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6 Evaluación de la epistemología evolucionista popperiana

1. Niveles de análisis para las EE en general

En el abordaje de las EE en general pueden instrumentarse, cuando menos, cuatro niveles de análisis distintos aunque entre ellos haya, de hecho, interrelaciones y solapamientos. El primero corresponde a la delimitación del campo de las EE y, más específicamente al establecimiento de una taxonomía de las mismas (cf. entre otros Bradie, 1994 y 1997). En el ámbito de este trabajo un análisis de este tipo debería conducir a la ubicación de la EE popperiana en alguna taxonomía que pueda dar cuenta de sus especificidades. El segundo nivel, de hecho aplicable a cualquier análisis teórico, es el de la consistencia interna. El tercero, especialmente aplicable a las EE concierne al análisis del ajuste o desajuste de la analogía biológica utilizada, aunque, como ya se ha dicho, Popper procede a la inversa, esto es utiliza como modelo original su concepción gnoseológica. Y, finalmente, un análisis externo, respecto del status teórico y la pertinencia y relevancia de la EE en la reflexión epistemológica.

2. Primer nivel. La EE popperiana entre las otras EE

El primer nivel comporta una dificultad directamente proporcional a la diversidad de versiones de las EE aunque en el marco de este trabajo sólo importaría, en principio, poder ubicar la EE popperiana en una clasificación más abarcativa, cuestión no sencilla por cierto.

Ya se han señalado algunas de las taxonomías planteadas con el objetivo de clarificar el heterogéneo campo de las EE. Quizá la más interesante sea la de Bradie (cf. supra p.81) quien divide los distintos puntos de vista en dos grandes grupos: EET –que intentan explicar la evolución de las ideas, teorías científicas y cultura en general- y EEM – que apunta al desarrollo de la actividad cognitiva en los animales y en especial al hombre-, en suma, unas que se ocuparían del desarrollo ontogenético y otras del desarrollo filogenético del conocimiento. El problema es que Popper -al igual que otros autores- realiza una propuesta que abarca ambas problemáticas y aún más, como ya se ha visto ambas perspectivas son explicadas a través de un mecanismo evolutivo similar. Vollmer (Vollmer, 1987), por su parte señala que la propuesta de Popper no es en verdad una epistemología evolucionista –tal como serían las de K. Lorenz y la suya propia- sino una filosofía evolucionista de la ciencia al mismo estilo que Toulmin o Campbell.

Pretender una clasificación tomando como criterio el mayor o menor compromiso ontológico con la analogía biológica no parece de mayor utilidad, sea porque esta intención de los autores no siempre es explícita, sea porque sólo es útil cuando se trata de clasificar posturas extremas en este punto, como por ejemplo la EE popperiana por un lado y por otro la analogía, de valor e intenciones puramente aclaratorios, que utiliza Kuhn en La Estructura de las Revoluciones Científicas (cf. Palma, 1998)

Lo cierto es que el pensamiento popperiano ni siquiera sigue el patrón clásico de las EE, en el sentido de tomar como original la biología para realizar una analogía en el campo del conocimiento, sino todo lo contrario. En todo caso el ‘original’ resulta ser su teoría del conocimiento, extrapolada a la biología y a otros ámbitos más abarcativos.     

3. Segundo nivel. Las tensiones internas

 Ya se han ido señalando a lo largo del trabajo algunos de los puntos que provocan cierta tensión o cuando menos algunas incomodidades en la estructura conceptual del pensamiento de Popper. Es por ello que aquí solamente se pondrá el acento en dos temas generales.

El ‘primer problema’ de Popper: explicar el progreso de la ciencia, y, de hecho el carácter racional del mismo- sin atender a los condicionantes históricos, subjetivos, sociales, etc., operantes en la construcción del conocimiento. En suma, explicar un proceso histórico en términos lógicos. Volvamos sobre un párrafo ya citado:

 

“(…) la justificación de la preferencia de una teoría a otra, ha de distinguirse tajantemente de todo problema genético histórico y psicológico. (…) Hablo pues de epistemología evolucionista, aunque sostengo que las ideas fundamentales en epistemología no son de carácter fáctico, sino lógico” (Popper, 1972:71).

 

La solución que Popper da a este problema está en directa relación con el tema central de este trabajo: la redefinición del modelo de ciencia sin sujeto. La estrategia discursiva y teórica utilizada por Popper conduce al segundo problema.

