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6. Mil palabras valen más que un diagnóstico

6.a. El knowthat del diagnóstico y la ilusión de objetividad

Uno de los principales aportes de esta investigación fue visibilizar el caos terminológico y conceptual que atraviesa el campo del diagnóstico en salud mental. Este fenómeno –una suerte de palimpsesto de términos y conceptos– no es meramente anecdótico ni lingüístico: constituye el indicio de la falta de una epistemología situada que permita pensar el knowthat del diagnóstico como una práctica atravesada por conceptos psicológicos folk y arraigada a los diversos contextos socioculturales.

El lenguaje del diagnóstico en salud mental, como todo lenguaje, es un producto histórico que surge en Europa en el siglo xix. Tal como se analizó, este lenguaje está sujeto a cambios y movimientos terminológicos y conceptuales. Berrios propone el concepto de “calibración”, el cual consiste en adecuar histórica y culturalmente el lenguaje de la psicopatología a lo observado en el campo de la clínica con la colaboración de especialistas de diversas disciplinas, siendo fundamentales los aportes de la lingüística. Este proceso de calibración aumentaría la capacidad de la disciplina para capturar fenómenos relevantes en el campo de la clínica y construir términos y conceptos readecuados para el uso y la comprensión. Se trata de una revisión epistemológica de los marcos conceptuales.

En tanto no se encuentran abordajes epistemológicos para la calibración de conceptos en psicopatología y salud mental situados en Argentina, uno de los aportes de la presente investigación es el de dejar sentada la sistematización de una serie de categorías analíticas para términos y conceptos problemáticos que por diversas cuestiones (filosóficas, lingüísticas y pragmáticas) generan confusión en el campo de la clínica en salud mental.

El uso de categorías analíticas que permiten entender las problemáticas del lenguaje de las ciencias en general tiene una larga tradición, sin embargo, la psicopatología en Argentina encuentra una vacancia respecto a dicha revisión y actualización.

Sin lugar a dudas, con el paso del tiempo surge una necesidad de nuevos términos con los que conceptualizar nuevas problemáticas surgidas a partir del desarrollo de nuevas dinámicas culturales, tecnologías para la interacción y procesos sociales. En este sentido, podría considerarse si estas pudieran ser incorporadas a la psicopatología y eventualmente cómo.

La sistematización de categorías analíticas para términos y conceptos problemáticos en salud mental realizada en esta investigación implica dejar sentadas bases epistemológicas para futuras investigaciones en relación con el uso del lenguaje en salud mental.

Sin embargo, la confianza en una supuesta objetividad terminológica para pensar lo mental –heredera del objetivismo lógico, el fisicalismo, el funcionalismo y del lenguaje del modelo biomédico en el campo psi– ha llevado, de forma hegemónica, a concebir el diagnóstico como una operación neutral de clasificación. Pero, lejos de esa neutralidad pretendida, el acto diagnóstico se configura como una práctica cargada de decisiones e intereses político-económicos, condicionamientos culturales y sesgos subjetivos en las prácticas tanto formativas como en la clínica.

Este modelo objetivista ha promovido un lenguaje técnico que, lejos de clarificar, tiende a generar confusión, ambigüedad y desacuerdos, como no podría ser de otra manera. Este fenómeno ya ha sido advertido a lo largo de la historia por autores tan diversos como Philippe Chaslin, Karl Jaspers, Scott Lilienfeld y Germán Berrios, quien desde un punto de vista epistemológico ha realizado –junto a les pensadores del Grupo de epistemología y psicopatología de Cambridge– un esfuerzo sostenido por poner énfasis en la necesidad de una recalibración permanente en el lenguaje del diagnóstico.

En este marco, y siguiendo a Peirce, no es una nueva ética de la terminología lo que se necesitaría, sino una ética del uso del lenguaje en salud mental que se centre en su dimensión pragmática, situada y dialógica: no se trata solo de qué palabras se utilizan, sino de cómo, para qué y con quién se intercambian.

Desde esta perspectiva, el concepto de “calibración” propuesto por Berrios cobra nueva relevancia, no solo como un ajuste técnico de términos en relación con los temas y problemas de una época, sino como una invitación a revisar y ampliar los campos semánticos disponibles, a considerar el contexto, y a desplegar un trabajo metacognitivo y metarrepresentacional por parte de quienes diagnostican.

