Alberto Acosta[1]
El crédito debe darse a las obras, no a las palabras.
Don Quijote de la Mancha
Dotar de derechos a la Naturaleza se posiciona como un proceso en marcha. Luego de constitucionalizar —por primera vez en el mundo— dichos derechos en Ecuador, en el año 2008, en sintonía con propuestas y visiones presentes desde épocas anteriores en diversas partes del planeta, presenciamos cambios que nos permiten avizorar el acelerado paso de la Naturaleza-objeto a la Naturaleza-sujeto en todo el planeta.
Sin minimizar lo que significa dicho tránsito en el ámbito jurídico, bien vale dejar constancia de que otorgar derechos a la Naturaleza no puede ser simplemente visto como un proceso encasillado en el mundo de la jurisprudencia. Siendo eso importante, no es suficiente. Este avance nos conmina a caminar hacia un profundo cambio civilizatorio que va mucho más allá del laberinto del derecho, que bien sabemos es un territorio en disputa y en el que el poder predomina casi siempre.
El reencuentro simbólico de los seres humanos con la Naturaleza, propiciado por asumir a la Naturaleza como sujeto de derechos, tiene, en realidad, una profunda significación política. Ese paso, asumiendo que los humanos somos Naturaleza, nos invita a ver el mundo con otros ojos y a procesar cambios estructurales desde terrenos en los que tenemos que superar todas aquellas apreciaciones e instituciones que se nutren de la estupidez del sentido común dominante, que otorga derechos casi humanos a las empresas o que propicia un crecimiento económico permanente en un mundo con claros límites biofísicos, para citar apenas dos casos aberrantes.
Pongamos como punto de partida lo que podríamos asumir como un mandato vital: si el siglo XX fue el siglo de los derechos Humanos, el siglo XXI será el de los derechos de la Naturaleza; aunque en realidad deberíamos hablar mejor de los derechos existenciales, como los propone Enrique Leff (2021), es decir, hablemos de los derechos que garanticen la vida digna de seres humanos y no humanos. Así, conscientes del poco tiempo que tenemos para cristalizar una gran transformación o giro copernicano, es indispensable entender que, para alcanzar ese objetivo, resulta urgente tejer todas las luchas desde todos los territorios, conjugando perspectivas locales, nacionales, regionales e inclusive globales.
1. La Madre Tierra: una realidad, no una metáfora
Si nos adentramos con respeto y humildad en lo que significa la Madre Tierra o Pachamama para los pueblos originarios, en su integralidad de espacio y tiempo, tenemos que reconocer que en ese mundo esos derechos no serían indispensables. Aunque pueda resultar banal, el hecho real y cierto es que nuestras madres biológicas o adoptivas no requieren de un marco jurídico para que las amemos, las respetemos y las cuidemos. Eso es normal dentro de una estrecha y permanente relación de reciprocidad. Esta constatación no minimiza la significación de los derechos de la Naturaleza, sino que los posiciona en su verdadera magnitud en tanto, tal como se vive en la indigenidad —al decir de Aníbal Quijano—, se reconoce que quien nos da el derecho a nuestra existencia es la Madre Tierra, que no puede ser asumida como una simple metáfora.
Solo el hecho de superar aquel mandato de la Modernidad, que ordenaba y ordena aún dominar, derrotar y hasta destruir la Naturaleza en nombre del “progreso”, que se mantiene desde la colonia hasta estos años republicanos, con todo tipo de gobiernos, ya es en sí un paso civilizatorio. Y este paso es posible, en especial, gracias a las luchas de resistencia y re-existencia de los pueblos originarios y de innumerables y diversos sectores populares y de movimientos sociales que defienden sus territorios, sus comunidades, sus culturas.
Así, el esfuerzo por plasmar los derechos de la Naturaleza en la Constitución de 2008, en Ecuador[2], se inscribió en un proceso de mestizaje o diálogo respetuoso de saberes, en el que se recuperaron elementos de todas aquellas visiones indígenas y occidentales emparentadas por la vida. Se trata de culturas indígenas que encuentran en la Pacha Mama/Madre Tierra el ámbito de interpretación de la Naturaleza, un espacio territorial, cultural y espiritual, y también de aproximaciones occidentales que han entendido la trascendencia vital de la Naturaleza.
Nina Pacari (2008), destacada lideresa indígena ecuatoriana, desde su experiencia como constitucionalista, al analizar la incorporación constitucional de los derechos de la Naturaleza, reconoció este proceso de mestizaje de la siguiente manera:
la noción de que la Naturaleza tiene vida y que se trata de un sujeto de derechos nace en los pueblos indígenas como parte de un todo en la relación del ser humano-naturaleza-sociedad. (…) en la lucha en defensa del medio ambiente en nuestro país, una de las corrientes de las organizaciones ecologistas se hace eco del pensamiento indígena y, superando el mero conservacionismo o el enfoque del desarrollo sustentable o sostenible, asume a la Naturaleza como un sujeto que requiere ser tutelado en sus derechos…
Entre otras cuestiones, en línea con el pensamiento indígena, en el proceso constituyente ecuatoriano se desplegaron los elementos consustanciales de lo que se conoce como la democracia de la Tierra, el reconocimiento de que los derechos humanos individuales y colectivos deben estar en armonía con los derechos de otras comunidades naturales de la Tierra, que los ecosistemas tienen derecho a existir y seguir sus propios procesos vitales. Se acepta que la diversidad de la vida expresada en la Naturaleza es un valor en sí mismo, que los ecosistemas tienen valores propios e independientes de la utilidad para el ser humano. Requerimos que se reconozca el derecho de un río a fluir, que se prohíban aquellas acciones que desestabilicen los equilibrios de la Tierra, en suma, que se respete el valor intrínseco de todo ser viviente. Es la hora de frenar la mercantilización de la Naturaleza, como otrora fue momento de prohibir la compra y venta de los seres humanos. La cristalización de estos derechos no es fácil, como lo vivimos en la Asamblea Constituyente de Ecuador y posteriormente en cientos de reclamos en marcha (Acosta, 2019; Acosta y Viale, 2024).
