Podría decirse que la crisis de la hegemonía teórica de la CH, analizada en los primeros Capítulos de este trabajo, fue revelando al tiempo que la insuficiencia de la reconstrucción racional de las teorías, la necesidad de atender a lo que ellos mismos denominaron ‘contexto de descubrimiento’. El derrumbe paulatino de la epistemología de corte fundacionalista de la CH produce un giro en la reflexión sobre la ciencia que comienza a tener en cuenta al sujeto que la produce, reconociendo que las prácticas de la comunidad científica tienen relevancia epistémica, es decir que en el devenir del proceso socio-histórico mismo acontece la legitimación del conocimiento producido.
Este complejo panorama, que en principio parece indicar la necesidad de una nueva teoría de la ciencia de perfil transdisciplinario, ha dado lugar sin embargo, a la proliferación de una variada gama de posiciones relativistas, irracionalistas, retoricistas, posmodernistas en general, que, apoyadas en el reconocimiento de que ya no es posible defender puntos de vista fuertes como la CH y de la necesidad de atender a los elementos contextuales también en la validación del conocimiento científico, han salido a impugnar la especificidad de la ciencia sosteniendo que ella sería ‘un saber entre saberes’ sujeto a los mismos criterios de producción y legitimación. Esta igualación hacia ‘abajo’ se ve amparada en el señalamiento de la habitual invasión de la ciencia por recursos, tales como las metáforas, propios de otros discursos. Esta ampliación de la incumbencia de las metáforas, es tomada erróneamente como una señal inequívoca de que no hay nada especial en la ciencia.
En el convencimiento de que son tan indefendibles las posturas fuertes de la CH como así también las impugnaciones extremas de la misma, resulta indispensable generar un Programa de Investigación de corte transdisciplinario sobre la base de un supuesto fundamental diferente: de la aceptación de que en la ciencia habitual y cotidianamente se utilizan recursos discursivos y retóricos varios, no se sigue que se deba desdibujar la especificidad epistémica de la ciencia. Esto más bien obliga a indagar, y eventualmente replantear la pertinencia y relevancia epistémica de esos recursos discursivos, fundamentalmente las metáforas.
El tono general de la propuesta que se desarrollará en lo que sigue puede ilustrarse en palabras de F. Jacob:
“El siglo XVII tuvo la sabiduría de considerar la razón como una herramienta necesaria para tratar los asuntos humanos. El Siglo de las Luces y el siglo XIX tuvieron la locura de pensar que no sólo era necesaria, sino suficiente, para resolver todos los problemas. En la actualidad, todavía sería una mayor demostración de locura decidir, como quieren algunos, que con el pretexto de que la razón no es suficiente, tampoco es necesaria” (Jacob, 1982:132)
En este Apéndice se pretende, rescatar algunas ideas básicas de la Epistemología Evolucionista, al tiempo que elaborar un instrumento conceptual que explique de un modo diferente al tradicional el uso de metáforas en la ciencia y la epistemología, partiendo de la idea de no reducir la ciencia a mero discurso entre otros o disolver la epistemología, sino más bien para extender la idea de metáfora como recurso cognoscitivo. Se analizará el concepto de ‘metáfora’, aunque adjudicándole un sentido no tradicional, a fin de entender de qué modo puede argumentarse que mediante su uso se explica buena parte de los procesos de desarrollo de las ciencias y también de la epistemología (sea evolucionista o de otro tipo). Puede pensarse, no sin cierto optimismo quizá desmesurado, que el planteo que se realizará servirá de heurística positiva para un Programa de Investigación transdisciplinario.
Mediante el desarrollo de algunas ideas sobre analogías, modelos y metáforas y a través del concepto de ‘METAFORA EPISTEMICA’, se persigue un objetivo inmediato, y otro más ambicioso y a largo plazo. El inmediato apunta a describir el modo peculiar en que la EE (popperiana o de otro tipo) se relaciona con la teoría biológica de la evolución, habida cuenta que los principales debates dentro de la EE se realizan en torno, básicamente, a la cuestión de la analogía con la biología evolucionista. El otro objetivo, más ambicioso y que tan sólo quedará insinuado aquí es la aplicación de la noción de ‘metáfora epistémica’ al desarrollo de un Programa de Investigación epistemológico –aunque transdisciplinario- que permite explicar una gran cantidad de procesos en el desarrollo histórico de la ciencia al tiempo que resignificar los principales tópicos de la agenda epistemológica.
1. Las metáforas
En la vida cotidiana se recurre todo el tiempo a metáforas y analogías de todo tipo y alcance. También es suficientemente reconocido el poderoso papel retórico y estético que cumplen estas formas discursivas no sólo en el lenguaje corriente sino también, y principalmente, en la literatura.
Por su parte, en la ciencia, en general se habla de ‘modelos’, lo cual parece implicar además de una rigurosidad conceptual mayor, algún paralelismo o isomorfismo más estricto entre un sector de la realidad que se pretende explicar y el sustituto o modelo utilizado a tal fin. De hecho la noción de ‘modelo’ dista de ser unívoca e implica realizaciones sumamente diversas. Las buenas metáforas y algunos tipos de modelos suelen tener también un papel preponderante en tanto recursos didáctico-pedagógicos. Más allá de las diferencias, modelos y metáforas son conceptos emparentados: se basan en la posibilidad de establecer alguna semejanza, comparación o relación entre los ámbitos involucrados, es decir, en la posibilidad de plantear algún tipo de analogía. Por ello, sus significados en buena medida se superponen, de modo tal que las diferencias entre ellos no siempre se pueden establecer con claridad. Para hacerlo, muchas veces se recurre no tanto a aspectos sustanciales, sino más bien apelando a demarcar los ámbitos de incumbencia u otras veces a las intenciones de los hablantes.
Pero más allá de estas distinciones, ha llegado a constituirse en un lugar común afirmar que las metáforas y (las analogías en general) no poseen, en ultima instancia valor cognoscitivo alguno. El hecho de que en las últimas décadas esto se haya comenzado a poner en duda no cambia demasiado el panorama general. En el ámbito de los modelos científico esta disputa, constituida en un tópico, se desarrolla en los siguientes términos: ¿tienen los modelos un valor meramente instrumental o heurístico o, por el contrario, constituyen descripciones realistas de algún sector del mundo?.
El primer autor, por lo que sabemos, que abordó el estudio de la metáfora sistemáticamente, a la par que fijaba lo que consideraba su limitación fundamental fue Aristóteles (384-322 a. C). Definió la metáfora como “la transposición de un nombre a cosa distinta de la que tal nombre significa. Esta transposición puede hacerse del género a la especie, de la especie al género, o por una relación de analogía” (Aristóteles, Poética, cap. XXI). En otra de sus obras (Aristóteles, Retórica 1404b 32 – 1405b 20), trazó normas para el uso de la metáfora: concebía este recurso como circunscripto al lenguaje poético constituyendo su adecuado uso una demostración del genio del escritor. El conocimiento no podía quedar atado a una instancia tan impredecible y carente de reglas. Frente a la abundancia del lenguaje figurado y de imágenes utilizados por su maestro Platón (427-347 a. C.) Aristóteles sostuvo la necesidad de una extrema sobriedad para evitar la ambigüedad y la equivocidad. Por ello el lenguaje metafórico debía ser suprimido de la ciencia, a la sazón entendida por aquel entonces, con un significado mucho más amplio que en la actualidad.
