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4 Realismo Estructural Óntico

La piedra fundamental del REO ha sido el artículo What is Structural Realism?, de James Ladyman, publicado en 1998. Desde entonces el REO se ha transformado en un programa filosófico fértil que ha incorporado interesantes discusiones sobre la relación entre la ciencia y la filosofía en general, y sobre las implicancias filosóficas de algunas teorías de la física moderna en particular, que ha abierto el juego a la revisión de viejos problemas epistemológicos (causalidad, modalidad, universales, leyes científicas, teorías semánticas, etc.) y que ha visto nacer bajo su sombra, tal vez en buena medida en virtud de todo lo anterior, una creciente variedad de matices y alternativas teóricas. Los objetivos de este capítulo no permiten desgranar cada una de esas cuestiones con el cuidado que merecen (y tal vez ni siquiera podrían hacerlo), por lo que se limitará a brindar un panorama general sobre cómo se ha interpretado y elaborado la osada afirmación de que el conocimiento estructural del que las teorías nos proveen agota todo cuanto puede conocerse del mundo, pues esas estructuras que conocemos son en efecto el elemento último de la realidad. Se examinarán las fuertes argumentativas principales que, según los defensores del REO, hinchan las velas de su posición, consignando con cierto nivel de detalle sus dificultades más notorias. Se revisarán también las variantes del REO, desde sus formulaciones más radicales hasta aquellas que más se acercan al RCT. Por último, se abordarán las objeciones más serias que han intentado desarticular esta posición, haciendo además una evaluación crítica de ellas.

Argumentos a favor del REO

La tesis de que a las estructuras debe adjudicárseles un carácter ontológicamente primario respecto de los objetos o individuos está para los fundadores del REO motivada y justificada por una serie de argumentos que provienen de dos frentes diferentes. Por un aparte se afirma que el REO viene a resolver una serie de problemas conceptuales de la tradición en la que se inscribe: su hermano mayor, el REE, no ha podido contestar satisfactoriamente la ON, su padre, el RCT, no ha logrado dar con una salida elegante al problema del cambio teórico. Pero, desde un frente muy diferente, el de la ciencia moderna, surgen nuevos argumentos a favor del REO: los resultados alcanzados en algunos campos de la física no pueden ser adecuadamente recogidos desde la metafísica tradicional a la que están indisolublemente ligadas sus posiciones antecesoras. La nueva propuesta soluciona nuevos y viejos problemas.

Comencemos por la filosofía. Los defensores del REO (aunque no solamente ellos) sostienen que el REE no es capaz de brindar una solución satisfactoria a la ON de modo tal que le permita salvar sus tesis principales, al mismo tiempo que evite que los únicos enunciados que califiquen como conocimiento científico sustantivo sobre el mundo inobservable sean sólo acerca de su cardinalidad. Pero en razón de su abandono de la concepción sintáctica de las teorías, presupuesto en la argumentación de Newman, el REO es ya inmune a la ON. Esa aseveración está expresada sin más en Ladyman y Ross (2007:128). Melia y Saatsi (2006) brindan un panorama más amplio de cómo el abandono de la concepción extensional de las relaciones implica la imposibilidad la ON en el marco de la concepción semántica, y por tanto del REO. Votsis (2004) plantea ciertas reservas respecto de que la concepción semántica pueda desembarazarse tan fácilmente del problema, aunque en cualquier caso nos debe un relato aunque sea aproximado acerca de cómo la objeción podría plantearse en ese marco.

Pero la ON tiene además otras implicaciones fatales para el REE. El flanco débil del RCT ha sido la discontinuidad ontológica en el reino de lo inobservable. Ha sido ello lo que muchas veces le ha quitado fuerza intuitiva a la idea de que el éxito predictivo de las teorías no podría ser simplemente un milagro. El REE pretendió reducir el impacto del problema del cambio teórico imponiendo una restricción epistémica, la continuidad estructural sería entonces la garantía del éxito productivo, mientras que la discontinuidad ontológica un síntoma de nuestro desconocimiento de la naturaleza metafísica del mundo inobservable. Pero lo que el problema de Newman muestra es que estableciendo una caracterización precisa respecto de lo que cabe llamarse conocimiento estructural, este constituye, si nos mantenemos fieles a la restricción epistémica, sólo afirmaciones sobre cardinalidad y propiedades lógico matemáticas determinables a priori, y si en eso consiste nuestro conocimiento del mundo inobservable, entonces el éxito predictivo de la ciencia bien podría tratarse de un milagro después de todo. El REO en cambio, restituye el componente ontológico y se convierte en una posición que evita los problemas del RCT sin colapsar en el empirismo Constructivo, es decir, una posición estructuralista que merece el calificativo de realismo. El compromiso básico que el RE debe sostener es que

existen relaciones modales entre los fenómenos (tanto posibles como actuales) pero esas relaciones no son supervenientes a propiedades de objetos inobservables, y de relaciones entre ellas. En cambio, esta estructura es ontológicamente básica. Esto es suficiente para hacer al realismo estructural diferente del realismo estándar, pero también del empirismo constructivo (Ladyman y Ross, 2007:128)