2. La Modernidad en su laberinto… colapsado
De la historia de la humanidad sabemos que la ancestral y dura lucha por sobrevivir fue mutando en un desesperado esfuerzo por dominar la Naturaleza. Paulatinamente el ser humano, con sus formas de organización social antropocéntricas, se pensó a sí mismo por fuera y encima de la Naturaleza. Así, la separación entre cultura (“civilización”) y natura (Naturaleza) fue una de las acciones ideológicas más brutales y duraderas de la Modernidad. De esta manera quedó expedita la vía para dominar y manipular la Naturaleza, sobre todo en la civilización de la mercancía a ultranza, la capitalista; dominación que, por lo demás, se expresa también a través de muchas formas de explotación de los mismos seres humanos, con una serie de terribles repercusiones. En palabras del reconocido suscitador francés Bruno Latour (2007),
al querer desviar la explotación del hombre por el hombre sobre una explotación de la Naturaleza por el hombre, el capitalismo multiplicó indefinidamente ambas. Lo reprimido vuelve, y lo hace por partida doble: las multitudes que se quería salvar de la muerte vuelven a caer por centenas de millones en la miseria; las naturalezas, a las que se quería dominar por completo, nos dominan de manera también global amenazándonos a todos.
Esta dura realidad se demuestra cuando constatamos que ninguna región, ninguna población, ningún mar en la Tierra está ya a salvo de los daños que actualmente provoca el colapso ecológico, como ha demostrado el Panel de Cambio Climático de Naciones Unidas —IPCC, por sus siglas en inglés—. De esta constatación se deriva una conclusión fundamental: la actual civilización, la civilización de la mercancía y del desperdicio (Schuldt, 2013), es decir, el capitalismo, resulta insostenible.
En paralelo, los crecientes problemas sociales, que muchas veces van de la mano de los problemas ambientales, configuran la otra cara del fracaso de la Modernidad: pobreza y desigualdad, hambre y enfermedades, violencias e inequidades múltiples, manipulaciones y frustraciones, consumismo e individualismo a ultranza, guerras y genocidios. Y todo esto en un ambiente con claras muestras de debilidad de las de por sí frágiles instituciones políticas, atrapadas en un vendaval de autoritarismos y violencias estructurales.
Los problemas han crecido aceleradamente desde fines de los años cuarenta del siglo XX, en medio de la desesperada e inútil carrera en pos del “desarrollo”: un fantasma inalcanzable, por cierto, pero cuyas sombras siguen agobiando a gran parte de la población humana y no humana. En suma, como consecuencia de este proceso depredador de la vida, la humanidad está confrontada de forma brutal y global con la posibilidad cierta del fin de su existencia o, al menos, de un mayor deterioro de las ya lamentables condiciones de vida de miles de millones de sus miembros.
La actual civilización, centrada en el antropocentrismo, entrampada en la lógica de la acumulación y la codicia, se desmorona.
En este contexto las élites no han podido, ni querido, escuchar los mensajes de la Naturaleza, como tampoco los reclamos de las crecientes masas de empobrecidos y marginados. Los privilegiados defienden a como dé lugar su posición. No sorprende, entonces, el incremento de las violencias, la corrupción y el debilitamiento de la democracia como resultado de tanta codicia. Mientras tanto, la civilización del capital muta de forma continua, sigue reptando como las víboras cuando cambian su piel. Sigue siendo fiel a su esencia. Ahí están las secuelas: el capitalismo mantiene su vigencia sofocadora de la vida de los seres humanos y de la Naturaleza. De esta manera, en la actualidad, simplemente se configura otra fase de esta civilización: el capitalismo tecno-feudal, pero capitalismo, al fin y al cabo.
Atrás quedan las promesas del “desarrollo”, nutridas de uno de los pilares de la Modernidad: el “progreso”. Se desvanecen cada vez más las ilusiones para superar el “subdesarrollo” en el mundo. No obstante, la cruzada incesante y frustrante por alcanzar “el desarrollo” persiste. Se oscila desde los economicismos que igualan “desarrollo” con crecimiento del PIB a visiones más complejas, como “desarrollo a escala humana” o “desarrollo sustentable”, si queremos tener en mente estos puntos que se destacan en el confuso escenario del “desarrollo”. Y al capitalismo se le cobija, en el mejor de los casos, con un manto verde, apuntalándolo con una fe ciega en las todopoderosas tecnologías.