El segundo problema de Popper: consiste en buscar la solución del primero mediante la propuesta de un fundamento ontológico a través de la utilización de un modelo teórico que sólo en principio parece provenir de la ciencia biológica, aunque, lo que hace Popper es adaptar la biología a su convicción filosófica en torno de las conjeturas y refutaciones. El antiempirismo militante de Popper lo conduce, en el planteo de la analogía, a una serie de desajustes – que se desarrollarán en el siguiente punto- algunos de detalle o superficiales pero otros fundamentales, como por ejemplo explicar un proceso teleológico (el de la ciencia) mediante un modelo no teleológico (el de la biología evolucionista).

4. Tercer nivel. Alrededor de analogías y metáforas 

La formulación de una EE se basa en, y depende de, cierto isomorfismo mínimo (si es más que esto mejor) entre la teoría de la evolución biológica y la obtención y desarrollo del conocimieednto. Es por ello que la mayoría de las discusiones (cf. entre otros, Thagard, 1997; Bradie, 1997) giran en torno a la analogía biológica utilizada: por una lado los debates internos al campo tendientes a desarrollar una analogía más ajustada; por otro lado los externos, en las cuales los detractores insisten en mostrar los desajustes con la teoría biológica, mientras que los defensores intentan o bien poner el acento sólo en las similitudes o bien sencillamente ignorar los desajustes.     

     Así, por ejemplo Thagard (Thagard, 1997) en una crítica generalizada a las EE señala que:

 

“(…) las similitudes que existen entre el desarrollo científico y el biológico son superficiales y que un examen claro de la historia de la ciencia muestra la necesidad de un enfoque no darwiniano en la epistemología histórica”.

 

     Una crítica en el mismo sentido introduce Bradie

 

“Al construir una analogía entre la evolución biológica y la evolución de la ciencia o del conocimiento en general, se debería, al parecer, identificar los análogos epistemológicos apropiados para los conceptos biológicos centrales. Así, cabria esperarse que encontráramos los análogos epistemológicos de ‘organismo’, ‘especie’, ‘población’, ‘variación’, ‘mutación’, ‘deriva’, ‘adaptación’, ‘ambiente’, ‘selección’, ‘genotipo’, y adecuación’, así como alguna indicación clara de mecanismos de transmisión, principios hereditarios y criterios de éxito deseados. Ninguno de los modelos evolucionistas del cambio conceptual con los que estoy familiarizado proporciona tanto detalle”. (Bradie, 1997:261)

 

     La estrategia de los defensores de las EE apunta a lograr un isomorfismo lo más abarcativo a la vez que lo más detallado posible entre los elementos y procesos intervinientes en la teoría de la evolución biológica y la evolución ontogenética y filogenética del conocimiento.    

     Como quiera que sea, y más allá de artificios argumentativos y alquimias verbales, lo cierto es que hay algunas diferencias entre ambos procesos involucrados, algunas realmente devastadoras para cualquier EE. Lo que sigue se referirá, no obstante, a algunos desajustes básicos de la analogía, tomando exclusivamente a la EE popperiana:

 