El REO está soportado además por otra rama de argumentos que provienen de la física moderna. El más conocido de ellos (también el primero en ser discutido en el marco del REO) es oriundo de la mecánica cuántica, más precisamente de una subdeterminación metafísica a nivel de las partículas elementales. Pero demos unos pasos atrás para comprender más claramente ese punto. De acuerdo con la metafísica clásica (entre la que podríamos encontrar lo que tal vez venga bien llamar metafísica folk, o del sentido común) objetos como sillas, gatos, piedras o células son tratados como individuos. Lo que esto significa, según la concepción tradicional, es que ellos pueden ser identificados por medio de sus propiedades. Esta idea queda expresada en el Principio de Identidad de los Indiscernibles (PII), que afirma que si dos individuos comparten todas y cada una de sus propiedades, son en realidad el mismo individuo. El candidato por antonomasia para estas propiedades a las que el Principio refiere es el conjunto de las propiedades monádicas, relacionales y las propiedades espaciotemporales; ello es lo que permite decir, aun en mecánica clásica, que cada partícula es un individuo diferente. Pero en MC la cuestión se complejiza de modo tal que muchos han sostenido que las partículas cuánticas no deberían ser tratadas como individuos. Entremos en las razones que han fundamentado tal asunción. Supónganse dos partículas cuánticas, llamémoslas 1 y 2, que deben ser distribuidas en dos cajas, A y B, que representan posibles estados cuánticos. Clásicamente hay cuatro distribuciones posibles para el sistema:

 

1º Distribución: 1 y 2 en A

2º Distribución: 1 y 2 en B

3º Distribución: 1 en A y 2 en B

4º Distribución: 2 en A y 1 en B

 

Si no se prioriza la posibilidad de uno por sobre los otros, la probabilidad de la ocurrencia de una de estas distribuciones sería de 1/4. En MC, en cambio, la situación es bastante diferente, ya que ésta reconoce tres distribuciones posibles para el sistema:

 

1º Distribución: 1 y 2 en A

2º Distribución: 1 y 2 en B

3º Distribución: 1 o 2 en A y la restante en B

 

Para la Estadística Cuántica las distribuciones 3º y 4º del caso clásico son en realidad una sola distribución posible, puesto que la permutación de las partículas no da lugar a una nueva distribución. Este resultado yace en lo más profundo de la MC. Expresado de modo más formal constituye el postulado de indistinguibilidad:

Si una permutación de partículas es aplicada a cualquier función de estado en un sistema de partículas, no existe entonces manera de distinguir la función de estado permutada resultante de la original no permutada por medio de ninguna observación en ningún momento.

Es así entonces que en la estadística cuántica la permutación de partículas indistinguibles en algún estado es tratada como un único estado. Las partículas clásicas, en cambio, aun cuando resultaban indistinguibles por apelación a sus propiedades monádicas, respetaban lo que se conoce como el principio de impenetrabilidad: dos partículas no podían ocupar el mismo espacio-tiempo. Así que aun siendo indistinguibles en cuanto a sus propiedades monádicas, la individualidad era salvada por apelación a sus propiedades espaciotemporales, es decir, cada partícula tenía una trayectoria espacio temporal diferente a la de todas las demás. Pero esto último ya no ocurre en MC, por lo que la apelación a propiedades monádicas, relacionales e incluso espaciotemporales no resulta suficiente para garantizar la individualidad. Este resultado nos pone de cara al siguiente dilema: o bien asumimos que estas partículas son no-individuos en el sentido de PII, o bien salvamos su individualidad recurriendo a algo diferente de sus propiedades, una suerte de ecceidad o individualidad trascendental. En esta situación French (1989; 1998) sostiene que la MC da lugar a una subdeterminación metafísica que permite considerar a las partículas como individuos o como no-individuos. Ladyman (1998) sugiere que la raíz de esta subdeterminación metafísica se encuentra en la metafísica tradicional que tiene como ontológicamente prioritarios a los relata respecto de las relaciones. Reemplazada ésta por una ontología de estructuras la mencionada subdeterminación metafísica simplemente no tiene lugar.

Varias líneas han atacado este argumento. Según una de ellas la subdeterminación metafísica presente en la MC es tan inocua y del mismo orden que aquella que encontramos en los objetos macroscópicos, y que permite considerarlos tanto en términos de sustancias, como de “cúmulos” de propiedades. Pero esa analogía, en mi opinión, no es satisfactoria. A diferencia del caso de los objetos cotidianos (sillas, tazas de café, etc.), el contenido de nuestra creencia en entidades inobservables se agota en la descripción teórica que hacemos de ellas, y si esa misma descripción y las categorías que emplea ponen en jaque su naturaleza metafísica, entonces nuestra creencia estuvo viciada desde un principio. Entiendo que un realismo que se pretenda genuino y coherente con la física, debe dar cuenta de esta situación de modo que sus categorías elementales de objeto e individuo se acomoden a ella, o comenzar a preguntarse en qué sentido merece llamarse realismo.