A lo largo de los siglos ha sido una constante, por parte de filósofos y científicos, rechazar todo valor cognoscitivo a las metáforas. En el siglo XX, el punto de vista de la filosofía de la ciencia, surgida en el marco del giro lingüístico de la filosofía analítica, es categórico respecto de las metáforas y analogías. La llamada Concepción Heredada de las Teorías Científicas (en adelante CH), pretendió restringir el papel de la filosofía al estudio y análisis del discurso científico para expulsar del mismo toda afirmación metafísica, y además, obviamente, rechazó por entero cualquier uso metafórico del lenguaje, apoyada en su optimismo fundacionalista. Ningún lugar legítimo quedaba para las metáforas:
“Es cierto como han sostenido algunos científicos y epistemólogos, que el uso de metáforas ha sido un recurso a menudo oscurantista y que genera confusión dentro de la ciencia. Se trata de un lenguaje figurado, ambiguo e impreciso, muchas veces subjetivo y valorativo del que costó mucho desembarazarse (…) las metáforas son resabios de modos primitivos de pensar que deben ser eliminados del discurso científico” (Gianella, 1995:137).
Sin embargo sea como fuere que se considere la relación entre los modelos científicos y la realidad a que ellos refieren, si se analizan las características básicas de éstos, se puede ver que encajan muy bien en el concepto de metáfora, aunque pueda decirse que se trata de metáforas sistemáticas y rigurosas. Los modelos:
a) “constituyen un sistema de representación: algo es tomado en lugar de otra cosa”.
b) “la relación entre representante y representado tiene la peculiaridad de ser asimétrica, ya que es el modelo, metáfora o símil el que está en lugar de otra cosa, y sus roles no son intercambiables”.
c) la representación presupone un sujeto para el cual hay una relación entre dos dominios: un dominio X de la representado y un dominio Y de la representación.
d) siempre ocurre “una selectividad que opera una simplificación: siempre son algunos rasgos los que se toman en consideración, y necesariamente se dejan otros de lado.
e) “restricción en la aplicación o alcance del modelo o metáfora. La analogía de las propiedades de los dominios X e Y permite describir nuevas propiedades comunes pero hay límites más allá de los cuales se producen distorsiones. La selectividad que opera al construirse la representación, fija límites a su utilización en la búsqueda de nuevas propiedades”. (Gianella, 1995:133)
De tal modo las metáforas y modelos, según este modo de ver, tendrían ciertas funciones como por ejemplo las de comprender un dominio de fenómenos a partir de otro “más accesible y conocido que el primero”; pueden tener también una función didáctica y además “una función heurística, ya que a través de ellas se llega a la formulación de hipótesis sugeridas por las analogías”; pero queda absolutamente claro que no se les reconoce poder explicativo ni probatorio.
En base, entonces, a ciertas similitudes de funcionamiento básicas, consideraremos aquí a los modelos como un caso especial de las metáforas sobre la base de dos cuestiones. En primer lugar porque constituyen tipos de analogías, aunque de hecho no se debe seguir de esto que tales analogías sean a priori. Es decir que no se trata de ningún modo de un compromiso ontológico en el sentido de suponer que tales analogías están dadas de antemano. Más bien debería pensarse que la analogía/metáfora debe ser construida. En segundo lugar, y más allá de ciertas especificidades de uso, porque deben afrontar problemáticas similares en dos cuestiones centrales: dar cuenta de la relación lenguaje literal/lenguaje metafórico (realidad/modelo), y el del status cognoscitivo de las metáforas (modelos) es decir el problema de la referencia y la verdad.
Ahora bien, hechas las aclaraciones precedentes puede volverse al tema central de esta sección y ver en una perspectiva distinta la relación entre metáforas y ciencia. El punto de vista tradicional considera que metáforas y ciencia son incompatibles, tolerando ciertas funciones heurístico/didácticas de los modelos científicos. Sin embargo, y a pesar de estas supuestas incompatibilidades e incomodidades, a poco que se comience a indagar en la historia de la ciencia es posible percibir que el uso de ciertos procedimientos que cuando menos se parecen mucho a lo que ocurre cuando se plantea una metáfora, no sólo no es marginal sino que a veces parece más bien la regla. Se produce entonces un curioso y ostensible desfasaje entre la normativa canónica respecto del uso de metáforas en ciencia y lo que muestra la historia y las prácticas efectivas de la comunidad científica. Esta disparidad notoria entre el precepto metodológico sobre ‘lo que debería haber’ y lo que muestra efectivamente el recorrido a través de varios siglos de ciencia debe cuando menos llamar la atención. Este llamado de atención queda plasmado en este libro planteando la posibilidad de llevar adelante un Programa de Investigación que parta de una concepción evolucionista de la historia de las ciencias, en la cual le selección se realiza sobre un conjunto amplio pero limitado de estructuras conceptuales que se constituyen en el arsenal de metáforas disponibles en un momento histórico dado. Llevar a cabo esta tarea requiere, en primer lugar la aceptación de algunos presupuestos básicos, que contribuyan a plantear las habituales preguntas epistemológicas de otra manera.
2. Supuestos metodológicos-conceptuales. El ‘núcleo duro’ del programa
El Núcleo Duro del Programa propuesto ya ha sido expresado más arriba: en el convencimiento de que son tan indefendibles las tesis fuertes de la CH como así también las impugnaciones extremas de la misma, resulta indispensable generar un Programa de Investigación de corte transdisciplinario basado en el supuesto de que el mismo debe contribuir a explicar el desarrollo de la ciencia a través de la historia sin desconocer la especificidad epistémica del discurso científico. Se trata, entonces, de ampliar el horizonte de la racionalidad científica indagando y en todo caso revalidando el status epistémico de las metáforas disponibles, en tanto material sobre el cual se opera una selección epistémica a través de la historia, en lugar de igualar ‘hacia abajo’ diluyendo la especificidad del conocimiento científico. Enfaticemos lo ya dicho: de la aceptación de que es necesario atender a los elementos contextuales y prácticos de la actividad científica y aún al desarrollo histórico social de la misma, habida cuenta de su relevancia epistémica y de que en la ciencia habitual y cotidianamente se utilizan recursos discursivos y retóricos varios, no se sigue que se deba desdibujar la especificidad de la misma. Esto más bien obliga a indagar, y eventualmente replantear la pertinencia y relevancia epistémica de esos recursos discursivos, fundamentalmente las metáforas, en el contexto del devenir histórico de la ciencia.
2.1. Concepción amplia de ‘metáfora’
En primer lugar se asumirá lo que podría denominarse una concepción amplia de las metáforas extendiendo su ámbito de incumbencia, en contraposición al uso tradicional, restringido a propósitos estéticos, o meramente didácticos o heurísticos. De este modo, los modelos y metáforas -en el sentido tradicional restringido- pueden ser considerados como formas acotadas y específicas de usos o estrategias metafóricas más amplias y abarcativas.
Como primera aproximación general se puede afirmar que en el uso metafórico del lenguaje, un término (o grupo de términos), expresión o conjunto de expresiones y las prácticas con ellos asociadas sustituye a otro término (o grupo de términos), expresión o conjunto de expresiones y las prácticas con ellos asociadas. Una definición en este sentido amplio puede encontrarse en la obra de Lakoff y Johnson (1998:41): “La esencia de la metáfora es entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra”.
