La dependencia del sistema-mundo
moderno/colonial
Ana Lucía Fernández Fernández
Introducción
La economía feminista ha desarrollado la crítica a la economía clásica y neoclásica —corriente de pensamiento dominante durante los siglos XX y XXI y fundamento del neoliberalismo contemporáneo— señalando que dicho marco epistémico ha sostenido y reproducido un sistema capitalista caracterizado por su carácter heteropatriarcal, colonialista, racista y depredador de la naturaleza. Este sistema tiene como finalidad el expolio de la vida, concebida como mercancía al servicio del capital (Carrasco Bengoa & Quiroga Díaz, 2020).
Por su lado, los teóricos latinoamericanos de la dependencia (Cardoso & Faletto, 1969) también explicaron cómo el desarrollo del capitalismo global contiene relaciones desiguales de poder estructuradas alrededor del desarrollo y la industrialización de lo que hoy conocemos como el Norte Global, que se constituye como centro a costa de la explotación del Sur Global, que se constituye como periferia y como “subdesarrollado”. En esta relación, el desarrollo/subdesarrollo no son fases distintas del capitalismo global, sino que operan como un continuum relacional del que se nutren mutuamente (Boatcă, 2015).
Ahora bien, en esta relación es necesario analizar la formación y expropiación de un tipo de trabajo que fue invisibilizado a partir del desarrollo occidental de las relaciones de género, que no solo organizó el ámbito social y familiar, sino que también tiene su peso en la organización del sistema económico capitalista como tal. El trabajo para el sostenimiento de la vida, conocido hoy también como trabajo de cuidados/carework, es fundamental para el desarrollo global del capitalismo. Sin él, se hace imposible la subsistencia del propio sistema, porque resguarda y asegura la vida, condición indispensable para mantener una fuerza de trabajo productiva.
Para realizar este análisis, se incorporan los aportes de la economía feminista (Carrasco Bengoa & Quiroga Díaz, 2020; Carrasco Bengoa et al., 2011; Daly & Lewis, 2011; Pérez Orozco, 2006, 2021) y del feminismo decolonial (Cabnal, 2010; Espinosa Miñoso, 2022; Lugones, 2007; Segato, 2016), con el fin de desarrollar algunas reflexiones sobre la dependencia de la fuerza de trabajo remunerada del sistema-mundo (Wallerstein, 1974), respecto del trabajo para el sostenimiento de la vida. Este trabajo, en última instancia, es realizado de manera mayoritaria —y con mayor intensidad— por mujeres racializadas del Sur Global.
Como expondré, se trata de un trabajo cuyo valor ha sido conscientemente expoliado por el sistema-mundo para usufructuarlo y, al mismo tiempo, ha sido organizado bajo los pilares de género y racialidad con el fin de esconder su valor sustancial dentro de la reproducción del propio sistema.
Analizaré cómo el entronque de patriarcados (Cabnal, 2010) que se generó en el desarrollo de la primera modernidad (Dussel, 1993, 1994) —periodo que se inicia con la expansión portuguesa en el Atlántico y, posteriormente, con el denominado “descubrimiento” de Abya Yala en 1492— configuró, a través de jerarquías raciales y de género, la introducción de la familia nuclear como forma de legitimar la creación de la esfera pública y privada y, por ende, de la separación del trabajo productivo y reproductivo.
Esta separación tuvo consecuencias para las mujeres, dado que las volvió totalmente dependientes de los hombres, pero mayores consecuencias tuvo para las mujeres racializadas, que no lograban alcanzar la legitimidad de la institución familiar, por su condición de género y etnia. Así, fueron relegadas a la subsistencia, al trabajo esclavo y a la servidumbre, de modo que fueran ellas las que quedaron al margen de estas dos esferas de la organización de la vida.
Más adelante, el capitalismo absorberá a las familias ya no en relación con la sangre o la biparentalidad, sino como “hogar” constituido por personas que viven bajo un mismo techo. No obstante, las jerarquías de género asociadas a la naturalización de los roles de género seguirán marcando la pauta que invisibilizaría el trabajo para el sostenimiento de la vida.