Es importante tener en cuenta que el bienestar de los países que se asumen como “desarrollados” se explica por la lógica de la “sociedad de la externalización”; es decir, los niveles de bienestar de pocos habitantes del planeta se consiguen a costa de la pobreza de la gran mayoría de seres humanos y de la destrucción de la Tierra. A la postre, los “desarrollados” y los “subdesarrollados” se encuentran cobijados por las alas depredadoras del progreso, al decir de Walter Benjamin (2005 [1940]); progreso que demanda la permanente acumulación de bienes materiales y que exige incluso brutales sacrificios humanos y ambientales como requisito para alcanzarlo…, meta que se demuestra como imposible.
En todos los casos el problema no son los senderos escogidos, sino la creencia en ese “progreso” y en concreto en el concepto mismo de “desarrollo”, que nos conducen por un camino sin salida. Mientras que el desencanto aumenta en amplios segmentos de la humanidad, en otros se rescatan vivencias olvidadas e inclusive marginadas. Lo interesante es que al mismo tiempo emergen con creciente fuerza discusiones y sobre todo propuestas y acciones encaminadas a construir otros horizontes: el buen vivir es una de ellas (Acosta, 2025). Para prevenir un concepto único e indiscutible, como lo hemos venido haciendo, es mejor hablar de “buenos vivires” o “buenos convivires”; es decir, hablemos de buenos convivires de los seres humanos en comunidad, de buenos convivires de las comunidades con otras, de buenos convivires de individuos y comunidades en y con la Naturaleza. Esta aproximación plural nos parece fundamental pues trasciende lo meramente formal. Valora el nosotros. Recupera y potencia lo comunitario. Y con ese prisma de pluralidades múltiples podemos potenciar nuestra tarea.
En suma, lo que interesa es criticar y superar el concepto mismo de “desarrollo”, tanto como escapar de la trampa del “progreso”. Además, aceptemos que los “grandes logros tecnológicos” son y serán insuficientes —y muchos de ellos hasta contraproducentes— para resolver los graves problemas de la humanidad. Los resultados están a la vista y, por supuesto, los retos también.
El mismo Bruno Latour (2007) sintetizó lo que constituye un reto vital cuando destacó que nos toca “volver a atar el nudo gordiano atravesando, tantas veces como haga falta, el corte que separa los conocimientos exactos y el ejercicio del poder, digamos la Naturaleza y la cultura”.
Así, empalmando ambas: Naturaleza y cultura, la política cobrará una renovada actualidad. La economía debe ser repensada íntegramente, tanto como todas las relaciones sociales y culturales. Y, por supuesto, la jurisprudencia debe dar un vuelco sustantivo, pues, para apenas mencionar un punto, el edificio del derecho no puede sostenerse, como sucede con frecuencia, en la propiedad —sobre todo la privada—, menos aún si se acepta que la Naturaleza es la que nos da el derecho primigenio a la vida.
Además, la seguridad jurídica que se concentra tradicionalmente alrededor de la persona propietaria debe ser repensada desde raíces comunitarias, en tanto se incorpora la justicia social y la justicia ecológica; así, por ejemplo, una nueva e integral seguridad jurídica tendrá que observar también la vigencia de los derechos de la Naturaleza en estrecha relación con los derechos de los pueblos.
En este complejo escenario, el tránsito de la Naturaleza-objeto a la Naturaleza-sujeto cobra cada vez más fuerza. Esta última noción vive en muchos pueblos indígenas y afro desde tiempos inmemoriales. Y esta transición se nutre también de las luchas para proteger la Naturaleza y también de múltiples entradas provenientes de diversos ámbitos filosóficos, científicos, jurídicos, teológicos e, incluso, literarios.
3. Los múltiples caminos de la sustentabilidad
Asumir lo profundo del mensaje de las culturas originarias, que somos parte de un todo, una integridad de tiempo y espacio, que somos complementarios, que estamos interrelacionados, que nos nutrimos de relaciones sustentadas en permanentes reciprocidades y que nos necesitamos mutuamente, nos ayuda a cuestionar de raíz aquellas visiones dominantes que ubican al ser humano como “la corona de la creación”; ser humano que, en realidad, se ciñe “la corona de la destrucción”, en la medida que, al pretender dominar a la Naturaleza, la está destruyendo.
Los humanos no estamos al margen y sobre la Naturaleza. Sus elementos no pueden ser asumidos como simples factores de producción o mercancías para impulsar el “desarrollo” y el “progreso”. Tampoco puede ser vista la Naturaleza como espacio para depositar desechos. Esta aproximación cuestiona por igual las formas de leer y hacer la política, pues son insostenibles aquellas proposiciones, todavía dominantes, que conciben el surgimiento de la vida política a partir de una ruptura inicial o separación ontológica respecto a la Naturaleza.
Es evidente que en Occidente el ser humano se ha colocado, figurativamente hablando, al margen de y sobre la Naturaleza… para dominarla. Sin embargo, cada vez más avanzan y se consolidan las preocupaciones y acciones para reencontrarnos con la Naturaleza; paulatinamente, se asume que somos Naturaleza.
Dentro de la civilización dominante es complejo pensar a la Naturaleza como sujeto de derechos. Se acepta con facilidad que se reconozcan derechos casi humanos a personas jurídicas, pero no a la vida no humana, como dijimos. Este sentido común no es nuevo y menos aún inamovible; es simplemente estúpido, pero incluso así no resulta fácil desecharlo.