  • un punto importante– aspecto ya señalado- corresponde al carácter teleológico de la investigación científica en contraposición con el carácter no teleológico de la evolución biológica. En este punto debe inscribirse el debate acerca del progreso científico. Suele haber en general cierto acuerdo en cuanto a que no hay progreso en la naturaleza biológica[1], mientras que si bien se discute sobre mecanismos, procedimientos, secuencias e indicadores posibles, no parece haber duda entre los autores de que la ciencia progresa en algún sentido. Ahora bien, respecto del carácter teleológico de la actividad científica resulta necesario distinguir dos aspectos relacionados aunque diferentes. En primer lugar está fuera de toda discusión el hecho de que la ciencia en tanto actividad humana y en tanto actividad llevada a cabo por una comunidad, resulta esencialmente teleológica[2]. Pero hay otro aspecto que concierne a la determinación de cuál es la meta requerida. No toda epistemología defiende que tal meta sea la verdad; tal el caso de Kuhn[3] (cf. Kuhn, 1970) y muchos pragmatistas. Pero otros autores, y tal es el caso de Popper afirman que la finalidad de la ciencia es la verdad –aunque en su caso ésta funcione como una idea regulativa-. El primer aspecto del carácter teleológico de la actividad científica resulta entonces una hipoteca para toda epistemología evolucionista, pero no el segundo, aunque éste sí lo es para la EE popperiana en particular, lo cual constituye un desajuste doblemente relevante.
  • el carácter específico del conocimiento científico en contraposición con otras formas de conocimiento en el sentido de que el primero carece de valor de supervivencia biológica, característica que sí se le pueden atribuir a las otras formas;
  • ya se ha señalado el desajuste entre el “árbol de la evolución” y el árbol del conocimiento (cf. supra, p. 125);
  • teniendo en cuenta que, para Popper, es fundamental el papel evolutivo de las conductas intencionales – entre ellas la producción de ciencia- y este carácter resulta no reductible a los postulados de la teoría de la evolución – o cuando menos implica cambios sustanciales en la misma-, y teniendo en cuenta además la idea de evolución emergente (cf. supra p. 95 y ss.), parece necesario tener que suponer dos teorías evolutivas o cuando menos diferentes mecanismos evolutivos para animales por un lado y para plantas y organismo primitivos por otro. La teoría darwiniana de la evolución no tiene dificultad alguna para subsumir las conductas intencionales de los seres vivos y otorgarles valor de supervivencia. El problema surge a partir del giro que intenta imprimirle Popper para ajustarla a su ‘original’ de conjeturas y refutaciones’.
  • Popper plantea la igualdad en los procesos tanto ontogenéticos como filogenéticos de conocimiento, lo cual merece un doble cuestionamiento. Por un lado en el ámbito mismo del conocimiento, en la medida en que pueda ponerse en duda que los procesos cognitivos por los cuales adquieren y producen conocimiento los individuos humanos sea un proceso que en lo fundamental sea similar al de la historia del conocimiento. Pero además, y esto es lo que más interesa aquí, en el mundo biológico no resultan asimilables, ni en cuanto a los mecanismos ni en cuanto a los procesos mismos, los desarrollos ontogenéticos y filogenéticos. Probablemente el viejo mito de la relación isomórfica o simétrica entre filogenia y ontogenia esté a la base de las afirmaciones popperianas;
  • un punto en parte derivado del anterior surge cuando Popper señala que:

 

“Las soluciones tentativas que los animales y plantas incorporan en su anatomía y en su comportamiento son biológicamente análogos a las teorías y viceversa. Las teorías corresponden a los órganos endosomáticos y sus modos de funcionar (Popper, 1972:145)”.

 

     Al considerar que los órganos son análogos a las teorías, surge otra vez el problema de que en principio los procesos involucrados en la evolución filogenética de los órganos biológicos y en su desarrollo ontogenético son diferentes;

  • un problema directamente relacionado con el punto anterior, resulta de la afirmación de Popper respecto de que los órganos de los sentidos implican teorías.
  • un punto que, además de un desajuste propiamente dicho, resulta una suerte de afirmación supraorganicista de la naturaleza, y una reafirmación de la ontología popperiana basada en las conjeturas y refutaciones:

 

“El organismo individual es una especie de punta de flecha de la secuencia evolucionista a que pertenece (su phylum): él mismo es una solución tentativa que prueba nuevos nichos ecológicos, eligiendo y modificando el medio. Mantiene con su phylum unas relaciones casi exactas a las que las acciones (comportamiento) del organismo individual mantienen con éste: tanto el organismo individual como su comportamiento son ensayos que se pueden eliminar mediante la supresión de errores” (Popper, 1972:225)

 

  • muchos autores se han tomado el trabajo de señalar desajustes de diverso tenor y alcance con la teoría biológica, algunos importantes y otros irrelevantes e insuficientes para impugnar la EE popperiana (cf. entre otros Gómez, 1995; Bradie, 1994 y 1997; Vollmer, 1987)

 