En este sentido, es importante definir primero qué entendemos por trabajo para el sostenimiento de la vida, el cual consiste en
[…] tareas que comprenden servicios personales conectados habitualmente con necesidades diversas absolutamente indispensables para la estabilidad física y emocional de los miembros del hogar. Actividades que incluyen la alimentación, el afecto y, en ocasiones, aspectos poco agradables, repetitivos y agotadores, pero absolutamente necesarios para el bienestar de las personas. Un trabajo que implica tareas complejas de gestión y organización necesarias para el funcionamiento diario del hogar y de sus habitantes. Un trabajo que se realiza día tras día los 365 días del año, en el hogar y fuera de él, en el barrio y desde el puesto de trabajo remunerado, que crea redes familiares y sociales, que ofrece apoyo y seguridad personal y que permite la socialización y el desarrollo de las personas (Carrasco Bengoa, 2001, p. 47).
Actualmente, la teorización de este tipo de trabajo ha evolucionado dentro del debate feminista latinoamericano, y hoy estamos acuñando el concepto de “trabajo de cuidados”, definido como aquellas actividades que pueden ser delegadas a terceras personas y que requieren tiempo; esta condición es fundamental para reconocerlas como trabajo en términos económicos. Asimismo, dichas actividades comprenden dimensiones materiales e inmateriales atravesadas por afectos, emociones y vínculos relacionales, cuyo propósito último es garantizar la sostenibilidad de la vida y la reproducción cotidiana (Batthyány, 2021; Carrasco Bengoa et al., 2011; CEPAL, 2022; Federici, 2018; Pautassi, 2023; Rodríguez Enríquez, 2007).
El trabajo de cuidados directo incluye actividades de atención personal dirigidas a niños y niñas, personas con discapacidad o enfermedad, personas adultas mayores u otras que requieran asistencia directa. Por su parte, el trabajo de cuidados indirecto abarca las tareas orientadas al mantenimiento del hogar y al autoconsumo, tales como el sostenimiento de la vivienda, la alimentación, la higiene y, en general, la organización de las condiciones que posibilitan la vida diaria (Fernández, 2018; Pautassi, 2023).
Sin embargo, más allá de sus distintas definiciones, lo relevante es que este trabajo devela el conflicto capital-vida (Pérez Orozco, 2021): muestra cómo los mercados organizan la vida de manera jerárquica e imbricada en relaciones de colonialismo, raza y género, con el fin de privilegiar la acumulación de capital y garantizar exclusivamente la dignidad y el bienestar del sujeto moderno hegemónico —el hombre blanco, heterosexual, burgués— y de su forma familiar normativa.
El punto crítico de este conflicto es que la vida es cuerpo y se expresa en nuestra vulnerabilidad; en ese sentido, el mercado privilegia unos cuerpos sobre otros, a través de la acumulación de capital para unos pocos que son designados como las vidas que merecen ser vividas (Butler, 2006).
Este es el sujeto que se enraíza y controla las instituciones socioeconómicas del sistema-mundo (Wallerstein, 1974), entendido como un sistema económico interconectado y jerarquizado a nivel global que se organiza entre centros, semiperiferias y periferias a partir de la división internacional del trabajo. No obstante, Boatcă (2015) insiste en que no hay un mundo moderno, sino una subestimación del colonialismo centrado en jerarquías epistémicas, raciales y de género, por lo que realmente sí existe un sistema-mundo moderno/colonial que produce formas globales de desigualdad interseccional.
Siguiendo la perspectiva de Boatcă (2015), es así como comprendemos este sistema-mundo, el cual comienza con la primera modernidad propuesta por Dussel (1993, 1994). Este acontecimiento resulta fundamental para la comprensión decolonial de la historia, pues marca la constitución de la subjetividad moderna (Dussel, 1994). Es en este momento cuando Europa configura al “otro” como periferia, a partir de su encuentro con las culturas caribeñas y mesoamericanas, y más tarde con el resto de Abya Yala. Al mismo tiempo, inicia el mercantilismo mundial y la acumulación de capital basada en un patrón universal de dominación y clasificación social sustentado en la raza —colonialidad del poder— y en el género —colonialidad de género—, los cuales se refuerzan mutuamente.
Este entramado configura las condiciones para la acumulación de capital en los centros de poder y favorece a una clase privilegiada construida como blanca, europea y heteronormativa, mediante el expolio sistemático de la naturaleza y de los sujetos racializados y feminizados, así como de las clases trabajadoras asalariadas europeas.
Por lo tanto, es importante para los estudios decoloniales en general y para el feminismo decolonial en particular, analizar esta fase previa de la modernidad porque nos da los elementos para hacer “una reinterpretación de la historia en clave crítica a la modernidad, ya no solo por su androcentrismo y misoginia, como lo ha hecho la epistemóloga feminista clásica, sino dado su carácter intrínsecamente racista y eurocéntrico” (Espinosa Miñoso, 2022, p. 24).