Para conseguir el “derecho a tener derechos” han sido necesarias —muchas y muy complejas— luchas políticas. Cada ampliación de derechos en su momento fue impensable. Cambiar las visiones, las costumbres y las leyes que niegan derechos y sostienen los privilegios de los reducidos pero poderosos grupos dominantes no ha sido ni será fácil. Han sido indispensables múltiples acciones para hacer realidad la cristalización de nuevos derechos. Eso lo vivimos con los derechos humanos de todo tipo, como los derechos de las mujeres, de los afro-esclavizados, de los indígenas o de las diversidades sexuales, que se siguen demandando en una permanente disputa por su cristalización, pues estamos lejos de su vigencia plena.
Lo interesante aquí es que existen varias aproximaciones desde la jurisprudencia misma, desde las ciencias exactas, desde la filosofía, desde la teología, desde la literatura que apuntan hacia los derechos de la Naturaleza; aproximaciones que no desplegamos por falta de espacio (Acosta y Viale, 2024). Se trata inclusive de reflexiones o prácticas que emergen desde el seno de la misma civilización dominante; quizás algunos de esos acercamientos encuentran su origen en un recoveco ancestral, aparentemente tapado por la propia Modernidad; por ejemplo, en Alemania se podrían encontrar elementos interesantes en las “cooperativas de la marca” (Markgenossenschaften) de los pueblos germánicos, un tema que preocupó en sus últimos años de vida a Carlos Marx (Saito, 2022).
De hecho, las personas, e incluso diríamos que los pueblos, que se creen libres de toda influencia de algún pueblo originario o de recónditos y dolorosos/vergonzosos procesos de mestizaje, lo que intentan es desconocer sus propios orígenes culturales, quizás para poder sostenerse en el pedestal de naciones predestinadas o de personas privilegiadas. En conclusión, existen diversas aproximaciones que valoran la Naturaleza como punto de partida de todos los derechos y que proponen respuestas sustentables. La sustentabilidad —o sostenibilidad— está a la orden del día, aunque con mucha frecuencia vaciada de su contenido más profundo.
Sin embargo, debe quedar claro que las prácticas sustentables se pierden en el tiempo. No es posible hurgar su origen en los archivos de la Modernidad. Son consustanciales a la vida humana. Comunidades originarias —portadoras de una larga memoria— en todo el mundo han demostrado que el ser humano puede organizar formas de vida sustentable. Su vínculo con la Pachamama o Madre Tierra en el mundo indígena es más que una metáfora. Ella representa la integridad del espacio y el tiempo de la vida misma. Es más, nadie en su sano juicio desprecia ni domina a su madre biológica. Y si la Naturaleza es nuestra Madre, mal podríamos dominarla y menos aún destruirla; cualquier relación con ella debe ser necesariamente sustentable.
Desde diversas esquinas, en paralelo a la Pacha Mama indígena, se pueden construir puentes para un cambio civilizatorio enfocado en la sobrevivencia humana en el planeta. Existencia que debe basarse en la superación del antropocentrismo, inspirándose para lograrlo en visiones biocéntricas —o incluso en posiciones carentes de todo centro—, basadas en una ética que acepte valores intrínsecos a la Naturaleza y a la humanidad, y que termine con la creciente mercantilización de ambas.
Los avances son incuestionables. Al momento hay al menos cuatro decenas de países, en todos los continentes, que reconocen a la Naturaleza como sujeto de derechos; los han cristalizado a través de leyes u ordenanzas. A modo de ejemplo, reconociendo lo difícil que es aterrizarlos en la práctica, se pueden reconocer los avances legales en Colombia, Bolivia, India, Nueva Zelanda, EE. UU., Panamá, España, Alemania, entre otros países. Cada uno de estos procesos nos ofrece una multiplicidad de aportes y enseñanzas en los que se encuentran interesantes iniciativas derivadas de diálogos de saberes con diversas comunidades indígenas o afro, así como de rescate de otras entradas en la jurisprudencia, como son los derechos bioculturales; experiencias en marcha que, por falta de espacio, no podemos explicitar.
A pesar de los limitados o abiertamente inútiles resultados de las conferencias mundiales dedicadas al ambiente —las COP, por ejemplo—, paulatinamente los problemas ambientales globales y las respuestas impulsadas han modificado la forma de abordar este reto y la visión que tienen los seres humanos sobre la Naturaleza. El derecho, las instituciones, las políticas y las instancias gubernamentales evolucionan, aunque no con la magnitud y profundidad que demanda el colapso ecológico y social en el que nos encontramos. De todas maneras, hay avances significativos, como la opinión consultiva OC-32/25 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), que acepta a la Naturaleza como sujeto de derechos, no solo como objeto de protección, y reconoce su derecho intrínseco a existir y regenerarse. Se vinculan en esta opinión los derechos humanos y la crisis climática, lo que obliga a los Estados a adoptar políticas destinadas a proteger ecosistemas y a los defensores ambientales.
