Adormecidos por el incalculable flujo de datos, casi todos inútiles y muchos de ellos maliciosamente falsos (“fake news”), las personas se transforman en un receptáculo de discursos ajenos que pueden provocar interés a lo innecesario y temor ante posibles nuevas relaciones humanas. Estamos siendo permanentemente estimulados a través de pantallas que provocan una pérdida de entusiasmo a encontrarnos con personas desconocidas que puedan llegar a deslumbrar y completar nuestro ser hasta la felicidad. Hay un discurso constante a considerar que aquellas personas diferentes pueden ser una amenaza, por lo tanto siempre es mejor mediatizar los vínculos. Filtrar. Esta desorientación en un océano de información móvil nos puede transformar en náufragos digitales a la deriva.
En los subterráneos las personas evitan encontrar sus miradas, en particular en los vagones, donde por casi 2 minutos nadie puede salir de allí. Mirar a los ojos en esas condiciones puede ser una situación incómoda. Las miradas de las personas entonces se depositan una vez más en los teléfonos celulares, y el compromiso del vínculo humano queda desactivado. Mientras las cámaras de seguridad y las mismas pantallas nos vigilan, pero a nadie le molesta que esos artefactos nos observen permanentemente. La humanidad del desconocido cercano desagrada mucho más que el aparato teledirigido y monitoreado. Se asume que la vigilancia y el control son más necesarios que mirarse en los ojos con otra persona. Debemos recuperar el ánimo y descubrir la mirada de quien está cerca, y así evitar que las nuevas tecnologías reproduzcan y aumenten las distancias entre las personas.