En ese sentido, la modernidad/colonialidad es un régimen espacio-temporal que tiene repercusiones en el cuerpo y en la subjetividad de las personas, pero también en la forma como organizamos el sistema-mundo. De esta manera, nos interesa profundizar en el proceso histórico de implementación de este patrón colonial con relación al género desde finales del siglo XV y la manera en que ha venido organizando de forma meticulosamente naturalizada el trabajo para el sostenimiento de la vida como actividad por fuera de la producción y de la economía formal, desde la colonia hasta la actualidad. Si lo analizamos desde el lente de la teoría de la dependencia, realmente esta sería la “acumulación primaria” a la que hace referencia André Gunder Frank (1978) en contraposición con la noción marxista de “acumulación primitiva”.
Para comprender la centralidad de la explotación de las mujeres racializadas en el sostenimiento del capital dentro de las lógicas del sistema-mundo moderno/colonial, recurro —desde la perspectiva decolonial— al concepto de colonialidad del poder propuesto por Quijano (2007), pero incorporando la crítica formulada por Lugones (2008). A partir de dicha crítica, adopto también las consideraciones de Segato (2016), quien desarrolla sus propias objeciones y matices al planteamiento de Lugones. Por último, Cabnal (2010) me ayuda a explicar el entronque de patriarcados y la colonialidad de género para analizar la división sexual del trabajo y el sostenimiento de la vida en clave feminista decolonial.
1. La economía feminista: claves para entender la explotación y la dependencia
Las dos críticas de la economía feminista que plantean Carrasco Bengoa y Quiroga Díaz (2020) y Pérez Orozco (2021) al sistema mundo moderno/colonial (Boatcă, 2015) se vinculan con algunos señalamientos del ecofeminismo, especialmente en su segundo señalamiento.
En primer lugar, se realiza la crítica a la idea de considerar el mercado como principal sustento del sistema económico. Esta visión privilegia la economía monetaria y financiera, centrada en los procesos de consumo, producción, distribución y redistribución. No obstante, detrás del sistema mercantil existe una fuerza de trabajo no remunerada que sostiene la vida allí donde el mercado no llega, y ahí donde la fuerza de trabajo remunerada se desarrolla en la vida cotidiana; simultáneamente, el sistema económico vigente la invisibiliza y desvaloriza.
La segunda crítica indica que el sistema mundo moderno/colonial también depende de la naturaleza, que es concebida como recurso al que expoliar para convertirlo en capital sin aceptar los límites finitos para la vida misma (Carrasco Bengoa & Quiroga Díaz, 2020). Esta crítica se asemeja a las críticas ecofeministas que plantean que “el patriarcado no solo condiciona y somete los cuerpos, mentes y vidas de mujeres y hombres, sino que también ejerce poder sobre la naturaleza no humana y la somete” (Herrero, 2017, p. 19). Estos planteamientos siguen la línea del capitaloceno como una era histórica dominada por el capital, porque el sistema capitalista no es solo depredador de la naturaleza, sino que “se desarrolla a través del tejido de la vida y es transformado por una serie de relaciones que sin duda escapan del control de los actores políticos y económicos” (Wedekind et al., 2017, p. 108).
Por lo tanto, vemos cómo desde la economía feminista latinoamericana se plantea la cuestión de la ecodependencia y la interdependencia del sistema mundo moderno/colonial para su reproducción y sobrevivencia, lo que se resume así:
Uno, el trabajo doméstico y de cuidados que sostiene la vida y le proporciona la fuerza de trabajo necesaria para la producción y dos, los bienes de la naturaleza que permiten el sustento de la población en general y de la fuerza de trabajo en particular, y todas las materias primas necesarias para los procesos productivos (Carrasco Bengoa & Quiroga Díaz, 2020, p. 14).
Esta dependencia es consecuencia de la vulnerabilidad y precariedad intrínseca de la vida (Butler, 2001). Este hecho irrefutable implicaría que la organización social de la vida debería tomar en cuenta la ecodependencia y la interdependencia. Según la primera, somos parte constitutiva de la naturaleza; de acuerdo con la segunda, requerimos de otros seres humanos para vivir y, por ende, el sujeto independiente, el Homo economicus del que hablan los economistas clásicos, no se asienta en la condicionalidad de la vida (Carrasco Bengoa & Quiroga Díaz, 2020).