En este sentido, el caos terminológico se revela no solo como una falla de los sistemas taxonómicos de clasificación, sino como un efecto de los límites de una concepción reduccionista de la mente y del sufrimiento humano.

Frente a esta crisis, se vuelve necesario delinear una epistemología del diagnóstico en salud mental capaz de integrar los aportes del poscognitivismo y de las ciencias sociales. En particular, las tesis de la mente corporizada, situada, extendida y enactiva permitirían superar las barreras de las posiciones trascendentales e individualistas de la psicopatología. Desde esta mirada, el diagnóstico no se construiría simplemente desde afuera como si quien diagnostica fuera una máquina computacional de manipulación mecánica de símbolos abstractos que adquieren su significado por correspondencia directa con el mundo exterior o una lente que tiene acceso a observar la “realidad” tal cual es o se presenta.

El diagnóstico emerge indudablemente de un campo intersubjetivo donde el cuerpo, el entorno, las prácticas y las interacciones modelan la experiencia clínica.

En esa misma dirección, el inferencialismo, la perspectiva de la segunda persona, el modelo cognitivo prototípico y el realismo experiencial ofrecen herramientas fundamentales para pensar el lenguaje en el diagnóstico como un proceso de construcción de conocimiento compartido.

Así, no se trataría tanto de definir entidades universales ni de aplicar categorías cerradas, sino de abrir campos de sentido que sean sensibles a la experiencia extendida del conocimiento sobre el sufrimiento humano. El diagnóstico en salud mental no puede aspirar a la precisión de una taxonomía biológica, sino más bien a la inteligibilidad situada de una práctica hermenéutica enactiva.

Finalmente, podríamos decir que el problema de fondo es entonces ontológico y epistemológico a la vez: concebir el diagnóstico como un eidós (εἶδος), una imagen fija o ideal a la manera platónica, implica ignorar la complejidad del sufrimiento humano, quedando este circunscripto a marcos normativos muchas veces ajenos a su experiencia.

En cambio, pensar el diagnóstico y el conjunto de términos y conceptos de manera crítica y con libertad epistémica nos acerca más a los juegos de lenguaje y a los diálogos socráticos, donde lo importante no es tanto la verdad última que se alcance, sino el modo en que se construye. Y es justamente en esa construcción donde emerge el valor de la dimensión pragmática, corporizada y situada del knowhow del diagnóstico.

6.b. El knowhow como sabiduría práctica para el diagnóstico y para la formación de quienes diagnostican

La idea de una sabiduría práctica resuena con fuerza aristotélica: el diagnóstico en salud mental, tanto en su práctica como en su enseñanza, requiere el cultivo de virtudes como la φρόνησις (phrónesis, prudencia o sabiduría práctica). Ryle sostiene que la inteligencia práctica no consiste en aplicar reglas teóricas previamente contempladas, sino en ejercer una forma de saber en el marco de la acción. Ryle propone que las acciones inteligentes no pueden ser guiadas protocolarmente por proposiciones explícitas, sino que implican una competencia intuitiva, situada y flexible. Esta concepción de la inteligencia pragmática y en contexto encuentra un eco directo en el concepto aristotélico de φρόνησις (phrónesis).

Para Aristóteles se trata de una virtud intelectual que permite deliberar correctamente sobre lo que conviene o no hacer en determinadas situaciones. Esta sabiduría práctica no sería reductible ni a la ἐπιστήμη (epistēmē, o “saber teórico”) ni a la τέχνη (technē, “habilidad técnica”), porque implica αἴσθησις (aístesis, o un énfasis en la sensibilidad) afinada para lo singular, lo ético y lo contingente. Así, knowhow y φρόνησις aparecen como saberes equivalentes: ambos fundan la inteligencia no en el conocimiento abstracto, sino en la capacidad de actuar con criterio en la vida cotidiana.

El diagnóstico en salud mental requiere, ante todo, un saber práctico: un knowhow que no dependa exclusivamente de la memorización de taxonomías diagnósticas ni de la asociación entre “síntomas mentales” y circuitos neuropsicológicos; ya que estos recursos ofrecen apenas una parte del repertorio comprensivo necesario para captar –o incluso compartir– lo que le sucede a quien consulta.

