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Conclusión

Los objetivos de este trabajo han tenido un aspecto modesto y uno sumamente ambicioso: por una parte, procuré bosquejar un mapa general de las posiciones que se enrolan dentro del RE, mostrando el lugar que éste ocupa en el contexto de la cuestión más amplia y antigua del Realismo Científico. La palabra bosquejo no es arbitraria. La variedad de inflexiones que estas cuestiones han tenido hacen que ese mapa no pueda ser sino ensayado y que sus límites, torpes o borrosos, se pierdan en polémicas que son apenas incipientes o que están aún por venir. Esas limitaciones estuvieron claras desde el principio y este trabajo quiso ser poco más que un listado elaborado de interesantes cuestiones para resolver. Pero por otra parte, brindar un relato tan general, aportando una mirada crítica, aunque sea en dosis mínimas, es una empresa que no puede sino resultar pretenciosa. Cada detalle que se elija omitir o profundizar, cada cuestión que se decida exponer de esta o aquella manera, cada observación o sugerencia, cada mínima línea de este mapa, termina por configurar un cuadro que considerado globalmente resulta en una mirada crítica sobre una de las posiciones más influyentes de la filosofía de la ciencia contemporánea. Y eso no es poca cosa. Como se ha ilustrado en el capítulo 2, el RE ha motivado profundos debates sobre los presupuestos filosóficos de la tradición en la que se inscribe, incorporando reflexiones metateóricas de suma importancia para brindar un marco conceptual capaz de acoger los resultados de la ciencia moderna. Sus desarrollos en ambos aspectos han sido notables. Ha logrado capturar las intuiciones básicas (incluso las más cotidianas) sobre una ciencia que si bien se equivoca muy frecuentemente parece sin embargo estar siempre en lo cierto. Esa fuerza intuitiva ha tomado la forma de una respuesta convincente a la tensión conceptual de los argumentos del no-milagro y la MIP. Eso le ha permitido consolidarse como una posición sólida adentro del marco del debate, que goza del privilegio de ser una posición relativamente joven, que corona sin embargo la herencia de una tradición que se remonta hasta los orígenes mismos de lo que llamamos hoy filosofía de las ciencias.

En este recorrido se ha procurado ilustrar lo más ampliamente posible, respecto de cada punto de la exposición, la variedad de opiniones encontradas. Eso ha incluido en algunos casos a las reflexiones propias. En cuanto a las evaluaciones globales, las características de esta exploración ponen al lector en primer plano. Llegado este punto debería tener disponibles buena parte de las herramientas necesarias para juzgar la pertinencia de las posiciones que han sido objeto de exposición, y si ese es el caso, el objetivo de este trabajo está cumplido.

Quisiera sin embargo brindar algunos comentarios finales que, creo, se desprenden del desarrollo histórico y conceptual del RE que aquí se ha intentado describir.

El REE ha cargado prácticamente desde su nacimiento con la cruz de la ON. La incorporación de Oraciones de Ramsey en la caracterización del REER alentó a muchos a creer que la ON era un problema tan sólo para propuestas estructuralistas como la de Russell, pero revisiones conceptuales y formales precisas de la cuestión han mostrado que ese no es el caso. Por su parte, los intentos de eludir dicha objeción, sea abandonando las Oraciones de Ramsey o modificándolas ad hoc, no han resultado satisfactorios. El resultado han sido posiciones que conceden demasiado al RCT (al menos lo suficiente como para que pueda ponerse en duda si se trata en realidad de alternativas estructuralistas) o que terminan por identificarse con el Empirismo Constructivo. En cualquier caso parece que no ha sido posible contestar a la ON manteniendo incólumes las intuiciones que han motivado al RE. Como se ha señalado en el capítulo 3, el realista estructural epistémico se encuentra ante el dilema de renunciar al realismo, o claudicar en sus compromisos estructuralitas.

Por su parte, el REO se muestra como un programa pujante que no sólo ha suscitado apasionantes polémicas en torno a problemas filosóficos de larga data como la modalidad, la noción de objeto, de individuo o las leyes científicas, sino que ha incorporado debates de vital importancia en la filosofía de la física, acercando así a filosofía general de la ciencia a las filosofías especiales. A su vez, tal como he concluido en el capítulo 4, las objeciones en su contra no han sido determinantes. El REO no resulta una posición metodológicamente inadecuada, en tanto se ha mostrado que no viola ninguno de los principios metodológicos propuestos por Chakravartty. Por otra parte, pese a la complejidad que representa para esa posición la cuestión de la causalidad, ésta es abordable a partir de herramientas conceptuales cuyo desarrollo está en curso, como también lo son la cuestión de la referencia o la misma caracterización formal de la noción de estructura ontológicamente primordial. La objeción de inviabilidad conceptual sigue siendo uno de los tópicos que más dificultan la defensa de una posición que requiere una revisión metafísica tan profunda, pero no es un problema insuperable. En cualquier caso, los desafíos a la intuición o a los conceptos metafísicos ordinarios no son más problemáticos en el marco del REO, que lo que lo son en la MC.

La variedad de las cuestiones vinculadas con el desarrollo del REO (entre ellas problemas aún irresueltos incluso para la física), la necesidad de elaborar nuevas herramientas para tratar con los nuevos conceptos y la dificultad propia de concebir conceptualmente las estructuras tal como el nuevo marco ontológico lo requiere, hacen que construir un alegato exhaustivo a su favor exceda por mucho los límites de este trabajo, e incluso los míos. Me permitiré entonces listar una serie de cuestiones abiertas que los defensores del REO deberían encarar —en mi opinión— en los próximos años. En primer lugar, la noción de estructura debe ser precisada lo suficiente como para dar cuenta de los postulados metafísicos estructuralistas y dar cuenta de la continuidad estructural a lo largo del cambio teórico. Segundo, queda pendiente brindar una caracterización de lo que en este marco constituye una estructura física, para eso es necesario revisar críticamente el debate acerca del fisicalismo en la perspectiva de la nueva ontología propuesta. Tercero, deben elaborarse las teorías estructuralistas de la modalidad, a fin de dar una respuesta aceptable al problema de la causalidad y el cambio. Para esto es vital reconsiderar la posición del REO en el marco del debate acerca del estatus metafísico de las leyes de la naturaleza. Cuarto, el REO debe mostrarse fuerte en otras ciencias además de la física. La economía y la biología parecen terrenos promisorios para el despliegue de esta propuesta, pero nuevas perspectivas deberían permitir el desembarco del estructuralismo en áreas del conocimiento en donde aún no se ha aplicado. Quinto, si bien la ON no se ha mostrado como un problema para esta posición, han de desarrollarse argumentos concluyentes al respecto, máxime teniendo en cuenta que la clarificación del concepto de estructura física constituye, como he señalado, una cuestión pendiente. Sexto, más allá de las consideraciones del capítulo 5 al respecto, la objeción de inviabilidad conceptual constituye un desafío para los defensores del REO. El desarrollo de una pintura metafísica más completa capaz de integrar la ontología estructuralista con los objetos concretos y las entidades del sentido común podría contribuir en gran medida a despejar parte de las sospechas plasmadas en dicha objeción.

Esta breve lista refleja una mínima parte de los desafíos que continúan abiertos para esta novel posición. Quienes encontramos en el REO una alternativa promisoria para viejos y nuevos problemas filosóficos tenemos aún una inmensa (y probablemente inagotable) cantidad de problemas por resolver. No podemos pedir más. 



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