Se desprende de esta caracterización que quedan determinados, en principio, dos ámbitos bien diferentes: el del uso original de la expresión, que puede llamarse ‘literal’, en contraposición con el del uso ‘metafórico’. Entre el uso original habitual de una expresión y un uso metafórico de ésta es posible establecer algún tipo de vínculo, comparación o relación. Evidentemente, si hubiera identidad absoluta entre las expresiones, no se produciría el fenómeno de la metáfora. Por el contrario, si fueran completamente heterogéneas, es decir que no pudiera establecerse vinculación alguna no sería posible acercarlos y de este modo, tampoco se cumpliría la metáfora.
Surge de esta dualidad elemental, uno de los puntos nodales de la propuesta, a la vez que uno de los tópicos fundamentales de los debates acerca de la metáfora: la relación entre lenguaje literal y lenguaje metafórico (el otro, que se abordará luego, se refiere a su status cognoscitivo). Mientras algunos autores establecen distintos tipos de relación entre ellos, otros directamente niegan que haya dos lenguajes.
A continuación se reconstruirán brevemente las principales posiciones a este respecto, aunque cabe adelantar que tal como se entiende aquí esta distinción no implica necesariamente ni la asunción de una concepción semántica de la metáfora, ni compromiso ontológico alguno, de modo que el vínculo pueda considerarse como establecido de antemano por un orden ‘natural’ o relación categorial a priori. La distinción entre uso o ámbito literal y uso o ámbito metafórico tan sólo es posible tomando en consideración los usos y conductas habituales de una comunidad de hablantes, sea una comunidad en general o una comunidad científica con su lenguaje técnico.
Para entender el alcance del punto de vista sostenido aquí resulta necesario repasar, cuando menos brevemente, algunas opiniones acerca de la esencia y alcance de las metáforas.
2.1.1. ¿Qué es una ‘metáfora’?.
Lo primero que corresponde es analizar las metáforas desde un punto de vista general sin hacer ninguna distinción respecto sus ámbitos de incumbencia.
Hay una definición clásica de metáfora dada por Aristóteles:
“La metáfora consiste en dar a una cosa un nombre perteneciente a otra cosa, produciéndose la transferencia del genero a la especie, o de la especie al genero, o de la especie a la especie, o con base en la analogía” (Poética, 1457)
Esta definición tiene dos limitaciones básicas. La primera, no demasiado importante, reside en el hecho de considerar a las metáforas solamente un recurso literario. La segunda, más importante y causa de la primera, es que presupone un compromiso ontológico. En la realidad hay un orden inteligible que puede ser explicado en términos de género y especie. Es por ello que se puede hablar de usos literales y metafóricos. Quizá buena parte de la renuencia a aceptar alguna relevancia cognoscitiva de las metáforas resulte de aceptar un punto de vista semejante a éste. Sin embargo, y a propósito de metáforas, ha corrido mucho agua bajo el puente, desde los griegos hasta aquí. Puede seguirse, para un examen analítico de las metáforas y de las relaciones entre significados literal y metafórico el trabajo de M. Black (1961).
El uso del término ‘metáfora’ refiere en general a caracterizar una oración u otra expresión en la cual alguna/s palabra/s tiene/n un uso metafórico en medio de otras palabras que no lo tienen, como por ejemplo en las expresiones:
- ‘el hombre es un lobo’
- ‘atacó todos los puntos débiles de mi argumento’
En ellas se puede diferenciar entre el foco –la o las palabras usadas metafóricamente, en los ejemplos citados ‘lobo’ y ‘atacó’- y el marco, es decir, el resto no metafórico de la expresión. En este sentido es posible pensar que la presencia de un marco determinado pueda dar lugar al uso metafórico de una expresión, en tanto que en un marco distinto la misma expresión no sea capaz de producir una metáfora, o bien que pueda producir otra metáfora.
Este señalamiento de Black remite a otra cuestión clave para la evaluación y análisis de las metáforas: ellas no representan tan solo una cuestión semántica, sino también y quizá principalmente, se desenvuelven en el ámbito de la pragmática (no así en el de la sintaxis). En efecto, si bien cuando se dice que una expresión es una metáfora se dice algo acerca de su significado, también es cierto que hablar de metáfora implica atender a las condiciones mismas de posibilidad de su concreción: las circunstancias en que se empleen, los pensamientos, actos, sentimientos e intenciones de los hablantes en las ocasiones correspondientes:
“Existen infinitos contextos dentro de los cuales es preciso reconstruir el significado de la expresión metafórica basándose en las intenciones del hablante (y en otros indicios), pues las reglas maestras del uso normal son demasiado generales para proporcionarnos la información que necesitamos (…) es preciso prestar atención a las circunstancias concretas en que se emita una metáfora para reconocerla e interpretarla (…) en cierto sentido ‘metáfora’ pertenece más a la pragmática que a la semántica: sentido que puede ser uno de los más dignos de atención”. (Black, 1961:40)
Luego de esta elemental y analítica caracterización de la metáfora es posible abordar el problema de la relación existente entre los dos ámbitos que, por alguna circunstancia, dan forma a este curioso fenómeno de la metáfora: el del lenguaje literal y el metafórico.
2.1.2. lenguaje literal y lenguaje metafórico
Sobre este punto se centra uno de los debates más fuertes alrededor de las metáforas. Según Black, son dos los enfoques básicos: el enfoque sustitutivo, con su variante el enfoque comparativo y el enfoque interactivo.
Según el enfoque sustitutivo:
“(…) la expresión metafórica (M) opera como sustituto de otra expresión, ésta literal (L), que habría expresado idéntico sentido si se hubiese utilizado en lugar de aquélla. De acuerdo con esta opinión, el significado de M en su aparición metafórica es exactamente el sentido literal de L: el uso metafórico de una expresión consistiría en el uso de una expresión en un sentido distinto del suyo propio o normal, y ello en un contexto que permitiría detectar y transformar del modo apropiado aquel sentido impropio o anormal (…) De acuerdo con el enfoque sustitutivo, el foco de la metáfora vale para la comunicación de un significado que podría haberse expresado de modo literal: el autor sustituye L por M, y la tarea del lector consiste en invertir la sustitución, sirviéndose del significado literal de M como indicio del también literal de L. Comprender una metáfora sería como descifrar un código o desenmarañar un acertijo” (Black, 1961:42)
Sostener este enfoque sustitutivo implica aceptar que las metáforas proceden de dos tipos de necesidades o motivaciones. O bien la catacresis que consiste en asignar una acepción nueva a una palabra en caso de que no haya un equivalente literal (L) en un lenguaje determinado. Si esto fuera así, y la catacresis fuera a llenar un hueco dejado por el lenguaje, rápidamente la nueva acepción se literalizaría con lo cual dejaría de ser metáfora. O bien un afán estilístico. En este sentido la metáfora es una decoración. Su finalidad es distraer y solazar y, según este enfoque su uso “constituye siempre una desviación respecto del ‘estilo llano y estrictamente apropiado”.
Dentro de esta idea básica de enfoque sustitutivo Black distingue un caso especial: el enfoque comparativo, según el cual la expresión metafórica tiene un significado que procede, por cierta transformación, de su significado literal normal. En este sentido la metáfora sería una forma de lenguaje figurado (como la ironía o la hipérbole) cuya función es la analogía o semejanza, y en tal sentido M tendría un significado semejante o análogo a su equivalente literal L.