El diagnóstico en salud mental no se reduce a la aplicación de definiciones ni al reconocimiento de signos preestablecidos. Se trata, ante todo, de una práctica situada, cargada de matices, estilos, decisiones, omisiones y modos de escucha que no pueden formalizarse del todo. En este punto, la distinción que propone Ryle entre knowthat y knowhow resulta fundamental. Diagnosticar no es simplemente saber qué es un síntoma o un trastorno, sino saber cómo actuar en relaciones intersubjetivas.

Desde esta perspectiva, el modelo biomédico, en su intento por consolidarse como enfoque dominante en el campo de la salud mental, exhibe una de sus limitaciones más significativas: la ausencia de un saber hacer diagnóstico que trascienda el protocolo clasificatorio.

Tanto el modelo biomédico como los ámbitos académicos presentan una vacancia significativa en lo que respecta a la sistematización de cómo se estructura el pensamiento en el momento de realizar un diagnóstico. A lo largo de este libro, hemos intentado abordar esa carencia mediante una reconstrucción de las principales modalidades metodológicas presentes en la literatura del modelo biomédico y de la psicopatología descriptiva.

En ese recorrido, identificamos al menos cuatro formas estructurales que organizan el proceso diagnóstico: las reglas de aplicación de la psicopatología descriptiva entendidas como un sistema cognitivo orientado a la captación de indicios clínicos; los tres momentos del razonamiento diagnóstico –la percepción, la designación y la práctica– que configuran su lógica interna; el uso de la lógica abductiva como forma central de inferencia en la construcción de síndromes; y, finalmente, el recurso a la lógica deductiva, particularmente en su forma argumentativa de modus tollens, para establecer diagnósticos diferenciales, tal como se propone en manuales como el DSM-5 y la guía para la entrevista clínica del DSM-IV.

Del análisis de estas cuatro formas, construimos un modo de procesamiento de la información a partir de un recorrido que va del encuentro con el paciente a la captación de indicios, de allí a las primeras hipótesis sindrómicas y finalmente a la construcción de la presencia de un trastorno mental como diagnóstico.

Sin embargo, esta perspectiva ubica a quien diagnostica en una posición impersonal y lógica logrando una captación “objetiva”, “neutral” y desde la “abstinencia” (aspectos que en ningún marco académico se enseñan formalmente).

En el presente trabajo, hemos incorporado interrogantes de las teorías que trabajan con la intersubjetividad para entender cómo conceptualizamos, cómo reconocemos sesgos cognitivos o ideológicos, cómo quienes diagnostican generan atribuciones más allá del diagnóstico, cómo inevitablemente se pone en juego su intencionalidad, sus valores, etc.

A partir del análisis de la categoría problemática denominada “ausencia de neutralidad conceptual”, indagamos cómo, en el campo de la salud mental, el verdadero problema no reside en la falta de neutralidad –tan anhelada por el lenguaje de las ciencias–, sino en la ausencia de un análisis crítico de los sesgos ideológicos que operan en la construcción del lenguaje especializado. Más que la neutralidad en sí, lo que falta es la explicitación de las posiciones epistemológicas que subyacen a la adopción y el uso de ciertos términos y conceptos. El problema se profundiza aún más, cuando se sostiene la pretensión de neutralidad en una disciplina que, histórica y estructuralmente, nunca ha sido neutral ni carente de valores.

A lo largo del capítulo cinco, se ha analizado toda una serie de vacancias estructurales en torno al knowhow diagnóstico: la ausencia de reflexión sobre la intencionalidad, la falta de entrenamiento en habilidades metacognitivas y metarrepresentacionales, la escasa atención a los heurísticos cognitivos, los sesgos ideológicos y el uso de conceptos psicológicos ordinarios frente a los psicopatológicos.

Asimismo, la formación académica habilitante en psicología reproduce el corsé epistemológico del modelo biomédico. La enseñanza del diagnóstico se limita en general a la memorización de categorías, la identificación de síntomas y el aprendizaje de manuales. No se entrenan habilidades como la escucha atenta, la lectura de narrativas, la espera activa, la continencia en el diálogo, la indagación socrática, ni la lectura de coordenadas de pragmáticas que se encuentren por fuera de la lógica de la burguesía. No se problematizan los marcos en los que se diagnostica: no es lo mismo hacerlo en un hospital que en un consultorio privado, en una comunidad rural o en una videollamada; tampoco se problematizan empíricamente las cuestiones de tiempo ni las implicancias que tiene que les agentes en salud mental sean trabajadores.