     De cualquier manera, esta suerte de costumbre metodológica propia de la EE, en cuanto a la búsqueda de metáforas cada vez más ajustadas, más allá de resultar interesante e incluso ingeniosa, a mi juicio no resulta útil y parece, más bien, agotarse en sí misma. Básicamente pueden ofrecerse dos argumentos fuertes en apoyo de esta idea. En primer lugar, una objeción de esta estrategia argumental resulta del hecho de que los detalles con respecto a la evolución aún son objeto de debate dentro de la biología, lo cual implica que, en verdad, no puede sostenerse un modelo original unívoco. Aunque la ‘selección natural’ continúa siendo el principal mecanismo evolutivo, la biología contempla hoy otros mecanismos, o bien alternativos o bien complementarios de aquélla. Tampoco hay unanimidad de criterios dentro de la comunidad científica en cuanto al ‘sujeto’ de la evolución (genes, individuos, especies, etc.), discusión que en la biología ha dado en llamarse el problema de las unidades de selección (cf. Sober, 1994). E incluso la misma noción de ‘especie’ genera discusiones interminables que no sólo están referidas a los aspectos puramente taxonómicos, sino también, y sobre todo, a cuestiones teóricas fundamentales para la biología (cf. Sober, 1994 y Ruse, 1973). En segundo lugar, si la EE apunta a explicar el desarrollo de la ciencia, no tiene mayor relevancia denunciar los desajustes con el modelo biológico original. En el peor de los casos el hecho de encontrar un desajuste fundamental con la teoría biológica tan sólo mostraría que las EE no son evolucionistas en el mismo sentido que lo es aquélla. En última instancia, la pertinencia y relevancia explicativa o aun la utilidad/inutilidad del modelo evolucionista deberá ser contrastada en la historia de la ciencia o en las prácticas científicas. En el Apéndice de este trabajo se indaga sobre esta cuestión apuntando, a través del concepto de ‘metáfora epistémica’ a un doble objetivo: por un lado anular o desplazar las discusiones (y las objeciones) respecto del desajuste de la metáfora; por otro, y aunque esto excede ampliamente las expectativas y pretensiones de las EE, poner de manifiesto un problema mucho más básico y que concierne al papel que cumplen las analogías y metáforas en la producción y legitimación del conocimiento. Este problema, aunque se hace patente en las EE por la índole de las mismas, sin embargo es per se un problema gnoseológico de primer orden. Su tratamiento debería repercutir en la epistemología en su conjunto y contribuir, además, a clarificar el status mismo de la EE. Se abre así un universo de problemas a resolver bajo una luz nueva: desentrañar el papel que analogías y metáforas cumplen tanto en el desarrollo ontogenético como filogenético del conocimiento.

5. Cuarto nivel. Una evaluación externa

 Este nivel de análisis que apunta a determinar el status cognoscitivo así como la pertinencia y relevancia de la EE, puede desarrollarse sobre la base de tres preguntas básicas, mediante las cuales puede interrogarse tanto a las EE en general, en tanto campo cognitivo, como a la EE popperiana en particular. Obviamente no se obtendrán las mismas respuestas en ambos casos, habida cuenta de algunas especificidades y peculiaridades que la última presenta respecto del conjunto. Tales preguntas básicas son: ¿son naturalizadas las EE?, ¿son evolucionistas las EE? y ¿son verdaderamente epistemologías las EE?

Con respecto a la primera, si definimos las epistemologías naturalizadas como aquellas que pretenden ser descriptivas y explicativas en el mismo sentido en que la ciencia lo es y en oposición a la epistemología normativa, las EE son trivialmente verdaderas en dos sentidos. Por un lado ellas pueden dar una explicación del valor adaptativo del conocimiento en general  pero en la medida en que establecen una continuidad entre saber animal/ saber vulgar/ saber científico deja de lado el carácter específico del conocimiento científico. Este carácter no se inscribe en la necesidad de establecer criterios de demarcación al estilo del Círculo de Viena o al falsacionismo, sino al hecho de reconocer que el conocimiento científico no reviste valor adaptativo alguno en un sentido biológico. Pero también son trivialmente verdaderas a la hora de explicar el desarrollo de la ciencia a través de la historia sólo mediante el surgimiento y abandono de teorías. 

La segunda pregunta debe ser respondida afirmativamente. Las EE son evolucionistas, aunque no necesariamente en el mismo sentido en que lo es la teoría de la evolución biológica. Y esto es así, en principio por los fuertes desajustes respecto de la teoría   biológica en aspectos centrales y fundamentales de la misma. Pero además porque las distintas formulaciones de las EE además de ser de una disparidad muy grande, apuntan a responder a problemas diferentes, que van desde la mera analogía con finalidad explicativo-didáctica, hasta la ontogénesis del conocimiento, pasando por la historia del cambio conceptual. 