Otra estrategia consiste en afirmar que la mencionada subdeterminación examinada desde la óptica adecuada no tendría en realidad lugar. Y esa óptica es la de la Teoría Cuántica de Campos (TCC). Chakravartty (2003) intenta mostrar que el problema de las partículas indiscernibles no representa un callejón sin salida para el RCT. Brevemente, su argumento es el siguiente: el realismo acerca de objetos físicos tropieza con el hecho de no poder escoger entre una metafísica de partículas-como-individuos y otra de partículas-como-no-individuos. La primera metafísica pide una forma de ecceidad, de “estidad” primitiva, que permita distinguir las partículas; pero la segunda puede concebirse como compatible con, y preferible para, un realismo de corte tradicional. Allí las partículas son interpretadas como excitaciones en un campo cuántico. Pero, nos dice Chakravartty, las excitaciones son eventos, y los eventos son particulares, que son, a su vez, unidades en el espacio tiempo, o en otras palabras, individuos.

Creo que puede señalarse en primer lugar que la postulación de esas sucesivas equivalencias (individuo o particular equivalente a excitación; excitación a evento; evento a particular) es por lo menos, dudosa. En segundo lugar, lo que se encuentra en cuestión es la posición del RCT respecto de los objetos físicos, cuyo compromiso es bastante más profundo que el de un realismo acerca de eventos entendidos como particulares. En tercer lugar, y por último, creo que al homologar la caracterización metafísica de ciertas partículas postuladas por la MC con la interpretación ofrecida por la TCC se está recurriendo a una simplificación excesiva. Pero aun cuando mi intuición fuera errada (demos por sentado que lo es), dos cuestiones deben considerarse: si lo que Chakravartty está tratando de mostrar es que es posible hacer concordar al RCT con cierta interpretación de la TCC, está pasando por alto el hecho de que la subdeterminación metafísica ya descripta aparece también en el corazón de esta teoría, esta vez entre la interpretación de los campos como sustancias cuyas propiedades están instanciadas en puntos (o regiones) espaciotemporales, y la interpretación de los campos como simplemente propiedades de esos puntos (o regiones). Si, en cambio, lo que se sugiere es que podemos extraer de la TCC un concepto de “excitación” que funcione del mismo modo que lo hace el de “objeto” en la física clásica, entonces Chakravartty nos debe un relato mucho más preciso que muestre cómo es posible tal cosa.

Más allá de lo anterior, creo que lo que motiva más fuertemente su objeción es su idea de que el realismo científico, bien entendido, es ante todo un realismo acerca de propiedades. Es un hecho empíricamente comprobable que ciertas propiedades tienden caprichosamente a reunirse, a ser siempre detectadas juntas, y ante ello Chakravartty se pregunta: ¿coincidencia u objeto? Sin embargo ese dilema no encaja siquiera en su propio planteo. Si lo que se afirma es que existen ciertas propiedades observables (en el sentido de la física) entre las cuales se dan relaciones modales objetivas, eso es algo a lo que el REO puede acomodarse sin problemas. Si, por el contrario se intenta sostener que esas relaciones no pueden estar sostenidas sino por unos relata que soporten sobre sus hombros todo el peso ontológico, la pregunta que cierra el paso al realista tradicional vuelve a surgir aquí: ¿qué son (cómo deben entenderse metafísicamente) esos relata?

Una última crítica que merece ser consignada es debida a Morgantti (2008; 2009c) quien argumenta que la noción clásica de individualidad debe ser revisada, pero no para abandonarla o para aceptar la existencia de entidades que sean no-individuos. Su propuesta consiste en cambio en revisar el criterio de aplicación del concepto. Para Morgantti el PII no es un criterio adecuado de individualidad, ya que no hace justicia ni a un punto de vista empirista ni a la práctica concreta de la ciencia; en su opinión la noción de individuo debe ser tomada como un primitivo no interpretado, y es por eso que en ese marco la pretendida subdeterminación metafísica desaparece en tanto la no-individualidad no sería siquiera una opción. Las razones de Morantti para esta nueva teoría de la identidad se vinculan con su mirada particular acerca de la tradición empirista, la práctica científica real y el viejo principio de Leibniz; examinarlas cuidadosamente requiere de más de lo que me he propuesto hacer aquí, baste entonces por mi parte decir que si esta objeción no constituye abiertamente una petición de principio contra el REO, representa al menos una estrategia filosófica poco satisfactoria. La subdeterminación metafísica que se describe ha sido una tesis resultante del extenso y arduo desarrollo de una de nuestras teorías científicas más exitosas, y los esfuerzos por comprender la naturaleza metafísica de las partículas elementales que han derivado en consideraciones acerca de la no-individualidad (sean éstas estructuralistas o no) han conformado una compleja red de argumentos filosóficos que no parece ser fácilmente disuelta por la postulación de la individualidad como un primitivo incuestionable.