Por otro lado, existe una ausencia de narrativas clínicas situadas, lo que contribuye a la reproducción de una práctica ciega a la heterogeneidad social y a las crisis por las que pasan las personas del país.

Lo que aquí se llama knowhow no se agota en técnicas clínicas ni procedimientos estandarizados. Implica entrenar disposiciones: saber esperar, saber preguntar, saber dudar. Requiere una forma de atención sensible, capaz de afinarse no solo con libros manuales, sino también con literatura, arte, cine y experiencias estéticas y corporizadas que ayuden a entrenar la paciencia, la imaginación y la disponibilidad.

El knowhow del diagnóstico no puede separarse de una actitud de pensamiento crítico. Según diversos pensadores como Ryle, Morin, Foucault, Adorno, Gergen, Butler, la crítica trata siempre de la capacidad de interrogar los marcos desde los cuales se actúa, y no simplemente de aplicar conocimientos previamente adquiridos. Diagnosticar en salud mental no puede ser ejecutar una técnica, sino más bien llevar a la práctica un uso situado del criterio, lo cual requiere poner en cuestión lo que se da por sabido, lo que se enseña como evidente, lo que se repite como procedimiento.

En ese sentido, el pensamiento crítico no es un complemento opcional del saber práctico, sino su condición misma. Solo una mente entrenada para complejizar, para leer entre líneas, para escuchar lo que no se dice explícitamente puede ejercer la φρόνησις (phrónesis) –esa sabiduría práctica que Aristóteles distingue del saber técnico τέχνη (technē) y de la ἐπιστήμη, epistēmē, o saber teórico)– como forma de discernimiento ético y epistémico ante lo incierto de la intersubjetividad.

El knowhow, en este marco, no es una destreza formal, sino un modo de juicio o criterio corporizado, intuitivo, que se alimenta del pensamiento complejo como brújula para actuar con prudencia en escenarios clínicos ambiguos y cambiantes.​ Esta actitud crítica se alinea con la etimología griega de κρίνειν (krínein), que significa “juzgar”, “discernir”, “separar”, de crítica en tanto diferenciar límites y alcances.

Desde esta perspectiva, el pensamiento crítico no es una herramienta adicional, sino la esencia misma del knowhow diagnóstico, permitiendo una comprensión profunda y contextualizada de la experiencia intersubjetiva en la clínica.

Tal como se argumentó a lo largo del libro, el diagnóstico no puede construirse únicamente desde la perspectiva de la tercera persona –distante, evaluadora, normativa–. Es necesario recuperar también la primera persona (la comprensión empática) y, sobre todo, promover la perspectiva de la segunda persona: el vos y el nosotres en el vínculo psicoterapéutico, la interacción cara a cara, el gesto, la palabra compartida.

Desde la filosofía de la mente, la lingüística cognitiva y la psicología del desarrollo, esta perspectiva de segunda persona ha sido destacada como clave en la atribución de intenciones, creencias y significados. Pero en el campo del diagnóstico aún no ha sido integrada.

Realizar un diagnóstico y formar para poder diagnosticar requiere sabiduría práctica; no puede apoyarse en certezas, sino en criterios. Saber cómo diagnosticar no es saber aplicar un algoritmo sintomático, sino saber habitar e invitar a un intercambio.

6.c. El vacío epistemológico del enfoque biopsicosocial para la salud mental

Tal como se mencionó a lo largo de todo el libro, la noción de un abordaje biopsicosocial es tomada de la medicina y adaptada para la psicología clínica como fundamento integral de lo humano. Esta perspectiva tuvo su comienzo hacia finales del siglo xx luego de que múltiples movimientos sociales y diversos enfoques teóricos desde diferentes disciplinas criticaran las prácticas terapéuticas y las construcciones teóricas y conceptuales del diagnóstico de la psiquiatría.

Sin embargo, este cambio de perspectiva no estuvo acompañado de un trabajo epistemológico que problematice las implicancias del supuesto abordaje desde las ciencias biológicas, psicológicas y sociales; todas ellas con diferentes metodologías y conceptualizaciones.