El enfoque sustitutivo/comparativo presenta serias limitaciones, básicamente porque presupone alguna analogía o semejanza dada de antemano. Según Black:
“(…) la principal objeción que puede oponerse a una tesis comparativa es que padece una vaguedad tal que está al borde de la vacuidad (…) en algunos casos, decir que la metáfora crea la semejanza sería mucho más esclarecedor que decir que formula una semejanza que existiera con anterioridad” (Black, 1961:47).
La crítica se basa en el hecho de que si entre dos dominios diferentes hubiera una semejanza predeterminada las metáforas estarían regidas por reglas estrictas tanto de producción como de interpretación.
El enfoque interactivo, según Black, permite superar tales objeciones. Según este punto de vista más que una comparación o sustitución, cuando se construye una metáfora se ponen en actividad simultánea dos ámbitos que habitualmente no lo están. Merced a esta interacción resulta la metáfora. Las principales características del enfoque interactivo son:
- El enunciado metafórico tiene dos asuntos (subjects) distintos: uno principal y otro subsidiario.
- El mejor modo de considerar tales asuntos es, con frecuencia, como ‘sistemas de cosas’ y no como ‘cosas’.
- La metáfora funciona aplicando al asunto principal un sistema de ‘implicaciones acompañantes’ característico del subsidiario.
- Estas implicaciones suelen consistir en ‘tópicos’ acerca de este último asunto, pero en ciertos casos oportunos pueden ser implicaciones divergentes establecidas ad hoc por el autor.
- La metáfora selecciona, acentúa, suprime y organiza los rasgos característicos del asunto principal al implicar enunciados sobre él que normalmente se aplican al asunto subsidiario.
- Ello entraña desplazamientos de significado de ciertas palabras pertenecientes a la misma familia o sistema que la expresión metafórica; y algunos de estos desplazamientos, aunque no todos, pueden consistir en transferencias metafóricas.
- No hay ninguna razón sencilla y general que de cuenta de los desplazamientos de significado necesarios: esto es, ninguna razón comodín de que unas metáforas funcionen y otras fallen” (Black, 1961).
Dado el ejemplo: “El hombre es un lobo”, según el punto de vista interactivo hay dos asuntos, el principal, el hombre (o los hombres) y el subsidiario, el lobo (o los lobos). La metáfora no funcionará si el destinatario es lo suficientemente ignorante acerca de los lobos. Pero, como bien señala Black:
“(…) lo que se necesita no es tanto que éste conozca el significado normal, del diccionario, de ‘lobo’ (o que sea capaz de usar esta palabra en sus sentidos literales) cuanto que conozca lo que he de llamar sistema de tópicos que la acompañan. Imaginemos que se pide a un profano que diga, sin reflexionar especialmente sobre ello, qué cosas considera verdaderas acerca de los lobos: el conjunto de afirmaciones resultantes se aproximaría a lo que voy llamar aquí el sistema de tópicos que acompañan a la palabra ‘lobo’; y estoy asumiendo que en cualquier cultura dada las respuestas de distintas personas a este ensayo concordarían bastante bien, y que incluso un experto ocasional, que podría poseer unos conocimientos desusados acerca de tal cuestión, sabría, con todo, ‘lo que el hombre de la calle piensa sobre ella’. Sin duda, desde el punto de vista de la persona enterada, el sistema de tópicos podría incluir muchas semiverdades o, simple y llanamente, errores (como cuando se clasifica la ballena entre los peces); pero lo importante para la eficacia de la metáfora no es que los lugares comunes sean verdaderos, sino que se evoquen presta y espontáneamente (y por ello una metáfora que funcione en una sociedad puede resultar disparatada en otra: las personas para las que los lobos sean encarnaciones de difuntos darán al enunciado ‘El hombre es un lobo’ una interpretación diferente de aquella que estoy dando por supuesta aquí). (…) Por tanto, el efecto que produce el llamar -metafóricamente- ‘lobo’ a una persona es el de evocar el sistema de lugares comunes relativos al lobo: si esa persona es un lobo, hace presa en los demás animales, es feroz, pasa hambre, se encuentra en lucha constante, ronda a la rebusca de desperdicios, etc.; y cada una de las aserciones así implicadas tiene que adaptarse ahora al asunto principal (el hombre), ya sea en un sentido normal o en uno anormal; lo cual es posible –al menos hasta cierto punto- si es que la metáfora es algo apropiada.
El sistema de implicaciones relativo al lobo conducirá a un oyente idóneo a construir otro sistema referente al asunto principal y correspondiente a aquél; pero estas implicaciones no serán las comprendidas por los tópicos que el uso literal de ‘hombre’ implique normalmente: las nuevas implicaciones han de estar determinadas por la configuración de las que acompañen a los usos literales de la palabra ‘lobo’, de modo que cualesquiera rasgos humanos de que se pueda hablar sin excesiva violencia en un ‘lenguaje lobuno’ quedarán destacados, y los que no sean susceptibles de tal operación serán rechazados hacia el fondo –la metáfora del lobo suprime ciertos detalles y acentúa otros: dicho brevemente, organiza nuestra visión del hombre”. (Black, 1961:49/50)
La estrategia de Black no se aparta de la búsqueda de establecer las relaciones adecuadas entre ambos lenguajes reconociendo esta dualidad básica. Pero otros autores, como por ejemplo D. Davidson, critican la idea del enfoque interactivo insistiendo en que la metáfora significa tan sólo lo que las palabras usadas para expresarlas literalmente significan y nada más. Su tesis constituye un rechazo directo de todo punto de vista que sostenga que se debe establecer una distinción de niveles de palabras o sentencias entre dos clases de significados: el literal y el metafórico. De este modo, Davidson, sitúa la metáfora fuera del alcance de la semántica, al insistir en que una oración metafórica carece de otro significado que su significado literal:
“El error principal contra el que dirigiré mis invectivas es la idea de que una metáfora posee, además de su sentido o significado literal, otro sentido o significado. Esta idea es común a muchos que han escrito sobre la metáfora: se encuentra en los trabajos literarios de críticos como Richards, Empson y Winters; filósofos desde Aristóteles a Max Black; psicólogos desde Feud a Skinner; lingüistas desde Platón a Uriel Weinreich y George Lakoff.” (Davidson, What metaphor mean)
Según Rorty la posición de Davidson revela que entiende la metáfora:
“(…) según el modelo de los acontecimientos no conocidos en el mundo natural -causas de cambio de creencias y deseos- en vez de según el modelo de las representaciones de mundos no conocidos, mundos que son ‘simbólicos’ en vez de ‘naturales’. Así nos invita a concebir las metáforas que hacen posibles teorías científicas nuevas como causa de nuestra capacidad de conocer más acerca del mundo, en vez de como expresión de este conocimiento” (Rorty, 1996:224).
Esta anulación de la distinción entre lenguaje literal y metafórico puede tener lugar, porque para Davidson, las nociones semánticas tales como ‘significado’, sólo tienen un papel dentro de los límites bastante estrechos (aunque cambiantes) de la conducta lingüística regular y predictible -los límites que delimitan (temporalmente) el uso literal del lenguaje.
Para Davidson, en todo caso, lo que se necesita es una explicación de cómo es comprendida la metáfora. Supone que el proceso de comprensión de la metáfora es el mismo tipo de actividad que el que se pone en juego para la comprensión de cualquier otra expresión lingüística, y toda comprensión requiere un acto de construcción creativa de lo que el significado literal de la expresión metafórica es y lo que el hablante cree sobre el mundo. Hacer una metáfora, como hablar en general, es una ‘empresa creativa’.