Versiones del REO

Realismo Estructural Óntico Platonista

La primera variante del REO que merece ser considerada es en realidad altamente infrecuente en la literatura especializada, de hecho salvo por notables excepciones resulta una tarea difícil rastrear defensores de esta posición que, en virtud de su compromiso ontológico llamaré REO Platonista (REOP). Su interés no reside por tanto en su grado de aceptabilidad, sino más bien en el hecho de que sus tesis fundamentales se confunden usualmente con las de otras variantes del REO que sí son más habituales. La tesis central del REOP es que lo único que existe o subsiste, sea de un modo absoluto o derivado son estructuras, el mundo es de hecho para esta perspectiva una gran estructura, que no es especificada bajo ningún aspecto intensional y que se limita a relaciones puramente matemáticas. Es decir, el mundo es una mera estructura abstracta en la cual sus elementos no son más que unidades distinguibles. Para Tegmark (2006) nuestro mundo es una estructura matemática en el multiuniverso de todas las estructuras posibles, esto (entre otras pretendidas ventajas) hecha por tierra la posibilidad de una creatio ex nihilo, puesto que las estructuras matemáticas son eternas e indestructibles. Las propuestas concretas en esta línea, como creo resulta evidente, no son sólo difíciles de encontrar sino también de digerir. En principio, esta posición pareciera eliminar cualquier referencia a elementos físicos, y a cualquier otro que no corresponda a una estructura abstracta, con lo cual un planteo de este orden parece tener poco sentido en el contexto de una disciplina filosófica que se propone, al menos en principio, brindar una comprensión de las ciencias empíricas y no meramente formales. Tal vez una versión más refinada podría aducir que los rasgos físicos del mundo supervienen a la estructura matemática en un sentido semejante al que se invoca cuando se describe a los fenómenos mentales como supervenientes a procesos cerebrales. En cualquier caso esta relación debería ser clarificada, y resta además el problema de que un mismo sistema físico puede instanciar trivialmente varias estructuras abstractas. Dada su escasa plausibilidad nada más se agregará sobre esta posición.

Realismo Estructural Óntico Eliminativista

El REO Eliminativista (REOE) es la posición suscripta por Ladyman y French (Ladyman 1998; Ladyman y French 2003a, 2003b) y debe su nombre a Psillos (2001b). Su tesis principal es que las estructuras son ontológicamente más fundamentales que los individuos y por tanto estos últimos pueden ser eliminados de la ontología básica. Pero el hecho de que este movimiento los relegue a un papel metafísicamente secundario no implica negarles todo grado de realidad. Tal vez una analogía pueda resultar iluminadora respecto de este punto, y ésta se vincula con la polémica clásica respecto de los universales y los particulares. Una vez que el peso de la prioridad ontológica cae sobre alguno de los polos hay diversas maneras de dar cuenta de su relación con el otro. Si se aboga por ejemplo por un nominalismo, instaurando a los particulares como el componente ontológicamente básico de la realidad, hay sin embargo todavía más de una forma de caracterizar a los universales, sea negándoles cualquier clase de realidad, sea postulándolos como entidades subsistentes pero ontológicamente dependientes de sus instancias, sea como agregados de particulares o como meras expresiones que sirven para referirse abreviadamente a ellos. En el caso del REOE, la actitud más común que se ha adoptado ha implicado negar la existencia de los objetos.[1] Los objetos son sólo los puntos de intersección de ciertas relaciones modales objetivas que no están soportadas por relata alguno, simples ficciones para referir a esos nodos estructurales.

En una versión más moderada, French y Krause (1995; 2006) han afirmado que las partículas cuánticas son objetos pero no-individuos, aunque dejan abierta la cuestión de si eso se mantiene o no fuera del campo de la MC.

Otras variantes del REO resultan más familiares a los presupuestos metafísicos tradicionales. Edsfeld (2004) defiende una posición que denomina REO moderado. Para él los objetos son algo así como sustancias lockeanas: una suerte de sustrato no cualificado de ningún modo, en el cual las estructuras se instancian, dicho de otro modo, los objetos son individuos pero no tienen ninguna propiedad intrínseca. Esta posición tiene sin embargo un arduo trabajo por delante para determinar aquello que constituya la identidad e individualidad de los objetos, ya que ninguna propiedad intrínseca puede ser invocada (ni siquiera las espaciotemporales); parece que la única salida para dar identidad a este sustrato ‘neutro’ que constituyen los objetos es postular ‘ecceidades’ o individualidades trascendentales, pero si ese es el caso dista mucho de ser claro en qué sentido esta posición merece todavía el nombre de REO.

Objeciones al REO

Viabilidad conceptual

Una de las objeciones más frecuentes, simples y al mismo tiempo más fuertes contra el REO (tanto en su variante Platonista como Eliminativista) ha sido que el movimiento que pide subvertir el orden de prioridad ontológica entre los relata y las relaciones tal como es postulado por la metafísica tradicional es conceptualmente inapropiado. Esta objeción ha sido sostenida por Psillos (2001), Morganti (2004) y Chakravartty (1998), quien resume la cuestión del siguiente modo: “No es posible suscribir de manera inteligible la realidad de las relaciones si no se está comprometido también con el hecho de que algunas cosas están relacionadas” (1998:399). La objeción afirma que la propuesta conceptual del REO es inapropiada, si no llanamente ininteligible en tanto los relata gozarían de una suerte de prioridad conceptual respecto de las relaciones. El motivo más natural para sostener esta impugnación radica en que el enroque de la prioridad ontológica por el que el REO aboga se opone a intuiciones sumamente arraigadas de la metafísica folk, donde las relaciones, si no se agotan en un conjunto de objetos (consideradas desde un enfoque extensional), son en el mejor de los casos dependientes de los particulares que las instancian.    

