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2. Descenso y fragmentación

En descenso, ya no hay una única línea continua que defina la perspectiva. Las líneas se multiplican y fracturan. Los planos se superponen en diferentes niveles a medida que bajamos por las escaleras mecánicas. Aquellos cuerpos que estaban debajo ya están encima nuestro. No hay horizonte, ni líneas de fuga, ni elementos estáticos en el descenso. Los cuerpos terminan fragmentados en el espacio, flotando, móviles y distantes o superpuestos. Pero las partes tienden a la dispersión. Se puede lograr el artificio de la unidad, para que el ojo los perciba a todos reunidos en el mismo espacio y momento. Las imágenes, una junto a otra, vistas en velocidad, construyen la apariencia de unidad. Así la fotografía devino cinemática. Sin embargo la unión sucesiva entre piezas disímiles transportadas en una cadena de montaje propone un modo de percepción desafiado por los flujos de lo digital, donde no hay necesidad de engañar a la conciencia con apariencias de fragmentos unidos.

Las múltiples ventanas que minimizamos, abrimos y cerramos, desplazamos y hacemos convivir dentro de la pantalla del monitor de la computadora, son parte de un fenómeno donde cada persona asume a la fragmentación como evidente, sin necesidad de ocultarla. Nuestra conciencia atiende diferentes estímulos en simultáneo, y las ventanas abiertas de diversas actividades son la expresión de nuestra capacidad de estar procesando una serie de temas diferentes al mismo tiempo. Las personas frente a sus ordenadores pueden desconcentrar y diversificar sus sentidos. Mucho más si en simultáneo se atienden diversas pantallas: smartphones, tablets, smart tv. Así es más sencillo descender y perder la conciencia de sí mismo.

El avance de la informática a todos los ámbitos de la vida -íntima, interpersonal y ambiental- provoca la ruptura e impide la unión profunda de las relaciones con uno mismo y con el entorno: lo opuesto a un estado de meditación para permanecer aquí y ahora. 



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