Pero, en definitiva, la suerte de las EE, va de la mano de la posibilidad de contestar afirmativamente a la tercera pregunta, cosa bastante dudosa por cierto en la medida en que deja sin resolver o elude las preguntas eminentemente filosóficas:

  • una cuestión general concierne al carácter intrínsecamente- aunque no exclusivamente- prescriptivo de la epistemología; aún reconociendo el fracaso del fundacionalismo epistemológico en el sentido de establecer normas de evaluación científica universales, quitarle a la epistemología su impronta prescriptiva implica el abandono definitivo de la misma, para encarar otro tipo de análisis –absolutamente lícitos por otra parte.  
  • las EE deberían poder establecer más que una continuidad entre conocimiento común/conocimiento científico, un criterio de demarcación entre ambos, pero no al estilo clásico del positivismo lógico o del falsacionismo, sino debido al hecho de que la ciencia no representa, o al menos eso parece, un valor de supervivencia biológica;
  • en este sentido y dado que la ciencia va más allá de, y aún en contra de, toda experiencia vital cotidiana, se hace patente resolver, o cuando menos plantear el problema de la verdad o algún sucedáneo de ésta que de cuenta más allá del valor de supervivencia, del status de las explicaciones científicas.
  • como ya se ha señalado, concebir la aventura del conocimiento humano como una generación/ abandono de teorías resulta trivialmente verdadero. Dar cuenta del mismo implica justamente entender las particularidades y especificidades de mecanismos mucho más finos, sutiles y complejos.

 

Las respuestas ensayadas valen en general para la EE pero si estos interrogantes se aplican a la propuesta popperiana es necesario establecer algunas precisiones y distinciones, a saber: ¿en qué sentido, si es que lo es, la EE de Popper es una epistemología naturalizada?; ¿en qué sentido biológico la EE popperiana es evolucionista?; y ¿en qué sentido diferente al tradicional la EE popperiana es epistemología?. A lo largo de este trabajo ya se han respondido estos interrogantes. Aquí sólo resta puntualizar los más importantes

            Resulta bastante difícil da una respuesta por si o por no a la primera pregunta. Por un lado la EE popperiana sigue planteándose en un sentido no trivial como prescriptiva en la medida en que los episodios históricos atentan contra el esquema de conjeturas y refutaciones. Por otro sostiene que ensayo y error es el mecanismo más general de la naturaleza y hay en esto un compromiso ontológico cierto. Probablemente Popper no ha podido escapar a un estilo de hacer epistemología y resulte así un ejemplo viviente de las tensiones que en el campo de la misma se han dado en los últimos cuarenta años. La decisiva crítica de Popper al Círculo de Viena, que ayudó al derrumbe del ‘justificacionismo’, desnudó la necesidad de fundamentar en la práctica de seres humanos reales en interacción con un medio  natural, social y cultural el desarrollo de la ciencia. Sin embargo, Popper no despliega las consecuencias de sus críticas, sino al contrario, prescinde de los aspectos socioculturales proponiendo una epistemología sin sujeto cognoscente, según la cual el desarrollo de la ciencia ocurre en un Mundo 3  objetivo y autónomo.  En este sentido, la respuesta de Popper a los debates de los años ‘60 es una vuelta de tuerca más a sus postulados de los años ‘30 y, en definitiva una suerte de salvataje de algunos puntos básicos de la CH que habían mostrado su fragilidad.

 El punto de vista evolucionista le permite pensar a la ciencia como un sistema de enunciados ubicados en un mundo objetivo y realizada por un sujeto biológico (con lo cual la racionalidad descansa sobre fundamentos ‘naturalistas), pero no por un sujeto histórico. La EE popperiana resulta así en un fundacionalismo de nuevo cuño.

Respecto a la pregunta ¿en qué sentido biológico la EE popperiana es evolucionista? Ya se ha señalado una característica peculiar de la misma, en el sentido de que Popper invierte el procedimiento más habitual de las EE, ya que no utiliza un modelo biológico para hacer en la epistemología, sino que muy por el contrario, a partir de una semejanza superficial entre su modelo de conjeturas y refutaciones y la teoría de la evolución biológica, procede a extrapolar su modelo gnoseológico a todos los ámbitos, incluyendo el mundo biológico. Esta utilización de la ciencia está lejos de constituir un ejemplo de naturalización de la epistemología. 

Para responder a la última pregunta, la evaluación de la EE popperiana ha mostrado que se trata de una propuesta epistemológica al estilo tradicional, en el sentido de que resulta una respuesta insuficiente a la crisis del carácter fundacionalista de la CH.