Desde esta perspectiva, se argumenta que, precisamente por la condición de dependencia imbricada con la vulnerabilidad, ha resultado funcional al sistema-mundo moderno/colonial mantener invisibilizada esta paradoja con el fin de asegurar la acumulación de capital por encima de la vida. Para ello, dicho sistema ha estructurado la organización social a partir del patrón de poder colonial (Quijano, 2000, 2007) y de la colonialidad de género (Lugones, 2007; Segato, 2021), estableciendo jerarquías que ordenan los procesos de mercantilización —la producción, la distribución, la fuerza de trabajo y los trabajos que sostienen la vida—. Esta arquitectura niega e invisibiliza a una parte sustancial de la fuerza de trabajo, que ni siquiera es reconocida como tal por las mediciones económicas clásicas. De este modo, el sistema no solo usufructúa el trabajo considerado “productivo”, sino también el trabajo indispensable para el sostenimiento de la vida, siempre en beneficio del capital.
Por ello, la modernidad, entendida en estos términos, profundiza y legitima la jerarquización de las vulnerabilidades en función del sujeto privilegiado moderno. A través de una organización social y económica sustentada en lógicas colonialistas, racistas y generizadas, el sistema-mundo moderno/colonial establece una separación entre vidas que merecen ser sostenidas y vidas que no.
Ello ocurre porque se asume que el mercado —y, en especial, la fuerza de trabajo inserta en él— constituye la base de la reproducción social, cuando en realidad el mercado es dependiente del trabajo que garantiza el sostenimiento de la vida. Reconocerlo supondría otro tipo de distribución del valor de este trabajo, implicaría menor acumulación de capital y, en contraposición, mayor cooperativismo y distribución del bienestar entre los seres humanos y con la naturaleza.
Sin embargo, el sistema mundo moderno/colonial desvaloriza adrede estos trabajos a partir de la no asignación de valor o precio en el mercado o, cuando sí se les asigna, se valoran con precios muy bajos, resultado de las jerarquías raciales y de género que intervienen en la determinación de dichos valores. Sin embargo, “asignarle un precio a los distintos elementos necesarios para sostener la vida, ni ataca ni resuelve el problema de fondo” (Carrasco Bengoa & Quiroga Díaz, 2020, pp. 18-19).
Por ejemplo, en el estudio realizado por Duffy & Armenia (2021) en 47 países sobre el trabajo de cuidados remunerado, se determinó que en los países del Norte Global el sector de los cuidados es significativamente más amplio que en otras regiones y representa una proporción considerable del PIB. Las autoras analizaron el trabajo de cuidados en tres sectores económicos: (1) salud, (2) servicios sociales y educación y (3) trabajo doméstico remunerado. Su análisis mostró que, en las “grandes economías”, las mujeres migrantes se encuentran sobrerrepresentadas en el sector del trabajo doméstico remunerado, así como en el sector salud, aunque principalmente en los puestos de menor calificación y, por lo tanto, peor remunerados.
Por otro lado, el trabajo de cuidados no remunerado constituye el ámbito más infravalorado de todas las formas de trabajo debido a la ausencia de remuneración económica, lo que contribuye a su invisibilidad dentro de las estadísticas neoclásicas. Esta condición impulsó que, desde la economía y la estadística feminista en América Latina y el Caribe, se promoviera la implementación de encuestas nacionales de uso del tiempo, con el fin de medir —como indicador sistemático— las jornadas y la intensidad del trabajo no remunerado. A partir de esta información ha sido posible avanzar en su valoración económica mediante cuentas satélite integradas al PIB de los países de la región. En este sentido, se ha estimado que dicho trabajo representa alrededor del 21,3 % del PIB regional —equivalente incluso a un cuarto del PIB total— y que el 74,5 % es realizado por mujeres (Salazar-Xirinachs, 2023).
Estos datos revelan lo que las feministas materialistas habían señalado desde el siglo XX. Tal es el caso de la Escuela Feminista Materialista de Bielefeld, a través de su Departamento de Sociología, que durante las décadas de 1980 y 1990 subrayó la dependencia de las “trabajadoras domésticas no remuneradas” respecto de la economía mundial, reconociendo que la “cuestión del trabajo de las mujeres” constituía un punto ciego en la crítica de la economía política (Boatcă, 2015). Estas autoras concluyeron que ni las mujeres de los centros ni las personas trabajadoras en subsistencia de las “periferias” de la economía mundial desaparecerían como formas de trabajo alternativas al “asalariado”; por el contrario, estos trabajos son los que realmente posibilitan el auge de la fuerza de trabajo asalariada, blanca y masculina (Boatcă, 2015).