Otros filósofos de la ciencia como Mary Hesse han adoptado estrategias diferentes. Defienden el valor cognitivo de la metáfora pero a costa de resaltar el papel de ámbitos discursivos tradicionalmente desprovistos de toda pretensión cognoscitiva. De modo que pretende dar a las oraciones metafóricas verdad y referencia, encontrar mundos acerca de los cuales versan estas oraciones:
“(…) los mundos simbólicos imaginarios que tienen relaciones con la realidad natural distinta a la de un interés predictivo. Las utopías, las exposiciones novelescas de los perfiles morales de este mundo mediante la caricatura y otros medios, y todos los tipos de mitos simbólicos de nuestra comprensión de la naturaleza, la saciedad y los dioses” (Hesse, 1984).
A este respecto señala Rorty:
“Al igual que en muchos otros filósofos de este siglo (por ejemplo, Cassirer, Whitehead, Heidegger, Gadamer, Habermas, Goodman, Putnam) considera que la atención excesiva a las ciencias naturales ha distorsionado la filosofía moderna. Siguiendo a Habermas, Hesse entiende que el conocimiento es más amplio que la satisfacción de nuestro interés técnico, y se extiende al interés práctico de la comunicación personal y el interés emancipatorio de la crítica de la ideología. En el discurso que satisface estos intereses -afirma Hesse- la metáfora sigue siendo el modo de hablar necesario. Así, cree que la metáfora plantea un desafío radical a la filosofía contemporánea y que necesitamos «una ontología y teoría del conocimiento y de la verdad revisadas, para hacer justicia a la metáfora como instrumento del conocimiento” (Rorty, 1996:223)
Por su parte Lakoff y Johnson rescatan el valor no solo cognoscitivo sino el carácter constitutivo mismo de la experiencia cotidiana de las metáforas:
“Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica. Los conceptos que rigen nuestro pensamiento no son simplemente asunto del intelecto. Rigen también nuestro funcionamiento cotidiano, hasta los detalles más mundanos. Nuestros conceptos estructuran lo que percibimos, cómo nos movemos en el mundo, la manera en que nos relacionamos con otras personas. Así que nuestro sistema conceptual desempeña un papel central en la definición de nuestras realidades cotidianas. Si estamos en lo cierto al sugerir que nuestro sistema conceptual es en gran medida metafórico, la manera en que pensamos, lo que experimentamos y lo que hacemos cada día también es en gran medida cosa de metáforas.
Pero nuestro sistema conceptual no es algo de lo que seamos conscientes normalmente. En la mayor parte de las pequeñas cosas que hacemos todos los días, sencillamente pensamos y actuamos más o menos automáticamente de acuerdo con ciertas pautas. Precisamente en absoluto es algo obvio lo que son esas pautas. Una manera de enterarse es mirar al lenguaje. Puesto que la comunicación se basa en el mismo sistema conceptual que usamos al pensar y actuar, el lenguaje es una importante fuente de evidencias acerca de cómo es ese sistema,
Sobre la base de la evidencia lingüística ante todo, hemos descubierto que la mayor parte de nuestro sistema conceptual ordinario es de naturaleza metafórica. Y hemos encontrado una forma de empezar a identificar detalladamente qué son exactamente las metáforas que estructuran la manera en que percibimos, pensamos y actuamos”. (Lakoff y Johnson, 1998:39)
En la obra de Th. Kuhn el papel de las metáforas en la ciencia se encuentra en relación con las nociones centrales como ‘paradigma’, ‘ciencia normal y revolución científica’ y queda atada a las vicisitudes de la noción de inconmensurabilidad, interviniendo, según este autor, en un nivel tan fundante como el de la fijación de la referencia de los términos científicos: cuando un nuevo término es introducido en el vocabulario de la ciencia, intervienen procesos de tipo metafórico (metaphor-like). Kuhn toma la idea de metáfora como interacción, tal como la expone Black:
“(…) ‘metáfora’ se refiere a todos esos procesos en los cuales la yuxtaposición ya sea de términos o de ejemplos concretos da nacimiento a una red de similaridades que ayuda a determinar el modo en que el lenguaje se adhiere al mundo” (Kuhn, 1979:415)
En su artículo de 1991 (“The road since structure”) Kuhn, en el marco de un explícito ‘kantianismo postdarwiniano’ expresa una concepción del significado y la relación lenguaje mundo, de resonancias wittgensteinianas además de kantianas. Los significados de los términos de ‘familias naturales’ no constituyen listas de propiedades compartidas únicamente por los miembros de dicha familia, sino antes bien un conjunto abierto de ‘parecidos de familia’, o similitudes percibidas entre algunos aspectos de los complejos implicativos asociados a los dominios puestos en interacción. El significado surge de la yuxtaposición ostensiva de situaciones ejemplares en situaciones de entrenamiento, en que el mostrar y nombrar el objeto va acompañado generalmente de ciertas acciones con el objeto. A partir del bautismo de ejemplares prototípicos, se produce una extensión metafórica de la referencia a otros objetos del mundo que presentan “parecidos de familia” con los prototipos. Este proceso que Lakoff y Johnson señalan para el conocimiento vulgar puede extenderse también a los científicos.
Luego, el uso naturaliza las similitudes y diferencias, al punto de hacer que supongamos un “pegamento metafísico” entre el lenguaje y el mundo, y hacernos olvidar que nuestras categorías surgieron -en parte- de la interacción entre ciertos ejemplares, y que otras interacciones habrían hecho surgir otras similitudes. Pero los significados no son fijos, no están adheridos a las cosas desde una eternidad sin tiempo, no están dados de una vez y para siempre a partir de un ‘bautismo’ originario; sino que en ocasiones, en virtud de un proceso de renombramiento (redubbing) pueden ligarse al mundo de otra manera. Los procesos revolucionarios, como las metáforas novedosas, transgreden los usos corrientes: “(…) generan un léxico localmente diferente (…) El nuevo léxico abre nuevas posibilidades, posibilidades que no podrían haberse estipulado por el uso del viejo léxico”. (1990:306-307)
Las metáforas pueden conducirnos a una recategorización del mundo al crear similitudes de un nuevo tipo y hacer surgir nuevos significados. Permiten así dar cuenta de ese elemento dinámico o histórico que estaba ausente en Kant: Kuhn ofrece una ‘visión evolutiva (developmental) del significado’, que hace lugar a esos cambios. Allí reside el valor cognitivo de la metáfora: nos recuerda que el mundo podría haber sido recortado de otra manera y de hecho históricamente lo ha sido, según nos muestran algunos historiadores de la ciencia. Y, en la medida en que viola el principio de no-solapamiento, la metáfora puede también abrir nuevos mundos, mundos recortados de otra manera, promoviendo el desarrollo de la ciencia.
Más allá de las diferentes formas de ver el punto, en general la tendencia es a desconocer la preexistencia de una semejanza o relación establecida luego por la metáfora y, como consecuencia al carácter creativo y de producción de semejanzas que opera el lenguaje y la acción humana. En este trabajo se adoptará una concepción de metáfora que se ubica en esta línea.