Se avanza, aunque aún falta muchísimo más por hacer y sobre todo para corregir el rumbo y escapar de aquel camino sin salida que representan el capitalismo o la economía pintados de colores: verde, azul, naranja…
Por otro lado, la sociedad civil, con creciente conciencia global, despliega varias acciones e iniciativas. Es cada vez más evidente la necesidad de cooperar y, sobre todo, de actuar para proteger la vida humana y la del planeta mismo. Así, registramos luchas que tienen un contenido histórico, como la consulta popular del Yasuní en Ecuador, con la que, luego de casi 10 años de resistencia y acción propositiva, se consiguió que una amplia mayoría decida detener la extracción de crudo en el Bloque 43 o ITT (Ishpingo, Tambococha, Tiputini) y que se desmonten los equipos allí instalados sin compensación económica alguna (Acosta, 2014, 2023), resolución basada en un mandato constitucional de obligatorio e inmediato cumplimiento, pero que el poder se niega a aceptar. En línea con este emblemático caso, se podrían incorporar muchas acciones en Nuestra América, entre las que se destacan las consultas populares con las que se frena la minería, por ejemplo. Inclusive merece una mención especial la posición del presidente Gustavo Petro, quien declara la Amazonía colombiana libre de explotación petrolera y minera.
Es más que evidente que la humanidad requiere propuestas innovadoras, radicales y urgentes que definan nuevos rumbos para enfrentar los graves problemas globales que la aquejan. Necesitamos estrategias coherentes para construir democráticamente sociedades equitativas y sustentables; sociedades que entiendan que forman parte de la Naturaleza, que son Naturaleza y que deben —y pueden— convivir en armonía con y dentro de ella. Todos esos motivadores planteamientos demandan permanentes y creativas luchas a nivel internacional, aunque, por lo pronto, no superen el ámbito de lo ético, como acontece con el Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza, conformado por jueces y juezas provenientes de la sociedad civil de todos los continentes, concretamente conformado por personas comprometidas con las luchas en defensa de la vida de la Madre Tierra y de los pueblos.
La tarea, sin negar los aportes que se logran y se seguirán consiguiendo en el ámbito de la jurisprudencia, demanda salir de ese laberinto, e incluso desbaratarlo, para construir un entramado jurídico que no sea el reflejo de las estructuras de poder dominantes ni el garante de la propiedad privada, para mencionar nuevamente un punto crítico. Es evidente, entonces, que, más allá de los cambios en el ámbito del derecho, pero incluso apuntalándonos en dichos cambios, estamos conminados a superar la civilización del capital, que tiene como sus pilares el antropocentrismo, tanto como el patriarcado y la colonialidad.
4. Derechos de la Naturaleza, puerta para una gran transformación
Avanzando con el análisis y la proyección de los derechos de la Naturaleza, cabe sintetizar que aquí el centro está puesto en la Naturaleza, que obviamente incluye al ser humano. La Naturaleza vale por sí misma, sin importar los usos que le demos los humanos, pero estos derechos no defienden una Naturaleza intocada que lleve, por ejemplo, a dejar de tener cultivos, pesca o ganadería. Estos derechos defienden que se mantengan los sistemas y conjuntos de vida. Su atención se fija en los ecosistemas, en las colectividades, no tanto en los individuos; lo que no quiere decir que se pueda tolerar la tortura de los animales, como sucede con la tauromaquia, a cuenta de que se estaría protegiendo la raza de los toros de lidia. En suma, se puede comer carne, pescado y granos, por ejemplo, mientras se asegure que quedan ecosistemas funcionando con sus especies nativas.
Pero hay que ir más allá. No se trata de buscar un equilibrio entre economía, sociedad y ecología, lo cual es imposible, más aún usando como eje articulador —oculto o no— al capital. El ser humano y sus necesidades deben primar siempre sobre el capital, es decir, sobre lo económico, pero jamás oponiéndose a los ciclos de la Naturaleza, base fundamental para cualquier existencia.
Por lo tanto, la sola aprobación de estos derechos no es suficiente. Su cristalización exige redobladas luchas para su realización efectiva. Basta ver lo que acontece con los derechos humanos. Y mucho más que eso, si en realidad queremos aplicarlos en su verdadera dimensión, necesariamente habrá que impulsar una gran transformación (Polanyi, 1944-1992), quizás incluso algo más profundo, una suerte de giro copernicano.
Immanuel Kant (1724-1804), pensador alemán, utilizó esta figura metafórica en el campo de la filosofía. La filosofía anterior suponía que en la experiencia de conocimiento el sujeto cognoscente es pasivo, que el objeto conocido influye en el sujeto y provoca en él una representación fidedigna de la realidad. Kant propuso darle la vuelta a la relación y aceptar que en la experiencia cognoscitiva el sujeto cognoscente es activo, que en el acto de conocimiento el sujeto cognoscente modifica la realidad conocida. Ese reconocimiento transformó la filosofía y, de alguna manera, la visión del mundo mismo. Kant lo definió como “giro copernicano”, en analogía con lo que representó aceptar que la Tierra no es el centro del Universo, tal como lo demostró Nicolás Copérnico (1473-1543).
Con los derechos de la Naturaleza estamos frente a una situación similar, incluso de mucho mayor trascendencia. Quizás cabe repetirlo una y otra vez hasta que se asuma en la práctica: tenemos que aceptar que los seres humanos no estamos al margen de la Naturaleza, somos Naturaleza y no hay ninguna especie superior en ella. Y ella —esto es fundamental— nos da el derecho a nuestra existencia.