Ahora bien, aunque las feministas del norte visibilizaron la problemática “femenina” dentro de la economía-mundo mediante los análisis sobre la división sexual del trabajo, resulta fundamental abordar la condición del trabajo de cuidados no remunerado o de sostenimiento de la vida desde una perspectiva feminista decolonial. Esto permite no solo analizar las dimensiones de clase y género, sino también profundizar en cómo la problemática se articula a través de los ejes de racialización y colonialidad.
2. Expropiación y dependencia del cuerpo de las mujeres racializadas para el sostenimiento del sistema mundo moderno/colonial
La crítica decolonial ha sabido explicar la manera en que la modernidad se configura como espejo y en estrecha relación con la colonialidad; por ello, este sistema de organización de la vida es considerado por Segato (2021) como:
una matriz que ordena jerárquicamente el mundo de forma estable, esta matriz tiene una historia interna: hay, por ejemplo, no solo una historia que instala la episteme de la colonialidad del poder y la raza como clasificador, sino también una historia de la raza dentro de esa episteme, y hay una historia de relaciones de género dentro mismo del cristal del patriarcado (Segato 2021, pp. 77-78).
De esta forma, debemos comprender que el género y la raza son sustratos presentes en todo el entramado social. Por ello, tanto Lugones (2007, 2008) como Segato (2016, 2021) insisten en que el género no puede ser tratado como un tema más de la teoría decolonial, o como un aspecto del patrón de la colonialidad, sino que debe analizarse como una categoría central en la transformación del mundo en Abya Yala y de la conformación del sistema mundo moderno/colonial.
En efecto, esta es la crítica que realizó Lugones a Quijano al considerar el control del sexo y sus recursos como un área más de afectación de la vida constituida bajo el patrón de poder colonial. De esta forma, Lugones (2007) entiende los elementos de la colonialidad del poder en relación con la imposición del género en la empresa colonial y afirma que esta categoría no es consecuencia de la colonialidad, como bien lo interpretó Quijano (2007), sino que más bien el “género”, al igual que la “raza”, es el dispositivo que constituye la colonialidad/modernidad de forma entrelazada.
Quijano parece dar por sentado que la disputa por el control del sexo es una disputa entre hombres, sostenida alrededor del control, por parte de los hombres, de recursos que son pensados como femeninos. Los hombres tampoco parecen ser entendidos como “recursos” en los encuentros sexuales. Y no parece, tampoco, que las mujeres disputen ningún control sobre el acceso sexual. Las diferencias se piensan en los mismos términos con los que la sociedad lee la biología reproductiva (Lugones, 2008, p. 84).
Así, Lugones (2007) introduce el concepto de sistema moderno/colonial de género para referirse al género dentro de las múltiples relaciones de poder que constituyen la modernidad/colonialidad organizada en términos raciales. La idea principal de su argumento es que el dimorfismo sexual, el patriarcado y el heterosexualismo son claves en la constitución de las formas claroscuras de complexión de las relaciones sociales y que se encuentran inscritas en el mismo significado del género (Lugones, 2008).
Ahora bien, Segato (2021), como antropóloga, realiza la crítica a Lugones porque considera que ella no supo leer el patriarcado previo a la conquista europea, ya que considera la inexistencia del género en el mundo pre-intrusión. Para Segato (2021), el género se manifiesta en otras culturas en todo el mundo y no solo en el occidental —a pesar de que se manifiesta de forma distinta—; no obstante, la imposición de este último sobre otras formas comunales-aldea del entendimiento del género configuró una forma de organización social del género en clave racial, muy peligrosa y desigual para las mujeres racializadas.
Recurro al concepto de colonialidad de género para evidenciar las consecuencias de la división sexual del trabajo articulada con la idea de raza, es decir, desde una lectura feminista decolonial. Como señala Segato (2021), la colonialidad de género se gestó en la antesala de la modernidad descrita por Dussel: el encuentro entre civilizaciones implicó también el encuentro entre dos formas de patriarcado. Por un lado, el patriarcado occidental; por el otro, un patriarcado originario ancestral que normaba la heterosexualidad como mandato para la vida de hombres y mujeres, así como para su relación con el cosmos (Cabnal, 2010). Cabnal (2010) sostiene que existen evidencias históricas de esta división heterosexual que estructuraba costumbres, roles y prácticas sociales, como se observa en la división sexual de la guerra.
