”, Cahiers d’études romanes, 32, pp. 89-98.


  1. Departamento de Historia/Instituto de Patrimonio e Historia, Universidad de Zaragoza.
  2. Un balance reciente en Francisco Javier Ramón Solans (2020a). Algunas de las cuestiones abordadas en este artículo se desarrollan en este libro, así como en (Ramón Solans, 2020b).
  3. “Carta José Ignacio Víctor Eyzaguirre a Salvador Eyzaguirre (París, 26 de febrero de 1856)”, Archivo Nacional de Chile, Colecciones Privadas, Fondo Jaime Eyzaguirre, XX, fol. 156.
  4. El Catolicismo, 22 de febrero de 1859.
  5. El Catolicismo, 29 de marzo de 1859.
  6. El Catolicismo, 22 de febrero de 1859.
  7. La Civiltà cattolica, vol. XII (1858), p. 746.
  8. “Carta del obispo de Buenos Aires a José Ignacio Víctor Eyzaguirre (Buenos Aires, 26 de enero de 1859), Archivo Nacional de Chile, Colecciones Privadas, Fondo José Ignacio Víctor Eyzaguirre, vol. 13, fol. 443.
  9. “Carta de José Milcíades Bernardo Echagüe a José Ignacio Víctor Eyzaguirre, (12 de marzo de 1860)”, Biblioteca Nacional de Chile, Fondo José Milcíades Bernardo Echagüe, Legajo 12597.
  10. El Catolicismo, 20 de marzo de 1860.
  11. El Catolicismo, 29 de marzo de 1859.
  12. “Carta de José Milcíades Bernardo Echagüe a José Ignacio Víctor Eyzaguirre (Roma, 10 de junio de 1862)”, Biblioteca Nacional de Chile, Fondo José Milcíades Bernardo, legajo 12.590.
  13. Félix Dupanloup, Discours prononcé à Rome en faveur des églises d’Orient, Roma, L’Observateur Romain, 1862, pp. 11 y 14.
  14. “Ojeada Americana. Dedicada al Sr. Dr. D. José Ignacio Víctor Eyzaguirre y pronunciada en un acto académico que se le dedicó por los alumnos del Seminario Hispano Americano, fundado por dicho Señor, el día 1 de enero de 1859”. Archivo Nacional de Chile, Colecciones privadas, Fondo José Ignacio Víctor Eyzaguirre, vol. 13, fol. 236.
  15. Archivo Nacional de Chile, Colecciones privadas, Fondo José Ignacio Víctor Eyzaguirre, vol. 13, Pieza 181, fols. 692-707.
  16. Roma y América. Ensayo poético que en prenda de gratitud ofrecen y dedican a su benemérito fundador monseñor José Ignacio Víctor Eyzaguirre protonotario apostólico y prelado de SS. Los alumnos del colegio Pío Latino Americano, Roma 1874, p. 24.
  17. Para más información ver la tesis en preparación de Sebastián Hernández Méndez, Mariano Soler: activista ultramontano transnacional. Una historia del internacionalismo católico desde América Latina en cotutela entre la Universidad de los Andes (Santiago de Chile) y la Universidad de Zaragoza.
  18. ‘Panegírico de Santa Rosa de Lima. Primer sermón de estudiante seminarista. 30 de agosto de 1870’, en Archivo de la Curia de Montevideo, Obispado, Gobierno Eclesiástico, Mons. Soler, Carpeta 1 Santa Sede.
  19. Roma y América. Ensayo poético que en prenda de gratitud ofrecen y dedican a su benemérito fundador monseñor José Ignacio Víctor Eyzaguirre protonotario apostólico y prelado de SS. Los alumnos del colegio Pío Latino Americano, Roma, Imprenta Políglota de Propaganda Fide, 1874, 18.
  20. Memorial sobre el gran instituto eclesiástico de la América Latina dedicado al venerable clero de la Iglesia latinoamericana, Montevideo, Tipografía Uruguaya, 1887, p. 5.
  21. Ibídem, p. 9.


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