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6. Big Data

Ante cualquier viaje es habitual reunir información a través de internet. Se puede comenzar buscando fotografías del lugar pensado. Comenzamos a viajar sin movernos del hogar, sin despegar los sentidos de la pantalla. Las Subterráneas de Berlín podrían ser utilizadas de esta manera. Y resultaría propicio. Los ojos accediendo a un fragmento mínimo de un espacio plano. El brillo de los píxeles ingresando a las retinas. Revisar fotografías de lugares distantes y deseados mientras viajamos a los trabajos, durante el almuerzo, antes de dormir, en cualquier momento del día. La cabeza inclinada en un rango entre 15º y 60º hacia la palma de la mano que sostiene el aparato implica un sobrepeso en las cervicales equivalente a un rango aproximado entre 10 y 25 kilogramos. El cruce entre el uso de Google y los teléfonos celulares se ha transformado en un imperativo del sentido común con consecuencias corporales y geopolíticas.

¿Qué nos dirá este oráculo de Delfos cibernético? La actitud no solo implica buscar fotografías que otras personas registraron y subieron a las redes sociales. Desde luego que la información de cada destino abunda en diferentes niveles. Se pueden encontrar datos para ser utilizados con alguna finalidad organizativa: conseguir los pasajes, conocer palabras claves del idioma local, informarse acerca de los costos de determinados servicios, la comida, los lugares a visitar, medios de transporte, tiempo de demora entre un lugar y otro, los mejores sitios para detenerse y sacar una fotografía en el medio de un trayecto posible, el clima día a día y hora a hora. Asumo que recurrí a algunas de estas informaciones antes de realizar mi viaje, y resultó de mucha utilidad. Cada información es la promesa de solucionar algún aspecto de la cotidianeidad del viajero. La economía de la información implementa una ideología conocida como “solucionismo”. Lo que antes podía resolver un mapa, una guía impresa, o un block de notas con recomendaciones y datos necesarios y de interés que nos brindó un familiar o amiga que viajó antes, ahora todo se concentra en el teléfono celular.

El turismo global se va autoreproduciendo a partir de foros, blogs, historias, posteos que otras y otros viajeros desconocidos, y a veces anónimos, van publicando acerca de los lugares visitados. Esta comunidad se retroalimenta y va creciendo exponencialmente. Cualquier navegante de internet accede a estas redes discursivas fácilmente. Pero tampoco es novedad decir que mientras obtenemos esta información el sistema también obtiene el mismo dato y lo cruza con otras consultas que fuimos realizando anteriormente. Estas huellas van constituyendo un historial acerca de nuestro interés. Luego el sistema nos va sugiriendo información sin que la hayamos solicitado. El sistema aprende de nosotros, nos va reconociendo e interactúa con mayor precisión. El sistema, pero en este caso una corporación inmensa presente en todo el planeta, nos guía y acompaña.

Entonces, cualquier promesa de libertad al viajar y conocer nuevos destinos queda condicionada por la conectividad satelital permanente. Y como un vínculo casi biológico con el cosmos, la señal que recibe el teléfono celular desde una antena, y la señal que devuelve, va siendo condición determinante en cualquier viaje. Por lo tanto, nadie viaja ya desprovisto de información, perdido ante la inmensidad de lo desconocido, expectante a la sorpresa inminente. La condición de hiperconectividad nos hace sujetos menos predispuestos al asombro. Viajar se ha transformado en una actividad  turística planificada y controlada, que busca evitar la incertidumbre, y clausura la posibilidad de una aventura donde desafiar nuestro propio sentido común.



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