No podría insistir lo suficiente en cuán ardua (a pesar de su simpleza) resulta esta objeción para la posición filosófica que aquí se expone. Con todo, creo que hay un importante número de consideraciones que muestran holgadamente que no se trata de un obstáculo infranqueable. En primer lugar, el cuestionamiento de los principios metafísicos del REO se sustenta en los supuestos de cierta concepción tradicional de las relaciones, pero, ¿en cuál? Precisamente en aquella que la nueva posición pretende reformar. El mismo Chakravartty reconoce que argumentar de ese modo contra el REO resulta una petición de principio (2003:871). Es por ello que, señala, es preciso concentrarse en los argumentos ‘positivos’ para el REO a fin de determinar si la reforma ontológica que propone amerita o no ser realizada[2].  

En segundo lugar, aun cuando no se tratase de una petición de principio la conveniencia con la intuición ordinaria o el sentido común no debería ser una restricción filosófica como no es una restricción científica: baste como ejemplo de esto último el caso de la permutación de partículas en MC. Mucho menos, de hecho, debería ser una restricción para una disciplina filosófica que pretende dar cuenta de los resultados de la ciencia, una rama del conocimiento humano cuya constante histórica ha sido poner en jaque al sentido común y sacudir muchas de las intuiciones más básicas y arraigadas en nuestras imágenes del universo.

En tercer lugar, la propuesta del REO, al menos en sus versiones más extendidas, no implica que debemos negarle toda realidad a los objetos, mucho menos abandonar nuestro lenguaje ordinario, sino simplemente que hemos de desplazarlos de su rol central en nuestra ontología básica. Es por ello que para Ladyman y Ross (2007) la objeción de inviabilidad conceptual no tiene fuerza contra el REO, ya que

la afirmación de que los relata están construidos como abstracciones a partir de relaciones, no implica que no haya relata; más bien implica lo opuesto. Un aspecto central de la afirmación de que las relaciones son lógicamente prioritarias respecto de los relata, es que los relata de una relación dada siempre terminan siendo estructuras relacionales en sí mismas cuando se las somete a un mayor análisis. (2007:198)

Subrayan también que la concepción estructuralista ha desarrollado herramientas semánticas y formales para dar cuenta de la prioridad de las relaciones, pero que toda defensa de estas ideas sigue sin lugar a duda en gran medida atada al vocabulario tradicional. El desarrollo de nuevas herramientas semánticas, conceptuales y formales constituye un desafío vigente, aunque abordable para el REO.

En cuarto y último lugar, y sin perjuicio de las anteriores, se encuentra la que considero es la razón de más peso contra la objeción de inviabilidad conceptual. El lema insignia del REO acerca de que las estructuras son lo único que hay, y su consigna de subvertir la jerarquía ontológica entre las relaciones y los relata, pueden después de todo representar un cambio mucho menos dramático de lo que aparentan, así como su mentada ruptura con la metafísica tradicional no ser más que la reformulación de posiciones ya conocidas. Todo depende, en buena medida, de lo que con ‘metafísica tradicional’ se quiera significar. Sin dudas ésta será una metafísica de objetos con propiedades, porque esa es nuestra manera más corriente de conceptualizar el mundo exterior. Pero fuera de consideraciones folk o del sentido común, todavía podemos indagar acerca de cómo han de ser estos objetos concebidos. Los candidatos por antonomasia para responder esta cuestión son dos relatos metafísicos rivales: objetos como sustancias (o ‘meros particulares’) y propiedades que inhieren en ellos vs. objetos como cúmulos de propiedades. Con todo, y aun bajo la segunda de estas posibilidades, la noción de objeto y/o individuo resulta primordial. Una manera de asegurar esto implica la aceptación de que algunas de esas propiedades son categóricas o intrínsecas, otros pretenden hacerlo incluso adscribiendo a muchas o todas las propiedades un carácter relacional, recurriendo a clasificaciones alternativas[3]. Pero todavía dentro de los límites de este relato se abre la pregunta acerca de cómo concebir esas propiedades. Una respuesta de creciente popularidad señala que debemos entenderlas ontológicamente como cúmulos de poderes o disposiciones[4]. Así, lo que una propiedad es se agota en lo que esa propiedad hace o puede hacer, en su perfil causal. El lector adivinará fácilmente la pregunta que esta posibilidad abre: ¿cómo debemos concebir metafísicamente esos poderes o disposiciones? Una distinción que los disposicionalistas acuerdan casi unánimemente diferencia de modo taxativo una disposición de su manifestación efectiva: un cristal es frágil aun cuando permanezca eternamente intacto, hacerse añicos manifestaría esa disposición, pero ésta era real antes de su efectivización en el mundo. El modo más frecuente de dar cuenta de cómo la posibilidad de una manifestación (i.e. un poder o disposición) puede ser ontológicamente real aun antes e independientemente de que dicha manifestación tenga lugar, recurre a la teoría de los universales[5]. La manifestación de una disposición o poder no es otra cosa que la instanciación efectiva de un universal. Pero, ¿qué es entonces la disposición, considerada en sí misma e independientemente de su (eventual) manifestación? Tan sólo el “lugar” en que esa instanciación puede ocurrir, una suerte de casillero vacío pero metafísicamente real que la manifestación puede llenar. Si las propiedades son cúmulos de disposiciones, son entonces tan sólo los patrones reales de sus manifestaciones, tanto actuales como posibles, una mera estructura metafísicamente anterior a (i.e. que tiene prioridad ontológica sobre) las manifestaciones que posibilita, y por lo tanto, a las propiedades y objetos que se constituyen a partir de ellas.