Es indispensable, entonces, desmontar aquellas visiones imperantes que ven a la Naturaleza como un ámbito a subyugar. Eso nos obliga a pasar de un enfoque antropocéntrico a uno socio-biocéntrico que reconozca la indivisibilidad e interdependencia de toda forma de vida y que, además, mantenga la fuerza propia de los derechos humanos ampliados, no solo de los políticos. El fin es fortalecer y ampliar los derechos que garanticen vidas dignas: los derechos existenciales.
Al reconocer a la Naturaleza como sujeto de derechos se va más allá de la versión legal tradicional de los derechos del ser humano a un ambiente sano, presentes desde hace tiempo en el constitucionalismo latinoamericano. En sentido estricto, urge entender que los derechos a un ambiente sano son parte de los derechos humanos. Los derechos de la Naturaleza no pueden ser, entonces, confundidos con los derechos humanos, pues tienen una raíz biocéntrica, mientras que las formulaciones clásicas de los derechos humanos, es decir, de los derechos a un ambiente sano o a la calidad de vida, son antropocéntricas y deben entenderse separadamente de los derechos de la Naturaleza.
En los derechos humanos, el centro está puesto en la persona humana. Es una visión antropocéntrica. En los derechos políticos y sociales, es decir, de primera y segunda generación, el Estado los reconoce como parte de una visión individualista e individualizadora de la ciudadanía. A los derechos civiles y a los derechos políticos se suman los derechos económicos, sociales y culturales (conocidos como DESC). A estos derechos se añaden los derechos de cuarta generación, difusos y colectivos, que incluyen el derecho a que los seres humanos gocen de condiciones sociales equitativas y de un medioambiente sano y no contaminado. Con esta batería de derechos, se procura evitar la pobreza y el deterioro ambiental que afectan la vida humana.
Estos derechos ambientales se enmarcan en la visión clásica de la justicia: imparcialidad ante la ley, garantías ciudadanas, etc. Para cristalizar los derechos económicos y sociales se propone una justicia redistributiva, una justicia social que enfrenta la pobreza. Los derechos ambientales configuran la justicia ambiental que atiende demandas humanas —se entiende que sobre todo de grupos pobres y marginados— en defensa de su calidad de vida afectada por destrozos ambientales. Ante estos casos, las personas pueden ser indemnizadas, reparadas o compensadas.
Pero con los derechos de la Naturaleza se va más allá, al aceptar a la Madre Tierra como sujeto de derechos. La Constitución ecuatoriana es categórica al respecto en su artículo 71:
La Naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos. Toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad podrá exigir a la autoridad pública el cumplimiento de los derechos de la Naturaleza.
En este campo, la justicia ecológica busca la persistencia y sobrevivencia de las especies y sus ecosistemas, como conjuntos, como redes de vida. Esta justicia es independiente de la justicia ambiental; aunque en definitiva toda afectación ambiental afecta al ser humano. La justicia ecológica no busca la indemnización a los humanos por el daño ambiental, sino la restauración de los ecosistemas afectados. En realidad, se deben aplicar simultáneamente las dos justicias: la ambiental para las personas, y la ecológica para la Naturaleza. Para que no quepa ninguna duda, los derechos de la Naturaleza no se oponen a los derechos humanos; por el contrario, se complementan y se potencian.
En la práctica del derecho, esto significa que, a partir de la vigencia de los derechos de la Naturaleza, ya no existe ningún derecho para obtener beneficios destruyendo la Madre Tierra, sino solo un derecho a un uso ecológicamente sostenible. Las leyes humanas y las acciones de los humanos, entonces, deben estar en concordancia con las leyes de la Naturaleza. Su vigencia responde a las condiciones materiales que permiten su cristalización y no a un mero reconocimiento formal en el campo jurídico. Y su proyección, por lo tanto, debe superar aquellas visiones que entienden los derechos como compartimentos estancos, pues su incidencia debe ser múltiple, diversa, transdisciplinar. Entender este punto demanda cambios profundos en todas las facetas de la vida, sea en el ámbito jurídico, económico, social y político, incluso, en el cultural.
En el ámbito político y de la política, como se anotó antes, se deben superar aquellas concepciones occidentales que conciben el surgimiento de la vida política a partir de una ruptura respecto a la Naturaleza. Es más, si la Naturaleza es un sujeto, la Naturaleza tiene derecho a representarse políticamente a través de “toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad”, como ordena la Constitución ecuatoriana. De esta disposición se deriva la necesidad de repensar la ciudadanía, que se construye en lo social pero también en lo ambiental. De hecho, tendríamos ciudadanías plurales: individuales, ciudadanías colectivas y “meta-ciudadanías ecológicas” (Gudynas, 2016).
En este punto cobran renovada importancia las luchas políticas para defender los territorios, las comunidades y las culturas. Son luchas en defensa de la Naturaleza o Pacha Mama, que deben ser asumidas como Naturaleza que se defiende, pues los humanos somos Naturaleza. Por eso, enarbolar la bandera de la Naturaleza como sujeto de derechos es asumir la defensa de sus defensoras y sus defensores, en suma, de los pueblos.
Dicho esto, en medio del actual colapso climático y ecológico, ya es hora de entender la Naturaleza como una condición básica de nuestra existencia y, por lo tanto, también como la base de la política, es decir, de los derechos colectivos e individuales de libertad. Así como la libertad individual solo puede ejercerse dentro del marco de los mismos derechos de los demás seres humanos, la libertad individual y colectiva solo puede ejercerse dentro del marco de los derechos de la Naturaleza. De forma categórica concluye el profesor alemán Klaus Bosselmann (2021): “sin Derechos de la Naturaleza la libertad es una ilusión”.