6. Final (y principio de otras cuestiones)

 Si bien Popper se opone tajantemente al positivismo lógico del Círculo de Viena, de alguna manera su filosofía evolucionista puede inscribirse en la línea más general del positivismo evolucionista. De hecho las ciencias biológicas han contribuido a conformar las características principales del positivismo de la segunda mitad del siglo XIX (cf. Kolakowski, 1988, cap. IV y Conclusiones). El descubrimiento de la continuidad entre la existencia humana y el resto de la naturaleza como producto de la biología evolucionista darwiniana, permitió al pensamiento positivista reducir todos los comportamientos humanos (la propensión a generar conocimiento entre ellos) al ámbito de las condiciones biológicas de supervivencia. Este principio de la evolución extendido a principio universal agregado al ideal de ciencia unificada (propios de, entre otros, la filosofía de Spencer) conforman las ideas directrices que pueden volver a hallarse –con algunos cambios importantes- en la filosofía evolucionista popperiana.

El papel fundamental otorgado al lenguaje, no sólo en la conformación filogenética de la humanidad, sino también por el hecho de considerarlo como la forma en que se expresa el conocimiento, identificándolo con el conocimiento mismo, es decir con el conocimiento objetivo residente en el mundo3, además de inscribir a Popper en la tradición de la filosofía analítica, llevan a la (aparente) paradoja de anular al sujeto de conocimiento a pesar de sostener un punto de vista evolucionista. No hay que pensar este sujeto biológico popperiano que evoluciona, como un sujeto histórico cuyas condiciones reales de existencia conllevan alguna relevancia epistémica. Como quiera que sea la EE popperiana pude ser leída como el esfuerzo por lograr una redefinición de una epistemología sin sujeto; no obstante, la cantidad de tensiones internas que presenta –muchas de ellas explicitadas a lo largo de este trabajo-, más bien llevan a la reformulación de  preguntas que la tradición a la que pertenece Popper parece incapaz de contestar. El replanteo del mapa intelectual respecto de la racionalidad científica operado en las últimas dos décadas expresa de alguna manera el fracaso de las epistemologías sin sujeto, cuyo rasgo fundacionalista ha sido puesto en cuestión desde múltiples frentes: desde la misma filosofía analítica, desde la filosofía europea continental, así como también desde la historia y la sociología de la ciencia.

Queda aun por señalar, aunque aquí no se desarrollará, una cuestión atinente a las EE en general en su carácter de metáfora biológica. Es muy difícil establecer juicios definitivos sobre programas en desarrollo. Tanta búsqueda de fundamentos inviolables a lo largo de la historia del pensamiento y tantos anuncios de muertes prematuras- sobre todo en las últimas décadas- obligan a mantener cuando menos cierta prudencia antes de caer en la defensa irrestricta de las EE o en el anuncio de su inutilidad. Quizá su gran ‘defecto’ sea no haber podido escapar a la tentación fundacionalista y reduccionista, de modo que pretenden desarrollar una epistemología naturalista pero sin poder abandonar el lastre del ‘estilo’ tradicional de la epistemología.

Como quiera que sea, hay un gran mérito en la inauguración de un universo de nuevas preguntas (algunas incluso a su pesar) respecto del conocimiento, que en alguna medida pueden contribuir a revisar el rumbo de la reflexión epistemológica y aportar a la construcción de una teoría de la ciencia que aborde el fenómeno en su complejidad interdisciplinaria. Hay una problemática, que si bien no se sigue necesariamente de las EE, las controversias en su seno parecen dejar al descubierto: la indagación sobre el status epistémico de las metáforas. Sobre este punto tratará el Apéndice



 


  1. No obstante, aunque parecen ser sólo artificios argumentativos, hay autores que sostienen cierta finalidad en la naturaleza biológica y por ende un cierto indicador del progreso en ese mismo sentido. Sobre este debate se puede consultar Wagensberg, J. Y Agustí, J.(comp.)1998.
  2. También para la sociología mertoniana, la meta de la ciencia es la verdad y en pos de ella trabaja la comunidad científica. Para otros autores es el prestigio y la acumulación de capital simbólico, la resolución de enigmas, etc. 
  3. En las últimas páginas de ERC, Kuhn argumenta a través de una metáfora evolucionista, sobre la ausencia de verdad -en el sentido de verdad como correspondencia- en la ciencia; (cf. también Nota 23 del Capítulo IV).


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