El análisis de las metafísicas disposicionalistas que se ha emprendido aquí ha omitido flagrantemente muchas de las dificultades inherentes a su formulación y varios de sus pormenores conceptuales. También el hecho que el plural en ‘metafísicas’ refleja, a saber, que varias han sido las propuestas en este terreno. Con todo, considero que es suficiente para mostrar que ciertas líneas de profundización de supuestos de lo que sin dudas constituye una rama de la ‘metafísica tradicional’ –la teoría del cúmulo de propiedades-, conducen a una pintura ontológica muy semejante (si no idéntica) a la que propone el REO. Es por ello que la ruptura radical entre las concepciones clásicas y la metafísica del REO pueda después de todo no ser más que aparente.

Viabilidad metodológica

Fuertemente ligada a la objeción anterior está la que afirma que aun cuando se dé por sentado que la subdeterminación metafísica que surge de la MC en efecto resulta una motivación para el REO y que esta posición es inteligible, previo a aceptar el marco conceptual que ella propone pueden alzarse dudas respecto de la conveniencia metodológica de reemplazar el marco de la metafísica tradicional. Chakravartty (2003) afirma que el reemplazo de una ontología de objetos por una que postule las estructuras como sus componentes primordiales es injustificado, dado que no satisface al menos tres principios metodológicos básicos: a) necesidad: existen razones que exigen adoptar como marco una nueva ontología rechazando la anterior; b) rol explicativo: el marco de la nueva ontología debe tener al menos las mismas funciones explicativas que su antecesor; y c) primitivos: el nuevo marco debe ser menos oscuro, i.e. incorporar menos nociones primitivas. En cuanto al principio de necesidad, el primero de los sugeridos por Chakravartty, resulta en primer lugar no muy claro cuál es exactamente su alcance. Los argumentos de French y Ladyman para sostener una versión óntica del RE apuntan a hacer patente la necesidad de una revisión de la ontología básica, a partir de la subdeterminación metafísica ya descripta. Para desmentir esto, se recurre a una serie de principios metodológicos que deberían verse satisfechos. Ahora bien, si la discusión acerca del primero de ellos es una discusión sobre si resulta en general necesario un cambio en la ontología, el rodeo metodológico nos ha devuelto al punto de partida. Y si en cambio, su discusión implica considerar un tipo especial de necesidad, no queda claro, al menos para mí, qué debe entenderse por necesidad metodológica. Chakravartty nos da una pista de lo que eso puede ser apelando a lo que bien podríamos llamar el argumento de la continuidad, o de la coherencia. Según éste, si las partículas microscópicas fundamentales están subdeterminadas por la física y eso amerita un cambio en la ontología, entonces también los objetos macroscópicos en los que nos sentamos y bebemos café lo están, y deberíamos también respecto de ellos abandonar la categoría ontológica de objeto. Sin embargo, este argumento está motivado por un malentendido entre el modo en que caracterizamos metafísicamente una entidad y el modo en que hablamos acerca de ella. Un cristiano y yo diferimos notablemente en nuestro modo de concebir metafísicamente una hostia consagrada empapada de vino dulce, y sin embargo podemos hablar acerca de ella en los mismos términos sin dejar de entendernos. Esta última no pretende ser una analogía completa y quizás ni siquiera satisfactoria, sino simplemente ilustrar intuitivamente el hecho de que el modo en que nuestras convicciones metafísicas caractericen a los constituyentes de los objetos de nuestra experiencia cotidiana no implica que tengamos que cambiar la manera en que nos referimos a ellos. Pero también, y por otra parte, el malentendido al que aludí hace a un lado algo casi obvio: tanto las teorías físicas, como las estrategias filosóficas para dar cuenta de ellas, no tienen por qué corresponderse con los conceptos típicos de lo que usualmente llamamos “sentido común”.

Sin embargo (en parte más allá de lo dicho, aunque tal vez precisamente por ello) el mismo Chakravartty admite que “si el argumento a favor del REO demuestra que el principio de necesidad se satisface [o no], es materia de controversia” (2003:870), por lo que no me detendré más sobre este punto.