Si realmente se asume la esencia de los derechos de la Naturaleza, es preciso cuestionar incluso el régimen de propiedad, en palabras del exjuez constitucional ecuatoriano Ramiro Ávila Santamaría (2023):
Cuando las personas afrodescendientes eran esclavas, el derecho permitía comprarlas y venderlas porque eran parte de los objetos apropiables. Ya como sujetos, salieron del mercado y el derecho a la propiedad dejó de aplicarse. De la misma manera debería suceder con la Naturaleza: si es sujeto de derechos debe tener un régimen jurídico ajeno al derecho a la propiedad. El corazón del sistema en el que vivimos considera a la Naturaleza como un bien apropiable.
De todo lo anterior se desprenden varias conclusiones muy potentes en varios ámbitos. Ningún sujeto de derechos debe estar sujeto a un régimen jurídico que sostenga su esclavitud. Eso es válido para la Naturaleza, no solo en el campo del derecho y en la vida política, sino también en el ámbito de la economía. En concreto, los derechos de la Naturaleza, en lo económico, les otorgan un lugar preponderante a los valores intrínsecos; hay que superar los valores de cambio, recuperar los valores de uso siempre y cuando no afecten los ciclos ecológicos. Desde esos derechos estamos conminados a buscar fundamentos biocéntricos para la construcción de otra economía para otra civilización (Acosta, 2015; Acosta y Cajas, 2018, 2022), que necesariamente incorporará otros temas, como el decrecimiento, el posextractivismo y el mismo derecho al ocio, que cuestiona la esencia deshumanizante del trabajo en el capitalismo (Acosta, 2025).
Así, al transitar hacia una poseconomía, en clave de pluriverso, podemos incorporar elementos de otros pensamientos y culturas. En este terreno tienen una vigorosa cabida enseñanzas propias de mundos distintos a la Modernidad occidental, como el buen vivir/sumak kawsay indígena, el swaraj en la India, el ubuntu en África, el kyosei en Japón e, inclusive, la convivialidad de Ivan Illich. Además, tengamos presente siempre que no hay leyes económicas eternas, que estas han aparecido y desaparecido a lo largo de la historia.
Esa otra economía para otra civilización debe aceptar que la Naturaleza establece los límites y alcances de la sustentabilidad y la capacidad de renovación de los sistemas. Es decir, si se destruye la Naturaleza se destruye la base de la economía misma. Esto conmina a evitar la eliminación de la diversidad y su reemplazo por la uniformidad que provocan, por ejemplo, los monocultivos; por igual hay que superar los extractivismos, que rompen los sistemas ecológicos; a la postre, todos estos procesos económicos depredadores provocan desequilibrios cada vez mayores.
De todas formas, no podemos ignorar que puede haber varias simbiosis enriquecedoras del conjunto de los ecosistemas, que son precisamente las que una adecuada gestión económica debiera promover, como el empleo de terrazas en las laderas de las montañas para prevenir la erosión y disponer de suelos fértiles para la agricultura, práctica ampliamente conocida en los Andes desde antes de la llegada de los europeos.
Así, en vez de considerar a la Naturaleza como un stock “infinito” de materias primas y un receptor “permanente” de desechos, otra economía debería plantearse como metas mínimas la sustentabilidad y la autosuficiencia de los procesos económico-naturales, impulsados por múltiples interacciones y lógicas complejas que se retroalimentan de forma cíclica.
Por cierto, estas acciones no pueden caer en la trampa ni del “desarrollo sustentable” ni del “capitalismo verde” con su brutal práctica del mercantilismo ambiental, ejemplificado en el, por decir lo menos, perverso mercado de carbono o en los inútiles y también perversos canjes de deuda por Naturaleza. La tarea no consiste en volver verde o azul al capital, sino en superar la civilización del capital y la mercancía. Asimismo, no podemos caer en la fe ciega en la ciencia y la técnica, las cuales deberán reformularse para garantizar el respeto de los derechos existenciales. En definitiva, ciencia y técnica —a la par que otra economía— deberán subordinarse al respeto de la armonía humanos-Naturaleza. Si los objetivos económicos se subordinan a los ritmos de funcionamiento de los sistemas naturales, tendrán que sintonizarse siempre con el respeto a la dignidad humana.
A pesar de que no hay consensos sobre las conceptualizaciones de las prácticas económicas y sociales de las comunidades indígenas, que en ningún caso pueden ser romantizadas, sus raíces permiten al menos intuir cómo dichas comunidades conciben el vínculo entre seres humanos como parte integral de la Pacha Mama. Aunque varios de estos principios perduran en el mundo indígena contemporáneo —muchas veces más como formas de supervivencia cultural ante la exclusión de la modernidad capitalista—, sus memorias comunitarias e inclusive prácticas pueden volverse en extremo inspiradoras en la construcción de la poseconomía.