Seguidamente, Cabnal (2010) analiza cómo este patriarcado originario ancestral se fusiona, en un momento histórico específico, con la imposición del patriarcado occidental. Esta articulación fortaleció la arremetida colonial sobre los cuerpos de las mujeres indígenas y configuró las bases de lo que posteriormente se manifestaría como racismo y capitalismo.
A través del mestizaje, como menciona Mendoza (2014), se pueden explorar las intersecciones entre género, raza, clase y sexualidad, formas fundamentales para entender la organización y división mundial de la fuerza laboral. Ello se debe a que la unidad básica legítima en la que se asienta el sistema mundo moderno/colonial y, por ende, el sistema económico capitalista es la familia nuclear heterosexual, y es ahí donde comienzan las jerarquizaciones raciales, genéricas y de clase.
Mediante la jerarquización de los cuerpos en clave racial y genérica, se fue estableciendo una división entre fuerzas “productivas” y “reproductivas”. Aunque esta separación se hizo más evidente durante la Revolución Industrial, las colonias desempeñaron un papel fundamental desde mucho antes: no solo sostuvieron el desarrollo de los imperios a través del trabajo esclavizado y de subsistencia, sino que también el trabajo reproductivo —tanto dentro como fuera de la estructura familiar considerada legítima— fue clave para garantizar el sostenimiento cotidiano de la fuerza de trabajo, tanto racializada como blanca.
Por lo tanto, el entronque de patriarcados significó un momento clave en el desarrollo del patrón de poder colonial, porque fusionó ―de forma desigual, violenta y peligrosa para las mujeres racializadas― el patriarcado eurocéntrico de alta intensidad con el patriarcado de baja intensidad de los pueblos originarios y afros (Segato, 2016), y organizó la vida a nivel cultural, social, político y económico de forma particularmente injusta para aquellos a quienes se encomendó el sostenimiento de la vida.
La superinflación de los hombres en el ambiente extracomunitario, en su papel de intermediarios con el mundo exterior, es decir, con la administración del blanco; la emasculación de los hombres en el ambiente extracomunitario, frente al poder de los administradores blancos; la superinflación y universalización de la esfera pública, habitada ancestralmente por los hombres, con el derrumbe y privatización de la esfera doméstica; y la binarización de la dualidad, resultante de la universalización de uno de sus dos términos, constituido como público, en oposición a otro, constituido como privado (Segato, 2021, pp. 83-84).
Segato (2021) sostiene que la emulsión entre las formas de vida preintrusión y el orden moderno/colonial exacerbó configuraciones autoritarias de organización social basadas en jerarquías de casta, estatus y género. El proceso resultante de esta imposición genérico-racial y colonial transformó profundamente las relaciones sociales: el espacio doméstico fue privatizado y concebido como una esfera residual, excluida deliberadamente de las cuestiones políticas consideradas de mayor relevancia en la esfera pública (Segato, 2010). Este aislamiento forzado de las mujeres implicó la pérdida de participación política, así como de espacios de poder y decisión dentro de las comunidades. En consecuencia, quedaron subordinadas primero al mandato de las leyes del hombre blanco y, posteriormente, a la imposición de la esfera privada mediante la violencia y el disciplinamiento ejercidos por sus pares hombres colonizados, quienes a su vez emulaban el modelo de masculinidad blanca hegemónica.
Lo fundamental aquí es destacar que el colonialismo, mediante la división sexual y racial del trabajo, la creación de una separación tajante entre lo público y lo privado, y la imposición de la familia nuclear romana como forma legítima de organización social —en detrimento de la comunidad o la familia comunal—, no solo erosionó las estructuras colectivas de reproducción de la vida, sino que negó la posición política de las mujeres colonizadas (indígenas, africanas, afrodescendientes y mestizas pobres).
Este acontecimiento histórico reconfiguró la organización de la vida al separarla en dos esferas (privada y pública) y consolidó el entronque de patriarcados que condujo a la domesticación y desposesión política de las mujeres colonizadas (Mendoza, 2014). Aquellas que gozaron de un privilegio relativo —las más blancas o mestizas— fueron confinadas al espacio doméstico, siendo marginalizadas, “otrificadas” y despojadas de cualquier posibilidad de agencia política o autoridad.
Las mujeres más racializadas, en cambio, fueron sometidas a regímenes de servidumbre o utilizadas como recurso sexual por parte de los hombres de castas superiores, de modo que quedaron reducidas, además, a la condición de madres “solteras” sin posibilidad alguna de legitimar su posición social, política o económica.
