¿Tiene sentido seguir produciendo imágenes en la actualidad? ¿Cuánta visibilidad y posterior legibilidad puede llegar a tener una fotografía o una serie de imágenes que se lanzan a la inmensidad del sistema de información contemporáneo? A pesar de la adversidad vale la pena fabricar imágenes para aportar discursos críticos y de resistencias a la deshumanización y a las desigualdades actuales.
Transitamos cada día atendiendo lo superfluo que distrae. Esta preferencia por lo innecesario termina afectando las tomas de decisiones sobre cada aspecto de la vida: cómo nos alimentamos, qué leemos, qué hacemos con el dinero que obtenemos trabajando, qué actividades realizamos durante el tiempo libre, a quiénes elegimos para delegar nuestro poder y que nos representen en el gobierno. La sobreabundancia de estímulos y de información provoca una falta de ideas claras sobre lo necesario y trascendente. La tecnología sugiere soluciones pero también provoca desvíos. El voto electrónico, la compra online de alimentos, o un “click” a una persona que nos gusta se basan en las mismas plataformas y actitudes.
El capitalismo visual produce desigualdades entre las imágenes, algunas valen más que otras, circulan más, impactan más. Los algoritmos de las redes sociales se programan para establecer un sistema de jerarquías de visibilidad. Las fotografías publicitarias y del star-system se posicionan en la cima. Pero también se producen tensiones. Una imagen fabricada en condiciones subalternas puede provocar instantes de verdad necesarios.