Esta ausencia de construcción epistemológica trajo aparejada una serie de problemas que van desde aspectos en torno a la información diagnóstica, problemas terminológicos y conceptuales –que hemos trabajado en la primera parte de la presente investigación–, hasta aspectos en torno al procesamiento de dicha información, como lo son el contexto del diagnóstico, la pragmática discursiva de una entrevista en salud mental y la distinción entre conceptos psicológicos ordinarios y conceptos psicopatológicos, intencionalidad e intersubjetividad, sesgos cognitivos, metacognición y metarrepresentaciones de les psicoterapeutas, formas para la comprensión y captación de signos psicopatológicos, y la lógica del diagnóstico –todo esto trabajado en la segunda parte de la presente investigación–.

Dichos problemas, producto de la ausencia de una epistemología para un abordaje biopsicosocial, pueden ser comprendidos en el marco de tres cuestiones trabajadas transversalmente a lo largo de toda la investigación.

La primera puede ser entendida a partir de la falta de definición –y su consecuente construcción metodológica– respecto a si el abordaje es multi, trans o interdisciplinario o teórico, lo que impide reconocer la coexistencia y el aporte de diversas disciplinas y teorías para la comprensión de la salud mental.

La segunda radica en que, ante dicha indefinición, se procedió a la enunciación de que los abordajes del diagnóstico en salud mental pueden ser entendidos como “ateóricos”.

Y la tercera muestra que esta supuesta ateoricidad habilita, en los hechos, a que el abordaje biopsicosocial funcione como un dispositivo conceptual que reproduce teorías y disciplinas dominantes, siendo la principal de ellas la perspectiva biomédica. Esta perspectiva no incorpora de forma consistente los aportes de las humanidades y las ciencias sociales, y en distintos contextos culturales integra de manera fragmentaria o subordinada ciertas corrientes psicológicas, sin una reflexión epistemológica que justifique dichos recortes.

A partir del análisis de los programas de la asignatura Psicopatología en las carreras de grado de Psicología en Argentina, observamos una tendencia general a la convergencia entre el enfoque biomédico de la salud mental y diversos enfoques psicoanalíticos. En algunas universidades, la formación se basa exclusivamente en la perspectiva biomédica; en otras, se adopta una teoría del diagnóstico de orientación psicoanalítica; y en ciertos casos, ambas coexisten sin una epistemología articuladora que permita pensar una integración criteriosa.

Del mismo modo, se advierte una vacancia importante de los aportes provenientes de las ciencias cognitivas y las ciencias sociales en la construcción de un enfoque verdaderamente biopsicosocial de la psicopatología en nuestro país.

La ausencia de manuales actualizados y desarrollados por profesionales locales tiene un impacto directo en el proceso de formación y en la adquisición de habilidades y competencias clínicas. Como ya se ha señalado, no existen materiales pedagógicos y didácticos que integren tanto marcos teóricos como una propedéutica que permita abordar la complejidad conceptual y procesual del diagnóstico a partir de casos clínicos actuales y contextualizados.

Esta carencia puede derivar en diagnósticos que no solo arrastran sesgos en el procesamiento de la información, sino que también reproducen múltiples errores en la conceptualización del sufrimiento psicológico. En este marco, y siguiendo a Fernández Álvarez, resultaría más pertinente hablar de lo sociopsicosomático como una forma de reposicionar críticamente la noción de lo biopsicosocial, desplazando la jerarquía que pone al cuerpo biológico como centro explicativo y reconociendo que el sufrimiento psicológico se configura desde entramados sociales, relacionales y subjetivos que también afectan lo somático.

Dado que persiste una carencia en la inclusión de los aportes provenientes de las ciencias sociales y las humanidades en el denominado “enfoque biopsicosocial de la psicopatología”, se vuelve imprescindible articular el abordaje del sufrimiento psicológico con perspectivas filosóficas, antropológicas y sociológicas. Estas miradas permiten abrir interrogantes fundamentales en torno a temáticas como los sistemas de sexo-género, el control social, la desigualdad y los imperativos de productividad, reproductividad y consumo.