Sin ánimo de forzar ninguna lectura, parece adecuado pensar que estas formas de relacionamiento social propias del mundo de la indigenidad se sintonizan con un “metabolismo social-natural” armónico. Son respetuosas de los derechos de la Naturaleza sin siquiera conceptualizarlos. En este punto, es necesario aceptar que la solución de las necesidades vitales de las personas debe proyectarse desde lo común y comunitario, desde lo público y mancomunado, con crecientes espacios y prácticas de cogestión, autonomía y autosuficiencia.
La tarea no es fácil. No se pueden repetir modos de vida social y ecológicamente insostenibles. Debemos buscar y practicar opciones de vida digna y sustentable, que no representen la reedición —en muchas ocasiones caricaturizada— del “modo de vida imperial” (Brand, Wissen, 2017), que se expande desde los centros del capitalismo metropolitano. Así, la construcción de alternativas en plural convoca a buscar una vida en mancomunidad sustentada en la interdependencia entre seres humanos que viven en comunidad entre sí y con todos los otros seres vivos, asegurando el poder de autorregeneración de la Naturaleza. Todo eso potenciando lo local y lo propio, Estados distintos, renovados espacios locales, nacionales y regionales de toma de decisiones y una horizontalidad del poder para desde allí construir espacios democráticos de gestión, crear nuevos mapas territoriales y conceptuales (Acosta, 2025).
Es claro que estas formas de organizar la economía y la vida misma pueden tener complicaciones en espacios más amplios, no comunitarios, más aún si el capitalismo sigue siendo dominante. Sin embargo, es claro que al juntar diferentes matrices de conocimiento —tanto teórico como vivencial—, emerge un gran potencial transformador civilizatorio. Y en este empeño, el diálogo de saberes cumple un papel vital.
Todas estas son palabras que huelen a utopía. De eso mismo se trata. Hay que escribir todos los borradores posibles de una o más utopías. Utopías que implican criticar la intolerable realidad en la que vivimos. Utopías movilizadoras que, al ser proyectos de vida solidarios y sustentables, nos hablen de lo que debe ser: alternativas imaginadas en colectivo, políticamente conquistadas y construidas, a ser ejecutadas democráticamente, en todo momento y circunstancia.
5. Recuperar y construir todas las utopías posibles
Escribir ese giro copernicano propuesto, es decir, el paso de una concepción antropocéntrica a una (socio)biocéntrica, es el mayor reto de la humanidad si no se quiere arriesgar la existencia humana sobre la Tierra. En síntesis, requerimos un mundo reencantado alrededor de la vida, con diálogos y reencuentros entre seres humanos, en tanto individuos y comunidades, y de todos con la Naturaleza, entendiendo que somos un todo. Con esos múltiples diálogos, valorando en especial aquellos con los grupos de la indigenidad, tradicionalmente marginados, se puede transitar hacia visiones y prácticas pluriversales.
Ese trajinar nos invita a descolonizar la historia, tanto como a superar los estúpidos sentidos comunes y las engañosas imágenes de la Modernidad. Romper con sus muchas y diversas camisas de fuerza, las reales y las simbólicas, es una tarea urgente. También lo es recuperar el pasado como parte de una continuidad histórica con proyección de futuro, en tanto proceso atado a las luchas de resistencia y re-existencia frente a los interminables procesos de conquista y colonización. En definitiva, lo que cuenta es recuperar, sin idealizaciones, el proyecto colectivo de futuro de todas las comunidades emparentadas intrínsecamente con la vida, particularmente las comunidades originarias con su clara continuidad desde su pasado futurista. Y eso lo lograremos propiciando todos los diálogos de saberes posibles y necesarios.
Los derechos de la Naturaleza, que no pueden ser asumidos dogmáticamente como el único ni el mejor prisma y la única ni la mejor herramienta de que disponemos, nos posibilitan otras lecturas de la dura realidad que atravesamos, al tiempo que nos dan instrumentos para cambiarla desde sus raíces. Su potencial radica en su capacidad de provocar y movilizar.
Puede que el cambio civilizatorio al que apelamos parezca lejano, y puede que para muchos de nuestros congéneres suene hasta imposible, pero no por eso bajaremos los brazos y callaremos nuestra voz. El mundo del capital es irracional y nos ha llevado a un colapso social y ecológico. Por eso mismo, nos vemos forzados a redoblar las luchas contra esa civilización que vive de sofocar la vida de seres humanos y de la Naturaleza. Son luchas múltiples y permanentes, nunca terminan, están empezando una y otra vez. Y en esas luchas tenemos que implicarnos y encontrar el sentido de nuestras vidas, al tiempo que llenamos esas luchas de mucha creatividad y alegría desbordante.
Bibliografía
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- Nota: en este texto se sintetizan varios aportes de quien escribe estas líneas.↵
- En suma, al integrar los derechos de la Naturaleza en la Constitución de la República del Ecuador, se marcó un hito histórico en el constitucionalismo mundial. Fue un hecho inédito: ese texto constitucional fue refrendado en las urnas por una aplastante mayoría del electorado, el domingo 28 de septiembre de 2008; y fue nuevamente ratificado el domingo 16 de noviembre de 2025, cuando las oligarquías intentaron echar abajo los derechos y garantías conseguidos a través de largas y difíciles jornadas de lucha de diversos sectores de la sociedad de este pequeño país andino. Sin embargo, a pesar de su contundente aprobación, falta mucho para que la sociedad se empodere de lo que realmente representa esta carta magna.↵