Respecto del segundo principio considerado, el de rol explicativo, Chakravartty apela, aunque para descartarla, a la que es tal vez la objeción más natural a un planteo que sostiene la existencia de relaciones concretas, pero que niega que haya algún sustrato para esas relaciones: la de la inviabilidad conceptual, o como él elige llamarla, “dependencia conceptual”. Nuestro concepto mismo de estructura requiere que postulemos la existencia de objetos que entren en ciertas relaciones, y por tanto, ellos juegan un papel explicativamente constitutivo e irremplazable. Sin embargo, considera que esto no es definitivo. Por el contrario, si lo que una posición realista respecto de las estructuras pide es que revisemos nuestro concepto de ellas de modo que aparezcan como primitivas, semeja mucho a una petición de principio objetarla argumentando la violación de una dependencia conceptual: las nociones de estructura y objeto no serían revisables, simplemente por no estar dispuestos a hacer tal revisión. No se trataría aquí de hacer un enroque entre viejos conceptos, sino de reformarlos de un modo novedoso.

Pero hay, sin embargo, otra forma de dependencia que pone en cuestión la adopción del nuevo marco sin cometer petición de principio. Los objetos son explicativamente centrales a la hora de construir un relato que dé cuenta del cambio, existe una “dependencia causal” que nos obliga a apelar a objetos y a la naturaleza (no estructural) de sus propiedades si queremos explicar adecuadamente la modalidad y no conformarnos con una mera sucesión fenoménica.

Pero a pesar de ello hay una alternativa disponible para el defensor del REO, y ella marca precisamente una diferencia de quien suscribe el empirismo constructivo: su creencia en relaciones modales objetivas entre los fenómenos. Y más precisamente el hecho de que a la hora de justificarla puede valerse de una caracterización estructuralista de la causalidad. Dicha tesis, conocida como “estructuralismo causal” —y analizada detalladamente en Hawthorne (2001)— consiste, sumariamente, en eliminar todo recurso a una naturaleza de las propiedades que trascienda su perfil causal. No es el objetivo de este trabajo mostrar cómo debe elaborarse dicha posición para hacerla del todo compatible con el REO, pero —según entiendo— basta decir que es posible dar cuenta de relaciones modales en los modelos de datos (fenoménicos) de nuestras teorías, sin recurrir a naturalezas trascendentes de esas propiedades que excedan lo que esos modelos pueden recoger, es decir, que excedan su mera descripción estructural. Y si en esa descripción de los fenómenos físicos también se agota lo que ‘propiedades’ quiere significar, quien pretenda postular objetos o sustancias que carguen con esas propiedades tiene que enfrentar los problemas que conlleva la subdeterminación metafísica a la que ya me he referido.

El último de los principios que debería ser satisfecho por el REO, el de simplicidad de los primitivos, exige, estrictamente hablando, que el marco correspondiente a la nueva ontología sea más simple que su antecesor, valiéndose de menos nociones primitivas. El RCT en sus distintas versiones (nominalista o universalista, y las posibilidades que de allí se derivan) nos dota de una batería de conceptos fundamentales a partir de los cuales tratar con la realidad. ¿Nos provee el nuevo marco de un conjunto de conceptos menos oscuro? En principio el simple hecho de que el nuevo marco nos brinda la chance de dar cuenta de aspectos de la física a los que no parecen adaptarse algunas nociones del RCT, podría hacer que nos inclinásemos a dar una respuesta positiva. Sin embargo, Chakravartty sugiere que las nuevas nociones arrastran los mismos inconvenientes que las anteriores; uno bien podría preguntarse si las relaciones son universales o deben entenderse desde una perspectiva nominalista; o cómo, si se observan dos instancias similares de una estructura en distintos momentos, o en laboratorios diferentes pero al unísono, deben ser analizadas respecto de su individualidad. El defensor del REO podría argüir que las dudas originadas a partir de este principio son el producto de tratar las estructuras como si fuesen objetos y que las ellas, a diferencia de estos los objetos, no tienen por qué lidiar con cuestionamientos acerca de, por ejemplo, su individualidad. Pero aunque hay buena parte de verdad en ello, podría tomarse como un intento poco elegante de evadir el problema con más astucia que rigor argumentativo. En realidad, lo que reaparece aquí es el problema de la dependencia conceptual. La repuesta a la objeción planteada por este tercer principio metodológico es, en esencia, adecuada: el fin de la reificación del concepto de estructura es precisamente evitar ambigüedades respecto de la individualidad al nivel de las nociones fundamentales con las que comprendemos los fenómenos. Lo que se observa en dos laboratorios o en uno, no es una estructura abstracta, sino un conjunto de fenómenos, propiedades observables que podemos juzgar más o menos similares y que sólo entonces piden una caracterización metafísica: ¿debemos considerarlas como un objeto individual, como un no-individuo, o como un aspecto de una red de relaciones objetivas? Lo que sigue resonando y haciendo incómoda la argumentación, es que no podemos dejar de concebir las estructuras sino sirviéndonos del concepto de objeto. El problema de la viabilidad conceptual —conlleve o no una petición de principio por parte de quien lo plantee— es uno de los mayores obstáculos para una posición como la que trato de describir aquí, y es, de hecho, lo que se encuentra detrás de varias de las objeciones clásicas al RE epistémico u óntico: “estructura” parece ser siempre un concepto relativo a un cierto dominio de objetos y al tipo de relaciones que se den entre ellos y se tomen como relevantes; hablar de “la estructura”, sea como el objeto obligado al que se restringe nuestro conocimiento objetivo, sea como lo único que hay, y por ende, donde se resuelve toda objetividad, es siempre pronunciar un discurso vacío. Este es seguramente el problema conceptualmente más desafiante para el REO, pero no un punto metodológicamente insatisfactorio a la hora de evaluar si se acepta o se rechaza el nuevo marco ontológico por cargarnos con un número mayor (o menor) de nociones primitivas; y si consideramos estrictamente la exigencia del principio de simplicidad de los primitivos, no resulta de ningún modo claro que dicho principio no se vea satisfecho.