De este modo, podrían incorporarse a un knowhow del diagnóstico situado discusiones éticas y de filosofía práctica vinculadas a la experiencia del malestar psíquico en un contexto de aceleracionismo creciente, donde la humanidad mantiene una relación cada vez más caótica con el tiempo y el ritmo de la vida cotidiana.

Este fenómeno no es simplemente un efecto colateral de un supuesto “progreso”, sino más bien un indicio de la ausencia de un ἔθος (êthos) capaz de matizar las transformaciones incesantes de la τέχνη (tékhnē), impulsadas por sistemas económicos que producen nuevas formas de alienación –en términos de Marx– bajo la lógica de un tecnofeudalismo y de un dispositivo biopolítico de “sexualidad y salud”.

Resulta urgente considerar cómo las sucesivas crisis político-económicas en nuestro país, el consumo problemático de redes sociales, y la presión por alcanzar ideales de éxito, riqueza, consumo, juventud y placer inciden de manera estructural en la salud mental contemporánea. En términos aristotélicos, ignorar el efecto de una cultura regida por valores como ἡδονή (hēdonḗ, “placer”), τιμή (timḗ, “reconocimiento” o “prestigio”) y χρηματιστική (chrēmatistikḗ, “afán de acumulación”), cuyos peso cultural e impacto subjetivo desbordan los marcos explicativos tradicionales, exige repensar el diagnóstico más allá de los límites delineados por el modelo biomédico y el boom de las neurodisciplinas.

De todo esto, se desprende también la necesidad de una epistemología que valide profesionales de otras disciplinas humanísticas y de las ciencias sociales para la construcción del diagnóstico en salud mental, tanto a nivel teórico como en la práctica.

Entendemos también que un abordaje epistemológico que incluya estas cuestiones puede contribuir a mejorar las descripciones en las formulaciones de casos clínicos y disminuir la inflación diagnóstica que genera la influencia de la industria farmacéutica en el abordaje del sufrimiento psicológico a través de la hegemonía de la perspectiva biomédica para problemas que son, en su mayoría, psicosociales.

No obstante, es importante subrayar que el reconocimiento de las limitaciones del modelo biomédico no debe llevar a desestimar bajo ninguna circunstancia el valor del estudio de las correlaciones entre lo neurobiológico y lo psicológico, así como tampoco el desarrollo alcanzado por la psicofarmacología como disciplina científica.

Estos aportes resultan fundamentales para comprender ciertos procesos implicados en la experiencia del sufrimiento psíquico y pueden ser necesarios en la elaboración de algunas de las intervenciones clínicas.

El problema surge cuando estos saberes adquieren una posición de predominio y se traducen en un lenguaje técnico, acompañado de una forma de encarar la clínica que obtura el diálogo con otros marcos teóricos fundamentales.

En tales casos, el discurso biomédico se vuelve funcional a una lógica adaptativa que, lejos de promover el pensamiento crítico o de intervenir sobre las condiciones causales y estructurales del malestar, tiende a reducirlo a categorías objetivantes que lo descontextualizan y lo desvinculan de sus raíces sociales, históricas y culturales.

Esta operación favorece la patologización de todo sufrimiento cotidiano, ya sea aquel inherente a la condición humana –como la angustia existencial o las tensiones propias de la vida diaria–, o el que deriva de las condiciones de vida impuestas por el patriarcado, el capitalismo y la posmodernidad, el cual termina siendo leído exclusivamente como un desorden individual, de base neuroquímica y con manifestaciones entendidas como comportamientos desadaptativos.

En ese marco, por un lado, se instala una cosmovisión que concibe al ser humano como un conjunto de moléculas, y, por el otro, una cultura de búsqueda de intervenciones al modo deus ex machina, es decir, promoviendo “soluciones” in-mediatas –en general psicofarmacológicas– sin habilitar procesos de elaboración intersubjetiva ni reflexión crítica.

Antes que fomentar una disposición para sostener el conflicto y afinar la mirada sobre sus causas, este enfoque, al presentarse como poseedor del saber y asegurador de la solución, promueve atajos ilusorios al bienestar que funcionan como loopholes donde las personas terminan atrapadas en formas de autocomprensión patologizante.

El resultado es una forma de intervención que no solo obstaculiza la posibilidad de transformación, sino que además elude toda responsabilidad social respecto de habilitar espacios donde las personas puedan indagar en aquello que produce su sufrimiento.