De esta manera, se fueron estableciendo las estructuras familiares a las que hace referencia Therborn (2007), quien asegura que en América Latina los sistemas familiares eran conformados como sistemas duales y triangulares entre blancos, no blancos y mestizos; estaban arraigados a una cultura informal machista y mezclados con un sistema matrilineal afro, europeo, mestizo y amerindio desarraigado, con las siguientes características en común:
[…] entre los europeos gobernantes, la sociedad criolla implicó que el patriarcado tradicional europeo se volviera más fuerte y rígido, jurídicamente encerrado en normas napoleónicas de dominación masculina y obediencia de la mujer, y que sobreviviera aquí su legitimidad en retroceso en Europa. En el otro polo de la sociedad criolla, se desarrolló el primer modelo masivo duradero de constitución de parejas informales, lo que implicaba nacimientos extramaritales y una práctica extendida y normativamente aceptada de depredación sexual masculina (Therborn, 2007, p. 37).
Therborn (2007) reconoce la relevancia de las relaciones extramaritales y de la depredación masculina en el establecimiento de la familia biparental cristiana y eurocentrada en Latinoamérica. Este proceso se consolidó a partir de un imaginario profundamente arraigado en valores cristianos, los cuales fueron modelando ambas esferas a través de preceptos culturales y religiosos que justificaban además la división sexual y racial del trabajo. Dicha división resultaba aún más apremiante para las mujeres racializadas, quienes en muchos casos ni siquiera lograban insertarse en el esquema “tradicional” de roles de género asociado a la constitución del núcleo familiar con un hombre proveedor.
Estos otros arreglos familiares —catalogados como “informales”— se vieron obligados a sostener la vida pese a la ilegitimidad jurídica y al estigma moral que recaía sobre ellos. Si además consideramos las condiciones impuestas por la esclavitud o la servidumbre, marcadas por la precariedad y la vulnerabilidad, comprendemos que el sostenimiento de los cuerpos generizados y racializados dependía de la potencia de estos sujetos y su deseo, ante la muerte acechante, de mantenerse con vida, para lo cual desplegaron estrategias de resistencia.
Es ahí donde el feminismo comunitario señala la relevancia del trabajo colectivo para el sostenimiento de la vida, sobre todo en las corporalidades racializadas, puesto que la vida se desplegaba mediante amplias redes de mujeres racializadas y de entramados comunitarios que garantizaban cuidados, afectos y los recursos en contextos donde el dinero, la legitimidad de su existencia y la formalidad de su trabajo eran inexistentes.
Por eso, el trabajo de sostenimiento de la vida es posible a través de las agencias cotidianas que despliegan estas mujeres de forma colectiva en contextos de carencia económica, material y psicológica, y como consecuencia de la falta de respuesta de los Estados por satisfacer sus necesidades y de un mercado que invisibiliza y esconde el valor de su trabajo.
Conclusiones
Tomando como punto de partida la interpretación del sistema-mundo de Wallerstein (1974), y atendiendo a sus raíces raciales, genéricas y coloniales tal como propone Boatcă (2015), puede señalarse —en línea con la teoría de la dependencia— que el sistema-mundo capitalista se consolidó a partir de una relación de poder estructural entre un centro, hoy asociado al Norte Global, y unas periferias subdesarrolladas sistemáticamente explotadas por dicho centro. Esta relación, constitutiva y mutuamente configurada, sostiene un sistema marcado por la desigualdad estructural y la producción continua de inequidades.
No obstante, desde el feminismo materialista se formularon críticas fundamentales a este sistema a partir del análisis de la división sexual del trabajo, que señalan cómo la consolidación de la familia nuclear operó como un mecanismo para usufructuar un tipo de trabajo invisibilizado y relegado a la esfera privada. Este proceso disciplinó a las mujeres mediante preceptos culturales, morales y religiosos que naturalizaron dicha división. En este sentido, el trabajo doméstico y de cuidados constituye, en realidad, una forma de “trabajo primario” en el sentido planteado por Frank (1978), pues es un trabajo orientado al sostenimiento y preservación de la vida en su conjunto, y además resulta indispensable para el sistema-mundo al garantizar la reproducción cotidiana y generacional de la fuerza de trabajo “productiva”, es decir, de la vida misma del sistema.
Por otro lado, retomo los aportes de la economía feminista latinoamericana y del feminismo decolonial, ya que es imprescindible comprender este proyecto histórico en clave moderno/colonial. Las jerarquías más analizadas han sido tradicionalmente las de género y clase, sin considerar con suficiente profundidad cómo la colonialidad y la racialización han estructurado también la división sexual del trabajo. Esta división, en tanto colonial y racial, jerarquiza a las mujeres y al trabajo de sostenimiento de la vida del mismo modo en que los teóricos de la dependencia analizaron la desvalorización del trabajo de subsistencia en las periferias.