Causalidad

Una cuestión que se ha tratado lateralmente en la discusión de los principios metodológicos ofrecidos por Chakravartty ha sido que el REO es incapaz de dar cuenta de relaciones causales, o más en general, del cambio, ya que eliminando los objetos y su correspondiente perfil causal no es posible explicar cómo las estructuras motorizan al mundo físico. La misma objeción fue sostenida por Buch (2003) y Psillos (2006). French (2006) responde a esta cuestión invocando la idea desarrollada previamente por French y Ladyman en Remodelling structural realism: Quantum physics and the metaphysics of structure respecto de que existe una estructura modal, es decir, relaciones entre los fenómenos que pertenecen a la necesidad, probabilidad, potencialidad, posibilidad. En un sentido análogo, Ladyman y Ross (2007) defienden la idea de que la ciencia identifica patrones reales que puedan corresponderse con una estructura modal (nómica) del mundo; esa defensa es, según ellos, lo que diferencia al realista estructural óntico del empirista constructivo.

Pero sin embargo, redoblan la apuesta y afirman (en una jugada inspirada en la afirmación de Russell (1913 [1917]) que caracterizó la ‘ley de causalidad’ como una dañina ‘reliquia de una era pasada’, pidiendo su ‘completa exclusión’ del vocabulario filosófico) que si bien la causación, al igual que la cohesión, es un patrón representacional real útil para la compresión de la ciencia, podría eliminarse sin pérdidas sustantivas.

El problema más notorio es que las estructuras qua entidades abstractas no parecen poder gozar de efectividad causal. Esfeld (2009) responde a ese desafío de una manera ingeniosa, desarrollando una metafísica de universales estructurales que transmiten poderes causales a sus instancias físicas. Ello, según él, “captura la esencia de las estructuras causales” (2009:188)

De cualquier modo, la idea de que las estructuras abstractas son causalmente inertes es completamente acertada. El problema, entiendo, consiste en que la noción de estructura abstracta está ligada justamente a la metafísica tradicional de la que el REO pretende escapar. Una estructura abstracta es, precisamente, una abstracción a partir de objetos metafísicamente primordiales; pero lo que esta posición defiende es exactamente lo opuesto. Existen regularidades observables que son la expresión de relaciones modales objetivas; es decir, bajo esas apariencias regulares se postula una estructura modal responsable de ellas. La apuesta del REO es considerar que esas relaciones no resultan ontológicamente dependientes de unas entidades inobservables, sino que se trata de patrones reales metafísicamente primarios, redes de relaciones cuyos nodos son los objetos inobservables que la ciencia postula, con sus poderes y disposiciones, pero todo ello sustentado sobre la base más primaria de la estructura real sobre la que aparecen.

El problema de causalidad no deja, sin embargo, de ser una cuenta pendiente para el REO. Las herramientas conceptuales que pretenden contestar la objeción y dar cuenta de cómo una metafísica de estructuras puede albergar un relato coherente sobre el cambio y las relaciones causales (universales estructurales, estructuras modales, etc.), requieren todavía de un arduo trabajo para ser consideradas soluciones confiables. En cualquier caso el panorama resulta en mi opinión más bien promisorio que disuasivo respecto de la adopción del REO. Por otra parte, las razones metodológicas esgrimidas en su contra se mostraron insuficientes, y allí en donde pueda sobrevivir la idea de que el REO es metodológicamente inadecuado, lo que en el fondo opera revitalizando las sospechas es la objeción de viabilidad conceptual. Ella es, sin dudas, un desafío latente para una posición como ésta, pero, como ya he sugerido, no constituye una razón concluyente para su rechazo.


  1. Esto puede o no llevar a resignar también la existencia de los individuos, la cuestión será abordada cuando se caractericen otras versiones del REO.
  2. De hecho, su interés primordial se centra en las consideraciones metodológicas que motivan el cambio de ontología, para concluir luego que dicho cambio es injustificado. Emprenderé el tratamiento de esta objeción en el siguiente apartado.
  3. Véase por ejemplo Chakravartty (2007).
  4. Para tratamientos detallados de esta posibilidad puede consultarse Mumford (1998), Molnar (2003), Mumford, S. and Anjum, R. (2011).
  5. Véase por ejemplo Mumford (2004:194)


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