Sin embargo, este punto de vista, en última instancia, conduce a la anulación de la dualidad de lenguajes, como hace por ejemplo Davidson. Si bien su señalamiento a este respecto es atendible, adelantemos que se respetará aquí la dualidad entre lenguaje literal y metafórico aunque tal dualidad no sea semántica sino que se ubica en las relaciones entre comunidades de hablantes[1]
Para poder fundamentar este punto de vista es necesario que la concepción amplia de los usos metafóricos que hasta aquí ha sido presentada sincrónicamente sea puesta en marcha, es decir en una visión diacrónica. Para ello se explicitarán dos supuesto más: el primero referido al desarrollo histórico de la ciencia y el otro en relación con las instancias de relevancia epistémica que puede establecerse alrededor de la concepción amplia de las metáforas.
2.2. Supuesto histórico-sociológico. Las metáforas en la historia
La historia de la ciencia presenta una superabundancia de episodios en los cuales se dan ciertas interrelaciones, apropiaciones, transferencias o extrapolaciones de estructuras conceptuales entre ámbitos diversos del conocimiento que, por lo menos en una primera aproximación, presentan cierto aire de familia con los usos o procedimientos metafóricos, dado que, en suma se habla en un ámbito determinado con conceptos que pertenecen por uso, costumbre o tradición a otro ámbito. Un repaso por la historia de la ciencia muestra que quizá estos procedimientos sean algunos de los mecanismos más importantes de producción y desarrollo del conocimiento. Pero en ellos, aunque se trate de episodios de distinto alcance, relevancia y consecuencias, de ninguna manera las metáforas cumplen un papel estético o meramente didáctico: se trata de verdaderas ‘metáforas epistémicas’.
Tan solo a modo de taxonomía provisoria y tentativa pueden señalarse algunos episodios que pueden considerarse como casos testigo de procedimientos típicos en los cuales se producen interacciones de diversa forma, alcance y niveles, tales como apropiaciones, extrapolaciones o transferencias de conceptos, o teorías completas o parciales:
- utilizando modelos muy generales, muchas veces asunciones metafísicas sobre la naturaleza o la sociedad, aplicados en distintas disciplinas o áreas de conocimiento: el finalismo de raigambre aristotélica que predominó hasta el siglo XVII en forma generalizada, el mecanicismo que signó las explicaciones desde el siglo XVII en adelante, el vitalismo, el holismo y el individualismo en ciencias sociales, la teoría general de sistemas, etc.
- los estilos o modos de investigación y abordaje de los objetos a estudiar, como por ejemplo la matematización de la naturaleza a partir de la Revolución Científica como criterio de cientificidad, el planteo positivista de Comte, etc. Este tipo de interacciones o marcos teóricos a la vez que conllevan un fuerte componente metodológico, implican una suerte de abstracción que puede ser considerada un procedimiento metafórico. Muchas veces implican también una concepción metafísica acerca del mundo. Si bien aquí es posible establecer alguna diferencia analítica con el punto anterior ambos (modelos metafísicos y estilos) suelen ir juntos.
- utilización de cuerpos teóricos completos – o casi completos- originales de un ámbito científico particular que se exportan o extrapolan a otros ámbitos diferentes. Podrían citarse infinidad de casos, aunque existen básicamente dos ejemplos paradigmáticos: la física newtoniana y la biología en general y la biología evolucionista darwiniana en particular. La física newtoniana además de constituirse en modelo de cientificidad durante más de dos siglos, sus conceptos y fórmulas fueron extrapoladas, cono mayor o menor rigurosidad, meticulosidad y felicidad a ámbitos ajenos como la economía y la sociología (Cohen, 1994). Por citar tan sólo algunos ejemplos: A mediados del siglo XIX los economistas León Walras y Henry C. Carey propusieron leyes que pueden ser consideradas análogas a las de Newton en la medida en que pudieran servir a la misma función básica en sociología o economía que tiene la ley de Newton en física. Autores como Berkeley, Fourier, Hume, Durkheim, por ejemplo tampoco pudieron sustraerse a la ‘tentación’ newtoniana. Figuras como Jevons, Walras, Edgeworth, Fisher y Pareto- todos arquitectos de la revolución marginalista en economía- basaron sus teorías o al menos las asociaron con la matemática de un subconjunto específico de la física: la mecánica racional post newtoniana (o sea incorporando los principios de Lagrange y Laplace más los métodos de Hamilton) combinada con las doctrinas de la energía. La otra gran línea de campos proveedores de modelos utilizados en otras áreas procede de las ciencias biológicas sobre todo a partir de sus espectaculares desarrollos del siglo XIX. En esta línea, la otra gran teoría que ha desbordado los límites originales de la biología fue la teoría darwiniana de la evolución, que sirvió de marco teórico para la antropología evolucionista de la segunda mitad del siglo XIX; la antropología criminal de Lombroso y otros; el darwinismo social en sus distintas versiones; teorías sociológicas de corte organicista evolucionista como la de Spencer y Durkheim; la eugenesia, que apoyada sobre la teoría de la evolución, sirve de marco legitimante de diversas tecnologías sociales; en las últimas décadas han surgido economías evolucionistas (como teoría económica general, como teoría de la empresa o economía de la innovación tecnológica) y también epistemologías evolucionistas.
- en un sentido más restringido puede mencionarse una infinidad de usos metafóricos dentro mismo de los cuerpos teóricos de disciplinas particulares. Podría hacerse una lista interminable de metáforas usadas por los científicos: el árbol de la vida, la lucha por la supervivencia, los sólidos de Kepler, la superabundancia de metáforas usadas por Freud, la ‘mano invisible’, el mercado en economía, etc.
- También las distintas versiones reduccionistas del conocimiento pueden ser consideradas una suerte de uso metafórico, en el sentido amplio que le damos: de hecho la física social de Comte; el fisicalismo de algunos representantes del neopositivismo; la sociobiología humana; distintas formas y niveles de reduccionismo en medicina, etc.
- finalmente se encuentran los usos metafóricos con propósitos didácticos, sea de la enseñanza de la ciencia o de la divulgación científica. Ellos son importantes en la medida en que responden a la vez que contribuyen a construir y a reforzar imágenes culturales sobre el mundo y además, en el caso de la educación de científicos y la divulgación especializada, tienen un papel fundamental en la formación académica y profesional de los científicos. Es necesario destacar, en oposición a la imagen tradicional de la ciencia, por un lado que no es este el único uso relevante y pertinente de metáforas como meras estrategias instrumentales de aprendizaje, sino que además este nivel resulta fundamental en la constitución de marcos teórico conceptuales sustantivos.
Los ejemplos citados revelan en buena medida la multiplicidad de los tipos de interrelaciones posibles entre áreas de conocimiento En ellos puede considerarse que hay una apropiación metafórica de algún modelo científico, aunque de diversos niveles. Puede considerarse entonces como ‘metáfora epistémica’ a los procedimientos de tipo metafórico (en el sentido general que aquí se le ha dado), que tiene lugar en la ciencia (y muchas veces en la epistemología), en el cual se transfiere una cuerpo de significados, taxonomías y a menudo prácticas concretas de un ámbito de conocimiento a otro, iniciando a la vez un proceso autónomo de atribución de significados, generación de taxonomías y a veces herejías en las prácticas, en el ámbito receptor, además de permitir reordenar la experiencia considerada relevante y pertinente lo cual posibilita nuevas preguntas.
Pero, el supuesto sociológico desarrollado hasta aquí debe ser completado, a su vez con un supuesto epistémico y además la idea de ‘metáfora epistémica debe entenderse en el marco dinámico de la historia concebida aquí desde un punto de vista evolucionista. Estos dos aspectos serán abordados de inmediato.