Si bien las feministas materialistas analizaron la división sexual del trabajo a partir de la clase y el género, y los dependentistas se centraron en el trabajo productivo y de subsistencia a partir de la clase y de la “raza”, este análisis nos obliga a considerar que también el trabajo de cuidados o de sostenimiento de la vida está trazado por la raza y la colonialidad, y no solo por el género y la clase, como lo han analizado las feministas del Norte Global. Además de ello, permite entender que tanto el género como la racialidad no son ejes secundarios dentro del sistema-mundo moderno/colonial, sino dimensiones constitutivas del propio orden.
Por lo tanto, el género y la “raza” mantienen una vinculación constitutivamente colonial con la clase. Estos dispositivos de clasificación social moldean la producción de los cuerpos y de los sujetos a través de la organización internacional del trabajo, cuyo núcleo para la reproducción de la fuerza de trabajo y para el consumo es la familia o el hogar a escala global.
Esta forma de organización social se consolida y se reproduce mediante el proyecto histórico de la modernidad/colonialidad, centrado en la acumulación de capital por encima de la vida. De este modo, se impone una lógica mercantil que reconoce y garantiza el bienestar únicamente de las vidas consideradas privilegiadas, aquellas que pueden acceder a niveles elevados de acumulación y a patrones de consumo desmesurados. En contraste, otros hogares enfrentan la supervivencia cotidiana mediante el sostenimiento colectivo de la vida, especialmente cuando los ingresos son insuficientes y cuando ni el mercado ni el Estado ofrecen respuestas adecuadas a sus necesidades.
De este modo, el trabajo destinado al sostenimiento de la vida se produce y se jerarquiza aun cuando permanece invisibilizado; es decir, aunque se mantenga fuera de aquello que la economía neoclásica “ve” o contabiliza. Gracias a las encuestas de uso del tiempo, es posible observar que, dentro de los hogares, operan de manera persistente el patrón de poder colonial y el de la colonialidad de género, que intensifican el usufructo del trabajo de las mujeres racializadas y empobrecidas. En consecuencia, el sistema-mundo moderno/colonial, sustentado en la lógica capitalista, oculta y simultáneamente explota el trabajo que sostiene la vida para su propio beneficio, tanto en los centros como en las periferias. Sin embargo, la magnitud de esta explotación es mayor para las mujeres racializadas, quienes deben articular —muchas veces en condiciones de extrema precariedad— el trabajo productivo, el trabajo reproductivo y el trabajo comunitario o colectivo para garantizar su propia supervivencia y la de sus familias.
Ello implica que el conflicto capital-vida debe ser analizado desde una perspectiva feminista decolonial, con el fin de visibilizar las múltiples formas en que el trabajo de cuidados o de sostenimiento de la vida se desarrolla bajo el sistema-mundo moderno/colonial, así como para evidenciar cómo la racialización y la colonialidad de género constituyen dimensiones centrales y ampliadas de la inequidad.
Si analizamos la dependencia dentro del sistema-mundo moderno/colonial en relación con el sostenimiento de la vida y las dinámicas de producción, podemos afirmar que es el Norte Global —más que el Sur Global— el que presenta mayores niveles de dependencia estructural, debido a su subordinación casi absoluta a las lógicas mercantiles e individualistas.
En contraste, los “sures” del mundo han desarrollado históricamente formas de sostener la vida y de gestionar la vulnerabilidad que desbordan dichas lógicas, precisamente porque han sido sistemáticamente excluidos de ellas.
En este contexto, las mujeres racializadas —constituidas como una fuerza de trabajo estructuralmente desvalorizada e invisibilizada— han desplegado agencias colectivas y han sostenido prácticas de cuidado, redes comunitarias y modos de defensa y preservación de la naturaleza. Estos elementos, pilares constitutivos de sus vidas, permiten sostener la existencia más allá de las lógicas mercantiles que estructuran el sistema-mundo.
Esto nos conduce a una pregunta crucial: ¿quién depende realmente de las lógicas centro-periferia? Y, dentro de los centros y de las periferias, ¿quiénes poseen los saberes y prácticas que permiten sostener la vida? En este sentido, como señala Boatcă (2015), “la cuestión de las mujeres resultó ser la más general —y no la más particular— de todas las cuestiones sociales, porque abarcaba a todas las demás” (p. 52).
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