6.d. Reflexiones finales

6.d.i. Complejidad como fundamento epistemológico para el diagnóstico en salud mental

El pensador Edgar Morin llama “paradigma de la simplificación” a la falta de organización del conocimiento. Un paradigma es un modelo, un modo (unívoco) de entender el mundo. Παράδειγμα (parádeigma) es “modelo”, pero también “ejemplo” o incluso “patrón”. El paradigma, para el pensamiento, puede ser como un corsé epistemológico –en términos de Moira Pérez– que asfixia, angosta y estrecha la reflexión.

El pensamiento complejo no se corre de lo simple, sino de la simplificación, del reduccionismo que toma a la parte por el todo y del holismo que toma al todo por la parte. El pensamiento complejo es entonces hologramático, en cuanto entiende el todo interrelacionado por una serie de principios que relacionan a las partes con el todo incompleto.

Se trata de integrar, ordenar, organizar y articular las múltiples dimensiones del conocimiento, reintegrando los conocimientos en un conocimiento multidimensional.

Esta propuesta, a partir de formulaciones como la de Edgar Morin, permite sentar las bases de una epistemología del diagnóstico en salud mental integrando la teoría general de los sistemas, la cibernética y la teoría de la información.

Desde esta perspectiva, el diagnóstico podría entenderse como un fenómeno hologramático y sistémico, en el que cada parte lleva consigo el todo, y en donde las causas, las expresiones clínicas y los contextos deben pensarse en constante interrelación. La complejidad no anula la posibilidad de describir, sino que requiere describir con responsabilidad (“response-ability” en términos de Donna Haraway), reconociendo la heterogeneidad de los fenómenos.

6.d.ii. Formación académica y entrenamiento diagnóstico

El aprendizaje en la formación profesional requiere más que la recepción de contenidos. Es necesario un intercambio que habilite una asimilación activa, situada, en donde el saber se constituya en la praxis tal como también proponen pensadores como Ryle, Pozo, y De Ortuzar, entre otros.

En el ámbito del diagnóstico en salud mental, esta formación implica entrenar no solo competencias técnicas, sino también formas de percepción, sensibilidad clínica, pensamiento inferencial, disposición crítica y habilidades metacognitivas y metarrepresentativas. Es necesario repensar la enseñanza de la psicopatología a partir de una lectura compleja del sufrimiento.

6.d.iii. Inteligencia artificial y formación crítica para el diagnóstico

La creciente presencia de diversos sistemas de inteligencia artificial en la vida cotidiana debería traer aparejada una reflexión profunda sobre los modos en que estos dispositivos comienzan a participar en la construcción de diagnósticos. Tal como se advierte en la historia de la filosofía, toda τέχνη (tékhnē) requiere de un ἔθος (êthos). Diana Pérez y todo el “Grupo de investigación de Inteligencia Artificial, Filosofía y Tecnología” proponen que la cuestión es cómo interactuamos; cómo construimos conciencia, criterio y modalidades de uso.

Se trata de poder intervenir éticamente, participar en el diseño de las IA y generar un knowhow respecto a sus usos. Así, es crucial que la formación implique tanto a profesionales como a estudiantes y usuarios para un uso criterioso, responsable, sin caer en atajos.

La potencia de los artefactos culturales es justamente que, en su carácter mediato entre organismo, mente y cultura, generan transformaciones y reformulaciones de nuestra potencialidad. Sin responsabilidad en el uso de la IA, sin un knowhow, solo producirá que lo inmediato sea causa de limitaciones en nuestro potencial cognoscitivo y relacional.

6.d.iv. Últimas palabras

A lo largo de este recorrido epistemológico, hemos buscado enfatizar la distinción analítica entre un knowthat y un knowhow y su necesaria articulación en lo referido al diagnóstico y a la formación académica. Hemos tenido la intención de dejar abierta toda una serie de nuevos interrogantes que contribuyan en última instancia a mejorar el estudio sobre el sufrimiento psicológico, el quehacer profesional de les psicoterapeutas y su relación terapéutica con les consultantes. El diagnóstico, lejos de ser un acto de cierre o un simple paso previo a la terapéutica, puede pensarse como un proceso abierto, situado y en contrapunto permanente con un quehacer clínico entrelazado con más de mil palabras.



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