2.3. Supuesto epistémico
Adjudicarle a los recursos metafóricos, en el marco de este Programa de Investigación, un lugar central, implica también reconsiderar su relevancia epistémica. Esto lleva directamente al otro problema en torno a la metáfora: su status cognoscitivo. El punto de vista tradicional, quizá demasiado pegado a los usos estéticos u ornamentales de la metáfora es claro y contundente:
“Es cierto como han sostenido algunos científicos y epistemólogos, que el uso de metáforas ha sido un recurso a menudo oscurantista y que genera confusión dentro de la ciencia. Se trata de un lenguaje figurado, ambiguo e impreciso, muchas veces subjetivo y valorativo del que costó mucho desembarazarse (…) las metáforas son resabios de modos primitivos de pensar que deben ser eliminados del discurso científico” (Gianella, 1995:137).
Por otro lado, están aquellos que le reconocen a las metáforas algún valor en la producción del conocimiento. Dice Black: “(…) una metáfora memorable tiene fuerza para poner en relación cognoscitiva y emotiva dos dominios separados, al emplear un lenguaje directamente apropiado a uno como lente para contemplar el otro (…)” (Black, 1961:232).
Los puntos de vista fundacionalistas y algunas posiciones falsacionistas al estilo de Popper, pueden reconocer el papel sugerente e inspirador de las metáforas en el ‘contexto de descubrimiento’ aunque le niegan toda relevancia en la validación del conocimiento generado. Posiciones relativistas y retoricistas, rescatan el papel de metáforas (y demás recursos retóricos) pero a costa de asimilar la ciencia con otros tipos de discursos, es decir anulando su especificidad. Lakoff y Johnson (1998) por su parte otorgan a las metáforas un papel constitutivo del conocimiento y la acción en la medida en que sostienen que ‘nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es, fundamentalmente de naturaleza metafórica’. Esto resulta una extensión fundamental y un cambio cualitativo respecto al papel de las metáforas pero están referidas al conocimiento cotidiano.
Ahora bien, la propuesta de indagar acerca del status cognoscitivo de las metáforas se realiza sobre la base de cuando menos cuatro hipótesis:
- primera hipótesis: una buena parte de los procesos humanos de conceptualización, aunque no necesariamente todos, proceden de algún uso del tipo metafórico.
- segunda hipótesis (de continuidad): las primeras metáforas que podríamos según algún criterio, considerar científicas, pueden tener un origen no científico o preteórico, o que las metáforas utilizadas en campos científicos nuevos son provenientes de otros campos consolidados o del conocimiento vulgar.
- tercera hipótesis (de demarcación): dado que la ciencia constituye un tipo de actividad y producto específico la hipótesis de continuidad debe ser completada con una hipótesis de demarcación, vale decir con el reconocimiento de la pertinencia de unos criterios de demarcación aunque los mismos no puedan ser exclusivamente semánticos en el sentido de la Concepción Heredada ni metodológicos en el sentido popperiano. Más bien debería incluir alguna versión debilitada de ambos más algún criterio sociohistórico.
- cuarta hipótesis: para llevar a cabo la propuesta, y aunque es posible hacerlo, no necesariamente se debe desarrollar una psicología o biología del conocimiento. Vale decir que puede leerse la historia de la ciencia o el funcionamiento de la comunidad científica desde un punto de vista sociológico como fundado en el trafico metafórico de modelos de un ámbito a otro sin que necesariamente ello implique la indagación sobre el aparato cognoscitivo de los humanos
La hipótesis de continuidad no implica necesariamente aceptar una continuidad o similitud entre los mecanismos de los procesos ontogenéticos del conocimiento, es decir los procesos psicológicos de desarrollo individual, y los procesos filogenéticos, es decir los que se dan en la historia del conocimiento. En este trabajo se intentará aportar un modelo adecuado para entender estos últimos desde un punto de vista evolucionista.
2.4 El punto de vista evolucionista
Resta aun inscribir los supuestos mencionados en la dinámica de la historia. La imagen de la ciencia que surge de ellos, es la de un proceso que en buena medida se constituye a partir de la apropiación, legitimación, abandono, descarte y recuperación de las metáforas disponibles. Esta disponibilidad no es lógica sino histórica; vale decir que en cualquier momento dado, no está disponible un universo infinito de metáforas posibles, sino que, por el contrario, hay en cada época un escaso número de candidatos a imágenes de la sociedad y el mundo suficientemente legitimados. Estos conceptos y teorías susceptibles de ser utilizados metafóricamente conforman, utilizando una terminología popperiana, una especie de mundo3. Aunque Popper tiene razón cuando sostiene que hay un mundo objetivo de las producciones humanas y de los argumentos y teorías científicas, se equivoca en dos aspectos sustanciales: cuando afirma que es un mundo lógico y cuando afirma que hay un método universal, las conjeturas y refutaciones. Si bien podría objetarse que un planteo semejante borraría los límites con el mundo2, siempre es posible pensar algún modo de establecer alguna discriminación con los estados mentales individuales; como quiera que sea tal objeción no afecta el planteo llevado adelante en lo que sigue.
El mundo3 propuesto aquí, al igual que el popperiano es objetivo, pero tiene una gran diferencia con aquel: no se trata de un mundo lógico, sino que es un mundo de las explicaciones disponibles, es decir es un mundo3 histórico y social. Pero es objetivo porque se autonomiza de los autores o creadores y además sus consecuencias son imprevisibles. Es decir que genera un universo de nuevas preguntas e indagaciones científicas cuyo éxito o fracaso explicativo y derivaciones hacia otros campos y preguntas no es posible prever a priori. También se diferencia del mundo3 popperiano en que no hay un método científico único para todo tiempo y lugar (las conjeturas y refutaciones) como regla de oro a seguir, sino que las reglas y pautas metodológicas específicas son generadas al interior de la comunidad científica; no hay en este sentido pautas que se prescriban a priori de la actividad científica. De hecho la instancia de legitimación epistémica es siempre comunitaria, ya sea a través de una comunidad científica consolidada, protocomunidades científicas o bien grupos sociales. Este supuesto sociológico tiene, por así decirlo, dos instancias que tan sólo como distinción analítica podríamos denominar interna y externa. La instancia interna está relacionada directamente con la comunidad científica particular y comprende todas las decisiones metodológico- epistémicas; la externa comienza a jugar cuando comienza el tráfico y las interrelaciones entre ámbitos de conocimiento diferentes.
La historia de la ciencia es pensada aquí desde un punto de vista evolucionista, es decir que se toma como modelo general a la teoría darwiniana de la evolución biológica, lo cual implica en este contexto que debe haber una cantidad de variantes intelectuales y un proceso de selección que determina qué variantes sobreviven y cuáles se abandonan y algún mecanismo de transmisión de las variantes sobrevivientes. Respecto al primer requisito no es necesario pensar aquí que se trata únicamente de teorías científicas reconocidas, aunque pueden serlo, sino que podrían operar en esta suerte de mundo 3, todo tipo de estructuras conceptuales, modelos de distinto tipo, concepciones metafísicas, taxonomías filosóficas, científicas o de sentido común, prejuicios, etc. Muchos de ellos pueden operar como modelos en apropiaciones de tipo metafórico, es decir siendo utilizados en ámbitos diferentes al original. Los mecanismos de selección entre todas las metáforas disponibles son internos a la comunidad científica, y aún el status mismo de comunidad científica y la demarcación entre lo que se considera ciencia y lo que se considera otra cosa, resulta acotada a las condiciones histórico/sociales de producción de saberes. De modo tal que no es preciso pensar unos procedimientos canónicos que permitan establecer estas distinciones. De hecho los procedimientos de selección y los criterios también están sujetos a evolución.
La variante de modelo evolucionista tomada aquí representa algunas ventajas respecto de otras versiones del mismo signo. En primer lugar constituye un modelo heurístico y se espera que funcione al modo de un ‘programa de investigación’. Vale decir que no comporta compromiso ontológico alguno, al menos en un sentido fuerte. Al plantear que la selección se hace sobre un mundo 3 superpoblado y heterogéneo, y si bien es posible establecer un paralelo provisorio entre la especie biológica y la disciplina científica, no es necesario identificar cuál es el agente o unidad de variación (teoría, variantes intelectuales, red conceptual, etc.), y menos aun encontrar el par biológico para tal agente. Según los supuestos desarrollados más arriba, este punto de vista permite en primer lugar aceptar la continuidad del conocimiento en sus diversas formas con lo cual se evitan los problemas de los criterios de demarcación estrechos además de desconocer a priori la distinción entre historia interna e historia externa- en todo caso, y siguiendo con la metáfora biológica, puede pensarse que esa división se realiza a través de una membrana osmótica e infinitamente elástica-; pero al mismo tiempo permite reconocer unos límites al concepto de ciencia.
Si bien se supone un mecanismo de selección, y una organización de las teorías que respete las reglas de la lógica, no es necesario pensar que se trata de un mecanismo de selección único y universal. El mismo responde a ciertas prácticas y se desarrolla e implementa al interior de las comunidades.
Hay un desajuste devastador entre el modelo biológico y algunas epistemologías evolucionistas como la de Popper, consistente en que mientras la evolución biológica carece de todo fin, la empresa científica resulta fundamentalmente teleológica. El planteo propuesto aquí permite superar esta dicotomía y compatibilizar la abundante y heterogénea ‘variación ciega’, con mecanismos de preselección en función de ciertas exigencias de la sobrevivencia. En concreto: no cualquier metáfora puede ser aplicada a la resolución de un problema científico, y más aun los científicos no deciden sobre un conjunto infinito, y ni siquiera numeroso de variantes. Nótese que no es necesario traicionar la idea de selección natural y caer en un mecanismo de tipo teleológico lamarckiano.
Este modelo evolucionista permite plantear una tarea interdisciplinaria entre filosofía de la ciencia e historia de la ciencia. Este punto no resulta una resolución de la escisión disciplinar como resultado de un mero agregado o complementación de puntos de vista, sino que surge de viene a situarse en el centro de una controversia teórica que se desarrolló prácticamente a lo largo de todo el siglo XX, e involucra dicotomías tradicionales y muy fuertes como las de prescriptivo/ descriptivo (con relación al papel de la epistemología por un lado y las disciplinas como la historia de la ciencia, la sociología, la antropología por otro) contexto de descubrimiento/ de justificación, las ya señaladas de historia interna/ externa, la demarcación ciencia/ no-ciencia. Estas dicotomías no son eliminadas sino antes bien mantenidas y superadas dentro de este modelo.
Este modelo provee además las herramientas necesaria para desarrollar una perspectiva tanto sincrónica como diacrónica de la ciencia.
Resumiendo, la ciencia tal como es vista desde este punto de vista evolucionista consistiría en un conjunto de decisiones epistémicas sobre la experiencia disponible. Son decisiones que toma la comunidad científica en un lugar y tiempo determinado, vale decir con un cierto margen de arbitrariedad, pero son racionales porque responden a pautas de la comunidad científica aunque de hecho tales pautas no sean ni universales ni a priori. Son ‘epistémicas’, vale decir que con ellas se pretende decir algo acerca del mundo, lo cual confiere especificidad al conocimiento en general y al conocimiento científico en particular respecto a otros discursos. Se realizan, además, sobre la ‘experiencia disponible’, es decir sobre lo que en un momento determinado se considera evidencia empírica. La evidencia empírica es variable, no tanto porque el desarrollo técnico permita acceder a nuevos umbrales de observación, sino fundamentalmente por la inauguración de programas de investigación o campos teóricos nuevos merced al planteo de nuevas preguntas.
Tales decisiones epistémicas semejan en una gran cantidad de casos procedimientos de tipo metafórico (en el sentido general que aquí le hemos dado), en los cuales se transfiere una cuerpo de significados, taxonomías y muchas veces prácticas concretas de un ámbito de conocimiento a otro, iniciando a la vez un proceso autónomo de atribución de significados, generación de taxonomías –incluyendo también las herejías que puedan darse en el ámbito receptor. Este proceso de extrapolación/apropiación está sujeto a los criterios de aceptabilidad y legitimidad de la comunidad científica. Gran parte (si no toda) la generación de corpus teóricos en la ciencia y su consecuente proceso de división/constitución de nuevos ámbitos de conocimiento se da a través de ellos. Probablemente estos procedimientos metafóricos, a veces de gran nivel de abstracción y complejidad se inicien con usos metafóricos a partir del conocimiento vulgar.
3.¿Para qué hacer algo y no más bien nada?
Plantear la necesidad de un Programa de Investigación diferente implica sobrellevar la carga de la prueba. Sin embargo, no es posible determinar a priori si la generación de un instrumento conceptual nuevo resultará útil o superflua, tarea que dependerá de las indagaciones posteriores acerca de la historia de la ciencia y la epistemología.
Desde el punto de vista de la dinámica de la ciencia y del conocimiento hay cuando menos tres ámbitos que se intersecan y que son relevantes: el desarrollo ontogenético, es decir el proceso tal y como acontece en los individuos, el desarrollo filogenético, es decir la indagación del desarrollo evolutivo de las capacidades humanas, y por último el desarrollo histórico del conocimiento, incluyendo lo que en los últimos 400 o 500 años se ha dado en llamar ‘ciencia’. La expectativa de máxima es que la indagación sobre el uso epistémico de las metáforas pueda explicar estos procesos. Sin embargo, si contribuyera a brindar la posibilidad de explorar una perspectiva distinta de algunos procesos interesantes de la historia de la ciencia y la epistemología, sería una aceptable expectativa de mínima
Es de esperar también que una reorganización de la dinámica científica en los términos propuestos arroje una perspectiva distinta sobre la ‘agenda epistemológica’ corriente, es decir que al menos como criterio formal contribuyera en alguno de los tres sentidos siguientes: que pueda dar una respuesta satisfactoria a los principales problemas epistemológicos, o bien desplazar las cuestiones en la medida en que se inauguran nuevas y mejores preguntas, o –la expectativa de mínima- no acarrear problemas nuevos sin solucionarlos.
- Podría objetarse que, en la medida en que la metáfora es una construcción –a veces con intenciones cognitivas- y, según se sostendrá aquí no se basa en ninguna relación preestablecida o a priori, siempre es posible vislumbrar alguna relación entre ámbitos o afirmaciones muy diferentes y a primera vista no relacionados. Es evidente que así planteadas las cosas queda pendiente de tratamiento la cuestión de la referencia y la verdad de las expresiones que en algún sentido general puedan denominarse metafóricas. Se trata de una cuestión fundamental pero que no será tratada en este trabajo. Como quiera que sea no resulta relevante para defender las tesis expuestas aquí. ↵







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